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jueves, 22 de enero de 2026

Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

 


Presencia de Jesús allí donde está la vida de cada día y sus sufrimientos nos hace preguntarnos como hacemos presente a Jesús en el mundo de hoy

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Salmo 55; Marcos 3, 7-12

Es sintomático que el texto del evangelio que hoy se nos presenta no nos habla de lo que dice o enseña Jesús, simplemente nos dice que fue y se sentó sobre el muro al borde del camino donde la gente solía reunirse; bueno he empleado la imagen del muro al borde del camino, aunque realmente el evangelista nos dice que Jesús con los discípulos fue allí a la orilla del lago; era el lugar habitual donde se reunía la gente.

En todos los pueblos hay lugares o rincones especiales donde la gente habitualmente pasa el rato, como decía antes el muro junto al camino, la esquina de la plaza, un lugar a la sombra de un árbol, o como veíamos en otros tiempos que se ha ido perdiendo sentados a las puertas de las casa, bien porque se sacará algún banco o silla de la casa, o se sentasen tranquilamente en el suelo o al borde de la acera donde la había; era el lugar de convivencia, de la charla relajada de las cosas del día, de lo que sucedía a los vecinos, en una palabra, de los problemas de la vida; surgían quejas, se despertaban esperanzas, en ocasiones se tomaban decisiones de hacer algo, o simplemente se estaba y se comentaba.

Es lo que yo he querido ver hoy en el evangelio, que Jesús está allí donde está la gente, y será allí donde acuden cuando saben que allí está Jesús; y vienen con sus penas, sus sueños, sus esperanzas y desesperanzas, con sus angustias o con la alegría de cualquier cosa que hubiera sucedido en el día. Allí con los más sencillos y los más pobres, con los que están llenos de sufrimientos y desesperanzas, con los que quizás nadie considera y eso se merecerá que más tarde lo critiquen por estar entre publicanos y pecadores, allí está Jesús.

Y esa presencia de Jesús despierta vida, crea nuevas ilusiones y esperanzas, se sienten a gusto con Jesús. Por eso no solo le traerán a los enfermos y vienen todos los que tienen algún tipo de mal, sino que comenzarán a seguirle donde quiera que vaya; pronto se van a reunir multitudes en torno a Jesús aunque esté lejos, en el descampado, y hasta lleguen a faltarle la provisiones.

Me quiero quedar ahí, en esa presencia de Jesús. Que no es poco. Esa presencia de Jesús quizás con los más olvidados y que nadie tiene en cuenta. ¿Sentiremos que Jesús quiere llegar también a nosotros de la misma manera? No vamos ahora a pensar en lo que nos dirá o nos enseñará, vamos a fijarnos en cómo quiere estar con nosotros allí donde estamos.

En nuestra casa y en nuestra familia, también con sus problemas o con las dificultades para salir adelante; allí donde hacemos la vida, donde realizamos nuestros trabajos – y pensemos cada uno en nuestro propio trabajo sea cual sea – Jesús está a nuestro lado; allí donde hacemos nuestra convivencia social, donde nos encontramos con los amigos o con los vecinos o conocidos, allí en ese camino que cada día hacemos cuando nos trasladamos por distintos motivos de un lado a otro… Allí va Jesús con nosotros, y  nos escucha como a aquella gente sentada a la orilla del lago, o como aquellos discípulos de Emaús que venían con sus tristezas y desalientos de Jerusalén; Jesús nos va saliendo al encuentro, ¿tendremos fe para descubrir su presencia? No busquemos cosas grandiosas o extraordinarias sino en ese día a día de nuestra vida.

Pero creo que a quienes creemos en Jesús este evangelio nos está diciendo algo más. ¿Sabrá descubrir ese mundo que nos rodea, esa gente que camina a nuestro lado, esta sociedad en la que vivimos, la presencia de Jesús en nuestro camino de vida? Claro que aquí tiene que estar nuestro testimonio, y el testimonio de la iglesia. Hemos de ser signos en medio de nuestro mundo de esa presencia de Jesús; somos nosotros los que tenemos que llegar a esos últimos lugares para ser esos signos vivos de la presencia de Jesús. La gente nos verá a nosotros con el testimonio que podamos ofrecerle y a través de nosotros llegarán a descubrir a Jesús.

Esto nos compromete. Esto nos obliga a hacer algo más de lo que actualmente estamos haciendo, porque no estamos siendo verdaderos misioneros de Jesús y de su evangelio. ¿Nos pondremos a pensar en qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer? Pensemos que tenemos que ser presencia, ahí donde está la vida y estamos nosotros y está también la gente en la normalidad de su vivir, una presencia llena de vida, una presencia que llame, una presencia que transforme nuestro mundo.


domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

sábado, 1 de febrero de 2025

Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

 


Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal. Lc. 1,69-75; Marcos 4,35-41

Estar en camino tiene sus riesgos, es tener metas claras, es afrontar peligros o cometer errores, en la incertidumbre que siempre llevamos por dentro si acaso nos hayamos equivocado, nos exige esfuerzo, deseos de búsqueda y de superación, es encontrarnos con algo nuevo que pueda ser desconocido y tenga unas nuevas exigencias. Pero es la vida; quedarnos anquilosados no es vivir, encerrarnos en un cascarón es como volver para atrás, no podemos acallar los sueños que nos hacen buscar algo distinto, aunque tenga sus riesgos.

Es la vida, decíamos; es el camino también al que nos lleva la fe, es la apertura que pone en nuestra vida el estar con Jesús, el decir que somos sus discípulos. Aunque en ocasiones haya momentos en que nos parezca que estamos solos. Es de lo que nos está hablando hoy el evangelio. Jesús que les dice a los discípulos ‘vamos a la otra orilla’. 

Y hay un montón de circunstancias en torno a esta invitación de Jesús. Han de atravesar el lago. Pero es también el atardecer y cruzar la distancia hasta la otra orilla cuando ya pueden comenzar a aparecer las sombras de la noche, puede ser que no sea plato de buen gusto. Pero en esta ocasión no fueron solo los nubarrones oscuros de la noche sino también los nubarrones de la tormenta que se levantó cuando iban a medias en la travesía. Las olas y los vientos batían contra la barca y comenzaron a tener miedo de zozobrar. Y Jesús dormía.

Quien había levantado a los discapacitados de sus camillas, quien había hecho recobrar la vista a los cielos, quien había limpiado a los leprosos, quien se había manifestado con poder frente a los espíritus inmundos. ¿Ahora no podía o no quería hacer nada para sacar a sus amigos de la posible zozobra en medio de aquella tempestad? Jesús dormía. Parecía no importarle nada de lo que estaban pasando.

¿Se atreverían a despertarle? ¿Acudirían a El pidiendo socorro como lo hacían los enfermos y los paralices, los ciegos y los leprosos, los que se veían azotados por aquella posesión del maligno? Acudirían ellos también a despertarle. ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’

¿Serán también las dudas que algunas veces nos puedan atormentar en esa travesía de la vida cuando nos sentimos sin fuerzas, nos parece que estamos abandonados, el cielo de la vida se nos llena de nubes oscuras, tenemos los vientos en contra? Es cierto que así nos sentimos en muchas ocasiones cuando se nos hace difícil la vida, cuando el camino se nos hace oscuro, cuando nos entran dudas por dentro, cuando también se nos tambalea la fe.

Quizás nos metimos en la boca del lobo, porque se nos debilitó nuestro espíritu, no cuidamos suficientemente nuestra fe, nos dejamos arrastrar por las pendientes de las tentaciones y no pusimos suficiente cuidado; nuestras debilidades nos fueron envolviendo, nos dejamos influir por el ambiente pagano que nos rodea, fuimos perdiendo un sentido sobrenatural y religioso en nuestra vida porque fuimos abandonando muchas cosas buenas que nos hubieran ayudado a mantener la llama de nuestra fe encendida, y ahora nos cuesta levantarnos, ahora andamos cegados de tal manera que no somos capaces de darnos cuenta que el Señor no nos deja solos; y nos quejamos de que está dormido, que no nos escucha, que no atiende a nuestras suplicas cuando fuimos nosotros los que no le escuchamos porque preferimos entretenernos con otros cantos de sirena.

Tenemos que sentir una sacudida muy fuerte dentro de nosotros que nos haga despertar; somos nosotros los que estamos dormidos, o peor aun, como muertos en la situación a la que hemos llegado. Despertemos y no temamos decirle a Jesús, aunque parezca una recriminación, ‘Maestro, ¿es que no te importa que nos hundamos?’ Cuando lleguemos a ser capaces de decir eso es porque ya estamos nosotros despertando y comenzando a darnos cuenta de donde tenemos que dirigir nuestros pasos.

Jesús va a estar ahí, junto a nosotros, para ponerse en pie y calmar la tormenta. Y vendrá una gran calma. Sentiremos de nuevo la paz, porque estaremos sintiéndonos inundados de su amor. Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos. No temamos ponernos en camino, ir a la otra orilla con Jesús. Es un riesgo que merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre.

domingo, 23 de junio de 2024

Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

 


Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

¿No podíamos decir también que en la vida andamos como en una travesía?  El sentido de la vida humana no es quedarse como anquilosado siempre en lo mismo sino que es búsqueda, es querer mirar más allá para ir también al encuentro de eso nuevo e incluso desconocido. 

Es la historia de la humanidad desde todos los tiempos; siempre en camino, siempre en búsqueda de algo más. Fueron los descubrimientos de nuevas tierras, las migraciones de un lado para otro, ha sido el camino del progreso y de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento, porque siempre andamos en búsqueda; igual queremos hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, entrar en contacto con otras culturas  otras maneras de ver y de entender la vida y el mismo mundo.

No siempre fácil; muchas veces también con tropiezos y errores, era como probar algo nuevo, conocer algo nuevo sin saber lo que nos íbamos a encontrar. El mismo encuentro con otras personas algunas veces puede convertirse en tormenta, porque nos cuesta aceptarnos, descubrir la diferencia, pero encontrar también lo que nos acerca; y la tormenta puede venir de fuera, de los otros, de los imprevistos que encontremos, pero puede surgir también de lo más hondo de nosotros mismos, porque nos aparecen los resabios del egoísmo, porque nos hacemos insolidarios, porque brota el amor propio y el orgullo.

Una travesía que nos va tocando las fibras más íntimas de nuestro ser, una travesía que nos abre a nuevas transcendencias, nos ha descubrir nuevos horizontes, nos lleva a que podamos sentirnos iluminados por nuevas luces y a veces no sabemos por donde caminar, cual es la luz que mejor nos iluminará o el calor que nos pueda dar mejor vida. Y en medio de esas tormentas de la vida nos pueden surgir incertidumbres e interrogantes, que nos hagan tambalearnos en muchas cosas que nos parecían antes fundamentales. Y nos llenamos de miedos, y nos parece que nos sentimos solos, y nos parece que no hacemos pie y nos hundimos.

Hoy nos habla el evangelio de una travesía. ‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús a los discípulos. Había que atravesar el lago tantas veces en calma y en principio parece que nada peligroso, pero en ocasiones los vientos bajados del Hermón en la hondura del lago en medio de aquellos valles producían inesperadas tormentas. La barca estaba en peligro; los discípulos aunque avezados pescadores se sienten indefensos frente a la tormenta y se llenan de miedo. Y Jesús está allí en medio de todo durmiendo sobre un cabezal en un rincón de la barca.

‘¿No te importa que nos hundamos?’, es la queja con que despiertan a Jesús. Podemos hundirnos cuando no nos sentimos seguros. Y en esa travesía de la vida hay muchos momentos en que no nos sentimos seguros. ¿Nos habrá faltado algo? ¿En la barca de nuestra vida llevamos lo suficiente para sentirnos seguros frente a toda esa avalancha de cosas que muchas veces se nos viene encima? Tenemos que llevar en la bodega de nuestra barca, de nuestra vida, lo necesario para tener esa seguridad.

Quizás a lo largo de la vida no nos hemos pertrechado lo suficiente en la búsqueda de unos valores permanentes, en un fortalecimiento de nuestro espíritu para hacer frente a todos los peligros que tenemos que arrostrar. ¿Nos habremos formado como personas y madurado lo suficiente a lo lago de nuestra vida? 

Muchos años hemos dejado pasar baldíos, en muchas ocasiones nos dejamos arrastrar por la superficialidad, habremos desperdiciado mucho tiempo de nuestra vida donde teníamos que habernos formado debidamente, pero lo dejábamos para más tarde, para otra ocasión, no hemos cuidado una profunda espiritualidad que nos haga sentirnos fuertes en nuestra fe.

Y claro, ahora le decimos a Jesús ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Pero Jesús nos dirá, ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’. Jesús estaba allí, aunque les pareciera que dormía insensible a lo que estaba pasando. Jesús está aquí aunque muchas veces no hemos sabido contar con El lo suficiente. Jesús quiere avivar nuestra fe, quiere hacer que nos sintamos fuertes interiormente para esa travesía que tenemos que hacer. 

Esa travesía, como decíamos, que es la vida misma; esa travesía que es búsqueda, esa travesía que nos hace levantar nuestra mirada para buscar otros horizontes, esa travesía que tendría que hacernos crecer para sentirnos seguros, esa travesía, sí también, en la que nosotros tenemos que ir a ofrecer algo nuevo y distinto al mudo que nos rodea.

En esa travesía tenemos una misión; no nos podemos quedar enrollados en nuestros miedo, sino que con valentía tenemos que ir a ese mundo que nos rodea, porque hay una luz que tenemos que llevar, hay algo que tenemos que hacer para hacer un mundo nuevo, hay una esperanza que tenemos que sembrar, hay algo nuevo que tenemos que hacer descubrir a cuantos nos rodean. Es la buena noticia del evangelio que tenemos que anunciar. 

¿Estaremos dispuestos a embarcarnos con Jesús para ir a la otra orilla?

sábado, 13 de abril de 2024

‘Soy yo, no temáis’, escuchamos la voz de Jesús y aunque sean duros los mares embravecidos que atravesar nos sentimos seguros porque El está ahí

 


‘Soy yo, no temáis’, escuchamos la voz de Jesús y aunque sean duros los mares embravecidos que atravesar nos sentimos seguros porque El está ahí

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Salmo 32; Juan 6, 16-21

Cuánto necesitamos en los momentos oscuros y difíciles el sentir a nuestro lado la presencia de alguien que nos dé seguridad y confianza. Es cierto que nos creemos valientes, sabemos muy bien disimular nuestros miedos, porque no queremos que nadie sepa de nuestras debilidades. Pero en una noche oscura, si tenemos que pasar por un lugar peligroso, del que sabemos que allí han ocurrido cosas desagradables, preferimos que nos acompañe alguien. Será una noche oscura, será un lugar peligroso y arriesgado, como pueden ser tantas situaciones en la vida en que nos encontramos con la debilidad de nuestra inseguridad.

Muchos ejemplos podríamos poner, pero si somos sinceros todos nos hemos visto alguna vez en la vida en situaciones así, y ya no se trata de un camino oscuro en una noche oscura y en un lugar peligroso, todos nos damos cuenta que estamos refiriéndonos a otras muchas situaciones de la vida. Cómo queremos tener a nuestro lado quien nos dé seguridad, quien nos levante con su mano, quien dirija su mirada sobre nosotros para hacernos sentirnos seguros.

El evangelio nos habla hoy de una situación así que pasaron los discípulos atravesando el lago, pero que es signo de muchas cosas más por las que pasarían los discípulos de Jesús y precisamente por ser discípulos de Jesús.

En esta ocasión, cuando la gente, a quienes había alimentado con aquellos panes y peces que había ofrecido aquel chiquillo, y entusiasmados querían hacerle rey, Jesús les pidió a los discípulos que tomaran la barca que estaba allí en la orilla y se volvieran a Cafarnaún. El se quedó atrás y pensarían que iba a apaciguar la gente, pero la barca zarpó y Jesús no estaba con ellos. Después de estar con El nunca habían ya embarcado solos. No hubiera tenido importancia, si no fuera el viento en contra que apareció y no dejaba avanzar la barca. ¿Recordarían lo de la tempestad de otra ocasión? Era algo además habitual en el lago por su situación cercano a las altas montañas del Hermón. Cómo hubieran deseado que Jesús fuera con ellos en la barca.

Así andaban en sus esfuerzos cuando ven que alguien viene hacia ellos caminando sobre el agua. Es normal que con su cultura y sus costumbres pensaran que era un fantasma, y ya andaban gritando llenos de miedo. ‘Soy yo, no temáis’, escucharon la voz del maestro. Ya estaba Jesús con ellos de nuevo y pronto llegaron a la orilla, más pronto incluso de lo que pensaban.

‘Soy yo, no temáis’, ha tenido que decir Jesús más de una vez a su Iglesia, a sus seguidores, a través de los siglos. Cuántos mares embravecidos en la historia de la Iglesia y del mundo, que tenemos que seguir atravesando y aunque nos parezca que estamos solos, no lo estamos. Jesús está ahí, no es un fantasma, no es una ilusión ni un sueño, no es fruto de nuestra imaginación ni lo de lo que nosotros nos parezca. ¿Dónde está nuestra fe?

‘Soy yo, no temáis’, nos dice el Señor. Nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos y su Espíritu está con nosotros. Muchas veces, es cierto, nos vemos turbados en los caminos de nuestra vida, nos sentimos débiles, no sabemos qué hacer, son muchas las influencias que recibimos de un lado y de otro que nos confunden, o porque nos veamos acosados por muchas cosas en contra, pero el Señor está ahí, a nuestro lado, en lo hondo del corazón, en el camino que realizamos. 

El nos va dejando muchas señales de su presencia y de su gracia. Despertemos nuestra fe.

viernes, 14 de abril de 2023

Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

 


Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Una noche bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas veces en la vida.

No tenían claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle. ¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.

En el amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros aires, otro sentido.

No hace falta mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro. Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres?  Aquí tenemos la señal.

Ahora ya nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.

No siempre es fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que ese es mi camino?

Alguien quizá está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las voces y señales que nos llegan desde la orilla.

sábado, 1 de febrero de 2020

Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros


Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41
Tempestades y tormentas no nos faltan en la vida. Para las tormentas climatológicas hoy tenemos unos servicios de previsión del tiempo que nos dicen por donde nos vienen las borrascas y en qué momento determinado las alertas se elevan de todo porque encima tenemos la tormenta y no vamos a recordar aquí la serie de nombres que ahora estamos habituados a escuchar en las noticias para referirse a ellas.
Pero no es de esas tormentas y borrascas de las que ahora queremos hacer mención, sino de esos problemas que aparecen cuando menos pensamos y nos envuelven y nos llenan de angustias y desestabilizan nuestra vida. Hay momentos que son duros en la vida y clamamos no sabemos a quien porque parece que ya no podemos más, que la vida se nos convierte en un tubo oscuro y se nos retuerce como una espiral y no sabemos qué solución encontrar. Tantas veces que nos sentimos solos en medio de esos problemas de la vida porque parece que hasta los más amigos se alejan o se desentienden de nosotros y nos retorcemos sin saber a quien acudir.
Qué dura se nos hace esa soledad, ese pasar por esas situaciones en soledad. No sabemos o no queremos porque una de las cosas que nos suceden es que poco menos que nos encerramos en nosotros mismos y somos nosotros los que no queremos contar con nadie. Es duro verse así, pero esas tormentas nos aparecen o nos pueden aparecer de vez en cuando.
El contemplar el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio de los discípulos en la barca luchando en medio de la tormenta del lago y donde les parece que Jesús se desentiende de ellos, me hace pensar en esas situaciones duras por las que tantas veces en la vida pasamos o vemos pasar a los demás. Bueno, vemos pasar a los demás, pero quizá nosotros seamos de los que nos desentendemos, de los que no ponemos ni la punta del dedo meñique para prestar alguna ayuda o para hacernos presente al lado de esos que vemos sufrir.
Como decíamos los discípulos lo estaban pasando mal, porque a pesar de que algunos eran avezados pescadores de aquel lago, cuando llegaban esos momentos todos se sentían impotentes; es proverbial la fuerza con que se desatan los vientos en el lago, que ya por si mismo está en una depresión de la tierra – está a un nivel por debajo del nivel del mar – pero además rodeado de las altas montañas del Golán y el monte Hermón. Jesús había querido ir con los discípulos a la otra orilla del lago y allí se habían embarcado. Se había desatado la tormenta y en medio del fragor de las olas y el viento, Jesús, sin embargo, dormía en un rincón de la barca. No sabían que hacer y al final lo despiertan. Y ya sabemos el desenlace. ‘Hombres de poca fe’, les dice. ¿No habían aprendido aun a confiar a Jesús que allí estaba aunque les pareciera que dormido se desatendía de ellos?
Ir a la otra orilla… tendría que hacernos pensar también a nosotros. ¿Estaremos dispuestos a ir con Jesús a la otra orilla? ¿No es a lo que está llamada la Iglesia hoy, como nos repite continuamente el Papa? Pero también sentimos tormentas en el seno de la Iglesia y algunas veces clamamos como si fuéramos hombres de poca fe, porque no sabemos descubrir la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús que está con nosotros.
Parece que la barca de la Iglesia se tambalea demasiado en medio de las corrientes y los vientos del mundo que nos rodea, y nos sentimos quizá desorientados, llenos de dudas y de miedos. ¿Nos estará queriendo decir algo este texto del evangelio para que se nos despierte la fe, para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros, para que sepamos seguir adelante? Mucho nos da que pensar.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo



Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11
Nos cuesta aceptar lo que nos digan los demás cuando nosotros nos creemos sabedores de la materia ¿Qué me va a decir a mí?, nos decimos runruneando en nuestro interior un tanto rebeldes.  Sobre todo cuando hemos estado batallando con el asunto y a pesar de todo lo que nosotros sabíamos sobre el tema nos vimos abocados al fracaso de no poder hacerlo. Decimos que tenemos experiencia, que tenemos conocimientos, que nosotros siempre lo hemos hecho… pero en cierto modo nos sentimos humillados porque venga otro a decirnos lo que tenemos que hacer.
Nos cuesta dejarnos guiar; queremos ser muy autodidactas y de alguna forma autosuficientes. Pero hemos de aprender a tener otras perspectivas en la vida, descubrir otras posibilidades, no quedarnos superficialmente en la orilla sino ser capaces de ir mar adentro, de adentrarnos con profundidad en la vida, de abrir otros horizontes. Y para eso nos hace falta dejarnos guiar, no pensar solo en nuestras corazonadas, sino que alguien nos ayude a descubrir algo nuevo, algo distinto para nuestra vida. Confiar, fiarnos, saber apoyarnos también en el otro que tanto nos cuesta por nuestra autosuficiencia.
Cuando lo hacemos, cuando ponemos confianza en la palabra del otro o en su mano tendida para emprender un nuevo rumbo, vemos que aquello que nos parecía tan difícil, casi imposible, se pudo realizar. Nos sentimos, entonces, incómodos dentro de nosotros mismos y en cierto modo avergonzados por no haber confiado antes; quisiéramos huir por la vergüenza pero no tenemos donde escondernos y a partir de entonces estaríamos dispuestos a todo, a lanzarnos a una nueva aventura si fuera necesario; pasada la cura de la humildad estaremos dispuestos a lo que sea, nos lanzaremos a cruzar otros mares si fuera necesario.
¿Será esto lo que nos está enseñando el evangelio de hoy? Jesús que estaba en la orilla del lago ve como mucha gente se reúne a su alrededor porque quieren escucharle; buscando una forma de situarse para poder hablar a todos se sube a una de las barcas, cuyos pescadores estaban ahora limpiando las redes después de una noche de faena. Desde allí habla a la multitud y cuando termina le pide a Pedro que reme lago adentro para echar de nuevo las redes para pescar.
Pedro se ve sorprendido por las palabras del Maestro, él que acaba de regresar después de una noche infructuosa. Bien sabía que no había nada que hacer después de la noche que han pasado. Además qué iba a saber el Maestro que era de tierra adentro, de Nazaret de las artes de la pesca. Eso que se lo dejara a él y su hermano o también a los Zebedeos que sí eran entendidos en las artes de la pesca. Muchas dudas surgieron en su interior.
Pero se fió, remó mar adentro y echaron las redes. ‘En tu nombre…’ porque tu lo dices me voy a fiar. Alguna confianza se había despertado ya en su interior después de escuchar a Jesús y se atrevió a lanzar de nuevo las redes quizá antes las miradas interrogantes y llenas de duda de sus compañeros de barca. Pero la redada de peces fue grande, se reventaban las redes, tuvieron que pedir ayuda. Algo había pasado, pero no era la exteriormente sino en su propia interior.
‘Apártate de mi que soy un pecador’, fue la reacción postrándose ante Jesús. Había sido posible y a él le costaba entender, pero había sucedido. Trágame tierra, o trágame mar, podía estar pensando sintiéndose avergonzado por sus dudas pero admirado por cuanto había sucedido. Era la obra de Dios que se estaba realizando en su interior.
‘De ahora en adelante serás pescador de hombres’, le estaba diciendo Jesús. Nuevos horizontes se estaban abriendo en su vida aunque no sabía bien a donde le iban a llevar, pero se confiaba. Ahora estaría para siempre con Jesús, aunque en ocasiones le vinieran las dudas ante sus palabras o lo que anunciaba y sucedía.
Lo que antes reflexionábamos como introducción a este comentario podría quedarse meramente en actitudes o comportamientos humanos, que también tenemos que iluminar con la luz de la fe, con la luz del evangelio. Esa apertura del corazón a nuevos horizontes tenemos que hacerla desde nuestro espíritu de fe, desde nuestra confianza en el Señor, desde ese dejarnos conducir por su Espíritu. Amplio es el campo que se abre ante nuestra vida, inmensa es la tarea, aunque algunas veces nos sintamos inútiles o pensemos que nada podemos hacer porque las cosas son como son.
Pero ese conformismo no es congruente con nuestra fe. Hay un confianza en nuestro corazón que nace de esa fe que tenemos que tiene que impulsarnos a algo nuevo, a nuevos horizontes y campos de trabajo. Es tanto lo que podemos hacer si con la confianza puesta en el Espíritu del Señor nos adentramos en ese mar de la vida donde tenemos que seguir lanzando las redes, lanzando la semilla, haciendo el anuncio del Reino de Dios.



viernes, 7 de junio de 2019

Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor


Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor

Hechos, 25, 13-21: Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando la hemos fallado a un amigo o hemos defraudado a alguien que había puesto su confianza en nosotros, luego nos sentimos mal y de alguna forma aunque quisiéramos arreglar el entuerto sin embargo algo así como que no nos gustaría encontrarnos con ese amigo o con esa persona porque tememos sus reproches por otra parte bien justificados.
Sin embargo si al encontrarnos con esa persona no salen a flote inmediatamente los reproches en cierto modo nos sentimos aliviados, pero aun así, por su silencio, sigue habiendo una cierta desconfianza dentro de nosotros mismos temiendo que de un momento a otro aparezcan esos reproches. Es nuestra vergüenza y arrepentimiento aunque quizás no sepamos expresarlo con palabras, pero trataremos con humildad de mostrarnos de alguna manera solícitos y atentos hacia aquel a quien defraudamos.
¿Qué pasaba en la mente y en el corazón de Pedro? A pesar de todas sus promesas de fidelidad y el amor grande que por Jesús sentía, le había defraudado; se había metido en la boca del lobo a pesar de los anuncios de Jesús ante sus valentías y desoyendo aquello que Jesús les había dicho de orar sin desanimarse para no caer en la tentación porque somos débiles y aunque queramos estar prontos sin embargo en nuestra debilidad fallamos con demasiada facilidad. Es lo que le había sucedido a Pedro.
Pero Jesús resucitado se las había mostrado y todos se habían llenado de alegría; Pedro también había tenido un encuentro particular con Jesús resucitado del que no conocemos detalles, pero seguían con sus miedos y sus dudas y marchando a Galilea se habían vuelto a sus faenas de siempre. No habían cogido nada aquella noche, y solo en la mañana a la voz de un desconocido que desde la orilla les señalaba donde estaba el cardume de peces, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. No había sido él a pesar de su amor, había sido Juan el que había señalado que quien estaba a la orilla era el Maestro y el Señor, y se había lanzado al agua para ser el primero en llegar a los pies de Jesús.
En la orilla se habían encontrado todo preparado porque Jesús ya tenia unos panes y unos peces sobre las brasas y les había invitado a almorzar. Como comenta el evangelista nadie le preguntaba quien era porque todos sabían que era Jesús. Se repetía lo de la pesca milagrosa un día tiempo atrás, se encontraban unos panes y unos peces como cuando lo de la multiplicación de los panes allí en las cercanías, y ahora parece que se rememoraba de alguna manera la cena pascual de días atrás en Jerusalén.
Pero es ahora cuando Jesús le pregunta a Pedro una y otra vez por su amor. A la tercera vez que Jesús pregunta Pedro se pone triste porque a su mente acuden los recuerdos. Tres veces había negado conocer a su Señor. Quien un día había recibido la promesa de ser piedra para aquella nueva Iglesia, había fallado; a quien le habían dicho que se mantuviera firme para que cuando se recobrara alentara la fe de los hermanos, era quien había dudado cobardemente allá en lo patios de la casa del sumo sacerdote.
Ahora Jesús le pregunta por su amor. ¿Qué podía responderle si Jesús lo conocía todo? Y Jesús conocía también cuanto era el amor que había en su corazón. Impulsivo era el primero en responder a las preguntas de Jesús, pero esos impulsos lo traicionaron y había fallado, ahora quería prometer con toda su fuerza su amor. Y Jesús seguía confiando en El, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis ovejas’, le iba repitiendo Jesús.
¿Dónde están también las veces que nosotros hemos defraudado con nuestras dudas y con nuestras negaciones cobardes? ¿Dónde está nuestro amor que queremos prometer para vivir en toda fidelidad y para siempre? Jesús lo sabe todo, simplemente nosotros confiemos también y dejémonos llevar por el amor.

domingo, 10 de febrero de 2019

Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer


Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1 Corintios 15, 1-11;Lucas 5, 1-11

Hace falta un voluntario, ¿quién se ofrece? Surgió una voz en medio del grupo, hacía falta un voluntario. La respuesta puede ser diversa; nos miramos unos a otros a ver quien es el que se ofrece, rehuimos la mirada de los otros que parece que nos están señalando para que nos ofrezcamos, sentimos miedo o temor de no saber hacer quizá aquello para lo que se nos pide voluntariedad, alguien quizá se ofrece temerosamente, o quizá nos sentimos como empujados por las miradas insinuantes de los otros, o sentimos un impulso interior que nos hace lanzarnos.
El voluntario puede surgir así, quizá de alguien espontáneamente, o en un momento determinado sin que ni siquiera se oyera esa voz pidiéndolo, nos vimos impelidos a implicarnos en aquella situación o en aquella necesidad; no hubiéramos querido quizá estar allí, o en otras circunstancias no nos hubiéramos ofrecido, pero lo que sucedía en aquellos momentos nos empujó a ser ese voluntario que pusiera su mano, se implicara en el tema, ofreciera su acción. No íbamos con esa intención, pero casi nos pusieron el arado en la mano sin nosotros mucho desearlo y allí estamos arando en aquella tierra, implicándonos y complicándonos en lo que quizá ni soñábamos.
‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ es la voz que se oye en medio de aquella teofanía, manifestación de la gloria del Señor que nos describe el profeta. Podríamos decir que los diferentes textos de la Palabra que hoy se  nos ofrecen en la liturgia de este domingo son esa voz que nos está pidiendo un voluntario.
Fijémonos en el evangelio. Jesús caminaba por la orilla del lago en medio de las gentes y todos se agolpaban a su alrededor con el deseo de escuchar su Palabra. Y se va a necesitar una colaboración; había varias barcas allí en la orilla mientras los pescadores que habían llegado de su faena recogían y reparaban las redes para dejarlas preparadas para otra ocasión. Jesús querrá contar con una de aquellas barcas para sentado en ella desde la orilla y donde todos le pudieran oír ponerse a enseñar a las gentes.
Es la barca de Pedro al que le pedirá Jesús cuando terminó de proclamarles la Palabra que remara lago adentro para echar de nuevo la red para pescar. Algo insólito, normalmente se pescaba en la noche o al amanecer, por otra parte ellos se habían pasado la noche de forma infructuosa bregando sin coger nada, y ahora Jesús les pide que de nuevo se adentren en el lago y echen la red para pescar. ¿Qué podría haber pasado por la mente de aquellos pescadores? Nos lo imaginamos, pero Pedro que ha escuchado la Palabra de Jesús quiere confiar. ‘Nos hemos pasado la noche sin coger nada, pero por tu Palabra, echaré la redes’.
Podía ser Pedro pero podría haber sido cualquiera de los otros pescadores, pero fue en su barca en la que se subió Jesús. Aquello era una llamada bien significativa y era toda una invitación. Se necesitaba un colaborador, un voluntario, y allí estaba Pedro.  Pedro que sin pensárselo mucho quizá, aunque tenía sus reticencias porque él conocía bien el lago, se había fiado de la Palabra de Jesús. Ya sabemos lo que sucedió y la necesidad de contar con otros pescadores que les ayudaran, pero cómo Pedro se vió sorprendido interiormente para darse cuenta de su valor o de su indignidad. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’, le había dicho a Jesús postrándose a sus pies.
Como el profeta cuando contempló la gloria del Señor en aquella visión del templo. ‘Soy un hombre de labios impuros y he visto con mis ojos al Rey y Señor del universo’. Pero se sintió purificado por el Señor de manera que cuando la voz celestial pregunta ‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ él se ofrece voluntario y generoso: ‘Aquí estoy, mándame’
Ahora será Jesús el que le diga a Pedro y a los otros pescadores que estaban también con él en la barca: ‘No temas: desde ahora, serás pescador de hombres’. Estaba en el sitio oportuno y en el momento oportuno. Se vio implicado al facilitar la barca a Jesús para el anuncio de la Palabra y las cosas se fueron sucediendo hasta sentirse llamado por el Señor.
Era una Palabra de vida la que había escuchado, una palabra que le hacía reconocerse en su indignidad pero que se convertía en una llamada que le abría camino delante de él. Eran pescadores en el lago de Galilea, pero en adelante serán pescadores de hombres, a ellos se les confiaría una nueva misión, la misión de llevar por el mundo el anuncio de esa Palabra de vida y de salvación. Ahora comienzan a caminar con Jesús, siguiendo sus pasos, escuchando con mayor intimidad su Palabra, dejándose transformar por la gracia.
Pero nosotros no estamos ahora aquí como meros espectadores de un hecho sucedido en el tiempo. También queremos arremolinarnos alrededor de Jesús para escucharle y dejarnos transformar por Él, por su presencia de gracia. Nos está pidiendo Jesús la barca de nuestra vida, porque desde nosotros, desde nuestra vida y nuestro actuar El quiere también hacer llegar su Palabra a los demás.
Quienes seguimos a Jesús también hemos de convertirnos en signos de gracia para nuestro mundo, porque otra pesca maravillosa ha de realizarse también en nuestro mundo y Jesús necesita de nuestra barca; nos dice Jesús que rememos también mar adentro de nuestro mundo porque tenemos que ir y estar allí en medio de los hermanos para hacer sentir en ellos su mensaje de salvación.
Jesús estaba allí en medio de las gentes y donde la gente hacia su vida, en aquella orilla del lago; es lo que le pide a la Iglesia, lo que nos pide a nosotros; no será solo en nuestros templos o en nuestros lugares de culto, no será solo en esos lugares que tengamos en nuestras parroquias para nuestras reuniones y nuestros encuentro, sino que Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, allí en la orilla de la vida, allí donde están los hombres y mujeres desorientados y en medio de sus sufrimientos y sus desesperanzas, porque es ahí donde tenemos que ser signos de evangelio, es ahí donde tenemos que ser pescadores de hombres.
El mar habitual donde generalmente estamos o celebramos los cristianos algunas veces parece que está vacío y que ya no hay nada que recoger, pero tenemos que ir a ese otro mar que se abre ante nosotros, donde si podemos tener pesca abundante aunque pensemos que ahí nada se puede hacer.  No olvidemos que no vamos por nuestra cuenta o por nuestros saberes sino que siempre iremos en el nombre del Señor y esa red la vamos a echar siempre por el nombre y por la Palabra de Jesús.