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miércoles, 22 de enero de 2025

No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

 


No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

Hebreos 7,1-3.15-17; Salmo 109; Marcos 3,1-6

¿Necesitamos también unas medidas, unos pesos, unas reglas para contabilizar el bien que vamos haciendo? Ante esta pregunta seguro que todos responderán con aquello de ‘haz bien y no mires a quien’, que cuando hacemos una cosa buena es porque nos sale del corazón y ponemos todo nuestro amor en lo que hacemos. Es cierto, no lo niego, pero tras esos pensamientos siempre pueden aparecer algunas sombras, no somos tan generosos como decimos, y en más de una ocasión habremos echado en cara a alguien todo lo que hemos hecho por él y siempre no encontramos correspondencia.

Me viene a la mente el recuerdo de cuando con la más buena voluntad del mundo nos insistían mucho en los actos piadosos que pudiéramos hacer y que serían como punto en el carné de nuestra vida cristiana, las misas a las que asistimos, las novenas en las que participamos, las procesiones a las que íbamos ya fuera en la fiesta ya en semana santa, las cofradías a las que nos habíamos apuntado, los primeros viernes de mes que ya nos valían para tener una salvación segura.

Quizás fueron momentos de fervor y religiosidad y se pretendía que tuviéramos como muy importante todo lo que fuera el culto que le diéramos a Dios, pero en nuestra manera de hacer cuentas ya estábamos haciendo la lista de todo lo que habíamos hecho. Pero ¿nos podemos quedar solo en eso? ¿La vivencia del Reino de Dios no tendría que manifestarse en muchas mas cosas? Porque además no se trata de sustituir una religión por otra. Algo más hondo tiene que ser el seguimiento de Jesús.

Me han venido a la mente todas estas consideraciones desde el hecho que se nos relata hoy en el evangelio. Hemos venido viendo últimamente las cuestiones que le planteaban a Jesús en relación a lo del descanso sabático. Hoy nos aparece otra situación similar. Jesús va a la sinagoga y allí hay un hombre con una mano paralizada. Ya todos conocían la reacción de Jesús ante el dolor y el sufrimiento. Además Jesús quería mostrar con lo que hacía las señales del Reino de Dios que se estaba haciendo presente entre ellos. Pero como siempre hay alguien al acecho porque es sábado y curar a alguien era considerado como un trabajo.

Jesús tiene claro cual es su misión y lo que tiene que realizar. Nada le acobarda. De ahí la pregunta que Jesús les hace: ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. El bien de la persona tiene que estar siempre por encima de todo. Y es lo que Jesús realiza. ‘Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida’.

¿Estaremos nosotros por esa labor? Cuántas veces pasamos de largo en los caminos de la vida volviendo nuestro rostro para otro lado para no enfrentarnos a esos que nos miran desde su necesidad. No nos gustan esas miradas, decimos muchas veces, pero no nos gustan porque nos llegan al alma, allí donde tendríamos que tomar una decisión y no la tomamos. Prueba a ver en esa mirada los ojos de Jesús que te están mirando. Recordemos lo que El nos dice que cuando hagamos al otro a El se lo hacemos. Si comenzáramos a hacerlo así, otro sería el mundo que estamos construyendo.

 

viernes, 15 de julio de 2022

Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

 


Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is. 38, 10-12; Mateo 12, 1-8

Algunas veces somos incongruentes y contradictorios. Según nos vaya o nos pueda ir, aceptamos o no aquello que nos parece que más nos conviene. Somos los más rebeldes del mundo a todo lo que signifique norma que para nosotros pueda representar imposición, pero nos llenamos de reglamentos, de protocolos, de reglas de todas clases con las que decimos que pretendemos tener todo muy asegurado y en orden para saber en todo momento lo que tenemos que hacer. Y entretenidos andamos con esos protocolos pero hacemos las cosas sin vida, sin hondura, sin encontrarle un hondo significado y valor. ¿De qué nos vale que andemos así?

Pero esto no es nuevo, esto es algo que siempre nos ha sucedido, pero no por eso debemos de contentarnos, relajarnos o no darle importancia. Creo que en nuestra madurez humana hemos de saber encontrar el sentido de las cosas, y darle valor a lo que realmente es primordial. No se trata de rechazar sin más aquello que no nos guste o muchas veces se pueda convertir en una rutina de nuestra vida, sino saberle encontrar el sentido y el valor a lo que hacemos. Siempre tenemos que buscar el valor de la persona, siempre busquemos el mejor trato que podamos tener con los que están a nuestro lado, siempre llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, para saber valorar, para saber descubrir también la riqueza espiritual que podemos encontrar en la otra persona.

Algunos le preguntaban a Jesús si venía a abolir la ley porque quería hacer algo nuevo, pero otros se aferraban a sus costumbres y rituales, aunque algunas veces hubieran perdido su sentido al realizarlas. Ahora andaban muy preocupados por el tema de los ayunos y de las penitencias que habían de imponerse o por los cumplimientos escrupulosos del descanso sabático.

Estaban los estrictos en la ley y en sus normas como eran los fariseos que lo llevaban hasta el escrúpulo más opresivo; había escuchado a Juan, por otra parte, cuando preparaba los caminos del Señor que les invitaba a la conversión para entender y aceptar el mundo nuevo que llegaba, pero para muchos aquellas palabras de Juan parecía que se quedaban en una invitación al ayuno. ¿No pedía Juan la conversión de sus corazones para poder aceptar al Mesías? Aquel enderezar caminos iba con ese sentido de renovación profunda de los corazones, pero quizá con las influencias de los que parecían los mayores cumplidores de la sociedad, como eran los fariseos, todo se había quedado en recordar los ayunos, por aquella austeridad que Juan había vivido en el desierto.

Ahora reclaman a Jesús que sus discípulos no ayunaban o hacían lo que no estaba permitido el sábado cuando arrancaban espigas en el camino para estrujarlas en sus manos y echarse a la boca unos granos. Ante la terquedad y cerrazón de aquellos corazones Jesús les dice que si no recuerdan lo que también está escrito en los profetas, misericordia quiero y no sacrificios. Era difícil de entender para algunos a los que parecía que la ley estaba por encima de todo. ¿De qué me vale todos los sacrificios que yo pueda ofrecer al Señor si mi corazón está encerrado en mi mismo y no soy capaz de tener la mínima compasión con el hermano que sufre a mi lado? ¿De qué me vale ese estricto cumplimiento de la ley si no soy capaz de ser compasivo y misericordioso con los demás?

Miremos si eso nos sigue pasando a nosotros hoy. Yo soy el primero que me miro a mi mismo cuando os hago estas reflexiones y no es que yo brille con mucha luz. No podemos faltar a la Iglesia para ir a misa el domingo, pero no tengo compasión con el que me encuentro en el camino, no soy capaz de perdonar al vecino al que le sigo guardando rencor por algo que me hizo y yo no olvido y al que no le dirijo la palabra. ¿Dónde está esa misericordia en mi vida? ¿Dónde reflejo yo con mis actos la misericordia del Señor de la que tengo que ser signo?

lunes, 17 de enero de 2022

No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

 


No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49: Marcos 2, 18-22

Aquí vamos hoy de remiendos y de arreglos. Bueno, a los que ya somos mayores nos suena bien eso, porque en la escasez que vivíamos antes era normal que nuestras madres si había un roto en cualquier prenda de vestir hicieran sus apaños, sus arreglos, sus remiendos, porque por dignidad aunque fuéramos pobres no nos podíamos permitir llevar un roto en un pantalón, por ejemplo: claro que bien distinto a las modas de hoy, de las que no vamos a hablar, donde se compra la ropa hasta con esos rotos, pero por moda. Pero ya procuraban las costureras o nuestras madres que si ponían en el remiendo un trozo de tela que fuera nuevo, previamente se mojaba para evitar los tirones que la pieza luego pudiera dar causando un roto mayor.

Pero hoy nos viene a decir Jesús que de remiendos, nada; que no podemos seguir andando con el traje viejo, porque ahora ya somos hombres nuevos; que no podemos ir por su camino simplemente haciéndonos apaños, sino que tenemos que darnos cuenta que es algo nuevo lo que El nos anuncia y el camino que hemos de recorrer; y nos habla también de los odres que se utilizaban para el vino, no podemos seguir usando los viejos que ya están ajados y fácilmente no podrán soportar la presión de un vino nuevo y el final se va a perder lo viejo y lo nuevo.

Todo arranca del estilo nuevo, el tono nuevo que Jesús le va dando a la vida de sus discípulos. Vienen algunos quejándose que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos, o como lo hacían también los discípulos de Juan el Bautista. Había que seguir con las viejas costumbres, pero no unas viejas costumbres que se ciñeran a lo que era en verdad la ley del Señor, sino de todos aquellos añadidos que se habían ido introduciendo que al final casi se convertían en un tormento para quien quisiera ser fiel a todos esos nuevos protocolos que se habían añadido.

Pero por otra parte, viene a decirles Jesús, cómo van a ayunar los amigos del novio si están participando de su banquete de bodas, sería algo inconcebible. Los que querían seguir a Jesús estaban ya participando del banquete de bodas del Reino, no cabía la tristeza ni los agobios, sino que todo había de vivirse en un sentido de paz que venía a inundar los corazones. Había llegado el tiempo de la amnistía, el tiempo de la gracia y del perdón, como seguir viviendo con pesares en el corazón cuando se podía vivir en la alegría de la vida nueva al sentirse ya para siempre perdonados.

Pero cuidado que nos pongamos cómodamente a juzgar y hasta condenar a aquellos de los tiempos de Jesús que venían con esos planteamientos inamovibles y de rigidez, y vayamos nosotros a estar cayendo en semejantes planteamientos. Primero, porque eso de los remiendos seguimos muchas veces planteándonoslo. Pensemos, por ejemplo, cuales son los buenos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando hemos descubierto que nuestra vida cristiana tiene que tener otras andaduras; vamos a ver que es lo que corregimos por aquí, vamos a ver qué es lo que podemos mantener, porque tampoco son prácticas tan malas lo que estábamos haciendo, y así nos hacemos nuestros arreglitos, con lo que al final seguimos haciendo lo mismo.

Pensemos cuantos nos cuesta una renovación total de esas estructuras que nos hemos ido creando en nuestra vida eclesial, con lo que muchas veces la gente nos confunde con un partido político más, con una organización no gubernamental, como ahora las llaman, que se dedica a hacer cosas buenas llenas de mucho altruismo y algo de solidaridad.

¿Estaremos dando la verdadera imagen de lo que tenemos que ser los que en verdad queremos seguir el camino del Evangelio? ¿O estaremos prestándonos a una cierta confusión? Algunas veces hasta las normas que nos damos se parecen más a las exigencias que se nos puedan hacer desde los estamentos de la vida social o política, que lo que tendría que ser una Iglesia verdadera madre de misericordia para con todos. No todos sienten y experimentan en si mismos esa Iglesia madre de misericordia, por muchos años y jubileos de misericordia que se quieran proclamar.

Hablamos de renovación, de ser en verdad ese hombre nuevo del evangelio, y seguimos adornándonos con los mismos oropeles de siempre, seguimos en las mismas vanidades porque decimos que son cosas de la tradición de la Iglesia de lo que no nos podemos despojar. De cuantas cosas tendríamos que desprendernos en nuestra vida personal, de cuantas cosas llenas de apariencia y vanidad que siguen apareciendo en la vida de la Iglesia. Y mira que nos pueden llamar hasta herejes cuando nos empeñamos en esa renovación total y profunda que tendríamos que hacer para vivir de verdad el espíritu del Evangelio.

¿Seguiremos con los remiendos de siempre o nos convenceremos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos?

lunes, 23 de agosto de 2021

Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

 


Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

1Tesalonicenses 1, 1-5. 8b-10; Sal 149; Mateo 23, 13-22

La palabra y la presencia de Jesús son siempre una palabra y una muestra de lo que es la misericordia, la comprensión y el perdón. Es la Buena Nueva que Jesús viene a anunciarnos, al año de gracia del Señor. Todos sus gestos y palabras nos muestran lo que es la misericordia de Dios que inunda nuestra vida y nos llena de gracia cuando nos ofrece su amor y su perdón.

Pero al mismo tiempo la Palabra de Jesús nos denuncia y nos señala el camino equivocado que hemos de enmendar, y no quiere Jesús que con nuestros errores arrastremos al mal a los demás. Nos quiere arrancar de ese camino de error que puede llenar de malicia nuestro corazón aunque siempre le vemos respetar los ritmos y los pasos de las personas en su respuesta a su llamada. Es fuerte, duro y exigente, sin embargo, con quien hace daño a los demás siendo mal ejemplo con sus comportamientos.

Por eso no soporta que los dirigentes religiosos de Israel fueran tan reticentes a la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos traía, pero que además habían ido tergiversando la ley del Señor a base de normas y reglamentos que venían como a encorsetar el cumplimiento de lo que era en verdad la ley del Señor. Terminaban quedándose en el cumplimiento de la letra pero no en el dejarse envolver por el espíritu de lo que realmente era la ley del Señor.

Por eso esas palabras fuertes que hoy le escuchamos en el evangelio llamando a los escribas y a los fariseos hipócritas. Nos hemos acostumbrado a esa palabra que ya ha entrado en nuestro vocabulario ordinario olvidando quizá el origen de esa misma palabra que es lo que nos viene a explicar su sentido.

En el teatro griego los actores cubrían sus caras con una máscara, que servía por una parte para amplificar el sonido de las palabras que pronunciaban, pero que también por lo que representaba aquella máscara se conocía al personaje. Y ese era su nombre, hipócrita, esa doble cara, que no representaba en si al actor sino al personaje, una cara que solo era una apariencia para representar algo.

Y eso les viene a decir Jesús a los escribas y fariseos, hipócritas, por esa doble cara de exigencia para los demás, pero de poco cumplimiento interior en ellos mismos. Solamente desde la apariencia de lo que hacían ya se consideraban que cumplían aunque su corazón estuviera muy lejos de lo que era realmente la voluntad del Señor.

Muchas preguntas para nuestra vida nos provoca este texto del evangelio. ¿También nosotros nos estaremos revistiendo de esas apariencias que se quedan en lo superficial y en lo externo y no cuidaremos debidamente nuestro interior? Pensemos cómo tantas veces estamos preguntándonos qué tenemos que hacer, hasta dónde podemos llegar, cuál es la medida que tenemos que usar nuestros gestos o en nuestro compartir con los demás. Hasta aquí cumplo y desde esa raya no me puedo pasar, pensamos y actuamos tantas veces. Y buscamos nuestras disculpas y nuestros disimulos, nuestras justificaciones y nuestros raquitismos por falta de generosidad.

Por otra parte también tendríamos que preguntar qué imagen de Dios damos con nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros comportamientos con los otros. La imagen que daban aquellos escribas y fariseos de Dios y de la religión estaba bien distante de lo que Jesús nos proponía en el Evangelio. ¿Seremos nosotros acaso así?

Más de una vez hemos escuchado o hasta nosotros mismos lo hemos dicho refiriéndonos a otra persona, tanto ir a la Iglesia, tan religioso que se cree pero mira cómo se comporta con los demás, qué déspota y exigente se comparta con los otros sin expresar la más mínima misericordia en su corazón. Mala imagen de la religión, mala imagen de Dios, mala imagen de cristiano da una persona así. ¿Qué imagen estaremos dando nosotros?

viernes, 20 de agosto de 2021

Jesús nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la persona que es el amor, es su mandamiento principal

 


Jesús nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la persona que es el amor, es su mandamiento principal

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40

Siempre andamos con la pregunta, qué tenemos que hacer, qué es lo más importante. No sé si es que no somos capaces de dar prioridades, o de encontrarlas, o que algunas veces andamos como mareados entre tantas normas y reglamentos, tantas leyes y tantas prescripciones que terminamos siempre haciéndonos la pregunta.

Hoy es un maestro de la ley el que se acerca a Jesús para hacer esa pregunta sobre lo fundamental. ‘¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?’ El tendría que saberlo, pues era maestro en Israel y su misión era precisamente explicar la ley, pero quizá también se encontrase mareado, como decíamos antes, ante tantas normas y preceptos.

¿Sería del grupo de los fariseos que disfrutaban imponiendo normas y reglamentos sobre lo que tenían que hacer, o hasta donde podían llegar con mil minuciosidades que lo que al final lo que hacían era confundir a todo el mundo? Quizá la influencia de grupos como los de los fariseos lo que hacían era crear confusión de manera que este doctor de la ley así se viera confundido en su interior. Eran centenares y centenares de preceptos e imposiciones que se convertían en una carga pesada. La multiplicidad de normas y preceptos en lugar de ser un cauce fácil para el cumplimiento de la ley del Señor se convertía en algo insoportable.

Jesús responde pronto a la petición, repitiendo textualmente además, lo que estaba escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’. Nos deja así un magnífico y breve resumen porque nos habla del amor a Dios pero también del amor al prójimo.

No se entretiene Jesús aquí en explicaciones. Las palabras de la ley del Señor están claras. Somos nosotros ahora los que tenemos que ver cómo expresamos ese amor a Dios y cómo tendrá que reflejarse en la vida; tendremos que ver nosotros qué es lo que entendemos como prójimo y hasta donde vamos a llegar en ese amor al prójimo. Tenemos que amar y amar con toda intensidad; tenemos que amar a Dios como tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque si no somos capaces de amarnos a nosotros mismos ¿cuál va a ser el amor que le tengamos a los demás? Es la medida que Jesús nos está poniendo, el cauce de lo que ha de ser nuestro amor.

¿Andaremos nosotros también haciéndonos la misma pregunta de cuál es lo principal? Reconozcamos que tenemos que hacérnosla, porque no sé si siempre estaremos buscando para cumplir lo que es lo principal. Y es que cuando vamos buscando cumplimientos es que vamos buscando cosas que hacer, como quien acumula méritos, como quien busca cosas satisfactorias, como quien está buscando unos protocolos porque sabemos que si no nos salimos de ellos haremos las cosas bien. Pero ¿no nos estaremos quedando en cosas externas o en superficialidades? Como quien se pone ‘guapito’ exteriormente para satisfacer su vanidad, mantener la apariencia y la forma mientras interiormente estamos muy lejos de aquello que queremos representar.

Busquemos lo que va a dar verdadera grandeza a la persona, que es el amor.

miércoles, 9 de junio de 2021

El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

 


El camino de los mandamientos del Señor es el que nos llevar a la más plena realización de nuestra vida y a la mayor felicidad para todos

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Algunas veces tenemos el peligro de simplificar tanto las cosas que le hacemos perder toda la amplitud y profundidad. Una simplificación muchas veces superficial y en ocasiones interesada cuando nos queremos quitar algo de encima

Cuántas veces escuchamos decir a la gente que ellos no tienen pecado porque ni matan ni roban; han simplificado tanto los mandamientos que al final han terminado por cargarse la mayoría de los mandamientos, pero nos indica también una superficialidad cuando no llegamos a comprender toda la amplitud y toda la profundidad que ha de tener el mandamiento de amor a los demás. Nos quedamos en la letra, en sus formas más elementales, pero no profundizamos en el espíritu que ha de animar nuestra vida y el cumplimiento del mandamiento del amor.

Hoy Jesús, en el sermón del monte, respondiendo quizás a actitudes y posturas de ese tipo que siempre pueden aparecer en el corazón de todos, nos viene a decir que El no ha venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud. Quizás entre aquellos oyentes de Jesús se había podido producir el hastío de tantas normas, reglamentos y preceptos con que habían rodeado la ley de Moisés y estaban esperando un Mesías que les liberara de tantos preceptos que reglamentaban tanto la vida que el cumplimiento de la ley era un agobio.

Ya escucharemos en otra ocasión decir a Jesús que vayamos a El todos los que nos sentimos agobiados porque en El encontraríamos nuestro descanso, porque su yugo era llevadero y su carga ligera. La palabra yugo venía a hacer referencia a ese peso de la ley tan meticulosamente reglamentada que resultaba algo muy duro de cumplir. Pero Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y es que quien sigue a Jesús ha encontrado de verdad el sentido de todo, el sentido de su vida y de lo que ha de hacer y ya el mandamiento del Señor no es algo que haya que cumplir como algo pesado y duro en la vida, sino que venía a tener un sentido de liberación interior para buscar y hacer siempre lo que era la voluntad del Señor pero llenos de mucha paz.

Y es que quien se siente amado de Dios ya no lo verá todo como algo que hay que cumplir sin remedio, sino como una respuesta de amor a tanto amor como por otra parte recibimos. El enamorado está dispuesto a todo por mantener su amor, por agradar y complacer a la persona amada, por manifestarle con mil gestos y detalles todo lo que es el amor que le ofrece, el amor con que responde a ese sentirse amado; quien ama de verdad llega a olvidarse de sí mismo por ese amor del que se siente cautivado y que llena en plenitud su vida.

Por ese camino tenemos que entender las palabras de Jesús que hoy escuchamos. Pudiera parecerle a algunos que estas palabras podrían resultar duras y como un jarro de agua fría para quienes soñaban con verse liberados de mandamientos y preceptos, pero entendiendo bien las palabras de Jesús nos daremos cuenta que encontraremos la verdadera libertad, la que nace del amor y la que nos lleva a la mayor plenitud de nuestra vida. Será así, descubriendo lo que es la verdadera voluntad del Señor cómo nos sentiremos más plenamente realizados y cómo alcanzaremos el mejor camino de felicidad para todos.

¿Sentiremos de verdad que el cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor, expresada y manifestada en los mandamientos, nos hace alcanzar la mejor realización de nuestra vida? ¿Nos sentiremos en verdad liberados en el Señor cuando aprendemos a hacer las cosas desde el sentido del amor? ¿Nos daremos cuenta que ese es el mejor camino para la felicidad de todos?

martes, 11 de febrero de 2020

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina o costumbre, sino que en verdad sea vida en nosotros

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83;  Marcos 7, 1-13
La autenticidad con que nos manifestamos, la veracidad de la vida donde no nos quedamos en la apariencia y la vanidad exterior son valores muy importantes que nos manifiestan la madurez humana de la persona. Esa incongruencia que aparece en la vida cuando nuestras palabras van por un lado, pero lo que llevamos en el interior se queda lejos es algo que produce rechazo y desconfianza. ¿Cómo nos vamos a fiar de quien solo tiene gestos de cara a la galería pero de quien sabemos de la superficialidad que lleva dentro de si aunque nos parezca contradictoria la frase?
Son por otra parte en los que se quedan en las costumbres que convierten en reglas de su vida, pero que no saben ni que sentido darle a lo que están haciendo. Es que eso siempre se ha hecho así, nos dicen, y si les preguntas qué sentido tiene no saben darnos una respuesta. Está bien tener buenas costumbres porque son las que pueden hacer madurar nuestras virtudes, pero es necesario hacer las cosas con sentido dándole su auténtico valor. Hacer las cosas simplemente porque repetimos lo que siempre hemos hecho no siempre da la autenticidad de la persona y de lo que hacemos.
Costumbres que nacieron en unas circunstancias concretas y que entonces sirvieron para orientar el sentido de lo que hacíamos, no significa que por si mismas tengamos que seguir repitiendo lo mismo. Muchas veces se pueden convertir en reglas implacables a las que podemos darle mayor importancia incluso que a la humanidad con que hemos de tratar a los demás. Todo ha de servirnos para hacer crecer nuestras humanidad, hacer que nuestras relaciones sean humanas y entonces sepamos tratar con ese respeto pero también con esa bondad a los que están a nuestro lado.
Hoy en el evangelio vemos que le echan en cara a Jesús porque sus discípulos al regresar de la plaza comen sin lavarse las manos. Está bien las normas y reglas de higiene, pero llegar a convertir su cumplimiento o no en causa de una impureza del espíritu, es algo que llega a pasarse de la raya, podíamos decir. Fue necesario quizá en un tiempo educar al pueblo en esa higiene, viviendo además como vivían una vida errante de un lado para otro y donde no era fácil además tener lo suficiente para la higiene personal.
Por eso en la respuesta de Jesús les insiste en la necesaria pureza interior, que va mucho más allá de lavarse o no las manos, porque hayamos tocado algo que se considera impuro y nos puede volver impuros. Nos preocupamos de lo externo, pero no le prestamos la misma atención por lo menos al interior del hombre, nos preocupamos de esas impurezas legales, pero nos importa poco que nuestro corazón esté lleno de maldad y queramos más a los demás o los tratemos injustamente. ¿Qué será lo verdaderamente importante?
Les recuerda Jesús lo anunciado por el profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de mostrarnos en la vida, en todas las facetas de la vida, también en este aspecto religioso o cristiano. Tenemos que darle autenticidad, veracidad a aquello que hacemos, que no solo sean con nuestros labios, con gestos externos que hagamos como mera costumbre, pero que interiormente no nos significan nada.
Y en esto quiero resaltar algo que parece lo más normal, nuestras prácticas religiosas, ya desde nuestras oraciones personales, como nuestra participación en las celebraciones litúrgicas. Muchas veces se nos quedan en una rutina; es cierto que no nos podemos pasar sin hacer nuestras oraciones, y como dicen algunos no me puedo dormir sin rezar mis oraciones, pero cuidado que sea solo como una cantinela que nos adormece; no tengo sueño y me pongo a rezar para que me dé sueño. Y eso nos pasa, y eso es la manera como hacemos muchas veces las cosas.
Y lo mismo tendríamos que decir de nuestra participación en las celebraciones litúrgicas, como la misa por ejemplo. Yo fui a Misa, yo estaba en Misa, decimos, tu cuerpo, pero tu mente, ¿dónde estaba? ¿Aquellas oraciones en verdad eran tu oración porque tú lo estabas sintiendo por dentro, viviendo por dentro? Mucho tenemos que revisar en la vida en este sentido, no me quiero ahora alargar en este comentario y reflexión.


Démosle autenticidad, veracidad a lo que hacemos, que no sean nunca pura rutina, sino que en verdad sea vida en nosotros.

martes, 21 de enero de 2020

La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios


La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28
Ahora los llaman protocolos; esas normas que nos detallan lo que tenemos que hacer en determinadas circunstancias y a los que tenemos que ceñirnos en la resolución de los problemas que se nos planteen en cualquier colectivo, para cualquier profesional en el desarrollo de su profesión,  para cualquier actuación en grupos, colectivos, etc.…; parece que todo está previsto, como previstas están las formas de actuar y de responder y conforme a ello tenemos que actuar.
De la misma manera todo está regulado en leyes, reglamentos o normativas y parece que la vida misma está encorsetada con todas esas prescripciones que algunas veces nos hacen reaccionar hasta con cierto rechazo porque nos sentimos agobiados y parece que nos falta aire, que nos falta autentica libertad. Es cierto que todas esas normas, preceptos, leyes, protocolos o como quiera que los queramos llamar tendrían siempre que buscar el bien de la persona y si se nos ofrecen esos cauces es para que no nos salgamos de ellos para no perjudicar, sino todo lo contrario ayudar de la mejor manera.
Claro que todas esas cosas tienen su interpretación a la hora de actuar y nos encontraremos aquellos que pareciera que son esclavos de la norma o del protocolo de manera que parece que se le acaban las iniciativas para buscar algo incluso mejor. Están por su parte los que se saltan toda norma o todo reglamente y anárquicamente quieren ir siempre a su aire, que hay el peligro de que muchas veces sea solo buscando su interés personal y nunca el bien común o el bien de los demás.
¿A qué atenernos en todo esto? Creo que si todo eso que está reglamentado busca en verdad el bien de la persona hemos de saberlo y tenerlo en cuenta y no nos lo podemos saltar así como así, pero también según la inquietud que haya en nuestro corazón creo que tenemos que desarrollar la iniciativa del amor, las iniciativas que surgen desde un corazón lleno de amor que siempre buscarán lo mejor, pero no para su propio interés sino siempre buscando el bien de los demás. Claro que por otra parte sabemos que podemos ser muy fieles a los protocolos pero no tengamos verdadera humanidad en el trato con esas personas a las que queremos atender y entonces ¿de qué nos sirven tantas reglamentaciones si no tenemos humanidad en el corazón?
Creo que todo esto tendría que hacernos reflexionar hondamente dentro de nosotros para descubrir todo lo bueno que tendríamos que ser capaces de hacer en beneficio siempre del otro, en especial, del que más sufre.
Me estoy haciendo toda esta reflexión queriendo llegar a cosas muy concretas de la vida desde lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los leguleyos, como sucede en todos los tiempos, esclavos de la ley o de la norma pero que no buscan el bien de la persona. Muy preocupados andaban si los discípulos de Jesús al pasar por el campo en un sábado estrujaban en sus manos unas espigas para llevarse unos granos a la boca que quizá calmase la fatiga de su caminar. Claro, el sábado estaba bien reglamentado en lo que se podía o no se podía hacer para guardar el descanso sabático y aquello acaso lo mirasen poco menos que el segar la cosecha del campo.
‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’, les dice Jesús. Les costará aceptar aquella visión nueva que Jesús quiere ofrecerles sobre el sentido y el valor profundo que hemos de darle a lo que hacemos en la vida. Pero con Jesús llegan esos aires renovadores que buscan siempre el bien del hombre, el bien de la persona. Es la humanidad que hemos de poner en nuestro corazón lo que en verdad nos hará agradables ante Dios.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo


Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo

1Corintios 5,1-8; Sal 5; Lucas 6,6-11

Ya no es hora, ya se pasó del horario, así que no puedo atenderte, ven mañana. Y por mucho que supliquemos aquel funcionario, aquella persona tras el mostrador de la oficina, o tras la mesa de su despacho no  hay quien la convenza, por mucho que le digamos no nos va a atender. Nos habrá sucedido, o habremos escuchado hechos semejantes. A esto, claro, podemos unir las miles de exigencias y burocracias con que llenamos nuestras relaciones en estos ámbitos en que llegamos a dejar de cuidar de verdad a la persona.
Respetamos, por supuesto, el trabajo de cada uno, sus horarios y su derecho también al descanso, pero reconozcamos que muchas veces somos inhumanos, prima más un horario, un reglamento, nuestras cosas persónale que la necesidad quizás de una persona para que le atiendan o le resuelvan un problema. ¿Qué es lo que priva más? ¿Qué es lo más importante? ¿El reglamento, unas normas, unas exigencias burocráticas o la persona? ¿Un horario o el sufrimiento de alguien? ¿El interés por servir a la persona o mis intereses personales? Queden ahí las preguntas, porque nos puede suceder en negativo, en que seamos quienes lo suframos, o pudiera suceder del otro lado en las actitudes o posturas de nuestra parte.
Este hecho o situación humana que nos puede suceder de una forma o de otra me lo trae a la memoria lo que hoy nos cuenta el evangelio. Es bueno que nos fijemos en nuestras situaciones humanas, en las posturas que nosotros vamos tomando en la vida porque algunas veces no estamos tan distantes de lo que criticamos de otros, o las situaciones que nos propone el evangelio de hechos acaecidos en el entorno de Jesús y el mundo judío en que se desarrolla el evangelio.
Era sábado, Jesús había ido a la Sinagoga donde solía enseñar aprovechando el encuentro de la gente y la lectura de la ley y los profetas que allí siempre se hacia para la oración y la adoración del sábado. En esta ocasión le están acechando los escribas y fariseos y entre la gente que había en la sinagoga para la oración había un hombre con su mano paralizada. Ya sabían cual era el estilo del corazón de Cristo, que donde había sufrimiento aparecía el amor y la compasión. Por eso le acechan a ver qué hace, siendo sábado que no se podía trabajar.
Y ahí viene la pregunta que Jesús les hace. ‘Os voy a hacer una pregunta, les dice, ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ la ley sabática en su origen para motivar a que la gente dedicara ese día para Dios, al mismo tiempo que les sirviera de descanso evitando todo tipo de esclavitud en el trabajo, prohibía hacer trabajo alguno en el día del Señor.  Pero de ahí viene la pregunta de Jesús, ¿no se puede curar? Porque es sábado ¿tenemos que dejar a alguien en su sufrimiento sin que se le pueda hacer nada para remediar su dolor?
Había una cosa buena en imponer el descanso evitando así cualquier tipo de esclavitud o dominio de la persona, y además para dedicarlo al culto al Señor, pero ¿no se podía hacer también algo mejor como era el curar o atender a alguien en su sufrimiento? Pero los fariseos muy estrictos y minuciosos habían impuesto miles de normas y reglamentos para mantener ese estricto cumplimiento de la ley que hasta les volvía inhumanos.
Nos puede valer esta consideración para muchas cosas de nuestra vida, para esas nuevas actitudes que tendría que haber siempre en nuestros corazones que nos llenaran de humanidad e hicieran más humanas nuestras relaciones y nuestro mundo. Cuidado que cosas así nos sucedan también en el ámbito de nuestra Iglesia. Y en aquellas situaciones que mencionábamos al principio de esta reflexión hemos de saber poner más humanidad.

domingo, 2 de septiembre de 2018

No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios



No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios

Deum. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

Hay ocasiones en que nos damos cuenta cuando vemos a alguien hacer alguna cosa que quizá tiene que hacer por obligación que sin embargo lo está haciendo como de mala gana, de rutina, no está poniendo todo su ser en lo que está haciendo. Nos puede pasar en más de una ocasión, estamos cansados quizá pero aquello ahora hay que hacerlo y lo hacemos, pero como se suele decir estamos pero no estamos, lo hacemos fríamente, rutinariamente.
Y ¡ojo! que nos pasa más de una vez en nuestras oraciones, en los actos de piedad que realizamos, rezamos pero nuestra mente está en otro lado, realmente repetimos las palabras o los gestos pero solamente de una forma mecánica. Hemos llenado quizá nuestra relación con Dios de tantos ritos muy codificados que podemos tener el peligro de realizarlo ritualmente pero realmente no haya un encuentro vivo con el Señor. 
Cuantas veces quizá hemos recitado el rosario, porque decimos que tenemos que rezarlo todos los días a la Virgen, pero nuestros ojos se caían de sueño y simplemente nos reducíamos a recitar mecánicamente las avemarías, que al final terminábamos diciéndolas dormidos.
Cuantas veces estamos en la celebración de la Eucaristía y seguimos punto a punto todos sus gestos y sus ritos, pero al final nos preguntamos y qué nos ha dicho la Palabra de Dios y es que no nos acordamos ni de qué iba el evangelio. Podemos realizar una celebración milimétricamente perfecta porque hemos sido fieles hasta en lo más mínimos en todos sus ritos, pero nuestro corazón estar lejos del Señor. ¿Es eso dar verdadera gloria al Señor? ¿Solo porque el coro, por ejemplo, haya ejecutado magistralmente unos cantos muy solemnes con la mejor de las músicas es suficiente para que nuestro corazón esté cantando la gloria del Señor?
El rito, el canto, los gestos las acciones de la liturgia tienen que estar en función de ayudarnos a que de verdad nuestro corazón esté en el Señor y abierto a su Palabra, no solo en la ejecución perfecta por si misma. Puede parecer un tanto crudo esto que estoy diciendo pero con sinceridad hemos de reconocer que más de una vez nos ha sucedido así.
Nos llenamos de ritos, de normas, tratamos de medir milimétricamente lo que tenemos que hacer, pero nos olvidamos del espíritu, nos olvidamos de lo interior. Aquí quizá habría que pensar y revisar muchas de las reglamentaciones que todavía tenemos en nuestra Iglesia para mantener una uniformidad exterior, pero que no llega nunca a esa comunión interior que tendría que haber. Comenzando por la comunión interior que tendría que haber entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús, comunión interior con Dios en una autentica oración porque en verdad abramos nuestro corazón a Dios que va más allá de repetir unas oraciones o unos ritos.
Ya le venían planteando a Jesús aquellos necesarios ritos de purificación a los que eran tan dados los judíos sobre todo los fariseos que de necesidades higiénicas pasaron a convertirse en ritos que podrían marcar lo que tendría que ser la verdadera pureza interior. Muy preocupados andaban los fariseos por si los discípulos de Jesús se lavaban o no se lavaban las manos antes de comer. Jesús les recuerda con palabras del profeta que honraban a Dios más con los labios que con el corazón. ‘El culto que me dan está vació porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’.
Y Jesús nos habla de la verdadera pureza interior porque del corazón del hombre nos salen todos nuestros malos deseos. Así nos lo recuerda el evangelista. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ya nos recuerda la carta del apóstol Santiago cual es el verdadero espíritu de la religión. ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo’. Que haya verdadero amor en nuestro corazón, que en verdad seamos compasivos y misericordiosos como tantas veces se nos repite en los salmos; que ese corazón compasivo y misericordioso es lo que nos hace parecernos a Dios, porque ya Jesús nos lo propone en el sermón del monte como el ideal de perfección para nuestra vida, compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo.
Y eso lo podremos vivir cuando en nuestro interior de verdad estamos llenos de Dios, entramos en esa sintonía de amor con Dios; no es la apariencia externa por muy bonita o perfecta que la presentemos, es ese interior de verdad abierto a Dios dejándose inundar por su Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios. Es la mejor forma de cantar la gloria del Señor, porque todo eso que vivimos en nuestro interior se va a traducir de verdad en el amor que le tengamos a los hermanos y la comunión que vivamos con todos. Esa es la autentica comunión con Dios.

lunes, 27 de agosto de 2018

Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida


Aunque nuestro testimonio ha de ser estimulo en el camino de los demás sepamos respetar los pasos que con libertad cada uno ha de dar en su propia vida

2Tesalonicenses 1,1-5.11b-12; Sal 95; Mateo 23,13-22

Teníamos interés en llegar a un sitio determinado y pensábamos que íbamos por buen camino pero cuando ya creíamos que estábamos a punto de conseguirlo, de llegar a la meta nos encontramos algo atravesado en el camino que no nos permitió conseguir nuestros fines. Esto que nos puede suceder geográficamente en cualquier camino o dirección que tomemos donde nos podemos encontrar con dificultades, nos sucede en la vida porque parece que siempre hay alguien que no hace otra cosa que ponernos obstáculos. Hay gente que parece muy especializada en hacernos las cosas difíciles.
En la organización de las cosas todo son reglas y condicionamientos que parece que nos coartan la libertad, el tomar nuestras propias decisiones, limitaciones y cortapisas con reglamentos minuciosos que no nos dejan avanzar, comentarios negativos a todo lo que hacemos que siempre les parece mal, imposiciones para que las cosas se hagan a su gusto para que así prevalezca su yo por encima de todo.
Es una forma de manipular, de querer quizá tener dominio sobre nosotros cuando quizá en ellos son todo apariencias y no precisamente un dechado de virtudes y valores. No solo tenemos que ir luchando con nuestras propias limitaciones, sino que parece que siempre tenemos que vernos condicionados por las opiniones o los pareceres de quienes quieren manipularnos. Gente manipuladora así  nos encontramos fácilmente en la vida en todos los ámbitos de la sociedad. Y detrás siempre puede haber mucha falsedad e hipocresía. Se las dan por personas muy rectas y que solo ellas son las que saben el camino, las soluciones a los problemas, pero que tiene que ser a su manera, aunque no sea lo que ellos propiamente viven.
De eso nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. Y Jesús es muy duro con los fariseos unos grandes manipuladores de la sociedad de su tiempo. Tiene para ellos palabras muy duras para desenmascarar su hipocresía. ‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Y les señala Jesús cosas muy concretas de aquellas miles de normas que se han impuesto y que con su rigorismo quieren imponer a los demás.
Cuidemos nosotros no seguir con rectitud el camino emprendido tratando de ser fieles de verdad al evangelio recibido y que tiene que ser el único norte de nuestra vida. No actuemos por el qué dirán y buscando agradar a los que nos rodean, no convirtamos nuestra vida en una vanidad que nos hace falsos y que tenemos entonces de llenar de hipocresía nuestra vida.
De ninguna manera seamos nosotros manipuladores de los demás, sino sepamos respetar el camino de cada uno. Podemos decir, es cierto, una palabra bueno y tenemos también que dar un consejo, pero siempre respetando la libertad de cada persona que es la que tiene que tomar sus propias decisiones.
Algunas veces no nos es fácil, porque tenemos la tentación de querer que todos sean como nosotros o hagan el mismo camino. Pero cada uno tiene que dar sus pasos, cada uno tiene que hacer su camino, cada uno se encontrará con sus propias dificultades y aunque nosotros con nuestro testimonio podemos estimular al esfuerzo de superación de los demás, ellos han de ser los que den los pasos, que nosotros no podemos dar por ellos. Cosas así nos sucede muchas veces en la tarea de la educación quienes tienen o tenemos esa tarea como padres o como educadores. Tenemos que saber discernir en cada momento cual ha de ser nuestra mejor manera de actuar.

viernes, 9 de marzo de 2018

Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios


Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Demasiado andamos en la vida con medidas, con límites, a ver qué es lo que tengo que hacer, hasta donde tengo que llegar o donde ya puedo pararme porque es suficiente para cumplir. Somos un poco rácanos, porque las mediciones queremos siempre que sean a favor nuestro, para no tener que dar más de lo que tengamos que hacer porque no tengo por qué sobrepasarme, porque no voy a hacer más de lo que otros hacen, porque me contento con llegar mismamente al limite. Y eso es en el cumplimiento de obligaciones, en lo que tengamos que hacer a favor de los demás, o en el esfuerzo que tengamos que hacer para superarnos y al menos no quedar por debajo de los otros pero tampoco esforzarme más de la cuenta. En muchas cosas concretas de lo que hacemos en la vida podríamos fijarnos conforme a lo que estamos diciendo.
Así andamos en nuestras relaciones y comportamientos con los demás, pero así andamos en ese camino de superación que tendría que haber en nuestra vida para llegar a la meta más alta, y así andamos también en nuestros caminos de la fe y de nuestra relación con Dios y en consecuencia en el compromiso que desde esa fe tendría que tener con los demás.
Una vez vienen a preguntarle a Jesús por lo que es lo principal. Como aquel joven que preguntaba un día que es lo que había que hacer para heredar la vida eterna; o como aquel otro que vino con una pregunta semejante a la de hoy pero luego seguía preguntan quien era ese prójimo al que había que amar; o como Pedro a quien hemos escuchado cuantas son las veces que tengo que perdonar, queriendo poner también un numero, y así tantos en el evangelio.
Hoy viene un escriba, un maestro de la ley, y poco menos que quiere pasar a examen a Jesús. Claro como Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica, ¿sabría Jesús cual es el mandamiento principal El que se presentaba ahora como maestro o como profeta en Israel? ¿Dónde ha estudiado todo esto? Se preguntaban también un día en su propio pueblo de Nazaret. Otras veces le preguntaran por la autoridad con que hace lo que hace o enseña lo que enseña. Siempre andaban al acecho.
‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Para que no hubiera dudas Jesús respondió citando de memoria lo que decía el Deuteronomio y lo que todo judío se sabia de memoria porque demás lo repetía casi como oración muchas veces al día, al levantase, al salir de casa, al emprender cualquier tarea.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.’ Pero Jesús añade: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti’. Y el escriba querrá corroborar - ¿con su autoridad quizás? o eso pretende – que lo que Jesús ha dicho es cierto, está en consonancia con la Escritura. Pero será Jesús el que le dirá finalmente ‘no estás lejos del Reino de Dios’, como queriéndole decir si sabes esto, ponlo por obra y estarás comenzando a caminar los caminos del Reino.
Nosotros nos lo sabemos muy bien, pero ¿Jesús podrá decirnos a nosotros también que no estamos lejos del Reino de Dios? No es cuestión de sabernos las cosas. El árbol bueno será tal cuando dé frutos buenos; será un buen frutal cuando nos ofrezca sus ricos frutos. No es manzano o peral simplemente porque digamos es tal, sino por los frutos que podemos recoger, deseando siempre que sean los mejores.
¿Daremos esos mejores frutos y siempre andaremos con nuestra mezquindad, nuestra superficialidad, nuestro contentarnos con el mínimo esfuerzo, con llegar mismamente al límite del cumplimiento?


martes, 16 de enero de 2018

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

1Samuel 16,1-13; Sal 88; Marcos 2,23-28

Todos conocemos personas minuciosas que siempre se están fijando en los detalles más mínimos y que muchas veces incluso nos atormentan porque parece que lo único que son capaces de ver en esas pequeñeces son las cosas oscuras. Personas escrupulosas que se atormentan a si mismas, pero que de alguna manera atormentan a quien esté a su lado.
Cuando entran en el ámbito de la conciencia, queriendo calibrar lo que hacen bien o de lo que hacen mal el tormento es insufrible, en todo les parece estar viendo pecado; necesitan una liberación interior porque el mandamiento del Señor para esas personas más que un cauce de amor por donde debe circular nuestra vida se convierte en una obsesión y en un tormento llenando de mucha negatividad sus vidas.
No es eso lo que Dios quiere para nosotros. La grandeza de nuestro espíritu es que seamos capaces de discernir bien es cierto pero no para buscar el tormento, sino para vivir en la libertad del que ama de verdad y con un amor que se olvida de si para darse con generosidad de corazón.
Hoy hemos visto en el evangelio que se nos habla de cómo por allá andaban los sesudos fariseos con sus reglamentaciones al limite que se fijan ahora si los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado cogen unas espigas y las estrujan con sus manos para comer sus granos. Es sábado y eso lo consideran ellos como si estuvieran en el trabajo de la siega; y los sábados no se puede trabajar, reglamentado estaba hasta la distancia que podían recorrer. Reglamentaciones que no liberan sino que atormentan, ponen trabas a la vida de las personas y atormentan nuestra conciencia por si acaso hayamos pasado aunque fuera lo mínimo el límite de lo permitido.
‘El sábado se hizo para el hombre y el Hijo del Hombre es señor del sábado’, les dice Jesús. No podemos vivir en ese sentido de esclavitud. La ley de Dios lo que busca es trazarnos los cauces para que el hombre sea verdaderamente feliz y realice en armonía su vida. Pudiera parecernos un lenguaje negativo el de los mandamientos porque parece que todo son prohibiciones, pero mirémoslo desde el lado positivo de quien ama y por ama nunca querrá buscar el daño del otro.
No es no matar sino amar, no es no robar, sino ser justo y compartir, no es no mentir o calumniar sino ser veraz y sincero en la vida… y así podríamos ir pensando en cada uno de los mandamientos del Señor. Por eso Jesús nos vendrá a decir que su único mandamiento es el del amor. Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir. Es así como buscaremos la gloria del Señor.
Tenemos que dejarnos iluminar por el evangelio, escuchar esa buena noticia que nos viene a traer Jesús en que quiere un mundo nuevo – el Reino de Dios – en el que todos podamos ser felices de verdad porque siempre queremos hacer felices a los otros. No habrá llanto, ni luto ni dolor, porque el amor transformará nuestras vidas, porque la esperanza llena de un sentido nuevo la vida aunque aparecieran en algún momento las sombras, porque teniendo a Dios en el centro de nuestro corazón toda nuestra vida caminará siempre hacia la plenitud.