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sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

sábado, 5 de agosto de 2023

No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos

 


No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Nos suele suceder que cuando se menciona un profeta en lo primero que pensamos es que el profeta es el adivino del futuro. Es cierto que el profeta tiene una visión de la vida y del futuro de la vida que es muy especial, muy particular, porque su vida y su palabra están siendo anuncio por su testimonio de algo distinto, de algo nuevo, de una vida mejor. Pero la misión y la visión del profeta son para el hoy de nuestra vida.

Misión del profeta podemos decir que es abrir caminos en la vida, porque la rectitud de su vida lo está convirtiendo de algo nuevo, de algo mejor, de una distinta trascendencia de la vida, de un más profundo sentido; podíamos decir que le está poniendo a la vida alas de eternidad. Su vida se convierte en denuncia de todo lo que corte esas nuevas alas a la vida, de lo que nos pueda llevar por derroteros del mal; su palabra, entonces, se volverá exigente para ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente es interesante, lo que verdaderamente dará plenitud a nuestra vida. Su vida es estímulo para nuestra búsqueda de la verdad que da sentido a nuestra vida.

Es una misión dura, una misión difícil, una misión que compromete toda nuestra vida, una misión que se vuelve hacia nosotros mismos, para convertirnos a nosotros en testigos. Y esa es la misión de todo cristiano, esa es nuestra tarea, ese es el camino de esperanza que hemos de emprender, pero no solo para nosotros mismos sino para cuantos nos rodean, para en verdad transformar nuestro mundo.

Una misión que nos hará sufrir, porque no soportamos en nosotros mismos esa falta de esperanza cada vez más, pero de una esperanza que nos llene de trascendencia, que contemplamos en el mundo que nos rodea. Una misión que nos hará sufrir porque encontraremos no solo quienes se hacen sordos a esa palabra que anunciamos, sino quienes van a estar en contra nuestro buscando la forma de anular el testimonio que nosotros podamos ofrecer.

Es lo que estamos contemplando hoy en el evangelio con Juan Bautista, el profeta que había aparecido en las orillas del Jordán junto al desierto y que su vida quería ser testimonio del momento nuevo que habían de vivir. Era el precursor del Mesías y su misión era preparar los caminos del Señor para que se encontrara un pueblo bien dispuesto, como incluso el ángel le había anunciado a Zacarías, su padre, antes de su nacimiento.

Preparar los caminos del Señor exigía un camino de rectitud; por eso pedía la conversión, por eso bautizaba en las aguas del Jordán a quien estuviera dispuesto a emprender ese nuevo camino. Esa voz que sonaba en el desierto era como un grito anunciando la vida. Es lo que le va pidiendo a quienes se acercan a él a escucharle, caminos de solidaridad, caminos del compartir, caminos de justicia, caminos de búsqueda de la verdad. Eran las recomendaciones que uno a uno iba haciendo a quienes se acercaban a la orilla del Jordán. Y ese grito llegó también a Herodes, aunque no tuviera la valentía de ir a hacer ese camino de desierto. Pero esa voz se convirtió en denuncia, que le llevaría a Juan a la cárcel por las instigaciones de quien quería quitarlo de en medio.

Todos hemos reflexionado muchas veces sobre cuanto sucedió en aquella fiesta del cumpleaños de Herodes, que terminaría con la cabeza de Juan en una bandeja como trofeo de quien se consideraba vencedora, pero que sería camino de su propia perdición.

A nosotros nos queda tomar en nuestras manos el testigo de Juan. Porque esa misión profética es también nuestra misión, cuando desde el Bautismo con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes.

¿Será nuestra presencia voz y grito de profeta en medio del mundo que nos rodea? Quien acudía a Juan se sentía interpelado para algo nuevo; quienes están a nuestro lado ¿se sienten interpelados a algo y por algo que puedan descubrir en nuestras vidas?

No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, porque el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de la Iglesia, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos. Estamos demasiado callados, estamos siendo demasiado invisibles, estamos siendo demasiado débiles y cobardes porque muchas veces rehuimos dar ese testimonio, ser ese faro y voz de profeta en nuestro mundo. Quitemos nuestros miedos.

jueves, 19 de enero de 2023

Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

 


Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

‘Los discípulos le tenían preparada una barca no los fuera a estrujar el gentío’. Es lo que suele pasar en las aglomeraciones multitudinarias. Son incluso noticias que escuchamos con demasiada frecuencia y hoy se encargan los organizadores, o protección civil o a quien le corresponde prever todo lo que pueda suceder, las gentes que en determinado momento y lugar se pueden congregar para establecer sus protocolos de actuación. Más de una vez nos habremos visto desbordados en alguna procesión sin asistencia de autoridades que ayuden a mantener el orden y surgen esas personas voluntarias que se encargan de todo para que todo salga bien. Algo así estaban haciendo aquellos primeros discípulos que seguían a Jesús.

Estamos aun en los primeros capítulos del evangelio de Marcos y ya vemos cómo la fama de Jesús se va extendiendo por todas partes y nos habla hoy el evangelista de gentes venidas de todas las regiones de Palestina para escuchar a Jesús. Y como oían hablar de las curaciones que hacía, aunque no habían terminado de entender el sentido de signo que tales milagros tenían de lo que había de ser el Reino de Dios, le traían toda clase de enfermos y venidos también de todas partes. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Justo que los discípulos tuvieran preparada una barca. Otro evangelista nos dirá más en concreto que desde la barca enseñaba a la multitud reunida en la playa en torno a El.

Son la gente sencilla y humilde los que le siguen. Están hambrientas de Dios, deseosos de poner esperanza en el corazón y una palabra de vida que escucharan sabían acogerla con prontitud en el corazón. Por eso les vemos acudir de todas partes. En Jesús se despertaban sus esperanzas y se sentían saciados en el espíritu, en sus corazones. Algo nuevo estaba sucediendo. Palpitaban de una manera nueva sus corazones.

Es el deseo de Dios que tiene que despertarse en nuestros corazones. Muchas veces andamos como adormecidos. Los problemas nos abruman, la desesperanza ronda por doquier, una frialdad nueva va envolviéndolo todo, los sentimientos religiosos más elementales se apagan, nos domina el materialismo que nos hace pensar que en la posesión de las cosas tenemos toda la felicidad, se nos promete un bienestar que no acaba de llegar, y buscamos de la manera que sea disfrutar de todo en una sensualidad demasiado explosiva.

¿Cuáles son los derroteros de la vida? ¿Cuál es el camino que está escogiendo nuestro mundo? Hemos descolgado de la vida esos valores espirituales que nos elevarían y darían una nueva trascendencia a nuestra existencia, vivimos en el ahora, en el hoy, en el disfrute de lo primero que se nos presente, pero no nos terminamos de saciar mientras contemplamos como otros se sienten hartos de la vida y no saben qué hacer. Hay mucha enfermedad de muerte en el mundo que nos rodea pero ya la gente no acude a Jesús, como vemos hoy en el evangelio. ¿Qué podemos hacer?

Y en medio estamos nosotros, que aun decimos que creemos en Jesús y buscamos de alguna manera cómo escucharle. No podemos perder esa luz que se enciende en nuestro corazón cuando escuchamos de verdad la Palabra del Evangelio. Tenemos que despertar nosotros para que no nos envuelvan esas turbulencias de la vida, y tenemos que ser grito que despierte a cuando hay a nuestro alrededor.

Tenemos que ser esa voz, ese signo, ese testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que podemos elevar nuestro espíritu, que en Jesús podemos encontrar esa luz y tenemos que llevar de la mano a los que están a nuestro lado para que se acerquen a Jesús. No nos podemos cruzar de brazos, no nos podemos quedar en una actitud pasiva, tenemos que salir también a los caminos con Jesús para darlo a conocer a nuestro mundo.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 


Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 Isaías 11, 1-10; Sal 71;  Romanos 15, 4-9;  Mateo 3, 1-12

Todos necesitamos en algún momento de la vida un grito que nos despierte, una palabra que llegue a lo más hondo de nosotros y despierte ilusiones y esperanzas, un susurro quizás al oído que nos sugiera otro camino, otras decisiones, un rayo de luz que nos abra horizontes nuevos.

Todos lo necesitamos, en cualquier situación o circunstancia que viva cada uno, porque nos aletargamos con nuestras rutinas, nos angustiamos con los problemas que se nos presentan, nos sentimos turbados ante la situación que podamos vivir, porque hay ocasiones en que no sabemos qué hacer, hay tal desconcierto en la sociedad en la que vivimos que parece que no encontramos valores que nos merezcan la pena, nos envuelven las crisis de la sociedad que ya son solo la guerra, las pandemias, la pobreza, los miedos ante lo que ahora tanto se habla como el cambio climático, sino que la crisis es más hondo porque hay vacío, los valores que siempre habíamos vivido parece que han desaparecido, en la locura en que vivimos no sabemos donde vamos a terminar.

Necesitamos esa palabra o ese grito que, como decíamos nos despierte y nos abra horizontes y caminos nuevos. ¿Nos estará faltando la esperanza? ¿Habremos dejado de creer en nosotros mismos y en la humanidad y lo damos todo por perdido? ¿Qué hemos hecho de la trascendencia que tiene nuestra vida que ahora parece que todo  se queda en el momento, en lo que ahora podamos disfrutar sin perdernos nada y por otro lado nos hemos materializado tanto que hemos dejado hasta de pensar en unos valores espirituales que nos eleven?

No son pesimismos sino realidades que contemplamos desde una esperanza que no nos puede faltar. No es una palabra cualquiera lo que queremos escuchar, porque ya hay muchas palabras vanas en la vida que nos ofrecen paraísos imposibles si no llegamos a darle verdadera profundidad a la vida. Necesitamos esa palabra que nos haga mirar a nuestro interior, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos haga descubrir lo que es verdaderamente importante, que nos eleve también porque andamos demasiado arrastrándonos a ras de tierra.

Como creyentes sabemos que esa palabra solo puede venirnos de Dios. Es Palabra nueva y Palabra viva lo que necesitamos, no una palabra cualquiera. Las soluciones que nos podamos dar nosotros mismos siempre pueden ser soluciones caducas y efímeras, y queremos algo que nos lleve por caminos de mayor plenitud, que nos hagan encontrar también nuestra verdadera grandeza. Y eso solo nos puede venir de Dios.

En este segundo domingo de Adviento tenemos un mensaje que nos llena de esperanza desde las dos grandes figuras que se nos presentan, Isaías y Juan Bautista. Isaías habla a un pueblo que también se siente perturbado por muchas cosas pero les anuncia tiempos nuevos, no con promesas falsas y vacías, sino con una Palabra llena de vida y que así se hace veraz.

Habla en imágenes de un tronco que parece reseco y aparentemente muerto – es la imagen de la situación en la que vive un pueblo sin Dios – pero del que va a brotar un renuevo de vida. Todos habremos contemplado alguna vez en nuestros campos un tronco así tirado por cualquier lugar, pero que vemos que de alguna de sus yemas aparentemente reseca brota un nuevo tallo lleno de vida y que nos llena de esperanza porque no está todo perdido.

‘Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor’, dice el profeta. Y habla de tiempos nuevos de justicia y de paz ‘porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar’. Es un anuncio profético de la venida del Mesías que nos llenará de ese conocimiento de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, que ahora también a nosotros nos llena de esperanza en este tiempo de adviento que estamos viviendo. Podremos llegar también a ese conocimiento del Señor.

Pero es necesaria una cosa. Nos la recordará el otro personaje que nos aparece en este domingo, Juan el Bautista. El evangelista nos hace una descripción de su presencia como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. No predica Juan en la ciudad, en las sinagogas o en el templo, lo cual es bien significativo. Hablará en el desierto donde han de abrirse nuevos caminos, pero que tienen que pasar por la rectificación total de los viejos caminos que ya de nada nos sirven. Por eso la palabra que emplea el Bautista es conversión.

Y conversión no son los apaños de unos arreglitos quedándonos de base con lo mismo de siempre, sino que conversión es dar la vuelta, es transformación total, es cambio de apreciación y de vida. No es tarea fácil, es cierto, y fue la razón por la que tantos rechazaron el mensaje de Jesús y del Evangelio; querían hacer remiendos, y ya nos dirá Jesús que los remiendos no nos valen. Son caminos nuevos porque es vida nueva, como tienen que ser odres nuevos porque es vino nuevo.

Decíamos al principio que necesitábamos una palabra fuerte y una palabra viva. Aquí la estamos escuchando hoy en el mensaje de los profetas y en el mensaje del Bautista. Es un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco y que nos habla de esperanza y de que es posible esa esperanza para todo aquello que veíamos al principio que revolvía nuestra vida. Pero es también camino nuevo que tenemos que ser capaces de construir y de emprender aunque estemos en medio de desiertos; es la conversión que necesitamos hacer desde lo más profundo de nuestra vida.

domingo, 9 de enero de 2022

Desde el silencio un grito resuena en el cielo señalando a Jesús en el Jordán como el Hijo amado de Dios y haciéndonos a nosotros participes de esa misma vida divina

 


Desde el silencio un grito resuena en el cielo señalando a Jesús en el Jordán como el Hijo amado de Dios y haciéndonos a nosotros participes de esa misma vida divina

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22

El bautismo de Jesús que hoy celebramos es un grito después del silencio. Han pasado los años de silencio de Nazaret. Aquel niño en torno a cuyo nacimiento se manifiestan los cánticos de los coros celestiales, tras unos breves episodios en que los evangelistas nos hablan de algunos hechos de su infancia, su presentación en el templo, su huida a Egipto, su presencia en el templo en medio de los doctores a los doce años, marcha a Nazaret donde en silencio se desarrolla su vida, sujeto a sus padres como la de cualquier niño o cualquier joven que como resume el evangelista crece en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Pero por demás, silencio.

Ahora acude a la orilla del Jordán, como tantos acuden de todas partes para escuchar al profeta que bautiza preparando los caminos del Señor y en un bautismo general se pone en la fila de los pecadores que quieren mostrar su penitencia y conversión. Uno de los evangelistas nos pondrá un breve diálogo entre Jesús y Juan el Bautista que quiere negarse a bautizarlo porque reconociéndolo siente que es él, Juan, quien ha de ser bautizado por Jesús; ya lo hará con su sangre. Haz ahora lo que tienes que hacer, son las indicaciones de Jesús, y después de ser bautizado, estando Jesús en oracion será el momento del grito del cielo. ‘Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco’, se oye la voz del cielo mientras se manifiesta la gloria del Señor, sobre El se posará el Espíritu Santo en la apariencia de una figura de paloma.

Es el grito del cielo después del silencio de Nazaret que nos manifiesta quien es Jesús; es el grito del cielo que nos lo señala como el Hijo amado de Dios. Es el grito del cielo que nos despierta a la fe y a la esperanza para ponernos en camino de vida nueva. Es el grito del cielo que se convierte en Buena Noticia, en Evangelio que ha de ser anunciado y que finalmente tendrá que resonar hasta los confines de la tierra. Es el grito del cielo con que comienza a realizarse sobre la tierra el nuevo Reino de Dios, que como en un eco resonará en las palabras de Jesús cuando más tarde comience a predicar anunciándonos la llegada del Reino de Dios pero pidiéndonos conversión para creer en esa Buena Noticia. Comenzará el tiempo nuevo en que la Palabra que había plantado su tienda entre nosotros comenzará a resonar con fuerza y es la que tenemos que escuchar en nuestros corazones.

El Bautista lo había anunciado. ‘Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Por eso lo señalará más tarde. ‘El que me envió a bautizar me había dicho que aquel sobre quien veas bajar el Espíritu del cielo es el que bautizará con el Espíritu Santo’. Así lo señalará a sus discípulos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Un significado hermoso tiene esta fiesta del Bautismo del Señor con la que concluimos todas las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía del Señor. Es la culminación de la Epifanía, pues si la estrella había llevado sus resplandores ya por los cielos para que los gentiles recibieran el primer anuncio, ahora será allí en medio del pueblo que esperaba el Mesías donde resuena ese grito, donde resuena esa Buena Noticia de que Jesús es el Hijo de Dios y nuestra salvación, porque es el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo.

Escuchamos hoy nosotros el grito de esa voz que resonó allí en las orillas del Jordán. La luz ha comenzado a brillar muy fuerte para traernos vida, aunque no todos la acepten, pero sabemos que quienes la acepten y la reciban, quienes quieran escuchar ese grito y esa voz, quienes van a creer en esa Buena Noticia, ‘porque a cuantos le recibieron les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Hoy escuchamos también nosotros esa voz desde el cielo que nos dice ‘tú eres mi hijo amado’ y sentimos cómo Dios se complace en nosotros regalándonos su amor.

No es un bautismo de agua el que nosotros recibimos, no es simplemente un bautismo purificador de nuestros pecados, es el bautismo que por el agua y el Espíritu nos hace nacer de nuevo, como diría un día a Nicodemo, nos llena de nueva vida, porque a nosotros también nos hace participes de esa vida de Dios, nos hace hijos de Dios.

Es el grito que tiene que seguir resonando en nuestro corazón, somos amados de Dios. ¿No tendría hoy que ser un día en que recordemos nuestro bautismo y demos gracias a Dios por ese don de su vida divina que hemos recibido?

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

martes, 7 de diciembre de 2021

Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

 


Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Vamos avanzando en nuestro camino de Adviento. Un camino que vivimos entre nuestras zozobras y nuestras preocupaciones, nuestras carreras y nuestros agobios, nuestro suspirar por tiempos mejores pero también afrontando la realidad del día a día que muchas veces hace aflorar la incertidumbre y el desconsuelo. Ahí están nuestras preocupaciones de cómo llegar a final de mes o como nos vamos a hacer frente a la ola de regalos y comidas que se nos echa encima con esto de la navidad. Ahí están las lágrimas de los que lo han perdido todo – como ha sucedido en nuestra tierra con el volcán de la tierra palmera – y también las lágrimas de los seres queridos que nos han dejado y cuyo hueco sentiremos fuerte en nuestras festivas celebraciones. Así podríamos seguir pensando en muchas cosas, pero también en muchas personas que junto a nosotros van haciendo su camino en la vida y que para ellos muchas veces está muy lleno de sombras.

Y ahí, estamos haciendo nuestro camino de Adviento. ¿Qué significará para muchos? ¿Cuáles son las verdaderas esperanzas que laten en sus corazones? ¿Qué es lo que les puede decir el Adviento? Ya sabemos que para muchos de nuestro entorno – y cuidado nos pueda pasar a nosotros también – no les dice nada, en eso es en lo menos que piensan, otras son sus preocupaciones. Es la realidad. Pero ahí los que nos decimos creyentes, los que en verdad con sentido queremos hacer este camino porque queremos celebrar una verdadera navidad sí tenemos que sentir muy viva esa Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando en el día a día de nuestro camino.

Hoy el profeta tiene una palabra de consuelo. ¿No la necesitaremos en verdad? Si algunas de las cosas que mencionábamos antes nos afectan o nos tocan de alguna manera, esa palabra profética puede ser, tiene que ser una hermosa palabra que hemos de escuchar. ‘Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Viene el Señor con su salvación y nos habla a nuestro corazón. ¿Por qué hemos de seguir en nuestras angustias y en nuestras penas? ¿Por qué tenemos que seguir atormentándonos? ¿Por qué vamos a pensar que vamos a seguir siempre en ese camino oscuro en que no encontremos una luz?


‘Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que  apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían…’

Pero en medio nos ha dicho una cosa muy importante, y es que hemos de preparar los caminos del Señor. ¿Cómo nos lo dice? ‘En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ En el desierto. ¿Cuál es ese desierto hoy? No tenemos que irnos a los desiertos de Judea donde predicaba el Bautista; no tenemos que trasladarnos al inhóspito Sahara para hacer allí unos caminos o unas calzadas.

Ese desierto está en ti, en tus preocupaciones y agobios, en tus carreras y en tus locuras, en esas incertidumbres que llenan tu vida ante el futuro o en esos problemas que se te presentan cada día y que quizá en un momento determinado parece que se crecen… es ahí donde tenemos que abrir caminos nuevos, es ahí donde tenemos que preparar esa calzada para nuestro Dios que viene a nosotros, es ahí donde tenemos que sentir el paso del Señor con su consuelo pero también con su fortaleza para no decaer en nuestras luchas, para seguir abriéndonos paso por la vida y ahí dejando nuestro testimonio, el grito de nuestra vida, como nos decía el profeta.

Y una hermosa palabra de esperanza nos deja el evangelio. Tras la parábola que nos propone que nos habla del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras el resto se queda en el aprisco, Jesús nos dice ‘igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños’. Podremos sentirnos pequeños, poca cosa, que nada valemos pero que además los problemas se acumulan sobre nosotros, nunca podré sentirnos abandonados. Dios no quiere que se pierda ‘ni uno de estos pequeños’.

¿Veremos finalmente un camino de luz? ¿Encontraremos sentidos a las palabras de consuelo que nos ofrece el profeta? ¿Podremos, a pesar de todo lo que pasamos, celebrar con sentido la navidad? Para todos es una palabra de luz esta palabra del profeta.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas




Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19
¿Alguna vez hemos tenido la experiencia de que alguna persona se haya acercado a nosotros y nos haya pedido que tengamos piedad de ella? No sé qué me podéis responder. Seguro que la experiencia si la hemos tenido no haya sido muy agradable o placentera; es duro tener enfrente de nosotros a alguien que se ve abrumado por problemas, por necesidades, por enfermedades o carencias de algún tipo y que se sienta tan hundido como para tener la humildad y la valentía de llegar a pedirnos socorro de esa manera.
Pudiera sucedernos por otro lado que nos hayamos insensibilizado tanto como que no haga mella en nosotros, nos hagamos los oídos sordos, o no seamos capaces de ver la realidad. En este caso si la situación es dura más duro se ha puesto nuestro corazón y necesitamos despertar de alguna manera. Porque a nuestra puerta o a nuestro paso por la calle nos encontramos tantas veces personas que nos tienden la mano, que nos susurran quizá porque no se atreven a decirlo más alto, que nos miran con una mirada que habla por si sola, y quizá, reconozcámoslo pasamos de la largo, no queremos oír lo que nos puedan decir no porque su susurro sea tan débil sino porque hemos cerrado inmisericordes los oídos.
Mientras iba escribiendo esta reflexión me di cuenta que mi perrito estaba a mi lado echado en el sillón y dormido, al menos con los ojos cerrados; se me ocurrió acercar mi mano a su hocico sin llegar a tocarlo, pero ya antes de que mis dedos se acercaran abrió los ojos para mirarme y ver qué hacía. Parecía dormido, pero su sensibilidad le hacía sentir lo que pasaba a su lado y abrió los ojos. Y pensé, nosotros vamos con los ojos abiertos por la vida, tendríamos que ver pero nuestra insensibilidad es tal que no reaccionamos por grande que sea la cosa que está sucediendo delante de nosotros. Ojos abiertos, pero dormidos. Despertemos. Creo que nos vale este ejemplo.
Hoy el evangelio nos habla de la sensibilidad de Jesús. Iba de camino, atravesaba Samaria, su meta era llegar a Jerusalén seguramente para la fiesta de la pascua. Y al paso del camino, aunque en la lejanía porque no se les permitía acercarse un grupo de diez leprosos estaban con sus gritos pidiendo compasión. Jesús podía seguir de largo, porque estaban lejos, porque su meta era solamente hacer el camino para llegar a Jerusalén y nada debía detenerlo, pero Jesús se detuvo. Ya conocemos el resto y muchas consideraciones nos hemos hecho en torno a este evangelio.
Me quiero quedar hoy en esta consideración. Caminamos por la vida con nuestras metas, nuestras rutas, nuestros objetivos, nuestros quehaceres y no queremos detenernos. Algunas veces solo necesitamos escuchar, porque lo que el otro necesita es que lo escuchen, pero nuestros oídos están cerrados, a nuestra vida le hemos puesto un cerco de obligaciones, de ocupaciones, de rutas, de metas, de trabajos que ya no sabemos detenernos. Quizá nos creemos muy responsables porque cumplimos muy bien con todas esas obligaciones y cumplimos con nuestras rutas y nuestros objetivos. Pero ¿no habrá que salirse de la ruta para ver esas miradas, para escuchar esos gritos, para poner sensibilidad en nuestro corazón?
Creo que no es necesario decir mucho más sino tener abierta la sintonía del evangelio.

sábado, 21 de julio de 2018

En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús



En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús

Miqueas 2,1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21
Los fariseos querían acabar con Jesús. Como dirá Jesús en otro momento, su hora no ha llegado. Se marcha Jesús a lugares descampados, pero allí lo sigue la gente y Jesús no deja de seguir realizando los signos del reino curando a los enfermos de todo tipo de mal. No es una huida, es el momento del silencio, por eso les dice a los que ha curado que no lo divulguen. Pero su silencio grita. Las señales del amor no se pueden ocultar. ¿Qué haríamos nosotros?
Queremos caminar en la vida con buena voluntad y con buenos deseos. En nuestra sangre, por así decirlo, llevamos la semilla de querer hacer siempre el bien. Nos cuesta. Es en nosotros que aparece la tentación del cansancio o del desánimo; rebrotan en nosotros en ocasiones ambiciones, orgullos, amor propio y un cierto egoísmo mal disimulado. Será por otra parte que nos encontramos con gente que no nos entiende, o gente que se opone a nuestros planteamientos. En ocasiones no solo se nos hace difícil seguir con nuestros planes y deseos de hacer el bien, sino que casi se nos hace imposible. Parece que nadamos contracorriente de cómo andan los caminos del mundo que nos rodea que no nos entiende o que va a lo suyo. ¿Será también el momento del silencio?
En nuestro nivel personal de nuestras luchas y nuestros deseos de superación o en la realización de unos compromisos concretos nacidos de la fe que tenemos en >Jesús y que sentimos que no nos podemos cruzar de brazos. Pero es también la tarea de la Iglesia que no siempre es entendida y comprendida. Muchas veces parece que es una voz que grita en el desierto de nuestro mundo y pocos quieren escuchar.
Uno mira a su alrededor y por un lado ve lo que la Iglesia quiere realizar, su compromiso con el evangelio que no solo es anunciarlo con palabras, sino también con los signos de sus obras, pero por otra parte ve a tanta gente indiferente que ni se entera de lo que hace la Iglesia y a quienes no termina de llegar su mensaje. Se puede sentir el desaliento, podemos tener la tentación de quedarnos en el silencio, pero no un silencio que grite.
Estos días hemos escuchado los momentos difíciles que esta pasando la Iglesia de Nicaragua por ponerse evangélicamente al lado del pueblo que sufre. Han sido agresiones a la gente sencilla pero que ha llegado también a agresiones a sacerdotes y obispos; pero han sido también insultos desde las mas altas instancias que quieren confundir al pueblo. Pero la Iglesia ahí está, ahí sigue, al lado de los que sufren, sufriendo también en silencio, pero no dejando de luchar y trabajar para que las cosas mejoren. No es entendido por muchos, se crea confusión en mucha gente. Pero ahí está la presencia de la Iglesia signo del amor de Dios a su pueblo.
‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi alnado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. Nos ha recordado hoy el evangelista estas palabras de Isaías, ante el momento que vivía Jesús. Nos lo recuerda hoy la Palabra de Dios en el momento en que vivimos, en situaciones personales, o en las diversas situaciones que vive la Iglesia en su tarea a lo largo del mundo.
En silencio quizá, pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús.

lunes, 19 de marzo de 2018

Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad



Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

A pesar de que todos sabemos muy bien que el día 19 de marzo es día de san José sin embargo hemos de reconocer que san José se nos pase un tanto desapercibido en este día. Son tantas las cosas de las que lo hemos rodeado que casi se quedará oculto en medio de tantas fiestas, aunque realmente esto era lo que él siempre quería.
Ahora serán otras las motivaciones, porque fiestas de fallas por un lado que con sus estruendos y fogonazos al final nos tenemos que preguntar que donde está escondido san José, o por otra parte que si el día del padre y sus regalos con lo que quedará enterrado quizá en medio de montañas de papel regalo u oculto detrás de cualquiera de todas esas cosas que con nuestro consumismo queremos en cierto modo empantanar esta fiesta y celebración. Acaso por aquello de la liturgia cuaresmal en la cercanía de la Pascua podemos encontrar un motivo más de ocultamiento. Detrás de todo eso ¿quien se va a fijar en San José?
Ya él pasa casi de puntillas por las páginas del evangelio y no le escucharemos pronunciar ni una sola palabra. Hombre bueno, nos dice el evangelio de él, lo vemos desposado con María y en medio de un mar de dudas y de problemas. Pero decirnos que es un hombre bueno y eso nos está diciendo muchas cosas de él que él  mismo no expresará con palabras sino con sus gestos y su manera de actuar.
Podremos admirarnos de su fe, porque siempre quería leer las señales de Dios en cuanto le acontecía y que tanto iba complicando su vida; podemos admirarnos de su equilibrio y serenidad afrontando problemas, tratando de resolver dudas o queriendo ir resolviendo cosas con la más absoluta discreción. Decide abandonar a María en secreto porque no entiende lo que sucede, pero a nadie quiere hacer daño.
Pero yo diría también que es el hombre del silencio. Ya hemos dicho que no le escuchamos pronunciar palabra. Es el silencio del hombre reflexivo que se piensa las cosas; es el silencio de quien sabe darle profundidad a su vida buscando las más profundas razones y queriendo encontrar las mejores soluciones que a nadie dañen. Es el silencio que nos manifiesta una espiritualidad grande porque nos está descubriendo a un hombre verdaderamente abierto a Dios y que si una palabra sabe decir es decir si a Dios en todo aquello que le va aconteciendo.
El hombre de profundas reflexiones y de espiritualidad grande no lo veremos nunca en medio de grandes gritos, sino que serán sus gestos los que hablen, las actitudes con las que se enfrenta a la vida las que nos hablen de esa reflexión y de esa espiritualidad. Es lo que contemplamos en José. El hombre que sabe decir Si a Dios en todo  momento, porque en todo momento estará abierto a lo que Dios le dice en su corazón; pero para escuchar lo que Dios nos dice en nuestro corazón no necesitamos gritos sino silencio porque es la mejor manera de encontrar la serenidad y la paz.
Hoy en la vida todo lo queremos hacer o manifestar con gritos y con palabras. Pero bien sabemos como muchas veces esas palabras saldrán airadas de nuestros labios que quizás puedan ocultar la soberbia del corazón. Apabullamos a los que están a nuestro lado con tanta palabra, hacemos que se pierda la verdadera sensibilidad de nuestro espíritu en medio de nuestros gritos violentos, y así nunca podremos sintonizar a Dios.
En el silencio lo escuchamos mejor y en el silencio de nuestra reflexión sentiremos la inspiración de Dios que no está invitando a cosas grandes, cosas grandes que sabremos hacer desde el silencio pero con la firmeza de quien está seguro de lo que Dios le pide y la misión que le confía.
Hermosa es la lección que en el silencio nos está dando san José en este día de su fiesta aunque parezca que pueda pasar desapercibido. Nunca san José pasó desapercibido por los grandes santos y los grandes maestros de nuestra espiritualidad. En san José encontraron el mejor aliado para aprender a saborear esa sabiduría de Dios.



domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


sábado, 29 de agosto de 2015

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

1Tesalonicenses 4,13-18; Sal 95; Marcos 6, 17-29

Era la voz que gritaba en el desierto; fue la voz que gritó desde el silencio de la fortaleza de Maqueronte aun cuando se le quería hacer callar.
Los profetas habían anunciado al que iba a venir a preparar los caminos del Señor. ‘Una voz grita en el desierto: Preparad los caminos del Señor…’  Y había surgido un hombre, enviado por Dios, su nombre era Juan, vestido de piel de camello y se alimentaba de miel silvestre. A él acudían de todas partes. Los invitaba a la conversión, a la transformación de sus vidas porque llegaba el que había de venir. El solo era la voz que anunciaba la llegada de la Palabra. El no era el Mesías ni el Salvador sino el que había de venir para traernos la salvación como Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Su misión era solo ser el precursor. Había que enderezar los caminos y allanar los valles, que todo lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Su voz resonaba en las conciencias.  El Bautismo al que invitaba tenía que indicar la voluntad de enderezar el corazón y la vida convirtiéndose de verdad al Señor y reconociendo lo malo que podía haber en sus conciencias. A cada uno le iba diciendo por donde había de enderezar su vida. Denunciaba lo que fuera injusto o a quien obraba el mal. Había que quemar en la hoguera todo lo que hubiera de malo en los corazones. Su voz era molesta en ocasiones; desde Jerusalén enviaban embajadas para saber quién era o con qué autoridad se atrevía a predicar.
No es extraño que molestara también al tirano, al que vivía solamente para los placeres y las orgías y más si su vida era irregular. Incitado por Herodías a quien le molestaban más las palabras del profeta, Herodes terminó encerrándolo en la mazmorra para hacerle acallar su voz. Pero su garganta silenciada pronunciaba el grito más clamoroso y que iba a ser recordado en la historia. El testimonio de su vida le hizo testigo para siempre para que para siempre se escuchara su voz.
Hoy celebramos el martirio de Juan, escuchamos su grito clamoroso. Cuando se rueda por la pendiente del mal se terminará cayendo en lo más profundo del pecado del que nos costará más arrancarnos; cuando se entra en esa espiral de oscuridades en la vida, maldades y de injusticias cada vez nos llevará más lejos de donde podamos hallar la luz. Es el camino de la vida llena de pasiones desordenadas, de cobardías y temores humanos que terminó en estaciones de injusticia y de muerte en la vida de Herodes. Tenía un cierto respeto temeroso a la voz del Bautista, pero pudo más en él la pasión y la injusticia que había anidado en su hogar y en su corazón alimentada por envidias y resentimientos.
Ante nosotros está hoy la voz que nos grita en nombre del Señor a través de la figura de Juan en su martirio y que nos invita a salirnos de los caminos del mal para que realicemos una verdadera conversión del corazón. Es la llamada que nos invita a la valentía de saber arrancar de nuestro corazón todas las negruras del pecado para que brille en nosotros para siempre la luz. No nos valen las cobardías ni los respetos humanos cuando se trata de hacer el bien y seguir los caminos del evangelio; el Espíritu del Señor está con nosotros para darnos esa gracia y ese don de la fortaleza para mantenernos firmes siempre en los caminos del Señor.
El testimonio de nuestra vida tiene que ser grito, quizá muchas veces silencioso, en el testimonio callado de nuestra vida de cada día llena de rectitud y siempre sobreabundante de amor.