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miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.

lunes, 19 de marzo de 2018

Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad



Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

A pesar de que todos sabemos muy bien que el día 19 de marzo es día de san José sin embargo hemos de reconocer que san José se nos pase un tanto desapercibido en este día. Son tantas las cosas de las que lo hemos rodeado que casi se quedará oculto en medio de tantas fiestas, aunque realmente esto era lo que él siempre quería.
Ahora serán otras las motivaciones, porque fiestas de fallas por un lado que con sus estruendos y fogonazos al final nos tenemos que preguntar que donde está escondido san José, o por otra parte que si el día del padre y sus regalos con lo que quedará enterrado quizá en medio de montañas de papel regalo u oculto detrás de cualquiera de todas esas cosas que con nuestro consumismo queremos en cierto modo empantanar esta fiesta y celebración. Acaso por aquello de la liturgia cuaresmal en la cercanía de la Pascua podemos encontrar un motivo más de ocultamiento. Detrás de todo eso ¿quien se va a fijar en San José?
Ya él pasa casi de puntillas por las páginas del evangelio y no le escucharemos pronunciar ni una sola palabra. Hombre bueno, nos dice el evangelio de él, lo vemos desposado con María y en medio de un mar de dudas y de problemas. Pero decirnos que es un hombre bueno y eso nos está diciendo muchas cosas de él que él  mismo no expresará con palabras sino con sus gestos y su manera de actuar.
Podremos admirarnos de su fe, porque siempre quería leer las señales de Dios en cuanto le acontecía y que tanto iba complicando su vida; podemos admirarnos de su equilibrio y serenidad afrontando problemas, tratando de resolver dudas o queriendo ir resolviendo cosas con la más absoluta discreción. Decide abandonar a María en secreto porque no entiende lo que sucede, pero a nadie quiere hacer daño.
Pero yo diría también que es el hombre del silencio. Ya hemos dicho que no le escuchamos pronunciar palabra. Es el silencio del hombre reflexivo que se piensa las cosas; es el silencio de quien sabe darle profundidad a su vida buscando las más profundas razones y queriendo encontrar las mejores soluciones que a nadie dañen. Es el silencio que nos manifiesta una espiritualidad grande porque nos está descubriendo a un hombre verdaderamente abierto a Dios y que si una palabra sabe decir es decir si a Dios en todo aquello que le va aconteciendo.
El hombre de profundas reflexiones y de espiritualidad grande no lo veremos nunca en medio de grandes gritos, sino que serán sus gestos los que hablen, las actitudes con las que se enfrenta a la vida las que nos hablen de esa reflexión y de esa espiritualidad. Es lo que contemplamos en José. El hombre que sabe decir Si a Dios en todo  momento, porque en todo momento estará abierto a lo que Dios le dice en su corazón; pero para escuchar lo que Dios nos dice en nuestro corazón no necesitamos gritos sino silencio porque es la mejor manera de encontrar la serenidad y la paz.
Hoy en la vida todo lo queremos hacer o manifestar con gritos y con palabras. Pero bien sabemos como muchas veces esas palabras saldrán airadas de nuestros labios que quizás puedan ocultar la soberbia del corazón. Apabullamos a los que están a nuestro lado con tanta palabra, hacemos que se pierda la verdadera sensibilidad de nuestro espíritu en medio de nuestros gritos violentos, y así nunca podremos sintonizar a Dios.
En el silencio lo escuchamos mejor y en el silencio de nuestra reflexión sentiremos la inspiración de Dios que no está invitando a cosas grandes, cosas grandes que sabremos hacer desde el silencio pero con la firmeza de quien está seguro de lo que Dios le pide y la misión que le confía.
Hermosa es la lección que en el silencio nos está dando san José en este día de su fiesta aunque parezca que pueda pasar desapercibido. Nunca san José pasó desapercibido por los grandes santos y los grandes maestros de nuestra espiritualidad. En san José encontraron el mejor aliado para aprender a saborear esa sabiduría de Dios.