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sábado, 7 de noviembre de 2026

El pequeño e insignificante grano de arena también hace el montón, nuestras pequeñas cosas en las que somos fieles también manifiestan la gloria de Dios

 


El pequeño e insignificante grano de arena también hace el montón, nuestras pequeñas cosas en las que somos fieles también manifiestan la gloria de Dios

Filipenses 4, 10-19; Salmo 111; Lucas 16, 9-15

Eso son minucias, cosas sin importancia, centrémonos en las cosas importantes, esas menudencias pasan desapercibidas; así habremos hablado más de una vez como si nosotros solo estuviéramos hechos para las cosas importantes y esas pequeñeces que llamamos se las dejamos a otros que tienen menos cosas importantes que hacer que nosotros.

Puede parecer una bobería lo que estoy diciendo, pero muchas obras importantes se han venido abajo por una tuerca mal ajustada; y ya no nos referimos a obras materiales, nos podemos referir a planteamientos de la vida, nos podemos referir a los grandes ideales que tenemos en mente y que hemos de llevar a cabo; nos puede parecer más o menos importante un grano de arena pero hace el montón. Y nos tenemos que referir a nuestros comportamientos o a la manera de hacer las cosas, y es base también de la ética con que actuamos en la vida y de la moralidad que le damos a nuestros actos.

A partir de aquella parábola que ayer comentábamos del administrador injusto pero astuto, Jesús nos dice hoy que también en esas cosas que no nos parecen importantes, esos asuntos que parece que no son lo esencial de nuestra vida pero con los que tenemos que tratar o entre los que tenemos que movernos, tenemos que saber también ser fieles y cuidadosos, porque si no sabemos tratar como es debido esos asuntos ¿quién nos va a confiar algo de mayor importancia?

‘El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?’

Son claras las palabras de Jesús que también en otros momentos nos repetirá. Nos hablará que no podemos desechar la semilla porque sea pequeña porque cuando germina surgirá hermosa planta que nos dará abundantes frutos; recordamos cómo nos habla de la levadura y además nos la pone como imagen del Reino de Dios. O nos hablará de un pequeño puñado de levadura que va a hacer fermentar toda la masa. Así nuestra vida, así nuestras obras, así esos pequeños gestos o detalles que sabemos tener con los demás y que van a manifestar el amor grande que llevamos en el corazón.

Pero eso no significa atarnos a las cosas y convertirlas en obsesión de nuestra vida. Cada cosa tendrá su lugar o tendrá por así decirlo su fin, pero no podemos convertirlas en metas, en fundamentos que nos hagan alcanzar la plenitud o la felicidad. Algunas veces tenemos la tentación o el peligro de convertir las cosas en dioses de nuestra vida, ídolos a quien adoramos. Quien únicamente tiene que convertirse en centro de nuestra vida es Dios, nada lo puede sustituir. Nos dice claramente Jesús que no podemos servir al mismo tiempo a dos señores, o atendemos a uno o atendemos al otro; por eso nos dice que no podemos servir a Dios y al dinero, y cuantas veces convertimos lo material en una obsesión de nuestra vida, un ídolo a quien estamos adorando.

Es en Dios en quien ponemos nuestra confianza total y absoluta en todos los momentos pase lo que pase, solo a Dios adoramos. Sentiremos entonces la paz en el corazón., sentiremos cómo somos bendecidos por el Señor. Podremos así sentir cual es el verdadero camino de nuestra vida, aquello que nos da sentido y valor, quien da sentido a lo que tenemos en nuestras manos y descubriremos que cuanto somos y tenemos ha de ser siempre instrumento para esa gloria de Dios. Nos pedirá fidelidad desde lo pequeño, como se nos ha venido diciendo hoy en el evangelio, pero en nuestra pequeñez y en esas cosas pequeñas que hacemos y que nos pueden parecer insignificantes descubriremos que el Señor realiza maravillas, como canta María en el Magnificat. 

Cada uno en lo que hace desde su propia realidad personal, sea lo que sea, estará siendo signo de ese amor maravilloso e infinito que Dios nos tiene.


viernes, 2 de octubre de 2026

En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

 


En lo pequeño y en lo sencillo construimos el Reino de Dios, pero en lo pequeño y lo sencillo se nos manifiesta Dios, escuchemos a los santos ángeles que nos hacen sentir a Dios

Éxodo 23, 20-23a; Salmo 90; Mateo 18, 1-5. 10

Como decía aquel individuo cuando estaba buscando algo que necesitaba ‘grande, ande o no ande’; como sea algo aparatoso, portentoso ya nos vale para expresar lo que somos o lo que valemos; por eso andamos buscando en la vida esas manifestaciones de nuestra grandeza o de nuestro poder, aunque se nos quede solo en vanidad y en apariencia, pero ya cuidaremos de mostrar nuestra autosuficiencia, nuestras grandezas, nuestras vanidades aunque luego andemos vacíos por dentro. Es una tentación, en muchas ocasiones muy sutil, que nos persigue, aunque a la hora de hablar de lo que realmente nos importa tratemos de disimular, ocultando lo que son las verdaderas ambiciones que llevamos dentro.

No es precisamente en esa ostentación, en esa vanidad, en esas apariencias donde vamos a encontrar lo que verdaderamente nos satisfaga y nos haga encontrar nuestra verdadera grandeza. Pero ya buscamos la forma de disimularlo, pero bien sabemos lo que buscamos allá desde lo más hondo de nosotros mismos. Hoy Jesús nos está diciendo en el evangelio que otros son los parámetros que debemos tener en cuenta. Nos cuesta, sin embargo, muchas veces entender lo que Jesús quiere decirnos y ya nos hacemos nuestras interpretaciones para justificar lo que realmente buscamos.

¿Quien es el más importante en el reino de los cielos?, se preguntan muchos en el entorno de Jesús. Los mismos discípulos más cercanos a Jesús no son ajenos a estas preguntas, por las que los encontraremos muchas veces discutiendo, y a estos deseos, aunque habrá quienes entre aquellos que se consideran más cumplidores que nadie, cómo eran los maestros de la ley y los fariseos, que vienen también con esa misma pregunta a Jesús. Nos la encontraremos varias veces en el evangelio.

La respuesta hoy Jesús nos la da de una manera gráfica. Coge a un niño, lo pone en medio de todos, y nos dice que quien acoge a un niño como aquel es el que va a poder entrar en el Reino de los cielos, quien va a ser verdaderamente importante en el Reino de los cielos. Y nos habla de hacernos niños, pequeños y sencillos, personas que aparentemente nada significan y que no se crean con importancia, porque es la manera de acoger a Jesús. y su palabra. 

La imagen del niño viene a representar mucho en aquella época y en aquella cultura, porque el niño, por así decirlo, no representaba nada, era considerado como un ser sin valor, no se le tenía en cuenta, no tenía ningún derecho; hemos de saber entender lo que eran las costumbres y la cultura de la época.

Por esos caminos humildes y de sencillez han de ir nuestros valores; pero es que por ese camino humilde y sencillo es cómo podemos llegar a Dios, es desde ese corazón humilde y sencillo que está vaciado de vanidades y de ínfulas de soberbia desde el que podemos escuchar a Dios y encontrarnos con El. 

Tenemos que pensarlo bien cuando rodeamos muchas veces nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad de signos de grandeza y ostentación que se nos puede quedar en humo que se disipa sin que de verdad desde nuestro corazón sintonicemos con Dios. De muchas cosas tenemos que despojarnos para que solo brille y resplandezca en nuestro corazón y en las manifestaciones religiosas que hagamos la luz de Dios. ¿Estaremos poniendo muchos velos superficiales de falsa espiritualidad en nuestras relaciones con Dios como es nuestra oración y nuestro culto?

Tenemos que saber discernir ese susurro de Dios que nos llega en el silencio de nuestro corazón que con la presencia de los santos ángeles nos hacen encontrarnos con Dios en lo más secreto de nosotros mismos. Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de los santos Ángeles Custodios que son los que nos hacen sentir la verdadera espiritualidad, que es el auténtico encuentro con Dios. Cuando Jesús nos ha propuesto al niño pequeño y humilde al que tenemos que acoger para sentir en el pequeño esa presencia de Dios nos ha dicho también que sus ángeles están en el cielo al mismo tiempo contemplando el rostro de Dios. 

¿No tendríamos que aprender a descubrir ese actuar de Dios en nosotros a través de eso pequeño y sencillo que nos está hablando de Dios, que nos hace sentir su presencia? Estemos atentos a esos ángeles de Dios que en lo pequeño y en lo sencillo nos hacen sentir la presencia y la fuerza de Dios en nuestras vidas.


lunes, 28 de julio de 2025

Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

 


Aunque parezcamos insignificantes seamos sembradores de buena semilla sin ningún tipo de complejo, que algún día germinará y producirá sus frutos

Éxodo 32, 15-24.30-34; Sal. 105; Mateo, 13, 31-35

Total, ¿quien soy yo entre tantos? Ni me van a tener en cuenta porque en verdad soy poquita cosa, hay quien tiene más influencia, quien tiene más capacidad que yo, quien está mejor preparado y sabrá mejor que yo cómo actuar o qué decir. En nombre de una humildad mal entendida quizás muchas veces podamos haber dicho algo semejante, nos callamos porque pensamos que nuestra opinión ni vale ni importa a nadie, nos ponemos a la sombra para que incluso ni se note nuestra presencia. ¿Está bien actuar así?

Nos justificamos de nuestros silencios, aunque en el fondo nosotros teníamos una opinión que no nos sentíamos capaces de manifestar; nos parece que son las luces grandes las que de verdad iluminan, o que son los que hacen cosas extraordinarias los que van a relucir en la vida y podrán darle a la vida y al mundo algo que merezca la pena. ¿Será así cómo tenemos que pensar?

Hoy nos está diciendo Jesús que lo pequeño sí vale, sí es importante, sí hay que tenerlo en cuenta. Una semilla habitualmente no suele tener gran tamaño en comparación con el tamaño de la planta que germina o de la cantidad de frutos que luego pueda darnos. Jesús nos ha hablado estos días del sembrador que sale a esparcir sus semillas, pequeñas e insignificantes, pero que pueden producir como nos dice en una parábola hasta el ciento por uno.

Hoy nos habla de la mostaza, pequeña e insignificante, pero que puede hacer brotar una planta que dentro de las hortalizas puede tener un considerable tamaño; como nos dice hasta los pájaros pueden venir a anidar entre sus ramas. Pero nos habla también de la levadura, un puñado apenas que sin embargo hará fermentar la masa, con todo lo que eso significa para el buen pan que podemos luego comer. A los oyentes de Jesús en aquel momento les era bien significativo lo de la levadura, pues en determinados momentos como en la pascua habían de comer el pan sin levadura, sin el buen sabor que le da la levadura, en recuerdo de cuando vivían en la pobreza de la esclavitud y ni levadura tenían.

Jesús nos está haciendo valorar lo pequeño; pero es que tenemos que decir algo más, Jesús nos está haciendo que sepamos valorarnos nosotros también, aunque nos consideremos pequeños e insignificantes. Nuestras palabras valen tanto como las de los demás, nuestros pequeños gestos de amor son importantes en medio de la sequedad de nuestro mundo que se hace insolidario y está tan lleno de cosas que tienen sabor amargo.

Es muy válida e importante esa palabra que puedes decir y que puede ser un paño que seque muchas lágrimas a tu alrededor; es muy importante ese gesto de amabilidad que vas a tener con aquel con quien te cruzas por la calle, esos buenos días con buen semblante con que saludas al barrendero, porque le puedes hacerle sentirse valorado y respetado como el que más. Jesús nos dirá que no se quedará sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. Cuánta sed puede calmar en corazones atormentados y llenos de amargura ese gesto sencillo de detenerse junto a alguien para preguntarle simplemente cómo está.

Jesús nos está diciendo cómo tenemos que ser esa levadura en medio de la masa; cuanto podemos hacer con nuestra cercanía y nuestra preocupación por los demás; qué riqueza estamos trasmitiendo y compartiendo con los demás cuando somos capaces de decir una palabra que sea estimulo reiniciar un camino; cuánta paz podemos transmitir con una palabra llena de serenidad en medio de la violencia que nos aturde o incluso somos capaces de dar un abrazo de perdón.

Seamos sembradores de semillas de bondad, seamos generosos en repartir alegría y poner esperanza en los corazones, seamos capaces de trasmitir sin complejo los mejores pensamientos que surgen dentro de nosotros. Estaremos en verdad sembrando el Reino de Dios, algún día esa semilla germinará y producirá su fruto.

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

 


Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21,1-4

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando. Algunos pueden decir, ¿pero un simple grano de arena? Otros granos habrá, podrán argumentarnos. Pero si cada grano de arena, o todos los granos de arena, porque se consideran pequeños y como tal innecesarios se marchan, vamos a decirlo así, a otra parte, ¿qué es lo que quedará para esa construcción?

Jesús está en el templo, en las cercanías de la entrada quizás, pero ciertamente en un lugar desde el que puede observar a quienes van entrando en el templo; cercana está el arca de las ofrendas y según van entrando allí van poniendo sus limosnas o su contribución al servicio del templo, como queramos verlo; algunos quizás con grandes aspavientos, como suele suceder con los fariseos, echan ofrendas ‘generosas’ en el arca, pero Jesús observa a una pobre mujer, una viuda pobre según se ve por sus circunstancias, que también deposita su ofrenda. Ha pasado desapercibida, porque además no han sonado escandalosamente las monedas, porque solo echa unos cuartos.

Y aquí viene el comentario de Jesús, ‘En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Siempre nos hemos quedado en el comentario de la generosidad de aquella mujer que solo tiene unas monedas y ‘ha echado todo lo que tenía para vivir’. Pero creo que hay algo más, aunque ya eso de por sí es enormemente significativo y muchas veces lo hemos comentado. Pero vamos a fijarnos en esas dos monedillas, que podríamos pensar que ni se iban a notar entre todas las otras generosas ofrendas que se realizaran. Pero eran importantes, es su contribución para Dios, es su contribución para el culto, es su contribución a lo que es la organización de aquella sociedad que giraba en torno al  cumplo del templo, es su contribución para las obras sociales o benéficas que se hicieran a partir de las ofrendas del templo.

Y aquello era valioso. Aquella mujer en su pobreza no se desgajaba de su sociedad, de su mundo ponía su pequeño grano de arena tan importante con los otros grandes pedruscos, vamos a seguir con la imagen, con que otros contribuían. Y eso nos puede estar diciendo mucho a nosotros, a la contribución que cada uno desde lo que es y desde lo que tiene está haciendo, tenemos que hacer por el bien de nuestro mundo de nuestra sociedad. Cuantas veces, quizás en nuestra tacañería, nos escudamos en nuestra pobreza; en que yo no valgo, es que yo qué puedo aportar, es que yo tendría que pensar primero en mi mismo, en mis necesidades y problemas… aquella pobre viuda no lo pensó así.

Y recordamos otros episodio bíblico que hemos meditado recientemente acompañando también a este evangelio de la viuda del templo de hoy, aquella cananea que solo le quedaba un poco de aceite y un poco de harina para hacer un pan para ella y su hijo y después esperar la hora de la muerte, pero cuando el profeta se lo pide generosamente lo ofrece y la alcuza de aceite no se consumió ni la orza de harina se vació.

¿Dónde está nuestro compromiso? ¿Dónde guardamos o ponemos nuestro pequeño grano de arena? ¿Dónde habremos enterrado el talento que se nos ha confiado y recordamos más pasajes evangélicos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos? ¡Qué importante es nuestro pequeño grano de arena!

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

miércoles, 23 de octubre de 2024

Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

 


Seamos capaces de reconocer las señales de la presencia de Dios en nuestra vida como buenos administradores atentos a discernir las señales que Dios pone a nuestro paso

Efesios 3, 2-12; Sal.: Is. 12, 2-6; Lucas 12, 39-48

¿Va a venir alguien importante a visitarnos? Podemos pensar en el ámbito de nuestra sociedad, ya sea una autoridad que quizás no es tan habitual verlo por nuestras cercanías, ya sea algún personaje de la vida social de nuestro tiempo, ya sea un cantante famoso, un artista de reconocido prestigio, un deportista que por su brillantez en su mundo se ha ganado una merecida fama, como podemos pensar en un entorno más cercano como pueda ser nuestra familia donde se nos anuncia la visita de una persona muy querida, que ha mantenido siempre una buena relación con la familia, sea un caso u otro – podíamos pensar también en más cosas – los preparativos que hagamos queremos que sean lo más exhaustivos posibles.

En el ámbito social incluso hay unos protocolos de lo que hacer, unas exigencias de guión podríamos decir, a lo que estaremos muy atentos para que esa visita sea memorable; si es en el plano de la familia, ya procuraremos que todo lo que hagamos en nuestra casa sea lo más acogedor y cariñoso posible para mostrar también la felicidad que sentimos con dicha visita.

Preparativos con muchas exigencias, de eso nos está hablando también el evangelio. Es la imagen de la llegada del Hijo del Hombre, con la acogida que por nuestra parte hemos de ofrecer. Es la tensión y atención con que hemos de vivir nuestra vida para llegar a sentir y vivir en plenitud esa presencia del Señor. Y Dios llega a nosotros y no siempre somos capaces de vivir con intensidad su presencia.

Quizás pensamos o nos imaginamos cosas extraordinarias, porque parece que esas son las que nos llaman la atención y en cierto modo estamos pensando en cosas portentosas. Qué prontos estamos para correr allí donde hemos oído que ha habido un milagro, algo extraordinario. Y corremos el mundo tras apariciones ya sean de nuestra época o donde haya tradición de cosas extraordinarias más antiguas. Y hemos sembrado el mundo de santuarios milagrosos, como si solo allí se nos va a manifestar la gloria del Señor.

No quiero negar que quizás haya lugares que de manera especial nos puedan ayudar y que también pueden ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo, pero sí tenemos que aprender que en el día a día de nuestra vida, en ese recorrido de fe que tenemos que saber ir realizando cada día Dios también va poniendo señales y signos de presencia que hemos de saber descubrir. Es necesario estar atentos y vigilantes, es cierto, porque esos signos de Dios pueden ser como un susurro que no sabremos ni podremos escuchar si solo estamos expectantes a cosas grandiosas.

Nos habla el evangelio de aquel que en casa ha de estar atento para discernir en cada momento lo mejor que hay que hacer y que de alguna manera nos dará la orientación del camino que hemos de recorrer. El administrador de la casa, como lo llama Jesús en el evangelio. Saber administrar es saber discernir el momento, lo que sucede, la circunstancia, lo que puede ser una llamada o un toque de atención, lo que puede ser una señal en cada momento concreto de algo que hemos de comenzar a hacer. No de cualquier manera podemos hacer ese discernimiento, de alguna manera tenemos que entrenarnos, aprender, sintonizar los oídos de la vida para poder escuchar.

Y no podemos olvidar ni dejar a un lado esa presencia de Dios que se nos manifiesta en los demás. Es aquello que en otro momento Jesús nos dirá que lo que hicimos a cualquiera de esos pequeños que vamos encontrando en la vida a El se lo hicimos. Esos pequeños son presencia de Dios para nosotros, esas personas humildes y sencillas con las que nos vamos encontrando, ese que quizás porque desconocemos nos mostramos ante él con tanta precaución, ese que no nos parece digno porque tras de sí nosotros solo estamos viendo un historial que no es de nuestro agrado; esos pequeños son presencia de Dios en nuestra vida que tenemos que saber descubrir. De eso nos quiere hablar hoy el Evangelio.

Y terminará diciéndonos Jesús que ‘al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá’. Es a nosotros a quien Jesús se está refiriendo, porque tenemos que reconocer cuanto hemos recibido del Señor, recordemos cada uno nuestra historia reconociendo que ha sido una historia de amor de Dios para nosotros. ¿Sabremos reconocerlo? ¿Sabremos dar respuesta? ¿Cuál es la exigencia del amor de Dios para nuestra vida?

 

lunes, 30 de septiembre de 2024

La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

 


La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

En la tarde del domingo salí a dar una vuelta, como suele decirse para despejar la cabeza, y me encontré por las carreteras de la isla grupos de muchachos de color que iban o venían del campamento donde los tienen acogidos por ser menores, por cierto bastante lejanos de las poblaciones con el correspondiente aislamiento; me hizo pensar en muchas cosas porque detrás de esos muchachos yo quise ver unas familias con sus dramas de pobreza que fuertes tienen que ser para arriesgarse a meterse en una patera en el mar buscando una tierra donde encontrar algo mejor para sus vidas (noticias bastante dramáticas hemos escuchado esta misma semana); pero pensé en nosotros y en nuestras vidas, es cierto que también con nuestros problemas, pero que bien diferentes también en gravedad de los que hay detrás de esos menores; y me vino a la mente la reacción tan variada que tenemos ante esa situación, que sabemos que nos desborda, pero que ahí está.

¿Cómo los miramos? ¿Somos capaces de subirlos a nuestro coche para transportarlos a algún lugar? Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, y es muy habitual encontrarlos, ¿cuál es nuestra reacción? Y ya sabemos los que fomentan noticias interesadas en referencia a estos muchachos buscando crear alarmas en la población buscando reacciones bien interesadas.

Me ha venido todo este pensamiento sintiéndome interpelado por el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. El evangelista nos habla de cómo los discípulos iban discutiendo entre ellos sobre quien era el mayor o el más importante entre aquel pequeño grupo de los que seguían de cerca de Jesús.  

Como tantas veces sucede en nuestros grupos humanos aparecen por un lado las desconfianzas y hasta los resentimientos por cualquier gesto o palabra, pero también aparecen los orgullos que llevamos en nuestro interior que nos hace buscar lugar donde podamos influir o mandar, manifestar nuestro poder o hacer patentes esos deseos de grandeza que tan fácilmente afloran en nuestros corazones.

Nadie se quiere quedar atrás, nadie quiere que otro pueda interponerse por medio y mermar la influencia que yo pudiera ejercer, y manipulamos para poner las cosas a nuestro favor o creamos grupos de presión, buscamos mermar la influencia que otros pudieran tener para nosotros ocupar el primer lugar y desprestigiamos a quien sea para que en los otros no se tenga confianza, hacemos nuestras interpretaciones de los hechos o de las palabras de los demás porque quizás las envidia corroe nuestros corazones, y así tantas cosas que la lista se haría interminable.


Y Jesús, con pocas palabras, pero con gestos enriquecedores que son verdaderas parábolas para nosotros respondió a aquella situación. ¿Qué hace Jesús? Toma a un pequeño, a un niño, y lo pone allí en medio de todos, en el centro de todos. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, son sus escuetas palabras. No hace falta más.

Acoger a un niño, acoger a un pequeño. Mientras no llegaran a una mayoría de edad – que por cierto era mucho menos que lo que hoy consideramos en nuestros ordenamientos jurídicos mayoría de edad – los niños eran poco considerados y de alguna manera no eran sujetos de derechos. Era sí una persona, pero que no era considerada para nada, no era escuchada ni tenida en cuenta. Y Jesús dice acoger a un niño, tenerlo en cuenta, ponerlo en consideración, ponerlo también en el centro; Jesús viene a decirnos que es algo importante, porque es como acogerlo a El. Y para redondear la importancia, nos dice que acogerlo a El era acoger al que lo ha enviado, y El se siente enviado por el Padre Dios, como tantas veces nos dirá.

Con la imagen del evangelio, por supuesto, que pensamos en el niño al que aun hoy se le tiene en toda la debida consideración, siempre será un menor. Pero en esa imagen del niño, del pequeño que nos presenta Jesús nosotros podemos ver a muchos. Muchos son los poco considerados de la sociedad; cuánta discriminación sigue existiendo a pesar de que hablemos tanto de tolerancia, y de respeto a las personas, y de que todos somos iguales, y buscamos derechos para este o para aquel otro grupo que me interesa y hasta nos hacemos una legislación.

Pero pensemos si en el día a día con todos los que nos vamos encontrando en el camino nosotros tenemos la misma consideración; a cuantos excluimos de la sociedad porque son… y ponemos tantas condiciones para que los consideremos dignos. Y en ese niño o ese pequeño, del que hoy nos habla el evangelio, yo quiero ver también a ese inmigrante que de forma legal o de forma ilegal llega a nuestras tierras, quiere incorporarse a nuestra sociedad, porque a no todo el que nos llega de otra tierra lo acogemos de la misma manera; ¿tratamos igual al turista en sus vacaciones que al que llega a nosotros y no sabemos de donde viene o no puede pagarse un techo para cobijarse?

Jesús nos habla hoy de acogida. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto y no solo es ya en estos casos graves que hemos ido mencionando, sino en el día a día con nuestros convecinos, con nuestros compañeros de trabajo, incluso hasta con los mismos familiares que pueden estar pasando por situaciones diferentes y difíciles en la vida y también les ponemos nuestras pegas.

Jesús ha venido a instaurar el Reino de Dios; esa acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en ese Reino de Dios.

viernes, 26 de enero de 2024

Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

 


Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4,26-34

Quiero comenzar diciendo algo que podría parecer una perogrullada - una ocurrencia que se sale de tiesto – pero tengo que reconocer que yo creo en la semilla. Sí, la semilla tiene su valor y su significado. Y hoy nos habla Jesús en el evangelio de la semilla, una parábola muy sencilla que solo nos dice que la semilla es echada en tierra, germina y hará nacer una planta que crecerá y un día da fruto; y no nos habla del agricultor que cuida ese campo, no nos habla de lo que hemos de preparar la tierra, sino simplemente de la semilla echada en tierra y que germina. Podíamos decir que no sabemos cómo ni por qué, pero en si misma tiene su virtud, su ser, su esencia, podríamos decir.

¿No hemos visto nacer una planta en los lugares más insospechados? ¿Un árbol frutal que nació allá entre las rocas donde quizás podría parecer imposible que llegara una semilla? ¿Por qué allí y no en otro sitio? Allí llegó la semilla y germinó dándonos una nueva planta. Observaba yo esta misma mañana en mis paseos por los alrededores una pared de piedra que allí se había levantado para salvar un desnivel y a considerable altura se veían surgir plantas silvestres entre las piedras de aquella pared. Allí estaban dando vida y color a la estética de aquella pared.

Y Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esa semilla echada en tierra, que germinará y por su misma esa nueva planta puede regalarnos su fruto. Una referencia, es cierto, a la semilla de la Palabra de Dios, como se nos dará referencia y explicación en otras parábolas que nos ofrece Jesús; una referencia a ese Reino de Dios – con él se compara – que germinará en medio de nuestro mundo cuando nos preocupamos de sembrar esa semilla. Esa semilla que son esos valores que nosotros vamos viviendo y ahí en medio de nuestro mundo lo irán contagiando; esa semilla que partirá de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestros compromisos, de nuestras buenas palabras con los que queremos enseñar y educar, con los que queremos transmitir lo mejor de nosotros mismos que llevamos en el corazón y queremos vivir.

Somos, tenemos que ser sembradores de semillas en la vida, en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos. Es importante nuestro testimonio, es importante nuestra palabra, son importantes nuestros gestos. Sembremos aunque nos parezca que lo que hacemos es pequeño e insignificante. Hoy nos ha propuesto Jesús otra parábola habla de la semilla insignificante de la mostaza, pero que nos puede dar una hermosa planta, que como nos dice Jesús en la parábola, hasta los pajarillos pueden anidar entre sus ramas.

      Sin dejarme llevar por orgullos ni vanagloria sí quiero decir que, como bien sabéis los que me leen por Internet, estas pequeñas reflexiones nacidas del evangelio de cada día yo las he querido llamar precisamente así, ‘la semilla de cada día’. Ahí dejo en ese amplio campo de Internet y de las redes sociales esa semilla que quiero plantar cada día, como otras pequeñas reflexiones que cada día ofrezco a mis amigos con el buenos días a las que por su brevedad llamo ‘semillitas’. Es la responsabilidad de sembrar algo bueno y la esperanza de que en alguien germine en cosas buenas para él y para nuestro mundo.

martes, 31 de octubre de 2023

Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

 


Nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

Quieras que no también nosotros admiramos las cosas grandes. Vamos caminando dando un paseo y primero nos fijamos en las grandes montañas que vemos en la lejanía que en un minúsculo sendero que quizás nos conduce a un pequeño arroyo de agua cantarina; observamos un monumento y nos quedamos extasiados ante su grandiosidad, y luego será quizás cuando entramos en los detalles de sus líneas, de sus grabados o de sus pinturas; nos sentimos encandilados cuando vemos a una multitud reunida o manifestándose por cualquier causa y no nos fijamos en los transeúntes que encontramos al paso o los que están allí en la orilla del camino.

Lo podemos aplicar a muchas cosas, a muchos aspectos, a muchas cosas que nos suceden y en las que nos vemos implicados o al menos tendrían que ser un interrogante para nosotros. Cuando escuchamos los relatos del evangelio enseguida nos fijamos en las multitudes que se reunían viviendo de un lado y de otro para escuchar a Jesús, vemos la multitud, pero no nos fijamos en las personas que allá en silencio, en cualquier rincón también están queriendo seguir a Jesús o escuchar su buena noticia.

¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús en el evangelio? Que nos fijemos en lo pequeño, por eso nos habla de la semilla de la mostaza que es bien pequeña y aparentemente insignificante, o en el pequeño puñado de levadura que se mezclará con la gran masa para hacer el pan.

¿Nos querrá decir algo para nuestra vivencia de Iglesia hoy? Algunas veces también quizá añoramos aquellos momentos en que veíamos nuestros templos repletos de personas, le damos mucha importancia y hasta propaganda, por decirlo de alguna manera, a esas manifestaciones religiosas multitudinarias de gentes que se congregan en torno a un santuario o una determinada devoción.

Bajémonos de esos observatorios de altura. Vayamos más a ras del camino de cada día y comencemos a ver lo pequeño, lo que va germinando en el corazón de cada persona, en esas personas sencillas que no hacen ruido ni vociferan desde unos entusiasmos muchas veces estentóreos pero que día a día no solo van sembrando la semilla de la Palabra de Dios en sus corazones, sino que también con sus gestos, con su entrega callada, con sus compromisos con la vida, van siendo esa levadura en medio de nuestro creando de verdad el Reino de Dios.

Hay momentos en que nos sentimos como abrumados y hasta desalentados porque nos parece, frente a tanta algarabía que escuchamos alrededor, que no contamos, que no somos nadie, que la Iglesia va perdiendo influencia en la sociedad, que aumentan los indiferentes o los descreídos. Cuidado que sean ruidos que nos confundan, porque además puede haber quienes estén interesados también en crear esa confusión. No podemos desalentarnos mientras siga permaneciendo viva la llama de la fe en nuestro corazón, y seamos capaces de ver cómo también sigue viva en el corazón de muchos.

Podemos parecer pocos o pequeña semilla, pero no dejemos de sembrar. El Reino de los cielos se parece a la semilla de la mostaza, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Pensemos que ya nosotros somos esa pequeña plantita que va creciendo y que podemos y tenemos que extender nuestras ramas para que otros también se acojan a su sombra.

Nos puede parecer insuficiente o insignificante lo que vamos haciendo, pero no dejemos de hacerlo, somos ese puñado de levadura que tiene que hacer fermentar el mundo, y lo hará fermentar. Es válido eso pequeño que hacemos, y que hacen tantos a nuestro alrededor. Aunque nos parezca que no estamos transformando nuestro mundo, aunque por supuesto quisiéramos que fuera con mayor intensidad. Pero valoremos esas pequeñas cosas que se hacen, valoremos a esas personas anónimas que están a nuestro lado queriendo también sembrar su buena semilla.

Creo que estas parábolas que hoy escuchamos nos levantan el ánimo y la esperanza. Es algo que a un cristiano nunca le puede faltar.

viernes, 27 de enero de 2023

Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

 


Jesús nos está diciendo que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá creciendo y fructificando el Reino de Dios

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Muchas veces cuando nos dejamos llevar solo por las apariencias nos equivocamos; buscamos quizás cosas grandes o aparatosas, los que nos parece raquítico y pequeño lo desechamos, una persona que en nuestra manera de ver no tiene buena apariencia la rechazamos sin más, de aquel que nos parece ‘un pobre hombre’, como suele decirse, no esperamos nada; aquel que nos parece más locuaz, más hablador, que se nos presenta como que todo lo sabe es al que primera le prestamos atención. Cómo nos engañamos.

Hoy Jesús nos está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, lo que no hace ruido, porque es quizás lo que verdaderamente fructificará. Como siempre Jesús nos habla en parábolas, ejemplos muy sencillos, tomados de la vida de cada día, de lo que tenemos entre manos o contemplamos muchas veces sin darnos cuenta. Hoy nos habla Jesús de semillas. ¿Qué es un grano de trigo? Tenemos que reconocer que algo bien insignificante; si no nos fijamos mucho se nos escurre entre los dedos y como caiga en un suelo revuelto con muchas cosas luego ni lo encontramos.

Pues es el grano que se siembra bajo la tierra y sin que nosotros veamos nada va a fructificar y hará brotar una planta que nos dará una hermosa espiga con muchos granos. No lo sentimos, no lo vemos, pero pronto aparecerá ese pequeño brote en el suelo que irá creciendo. O como nos habla también de la mostaza, otra insignificante semilla, que nos va a dar una planta hermosa en cuyo entorno revolotearán hasta los pajarillos.

Y Jesús nos está diciendo que así es el Reino de Dios. Que no busquemos cosas aparatosas ni grandiosas, que desde lo pequeño irá fructificando e irá creciendo. Que pongamos mano por obra en eso tan pequeño e insignificante que podemos hacer en los mil detalles de cada día y que entonces estaremos construyendo algo grande y que merece la pena.

Parece, en ocasiones, que ni creemos en ese reino de Dios, que tenemos el pensamiento en otras cosas, que nos olvidamos de esos mil pequeños detalles de cada día, que cada día cuando tenemos un corazón lleno de amor podemos hacer por el que está a nuestro lado, por hacer que en verdad crezca el Reino de Dios; que aprendamos a valorar lo pequeño y valorar a los pequeños, o a los que nosotros nos parecen pequeños y que nada pueden aportar; que nos olvidemos de buscar esas grandiosidades, que tengamos en cuenta a ese que está a nuestro lado y que parece que nada nos dice o que nada puede hacer, que comencemos a trabajar en silencio, sin hacer mucho ruido porque en el silencio de la tierra la semilla germina y se hace nueva planta que nos terminará dando hermosos frutos.

Deja tu agradable sonrisa a tu paso por la calle, mira con ojos expresivos y con mirada que salga del corazón a esa persona que te da los buenos días cuando pasa junto a ti, pon calor en tu mano y en tu brazo cuando le das el paso a aquel con quien te cruzas quizás en un lugar difícil del camino, alerta tus oídos para escuchar también con tu mirada a aquel que tiende tu mano hacia ti en su necesidad, detente y presta atención a quien parece que tiene algo que contarte y no lo des por sabido de antemano… son tantos los pequeños gestos que podemos tener con aquellos que nos vamos encontrando por el camino de la vida, pequeños gestos que construyen vida, pequeños gestos con los que estamos haciendo presente el reino de Dios. No son apariencias, son la riqueza del amor.

martes, 29 de noviembre de 2022

 


Verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, recostado entre las pajas de un pesebre si con el corazón de los sencillos buscamos a Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Todos sabemos que un foco convenientemente colocado y según qué intenciones puede resaltar unos matices que nos interesan para darnos la imagen que quiere darnos, pero también pueden encandilarnos de tal manera que quedemos deslumbrados para no ver la auténtica realidad. Son técnicas de marketing y de publicidad que desde los diferentes ámbitos de la vida se utilizan, como muchos más, de manera que nos conducen a donde quieran ya sea en el consumo como en las orientaciones que queramos dar la sociedad.

Nos sentimos encandilados por los focos que relumbran y que pueden cegarnos, pero bien sabemos que las bonitas palabras se pueden convertir en una charlatanería pero que nos dejamos arrastrar por aquel que quizá más ruido hace o se presenta delante de nosotros con mayor ostentación. Sin embargo quizás no vamos a encontrar ahí las cosas más maravillosas de la vida, ni tienen por qué presentarse con espectacularidad, sino que en lo pequeño y en lo sencillo encontramos la mayor belleza y la mejor sabiduría para la vida. Es el camino de lo pequeño y de lo sencillo que muchas veces tanto nos cuesta escoger.

De eso se nos habla hoy en el evangelio, es lo que nos quiere hacer resaltar Jesús con sus palabras, es lo que tendría que hacernos detener cuando aun estamos comenzando este camino de Adviento para llegar a descubrir como verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, nacido y recostado entre las pajas de un pesebre en Belén.

No fue el camino de Jesús un camino de espectacularidad. Muchas veces, incluso cuando nos acercamos al evangelio, podemos encandilarnos con esas páginas que nos hablan de los milagros de Jesús, pero no lleguemos a captar el verdadero sentido del evangelio incluso en esas páginas que nos pueden parecer más espectaculares. 

Es al Jesús que siempre veremos entre los pobres y los pequeños, que se acerca al que parece estar más abandonado y el que muestra su cercanía a los que son más despreciados de la sociedad. Se acerca al paralítico de la piscina perdido allá en un rincón y a quien nadie ayuda, deja que le toque el manto una mujer que carga con la impureza de sus flujos de sangre y de la que todos se apartarían, permitirá a la mujer pecadora que le lave los pies con sus lágrimas y con sus perfumes, o comerá con los publicanos y de los pecadores aunque fuera motivo de escándalo para los fariseos.

Hoy le vemos dar gracias al Padre que se revela no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos. Cuánto nos enseña de la actitud de humildad con que tenemos que acercarnos a Dios; cuanto nos enseña para que descubramos al Dios que El nos revela – ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ – precisamente en esos pequeños del mundo, de los que peligrosamente tantas veces quizás nosotros también pasamos de largo.

Es el camino que nos llevará a una auténtica navidad, que no se quedará en superficialidades ni apariencias sino que tendrá todo su sentido cuando veamos al Jesús que nace en Belén en esos pobres y en esos últimos de nuestro mundo. Será la auténtica transformación que el Espíritu del Señor realizará en nuestro corazón, un corazón que será siempre ya para la paz y para el amor, como nos refleja tan sabiamente el profeta en esas ricas imágenes que nos ofrece en su profecía. 


Ya no podremos ser fieras los unos para los otros porque reinará el amor, porque ‘habitarán juntos el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos y un muchacho será su pastor’. Imágenes del mundo nuevo que ha de comenzar a construirse.

 

martes, 25 de octubre de 2022

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

 


Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Para los que tenemos siempre muchas prisas y queremos todo de inmediato nos viene bien escuchar las parábolas que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Siempre tenemos prisa, queremos las cosas de inmediato; los medios que hoy se nos ofrecen, la tecnología que se vive tan intensamente, las redes sociales que nos ponen en comunicación de inmediato con cualquier en cualquier parte del mundo, contribuyen aun más a estas prisas y carreras en que vivimos y que de alguna manera nos pueden impedir el saborear las cosas de cada momento. Y hasta nos volvemos exigentes, porque si no nos responden de inmediato ya es que no nos hacen caso, que nosotros poco importamos para esas personas y no nos damos cuenta del ritmo real que cada persona lleva allí donde esté y que no sabemos bien cuales son las circunstancias que viven.

Con esto hablamos de nuestras relaciones interpersonales, con esto podemos hablar de las inquietudes que podamos sentir por situaciones que no nos parecen bien y que desearíamos que cambien, con esto podemos hablar, también ¿por qué no?, del anuncio del evangelio en nuestro mundo y nuestros deseos de que se haga presente el Reino de Dios.

¿Se hace o no se hace presente? Quisiéramos verlos a todos convertidos. Quisiéramos que nuestro mundo y nuestra sociedad cambie y sea más humana y logremos caminos de entendimiento y de paz; no nos sentimos satisfechos con la falta de paz que hay en nuestro mundo y no solo es la guerra de Ucrania, sino que bien sabemos que son muchos los conflictos de nuestra sociedad, pero muchos los conflictos que hay también en medio de nosotros. ¿Por qué no cambiamos? ¿Por qué no cambia nuestro mundo que nos parece que todo sigue igual? Pero en verdad, ¿será eso cierto así? Ahí andamos con nuestras prisas y carreras porque todo lo queremos de inmediato, pero que no siempre sabemos apreciar las pequeñas cosas, los pequeños signos que se pueden estar donde del Reino de Dios entre nosotros.

Hoy nos habla Jesús de una pequeña semilla, insignificante semilla la del grano de mostaza. Y nos habla de esa pequeña semilla que germina y que crece, podrá anidar hasta pájaros entre sus ramas. Tan insignificante que ni nos damos cuenta de su presencia y de su crecimiento. Pero ahí está y está produciendo sus frutos. Como nos habla del puñado de levadura que queda diluido en la masa que luego no sabremos diferencias una cosa y otra. Pero hace fermentar el pan.

¿No estarán esas pequeñas semillas sembradas en medio de nuestro mundo? ¿No estará ese puñado de levadura diluyéndose en la masa de nuestro para hacerlo fermentar a un pan mejor? Corremos y queremos ver el resultado final ya; no apreciamos los pasos previos, no apreciamos los pasos pequeños, no apreciamos lo que nos parece insignificante.

Muchos cristianos estarán calladamente siendo esa levadura en medio del mundo, aunque nos parezca que no vemos nada. Van surgiendo nuevos movimientos, se va creando un mundo de solidaridad, estamos contemplando una inquietud grande que hay en muchos por hacer un mundo nuevo y mejor; cuanta gente comprometida podemos ver alrededor aunque, como en un momento decían algunos discípulos a Jesús, no parecen de los nuestros. Pero si lo que están haciendo es dar señales de un mundo nuevo y mejor, ¿por qué no los valoramos? ¿Por qué no descubrir ahí un actuar de Dios, aunque nos parezca que nuestras iglesias están vacías?

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza; descubramos esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo. Un día ha de fermentar. Dios también está ahí.