Cristo,
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una
profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a
Dios
Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1,
1-3; Juan 1, 29-34
Cada uno en la vida ha de ocupar el
lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás
se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los
servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra
misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia
madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que
esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un
asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos
quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.
Me hago esta introducción, que además
nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida
familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos
o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo
decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.
Se define él bien a si mismo; así lo
había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde
Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar
y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el
Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión,
preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de
purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como
nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a
bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías,
el Salvador.
Y da testimonio, de lo que él había
sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto
con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón.
Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había
escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el
desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que
venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del
Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da
testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con
gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.
Por eso ahora con entusiasmo y con una
gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con
Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que
vayan hasta Jesús.
En este domingo ya del tiempo ordinario
cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de
nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de
nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero
pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como
recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la
esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada
año lo celebraban.
Pero nosotros nos transportamos desde
aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el
Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que
tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el
pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos
que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que
cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos
realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso,
es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión
de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.
En el Bautismo del Espíritu hemos sido
nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para
hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro
rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar
en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque
seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras
aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu
de Dios que habita en nosotros.