Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta parábolas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta parábolas. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

miércoles, 27 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Todos queremos encontrar el tesoro. Son nuestros sueños, los que tenemos todos los días. Hace unos días un amigo me decía que mala suerte había tenido; yo pensaba que le había pasado alguna desgracia, algún accidente, y me cuenta, por un número no se había sacado la primitiva; no sé como es eso de si por un número o no dejas de sacarte un premio, no ando yo muy ducho en estas cosas, pero las gentes son especialistas en esto de los juegos de la suerte. Estamos a ver si nos encontramos el tesoro fácilmente, que la suerte nos acompañe.

Pero, ¿qué es un tesoro en la vida? ¿Una joya preciosa de gran valor? ¿Una herencia que no esperábamos y que la tía de turno nos dejó? ¿Algo que voy a acumular y ya me va a dar la felicidad para siempre?  ¿Un dinero que tendré ahí acumulado y con sus intereses ya voy a vivir con toda comodidad sin preocuparme de nada? ¿Nos quedaremos solo en lo material? ¿Buscaremos otros tesoros?

Eso es lo serio y lo importante, pero lo triste es que no todos quizá lo vemos así. Y así andamos tan ciegos detrás de la suerte. ¿Algo quizá por lo que tengo que luchar y buscar? Algo de eso puede haber, pero hay algo quizás mucho más misterioso y grandioso. Porque quizás andaremos buscando motivos y razones para ser felices, y eso está bien y también quiere el Señor que seamos felices. ¿Pero no será algo mucho más hondo que sea lo que en verdad le dé un valor y sentido a mi vida? ¿Será algo que me va a llevar a una plenitud de vida con lo que yo realmente me halle plenamente realizado?

Hoy nos habla Jesús en el evangelio con parábolas de tesoros encontrados y de perlas preciosas que podemos conseguir. Y nos habla de que quien ha encontrado el tesoro buscará la forma de poseer aquel campo donde esta escondido para poder hacerse con él; o nos hablará de quien es capaz de vender todo lo que tiene para adquirir aquella joya tan maravillosa.

¿Suerte? ¿Regalo? ¿Fruto de un esfuerzo? ¿Un atento esfuerzo y un discernimiento por descubrir lo que realmente valen aunque tenga que desechar algunas cosas que pudieran ser buenas también?

Y Jesús cuando nos está proponiendo estas parábolas lo hace queriendo hablarnos de lo que realmente tiene que ser el Reino de Dios en nuestra vida, algo por lo que hemos de ser capaces de darlo todo. Encontrar lo que en verdad significa el Reino de Dios es encontrar un tesoro, es encontrar la más maravillosa joya para mi vida. ¿No había comenzado Jesús su predicación invitándonos a cambiar y transformar nuestra vida para creer en la Buena Nueva del Reino de Dios?

Es lo que significa para nosotros el encuentro con Jesús. Encontrarse con Jesús es una buena noticia, la mejor buena noticia que nosotros podamos recibir. Pero nos hemos acostumbrado y ha dejado de ser buena noticia para nosotros. Ya la fe no es esa alegría que inunda y transforma totalmente nuestra vida. Hemos caído en las rutinas, ya no nos preocupamos por encontrar ese tesoro; lo hemos sustituido por otros tesoros que nos pueden parecer más grandiosos pero que serán siempre efímeros y caducos.

Tenemos que dejarnos sorprender por el evangelio, tenemos que dejarnos sorprender por el encuentro con Jesús; tenemos que aprender a darle vida de verdad a lo que hacemos y a lo que vivimos; tenemos que aprender a sentir esa alegría honda del evangelio que hemos encontrado allá en lo más hondo de nosotros mismos.

jueves, 21 de julio de 2022

No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

 


No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

Jeremías 2, 1-3. 7-8. 12-13; Sal 35; Mateo 13, 10-17

Pero, ¿es que no lo entiendes aun? Algunas veces nos encontramos con personas así, nunca entienden o nunca quieren entender; están ofuscados en una manera de ver las cosas que parece que se les cerraron los ojos y los oídos para no escuchar ni entender nada más que aquello que tienen metido en la cabeza.

¿Prejuicios? ¿Cerrazón de mente? Pudiera ser, pero no hay quien los cambie; y las relaciones entre las personas se hacen dificultosas; y los proyectos que podamos presentar no saldrán nunca adelante; y no podremos mejorar nada, porque no ven sino lo que siempre se ha hecho y no son capaces de abrirse a nuevas perspectivas, a nueva manera de ver las cosas, a ser capaces de recibir algo de los otros; y la vida sigue igual que hace no sé cuántos años o siglos, porque es que yo no puedo cambiar, es que soy así, y seguiremos siempre con lo mismo. Podríamos seguir resaltando muchas cosas en este sentido, por lo que vemos a nuestro lado, o acaso por posturas que también nosotros podamos mantener en nuestro interior, aunque tratemos de disimularlo.

Nos desconcierta en cierta manera la respuesta que Jesús les da a la pregunta de por qué siempre les habla en parábolas. Habían llegado a casa después de aquella mañana o tarde a la orilla del lago donde Jesús había ido desgranando una serie de parábolas para hablarles del Reino de Dios. ¿Habían entendido todos lo que Jesús les había querido anunciar? La pregunta que ahora hacen a Jesús los discípulos más cercanos, aquel pequeño grupo que se reunía siempre en torno a Jesús, a quienes había llamado de manera especial o se habían ofrecido para seguirle siendo sus discípulos, puede denotar también que ellos no terminaban tampoco de entender todo el sentido de aquellas parábolas, de aquellos ejemplos que Jesús les pusiera.

Y Jesús les dice que les habla en parábolas porque hay gente que escucha sin entender, miran sin ver porque quizás no ven ni entienden algo que esté un poco más allá de sus narices. Y es que han embotado su corazón, se han cerrado y no quieren escuchar, no quieren abrirse a algo nuevo que Jesús les está proponiendo. Aun siguen sin entender aquellas palabras que Jesús les dice cuando les habla del Reino de Dios. Muchos seguirán sin entender, podríamos decir, que hasta el final. ¿No preguntaban sus mismos discípulos más cercanos en los momentos previos a la Ascensión si había llegado ya la hora de la restauración de Israel? Seguían con aquella imagen tergiversada y confusa que tenían del misterio del Mesías, seguían soñando en reinos y poderes de este mundo, porque hasta el último momento andaban aún peleándose por los primeros puestos.

A pesar de las parábolas, tenemos que preguntarnos, si nosotros habremos entendido bien lo que es el Reino de Dios. ¿No seguiremos soñando con los poderes fácticos de este mundo y algunas veces habremos querido hacer la Iglesia también un poder mundano? No eran solo los de aquellos tiempos los que no terminaban de entender a Jesús, porque a nosotros nos sigue pasando, porque a nuestra Iglesia en muchos momentos le sigue pasando.

Tenemos nuestras ideas preconcebidas de lo que tiene que ser una religión, de lo que tiene que ser la Iglesia, de lo que han de representar los pastores de la Iglesia cuando los hemos equiparado hasta en los nombres con el estilo y la manera de ser de los poderes de este mundo. Mucho tendremos que cambiar, mucho tendremos que escuchar una y otra vez las parábolas de Jesús, mucho tenemos que rumiar en nuestro corazón todo lo que es el mensaje del Evangelio para que al final terminemos de asimilarlo.

miércoles, 20 de julio de 2022

Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

 


Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

Las imágenes que se nos presentan hoy en el evangelio son realmente cautivadoras. Nos llenamos la mente de imaginación y disfrutamos con esa riqueza de imágenes. Nos ponemos a soñar. Es bueno. La mente necesita también de imágenes que nos cautiven, que nos llamen la atención, imágenes no solo para soñar, sino para que seamos capaces de aterrizar, de bajar a pie de calle, de encontrarnos con la vida.

Por una parte está el cuadro que nos describe el evangelista de lo sucedido en aquella mañana – poniendo imaginación también quiero pensar en una mañana esplendorosa - en la orilla del Tiberíades, las gentes que quizá han venido a ver los resultados de la pesca, pues era la hora en que retornaban las barcas después de una dura faena, pero que se habían encontrado al profeta de Nazaret y en torno a él se habían arremolinado para escucharle. ¿Se olvidarían quizá de lo que realmente habían venido a buscar a la orilla del lago? Ahora todos querían escuchar a Jesús; como tantas veces sucedería entre todos los estrujaban; El decide subir a una de las barcas mientras los pescadores limpiaban las redes, para desde allí como en un escenario hablar de manera que todos le pudieran escuchar.

La escena por si misma y ella sola ya nos tendría que hacer pensar. Querían escuchar a Jesús y se agolpaban en torno a El. Y Jesús no deja pasar la oportunidad de sembrar la semilla. De eso les va a hablar. Y El está allí como ese sembrador que esparce la semilla. ¿Serán todos tierra buena y fértil? Es precisamente en lo que les quiere hacer pensar.

Nos quiere hacer pensar, porque hoy es para nosotros. Pero ¿es que seremos capaces de correr también hasta la orilla porque queremos escucharle?  ¿O pasaremos indiferentes porque ya nos lo sabemos, que lo hemos escuchado tantas veces, y nos pondremos indiferentes a la distancia? Lo han visto muchas veces. Siempre que se reúne y aglomera gente ante algo que sucede o que se está realizando, veremos a los que se ponen a distancia y no se implican, van a ver de qué va la cosa, por ahora no vamos a complicarnos mucho.

Y por ahí va toda la belleza y la riqueza de la parábola que propone Jesús. El sembrador que sale a sembrar la semilla, pero los distintos campos y terrenos por donde va a ir pasando para esparcir esa semilla. No todos los terrenos son iguales, no todos los terrenos están preparados para sembrar esa semilla, no todos los terrenos se han labrado previamente para quitar hierbajos y zarzales, para aflojar la tierra endurecida o para ararla debidamente para que pueda recibir esa semilla que pueda producir luego buenas plantas que den fruto.

Y es aquí donde de nuevo tenemos que mirarnos y constatar nuestra realidad, y ver cual es nuestra predisposición, saber si en verdad estamos dispuestos a escuchar para sembrar en el corazón. La parábola es muy rica en imágenes y matices como para reflejar en verdad ese campo que es la vida, ese campo que es ese mundo en el que vivimos. Ese campo que está en nuestras manos para que lo cultivemos. ¿No nos dijo Dios allá en el Génesis, en los inicios del mundo y de la vida, allá en el paraíso que dominásemos sobre toda la creación? La puso en nuestras manos para que la trabajásemos y pudiéramos hacerle dar buenos frutos.  Pero ¿qué hemos hecho de la vida y del mundo?

Demasiado lo hemos pisoteado de manera que la tierra se nos ofrecerá dura y áspera; demasiados abrojos hemos dejado crecer porque no la hemos cuidado debidamente y brotan los zarzales de nuestros enredos, de nuestros orgullos, de nuestras violencias, de nuestras ambiciones egoístas y hemos creado como un caparazón que nos envuelve, que nos aísla, que nos insensibiliza, que nos encierra. No es la tierra propicia para que una buena semilla haga brotar hermosas plantas que nos den ricos y sabrosos frutos.

Hablábamos de la belleza de las imágenes y de toda la riqueza que encierran estas palabras del Evangelio, pero precisamente esa belleza y riqueza será mayor si somos capaces de aterrizar, de llegar a la realidad de nuestra vida para contrastar, para sentirnos interpelados y estemos dispuestos a hacer todo lo posible por ser esa tierra buena. Es la respuesta que se está esperando de nosotros hoy y ahora.

domingo, 27 de marzo de 2022

Una parábola que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

 

Una parábola
que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Algunas veces parece que nos duele que otros sean buenos y muestren un corazón misericordioso y compasivo con los demás; y es que muchas veces cuando le ponemos una marca a alguien, catalogándolo de una determinada manera, parece que esa marca es imborrable y por mucho que veamos que esa persona ha cambiado para nosotros sigue siendo la misma.

Es la dureza de nuestros juicios y condenas, es la malicia que ponemos en seguir marcando a alguien por un error, por algo que hizo mal en algún momento de su vida; como si nosotros hayamos sido siempre trigo limpio. Bien nos vendría recordar muchas veces aquello de Jesús cuando lo de la mujer adúltera que quien no tenga pecado que sea el que tire la primera piedra.

Siempre habrá alguien que recuerde, que saque de nuevo a relucir lo que sucedió con aquella persona en algún momento. Y cuidado que esas actitudes nos las encontramos alguna vez en personas que se tienen por buenas y piadosas. Bueno, era lo que sucedía en tiempos de Jesús, aquellos que se consideraban a si mismos los más puros serían los que andarían siempre recordando que los publicanos, las prostitutas, los pecadores siempre seguirían siendo los mismos y no merecerían la atención y el respeto de los demás, sino que había que alejarse de ellos, como se suele decir, como alma que lleva el diablo.

La motivación de la parábola que hoy Jesús nos ofrece está precisamente en la actitud de los fariseos y de los maestros de la ley que criticaban a Jesús porque se mezclaba con publicanos y pecadores. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Ya lo vemos en distintos momentos del evangelio que siempre están al acecho de lo que hace o dice Jesús.

Conocemos la parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces y no es necesario repetirla de nuevo con todo detalle, aunque conviene releerla muchas veces - Lucas 15, 1-3. 11-32 - para escucharla de verdad en el corazón. El hijo que le pide su herencia a su padre y se marcha para vivir de mala manera. La vida dura e inhumana que tendrá que vivir cuando todo se acaba, y su ser capaz de levantarse para volver a la casa del padre.

Pero como bien sabemos la parábola no se acaba con la conducta negativa de ese hijo que se marchó de la casa del padre, sino que nos resaltará también la actitud negativa del hijo que parecía bueno, del que se quedó en la casa del padre, pero que su corazón estaba bien lejos de la actitud misericordiosa del padre que había recibido al que había marchado.

Es el orgullo y la envidia, es el desprecio y el resentimiento que invaden su corazón y le hace incapaz para la misericordia y el perdón. Tampoco él, como aquellos fariseos que no querían mezclarse con los publicanos, quiere mezclarse con su hermano que ha vuelto; para él seguirá siendo el hermano perdido, ya no lo llamará hermano; será un barrera que se interponga también con la actitud misericordiosa del padre para quien no tendrá sino quejas y reproches.

Pero en medio está el gran personaje, por así decirlo, de la parábola, el padre. El padre que siente el dolor de la ruptura de sus hijos, no solo es la ruptura de quien marchó de su casa y de su hogar, sino es el dolor del hijo que no sabe perdonar ni acoger como él lo está haciendo. Es el padre que espera paciente, que busca la manera de salir al encuentro, que corre gozoso al encuentro del hijo que vuelve, pero que va en búsqueda del hijo que con su actitud se quiere marchar, está creando barreras, sigue manteniendo un corazón endurecido e insensible.

Es el padre que nos está mostrando lo que es el amor de verdad, que no reprocha ni condena, que siempre espera y siempre está a la búsqueda, que tiene sensibilidad en su corazón para descubrir las tragedias que pueden están desarrollándose en el corazón de los hijos, ya estén lejos o ya estén físicamente cercanos, pero lejos de corazón como sucede con el hijo mayor.

Es la gran lección que nos está dando hoy Jesús, porque nos está hablando del amor misericordioso de Dios, que también a nosotros nos llama y nos espera, también viene en nuestra búsqueda y nos ofrece los brazos y abrazos de su amor. Porque ahí en esos hijos estamos retratados nosotros, porque muchas de esas posturas, actitudes y rupturas ha habido en muchas ocasiones en nosotros. Nos está enseñando a dirigir nuestra mirada a Dios y nos dejemos mirar por El, pero aún más que nosotros aprendamos también a tener una mirada como la de Dios. Nuestra mirada a Dios, repito, la mirada de Dios sobre nosotros, pero la nueva mirada que hemos de tener para los demás.

Es la mirada de la Pascua, es la mirada que vamos a recibir desde la cruz, como la mirada que nosotros elevaremos al que está levantado en lo alto; es la mirada con que hemos de bajar nosotros del Calvario y de la Pascua para ir al encuentro de ese mundo que nos rodea. Es una mirada que se hace oración porque invocamos la misericordia de Dios sobre nosotros y sobre nuestro mundo; pero es también una acción de gracias porque en esa mirada nos sentimos especialmente amados de Dios; pero es la súplica también por nuestro mundo roto por tantas miserias y tantas ambiciones, por tanta violencia y por tanta guerra, por tantos orgullos que nos dividen y crean barreras, es la súplica que se hace compromiso por la paz.

No olvidemos, como nos dice san Pablo, que tenemos que ser ministros de reconciliación.

sábado, 26 de marzo de 2022

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado


La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

De entrada decimos que no es malo que valoremos aquello que vamos consiguiendo; siempre hemos de tener metas que nos ayuden a crecer, a mejorar, a lograr mejores cosas en la vida; y hay que reconocerlo, es bueno y hasta necesario reconocerlo; sicológicamente se nos habla de autoestima y de valoración de nosotros mismos; es el camino de la vida que ha de ser siempre en ascensión.

Pero que nos valoremos a nosotros mismos no significa que tengamos que minusvalorar a los demás, despreciar a los demás; tampoco es humano que nos sintamos superiores de los otros, porque cada uno tiene sus valores y hemos también de saber reconocer los valores de los demás, y tampoco nos podemos creer dioses que nos pongamos sobre pedestales para mirar por encima del  hombro a los otros.

Y en la postura y en el camino del creyente, junto al reconocimiento de lo que somos, de los talentos que Dios nos ha puesto en nuestras manos siguiendo la imagen de otra parábola del evangelio, hemos de reconocer por otra parte lo recibido de las manos de Dios. Como creyentes nos sentimos en las manos de Dios, como creyentes vemos el actuar de Dios en nuestra vida, como creyentes tenemos que saber dar gracias a Dios por los dones que nos ha concedido.

Y haciéndonos todas estas consideraciones previas donde nos ponemos ante la parábola que hoy Jesús nos ofrece en el evangelio. En ese necesario camino de humildad que como creyentes hemos visto que hemos de tomar. Ya el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es importante que veamos la motivación de la parábola para que nos demos cuenta de la autentica actitud de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar.

‘Considerarse justo y despreciar a los demás’. Es lo que nos reflejan la actitud, las palabras, las posturas de aquel fariseo. Actitud soberbia del que se queda de pie, que ni ante Dios sabe postrarse; orgullo y vanidad haciendo recuento de lo que hace como si todo fuese de su valor, claro que al tiempo tenemos que ver las intenciones torcidas con que hace las cosas que en si mismas pueden ser buenas; desprecio hacia el que está postrado allá en el ultimo rincón, porque el fariseo se considera mejor y no quiere ni mezclarse con aquel hombre, y humildad del publicano que se siente pecador y así se postra ante el Señor pidiendo perdón. ¿Todo es malo en aquel hombre pecador al que desprecia el fariseo? No tenemos por qué pensarlo, porque cosas buenas tienen que haber también en su vida, pero está la grandeza de la humildad que así se siente pecador delante del Señor.

Es la sentencia con la que Jesús concluye la parábola. ‘Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. El camino de la grandeza no es el camino de la soberbia. Aparentemente pueden aparecer grandes y poderosos, pero se queda todo en la fachada. Hay que buscar la verdadera grandeza del hombre, en el interior del hombre.

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento. Es más, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de si mismo, con la fuerza del Señor, agradeciendo a Dios lo poco o lo mucho que tengamos, pero que son los talentos que tenemos en nuestras manos y hemos de desarrollar. Pero siempre buscando el bien, siempre derrochando bondad, siempre compartiendo con los demás, siempre buscando la riqueza y el bien de todos. 

jueves, 12 de agosto de 2021

Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

 


Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuántos dolores y sufrimientos que se acumulan, cuántas heridas que llevamos en el corazón que parece que no tienen cura sino que cada vez se agrandan más produciendo mayor desasosiego y sufrimiento, cuántas barreras que interponemos o zanjas que cada vez se ahondan más para que sea imposible el paso… tantos resentimientos, tanta malquerencia y tantos deseos de mal y de venganza contra los otros, tanta gente que no se dirige la palabra, tan vecinos mal llevados que por cualquier causa y en cualquier momento hacen surgir de nuevo el conflicto, tantas familias rotas por viejos resentimientos que no se olvidan, cuantos orgullos guardados en el corazón que nos endurecen y al final nos amargan.

Todo por no saber perdonar. Y nos hacemos de la vida un infierno. Porque aunque decimos que se fastidie pero yo eso no lo voy a olvidar nunca ni lo voy a perdonar, al final los fastidiados somos nosotros, porque aunque lo ocultemos o lo disimulemos los que lo estamos pasando mal somos nosotros porque no nos faltará esa amargura y ese resquemor en el corazón que tanto daño nos hace. Quizás a lo más decimos yo ya te lo perdoné una vez, pero volviste a fastidiarme, a hacerme daño, y yo no voy a estar para aguantar. Y esta es nuestra historia, es la historia de la humanidad, la historia de cosas pequeñas que surgen entre los más cercanos, pero que son también los orgullos que nos llevan a enfrentamientos mayores y hasta guerras.

Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús. El estaba entendiendo lo que Jesús les estaba enseñando de ese nuevo sentido y estilo de vivir del Reino de Dios donde el amor tenia que estar en el centro de todo y eso en verdad nos iba a hacer más humanos. Estaba entiendo, quizás, pero había cosas en su corazón o conocía bien lo que sucedía en su entorno, todas esas situaciones de resentimientos y de malquerencias porque eso de perdonar costaba mucho. Por eso la pregunta a Jesús ‘¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’


Y ya sabemos nosotros también la respuesta de Jesús que no solo nos la deja como una sentencia, sino que además nos pone un ejemplo muy claro de lo que sucede y de lo que no tendría que suceder. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Pero luego le habla de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus seguidores y con sus deudores. Allí había alguien que le debía mucho y al que le exige el pago de su deuda, pero aquel hombre no puede atender a la petición de su señor. Pero aquel rey de corazón generoso le perdona toda su deuda.

Hasta aquí parece todo normal, lo que viene a continuación entra en una gran contradicción. Aquel que había sido perdonado de su gran deuda, se encuentro con un compañero que le debe una pequeña cantidad, pero en lugar de ser generoso como habían sido generosos con él, le exige hasta meterlo en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debe. Tanta es la consternación que produce este hecho que sus propios compañeros le contarán al rey lo que ha sucedido. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’

Está claro el mensaje de Jesús pero cuánto nos cuesta no solo entenderlo sino llegar a vivirlo. Ahí está esa experiencia de la vida como reflexionábamos al principio. ¿No será que no hemos sido capaces de saborear de verdad el perdón que recibimos? Quizás nos creemos merecedores de todo y por eso damos por supuesto que tienen que perdonarnos, pero luego nosotros no actuamos de la misma manera con los demás.

Tenemos que aprender a ser agradecidos porque constatamos cuanto recibimos sin nosotros merecerlo; y eso nos hará humildes, y eso pondrá generosidad en nuestro corazón, eso nos hará tener una mirada distinta, eso nos hará romper todas esas barreras que nos interponemos, y en lugar de barreras aprenderemos a tender puentes.

Qué felices podemos sentirnos cuando aprendemos a aceptarnos, a comprender nuestras debilidades porque todos tenemos debilidades, y cuando somos capaces de poner generosidad en nuestro corazón.

martes, 27 de julio de 2021

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

 


Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Papá, eso no lo entiendo, ¿cómo es? explícamelo, le pide inocentemente y con confianza el hijo a su papá aquellas cosas que va descubriendo pero que no entiende. Esto no lo entiendo, ¿puede explicármelo un poco más? le pide el alumno a su profesor. Yo no entiendo eso, aclárate, te dice el amigo cuando ha sucedido algo que no entiende en sus relaciones, en su amistad, o en las cosas que suceden en el entorno en que se mueven. Es la pregunta que hacemos a quien consideramos persona de confianza y nuestro consejero, porque es cierto también que no todo se lo preguntamos a cualquiera. La curiosidad innata de las personas les hace buscar respuestas; queremos aprender, y si somos sinceros con nosotros mismos, cada día podemos aprender algo nuevo, porque todo no nos lo sabemos. Es de sabios – porque buscamos la sabiduría - ya el reconocerlo.

‘Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’, se acercaron los discípulos a decirle a Jesús. En este capítulo trece del evangelio de san Mateo hemos escuchado, distribuidas en varios días, el relato de varias parábolas. Hoy cuando llegan a casa y ya están a solas los discípulos más cercanos con Jesús le hacen la pregunta. Aunque Jesús habla en parábolas, ese lenguaje sencillo para que todos entiendan, hay cosas que en ocasiones no terminan de entrarnos en la cabeza y necesitamos una explicación mayor. Es lo que le están pidiendo los discípulos a Jesús. Aquello de dejar que crecieran juntos la cizaña y el trigo, no lo acaban de entender. No hace muchos días ya le hemos ido comentando.

Hoy quería fijarme en esa actitud de los discípulos de ir con confianza a Jesús para que les explique lo que no entienden. Muchas veces nos sucede en el camino de nuestra vida cristiana, en el camino de la Iglesia en la cual vivimos, o en los mismos acontecimientos que suceden a nuestro alrededor que hay cosas que no entendemos. Y queremos respuestas.

Pero algunas veces nos cerramos obtusos en nuestras mentes y tenemos como miedo a abrirnos a algo nuevo que podríamos descubrir y que de alguna manera nos revuelve nuestros planteamientos o nos puede dar un buen revolcón a nuestra vida. en ocasiones tenemos la tentación de dejar las cosas como están, no complicarnos la vida, quedarnos con nuestras repetidas explicaciones, pues de alguna manera tenemos miedo al Espíritu del Señor que se meta dentro de nosotros y nos provoque nuevas cosas, nuevas posturas, nuevas actitudes, nuevas maneras de actuar.

Creo que los cristianos tenemos que arriesgarnos a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Es la señal de la vida. Es la señal de la vitalidad de nuestro compromiso cristiano para saber también dar respuesta a nuestro tiempo. Cada día es un tiempo nuevo y necesitamos una renovación interior. Y los cristianos vivimos demasiado anquilosados y nos volvemos solamente conservadores de unas tradiciones.

Manteniendo firme nuestra fe en Jesús tenemos que hacer que el evangelio sea una nueva y buena noticia cada día para nuestra vida. Solo podemos descubrirlo dejándonos conducir por el Espíritu del Señor. Y es así como iremos dando respuesta, desde ese evangelio, desde esa riqueza de la novedad del evangelio, a los planteamientos que tiene hoy nuestra vida, nuestro mundo.

Por eso tenemos que crecer por dentro, echar raíces profundas en el evangelio para que podamos tener una verdadera espiritualidad. Si no buscamos esa profundidad nuestros tradicionalismos se pueden convertir en rutinas, pero también las cosas nuevas que pretendamos hacer se pueden quedar en novelerías superficiales. Dejándonos conducir por el Espíritu eso nunca será así. ¡Cuánto tenemos que orar! ¡Cuánto tenemos que coger el evangelio en nuestras manos para quedarnos en silencio delante del Señor, para dejar que El nos hable al corazón!

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para que podamos sembrar de verdad esa semilla en nuestro corazón.

jueves, 1 de agosto de 2019

Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno


Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¿Habéis entendido todo esto?’ preguntaba  Jesús después de exponer sus parábolas. Si entendemos tenemos que ser como ese hombre sabio, como continúa diciéndonos, que sabe darle sentido a cada cosa en su momento.
No es fácil. No es fácil porque nos confundimos muchas veces, porque interpretamos mal, porque no sabemos darle importancia y trascendencia a cada cosa que hacemos. Todo tiene su valor, en todo podemos encontrar algo bueno, cuanto nos sucede tendría que hacernos pensar. Pero pararse a pensar con lo deprisa que va la vida nos cuesta, seguimos en el ritmo vertiginoso y perdemos los detalles, y en los detalles hemos de descubrir cuanto bueno podemos hacer y podemos vivir.
Las parábolas que nos propone Jesús para hablarnos del Reino de Dios y para en consecuencia hacernos pensar en el sentido que le damos a la vida, son un estímulo, quieren alentarnos y alertarnos. Alentarnos para que sigamos el camino con ilusión, que no le temamos a la lucha, que mantengamos claras nuestras metas, que descubramos el sentido de Dios en la vida y en lo que hacemos. ¿No nos quiere hablar del Reino de Dios?
Pero, como decíamos, quieren alertarnos también, ponernos en alerta ante los peligros, ante las tentaciones, ante las desviaciones que podamos hacer en los cruces de la vida no escogiendo el correcto, ante las cosas que nos pueden confundir, ante lo que el mundo nos puede presentar como bueno y nos distraiga de nuestra meta, ante las materialidades de la vida, ante la posible pérdida del rumbo y del sentido espiritual y trascendente que tenemos que darle a lo que hacemos y vivimos.
Hoy nos habla de la red echada al mar y en la que recogen toda clase de peces. Al final será la criba, pero todos están en la red. Así nosotros en la vida y en el mundo. Pero no nos contentemos en pensar que unos son los buenos y otros son los malos y que nosotros somos siempre los buenos.
Es que en nosotros puede haber de una cosa y de otra, porque no somos tan perfectos, porque somos débiles, porque cometemos errores y nos desviamos en algunas cosas del rumbo certero, porque aunque queremos ser buenos y fieles hay cosas en las que bajamos la tensión y nos vamos permitiendo cosas que luego pueden ser una pendiente peligrosa de la que no podamos salir.
En nuestro corazón hay bondad y buenos deseos, es cierto, pero muchas veces se nos mete también el orgullo y el amor propio, nos sentimos tentados por la indiferencia y la insolidaridad, se nos ponen turbios los ojos con nuestros recelos y hasta con las envidias que pueden aparecer en nuestro corazón. Y es en lo que tenemos que estar alerta, como decíamos antes.
Por eso, como ya nos decía también en la parábola del trigo y la cizaña Dios espera, espera nuestro cambio, espera que emprendamos ese camino de conversión de nuestra vida. Mientras vamos caminando si nos damos cuenta de nuestras debilidades tenemos que saber encontrar la fortaleza para no sucumbir, pero también para levantarnos si hemos tropezado. No podemos decir es que soy así y no hay quien me cambie; sí, podemos cambiar, podemos mejorar nuestra vida, podemos transformarnos en esos peces buenos, en ese buen fruto, en esa buena semilla que algún día florezca para alegrarnos la vida, pero que también dé buenos frutos.
Nos sentimos alentados por la Palabra de Dios y nos llenamos de esperanza. Como el hombre sabio sepamos discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno y con todo lo que hacemos demos gloria al Señor.

jueves, 27 de julio de 2017

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Sal.: Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17
‘¿Por qué les hablas en parábolas?’, le preguntan los discípulos a Jesús cuando llegan a casa y ellos mismos le piden que les explique las parábolas.
Cuantas veces nos cuesta entender las cosas más sencillas. Parece que buscamos cosas complicadas y las sencillas no las entendemos. Se nos embota la mente. Andamos despistados según sean nuestras preocupaciones en ese momento; cuando hay cosas que nos agobian parece que se nos cierra la mente para no llegar a ver lo más elemental.
Otras veces no queremos entender, nos hacemos oídos sordos porque no nos conviene, pasamos de largo como si miráramos para otro lado. O no entendemos porque ya nosotros nos hemos hecho nuestra idea, nuestra manera de ver las cosas que algo nuevo que se nos presente, aunque sea lo mas sencillo y lo más que nos convenga no lo queremos ver; parece que primero están nuestra ideas. Y nos hacemos un dialogo de sordos tantas veces en nuestra comunicación con los demás, porque estamos muy empeñados en llevar lo nuestro pero no escuchamos lo que el otro quiera decirnos. Así andamos por la vida.
Esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones sociales cuando queremos poner distancias con ciertas personas, o cuando no queremos comprometernos en algo que sabemos que deberíamos hacer; cuantas veces miramos para otro lado para no ver, cerramos los oídos para no oír ni escuchar, caminamos por la vida como si fuéramos sobre nubes para no ver la tierra que pisamos, la realidad con que nos topamos cada día.
A la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús de por qué les habla en parábolas Jesús responde diciéndonos que muchas veces oímos sin entender y miramos sin ver porque tenemos embotado el corazón. Son tantas las cosas que nos pueden embotar el corazón. Recuerda lo anunciado por el profeta: ‘Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure".
Son las posturas negativas que podemos tener ante la Palabra de Dios que se nos proclama; son las posturas que nos tomamos ante Jesús, a pesar que decimos que creemos en El. Es la desconfianza que mostramos ante aquellos que tienen la misión de trasmitirnos la Palabra de Dios; son los prejuicios que nos hacemos contra la Iglesia a la que pertenecemos pero que tanta veces escuchamos solo en lo que nos interesa.
Hoy Jesús les dice a los discípulos: ‘¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. Dichosos nosotros también nos viene a decir Jesús que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida. Ojalá nos hagamos dignos de esa bienaventuranza porque así abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor.

domingo, 11 de septiembre de 2016

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

 Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Quien no ha sabido o no ha querido tener la experiencia de la misericordia y la compasión porque en su orgullo se cree tan justo que no necesita nunca pedir perdón será igualmente inmisericorde y duro de compasión para con los demás no siendo capaz nunca de ser compasivo con nadie. Es algo duro, pero es el caparazón con el que seríamos capaces de recubrir nuestro corazón para no tener nunca ningún atisbo de ternura y misericordia.
Y nos puede suceder, porque aunque hayamos experimentado alguna vez esa compasión con nosotros podemos volvernos intransigentes con los demás e incapaces de perdonar a los demás. Muchos en la vida van con esa insensibilidad que incluso les hace expresarse con expresiones duras y hasta son incapaces de sonreír a nadie. Y lo más peligroso y terrible sería que nos podamos parapetar tras esas expresiones de intransigencia, de inmisericordia, de insensibilidad en nombre quizá de un sentido religioso, que por decirlo suavemente, es mal entendido.
Son los cumplidores, los que se creen impecables, los que son capaces de fijarse en la menor minucia para juzgar, para criticar, para condenar a los demás. Son los que van haciendo discriminaciones en la vida desde sus particulares apreciaciones, se quedan en las apariencias, y considerándose poco menos que intocables no se quieren rebajar a mezclarse con nadie; son los que van creando categorías en la vida, para ponerse ellos siempre en un estadio superior.
El evangelio hoy nos cuenta que todos los publicanos y pecadores llegaban hasta Jesús para escucharle. Pero por allá estaban los escribas y los fariseos juzgando y criticando desde sus distancias discriminatorias y puritanas. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No quieren mezclarse; en su duro corazón está siempre por delante el juicio, la discriminación y la condena. No entienden lo que Jesús está haciendo para mostrarnos el rostro misericordioso de Dios.
Y la respuesta de Jesús es proponer unas parábolas. ¿Es que un pastor va a dar por perdida una oveja que se le ha quedado extraviada en el campo o en las laderas de los barrancos? Aunque solo fuera por el interés de no tener una pérdida, iría a buscarle y movilizaría todo lo necesario para encontrarla. Pero es que además este pastor, no moviliza antes, sino que movilizará luego a sus amigos para decirles que ha encontrado la oveja que se le había perdido.
¿O es que una mujer que se la extraviado en su casa una moneda valiosa la va a dar por perdida? La va a buscar aunque tenga que revolver toda la casa y poner todo patas arriba. Pero es que además cuando la encuentra llamará a sus vecinas y amigas para comunicarles la buena noticia de que encontró aquella moneda preciosa que tenia extraviada y lo hará con gran alegría.
Y nos dirá Jesús que más grande será la alegría del cielo por un solo pecador que se arrepienta, reconozca su pecado y se convierta a la misericordia de Dios. ¿Cómo no va, pues, Jesús a alegrarse cuando los pecadores vienen a escucharle y muestran señales de arrepentimiento y conversión? Claro que hará fiesta y comerá con ellos. Además, si antes para buscar a ese pecador y traerlo al buen camino necesita participar en una de sus comidas o banquetes para El no habrá dificultad porque por encima de todo va a primar la misericordia y la compasión. En el corazón de Cristo nunca cabrá la discriminación ni la condena. Su corazón siempre manifestará la ternura de Dios y estará abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón.
Y como bien sabemos no se acaban aquí las imágenes que Jesús querrá presentarnos de lo que es la misericordia de Dios, que ha de ser la misma misericordia con que nosotros hemos de actuar para con los demás. Será la parábola que todos bien conocemos y tantas veces habremos meditado que nos habla del padre que con una ternura grande en su corazón estará siempre esperando la vuelta del hijo que se ha marchado. Será el padre que espera pero que corre al encuentro; será el padre que hará fiesta con la vuelta del hijo, pero que intentará convencer al otro hermano para que sea capaz también de acoger a quien se consideraba muerto pero que ha vuelto a la vida.
Cargamos muchas veces las tintas fijándonos en maldad del hijo que se ha marchado y lo ha gastado todo viviendo de mala manera, no nos fijamos tanto en el resentimiento del otro hijo que en su orgullo no quiere recibir al hermano, pero tampoco entiende la actitud y la postura del padre, y nos fijamos poco en esa ternura de Dios que se manifiesta en aquel padre paciente, compasivo, misericordioso, que busca siempre nuestro encuentro no solo con El sino que seamos capaces de tenerlo también entre nosotros para que la fiesta sea grande.
Es lo que Jesús está queriendo decirles a aquellos letrados y fariseos que parece que no entendían o no querían entender lo que es la ternura y la misericordia porque en su orgullo habían endurecido demasiado el corazón. Es lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros también para que aprendamos a cambiar muchas actitudes y muchas posturas que muchas veces mantenemos en la vida. Y es que nuestra relación con Dios y su misericordia siempre ha de pasar por nuestra relación con los demás, por nuestra capacidad de encuentro siempre con los otros, con la ternura que brille en nuestro corazón para saber acoger a todos sin ningún tipo de discriminación.
Que nunca en nombre de nuestra fe o de nuestra religión queramos ser tan justicieros que no seamos capaces de mostrar nuestra ternura y capacidad de misericordia con los demás. Que la Iglesia no lo olvide nunca, porque algunas veces se hace demasiado justiciera y se puede contagiar de algunos criterios de nuestro mundo tan lleno de inhumanidad; sería algo triste que sucediera así en nuestra Iglesia. Alguien quizás pueda sentirse dolorido por cosas así en el seno de la Iglesia.

jueves, 28 de julio de 2016

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Jeremías 18,1-6; Sal 145; Mateo 13,47-53

‘El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla…’ Sigue Jesús hablándonos en parábolas. Nos compara el Reino de Dios, nos da las señales del Reino de los cielos que nosotros hemos de vivir, nos habla con sencillez de lenguaje para que todos entendamos, queremos ser los pobres y los sencillos que acojamos en nuestra vida, que escuchemos allá en lo hondo del corazón esta Palabra de Jesús.
Nos habla hoy de la red que echan en el mar y que recoge toda clase de peces. Es la imagen del anuncio del Reino que a todos se hace, que todos pueden escuchar; es la llamada y la invitación para que todos escuchemos ese anuncio, seamos buenos o nos lo creamos o no seamos tan buenos porque somos pecadores; el anuncio es para todos, porque para todos es la salvación.
Es la primera lectura que hacemos de esta parábola; ojalá no seamos excluidos porque no seamos capaces de cambiar nuestra vida, porque nos encerremos en nosotros mismos, porque queramos permanecer en nuestro pecado. La llamada es una gracia porque es un regalo del Señor pero al que damos respuesta para vivir en gracia, para vivir en santidad.
Pero con la parábola podemos pensar en algo más. Vivimos en un mundo muy amplio y muy diverso; en ese mar de la vida hay toda clase de peces, nos encontramos con muchas cosas, una buenas otras no tan buenas, unas que nos ayudan a progresar en los verdaderos valores, otras que nos arrastran como rémoras y nos quieren hundir en la ciénaga del mal.
Tenemos que aprender a discernir, a distinguir lo bueno de lo malo, a tener las ideas claras y la voluntad firme para no dejarnos arrastrar por el mal; la tentación nos acecha continuamente; el mundo que nos rodea quiere confundirnos, nos dicen tantas cosas, eso no tiene importancia, eso es poca cosa y total no vamos a ser perfectos siempre, mira lo que hacen todos a tu alrededor ¿tú vas a ser distinto, vas a nadar contracorriente? Y así tantas maneras de hacernos ver como bueno lo que no es tan bueno.
Es necesario tener criterios claros; tenemos que dejarnos iluminar por la luz del evangelio, hemos de saber trabajar siempre por los verdaderos valores, tenemos que cultivar la virtud en nuestra vida, hemos de sabernos dejar impregnar por el sentido de Cristo. Ese ha de ser nuestro camino, nuestro esfuerzo, nuestra lucha por superarnos día a día aunque nos cueste. El Espíritu del Señor Jesús está con nosotros y es nuestro verdadero guía y nuestra verdadera fortaleza.

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.

domingo, 13 de julio de 2014

Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto



Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto

Is. 55, 10-1; Sal. 64; Rm. 8, 18-23; Mt. 13, 1-23
Nos encontramos hoy ante una de las parábolas quizá más bella de todas las parábolas del Evangelio y también hemos de decir quizá una de las más conocidas. ¿Quién no la ha escuchado más de una vez y también reflexionado y meditado? Pero por eso mismo, me atrevo a decir, puede surgir dentro de nosotros la postura y la actitud más peligrosa que podamos  tener no solo ante esta parábola que ya la damos por sabida sino al mismo tiempo ante toda la Palabra de Dios.
Porque nos la sabemos y hasta somos capaces de darle una explicación ante su sentido nos puede suceder lo que Jesús denuncia con palabras de Isaías y que es lo que le motiva a hablar en parábolas. La propia parábola podría desenmascarnos esas posturas peligrosas que podemos tener ante la propia Palabra de Dios, que cuando la escuchamos la damos ya por sabida y casi pasamos por alto su más profundo sentido.
Nos sucede tantas veces cuando escuchamos el evangelio, que decimos que ya eso lo sabemos y que nos están repitiendo lo mismo. Se nos repite lo mismo, pero ¿damos señales de cambio en nuestra vida? ¿No necesitaremos escucharlo una y otra vez hasta que penetre profundamente en nosotros y nos transforme?
Hoy Jesús nos dice, como decíamos, recordando a Isaías al responder a la pregunta de los discípulos de por qué habla en parábolas. ‘Oiréis con los oídos sin entender;  mirareis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo,  son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.
Sí, conocemos la parábola y la acabamos de escuchar ahora en su proclamación. Fijémonos bien donde está el mensaje, porque Jesús ya nos da una explicación, aunque en nuestra superficialidad tenemos la tentación de quedarnos en la anécdota y pasar de largo. Pero eso es lo primero que Jesús nos denuncia, la superficialidad. La primera tentación que ahora mismo nosotros podemos tener al escucharla una vez más pudiera ser esa. Como la semilla que se queda sobre la tierra repisada y endurecida del camino que no penetra dentro de la tierra donde tendría que germinar.
Pasamos por alto ante la parábola o ante la Palabra del Señor y no nos detenemos a hacernos una reflexión profunda. Fuera la superficialidad, quedarnos por fuera, en lo exterior. La semilla tiene que penetrar en la tierra, la Palabra tiene que penetrar dentro de nosotros. ¿Cómo? Detengámonos ante la Palabra, mastiquémosla, rumiémosla, reflexionemos tratando de encontrar su sentido pero tratando de confrontarla de verdad con nuestra vida.
Miremos bien nuestra vida y sin miedos dejándonos iluminar, dejándonos enseñar. Es una actitud humilde la que hemos de tener. Y humilde viene de ‘humus’, palabra latina que significa tierra, suelo; bajémonos hasta el suelo en esa actitud humilde para poder abrirnos de verdad a esa Palabra que el Señor nos dice.
Y casi como una consecuencia o una continuación viene a lo que se refiere el segundo tipo de tierra en el que cae la semilla; lo sembrado en terreno pedregoso tampoco podrá dar fruto porque aunque en principio pueda brotar no tiene la tierra suficiente ni la humedad necesaria para que esa planta pueda permanecer. Son los que no son capaces de echar raíces por su inconstancia, que pronto se cansan, que se agostan con las dificultades y no saben permanecer en el camino emprendido.
Cuantas promesas nos hacemos tras un momento de fervor, pero eso, se quedan en promesas y propósitos que nunca se cumplirán, que no llevaremos a término. Necesaria la constancia, importante la perseverancia. ¿Por qué tantas veces tiramos la toalla ante la primera dificultad o cuando se nos exige esfuerzo? Porque quizá solo estamos contando con nosotros mismos. La  raíces que no penetran hondo en la tierra no tienen la humedad necesaria y pronto la planta se secará; los que son inconstantes y pronto olvidan sus buenos propósitos quizá no han sabido contar con el Señor, no han alimentado su vida de verdad en la oración y en la gracia de los sacramentos.
Pero tenemos otras dificultades. Se nos habla de lo sembrado entre zarzas y abrojos que ahogarán pronto la planta que se quedará sin dar fruto. Cuántas corazas cubren nuestra vida. La coraza es dura para que no pueda penetrar nada a través de ella. Sí, corazas impenetrables son esas cosas que se convierten en nuestras primeras preocupaciones e intereses que nos impedirán descubrir otros valores por los que luchar, otras metas en la vida de mayor altura y profundidad, otros ideales que nos hagan mirar a lo alto o que llenen de verdadera espiritualidad nuestra vida.
Cuando nuestros intereses estén en el dinero o las ganancias materiales, en las satisfacciones prontas y egoístas que nos puedan satisfacer prontamente, en las vanidades mundanas que nos halagan o nos hagan creernos superiores a todos, cuando lo que buscamos es un pronto placer o satisfacción, una rápida ganancia o el orgullo del poder o del tener, nuestros oídos se hacen sordos a valores espirituales, no dejamos sitio para Dios en nuestro corazón, vivimos embrutecidos encerrados solo en lo material. Es el corazón embotado que decía el profeta, el corazón endurecido que no será capaz ni de ver ni de oír lo que el Señor quiere decirnos, el corazón insensibilizado que no será capaz de entender de un verdadero amor.
Solo la tierra cultivada y trabajada podrá recibir la semilla que producirá grandes frutos. ¿Qué tenemos que hacer para ser esa tierra buena? Ya la parábola y el comentario que hemos ido haciendo nos dan pistas para ello.
No nos quedemos en lo superficial sino abramos nuestro corazón desde lo más profundo y no nos parapetemos después de nuestros egoísmos, orgullos o vanidades. Reguemos esa tierra de nuestra vida con la gracia del Señor en el cultivo del espíritu de oración que nos haga en verdad sintonizar con Dios y no perder nunca esa sintonía. Rompamos esas corazas que nos encierran en nosotros mismos para tener ojos que miren hacia lo alto y un corazón sensible al verdadero amor que alimentamos en Dios.
Que el Señor nos ayude a ser esa tierra buena, porque solo lo podemos ser con su gracia, pero dejándonos nosotros hacer por el Señor. Que la lluvia de su gracia empape la tierra de nuestra vida y daremos fruto.