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sábado, 24 de enero de 2026

Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

 


Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

2 Samuel, 1, 1-27; Sal. 79; Marcos, 3, 20-21

No siempre nos entiende en lo que hacemos, muchas veces la incomprensión lo podemos encontrar hasta en las personas más cercanas a nosotros; están por supuesto también aquellos que no están de acuerdo con lo de nosotros hacemos o con la manera de hacer nosotros las cosas y crearán una oposición y puede llegar incluso hasta un enfrentamiento; siempre hay personas que pueden ponernos trabas en nuestras ruedas, por así decirlo, para evitar que aquello que nosotros estamos queriendo realizar buscando lo mejor pues no se pueda hacer realidad; sabemos que no siempre vamos a encontrar acuerdo sobre todo cuando caminamos desde una meta, unos ideales que de alguna manera pueden romper molde de lo que habitualmente se suele hacer y quienes se sienten beneficiado por esa rutina de la vida van a realizar su oposición; tienen su poder podríamos decir y si van a haber recortado por así decirlo sus beneficios dura va a ser la oposición.

Pero como decíamos antes en ese esfuerzo que realizamos por llevar adelante nuestras metas, por seguir con nuestros principios, por hacer ese bien y ese trabajo que queremos realizar lo que están a nuestro lado quizás lo vean la efectividad o la razón de ser de lo que nosotros hacemos, les parezca que es demasiado el esfuerzo que estamos realizando, y que si encima ahí esa oposición alrededor ven que eso puede hacernos daño, ponernos en peligro y tratarán de aconsejarnos, de decirnos que no hace falta tanto, que no es necesario enfrentarse con todo el mundo, que las cosas se pueden hacer de otra manera, dirán incluso que medio nos estamos volviendo locos; ya digo la oposición la podemos encontrar muy cercana a nosotros. 

Algo así le estaba pasando a Jesús, anunciaba el Reino de Dios y realizaba todos esos signos y señales de ese nuevo sentido de la vida si queríamos vivir el reino de Dios y a su alrededor quizás algunos podían ver en peligro sus privilegios, el dominio que podían realizar sobre los demás, porque Jesús enseñaba una vida nueva, una libertad del espíritu, un sentido nuevo y por eso vemos que incluso tratan de quitarlo del medio; lo veremos a lo largo del Evangelio. La tarea de Jesús no era fácil, se estaba gastando y desgastando por el reino de Dios en ese querer estar cercano a todos, en ese anuncio del Reino que iba realizando por todas partes, en esa tarea con sus discípulos más cercanos. Jesús sabía cual era su misión, cuál era su camino, qué es lo que tenía que realizar.

Y la gente lo escuchaba, lo buscaba, le traían enfermos, lo acompañaban en su caminos de un lado para otro, se entusiasmaban con las esperanzas que se iban suscitando en su corazón, veían una luz nueva que estaba comenzando a iluminar de verdad sus vidas. Era el anuncio del Evangelio del Reino de Dios que Jesús estaba realizando. 

Pero, como vemos hoy en el Evangelio, su familia no terminaba de entenderlo, le parecía quizás que era mucho lo que estaba haciendo, conociendo también la oposición que había en cierto sectores a la tarea de Jesús, al anuncio del Evangelio que realizaba contemplaban cómo se enfrentaban verbalmente incluso con Jesús poniendo dificultades, poniendo trabas; diríamos que en un sentido como muy humano, muy familiar, quieren como convencer a Jesús de que no es necesario tanto, como solemos decir, que mejor sería retirarse para evitar problemas, qué necesidad había de enfrentarse a los dirigentes del pueblo judío, querían llevárselo para casa porque decían que no estaba en sus cabales; así nos dice el evangelista. 

Siempre hablamos de las tentaciones de Jesús y recordamos aquel tiempo del desierto pero luego a lo largo del Evangelio veremos que también serán muchos los momentos en que de alguna manera surgirán como nuevas tentaciones, tientan a Jesús para que las cosas no sean tal como las ven venir o tal como él está presentando el anuncio del Evangelio; recordamos incluso cómo Pedro quería quitarle de la cabeza cuando subían a Jerusalén y anunciaba Jesús lo que allí había de pasarle ese pensamiento; poco menos estaba como queriendo decirle que no subiera a Jerusalén. Ahora es la familia la que de alguna manera es también como una tentación para Jesús queriendo apartarlo de su camino, pero era quien había dicho al entrar en el mundo ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’,  quien había dicho ‘mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre’ un día a los discípulos allá junto al pozo de Jacob en Samaria, o sentiría Jesús también la tentación en Getsemaní antes de comenzar la pasión y por eso pedía al Padre que apartase de él aquel cáliz que sabía que había de beber, pero aunque hace esa petición al mismo tiempo dirá ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’;  ‘aquí estoy yo padre para hacer tu voluntad’. 

Es lo que estamos contemplando hoy en este corto pasaje del Evangelio que nos ofrece la liturgia de este día, pero donde nos vemos nosotros también que muchas veces podemos sentir los cansancios, las ganas de tirar la toalla, de volvernos para atrás, de pensar que no es necesario tanto, porqué me voy a meter en estos líos, pero en el fondo de nuestro corazón está nuestra fe, está nuestro querer seguir a Jesús, está la vivencia que queremos hacer del Evangelio, está esa fe en el Reino de Dios que tenemos que ir construyendo día a día aunque nos cueste y seremos capaces de seguir adelante hasta el final.

 

viernes, 23 de enero de 2026

También nos sentimos llamados porque también nos elige por nuestro nombre para que estemos con El y encendiéndonos en la llama de su amor convertirnos en sus testigos

 


También nos sentimos llamados porque también nos elige por nuestro nombre para que estemos con El y encendiéndonos en la llama de su amor convertirnos en sus testigos

1Samuel 24, 3-21; Salmo 56; Marcos 3, 13-19

Una llamada en el sentido de lo que hoy queremos hablar podemos decir que es una invitación; podríamos hablar también de llamada como un toque de atención, o la llamada que hacemos ante una puerta cerrada para que nos abran, que en este caso seríamos nosotros los que hacemos esa llamada. Pero quiero pensar ahora en la llamada que se nos hace, para que prestemos atención es cierto, pero como una invitación a algo; llamada a la que podemos hacer oídos sordos y no prestar atención, a la que nos negamos a responder o a la que rechazamos porque no tiene interés para nosotros.

Pero la llamada no se queda en que nosotros nos enteremos de que nos hayan llamado sino que hemos de dar una respuesta, aceptar esa invitación y en consecuencia dar lo pasos necesarios para atender a eso a lo que se nos llama. Es importante lo que estoy diciendo porque si importante es el que alguien haya pensado en nosotros para llamarnos o invitarnos a algo, es importante la respuesta que nosotros damos haciendo que esa llamada sea importante para nosotros.

¿Por qué me hago esta previa reflexión? Hoy el evangelio nos habla de llamada y de llamada concreta no solo para que nos enteremos de lo que nos está anunciando, como una campana o una señal de alarma que se hace sonar para que nos enteremos de algo, sino para invitarnos a dar una respuesta.

Mientras subía al monte Jesús llamó a los que quiso para que fueran con Él. Ya comenzaba a haber muchos discípulos, pues la gente lo seguía, acudía para escucharle, le llevaba a sus enfermos para que los curase, y ya se iba formando un grupo de seguidores que con más o menos lealtad seguían a Jesús. Pero entre todos ellos Él llamó a los que quiso, y constituyó un grupo de doce, los llamaremos apóstoles, porque su misión era luego ser enviados para seguir anunciando el Reino de Dios como lo estaba haciendo Jesús. Por eso, nos dice incluso, que les da autoridad para expulsar demonios, para realizar los mismos signos que Jesús hacía como manifestación de la llegada del Reino de Dios.

Y nos dice el evangelista, después de hacernos relación de los nombre de los doce escogidos, que se fueron con Él. Escucharon y dieron respuesta, escucharon la llamada y se fueron con Él, porque luego habría una misión que realizar, para enviarlos a predicar, como lo hacía Jesús. Es hermoso este detalle, ‘se fueron con Él’;  serán los que estarán siempre a su lado, van a recibir sus confidencias y a ellos de manera especial les va a explicar lo que a toda la gente les enseñaba en parábola, van a ser testigos de toda la intimidad de Jesús como suele suceder en toda convivencia humana, podrán hablar con confianza con Jesús preguntándole lo que no entienden, se sorprenderán de lo que es de verdad el espíritu de Jesús y de El querrán aprender, viéndole orar le pedirán que les enseñe a orar, contemplando su espíritu de servicio aprenderán, aunque sean cosas que muchas veces les cueste, que su verdadera grandeza está en servir, seguían a Jesús con sus luces y con sus sombras, con sus momentos de entusiasmo y con los momentos duros en los que les cuesta entender de verdad la vida de Jesús y lo que les enseña, con sus ambiciones y con sus aspiraciones; todo eso iremos contemplando en el Evangelio.

Aunque este pasaje de manera especial nos está hablando de aquellos a los que iba a constituir apóstoles porque serían enviados con misión especial, no podemos dejar de pensar que también está hablando de nosotros los que queremos seguir a Jesús, ser sus discípulos, porque eso para nosotros es también una invitación y un regalo del Señor. También nosotros debemos estar con El, queremos estar con El.

Es el camino del cristiano, es nuestro camino, porque como seguidores de Jesús también tenemos la misión de ser testigos, de dar testimonio de nuestra fe. Pero tenemos antes que crecer por dentro, crecer en ese conocimiento de Cristo y empaparnos de su Evangelio y eso solo lo podemos hacer estando con Él. Es nuestra oración y es la escucha de su Palabra, es el rumiar allá en lo más hondo de nosotros mismos cuanto Jesús nos va enseñando, es crecer en ese espíritu de Cristo, crecer en nuestra espiritualidad cristiana porque será la forma de que podamos dar ese testimonio que no solo serán nuestras palabras sino sobre todo nuestra vida y principalmente nuestro amor.

Un amor que tenemos que encender en la llama del corazón de Cristo, en la llama de su amor.


jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.


miércoles, 21 de enero de 2026

Hay miradas que nos traspasan el alma, que despiertan nuevos sentimientos, que nos ponen en una dinámica distinta, que eso sea el evangelio hoy para nuestra vida

 



Hay miradas que nos traspasan el alma, que despiertan nuevos sentimientos, que nos ponen en una dinámica distinta, que eso sea el evangelio hoy para nuestra vida

1Samuel 17, 32-51; Salmo 143; Marcos 3, 1-6

No siempre miramos de la misma manera ni nos fijamos en las mismas cosas; hay ocasiones en que sentimos curiosidad por lo que pasa o sucede en nuestro entorno y queremos saber, queremos conocer, queremos recibir noticias de cuanto sucede; pero también sabemos que la curiosidad puede ser malsana, y no solo por la búsqueda del chascarrillo, de los comentarios que se suscitan, sino porque quizás no somos sinceros en nuestro corazón, porque vamos con prejuicios, vamos prevenidos para resaltar lo que no nos gusta o lo que pueda destruir la buena voluntad de otros.

Pero hay miradas suplicantes, porque quisiéramos otra cosa, porque nos sentimos en necesidad, porque estamos lacerados por el dolor, porque los problemas nos agobian y estamos buscando cómo salir de esas situaciones, como cambiar, cómo encontrar una paz que nos falta en el corazón.

Pero está también la mirada de la comprensión, de la misericordia, la mirada de la mano tendida no para pedir sino para ofrecer, la mirada que se hace compañía, la mirada que ofrece paz y quien la recibe se siente sanado por dentro. Son miradas que reparten vida, son miradas reconfortadoras, son miradas confortables que quien las recibe se siente transformado, pero quien las ofrece siente una satisfacción honda en su corazón.

Miradas también que nos traspasan el alma, que se convierten en denuncia, que quieren despertar nuevos y mejores sentimientos pero que algunas ven que no lo logra y de alguna manera se siente defraudado. Podríamos seguir describiendo muchas más miradas, pero ante este evangelio de hoy detengámonos aquí.

Y miremos ahora nosotros todo el conjunto de personas que se mueven en este episodio por decirlo de alguna manera. Desde aquellos que están al acecho a ver lo que hace Jesús, porque saben bien lo que allí se van a encontrar todos, pero ellos quieren acabar con Jesús, al final se hablará incluso de confabulaciones para quitar de en medio a Jesús.

Pero allí en medio está aquel hombre enfermo, algunos casi no lo ven, pasa desapercibido para la mayoría por su misma situación de la que muchas quizás querrían alejarse. ¿Cuál era sin embargo la mirada de aquel  hombre en medio de todos los que le rodean sabiendo además que allí está el nuevo profeta de Galilea, como lo ven algunos?

Y está la mirada de Jesús, de su corazón brota la compasión y la misericordia, para Él no puede pasar desapercibido aquel hombre enfermo ni tampoco pasar por el lugar sin que nada suceda, porque donde hay amor brota espontánea la compasión y la misericordia. Pero el actuar de Jesús provocará también controvertidas reacciones. Porque además es sábado y hay que guardar la ley del descanso sabático.

¿Habrá de verdad evangelio en esos momentos y a través de ese episodio? Una buena nueva de salvación va a quedar anunciada, aunque no todos la sepan comprender. Por eso incluso en medio de la misericordia que se desborda del corazón de Cristo aparecen sentimientos de desencanto porque no todos saben leer esa buena noticia que Jesús quiere dejarles.

Pero no nos quedamos en el episodio y en el hecho de aquel tiempo, sino que tenemos que mirarnos a nosotros, o mejor dejarnos mirar por Jesús. ¿Qué es lo que va a encontrar en nuestro corazón? ¿Habrá en verdad sintonía en ese cruce de miradas entre Jesús y nosotros?

Porque quizás también nosotros en muchas ocasiones nos ponemos a mirar para otro lado, no queremos mirar la cruda realidad de sufrimiento que puede haber en nuestro derredor, pero también nos desentendemos y vamos a lo nuestro pareciendo que nuestras preocupaciones son las más importantes. La mirada de Jesús fue dura para aquellos fariseos que estaban allí al acecho y no fueron capaces de sintonizar con una buena noticia que les traía Jesús también para sus vidas. Aunque en Jesús siempre será permanente la mirada del amor, la misericordia y la compasión.

¿Estará tocando la fibra de nuestro corazón de alguna manera este evangelio de hoy? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar con nuestra mirada y con la oferta de nuestro corazón?


martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

domingo, 18 de enero de 2026

La vida tiene que es siempre crecimiento, tenemos que descubrir la novedad de la vida de cada día, la novedad de nuestro amor, la novedad de nuestro seguimiento de Jesús

 


La  vida tiene que es siempre crecimiento, tenemos que descubrir la novedad de la vida de cada día, la novedad de nuestro amor, la novedad de nuestro seguimiento de Jesús

1 Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Algunas veces tratamos de hacer arreglos en las cosas que teníamos pero queremos conservar parte de lo antiguo porque nos parecía tan bonito, pero al mismo tiempo le agregamos cosas nuevas que son, por ejemplo, un estilo distinto y tenemos el peligro de que nos pueda salir una aberración, porque no valen esas mezclas, porque tenemos que decidirnos por lo nuevo y desechar aquellas cosas que no nos valen para el hoy. Por supuesto lo que estoy diciendo puede provocar inquietud y respuesta de oposición, porque nos hablarán de los edificios antiguos que son restaurados y que ahora pueden lucir en todo su esplendor, pero aun así creo que hay que andar con mucha precaución. Esto nos vale para la vida que cada día se hace nueva para nosotros porque no queremos caer en rutinas ni añoranzas sino que queremos vivir en el hoy de nuestra vida y nuestro mundo. 

No es tampoco el cambiar por cambiar, sino el saber encontrar ese verdadero sentido que tengo que vivir hoy desde nuestro yo más profundo. Y es lo que nos quiere decir hoy el evangelio, que siempre es buena  noticia de algo bueno. Una buena noticia que nos sigue llegando en el hoy de nuestra vida y desde el impacto que va produciendo en nosotros nos tiene que hacer vivir de una manera nueva.

Ante la manera como se va presentando Jesús mientras va haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios que llega, y su presencia es signo y señal de ello, comienzan también las desconfianzas y los recelos porque algunas cosas a las que siempre se le había dado mucha importancia parece que Jesús le va dando un sentido nuevo, la novedad del Reino de Dios. Por eso vienen quejándose con la cuestión del ayuno que no era solo la ausencia de comidas en momentos determinados sino que tenía que ir acompañado de unas señales que más parecían de duelo que de alegría de la fe.

Ayunaban los discípulos de Juan, como era también la austeridad con que vivían los esenios allá en el desierto cercanos al mar Muerto; pero ayunaban los fariseos y sus discípulos en aquel afán de vivir una vida muy reglamentada y muy de cumplidores. Jesús plantea si eso de cumplir por cumplir tiene en verdad sentido y valor. ¿Hacemos las cosas porque las amamos, consideramos que son buenas para nosotros, o simplemente como un cumplimiento ritual como para ganar méritos? Jesús nos viene a descubrir que todo es gracia, porque es regalo del amor de Dios y los derroteros por los que ha de caminar nuestra vida es como copiar esos sentimientos de Dios en nosotros. Por eso nos dirá que seamos compasivos y misericordiosos como Dios Padre lo es con nosotros. Pero será por ese lado por donde llevamos el derrotero de nuestra vida o unos simples cumplimientos.

Por eso nos habla Jesús hoy de que no andemos con componendas y remiendos. La tela nueva que pongamos en el remiendo va a tirar de la pieza ya vieja y gastada y se va a producir un roto peor, nos dice. Por eso nos habla de odres nuevos para el vino nuevo, porque la fuerza del vino nuevo va a reventar aquellos odres viejos y ya gastados.

Es lo que tiene que significar el evangelio para nosotros. Es la novedad que nos ofrece Jesús que no es otra que hablarnos del amor de Dios para que nosotros vivamos en ese amor. Y en cuestión de amor no podemos andar con componendas, o amamos de verdad o lo que tenemos no es auténtico; no podemos poner límites al amor, no podemos andar haciendo distinciones; no podemos decir que amamos a los que nos aman y ya hacemos bastante. Nuestro modelo es el amor de Dios que es un amor fiel que se mantiene sobre nosotros aunque no lo merezcamos porque somos pecadores o porque muchas veces no correspondamos a ese amor.

Y ese camino de renovación del evangelio es continuo; no nos vale decir yo un día cambié y comencé a hacer muchas cosas buenas, ya habré hecho méritos suficientes. Es vida y la vida tiene que estar siempre en crecimiento, tenemos que descubrir la novedad de la vida de cada día, la novedad de nuestro amor, la novedad que significa siempre nuestro seguimiento de Jesús.


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

 


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

Cada uno en la vida ha de ocupar el lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.

Me hago esta introducción, que además nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.

Se define él bien a si mismo; así lo había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión, preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías, el Salvador.

Y da testimonio, de lo que él había sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón. Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.

Por eso ahora con entusiasmo y con una gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que vayan hasta Jesús.

En este domingo ya del tiempo ordinario cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada año lo celebraban.

Pero nosotros nos transportamos desde aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso, es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.

En el Bautismo del Espíritu hemos sido nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu de Dios que habita en nosotros.