Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta sembrador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sembrador. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


viernes, 31 de enero de 2025

Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

 


Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo, un día germinará y producirá hermosos frutos de un mundo mejor

Hebreos 10,32-39; Salmo 36; Marcos 4,26-34

Algo importante por lo que al menos tendríamos que comenzar es por sembrar la semilla; no podemos pretender recoger frutos si antes no hemos sembrado y cultivado. Es nuestra tarea y nuestra función en la vida; es cierto que nos sentimos tentados a la pasividad y que todo nos lo den hecho, algunas veces es la sensación que damos con algunas maneras de plantear la vida y plantear la sociedad; no sé si de alguna manera estaremos provocando una cierta pasividad cuando no somos capaces de poner nuestro esfuerzo personal sin que antes medien no sé cuantas oportunidades que hasta exigimos en formas de ayudas para poder emprender algo o desarrollar propias iniciativas. ¿Qué sociedad nos estaremos creando cuando no promovemos que surjan y se desarrollen esas iniciativas personales desde ese esfuerzo que cada uno hemos de poner? Por eso al final pretendemos que todo nos lo den hecho. Pudiera parece que me he alejado de lo que es el mensaje del día, pero también sobre todas estas cosas hemos de reflexionar, no estoy tan lejos.

Seamos capaces de sembrar semillas, aunque algunas veces podamos ser conscientes de que no todos los terrenos son igualmente propicios. Semilla sembrada siempre tiene la posibilidad de que de alguna manera algún día brote una flor, lo cual será señal de que luego podamos recoger un fruto. La semilla guardada en el granero no va a producir fruto; quizás haya semillas en nuestra vida que dejamos pudrir en el granero porque no las sacamos y sembramos en tierra dándole la posibilidad de dar un fruto. ¿Tendremos valores guardados y enterrados en nosotros mismos que no sacamos a flote y desarrollamos por los miedos que nos coartan y nos impiden actuar?

Jesús en el evangelio repetidamente nos compara el reino de Dios con una semilla; diversas parábolas nos hablan de ello. Y hoy nos habla de esa semilla sembrada en silencio y que aparentemente en silencio queda bajo tierra, y como nos dice Jesús sin que el agricultor sepa cómo un día aquella semilla germinó y llegar a producir fruto.

Esa semilla que vamos sembrando con nuestro testimonio, esa semilla sembrada con una palabra amable o un gesto generoso, esa semilla de la rectitud con que andamos por la vida y ese compromiso que tenemos con todo lo bueno, esa semilla que será nuestra presencia que parece que no dice nada pero que está manifestando la integridad de una fe, esa semilla del día a día que vivimos con responsabilidad y con sentido trascendente.

Serán semillas silenciosas quizás pero que dejan huella, que hacen que nos hagamos preguntas, que impulsan a mirar las cosas de manera distinta, que elevan la altura de miras de los demás para comprender que puede haber otras metas, que hay otros ideales, que hay una luz que ilumina caminos en las peores tormentas que nos podamos encontrar. Es lo que tenemos que ser los cristianos en medio del mundo. Como nos dirá Jesús en otros momentos y con otras imágenes, como la silenciosa levadura que desde dentro hace fermentar la masa. Así tenemos que ser, así tiene que ser nuestro testimonio, así tenemos que ser evangelio para los demás.

No buscaremos apoyos humanos, pero sí sabemos que con nosotros está el que dará fuerza y vigor para que la semilla pueda germinar. No nos sentiremos solos porque es el Espíritu del Señor el que está haciendo surgir todo eso bueno dentro de nosotros, está inspirando esos gestos y esas iniciativas, estará dándonos fuerzas cuando nos parezca que todo es adverso, pero tenemos la certeza de que podemos seguir, podemos dar ese testimonio, tenemos la esperanza de que la semilla un día germinará y dará fruto. Es la paciente espera del sembrador y del agricultor con la que nosotros esperamos que un día podamos ver un mundo nuevo, un mundo mejor. Sembremos la semilla, sin cansarnos, sin abandonar, con esperanza, con buen ánimo.

viernes, 26 de enero de 2024

Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

 


Tenemos que ser sembradores de semillas de vida en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos, con la esperanza de que un día darán su fruto

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4,26-34

Quiero comenzar diciendo algo que podría parecer una perogrullada - una ocurrencia que se sale de tiesto – pero tengo que reconocer que yo creo en la semilla. Sí, la semilla tiene su valor y su significado. Y hoy nos habla Jesús en el evangelio de la semilla, una parábola muy sencilla que solo nos dice que la semilla es echada en tierra, germina y hará nacer una planta que crecerá y un día da fruto; y no nos habla del agricultor que cuida ese campo, no nos habla de lo que hemos de preparar la tierra, sino simplemente de la semilla echada en tierra y que germina. Podíamos decir que no sabemos cómo ni por qué, pero en si misma tiene su virtud, su ser, su esencia, podríamos decir.

¿No hemos visto nacer una planta en los lugares más insospechados? ¿Un árbol frutal que nació allá entre las rocas donde quizás podría parecer imposible que llegara una semilla? ¿Por qué allí y no en otro sitio? Allí llegó la semilla y germinó dándonos una nueva planta. Observaba yo esta misma mañana en mis paseos por los alrededores una pared de piedra que allí se había levantado para salvar un desnivel y a considerable altura se veían surgir plantas silvestres entre las piedras de aquella pared. Allí estaban dando vida y color a la estética de aquella pared.

Y Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esa semilla echada en tierra, que germinará y por su misma esa nueva planta puede regalarnos su fruto. Una referencia, es cierto, a la semilla de la Palabra de Dios, como se nos dará referencia y explicación en otras parábolas que nos ofrece Jesús; una referencia a ese Reino de Dios – con él se compara – que germinará en medio de nuestro mundo cuando nos preocupamos de sembrar esa semilla. Esa semilla que son esos valores que nosotros vamos viviendo y ahí en medio de nuestro mundo lo irán contagiando; esa semilla que partirá de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestros compromisos, de nuestras buenas palabras con los que queremos enseñar y educar, con los que queremos transmitir lo mejor de nosotros mismos que llevamos en el corazón y queremos vivir.

Somos, tenemos que ser sembradores de semillas en la vida, en el mundo que nos rodea, en la sociedad en la que vivimos. Es importante nuestro testimonio, es importante nuestra palabra, son importantes nuestros gestos. Sembremos aunque nos parezca que lo que hacemos es pequeño e insignificante. Hoy nos ha propuesto Jesús otra parábola habla de la semilla insignificante de la mostaza, pero que nos puede dar una hermosa planta, que como nos dice Jesús en la parábola, hasta los pajarillos pueden anidar entre sus ramas.

      Sin dejarme llevar por orgullos ni vanagloria sí quiero decir que, como bien sabéis los que me leen por Internet, estas pequeñas reflexiones nacidas del evangelio de cada día yo las he querido llamar precisamente así, ‘la semilla de cada día’. Ahí dejo en ese amplio campo de Internet y de las redes sociales esa semilla que quiero plantar cada día, como otras pequeñas reflexiones que cada día ofrezco a mis amigos con el buenos días a las que por su brevedad llamo ‘semillitas’. Es la responsabilidad de sembrar algo bueno y la esperanza de que en alguien germine en cosas buenas para él y para nuestro mundo.

miércoles, 24 de enero de 2024

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

 


Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena?

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20

Escuchar a veces no es fácil. Hay que prestar atención, porque es más que oír sonidos inconexos que llegan a nuestros oídos. Escuchar es una elección. Ya lo solemos decir, aunque a veces con cierta picardía, escuchamos lo que queremos. Yo diría aquí, queremos escuchar lo que oímos, y claro para eso es necesaria atención. Hoy terminará diciéndonos Jesús que ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. ¿No tenemos todos oídos? Lo malo sería que no los utilicemos.

Se había reunido en torno a Jesús mucha gente; será difícil que allí en el mismo plano de la playa puedan todos oírle con claridad. Por eso la estrategia de Jesús, aprovechando que había allí unas barcas que acababan de regresar de su faena, sus pescadores estarían realizando por allí las tareas habituales de recoger las redes, limpiarlas, remendarlas si tal fuera el caso, y tener todo preparado para otra faena el día de mañana. Se subió y sentó en una de las barcas situándolas a corta distancia de la orilla, y todos podrían verle y escucharle.

‘Escuchad…’ comienza diciendo Jesús. ¿No es la llamada de atención al principio de cualquier parlamento para que se haga silencio y se preste atención? Pero quizás ese ‘escuchad’ pueda significar algo más. Es que en lo que va a decir Jesús nos va a describir esa manera de escuchar que tenemos en tantas ocasiones y que pueda llevar al poco o mucho fruto que podamos recoger de lo que se nos dice. Tantas veces estamos oyendo a quien nos habla pero nuestra mente anda por otros ‘andares’, como tantas veces aunque estemos allí presentes ponemos una costra que hace resbalar aquellas palabras que se nos dicen.

De eso y mucho más nos va a hablar Jesús. Habla de un sembrador que sale a sembrar a voleo su semilla; recorre caminos y campos y a vuelo va dejando caer su semilla, pero no todos los terrenos en los que cae están preparados de la misma manera, tienen las mejores actitudes para que esa semilla pueda enraizar y un día dar fruto. Será la tierra endurecida de los caminos y veredas por el paso de los caminantes; serán los terrenos pedregosos que no han sido roturados lo suficiente; serán esos terrenos llenos de abrojos y matorrales que no ofrecerán la mejor disposición para que esas nuevas plantas que allí germinarán puedan salir adelante. Solo alguna semilla irá a caer en buena y preparada tierra y aun así dará diferentes cosechas.

¿En que condición estaban los que aquella mañana se habían congregado en la playa de Cafarnaún? ¿Por qué habían ido a ver a Jesús? ¿Qué es lo que querían escuchar? ¿Lo que Jesús les estaba ahora diciendo entraría en sus planes, podría ser factible que obtuviera una respuesta en sus vidas?

Era lo que entonces aquellos galileos, pero también nosotros hoy que estamos escuchando esta parábola de Jesús tenemos que plantearnos. ¿Cuál es nuestro interés? El mensaje que se nos transmite ¿responde a lo que son nuestras expectativas? ¿Estaríamos dispuestos a cambiar de dirección nuestros intereses en la vida? ¿Nos dejaremos roturar para transformar ese terreno estéril en un buen terreno que un día produzca sus frutos?

Podemos pensar que es costoso, porque nuestro corazón se ha endurecido, porque muchos son los apegos y las rutinas que envuelven nuestra vida, pero, ¿no nos llama la atención eso nuevo que nos ofrece Jesús? ¿No sentimos desconsuelo en nuestro interior por lograr un mundo mejor en el que reine la justicia y la paz, en que todos nos sintamos hermanos, en que vamos logrando que la gente sea más feliz de verdad desde lo más hondo de si mismos?

Me vais a permitir que traiga a colación una imagen que está viniendo a mi mente. Todos sabemos que hace un par de años un volcán en una de nuestras islas destruyó poblaciones e inmensos espacios de terrenos agrícolas, muchos de los cuales se habían realizado precisamente sobre las lavas de volcanes anteriores. Los habitantes de aquel lugar no se han rendido. De nuevo están roturando las lavas del último volcán para con nueva tierra transportada de otros lugares volver a hacer florecer aquellos campos con nuevos cultivos. La tarea no es fácil, es bien costosa en todos los sentidos, pero saben que tienen que hacerlo para hacerlos producir, pero también para verse realizados en sus vidas allí donde siempre han estado. Un día, no tan lejano, lo que fue un infierno de fuego y de lava volverá a estar lleno de vida.

Nos cuesta roturar nuestra vida para prepararla como tierra buena para acoger la semilla de la Palabra de Dios, como hoy nos está pidiendo el evangelio, pero, ¿no merece la pena? ¿Seguiremos dejando que la Semilla caiga en tierra baldía por no poner todo el esfuerzo en escuchar de verdad esa Palabra que Dios nos ofrece?

‘Escuchad…’ nos dice Jesús. ‘El que tengo oídos para oír que oiga’


domingo, 16 de julio de 2023

Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

 


Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Una palabra puede tener muchas y diferentes resonancias según quien la escuche, porque podemos darle diferentes significados, o porque la miramos y escuchamos desde diferentes ecos que llevemos en el corazón; podemos ir precavidos de entrada ante quien nos pronuncia esa palabra y esa malicia que llevamos en el corazón nos haga tergiversar esa palabra que se nos dice; experiencia tenemos de cuantos conflictos se han producido en nuestras relaciones humanas, por esa malicia que llevábamos como prejuicio y esa interpretación que le dimos a algo que era bueno en sí. La palabra era buena en si misma, pero nosotros la maleamos y no será ya para nosotros palabra de sabiduría que nos enriquezca.

Decimos las palabras, decimos los gestos, decimos cualquier cosa que hagamos que siendo algo bueno sin embargo no encuentra la misma reacción por quienes nos rodean, nos escuchan, o caminan con nosotros en la vida. Es también la valoración que nosotros hacemos tantas veces de lo que nos dicen o hacen junto a nosotros los que nos rodean.

Hoy el evangelio nos está hablando de momentos de placidez, de sentirnos a gusto disfrutando de cuanto nos rodea. La escena que nos presenta el evangelio realmente es bucólica; la orilla del lago, la gente que va y viene, los pescadores que a la vuelta de sus faenas reparan redes, mantienen en orden las artes de pesca y Jesús allí en medio sentado entre la gente hablando y comentando, como suele suceder, los acontecimientos del día.

Pero la palabra de Jesús no será nunca una palabra superficial que se lleva el viento, la palabra de Jesús tiene la sabiduría de hacernos pensar, de hacernos reflexionar, de hacer que nos miremos por dentro, pero también de despertar muchas cosas buenas en nuestros corazones. Una palabra dicha con sencillez, como quien va desgranando los granos de una espiga, que no simplemente alimentan a los pajarillos que revolotean a nuestro lado si cae en el suelo, sino que van siendo alimento para nuestra vida, despertando nuevas ilusiones de cosas grandes, sembrando inquietud en nuestras vidas, abriéndonos horizontes y caminos que nos hacen avanzar hacia una nueva plenitud.

Y nos está hablando de esa riqueza de vida que encierra la semilla; cuántas nuevas plantas que produzcan nuevos frutos pueden surgir, qué hermoso alimento y energía para la vida cuando comemos ese fruto. En misma tiene su valor ¿sabremos apreciar cuanto nos ofrece? ‘La semilla cayó a tierra y dio fruto’, repetimos en el salmo recordando el meollo del mensaje.

Hoy nos hablado Jesús de una semilla que sale el sembrador a sembrar. La parábola, es cierto, nos describe los diferentes terrenos en que puede caer y del fruto o no fruto que pudiera producir. Muchas veces en nuestra reflexión hemos hecho mucho hincapié en esa diferencia de terrenos que nosotros podemos ser; y tenemos que hacerlo también. Pero me atrevo a decir que el protagonista de la parábola es la semilla y la riqueza de esa semilla que el sembrador ha salido a sembrar. No era una semilla estéril, no era una semilla dañada, como en otros momentos Jesús nos dirá en otras parábolas, era una semilla buena.

Valoremos, pues, esa buena semilla. Es cierto que es una clara referencia a la Palabra de Dios que se siembra o se ha de sembrar en los campos de nuestro mundo. Una semilla que está ahí y a su tiempo producirá su fruto. Una buena semilla que también podemos encontrar en cuanto de bueno vamos encontrando en la vida, que podemos encontrar en esa palabra enriquecedora que podemos recibir, que podemos escuchar a los que están a nuestro lado, y tanto nos puede ayudar.

Una buena semilla en tantos gestos de humanidad que podemos encontrar en los que nos rodean, una buena semilla en ese buen testimonio y ejemplo que recibimos de alguien que pasa a nuestro lado, una buena semilla que podemos encontrar en la generosidad de tantos corazones que hacen el bien, que tienen una mano para ayudar al que va tambaleante por los caminos de la vida, en una sonrisa que llena de un nuevo azul el cielo que nos rodea para desterrar sombras, una buena semilla que podemos encontrar en tantas cosas si somos capaces de abrir los ojos para ver la bondad y generosidad de muchos corazones. Una buena semilla, es cierto, que nosotros también podemos ir sembrando al borde del camino de nuestra vida.

Vamos, pues, a intentar descubrir esas buenas semillas, porque son también una forma de cómo Dios nos habla. Seamos capaces de crear en nuestros corazones aquellos momentos de placidez de los que hablábamos al principio cuando contemplábamos a Jesús junto al lago hablando con la gente. No vamos a permitir ni que nuestros oídos ni nuestra mirada se llenen de malicia que malinterpreten esa Palabra de vida que llega a nosotros. Hagamos ese silencio interior, llenemos de paz y serenidad nuestro corazón y nos vamos a encontrar con Jesús que desgranará para nosotros esos granos de semillas que alimenten nuestra vida.

domingo, 2 de julio de 2023

Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

 


Ponemos la alegría de la ilusión por lo nuevo y la esperanza de plenitud con la certeza de que hasta lo más pequeño será siempre una siembra de vida

2Reyes 4, 8-11. 14-16ª; Sal 88; Romanos 6, 3-4. 8-11; Mateo 10, 37-42

Estamos llamados a vivir y a transmitir vida. Forma parte de nuestra naturaleza, del sentido de nuestra existencia. La vida no se acaba en sí misma, no se encierra en sí misma; la vida que se encierra en sí misma, podríamos decir, que enferma y muere: estamos llamados a contagiar vida, trasmitir vida, crear vida; signo de esa vitalidad que llevamos en nosotros es la creación de vida; cuando amamos vamos sembrando semillas de vida, engendrando vida.

Pero muchas veces nuestra vida tiene el peligro de rodearse de sombras y es cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo; llegamos a confundir lo que es de verdad vivir y solo nos buscamos a nosotros mismos, nuestras satisfacciones, lo que entonces nos parece que nos va a dar verdadera felicidad; y como decíamos antes comenzamos a morir.

Si una semilla no la plantamos para que de ella surja una nueva planta sino que la guardamos en sí misma indefinidamente, veremos que poco a poco va perdiendo esa fuerza generadora de vida, como decimos, se atrofia, se seca, pierde la capacidad de generar una nueva planta. Así nos sucede a nosotros, cuando nos encerramos en nosotros mismos, perdemos la capacidad de amar y de generar vida.

Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio buscamos una vida que nos hace perder la verdadera vida. Es el sentido de estas palabras de Jesús: ‘El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará’. Por eso nos pueden parecer muy exigentes y duras las palabras que hoy escuchamos en el evangelio. Es la exigencia de haberle encontrado a El que se convierte así en el sentido de nuestra vida. Como nos dirá en otro momento cuando encontramos el tesoro escondido hacemos todo lo posible para conseguirlo, por obtenerlo, seremos capaces de vender todo lo que tenemos para comprar esa perla preciosa. Es lo que significa seguir a Jesús.

Nada puede estar por encima de nuestro amor a Jesús, pero es que todo encontrará la plenitud de su sentido precisamente desde ese amor de Jesús. Nada puede ponerse por medio para interferir en nuestro camino de seguimiento de Jesús, pero cuando seguimos a Jesús todas esas realidades de la vida van a adquirir un nuevo sentido y valor. No nos dice Jesús que prescindamos así porque sí de esas realidades de la vida, llámese familia o llámese trabajo, llámese casa o llámense aquellas cosas que poseemos como instrumentos y medios de nuestro vivir, sino que en ellas vamos a poder poner un amor distinto que le dará verdadera grandeza a cuanto hagamos.

Esa transformación de sentido algunas veces nos resultará costosa porque pesan mucho en nosotros esas sombras de las que nos hemos rodeado y que nos impiden ver la auténtica realidad. Por eso nos hablará de negación de nosotros mismos y de un camino de cruz. Es porque buscamos la luz, porque buscamos la vida, y esa búsqueda significa salir de nosotros mismos, arrancarnos de los egoísmos que nos hacen insolidarios, y arrancar también las malas raíces de nuestras ambiciones y del amor propio que nos encierran, será doloroso pero es la necesaria poda para obtener frutos de vida.

Pero no lo hacemos algo así como que no nos queda más remedio, con resignación. No es la resignación un valor positivo de la vida. Otra cosa es la paciencia que mantenemos con nuestra esperanza para alcanzar lo que deseamos. Ponemos la alegría de la ilusión de lo nuevo y la esperanza de plenitud de vida. Lo hacemos con gozo porque tenemos la certeza y seguridad de que hasta lo más pequeño que podamos hacer, como dar un vaso de agua, será siempre una siembra de vida.

Y ver surgir la flor de la vida nos alegra siempre el corazón, llena de un nuevo perfume nuestra existencia y tenemos la garantía de unos frutos futuros. ¿Quién no se alegra con la cosecha de unos frutos que nos llenan de vida? El cristiano siempre será una persona llena de alegría, siempre vivirá con ilusión por algo nuevo y con optimismo aun en los momentos oscuros, porque al cristiano no le falta la virtud de la esperanza.


jueves, 30 de marzo de 2023

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

 


Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre

Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59

Nadie se quiere morir, queremos vivir, aunque en ocasiones la vida se nos haga dura, problemas, enfermedades, luchas y contratiempos, soledades y abandonos… queremos vivir. Y sabemos de la realidad de la muerte, un día se nos acaba, porque se debilita, se consume y se apaga, porque nos aparece una enfermedad, porque vamos gestando esa muerte según el uso, digámoslo así, que le damos a lo que vivimos, porque de repente un día nos llega el final.

Pero queremos vivir, queremos prolongar la vida, queremos disfrutar de la vida. Y ante eso hay diferentes posturas, desde los que te dicen la vida son cuatro días, aprovecha y disfruta todo lo que puedas y de ahí saldrán las diferentes maneras de entender ese disfrute, o queremos que aunque la vida se nos apague dejemos una huella, una semilla, y serán los hijos, será la familia, serán esas obras que vamos creando con nuestro trabajo, será lo que podamos ir haciendo por ese mundo en que estamos para que otros puedan vivir mejor. Se reflejará así la responsabilidad con que la asumimos, o la pendiente de la superficialidad por la que nos podemos dejar caer.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de que El nos puede dar una vida que no se acaba, no verá la muerte para siempre. Y allí están los entendidos de siempre poco menos que burlándose de Jesús y de alguna manera lo están considerando como un iluso cuando habla de estas cosas, porque todos tienen la experiencia de lo que es el morir. Pero es algo de lo que Jesús nos hablará muchas veces. Es necesario confiarnos en El, es necesario creer su palabra, es necesario vaciarnos de tantos sin sentidos con que vivimos muchas veces para que en El descubramos el sentido hondo profundo que le quiere dar a nuestra vida. Que no son solo las sumas de los años que podamos acumular en nuestro calendario particular. Es algo hondo que tenemos que descubrir desde lo más profundo de nosotros mismos.

¿Cuál es precisamente la buena nueva, la buena noticia que El quiere transmitirnos? Nos quedamos muchas veces en nuestros prejuicios, en lo que nosotros nos decimos que creemos desde siempre y no terminamos de ver ese sentido nuevo que Jesús está ofreciendo a nuestra vida. Nos preguntamos tantas veces para que vivimos, por qué vivimos. Nuestra vida no se puede quedar en acumular cosas que un día de nada nos servirán porque al final todo se va a quedar ahí y ni siquiera sabremos disfrutarlo bien. ¿No recordamos la parábola que un día nos propuso Jesús de aquel hombre ambicioso que porque un día tuvo una buena cosecha que llenó sus graneros y bodegas pensaba que ya todo lo tenía y le llegó la hora de la muerte y todo se quedó atrás?

Son otros los valores que hemos de sembrar en nuestro corazón que verdaderamente enriquecerán nuestra vida. Jesús nos está enseñando que la vida no consiste en vivir para nosotros mismos; Jesús nos abre a otros horizontes en esas personas que hacen camino a nuestro lado y en ese mundo que tenemos de llenar de buenas cosas; Jesús nos enseña a hacer una siembra distinta con una semilla nueva que en verdad transformará el mundo; sembremos paz, sembremos concordia, sembremos entendimiento entre unos y otros, sembremos de generosidad el corazón, creemos verdaderos nidos de armonía donde todos nos sintamos valorados y queridos, hagamos regueros de justicia, de bondad, de unidad, regalemos palabras y sonrisas de amabilidad, y estaremos llenándonos de una vida que bien merece la pena vivir porque pondrá más felicidad en nuestros corazones.

Pongamos nuestra fe en Jesús, creamos en su palabra y nos llenaremos de vida, sabremos lo que no es morir para siempre. Para eso El dio su vida por nosotros, aprendamos nosotros a dar la vida y tendremos vida para siempre. ¿No es así como le vamos a contemplar a El en la Pascua?

sábado, 17 de septiembre de 2022

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

 


No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, creer en la buena semilla que sembramos que por la fuerza del Espíritu pondrá optimismo en el corazón

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

No te canses, no te esfuerces tanto, estas personas no lo van a agradecer, de ahí nada bueno se puede sacar, ya sabemos como son. Cosas así hemos escuchado más de una vez. A alguien le puede parecer que con aquellas personas nada se puede hacer; al maestro le dirán que no se esfuerce tanto, porque total para lo que lo van a aprovechar aquellos alumnos, los dan por perdidos; a aquella madre ya parece que no tenemos palabras de consuelo o de ánimo porque aquel hijo… o a aquel quiere emprender cosas en la sociedad en la que viven, que le dicen que allí no hay nada que hacer. Pero la madre sigue creyendo en el hijo, aquel animador social sigue en su empeño de emprender cosas que puedan beneficiar a aquellas gentes, aquel educador sigue en su tarea queriendo sembrar una buena semilla a pesar de lo que muchas veces puede parecer un fracaso.

Son situaciones por las que pasamos, que nos afectan o que vemos en nuestro entorno; y hay gente pesimista que no es capaz de ver ningún rayo de luz aunque sea muy tenue, pero siempre habrá quien sigue creyendo que la gente es buena tierra y que algún día se recogerá algún fruto, pero cree también en sí mismo y en lo que quiere trasmitir, porque sabe que es buena semilla que algún día puede fructificar.

Creo que el evangelio de hoy nos refleja mucho de todo esto. La gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle, y les ofrece la parábola de la semilla echada a voleo en aquellos campos aunque no todas las tierras parece que puedan producir buenos y excelentes frutos. Parte de la semilla caerá en la tierra endurecida del camino donde al final serán los pajarillos los que darán parte de ella, otra caerá en terrenos duros llenos de pedruscos donde nada puede enraizar, otra caerá entre zarzales y malas hierbas que impedirán que prospere, solo un poco semilla caerá en tierra buena capaz de producir fruto.

Allí está aquella multitud que le escucha. ¿Van a responder todos de la misma manera? como siempre sucede habrá quien pronto olvidará aquella palabra escuchada, como habrá quien con buena voluntad intentará hacer algo de lo que sintió en su corazón, pero son tantos los apegos, son tantas las cosas que le arrastran de acá para allá, que pronto se olvidará porque faltará constancia y perseverancia. Solo algunos serán los que sigan con Jesús intentando vivir su camino.

Pero aquel sembrador no dejó de sembrar la semilla, Jesús no dejó de anunciar el Reino, Jesús no dejó de hablar a quienes con buena fe les escuchaban pero también a aquellos que venían por mera curiosidad, o quizás con aviesas intenciones. Aquella semilla produciría fruto algún día en unos o en otros, ahora o más adelante. La semilla de la Palabra tenía vida en sí misma.

Es una invitación a la escucha, pero también a la perseverancia; es una palabra que nos anima a seguir adelante aunque no veamos el fruto tan pronto como nosotros desearíamos; es una palabra que pone ánimos y esperanzas en el corazón porque sabemos que esa flor algún día florecerá, ese hijo puede cambiar, esa persona encerrada en sus vicios un día puede cambiar sus actitudes y sus posturas, a esos que nos parecen unos perdidos algo se quedará grabado en el corazón que un día puede salir a flote, aquella gente que parece que ahora pasan de todo y no responden a lo que hacemos algún día se podrán dar cuenta y comenzarán a hacer que las cosas mejoren para bien de todos.

No podemos desanimarnos, tenemos que creer en lo que hacemos, tenemos que creer en la buena semilla que tratamos de sembrar. La buena semilla por la fuerza del Espíritu del Señor tiene que poner optimismo en el corazón.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

jueves, 24 de marzo de 2022

Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

 


Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

¿Por qué seremos así? Siempre hay alguien que tras cada cosa, por muy buena que sea, siempre estará viendo una segunda intención, siempre andará en desconfianza o queriéndonos poner en desconfianza, siempre tratará de decirnos que hay algo turbio, siempre hay una mala intención, siempre hay una razón oculta. Desconfiados terminamos por destruirnos; desconfiados contagiamos a los demás de nuestra desconfianza, y luego terminaremos sin tener en qué apoyarnos.

Nunca se será capaz de aceptar lo bueno que pueda haber en la actuación de los demás sobre todo si los consideramos adversarios. Parece que siempre tenemos que estar enfrentándonos como enemigos que llevan el odio por bandera. Y esa forma de actuar nos destruye en lo más hondo de nosotros mismos. Lo contemplamos en el día a día de nuestra sociedad, donde siempre se irá echando abajo – hasta en el sentido más material de la palabra – lo que hayan podido hacer otros.

Cuando alguien tiende la mano para el diálogo y para construir unidos, siempre andamos con desconfianza hacia esa mano tendida. Vamos por la vida en un diálogo de sordos porque solo nos oímos y nos queremos ver a nosotros mismos como los únicos salvadores. Y así surge una crispación en la sociedad que termina por llenarnos de violencia. Siento en verdad tristeza en el corazón cuando veo esa manera de actuar sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra sociedad y ser constructores de una sociedad mejor que tendría que ser contando con la colaboración de todos. Tenemos que tener cuidado de no contagiarnos con esa mala levadura, o diría peor, de esa cizaña sembrada de mala manera en nuestros corazones.

‘Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa’, les responde Jesús cuando andan acusándolo con la incongruencia de que los milagros que realiza los hace con el poder del espíritu del mal. ¿En qué cabeza cabe? Pero esta frase de Jesús no solo hemos de verla en esa apología contra la incongruencia de quienes no aceptan las obras de bien que realiza, sino que además puede ser un toque de atención para esa división que hay entre nosotros cuando no somos capaces de aceptarnos, cuando nos hacemos la guerra entre nosotros mismos.

Nos tendría que dar que pensar para esas relaciones enfrentadas y llenas de violencia que hay entre nosotros en el pan nuestro de cada día, pero que algunas veces descubrimos entre quienes más unidos tendríamos que estar en torno a Jesús. No siempre los creyentes vivimos esa necesaria comunión entre nosotros. Es, sí, la ruptura de la falta de unidad de los cristianos y miramos la iglesia en su globalidad, pero tendríamos que mirar en la cercanía a donde estamos para ver que no siempre resplandece esa comunión entre los mismos que participamos en la misma Eucaristía cada semana, el día del Señor.

Nuestras comunidades muchas veces están rotas, porque ni entre nosotros mismos nos conocemos; no somos capaces de ver y reconocer lo que está haciendo el hermano que está dos bancos más atrás de nosotros en el templo, porque no nos conocemos, porque no hay cercanía entre nosotros. Muchas tendrían que ser las cosas que tendríamos que revisar, muchas las actitudes y posturas nuevas que tenemos que hacer surgir de nuestro corazón, muchas las cosas de las que tendríamos que desprendernos porque a la larga pueden ser sombras que llevamos en nuestra vida.

Mucha tendría que ser la apertura que como cristianos tenemos que hacer a esa sociedad en la que vivimos y donde tendríamos que ser siempre sembradores de paz y de comunión, buscando el encuentro, trabajando para que sepamos encontrar esos caminos de colaboración entre todos y dejemos ya de una vez de ponernos tantas zancadillas.

Es el camino de conversión que vamos realizando en este tiempo cuaresmal buscando que haya verdadera pascua en nosotros.

lunes, 24 de enero de 2022

Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

 



Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando a sí mismo las puertas que le puedan llevar al encuentro de misericordia con Dios, no podrá saborear lo que es el perdón

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Qué terrible es sembrar dudas en el corazón de los otros. Dudas, por supuesto, podemos tener y de hecho tenemos; las dudas nos hacen interrogarnos a nosotros mismos y ponernos en camino de búsqueda; la duda no puede ser destrucción sino un interrogante abierto a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una mayor profundización en la vida.

Pero cuando hablaba de esas dudas que se siembran en el corazón de los otros normalmente suelen ir llenas de malicia, y el afán es muchas veces destructivo; dudas que siembran sobre aspectos de la fe o de la religiosidad de las personas, pero con el afán de destruir los verdaderos cimientos de esa fe; como dudas que sembramos acerca de los demás, insinuando pero no atreviéndose quizás a acusar, desconfiando y manifestando esa desconfianza que tengamos de los otros sin ningún fundamento, sino solo, como decíamos, con el afán de destruir. Ayuda a abrir caminos pero no destruyas lo ya caminado, o el sentido con el que los otros quieren caminar. Las dudas tendrían que ser, no para desconfiar, sino para hacernos crecer, para descubrirnos caminos positivos y para hacer que haya un verdadero progreso en la vida.

Hay gentes que parece que están especializadas en destruir, en crear desconfianza, en poner en duda todas las cosas para arrasar desde los fundamentos, desde las mejores raíces que tengamos en la vida y que nos sustentan. Qué dañinas son esas personas, cuántas confusiones crean, a cuánta gente dejan como desnudas sin verdaderos valores y sin nada en que apoyarse en la vida. Terrible pecado tendríamos que decir.

Esos sembradores de dudas y de cizaña cuanto daño van haciendo. Es una guerra de guerrillas que crea confusión y desconfianza; es algo que vemos en la vida mucho más de lo que quisiéramos; es algo que contemplamos en los diversos ámbitos de la vida; es algo de lo que se aprovechan muy astutamente quienes tienen a la religión como su enemigo al que hay que destruir y que aprovecharan cualquier circunstancia para sembrar esa duda, para desestabilizar el pensamiento y el fundamento muchas veces de los más débiles.

Hoy en el evangelio vemos cómo se meten con Jesús. Incluso nos hablará de escribas que han bajado de Jerusalén a Galilea para tratar de destruir la obra de Jesús. Se les iba de las manos en sus planteamientos y lo mejor era destruir, destruir creando esa desconfianza en la gente, esas dudas nunca constructivas en el interior de las personas. Jesús con su presencia va destruyendo por así decirlo las bases del mal; nos habla el evangelio de endemoniados a los que Jesús libera de sus ataduras, pero que ahora aquellos que han venido vendrán acusando a Jesús que si expulsa los demonios es por el poder del mismo Belcebú. Una incongruencia tan grande que Jesús se las desbarata porque estarían hablando de un reino dividido y que lucha contra sí mismo.

Es negar el poder de Dios que se manifiesta en Jesús. Quien quiere anular la existencia de Dios está cerrando puertas en su vida que le puedan llevar a ese encuentro de misericordia con Dios. Por eso les dice Jesús que no podrán encontrar el perdón. Si niegan el origen de la misericordia y el perdón que es Dios mismo en su amor, cierran las puertas de la misericordia para ellos, porque no creen en esa misericordia, en ese amor de Dios por todos nosotros.

Cuidado con las intenciones perversas que se nos pueden meter en el corazón. Cuidemos de no hacer daño a nadie creando esas dudas y desconfianzas que destruyen. Busquemos siempre camino de amor y de bondad que nos acercarán a Dios; llevemos la pureza de nuestro corazón al encuentro con los demás.

miércoles, 19 de enero de 2022

No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

 


No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Aquello del perro del hortelano, que ni come él ni deja comer al amo, es algo que nos encontramos en la vida muchas veces. Son las personas que siempre están al acecho de lo que puedan hacer los otros, al acecho porque siempre estarán con el dedo acusador levantado porque siempre ellos tendrán otra manera de hacer las cosas que les parece que es la única manera de hacerlo y no aceptarán de ninguna manera lo bueno que puedan hacer los demás.

Pasa, hay que reconocerlo, entre vecinos que siempre están detrás de los visillos, y es una forma de hablar, para ver y para juzgar, para mantener sus prejuicios, o para andar condenando a todo quiste sin saber realmente lo que están haciendo; son los que se dejan llevar por las apariencias, por sus prejuicios, por su manera de ver y de creerse los únicos y los mejores.

Pero decimos entre vecinos y nos quedamos cortos, porque demasiado es lo que vemos en este sentido en todo el ámbito de la vida social; cualquiera que quiera emprender una obra buena ha de saber que siempre, haya razón o motivo o no, habrá quien está en contra, quien lo juzgará y lo condenará incluso sin ver resultados.

No digamos nada en el ámbito de la vida política que siempre el adversario hará las cosas mal y los únicos que saben hacerlas bien son los de su cuerda. Es justo que haya disparidad de opiniones, forma parte de nuestra libertad y de nuestra libertad también de pensamiento, pero seamos capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuántos ejemplos destructivos, de acciones destructivas desde estos razonamientos, nos encontramos en la vida de nuestra sociedad. Qué poco constructivos somos.

Creo que en el sentido más humano de la palabra, o en el sentido más humano que hemos de vivir como personas lo que tendríamos que hacer siempre es aprender a construir entre todos; necesitamos acercarnos para conocernos y para aceptarnos; necesitamos comprender que vivimos una misma humanidad y es entre todos cómo tenemos que construir nuestra sociedad; darnos cuenta que cada uno podemos aportar nuestro grano de arena, desde nuestras inquietudes y saber, desde nuestros valores y nuestras cualidades y que será como aprenderemos a hacer esa sociedad mejor. Qué lástima que seamos tan destructivos, porque a la larga nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

Es la historia de nuestra humanidad, es la historia de todos los tiempos; cuántas cosas hemos ido destruyendo simplemente porque son ideas de los otros, porque son cosas de otro momento, porque eso que hay no sabemos compaginarlo con lo que ahora podríamos o tendríamos que destruir; y destruimos nuestra historia, destruimos nuestra cultura, destruimos la creación de otros genios que nos han precedido en la historia de la humanidad. ¿Qué dejamos nosotros a los que nos vienen detrás? ¿Qué valores estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones cuando tanto destruimos? Leamos, si queremos y nos sentimos con fuerza para hacerlo, la misma historia que en el momento presente está transcurriendo en todos los sentidos.

El perro del hortelano que ni come él ni deja comer al amo. Me vino a la mente este refrán desde el texto del evangelio que hoy se nos ofrece y me ha sugerido esta reflexión que os he ido ofreciendo. Había un hombre enfermo en la sinagoga, era sábado y allí estaba Jesús queriendo proclamar el evangelio del Reino; pero por allá andaban los que siempre están al acecho, a ver qué hace Jesús. ¿Se atreverá a curar a aquel hombre saltándose todas las leyes del descanso sabático?

Pero Jesús les sale con la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ ¿Podemos permitir que una persona siga sufriendo en nombre de esas leyes humanas? La persona en la vida, ¿para qué está? ¿Para destruir y dar muerte? ¿O acaso nuestra misión no es transmitir vida, dar vida?

Y esto lo podemos aplicar a muchas cosas, actitudes, posturas que tomamos en la vida. No destruyamos, sino construyamos; cuando no nos respetamos, cuando rechazamos de plano todo lo que pueda hacer el otro, cuando vamos llenos de prejuicios en la vida, cuando estamos condenando simplemente porque no es de nuestro parecer estamos siendo sembradores de muerte; que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida y nunca de muerte.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

 


Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

La semilla no es solo para guardarla en el almacén. Esa semilla por una parte como fruto de una cosecha ya realizada estará destinada a la elaboración de nuestros alimentos cumpliendo así su función, pero parte de esa semilla será para siembra de nuevos terrenos que un día germinarán para darnos en el futuro también cosechas de nuevos frutos.

Hay una parte que entra en el misterio de todo ser vivo y es como esa semilla con las humedades y condiciones apropiadas germinará para hacer nuevas plantas de las que un día esperamos recoger una cosecha; es el misterio de la vida en si misma, podríamos decir; pero bien sabemos que no solo habremos de proporcionarle las condiciones idóneas para esa germinación, sino que luego habremos de cuidar esas plantas germinadas para que un día puedan llegar a darnos esos frutos; es el trabajo del agricultor en cualquiera de sus facetas que cuida de la tierra y sabrá aportar en cada momento el cuidado que esas nuevas plantas han de tener para producir esos frutos.

La imagen de la semilla es algo repetido en el evangelio y que nos quiere ofrecer variados mensajes para el provecho de nuestra vida cristiana. Es la semilla esparcida por el sembrador como hoy nos habla la parábola en distintas tierras y en distintas condiciones que nos pueden producir los más variados frutos; es la semilla de la que se nos hablará en otros momentos que sembrada en tierra se nos queda en el misterio de cómo germina para hacer brotar los tallos de nuevas plantas que un día nos ofrezcan sus frutos; es el grano de trigo que nos dirá Jesús en otra ocasión que ha de ser enterrado para que pudriéndose en la tierra pueda hacer germinar una nueva vida; o será la semilla buena que es sembrada mientras el enemigo al mismo tiempo sembrará la mala semilla haciendo que crezcan juntos el trigo y la cizaña como señal también de esa fortaleza conseguida en la lucha contra el mal.

Hoy se nos ha hablado de ese campo de la vida, con distintos terrenos y distintos cultivos, con personas de las más variadas que darán diferentes respuestas según sean sus propias actitudes y miramos el mundo que nos rodea en su diversidad y complejidad pero donde ha de seguir sembrándose esa semilla de la Palabra de Dios; y nos vemos a nosotros mismos en medio de ese campo, donde igualmente nos veremos influenciados por tan distintas cosas que nos llaman la atención y que nos atraen donde tenemos el peligro de perdernos o de no saber encontrar el sentido de esa semilla que de una forma o de otra va llegando a nosotros.

¿Sabremos discernir de verdad entre esas variadas semillas que llegan a nuestra vida cuál es el trigo bueno que hemos de acoger, bien sembrar y cultivar? Somos los agricultores de ese campo de la vida, y el buen agricultor estudia detenidamente la tierra que ha de cultivar para saber cómo mejor prepararla, pero también busca la semilla más apropiada que pueda ser cultivada en esa tierra para aprovechar las mejores condiciones.

Es la atención con que hemos de vivir la vida, es la atención que hemos de prestar a lo que llega a nosotros para discernir lo bueno y lo mejor. Y es que Dios nos habla, como lo ha hecho a través de todos los tiempos, y nos hace llegar su palabra por diversos caminos algunas veces insospechados; y hemos de saber estar atentos a ese momento en que Dios siempre su Palabra en nuestro corazón desde la Palabra solemnemente proclamada, pero también desde los hechos, la vida, los gestos, las cosas que suceden en nuestro entorno, que se pueden convertir en señales de Dios para nuestra vida.

Una semilla que se convierte en alimento y luz de nuestra vida, pero una semilla que a su vez se ha de convertir en generadora de nueva vida en el corazón de los demás porque así estamos llamados a ser sembradores de esperanza y de vida en medio del mundo que nos rodea.