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sábado, 27 de julio de 2024

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 7 de marzo de 2024

Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

 


Hemos de mantener una lucha constante para permanecer en la fidelidad del amor y no dejar que la malicia enturbie de nuevo el corazón

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Alguna vez habremos visto algo delante de nosotros y, aunque ha sido un hecho real y palpable, no un sueño ni nada imaginado, sin embargo hemos dicho no me lo puedo creer. Nos quedamos atónicos, sin saber qué decir, qué explicación podemos dar, pero no nos lo terminamos de creer. Algo que nos sorprende, inesperado, que no esperábamos en aquella situación, que no esperábamos de aquella persona y así nos quedamos sin palabras.

Estoy haciendo referencia a esto, en la que no hemos metido ninguna maldad por medio, pero parece que no siempre vamos con ese corazón limpio de malas intenciones; porque quizás por desconfianza que nos tenemos los unos de los otros, quizás porque hemos tenido quizás algún contratiempo con esas personas, quizás porque recordamos viejos enfrentamientos en nuestra relaciones vecinales o en nuestras relaciones laborales, hay personas, como decíamos, de las que desconfiamos, hay personas que no las miramos bien, hay personas a las que podemos ver realizar las mayores maravillas y las cosas más hermosas del mundo, a las que enseguida ponemos, como solemos decir, un pero; vemos segundas intenciones, vemos intereses ocultos que solo nosotros vemos por lo turbia que ya está de antemano nuestra mente, y si podemos quitarle el mérito se lo quitamos, si podemos desprestigiar en esas andamos, si podemos sembrar desconfianza en los demás ya nos estamos frotando las manos.

La malicia que se ha metido en nuestro corazón ya no nos deja ver la verdad y lo bueno. Reconozcamos que cosas así nos suceden a nosotros o las vemos en nuestro entorno con demasiada frecuencia; y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio con sus enfrentamientos.

Es lo que estaba sucediendo en torno a Jesús y de lo que nos habla hoy el episodio del evangelio. Jesús le ha hecho recobrar el habla a un mudo; el evangelista nos lo relata con el lenguaje propio de la época, pues nos habla de la expulsión de un demonio; en fin de cuentas siempre podemos decir que es la liberación de un mal, de una carencia que tenía aquella persona para expresarse y comunicarse con los demás. Eran los signos anunciados por los profetas y que en aquel texto de la sinagoga de Nazaret se nos recordarán.

Hay personas que saben ver la acción de Dios en aquella acción de Jesús y su reacción son las alabanzas a Dios como vemos tantas veces en el evangelio. Pero hay quien no quiere aceptarlo, no quieren ver lo que está sucediendo delante de sus ojos, no querían aceptar a Jesús. Y vienen las reacciones, como decíamos antes la ceguera, la desconfianza, el desprestigio, la intención oculta, etc… Ahora dicen que Jesús obra milagros expulsado demonios y lo hace con el poder del príncipe de los demonios, son las incongruencias en que caemos en la vida cuando nos ciega la malicia del corazón.

Pero Jesús querrá dejarnos un mensaje. Dejémonos purificar, pero cuidemos mantener esa pureza y esa santidad de nuestros corazones. Tantas veces vamos dando pasos en nuestra vida de superación, de crecimiento espiritual, tenemos momentos hermosos y llenos de fervor, pero si nos descuidamos pronto podemos caer de nuevo por la pendiente de la tibieza, de la frialdad de nuestros corazones dejando meter de nuevo el mal en nuestra vida. Es una lucha constante, es cierto, pero es el sabernos mantener en fidelidad al amor que hemos recibido para mantenernos siempre en el buen camino. Si nos descuidamos pronto vamos a darnos cuenta que en lugar de recoger buenos frutos con el Señor lo que estamos haciendo es desparramar esa gracia de amor que el Señor nos ha regalado.

Cuidado, nos dice Jesús, que el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama. ¿Queremos caer por esa pendiente de nuevo dejando meter la malicia en nuestros corazones? ‘Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el corazón’.

miércoles, 12 de julio de 2023

Pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de su sufrimiento donde hemos de poner nuestra mano, prolongación de la mano salvadora de Dios

 


Pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de su sufrimiento donde hemos de poner nuestra mano, prolongación de la mano salvadora de Dios

Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a; Sal 32; Mateo 10,1-7

Qué prontos estamos para hacer nuestros juicios de cómo anda el mundo. Parece que hay momentos más propicios para hacernos estas consideraciones sobre lo mal que andan las cosas, y no es solo que haya momentos políticos en la sociedad donde salgan a flote nuestros comentarios y juicios sobre lo mal que está todo, sino que fácilmente en cualquier conversación, como solemos decir tomándonos un café, nos pongamos a mirar a nuestro mundo y estar como pidiendo que las cosas tienen que cambiar. 

Buscamos una salvación, buscamos un salvador, buscamos alguien que sea capaz de hacer que las cosas sean mejores, pero ¿hasta donde nos implicamos? ¿Nos contentaremos con contemplar los toros desde la barrera o saltaremos al ruedo de la vida porque realmente tendríamos que aportar algo?

Desde un sentido de humanidad, de pertenencia a esta gran familia que es la humanidad tendríamos que sentir dentro de nosotros la urgencia de nuestro compromiso, de lo que tendríamos que implicarnos no solo con recetas fáciles sino de verdad poniendo toda la carne en el asador. Pero es que además nos estamos haciendo esta reflexión entre cristianos y desde un sentido cristiano, y aquí tendríamos que tener muy claro la misión que Jesús nos confía. Decíamos que buscamos una salvación, que buscamos un salvador, pues no hemos de olvidar que tenemos una misión de llevar esa salvación a nuestro mundo.

Lo que hoy nos relata el evangelio no es solo un relato de lo que Jesús en aquel momento hizo cuando llamó a los doce a los que iba precisamente a llamar apóstoles confiándoles una misión. Cuando hoy escuchamos el evangelio tenemos que escucharlo en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. En esa nominación que Jesús va haciendo está nuestro nombre, en esa misión que Jesús confió entonces a aquellos apóstoles está nuestra misión.

‘Les dio toda autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ dice el evangelio. Una misión de salvación, de liberación del mal, de quitar todo sufrimiento de la vida que no es solo la curación de unas enfermedades corporales es lo que Jesús confía a los apóstoles, es lo que nos está confiando hoy a nosotros.

No nos podemos contentar con detectar ese mal que hay en nuestro mundo cuando hemos cambiado el amor por odio, cuando hemos eliminado unos valores que nos elevaban por maneras de vivir que nos esclavizan, cuando hemos quitado del mundo y de los corazones la paz para llenarnos de amarguras y desesperanzas. 

Es necesaria una transformación, una salvación porque es arrancarnos de esa pendiente que nos lleva al abismo para ponernos en un camino nuevo que nos lleve a una plenitud de vida.  Y es ahí donde estamos llamados a actuar, es ahí donde tenemos que poner paz y amor, es ahí donde tenemos que aprender a sentirnos y querernos como hermanos, es ahí donde de nuevo hemos de hacer resaltar esos valores que en verdad nos van a hacer grandes.

Es nuestra tarea, es nuestra misión. Con nuestro nombre el Señor nos ha llamado, sobre nosotros ha derramado su amor y su gracia, a nosotros nos da esa posibilidad de curar, de sanar nuestro mundo, de hacerlo mejor. A nosotros nos ha enviado allí donde está el mal y hay que transformarlo. 

Nos dice hoy que no tenemos que ir lejos, sino que vayamos a las ovejas descarriadas de Israel, vayamos a esos que están a nuestro lado atenazados por tanto mal y por tanto sufrimiento y llevemos esa palabra de salvación, llevemos ese gesto de amor, llevemos esa presencia del Espíritu divino que nos transforma.

Esa necesidad, ese problema, ese sufrimiento lo tenemos a nuestro lado. Miremos cara a cara a cuantos nos vamos cruzando por el camino y seamos capaces de descubrir esas marcas de sufrimiento que llevan en sus rostros, esa desesperanza y falta de ilusión que se refleja en miradas tristes a pesar quizás de muchos cantos bulliciosos, pulsemos el latir de nuestro mundo y nos daremos cuenta de donde hemos de llevar la salvación. Pongamos ahí nuestra mano que ha de ser la prolongación de la mano de Dios.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

martes, 11 de enero de 2022

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

 


Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio y encontraremos así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer dando sentido y valor nuevo a nuestra vida

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Hay cosas en la vida que nos oscurecen el alma y nos dejan obnubilados y como sin sentido. Una enfermedad que nos aparece de sorpresa en la vida cuando nos parecía que más sanos estábamos nos deja descolocados, nos hace hacernos muchas preguntas, nos ciega para no saber encontrar una luz y una respuesta.

Es el dolor físico que nos produce la enfermedad, pero son otros dolores los que se nos meten en el alma cuando nos llenamos de dudas y preguntas ante lo inesperado, ante la incertidumbre del futuro que nos espera, ante la incapacidad e invalidez espiritual para afrontar esa nueva situación que se nos presenta en la vida. Mucha madurez humana se necesita para afrontar situaciones así, pero muchos valores bien madurados que nos den fortaleza interior, pero que no siempre quizá sabemos encontrar en el momento adecuado.

Hablamos de la enfermedad como experiencia propia, pero podemos hablar de tantos tipos de sufrimiento, no ya en nosotros sino que contemplamos en los demás y que de la misma manera nos deja también descolocados en la vida. Como puede ser un accidente que todo nos lo cambia, una muerte súbita e inesperada de un ser querido y apreciado, muchas cosas que nos oscurecen la mente y nos dejan como sin sentido en la vida.

Esa inestabilidad emocional que se nos produce en nuestro interior nos puede llevar a unas actitudes de rechazo de todo lo que nos rodea, hasta de la vida misma, todo se nos vuelve como un sin sentido; incluso podemos ponernos en contra de lo bueno que nos rodea, porque quizá no soportamos que otros tengan vida, mientras nosotros nos vemos tan mermados en nuestras posibilidades; hasta una mano que se acerca compasiva a nosotros podemos rechazarla porque así nos vemos tan envueltos por el mal que ya no vemos esperanza. Mucha amargura se nos puede meter en el alma.

¿Dónde está Dios? nos podemos preguntar, pregunta que surge incluso en aquellos que antes podían parecer más creyentes. Es un mundo amargo, son situaciones difíciles, son momentos oscuros en que nos cuesta encontrar algún atisbo de luz. Pero ¿todo está perdido? Como creyente que ahora me estoy haciendo esta reflexión, desde cosas que puedan suceder en mi espíritu o de lo que contemplo en los demás, nuestra respuesta es que tenemos que buscar la luz, una luz que no nos fallará muchas que nos parezcan las oscuridades. No me queda otra que mirar a Jesús, que mirar el evangelio.

En el pasaje de hoy se nos dice que la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad. Pero esa autoridad de Jesús, llamémosla así, se va a manifestar con ocasión de un hombre que hay en medio de la asamblea y que está absorbido por ese espíritu del mal. Endemoniados, los llamaban entonces; podemos hablar de enfermedades mentales, o enfermedades del espíritu, o tenemos que reconocer que mal hace ese daño en nuestro espíritu. Y aquel  hombre, en la presencia de Jesús y al escuchar su palabra manifiesta su rechazo. ¿Qué quieres de nosotros, qué quieres de mí?, viene a preguntar más o menos con este sentido. ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

‘¡Cállate y sal de él!’, le dice Jesús, y aunque aquel hombre se ve como retorcido por el mal que lo poseía, se vio liberado de él, se vio curado. Es cuando la gente de nuevo, y ahora con un sentido más hondo, reconoce la autoridad de la Palabra de Jesús. ‘¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen’.

Se manifiesta así la verdadera liberación que Jesús nos viene a traer. No es solamente curarnos del mal de la enfermedad, sino es curarnos y sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. No es la enfermedad la que en el fondo nos desestabiliza, sino que algo nos falta en nuestro interior, o algo malo hemos dejado meter dentro de nosotros que no nos  hace encontrar la luz, el valor, la fortaleza, esos valores que tanto necesitamos para construir sobre verdaderos pilares nuestra vida. Y eso lo vamos a encontrar en Jesús.

Dejémonos conducir e iluminar por el Evangelio. Vayamos contemplando el camino de Jesús pero vayamos escuchando allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra que día a día va a venir a nosotros. Dejemos que esa buena semilla se vaya sembrando en nuestro corazón y veremos cómo comenzarán a florecer unos nuevos valores en nuestra vida, que nos darán motivos para vivir, fuerza para luchar, luz para nuestro caminar.

Sentiremos que no caminamos solos envueltos en dudas y oscuridades porque junto a nosotros está el Señor, nuestro corazón se va a ver inundado de su gracia y caminaremos por esos caminos del Evangelio, por esos caminos del nuevo Reino de Dios.

sábado, 2 de octubre de 2021

No olvidemos a los santos Ángeles que nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y nos inspiran y protegen ayudándonos a arrancarnos del camino del mal

 


No olvidemos a los santos Ángeles que nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y nos inspiran y protegen ayudándonos a arrancarnos del camino del mal

Baruc 4, 5-12. 27-29; Sal 68; Mateo 18, 1-5. 10

‘He aquí que voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado’. Así le promete Dios a Moisés y al pueblo elegido para el camino que van a emprender rumbo a la tierra prometida. Con ellos irá el ángel del Señor. O lo que es lo mismo, ellos van a sentir la presencia de Dios en su camino a través del desierto, aunque no siempre sean fieles y conscientes de esa presencia de Dios. O podemos recordar también aquello otro que rezamos con los salmos: ‘Tú que habitas al amparo del Altísimo... No se te acercará la desgracia.... porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos: te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra...’

He tomado estas palabras del Antiguo Testamento, como hubiera podido escoger otras también del Nuevo Testamento para expresar el significado de la fiesta que hoy celebramos, los Santos Ángeles Custodios. Si hace unos día celebrábamos en especial la fiesta de los santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel, hoy la Iglesia en su nos invita a tener este recuerdo y celebración de los ángeles que Dios ha puesto en el camino de nuestra vida para hacernos sentir su presencia y su gracia.

En el texto del evangelio que hoy se nos ofrece al hablarnos de la acogida de los niños y de los pequeños, Jesús nos dice que sus ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios. El Arcángel san Rafael le decía a Tobías que él estaba en la presencia de Dios y que su misión era presentar las oraciones de los santos ante el trono de Dios.

Protectores e intercesores nuestros, así podemos contemplarlos porque hacen el camino junto a nosotros para ser esa inspiración de Dios que nos ayude a encontrar el verdadero camino pero también para librarnos de nuestras caídas, para protegernos frente a los peligros. ¿Quién si no es el que nos hace sentir esa inspiración para lo bueno allá en lo secreto del corazón?

Cuántas veces nos hemos visto en algún peligro y no sabemos bien como hemos salido ilesos de aquella situación ¿por qué no pensar en esa protección de nuestro ángel custodio que nos hace ver quizás en lo que nos parece el ultimo momento ese peligro en que nos encontrábamos y nos hace tomar la decisión acertada para vernos liberados de ese mal que nos acechaba? Lo sentimos en muchas situaciones de la vida, pero lo sentimos allá en nuestro interior cuando somos capaces de vencer la tentación, alejarnos de aquella situación que nos podría llevar a hacer el mal.


Desgraciadamente en nuestro mundo moderno van desapareciendo de nuestras casas las imágenes religiosas, los signos de lo sagrado que siempre habíamos tenido como centro de nuestros hogares, como un signo de la protección y de la presencia del Señor. Pero los mayores recordamos aquellos cuadros que nuestras madres o nuestras abuelas tenían sobre las cabeceras de sus camas ya fuera con una representación de la Virgen del Carmen y las almas del purgatorio o cualquier otra imagen de la Virgen de nuestra especial devoción - eran imágenes muy habituales – como tampoco se aparta de mi retina el cuadro del Santo Ángel de la Guarda que protegía a unos niños de los peligros de la vida. Bien surgían así nuestras oraciones a la hora de dormirnos pidiendo a los santos Ángeles que estaban en las esquinas de nuestra cama que nos protegieran y velaran por nosotros durante nuestro sueño.

Creo que son cosas que tenemos que recordar y rescatar aunque ahora lo hagamos de otra manera más conforme a la mentalidad de nuestro nuevo tiempo, pero que un creyente nunca puede olvidar esa presencia del Señor en su vida y que con sus santos ángeles nos protege y nos inspira los caminos del bien. No podemos dejar pasar desapercibida esa fiesta de los santos Ángeles Custodios, porque es aprender a sentir y vivir esa presencia de Dios en nuestra vida.