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viernes, 30 de octubre de 2026

Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 


Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 Filipenses 1, 1-11; Salmo 110; Lucas 14, 1-6

Más de una vez habremos escuchado aquello de que vemos las cosas según el color del cristal con que se mira; el color viene a ser como un filtro, en cambio la luminosidad de un cristal incoloro hará que veamos la realidad de los colores que se dispersan ante nosotros en cada cosa; las tonalidades de colores pueden expresar los sentimientos o las emociones que llevamos en nuestro interior, la pasión con que miramos la vida como también nos pueden hacer resaltar los tintes negros de la vida.

Me gusta despertar con luminosidad en los ojos, para poder disfrutar del amplio colorido de la vida, aunque en ocasiones las circunstancias de la vida pongan diversas tonalidades en nuestra mirada. Son esos filtros con que miramos cuanto sucede en nuestro entorno o nos sucede a nosotros mismos, pero son también los filtros con que miramos a las personas que nos rodean; nos podemos dejar influir ya sea por el momento malo o bueno por el que estemos pasando, pero también desde unos criterios, unas maneras de ver que nos hemos impuesto en la vida, o también por el ambiente o el sentido de la vida que nos rodea.

¿Podremos mantener siempre esa mirada luminosa? Qué diferentes pueden ser nuestras miradas influidos por las circunstancias, como diferentes las miradas de los que están a nuestro alrededor aunque estemos contemplando el mismo hecho, pero que como consecuencia de esa mirada la daremos diferentes interpretaciones.

Es lo que estamos contemplando en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús está viviendo un momento que puede tener un significado especial, lo han invitado en casa de unos fariseos a comer; nos vamos encontrar esas diferentes miradas, pues estando a la mesa se acercó un hombre enfermo de hidropesía, nos relata el evangelista. El ambiente era muy dispar, por un lado aquellos fariseos con sus criterios tan legalistas y tan puritanos y un hombre enfermo que poco menos que para ellos era como un maldito, era por su enfermedad un hombre impuro; pero está también Jesús que se ha visto envuelto por aquel ambiente tan dispar, porque además los fariseos estaban al acecho a ver lo que hacía Jesús, las desconfianzas de los torcidos corazones.

Era muy distinta la mirada de los que allí se encontraban alrededor de aquella mesa, había un colorido distinto que se resaltaría según de quien fuera la mirada. Pero la mirada de Jesús es siempre luminosa y allí hay un hombre con su sufrimiento; lo que veía Jesús en aquel hombre era bien diferente de la mirada ‘morbosa’ por sus malas intenciones de quienes lo habían invitado a aquella comida. Para Jesús quien estaba allí en medio era un hombre con su sufrimiento que había que liberar de aquella enfermedad. Y ese es el actuar de Jesús. Y allí quedaron en el aire las preguntas e interrogantes que Jesús planteaba que al final no supieron responder. ‘¿Es lícito curar los sábados, o no?… ¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado?… y no pudieron replicar… Pero Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió’.

¿Nos estará señalando Jesús cómo tiene que ser nuestra mirada? Quitemos los filtros de nuestras desconfianzas y nuestros prejuicios, de nuestras rutinas que terminan acostumbrándonos a las oscuridades y no somos capaces de ver ningún destello de luz, de nuestras autosuficiencias que se convierten muchas veces en prepotencias con lo que intentaremos ir anulando a los demás cuando no son como nosotros, de nuestra superioridad que nos hace sentirnos por encima y termina alejándonos de todos, de nuestros miedos y cobardías que nos hace ver todo inestable y nos llena de indecisión, de esas aureolas de buenos y de santos con que nos rodeamos que nos hacen soberbios y orgullosos… son tantos los filtros que estamos poniendo que no dejamos florecer el amor.

El único brillo que hemos de poner es el del amor que no hemos de temer saturarlo demasiado porque es lo que tiene que dar verdadero color a nuestra vida.


viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

domingo, 11 de enero de 2026

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

 


Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar en nuestro corazón.

Despertemos, abramos los ojos y miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al salir del agua, los cielos se abrieron  y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

Es el tiempo de la contemplación, porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos escuchando la voz de Dios.

Ahora no podemos ir con prisas, tenemos que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?

Pero toda esa mirada y contemplación nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y preferido.

Claro que ahora nos queda una cosa, ¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama, Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros también queremos ponernos en camino.

Estamos también llenos del Espíritu de Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… Manifestará la justicia con verdad.  Te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea. Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en las tinieblas.

¿No es eso todo un programa de vida en el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso? Saquemos conclusiones.

lunes, 5 de enero de 2026

La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

 


La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

1 Juan 3,11-21; Salmo 99; Juan 1,43-51

Una mirada nos habla, una mirada puede decirnos muchas cosas; puede sorprendernos en el hecho de que alguien se fije en nosotros, puede ser una señal de oferta de amistad, de decirnos que sus puertas están abiertas, pudiera ser de reprobación o simplemente decirnos que no se está de acuerdo con nosotros o nuestra manera de actuar; algunas veces rehuimos la mirada aunque también hay quien mantiene la mirada en cierto modo desafiante porque no queremos sentirnos mirados, nos puede parecer que se están entrometiendo en nuestras cosas y queremos mantener nuestra reserva o porque la rechazamos sin más; siempre sin embargo habitualmente queremos mirar a los ojos de aquel con quien hablamos, porque más que sus palabras sus ojos pueden llegar a decirnos muchas cosas; muchas mas cosas podríamos decir y ya hemos recordado en estos días la mirada de Dios sobre nosotros que es siempre bendición.

Me ha surgido esta reflexión introductoria desde lo que ahora hemos escuchado en el evangelio. Son aquellos primeros momentos en el evangelio de Juan en que van surgiendo los primeros seguidores de Jesús que van a ser sus primeros discípulos. Tras aquella búsqueda de Andrés y Juan después de señalarles el Bautista a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pronto será Simón al que Jesús ya desde el principio llamará Pedro el que por la invitación de su hermano Andrés se acercará a Jesús.

Será Felipe el que es invitado por Jesús a seguirle pero que pronto se convierte en apóstol porque al encontrarse con Natanael hará todo lo posible por llevarlo también a Jesús. Hemos encontrado al Mesías, le decía Andrés a su hermano y ahora Felipe le dirá a Natanael que han encontrado aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Aun con la resistencia de Natanael por ser de un pueblo vecino a Nazaret, llegará a los pies de Jesús. ‘Aquí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ le dirá Jesús y se sorprenderá porque sin conocerle – eso al menos piensa – hace esa afirmación de su rectitud. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’, le replicará Jesús y surgirá una hermosa confesión de fe que a todos nos sorprende. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Mayores cosas veréis termina diciéndole Jesús.

‘Cuando estabas debajo de la higuera, te vi’, muchas son las elucubraciones y las explicaciones que hemos querido darle a estas palabras de Jesús. Yo me quedo con esa mirada de Jesús. ‘Te vi’. La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros. Muchos serán los momentos del evangelio que nos hablen de esa mirada de Jesús. Siempre, como es la mirada de Dios, será una mirada de amor. Mirada que nos ve en lo más hondo de nosotros mismos, que se hace comprensión y regala perdón, que se convierte en aliento y en estímulo para el confiar y seguir caminando, que es mano tendida que nos levanta y nos invita a reiniciar una y otra vez el camino a pesar de los tropiezos e incluso de las caídas, es silencio que derrama lágrimas a nuestro lado mezclándose con nuestras lágrimas, pero es paño de consuelo que alivia nuestras angustias y desazones. Nos sentimos mirados porque nos sentimos amados y quien así nos mira querrá siempre lo mejor para nosotros.

¿Aprenderemos a que sean así también nuestras miradas? ¿Desterraremos para siempre las miradas airadas y con resentimientos? ¿Arrancaremos de cuajo las miradas envidiosas y las que siembran la cizaña de la desconfianza? ¿Pondremos colirio en nuestros ojos para que nuestras miradas sean siempre límpidas y sepamos siempre resaltar lo bueno de los demás? ¿Purificaremos las miradas de la pasión y de la ambición para caminar siempre con un corazón henchido de amor en nuestras manos?


viernes, 13 de junio de 2025

Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

 


Busquemos la autenticidad, mostrémonos como somos y no adornados de apariencias, aunque el tesoro esté en vasijas de barro la fuerza nos viene del Señor

2Corintios 4, 7-15; Salmo 115; Mateo 5, 27-32

Más de una vez habremos escuchado o nos lo hemos reflexionado por nosotros mismos que lo importante no es parecer sino ser. Si le damos importancia a lo de parecer lo de menos es lo que nosotros seamos porque estaremos haciéndonos como un disfraz para aparentar lo que no se es. Esto está muy relacionado con lo de la hipocresía; sabemos que esta palabra proviene de la forma del teatro griego que en las representaciones utilizaban una máscara para representar al personaje que correspondiera. Así andamos muchas veces por la vida bien por un lado juzgando a la gente por las apariencias que muchas veces puede ser también algo subjetivo nuestro porque según lo que pensamos es también lo que imaginamos de aquella persona, pero también es cuando nosotros nos disfrazamos con esas apariencias porque queremos dejar traslucir todo lo que llevamos dentro. Aquí tendríamos que hablar de la autenticidad en la vida.

Es lo que Jesús quiere enseñarnos en el evangelio. Que cuidemos nuestro interior, porque además por mucho esfuerzo que hagamos por aparentar, al final se nos saldrá de forma espontánea lo que llevamos dentro. Es necesario que nos manifestemos en todas las cosas con toda rectitud, y por supuesto las obras que realicemos sean buenas, pero cuidemos nuestro interior, cuidemos nuestros pensamientos, cuidemos esos juicios que podemos hacernos de los demás, cuidemos de las malas intenciones que a la callada llevamos dentro y que en un momento determinado se desbordarán.

Habla Jesús de forma concreta del adulterio, pero que nos dice que lo somos no solo cuando externamente caigamos en esos lazos, sino cuando desde nuestro interior estamos deseando a la mujer de nuestro prójimo. Hoy quizás la gente se ría de nosotros si les hablamos de malos pensamientos y nos ponemos nuestras rebajas diciendo que si consentimos o no consentimos, si llegamos a hacer realidad lo que estamos pensado o solo se queda en los pensamientos. Pues eso es lo que hay que cuidar, en nuestro pensamiento estaremos deseando hacer el mal, aunque luego aparentemente por nuestros respetos humanos o por nuestros miedos no lleguemos a realizarlo, pero la podredumbre la tenemos dentro y nos está corroyendo por dentro.

¿No recordamos lo que nos dice Jesús en otro momento de que lo que nos hace impuros no es lo que entra por la boca sino lo que sale de nuestro corazón, porque de ahí salen los malos propósitos y deseos, de ahí salen nuestros orgullos o nuestras violencias incontroladas, desde ahí buscamos esa vanidad de la vida y esas apariencias?

Por eso ese mal deseo es el que tenemos que arrancar de cuajo, desde la raíz. Jesús nos dice que si tu ojo te hace pecar, sácatelo, o si tu mano te hace caer, córtala, que más vale entrar ciego o manco en el reino de los cielos que con todo quedarnos fuera. Esas miradas nuestras tantas veces llenas de maldad, esas miradas que traslucen la envidia que llevamos en el corazón, esas miradas nuestras que parece que están desconsoladas por los oros que brillan, por las riquezas y la posesión de las cosas que nos hace ambiciosos, esas miradas turbias para desconfiar, para querer ver siempre el lado oscuro de las personas, o nos hacen sospechar de todo y de todos, esa mirada que enturbia el corazón y nos hace perder la paz y la serenidad de la vida; no hacemos pero estamos dispuestos a hacer lo que sea por aquello que ambicionamos. Así podríamos seguir pensamos en muchas más cosas que como decíamos nos enturbian el corazón, y eso turbio que llevamos dentro un día va a rebosar de nosotros y todo lo manchará a su paso.

Busquemos esa rectitud de nuestra vida, esa pureza del corazón, esos buenos deseos que buscan siempre lo bueno, esas miradas luminosas que llenan de luz la vida. Habrá autenticidad en la vida a pesar de lo débiles que podamos ser y los tropiezos en los que podamos caer. Nos decía san Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro, pero la fuerza nos viene de Dios.

miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

 


Sepamos discernir, aunque sean momentos oscuros, la mirada del Señor que se vuelve hacia nosotros para llenarnos de bendiciones en la misión que nos confía

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Salmo 70; Lucas 1, 5-25

Cuando estamos esperando algo con mucha ilusión y durante mucho tiempo sin que veamos señales de que podamos conseguirlo y finalmente nos anuncian que después de tanta espera nos lo van a conceder, no nos lo creemos. Era tanto que lo deseábamos que ahora nos parece un imposible que se cumpla, que se haga realidad. Las esperas desesperan y el tener que esperar mucho nos hace perder la esperanza.

El deseo de aquel buen matrimonio ya anciano era poder tener un hijo; con ansia lo habían pedido al Señor pero un día sus esperanzas se habían desinflado, Isabel era estéril y no podían tener hijos; ahora además eran muy mayores. Pero otros son los designios de Dios, aunque muchas veces nos cueste entenderlos. Zacarías era sacerdote y aquella semana estaba oficiando en el templo. Le tocaba hoy hacer la ofrenda del incienso entrando al lugar santo, mientras el pueblo estaba fuera a la espera.

Quizás con su pensamiento centrado en lo que era el deseo del todo buen judío, la pronta venida del Mesías, hasta había podido olvidar o dejar en segundo plano lo que eran sus deseos personales. Atento estaba a lo que tenía que realizar en el lugar sagrado recogiendo lo que eran las oraciones del pueblo. Su misión y función en aquel momento era recoger los anhelos de todos para presentarlos al Señor, y allí en esas ofrendas también estarían sus anhelos.

Su oración había sido escuchada. Un ángel del Señor, como un enviado de Dios, se iba a hacer presente en medio del humo que ascendía desde el santuario al cielo aquel día. A la derecha del altar del incienso allí estaba el ángel del Señor. ‘Tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor’. Fueron las palabras del ángel invitándole a no perder la paz. ‘No temas, Zacarías’, había comenzado diciéndole.

Será el momento de la emoción ante el misterio de Dios que se le revelaba y fue el momento de la sorpresa. No lo podía creer. Lo había deseado tanto y parecía que el cielo se hacia sordo a sus peticiones, que ya le parecía imposible que su cumplimiento. Pero allí estaba la certeza y a veracidad de la Palabra de Dios que no podía ponerse en duda, aunque muchas seguían siendo las dudas que embargaban su corazón. Son las preguntas balbucientes que salen de sus labios.

Allí estaba el cumplimiento de la promesa del Señor. Aquel niño vendría como signo de contradicción como día otro anciano, pero como señalaba el ángel para cumplimiento de las promesas de Dios a través de los profetas, venía para convertir muchos corazones a Dios; con el espíritu y el poder de Elías se iba a manifestar de manera que luego Jesús vendría a corroborar que la segunda vuelta del profeta Elías se había cumplido en la figura de Juan Bautista, porque ‘venía para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. A Zacarías le había costado entender y creer, de ahí el tiempo que permanecería mucho hasta el nacimiento de su hijo, mientras Isabel daba gracias a Dios que en ella había puesto sus ojos. Un día María también precisamente en la presencia de Isabel reconocería que Dios se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había hecho cosas maravillosas. ¿No sería de alguna manera era la oración de Isabel en aquellos momentos?

Pasamos en la vida por momentos difíciles y contradictorios, mantener unas esperanzas en el corazón aunque nos cueste porque queremos seguir confiando en el Señor, hay momentos en que todo se nos vuelve turbio y oscuro y podría parecer que ya hemos de perder la ultima esperanza, pero Dios sigue contando y confiando en nosotros. A pesar de nuestras dudas tendríamos que saber reconocer como Dios se fija también en nosotros y para nosotros tiene también una misión

¿Sabríamos discernir esos momentos en que también sobre nosotros se vuelve la mirada del Señor para llenarnos de sus bendiciones ante la tarea que tenemos que nos confía realizar?


sábado, 17 de agosto de 2024

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

 


No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Salmo 50; Mateo 19,13-15

¿Por qué la mirada de un niño nos enternece el corazón? Todos sabemos de su encanto, todos lo hemos experimentado, porque para eso los niños de entrada no hacen distinciones; cuando comiencen a hacerlas es porque los mayores le hemos maleado el corazón. A pesar de que el niño pequeño parece que todo lo quiere para él, en ese descubrimiento que va haciendo de las cosas aprender es como cogérselas para sí pero no para encerrarse en sí mismos sino que veremos cómo enseguida comienza a dar, a regalar su ternura, su mirada, su sonrisa, su confianza. Donde siente la sintonía del amor allí lo veremos cantando la más hermosa canción, que no es música que transportemos a los pentagramas musicales, sino que será el encanto de la vida que es como música que suaviza a las fieras, como suele decirse, y por eso nos derrite el corazón.

Hoy vemos en el evangelio a Jesús jugando con los niños. Sus madres los han traído para que Jesús imponga sus manos sobre ellos y los bendiga, pero, como decíamos, cuando los niños captan la sintonía del amor, ya de allí no se querrán separar. Aunque nosotros nos pongamos incordios en muchas ocasiones, como se pusieron los discípulos cercanos a Jesús en un celo desmedido de que nadie molestara al maestro. Quisiera alejar a los niños de la presencia de Jesús. Y es Jesús el que no quiere que los alejen sino que los niños sigan disfrutando de su presencia. Es que además iban a ser un buen signo de lo que es el Reino de Dios.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y siguió bendiciéndolos. Si señales del Reino de Dios va a ser esa nueva cercanía que entre todos los hombres tienen que darse, aquí tenemos palpable una de esas señales, la cercanía de los niños con todo lo que eso significa. Ya en otro momento en que vuelva a poner a los niños como referencia de lo que ha de ser el Reino de Dios nos dirá que ‘de los que son como ellos – como los niños – será el Reino de Dios’.

Han de caerse todos los tabúes, tenemos que hacer desaparecer todo aquello que se interponga entre unos y otros creando barreras o abismos, como tantas veces nos hacemos los unos con los otros, tengamos esa ternura del niño que se deja querer pero que estará siempre ofreciendo un amor incondicional. Seamos capaces de mirarnos los unos a los otros con una mirada como la de los niños, sin cortinas que hagan un filtrado y con la luminosidad de los ojos limpios de malicia que disipan todas las nieblas que difuminan las imágenes. Tengamos la disponibilidad y generosidad del corazón que sabe sintonizar el amor, pero que va repartiendo las músicas que salen de su alma.

Cuanto tendríamos que aprender de los niños, de su ternura y de su disponibilidad generosa, de la alegría que se les escapa del alma en sus ojos límpidos y que despertarán en nosotros los mejores sentimientos.

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios que nos anuncia, pero quiere entonces que sepamos tenerlos entre nosotros y que sean siempre una buena referencia para tantas cosas tiernas que tenemos que dejar escapar de nuestra alma y con lo que sabremos ir de manera nueva al encuentro con los demás.

Nunca más barreras ni cortinas, nunca más nieblas que difuminen o que filtren lo mejor que pueda salir de nuestro corazón, pero también lo mejor que aprenderemos a ver en tantos que nos rodean.

jueves, 6 de julio de 2023

Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

 


Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105; Mateo (9,9-13

Me van a permitir que comience con una pregunta que me hago a mi mismo, y que me da vergüenza la respuesta que tendría que dar. Cuando vas por la calle y te encuentras tu mismo camino, por la misma acera, una persona, de esas que tantas veces rechazamos por su apariencia, por lo que sabemos, o algunas veces simplemente sospechamos, de lo que se dedica en su vida, que nos resulta sospechosa y desconfiamos evitando entrar en contacto o en algún tipo de relación, esta es la pregunta, ¿nos habremos detenido alguna vez a mirarle a los ojos?

Es una de las formas de nuestras evasivas, incluso si necesariamente tenemos que detenernos a hablar con esa persona, seguro que nuestra mirada andará perdida, pero probablemente no somos capaces de mirarle a los ojos, porque nos sentiríamos obligados a un tú a tú de conversación directa, de interés por la persona, de tender incluso nuestra mano en un saludo. ¿Cómo nos sentimos con nuestras reacciones? ¿Dónde buscamos argumentos para justificarnos?

Me ha hecho pensar en este hecho concreto lo que nos narra hoy el evangelio. Jesús se ha detenido junto a la garita de un publicano. Ya sabemos cómo era considerados entre los judíos, por decirlo pronto y fácil, llamarlo publicano era decir que era un pecador. En su entorno se olía todo lo que significar usura, por la forma de cobrar los impuestos, pero también todo lo que rodeaba ese mundo de prestamos y finanzas; además para un judío se le consideraba como un colaboracionista con el poder romano que venía avasallando e imponiendo sus impuestos, en detrimento de lo que pudiera ser beneficio para el pueblo de Israel. Era una fama realmente bien ganada.

Y allí se detiene Jesús y le habla directamente a quien allí está ejerciendo su oficio. No va a ser una conversación cualquiera, sino que era una invitación. Y una invitación no la podemos hacer si no miramos a la cara a quien vamos a invitar. Por eso en lo que hoy quiero fijarme es en esa mirada de Jesús a Mateo, de tal manera que se sintiera interpelado por la palabra de Jesús y cogido en su corazón para dar la respuesta de seguir a Jesús.

Jesús mira más allá de lo que puedan ser las apariencias externa, lo que sea la consideración que los demás puedan tener de esa persona, incluso de lo que haya sido esa persona en su vida, pero la mirada de Jesús es un querer contar con la persona, la mirada de Jesús no es una mirada de reproches sino de confianza, la mirada de Jesús es una invitación que llega al corazón. Y Mateo, que sostuvo aquella mirada, dio respuesta.

Por allá andarían los desconfiados de siempre pensando en sus cavilaciones de siempre donde se da por sentado la condena de la persona, y no terminarán de entender la decisión de Jesús. ¿Cómo iba a contar Jesús entre sus amigos a un recaudador de impuestos con toda la fama que traía consigo? Para más escándalo Jesús se sienta en la mesa de aquel hombre donde estarán también todos los considerados publicanos y pecadores.

¿No tendremos que ir aprendiendo nosotros a mirar a los ojos de los demás, también de esos que tantas veces descartamos y de una forma o de otra vamos marginando en la vida? ¿Seremos capaces de entrar en esa onda de la confianza desterrando de nuestro pensamiento sospechas y prejuicios, siendo capaces de creer siempre en la persona por encima de todo?

miércoles, 12 de abril de 2023

Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 


Nos hace falta levantar nuestra mirada, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, que haya verdadera comunicación y comunión para reconocer a Jesús en los demás también

 Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104; Lucas 24, 13-35

¡Qué ceguera llevaban los discípulos que caminaban aquel día hacia Emaús que no fueron capaces de reconocer al caminante que se unió a su camino! Se puso a caminar con ellos, comenzaron a comentar lo sucedido ante sus preguntas al verlos tan absorbidos en su dolor, pero ni le miraron a la cara. No podemos decir que fuera de noche, porque aun tardaron tiempo en llegar y porque entonces se hacía de noche le invitaron a no seguir el camino y quedarse con ellos.

¿Nos sucederán cosas así? No es que sea normal pero son cosas que de una forma o de otra muchas veces suceden. Hablamos pero no miramos. Y si vamos ensimismados en nuestras preocupaciones más mirándonos a nosotros mismos vamos por la calle. Cuantas veces alguien nos detiene y nos dice que si no miramos por donde vamos que no conocemos a nadie. Tenemos también la tentación de mirar hacia otro lado porque mirando de cara a cara quizás nos sentimos más comprometidos. Hay veces que nos falta esa humanidad, esa comunicación, ese mirarnos porque quizá queremos ocultar nuestra cara o queremos ocultar nuestra mirada.

Pero Jesús si les estaba mirando y hasta lo más hondo. Brotaron casi sin querer las preocupaciones, las esperanzas que se habían visto frustradas, los desencantos y desconfianzas y cómo se habían venido abajo. Aquel camino en cierto modo era una huida, porque no soportaban más todo lo que había pasado y querían alejarse quizás de Jerusalén y cuando las esperanzas empezaban a marchitarse se iban metiendo en un camino muy lleno de oscuridades. Tanta era la oscuridad de sus corazones que no se atrevían a mirar a la cara a aquel compañero de camino.

Jesús con su presencia, aunque no lo reconocieran, y con su palabra iba encendiendo nuevas luces en sus corazones. Les iba explicando las Escrituras, les iba haciendo comprender el sentido de cuanto había sucedido, les iba preparando el corazón para que en verdad se encontraran con el Cristo vivo y resucitado que les haría resucitar a ellos.

Comenzaba a despertarse la vida porque surgieron los sentimientos de solidaridad. Quédate con nosotros, el camino está lleno de oscuridades y es peligroso, bien lo sabían por cuanto habían pasado, abrieron las puertas de su casa y en su hospitalidad le ofrecieron el compartir el pan. Y fue entonces cuando comenzaron a compartir cuando se les abrieron los ojos, cuando comenzaron a mirar cara a cara al compañero de camino, y reconocieron que era Jesús. Lo reconocieron al partir el pan.

Nos hace falta levantar nuestra mirada, no dejar que vague distraída por tantas cosas que no nos fijemos en las personas, mirar a los ojos y dejarnos mirar a los ojos, para que haya verdadera comunicación, verdadera comunión. Cuanto nos falta y así andamos distraídos por la vida y no nos enteramos del sufrimiento de los demás, no captamos qué es lo que puede en verdad dar alegría a los demás. Tenemos que aprender a mirar más a los ojos de las personas.

Para aquellos discípulos había llegado la luz y ya no importaba el peligro de los caminos, pues corrieron de nuevo a Jerusalén. Tenían que comunicar la alegría que llevaban dentro, porque en verdad Jesús había resucitado. Ellos también habían resucitado con El. ¿Será algo así lo que nos sucederá a nosotros?

domingo, 1 de enero de 2023

Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

 



Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Pensemos en todo lo que nos puede decir una mirada cuando llega a nosotros en el momento que más lo necesitamos; nos sentimos solos en nuestra lucha, parece que nadie nos tiene en cuenta ni valora el esfuerzo que estamos realizando para salir adelante, el dolor nos oprime y el sufrimiento nos llena de angustia y hasta nos quita la paz del corazón, y cuando nos parece que más desesperados estábamos una mirada se vuelve sobre nosotros, nos está dando su asentimiento sin apenas movimiento perceptible, sentimos calor en aquellos ojos que parece que nos están diciendo que nos levantemos, que sigamos luchando, que está teniendo en cuenta todo aquel esfuerzo que estamos haciendo para salir adelante.

Es una verdadera mirada de bendición. Qué aliento sentimos en el corazón, que nuevos ánimos surgen en lo más profundo de nosotros y no tiraremos la toalla, seguiremos adelante cueste lo que cueste. Cuánto nos decía aquella mirada.

Hoy estamos celebrando esa mirada de Dios para nosotros que se convierte en bendición para nuestra vida. Recordamos cómo Dios le dice a Moisés allá en el Horeb que ha escuchado el clamor de su pueblo y responde enviándole a él. El nacimiento de Jesús es esa mirada de amor de Dios a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único… que nos dirá el evangelio. Dios que vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede su paz, como decía la bendición del Libro de los Números que hoy escuchamos en la primera lectura.

Es la mirada de la ternura de Dios; es la mirada de la piedad y se vuelve compasión; es la mirada de la misericordia y nos inunda con su amor. Lo podemos sentir, lo podemos palpar, lo saboreamos en esa mirada de Dios, nos gozamos con su bendición y nos llenamos de una alegría que nadie nos podrá jamás quitar.

Como nos quiere explicar el evangelio, se asomó Dios al mundo y vio a aquellos pastores de Belén que pasaban la noche al raso cuidando de sus rebaños, y les envió el ángel de Dios que les anunciara que en los campos de Belén había nacido una flor, que iban a encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre y era su Salvador. Y cuando los pastores sintieron sobre sí esa mirada de Dios en los ángeles que cantaban la gloria de Dios, en el ángel que les anunciaba lo ocurrido en Belén, se pusieron camino y encontraron tal como se les había anunciado.

Tenemos que aprender que hemos de ponernos en camino cuando sentimos esa mirada de Dios sobre nosotros. Son tantos los momentos en que Dios vuelve su rostro sobre nosotros, pero aunque andemos angustiados estamos distraídos y no sabemos leer las señales de Dios. Hemos de estar atentos para descubrir ese semblante que tanto nos puede decir. Nos está dando muchas señales el Señor y andamos preocupados de otras cosas y olvidamos lo principal. Queremos pasarlo bien y hacemos todo lo posible, pero nos olvidamos de la paz que hemos de llevar en el corazón. Podremos poner muchas pantallas de risas y de cánticos, de banderas que hablen de fiesta y de felicidad, pero nuestro corazón se ha adormecido y no terminamos de captar esas señales de Dios.

Despertemos y no dejemos de soñar, aunque nos parezca como un contrasentido. Despertemos de todas esos sucedáneos que nos adormecen para que no nos enteremos de lo que realmente nos pasa  - cuántos sucedáneos como drogas vamos metiendo en la vida para entretenernos – pero soñemos al mismo tiempo en algo bonito y hermoso, soñemos en lo maravilloso que podríamos hacer nuestro mundo si cambiaran un poquito esas actitudes negativas y de pasividad que nos envuelven en la vida, soñemos en esa felicidad y hermandad para todos porque eso no es un imposible, soñemos en que las sombras y las angustias no nos vencerán, porque detrás de todo estamos contemplando una mirada que nos levanta el ánimo, una mirada que se convierte en mano tendida, una mirada que nos hace sonreír en el alma, una mirada que nos está diciendo que Dios sigue confiando en el hombre, sigue confiando en nosotros para que hagamos que las cosas cambien.

Y nos ponemos en camino como los pastores de Belén, y confesaremos que Jesús es el Señor porque es el Salvador, el único salvador de nuestra vida y de nuestro mundo; nos ponemos en camino e iremos dando señales de ese mundo nuevo, de ese Reino de Dios porque Jesús es nuestro único Señor, la vida de nuestra vida. y nos ponemos camino para nosotros comenzar a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, para comenzar a mirar con mirada nueva a los que caminan en medio del dolor a nuestro lado, y en nuestra vida mirada sentirán el estímulo para ellos levantarse también, para ellos comenzar a caminar también. 

En esa mirada descubrirán la mirada y la bendición de Dios. Seamos para los demás esa mirada de Dios.