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sábado, 31 de mayo de 2025

Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 


Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 Romanos 12, 9-16b; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Imaginaos que estáis en casa tranquilamente, con vuestras tareas, con vuestras preocupaciones, disfrutando del momento o preparando quizás lo que está por venir, siempre tenemos algo que preparar porque los trabajos se continúan unos tras otros, y de pronto alguien toca a la puerta. ¿Quién será? nos preguntamos, ¿Quién llama? Preguntamos muchas veces antes incluso de abrir la puerta. Y os encontráis con el amigo querido que hace tiempo no veías, o al familiar por quien sentís mucho aprecio pero que quizás vive lejos. Además de la sorpresa la alegría será grande, el encuentro será efusivo, las puertas no solo de la casa sino del corazón se abren de par en par para recibir a quien llega a nosotros y nos disponemos pronto a agasajarlo y ofrecerle de todo para que se sienta bien. Nuestra alegría es tan grande que es como si Dios hubiera entrado por esa puerta, en expresión que muchas veces usamos en ocasiones así.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta y celebración especial que en este final de mayo tenemos, la visitación de María a su prima Isabel. No nos extrañan las muestras de alegría que se nos muestran en el evangelio, en la acogida de Isabel, en sus palabras llenas de alabanzas y bendiciones, hasta en el pequeño Juan que desde el seno de su madre está también saltando de alegría. Era Dios que llegaba a aquella casa; si, era la visita de María, la prima que desde la lejana Galilea se había puesto en camino para llegar a las montañas de Judea; era la disponibilidad de Maria que en su generosidad venía a ayudar a su prima Isabel de quien se había enterado que en su vejez esperaba un hijo, y necesitaría de apoyo y ayuda. María, al tener noticia, se había puesto aprisa en camino. Cuando llegan las muestras de amor a nuestra vida, sí, está llegando Dios a nosotros.

Pero llegaba Dios a aquella casa de las montañas de Judea por el misterio de Dios que en Maria se está desarrollando. Ella también había recibido la visita del ángel, como un día Zacarías también lo había recibido allá en el templo; pero el ángel de Dios había llegado a aquella pequeña aldea de Galilea, perdida incluso en los mapas, que no en los mapas celestiales. Algún día la gente proclamaría al contemplar a Jesús y los signos que realizaba que Dios había visitado a su pueblo; pronto escucharemos también proclamar a Zacarías que con el nacimiento de Juan era el comienzo de la visita de Dios a su pueblo mostrándonos su misericordia y su amor. Dios había visitado también aquel hogar de Nazaret en Galilea, pero no para una visita de paso, sino para quedarse entre nosotros, para ser el Emmanuel, el Dios con nosotros. Y con María, habitando ya en su seno había llegado también a aquel hogar de las montañas de Judea.

Proclamaría Isabel que se sentía feliz y no cabía en ella de gozo porque la madre de su Señor la visitaba, bendeciría a Maria que por su fe estaba haciendo que se manifestasen así las maravillas de Dios. ‘¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Allí se estaba cumpliendo, allí se estaba manifestando la gloria del Señor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida de este momento del evangelio que estamos contemplando. Es Buena Nueva de Dios que nos habla de acogida a los otros porque en ellos estamos acogiendo a Dios.

Es Buena Nueva de Dios que nos habla también de esa disponibilidad y de esa generosidad que debe abundar en nuestro corazón para llegar a donde fuera necesario si allí vamos a mostrar nuestro amor, por encima de las renuncias que tengamos que hacer, de los desprendimientos de nosotros mismos que tengamos que tener, de lo que nos pueda costar correr esas puertas del corazón algunas veces endurecidas por los apegos para ser capaces de abrirnos siempre a los demás, sin pretensiones de grandeza poniéndonos al nivel de los demás en sus llantos y en sus alegrías, en sus sufrimientos o en sus necesidades.

Buena Nueva de Dios que nos hace reconocer las maravillas que Dios está obrando en nosotros por lo que tenemos que saber dar gracias, pero que precisamente impulsados por ese amor de Dios que sentimos nos pondremos siempre en camino para hacer llegar esa Buena Noticia también a los demás.

viernes, 31 de mayo de 2024

Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

 


Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

En medio de la tribulación parecería que nadie podría dar saltos de alegría, que cuando nos aventuramos a algo nuevo que nos resulte desconocido podamos ser capaces de alejar de nosotros los miedos ante la incertidumbre y mantener firme la esperanza, que cuando emprendemos un camino nuevo que nunca hayamos recorrido lo hagamos con total seguridad de manera que alejemos de nosotros todo tipo de desconfianzas. Pero sí es posible mantener la esperanza aunque es necesario tener un gran equilibrio en nuestra vida porque de verdad tengamos unos sólidos cimientos sobre los que fundamentemos todas esas esperanzas y nos abran caminos de luz en nuestros ojos.

Hoy contemplamos a María dando saltos de alegría en su camino hacia las montañas de Judea. Sobre su vida se han abierto otros horizontes en los que quizá nunca habría pensado para si y tenía que sentir que todo aquello que le estaba sucediendo podría complicar su vida. Había marchado de Nazaret sin que su prometido esposo aun supiera el misterio que en ella se estaba realizando y eso podría sembrar algunas inquietudes en su corazón ante la posible manera de reaccionar de José; su marcha por los caminos de Samaría y Judea hasta llegar a las montañas de Judá habiendo partido de Galilea no era un camino de rosa – no podemos hacer comparación alguna entre lo que era entonces y lo que puedan ser hoy esos caminos – y eso entrañaba peligros de todo tipo y son miedos difíciles de superar; su presencia en casa de Zacarías e Isabel que iba a ser inesperada no sabía realmente la respuesta que podría encontrar, porque habían vivido en la distancia agravada en aquellos tiempos por la dificultad del transito entre unos lugares y otros.

Pero María iba cantando en su corazón. Podríamos decir que iba ensayando aquel canto con que prorrumpiría a la llegada a la casa de su prima Isabel. La sorpresa del recibimiento había sido algo agradable, porque sentía además que el misterio de Dios se revelaba más y más, sobre todo escuchando las palabras de Isabel. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ habría prorrumpido, pero además la había llamado dichosa porque había creído en el Señor.

Sí, estamos contemplando el camino de fe de María. Muchas veces resaltábamos en este episodio la generosidad y el amor de María que allá había ido para servir a su prima Isabel, pero como trasfondo siempre tenemos que ver su fe. Es lo que resalta Isabel; es lo que se desprende del cántico de María; era la mujer que confiaba en el Señor y en sus manos se había puesto para dejar que en ella el Señor hiciera cosas grandes, obrara maravillas.

Es lo que ella ahora quiere cantar al Señor en aquel cántico seguramente tantas veces ensayado en su corazón en el camino desde Nazaret hasta la montaña. Por eso desborda de gozo en el Señor. Reconoce ella la mano de Dios en su vida; sin esa mano y esa presencia de Dios no podía realizarse en ella todas aquellas maravillas. Allí se está manifestando la misericordia del Señor. Lo va a repetir de mil maneras. Todo es un derroche de gracia, un derroche de misericordia que transforma los corazones como se ha ido transformando su propio corazón. Ahí esta recordando María toda la historia de Israel que ha sido la historia de la misericordia de Dios para con su pueblo y que ahora en su Hijo Jesús se va a realizar de manera tan admirable.

¿Seremos capaces de cantar a Dios así, con un corazón tan agradecido, por tantas maravillas de amor que va realizando en nosotros? Que se despierte nuestra fe para que podamos creer como María, para que podamos ver esa mano de Dios obrando en nosotros. ¿Quién te ha traído ahora mismo, en estos momentos, a este encuentro con la Palabra de Dios que nos está haciendo cosquillas en nuestro corazón?

Podemos sentirnos también perturbados por muchas cosas, porque la vida no siempre es fácil, porque el camino se nos hace duro, porque reconocemos nuestras debilidades y también tantos fracasos, pero también podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del Señor se derrama sobre sus fieles, se derrama sobre nosotros también de generación en generación. Mira tu vida de forma concreta, con lo que eres y como eres y descubre esas señales de la misericordia de Dios.

domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

jueves, 21 de diciembre de 2023

Seamos capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios como el niño Juan

 


Seamos capaces como María de llevar a Dios en nuestra vida para que vibren los corazones de los que están a nuestro lado porque sientan la presencia de Dios como el niño Juan

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Con los medios de los que hoy disponemos es mucho más fácil y fluida la comunicación de cualquier noticia que queramos transmitir; recuerdo aquellos tiempos, en que hasta el teléfono no era fácil tenerlo en todas partes y eran además de dificultosas también muy costosas las llamadas y la comunicación habitualmente era por carta. Vivó con familiares emigrantes en América y cuando llegaba una carta era un acontecimiento y después de leerla en la casa y con la familia se llamaba o se salía a las casas de los vecinos para comunicar la alegría de haber recibido noticias de los que estaban lejos; era una alegría y un regocijo para todos.

¿No es eso lo que hoy estamos contemplando en el evangelio? María corre presurosa a las montañas de Judá porque tiene algo que compartir con Isabel. Sí, ¿por qué no verlo así? A aquel humilde hogar de Nazaret han llegado grandes noticias. María recibió la visita del ángel de Dios que le anunciaba cómo Dios quería contar con ella y en consecuencia su futura maternidad, pero en medio, podíamos decirlo así, se han colado otras noticias, su prima Isabel, allá en las montañas de Judea va a ser madre también y ya está de seis meses de embarazo. Algo que María no podrá guardarse para sí, y presurosa se pone en camino. Será la profunda comunicación entre aquellas dos futuras madres, cada una en sus circunstancias, y donde se palpaba la obra de Dios, sino que está también la disponibilidad de la joven María para servir y para ayudar a su anciana prima en aquellos momentos que se avecinan. Un episodio muy humano pero que al mismo tiempo nos manifiesta la grandeza de aquellos corazones.

Es el diálogo entusiasta y lleno de alegría que se entablará entre aquellas dos mujeres en su encuentro que podríamos decir que mutuamente se comunican sus noticias. Es el runrunear de Dios en medio de aquel episodio que hará que se desborden los cánticos de alabanzas y se derrame hasta derrocharse la gracia de Dios en aquellos lugares. El niño saltará de alegría en el seno de su madre como la misma Isabel manifiesta al escuchar las palabras de María; pero es la presencia del Hijo de Dios en el seno de María que va derramando sus gracias y en este hecho se quiere expresar la santificación de aquel niño que va a nacer y que viene como Precursor de quien está ya en el seno de María. Pero nos hablaré también de cómo el Espíritu Santo inunda el corazón de aquellas mujeres de manera que Isabel llegará a reconocer la grandeza de quien viene desde la lejana Galilea a visitarla, porque es la madre de su Señor.

‘¿Quien soy yo, reconocerá humilde, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Y todo será entonces cantar la gloria del Señor, todo serán felicitaciones para María – ¿no dirá más tarde que todas las generaciones la felicitarán? – porque ha creído y la Palabra del Señor se cumplirá. Es la antesala de la salvación, es el anuncio de la llegada del Emmanuel.

Y esto lo estamos contemplando en este marco del Adviento y en las casi vísperas del nacimiento del Señor. ¿Nos estará invitando la palabra del Señor a que también nosotros nos pongamos presurosos en camino porque hay noticias que tenemos que comunicar?  Decimos que nuestro mundo de hoy en cierto modo se ha hecho sordo para recibir la verdadera noticia de la Navidad - ¡cuántas noticias se han creado en torno a este hecho y a este misterio bien lejanas de la auténtica realidad de la navidad que nos ensordece para su verdadero sentido! – pero ¿no será que los cristianos no hemos sabido llevar la autentica noticia de la navidad al mundo que nos rodea?

He mirado con un poco de atención la televisión estos días para ver lo que nos decía de la navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos hace? Unos regalos – cuántas cosas nos ofrece la publicidad estos días que terminan en puro consumismo -, una lotería de la suerte – que nos hace soñar en la posibilidad de ya no tener que trabajar más -, unas comidas de amigos o de familiares - hechas simplemente muchas veces desde un compromiso social porque así se impone en estos días -, unos encuentros momentáneos y fugaces - que tendrán su continuación en distanciamiento continuado a través de todo el año -, unos determinados dulces o muy sabrosas bebidas – que al final seguirán manteniendo el amargor en los corazones -… tantas cosas que nos dicen que es la navidad, pero no terminamos de ver a quien tendría que ser el centro y la motivación de la verdadera alegría de la navidad.

¿Seremos capaces, como María, de llevar a Dios en nuestros corazones y en nuestra vida para que vibren de verdad los corazones de los que están a nuestro lado porque sienten la presencia de Dios entre ellos, como sucedió aquel día en las montañas de Judo? ¿No tendremos que dejar que nos inunde el Espíritu del Señor para llevar ese servicio del anuncio del Evangelio a nuestro mundo de hoy?

 

martes, 12 de septiembre de 2023

Sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura, sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad para poder crecer en esa fuerza interior que necesitamos

 


Sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura, sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad para poder crecer en esa fuerza interior que necesitamos

 Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19

Hay ocasiones en que nos creemos demasiado autosuficientes y autodidactas que nos queremos valer por nosotros mismos como si solo con nuestra fuerza o con lo que hemos aprendido por nosotros mismos podemos hacer de todo y podemos lograrlo todo. No es malo que nos queramos valer por nosotros mismos, no es malo que busquemos cómo salir adelante con nuestro esfuerzo y con nuestro deseos de crecer, de saber más, de hacerlo por nosotros mismos. pero cuidado caigamos en la autosuficiencia de no querer aceptar lo que podamos recibir de los demás, aprender de los que están a nuestro lado o saben más que nosotros, de acoger esa fuerza que podamos recibir para mantener ese deseo y esa tensión. reconozcamos también nuestras limitaciones, reconozcamos lo que podemos recibir.

Recogiendo de alguna manera el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio, sepamos subir al monte para aprender a bajar a la llanura; sepamos ir a los momentos de silencio y hasta de soledad, para descubrir de donde podemos recibir esa fuerza interior que luego vamos a necesitar para ir al encuentro con la vida; no temamos irnos en la noche a la montaña, porque es donde vamos a aprender como luego bajar al valle en el que tan variados caminos y circunstancias nos vamos a encontrar.

Es lo que le vemos hacer hoy a Jesús en el evangelio. Ya nos dice el evangelista que subió a la montaña y pasó la noche en oración; es algo que muchas veces le veremos hacer. A la mañana vendrá al encuentro de los discípulos de entre los cuales escogerá a doce a los que llamará sus enviados, los apóstoles.

Después, como también le veremos en otro momento que les dice que tiene que ir a otros lugares y al encuentro de otros porque ha sido enviado para todos, bajará a la llanura donde se encontrará no solo con los discípulos que habían ido surgiendo a su paso por Galilea, sino también por muchos venidos de Jerusalén, pero también de las ciudades paganas de Tiro y Sidón. A otros también tenía que ir a anunciar la Buena Nueva. Allí estará con todos, le llevarán sus enfermos y los atormentados por los espíritus, todos querrán al menos tocarlo o tocar la orla de su manto, y a todos irá curando.

Ese camino o ese proceso, por llamarlo de alguna manera, que vemos en Jesús es el que hoy quiero fijarme. Pasó la noche en el silencio, en la oración. Solo después de ese momento vendrá al encuentro con los discípulos para escoger a los doce apóstoles; solo después bajará de la montaña para ir al encuentro con todos a los que ha de anunciar con sus palabras y con los signos que realizaba el Reino de Dios. ¿Será así nuestro camino?

Reconozcamos que muchas veces queremos hacerlo a la inversa. Decimos que tenemos tanto que hacer, que es mucha la mies o que es grande la labor y ya enseguida queremos ponernos manos a la obra sin haber tenido antes la necesaria noche del silencio. Fácilmente lo olvidamos los cristianos; tenemos incluso la tentación de considerar esas noches de silencio como si fueran inútiles e innecesarias. Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo nos decimos; demasiado autosuficientes nos ponemos.

¿Permitiremos que un arquitecto nos diseñe el edificio o casa de nuestra vida si antes no ha estudiado la carrera de arquitectura para poder realizar y trazarnos con seguridad esos planos? Cuando nos presente su proyecto antes habrá pasado mucho tiempo, no solo en sus estudios previos mientras realizó su carrera, sino ahora en el estudio de lo que va a realizar para poderlo hacer debidamente.

En esa tarea tan hermosa que todo cristiano comprometido tiene que realizar en medio del mundo que le rodea con ese testimonio de nuestra fe, con esos signos de nuestro compromiso de amor que tenemos que manifestar, no podemos ir de cualquiera manera por nuestra cuenta. Necesitamos de ese fortalecimiento de nuestra fe, de ese apuntalar bien lo que son nuestros principios y nuestros valores cristianos, necesitamos crecer interiormente para poder tener toda esa fuerza del Espíritu que nos ayude y que nos impulse, necesitamos pasar por ese silencio de la montaña, por ese silencio de la noche, por ese tamiz de la oración, porque no vamos por nosotros mismos ni solo con nuestra fuerza. Es algo que no podemos descuidar, algo en lo que no necesitamos hacer carreras para llegar pronto, algo que necesita una honda preparación del espíritu. Cuidado no nos llenemos de autosuficiencias que harán nulo nuestro trabajo. 

¿Nos estará faltando algo de todo esto a los cristianos hoy para dar ese necesario testimonio ante el mundo?


martes, 15 de agosto de 2023

Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

 


Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Lo que llevamos en el corazón no lo podemos disimular, no lo podemos callar. Cuando nos encontramos con aquellos, en especial, que tienen cierta sintonía con nosotros, canta de inmediato el corazón y dejar fluir los más hermosos sentimientos, y de inmediato nuestra lengua se desata y seremos capaces de decir las más bellas palabras. 

Pueden ser hermosas experiencias que hayamos vivido, encuentros que han llegado de gozo el alma porque experimentamos lo que es la belleza de la vida, nos regocijamos en el amor y la amistad que se nos ofrece y se nos regala, nos sentimos elevados en nuestro espíritu porque descubrimos lo bello y lo grande que nos engrandece; experiencias cargadas de humanidad, experiencias que nos elevan a lo divino y sobrenatural, experiencias con las que nos sentimos transformados.

¿No sería algo así lo que Maria llevaba en su corazón y le hizo correr por los caminos de Palestina desde Nazaret hasta las montañas de Judea? Grande había sido la experiencia de Dios que había vivido en aquel momento que Dios se hizo presente en su vida con la visita del Ángel. Llena de Dios se había sentido María, poseída por el Espíritu llevaba en sus entrañas al Hijo del Altísimo que iba a ser nuestra vida y nuestra salvación.

El camino de Nazaret a las montañas de Judea se había llenado de los sones del cántico de María que ella iba entonando en su corazón. Cuando se encuentra con Isabel por la sintonía que de manera tan especial con ella sostenía las palabras comienzan a salir a borbotones del corazón por la boca de ambas mujeres, porque las dos tenían mucho que contar y cantar de las maravillas que Dios había realizado en ellas. Isabel también tenía mucho que agradecer a Dios que tales maravillas había realizado en ella cuando a sus años le había concedido el don de la maternidad; María sentía que el Señor había sido grande con ella  y en ella estaba realizando también obras maravillosas.

Comenzaba así un cántico que había de terminarse nunca, porque todos aquellos que reconocen las maravillas de Dios en su vida no pueden menos que tomar prestadas las palabras de Isabel y de María para cantar también de corazón al Señor. Pero es que ese cántico se ha convertido también en el cántico de la liberación, con el que todos los que sienten que el Señor le ha liberado de muchas ataduras cuando les ha regalado su gracia cantarán casi como un emblema y un signo de lo que ha de seguir siendo su camino ese mismo cántico de María.

María con su camino de Nazaret a las montañas de Judea a nosotros también nos pone en camino, con ella quiere llevarnos y elevarnos, y está convirtiéndose para nosotros en modelo de ese camino que nosotros también hemos de recorrer. Un camino de Ascensión, como fue el camino de Jesús, y un camino de Asunción como fue el camino de María, como hoy estamos celebrando. Hemos de saber dejarnos conducir como lo hizo María, pero que no es un camino de pasividad sino que tiene que convertirse para nosotros en un camino muy positivo, muy activo. 

Dejamos actuar a Dios en nuestra vida, pero ponemos nuestra disponibilidad, ponemos la ofrenda de nuestro yo, ponemos nuestros esfuerzos de superación, ponemos toda esa lucha de liberación que a la manera de María hemos de saber ir realizando en nuestra vida.

Es el tiempo en que derribados del trono a los poderosos, ensalzaremos y levantaremos a los humildes porque en verdad queremos hacer un mundo nuevo, queremos hacer vivir una vida nueva a todos; es el tiempo de un nuevo compartir porque mientras los ricos se quedan encerrados en su propio vacío, sin embargo los humildes, los sencillos, los hambrientos se verán saciados porque el Señor en su bondad nos colma de bienes; es el tiempo de la misericordia y es el tiempo de la nueva ternura que florece con el perdón, es el tiempo en que hacemos desaparecer los orgullos y las prepotencias, es el tiempo en el que florece en el jardín de la vida la comprensión, la armonía y la paz porque todos nos sentimos valorados en lo que somos más que en lo que tenemos, porque todos nos sentirlos enriquecidos con el amor y la gracia del Señor, es el tiempo en que descubriremos cómo el Señor se revela en los pequeños y en los sencillos.

Es el camino que María nos está abriendo con su Asunción al cielo, que nos dice que es posible ese nuevo camino, que es posible esa Asunción en nuestra vida, que es posible que un día nosotros porque queremos mantener limpio el corazón podremos gozar de esa visión de Dios. 

Es lo que hoy estamos celebrando al celebrar la Asunción de María. Es a lo que nos sentimos invitados para caminar de mano de María que con nosotros, en nuestra tierra canaria, camina con nosotros como un faro de luz en su advocación de Candelaria. Que seamos capaces de cantar ese cántico de María reconociendo también cuantas maravillas el Señor realiza en nosotros.

domingo, 5 de marzo de 2023

Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

 


Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Estamos en camino como lo es la vida misma. Una imagen figurativa que solemos emplear pero que nos dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de subidas y bajadas, de sentirnos elevados para tener otras visiones y perspectivas como de sentirnos hundidos en ocasiones arrastrándonos si fuerza por el sendero, de momentos felices de plenitud pero momentos también oscuros, de momentos en que nos llenamos de ilusión y esperanza y momentos de luchas, de esfuerzos de superación, de dudas y de miedos, de saber escuchar y de saber mirar lo que recibimos o lo que se nos ofrece a nuestra contemplación, de aprender cada día la lección así como de la experiencia de lo pasado y vivido. Es muy variado el camino que hacemos siempre con la esperanza de llegar a una meta con un final feliz. No siempre es fácil pero queremos seguir haciéndolo.

Camino hemos emprendido cuando el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma. Un camino muy concreto que es expresión intensa de todo lo que es el camino de nuestra fe, pero que ahora hacemos como preparación para la celebración de la Pascua. Y ponernos en camino es ponernos a la escucha, haciendo silencio en nuestro interior – ya se nos hablaba de desierto en el primer domingo de Cuaresma – pero abriéndonos al misterio de Dios que nos eleva. Como Abrahán que se puso en camino a lo que Dios le pedía señal de esa necesaria disponibilidad en nuestra vida.

Por eso hoy se nos habla de unos de esos momentos del camino que es el subir a la montaña. Un camino de subida que nos exige esfuerzo, que nos exige levantarnos de las rutinas diarias de nuestro caminar, que nos va a elevar para tener nuevas perspectivas, para descubrir nuevos horizontes, como siempre desde lo alto de la montaña podremos vislumbrar; si no hacemos la subida no podremos descubrir lo que allí en lo alto se nos va a revelar.

Es lo que allí sucede y nos revela el evangelio de este segundo domingo de cuaresma. Jesús subió a la montaña para orar, como tantas veces hacia cuando se iba a lugares apartados. ‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Necesitamos también nosotros subir a la montaña para orar, necesitamos ir con Jesús porque en ese camino que tenemos que seguir haciendo necesitamos que se mantengan en la retina de nuestra alma los resplandores de la Transfiguración del Señor.

Aquel Jesús, profeta de Galilea que sube a la montaña para orar, va a sentir la gloria de Dios sobre reafirmando con la voz de Dios la validez de la misión que ha de realizar en su subida a Jerusalén. Moisés y Elías, la voz profética del Antiguo Testamento aparecerán junto a Jesús mientras hablaban de la pasión que había de padecer, pero la voz del Padre desde el cielo lo iba a señalar como el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

En aquel duro camino que los discípulos estaban haciendo, en camino de subida a Jerusalén ya Jesús les había anunciado cuando había de pasarle al Hijo del Hombre que iba a ser entregado en manos de los gentiles, aquel momento de luz que ahora en lo alto del monte estaban viviendo les hacia sentir una paz nueva, de manera que ya no quisieran tener que bajar de nuevo de la montaña. ‘Haremos tres tiendas…’ comienzan a decir pero se ven interrumpidos por la voz del cielo.

Cuando salen de sí de aquel momento de estupor que les había envuelto con la nube se encontrarán a Jesús solo que con ellos se pone en camino para bajar de la montaña. El camino habían de seguir, ahora con una nueva luz en los ojos de su alma para poder entender todo el misterio que se les estaba revelando. Habían de seguir por la llanura, allí donde estaba la vida, allí donde se encontrarían de nuevo con dificultades, allí donde tendrían que seguir atentos para seguir escuchando aquella voz que les seguiría hablando en el corazón, como tantas veces nosotros necesitamos en esa llanura de la vida que tenemos que seguir recorriendo.


Es nuestro camino, el camino de nuestra vida con todas sus circunstancias concretas, el camino de nuestra fe que emprendimos desde nuestro bautismo, el camino cuaresmal que ahora estamos haciendo para renovar ese camino de nuestra fe, para darle plenitud y verdadero sentido al camino de nuestra vida. Seguimos en este mundo con sus luces y con sus sombras, este camino de nuestro mundo hoy que a veces se nos hace difícil porque nos aparecen muchos momentos de dolor en nosotros y en los demás, este camino en el que tenemos que poner luces de esperanza nosotros que ya hemos sido iluminados por la luz de la Transfiguración que es anticipo de la luz de la Pascua.

Tenemos una misión que realidad, tenemos una plenitud que darle a la vida. Y lo hacemos escuchando a Jesús, el Hijo amado del Padre, y lo haremos siguiendo los pasos de Jesús aunque sabemos que tenemos que pasar por la Pascua, con lo que tiene de pasión y de muerte, pero con la vida de resurrección con que nos vamos a encontrar.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

sábado, 19 de febrero de 2022

Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

 


Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

Santiago 3,1-10; Sal 11; Marcos 9,2-13

 ‘Ven conmigo que quiero contarte algo’, y el amigo nos sacó de aquella conversación en la que estábamos, o de aquel grupo de amigos con los que estábamos pasando el rato, y nos llevó en un aparte porque quería contarnos algo. Nos sentimos sorprendidos y halagados seguramente; no lo esperábamos y además estaba mostrando una confianza grande al contarme aquello tan especial. Buena consideración debía de tener de nosotros cuando así mostraba algo que no contaba a los demás.

¿Sería algo así cómo se sentirían aquellos tres discípulos cuando Jesús los llama y se los lleva con él para subir a aquella montaña alta? Ya sabían que a Jesús le gustaba retirarse a lugares apartados para orar; lo verían así en oración hasta noches enteras en distintos momentos, pero habitualmente se retiraba solo. Ahora hay que subir a aquella montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea y Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Después sabremos que en algún otro momento los escoge en particular a ellos también para momentos especiales.

No esperaban lo que allí en lo alto iba a suceder. Estando Jesús en oración y seguramente ellos medio adormilados por algún sitio, cansados quizás de la subida a la montaña, Jesús se transforma. Unos resplandores lo envuelven y sus vestiduras se llenan de un brillo especial. Y Jesús no está solo, pues junto a El estarán Moisés y Elías. Despabilándose ante tanto resplandor los tres discípulos están más que asombrados. Pedro se atreve a hablar porque no quiere que aquello se acabe. Se sienten en la gloria del cielo. ‘¡Qué bien se está aquí!’ y como nos narrará otro de los evangelistas ya está pensando en levantar unas chozas para que permanezcan y aquello no se acabe.,

Pero una nube los envuelve y una voz venida del cielo suena como un trueno sobre ellos. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. No soportan tanta emoción y les aturde la revelación que del cielo está viniendo y caen de bruces asustados. Jesús les saca de su aturdimiento y como en un despertar después de tanta emoción, allí está solo Jesús con ellos, que les recomienda mientras bajaban que aquello no lo contaran a nadie hasta después de que resucitara de entre los muertos. No terminan de entender, muchas preguntas siguen estando dentro de ellos. Aunque en los anuncios de la pasión les había hablado siempre de resurrección aun no terminan de entender.

Jesús quiere tener a sus discípulos cerca de sí. Se los llevó con ellos, nos dice en otra ocasión, igual que cuando eligió a los doce era para que estuvieran con El. Jesús nos quiere tener junto a sí. Solo estando con Jesús, solo sintiéndonos muy cerca de El es cómo comenzaremos a conocerlo de verdad. Es ahí en esa cercanía y en esa intimidad donde Jesús se nos da a conocer allá en lo más profundo de nuestro corazón. Como el amigo que nos lleva en un aparte porque quiere revelarnos unos secretos. Tenemos que dejar que Jesús nos tenga junto a sí, nos lleve con El.

Algunas veces parece que se nos complica eso de la fe y lo de ser cristiano. Son tantas las influencias que recibimos de todas partes que un poco parece que ese piso de la fe se nos tambalea debajo de nuestros pies. Hay pasos que nos cuesta dar, cosas que nos cuesta aceptar, valores que nos cuesta vivir, porque aparecen nuestros miedos, porque nos llenamos de dudas, porque las exigencias del camino de Jesús algunas veces nos parecen difíciles.

Parece que nos sentimos solos, parece que no llegamos a vivir esa presencia de Dios en nuestra vida, parece que los caminos se nos hacen demasiado pendientes y nos entran los cansancios. Quizá hay algo que no tenemos muy en cuenta, no le damos tanta importancia y lo abandonamos. Jesús quiere que estemos con El y a nosotros nos cuesta estar con Jesús, porque preferimos otras carreras u otros caminos. 

Y detenernos, hacer silencio dentro de nosotros, abrir bien los oídos del alma, entrar en esa sintonía de Dios para escucharle, para sentirle, para vivirle, es algo que nos cuesta y tantas veces lo dejamos para otro momento, o lo queremos hacer a la carrera. Veamos el tiempo que le damos a nuestra oración, veamos si creamos ese silencio interior para sentir a Dios en nuestra vida; en medio de los ruidos no lo podemos escuchar.

Dejemos que Jesús nos lleve con El, a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración. Aunque los ojos se nos cierren por el sueño intentemos mantener esa sintonía de Dios abierta. Y Jesús se nos revela, Jesús se nos da a conocer, Jesús nos hará vivir su presencia dentro de nosotros. Y bajaremos de la montaña también transfigurados, transformados, con nuevos bríos e impulsos, con nuevas ganas de seguir con toda intensidad el camino de Jesús.

viernes, 6 de agosto de 2021

La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

 


La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Tenemos que emprender un camino, pero sabemos que si escogemos ese camino vamos a encontrar muchas dificultades, quizás por la dureza del camino, por los obstáculos que nos vamos a encontrar, por los peligros que nos acechan, y claro tratamos de evitarlo, buscando las posibilidades de que haya otra ruta que sea menos difícil, o a última hora podemos desistir de realizarlo escudándonos en mil excusas.

Pero bien, lo que estamos diciendo puede hacer referencia a un camino, llamémoslo geográfico o físico que tengamos que realizar para ir de un lugar a otro; siempre puede haber maneras de evitarlo o de buscar las formas de suavizarlo.

Pero quizás mejor estaríamos hablando de una tarea que tengamos que realizar, una responsabilidad que tenemos o una misión que nos hayan confiado pensando en nuestras posibilidades y que con lo hacemos podríamos estar realizando algo maravilloso que no solo nos haría bien a nosotros sino también a muchos en nuestro entorno. Pero sabemos que no es fácil, ya nos han anunciado que vamos a encontrar dificultades y contratiempos, que quizás haya gente que va a estar en contra de lo que nosotros queremos realizar y nos van a hacer fuerte oposición que incluso nos hará sufrir mucho. ¿Qué hacemos? ¿Asumimos esa responsabilidad, esa misión que nos confían? ¿Queremos permanecer en lo cómodo de lo que ahora hacemos antes de complicarnos la vida en esa tarea nueva?

La vida no siempre va a ser fácil. Cuando nos sentimos comprometidos con nuestro mundo porque no estamos satisfechos con lo que vivimos o con los sufrimientos que vemos en los demás, somos conscientes que emprender la tarea de hacer que mejoren las cosas no es tarea fácil, porque hasta podemos encontrarnos incomprensiones en aquellos más cercanos a nosotros. muchas veces vamos a escuchar al oído lo que algunos llaman buenos consejos para que no nos compliquemos, sino que nos contentemos con hacer lo que buenamente podamos y que ya otros se encargarán, o terminaremos volviéndonos conformistas diciendo que el mundo es así y no hay quien pueda cambiarlo.

Podíamos decir que era la tesitura en que se encontraba Jesús en su subida a Jerusalén y lo que de alguna manera se le planteara a los discípulos aunque ellos no terminaban de entender; escuchaban las palabras y los anuncios de Jesús, pero escuchaban también los cantos de sirena que podrían brotar de sus propios corazones que fácilmente se volvían egoístas y ambiciosos y no entendían todo lo que Jesús les anunciaba.

Jesús les había venido diciendo que subían a Jerusalén y allí el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que terminaría crucificado. Pero ellos no entendían que eso le pudiera pasar a Jesús. Ya Pedro intentaría quitarle eso de la cabeza a Jesús y Jesús lo rechazaría porque era como una tentación del maligno para El. A Jesús tampoco le era fácil aquella subida a Jerusalén pero estaba dispuesto pues sabía cuál era su misión y la voluntad del Padre.

Hoy vemos que sube a una montaña alta, la situamos como el Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea, y se lleva consigo a tres de sus discípulos. Y allí Jesús va a orar, como hacía tantas veces que se retiraba a lugares apartados. Pero lleva a sus discípulos para que oren con El, aunque sus cabezas anduviesen por otros lados y por otras ambiciones. Necesitaban aquella experiencia que se iba a vivir en el Tabor. Como nos describe el evangelista, Jesús se transfiguró en su presencia, su rostro, sus vestiduras, la aparición de Moisés y Elías, imagen de la Ley y de los Profetas en la simbología bíblica, todo hablaba de algo distinto. Los discípulos que están experimentando aquella presencia de la gloria de Dios que así se manifestaba en Jesús quieren quedarse allí para siempre. ‘¡Haremos tres tiendas!’, se dicen.

Pero en medio de todo ello, una nube les envuelve, signo de la presencia de Dios que así envuelve nuestra vida cuando nos llenamos de Dios, y se escucha la voz desde el cielo. ‘Este es mi Hijo amado, el predilecto. Escuchadle’. A los discípulos ya todo aquello les supera y caen de bruces por tierra, llenos de temor por la presencia de la gloria del Señor. Pero Jesús se llega a ellos y los levanta para bajar de nuevo de la montaña.

Hay que bajar de la montaña y seguir el camino. Han subido al Tabor, pero también han de subir a Jerusalén. Hubieran preferido quedarse para siempre en la montaña. Pero el camino hay que emprenderlo y realizarlo. Aunque sea difícil, aunque haya que pasar por Getsemaní y por la calle de la Amargura, aunque haya que subir también al Calvario. Ahora tendrían ya que estar preparados. Esta experiencia del Tabor tiene que preparar sus ánimos y sus corazones, tendrá que poner fuerzas en sus pies y ser luz para el sendero que muchas veces se seguirá mostrando oscuro.

No solo miramos el recorrido de aquellos discípulos, sino que esto nos tiene que hacer mirar nuestro camino, el que tenemos que emprender sin ningún titubeo, el que tenemos que seguir en nuestras tareas y en nuestras responsabilidades, el que nos lleva a ese compromiso por un mundo mejor, aunque nos parezca tan difícil y tan costoso. Sabemos que detrás de todas esas oscuridades siempre está la luz, porque detrás del Calvario está la resurrección. Es la Pascua contínua que hemos de vivir en nuestra vida. 

domingo, 28 de febrero de 2021

La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

 


La experiencia de subir a la montaña del Tabor en la transfiguración nos ayudará a la subida pascual al calvario y a la cruz con Jesús para su Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Todos necesitamos alguna vez en la vida tener la experiencia de subir a una montaña. Alguien podría decirme que en nuestra tierra lo tenemos fácil, pero también te podría decir que sin embargo no todos tenemos la experiencia de lo que es en verdad una subida a una montaña. Sé que en nuestra isla somos muy fáciles para subir al Teide, bueno, o al menos a Las Cañadas y es algo que la mayoría quizá con bastante frecuencia habrá hecho, pero os digo que eso no siempre significa lo que quiero expresar con subir a una montaña.

Es el esfuerzo de la subida que por supuesto no tenemos cómodamente sentados en un coche, pero es el disfrutar de la contemplación que nos ofrece la misma subida del entorno por el caminamos o de lo que dejamos allá abajo en la llanura, a la que sabemos que vamos a volver; pero es la contemplación que en la misma altura podemos experimentar si somos capaces de observar bien nuestro entorno, pero también de aquellos que nos acompañan; es la conversación que surge que no es tan intrascendente como pueda parecer si vamos con una mirada atenta; será lo que desde la altura descubrimos, porque habrá una nueva mirada, una nueva perspectiva que nos podrá ayudar a colocar cada cosa en su sitio; igual que contemplamos desde la altura el paisaje que ha quedado abajo y sabremos situar cada lugar, cada sendero que hayamos recorrido, cada distancia que nos separa unos sitios de otros, así comenzaremos a mirar la vida de una forma distinta y comenzaremos también a colocar cada cosa en su lugar.

Es como una reconversión interior para tener una nueva mirada, una nueva contemplación pero también una perspectiva distinta que nos hará actuar luego de manera diferente. No siempre logramos todo esto en una subida a una montaña porque nos podemos quedar en lo superficial, por eso decía que no todos los que hayan ido a una montaña han subido a la montaña.

A alguien pudiera parecerle innecesaria toda esta descripción en la que me he entretenido, pero creo que nos puede ayudar a entender las subidas a la montaña de las que nos habla hoy la palabra de Dios. Fue la subida al Horeb de Abraham con su hijo Isaac para el sacrificio, y fue luego la subida al monte que llamamos del Tabor de Jesús con aquellos tres discípulos, como será la subida que vamos haciendo hasta el calvario en este camino de Cuaresma.

Podemos hablar del esfuerzo y del sacrificio - ¿qué es lo que iba sucediendo en el corazón de Abrahán mientras subía al monte Moria sabiendo cual era la meta de aquella subida? –, como quienes conocen el Monte Tabor saben de la dificultad para su subida por las fuertes pendientes para llegar a la altura de la montaña que sobresale luego con una visión distinta de las llanuras de Galilea. No digamos el camino de subida al calvario, aunque lo dejamos para otro momento. Toda esa transformación y cambio de perspectiva se iba haciendo en aquellas subidas, que llevarán por una parte a Abraham al verdadero sentido de la fe y del sacrificio, y a los tres discípulos que acompañaban a Jesús de una nueva visión de Jesús al que contemplaron allí transfigurado con la gloria del Señor.

Aunque a los discípulos les costó un camino largo aprender la lección porque siguieron sus dudas en su corazón, porque había cosas que no terminaban de entender, porque incluso hubieran preferido quedarse solo en la contemplación de la montaña y ya estaban maquinando la manera de construir unas tiendas para vivir, la bajada de la montaña fue ya con una visión distinta que les fortalecería para seguir el camino de Jesús aunque aún seguiría siendo ambiguo para ellos.

Si no contemplaron el cielo estrellado como del que nosotros en la alta montaña habremos disfrutado en alguna ocasión, sí se encontraron con resplandores de luz al contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús. Pero la luz les llegaba sobre todo de lo alto en las palabras del Padre que señalaba a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien habían de escuchar y en consecuencia seguir. Era la perspectiva nueva que habían de tener de la obra y de las palabras de Jesús, era el sentido nuevo que la vida de Jesús tendría para ellos que les ayudaría a pasar luego por el camino de la pascua.

Nosotros hoy en este segundo domingo de Cuaresma nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. La contemplación de todo este misterio de la gloria de Dios que se nos manifiesta hoy en la transfiguración nos está animando a emprender el camino de la pascua con decisión siguiendo los pasos de este camino de Cuaresma.

Esa ascensión la iremos haciendo semana tras semana, domingo tras domingo hasta que lleguemos a la celebración del triduo pascual, donde también tendremos que subir con Jesús a la montaña del calvario. Es subida que también tenemos que hacer cada uno llevando nuestra cruz pero sintiendo todos que nuestro Cireneo es Jesús cuando se nos haga pesada esa cruz, cuando tengamos que ceñirnos esa cruz para que podamos vivir la pascua.

Cada momento, casa paso que vayamos dando tendrá su experiencia y su significado. Pero delante de nosotros está el resplandor de la transfiguración que hoy contemplamos y eso será el impulso para seguir adelante, para abrir los ojos, para templar nuestro corazón, para aprender a tener esa mirada nueva que de la vida tengamos cuando con Jesús la veamos desde lo alto del calvario, desde lo alto de la cruz. Es que tiene que ser algo nuevo lo que nazca en nosotros, lo podremos cantar con brío y alegría cuando culminemos el paso de la Pascua en la alegría de la resurrección.

 

domingo, 8 de marzo de 2020

Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios


Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2imoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9
Hay momentos en que la vida parece que da un volantazo, porque nos damos cuenta que no podemos seguir por donde íbamos, que quizá todo parecía fácil y entraba en una normalidad, pero de pronto los cosas se pusieron difíciles, íbamos como por una llanura y ahora nos encontramos subiendo una pendiente. ¿Por qué? nos preguntamos. ¿Por qué ahora tenemos que tomar este otro camino? Como cuando vamos haciendo un camino para llegar a algún sitio y de pronto el camino cambió, lo que era llano y suave se hizo subida, lo que parecía que no costaba, ahora nos exige un esfuerzo distinto. Nos habíamos acostumbrado y ahora el cambio cuesta. ¿Qué es lo que hay detrás que merezca este cambio?
¿Por qué tenemos que subir ahora esta montaña? Quizá se estaban preguntando aquellos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús se había llevado aparte y se había dispuesto a subir con ellos a aquella montaña. Iba a orar en lo alto ¿era necesario? Si Jesús oraba en cualquier sitio, en la noche solamente se apartaba un poco del resto y allí se ponía a orar. Pero ahora estaban subiendo y con no poco esfuerzo a lo alto de aquella montaña. La identificamos como el Tabor, que se alza en medios de las llanuras y valles de Galilea y es de costosa subida.
Cansados llegaron a lo alto y Jesús se dispuso para la oracion invitándoles a ellos a hacer lo mismo. Seguramente preferirían un descanso para entrar en un sopor que les hiciera recuperar las fuerzas, pero Jesús les estaba pidiendo con su propio ejemplo que se dispusieran a orar. Y comienza lo extraordinario y lo no esperado porque en la oración Jesús comienza a transfigurarse en su presencia. Su rostro resplandecía, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador, aparecía como nimbado por la gloria del Señor y allí estaban también Moisés y Elías junto a Jesús. Aquella presencia también iba a significar algo. Se quedaron ciegos de emoción y no querían que aquello se acabase.
Ya Pedro estaba disponiendo el levantar tres tiendas para que aquella visión continuase. ‘¡Qué bien se está aquí!’ fue su grito de exclamación y su deseo. La gloria de Dios los envolvía a ellos también. Una nube lo envolvía todo. La voz desde el cielo proclamaba que Jesús era el Hijo de Dios. ‘Este es mi Hijo amado. Escuchadle’, era la voz del Padre. Al escuchar la voz cayeron por tierra. ‘No temáis’, les dice Jesús y allí están solos con Jesús. ‘No habléis de esto a nadie hasta después de la resurrección de entre los muertos’, era el encargo que Jesús les hacia, pero había que bajar de nuevo de la montaña para seguir el camino. Había merecido la pena el esfuerzo y sacrificio de la subida.
Es tradición en la liturgia de la Iglesia que este segundo domingo de Cuaresma se nos presente este evangelio de la Transfiguración. Es una invitación, casi al principio de este camino cuaresmal, a que nos tomemos en serio del camino de la Pascua. Vamos subiendo con Jesús a Jerusalén. Un camino y una subida cuaresmal que no siempre es fácil, que exige su esfuerzo. Un camino que nos invita a seguir. Ni nos podemos quedar al pie de la montaña aplatanados por es fuerte el esfuerzo que se nos pide, pero tampoco nos podremos luego quedar en lo alto por muy bien que se esté allí, como se sentía Pedro.
El cristiano tiene que estar siempre en camino, caminos de superación y esfuerzo, camino de búsqueda de la presencia del Señor, caminos que se abren delante de nosotros bajando de la montaña o abriéndonos paso por los valles de la vida porque siempre tenemos que ir al encuentro del otro, al encuentro del mundo porque tenemos un anuncio que hacer. ¿Nos costará a nosotros también ese cambio que supone ponernos en camino en los caminos nuevos que se abren ante nosotros? ¿Hay algo que nos da certeza y seguridad?
A Abrahán Dios le pide, lo escuchamos en la primera lectura que se ponga en camino para ir a la tierra que el Señor le va a dar. Un camino de cierta incertidumbre porque no sabe hasta donde tiene que llegar, solo sabe que tiene que salir de su tierra y de la casa de su padre. Los apóstoles tras la visión de la gloria de Dios también han de seguir en camino, bajar de la montaña llevando con ellos un secreto que ahora no pueden revelar pero que es preanuncio para ellos de que en la pascua tras la pasión y la muerte va a haber resurrección. Luego tendrán que seguir haciendo camino porque será entonces cuando han de salir a hacer ese anuncio al mundo. ‘Id al mundo entero a proclamar esa buena noticia’, les dirá Jesús antes de la Ascensión. Serán testigos no solo en Jerusalén sino hasta los confines de la tierra.
La contemplación que hoy hacemos de la transfiguración es una invitación a ponernos en camino, a salir de nuestra casa, de la casa de nuestras comodidades y rutinas, para entrar en ese camino nuevo que se abre ante nosotros para que también hagamos el anuncio. Llevaremos con nosotros el secreto de la Pascua pero que hemos de transmitir a los demás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios y es nuestra salvación y la salvación del mundo que tenemos que anunciar.
No nos asusta la pascua porque aunque haya pasión y muerte tenemos la certeza de la vida y de la resurrección. Merece la pena el sacrificio de la pasión, como les mereció la pena el sacrificio y esfuerzo de la ascensión del Tabor para los tres discípulos que acompañaban a Jesús.
Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración también nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión – nos podemos sentir tentados como los discípulos en la pasión a abandonar y huir como salieron huyendo del huerto, o a encerrarse donde se sintieran seguros como estuvieron encerrados en el Cenáculo -, porque sabemos bien lo que hay detrás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios. Así hemos escuchado hoy la voz del Padre que nos lo certifica desde el cielo. Así podremos superar la tentación de la huida o del encerrarnos llenos de miedo en lugar cómodo donde nada nos pueda pasar.
Subimos hoy al Tabor de la Transfiguración porque queremos subir también con Jesús a su Pascua; nos gozamos  hoy con la gloria del Señor transfigurado como sentiremos la alegría de la resurrección para sentirnos enviados a llevar la Buena Nueva de la salvación al mundo que nos rodea.  Queremos vivir el compromiso de la Transfiguración y de la Pascua.