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sábado, 10 de octubre de 2026

Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

 


Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor

Gálatas 3, 22-29; Salmo 104; Lucas 11, 27-28

Yo me pregunto a veces cuáles son nuestros entusiasmos y hasta donde llegaríamos por ellos. Constantemente estamos viendo en nuestro entorno, o los medios de comunicación se encargan de hablarnos de esas cosas y manifestarnos esos entusiasmos por las cosas más dispares, cómo la gente se manifiesta en diversas situaciones, bien porque estén reclamando cosas que ellos consideran justas o protestando contra lo que consideran injusto, bien, por ejemplo, tras acontecimientos deportivos llenos de triunfos y vemos como la gente se echa a la calle para vitorear a los campeones de turno, bien sea en fiestas que recogen ancestrales tradiciones que se quieren mantener vivas como son las fiestas populares o las romerías, y así podríamos hacer una lista casi interminable de momentos en que vemos a la gente con alborozo y entusiasmo o reclamando o celebrando alguna cosa.

¿Qué es lo que los mueve y motiva a esos entusiasmos y a esas manifestaciones? ¿será simplemente dejarse arrastrar por una mayoría o por un grupo influyente o todos tendrán en su interior esos buenos deseos que les llevan a ese entusiasmo en sus manifestaciones? Sin embargo pareciera que la gente, o que la misma sociedad necesitaría de esos impulsos para mantenerse viva. Y vuelvo a hacerme la pregunta cuáles son nuestros entusiasmos y hasta dónde seríamos capaces de llegar.

Me vienen a la mente estas consideraciones y también estas preguntas que tenemos que hacernos a nosotros mismos a partir del episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús va rodeado de la gente que se agolpa en multitudes en su entorno de un lado para otro; como dirá el evangelista en su relato en alguna ocasión ni les daban tiempo para comer, y aunque se vaya a despoblados y si previo aviso allí se encontrará siempre con esas multitudes que le esperan. Pero en medio de aquel grupo que ahora le sigue y ha estado escuchándole una voz anónima con todo el entusiasmo del mundo se hace notar con su grito. Una voz que quiere ser alabanza al Maestro pero que emplea una forma indirecta para proclamar su alabanza hablando de lo dichosa que tendría que sentirse la madre de tal hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Era una mujer la que había prorrumpido en aquel grito pero que viene a expresarnos también el orgullo que ella como mujer y como madre también sentiría.

Ya sabemos cuál fue la reacción de Jesús. No rechazó las palabras y el entusiasmo de aquella mujer sino que les dio una nueva dirección. Son buenas las alabanzas también en aquellos que las pronuncian, porque son también un reconocimiento; no buscamos alabanzas ni hacemos las cosas por una alabanza pero sí esa palabra de alabanza puede hacer que quienes la escuchamos le demos una nueva dirección a nuestra mirada que a la larga puede ser también una nueva dirección a nuestra vida. La alabanza que recibimos no nos puede hacer nunca engreídos, sino agradecidos y más humildes.

Pero, como decíamos, Jesús nos hace pensar en algo nuevo y distinto, donde encontrar nuestra verdadera dicha y felicidad. Por eso nos dice: ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Esa tiene que ser nuestra dicha, esa nueva forma de escuchar, porque nos dice escuchar y cumplir. La Palabra del Señor es nuestra vida pero si la sembramos en el corazón para hacer que dé fruto. Es lo importante, es lo que nos dará la más honda satisfacción en el corazón. Es el camino que nos está señalando Jesús que hemos de tomar. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza y esa bienaventuranza?

En la brevedad de esta reflexión quisiera quedarme con una pregunta muy concreta que tendríamos que hacernos los cristianos al hilo de cómo comenzábamos el comentario de hoy. ¿Dónde está el entusiasmo de los cristianos? Creo que siendo bien conscientes de nuestra fe tenemos los mayores motivos para manifestarnos con entusiasmo y con una alegría que nadie nos podría quitar. ¿Donde hacemos manifestaciones clamorosas de nuestra fe y nuestro amor cristiano? Ya sé que algunos me dirán que ya hacemos durante el año muchas procesiones en Semana Santa y en nuestras fiestas que son una proclamación pública de nuestra fe. Pero nos tenemos que preguntar. ¿Son manifestaciones entusiastas con las que queremos contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos?

En cualquier manifestación, sea el que sea el motivo por el que se haga, los manifestantes con su forma de hacerlo están queriendo contagiarnos a todos del espíritu que ellos tienen para manifestarse por aquello, por ejemplo, que reclaman, poco menos que nos empujarán con su entusiasmo para que nosotros también participemos. ¿Es eso lo que los cristianos hacemos o quizás nos contentamos con unos actos muy formales, muy bien ordenados y organizados pero a la larga muy aburridos en los que nadie se siente invitado a participar o a vivir?

Claro que la proclamación y manifestación de nuestra fe no se tiene que quedar en unos gritos que demos en un momento determinado, sino que el grito que entusiasme e invite son las posturas que tomamos en la vida desde nuestra fe y nuestro amor cristiano y desde los compromisos que vivamos en medio de nuestra sociedad. Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor.


sábado, 3 de octubre de 2026

Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 


Sepamos sentir la alegría de Dios en nosotros que se hace también presente para nuestro mundo a través de señales humildes y sencillas del Reino presente en nuestras vidas

 Job 42,1-3.5-6.12-17; Salmo 118; Lucas 10,17,24

Con la alegría y el contento de un chiquillo con zapatos nuevos quizás también nosotros nos habremos sentido alguna vez, pero no quizás por cosas extraordinarias sino por cosas tan sencillas y ordinarias que quizás ni habías intentado hacer; algo que quizás nos parecía un juego y demasiado infantil pero que siendo mayores y no estando acostumbrados a los juegos de los niños de hoy a sus maquinitas y sus juegos electrónicos sin embargo en alguna ocasión lo intentamos y fuimos capaces de realizarlo; eso nos da alegría, no porque hiciéramos algo muy extraordinario sino porque fuimos capaces de realizar algo tan sencillo que hasta nos parecía infantil. Queremos hacer cosas que consideramos grandes e importantes y habitualmente no le damos importancia a esas cosas que nos parecen pequeñas o incluso infantiles. Pero nos dan mucha alegría en el corazón.

Hoy nos cuenta el evangelio que aquellos que había enviado como apóstoles para hacer el anuncio del Reino vienen alegres y contentos porque pudieron realizar las mismas cosas que le había visto hacer a Jesús. En expresión muy del evangelio y el lenguaje y la apreciación de los acontecimientos de la época llegan a decir que han visto cómo los demonios se les sometían en el nombre de Jesús y como este les dice ‘estaba viendo a Satanás caer como un rayo desde el cielo’.

Una alegría que les envuelve a todos y que quiere expresar Jesús con una acción de gracias al Padre. Aquellos pobres pescadores, aquellos hombres rudos y sencillos que Jesús había ido recopilando, por decirlo de alguna manera, en sus caminos de predicación por distintos sitios están experimentando en la sencillez de sus vidas cómo se manifiesta la obra de Dios. Y Jesús da gracias al Padre que se revela y se manifiesta en los pequeños y en los sencillos. Así son las cosas de Dios cuando nosotros por nuestra parte tantas veces estamos buscando cosas extraordinarias y maravillosas; pero los caminos de Dios son distintos, el actuar de Dios no va por esas cosas extraordinarias sino que tenemos que descubrirlo en lo pequeño y en lo sencillo. 

Aquellos pescadores que pensamos que solo sabían de redes y de pescas, aquellos hombres y mujeres rudos y sencillos que incluso en ocasiones se corazón se les encogía para no terminar de entender lo que Jesús les enseñaba, ahora en sus vidas están viendo las obras de Dios, a través de sus obras están anunciando y realizando la construcción del Reino de Dios.

¿No nos tendrá eso que hacernos mirar nuestra vida y nuestras obras, o mirar lo que sucede a nuestro alrededor y que por nuestra ceguera tantas veces nos ha pasado desapercibido? ¿Seremos capaces de percibir esas señales del Reino que en nosotros también se está realizando y también manifestando?

Cuántas personas en nuestro entorno están viviendo calladamente en esas señales del Reino de Dios que se realiza en sus vidas. Personas que calladamente comparten con toda generosidad y que ya lo hace parece que hasta de forma natural porque es algo que llevan empapado en sus vidas; personas que van curando con su palabra sencilla, con sus gestos de amor, con su atención y su escucha a quienes vienen a ellos cargados de angustias y para los que siempre tienen una palabra que levanta los ánimos, que ayuda a descubrir cosas bellas en la vida, que calladamente están rezando ofreciendo sus vidas al Señor por el bien de la Iglesia, por los que se sienten solos y abandonados, y así tantas y tantas cosas que nos pueden pasar desapercibidas pero que tenemos que hacer brillar, por las que nosotros también como Jesús dar gracias al Padre que así se nos revela y manifiesta.

Necesitamos aprender a valorar tantas cosas pequeñas y hermosas que suceden en nuestro entorno, que en ocasiones vemos como lo más natural pero tras las cuales hay unas personas de fe, tras las cuales hay personas que están dejando un rastro de amor, un rastro de semillas del Reino de Dios. Prestemos más atención, dejémonos contagiar por esas personas buenas que nos parece que no hacen nada pero que sin embargo están sembrando hermosas semillas del Reino de Dios. Sepamos dar gracias a Dios por ello, y también por cuantas cosas hermosas el Señor realiza también a través de nuestras vidas.


lunes, 7 de septiembre de 2026

Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

 



Nos felicitamos con María en su cumpleaños, haciendo fiesta porque en su nacimiento estamos contemplando la aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4a; Salmo 12; Mateo 1, 18-23

En este día 8 de septiembre celebra la Iglesia una festividad de la Virgen María, su Natividad, su nacimiento. ¿Cuál es el primer sentimiento que provoca el nacimiento de alguien? Hemos de reconocer que alegría; es la noticia llena de alegría que corre de boca en boca entre vecinos y familiares ante el nacimiento de un niño; todos sentimos palpitar en nuestro corazón la alegría de su nacimiento y pronto corremos a felicitarnos porque siempre es algo que sentimos como muy nuestro y a felicitar a sus padres.

En el paso de los años ese alegría se mantiene porque todos seguimos celebrando el aniversario del nacimiento y es fecha que nunca olvidamos. Una alegría en el nacimiento siempre llena de esperanza pero siempre atravesada por los interrogantes de lo que va a ser aquella criatura que comienza el recorrido del camino de su vida, queriendo siempre expresar los mejores deseos para que por nada se vea perturbada esa vida que comienza su camino.

Para nosotros, pues, también es un día grande de alegría en el nacimiento de María y tendríamos que decir muchas cosas. No podemos menos que hacer que sea un día de felicitación y de bendiciones queriendo, pues, felicitar a María en su cumpleaños. ‘Me felicitarán todas las generaciones’ proclamará en su cántico de alabanza al Señor cuando reconoce las maravillas que el Señor hace en la humildad de su esclava, cómo ella misma se siente en las manos del Señor. Y ahí se nos manifiesta la grandeza de María, reconociendo que el Señor ha realizado en ella maravillas - ¿y qué maravilla más grande que la de hacerla su madre? – sin embargo ella sigue sintiéndose siempre la pequeña, la humilde esclava del Señor.

¿No tenemos, pues, muchos motivos de alegría y de alabanza al Señor en el nacimiento de María? Su nacimiento es la aurora de la salvación, como proclamamos en la liturgia de este día. La aurora es ese momento en que sin aún ver al sol ya estamos alumbrándonos con su resplandor que traspasa los limites del horizonte. Así es María para nosotros porque nos anuncia la cercanía del Sol que nos viene de lo Alto porque de ella había de nacer quien fuera nuestra salvación.

Aquel pueblo que caminaba en tinieblas en la espera de la pronta venida del Mesías, en el actuar de Isabel con la visita de María a las montañas de Judea y en la reacción de la criatura que llevaba en su seno, el futuro precursor del Mesías, están recibiendo ya esos primeros resplandores de la salvación con la presencia de María, que venía a ser esa aurora que anuncia el nacimiento del Salvador.

Es la alegría de los cielos y es la alegría de Dios que en María se sintió complacido para fijarse en ella y hacerla su Madre. Es por lo que el ángel de la anunciación que encontró gracia ante Dios, ‘la llena de gracia’ la llama porque en ella de manera especial va a morar Dios cuando se encarne en sus entrañas. ¿No podríamos decir, entonces, que en el cielo también las campanas sonaban a gloria con el nacimiento de María? Es lo que ella luego va reconocer, cómo Dios se fijó en su pequeñez, porque son los pequeños y los humildes los más gratos a Dios, que rechaza la vanidad de los soberbios pero engrandece a los humildes.

Es la alegría de nuestro corazón que saborea la ternura de una madre, que como madre sabe caminar al lado de sus hijos, a quien nosotros como a una madre la vemos embellecida con todas las virtudes que hemos de copiar para nuestra vida, y como hijos que quieren seguir las huellas de la madre sentimos el calor de su mano maternal que nos sostiene en los momentos difíciles, que nos alienta y nos empuja para que sigamos adelante y para que aspiremos a cosas mejores, y como madre es también luz que nos ilumina el corazón para que son su reflejo sepamos llegar siempre a la luz de Jesús. En las advocaciones con que la celebramos este día unas veces la llamamos la Virgen y Madre de la luz, y otras veces la invocamos como Señora de los Remedios, por citar algunas de esas advocaciones de nuestra devoción, clara referencia a lo que venimos reflexionando.

Muchos motivos tenemos para celebrar la Natividad de María y con ella llenarnos de alegría, porque es Aurora de nuestra Salvación. Es el feliz cumpleaños de María en el que nos alegramos todos sus hijos y con ella queremos festejarlo.


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

viernes, 3 de julio de 2026

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

‘Si no lo veo, no lo creo’, decimos también nosotros muchas veces en la vida tomando esta expresión que manifiesta las dudas de Santo Tomás, aunque nosotros no siempre lo hacemos en una referencia de fe en lo sobrenatural sino en esas cosas de nuestra vida de cada día. Es la actitud de reserva y en cierto modo de desconfianza ante algo que nos cuentan que haya sucedido y que nos parece inverosímil, en algo que ha hecho alguien al que consideramos incapaz de realizar tales cosas. 

¿Necesitamos palpar con nuestras manos? ¿que lo veamos con nuestros propios ojos? Ponemos en duda la credibilidad de quien nos cuenta algo muchas veces quizás también desde nuestros orgullos personales, de nuestro amor propio porque no fuimos nosotros capaces de hacerlo, o porque no tuvimos la experiencia que tuvieron otros.

¿Algo así le estaría pasando al apóstol? Habían, es cierto, pasado por una experiencia dura que a cualquiera lo desestabilizaría; cuando estamos así, no sabemos qué hacer ni qué pensar, nos encerramos para que nadie nos vea o nos encuentre o nos echamos a caminar. Tomás se había ido a caminar y en esa ocasión Jesús resucitado se les manifestó; Tomás no estaba con ellos. El primer saludo que se va a encontrar a su vuelta es la noticia de que Jesús había estado allí con ellos, ‘hemos visto al Señor’, le dicen, pero su reacción no podía ser otra, ahora no creía en nada, ni siquiera en aquello que sus compañeros llenos de alegría por su encuentro con Jesús ahora le contaban.

Aún pesaba en su corazón la experiencia del dolor y de las esperanzas que habían perdido. ahora necesitaba algo más que unas palabras entusiasmadas de otros que habían tenido nuevas experiencias. El quisiera quizás tenerlas también aunque no se atrevía a manifestarlo claramente, como nosotros cuando andamos confusos, queremos algo pero nos da miedo manifestarlo porque nos parece una derrota para nuestro amor propio.

La experiencia la iba a tener. como nos narra el evangelista a los ocho días, estando igualmente con las puertas cerradas, y en esta ocasión Tomás con ellos, se manifestó de nuevo Jesús. ¿Era verdad o solo eran sueños e imaginaciones? Pero Jesús se acercó a él sin reproches, solo queriendo que hiciera aquello que había manifestado querer hacer para creer. ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado…’ No seas incrédulo, le viene a decir Jesús, confía, despierta tu fe, aquí lo puedes experimentar.

No necesitó meter su dedo en las llagas de las manos, ni su mano en la llaga del costado. Era su corazón el que ahora estaba sintiendo y se caían todas las escamas de sus ojos y de su corazón. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fueron sus únicas palabras con lo que lo estaba diciendo todo. Sí un día había sido hermosa la confesión de Pedro allá en Cesarea de Filipo porque el Padre se lo había inspirado en su corazón, hermosa era ahora la confesión de fe de Tomás. Porque Tomás estaba teniendo la experiencia del encuentro con el Señor resucitado. 

Es lo que hará crecer la fe, es lo que hará que la fe se vuelva expansiva, es lo que nos llevará a contagiar de nuestra fe a los demás, porque no hablamos de cosas aprendidas o recibidas de otros, sino por lo que en lo hondo de nuestro corazón hemos vivido y experimentado. 

Somos cristianos demasiado del catecismo y la doctrina y poco de la experiencia por eso seremos tan poco convincentes; si experiencias tenemos, y seguro que en la vida hemos tenido momentos intensos de fe, sin embargo somos poco dados a comunicarlas; no hablamos de lo que vivimos, de lo que experimentamos dentro de nosotros; tenemos que ser más una comunidad, una iglesia que comparte sus experiencias, lo que vivimos, porque será como de verdad estaremos transmitiendo la fe, contagiando de la fe, entusiasmando con nuestra fe. 

Porque no compartimos de verdad lo que llevamos dentro luego nuestras celebraciones se hacen frías y rituales, pierden alegría y entusiasmo, nuestro cántico de alabanza al Señor se convierte en un mero rito. Reavivemos nuestra fe haciendo que cada celebración sea un encuentro vivo con el Señor. 

Abramos de verdad los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe.

miércoles, 24 de junio de 2026

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo


Isaías 49, 1-6;Salmo 138;Hechos 13, 22-26;Lucas 1, 57-66. 80

‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella… Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él…’
Hoy celebramos el nacimiento de Juan Bautista. Grande fue la alegría en las montañas de Judá a la hora de su nacimiento. Grande es la alegría también con que el pueblo cristiano celebra la fiesta de su nacimiento. Se preguntaban sus parientes y vecinos qué sería de aquel niño. Muchas cosas extraordinarias rodeaban su nacimiento y todos lo comentaban; había felicitado a Isabel cuando se enteraron que en su vejez iba a ser madre, y ahora con todo lo que rodeaba su nacimiento era causa de comentario y reflexión para aquellas gentes. 
A nosotros también nos hace reflexionar. Y nosotros desde nueva fe sabemos cuál fue su misión y vemos ciertamente que la mano del Señor estaba con él. Su mismo nombre nos lo indica; querían que se llamara Zacarías como su padre porque era lo usual en el primogénito de una familia, pero Zacarías e Isabel sabían que el nacimiento de aquel niño era una gracia, un regalo del Señor y grande era la misión que traía con su nacimiento. Es el significado de la palabra, del nombre que se le iba a imponer, Juan, que viene a significar algo así como que Dios ha hecho gracia; fue, ciertamente una gracia para aquella familia que tanto deseaban un hijo y se vieron enriquecidos con esa gracia del Señor, pero iba a ser una gracia para Israel con la misión que traía como ya le había señalado el ángel a Zacarias en su visión en el templo, era el que venía como un nuevo Elias a reunir a los hijos dispersos de Israel.
Profeta y más que profeta, como diría de él Jesús mismo, el mayor de los nacidos de mujer con la misión de preparar los caminos del Señor, como predicaría más tarde en el desierto. Para nosotros también sigue resonando la palabra y la figura del Bautista; muchos son los caminos que hemos de saber enderezar en nuestra vida para ir al encuentro del Señor que viene a nosotros; su palabra nos resuena no solo en el tiempo del Adviento cuando en la cercanía de la Navidad nosotros también hemos de prepararnos, sino que siempre estará siendo testimonio a nuestro lado de ese camino de rectitud que hemos de vivir aunque duros se nos hagan nuestros caminos.
Algunas veces también nos sentimos como en medio de un desierto en ese mundo que tenemos a nuestros pies y sobre el que caminamos con tantas asperezas y sequedades que nos hacen difícil la siembra de la semilla que se ha puesto en nuestras manos. Corazones resecos e insensibles porque solo piensan en sus intereses y se olvidad de lo que es la rectitud y la honestidad, un caminar sin rumbo dejándonos arrastrar por los vientos del materialismo y del sensualismo como si fuéramos arenas del desierto ofreciéndonos como cantos de sirena placeres o soluciones para la vida que nos dejan con el corazón cada vez más vacío, esa falta de autenticidad de tantos que se envuelven en la fastuosidad de la vanidad y la apariencia. 
Necesitamos escuchar la voz del Bautista que nos invita a una transformación de nuestras vidas para encontrar ese verdadero camino que nos haga aceptar el evangelio que nos anunciará y propondrá Jesus. En medio de la alegría y de la fiesta de su nacimiento son preguntas que nosotros también tendremos que hacernos aquellos vecinos de la Montaña de los que se nos habla en el nacimiento de Juan. ¿Qué será de este niño? ¿Qué es lo que nosotros tenemos que ver hoy para nuestra vida en la celebración de su nacimiento? ¿sentiremos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en su nacimiento?

lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

domingo, 24 de mayo de 2026

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

 


Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23

‘Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?

Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.

Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.

En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.

Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.

Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.


viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

martes, 12 de mayo de 2026

Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 


Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Nos sucede a nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos. Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de Jesús.  Por mucho que Jesús les dijera no querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.

¿Quién de nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús? Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos llegado?

Separamos quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta, porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?

Creo que tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos comprometidos en toda nuestra vida.

Hoy nos ha dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o según conveniencias?

Hay una certeza grande de que con los ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?

¿Mereceremos acaso condena por esas carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana? Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

jueves, 7 de mayo de 2026

Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

 


Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

Hechos 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

En un buen ambiente de alegría y de fiesta no podemos menos que sentirnos contagiados por ese buen ambiente y mantener el tono de esa alegría; se dice que quien viene con cara de tristeza y de circunstancias a un lugar así donde todos están disfrutando de esa alegría viene a aguar la fiesta; tenemos que participar de esa alegría común y saber ponernos a tono porque nos sentiremos contagiados y hasta comenzaremos a ver nuestros problemas o nuestras situaciones personales de otra manera.

¿Estaremos muchos cristianos aguando la fiesta que tendría que ser la vivencia de nuestra fe y el sentirnos cristianos y amados de Dios? Primero decir que no siempre estamos manifestando nuestra alegría en medio de la vida y que nosotros tendríamos los mayores motivos para vivir esa alegría; somos cristianos porque nos sentimos amados de Dios, envueltos por su amor y en ese amor hemos de permanecer; claro que aguamos la fiesta también porque en muchas ocasiones no se nota tanto el amor como los ramalazos de egoísmo que aparecen en nuestras actitudes y posturas. Muchas veces somos cristianos tristes, de excesivas lágrimas y angustias lo que nos estaría convirtiendo en tristes cristianos, con lo que eso connota.

Hoy nos está diciendo Jesús que permanezcamos en su amor. No es un mandato, aunque en algún momento lo llamemos mandamiento del amor, es una consecuencia de vida cuando nos sabemos amados. ‘Yo os he amado’, nos dice Jesús, pero nos dice que es toda una corriente de amor que parte del amor de Dios ‘como el Padre me ha amado’, así llega ese amor a nosotros y en que hemos de permanecer.

¿Qué significa ese permanecer en su amor? Algunas veces interpretamos en que en determinados momentos tenemos que hacer algunas obras de amor; claro que ese amor se va a ir manifestando en lo que hacemos, pero no con cosas sueltas a las que queremos unir como en cadena, porque claro pensado así habrá momentos en que nos podríamos saltar esas acciones de amor. Es algo mucho más profundo. Quien se siente amado con un amor como el que Dios nos tiene le ha de parecer lo más natural del mundo amar también; nos sentiremos envueltos y empapados de ese amor para que lo único que se refleje de nuestra vida sea precisamente eso, el amor.

Tendríamos que sentirnos envueltos en ese buen ambiente, como decíamos al principio, de manera que tan contagiados nos sintamos que no sea otra cosa que amor lo que vaya fluyendo de nuestra vida. Y cuando fluye el amor qué lejos quedan las actitudes egoístas e insolidarias, qué tan espontánea surge de nuestro corazón la comprensión y el perdón, cómo apartamos de nosotros todo lo que sea resentimientos, recelos y rencores, posturas vengativas, perversas dobles intenciones, envidias, malas ambiciones que nos lleven al orgullo o a la malicia, a la violencia o a la malquerencia. Serían cosas que irían aguando nuestro amor, ese buen ambiente de comunión que entre nosotros tendría que haber.

Y termina diciéndonos hoy Jesús ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. ¿Será esa la alegría que envuelve nuestra vida de cristianos? Sería la alegría de nuestra vida que tendría que manifestarse de mil manera en todo momento, nuestro corazón siempre tendría que estar cantando, pero algunas veces no lo manifestamos ni en nuestras mismas celebraciones; si decimos celebraciones tendríamos que decir fiesta, pero de cuanto aburrimiento las llenamos a veces.

¿Cuándo despertaremos de verdad los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y del amor que con gozo vivimos?

 

martes, 28 de abril de 2026

Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

 


Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

Hechos 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

Nos habrá sucedido en alguna ocasión que nos encontramos con alguien con quien incluso entablamos conversación, nos dice cosas que parece como si nos conocieran de tiempo, nos agrada quizás su conversación o las cosas que nos dice pero tenemos un interrogante por dentro porque nos parece que no sabemos bien a las claras con quien estamos hablando; y surge la cuestión o la pregunta para que nos diga claramente quien es, y cuando nos da algún detalle más quizás caemos en la cuenta o seguimos con nuestra incertidumbre dentro de nosotros.

He puesto esto a manera de ejemplo de lo que le estaba pasando a muchos judíos; sentían admiración por Jesús, estaban pendientes de sus signos y milagros y les gustaba escucharles, aunque hubiera otros quizás que vivían con un rechazo permanente de cuando dijera o hiciera Jesús haciéndose sus interpretaciones, pero entre las esperanzas que podían suscitarse en sus corazones seguían preguntándose sobre quien era realmente Jesús, si acaso era el Mesías que esperaban o simplemente un gran profeta como los profetas antiguos. Recordemos lo que respondieron los apóstoles a la pregunta de Jesús sobre lo que pensaba la gente del Hijo del hombre.

‘Los judíos, rodeándolo, nos dice el evangelista, le preguntaban: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Pero Jesús parece que directamente no les va a dar la respuesta que ellos esperaban. Simplemente se remite a las obras que realiza, a esos signos y señales que se manifestaban en el hacer de Jesús y en sus milagros. Pero no todos son capaces de descifrar esos signos. ‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas’, les dice Jesús.

Pero en esa respuesta de Jesús tenemos que descubrir algo hermoso. Jesús sí nos conoce, Jesús sí quiere revelársenos, Jesús nos está mostrando todo su amor a pesar de que nosotros no siempre correspondamos. Es que el amor de Dios está primero, es Él quien toma la iniciativa y nos busca. A veces en nuestro orgullo y autosuficiencia pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios y los que por nosotros mismos lo encontramos. Pero la maravilla está en esa búsqueda de Dios, en ese amor que Dios nos tiene. ‘No es que nosotros hayamos amado a Dios, nos dirá san Juan en sus cartas, sino que Él nos amó primero’ y nos regaló su vida.

¿Quién nos conoce mejor de lo que nos conoce Dios? El ve los secretos de nuestro corazón, el amor que intentamos poner aunque muchas veces sea pobre, la respuesta que intentamos dar aunque muchas veces estemos llenos de dudas y de cobardías, las debilidades en que tropezamos tantas veces a pesar de nuestras porfías de amor; nos parecemos a Pedro que tanto porfiaba que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, pero que antes de que el gallo cantara ya le había negado tres veces.

Así es nuestra debilidad pero así se manifiesta también la grandeza del amor que Dios nos tiene, porque sigue confiando en nosotros, sigue haciéndose presente en nuestra vida, sigue regalándonos con su amor y por nosotros se hace vida y se hace alimento para que podamos sentir la fortaleza de su Espíritu. Creo que eso tiene que llenar de paz nuestro corazón cuando tantas veces nos vemos zarandeados en la vida, ya sea por nuestras propias debilidades, o ya sea por las incomprensiones que podamos sentir de los demás.

Aunque tengamos mil contratiempos y tropiezos, sabemos que podemos contar siente con la misericordia del Señor. Es el único que no  nos falla. Es la confianza con la que queremos seguir caminando e intentando avanzar en nuestro camino de superación porque nos sentimos en las manos de Dios, protegidos y amados. Nosotros podemos ser infieles pero El siempre es fiel porque, como  nos dice el apóstol, no puede negarse a sí mismo, porque Dios es amor y siempre lo será.