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viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

sábado, 30 de mayo de 2026

Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

 


Mostremos la autenticidad de nuestra humanidad que será garantía de que hemos entendido el sentido y el valor del evangelio de Jesús

Judas 17.20b-25; Salmo 62; Marcos 11, 27-33

¿Lo que vale en la vida son los títulos que le den vanidad a la posición en la que queremos presentarnos o la autenticidad de una vida noble capaz de poner humanidad en aquello que hacemos?

A veces nos quedamos encandilados cuando llegamos a un lugar, al despacho de un profesional o a su lugar de trabajo y lo primero que nos encontramos en la pared frente a nosotros todo un conjunto de titulaciones expedidas por las más exitosas universidades por ejemplo, o los galardones o premios recibidos en diferentes competiciones a todos los niveles, o los diplomas logrados en mil congresos o como quieran llamarse a los que se haya asistido. ¿Se nos quiere mostrar ahí y así la calidad profesional de esa persona y su preparación? Parece que eso sería lo que le daría prestigio y calidad a ese profesional o a esa institución a la que pertenece. Pero, ¿realmente eso nos está manifestando la calidad profesional y humana de esas personas o esas instituciones? ¿No serían otros parámetros bien alejados de la vanidad los que tendríamos que tener en cuenta? Y todos podemos caer en esa tentación porque así nos hemos ido construyendo la vida y la sociedad.

Hoy en el evangelio le están pidiendo títulos de autoridad a Jesús para hablar como habla en el templo, o para actuar como ha actuado queriendo que el templo del Señor sea en verdad purificado. No nos consta por ningún lugar que Jesús se hubiera formado en alguna escuela rabínica; por eso quizás no le dan autoridad a sus palabras. No pertenecía a ninguna de aquellas familias influyentes de Jerusalén que tenían mucho poder en sus manos manipuladoras, y por eso le niegan autoridad para hacer lo que hace; para algunos solo es un profeta taumaturgo de Galilea, y ya dirán algunos que ningún profeta ha surgido de esa tierra.

Cuando le hacen esta petición Jesús responde con una pregunta a la que han de responder si son capaces con sinceridad y autenticidad. Y Jesús les habla del bautismo de Juan, algo muy reciente que todos habían vivido. ¿De dónde procedía ese bautismo de Juan? Tenían que definirse aquellos que incluso habían enviado embajadas a Juan para preguntarle también por su autoridad. ¿Sería un profeta? ¿Podría ser acaso el Mesías? ¿Podía considerarse incluso tan grande como aquellos profetas antiguos que todos veneraban?

La respuesta les comprometía. ¿Serían capaces de reconocer el profetismo de Juan Bautista? Entonces, ¿por qué no le creyeron? Ahora podían verse entre la espada y la pared; para el pueblo Juan seguía siendo un gran profeta que además había rubricado con su sangre la autenticidad del mensaje que transmitía.  ¿Con esa misma autenticidad ahora los Maestros de la Ley eran fieles al mensaje que trataban de transmitir? ¿No habría también una manipulación hablando de aquellas cosas que a ellos les mantuvieran en una posición de preponderancia sobre la gente sencilla? ¿Eran los que hacían interpretaciones rigoristas para imponer normas y preceptos, mientras ellos no movían un dedo por aplicárselo a sus propias vidas? Muchas cosas así seguimos encontrándonos en los caminos de la vida.

Porque todo esto tenemos que verlo reflejado en nosotros mismos, en lo que hacemos y decimos, en nuestra manera de interpretar las cosas, en lo que quizás recordamos con agrado de la Palabra de Dios pero al mismo tiempo de tantas cosas de las que no queremos hablar porque vemos reflejadas muchas actitudes y posturas que llevamos en nuestro interior y que también manifestamos con nuestras vanidades. No todas las páginas del evangelio las aplicamos de la misma manera a nuestras vidas. Mira cómo estamos buscando siempre esa rendija por la que nos podamos escapar, por donde nos podemos ver libres de cosas más profundas en las que se pone en juego la autenticidad de nuestra fe.

¿Hasta dónde llega nuestra autenticidad?


viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

miércoles, 1 de abril de 2026

Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 


Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Cuando tenemos la sensación de que se acerca algo importante o cuando se nos anuncia un acontecimiento que de alguna manera puede marcar un antes y un después en nuestra vida, como cuando nos acercarnos a fechas que para nosotros son importantes porque han hecho historia en nuestra vida o en la vida de nuestro pueblo, lo normal es que nos preparemos bien sea para dejarnos sorprender eso que nos llega y no esperábamos, o hagamos las previsiones necesarios para esos acontecimientos que hemos de celebrar. Cuantos momentos de la vida nos pasamos preparando y en cierto modo pregustando ya hechos o fechas que consideramos importantes. Porque de la preparación y predisposición por nuestra parte va a depender lo que luego habremos de vivir.

Estos días que vivimos son días de mucho ajetreo en la preparación de todo lo que consideramos necesario para la Semana Santa en la que ya estamos, pero en donde siempre nos quedan cosas que preparar a última hora. Tremenda movida vemos estos días en nuestros templos y en torno a las imágenes sagradas. Estamos preparando la semana santa, nos decimos, y hay muchas cosas que hacer.

Pero aun así quizás tendríamos que hacernos con sinceridad la pregunta que le hacían a Jesus aquel día, vísperas ya casi de la Pascua, ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua?’, aunque no sé si quizás tendríamos que darle una vuelta a esa pregunta en un ¿qué tenemos que preparar para la Pascua o cómo tenemos nosotros que prepararnos para la celebración de la Pascua? Quizás no sean cosas, ni sea un lugar, sino algo más profundo.

También tendríamos que decir que si nos hemos tomado en serio y con toda sinceridad este camino cuaresmal que llevamos haciendo ya cuarenta días ahí hemos tenido que ir encontrando la respuesta a esa pregunta que nos estamos haciendo. Ese es realmente el sentido de la Cuaresma y esa mesa de la Palabra que se ha abierto día a día ante nosotros  habrá tenido que servirnos en esa preparación. Esperemos que el camino no haya sido en vano, aunque muchos cantos de sirena nos ha ofrecido la sociedad en este tiempo que nos habrán podido servir de distracción. Pero el cristiano que quiere vivir su fe con intensidad sabe que siempre se va a encontrar vientos en contra, vientos racheados que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestro camino y nuestro destino.

En el texto del evangelio es cierto que los discípulos andaban preocupados, al estar en Jerusalén y allí no tener hogar propio, por esa preparación de los detalles de la cena. Vemos cómo Jesús les señala dónde y ellos hacen los preparativos. Y el evangelista nos ofrece ya los primeros momentos de esa cena pascual, desde aquello que ellos estaban viviendo y desde lo que podían intuir por las palabras de Jesus. Estos preparativos y este principio de la cena que vienen enmarcados en momentos de sombras, teniendo en cierto modo como casi protagonista a Judas Iscariote. Por una parte se ha puesto en contacto con los sumos sacerdotes para la entrega, y por otra parte Jesús señalará ya desde el comienzo de la cena la traición que se está gestando.

Es el marco que nos ofrece la liturgia de este día en los diferentes textos de la Palabra de Dios y es el marco también que nosotros estamos poniendo con nuestra vida. El profeta nos presenta el tercer cántico del siervo de Yahvé, donde nos hablará de ultrajes y sufrimientos; ‘ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos’, nos dirá el profeta, pero al mismo tiempo por una parte la sensación de no sentirse abandonado ‘el Señor Dios me ayuda… mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mi?’, mientras nos enseña a decir una palabra de aliento y abre mis oídos para escuchar los lamentos.

¿Nos tendrá que hacer pensar todo esto en nuestros propios sufrimientos o en el sufrimiento que envuelve nuestro mundo? Creo que tenemos que tener conciencia de esto  y no lo podemos olvidar. Porque esto formará parte de la Pascua, nuestra pascua que hemos de vivir pero también de lo que ha de ser el anuncio de Pascua que nosotros hagamos a nuestro mundo. El Señor nos ofrece la mesa de la Pascua para que todos podamos sentarnos en su rededor; todos estamos llamados a esta mesa pascual, porque todos tenemos que sentir ese paso salvador de Dios por nuestras vidas como quiere hacerse presente en nuestro mundo, incluso en ese mundo que le da la espalda, porque la salvación es para todos, porque todos hemos de contemplar la gloria de Dios.

¿Cómo nos vamos entonces a preparar? ¿Qué disposiciones tiene que haber en nuestra vida? ¿A qué lugares concretos tendremos que ir para hacer más presente al Señor?

miércoles, 11 de marzo de 2026

Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

 


Los mandamientos, nuestra sabiduría e inteligencia, sendas de solidaridad, caminos de humanidad, principios de auténtica justicia, parámetros de autenticidad y sinceridad

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

No sé por qué siempre tenemos en nuestra cabeza la idea de que nosotros hacemos las cosas mejor que los demás, que nuestra manera de hacer las cosas es mejor y estamos más acertados, y viene como consecuencia que en nuestro orgullo llegamos a ponernos por encima de toda norma o regla que nos impone la sociedad, por eso al final terminamos saltándonos todo mandato o mandamiento porque lo vemos obsoleto, una imposición que nos viene de atrás y nosotros lo haríamos mejor. Somos rebeldes y terminamos actuando de una forma anárquica y sin sentido.

Olvidamos el sentido, el valor y la sabiduría contenida en los mandamientos. Ahí, a pesar de esos devaneos medio anarquistas que nos aparecen algunas veces, en lo más hondo de nosotros mismos llevamos grabado lo que llamamos la ley natural que nos hace descubrir verdaderamente lo que es lo bueno y lo que es lo malo, a diferenciar el bien y el mal, a buscar la autenticidad de la vida y lo que nos conduce por caminos de rectitud. Nos podemos sentir influidos por el mal como una tentación, pero en la sinceridad de nuestro corazón sabemos cual es el verdadero camino, donde está la auténtica sabiduría de nuestra vida. Una sabiduría que se ve enriquecida en ese camino que juntos emprendemos y donde aportamos la sabiduría que cada uno llevamos en el corazón.

Sintiendo la revelación del misterio de Dios en nuestra vida llegamos entonces a descubrir lo que es la ley de Dios para nosotros y que no podemos descartar de ninguna manera ni por cualquier motivo, porque tiene una validez eterna y porque ahí se nos manifiesta lo que el Creador ha querido poner en nosotros para engrandecer nuestra dignidad.

Qué hermoso lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios y en primer lugar quiero fijarme en lo que nos dice el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño…  esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos…  dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación…’ Nuestra sabiduría y nuestra inteligencia, nos dice. Qué hermoso y qué orgulloso tendríamos que estar. Por eso terminaba diciéndonos: ‘ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas’.

Por eso Jesús nos dirá en el evangelio que ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley… es lo que nos hará grandes en el Reino de los cielos’.

Corazón agradecido es lo que hemos de manifestar porque Dios así nos hace partícipes de su sabiduría divina que viene a engrandecer el corazón del hombre, nos hace encontrar y respetar nuestra verdadera dignidad. Es el camino de la auténtica felicidad del hombre, porque desde lo más hondo del corazón sentimos cómo hemos de amarnos  y respetarnos.

Es lo que buscan los mandamientos, trazarnos las sendas de la verdadera felicidad en ese respeto mutuo, en esa búsqueda del bien común, en ese saber valorarnos y en ese saber colaborar. Son sendas que nos hacen solidarios, caminos de humanidad, principios de una auténtica justicia, parámetros que nos hacen auténticos y sinceros, que nos alejan de la falsedad y del engaño, que evitan todo lo que pueda ser daño de la dignidad de toda persona, donde ponemos como centro y motivo el amor porque aprendemos del amor de Dios.

Arranquemos de nosotros esa autosuficiencia y ese orgullo que destruye la auténtica sabiduría de nuestro corazón. Tengamos la humildad de dejarnos guiar y conducir caminando por esas sendas iluminadas con la luz del Espíritu divino. Mucho tenemos que revisar en este camino cuaresmal y una cosa importante sería el ver cual es la valoración que nosotros hacemos en nuestra vida de los mandamientos del Señor. Tenemos que mirarnos con sinceridad para darnos cuenta de esa dejadez y superficialidad de la que tantas veces nos envolvemos. Pidamos al Espíritu divino que nos ilumine para saber valorar y llevar a la práctica de nuestra vida la sabiduría de los mandamientos del Señor.


viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

 


Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

1Reyes 10, 1-10; Salmo 36; Marcos 7, 14-23

En cuántas incongruencias nos vemos metidos tantas veces cuando nos falta autenticidad en nuestras vidas; la superficialidad y la vanidad nos llevan por esos derroteros, porque muchas veces nos quedamos en apariencias; tras la pantalla de unos cumplimientos ocultamos la falta de sinceridad en nuestras vidas; ponemos buena fachada dando la apariencia de la fidelidad pero por detrás seguimos con el corazón lleno de maldades muchas veces, y aunque no sean grandes cosas sin embargo hay una frialdad interior en lo que hacemos que se queda en la máscara de la apariencia con nuestras caras bonitas.

Habían venido a Jesús planteándole el cumplimiento o seguimiento de unas tradiciones que se habían llenado de normas y preceptos que algunas veces envolvían hasta en cierto modo hacerlos desaparecer lo que realmente eran los mandamientos de la ley del Señor; por la observancia de esas costumbres y tradiciones se pensaba que estaba todo hecho. Jesús en cierto modo rompe moldes, porque lo que Jesús quiere es que vayamos a una autenticidad de vida con una pureza interior que fuera en verdad agradable a Dios.

Les costaba entender lo que Jesús quería decirles, las autoridades judías porque querían mantener su prestigio y se apariencia de superioridad sobre todos presentándose como los grandes cumplidores de esas tradiciones, los discípulos cercanos a Jesús porque sentían que algo nuevo les estaba presentando Jesús con lo que tenían que desmontar muchas cosas que llevaban muy metidas en la cabeza y eso no siempre era fácil dada la presión exterior de un ambiente muy ritualista y de las exigencias de los dirigí gentes del pueblo que de alguna manera querían mantener sus posiciones que les llevaban a sentirse como un estadio superior.

Cuánto nos cuesta entrar por el camino de la humildad, para dejarnos enseñar, para abrirnos a una novedad que le va a dar un sentido nuevo a la vida; el conservadurismo algunas veces nos hace duros y en cierto modo prepotentes porque no queremos perder nuestras posturas y posiciones que hemos mantenido de siempre. Un cambio en la vida significa un reconocimiento de una realidad que hay en nosotros y que no es tan buena y que nos exige un darle una vuelta a la vida. Nos puede parecer que con ese cambio lo vamos a perder todo y ya no tenemos donde apoyarnos en lo que había sido lo de siempre. Es necesario dejarse iluminar para ver la cruda realidad por donde andamos pero también para descubrir el camino nuevo que se abre ante nosotros.

Y esa transformación no son solo unos adornos externos si el interior permanece de la misma manera. Es lo que nos está pidiendo Jesús, por eso nos habla continuamente de conversión, que es dar la vuelta del todo, no por partes o en algunas cosas, sino desde lo más hondo que es lo que tenemos que purificar.

Es lo que les está haciendo entender Jesús con no darle tanta importancia a si nos lavamos o no las manos. Es cuestión de algo más que de higiene. Porque la maldad no nos entra por la boca sino que claramente nos dice Jesús que la maldad la llevamos tantas veces en el corazón, con nuestras actitudes torcidas, con la malicia que ponemos en aquello que hacemos o en nuestro acercamiento a los demás, con esos recelos y desconfianzas que discriminan, que crean divisiones, que abren abismos entre unos y otros, en ese orgullo que nos envenena o en esa frivolidad que nos llena de superficialidad.

Es claro lo que nos dice Jesús, purifiquémonos para que lleguemos a una autenticidad en nuestras vidas, llenémonos de humildad para reconocer las negruras que tantas veces nos aparecen en nuestras relaciones con los demás, pero que son negruras que llevamos en el corazón cuando no hemos sabido sanar las heridas que llevamos en el alma que no es tanto lo que otros nos hayan podido hacer, sino las actitudes negativas nuestras que nos han llevado a esos recelos y desconfianzas.

miércoles, 4 de febrero de 2026

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

 


El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, será costosa su misión que tiene mucho de pascua, pero de la muerte hará resurgir la vida

2 Samuel 24, 2. 9-17; Salmo 31; Marcos 6, 1-6

¿Qué se cree él? ¿Quién se cree que es? Reacciones así hemos visto más de una vez, o quizás nosotros mismos hemos tenido, ante alguien que nos dice cosas que no nos gustan porque nos están poniendo el dedo en la llaga, diciéndonos la verdad que no nos gusta escuchar. Una persona que trata de comportarse con gran nobleza y rectitud, que quizás la vemos comprometida en acciones a favor de los demás o que se convierte en denuncia de situaciones que no son tan buenas, pero que quizás nos molestan, nos sentimos heridos porque nos están diciendo las cosas claras; y nos surgen esas preguntas que cuestionan a la persona, a la que quitamos autoridad en lo que dice porque buscamos sombras que la desprestigien. ‘Si ese individuo lo conozco yo de toda la vida… y sé quien es su familia…’ y así nos montamos buenas historias con tal de no aceptarlo.

Le estaba pasando a Jesús. Había ido a su ciudad y se había puesto a enseñar en la sinagoga como hacía por todos los lugares por donde iba anunciando el Reino de Dios. El evangelista Marcos a quien corresponde este relato no nos detalla cual era el mensaje de Jesús, pero sin lugar a dudas era el anuncio de la llegada del Reino de Dios pidiendo la conversión para creer esa Buena Noticia; como en otros los signos que realizaba daban autoridad a sus palabras.

Pero la gente se cuestiona. ‘¿De donde la viene esta sabiduría?’ Lo conocían de toda la vida porque allí en Nazaret se había criado, y allí estaban sus familiares, y allí había trabajo con su padre José. ‘¿No es este el carpintero?’ se decían. Y mencionaban a todos sus parientes conocidos de todos como era además normal en un pueblo pequeño. Y comenzó a aparecer la desconfianza, no le creían, no le aceptaban; ¿qué podían recibir ellos de alguien que era como ellos? ¿Si viniera revestido de autoridad de otros lugares o de alguna escuela rabínica? ¡Qué difícil se nos hace comprender los misterios de Dios!

‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dice Jesús con palabras que se han convertido en sentencia y en refrán. Y como continúa diciendo el evangelista ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe’, pero como se continúa diciéndonos Jesús continuó con su misión profética por todos los lugares y aldeas de Galilea.

El profeta va lleno del Espíritu del Señor y nada le detiene, hablará las palabras que tiene que decir aunque no sean escuchadas, manifestará las maravillas del Señor aunque no sean reconocidas, seguirá sembrando la semilla de la Palabra de Dios aunque no siempre encuentre la tierra apropiada; en algún lugar brotará esa semilla, algunos terminarán reconociendo las maravillas del Señor, Dios sigue actuando y acercándose a nosotros aunque seamos las tinieblas que rechazamos la luz. Y es que Dios se manifiesta en lo humilde y lo sencillo, se manifiesta en los pequeños y en los parece que no son nada, se acerca a la humanidad para hacer su mismo camino pero para abrir nuevos caminos ante él. Será costosa la misión y tiene mucho de pascua, de pasión y de muerte, pero de la muerte hará resurgir la vida porque ahí está siempre el paso del Señor.

Contemplamos el actuar de Jesús pero en El tenemos que vernos reflejados, no en vano con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, y esa misión no la podemos abandonar. No siempre nos será fácil, muchas veces también nos encontraremos que no somos aceptados, no a todos va a gustar el anuncio de verdad que tenemos que hacer, pero hay una fidelidad y una lealtad en nuestro corazón que no podemos abandonar; con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que nos alienta, que pone palabras en nuestros labios, pero que nos transforma para que seamos en verdad testimonio ante el mundo que no nos quiere creer y que en ocasiones tratará de quitarle valor a nuestras palabras. Somos pecadores, es cierto, pero por eso mismo somos testigos de lo que es el amor del Señor, es el hermoso testimonio que tenemos que dar.