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martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

domingo, 2 de marzo de 2025

Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

 


Si nos decimos cristianos, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para resumar ese amor con que empapar nuestro mundo para hacerlo mejor

Eclesiástico 27, 4-7; Salmo 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Es cierto lo que nos dice Jesús en el evangelio, y no podía ser menos; me refiero a esa imagen que emplea hoy del árbol, sabemos que es un peral porque nos da peras, sabemos que es una higuera porque nos da higos. ¿Qué clase de árbol somos? Nuestras palabras, lo que hacemos nos define; y eso es importante, no porque digamos cosas bonitas de nosotros mismos estamos definiendo lo que somos. Es la necesaria autenticidad de vida.

Es lo que nos está pidiendo hoy el evangelio. Nos defraudan aquellos que hablan mucho y nada hacen; la pasividad no es una buena muestra del sentido que le damos a la vida; pero más aun cuando queremos dar una bonita imagen, pero por otra parte estamos haciendo lo contrario de lo que decimos; es necesario que seamos en verdad congruentes entre lo que decimos, lo que proclamamos a los cuatro vientos como normas o como leyes que decimos que van a cambiar el rumbo de la vida y luego lo que hacemos, unas veces tras el disimulo y la apariencia o abiertamente en contra de aquello que hemos enseñado. Desgraciadamente entra en lo ordinario que contemplamos en la vida; con sinceridad tenemos que reconocer que por nuestra debilidad y flaqueza no siempre somos lo auténticos que tendríamos que ser.

El texto del evangelio que hoy se nos ofrece puede parecernos como una recopilación de distintas sentencias de las palabras de Jesús en distintos momentos pero que el evangelista nos presenta así como un único discurso; pudiera parecernos incluso como si no hubiera autentica conexión entre unas y otras pero siempre hemos de saber contemplar la unidad del evangelio en su conjunto, porque es la buena noticia que Jesús nos esta proclamando con sentido de nuestra vida cuando queremos vivir el Reino de Dios.

Nos hablará del ciego que no puede ser guía de otro ciego, como del discípulo que primero tendrá que realizar su aprendizaje antes de ser tenido como verdadero maestro; nos habla de las vigas que dejamos meter en nuestros ojos que nos van a impedir tener la visión clara tanto para nosotros seguir el camino como para poder ayudar a los demás; y nos hablará finalmente con la imagen a la que hacíamos referencia al principio de los frutos que ha de dar ese árbol de la vida, y que por los frutos, por lo que hagamos se nos va a conocer y definir.

Hay todo un mensaje que nos está pidiendo autenticidad y congruencia, de la rectitud que tiene que haber en nuestro corazón para que en verdad seamos testimonio ante los demás. Esa autenticidad será lo que hará creíble nuestro mensaje, nuestro testimonio. No nos valen las apariencias ni las vanidades; siempre se ha dicho que más pronto se coge a un mentiroso que a un cojo, porque al final la verdad resplandecerá y si hay mentira en nuestra vida quedaremos desenmascarados y al descubierto.

Por eso hemos de cuidar tanto nuestro interior; y ya nos dirá Jesús en otro momento que de nuestro interior, cuando está podrido, saldrán todas nuestras maldades; no lo que entra por la boca, sino de esa malicia que podamos llevar en nuestro interior. Nos dirá también que no podemos ser sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero por dentro, como es normal porque es un sepulcro, lleno de podredumbre. No podemos ser ese sepulcro porque estemos guardando en nuestro interior todas esas maldades.

Por eso, tenemos que sanarnos por dentro, no dejemos que aquello desagradable que suceda en nuestro entorno nos haga guardar malos recuerdos, nos haga guardar reticencias y odios mal curados, nos haga guardar deseos de venganza y rencor, nos haga actuar de la misma manera malvada e injusta que podamos ver en nuestro entorno contagiándonos de ese mal.

¿Para qué guardar esa podredumbre en nuestro corazón? Nos vamos enfermando en nuestro interior y nos vamos llenando de muerte. ¿No decimos que no tenemos que dejar que nos contagien los virus que nos contagiarían de enfermedad y nos pueden llevar a la muerte? Si así cuidamos nuestro cuerpo, ¿por qué no cuidar nuestro espíritu? No nos dejemos enfermar, vivamos sanamente en lo espiritual. Por eso nos decía Jesús que de lo que rebosa de nuestro corazón habla la boca y que por el fruto se conoce al árbol. Vayamos con mirada limpia, porque hemos limpiado el corazón, porque no hemos dejado atravesadas las vigas de la maldad dentro de nosotros.

Hemos hablado de congruencia y de autenticidad. Nos decimos cristianos, creyentes en Jesús, que sea pues el evangelio de Jesús el que empape nuestra vida para que podamos resumar ese amor con el que empapemos nuestro mundo para hacerlo mejor.

 

viernes, 7 de febrero de 2025

Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

 


Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

Hebreos 13,1-8; Salmo 26; Marcos 6,14-29

A todo todos nos sucede, hay cosas del momento presente que nos traen recuerdos del pasado; es bueno, hemos de reconocerlo, recordar cosas positivas de nuestra vida, no para llenarnos de orgullos que nos hagan creernos los mejore y subirnos en pedestales que nos hagan estar por encima de los demás, sino para reconocer de lo que somos capaces valorar lo que es bueno y sentirnos con ello estimulados a seguir nuestro camino aunque algunas veces nos exija esfuerzos.

Pero también nos puede suceder que acontecimientos o reflexiones que nos hagamos en el presente sean como un aguijón que nos pincha en la conciencia por cosas que hicimos y que no fueron buenas; todos cometemos errores en la vida, tenemos tropiezos, hacemos lo que no es bueno porque no somos santos, porque hay mucha debilidad en nuestra vida, porque algunas veces nos habremos cegado con cosas que nos hicieron tropezar. Ahora no sentimos interrogados por dentro y puede surgir la mala conciencia o el arrepentimiento; debe ser lección aprendida para que no volvamos a tropezar.

¿Le estaba sucediendo a Herodes con lo que estaba escuchando de aquel nuevo profeta de Galilea? Jesús se había ido dando a conocer, causaba admiración en las gentes y como siempre las noticias corren; a los oídos de Herodes llegó la noticia. ¿Quién era aquel profeta del que tanto hablaba la gente? Las opiniones de la gente eran diversas, pero en su interior sentía algo especial; ¿sería Juan, el profeta del desierto y del Jordán que él había mandado matar?

Esto le da ocasión al evangelista para narrarnos este episodio completando así la presentación de lo que había sido la figura del Bautista y ofreciéndonos el testimonio supremo de su vida. Juan ya estaba en la cárcel; aunque se dice que Herodes sentía admiración por Juan, instigado por la mujer con la que convivía lo metió en la cárcel porque le decía que no era lícito que viviera con la mujer de su hermano.

Se cruzan las ambiciones, las envidias, las cobardías, la maldad de los corazones heridos que tienen conciencia de que obran mal y el justo sufre las consecuencias. Cuántas veces nos sucede, como se dice, paga el justo por el pecador. Pero Juan era fiel a su sentido moral de la vida y consciente de su misión profética de preparar para la venida del Señor un pueblo bien dispuesto. No puede callar, aunque esto le lleve a la cárcel y posteriormente a la muerte. ¿Seríamos capaces nosotros de mantener una fidelidad así a unos valores y a unos principios? Cuántas veces callamos.

Y la ocasión directa viene en una fiesta que ofrece Herodes a sus invitados y la hija de Herodías baila para Herodes. Vienen las promesas entusiasmadas que luego serían difíciles de cumplir cuando hay verdaderos principios. Pero esta ocasión la cobardía lo invadió todo. La petición de Salomé instigada por su madre será la cabeza de Juan Bautista. Herodes se vio cogido por su palabra y sus promesas y el miedo a quedar mal ante sus invitados. Quedar mal ante los que nos rodean, dar la cara cuando es necesario un testimonio, cuanto nos cuesta. Y Juan fue decapitado. El testimonio de la sangre y de la vida entregada como signo de una fidelidad a una fe y a una misión.

Decíamos que de los hechos de la vida tenemos que aprender, aun cuando hayamos errado y tropezado. De este proceso del corazón de Herodes también tenemos que aprender. ¿Qué es lo que realmente guía nuestra vida? ¿Sobre qué fundamentamos lo que verdaderamente nos hace felices? ¿Hasta dónde llega la fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra responsabilidad, a la misión que tenemos que desempeñar en la vida? ¿Cuánto dependemos de lo que pensamos que es la opinión o la valoración que la gente haga de nosotros y de nuestros actos? ¿Seremos capaces de reflexionar seriamente de lo que ha sido el proceso de nuestra vida para comenzar a actuar de manera distinta?

lunes, 13 de noviembre de 2023

Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

 


Nos tendríamos que preguntar qué lagunas tenemos en nuestra fe cuando no somos generosos en el perdón y nos hacemos tan rigoristas con los débiles

Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6

Poner piedras en el camino, para hacerte tropezar, para que encuentres obstáculos y al final te canses y desistas de hacer el camino, para hacer que te desvíes del camino que lleva la meta, a lo que quieres conseguir y al final te pierdas, para hacerte daño porque te quieren mal, porque sienten la maldad en su corazón y parece que disfrutan entorpeciendo a los demás, porque afloran resentimientos y envidias, porque el orgullo nos corroe por dentro y hacemos lo posible y lo imposible porque el otro no consiga lo que desee… Hemos comenzado hablando materialmente de piedras en el camino para entorpecernos el recorrido que tengamos que hacer, pero al final hemos terminado resaltando la malicia que aflora en muchos corazones para hacer daño a los demás; y la maldad aparecerá en cosas materiales, como puedan ser las piedras del camino, o serán otras muchas intenciones torcidas que nos aparecen por dentro.

Es de lo que comienza hablándonos Jesús. Y son los más débiles los que habitualmente sufren las consecuencias de esos tropiezos porque en su debilidad es más fácil la caída. Y es esa malicia con que nos estamos acostumbrando a actuar en la vida, porque todo son desconfianzas, todo son recelos y envidias, amor propio herido y soberbias del corazón, porque en nuestras vanidades no soportamos que otros puedan estar mejor que nosotros e incluso hagan el bien cuando nos creemos que somos nosotros los únicos que hacemos el bien y no terminamos de ver y reconocer el bien que hacen tantos a nuestro lado. Y vienen los daños que nos hacemos los unos a los otros de mil maneras; y viene el mal ejemplo que arrastra cuando nosotros no hacemos las cosas bien y llevamos a los demás por mal camino. Y Jesús nos habla muy fuerte y muy duro por ese daño que hacemos en los demás.

Y los discípulos más cercanos de Jesús se ven sorprendidos por la dureza de Jesús en sus palabras para los que hacen el mal y las nuevas actitudes que Jesús pide a los que quieren ser sus seguidores. Porque a pesar de todo ese mal que nos hacemos, Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de tener comprensión en el corazón y cuando alguien reconoce el mal generosamente le ofrezcamos el perdón. Y Jesús nos plantea que el perdón hay que ofrecerlo siempre, no podemos poner medidas ni límites; todos somos igualmente débiles y tropezamos muchas veces en la misma piedra, caemos una y otra vez en las mismas debilidades. Y de la misma manera que queremos que sean comprensivos con nosotros, así hemos de serlo también con los demás siempre.

Es lo que a los discípulos se les hace difícil. Entonces y ahora. Porque sigue siendo una piedra de tropezar hoy en nosotros y hasta en la Iglesia lo de la generosidad del perdón a los que hayan tropezado muchas veces. Nos cuesta perdonar. Se nos hace difícil. Mantenemos muchas reservas. Se mantienen incluso en los protocolos de actuación también muchas reservas y parece que no se tiene en cuenta mucho lo que Jesús nos dice. Nos acogemos a unas palabras, a lo que nos interesa, pero olvidamos o descartamos otras.

‘Aumentamos la fe’, le piden los discípulos a Jesús, porque todo aquello que les está diciendo Jesús les parece como imposible realizarlo. Y Jesús nos dice que si tuviéramos fe, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer grandes maravillas, hacer que la morera se arranque de raíz y se plante en el mar. ¿Hasta dónde llegará entonces nuestra fe cuando no somos capaces de hacer esa maravilla de ofrecer generosamente el perdón a los que débiles han caído una y otra vez? ¿No habrá por ahí, en muchos que no lo imaginamos incluso, muchas lagunas en la fe?  ¿Por qué seremos tan rigoristas? ¿Qué imagen damos de la misericordia y de la compasión? Nos da mucho que pensar.

martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

lunes, 26 de junio de 2023

Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

 


Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

Con qué facilidad acomodamos las varas de medir, acrecentándolas o disminuyéndolas según sea lo que presuntuosamente pensamos de nosotros o el juicio que queremos hacer de los demás. Siempre nos consideraremos que valemos más o somos más importantes que lo que los demás puedan ver en nosotros, y siempre usaremos una vara raquítica para valorar, y este caso siempre por las mínimas, la importancia o el valor que puedan tener las cosas que hacen los otros. Nos molesta que hablen de nosotros, que valoren o no lo que hacemos, pero no nos importa ser duros en el juicio en contra siempre de los que están a nuestro lado, porque no podemos permitir que nos hagan sombra.

Así es nuestra miseria humana, así es en muchas ocasiones la mezquindad de nuestro corazón, así es nuestro orgullo y amor propio con el que nos endiosamos y nos subimos por encima de todos los pedestales, así son esas malas raíces que parece que todo lo enredan y en todo queremos hacer sombra, así es la soberbia de la vida que terminará por arrasar cuanto de bueno pueda surgir en nuestro entorno, así andamos por la vida revestidos de vanidad para aparentar unos brillos que no tenemos.

Desde que la serpiente maligna inoculó en nosotros el veneno de la maldad, de la desconfianza, del orgullo no seremos capaces de ver nuestros errores, pero entramos a saco en el juicio que nos hacemos de los demás viendo por todos lados defectos e irregularidades.

¿Por qué no seremos capaces de reconocer lo bueno que tienen o que puedan hacer los demás? ¿Por qué andaremos por la vida siempre como contrincantes dándonos la batalla, queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás, queriendo echar nubes de sombras y de cenizas sobre las obras de los otros para dar por inservible todo lo que puedan hacer los otros? Es normal que haya disparidad de criterios y de opiniones en todos los ámbitos y aspectos de la vida, ¿Por qué no podemos ver lo bueno que tiene todo proyecto aunque no sea el nuestro, para sumar y para aunar esfuerzos, ofreciendo cada uno lo bueno que tenemos en nuestras ideas o en nuestra manera de hacer para lograr entre todos algo mejor que a todos a la larga nos beneficie?

En nuestros egoísmos insolidarios, en nuestros orgullos y ambiciones de querer quedar siempre por encima del otro, nos destruimos, no somos capaces de ver las limitaciones y lagunas que puedan tener nuestros proyectos y nuestras ideas, y siempre estaremos echando la culpa a los demás del fracaso de la vida misma porque consideramos incapaces a los otros poder hacer algo bueno.

Y esto lo estamos viendo todos los días en nosotros mismos con nuestros juicios y nuestra falta de respeto a lo que hacen los demás, esto lo estamos viendo en el desarrollo de nuestra vida social en que todo lo convertimos en una lucha parece sin cuartel contra todo lo que no salga de nuestras ideas, esto lo estamos viendo en la construcción y desarrollo de nuestra sociedad donde nunca terminamos de colaborar porque nos parecería que nos quitarían nuestros méritos de ser los únicos y los mejores.

Hoy Jesús nos habla de que cuidemos nuestros juicios, porque esa medida que usamos contra los demás también la usarán contra nosotros. Qué bonito sería un mundo sin prejuicios y sin condenas a los que no piensan como nosotros. Nos dice Jesús que nos miremos a nosotros mismos, que seamos reconocer la realidad de nuestra vida también tan llena de limitaciones, tan llena de lagunas. Que no estemos mirando con terror la pequeña mota que puede haber en el ojo del otro, mientras nuestros ojos están atravesados por tantas vigas de maldad.

Que seamos capaces de tener limpio el cristal de nuestros ojos para tener una mirada luminosa para que podamos disfrutar de la belleza de la vida de los demás; pensemos si cuando estamos viendo tanta maldad en los otros, acaso sea la suciedad y maldad de nuestro corazón la que empaña nuestra vida para estar viendo siempre maldad a nuestro alrededor. ‘Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’. Qué distinta sería nuestra mirada.

 

viernes, 10 de junio de 2022

Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

 


Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32

Un cristal turbio nos impide ver con claridad; es más, un cristal turbio nos hará ver cosas turbias allí donde no las hay; la suciedad no está en la cosa que vemos sino en aquello que nos ha servido de filtro a través del cual veíamos las cosas; lo podemos ver todo verde, sin ponemos el filtro de ese color, lo podemos ver luminoso si el cristal está límpido y brillante sin ninguna mancha. Los cristales manchados del vehículo que conducimos nos van a entorpecer la marcha del vehículo poniendo en peligro su conducción porque nos impiden ver con claridad. Ya podríamos adelantar, que la legañas de maldad que llevemos en nuestros ojos nos harán mirar de mala manera a aquellos con los que nos cruzamos en el camino de la vida.

Ya nos dirá en otro momento del evangelio Jesús que quitemos la viga que llevamos en nuestro ojo antes de querer quitar la mota que pudiera haber en el ojo del hermano. Y pueden ser unas vigas tremendas las que llevemos en nuestros ojos llenos de malicia, de maldad, en nuestro corazón lleno de malas intenciones. Es lo importante que nos quiere hacer ver Jesús.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del sermón del monte donde tras proclamar las bienaventuranzas Jesús ha ido desgranando una multitud de situaciones de nuestra vida que tendrían que entrar en revisión. No ha venido a abolir la ley y los profetas le escuchamos decir, sino a darle plenitud; por eso irá revisando cada una de esas situaciones en las que incluso le hayamos podido hacer decir más a las normas que nos hemos ido imponiendo que lo que el Señor quiso darnos con su ley. Por eso nos irá repitiendo ‘habéis oído que se os dijo, pero yo os digo…’ para darnos el verdadero sentido que han de tener las cosas.

Hoy de forma concreta nos habla del adulterio, pero Jesús nos viene a hacer comprender que incluso nos puede suceder que sin llegar al adulterio en la materialidad de los actos, sin embargo desde nuestro corazón podemos tener actitudes adulteras desde la malicia con que miremos a la otra persona. Por eso las palabras de Jesús hoy quieren ir incluso más allá de lo que en principio se nos plantea, para hacernos caer en la cuenta de cual es lo importante que hemos de tener en cuenta en la vida y en lo hacemos. Es la bondad o la maldad que llevemos en el corazón. Ese cristal sucio a través del cual miramos a la mujer de nuestro prójimo, a la otra persona podríamos o tendríamos que decir, por la malicia que podemos llevar dentro.

Vale de cara al tema del adulterio por lo que en concreto se nos dice en este pasaje, pero nos damos cuenta que nos vale para todas las intenciones que podemos tener o con que podemos mirar a los demás. No olvidemos que una de las bienaventuranzas que Jesús nos propone es ‘dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’.

Dichosos los limpios de corazón, sí, porque tendrán una mirada clara y distinta y nada la enturbiará. Dichosos los limpios de corazón, podríamos también decir, porque ellos serán los que verán en el otro un hermano; dichosos los limpios de corazón porque serán los que sabrán amar; dichosos los limpios de corazón porque tendrán generosidad en el corazón; dichosos los limpios de corazón porque teniendo un corazón puro nunca harán discriminación y todos se sentirán como hermanos; dichosos los limpios de corazón porque serán los que tenderán su mano sin importarles ni el color de su piel, ni la condición exterior que pueda presentar su persona, porque sabrán caminar juntos, y sabrán hacer un mundo justo; dichosos los limpios de corazón porque siempre llevarán limpias y luminosas las lentes de sus ojos y de su corazón y sabrán hacer un mundo de luz y de vida, porque siempre irán repartiendo amor.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

 


Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Nos cuidamos. Todos andamos en lo mismo. Cuídate, le decimos al amigo cuando lo saludamos o cuando despedimos la conversación. Es algo que se ha metido como costumbre y todos queremos tener esos buenos deseos para los demás. Pero ¿qué es lo que tenemos que cuidar?

Quizás nos referimos a la salud; y ahora en estos tiempos de pandemia estamos deseando a todos que nadie se contagie, y que seamos prevenidos, que tomemos precauciones. Pero aunque no fueran tiempos de pandemia todos queremos cuidar nuestra salud, nuestro bienestar, decimos. Porque no queremos que pasen los años y dejen secuelas o huellas en nuestra vida, en nuestro cuerpo, y que tengamos las más mínimas limitaciones. Quizás estamos mandando al gimnasio a alguien para quitar los kilos de más, los ‘michelines’ que le quiten belleza a su figura. Queremos tener buena imagen. Y la gente se cuida, y busca todos los afeites del mundo para disimular ojeras o arrugas, o patas de gallo o canas, y acuden a la cirugía plástica para corregir defectos de imagen y no sé cuantas cosas más.

Nos cuidamos y le decimos a la gente que se cuide y podíamos pensar en muchas más en el sentido físico, en el cuerpo, pero ¿es solo lo que tenemos que cuidar? Creo que es la gran pregunta que tenemos que hacernos. ¿Dónde está la verdadera belleza de la persona? ¿Cuál es la mejor imagen que tenemos que presentar de nosotros mismos?

Aquí es donde tenemos que ponernos a pensar. ¿En qué gastos mis esfuerzos? ¿En qué realmente pongo mi empeño? ¿Nos quedaremos en bellezas externas? ¿En imágenes agradables y atrayentes? ¿Qué es lo que realmente tiene que ser atractivo en una persona? Reconozcamos que hacemos mucho esfuerzo por lo externo, por lo que a la larga es fugaz, efímero, y un día se va a difuminar como humo.

Hoy Jesús frente a unos conceptos de pureza que se habían creado los judíos donde incluso no podían tomar algunos alimentos porque eso los hacia impuros, nos habla de lo que sale del corazón. Porque lo impuro, nos viene a decir, no nos entra por la boca; la maldad la llevamos dentro del corazón.

Muchas veces las cosas que habían nacido con razones higiénicas, por llamarlas de alguna manera, pronto se habían convertido en ley para ellos y de lo que se quería evitar que pudiera dañar la salud humana, se había pasado a darle un tinte religioso y moralizante para convertir esos alimentos no solo en su aspecto dañino, dada la salubridad o no que podría tenerse en quienes vivían una vida trashumante, sino que se les consideraba alimentos impuros que ni siquiera podrían tocar. Ya el evangelista hace un comentario diciéndonos que Jesús estaba declarando a todos los alimentos puros.

Por eso cuando hemos venido hablando de qué es lo que tenemos que en verdad cuidar de nuestra vida, no nos podemos quedar en esos cuidados externos o corporales, aunque también tengamos que hacerlos. Es el cuidado de la vida, es el cuidado de la persona, es el cuidado de esos valores que nos dignifican, es el cuidado de aquello que nos hace verdaderamente grandes.

Y para ello lo que en verdad tenemos que purificar es el corazón. Porque de lo que tengamos en el corazón hablarán nuestros labios, o se manifestará en nuestras posturas o en las actitudes que tengamos en nuestras relaciones con los demás. Eso es lo que verdaderamente tenemos que cuidar.

¿Con que nos hacemos daño y hacemos daño también a los que están a nuestro lado? Porque también nos estamos haciendo daño a nosotros mismos cuando no curamos las heridas que tengamos en el corazón y dejamos que se enconen en orgullos y rivalidades, en violencias o en actitudes negativas hacia los demás; y salen las envidias, y salen las malquerencias, y sale el desprecio, y salen las criticas destructivas, y salen tantos venenos con los que queremos dañar a los demás, pero que realmente nos están envenenando a nosotros mismos.

Muchas veces se nos dice que tenemos que curar las heridas que hay dentro de nosotros. Para ello sé capaz de perdonar, sé capaz de ser comprensivo, sé capaz de mirarte con sinceridad a ti mismo, sé capaz de tratar al otro como quisieras que te trataran a ti. Son las actitudes nuevas que Jesús nos va enseñando en el evangelio. Son los pasos que tenemos que estar dispuestos a dar en ese camino de verdadera transformación de nuestra vida.

¿Cuál es la belleza que tenemos que manifestar? ¿Cuáles son las cosas en las que en verdad tenemos que cuidarnos?

viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

martes, 14 de septiembre de 2021

Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

 


Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Nunca estamos satisfechos, de todo nos quejamos; siempre tenemos una queja o una crítica que hacer; aunque quizás nuestras cosas hayan cambiado para mejor, todavía queremos más. Andamos muchas veces como rebeldes por la vida. Hay también algo dentro de nosotros que no nos satisface y queremos algo mejor.

Por una parte puede estar nuestro espíritu de superación, nuestro espíritu inquieto que desea lo mejor y no nos contentamos con lo conseguido sino que queremos algo mejor, pero está también nuestro espíritu rebelde, que no lo hace por superación, sino porque siempre queremos ir a la contra y no estamos de acuerdo con aquellos que llevan la responsabilidad; es cierto que hay que exigir lo mejor, pero también hay que constatar los pasos que damos y que nos sirvan de estimulo para que seamos nosotros también los que pongamos de nuestra parte; nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho y muchos interesados casi nos camelan con algunas cosas para tenernos contentos, pero vete a saber lo que hay por detrás.

Algunas veces nos tocan momentos duros, difíciles, donde las cosas no marchan como nosotros quisiéramos o aparecen nuevas situaciones que nos lo revuelven todo. Como nos está sucediendo ahora con la situación que vivimos, y que muchas veces no sabemos a quien acudir, quien nos puede dar soluciones, quien nos ayudará de verdad a salir de donde estamos. Como nos puede suceder en tantas situaciones de sufrimiento por un motivo o por otro por donde tenemos que pasar tantas veces en la vida. No nos gusta sufrir y es algo que llevamos muy mal, muchas veces hasta podemos caer en la desesperación.

Quizá también se nos meten por medio muchas serpientes que enredan, que nos envenenan, que crean en nosotros situaciones difíciles; o quizá la serpiente la llevamos dentro de nosotros con nuestra malicia, con nuestras desconfianzas, con nuestros deseos de vivir bien sea como sea, con las apetencias que se nos meten en el corazón, con las vanidades con que podemos ir envolviendo nuestras vidas, con nuestros orgullos o con nuestras violencias. El mal se nos mete en el corazón, y con ese mal queremos muchas veces envenenar también a los demás. Con nuestra malicia manifestada de mil maneras podemos ser serpiente que envenene a los que nos rodean.

Me ha dado pie a toda esta reflexión lo que hoy se nos ofrece en lectura del libro de los Números. El pueblo caminaba por el desierto, lo que ya de por sí era algo bien duro, pero en búsqueda de la libertad; el Señor los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, ahora tenían que atravesar todo el desierto del Sinaí para llegar a la tierra que Dios les había prometido. El camino era duro y venían momentos de cansancio y desaliento, con deseos incluso de volverse a Egipto o haberse quedado en Egipto. Y de ese camino duro que les llevaba a la libertad como pueblo ahora se quejan y se rebelan contra Dios.


Como una imagen se nos habla de una invasión de serpientes en el campamento que les muerden y les envenenan llevándoles a muchos a la muerte. Algo que pudo suceder, pero que es imagen del estado de ánimo interior por el que iban pasando. Y aunque rebeldes contra Dios al final acuden a Yahvé que les libere de aquellas serpientes; como una señal había de levantarse en medio del campamento como en un estandarte la imagen de una serpiente. Era un reconocimiento de su mal ánimo pero una señal de liberación interior.

Toda esta reflexión nos la estamos haciendo en la fiesta litúrgica de la exaltación de la santa Cruz en este 14 de septiembre. Y en el texto que se nos ofrece en el evangelio, final de las palabras entre Jesús y Nicodemo, Jesús nos propone precisamente esa imagen de la serpiente levantada en lo alto. Pero ahora no será la serpiente, sino que Jesús nos dirá que será el mismo el que sea levantado en lo alto, a la manera de aquella serpiente que levantó Moisés en el desierto, porque es en El en quien encontramos la salvación.

Decíamos antes que lo que nos sucede nos hace andar desorientados, sentimos que el mal se nos ha metido en el corazón y está envenenando nuestro mundo, no nos sentimos satisfechos con el camino que hacemos y en el fondo todos queremos algún tipo de liberación. Pero no es una liberación cualquiera la que nos ofrece Jesús. No se trata de que nos aparezca un líder en nuestro mundo y nos dé caminos de soluciones a los problemas que tengamos; no son esas soluciones parciales las que necesitamos, sino algo más hondo que se produzca de verdad en el interior del hombre, en el corazón de la persona.

Como nos dirá Jesús en otra ocasión, es de dentro, del corazón de donde salen los malos deseos y toda clase de mal; pues es ese corazón el que tenemos que cambiar. Y nosotros miramos a Jesús, el que está levantado en alto, al que contemplamos en una cruz para señalarnos y decirnos como desde un amor como el que tuvo El por nosotros es como encontraremos esos caminos de liberación, esa transformación del corazón.

Miramos a lo alto de la cruz, como decimos en la tarde del Viernes Santo, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Es lo que hoy queremos celebrar, porque sólo Jesús es nuestro salvador, sólo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo, sólo Jesús es el que arrancará de nosotros ese veneno del pecado, del mal, del sufrimiento, del odio y del desamor para llenarnos de su gracia, para llenarnos de su vida nueva.

Serán duros los caminos que vamos haciendo en la vida, o mejor con nuestro veneno hemos hecho duro ese camino porque nos hemos llenado de mal, pero sabemos donde encontramos la salvación. Miramos a la cruz y miramos a Jesús. Nos sentiremos renovados por su amor que es gracia y salvación para nosotros. Nos sentiremos transformados por su amor y comenzaremos a amar con un amor semejante porque así es como llevaremos esa liberación verdadera a nuestro mundo.

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

 


Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Necesitamos vivir en la autenticidad, quitándonos las caretas de las apariencias y vanidades, dejando de aparentar lo que realmente no somos. A veces somos lobos con piel de carneros; queremos aparecer como cumplidores, aparentar una bondad que no tenemos, disimular aquello que bien sabemos que son nuestras piedras de tropezar; aparecemos con carita de buenos, pero vete a saber lo que llevamos por dentro, nuestras malas intenciones, la doblez de nuestra vida, llenos de malos deseos que queremos no controlar, sino disimular. ¿Dónde está la sinceridad y autenticidad de nuestra vida?

Y digo no controlar, sino disimular porque parece que fuera la tarea fácil; ese control de nosotros mismos, ese dominio de nuestra persona, nuestro carácter y temperamento se nos hace difícil y nos brota cuando menos lo esperamos ese incendio de la ira, esos eructos de orgullo y de soberbia que al final nos hacen bien difícil la convivencia; nuestra tarea sería tener ese dominio de nosotros mismos para controlar esos impulsos, para encauzar esa fuerza y ese fuego que llevamos por dentro pero para hacer lo bueno con la misma pasión.

Eso que llevamos por dentro es lo que tendríamos que controlar y no quedarnos en apariencias ficticias que se convierten en vanidad y alimentan nuestro orgullo. Es lo que quiere decirnos, entre otras cosas, Jesús hoy en el evangelio. Sigue rondando lo que ya antes había corregido a los fariseos tan pendientes del cumplimiento ficticio que lo traducían en nimiedades como el hecho de lavarse o no las manos cuando regresaban de la plaza, como ayer ya reflexionamos. Si comían con manos impuras, decían, estaban comiendo impureza, se estaban convirtiendo en personas impuras; eso llevaba al trato y convivencia que se convertía en inhumano, por ejemplo, con los enfermos sobre todo los leprosos, eso hacia referencia a todo lo que pudiera ser estar en contacto con sangre o todo efluvio de humores del cuerpo, y así muchas cosas más que podían hacerlo impuros, pero desde fuera.

Jesús hoy les dice que no, que se miren por dentro, que miren donde están sus malas intenciones y deseos, de donde brotan los orgullos y el amor propio, desde donde aparece la vanidad, desde donde brotan esas palabras que se pueden convertir en injuriosas o insultantes contra los demás, desde donde fluya la frivolidad de la vida. Ahí tenemos que ver el mal que nos corroe, nos llena de podredumbre y con la que podemos dañar a los demás. Eso es lo que en verdad tenemos que cuidar, no en lo que entra por la boca, que en fin de cuentas al final va a parar a la letrina, como claramente lo dice.

Por eso, como decíamos al principio, necesitamos más autenticidad en nuestra vida, más sinceridad con nosotros mismos que se ha de traducir también con la sinceridad, humildad y sencillez con que hemos de tratar a los demás. Pero cuando sabemos ser humildes, reconocer sinceramente los defectos o fallos que tenemos por dentro, por la verdad con que vivimos la vida seguramente que no seremos exigentes ni intransigentes con los demás, sino que sabremos respetarnos, apoyarnos, ayudarnos mutuamente a hacer el camino sabiendo que todos tenemos piedras con las que podemos tropezar.

Ya nos dirá Jesús en otro momento que tenemos que ser compasivos y misericordiosos con los demás, pero eso va a surgir casi de forma espontánea cuando aprendemos a sentir en nosotros también esa compasión y misericordia. El amor que recibimos y el amor con que queremos vivir nos hacen ser sinceros y nos hace ser humildes.

martes, 9 de febrero de 2021

Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

 


Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Ahora sí toca lavarse las manos. Nos lo están repitiendo, como solemos decir, por activa y por pasiva; dada la situación y peligro de contagio que ahora vivimos una de las normas que han tratado de imponernos o al menos convencernos de que es muy importante que lo hagamos, es lo de lavarse las manos; cuando vamos a algún sitio, salimos o entramos en casa, estamos en contacto con lugares o personas donde habitualmente no hacemos la vida, nos ofrecen ese gel con alcohol para que evitemos algún tipo de contagio. Hoy es necesario y no podemos, es cierto, tomarlo a la ligera, cuando además podemos poner en peligro también la salud de los demás.


Pero pensemos en cuando pase todo esto, hayamos vencido este virus y no andemos con la mosca tras la oreja con el peligro de contagios, pensemos, digo, que esto se nos trate de imponer prolongando la norma y hasta le diéramos un sentido sagrado o religioso. Diríamos que nos estamos saliendo de madre, porque una cosa es ese lavarnos por higiene y en evitación de peligros de contagios y otra que lleguemos a convertirlo en un signo religioso que si no lo realizamos lo estamos convirtiendo hasta en pecado.

Eso pasaba entre los judíos. Eran gente del desierto en su origen, habían vivido trashumantes de un lugar para otro y en condiciones donde la higiene no era fácil, sobre todo viviendo en lugares desérticos, y las enfermedades se contagiaban fácilmente de unos a otros por esa falta de higiene. Sabiamente, podríamos decir, con la sabiduría del hombre del desierto, se implicaba a la gente en tratar de vivir higiénicamente de la mejor manera posible; quienes hemos vivido en el campo y con costumbres campesinas en el cuidado de ganados, por ejemplo, sabemos como tenemos que cuidar esa higiene para no caer en infecciones innecesarias.

Pero esto se había convertido en ley en el pueblo judío y en ley de carácter religioso; la purificación no era ya el cuidado de la higiene sino que se convertía en tema de impureza legal y religiosa; sabemos de lo estrictos que eran sobre todo en el peligro de contagio de algunas enfermedades como era la lepra, y todas las consecuencias que tenia en la convivencia de la gente cada día.

Es lo que ahora los fariseos le están planteando a Jesús, sobre todo en relación a sus discípulos y las costumbres que veían que tenían. Sentarse a la mesa para comer el pan sin antes lavarse las manos no era cuestión solo de higiene por aquello de lo que hubiéramos tocado anteriormente, sino que se convertía en algo con un sentido religioso y formal, era una impureza legal de la que estaban echando en cara a Jesús por permitirlo a los discípulos.

Jesús quiere hacerles comprender el sentido de las normas y como no podemos quedarnos en cosas externas sino que tenemos que ir a lo más hondo del corazón. ¿De qué nos vale que externamente nos presentemos muy rectos y cumplidores si interiormente nuestro corazón está lejos de la verdadera ley de Dios? Jesús les pone incluso el ejemplo de la ofrenda que hacían al templo de sus bienes y ya no se veían obligados a la atención de sus padres, de sus mayores. ¿Dónde quedaba entonces el cuarto mandamiento de honrar a los padres?

Empleamos mucho esfuerzo en esa limpieza externa, en el cumplimiento de las normas, pero, ¿dónde tenemos puesto nuestro pensamiento? Es como cuando vamos a una celebración y estamos tan pendientes de los más pequeños ritos que al final estamos tan distraídos en ello que no terminamos de vivir nuestra unión con Dios.

Nada tendría que distraernos de lo que es verdaderamente importante; muy preocupados, por ejemplo, por el porte externo e incluso la vestimenta de quien está haciendo una lectura en una celebración pero no estamos prestando atención a lo que en esa lectura se nos está diciendo de parte de Dios. ¡Cuántas veces andamos así de distraídos! Estoy poniendo estos ejemplos pero en cuántas cosas nos sucede en la vida que le damos más importancia a lo secundario que a lo que es lo fundamental.

Ahora toca lavarnos las manos, decía al principio, haciendo referencia a la situación de pandemia en que vivimos; pero ahora toca purificarnos interiormente tenemos que decir porque hay algo que sí nos mancha por dentro cuando dejamos meter las raíces del mal en nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado.