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sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


lunes, 4 de junio de 2018

Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos


Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

Nos hacemos un proyecto, lo trabajamos con ilusión, ponemos muchas esperanzas de futuro en aquello que proyectamos y que vamos poco a poco realizando, con buena visión queremos hacer partícipes a otros de aquello que nos ilusiona, queremos trabajar juntos; pero quizá llega un momento que parece que todo se nos viene abajo, que la colaboración que habíamos pedido se nos vuelve en contra porque los que creíamos colaboradores ahora se quieren hacer dueños de nuestros proyectos y de lo que con tanta ilusión habíamos comenzado; ¿qué hacer? ¿Rendirnos y abandonar todo? ¿Dejar que los otros se beneficien de lo que nosotros habíamos iniciado? ¿Recomenzamos de nuevo?
Planteamientos que nos llenan de duda y también de furor; la frustración se nos puede meter por dentro y hacernos mucho daño, al tiempo que en reacciones violentas podemos comenzar también a hacer daño a los demás. Algunas veces no sabemos qué hacer. Nos sentimos sin fuerzas para recomenzar de nuevo porque además nos hemos visto traicionados. Un torbellino de cosas aparece en nuestra mente. ¿Cuál ha de ser nuestra reacción más autentica?
Son situaciones difíciles en la vida. Son reflexiones que nos hacemos o que tenemos que hacernos ante las situaciones que nos van apareciendo en la vida porque muchas veces nos podemos sentir frustrados y fracasados, pero tenemos que saber levantar la cabeza para seguir caminando y hacerlo con madurez.
Mira a donde me ha llevado la reflexión sobre la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. De entrada podría parecer que me he ido muy lejos, cuando nos quedamos en una reflexión demasiado, digamos, literal de la parábola en los momentos en que fue pronunciada. Pero la Palabra de Dios siempre nos tiene que hacer mirar hacia delante, y reflexionarla no solo como hechos del pasado, sino viéndola palpablemente en lo que ahora y hoy nos sigue sucediendo.
Jesús contaba una historia que podría ser cosas que perfectamente habían sucedido; se le daba una lectura en el momento presente de la historia de Israel y así lo entendieron incluso aquellos dirigentes por quienes directamente Jesús decía la parábola. Allí estaba reflejada, es cierto, toda la historia de Israel llena de infidelidades a la Alianza y a Dios. También nosotros espiritualmente nos podemos mirar para ver nuestra historia de infidelidades y pecados ante tanto que Dios ha hecho por nosotros.
Pero creo que también tiene que iluminar todas esas realidades de nuestra vida, todas esas situaciones por las que podemos pasar de frustraciones y fracasos que nos hacen en muchos momentos sentirnos hundidos. Dios no deja abandonada su viña a pesar de todo lo que han hecho aquellos viñadores; Dios no nos deja abandonados a pesar de todo lo que nosotros podamos haber hecho que muestra nuestras infidelidades y pecados; Dios no nos puede dejar solos cuando en las luchas de la vida nos parece que estamos hundidos y sin ver salidas.
No podemos nosotros tampoco dejar hundirnos, sino que tenemos que levantarnos con renovada ilusión para recomenzar de nuevo cuantas veces sea necesario, pero eso será lo que nos hará grandes, lo que mostrará en verdad la madurez que hay en nuestra vida a pesar de los fracasos por los que hayamos pasado. Recomenzamos de nuevo, ponemos ilusión y esperanza, aprendemos de los errores, nos apoyamos en quien sabemos que será siempre nuestra fuerza. Dios quiere que miremos siempre adelante, pongamos metas nuevas, ilusionantes y muy altas en nuestra vida. Con nosotros estará siempre la fuerza de su Espíritu.