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sábado, 20 de abril de 2019

Ahora en silencio, a la sombra de la cruz y poniéndonos junto a María, esperamos la mañana luminosa de la resurrección


Ahora en silencio, a la sombra de la cruz y poniéndonos junto a María, esperamos la mañana luminosa de la resurrección



Hoy quiero quedarme a la sombra de la cruz. En silencio. Allí cerca está el sepulcro aun sellado. Jesús murió en la cruz y hombres buenos y mujeres piadosas lo depositaron en el sepulcro nuevo. María en silencio contemplaba todo lo que hacían. El dolor que atravesaba su alma de madre le hacia sufrir en silencio. En ella había una esperanza.
Las piadosas mujeres se fijaban en todo lo que hacían, cómo quedaba el sepulcro y en él encerrado el cuerpo de Jesús. Aunque Nicodemo había traído aquellas cien libras de perfume, no habían podido realizar todos los ritos necesarios para su sepultura. En la tarde del viernes, era la parasceve, se hacía tarde y llegaba la hora del descanso del sábado. Tenían intención de volver en la mañana del primer día para completar todos los ritos del embalsamamiento del cuerpo muerto de Jesús. Pero María tenía una esperanza, creía en las palabras de su Hijo.
Junto a su corazón atravesado una vez más por una espada quiero yo ponerme en silencio en esta mañana del sábado. No son necesarias las palabras, no son necesarias muchas palabras para imaginar todo cuánto está pasado por la mente y el corazón de María. Como todos hacemos cuando nos falta alguien, vamos desgranando todos los momentos de su vida. Así María, la dejamos en silencio y queremos aprender de su serenidad y de su paz a pesar de dolor; queremos llenarnos de su esperanza; queremos aprender como ella a poner amor en el corazón.
Nosotros también esperamos. Creemos en la palabra de Jesús que había anunciado cuanto había sucedido. Ya los profetas habían descrito el dolor y el sufrimiento del Mesías que había de venir, aunque no habían sabido entenderlo. Ahora lo hemos contemplado reflejado en el cuerpo de Jesús, en su pasión. Pero Jesús habían había anunciado que al tercer día resucitaría. Por eso con esta esperanza estamos nosotros a la sombra de la cruz, en la cercanía del sepulcro al que no podemos acercarnos por allá están los guardias que han puesto los pontífices del pueblo, pero esperamos el resplandor de un nuevo amanecer que sabemos que será bien luminoso.
Nos quedamos en silencio rumiando cuánto hemos vivido. Lo que ha sido la contemplación de la pasión de Jesús, pero también cuanto nos ha enseñado. Por eso queremos rumiar ahora y hacer nuestra la pasión de los hombres, el sufrimiento de nuestros hermanos, el dolor de nuestro mundo, la angustia de tantas gentes que sufren sin esperanza. Queríamos contagiarlos a todos de esperanza; queríamos trasmitir algo de lo que nosotros sentimos por dentro, porque detrás de todo estamos contemplando lo que es el amor de Dios.
Que nuestra paz en medio del dolor, que la serenidad que exhalamos de nuestro espíritu en los momentos difíciles que nosotros podamos vivir sean un signo para cuantos nos rodean, sea una luz, aunque sea pequeña, con la que encendamos la luz de la esperanza en cuantos nos rodean, la luz de la esperanza para nuestro mundo angustiado en medio de sufrimientos y miserias, para nuestro mundo inquieto porque parece que ha perdido el norte, para nuestro mundo que parece desorientado entre tanta turbulencia de todo signo.
Necesitamos esperanza de que sea posible ese mundo nuevo. Sabemos que el nuevo amanecer que mañana contemplaremos será un signo de que ese mundo es posible. Esperamos que la resurrección de Jesús insufle nuevas esperanzas e ilusiones; esperamos en la resurrección de Jesús para sentirnos hombres nuevos que realicemos un mundo nuevo.
Ahora en silencio, escuchando la palabra de Jesús en nuestro corazón y poniéndonos al lado de María, esperamos la mañana de la resurrección.

viernes, 19 de abril de 2019

Camino de viernes santo que es camino de pascua, de paso del Señor por nuestra vida y nuestra historia, que nos llevará a la definitiva pascua de la resurrección

Camino de viernes santo que es camino de pascua, de paso del Señor por nuestra vida y nuestra historia, que nos llevará a la definitiva pascua de la resurrección

Juan 18, 1 - 19, 42
‘¿A quién buscáis?... A Jesús, el Nazareno’. Es el diálogo repetido en la pregunta cuando los enviados de los Sumos Sacerdotes van a prender a Jesús en el huerto de Getsemaní.
‘¿A quién buscáis?’ puede ser la pregunta que hoy también se nos hace o tenemos que hacernos en lo más profundo de nosotros mismos. ¿A quién buscamos? Es algo así como la pregunta que un día Jesús les hiciera a los discípulos allá junto a Cesarea de Filipo en alta Galilea. ‘¿Quién dicen que soy yo?... y vosotros ¿quien decís que soy yo?’
La escena de la pregunta de ‘¿a quién buscáis?’ se desarrolla en el Huerto de Getsemaní. Fue el principio de un camino que nosotros en este día del Viernes Santo tenemos que tratar de seguir, porque también nosotros buscamos, porque también nosotros nos preguntamos, porque tenemos que llegar a descubrir de verdad quien es Jesús. Es un camino de contemplación el que tenemos que realizar en este día hasta que lleguemos a contemplarlo en la Cruz.
Lo contemplaremos en casa de Anás o de Caifás, o ante el Sanedrín. Allí se suceden las acusaciones y las preguntas mientras lo contemplamos maniatado como a un malhechor. ‘En medio de vosotros estaba, hablaba en vuestras plazas y en vuestras calles, en las sinagogas o en la explanada del templo, y no me prendisteis y ahora salís a mi encuentros con espadas y palos como si fuera un malhechor’, les responde Jesús. En medio de ellos había estado y no habían querido reconocerle y ahora le preguntan si El es el Hijo de Dios, para escandalizarse por su respuesta.
Nos habla a nosotros en todo momento y en toda ocasión, allá en lo más hondo de nuestro interior o a través de tantas mediaciones y sin embargo cuántas veces no hemos querido escucharle, tenemos que reflexionar para dentro de nosotros mismos.
Y ¿cómo y en dónde ahora le buscamos? Nos ha señalado tantas veces donde tenemos que buscarle porque en el caído al borde el camino tenemos que saber descubrirle, porque en el hambriento o el sediento que llega a nosotros tendiéndonos la mano, en el que está postrado en su sufrimiento o se encuentra en la más terrible soledad El ha querido que sepamos verle, y ahora quizá nos quedamos extasiados ante las imágenes de nuestras procesiones quedándonos quizá en emociones sensibleras que solo duran un instante.
Sigamos haciendo el camino que hizo Jesús desde aquella madrugada del primer viernes santo de la historia. Pero entremedio se entremezclan otras escenas. Allá está Pedro en el patio entre los criados y los que habían salido a prender a Jesús porque quiere estar cerca de lo que pueda suceder con Jesús. Ha sido como meterse en la boca del lobo  porque lo reconocen y surgen las preguntas comprometedoras. ‘¿No eres tú uno de los que seguían a este hombre? ¿No te vi con El en el huerto de los olivos?’ Y ya conocemos la reacción cobarde de Simón Pedro. ‘Yo no conozco a ese hombre… y cantó el gallo’.
Como si de un despertador se tratara necesitaríamos quizá nosotros quien nos recuerde nuestras negaciones y cobardías. Cuántas veces también escurrimos el bulto, hacemos como si no fuera con nosotros cuando se habla mal de la Iglesia o de la religión, cuando tenemos que tomar posturas valientes para defender unos valores, cuando vemos a quien sufre vejaciones a nuestro lado y nosotros no queremos enterarnos. Forma parte todo esto de la pasión de Cristo que se está también desarrollando en nosotros.
Y lo contemplaremos en el palacio de Pilatos donde le han llevado para juzgarle y condenarle. Con detalle podremos seguir los diálogos que allí se desarrollan leyendo las páginas del evangelio. ¿A quién preferís? ‘¿queréis que os suelte al rey de los judíos? les pregunta Pilatos. Prefirieron a Barrabás. ‘He aquí al hombre, he aquí a vuestro rey’, les presenta Pilatos a Jesús coronado de espinas después de la burla de los soldados. No reconocieron a quien habían querido aclamar como rey allá cuando lo de la multiplicación de los panes. No recordaban los sucedido pocos días atrás cuando le habían aclamado como el Hijo de David cantando hosannas en su honor en la bajada del Monte de los Olivos y en la entrada de la ciudad santa. Ahora gritaban las piedras, ‘¡crucificalo!’
Cuantas mezclas vamos haciendo en la vida en nuestra incongruencia. Igual que vamos a unas manifestaciones religiosas y nos exaltamos con nuestros cánticos, luego  nos manifestamos contra la vida, nos dejamos arrastrar por nuestras violencias en gestos y en palabras, o nos alegramos con los males que puedan hacer sufrir a la Iglesia en persecuciones sutilmente encubiertas, pero persecuciones en fin de cuentas. Las incongruencias de la vida, la falta de autenticidad de los cristianos que no sabemos defender los verdaderos valores frente a los anti-valores que nos ofrece el mundo muy sutilmente encubiertos como si fueran los verdaderos deseos de una humanidad más justa.
¿A quién buscamos, cómo lo buscamos o dónde lo buscamos?, sigue siendo la pregunta que nos hacemos hoy. Lleguemos hasta el calvario, lleguemos hasta la cruz. Aquella cruz a la que va como abrazado cuando la carga sobre sus hombros por las calles de Jerusalén, calle de la amargura que desde entonces así la llamamos.
Abrazado a la cruz, como luego clavado en ella en lo alto del calvario, lo contemplamos. Abrazado a nuestra cruz, abrazado a nuestras amarguras y sufrimientos, abrazado a la pasión que vamos viviendo en la vida nosotros y tantos que lloran lágrimas de sufrimiento, de desesperación en ocasiones ante los problemas, los contratiempos de la vida, la dificultades con que nos vamos encontrando, las persecuciones, burlas, discriminaciones que van sufriendo quizá desde nuestra parte cuando no los aceptamos por las mil razones que tantas veces nos buscamos, cuando despreciamos o queremos apartarnos de nuestro lado a los que no nos gustan… Ahí lo contemplamos abrazado, clavado a esa Cruz que es nuestra cruz, o la cruz de todos los que sufren injustamente en nuestro mundo.
No tengamos miedo de mirar a lo alto de la cruz. Levantemos nuestra mirada a quien de ella pende, porque ya nos dijo que cuando fuera levantado a lo alto, atraería a todos hacia El. Miremos a lo alto de la cruz y contemplemos, sí, a Jesús Nazareno, al que hemos querido ir siguiendo a lo largo del camino de la pasión, aunque aún muchas más imágenes tendríamos que contemplar. Porque tenemos que mirarlo a El para reconocerle, pero mirarlo tal como está abrazado a nuestra cruz, a nuestras angustias, a nuestros sufrimientos, para saber reconocerle en quienes viven sus vidas abrazados a una cruz, porque es ahí donde quiere que le miremos y le honremos.
Hermoso camino de viernes santo que hemos de hacer, no solo hoy sino cada día de nuestra vida. Será siempre un camino de pascua, porque es un camino donde podremos descubrir el paso del Señor por nuestra vida y por nuestro mundo. Será el camino que nos lleve a la verdadera pascua, en el que al final podremos cantar la alegría del triunfo de la resurrección.

jueves, 18 de abril de 2019

Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor



Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido’ nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Mientras en la lectura del Éxodo escuchábamos ‘porque es la Pascua, el paso del Señor’.  Y Jesús en el evangelio nos dice que ‘ha llegado la hora, la hora de pasar de este mundo al Padre’.
Tres expresiones podríamos decir que nos están manifestando la grandeza del momento. No es un momento cualquiera al que hacen referencia las lecturas de la Palabra hoy proclamadas en la liturgia, como no es un momento cualquiera el que ahora nosotros estamos viviendo. Es el hoy de nuestra salvación; es el hoy del paso de Dios por nuestra vida; es el hoy de la Pascua. Y ese hoy no es simplemente recordar tiempos pasados o circunstancias que hayamos podido vivir en otros momentos. Es el hoy que nosotros tenemos que vivir, en esas circunstancias concretas de nuestra vida, como de la vida de nuestro mundo. Porque es el hoy en que Dios llega a nuestra vida.
Cuando celebramos jueves santo es una simplemente repetición de otros momentos o de otros hechos. San Pablo nos dice que ha recibido una tradición que al mismo tiempo nos trasmite. Es cierto que hacemos memoria, pero la palabra que mejor lo expresa es memorial, porque no solo es recuerdo sino que es presencia en el hoy de nuestra vida. Es el paso del Señor en el hoy de nuestra vida, tal como somos, tal como vivimos, en el mundo concreto en que estamos, con aquellas cosas que suceden en el hoy de nuestro mundo.
Esto nos tiene que dar la intensidad con que nosotros queremos vivir hoy jueves santo, como la intensidad que le daremos mañana al Viernes Santo, pero será la intensidad de la Pascua que viviremos cuando lleguemos en el amanecer del domingo a la celebración de la resurrección. No lo podemos vivir de una forma cualquiera. Es nuestra vida que se abre a la presencia de Dios en nosotros.
Contemplemos y revivamos cuanto hoy celebramos. Sí, contemplar, quedarnos como extasiados ante el cuadro que nos presenta el evangelio. Allí están en aquella sala grande en el piso de arriba que aquella familia ha facilitado a Jesús para celebrar la cena pascual. Allí está todo preparado, como ayer escuchábamos que hacían los discípulos a las indicaciones de Jesús. Allí está sintiendo Jesús la grandeza de aquel momento. ‘Había llegado la hora…’ Y se rompen los protocolos.
Es Jesús el que se levanta de la mesa y se despoja del manto, ciñéndose una toalla a la cintura. Normal era que se ofreciera agua al huésped que llegara a casa para que se purificara, pero ahora es Jesús el que va postrándose a los pies de los apóstoles para ser El quien les lavara los pies. Asombro, desconcierto, lo contemplamos en los rostros de los apóstoles; reticencias como la de Pedro que no quiere permitirlo, pero insistencia de Jesús. ‘No tendrás parte conmigo’ y en su amor por Jesús ya Pedro está dispuesto para no separarse de Jesús que no solo sean los pies sino todo. ‘Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos’.
Este gesto de Jesús es bien significativo. Quien se quita el manto y se ciñe bien es el que se dispone a trabajar, a servir. Es lo que está realizando Jesús. Porque es el signo de su entrega. El es el Maestro y el Señor, pero es quien ha venido a servir, a dar su vida en rescate por muchos. Es el signo de su entrega con el amor más grande que nadie habría podido imaginar. Es el amor del que da su vida por los ama. Es el amor con el que el Señor nos ama a nosotros.
Ahí está el paso del Señor, entonces y ahora. Es el Señor que nos ama, que me ama a mi, que me ama tal como soy, que me ama aunque sea pecador, que me ama y sigue amándome por toda la eternidad para dar su vida por mi. Y es lo que ahora tengo que sentir y tengo que vivir. No podemos cansarnos de considerar lo que es el amor que Dios nos tiene y que así se nos manifiesta en Jesús.
Por eso a partir de entonces vamos a sentir que cada vez que comemos del Pan que Jesús nos da y bebemos de su copa vamos a sentir que está con nosotros, que por nosotros está dándosenos, que nos está amando y podemos y tenemos que sentir su presencia de la misma manera que la sintieron los apóstoles en aquella cena pascual.
Parte el pan y nos lo reparte para que lo comamos, es su cuerpo; por eso cada vez que comemos de ese pan hacemos memoria del Señor – ‘haced esto en memoria mía’ nos ha dicho – y ya no es un pan cualquiera que comemos, sino que estamos comiendo al mismo Señor. Aquel Pan de vida que prometió allá en la sinagoga de Cafarnaún y que nos dijo que era su carne, y que quien comiera su carne y bebiera su sangre tendría viva para siempre, nos resucitaría en el último día.
Los discípulos no terminaron de comprender totalmente las palabras de Jesús allá en la sinagoga; ahora en la cena pascual lo están entendiendo. Como nosotros que parece que no siempre entendemos y creemos en total fidelidad las palabras de Jesús, pero que ahora tenemos que sentir de una manera especial dentro de nosotros. Porque ahora tenemos que comprender y tenemos que comprender que es el paso del Señor, es la Pascua.
Un paso del Señor que nos transforma, que nos pone en nuevo camino, que nos impulsa a vivir su misma entrega, que nos llena de su Espíritu para que vivamos su mismo amor. Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que tenemos que amarnos y no con amor cualquiera sino con un amor como el suyo. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. Y entenderemos todo aquello que a lo largo del evangelio nos ha dicho de cómo tiene que ser nuestro amor, para amar a todos, para rezar por todos, para sentirnos en comunión con todos, para con todos tener un corazón abierto al perdón y a la verdadera comunión.
Es la pascua, es el paso del Señor, es la hora del amor, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor.

miércoles, 17 de abril de 2019

Se acerca la pascua y parece que cada uno va por su camino con preparativos externos pero sin llegar a tener ese verdadero encuentro de gracia, de pascua en el Señor


Se acerca la pascua y parece que cada uno va por su camino con preparativos externos pero sin llegar a tener ese verdadero encuentro de gracia, de pascua en el Señor

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Se acerca la celebración de la Pascua. ‘He deseado enormemente comer esta Pascua con vosotros’, les dirá Jesús a los apóstoles. Lo había anunciado repetidamente, su subida a Jerusalén para la Pascua, aunque por mucho que les explicara los discípulos no terminaran de entender. Aquella Pascua va a tener un significado especial.
Ahora los discípulos en las puertas de Jerusalén y a las puertas de la Pascua se preocupan de donde podrán celebrar la cena de la Pascua. Le preguntan a Jesús ‘¿dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua?’ y Jesús les dará señales precisas para que vayan a Jerusalén y siguiendo al hombre que lleva el cántaro de agua entren en la casa y pregunten al dueño de la casa  ‘El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Y allí encontrarán el lugar donde harán todos los preparativos para la cena pascual. Para ellos era una pascua más, como todos los años, donde habrían de comer el cordero pascual en recuerdo de la salida de Egipto de sus padres.
Pero alguien más estará haciendo sus preparativos. Por una parte aquellos que estaban buscando la manera de prenderle para quitarle de en medio y ahora se les presentaría una ocasión especial. Pero estaba también el que iba a traicionar a Jesús. ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’, había planteado Judas Iscariote, uno de los doce, a los sumos sacerdotes y principales de la ciudad. ‘Después de ajustar con ellos en treinta monedas andaba buscando la ocasión propia para entregarle’. Y en aquella pascua, tras aquella cena pascual encontraría el momento.
‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’, había dicho Jesús mientras estaban en la cena. Entre las dudas y preguntas de todos sobre quien seria, señalaría ‘el que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido… ¿Soy yo acaso, Maestro?...  Tú lo has dicho’. Era todo el diálogo que se había desarrollado entonces y que daría principio a la Pascua definitiva y eterna.
Unos preparativos para la pascua y distintos caminos para su celebración. Estamos nosotros también en las vísperas de la Pascua, en la víspera del comienzo del triduo pascual.  También nosotros nos preguntaremos, o hemos de preguntarnos cómo vamos a celebrar la pascua, como nos prepararemos para celebrar la pascua, y ya el tiempo es inminente. Y es importante que nos tomemos en serio esta preparación.
Caminos tortuosos recorremos nosotros en la vida pero ahora hemos de abocarnos al camino bueno, al camino recto que nos lleve a esa vivencia pascual. No se trata de unos preparativos externos, como los discípulos que preparaban la mesa con todo lo necesario, o como tantos en estos días muy preocupados de preparar nuestros templos, los utensilios litúrgicos o todos los adornos con que queremos adornar nuestros templos o nuestras imágenes para las procesiones.
Está muy bien todo eso, pero que esas cosas no nos distraigan de la verdadera preparación. Porque podemos preparar cosas externas, pero no prepararemos nuestro corazón, podemos estar en nuestros templos, celebraciones o procesiones, pero no habremos quizá dejado que Jesús entre en nuestro corazón con su vida, con su gracia.
Nos preocupamos de cosas a preparar pero no nos preocupamos de nuestro yo, de nosotros mismos para que lleguemos a tener una verdadera vivencia, un verdadero encuentro de gracia con el Señor.  ¿Qué nos faltará preparar? ¿Qué es lo que en verdad necesitamos para que haya una verdadera pascua en nosotros? ¿Habremos hecho un verdadero recorrido de gracia viviendo los sacramentos que nos llevan a la plenitud de vida en el Señor con su gracia y su perdón?
No olvidemos que el Señor quiere celebrar su pascua en nuestra casa, en nuestra vida.


martes, 16 de abril de 2019

Momentos de especial sensibilidad y de emoción, recuerdos de traiciones y desamores, pero deseos de estar junto a Jesús y de ser capaces de dar la vida por El


Momentos de especial sensibilidad y de emoción, recuerdos de traiciones y desamores, pero deseos de estar junto a Jesús y de ser capaces de dar la vida por El

 Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
Hay momentos en la vida que parece que se viven con especial sensibilidad y afloran los sentimientos, las emociones y hasta pueden aparecer sentimientos, actitudes o hechos realizados por realizar como muy encontrados los unos con los otros. Bien sea por momentos dolorosos por los que se esté pasando, bien sea porque la duda y la incertidumbre se nos ha metido por dentro, bien sea porque tengamos la certeza que se avecinan momentos difíciles en los que quizá tengamos que tomar partido o por circunstancias que nos rodean que no sabemos como afrontar o como tener dominio sobre ellas, el hecho está que los sentimientos están a flor de piel y todo lo que llevamos dentro puede aparecer o nos vemos abocados  a tener que actuar en aquello en lo que quizá teníamos miedo.
La cena pascual que iban a comenzar a celebrar estaba rodeada de muchas de estas emociones; Jesús había anunciado una y otra vez su subida a Jerusalén donde les hablaba de hechos o acontecimientos que ellos creían que no iban a pasar; Jesús sabia muy bien que aquella era su cena pascual, su Pascua que comenzaba y el momento era importante; allí estaban los discípulos mas queridos y cercanos, aquellos a los que había llamado para formar parte del grupo de los Doce apóstoles y había es cierto mucho amor, pero también las sombras de la noche se había metido en el corazón de alguno.
Es Jesús el que comienza a hablar y destapa la tensión que se vivía en aquellos momentos.  ‘Profundamente conmovido, dijo: - «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Los discípulos no se creen ni entienden lo que Jesús está diciendo. Se preguntan con la mirada los unos a los otros y solo Juan que está junto a Jesús, prácticamente recostado sobre su pecho – no olvidemos que no era un sentarse a la mesa sino recostarse quizá en divanes o lo que tuvieran en torno al mantel donde se servia la comida -, es el discípulo amado como se nos dice en el evangelio, el que se atreverá a preguntar quién es. La respuesta quizá la oyó solo Juan o los que estaban más cercanos. ‘Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado.» Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote’. El resto de los discípulos no entienden y siguen con sus cavilaciones.
‘Lo que tienes que hacer, hazlo pronto’, le dice Jesús a Judas que sale inmediatamente, que aunque el resto de los apóstoles piensan que Jesús le ha encomendado algo especial, sin embargo en el corazón de Judas entró la oscuridad de la noche en aquel momento. ‘Era de noche’, comentará el evangelista que nos contará todo esto.
Jesús sigue hablando abriendo su corazón a los discípulos y manifestándoles la importancia del momento que están viviendo. Todo suena a despedida. Con ardor los discípulos quieren seguir con Jesús, Pedro que quiere ir con El terminará diciendo que está dispuesto a todo, a dar la vida por Jesús. Es lo que lleva en su corazón, son los sentimientos de amor que impregnan íntimamente su corazón a pesar de su flaqueza y su debilidad. Por eso Jesús le anunciará que llegará a negarle tres veces antes de que el gallo cante en el amanecer del nuevo día.
En nosotros, en la medida en que nos vamos introduciendo en las celebraciones de la Semana Santa, participando en los diferentes actos piadosos que se realizan, o nos vamos empapando de la lectura de la pasión – muy recomendable que lo hagamos en estos días, también interiormente nos vamos sensibilizando espiritualmente y van apareciendo sentimientos y emociones que fundamentalmente tendrían que ayudarnos en la vivencia del misterio pascual. Nos ayuda el irnos poniendo en el lugar de esos diferentes personajes que nos van apareciendo en torno a Jesús, pero para que seamos capaces de darnos cuenta de cuánto de lo que a ellos les sucedía lo tenemos también en nuestro corazón o en nuestro vivir.
Simplemente hoy fijémonos en quienes aparecen en el entorno de Jesús en el inicio de esta cena pascual. Y aquello mismo que aparece en los distintos apóstoles de alguna manera lo llevamos nosotros por dentro. Que nos sirva de examen, de recuerdos de nuestras traiciones y nuestras debilidades, de las negaciones que también hacemos cuando no somos capaces de dar la cara por Jesús, o de los momentos en los que quizá ocultamos nuestra fe, nuestra condición de cristianos, de esos momentos de dudas y de incertidumbres que tantas veces se nos meten dentro y comenzamos a desconfiar de todo y hasta a desconfiar de nuestra fe.
Habrá también momentos de fervor, momentos intensos en que estamos dispuestos a todo aunque luego nuestra debilidad nos haga ocultarnos o echarnos para detrás. Saquemos a flote cuando llevamos dentro, negativo y positivo, y tratemos de ponernos al lado de Jesús para sentir su paz y llenarnos de esa vida nueva que El nos está ofreciendo. Que todo nos ayude en nuestra renovación pascual.

lunes, 15 de abril de 2019

Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu


Pongamos a Jesús en el centro de todo, en el centro de nuestro corazón para transpirar la fragancia del amor, la armonía, la paz, la serenidad de espíritu

 Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11
‘Y la casa se llenó de la fragancia del perfume’. Qué agradable es cuando una llena a una casa y aprecia la fragancia del hogar. Hay lugares que huelen bien. Huelen a hogar, huelen a amar y ternura, huelen a sencillez y a humildad pero al mismo siento se huele la armonía de quienes allí viven y uno se llena de su paz, se huele la prontitud para el servicio y uno se siente siempre acogido.
No hacen falta perfumes externos, ni fragancias que vengan en frascos, pero es algo hondo que se palpa, se siente, se huele con el alma. Agradable es que no haya malos olores y que todo se haya suavizado con la delicadeza y la ternura. No está de más, por otra parte, que podamos poner otras fragancias que nos hagan sentir bien.
Algunas veces pueden aparecer malos olores, porque todos tenemos un corazón débil y en un momento determinado pueden aparecer intereses particulares y tensiones, pero ahí está la sabiduría del amor que suavicen las tensiones y que transformen los intereses particulares. Siempre tiene que haber alguien que se pone poner paz con la serenidad de su espíritu, que tienda los brazos para abrazar y para acoger, para poner paz en el corazón y para ser punto de encuentro que con lazos de amor nos haga bello ramillete.
La fragancia había llenada aquella casa de Betania donde ofrecían un banquete y estaba Jesús. María de Betania había derramado a los pies de Jesús un frasco de una intensa fragancia. Es todo un signo. 
Allí estaba la expresión del amor y de la gratitud. Siempre aquel hogar de Betania había sido un lugar de paz y de acogida. Ahora muchos motivos más tenían para el agradecimiento tras los últimos acontecimientos. Allí estaba aquella ofrenda que hacia resaltar ya la fragancia que brotaba de aquel hogar. Aunque entre los presentes haya algunas sombras  - allí están los comentarios sombríos de Judas tras la apariencia de hermosos deseos – pero la luz resplandecerá sobre todo.
También nos sucede que tras la apariencia de cosas hermosas podemos esconder nuestros intereses llenos de egoísmo y que tienen poco que ver con actitudes solidarias. Mucho tenemos que purificar en nuestro interior para que nosotros también demos siempre la buena fragancia que haya hermosa la convivencia y el encuentro con los que nos rodean y que sepa llegar más allá. Cuando la fragancia es intensa no la podemos encerrar entre las cuatro paredes de aquellos con los que podamos tener mejor sintonía sino que alcanzará a todos. Desde los entresijos de nuestro espíritu tenemos que ir dejando transpirar esa buena fragancia que vaya inundándolo todo a nuestro paso.
¿Dónde podemos encontrar la fuente? Cuando ponemos a Jesús en el centro de todo, cuando ponemos a Jesús en el centro de nuestro corazón transpiraremos amor, armonía, paz, serenidad de espíritu. Es a lo que tenemos que aspirar. Llenémonos de Jesús y transmitamos a los demás ese buen olor de Cristo desde nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros gestos, desde todo lo que hagamos y vivimos.

domingo, 14 de abril de 2019

Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva


Emprendamos este tramo final del camino de la Pascua con estos días de contemplación y celebración del misterio pascual que nos lleven a renacer a una vida nueva

Lucas, 19, 28-40
‘Los niños hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, extendían sus mantos por el camino y aclamaban: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor’. Así se canta en una de las antífonas de esta fiesta recogiendo el sentir de lo que nos cuentan los evangelistas de la entrada de Jesús en Jerusalén.
En la bajada del Monte de los Olivos enfrente de la ciudad santa por el camino que venia del Jordán y por el que confluían los peregrinos que venían de Galilea se arremolinaban las gentes que conociendo los hechos inmediatos de lo realizado por Jesús – la resurrección de Lázaro de Betania – ahora le aclaman con cánticos de profundo sentido mesiánico. Algunos incómodos querrán acallar a la multitud e incluso se lo piden al Maestro. ‘Os digo que si estos callan, gritarán las piedras’, responde Jesús.
Suenan aires de triunfo, se canta la gloria del Señor, se aclama a Jesús como el que viene en nombre del Señor. Si un día Jesús no había permitido que allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes le aclamasen como Rey, ahora lo permite porque sabe Jesús que es el inicio de la Pascua, de la verdadera Pascua. Son los sentimientos que también nosotros dejamos traslucir en este domingo de Ramos en la pasión del Señor. No podemos perder el sentido de este domingo con el que iniciamos la Semana que culmina con la Pascua.
Jesús había anunciado repetidamente que subía a Jerusalén donde iban a acontecer muchas cosas, que los discípulos les costaba comprender. Ahora mientras subía desde Galilea el evangelista nos dice que Jesús iba caminando delante, como si llevara prisa por lo que había de suceder. Había anunciado que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles, que habría de sufrir pasión y muerte pero que al tercer día habría de resucitar. Quizá los discípulos más cercanos que recordaban bien las palabras de Jesús ahora no terminaban de comprender lo que estaba sucediendo, y pareciera que les dieran la razón de que lo anunciado por Jesús no tenia por qué suceder. El triunfo y la gloria que ahora se proclama es el preanuncio de lo que había de ser la verdadera victoria. Todo se iría desarrollando a su tiempo porque llegaba el tiempo de la verdadera pascua, la pascua nueva y eterna de la nueva Alianza.
Este es el pórtico de esta semana que llamamos santa por los grandes misterios que en ella celebramos. Cuarenta días de subida hemos ido realizando a través de toda la Cuaresma para prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Desde el principio hemos escuchado también ese anuncio de la subida a Jerusalén, camino que hemos querido ir haciendo con Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra cada día. Llega ahora el momento de la celebración, de la contemplación, de hacer vida en nosotros esa Pascua de Jesús que también nos transforme y nos haga renacer a una nueva vida con la renovación de nuestro compromiso bautismal en la noche de la Pascua.
Son días de contemplación pero cuando hay verdadera contemplación hay transformación interior porque iremos rumiando una y otra vez en nuestro interior todo este misterio pascual. Iremos poniéndonos en cada situación y en cada momento – como hoy con aquellos niños hebreos que alfombraban el camino de Jesús – para hacernos presentes y de ninguna manera de forma pasiva en cada uno de esos momentos.
Necesitamos una predisposición en nosotros para no quedarnos en superficialidades o meros sentimientos compasivos. Muchas cosas podrían distraernos aun en medio de las celebraciones y los actos que vivamos en estos días a pesar de la buena voluntad. Tenemos que llenarnos de los sentimientos de Cristo Jesús, tenemos que dejarnos asombrar por la maravilla del misterio que contemplamos, tenemos que saber hacer silencio interior, tenemos que centrarnos de verdad en lo que es fundamental.
Es una contemplación que no hacemos como meros espectadores, porque nos pueden encandilar las manifestaciones artísticas que a la manera de catequesis a través de los tiempos han ido adornando y llenando de contenido nuestras celebraciones. Es una contemplación que hacemos del misterio de Dios y tenemos que dejarnos envolver por ese misterio que al mismo tiempo se acerca a nosotros y se mete en nuestra vida. Por eso tiene que ir surgiendo la verdadera oración que es también escucha, que se hace alabanza, que compromete nuestra vida, que despierta nuestra fe.
Vayamos día a día empapándonos de ese misterio, que es empaparnos de amor, que es dejarnos transformar desde lo más hondo de nosotros, que es comenzar a vivir con toda intensidad esa vida que se nos ofrece. Siempre tenemos que ir descubriendo la grandeza y la maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús, en su entrega, en su pasión, en su muerte en la Cruz. Así podremos resucitar a una vida nueva y cantar con la alegría más profunda el aleluya de la resurrección.