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sábado, 13 de febrero de 2021

No nos podemos quedar paralizados antes los problemas que surgen sino que hemos de saber implicarnos también pedir la colaboración de los que están a nuestro lado

 


No nos podemos quedar paralizados antes los problemas que surgen sino que hemos de saber implicarnos  también pedir la colaboración de los que están a nuestro lado

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

A veces escuchamos voces que no sé si son alarmistas sobre la capacidad de nuestro planeta para alimentar a cuantos lo habitamos además con las perspectivas de crecimiento de la humanidad en los próximos años; los sociólogos, los economistas y quienes entienden de esas cosas – organismos internacionales del tema creo que hay hasta demasiados - tendrían que explicarnos y darnos soluciones lejos de las ideologías que algunas veces marcan excesivamente las respuestas que se dan a los graves problemas del mundo a esto que se plantea como un problema de futuro de la humanidad que algunos ya lo ven como muy cercano en las próximas generaciones.

No soy economista, no soy político ni dirigente de nada, no soy sociólogo y no soy quien se vaya a poner a dar soluciones definitivas. Pero sí quiero ofrecer mi pobre pensamiento pero que quiero iluminar desde mi fe en el Señor y desde los valores que aprendo en el evangelio. No solo pienso en los graves y grandes problemas a los que se ve enfrentada la humanidad, sino también a esos pequeños o no tan pequeños problemas con que nos vamos tropezando cada día en nosotros o en los que están a nuestro lado.

Primero que nunca nuestra postura puede ser un cruzarnos de brazos quedándonos como paralizados por mucho que sea el problema; capacidades tenemos en nuestra fe, inteligencia y voluntad para trabajar por hacer que nuestro mundo marche nos ha dado el Señor que ha puesto precisamente ese mundo en nuestras manos. Darle la espalda al problema porque sea grande no puede ser nunca nuestra solución.

Pero hay algo más que podemos hacer cuando nos encontramos problemas de difícil solución, implicar a los demás en esa tarea. Sí, pedir colaboración, como se suele decir dos cabezas piensan más que una, y a nuestro lado en nuestro mundo podemos encontrarnos con muchos con grandes capacidades a los que tendríamos que implicar. Y no hablo, me entendéis, solo de ese problema de la alimentación de la humanidad (eso es como una imagen y un ejemplo) sino que estoy pensando en todos esos problemas con que nos encontramos día a día, que no son solo mis problemas personales, sino que son cosas que afectan a los demás.  

Como se suele decir, trabajar en equipo; formar equipo llamando a la colaboración de los demás; despertar la solidaridad en los otros para que se despojen de sus orgullos y de su cerrazón y sepan poner su mano en el empuje camino de la solución de esos problemas con los que vamos luchando a tanto.

También se suele decir que grano a grano crece el montón, pero muchas veces lo que los otros pueden aportar son algo más que pequeños granos, aunque nunca podemos despreciar las pequeñas cosas que puedan aportar los otros, y cuanto podríamos lograr entre todos. Bien sabemos, por otra parte, cómo muchas de esas cosas que tenemos las desperdiciamos porque ni las usamos nosotros ni somos capaces de ponerlas al servicio del bien común con lo que crearíamos una hermosa riqueza que nos embellecería a todos.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Jesús caminando por aquellas aldeas y pueblos de Galilea, donde incluso se había acercado a los límites de la antigua Fenicia, había ido haciendo que mucha gente se fuera con El de un lugar para otro. Ahora ya hay una considerable multitud que llevan varios días con Jesús y sus pobres provisiones se han acabado. Hay que darle de comer a toda esa gente y primero que nada Jesús quiere contar con sus discípulos más cercanos. ¿Qué pueden hacer ellos si tampoco llevan muchas provisiones? ¿A dónde ir a comprar pan en aquellas circunstancias y además para tanta gente? Ante el problema que surge se quedan medio paralizados sin saber qué hacer, aunque Jesús les está pidiendo que se impliquen.

Habrá alguien que tiene siete panes, luego aparecerán también algunos peces, pero ¿qué es esto para tantos? Pero Jesús da gracias por ello, bendice al Padre que ha puesto generosidad en algunos corazones y bendice también aquellos panes que se comienzan a repartir. A la gente se le ha pedido que se sienten en el suelo o donde puedan. Comerán hasta saciarse, sobrarán hasta siete cestos de pan. El milagro se ha realizado.

¿No nos estará diciendo este evangelio como tenemos nosotros que implicarnos en los problemas que nos vamos encontrando en nuestro mundo, incluso aunque no nos pidieran colaboración? ¿No nos estará pidiendo el Señor que sepamos implicar también a los demás para que cada uno aporte su pequeño pan, o simplemente el puñadito de harina – y nos acordamos de la pobre viuda en los tiempos del profeta Elías - que nos puede quedar resguardado para cuando surja la extrema necesidad? ¿Aprenderemos a valorar las pequeñas aportaciones, los pequeños e insignificantes dones que cada uno pueda ofrecer? También nos podríamos acordar de la viuda de los dos cuartos en el templo de Jerusalén. Mucho nos dice este evangelio.

viernes, 12 de febrero de 2021

Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

 


Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37

Vivir incomunicados es una oscuridad muy grande que se abate sobre la vida y nos paraliza. En muchos grados, en muchas clases de incomunicación podemos fijarnos y a cada cual más paralizante. ¿Qué nos ha pasado en este año que llevamos de confinamientos, de limitación de movimientos, de encierros en casa y todo lo que han significado las consecuencias de la pandemia que estamos viviendo? Como decíamos, parece que nos encontramos paralizados; aunque hoy no nos faltan otros medios para relacionarnos con los demás nos ha faltado ese contacto directo con familiares, con amigos, con vecinos, con compañeros de trabajo, con todas esas personas con las que habitualmente nos relacionamos.

Cuánto hemos ansiado poder encontrarnos, poder vernos, poder darnos un abrazo, poder sentir esa cercanía del amigo, del ser querido; parece que nos ha faltado su olor, el sonido de sus pasos, su silueta que éramos capaces de soñarla en la lejanía. Y he querido comenzar fijándonos en esta incomunicación que se nos ha impuesto, pero cuando hablamos de incomunicación podemos hablar de muchos aspectos, de muchas formas de incomunicación que podemos llevar impuestas, como cargadas sobre nosotros, o que muchas veces de manera malévola podemos imponernos unos a otros.

En esas cargas que nos limitan la comunicación y la relación podemos pensar, y es en la mayoría de la veces en lo primero que pensamos, en esas limitaciones de nuestros sentidos o de los órganos de nuestro cuerpo. Será el invidente, como podemos referirnos también al sordomudo; cuántas sombras se abaten sobre su vida y ahora es no porque nos lo impongamos nosotros para impedir otros males peores, sino que ha sido la naturaleza la que ha producido esas limitaciones en nuestra vida.

Pero claro podemos pensar en las limitaciones que nos imponemos los unos a los otros, cuando por ejemplo nos aislamos, y no es que nosotros busquemos para nosotros mismos el aislamiento, sino cuando queremos aislar a los demás; barreras que nos interponemos los unos a los otros con nuestras discriminaciones, o con nuestros juicios que condenan a los demás; de muchas forma producimos ese aislamiento cuando nos negamos la palabra, el pan o la sal de nuestras relaciones bien porque nosotros nos subimos sobre pedestales para distinguirnos de los demás, o bien cuando marcamos a los otros dejándolos al borde del camino de la vida con nuestro desprecio o nuestras minusvaloración.

El evangelio nos ha hablado de un sordomudo que apenas podía hablar y uno tiene que considerar lo duro que tendrá que ser para una persona que no pueda expresarse y comunicarse con los demás; porque ni oímos lo que los otros quieran o puedan decirnos ni podemos hablar para decir al otro y comunicar nuestro pensamiento o nuestros deseos. No vamos a pensar cuánto se haya logrado hoy día con el lenguaje de los signos a través de los cuales se comunican los sordomudos, porque no es una posibilidad para todos y porque para llegar a esa comunicación hay que hacer un recorrido muy largo.

Un mundo de incomunicación que nos paraliza; confieso que cuando me encuentro con una persona que sufre esta limitación yo también me siento paralizado por no poder expresarme de manera que el otro me pueda entender. Por eso he querido extender ese campo de incomunicación que muchas veces nos creamos entre unos y otros. Porque bien sabemos cuántas pasiones llevamos dentro de nosotros que nos hacen actuar de manera que hacemos daño a los demás y así vamos creando barreras y aislamientos entre nosotros. Hoy en un mundo de muchas palabras, grande sin embargo es la incomunicación que nos hemos creado entre unos y otros. Ya no son las limitaciones de la propia naturaleza sino que somos nosotros los hacemos ese mundo de sordos en que no nos queremos escuchar.

Hay algo hermoso que nos da esperanza en el texto del evangelio, sin dejar de decir que el evangelio siempre es esperanza para el creyente. En este caso es la intercesión de la gente por este sordomudo. Le pedían a Jesús que le impusiese su mano para curarlo.

Jesús también llega a nosotros y nos dice ‘Effetá’ para abrir nuestros oídos y nuestros labios, para abrir nuestro espíritu y nuestro corazón, para hacer que abramos las puertas de la vida a los demás o para que nosotros salgamos de nuestro encierro, de nosotros mismos para ir al encuentro de los otros. Pensemos cada uno lo que necesitamos abrir porque hay muchas cosas cerradas que nos incomunican en nosotros. Cuántas cosas siguen paralizándonos, llenándonos de oscuridad, creando barreras, distanciándonos de los otros. Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás.

jueves, 11 de febrero de 2021

Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

 


Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Con la lectura de este evangelio, con el episodio de la cananea, que tantas veces, al menos en alguna de sus partes, tan difícil se nos ha hecho para interpretar he traído a la memoria una situaciones que ahora estamos viviendo en Europa, ahora mismo en nuestra tierra canaria, y en tantos lugares del mundo y que de alguna manera en este mismo evangelio podemos encontrar luz para hacer una lectura digna.


Algunos con excesivo dramatismo están ya diciendo que estamos viviendo una invasión, en nuestro caso canario, de africanos; en sus pateras o en los pobres medios de los que disponen se lanzan al mar a la aventura de llegar a nuestras tierras con su sueño de ir a Europa. Y ya nos van apareciendo los problemas, porque como dicen algunos se sienten invadidos, realmente la acogida que se les da no termina de ser todo lo humana que tendría que ser, porque algunas veces nos cuesta comprender los dramas que hay detrás en esas familias que han dejado en sus tierras, en la pobreza de sus vidas tan angustiosa que se lanzan al mar buscando una salida y un nuevo sol para sus vidas.

Y el problema lo encontramos en la reacción que por parte de nuestras gentes se tiene ante esta situación, que nos vuelve egoístas e insolidarios, que termina haciendo de nosotros unos racistas, en unas discriminaciones y encerronas nada humanas para estas personas, en los juicios de valor que nos hacemos cuando algunos piensan que les vienen a robar sus trabajos y sus medios de vida, en los casi apartheid en que queremos convertir los campamentos que se han levantado de acogida no siempre en las mejores condiciones.

Yo a mi gente canaria les recordaría que inmigrantes hemos sido nosotros y pocas son las familias canarias que en distintos momentos de nuestra historia algunos de sus miembros tuvieron que emigrar, en nuestro caso canario sobre todo a América, en condiciones muchas veces muy deshumanizante. Se suele decir, en el camino nos encontramos, pero es que tendríamos que decir que  ya hicimos nosotros ese camino, porque emigrantes fuimos o nuestros padres y no lo olvidemos.

 ¿Cómo tendríamos que reaccionar hoy? Nos decimos tan avanzados en muchas cosas pero algunas veces nos faltan grados de humanidad, y todavía seguimos fijándonos en el color de la piel o en el lugar de donde proceden quienes llegan a nuestro lado. ¿No estaremos diciendo de alguna manera y con mucha crueldad que el pan de los hijos no se lo queremos dejar comer a los perritos?

Ya sé que esa es la frase que nos duele en este pasaje del evangelio, pero pensemos si acaso nuestras actitudes insolidarias y hasta racista en ocasiones no son peores que aquella frase que dice Jesús como para poner a prueba la fe de aquella mujer. Aunque pareciera en principio que Jesús la evitara sin embargo estaba hablando con aquella mujer, algo había en su mirada y en las actitudes de su acogida que aquella mujer descubría lo que era en verdad el corazón de Jesús para insistir con toda confianza en que iba a ser escuchada.

Ya sé que muchas veces nos hacemos explicaciones sobre que esa era la manera de tratar los judíos a los que no fueran de su raza, pero Jesús quiere venir cambiando nuestros corazones y cambiando la manera en que hemos de saber acoger siempre a los demás. Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar y pudiera ser hasta escandaloso que en unos lugares donde decimos que somos cristianos y seguidores de Jesús nuestras actitudes con el inmigrante, ya sea africano o latinoamericano, ya sea del este de Europa o ya venga de los más lejanos lugares tendrían que ser totalmente distintas.

¿Dónde está el corazón nuevo del que se dice seguidor de Jesús? ¿Dónde están esos valores del evangelio que en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestra manera de actuar tendrían que resplandecer? Empeñados tendríamos que estar para que entre todos encontremos soluciones a estos problemas en lugar de estar peleándonos desde unos intereses partidistas como tantas veces vemos a nuestros dirigentes. Pero no olvidemos que eso es tarea de todos, de nosotros también.


miércoles, 10 de febrero de 2021

Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

 


Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Necesitamos vivir en la autenticidad, quitándonos las caretas de las apariencias y vanidades, dejando de aparentar lo que realmente no somos. A veces somos lobos con piel de carneros; queremos aparecer como cumplidores, aparentar una bondad que no tenemos, disimular aquello que bien sabemos que son nuestras piedras de tropezar; aparecemos con carita de buenos, pero vete a saber lo que llevamos por dentro, nuestras malas intenciones, la doblez de nuestra vida, llenos de malos deseos que queremos no controlar, sino disimular. ¿Dónde está la sinceridad y autenticidad de nuestra vida?

Y digo no controlar, sino disimular porque parece que fuera la tarea fácil; ese control de nosotros mismos, ese dominio de nuestra persona, nuestro carácter y temperamento se nos hace difícil y nos brota cuando menos lo esperamos ese incendio de la ira, esos eructos de orgullo y de soberbia que al final nos hacen bien difícil la convivencia; nuestra tarea sería tener ese dominio de nosotros mismos para controlar esos impulsos, para encauzar esa fuerza y ese fuego que llevamos por dentro pero para hacer lo bueno con la misma pasión.

Eso que llevamos por dentro es lo que tendríamos que controlar y no quedarnos en apariencias ficticias que se convierten en vanidad y alimentan nuestro orgullo. Es lo que quiere decirnos, entre otras cosas, Jesús hoy en el evangelio. Sigue rondando lo que ya antes había corregido a los fariseos tan pendientes del cumplimiento ficticio que lo traducían en nimiedades como el hecho de lavarse o no las manos cuando regresaban de la plaza, como ayer ya reflexionamos. Si comían con manos impuras, decían, estaban comiendo impureza, se estaban convirtiendo en personas impuras; eso llevaba al trato y convivencia que se convertía en inhumano, por ejemplo, con los enfermos sobre todo los leprosos, eso hacia referencia a todo lo que pudiera ser estar en contacto con sangre o todo efluvio de humores del cuerpo, y así muchas cosas más que podían hacerlo impuros, pero desde fuera.

Jesús hoy les dice que no, que se miren por dentro, que miren donde están sus malas intenciones y deseos, de donde brotan los orgullos y el amor propio, desde donde aparece la vanidad, desde donde brotan esas palabras que se pueden convertir en injuriosas o insultantes contra los demás, desde donde fluya la frivolidad de la vida. Ahí tenemos que ver el mal que nos corroe, nos llena de podredumbre y con la que podemos dañar a los demás. Eso es lo que en verdad tenemos que cuidar, no en lo que entra por la boca, que en fin de cuentas al final va a parar a la letrina, como claramente lo dice.

Por eso, como decíamos al principio, necesitamos más autenticidad en nuestra vida, más sinceridad con nosotros mismos que se ha de traducir también con la sinceridad, humildad y sencillez con que hemos de tratar a los demás. Pero cuando sabemos ser humildes, reconocer sinceramente los defectos o fallos que tenemos por dentro, por la verdad con que vivimos la vida seguramente que no seremos exigentes ni intransigentes con los demás, sino que sabremos respetarnos, apoyarnos, ayudarnos mutuamente a hacer el camino sabiendo que todos tenemos piedras con las que podemos tropezar.

Ya nos dirá Jesús en otro momento que tenemos que ser compasivos y misericordiosos con los demás, pero eso va a surgir casi de forma espontánea cuando aprendemos a sentir en nosotros también esa compasión y misericordia. El amor que recibimos y el amor con que queremos vivir nos hacen ser sinceros y nos hace ser humildes.

martes, 9 de febrero de 2021

Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

 


Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Ahora sí toca lavarse las manos. Nos lo están repitiendo, como solemos decir, por activa y por pasiva; dada la situación y peligro de contagio que ahora vivimos una de las normas que han tratado de imponernos o al menos convencernos de que es muy importante que lo hagamos, es lo de lavarse las manos; cuando vamos a algún sitio, salimos o entramos en casa, estamos en contacto con lugares o personas donde habitualmente no hacemos la vida, nos ofrecen ese gel con alcohol para que evitemos algún tipo de contagio. Hoy es necesario y no podemos, es cierto, tomarlo a la ligera, cuando además podemos poner en peligro también la salud de los demás.


Pero pensemos en cuando pase todo esto, hayamos vencido este virus y no andemos con la mosca tras la oreja con el peligro de contagios, pensemos, digo, que esto se nos trate de imponer prolongando la norma y hasta le diéramos un sentido sagrado o religioso. Diríamos que nos estamos saliendo de madre, porque una cosa es ese lavarnos por higiene y en evitación de peligros de contagios y otra que lleguemos a convertirlo en un signo religioso que si no lo realizamos lo estamos convirtiendo hasta en pecado.

Eso pasaba entre los judíos. Eran gente del desierto en su origen, habían vivido trashumantes de un lugar para otro y en condiciones donde la higiene no era fácil, sobre todo viviendo en lugares desérticos, y las enfermedades se contagiaban fácilmente de unos a otros por esa falta de higiene. Sabiamente, podríamos decir, con la sabiduría del hombre del desierto, se implicaba a la gente en tratar de vivir higiénicamente de la mejor manera posible; quienes hemos vivido en el campo y con costumbres campesinas en el cuidado de ganados, por ejemplo, sabemos como tenemos que cuidar esa higiene para no caer en infecciones innecesarias.

Pero esto se había convertido en ley en el pueblo judío y en ley de carácter religioso; la purificación no era ya el cuidado de la higiene sino que se convertía en tema de impureza legal y religiosa; sabemos de lo estrictos que eran sobre todo en el peligro de contagio de algunas enfermedades como era la lepra, y todas las consecuencias que tenia en la convivencia de la gente cada día.

Es lo que ahora los fariseos le están planteando a Jesús, sobre todo en relación a sus discípulos y las costumbres que veían que tenían. Sentarse a la mesa para comer el pan sin antes lavarse las manos no era cuestión solo de higiene por aquello de lo que hubiéramos tocado anteriormente, sino que se convertía en algo con un sentido religioso y formal, era una impureza legal de la que estaban echando en cara a Jesús por permitirlo a los discípulos.

Jesús quiere hacerles comprender el sentido de las normas y como no podemos quedarnos en cosas externas sino que tenemos que ir a lo más hondo del corazón. ¿De qué nos vale que externamente nos presentemos muy rectos y cumplidores si interiormente nuestro corazón está lejos de la verdadera ley de Dios? Jesús les pone incluso el ejemplo de la ofrenda que hacían al templo de sus bienes y ya no se veían obligados a la atención de sus padres, de sus mayores. ¿Dónde quedaba entonces el cuarto mandamiento de honrar a los padres?

Empleamos mucho esfuerzo en esa limpieza externa, en el cumplimiento de las normas, pero, ¿dónde tenemos puesto nuestro pensamiento? Es como cuando vamos a una celebración y estamos tan pendientes de los más pequeños ritos que al final estamos tan distraídos en ello que no terminamos de vivir nuestra unión con Dios.

Nada tendría que distraernos de lo que es verdaderamente importante; muy preocupados, por ejemplo, por el porte externo e incluso la vestimenta de quien está haciendo una lectura en una celebración pero no estamos prestando atención a lo que en esa lectura se nos está diciendo de parte de Dios. ¡Cuántas veces andamos así de distraídos! Estoy poniendo estos ejemplos pero en cuántas cosas nos sucede en la vida que le damos más importancia a lo secundario que a lo que es lo fundamental.

Ahora toca lavarnos las manos, decía al principio, haciendo referencia a la situación de pandemia en que vivimos; pero ahora toca purificarnos interiormente tenemos que decir porque hay algo que sí nos mancha por dentro cuando dejamos meter las raíces del mal en nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado.

lunes, 8 de febrero de 2021

Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

 


Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56

¿Quién no ha sentido alguna vez que un abrazo le curaba? Creo que me entendéis lo que quiero decir. No me ha quitado un dolor de la rodilla, ni me ha curado las cardiopatías que pudiera estar sufriendo. Pero seguro que sí hemos sentido una paz inmensa en nuestro corazón en medio de dificultades y problemas, de angustias y preocupaciones que hayamos podido estar pasando. Nos hemos sentido con nueva vida.

Hoy me lo contaba un amigo a través de estos nuevos medios que ahora tenemos para comunicarnos. Los que se han recuperado de esta pandemia que estamos atravesando, quienes han pasado aislados en las unidades de cuidados intensivos muchos días hasta lograr luego recuperarse cuando salen ya los hemos escuchado que nos dicen que por encima de todas las atenciones que los sanitarios pudieran prestarles por lo que más suspiraban era por la presencia de un familiar, por el calor de la mano de un ser querido apoyada sobre su mano o sobre su hombro y que esos días no pudieron recibir.


Tenemos que respetar todas las normas sanitarias que nos imponen para evitar los contagios, pero la falta de ese contacto humano, físico incluso de esa mano, de ese abrazo era lo que más les hacia sufrir la soledad. Algo así me comentaba mi amigo, que yo no sabía que lo había estado pasando muy mal a causa de la impuesta incomunicación y la distancia, y cuando hoy me despedía diciéndole que al menos un abrazo virtual desde la distancia le enviaba, me contaba y me decía cuánto lo había necesitado.

¿Por qué toda esta historia?, me preguntaréis. Bueno también estos aspectos humanos y dolorosos de la vida tenemos que contárnoslo porque además nos pueden dar pistas y cauces para cosas que podríamos hacer y que por cierta decorosa relación algunas veces evitamos. Pero es que además lo vemos reflejado en el texto del evangelio de hoy. Jesús se ha puesto en camino por los distintos pueblos y aldeas de Galilea, hoy le vemos incluso atravesar el lago, y allá por todas partes por donde va le sacan los enfermos a su paso para que El los cure.  ‘En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban’.

‘Tocar al menos la orla de su manto’, nos dice el evangelista; en otros momentos nos va diciendo cómo Jesús va imponiendo su mano sobre aquellos enfermos que se curan. Ya recordamos el caso de aquella mujer que a escondidas, podríamos decir, por detrás le toca la orla de su manto y se ve curada de sus hemorragias. Pone la manos sobre los ojos de los ciegos, o toca la lengua y los oídos de los sordomudos, e incluso hasta los leprosos llega la mano de Jesús, son otros momentos que iremos viendo en el evangelio.

No nos quedamos en lo taumatúrgico ni en contemplar a Jesús como un curandero, pero bien sabemos cuanto se transmite con la cercanía. Un abrazo de amistad o un abrazo de amor transmite lo que llevamos en las fibras más íntimas de nuestro ser y recibir un abrazo nos hace vibrar como si nos sintiéramos llenos de vida. La cercanía de Jesús con los enfermos, como estamos en este caso, pero como lo vemos con los pecadores y con todos va haciendo que cambien los corazones. La presencia de Jesús les hace sentir el amor de Dios y es el amor el que nos cura y el que nos salva.

Así lo hemos de sentir nosotros de la presencia de Dios en nuestra vida. Que sepamos entrar en esa sintonía de amor y que fluya ese amor de Dios hacia nosotros de la misma manera que nosotros correspondamos despertando toda la ternura de la que seamos capaces. Ese fluir esa ternura de amor entre Dios y nosotros va a repercutir también en quienes nos rodean porque necesariamente van a ser partícipes de esa ternura que llevamos en el corazón y con ello de alguna manera nos estaremos haciendo signos del amor de Dios.

domingo, 7 de febrero de 2021

Cuando vayamos a los caminos de la vida y encontremos dolor y sufrimiento sepamos llevar esa palabra, ese gesto, esa cercanía que llenan de luz y de vida a los que sufren

 


Cuando vayamos a los caminos de la vida y encontremos dolor y sufrimiento sepamos llevar esa palabra, ese gesto, esa cercanía que llenan de luz y de vida a los que sufren

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Ponernos a caminar los caminos de la vida es irnos encontrando con el dolor y el sufrimiento. Quisiéramos, es cierto, un mundo feliz, es el deseo de todos. Y de entrada tendríamos decir que también es el deseo de Dios. No olvidemos aquella imagen de la primera página de la Biblia que cuando crea al hombre y la mujer los coloca en el paraíso, un mundo feliz. Pero somos conscientes de la realidad de la vida, de las limitaciones que tenemos que nos hacen sufrir en nuestras ansias de plenitud que no terminamos de alcanzar; pero ahí está la realidad de la vida llena de amarguras, dolores, sufrimientos, enfermedad, muerte. El contemplar esa misma realidad ya nos hace sufrir.

Todos tenemos la experiencia del dolor y del sufrimiento; y podemos pensar en tantas cosas que desde lo más hondo de nosotros mismos nos hacen sufrir, podemos pensar que muchas veces el encuentro con los demás nos hace sufrir, pero tenemos la realidad de encontrarnos con la enfermedad, en nosotros o en aquellos seres que queremos. No queremos esos sufrimientos, nos duele no solo sufrir nosotros sino contemplar el sufrimiento de los demás. Cuántas angustias, cuánta amargura… y tenemos la realidad de la pandemia por la que estamos pasando viendo el sufrimiento de los demás o en la angustia que vivimos de si un día nosotros tengamos que enfrentarnos directamente a ello.

Pero contemplo todo esto no para aumentar nuestras amarguras y sufrimientos y contemplarlo todo negro sino en la búsqueda de la luz que en Jesús y su evangelio podemos encontrar. Como principio de ciclo litúrgico estamos en la lectura de las primeras páginas del evangelio de Marcos y lo que es el comienzo de la actuación pública de Jesús. Sus primeros pasos, podríamos decir, su primera actuación después de ese primer anuncio que hace del Reino de Dios que llega.

Hoy lo contemplamos saliendo de la Sinagoga y en ese recorrido que va haciendo por la ciudad de Cafarnaún. Y se va encontrando con el dolor y el sufrimiento de los hombres y mujeres de su tiempo. El evangelio nos señala algunos hechos pero muy significativos de lo que es ese caminar de Jesús en medio de nosotros, lo llevan a casa de Simón Pedro y allí está la suegra de Pedro enferma. En la tarde, pasado el día sabático, cuando la gente comienza a poder moverse sin limitaciones le traen a la puerta toda clase de enfermos y poseídos por el mal.


Es la presencia del dolor y del sufrimiento en medio del mundo. Pero Jesús ha venido como luz y como salvación, y el mundo no puede seguir en la oscuridad de las tinieblas o del dolor. Jesús los va curando a todos, levanta con su mano a la suegra de Simón, y va imponiendo las manos a todos aquellos enfermos que le traen a su puerta. No puede dejar de curar, de secar las lágrimas de los que lloran y de aliviar el sufrimiento de los que sufren liberándolos a todos del mal.

Pero estos hechos están enmarcados en dos momentos que tienen especial trascendencia y que en el camino de nuestra vida no podemos olvidar si queremos llegar allí donde hay sufrimiento para curar, como nos enviará Jesús. Un primer momento, viene de la Sinagoga donde han ido el sábado a escuchar la lectura de la ley y los profetas y a la oración de la comunidad y un segundo momento que vivirá Jesús en esa noche que sigue o en esa madrugada, se fue al descampado para estar a solas y para orar.

Primero que nada afirmar que la oración o la escucha de la Palabra no nos inhiben de ver la realidad del mundo en que vivimos, no nos lleva a un estado que podíamos llamar angélico donde viviéramos como si nada pasara en nuestro mundo. Afirmar rotundamente que siempre nuestro encuentro con Dios, bien que necesitamos de esos momentos de oración y escucha de la Palabra de Dios, nos impulsarán precisamente a ir al encuentro de los hermanos en su realidad concreta, a los hermanos en su sufrimiento. Cuando a la mañana siguiente vienen a decirle que la gente lo busca El les dice que tiene que ir también a otros lugares y marchará por los caminos y aldeas de Galilea con el mismo anuncio y con la misma misión.

Nuestro encuentro con el Señor siempre nos llevará a abrir mejor los ojos para mejor conocer la realidad y más profundamente comprometernos con ella. A ese mundo de sufrimiento que nos rodea, o que muchas veces tenemos en nosotros mismos, siempre tenemos que llevar luz, llevar vida, ir a sanar para que podamos tener nueva vida. Fue la misión de Jesús y es la misión que a nosotros nos confía también.

Tenemos la tentación algunas veces de sentirnos cansados ante tanto sufrimiento y cerrar nuestros ojos y oídos abstrayéndonos de todo para no saber, para no escuchar, para no sentir el sufrimiento de los demás, pero no nos podemos dejar vencer por esa tentación – recemos el padrenuestro dándole hondo sentido a esas palabras ‘no nos dejes caer en la tentación – y tenemos que ir con ese bálsamo de nuestro amor hasta los que sufren. Nunca podremos cruzarnos de brazos insensibles ante el sufrimiento de los demás. Siempre podremos tener una palabra, un gesto, una cercanía, un compromiso de vida al acercarnos a los que están a nuestro lado. No olvidemos que todos tenemos ansias de vida y es el mejor regalo que podemos hacer.