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martes, 10 de febrero de 2026

Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

 


Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7, 1-13

Solemos decir que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto. En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se convierten en tradiciones de nuestra vida.

¿Es este el método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.

Mucho cuidado hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.

Es lo que venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores. Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito religioso?

Se les impone a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’, les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?, ¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?

Son los planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.

jueves, 26 de junio de 2025

Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29 ¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada. Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona. ¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos. ¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida. Hoy Jesús nos está previniendo. Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.



Busquemos los cimientos del evangelio, construyamos con los bloques de los mejores valores, en un encuentro vivo con el Señor y el Evangelio, la luz para nuestras vidas

Génesis 16, 1-12. 15-16; Salmo 105; Mateo 7,21-29

¿Dónde fuiste a edificar tu casa? Por económico empleaste unos materiales cualesquiera y mira ahora como se te está cayendo la casa. Lo habremos visto alguna vez o nos habrá sucedido en alguna obra que hemos emprendido, por no tener materiales de calidad pronto se nos vino abajo. Ya es algo que cuidamos bien porque nos cuesta nuestros dineros – parece que el dinero siempre anda por medio y condiciona muchas de las cosas que queremos hacer – y procuramos tener buenos proyectos, buscar buenos constructores, tener buenos materiales y cuidar su construcción desde los cimientos hasta verla terminada.

Pero ¿haremos eso realmente con nuestra vida? Por medio anda la superficialidad con que nos tomamos muchas cosas, empezando por nuestra preparación y formación. Queremos salir del paso, queremos lograr las cosas con el mínimo esfuerzo, queremos quizás al final tener un titulo, pero sin habérnoslo de verdad ganado. Es una lástima lo que tantas veces contemplamos en la gente joven que no sabe aprovechar esos tiempos de formación, de estudios, de ir de verdad avanzando en la vida para lograr no solo una calificación sino una verdadera madurez como personas. Así nos va, porque esos serán los que luego querrán dirigir el mundo, pero con muchos vacíos en su persona.

¿Irán también por esos rumbos nuestros caminos de fe, nuestra vivencia como cristianos? Hemos tenido tiempos en que parecía que todos éramos cristianos, que nuestra sociedad era cristiana y ahora estamos llegando a tiempos de indiferencia, de enfriamiento espiritual desde un sentido cristiano, a una cierta descristianización de nuestra sociedad. ¿Nos dormimos en los laureles de aquellos tiempos en que parecía que todo era floreciente y no nos preocupamos de una verdadera formación como cristianos? Nuestra sociedad ha perdido esos cimientos cristianos, sobre los que pensábamos que estaba construida. Desde aquellos momentos de mucho fervor religioso en que parecía que todos vivíamos con intensidad nuestra fe cristiana, pasamos a estos tiempos de frialdad y de indiferencia, a estos tiempos en que quizás el hecho religioso se mira más como una tradición pero no como algo que tenemos que vivir hondamente. Y claro cuando no hay hondura en lo que vivimos o celebramos, primero la tibieza se va apoderando de nuestros espíritus pero terminar en un abandono hasta de los más elementales sentimientos religiosos.

¿Qué estaremos haciendo para recuperar ese sentido cristiano de la vida para nuestra sociedad? No basta con rescatar costumbres y tradiciones, es necesario ir a una hondura de la fe que solo puede construirse desde una escucha profunda y atenta del evangelio y de un encuentro vivo con Jesús. ¿Con las tradiciones religiosas que estamos desenterrando o tratando de mantener lo lograremos? Cuidado que solo lo hagamos por costumbres o por tradiciones que tenemos que mantener pero falte esa fe profunda que luego tiene que trasparentarse en la vida.

Hoy Jesús nos está previniendo.  Nos está diciendo que no basta decir ‘Señor, Señor’, si luego no hay vida. No nos basta decir si es que nosotros somos cristianos de toda la vida, nuestros pueblos son muy cristianos porque aquí se hacían procesiones preciosas, si luego en el día a día no estamos viviendo esos valores del Evangelio. No nos basta con que preparemos unas celebraciones esplendorosas y cuidemos al máximo nuestros adornos florales, porque el humo del incienso se disipa, las luces de nuestro esplendor se apagan y las flores terminan secándose y no nos valdrán para nada.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús. Los cimientos sobre los que tenemos que edificar la casa para que los vientos y los temporales no se la lleven. Busquemos esos cimientos del evangelio, construyámoslo con esos bloques de nuestros mejores valores, que haya ese encuentro vivo con el Señor y con su Palabra, que el Evangelio sea verdad la luz que guíe nuestra vidas, y que todo eso se traduzca en nuestra manera de actuar, en nuestro amor auténtico y verdadero, y en ese mundo mejor por el que nos estaremos comprometiendo para construirlo. Empleemos los mejores materiales.


martes, 11 de febrero de 2025

No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

 


No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

Génesis 1,20–2,4ª; Salmo 8; Marcos 7,1-13

Esto siempre se ha hecho así, habremos escuchado en más de una ocasión, o acaso también nosotros lo hemos dicho y argumentado más de una vez; ¿por qué se ha hecho así?, podríamos preguntar, y ¿por qué tenemos que seguirlo haciendo igual si podría haber otra forma mejor? Costumbres arraigadas en la manera de ser y de hacer de la gente, tradiciones que en cierto modo se convierten en leyes, rutinas de hacer las cosas de la misma manera porque nadie les abrió los ojos para ver que se puede hacer de distinta manera y tendrá más efectividad y por eso seguimos haciendo lo mismo.

Nos sucede en muchos ámbitos de la vida, en los trabajos, en las cosas de la casa, en la manera de ver las situaciones, en cerrazones mentales que les impide buscar algo nuevo y mejor; hasta no hace muchos años me encontré personas y con un cierto nivel incluso cultural que no querían la máquina de escribir, y muchos menos podrían pensar en los teclados de un ordenador, porque ellos escribían a mano como lo habían hecho siempre. Cuánto le ha costado a mucha gente, por ejemplo, entrar en el mundo de la informática desde hacer solo lo que desde niños le enseñaron a hacer.

Pero no me estoy planteando esto solamente desde esas cosas podríamos decir materiales en donde podemos contemplar ese avance de la vida, sino quiero referirme mejor a esos planteamientos sobre el sentido de la vida, por ejemplo, y ahí podría entrar toda una forma de pensar y en consecuencia de actuar, que se puede traducir en unos planteamientos o condiciones éticos y morales o que se va a manifestar en la trascendencia que le podemos dar a nuestra vida, con lo que entramos en todo lo que hace referencia a la religión y la forma de expresarla.

Una fe que se nos ha ido trasmitiendo y también descubriendo en lo más hondo de nosotros mismos, una fe que nos ha dado un sentido a nuestra vida cuando vamos descubriendo todo lo es ese plan de Dios para el hombre, para la humanidad, una fe que vamos plasmando en unos principios que rigen nuestra vida y en una forma de relacionarnos con ese Dios a través del culto. Hay cosas que son esenciales en si mismas pero hay formas de expresarnos que con consecuencia de lo que vivimos en unión y comunión con los demás.

El pueblo de Dios tenía lo que era la ley Mosaica, la ley de Moisés, desde aquella manifestación de Dios en el Sinaí y la expresión de lo que era la voluntad de Dios. Era lo que había constituido aquel pueblo unido en una misma fe, pero al mismo tiempo se habían ido forjando unas expresiones propias de un momento o una situación determinada; pero con el paso del tiempo se habían ido como acumulando expresiones o manifestaciones propias de un momento determinado pero que no tenían que ser ley o norma universal para siempre. Era lo que aquellos que se consideraban más fieles a la ley de Moisés querían imponer y conservar; surgieron así aquellos movimientos religiosos sociales de los fariseos, los saduceos y otros grupos que se habían ido constituyendo como dominantes y dirigentes del pueblo de Dios.

Pero la presencia y el mensaje de Jesús significaban un aire renovador, un aire nuevo porque Jesús quería que nos centráramos en lo que era lo fundamental y no nos quedáramos en las vanidades de las apariencias que a nada conducían. Son los enfrentamientos que comienzan a surgir con Jesús. Hoy nos aparecen protestando, por así decirlo, porque los discípulos de Jesús no cumplían con aquellas tradiciones que ellos decían que habían recibido de sus antepasados.

Aparece el tema de la purificación que se había convertido en algo formal y externo, pero que no llegaba profundamente al corazón. Lavarse las manos o comer con manos limpias era lo que mantenía puro el corazón, según ellos, pero Jesús quiere hacernos comprender que la pureza no está en lo exterior sino la tenemos en el interior del corazón. ‘¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?

Era lo que siempre se hacía, pero no llegaban a plantearse donde estaba la verdadera pureza que tendría que haber en la vida. Una norma higiénica para evitar quizás contagios y sobre todo en un pueblo errante por aquellos desiertos se había convertido en ley de purificación; lo que podía ser una imagen que nos hablara de algo profundo, se había quedado en convertir la imagen en ley. Y así Jesús les hace ver que en muchas otras cosas habían introducido sus normas y costumbres anulando la ley del Señor que era muy anterior que todo aquello y más importante y esencial. Pero era algo que les costaba aceptar, por lo que se resistían a la novedad del evangelio de Jesús.

No nos quedemos en pensar y juzgar la actitud de aquellos fariseos o de las gentes en los tiempos de Jesús y pensemos y reflexionemos por donde van realmente nuestros caminos. ¿No nos habremos llenado también de unas tradiciones y costumbres que algunas veces desvirtúan toda la novedad del evangelio de Jesús? ¿Dónde hemos puesto el evangelio? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Nos estaremos dejando impregnar de verdad por los valores del evangelio o aun seguimos con nuestras vanidades y apariencias? Creo que gastamos mucho esfuerzo muchas veces en nuestras comunidades en vanidades que no son lo esencial del evangelio.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

 


Con la autoridad de nuestra fe y nuestro amor sigamos sembrando la buena semilla para hacer florecer las flores de un mundo nuevo aunque no nos entiendan

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres? ¿Quién eres tú para meterte en lo que yo hago? ¿Quién te ha dado autoridad? Algo así habremos oído, nos habrán dicho quizá, cuando con nuestra buena voluntad cuando vimos algo que no nos agradaba intervenimos para poner paz quizás en un conflicto, para hacer entrar en razón a alguien, o simplemente para echar una mano y hacer que las cosas marcharan bien.

No nos gusta quizás que se metan en nuestras cosas, vivimos en una rutina conformista y decimos que las cosas tienen que ser así y por qué hay que cambiarlas si a nosotros nos parece bueno o ya nos arreglamos, nos molesta quizás que nos hagan pensar y razonar, nos sentimos heridos en nuestro orgullo cuando nos hacen ver que andamos equivocados… mil razones que nos buscamos, para no aceptar que nos corrijan, o que nos ayuden a ver cómo las cosas han de ir por otro camino. Terminaremos diciendo aquello de ‘siempre ha sido así’.

Era lo que Jesús se estaba encontrando con aquello que estaba establecido, con sus ideas preconcebidas o interesadas de cómo habían de vivir su religiosidad, con la idea que tenían de Dios en contraposición a lo que Jesús les estaba descubriendo. Mientras la gente sencilla se admiraba de lo que Jesús decía y hacía, se sentían liberados de unas formas de entender la vida y la religiosidad que se convertía en algo que les oprimía, o se despertaban sus esperanzas de que algo nuevo y distinto tenía que suceder con lo que tuvieran una nueva ilusión, una nueva visión de la vida, los dirigentes del pueblo en el ámbito religioso y social se resentían y se resistían a lo que Jesús enseñaba, a lo que Jesús les decía que tenía que ser el sentido del Reino de Dios que les anunciaba. ¿Qué tipos de intereses podía haber por medio?

Con preguntas hechas de forma capciosa, con halagos en otras ocasiones, enfrentándose de alguna manera a la forma de actuar de Jesús ya comenzaban a manifestarse. En ocasiones trataban de desprestigiarlo porque comía con pecadores, con publicanos y prostitutas, ahora, después de haber expulsado Jesús a los vendedores del templo – hemos de tener en cuenta que el texto de hoy es continuación de ese texto mencionado – vienen a preguntarle qué derecho tenía Jesús para hacer eso, para expulsar a los vendedores del templo, cuando ‘siempre eso había sido así’. Jesús trataba de purificar el templo para que en verdad fuera casa de oración y de encuentro con Dios como tenía que ser todo templo.

Pero Jesús en su sabiduría ahora no les responde sino más bien les plantea como un dilema que ahora ellos no saben o no quieren responder. ¿No me respondéis? ¿Yo tampoco os hablo de mi autoridad? Eso tenéis que descubrirlo por vosotros mismos. Realmente era algo profético lo que Jesús había realizado, como tantos signos con los que los profetas les habían hablado en otros tiempos y tenían contenidos en la Escritura Santa.

Y no podemos olvidar los cristianos hoy que Jesús a nosotros nos ha confiado la misma misión y nos ha dado la misma autoridad. Y nuestra misión es seguir siendo sembradores de la buena semilla, aunque no siempre caiga sobre la buena tierra que necesita. Pero ahí están esas semillas de bondad y de amor, de paz y de concordia, de autenticidad y de sinceridad, de fraternidad y de comunión que tenemos que seguir sembrando. Es el buen olor que tenemos que dejar a nuestro paso en la vida. Son las flores de vida y colorido que hemos de hacer crecer.

Es cierto que nos sentimos débiles, es cierto que algunas veces tenemos tropiezos o cometemos errores, pero llevamos la verdad de Jesús en el corazón, estamos inundados de su amor, tenemos que resplandecer con su luz. No podemos desistir. Tenemos la autoridad de nuestra fe y de nuestro amor. Es lo que mantiene nuestra esperanza. Es lo que nos fuerzas para seguir adelante aunque seamos cuestionados o rechazados.

No puede pesar en nosotros la historia oscura que podamos tener detrás, pero ahora tenemos la luz de Jesús, ahora nos hemos llenado de su vida y de su Espíritu. El está con nosotros y esa es nuestra autoridad. Es lo que hará que seamos capaces de darle la vuelta a muchas cosas para darle un nuevo sentido, es lo que nos convierte en profetas de algo nuevo que tenemos que hacer brotar, que tenemos que construir.

Es lo que nos hace decir una palabra buena y en el momento oportuno, es lo que nos impulsa a ese gesto valiente de generosidad, es por lo que iremos transformándonos nosotros para poder transformar nuestro mundo.

jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


jueves, 7 de septiembre de 2023

Son necesarios hoy cristianos valientes y arriesgados que se lancen por el mundo para ser nuevos pescadores de hombres

 


Son necesarios hoy cristianos valientes y arriesgados que se lancen por el mundo para ser nuevos pescadores de hombres

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Nos habrá sucedido. Una persona por la que sentíamos gran aprecio, o tal vez un amigo de mucha confianza, nos pidió en determinado momento que hiciéramos algo - por supuesto que no era ninguna cosa dañina - pero que a nosotros quizás nos parecía algo descabellado, algo que no se podría realizar por lo difícil, o incluso imposible, pero ante la insistencia de esa persona o amigo al final nos decidimos a realizarlo y nos salió muchísimo mejor que lo que esperábamos. Fue la confianza en el amigo lo que al final nos motivó, sobre todo por no desairar, por contentarlo, aunque nosotros pensábamos que no se tendría resultado. 

La confianza hizo posible aquello que nos parecía imposible; y esto nos puede suceder en muchos aspectos de la vida que pueden referirse también a nuestra superación personal en algo en lo que de alguna manera teníamos que crecer, o de lo que tendríamos quizás que arrancarnos para buscar algo mejor. Nos comemos, por así decirlo, nuestro orgullo, pero al final salimos enriquecidos. Ojalá, nos decimos, tuviéramos más confianza en aquellos que están a nuestro lado y quieren ayudarnos, o quieren que abramos nuevos caminos en la vida.

Algo así estamos contemplando en el evangelio. Estamos en unos primeros momentos de la predicación de Jesus, pero ya la gente se interesaba por su palabra y querían escucharle, y también ya algunos comenzaban a mostrar su confianza en Jesus que tantas esperanzas despertaba en sus corazones. 

Una multitud grande se había congregado allí en la orilla del lago, y ya se hace difícil que todos puedan verle y escucharle. Por eso Jesús se atreve a subirse en una de aquellas barcas que han regresado de su faena, mientras los pescadores andan lavando y ordenando las redes para futuras faenas. Desde allí, con la gente reunida en la playa, puede hablarles mejor para que todos le puedan escuchar.

Terminado el rato de su enseñanza a la gente Jesús les pide a los pescadores, era la barca de Simón Pedro, que remen mar adentro en el lago para echar las redes. Pienso en la cara de asombro de los pescadores cuando ellos están cansados de haber pasado una noche bregando sin coger nada. Pero es ahí donde aflora la confianza de aquellos pescadores que ya se han ido entusiasmando por la predicación de Jesús y comienzan a mostrar interés por hacerse sus discípulos. Es Pedro el que se adelanta. 'Hemos estado toda la noche bregando sin coger nada - bien conocemos nosotros el lago y sabemos que hay momentos en que no hay remedio porque no hay nada que pescar - pero porque tú lo dices, por tu palabra, echaré las redes' de nuevo.

Ya conocemos el resultado por lo que nos narra el evangelio. Era tan grande la redada de peces que tuvieron que llamar a los compañeros de la otra barca para que les ayudaran. No salían de su asombro. Simón Pedro se siente sobrecogido. Está sintiendo que algo grande está sucediendo, que allí está la mano de Dios  que toca sus vidas por la presencia de Jesus. 'Apártate de mí, que soy un pecador', terminará diciendo Simon Pedro y postrándose a los pies de Jesus. Pero Jesus quiere contar con ellos para algo más que tener una pesca milagrosa como la que ahora ha sucedido. Jesus quiere confiarles un día una misión. 'Venid conmigo y os haré pescadores de hombres'.

Habían sido capaces de despojarse de su yo, de lo que habían sido sus experiencias de vida hasta entonces, lo que hasta entonces sabían hacer, habían sido capaces de confiar en algo nuevo y distinto aunque eso cambiará todos sus esquemas mentales. Y eso no es fácil. Pesan mucho nuestras costumbres, nuestras rutinas, lo que hemos hecho siempre, lo que creíamos que sabíamos muy bien hacer desde siempre para comenzar a hacer algo nuevo y distinto. 

Cómo nos cuesta arrancarnos de una costumbre que está muy arraigada en nuestra vida, cómo nos cuesta arriesgarnos a algo nuevo que no nos ofrece tantas seguridades como aquello que estamos acostumbrados a hacer, cómo nos entran suspicacias y desconfianzas cuando nos ofrecen algo nuevo que no conocemos y que nos aseguran que podemos realizar. Nos pueden muchas veces nuestros miedos y no queremos arriesgarnos.

Como nos recordaba el Papa Francisco en las Jornada Mundial de la Juventud: 'Para echar nuevamente las redes al mar, es necesario dejar la orilla de las desilusiones y del inmovilismo, tomar distancia de esa tristeza dulzona y de ese cinismo irónico que nos asaltan frente a las dificultades. Es necesario hacerlo para pasar del derrotismo a la fe, como Simón que, aun habiendo trabajado en vano toda la noche, afirmó: Si tú lo dices, echaré las redes'.

¿Qué estaríamos dispuestos nosotros a hacer en este sentido? ¿A qué estaríamos dispuestos a arriesgarnos? ¿No necesitará la Iglesia de hoy tener esa valentía y arrojo del Espíritu para poder responder a las angustias y a las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Se necesitan cristianos valientes y arriesgados para lanzarnos por el mundo para ser en verdad nuevos pescadores de hombre, como nos está invitando Jesús.


sábado, 31 de diciembre de 2022

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

 

Despertemos a la luz, despertemos a la vida, quienes la han recibido, han recibido el poder ser hijos de Dios, iluminados vayamos a llevar la luz a los demás

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Aquella mujer se había encerrado en un cuarto oscuro y tenía también cerradas todas las puertas y ventanas por donde pudiera entrar un rayo de luz; cuando la encontraron así lo primero que quisieron hacer era abrir las ventanas, encender las luces pero aquella mujer no se los permitió de ninguna manera. ¿Qué le sucedía? ¿Le hacía daño la luz a sus ojos? Algunas enfermedades pueden producir ese efecto, ese daño y esas personas no soportan la luz. ¿O es que se había acostumbrado a aquel mundo de tinieblas y eso le bastaba a ella y no necesitaba otra cosa? Resultaba incomprensible para quienes con buena voluntad querían ofrecerle los resplandores de la luz. Nos parece que un mundo de sombras es incomprensible, imposible de vivir.

Hablando en lenguaje figurado ¿no nos encontraremos también en la vida quienes rechazan la luz? El que no quiere saber, no quiere adquirir conocimientos, el que prefiere no enterarse, el que no busca la verdad, el que solo se busca a sí mismo y solo quiere ser luz para sí, el que quiere vivir aislado en la vida y no soporta que nadie le pueda decir algo, darle una orientación, el que prefiere la maldad de su corazón con sus desconfianzas, sus sospechas, sus juicios condenatorios, el que rechaza la fe. Nos puede suceder que estemos prefiriendo las tinieblas.

No nos puede resultar extraño esto, no nos puede resultar extraña la actitud de aquella mujer que prefería seguir viviendo con las ventanas cerradas para no dejar entrar la luz. Es que nos está sucediendo más de la cuenta. Es lo que nos encontramos en nuestro mundo; es lo que vemos en tantos a nuestro alrededor que no quieren admitir la posibilidad de algo distinto, de algo superior, de algo mejor, porque dicen que se bastan a si mismos, y tampoco quieren necesitar de Dios.

Pudiera suceder también que los que tenemos luz no sabemos ofrecerla a los demás, que nuestras luces no brillen lo suficiente, que no impacten como algo nuevo y distinto que llame la atención. Uno camina por la vida y nos encontramos con tanta gente indiferente, descreída, que ha abandonado toda posibilidad de unos sentimientos mismamente religiosos. Hay más gente en sombras a nuestro alrededor de lo que imaginamos, porque realmente muchas veces los cristianos tampoco pensamos en eso, tampoco tenemos la inquietud de ofrecer nuestra luz a los demás.

Pienso en la sociedad en la que vivo, donde todos nos decíamos cristianos, se hablaba de la España católica con tantos aires quizás de triunfalismo en otros tiempos y vemos por donde van los derroteros de nuestra sociedad en nuestros tiempos. Todavía decimos que hay unos sentimientos religiosos porque hacemos unas fiestas o celebramos con un brío muy grande la semana santa, o todos dicen que estamos ahora mismo en navidad. Pero lo hemos convertido en costumbres y tradiciones para unos momentos determinados, para realizar unos actos que se convierten simplemente en actos sociales, pero el sentido del evangelio, el sentido de Cristo no ha calado en la mayoría de esas personas.

Las tinieblas nos están invadiendo. Realizando actos que tradicionalmente los hemos llamado religiosos sin embargo se sigue caminando a ciegas, y la fe no impregna de sentido las vidas de esas personas. Se realizan en un momento determinado esas tradiciones pero luego se vive como si no se tuviera fe. Terminamos porque incluso la gente va a la Iglesia para unos determinados ritos y ya no sabe ni como ponerse ni qué hacer. Y decimos que vivimos en una sociedad que es cristiana. Habría que poner un interrogante.

Hoy hemos escuchado la primera página del evangelio de san Juan. Se nos habla de la Palabra, de la vida, de la luz. Se nos habla de la Palabra que planta su tienda entre nosotros para hablarnos del misterio de la encarnación de Dios, que hemos venido celebrando, que aún estamos celebrando. Pero se nos habla de las tinieblas que no se quisieron dejar iluminar por la luz. Nos está hablando de nuestra realidad, esa que tenemos a nuestro lado o acaso en nosotros mismos. Despertemos a la luz, despertemos a la vida. Quienes la han recibido, como un don de Dios, han recibido el poder ser hijos de Dios.

Que iluminados con esa luz vayamos a llevarla a los demás. Que demos buen testimonio. Que seamos auténticos testigos de la luz para que vuelva a iluminar nuestro mundo. Lo necesita. Nos necesita. Necesita esa Luz que solo en Cristo podemos encontrar.

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

sábado, 24 de abril de 2021

Queremos alimentarnos de su Cuerpo porque tenemos la certeza de que tiene palabras de vida eterna y que nos resucitará en el último día

 


Queremos alimentarnos de su Cuerpo porque tenemos la certeza de que tiene palabras de vida eterna y que nos resucitará en el último día

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Ya vendrá el tiempo de las rebajas, nos decimos, y miramos bien aquello que nos apetece para buscarlo y tratar de encontrarlo cuando venga el tiempo de las rebajas; mientras tanto nos podemos pasar sin eso, lo que puede significar también que aunque lo apetecemos porque puede ser bonito o vistoso lo minusvaloramos esperando los tiempos de las rebajas.

Pero lo de tiempos de rebajas no solo lo pensamos a nivel comercial, que además se han convertido en una rutina que se repetirá todos los años o en diferentes épocas, sino que eso lo queremos llevar a otros aspectos de la vida que son más importantes. Y ahí está cuando estamos buscando rebajas en las exigencias de la vida; nos cuesta sacrificarnos, nos cuesta realizar esfuerzos de superación que nos exijan grandes sacrificios, nos cuesta mantener una línea de exigencia que en verdad nos haga crecer y más bien nos acostumbramos a las rutinas, a la ley del mínimo esfuerzo, o a conformarnos con aquello que no nos haga salir de nuestras comodidades o costumbres de siempre que no siempre las costumbres se convierten en virtudes sino que más bien tenemos el peligro de caer en la ramplonería.

¿Esperarían los judíos de Cafarnaún que hemos visto estos días en diálogo con Jesús que llegaran también las rebajas en las palabras de Jesús? ¿Esperarían que Jesús iba a cambiar el sentido de sus palabras porque a ellos les parecieran exigentes? Lo último que les ha dicho Jesús de comer su carne y beber su sangre para poder tener vida, les ha parecido duro. Y viene el rechazo, pero viene también la huida, el no querer escucharle, el dejar de seguirle, el abandono del camino. Muchos dieron la vuelta y se marcharon.

Pero no nos extrañe la actitud de aquellas gentes porque esto es algo que se ha seguido repitiendo y algo que nos sucede hoy. Cuántas veces hemos escuchado - ¿acaso lo habremos dicho también? – la Iglesia tiene que cambiar, tiene que adaptarse a los tiempos que vivimos; y pensamos en exigencias morales, en principios fundamentales de la vida, en planteamientos de la doctrina de la Iglesia e incluso del Dogma; ya sea en cuestiones de moral sexual como en cuestiones sociales, ya sea en lo que es su estructura y lo que significa y representa el sacerdocio de Cristo y en consecuencia todo lo relacionado con el Orden Sacerdotal y la vida de los sacerdotes, ya sea en la cuestión del valor y dignidad de la vida y de toda vida desde que es engendrada hasta su muerte natural, y así tantas y tantas cuestiones en las que escuchamos las opiniones más diversas. Cuántos abandonos de la pertenencia a la Iglesia o cuánta gente que se crea su moral y ética a su gusto porque lo que la Iglesia le enseña les parece demasiado duro y exigente.

Hay una cuestión muy importante detrás de todo esto. ¿Cómo nos planteamos nosotros el seguimiento de Jesús? ¿Qué significa Jesús para nosotros? ¿Hasta que punto estamos dispuestos a hacer vida en nosotros todos esos valores y principios que nos enseña el Evangelio?

Cuando la gente comenzó a marcharse Jesús notó en sus discípulos más cercanos también las dudas e interrogantes que se les planteaban por dentro. Por eso Jesús les pregunta ‘¿también vosotros queréis marcharos?’ Seguro que los discípulos más cercanos, incluso aquellos que El se había escogido como apóstoles, se verían sorprendidos por la pregunta del Maestro.

Pero allí está Pedro, como siempre, que es el primero que se adelanta y toma la palabra en nombre de todos. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Toda una confesión de fe, toda una porfía de amor. ‘¿A quién vamos a acudir?’, no terminará seguramente de entender las palabras de Jesús pero su corazón se siente cogido por Cristo. Para él ya no hay otra cosa, otra vida, otra palabra, otra persona a quien seguir. Sus palabras son palabras de vida eterna. ¿No había dicho Jesús que quien creyese en El tendría la vida eterna y resucitaría en el último día?

En otro momento llegará a decir que está dispuesto a dar la vida por El, aunque sabemos hasta donde llegan las debilidades y pronto aparecerán los miedos y las negaciones. Pero se siente seguro en quien ha puesto su confianza, en quien ha depositado su fe. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’, proclamará allá en las cercanías de Cesarea de Filipo, ahora dirá que se sienten seguros de que es el Santo de Dios. Creemos y sabemos con toda seguridad. Por eso algún día después de los sucesos de la Pascua le porfiará con toda rotundidad su amor. ‘Tú sabes que te amo… tú lo sabes todo…’  tú sabes lo que hay en mi corazón.

¿Seremos capaces nosotros de hacer una profesión de fe como la de Pedro? También nuestro corazón se llena de sorpresas, de perplejidades, de dudas pero ponemos por encima de todo nuestra fe y nuestro amor. Queremos alimentarnos de El porque en nuestra fe tenemos la certeza de la resurrección y de la vida eterna.

martes, 4 de agosto de 2020

Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos


Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Sal 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

En los momentos que vivimos parece que se ha puesto de modo de nuevo el lavarnos las manos para todo; nos encontramos en la entrada de cualquier establecimiento o de cualquier lugar publico el gel que se nos facilita para que podamos realizar ese preceptivo lavado de manos. Como si no nos hubieran enseñado desde pequeños que tenemos que ser limpios y tenemos que lavarnos frecuentemente las manos. Ahora con el tema de la pandemia y la prevención con que hemos de actuar – lo que parece muy conveniente y necesario – se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. ¿Podríamos llegar a convertirlo hasta en un rito religioso?

Bueno, eso es lo que parece que pasaba en tiempos de Jesús. Lo que era una norma higiénica necesaria, pensemos que en su origen el pueblo hebreo era un pueblo nómada y trashumante que andaba por los desiertos de un lugar para otro, en contacto con sus ganados porque esa era su principal actividad; necesarias eran esas normas de higiene que habría que imponer de la forma que fuera necesario, pero que vemos como luego llegaron a convertirse en unos ritos relacionados con la impureza o no impureza que les permitía o no acercarse a lo sagrado. Ahora estaban los fariseos tan rigoristas que hacían tanto hincapié en la pureza o la impureza y para quienes tocar cualquier cosa que estuviera manchada de alguna forma se consideraba causa de esa impureza.

Es lo que ahora vienen reclamando a Jesús.  Sus discípulos no se lavan las manos. El ritualismo con que vivían la vida les hacia aferrarse a esas cosas como ritos, pero que luego estaban tan lejos en su corazón de vivir una verdadera pureza y santidad de vida. Y Jesús es tajante en su respuesta. No es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino que es lo que sale del corazón, de un corazón lleno de maldad, lo que verdaderamente mella la santidad de vida que hemos de vivir. Apegados a su ritualismo no lo entienden, y como le dicen los discípulos a Jesús, los fariseos se han escandalizado con la respuesta que Jesús les había dado. Les parece que Jesús no le da importancia a aquellos ritos que estaban prescritos en la ley de Moisés. Como responde Jesús ahora son ciegos que no quieren ver.

¿Andaremos nosotros cegados de la misma manera? porque eso es lo que ahora tenemos que preguntarnos. No se trata ahora de unas costumbres o de unos ritos, no se trata de unas normas para una buena convivencia o con lo que queremos cuidar nuestra salud, sino de lo que en verdad llevamos en el corazón.  Algunas veces nos hemos hecho también una religión de ritos y de costumbres, que hacemos una serie de cosas porque como decimos tantas veces ‘siempre se ha hecho así’, o son las costumbres que nos enseñaron. ¿Y nuestro corazón donde está cuando realizamos esas cosas?

Por ejemplo, los cristianos celebramos el día del Señor y lo hacemos el domingo porque recordamos el día en que resucitó el Señor; para nosotros se ha convertido en un precepto la asistencia a la Misa dominical y los que decimos que queremos ser buenos cristianos no podemos dejar de pasar un domingo sin nuestra participación en la Eucaristía dominical. Es justo, es necesario, es importante en nuestra vida que celebremos nuestra fe y que lo hagamos en la comunidad y con la comunidad y por eso nos reunimos el día del Señor.

Pero quizá tendríamos que detenernos un poco a pensar cómo lo hacemos, cómo vivimos esos momentos, ¿nos contentamos con nuestra asistencia, con el rito de la celebración o hay una vivencia más profunda desde lo hondo del corazón? No se nos puede quedar para que sea auténtico simplemente en el cumplimiento de un precepto; el precepto nos ayuda, nos educa, nos hace entrar en la dinámica, pero no se nos puede quedar en el ritualismo, tenemos que poner vida, poner todo nuestro corazón en lo que hacemos para que sea en verdad vida para nosotros.


lunes, 11 de mayo de 2020

Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva



Experimentemos lo que es sentirnos amados por Dios cuando en su amor El nos pone en su corazón y al mismo tiempo se adueña del nuestro para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
Supongamos que en estas circunstancias en que vivimos, con gente que retorna de la noche a la mañana a sus pueblos y familias de origen como sucede con tantos emigrantes, por ejemplo, de pronto nos llega una familia nuestra que no tiene a donde ir y que nos dicen que como en nuestra casa hay espacio más o menos suficiente se vengan a vivir con nosotros; sin saber qué hacer o como reaccionar nos vimos comprometidos a acogerlos para que habitaran en nuestro mismo hogar. Nos veríamos quizá que se nos trastocaba nuestra vida, se rompía el ritmo de nuestras rutinas a las que estamos acostumbrados, que aun con todo el respeto del mundo esas personas vienen con las costumbres y modos de vivir del lugar o país donde hasta ahora han habitado; todo en nuestra vida quedaría trastocado y con mucho esfuerzo y sacrificio quizá trataríamos de amoldarnos a esa nueva situación que de alguna manera rompe nuestros planes.
Es algo que puede sonar idílico o irreal de alguna manera y quizá hacemos demasiado hincapié en las incomodidades que nos surgirían con esas personas que de alguna manera van a influir también en nuestra manera de vivir y de sentir. Quizá recalcamos un tanto lo que nos puede parecer en principio negativo porque nos haría cambiar muchas cosas de nuestra vida, pero quizá no apreciamos la riqueza que al mismo tiempo puede significar para nosotros con lo nuevo que nos pueden aportar. De todas maneras sentiríamos que la vida se nos cambia, se nos hace distinta.
No sé bien si entendemos y nos puede valer esto que ponemos como imagen y ejemplo de lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y es que en el seguimiento de Jesús y en consecuencia nuestra vida cristiana puede haber y de hecho hay algo de esto que estamos diciendo pero con un nivel infinitamente superior. Y es que la vida cristiana no se reduce a hacer cosas, a cumplir unas normas o unos mandatos, ni simplemente decir que nos estamos poniendo en el nuevo camino del amor porque ese es el mandato que Jesús nos ha dejado como distintivo.
Y es que cuando estamos hablando de lo que es nuestra vida cristiana, lo que representa en nosotros el seguimiento de Jesús es algo mucho más hondo, porque es dejar que Dios habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el ser cristiano porque seguimos a Jesús implica el que entremos en una nueva honda, la honda del amor que tiene que envolver toda nuestra vida, pero es que como nos dice Jesús hoy cuando le amamos, porque entramos en la honda de su amor, y porque le amamos queremos cumplir su voluntad, sus mandamientos lo más maravilloso es que vamos a experimentar lo que significa sentirse amado por Dios, y cuando decimos que Dios nos ama es que Dios se adueña y se aposenta en nuestro corazón.
Si decimos que amar al otro es ponerlo en nuestro corazón, decir que Dios nos ama es que nos ha puesto en su corazón, pero es que se ha adueñado de nuestro corazón para por su amor vivir en nosotros. Y, como decíamos antes con el ejemplo que proponíamos, al habitar Dios en nosotros todo cambia en nuestro corazón, todo cambia en nuestra vida; no es que dejemos que Dios habite en nosotros y sigamos con nuestras rutinas y costumbres del hombre viejo, es que cuando Dios habita en nosotros nos sentimos transformados y en nosotros nace un hombre nuevo, que tendrá un nuevo vivir, que tendrá unos nuevos valores, que tendrá un nuevo sentido para su existencia, que se va a ver profundamente enriquecido con la gracia de Dios.
Y ya esto no lo haremos por sacrificio o solamente valorando nuestros esfuerzos humanos, sino que esto lo hacemos, lo vivimos por gracia, porque es el regalo de Dios que así enriquece nuestra vida que nos convierte en hijos de Dios.

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.