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miércoles, 24 de abril de 2024

Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

 


Escuchemos el grito que resuena en nuestros corazones y seamos, no por lo que vociferemos, sino por nuestro testimonio de amor, grito que despierte a nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 12, 24 — 13, 5ª; Salmo 66; Juan 12, 44-50

Hay gritos que no se oyen con los oídos, pero se escuchan allá en lo más hondo del alma. No son voces estridentes, sino escuchar una voz que susurra en el corazón pero que se convierte en un grito dentro del alma. Son gritos que no es escuchan sensorialmente, pero sensitivamente nos producen gran impacto.

Creo que algo de eso habremos experimentado más de una vez y es una forma maravillosa con la que podemos comunicarnos. Al que más grita es al que quizás menos se le escucha, porque incluso la estridencia del grito produce un caos en nuestros oídos que no llegaremos a entender lo que se nos dice. Fue quizás aquella mirada que en un momento determinado recibimos, por ejemplo de nuestra madre, ante lo que estábamos haciendo, no oímos quizás ninguna palabra pero en nuestro interior hubo un grito de advertencia para que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo.

Digo la madre, porque quizás fue lo más bonito que palpamos desde nuestra niñez, pero habrán sido muchas ocasiones en la vida en las que nos habrá sucedido algo parecido. El testimonio de alguien en silencio que cumplía con su deber sin grandes aspavientos, el ejemplo de una entrega generosa sin hacer ruido, pero que tanto bien hacía y que dejó huella en nosotros. No necesitamos grandes juicios ni condenas, pero nos sentimos interpelados y quizás se produjeron cambios beneficiosos en la vida.

Hoy el evangelio nos dice que Jesús alzó la voz y gritó, pero lo que luego nos sigue diciendo el evangelio no son palabras que hagan mucho ruido, pero sí son palabras en los que se va desparramando lo que hay en el corazón de Dios dejándonos entrever la grandeza de su corazón, pero también lo que era la ternura de Dios que se estaba manifestando en Jesús.

Nos habla de creer en El y nos habla de la luz que comienza desde esa fe a resplandecer en nuestros corazones. Nos habla Jesús de su misión, misión que ha recibido del Padre, porque El no habla ni dice sino lo que ha recibido del Padre. Nos habla Jesús de la salvación que viene a ofrecernos, porque El no viene ni para juzgar ni para condenar, sino para ser luz, para sembrar semillas de esperanza y de vida nueva, para regalarnos la salvación.

Hoy quizás nosotros magnificamos, y no podemos menos que hacerlo, todo aquello que iba haciendo Jesús, pero esa algo sencillo, pequeño y humilde, porque lo que Jesús iba haciendo era desparramar amor. Es su cercanía y su presencia allí donde había sufrimiento; era el estímulo para emprender el camino, cuando siempre El iba delante haciendo el mismo camino que nosotros; era su oído atento y su mirada, para escuchar súplicas, para descubrir lágrimas, para ofrecer la calidez de su corazón para que encontraran paz los corazones atormentados.

Y lo hacía mientras hacia camino entre aquellas aldeas perdidas de Galilea, o se sentaba en la orilla del lago para hablar a los pescadores o a cuantos se acercaran junto a El, mientras se dejaba coger el corazón cuando se encontraba con las multitudes hambrientas de vida, o se repartía para llegar a todos como repartía el pan en el desierto para que todos comieran. No era nada especial ni extraordinario sino la grandeza de la vida misma llena y rebosante de amor.

Pasaba en silencio haciendo el bien y su presencia se convertía en grito que despertaba los corazones, sigue despertando los corazones si queremos nosotros también escuchar ese grito que quizás nos llega como susurro en el testimonio de amor de muchos que están a nuestro lado y porque no hacen ruido nos pueden pasar desapercibidos.

Escuchemos ese grito que resuena en nuestros corazones, y aprendamos a ser, no por las palabras que vociferemos, sino por el testimonio de amor que demos, ese grito que despierte a nuestro mundo.

viernes, 29 de marzo de 2024

Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 


Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Es viernes santo. Y casi está todo dicho. Es el día en que los cristianos conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Ante nuestros ojos desfilan, podíamos decir que interminables, las imágenes de la pasión y de la muerte de Jesús. Caminamos por nuestras calles y desfilan a nuestro encuentro las imágenes de la pasión en las procesiones que en todas partes se realizan estos días; entramos a nuestros templos y nos vemos rodeados de las más diversas imágenes de la pasión; vamos a las celebraciones y escuchamos el hermoso relato de la pasión que nos hace hoy el evangelista Juan. ¿Llegaremos a estar saturados?

Detengámonos en cualquiera de esos momentos de la pasión que tan gráficamente se nos describen, aquel que más nos impresiona, aquel que nos hace pensar y nos interroga por dentro, aquel que será más conocido para nosotros; todos tenemos, es cierto, alguna preferencia especial, ante cuya imagen nos sentimos más sobrecogidos. Detengámonos ahí, no es necesario hacer recorrido por todos los momentos, y contemplemos; hagámoslo en silencio, no porque no hablemos, sino porque no nos adelantemos con pensamientos prediseñados o conclusiones que nos hayamos hecho en otros momentos de reflexión. Detengámonos así, como si fuera la primera vez y dejémonos sorprender.

En cualquiera de los momentos ante el que nos detengamos vamos a escuchar aquello que por dos veces repitió Pilatos, ‘he aquí al hombre, aquí está vuestro rey’. No desviemos la mirada ni nos entretengamos en nada sino miremos y escuchemos. Miremos de frente, sin temor, con los ojos bien abiertos, con el espíritu y el corazón bien abierto. Como hemos hecho silencio podemos escuchar un susurro de Dios.

¿Qué estaremos viendo a través de esa imagen de Jesús? Sí, vemos dolor y sufrimiento, un cuerpo atormentado, un cuerpo atravesado por el sufrimiento, pero vemos amor. Es la razón, es el motivo. Es la expresión del amor que nos tiene quien se dio por nosotros. No hay amor más grande, ya nos lo había dicho. Lo comprendemos. Es el amor de Dios Padre que nos entrega al Hijo; es el amor de Jesús que sube a Jerusalén, que sube a la cruz, libremente se entrega. Ha llegado su hora, pero es El quien da el paso adelante, porque hay amor, porque nos ama. ¿Cómo nos sentimos ante tanto amor? ¿Qué es lo que podemos decir? Nos quedamos en silencio, contemplando, rumiando en nuestro interior, sintiéndonos invadidos por ese amor, quedándonos transformados en el amor.

Estamos contemplando a Dios. Estamos sintiendo como nunca la presencia de Dios porque nos sentimos envueltos por su amor. Estamos contemplando cómo se ha bajado del cielo para caminar con nosotros, para caminar entre nosotros, para hacerse uno con nosotros. Se anonadó, porque se hizo esclavo desde el amor. Se anonadó porque haciéndose como nosotros quiso morir como nosotros. Se anonadó porque lo contemplamos en una terrible muerte de Cruz.

Es Dios y se hizo hombre y está sufriendo con toda la humanidad doliente. ‘He aquí al hombre’, había dicho Pilato. Es Jesús, pero en él vemos todo hombre que sufre, toda la humanidad doliente. Asumió nuestro dolor para que en el dolor de todos los hombres le viéramos a El. Sí, eso nos dijo. Y está en el hambriento y en el sediento, en el enfermo y en el que está en la cárcel, en el que está solo y en el que se encuentra en los oscuros callejones de la vida, en el que sufre el desprecio y la discriminación y en el que lleva en su carne los duros horrores de la guerra, en el que es perseguido o despreciado por ser distinto, por ser de otra raza, por ser de otro lugar, porque actúa de otra manera o piensa distinto, en todo el que sufre o que padece por cualquier motivo.

Cuanto le hiciéramos a uno de esos pequeños, a El se lo hacemos, así nos dijo. Cuando hoy lo contemplamos en su pasión y en su muerte seguramente nos hubiera gustado estar allí para liberarlo de ese sufrimiento, para ser quizás ángel del consuelo, para ponernos en su lugar, para acompañarlo con nuestra presencia como Juan, como María Magdalena, como María, su madre. Sí, hoy, pongámonos a su lado en los nuevos calvarios de la vida. Pongámonos a su lado en todos esos que sufren, y ante los cuales tantas veces pasamos insensibles y quizá sin mirarlos. Mirando hoy a Jesús en la cruz aprendamos a mirar a nuestro alrededor para encontrar a ese ser que se encuentra sumido en su soledad, a mirar a nuestro alrededor y descubrir tantas lágrimas que se derraman sobre tantos rostros pero en las que nunca nos habíamos fijado, a mirar de una manera nueva el dolor y el sufrimiento que quizás causamos con nuestros desaires o con la despreocupación con que vamos por la vida.

Dejémonos mirar por Jesús con aquella misma mirada compasiva con que miró a Pedro después de su negación, como miró a Juan desde lo alto de la cruz para entregarle a su madre, como miró a quienes le crucificaban para perdonar y para disculpar, como miró a nuestro mundo para llenarlo de nueva vida y de amor. Algo nuevo tiene que comenzar a brotar dentro de nuestro corazón, una nueva vida tiene que estar gestándose en nosotros. Vamos camino de la Pascua, porque sentimos el paso de Dios por nuestra vida. En nosotros queda siempre la esperanza de la resurrección. Dios está hablando a nuestro corazón.

domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

sábado, 10 de junio de 2023

Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

 


Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que marcará la verdadera grandeza de nuestra  vida y nos dejará verdadera huella en el mundo que nos rodea

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

¿Dónde podemos encontrar la verdadera medida del hombre? ¿Cuál es la verdadera altura de la persona? No tenemos que ir dándonos codazos en la vida para hacer aparentar que mido un centímetro más de altura que el otro. No son las medidas de un cuerpo esbelto lo que nos va a dar esa altura; no son los ropajes con que nos revistamos porque al final seremos como fantoches a los que han puesto unas bonitas vestimentas pero realmente están desnudos y vacíos por dentro; no es el sillón más alto y más lujoso que podamos colocar en los lugares que llamamos sitios de honor porque al final la fila no va a comenzar en ese orden que en nuestro interés habíamos predispuesto.

Recordemos que Jesús cambia el orden de los que van a ser llamados porque los últimos serán primeros y los primeros van a quedar para los últimos. Y en ese sentido podríamos seguir recordando muchas recomendaciones de Jesús. Cuando los discípulos discutían por los primeros puestos les decía que habían de hacerse los últimos y los servidores de todos.

Pero quizás seguimos preguntándonos por la verdadera medida del hombre. Y ya sabemos que no está ni en las fantasías ni en las vanidades, ni en el tamaño de nuestro bolsillo, ni en las palabrerías que encandilan y aturrullan pero que al final no dejan ningún mensaje ni ninguna huella que merezca la pena. Cuántas palabras vacías escuchamos a lo largo del día, cuantas promesas que se vuelan como el humo en una mañana de viento, cuantas palabras encantadoras, pero que son eso encantadoras que solo las necesitan los que no quieren escuchar nada con fundamento. La medida tenemos que irla comenzando a buscar por nuestro corazón.

Será el corazón generoso el que nos da la verdadera medida de la persona. Podrá ser alguien que para la mayoría de la gente pase desapercibida porque no hace ruido ni llama la atención. Como aquella anciana del evangelio que tras el bullicioso cortejo de los que van haciendo alarde de sus vanidades, ella calladamente, sin que nadie sea capaz de notar su presencia, pareciera que furtivamente porque ningún ruido se escucha, deja caer sus dos monedas en el arca de las ofrendas.

El bullicio de la vanidad no nos dejará escuchar el murmullo que como el susurro de una suave brisa para junto a nosotros pero que puede ser que el que nos deje profunda huella. No sintió el profeta, como hemos comentado más de una vez, la presencia de Dios en el fragor del terremoto que partía las montañas, ni en el huracán que parecía arrebatar de su sitio árboles y edificaciones; en el susurro de la suave brisa sentirá el paso del Señor compasivo y misericordioso que iba derramando vida con su amor en todos los que sentían su presencia.

Aquella anciana que Jesús estaba observando echar sus monedas en el arca de las ofrendas fue ese susurro de Dios que nos venía a descubrir la grandeza de aquella humilde persona. Será, pues, la generosidad del corazón la que nos dará la verdadera medida de la persona. Será la generosidad vivida y expresada sin hacer ruido la que nos dejará verdadera huella en nosotros, de quienes somos generosos de corazón, pero también de quienes tengamos la suerte de descubrir esa generosidad de tantos a nuestro lado.

Es el camino del Reino que nosotros hemos de vivir; son las señales que tenemos que dar de esa presencia del Reino de Dios en nuestra vida y con lo que lo queremos hacer presente en nuestro mundo.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 


Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 Isaías 11, 1-10; Sal 71;  Romanos 15, 4-9;  Mateo 3, 1-12

Todos necesitamos en algún momento de la vida un grito que nos despierte, una palabra que llegue a lo más hondo de nosotros y despierte ilusiones y esperanzas, un susurro quizás al oído que nos sugiera otro camino, otras decisiones, un rayo de luz que nos abra horizontes nuevos.

Todos lo necesitamos, en cualquier situación o circunstancia que viva cada uno, porque nos aletargamos con nuestras rutinas, nos angustiamos con los problemas que se nos presentan, nos sentimos turbados ante la situación que podamos vivir, porque hay ocasiones en que no sabemos qué hacer, hay tal desconcierto en la sociedad en la que vivimos que parece que no encontramos valores que nos merezcan la pena, nos envuelven las crisis de la sociedad que ya son solo la guerra, las pandemias, la pobreza, los miedos ante lo que ahora tanto se habla como el cambio climático, sino que la crisis es más hondo porque hay vacío, los valores que siempre habíamos vivido parece que han desaparecido, en la locura en que vivimos no sabemos donde vamos a terminar.

Necesitamos esa palabra o ese grito que, como decíamos nos despierte y nos abra horizontes y caminos nuevos. ¿Nos estará faltando la esperanza? ¿Habremos dejado de creer en nosotros mismos y en la humanidad y lo damos todo por perdido? ¿Qué hemos hecho de la trascendencia que tiene nuestra vida que ahora parece que todo  se queda en el momento, en lo que ahora podamos disfrutar sin perdernos nada y por otro lado nos hemos materializado tanto que hemos dejado hasta de pensar en unos valores espirituales que nos eleven?

No son pesimismos sino realidades que contemplamos desde una esperanza que no nos puede faltar. No es una palabra cualquiera lo que queremos escuchar, porque ya hay muchas palabras vanas en la vida que nos ofrecen paraísos imposibles si no llegamos a darle verdadera profundidad a la vida. Necesitamos esa palabra que nos haga mirar a nuestro interior, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos haga descubrir lo que es verdaderamente importante, que nos eleve también porque andamos demasiado arrastrándonos a ras de tierra.

Como creyentes sabemos que esa palabra solo puede venirnos de Dios. Es Palabra nueva y Palabra viva lo que necesitamos, no una palabra cualquiera. Las soluciones que nos podamos dar nosotros mismos siempre pueden ser soluciones caducas y efímeras, y queremos algo que nos lleve por caminos de mayor plenitud, que nos hagan encontrar también nuestra verdadera grandeza. Y eso solo nos puede venir de Dios.

En este segundo domingo de Adviento tenemos un mensaje que nos llena de esperanza desde las dos grandes figuras que se nos presentan, Isaías y Juan Bautista. Isaías habla a un pueblo que también se siente perturbado por muchas cosas pero les anuncia tiempos nuevos, no con promesas falsas y vacías, sino con una Palabra llena de vida y que así se hace veraz.

Habla en imágenes de un tronco que parece reseco y aparentemente muerto – es la imagen de la situación en la que vive un pueblo sin Dios – pero del que va a brotar un renuevo de vida. Todos habremos contemplado alguna vez en nuestros campos un tronco así tirado por cualquier lugar, pero que vemos que de alguna de sus yemas aparentemente reseca brota un nuevo tallo lleno de vida y que nos llena de esperanza porque no está todo perdido.

‘Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor’, dice el profeta. Y habla de tiempos nuevos de justicia y de paz ‘porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar’. Es un anuncio profético de la venida del Mesías que nos llenará de ese conocimiento de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, que ahora también a nosotros nos llena de esperanza en este tiempo de adviento que estamos viviendo. Podremos llegar también a ese conocimiento del Señor.

Pero es necesaria una cosa. Nos la recordará el otro personaje que nos aparece en este domingo, Juan el Bautista. El evangelista nos hace una descripción de su presencia como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. No predica Juan en la ciudad, en las sinagogas o en el templo, lo cual es bien significativo. Hablará en el desierto donde han de abrirse nuevos caminos, pero que tienen que pasar por la rectificación total de los viejos caminos que ya de nada nos sirven. Por eso la palabra que emplea el Bautista es conversión.

Y conversión no son los apaños de unos arreglitos quedándonos de base con lo mismo de siempre, sino que conversión es dar la vuelta, es transformación total, es cambio de apreciación y de vida. No es tarea fácil, es cierto, y fue la razón por la que tantos rechazaron el mensaje de Jesús y del Evangelio; querían hacer remiendos, y ya nos dirá Jesús que los remiendos no nos valen. Son caminos nuevos porque es vida nueva, como tienen que ser odres nuevos porque es vino nuevo.

Decíamos al principio que necesitábamos una palabra fuerte y una palabra viva. Aquí la estamos escuchando hoy en el mensaje de los profetas y en el mensaje del Bautista. Es un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco y que nos habla de esperanza y de que es posible esa esperanza para todo aquello que veíamos al principio que revolvía nuestra vida. Pero es también camino nuevo que tenemos que ser capaces de construir y de emprender aunque estemos en medio de desiertos; es la conversión que necesitamos hacer desde lo más profundo de nuestra vida.

domingo, 18 de julio de 2021

Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

 


Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

Los apóstoles se fueron de crucero con Jesús. Así lo diríamos hoy. Una travesía en barca por las tranquilas aguas del mar de Galilea ciertamente es algo placentero y son buenos momentos de relax y de descanso. Y era lo que realmente buscaba Jesús con los discípulos. Habían regresado de la misión que les había encomendado, contaban sus experiencias, pero era tanta la gente que acudía para estar con Jesús que, como dice el evangelista, no tenían tiempo ni para comer. Y Jesús quiere llevárselo a un lugar apartado para descansar un poco. Ya la misma travesía se convertía en momentos de descanso. Iban ellos solos con Jesús y oportunidad tenían para contar sus experiencias, momento era propicio para descansar estando con el Señor.

He tenido la suerte de hacer esa travesía del lago de Tiberíades y confieso que es algo maravilloso y hasta puede ser una experiencia espiritual que cala hondo en el alma. Ya sea atravesando el lago en barca o simplemente estando sentado a su orilla escuchando el suave murmullo de las olas es una rica experiencia si uno en verdad quiere sentir y escuchar las palabras de Jesús pronunciadas en ese mismo lago, o gozarnos espiritualmente de la presencia del Señor que allí puede uno sentir.

Vemos, sin embargo, que cuando llegan al lugar escogido para ‘acampar’, digámoslo así, la gente de las aldeas y pueblos vecinos se les habían adelantado y allí estaba una muchedumbre ansiosa también de estar con Jesús y escucharle. Sintió lástima de ellos, dice el evangelista, porque estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles con calma. Casi podemos escuchar sus palabras aunque ahora el evangelista no nos detalle lo que les estaba enseñando.

Con lo que hemos venido diciendo hasta ahora en torno a este episodio que nos ofrece  hoy el evangelio creo que podemos sentir una llamada en nuestro corazón, una invitación de Jesús para irnos a estar con El. Lo necesitamos. Vivimos demasiado ajetreados en la vida con nuestras locas carreras; decimos que tenemos tanto que hacer que no sabemos detenernos para encontrarnos al menos con nosotros mismos; ni nos encontramos con nosotros mismos, ni sabemos encontrarnos con los demás, y cuanto menos algunas veces nos sucede no sabemos encontrarnos con Dios.

Necesitamos ese lugar apartado, esa travesía del lago, ese momento de silencio dejando quizá que las olas de la playa mojen nuestros pies. Necesitamos saber detenernos y apagar nuestras músicas, silenciar nuestros oídos a tantos gritos y locuras que nos envuelven. Si no hacemos silencio ni a nosotros mismos nos escucharemos. Y tenemos que saber sacar a flote tantas cosas que llevamos revueltas en el corazón, necesitamos escucharnos esos interrogantes que nos surgen tantas veces dentro de nosotros mismos pero que o los acallamos o decimos que lo dejamos para luego, pero no nos enfrentamos a la verdad de nuestra vida.

Necesitamos ese silencio en nosotros para escuchar ese susurro de Dios en la suave brisa que nos envuelve, como le sucedió al profeta allá en lo alto de la montaña cuando huía de sus problemas y de sus angustias, pero vino a encontrarse con Dios para luego ponerse en camino de nuevo para su misión. No podemos ir a la misión, a eso que Dios nos tiene encomendado para el camino de nuestra vida y nuestro encuentro con los demás, si antes no hemos escuchado bien en lo hondo de nosotros mismos ese susurro de Dios que pondrá en orden tantas cosas dentro de nuestro corazón.

Sepamos encontrar ese momento. Quizás nos preocupamos mucho de nuestro descanso físico para recuperar las fuerzas de nuestro cuerpo y andamos ansiosos por encontrar unos fines de semana o unos tiempos de vacaciones para dejar a un lado nuestros trabajos, pero quizá no nos preocupamos tanto de ese descanso y de esa renovación de nuestro espíritu.

Hemos de saber encontrar la verdadera alegría de nuestra vida en esa paz para nuestro espíritu. Son las baterías del alma las que tenemos que saber también recargar y eso tenemos que hacerlo en el Señor. Pongamos espiritualidad profunda en nuestra vida, vayamos a estar con el Señor, sepamos descubrir en esas travesías de nuestra vida que el Señor va con nosotros y sentémonos a sus pies para escucharle, para empaparnos de sus palabras y de su vida, dejemos que las olas de su ternura bañen nuestros pies y nos hagan sentir paz en el alma.

Vayámonos de crucero con Jesús.

jueves, 24 de junio de 2021

La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

 


La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26;  Lucas 1, 57-66. 80;

Celebramos hoy la fiesta de la Natividad de Juan Bautista, que había venido para dar testimonio de la luz y para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. No era él la luz sino el que venía a ser testigo de la luz, no era la Palabra sino la voz que anunciaba y nos preparaba para escuchar al que era en verdad la Palabra de Dios, no era el Mesías ni se consideraba un profeta – aunque Jesús nos dijera que no había ningún profeta mayor que él - sino que era el anunciado por los profetas que venía a preparar los caminos del Señor. Es lo que hoy estamos celebrando.

Una fiesta que nos llena de alegría como su nacimiento llenó de alegría las montañas de Judea, porque algo asombroso estaba sucediendo y cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia la felicitaban y hacían que corriera la noticia con gran alegría por todas las montañas de Judea. Con la misma alegría nosotros seguimos celebrando su nacimiento y en este día por donde se haya anunciado el evangelio de Jesús todos hacen fiesta y se llenan de alegría en el nacimiento del que había de ser el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor preparando un pueblo bien dispuesto para el Señor.

Hechos portentosos rodean su nacimiento desde el anuncio que el ángel Gabriel hiciera a Zacarías en el templo. Muchas habían sido las oraciones de aquella pareja ya ancianos pidiendo un hijo al Señor, pero cuando el ángel del Señor viene a anunciarlo al sacerdote Zacarías que estaba en el servicio del templo en la ofrenda del incienso, a éste le cuesta entender los planes del Señor que están por encima de nuestros planes y se realizan por caminos que a nosotros nos parece imposible recorrer, y se queda mudo hasta el nacimiento y la circuncisión de su hijo.

Algunas veces tenemos que aprender a hacer silencio ante los planes de Dios. Caminamos desde nuestras lógicas y baremos humanos pero cuando el Señor en su gracia quiere manifestársenos quizá trastrueque esos planteamientos nuestros y es cuando tenemos que saber dejarnos conducir por la fe y el amor de Dios. Pueden parecernos tortuosos y difíciles de transitar esos caminos que se abren delante de nosotros pero hemos de saber tener la visión de la fe que llena de confianza nuestro corazón; en fin de cuentas tener fe es lo mismo que poner toda nuestra confianza en aquel en quien creemos.

Y esos caminos que nos pueden parecer difíciles tendrán una salida y se pueden convertir para nosotros en una nueva luz para nuestra vida. Parecía imposible que unos ancianos pudieran engendrar un hijo pero por encima siempre está la fuerza y la gracia del Señor. Ese fue el silencio en que tuvo que permanecer Zacarías hasta que asumió plenamente el camino que le señalaba el Señor. Cuántas cosas rumiará en su corazón en ese tiempo de silencio que le haría prorrumpir luego en ese hermoso cántico de alabanza y acción de gracias a Dios después del nacimiento de su hijo reconociendo como Dios en su misericordia había querido visitar a su pueblo. En esos caminos que nos pueden parecer oscuros pero recorridos con fe descubriremos la visita de Dios a nuestra vida.

Allá estará Juan en el desierto precisamente para ayudarnos a preparar los caminos del Señor. Su voz sonará fuerte y desde todos los rincones de Palestina llegarán hasta las orillas del Jordán todos aquellos que sienten la inquietud en su corazón por los tiempos de gracia que han de llegar. Es solo una voz que da testimonio, una voz que llama la atención y señala los caminos de la vida que hemos de enderezar. Jesús en la sinagoga de Nazaret señalará que el tiempo de la gracia y de la amnistía ha llegado, pero Juan invitando a la penitencia nos hará reconocer que somos pecadores, que estamos necesitados de esa amnistía y de ese perdón sumergiéndonos en las aguas purificadoras del Jordán pero con la promesa de que un día habremos de ser bautizados con el Espíritu santo. Son los caminos oscuros de nuestra vida que tenemos que enderezar y hacer iluminar con esa luz de la que Juan nos quiere dar testimonio.

Cuando hoy estamos llenos de alegría celebrando su fiesta ¿no tendrían que abrirse los oídos de nuestro corazón para escuchar esa voz que clama en el desierto? ¿No nos habrá enseñado este tiempo tan especial que hemos vivido que nos ha llenado de tantas incertidumbres y sombras a ir al desierto para hacer silencio en nuestro corazón y escuchar la Palabra que ilumine con sentido nuevo nuestra vida? Nos ha costado recluirnos y vernos obligados a muchos silencios; no nos gustan los silencios porque tenemos miedo a que nos grite el corazón, pero tenemos que saber hacer silencio para escuchar también ese susurro de Dios que puede llegar a nuestra vida y que entre los ruidos del mundo no podríamos escuchar.

Silencio como el de Zacarías, silencio como el de Juan en el desierto, silencio en nuestro corazón para escuchar el susurro de Dios.