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sábado, 29 de agosto de 2026

Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

 



Preguntémonos dónde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y manera de actuar y cuales son nuestras incongruencias escuchando la voz del bautista desde su martirio

1Corintios 1, 26-31; Salmo 32; Marcos 6, 17-29

‘Es un veleta’, habremos escuchado alguna vez - ¿o quizás nos lo han dicho a nosotros? – en referencia a una persona que no tiene criterios, que parece que actúa siempre sin fundamento porque carece de principios en los que encuadrar su vida, las decisiones que toma, la manera de hacer las cosas; hoy dice una cosa y mañana según convenga, según las presiones que soporte, según sea de donde corre el viento así está actuando. En un momento determinado se deshace en alabanzas hacia una persona, cuando al momento siguiente la está criticando o denostando de lo que hace o de lo que dice; en un momento se presenta como una persona recta que incluso quiere enseñar a los demás, pero pronto veremos que su vida no es tan recta, que mucha es la malicia que pervive en su corazón, que el orgullo y el amor propio son los criterios con los que actúa, y en su vida no encontramos sino doblez, vanidad y falsedad.

No podemos ir por la vida de esa manera, porque aunque todo tratemos de cubrirlo con sonrisas y palabras bonitas en el fondo nos sentimos unos desgraciados, vacíos y sin nada en que fundamentar nuestra vida, nuestras reacciones serán de desconfianza pero en consecuencia quizás para mostrarnos con una firmeza que no tenemos nos volvemos violentos e intransigentes con todo el mundo, caemos por una pendiente en la que parece que no podremos parar nunca.

Puede parecer una descripción fuerte pero tenemos mirarnos con sinceridad y tomarnos más en serio nuestra vida, aceptando aquello que nos hace pensar, lo que nos descubre que hay otro camino y otra manera de hacer las cosas, que nos ayuda a centrar mejor nuestra vida y a buscar esos buenos criterios por las que ha de regirse nuestra vida y nuestras decisiones. Es lo que nos está diciendo el evangelio de hoy.

Resumido en pocas palabras diríamos que nos habla del martirio del Bautista pero detrás de ello nos quiere decir muchas cosas y nos obliga a contemplar con crudeza también el cuadro de nuestra vida. Hay dos posturas, dos criterios, dos maneras de entender las cosas que se contraponen y se reflejan en los personajes que nos aparece en el texto sagrado. Como música de fondo, podríamos decir, pero ofreciéndonos una hermosa coral está la figura del Bautista, que no se reduce a las pocas cosas que ahora se nos dicen. Detrás está toda su predicación en el desierto y su forma de vivir, en primer plano nos aparece su valentía para denunciar la corrupción de Herodes por su manera de vivir que precisamente le ha llevado a la cárcel, pero aparece como apoteosis final su fidelidad y su martirio; es el testigo de algo nuevo y distinto que aparece en su figura que incluso les hará decir en quien puede parecer su enemigo que Juan era un hombre justo y santo. Ahí tenemos su testimonio que llevará con toda fidelidad hasta el final.

Como contrapunto está la figura de Herodes, quien dirá de Juan cosas hermosas, que aunque le inquietaba tenía el gusto de escucharle, que decía incluso que lo defendía pero que sin embargo su vida va rodando por una pendiente de la que parece que no hay manera de zafarse. No deja de ser incongruente porque su vida escandalosa sigue adelante, su manera de vivir reflejada en su mal llamado matrimonio pero también la superficialidad de su vida donde todo parece ser banquetes, fiestas y placeres, pero será la falta de respeto a sí mismo cuando simplemente parece estar más sujeto a la buena consideración que reciba de los demás; ‘por su juramento y por el qué dirán de sus invitados no querrá desairar’ a quien es capaz de pedir una vida humana.

Muchas consideraciones nos hemos hecho cada vez que hemos meditado este evangelio tanto en referencia a las inocuas posturas de Herodes pero también de la luz que sigue derramando sobre nosotros la figura del Bautista, la voz que clama en el desierto, que sigue clamando en nuestros desiertos, en las sequedades con que vivimos hoy nuestra vida y que necesitamos esa voz que nos grite y que nos despierte.

Quedémonos hoy preguntándonos donde están los criterios sobre los que asentamos nuestra vida y nuestra manera de actuar, preguntándonos por la congruencia de nuestra vida o si acaso nosotros somos también como veletas que señalan direcciones opuestas según venga el viento quizás del qué dirán o de nuestras superficialidades que nos pueden llevar a un terrible vacío espiritual en nuestras vidas.

¿Trataremos también de apagar quizás esa voz que nos grita y nos despierta porque preferimos seguir en la vaciedad de nuestras rutinas?


sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


viernes, 2 de enero de 2026

¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

 


¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

1 Juan 2, 22-28; Salmo 97;  Juan 1, 19-28

Tú, ¿quién eres? Una pregunta que surge casi espontáneamente cuando nos encontramos a alguien a quien no conocemos, pero que por diversas circunstancias tenemos que entrar en relación con él; saber con quien estamos hablando, con quien tratamos, qué clase de relación podemos entablar con esa persona según sea su identidad. Pero la pregunta se puede volver más dura y más inquirente, cuando hay algo de lo que sospechamos, algo que quizás no termina de agradarnos, o por la forma cómo se presenta esa persona con lo que está haciendo. Tú, ¿quién te crees que eres?, como cuestionando su identidad o su autoridad para lo que está haciendo.

Con una pregunta parecida vinieron en embajada desde Jerusalén a Juan que estaba en el desierto en la orilla del Jordán para algo así como pedirle cuentas por lo que estaba haciendo.  ‘Tú, ¿Quién eres?, ¿un profeta?, ¿Elías?, ¿el Mesías? ¿Quién eres?, para que podamos responder a quienes nos han enviado’. La presencia de Juan en la orilla del Jordán había sembrado inquietudes e interrogantes en los de siempre, aunque no eran ellos los que venían a escucharle.

La gente sencilla venida de todos los rincones se arremolinaba en torno a Juan y compungidos por su predicación querían hacer penitencia, como Juan les invitaba. Se sumergían en el agua del Jordán como un signo de aquella penitencia y conversión que necesitaban. Pero se creaban desconfianzas en los que estaban acostumbrados a lo de siempre y donde ellos tenían especial parte.

Ya escuchamos la humildad de Juan que no se considera profeta, que no quiere compararse al profeta Elías, aunque más tarde Jesús diría de él que era más que profeta y que Elías ya había venido aunque no habían querido reconocerlo, y por supuesto no era el Mesías sino la voz que gritaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sin embargo había algo que sí señalaba claramente el Bautista. En medio de ellos estaba y lo conocían; en medio de ellos estaba Aquel a quien no se consideraba digno de desatarle la correa de sus sandalias; más tarde lo señalará como el que viene a bautizar no con agua sino con Espíritu Santo y fuego.

Este evangelio que a primera vista nos podría parecer fuera de lugar, porque más bien lo veríamos como más propio del tiempo del Adviento, nos viene bien escucharlo en este tiempo de Navidad. En medio de nosotros está, pero ¿lo conoceremos? Y no nos vale hacer ahora afirmaciones teóricas porque nos sabemos el credo de memoria.

Tenemos que preguntarnos si en verdad lo conocemos, si de la manera que hemos venido celebrando la Navidad estamos dando señales que en verdad lo conocemos. ¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad? ¿Solamente en un niño que vemos nacer pobre en Belén y recostado entre las pajas de un establo? ¿No adornaremos demasiado ese establo para a pesar de lo que es hacerlo muy confortable? O también tendríamos que preguntarnos qué tal es esa cuna que hayamos preparado en nuestro corazón y en nuestra vida para recibir a Jesús.

¿Quién eres tú?, es la pregunta que nos ha servido de base para comenzar nuestra reflexión, pero ¿habrá alguien que nos la  haga a nosotros desde lo que nosotros estamos haciendo para celebrar auténticamente la navidad o para manifestar la autenticidad y sinceridad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano? No le tengamos miedo a la pregunta, sino dejémonos interpelar por ella porque somos nosotros mismos los que tenemos que preguntarnos si estamos dando razón autentica de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir.

No tenemos que preocuparnos en responder con palabras sino presentar las obras de nuestro amor, nuestro autentico compromiso de nuestro ser cristiano, aunque no tenemos que avergonzarnos de confesar nuestra fe en Jesús ante quien nos lo requiera.

martes, 23 de diciembre de 2025

Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

 


Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Alegría y regocijo como siempre es el nacimiento de un niño, sorpresa y admiración, preguntas e interrogantes eran las emociones y sentimientos que corrían en las montañas de Judea ante lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea. Se gozaban con la madre que daba a luz un niño porque siempre era considerado una bendición de Dios y más aún en las circunstancias donde parecía que no podía ser madre pero ahora había logrado ese don de Dios; esto además les causaba gran sorpresa y conmoción por un hecho tan inusual, lo que le llevaba a interrogantes y preguntarse qué les quería decir Dios con tales hechos; lo acontecido en su circuncisión y la imposición del nombre aun les había dejado más descolocados, por el deseo de Isabel y la corroboración por parte de Zacarías de que su nombre sería Juan. Eran un pueblo creyente que en todo quería leer el actuar de Dios. ‘¿Qué va a ser de este niño?’ se preguntaban.

Hoy nosotros también nos hacemos una lectura creyente y con la tradición de la Iglesia desde siempre encontramos en Juan el cumplimiento de las profecías. Era aquel mensajero de la alianza, que cual otro Elías era como fuego de fundidor o lejía de lavandero que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías.

Son los sentimientos y es la apertura de nuestro corazón con la que escuchamos en la inmediatez ya de la celebración de la Navidad estos textos de la Palabra de Señor. Aunque hoy estamos escuchando el relato de su nacimiento y circuncisión ya hemos venido escuchando a lo largo del Adviento esa predicación de Juan allá en el desierto, junto al río del Jordán que nos ayudaba también a nosotros a preparar los caminos del Señor.

Su voz sigue resonando en nuestro corazón. La figura del Bautista está muy presente en el camino de la Iglesia, no solo por todo lo que lo escuchamos y meditamos en el camino de nuestro Adviento sino porque también a lo largo del año litúrgico nos aparece en ocasiones para que en verdad nos vayamos centrando en el evangelio de Jesús. Son palabras fuertes las que le escuchamos al profeta que tendrían que despertarnos de cierta atonía espiritual que tantas veces nos envuelve. Nos vamos dejando arrastrar por las rutinas y la tibieza espiritual en las que hemos envuelto tantas veces nuestra vida de fe y necesitamos esa voz y ese grito que nos despierte.

Esa tibieza en la que vivimos dejando a un lado tantas veces la radicalidad del evangelio nos lleva por una pendiente peligrosa que se convierte a veces en un sincretismo que nos lleva a no saber dónde estamos o dónde deberíamos estar;  todo nos parece bien, nos conformamos fácilmente con lo que otros hacen o dicen, la altura de nuestras metas cada vez las rebajamos más para entrar en aquello de la ley del mínimo esfuerzo, andamos en ocasiones tan confundidos que no nos damos cuenta que desde fuera nos están imponiendo hasta la manera de celebrar nuestras fiestas cristianas, a las que incluso se les despoja de su verdadero nombre.

Muchas veces vamos a escuchar estos días ‘felices fiestas’, pero no feliz navidad, se le dará más importancia a celebrar el nuevo año y no importa que sea a medianoche, pero a la misa del gallo de medianoche la hemos trasladado por nuestras comunidades hasta convertirla en una simple misa vespertina, la importancia se la damos a los regalos que nos trae papá Noel y a eso llamamos fiestas de navidad.

¿No necesitaremos una voz como la del Bautista que nos despierte? ¿No seguiremos necesitando su figura austera vestida de piel de camello que se contraponga a las vaporosas pieles de nuestras vanidades y lujos para celebrar a un Niño que nace pobre en un portal porque ni siquiera en la posada había sitio para El? ¿Llegaremos a fijarnos a quienes viven en semejantes condiciones a nuestro alrededor en el frío de la noche de Navidad?

¿No serán interrogantes que también tendrían que plantearse en nuestro corazón a la hora de la celebración de la Navidad?


sábado, 2 de agosto de 2025

Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

 


Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

Levítico 25,1.8-17; Salmo 66; Mateo 14,1-12

En más de una ocasión nos habremos puesto desde nuestra ventana a observar cuando sucede a nuestro alrededor; quizás inocentemente nos asomamos para contemplar el tiempo o la naturaleza que nos rodea, pero ya sea desde la ventana de nuestra casa allí donde vivimos o desde la altura de la ventana de un gran edificio en la gran ciudad es muy variado el panorama que observamos; la loca carrera de la vida, podríamos decir, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus luchas muchas veces encarnizadas aunque solo fuera de forma sutil o con el desencanto de tantos que se arrastran por la vida, de los que reflejan sus miedos y huidas en sus formas de caminar o actuar, o de los que van avasallando todo y a todos porque poco menos que se creen los reyes del mundo, pasiones desenfrenadas o complejos que son también peligrosos por las reacciones que pueden provocar.

¿Encontraremos en medio de todo eso un rayo de luz que pueda centrarnos en la verdad y en la vida? Quizás nos pasen desapercibidos porque son los que menos ruido hacen, pero también tenemos que aprender a descubrirlos.

Me he puesto a pensar en todo esto al escuchar el relato del Evangelio que hoy se nos ofrece, un mundo de pasiones o un mundo también muy lleno de sombras desde donde se trama la maldad bajo apariencias muchas veces de fiesta y alegría. De pronto al iniciarnos o motivarnos el relato aparece alguien prepotente pero al mismo tiempo temeroso, porque quizás ya siente que le pesa la conciencia. Herodes tan poderoso y amigo de hacer lo que le apetece, ahí le vemos con sus fiestas y fastuosas alegrías pero que le dejan vacío el corazón, pero que con lo que está oyendo de Jesús comienza a temer porque recuerda que fue él quien mandó matar al Bautista. ¿Se le están apareciendo fantasmas o es la tortura de la conciencia que no ha sido recta? ¿Nos pasará también en algunas ocasiones cuando allá en lo hondo reconocemos que nuestra vida no ha sido recta?

Podríamos seguir fijándonos en la vanidad que rodea todo aquel cuadro, desde los que participan en la fiesta por agradar al poderoso, o el vacío de una bailarina que lo que pretende es despertar pasiones y no teme en convertirse en un juguete de los que parecen más poderosos; detrás el rencor y el resentimiento de quien se siente señalada en su vida turbia y que moverá los hilos que llevan a la desaparición de quien con su rectitud le atormenta en su conciencia; están también los respetos humanos y el querer quedar bien aunque tiene conciencia de que ha ido más allá de lo que sería verdaderamente justo.

Es el cuadro que se nos presenta en esa escena, pero quizás tendríamos que preguntarnos en que lugar estamos nosotros también en ese cuadro. Pero no escuchamos este relato del evangelio simplemente para que caigan sombras sobre nosotros, sino que en él tenemos que saber encontrar un rayo de luz.

Y el protagonista de esa luz es a quien ahora no le escuchamos palabra, pero que su vida ha sido y es voz que nos llama y nos invita a que encontremos el camino de la verdad, aunque sea costoso, aunque tengamos que ir contra la corriente, aunque nos cueste entregar la vida. Es lo que hizo el bautista a quien hoy contemplamos en el silencio, pero que sin embargo nos está gritando muy fuerte para que vayamos al encuentro de la luz buscando los caminos de la rectitud que nos trasmite el evangelio.

¿Nos moverá a algo la contemplación de este cuadro? ¿Iremos en búsqueda de la luz porque comencemos a ponernos en verdad en el camino del evangelio de Jesús?

martes, 24 de junio de 2025

La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

 


La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘¿Qué va a ser de este niño?’ es la pregunta que se hacen sus vecinos y todas las gentes de las montañas a las que había llegado la noticia de su nacimiento. Cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia de que estaba esperando un hijo a pesar de su vejez daban gracias a Dios que se había manifestado misericordioso con ella. Ahora se estaban sucediendo cosas extraordinarias, el niño se iba a llamar como su padre sino que la madre había insistido en llamarle Juan, el padre lo había ratificado escribiéndolo en una tablilla pues había estado mudo desde lo que había sucedido en el templo, en verdad aquel nombre venía a significar la misericordia del Señor que se había manifestado en aquel hogar, como el mismo nombre significaba. Zacarías había recobrado el habla y había terminando cantando también las misericordias del Señor.

‘¿Qué a ser de este niño?’ se preguntaban y con razón. ¿Sería sacerdote del templo de Jerusalén como hubiera sido habitual en el hijo de un sacerdote? ¿Quedaría allá en aquel pueblo ignorado y perdido entre las montañas de Judea?

Pero Dios había ido señalando su camino. ‘Tu mujer, Isabel, te dará un hijo’, le había señalado el ángel. Será motivo de gozo y alegría para muchos… estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno’, le había anunciado el ángel. ‘Y la criatura saltó de gozo en el seno de su madre’ con la visita de María, la prima, llegada desde la lejana Galilea. ‘Convertirá a muchos de Israel al Señor, su Dios… porque irá con el espíritu y el poder de Elías… para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.

La respuesta a la pregunta estaba en lo que el ángel le había anunciado a Zacarías y por lo que ahora Zacarías daría gracias al Altísimo ‘porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Si ahora la gente se preguntaba qué iba a ser de aquel niño, un día allá en el desierto donde Juan estaba realizando aquella misión para la que había sido elegido desde el seno de su madre, como habían dicho los profetas, ahora le preguntarían a Juan de la misma manera. ‘¿Tú quien eres para que podamos responder a los que nos han enviado?’ Y Juan diría que él no era el profeta, que no era el Mesías, que solo era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sí, sería como proféticamente había cantado Zacarías ‘el profeta del Altísimo que irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación y el perdón de los pecados’.

En aquellos momentos tan llenos de confusión por toda la situación, en cierto modo dramática para el pueblo, que estaban viviendo Juan era la voz que anunciaba algo nuevo y bien distinto, la voz que invitaba a la conversión, la voz que preparaba los caminos del Señor. Era la voz que gritaba en el desierto, pero él quería pasar desapercibido porque no se anunciaba a si mismo; no le importaba menguar y desaparecer para que quien iba a venir creciera y se manifestara en verdad como el Salvador. Lo harán enmudecer porque su palabra resultaba incomoda para los poderosos, de ahí su martirio en manos de Herodes.

Hoy nosotros estamos celebrando su nacimiento, que también a todos nos llena de alegría y nos hace hacer fiesta. También son momentos de confusión donde necesitamos también escuchar una voz profética que nos conduzca hasta la Palabra, porque es ahí donde vamos a encontrar la salvación. Incluso hasta la misma celebración del nacimiento de Juan nos pueda llenar de confusión porque estamos haciendo una mezcla de nuestros elementos religiosos y cristianos con un nuevo paganismo que se va extendiendo por el mundo y la sociedad.

Podemos pensar en la descristianización de nuestra sociedad donde vamos dejando a un lado los valores cristianos y del evangelio para vivir en una indiferencia muy peligrosa, en un materialismo que nos desborda y en un sensualismo que preocupa en la manera de vivir de nuestra sociedad. ¿Habrá una voz profética que nos despierte y haga volver nuestros corazones a los caminos del Evangelio que aunque nos llamamos cristianos tenemos tan olvidados? Pero incluso en las mismas formas que se han reintroducido en la forma de celebrar el nacimiento de Juan está renacimiento un nuevo paganismo en unos nuevos ritos que quieren ser como los nuevos sacramentos para nuestra sociedad de hoy. Pensemos en todas las costumbres y ritos de las que hemos llenado esta noche de san Juan, que quieren mimetizar los sacramentos de la Iglesia, pero sustituyéndolos por un fuego que llaman purificador.

¿Quién es el que de verdad nos purifica? Juan había sido anunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor para la conversión y el perdón de los pecados. ¿Será eso lo que en verdad nosotros buscamos y queremos celebrar con el nacimiento de Juan?

‘¿Qué va a ser de este niño?’, nos seguiremos preguntando, pero tenemos que hacerlo en una búsqueda del Evangelio, que tiene que ser siempre una búsqueda de Jesús. ¿Será a Jesús a quien buscamos como nuestro único Salvador?

martes, 2 de abril de 2024

Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

 


Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Por qué lloras? Es lo que sale espontáneo de nuestros labios cuando vemos correr rostro abajo unas lágrimas. Sale a flote nuestra sensibilidad. Unas lágrimas son siempre un fuerte despertador para nuestra sensibilidad. Ya sea el llanto de un niño, ya sean las lágrimas de una mujer, ya sea el llanto muchas veces disimulado de un hombre que no sé por qué razones parece que estuviera peleado con su masculinidad, pero los hombres también lloran. Y nos preguntamos ¿por qué esas lágrimas?, y no soportamos quizás el sufrimiento que esconden detrás. Y nos dejan quizás mal sabor en nuestro paladar humano porque nos saben quizás a amargura, nos evocan soledades, nos recuerdan sufrimientos que no siempre sabemos curar.

Hoy en el evangelio estamos contemplando de entrada unas lágrimas que nos pueden traer recuerdos de encontradas emociones y recuerdos, pero que son siempre sintonía de un corazón agradecido y lleno de amor que no quiere separarse del amado. María Magdalena tenía mucho que recordar, porque un día Jesús le había arrancado siete demonios de su alma, como nos recuerda san Juan, podía haber sido aquella mujer pecadora pero que sin embargo un día supo volverse hacia el amor y la misericordia y había sido perdonada por sus muchos pecados. Es la mujer que desde entonces siempre había sido fiel y no se había separado de Jesús en sus andanzas a través de toda Palestina desde Galilea a Jerusalén.

Sabemos que estuvo al pie de la cruz hasta el último momento bebiéndose las últimas palabras y los últimos gestos de Jesús para alimentar más y más su amor. Ahora la contemplamos a la entrada del sepulcro vacío, donde en la tarde del sábado ella había contribuido también a depositar allí el cuerpo de Jesús difunto. Entre las primeras mujeres que al alba habían venido al sepulcro en el deseo de embalsamar a Jesús estaba ella también cuando se encontraron el sepulcro vacío.

Ella participó también seguramente en aquellas carreras matinales por las calles de Jerusalén para llevar la noticia que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y ahora estaba allí llorosa preguntando a todo el mundo quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde lo habían colocado, porque ella iría a buscarlo y traerlo para darle honrosa sepultura. Primero los ángeles que estaban dentro de la sepultura y luego a quien parecía ser el hortelano encargado de aquel huerto.

¿Por qué lloras? Había sido la pregunta repetida. ¿Cómo no iba a llorar el amor cuando sentía que la soledad le amargaba el alma? ¿Cómo no iba a llorar quien se sintiera tan agradecida por los dones de amor que Dios había derrochado sobre ella? Y sus ojos llorosos estaban encandilados y ahora no podían distinguir al que era la luz de su vida que estaba delante de ella. Será el sonido de unas palabras que pronuncian su nombre el que la hará despertar de aquel letargo en que el dolor la había sumido. No fue necesario nada más para que se despertaran todas las sintonías del amor que escuchar su nombre en los labios de Jesús. Todo se hacía música para ella y comenzó de nuevo a cantar su corazón. Había sido la nota palpitante que la había despertado y todo su amor se desbordaba. Seguramente las lágrimas seguían desparramándose de sus ojos, pero ahora eran de alegría en el amor recobrado.

¿Nos embargarán también a nosotros las lágrimas del amor o las lágrimas que nos hacen sensibles al dolor de los demás? ¿Será acaso que ya no sabemos llorar? Despertemos de nuevo la sensibilidad del corazón. Pero quizás también necesitamos oír una voz, una palabra con nuestro nombre en los labios de Jesús. ¿Qué tendríamos que hacer para escucharla? Miremos cómo vamos a afinar las fibras de nuestro espíritu para que podamos entrar de nuevo en esa sintonía de amor. Hay un paso de Dios por nuestra vida que va a ajustar la música de nuestro corazón, dejémonos encontrar por ese paso de Dios que lleva a esa nuestra vida que muchas veces aun permanece junto a la puerta de una tumba. También nosotros tenemos que resucitar.

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

sábado, 5 de agosto de 2023

No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos

 


No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Nos suele suceder que cuando se menciona un profeta en lo primero que pensamos es que el profeta es el adivino del futuro. Es cierto que el profeta tiene una visión de la vida y del futuro de la vida que es muy especial, muy particular, porque su vida y su palabra están siendo anuncio por su testimonio de algo distinto, de algo nuevo, de una vida mejor. Pero la misión y la visión del profeta son para el hoy de nuestra vida.

Misión del profeta podemos decir que es abrir caminos en la vida, porque la rectitud de su vida lo está convirtiendo de algo nuevo, de algo mejor, de una distinta trascendencia de la vida, de un más profundo sentido; podíamos decir que le está poniendo a la vida alas de eternidad. Su vida se convierte en denuncia de todo lo que corte esas nuevas alas a la vida, de lo que nos pueda llevar por derroteros del mal; su palabra, entonces, se volverá exigente para ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente es interesante, lo que verdaderamente dará plenitud a nuestra vida. Su vida es estímulo para nuestra búsqueda de la verdad que da sentido a nuestra vida.

Es una misión dura, una misión difícil, una misión que compromete toda nuestra vida, una misión que se vuelve hacia nosotros mismos, para convertirnos a nosotros en testigos. Y esa es la misión de todo cristiano, esa es nuestra tarea, ese es el camino de esperanza que hemos de emprender, pero no solo para nosotros mismos sino para cuantos nos rodean, para en verdad transformar nuestro mundo.

Una misión que nos hará sufrir, porque no soportamos en nosotros mismos esa falta de esperanza cada vez más, pero de una esperanza que nos llene de trascendencia, que contemplamos en el mundo que nos rodea. Una misión que nos hará sufrir porque encontraremos no solo quienes se hacen sordos a esa palabra que anunciamos, sino quienes van a estar en contra nuestro buscando la forma de anular el testimonio que nosotros podamos ofrecer.

Es lo que estamos contemplando hoy en el evangelio con Juan Bautista, el profeta que había aparecido en las orillas del Jordán junto al desierto y que su vida quería ser testimonio del momento nuevo que habían de vivir. Era el precursor del Mesías y su misión era preparar los caminos del Señor para que se encontrara un pueblo bien dispuesto, como incluso el ángel le había anunciado a Zacarías, su padre, antes de su nacimiento.

Preparar los caminos del Señor exigía un camino de rectitud; por eso pedía la conversión, por eso bautizaba en las aguas del Jordán a quien estuviera dispuesto a emprender ese nuevo camino. Esa voz que sonaba en el desierto era como un grito anunciando la vida. Es lo que le va pidiendo a quienes se acercan a él a escucharle, caminos de solidaridad, caminos del compartir, caminos de justicia, caminos de búsqueda de la verdad. Eran las recomendaciones que uno a uno iba haciendo a quienes se acercaban a la orilla del Jordán. Y ese grito llegó también a Herodes, aunque no tuviera la valentía de ir a hacer ese camino de desierto. Pero esa voz se convirtió en denuncia, que le llevaría a Juan a la cárcel por las instigaciones de quien quería quitarlo de en medio.

Todos hemos reflexionado muchas veces sobre cuanto sucedió en aquella fiesta del cumpleaños de Herodes, que terminaría con la cabeza de Juan en una bandeja como trofeo de quien se consideraba vencedora, pero que sería camino de su propia perdición.

A nosotros nos queda tomar en nuestras manos el testigo de Juan. Porque esa misión profética es también nuestra misión, cuando desde el Bautismo con Cristo nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes.

¿Será nuestra presencia voz y grito de profeta en medio del mundo que nos rodea? Quien acudía a Juan se sentía interpelado para algo nuevo; quienes están a nuestro lado ¿se sienten interpelados a algo y por algo que puedan descubrir en nuestras vidas?

No acallemos ese profetismo del que tenemos que dar testimonio, porque el mundo necesita de ese profetismo, de esa voz y testimonio de la Iglesia, de esa voz y testimonio de cada uno de los cristianos. Estamos demasiado callados, estamos siendo demasiado invisibles, estamos siendo demasiado débiles y cobardes porque muchas veces rehuimos dar ese testimonio, ser ese faro y voz de profeta en nuestro mundo. Quitemos nuestros miedos.

jueves, 27 de julio de 2023

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

 


Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Como solemos decir, oímos campanas y no sabemos donde. En otros tiempos en que no había tanto sonido o tanto ruido en el ambiente en nuestros campos oímos campanas en la lejanía y pronto percibíamos que es lo que nos estaban anunciando, ya fuera el toque de oración, la muerte de algún vecino, o la llegada del tiempo de las fiestas. Hoy hemos perdido la percepción del sentido de los toques de las campanas y además aunque oigamos no escuchamos para poder percibir el sentido de lo que se nos anuncia. Oíamos el toque de la campana y nos decíamos unos a otros, escucha y se hacia silencio para poder escuchar de verdad los sonidos que nos hablaban.

Una imagen que nos puede hablar mucho de lo que nos sucede hoy, pero también de aquello a la que Jesús está haciendo referencia, cuando le preguntan por qué les habla en parábolas. Ya también iban perdiendo es capacidad de escucha a la voz de Dios que les hablaba, y les sucedía como nos sucede también muy fuertemente hoy que no somos capaces de percibir esa voz de Dios que nos habla desde la naturaleza o nos habla de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o en nuestro entorno. Todo hoy quizás nos lo queremos explicar científicamente y ya no somos capaces ni de percibir el misterio ni de ser capaces de elevar nuestro espíritu para ver más allá de lo que los sentidos nos pueden señalar.

Jesús les recuerda las palabras de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Así nos sigue sucediendo, oímos, miramos, pero ni somos capaces de escuchar ni somos capaces de entender. Nos hemos insensibilizado para muchas cosas, hemos perdido un sentido espiritual de la existencia, todo lo convertimos en materia, o lo queremos convertir en ganancias pero que las reducimos a lo material; ya ni somos capaces de disfrutar de lo que vivimos, de esas cosas sencillas de nuestra vida, a las que no damos importancia y las pasamos por alto, no sabemos valorar porque hemos llenado la vida – y valga la incongruencia – de vacío. Hay una riqueza espiritual que nada tiene que ver con lo que resuena en nuestros bolsillos, ni con lo abultado de los números de nuestras cartillas bancarias, ni con aquellos oropeles con los que queremos envolvernos llenos de vanidad para dar una apariencia de lo que en realidad no somos.

Necesitamos de nuevo aprender la cartilla para que aprendamos a leer la vida; buscar el diapasón que afine nuestros oídos y que les dé sensibilidad  para sintonizar con lo espiritual; darle hondura a nuestra vida para que nuestras raíces lleguen a esos nutrientes que de verdad nos van a fortalecer el corazón; aprender a prestar atención alejándonos de los ruidos que nos perturbar porque será la manera de escuchar ese susurro de Dios; ponernos en el lugar adecuado para que cuando pase esa suave brisa como le sucedía al profeta en la montaña darnos cuenta que ahí está Dios.

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El. Podremos decir al final, ‘¡Bendito eres, Señor, en el templo de tu santa gloria!’

jueves, 19 de enero de 2023

Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

 


Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

‘Los discípulos le tenían preparada una barca no los fuera a estrujar el gentío’. Es lo que suele pasar en las aglomeraciones multitudinarias. Son incluso noticias que escuchamos con demasiada frecuencia y hoy se encargan los organizadores, o protección civil o a quien le corresponde prever todo lo que pueda suceder, las gentes que en determinado momento y lugar se pueden congregar para establecer sus protocolos de actuación. Más de una vez nos habremos visto desbordados en alguna procesión sin asistencia de autoridades que ayuden a mantener el orden y surgen esas personas voluntarias que se encargan de todo para que todo salga bien. Algo así estaban haciendo aquellos primeros discípulos que seguían a Jesús.

Estamos aun en los primeros capítulos del evangelio de Marcos y ya vemos cómo la fama de Jesús se va extendiendo por todas partes y nos habla hoy el evangelista de gentes venidas de todas las regiones de Palestina para escuchar a Jesús. Y como oían hablar de las curaciones que hacía, aunque no habían terminado de entender el sentido de signo que tales milagros tenían de lo que había de ser el Reino de Dios, le traían toda clase de enfermos y venidos también de todas partes. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Justo que los discípulos tuvieran preparada una barca. Otro evangelista nos dirá más en concreto que desde la barca enseñaba a la multitud reunida en la playa en torno a El.

Son la gente sencilla y humilde los que le siguen. Están hambrientas de Dios, deseosos de poner esperanza en el corazón y una palabra de vida que escucharan sabían acogerla con prontitud en el corazón. Por eso les vemos acudir de todas partes. En Jesús se despertaban sus esperanzas y se sentían saciados en el espíritu, en sus corazones. Algo nuevo estaba sucediendo. Palpitaban de una manera nueva sus corazones.

Es el deseo de Dios que tiene que despertarse en nuestros corazones. Muchas veces andamos como adormecidos. Los problemas nos abruman, la desesperanza ronda por doquier, una frialdad nueva va envolviéndolo todo, los sentimientos religiosos más elementales se apagan, nos domina el materialismo que nos hace pensar que en la posesión de las cosas tenemos toda la felicidad, se nos promete un bienestar que no acaba de llegar, y buscamos de la manera que sea disfrutar de todo en una sensualidad demasiado explosiva.

¿Cuáles son los derroteros de la vida? ¿Cuál es el camino que está escogiendo nuestro mundo? Hemos descolgado de la vida esos valores espirituales que nos elevarían y darían una nueva trascendencia a nuestra existencia, vivimos en el ahora, en el hoy, en el disfrute de lo primero que se nos presente, pero no nos terminamos de saciar mientras contemplamos como otros se sienten hartos de la vida y no saben qué hacer. Hay mucha enfermedad de muerte en el mundo que nos rodea pero ya la gente no acude a Jesús, como vemos hoy en el evangelio. ¿Qué podemos hacer?

Y en medio estamos nosotros, que aun decimos que creemos en Jesús y buscamos de alguna manera cómo escucharle. No podemos perder esa luz que se enciende en nuestro corazón cuando escuchamos de verdad la Palabra del Evangelio. Tenemos que despertar nosotros para que no nos envuelvan esas turbulencias de la vida, y tenemos que ser grito que despierte a cuando hay a nuestro alrededor.

Tenemos que ser esa voz, ese signo, ese testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que podemos elevar nuestro espíritu, que en Jesús podemos encontrar esa luz y tenemos que llevar de la mano a los que están a nuestro lado para que se acerquen a Jesús. No nos podemos cruzar de brazos, no nos podemos quedar en una actitud pasiva, tenemos que salir también a los caminos con Jesús para darlo a conocer a nuestro mundo.

jueves, 15 de diciembre de 2022

No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 


No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

¿Qué es lo que nos llama la atención y nos hace detenernos en nuestro camino para contemplarlo? La respuesta puede ser muy variada y muy personal; cada uno tenemos ese punto de atracción, eso que nos puede llamar la atención como para que nos detengamos en nuestro camino para contemplarlo; no siempre son cosas, aunque la naturaleza si estuviéramos más atentos a ella nos ofrece mucho que contemplar, que descubrir y ante lo que admirarnos. ¿Quién no se ha detenido alguna vez en la carretera para contemplar una bella puesta de sol, o un bello amanecer? Aunque vamos tan a la carrera por la vida no sé a qué dándole más importancia, que no solemos detenernos ante una cosa tan sencilla y tan maravillosa a la vez.

No son cosas, decíamos, no son acontecimientos, pero puede ser una persona, unas actitudes muy especiales ante determinados acontecimiento, una forma de ser o de vestir, unos planteamientos que con su testimonio pudieran ser para nosotros unos interrogantes. ¿Qué nos llama la atención hasta el punto de detenernos en el camino? Seguimos preguntándonos.

Es lo que Jesús está hoy planteándonos en el evangelio. Habían venido los discípulos del Bautista a buscar señales de si era en verdad el Mesías, como Juan había anunciado. Tras su marcha con lo que han descubierto en Jesús, tras lo que han convivido con El, con el mensaje que han de llevar a Juan, el evangelista nos presenta la figura del Bautista en lo que Jesús decía de él.

Comienza Jesús preguntando ¿qué es lo que han ido a buscar en el desierto, qué es lo que han contemplado? No se habrán ido allá solamente por ver unas cañas que se mueven al son y al ritmo del viento del desierto. Lo que sí les había llamado la atención en el desierto era la figura de Juan. Era su presentación un tanto extraña con aquellas vestiduras de pieles de animales, con aquella austeridad incluso en su comida que solo se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Pero es que a la figura así descrita se añaden las palabras de Juan.

Es la voz que grita en el desierto preparando los caminos del Señor. Una voz que resuena y que no todos escuchan de la misma manera incluso en aquellos que han tenido el atrevimiento o la valentía de llegar hasta el desierto. Ya no era camino fácil el acceder a aquellos lugares donde no habría caminos. Pero allí estaba una voz que quería abrir caminos. No son calzadas para el paso fácil y cómodo de los que tengan que atravesarlo o vayan allá por simple curiosidad – no es la comodidad de un turista que en un autobús con aire acondicionado lo atraviesa por curiosidad -, sino que es un camino que hay que abrir en el corazón.

Y es eso lo que resuena fuerte y que no todos escucharán de la misma manera. Como hemos reflexionado en más de una ocasión solo aquellos que son capaces de mirar con sinceridad su vida reconociendo la verdad de su propia realidad, tendrán la valentía de querer empezar a abrir caminos. Quienes se encierran en si mismos, en sus logros o sus orgullos, en su autosuficiencia y en la vanidad de ponerse por encima de esas cosas y solo querer mirar de lejos, serán lo que en verdad se llenarán de oscuridades y no sabrán ni se imaginarán como podrán empezar a hacer nuevos caminos.

Nos habla de los publicanos y de los pecadores que escuchan la invitación a la conversión y se bañarán en las aguas del Jordán, pero los habla de lo que desde la distancia, desde esas distancias que bien saben poner por medio, los fariseos y los maestros de la ley rechazarán las palabras de Juan, ‘frustrando el proyecto de Dios para ellos.

¿Dónde nos colocamos nosotros? ¿En la sinceridad de quien quiere intentar comenzar a abrir caminos, o la postura del que se encierra en las negruras de su orgullo que tan confundidos están que se creen poseedores de la luz?