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sábado, 7 de agosto de 2021

En esa sensibilidad de nuestro corazón por mitigar el sufrimiento del mundo tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial, la riqueza de nuestra espiritualidad

 


En esa sensibilidad de nuestro corazón por mitigar el sufrimiento del mundo tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial, la riqueza de nuestra espiritualidad

 Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17;  Mateo 17, 14-20

Un hombre se acerca a Jesús, se postra ante El y le pide que tenga compasión; tiene un hijo enfermo que sufre mucho, y hace sufrir mucho también a los que están en su entorno. El hombre pide para sí, pero pide para su hijo que está enfermo; el hombre pide compasión porque hay mucho sufrimiento en aquella enfermedad y nadie ha podido hacer nada por él; ha pedido incluso a los discípulos de Jesús que lo curen pero no han sido capaces.

Esta ausencia de Jesús, por lo que aquel hombre es a los discípulos a los que les pide que curen a su hijo coincide con la subida de Jesús al monte Tabor. Pero los discípulos, a los que un día Jesús había dado autoridad sobre los espíritus inmundos para que fueran anunciando el reino y curando a los enfermos, ahora no son capaces de hacerlo. Por eso una vez que Jesús lo cura preguntarán por qué ellos no  han podido realizar el milagro.

Muchas cosas a considerar. Está la suplica de aquel hombre y está la realidad del sufrimiento y de la enfermedad. ¿Será acaso también nuestra súplica? Podíamos decir que la realidad coincide, porque bien presente están en nuestras vidas tanto la enfermedad como el sufrimiento. Digo enfermedad y sufrimiento porque aunque podemos unirlas dos cosas, sin embargo el sufrimiento no siempre es por la enfermedad, o al menos por la enfermedad de nuestros cuerpos. Cuántas angustias alrededor, cuánta gente que se ve imposibilitada pero cuánta gente que tiene el corazón lleno de amarguras. Acaso atisben también muchas veces en nuestro corazón.

Con sensibilidad hacemos nuestro también el sufrimiento de los demás; quisiéramos hacer, y no somos capaces; nos gustaría mitigar tantos sufrimientos y no terminamos de saber cómo hacerlo; nos duele que la gente muera tras terribles sufrimientos en enfermedad que os parecen crueles y aunque humanamente buscamos tantos remedios, ahí sigue presente la muerte dolorosa en el mundo que nos rodea; vemos tantas soledades que quisiéramos acompañar pero decimos que nos falta tiempo o a veces también huimos porque no sabemos encontrar la palabra o el gesto apropiado.

¿Al final nos pareceremos a aquellos discípulos que no supieron cómo responder a la petición de aquel padre lleno de angustia y de dolor? ¿Por qué nosotros no pudimos?, se preguntaban los discípulos. Y Jesús se queja de su falta de fe. Si tuvierais fe al menos con el tamaño de un grano de mostaza… nada os sería imposible. Podríais hasta trasladar un monte de un sitio a otro, les viene a decir.

En esa sensibilidad de la que tendríamos que llenar nuestro corazón tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial. A pesar de nuestras limitaciones y hasta de nuestros miedos, muchas veces no nos falta buena voluntad y buenos deseos de querer que las cosas cambien. Y queremos sacar todas nuestras capacidades y todos nuestros recursos humanos; nos valemos incluso de lo que la ciencia médica o de la psicología puede ofrecernos para tener las mejores técnicas y recursos con los que afrontar esas situaciones.

Pero creo que nos falta algo más, un crecimiento de nuestra vida interior, una maduración de nuestra fe, un alimentarnos de Dios para llenarnos de su Espíritu que es donde vamos a encontrar la verdadera sabiduría y la verdadera fuerza. Cuando queremos ir a curar a nuestro mundo desde nuestra fe tenemos que sentir que no es solo a base de recursos humanos – que por supuesto tenemos que emplear todos los mejores – sino desde esa riqueza de nuestro espíritu lleno de Dios desde donde tenemos que ir.

Hoy Jesús les decía a los discípulos que solo con oración y penitencia se podían echar aquellos demonios. Es por lo que nos es tan necesaria nuestra unión con el Señor, como el sarmiento a la vid, para que corra por nuestro espíritu la savia divina que nos fortalezca y nos ilumine. Como cristianos no nos reducimos a unos recursos que en lo humano podamos conseguir, sino que sabemos que nuestro principal recurso lo encontramos en Dios. Por eso, nuestra oración, nuestra unión con Dios, esa ricas espiritualidad que dará un sabor y un sentido nuevo a cuanto queramos realizar. Estamos seguros que así podremos hacer de verdad un mundo nuevo.

viernes, 6 de agosto de 2021

La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

 


La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Tenemos que emprender un camino, pero sabemos que si escogemos ese camino vamos a encontrar muchas dificultades, quizás por la dureza del camino, por los obstáculos que nos vamos a encontrar, por los peligros que nos acechan, y claro tratamos de evitarlo, buscando las posibilidades de que haya otra ruta que sea menos difícil, o a última hora podemos desistir de realizarlo escudándonos en mil excusas.

Pero bien, lo que estamos diciendo puede hacer referencia a un camino, llamémoslo geográfico o físico que tengamos que realizar para ir de un lugar a otro; siempre puede haber maneras de evitarlo o de buscar las formas de suavizarlo.

Pero quizás mejor estaríamos hablando de una tarea que tengamos que realizar, una responsabilidad que tenemos o una misión que nos hayan confiado pensando en nuestras posibilidades y que con lo hacemos podríamos estar realizando algo maravilloso que no solo nos haría bien a nosotros sino también a muchos en nuestro entorno. Pero sabemos que no es fácil, ya nos han anunciado que vamos a encontrar dificultades y contratiempos, que quizás haya gente que va a estar en contra de lo que nosotros queremos realizar y nos van a hacer fuerte oposición que incluso nos hará sufrir mucho. ¿Qué hacemos? ¿Asumimos esa responsabilidad, esa misión que nos confían? ¿Queremos permanecer en lo cómodo de lo que ahora hacemos antes de complicarnos la vida en esa tarea nueva?

La vida no siempre va a ser fácil. Cuando nos sentimos comprometidos con nuestro mundo porque no estamos satisfechos con lo que vivimos o con los sufrimientos que vemos en los demás, somos conscientes que emprender la tarea de hacer que mejoren las cosas no es tarea fácil, porque hasta podemos encontrarnos incomprensiones en aquellos más cercanos a nosotros. muchas veces vamos a escuchar al oído lo que algunos llaman buenos consejos para que no nos compliquemos, sino que nos contentemos con hacer lo que buenamente podamos y que ya otros se encargarán, o terminaremos volviéndonos conformistas diciendo que el mundo es así y no hay quien pueda cambiarlo.

Podíamos decir que era la tesitura en que se encontraba Jesús en su subida a Jerusalén y lo que de alguna manera se le planteara a los discípulos aunque ellos no terminaban de entender; escuchaban las palabras y los anuncios de Jesús, pero escuchaban también los cantos de sirena que podrían brotar de sus propios corazones que fácilmente se volvían egoístas y ambiciosos y no entendían todo lo que Jesús les anunciaba.

Jesús les había venido diciendo que subían a Jerusalén y allí el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que terminaría crucificado. Pero ellos no entendían que eso le pudiera pasar a Jesús. Ya Pedro intentaría quitarle eso de la cabeza a Jesús y Jesús lo rechazaría porque era como una tentación del maligno para El. A Jesús tampoco le era fácil aquella subida a Jerusalén pero estaba dispuesto pues sabía cuál era su misión y la voluntad del Padre.

Hoy vemos que sube a una montaña alta, la situamos como el Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea, y se lleva consigo a tres de sus discípulos. Y allí Jesús va a orar, como hacía tantas veces que se retiraba a lugares apartados. Pero lleva a sus discípulos para que oren con El, aunque sus cabezas anduviesen por otros lados y por otras ambiciones. Necesitaban aquella experiencia que se iba a vivir en el Tabor. Como nos describe el evangelista, Jesús se transfiguró en su presencia, su rostro, sus vestiduras, la aparición de Moisés y Elías, imagen de la Ley y de los Profetas en la simbología bíblica, todo hablaba de algo distinto. Los discípulos que están experimentando aquella presencia de la gloria de Dios que así se manifestaba en Jesús quieren quedarse allí para siempre. ‘¡Haremos tres tiendas!’, se dicen.

Pero en medio de todo ello, una nube les envuelve, signo de la presencia de Dios que así envuelve nuestra vida cuando nos llenamos de Dios, y se escucha la voz desde el cielo. ‘Este es mi Hijo amado, el predilecto. Escuchadle’. A los discípulos ya todo aquello les supera y caen de bruces por tierra, llenos de temor por la presencia de la gloria del Señor. Pero Jesús se llega a ellos y los levanta para bajar de nuevo de la montaña.

Hay que bajar de la montaña y seguir el camino. Han subido al Tabor, pero también han de subir a Jerusalén. Hubieran preferido quedarse para siempre en la montaña. Pero el camino hay que emprenderlo y realizarlo. Aunque sea difícil, aunque haya que pasar por Getsemaní y por la calle de la Amargura, aunque haya que subir también al Calvario. Ahora tendrían ya que estar preparados. Esta experiencia del Tabor tiene que preparar sus ánimos y sus corazones, tendrá que poner fuerzas en sus pies y ser luz para el sendero que muchas veces se seguirá mostrando oscuro.

No solo miramos el recorrido de aquellos discípulos, sino que esto nos tiene que hacer mirar nuestro camino, el que tenemos que emprender sin ningún titubeo, el que tenemos que seguir en nuestras tareas y en nuestras responsabilidades, el que nos lleva a ese compromiso por un mundo mejor, aunque nos parezca tan difícil y tan costoso. Sabemos que detrás de todas esas oscuridades siempre está la luz, porque detrás del Calvario está la resurrección. Es la Pascua contínua que hemos de vivir en nuestra vida. 

jueves, 5 de agosto de 2021

Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

 


Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

Seguramente ya nos hemos acostumbrado y casi ya no es noticia que publiquen los informativos a que el Papa Francisco cada vez que va a realizar un viaje apostólico o regresa de él, o cuando va a haber un acontecimiento de especial significado, acuda a la Basílica de Santa María, la Mayor, para postrarse ante un Icono de la Virgen que se venera en dicho lugar con la advocación de Salus populi romani (Salud del pueblo romano).

Hago referencia a ello porque de alguna manera así se ha conocido un poco más esta Basílica Mayor de Roma, que es el gran y primer templo dedicado a María en toda la cristiandad. La tradición y la historia nos hablan del Papa Liberio como promotor de esta basílica cuya situación en el Monte Esquilino (una de las siete colinas de Roma) se debió a unos sueños en los que se le señalaba que el lugar que apareciera cubierto de nieve en la mañana siguiente era el designado para la edificación de este templo en honor de la Virgen. Lo curioso o milagroso, como queramos verlo, es que se trata del cinco de agosto que en Roma habitualmente se sufren fuertes y agobiantes calores, pero que apareció cubierto de nieve como hemos dicho.

Este es el origen de esta basílica que posteriormente ha sido engrandecida y enriquecida con toda la belleza del arte para contemplar hoy toda su grandiosidad. Es una de las cuatro basílicas llamadas mayores o papales como queramos decir junto con la catedral de san Juan de Letrán, san Pablo extramuros y san Pedro del Vaticano. El palacio apostólico edificado junto a la basílica fue incluso en algunos momentos de la historia residencia de los Papas. Hoy precisamente celebramos la Dedicación o consagración de esta basílica romana.

Quizás por ese hecho extraordinario y que pudiera parecer incluso anecdótico de la aparición de la nieve para señalar el emplazamiento de esa futura Basílica  ha surgido la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, que se celebra en muchos lugares precisamente en este día 5 de agosto. En nuestras islas son varios los templos dedicados a la Virgen con esta advocación pero es de destacar de manera especial la Isla de la Palma que la tiene como patrona y la celebra con gran devoción.


Allí a pocos kilómetros de la capital de la Isla, camino del monte se levanta este Santuario Insular dedicado a su patrona la Virgen de las Nieves. Ya a los pocos años de la conquista de la Isla el adelantado concedió los terrenos donde había de edificarse este templo en honor de la Virgen de las Nieves, lo que viene a expresar como esta devoción a la Virgen en esta Advocación de las Nieves está presente en nuestras islas, en concreto en la isla de la Palma, desde los albores de la conquista y de la cristianización de las Islas.

He querido dedicar esta página de la semilla de cada día a estos dos aspectos que hemos mencionado, la Basílica de santa María la Mayor de Roma y la Virgen de las Nieves que celebramos en este cinco de agosto queriendo así resaltar ese amor y esa devoción a María que mantenemos desde lo hondo de nuestro corazón.

María siempre presente en el caminar del cristiano; María la madre que nos protege y camina a nuestro lado; María a quien siempre acudimos para sentir ese aliento de la madre en nuestro caminar y en nuestras luchas. Que ese resplandor de la santidad de María, como el brillo y el resplandor de la blancura de la nieve, nos envuelva, nos llene de luz, y haga resaltar así también el amor de nuestros corazones.


miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

martes, 3 de agosto de 2021

Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

 


Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36

‘Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente’. Pero Jesús no volvió con ellos a la barca y ellos iban solos haciendo la travesía. Cruz el lago para aquellos avezados pescadores no era algo que entraña dificultad, pero sabemos cómo es andar sobre las olas. O viene la calma o se encrespan las olas con el viento que aparece en contra de alguna parte.

Y en esas se vieron en aquella noche; y la barca no avanzaba; y comenzaron los miedos. La oscuridad de la noche en medio del agua nos hace ver más tinieblas que las que realmente existen en algunas ocasiones. En estas andaban o más bien hacían esfuerzos por remar cuando les pareció ver un fantasma; muy propio en esos niveles de cultura; se llenaron de temor.

Cuántas veces en la vida nos llenamos de miedos y temores, incluso en aquellas cosas o en aquellos lugares o circunstancias a las que estamos habituados; pero como se nos pongan los vientos en contra, como comiencen a no salirnos las cosas como nosotros quisiéramos, como aparezcan dificultades con las que no contábamos, vienen los agobios, los temores, la indecisión de no saber qué hacer, el sentirnos abrumados porque nos parece que todo lo tenemos en contra. Cuántas veces perdemos esa serenidad de espíritu que tanto necesitamos, y nos llenamos de angustias, y ya no sabemos hacer lo que siempre hacíamos, o perdemos las fuerzas para luchar y querer salir adelante.

Son muchas las circunstancias de la vida, son muchos los aspectos en los que nos encontramos de esta manera. Y a veces se nos tambalea nuestra fe, perdemos la confianza. Hay cosas que vemos que suceden en nuestro entorno, incluso en nuestro entorno eclesial, que quizá no terminamos de entender y nos sentimos que desestabilizados. Quisiéramos otra imagen de la Iglesia, pero la imagen que damos muchas veces no es la más ideal; nos sentimos mal muchas veces en la debilidad de los que están a nuestro lado y eso nos desanima; nos parece que la barca se nos hunde.

Tenemos que pensar que es Jesús el que nos ha puesto en marcha para hacer esa travesía; es en esa Iglesia que algunas veces no nos gusta en las que nos quiere Jesús y donde también tenemos que saber hacerle presente a El. Nos puede parece que no es Jesús sino son otras cosas las que resplandecen en ocasiones, pero es la barca en la que tenemos que remar, es la barca con la que tenemos que ir al mundo, cruzar todas las travesías de la vida y donde tenemos que dejar una huella, la huella del evangelio, la huella de Jesús. Es lo que nos toca realizar.

A veces saltamos al agua de la vida y nos parece que nos hundimos como Pedro, porque son tales las tormentas del mundo alrededor que nos parece que perdemos pie. Nos tenemos que dar cuenta que Jesús está ahí, a nuestro lado, a nosotros nos tiende la mano también para que nos mantengamos firmes y sigamos dando testimonio, sigamos siendo testigos de algo nuevo, de lo que Jesús quiere para nosotros y para el mundo.

Sintiendo a Jesús a nuestro lado, porque hayamos despertado bien nuestra fe, aunque las aguas que atravesamos son las mismas y con las mismas dificultades de siempre, nos sentimos más seguros, sentiremos la paz en el corazón que tanto necesitamos. No olvidemos la presencia de Jesús. Hagamos sentir su presencia al mundo a través del testimonio que damos con nuestra vida. Hagamos resplandecer la verdadera imagen de la Iglesia de Jesús.

lunes, 2 de agosto de 2021

Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

 


Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21

No lo dejaban ni a sol ni a sombra. Es lo que sucede con Jesús. Ahora, después de enterarse de la muerte del Bautista Jesús quiere ir con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario; como diría algún comentarista, a esperar a que pasara la tormenta; la muerte de Juan tuvo que impactar mucho a Jesús, aunque pocas veces los veamos en el evangelio en relación, no en vano Juan era el Precursor del Mesías, y había venido a preparar los caminos del Señor. Allá al Jordán Jesús también había acudido para recibir el bautismo a manos de Juan, aunque lo que sucedería en aquel momento superaba todo lo que significaba el bautismo de Juan, como tantas veces hemos comentado. ¿Convenía hacer una pausa después de aquellos acontecimientos sangrientos? Para Jesús no va a haber pausa, cuando llegan a aquel descampado Jesús se encontró con la multitud que le estaba esperando.

Y el corazón compasivo de Jesús hizo lo que tenia que hacer; nada de descanso y si ponerse junto a aquellos hambrientos de la Palabra de Dios para ponerse a enseñarles. Pero el tiempo pasa, llega la tarde, la multitud es grande y ha estado todo el día escuchando a Jesús después de lo que habían caminado para adelantárseles en aquel sitio y son los discípulos los que se adelantan a pedir a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a las aldeas donde puedan comer algo.

Pero ya conocemos el diálogo, Jesús les dice que le den ellos de comer. ¿Cómo pueden dar de comer a tantos si solo tienen unos pocos panes y peces? Pero allí están a disposición de Jesús. Manda que la gente se siente en el suelo y bendice a Dios por aquellos panes antes de comenzar a repartirlos a la gente. Y comieron todos y hasta sobró como bien nos detalla el evangelista. Muchas veces lo hemos contemplado y meditado.

‘Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’, habían dicho los discípulos. ¿Eran las provisiones que ellos llevaban, aunque no parezca que fueran muy abundantes? ¿Era la oferta de alguien de entre la multitud? Otro evangelista hablará de un muchacho que llevaba en su alforja esas provisiones. Pero lo importante era que aquello, aunque fuera pequeño, se puso a disposición del servicio que pudiera prestar.

Cuántas veces nosotros decimos también ante la ingente tarea que vemos que está por realizar en nuestro entorno, que nada tenemos, que nada valemos, que nosotros no sabemos, que no podemos hacer nada, y aquellos pequeños panes y peces de nuestros valores se quedan ocultos, se quedan enterrados. ¿Seremos acaso como aquel hombre de la parábola al que solo se le concedió un talento y lo guardó y escondió para no perderlo, para que no se lo robaran, pero no hizo nada con él? Ya sabemos cómo en la parábola se le recrimina que no lo hubiera negociado; cada uno tiene que negociar lo que tiene, tiene que desarrollar los valores y las cualidades que posee, sean muchas o sean pocas.

Somos pobres muchas veces no porque no tengamos nada, sino porque no sabemos poner a juego aquello poco que tenemos. Y la miseria se junta con la miseria para aumentarla aun más; pero si aquello mísero que poseemos lo ponemos a disposición, lo desarrollamos, podrá surgir una hermosa planta de esa pequeña semilla. Cuántas cosas nos dice Jesús en este sentido en el evangelio. Y nos lo está diciendo hoy con los cinco panes y los dos peces puestos a disposición. Cuánto podríamos hacer por nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena.

domingo, 1 de agosto de 2021

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

 


También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

Se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’

Habían ido hasta los descampados buscando a Jesús, como tantas veces acudían allí donde estaba, allí donde enseñaba; después de todo lo sucedido, al no encontrarlo a la mañana siguiente se vienen a Cafarnaún en busca de Jesús. Es muy significativo.

¿Será imagen de nuestras búsquedas? Cada uno llevaba sus deseos y sus intereses en su corazón, allá iban con sus enfermedades y sus carencias, allá iban con su curiosidad y con sus vacíos, con el hambre de pan pero también con los interrogantes que se planteaban en su corazón y con sus deseos de algo nuevo y distinto… buscaban, parecía que en Jesús podían encontrar respuestas que llenaran el alma, sus cuerpos eran sanados pero algo nuevo sentían en su interior, muchas veces andaban también en la confusión de falsas esperanzas o querían satisfacer sus deseos más primarios.

Como nosotros, como hoy sigue sucediendo en nuestro mundo; porque podemos pensar en lo que cada uno de nosotros busca en la religión, en la iglesia, o podemos pensar en los deseos de tantos en nuestro entorno que quieren algo distinto, que se cansan siempre de lo mismo, o que solo buscan cosas que les contenten en el momento. Pareciera que vivimos en un mundo de superficialidades, pero detrás de todo eso puede haber interrogantes serios, inquietudes hondas, aunque no se sepan definir claramente.

Porque aunque parezca un mundo indiferente, no lo es tanto; hay muchos interrogantes en el corazón del hombre y de la mujer de hoy; vemos también cómo surgen iniciativas múltiples aunque parezca que la mayor parte de la gente está como dormida; quizás no han encontrado respuesta en la iglesia o no le hemos sabido presentar algo que verdaderamente valga la pena; no siempre quizá hemos presentado de forma auténtica el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús.

Cuando la gente llega a Cafarnaún y se encuentra de nuevo con Jesús parece que han superado la frustración de que ayer no pudieran hacerle rey, porque El desapareció en la montaña. Se sienten contentos de encontrarse de nuevo con Jesús porque algunas esperanzas se han ido abriendo paso en sus corazones. Pero ahora Jesús quiere hacerles pensar. ¿Por qué lo buscan? ¿Porque ayer comieron pan hasta saciarse en el desierto? ¿Es que sólo buscan saciar sus estómagos hambrientos o tendrán que buscar algo más? Es la reflexión a la que les quiere llevar Jesús.

No entienden o les cuesta entender lo que Jesús les está diciendo y piden señales y pruebas. Comieron pan hasta saciarse allá en el descampado cuando nada tenían y estaban desfallecidos por el camino y eso les recuerda el maná que Moisés les dio a sus padres en el camino del desierto.

Y es la imagen de la que quiere valerse Jesús para hacerles comprender. No es Moisés – y hablar de Moisés es hablar también de la Ley que era la guía y el sentido del pueblo de Israel – sino que es Dios el que les va a dar el verdadero pan del cielo, les viene a decir Jesús. Algo nuevo les está anunciando Jesús y una apertura nueva tiene que haber en sus corazones, porque ese Reino de Dios que Jesús les está anunciando es todo un sentido nuevo que ha de impregnar sus vidas.

‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntan como nos preguntamos nosotros también tantas veces cuando se nos hacen planteamientos nuevos. Parece como que estemos pidiendo una lista de cosas que tenemos que hacer y que cuando las cumplimos ya está todo realizado. Estaban acostumbrados a que la ley de Dios que recibieron a través de Moisés, por eso se llama ley mosaica, se desmembrara en numerosas normas, ritos, reglamentos, obligaciones, que parece que ahora le están pidiendo a Jesús cuáles son esas nuevas normas que El quiere establecer con el Reino de Dios. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Pero Jesús les dice solo una cosa. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.

Creer en Jesús. Así había comenzado la predicación del evangelio. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’. Creer en Jesús, en la Buena Noticia que nos anuncia Jesús nos exige esa transformación del corazón. Si no cambiamos el corazón de nada nos sirve que comencemos a cumplir normas, reglamentos, leyes y nuevos ritos. Y es que creer en Jesús significa aceptar algo nuevo y algo distinto y con los apegos del corazón de siempre no podremos aceptar eso nuevo que nos ofrece Jesús.

Y esto seguimos necesitando hacerlo hoy. Hemos entrado en la pendiente de muchas rutinas en la vida. Todo se convierte en costumbres y tradiciones. Esto siempre ha sido así, decimos y no queremos cambiarlo. Y leemos el evangelio y en cierto modo nos lo pasamos por alto porque ya nos lo sabemos. Fijémonos con la rapidez que hacemos nuestras lecturas incluso hasta cuando se hace la proclamación solemne de la Palabra de Dios en la Eucaristía. No damos tiempo a saborearla, a rumiarla en nuestro corazón, a preguntarnos y respondernos que es lo que ahora esto me está diciendo a mí, a mi vida.

Al final aquella gente, como Jesús les está hablando de un pan bajado del cielo, le piden que les de a comer ese pan. ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿En qué estarían pensando? ¿Todavía en aquel pan que cocinaban al rescoldo de sus hogares o se darían cuenta de que era algo nuevo y distinto lo que tenían que saborear, de lo que tenían que alimentar sus vidas y que solo en Jesús podrían encontrar?

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan sabiendo que en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida. ‘Yo soy el pan de vida, nos dice. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’.