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lunes, 24 de agosto de 2026

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

 

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

Apocalipsis 21, 9b -14; Salmo 144;  Juan 1, 45-51

Alguna vez habremos discutido con alguien cuando ha querido mostrarnos algo que ha sucedido o él ha experimentado pero que a nosotros nos parece algo insólito y difícil de aceptar por lo que nosotros nos hemos negado a aceptarlo por muchas que fueran las razones que el amigo nos ofreciera para que le creyéramos; quizás el amigo cansado ante nuestras negativas, porque él además está muy convencido de la experiencia que ha vivido, ha terminado por decirnos, pues ven para que lo veas por ti mismo y te convenzas. ¿Llegaremos a ir aunque solo fuera por quitarnos de encima tal insistencia y tanta presión?

Algo así es lo que nos está contando hoy el evangelio. Estamos en aquellos primeros momentos de la predicación de Jesús donde se está dando a conocer a haciendo el anuncio de conversión para aceptar la buena noticia del Reino de Dios. Algunos han comenzado ya a seguirle de cerca, otros han venido atraídos por las invitaciones que han recibido y en el caso de Felipe ha escuchado la llamada de Jesús y se ha ido con El. Ha sido una experiencia impactante en su vida; ahora no puede hacer otra cosa sino estar hablando de lo que él ha vivido; se ha tropezado con su amigo Natanael y le anuncia que han encontrado a aquel del quien habla Moisés en la ley y los profetas, y le señala a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.

No está viendo las cosas claras Natanael, aunque se ve que es un hombre que conoce las Escrituras. Si Felipe le habla de que han encontrado al Mesías, ¿cómo va a ser simplemente el hijo de José, el carpintero, y además de ese pueblito de Nazaret? Es la reacción normal que siempre se tiene ante las cosas que nos puedan venir del pueblo de al lado – siempre nuestro pueblo será mejor como tantas veces nos sucede en nuestra vida pueblerina de cada día – pero además le parece inverosímil que suceda algo así sin que haya habido unos signos y señales venidos del cielo.

Ya a Felipe no le quedan más argumentos para convencerlo. Cansado de tanta réplica simplemente le dirá ‘Ven y verás’. Nos está diciendo algo con gran sabiduría Felipe porque el aceptar o no aceptar a Jesús va mucho más allá de unos convencimientos por unos razonamientos. Cuando Natanael se encuentra con Jesús se sorprende por el saludo y la acogida que es valorar algo bueno que hay en la vida de Natanael. Jesús habla de su rectitud y de su madurez. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Se sorprende el bueno de Natanael por lo que le replicará de qué lo conoce. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Y ya Natanael no puede más. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Es un reconocimiento de fe que ha partido solo de una experiencia de encuentro con Jesús.

No vamos ahora a ponernos a hacer consideraciones de lo que pudiera significar o no esta frase de Jesús. Lo importante es que Jesús nos ha mirado antes de que nosotros quisiéramos ir a El. Nos conoce y quiere contar con nosotros, solamente tenemos que dejarnos mirar por Jesús, pero con sinceridad, con humildad, con apertura de corazón. No podemos poner vallas en nuestro alrededor, no podemos crear abismos de distancias, no podemos ocultarnos tras las hojas de la higuera, Jesús pasa nuestro lado y nos mira, y nos llama, y nosotros tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle, y nosotros tenemos que dejarnos conducir por aquellos que quieren llevarnos a Jesús.

Como ahora ha estado haciendo Felipe, como veremos en otra ocasión del evangelio en que los que están a nuestro lado en el camino nos estarán diciendo, vamos levántate que te llama, como aquel ciego del camino de Jericó. Lo que parecía que podían ser obstáculos – recordamos como querían hacerlo callar los gritos del ciego pidiendo compasión – sin embargo luego fueron los que lo ayudaron para que llegara a Jesús. Así nos sucede tantas veces. Porque necesitamos ir a tener esa experiencia del encuentro con Jesús. Aquel ciego que mencionábamos recobró la vista, a Natanael se le abrió un camino de luz porque terminó reconociendo a Jesús.

¿Qué podemos ofrecer de todo esto a los demás? ¿No tendremos que decir también ‘ven y verás’ para que otros vayan al encuentro con Jesús? Son tantos los que necesitan escuchar esa invitación.


lunes, 5 de enero de 2026

La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

 


La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros, será siempre una mirada de amor

1 Juan 3,11-21; Salmo 99; Juan 1,43-51

Una mirada nos habla, una mirada puede decirnos muchas cosas; puede sorprendernos en el hecho de que alguien se fije en nosotros, puede ser una señal de oferta de amistad, de decirnos que sus puertas están abiertas, pudiera ser de reprobación o simplemente decirnos que no se está de acuerdo con nosotros o nuestra manera de actuar; algunas veces rehuimos la mirada aunque también hay quien mantiene la mirada en cierto modo desafiante porque no queremos sentirnos mirados, nos puede parecer que se están entrometiendo en nuestras cosas y queremos mantener nuestra reserva o porque la rechazamos sin más; siempre sin embargo habitualmente queremos mirar a los ojos de aquel con quien hablamos, porque más que sus palabras sus ojos pueden llegar a decirnos muchas cosas; muchas mas cosas podríamos decir y ya hemos recordado en estos días la mirada de Dios sobre nosotros que es siempre bendición.

Me ha surgido esta reflexión introductoria desde lo que ahora hemos escuchado en el evangelio. Son aquellos primeros momentos en el evangelio de Juan en que van surgiendo los primeros seguidores de Jesús que van a ser sus primeros discípulos. Tras aquella búsqueda de Andrés y Juan después de señalarles el Bautista a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pronto será Simón al que Jesús ya desde el principio llamará Pedro el que por la invitación de su hermano Andrés se acercará a Jesús.

Será Felipe el que es invitado por Jesús a seguirle pero que pronto se convierte en apóstol porque al encontrarse con Natanael hará todo lo posible por llevarlo también a Jesús. Hemos encontrado al Mesías, le decía Andrés a su hermano y ahora Felipe le dirá a Natanael que han encontrado aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Aun con la resistencia de Natanael por ser de un pueblo vecino a Nazaret, llegará a los pies de Jesús. ‘Aquí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ le dirá Jesús y se sorprenderá porque sin conocerle – eso al menos piensa – hace esa afirmación de su rectitud. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’, le replicará Jesús y surgirá una hermosa confesión de fe que a todos nos sorprende. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Mayores cosas veréis termina diciéndole Jesús.

‘Cuando estabas debajo de la higuera, te vi’, muchas son las elucubraciones y las explicaciones que hemos querido darle a estas palabras de Jesús. Yo me quedo con esa mirada de Jesús. ‘Te vi’. La mirada de Jesús que traspasa barreras y traspasa tiempos; la mirada de Jesús que cala hondo en nosotros. Muchos serán los momentos del evangelio que nos hablen de esa mirada de Jesús. Siempre, como es la mirada de Dios, será una mirada de amor. Mirada que nos ve en lo más hondo de nosotros mismos, que se hace comprensión y regala perdón, que se convierte en aliento y en estímulo para el confiar y seguir caminando, que es mano tendida que nos levanta y nos invita a reiniciar una y otra vez el camino a pesar de los tropiezos e incluso de las caídas, es silencio que derrama lágrimas a nuestro lado mezclándose con nuestras lágrimas, pero es paño de consuelo que alivia nuestras angustias y desazones. Nos sentimos mirados porque nos sentimos amados y quien así nos mira querrá siempre lo mejor para nosotros.

¿Aprenderemos a que sean así también nuestras miradas? ¿Desterraremos para siempre las miradas airadas y con resentimientos? ¿Arrancaremos de cuajo las miradas envidiosas y las que siembran la cizaña de la desconfianza? ¿Pondremos colirio en nuestros ojos para que nuestras miradas sean siempre límpidas y sepamos siempre resaltar lo bueno de los demás? ¿Purificaremos las miradas de la pasión y de la ambición para caminar siempre con un corazón henchido de amor en nuestras manos?


viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

viernes, 5 de enero de 2024

Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

 


Destruyamos las barreras de los prejuicios comenzando a tener palabras de valoración y podremos llegar a conocer a Dios desde el encuentro que tengamos con los demás

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Los prejuicios lo que hacen es levantar muros infranqueables que nos impiden ver lo que hay detrás y por eso mismo andamos en cavilaciones y sospechas de lo que puede haber detrás y que nos conducirá a hacernos nuestros juicios muy particulares sin ningún tipo de fundamento. El prejuicio nos lleva al juicio temerario que hasta podría convertirse en calumnia cuando llegamos a aseverar algo de lo que no tenemos fundamente y que solo puede haber salido de nuestra imaginación.

Por el contrario, una palabra amable y favorable, un buen aprecio por lo que los otros hacen con un buen juicio de valor incluso por lo que es la persona a la que nos referimos, rompe moldes y tabiques de separación, abre puertas y corazones, estimula a la confianza y al cultivo de una bonita amistad y también de un amor verdadero, hace renacer la confianza en sí mismo para quien recibe la alabanza y mueve a estar disponible para comenzar nuevos caminos.

Este doble pensamiento me ha surgido en la contemplación de la escena que nos relata el evangelio que puede ir más allá incluso de esas llamadas que el Señor hace a los quiere para que vayan con El porque puede incluso darnos pautas para posturas y gestos que nosotros podemos tomar en la vida en nuestras mutuas relaciones y en el camino que queremos hacer con los demás.

Es el relato de una doble llamada del Señor a seguirle, en el testimonio de aquellos primeros discípulos que comenzaron a hacer su mismo camino. Primero Felipe a quien es suficiente una palabra de Jesús para irse con El. ‘Sígueme’, le dice Jesús y allí está pronto no solo para seguirle sino para comenzar a ser pescador de hombres, como en otro momento Jesús nos dirá cuando estemos dispuestos a seguirle. Tal es la radicalidad de la respuesta, que pronto se encuentra un amigo al que ya le estará hablando de Jesús desde el primer momento. ¿Será así nuestra respuesta a la llamada que Jesús nos hace para ser trabajadores de su viña, o pescadores de hombres en el mar de la vida?

Y es en este momento, donde primero nos encontraremos con alguien que tiene muchos prejuicios en el corazón. De Nazaret no puede salir nada bueno, y habla desde la rivalidad de pueblos vecinos que siempre andarán con sus grescas de quien es el mejor o quien tiene mejor agua. Ese prejuicio va a ser una barrera difícil de sortear cuando le ha dicho que han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras y señala a Jesús el hijo del carpintero de Nazaret. Sin embargo Felipe empleará una hermosa pedagogía, ‘Ven y verás’.

Aunque sea en muchas ocasiones difícil el sortear esas barreras que nos vamos interponiendo, algunas veces incluso maliciosamente, en el camino, tendrá que llegar el momento de dejarse conducir, para palpar con sus propias manos, escuchar con sus oídos, o sentir en lo más hondo del corazón algo que le lleve a saltar esas barreras y a encontrarse con la luz.

No podemos dejar de pensar que Natanael aun así iba renuente a conocer a aquel de quien Felipe le ha hablado. Se llevará en cambio la sorpresa que Jesús comienza hablando bien de él. Si hubiéramos sido nosotros los que estuviéramos en el lugar de Jesús seguro que tendríamos nuestras resistencias. ¿Cómo va a recibirle si incluso ha hablado mal de su pueblo, si se ve que realmente en el fondo el no quiere aceptar lo que le han dicho y al final ha venido algo así como por compromiso con su amigo? Pero Jesús comienza hablando bien de él, porque lo presentará como un israelita cabal, en quien no hay engaño.

Sorprendido Natanael deja caer las espadas del combate, porque ya sólo se preguntará de qué le conoce para hablar así de él. ‘Antes de que Felipe te llamara te vi, cuando estabas debajo de la higuera’, fue la respuesta de Jesús. No sabemos qué había sucedido entonces, pero ciertamente era algo que llevaba en secreto bien guardado en el corazón. Y ahora se ha descubierto todo, quien le hablaba no podía ser un cualquiera, por medio tenía que estar Dios. Y viene su hermosa confesión. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

No es necesario en este momento que hagamos más comentarios. Primero que nada dejémonos sorprender e interpelar también nosotros por el Señor que conoce muy bien lo que hay tras las hojas de la higuera con las que escondemos nuestro corazón y sin embargo sigue creyendo en nosotros, porque sigue amándonos y queriendo contar con nosotros.

Solamente una pregunta para terminar. ¿Por qué no rompemos esas barreras de prejuicios con las que tantas veces nos acercamos a los demás y comenzamos a tener palabras amables de valoración hacia los otros? Nos puede hacer llegar al encuentro con el Señor a través de esos nuevos encuentros con los que nos rodean.

miércoles, 5 de enero de 2022

¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

 


¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

¿Sabes con quién me encontré? Es la conversación de dos amigos que comparten lo que les sucede en la vida y se lo cuentan todo el uno al otro. Pudo ser algo casual que le haya sucedido, o ha sido un encuentro importante; algo que entra en la comidilla normal de dos amigos que se cuentan sus cosas, o algo que le haya afectado mucho y que quizás le haya hecho ver las cosas de manera distinta; sea lo que fuere los amigos lo comparten todo, se alegran el uno con el otro en las cosas que les sucede, o pueden convertirse en interrogante para el otro interlocutor que le pueda llevar a él también a nuevos planteamientos. Los amigos se pasan el tiempo compartiendo las cosas de su vida.

Algo así sucedió entre Felipe y Natanael. Felipe había tenido un encuentro con Jesús que fue decisivo en su vida. Aunque el evangelio es parco en palabras de cómo fue el encuentro de Felipe con Jesús, luego ya Felipe irá contando a su amigo el gran descubrimiento que ha hecho. ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. No puede callarlo, y tan pronto se encuentra con su amigo Natanael le da la noticia, aunque en esta ocasión Natanael ponga sus pegas y sus dudas. Salen a relucir en su mutua confianza los recelos pueblerinos entre gentes de pueblos cercanos que siempre querrán echar tierra sobre el pueblo que consideran su contrincante. Natanael es de Caná, un pueblo cercano a Nazaret y de ahí esos recelos y el comentario que le hace a Felipe. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’

Ha sido para él tan importante el encuentro que ha tenido con Jesús que no quiere entrar en discusiones con su amigo y se contenta con decirle, ‘ven, y verás’, te vas a convencer por tí mismo. Y Natanael no se resiste, aunque vaya con sus desconfianzas interiores que le hará estar a la defensiva ante el saludo con Jesús y sus palabras.

Y es que Jesús lo cautivará, aunque haya reticencias en su corazón. Las palabras de saludo de Jesús son de alabanza para Natanael, y en su desconfianza le viene a decir de qué me conoces. Pero Jesús le recordará cosas que nadie más sabe y que nosotros en nuestras consideraciones también tantas veces nos hemos hecho muchas cábalas, de manera que Natanael terminará haciendo una hermosa confesión de fe. ‘Rabí- y comienza con un reconocimiento pues lo llama maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

¡Qué importante es el encuentro! No ha habido milagros ni cosas extraordinarias, solamente un encuentro, y la vida de aquellos dos hombres cambiará para comenzar a seguir a Jesús. Lo veremos en otras ocasiones en el evangelio; son los encuentros profundos y llenos de vida, son los encuentros en un tú a tú sin muchas mediaciones milagrosas. Claro que quien se ha encontrado con Jesús puede ser mediación para que otros se encuentren también con Jesús; como lo fue Felipe para su amigo Natanael, a quien le había comunicado la noticia de su encuentro con Jesús.

Es importante que nos dejemos encontrar. En este caso que estamos comentando al hilo del evangelio, que nos dejemos encontrar por Jesús. Poco más tenemos que hacer que dejarnos sorprender, abrir los ojos para encontrar la luz. Que nos vale también para muchas cosas más en la vida, en nuestro encuentro con los demás; nos cuesta dejarnos sorprender por lo que podemos encontrar en las otras personas; así vamos de encerrados en nosotros mismos tantas veces por la vida.

Pero que nos vale también para que nosotros seamos capaces de ser portadores de buenas nuevas para los demás, porque aquello que vamos viviendo y experimentando seamos capaces de compartirlo con los demás, como hiciera Felipe con Natanael; podemos ser mediación para que haya sorpresa también para los demás y se dejen encontrar por Jesús.

¿Sabes con quien me he encontrado? Podemos nosotros también decirles a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros compañeros de trabajo, para hablarles de nuestra fe, de nuestro personal encuentro con Jesús.

martes, 5 de enero de 2021

Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

 


Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

 ‘Cuento contigo’. Alguna vez ha llegado alguien que quería implicarnos en algo y de entrada nos dice eso: cuento contigo. La amistad que tenemos con esa persona, la ascendencia que puede tener sobre nosotros, las ilusiones que vemos en sus proyectos que a nosotros de alguna manera nos convencen también nos hace sentirnos honrados y animosos con esa pedida de colaboración que se nos ha hecho.

O nos habrá sucedido alguna vez que viene alguien también con un entusiasmo grande pero no está pidiendo colaboración no ya para sus proyectos sino quizás para algo que otra persona está emprendiendo; y quizás en este momento no nos sentimos tan entusiasmados, y le damos largas al asunto, y ponemos dificultades haciéndonos renuentes a prestar esa colaboración que ya nos parece que nos puede complicar un poco la vida. Tanto insistirá nuestro amigo para que al menos intentemos conocer de primera mano esos proyectos que al final, aunque un poco renuentes nos prestamos a ir a ver para al menos enterarnos de qué va la cosa.

Son cosas que nos suceden en la vida; proyectos profesionales de alguien donde se nos pide colaboración, proyectos de tipo social donde trabajemos por la comunidad, participación en asociaciones altruistas, muchas cosas en las que nos podemos ver implicados y según quien nos esté invitando nos decidimos o no, o ponemos nuestras pegas o damos largas al asunto como decimos para pensárnoslo bien.

¿Será un poco lo que estamos viendo en el evangelio de hoy? Jesús que le dice a Felipe ‘cuento contigo… sígueme’ y Felipe se va con Jesús. Procedía de Betsaida el lugar de origen también de Andrés y de Simón y a través de ellos tendría conocimiento de Jesús, no sabemos, pero el hecho está en que se fue con Jesús.

Pero no se quedó ahí el asunto porque cuando se encuentra con un amigo o conocido que es de Caná le habla de Jesús con entusiasmo queriendo su amigo Natanael se venga también a formar parte del grupo de Jesús. Pero Natanael no lo ve del todo claro y quizás menos cuando se entera de que Jesús es de Nazaret, pueblo cercano a Caná, y ya sabemos de las rivalidades de los pueblos vecinos. En su reticencia pretende incluso desprestigiar a los del pueblo vecino, porque de allí no puede salir nada bueno. La sorpresa se la llevará cuando al final llegue ante Jesús y parece que Jesús le conoce de algo, porque habla de su rectitud y nobleza y de algún hecho misterioso que al parecer solo Natanael conocía. ‘Desde antes que estuvieras bajo la higuera ya te conocía’, viene a decirle Jesús más o menos. Y la reacción de Natanael ahora sí que es inesperada porque comienza a reconocer cosas grandes de Jesús.

De estos hechos podríamos sacar muchas cosas para nuestra vida, empezando por preguntarnos cual es el entusiasmo que realmente nosotros sentimos por Jesús. Porque nos puede suceder que nos decimos cristianos de toda la vida, pero el entusiasmo por vivir los valores que Jesús nos enseña en el evangelio quizá no sea tanto. Nos hacemos renuentes y nos ponemos nuestras pegas o nuestros límites cuando vemos que el encuentro con Jesús nos podría llevar a mayores compromisos.

Cuántas veces nos contentamos con cumplir, como decimos habitualmente. Rezamos porque recitamos unas oraciones, vamos a Misa y allí estamos pero que no se alargue mucho ni nos vengan pidiendo muchas cosas. Pero en verdad nuestra oración o nuestra participación en la celebración ¿es un profundo encuentro con Jesús? ¿Nuestra oración va más allá de recitar unas oraciones como algo que nos sabemos muy bien de memoria o tenemos la serenidad de la escucha, buscamos la paz del encuentro vivo con el Señor, somos capaces de hacer verdadero silencio interior para que no haya otras cosas en las que estemos pensando mientras recitamos esas oraciones? Lo decimos de nuestras oraciones rezadas de forma particular o individual, o lo tenemos que decir de nuestra postura en la participación de la celebración de la Eucaristía.

No sabemos realmente lo que pasó bajo la higuera en lo que Jesús le hace referencia a Natanael, pero quiero pensar en un momento de silencio interior que allí había vivido, donde quizás se habían despertado unas inquietudes en su corazón, o donde recapacitó para descubrir los caminos del Señor.

Sí, tomemos con buen sentido lo de estar debajo de la higuera; necesitamos irnos debajo de la higuera a ese silencio, a la búsqueda de esa paz y de esa serenidad interior, a tener esos momentos de reflexión que nos levanten de a ras del suelo como solemos andar habitualmente para descubrir otros horizontes, esos caminos que el Señor nos vaya señalando y que al final podemos terminar en una hermosa confesión de fe, pero que hagamos con toda nuestra vida. Que seamos capaces al final de decirle al Señor ¡Cuenta conmigo!

lunes, 24 de agosto de 2020

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

 

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

Las noticias no corren sino que vuelan; algo así solemos decir porque sabemos cómo las noticias de aquellos acontecimientos que pasan corren de boca en boca y se van trasmitiendo de unos a otros. Aunque hoy digamos que tenemos los grandes medios de comunicación que nos permiten estar al tanto de cuanto sucede al minuto aunque pase al otro lado del mundo, sin embargo siendo camino eficaz de comunicación ese boca a boca que vamos trasmitiendo en nuestro encuentro con los demás.

Las noticias no son noticias, podríamos decir, mientras están estáticas en aquel lugar donde hayan acaecido los hechos sino que han de entrar en esa dinámica de trasmisión desde el encuentro, por el medio que sea, de los unos con los otros. En esa trasmisión cercana surge el comentario que enriquece, aunque también puede dañar, la noticia, pero es importante el hecho también de que lo realizamos en ese encuentro que provocamos con los demás. Una dinámica que no podemos dejar en el olvido en su sentido más profundo desde ese enriquecimiento personal que vamos teniendo con nuestros encuentros.

Así se trasmitió la buena noticia del evangelio tal como vemos hoy también en el texto sagrado. Felipe se había encontrado Jesús quien le había invitado a seguirlo, pero aquello que fue para él motivo de gozo grande pronto se convirtió en noticia que había que trasmitir. Por eso tan pronto se encuentra con su amigo ese es el comentario que trasmite, esa es la buena noticia que lleva al amigo Natanael, pero que a pesar de las reticencias que pone quien ha recibido la noticia culminará cuando Felipe termine convenciendo a su amigo de que hay que ir al encuentro con Jesús. ‘Ven y verás’, le dice cuando después de decirle que han encontrado a Aquel de quien hablan las Escrituras y que es Jesús de Nazaret, Natanael con aquellas rivalidades propias de pueblos vecino dirá que de Nazaret no puede salir nada bueno.

Se van sucediendo los encuentros y la trasmisión de las noticias que tendrá su culminación cuando Natanael llegue a los pies de Jesús que alaba y reconoce en él a un israelita de verdad. Por entremedio ha habido otro encuentro desconocido porque mientras Natanael estaba debajo de la higuera Jesús le estará viendo y serán ahora en la comunicación del hecho motivo de la fe que se despierte en Natanael.

Comunicación, trasmisión de noticias, encuentros que se suceden serán las cosas que nos tendrán que hacer pensar en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé. No podremos tener noticia de la Buena Nueva de la Salvación si no hay quien nos trasmita esa noticia; pero la transmisión de esa noticia no podrán ser solamente frías palabras sino el testimonio y convencimiento de quien antes se ha encontrado también con esa Buena Nueva de Salvación.

Esto nos tiene que hacer pensar en esa misión que como cristianos todos tenemos. Todos estamos llamados a ser mensajeros del evangelio, evangelizadores con nuestras palabras convincentes porque han de nacer siempre de aquello que hemos convertido en vida nuestra, y convincentes con el testimonio que hemos de dar de aquello en lo que creemos y estamos plenamente convencidos.

Pero necesitamos nosotros haber tenido ese encuentro vivo y profundo con Jesús, a pesar de las reticencias que llevemos en el corazón o las oscuridades que nos acompañan en la vida. Cuando Natanael se acercó por primera vez a Jesús empujado por el ardor de Felipe aun llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda que se vinieron a disipar totalmente en ese encuentro.

Aunque tengamos sombras en nuestro interior - ¿y quien no las tiene en sus dudas, pero también en las debilidades que se nos acumulan en la vida? – no temamos dejarnos convencer para acercarnos a Jesús; dejémonos conducir por esos Ángeles buenos de quienes nos hablan o nos presentan el testimonio de sus vidas y que nos plantean interrogantes en nuestro interior; en Cristo nuestro interior se va a ver iluminado y las sombras comenzarán a disiparse y así podremos llegar a escuchar hondamente en nosotros esa noticia de la Buena Nueva de la Salvación.

El testimonio de Natanael, de san Bartolomé, a eso nos está impulsando. También a nosotros se nos está diciendo ‘Ven y verás’. Como nosotros también tenemos que decirle al mundo que nos rodea ‘ven y verás’ para llevarlo hasta Jesús y así se disipen todas las sombras oscuras de la duda y la debilidad.

sábado, 9 de mayo de 2020

Tanto tiempo de pertenencia a la Iglesia desde nuestro bautismo y aún no terminamos de conocer a fondo la Buena Nueva del evangelio de Jesús


Tanto tiempo de pertenencia a la Iglesia desde nuestro bautismo y aún no terminamos de conocer a fondo la Buena Nueva del evangelio de Jesús

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?’ Es la queja de Jesús ante las preguntas en cierto modo incongruentes que le están haciendo. Tanto tiempo y no me conoces…
¿Nos sucederá de alguna manera algo así en la vida? Algunas veces decimos que nos llevamos sorpresas. No pensaba que fuera así, nos decimos ante un gesto, ante un hecho, ante algo que hace una persona quizás cercana a nosotros. nos sucede con un familiar o con un vecino de toda la vida, con alguien a quien considerábamos amigo o era un compañero de trabajo de siempre, que creíamos que lo conocíamos, pero no esperábamos aquella reacción, no esperábamos que fuera a salir así ante una situación determinada ante la que tuvo que presentarse.
Y algunas veces pensamos esto en un sentido negativo por un fuera de tono en una determinada situación, como decíamos, o también positivamente porque no pensábamos que fuera a tener una reacción tan bonita, tan generosa y solidaria, tan altruista en determinados momentos. Nos habíamos quedado quizás en un conocimiento superficial, nos habíamos quedado en unas apariencias por lo que no considerábamos capaz a aquella persona de realizar actos tan heroicos quizá, al menos nos parecieron muy extraordinarios. Y es que no terminamos de conocer a las personas, ya sea porque ocultamos mucho de nosotros mismos, ya sea porque nuestra mirada hacia los otros es muy superficial.
Pero vayamos al hecho del evangelio que nos está motivando estas consideraciones. Jesús les habla de Dios y de la vida eterna, de las obras que realiza y del camino que han de seguir si en verdad quieren ser sus discípulos, les está dando motivos de esperanza y fortaleza pues bien sabe que van a pasar por momentos difíciles tras su prendimiento en el huerto y todo aquello va a resultar un escándalo muy fuerte del que les va a costar recuperarse por una parte, o afrontar esos momentos duros cuando lleguen. Y ahora los discípulos vienen a decirle que no entienden, que no comprenden los gestos que El ha tenido esa noche en la cena pascual con ellos, que no saben bien lo que va a pasar y como tendrían que reaccionar después de todas las veces que El les ha hablado de cuanto va a suceder. De ahí la frase de Jesús, Tanto tiempo con vosotros ¿y aun no me conocéis?
Les invita a poner toda su confianza en Dios, para que comprendan la profunda unión que El tiene con el Padre, pero que sean capaces de descubrirlo a través de las obras que Jesús hace. Ahí se manifiesta Dios, ahí podemos conocer a Dios, ahí podemos descubrir ese actuar de Dios. Ahora las discípulos más cercanos a Jesús, conocedores de sus secretos porque a ellos de manera especial les explicaba todo, aun no comprender que Jesús realiza las obras de Dios. Les faltaba esa sintonía de Dios en sus vidas. Sin embargo nos lo presenta el evangelio de Juan casi desde el principio a Nicodemo que sí ha sabido sintonizar con esas obras de Dios que se manifiestan en Jesús. ‘Nadie haría las cosas que hace si Dios nos estuviera con El’, por eso comprende que Jesús viene de Dios y que Dios está en El.
Nos cuesta a nosotros también en ocasiones descubrir ese actuar de Dios y como Dios se nos manifiesta de muchas maneras. Nos falta esa sintonía de Dios de manera que incluso escuchamos el evangelio y no llegamos a descubrir en toda su profanidad ese misterio de Dios que nos está descubriendo también el misterio y el sentido de nuestra vida. Nos cuesta centrarnos, nos cuesta escuchar hondo en el corazón, nos quedamos en las ramas y no llegamos a ver con toda profundidad.
Como nos sucede, tal como decíamos al principio, en nuestra relacion con los demás; nos quedamos en la apariencia, en lo superficial y no llegamos a descubrir la grandeza de la persona que se manifiesta en su humildad pero también en las obras de amor que realiza.
Nos sucede en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana, tanto que hemos escuchado la Palabra de Dios y la predicación que nos ha ofrecido la Iglesia a lo largo de nuestra vida, tantas veces que hemos participado en la celebración de la Eucaristía y en la recepción de los sacramentos, y ¿hasta dónde llega la comprensión y la vivencia de los valores del evangelio? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso apostólico y eclesial? ¿Seguiremos sin conocer la Iglesia, sin conocer los evangelios, sin una auténtica confesión de nuestra fe?


sábado, 24 de agosto de 2019

La rectitud de la vida y la bondad del corazón un buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios, que nos abre a lo trascendente, al misterio de Dios


La rectitud de la vida y la bondad del corazón un buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios, que nos abre a lo trascendente, al misterio de Dios

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Fue el saludo y la alabanza de Jesús a Natanael cuando le fue presentado. ¿Podríamos nosotros recibir también esa alabanza de quienes nos conocen? Creo que poder decir eso de una persona es algo maravilloso porque estamos hablando de la rectitud de una vida, de la bondad del corazón, de la madurez de sus sentimientos, de la autenticidad y sinceridad con que se vive. Ojalá pudiéramos ir dando esas bendiciones a todos cuantos encontramos en el camino de la vida.
Pero lo triste de la vida es que encontramos demasiadas sombras a nuestro alrededor y que nos pueden contagiar. Hipocresías, vanidades, orgullos destructores de la propia vida y de la de los demás, recelos y envidias que nos corroen por dentro y rompen la armonía y belleza de una amistad, corazones enfermos que se hacen insolidarios e injustos con los demás, exigencias cuando no somos capaces de exigirnos a nosotros mismos. El mundo necesita de una luz; nosotros necesitamos de una luz; no podemos permitir que esas sombras nublen nuestra vida y la visión de las cosas.
Hoy estamos celebrando a san Bartolomé, el Natanael del que nos habla el evangelio de Juan. Como hemos visto que mereció de entrada esa alabanza de Jesús por la rectitud de su vida. ‘En quien no hay engaño’, que le decía Jesús. Fue Felipe el que le habló de Jesús y ante las reticencias de Natanael, por aquello de los pueblos vecinos con sus luchas, Felipe insiste en que venga a conocer a Jesús. Pero se siente sorprendido por las palabras de Jesús. ‘¿De qué me conoces?’ le pregunta. ‘Cuando estabas debajo de la higuera…’ es la respuesta.
Fue suficiente para sentirse cautivado por Jesús. De tal modo que salta la chispa de la fe en su corazón para hacer un reconocimiento de Jesús muy hermoso. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Pero Jesús le anuncia que aun le queda por ver muchas cosas grandes. ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y le añadió: Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’.
No quiero extenderme en muchos comentarios a que daría pie este breve texto del evangelio, pero sí quiero hacerme una consideración. La rectitud de la vida y la bondad del corazón son buen caldo de cultivo para encontrar el camino del Reino de Dios; un camino que nos lleva a una profundidad de la vida, pero que nos abre a lo trascendente, nos abre al misterio de Dios, porque solo en Dios es donde vamos a encontrar plenitud, en donde podremos vivir eso bueno que llevamos en el corazón pero sin sombras.
No es fácil muchas veces con tantas sombras que nos rodean y que podrían contagiarnos esa oscuridad. La fe nos va a dar esa fortaleza que necesitamos para mantener esa rectitud de nuestra vida y ese buen corazón y no dejarnos arrastrar por tantas insinuaciones que recibimos de nuestro entorno, de la misma manera que esa rectitud por la que luchamos y queremos mantener nos ayudará a buscar a Dios y su gracia.
Dejémonos sorprender por esa bondad de Dios que nos sale al encuentro y que a pesar de las sombras del mundo sin embargo podemos ver reflejada en tantos en nuestro entorno. Y es que los buenos ojos con que nosotros queremos mirar nos harán descubrir esa bondad de los demás, nos estarán abriendo a ese encuentro con los otros y en consecuencia a ese encuentro con Dios.

viernes, 3 de mayo de 2019

Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio



Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio

1Corintios 15, 1-8; Sal 18; Juan 14, 6-14
‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta…’ le pedía Felipe a Jesús. Les costaba asimilar las palabras de Jesús. A nosotros ahora quizá nos puede parecer muy claro. Pero era algo nuevo y distinto lo que estaban escuchando. Y cuando escuchamos algo nuevo que nos sorprende por su novedad, porque nos hace cambiar nuestros esquemas mentales, la forma en que estábamos acostumbrados a ver las cosas también nos cuesta asimilar, digerir. Es como un alimento nuevo y fuerte que nunca hemos comido, tenemos que irlo saboreando poco a poco para encontrar esas nuevas sensaciones, esa nueva visión de las cosas.
Jesús acababa de decirles  ‘si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero costaba entender. A Jesús lo conocían, con El llevaban mucho tiempo, pero les hablaba de Dios, les decía que conociéndole a El conocerían también a Dios; y estaba además esa forma nueva de llamar a Dios, porque Jesús les hablaba del Padre, mientras ellos en su religión judía ni se atrevían a mencionar el nombre de Dios para no profanarlo.
Y ahora Jesús les dice que cómo es esto que después de tanto tiempo que están con El no acaban de conocerle ni de comprender sus palabras. Bien sabemos que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu para comprenderlo todo, como les diría más tarde Jesús. ‘Cuando venga el Espíritu de la verdad El os lo enseñará todo’. Pero ahora siguen con sus dudas y con sus interrogantes interiores que son mucho más que las palabras que puedan balbucir. Por eso Jesús terminará diciéndoles que ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Parece que le damos vueltas y vueltas a las palabras de Jesús, pero bien necesitamos nosotros rumiarlas muy bien. Porque tenemos que fortalecer nuestra fe. Porque tenemos que sentirnos muy seguros con nuestra fe en Jesús. Porque vamos a encontrar mucha gente que no comprenda estas cosas y nosotros tenemos que iluminar también sus vidas con nuestra presencia, con nuestras obras, con nuestra vida. Porque esa fe que tenemos en Jesús para creer en sus palabras tiene que transformar nuestra vida, tiene que darnos un nuevo sentido de vivir. Y reconozcamos que muchas veces no terminamos de dar ese nuevo sentido de vida a nuestra existencia.
Estamos celebrando hoy a dos apóstoles, Felipe y Santiago el Menor. Poco sabemos de lo que fue su vida a partir de su dispersión por el mundo para anunciar el evangelio, pero sobre todo de Felipe encontramos un par de retazos en el evangelio que podrían ayudarnos. Felipe es llamado directamente por Jesús y pronto se va con El.
Pero es que inmediatamente en esa misma página del evangelio lo contemplamos ya como misionero. Será quien se encuentre a Natanael y le hable de Jesús hasta convencerlo a pesar de sus reticencias para que venga también a conocer a Jesús. Más tarde nos encontraremos que unos gentiles se dirigen a Andrés y Felipe para decirlos que quieren conocer al Maestro y ellos los llevan ante Jesús, podríamos decir que les facilitan el encuentro con Jesús.
¿No tendría que ser algo así nuestra vida? Siempre misioneros, siempre apóstoles, siempre anunciando el nombre de Jesús a pesar de las reticencias que encontremos en nuestro mundo, siempre facilitando a través del testimonio de nuestra vida que otros puedan encontrarse con Jesús.
Vivimos en nuestra Iglesia un estado de misión. Algo que nunca puede faltar, pero que en nuestro tiempo queremos de una manera especial intensificar, pero no solo pensando en países lejanos sino en nuestra periferia particular de aquellos que nos rodean que necesitan de nuestro testimonio para encontrarse con el evangelio, para encontrarse con Jesús. Es la tarea misionera en la que está empeñada nuestra Iglesia en este hoy de nuestra vida y de nuestra historia.
Creemos que ya todo el mundo está convertido al evangelio, pero bien sabemos que no es así. Que en este sentido nuestros tiempos son difíciles, pero que ahí está donde hemos de encender nuestra luz, o mejor, la luz de Jesús que reflejamos con nuestra vida para hacer el anuncio del evangelio al mundo que nos rodea. No cejemos en nuestro empeño misionero.

sábado, 5 de enero de 2019

No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer


No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Hay quien no es amigo de las sorpresas, como si quisieran que todo estuviera reglamentado y medido y nada pudiera salirse de lo normal; no sé si sus vidas se convertirán en una rutina, pero lo sorpresivo los inquieta, les produce una intranquilidad y una inseguridad que no pueden soportar; a todo querrán darle explicaciones porque la vida para ellos parece que siempre tiene que ir por unos cauces conocidos. Parece como si lo que les sorprendiera les disgustara. No saben admirarse quizá por la luz nueva que amanece cada día, ni son capaces de sentir admiración por cada atardecer que siempre será distinto, pero que nos abrirá tras la noche a un día nuevo y que tiene que ser distinto.
Pero mientras a otros les gusta la sorpresa, la novedad, les hace estar inquietos, es cierto, pero eso parece que les da nueva vida. La sorpresa les puede hacer estar atentos, pero puede ser para ellos comienzo de algo nuevo que les abre otros  horizontes y otros caminos. Siempre nos podemos ir encontrando novedades en la vida y eso nos puede hacer hasta más creativos. Sabe detenerse ante cada atardecer y descubrir la nueva belleza que se abre a sus ojos pero que es anuncio de algo nuevo para su vida en el mañana.
Creo que puede ser muy bueno ser capaces de dejarse sorprender por las novedades que la vida nos va presentando y saber leer en esos acontecimientos aperturas a una vida distinta, a una vida que no se queda en la comodidad de lo siempre repetido sino que sabe innovar, que saber encontrar creatividad y que con ello le da más vitalidad a lo que vive y a lo que hace. La vida a los que son capaces de sentir esa admiración por lo nuevo no se les hará monótona, y sabrán salir siempre de la rutina que es un no vivir plenamente.
La buena noticia de Jesús fue una sorpresa grande en medio del pueblo de Israel. Es cierto que estaban ansiosos en su esperanza de que se cumplieran las promesas y apareciera el Mesías que los salvaría. Pero sus expectativas no iban por los caminos, podíamos decir, que ahora se estaban desarrollando las cosas. Los anuncios del Bautista en el Jordán querían indicar la inminencia de la llegada del Mesías; pero ellos se habían hecho a una idea que no era precisamente por donde parecía que comenzaban a caminar las cosas. Eso hacia, incluso, que hubiera gente como cansada y sin esperanza y ya las noticias que pudieran llegarles de acá o de allá nos les llamaban mucho la atención; podíamos decir que de alguna manera pasaban de ello.
Hoy dos momentos en el evangelio de hoy. Por una parte está la llamada e invitación directa por parte de Jesús a Felipe y su pronto seguimiento. Aquello le había entusiasmado. Comenzaba a sentir admiración por aquel profeta que ahora aparecía y veía ya lleno de esperanza que las promesas de los patriarcas y profetas se comenzaban a cumplir.
Es el segundo momento, el anuncio que pronto hace a su amigo Natanael. Pero éste no se deja impresionar. ¿Esperaba otra cosa? ¿Qué el Mesías apareciera desde un lugar desconocido o de otra forma? ¿Cómo podía ser un vecino del cercano pueblo de Nazaret? ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ y aparecen los resabios y las envidias de pueblos vecinos.
Pero al final se deja arrastrar por Felipe y aquí viene la gran sorpresa para él en la manera de recibirle por parte de Jesús. ‘Aquí está un verdadero israelita en el que no hay engaño’. Se sorprende por las palabras de Jesús y se desestabiliza, podríamos decir, y ya no sabe que contestar cuando antes tan mal  había hablado de los habitantes de Nazaret. Poco menos que balbuceando se atreve a decir como para salir del paso. ‘¿Y tú de qué me conoces?’ Pero Jesús seguirá sorprendiéndole. ‘Antes de que Felipe te llamara, te hablara de mi, yo te vi debajo de la higuera’.
No sabemos a qué podría referirse Jesús pero si fue algo que le impacto profundamente a Natanael, como para hacer una hermosa confesión de fe. ‘Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Y Jesús le dirá que aun verá cosas mayores. De sorpresa en sorpresa, y en este caso, aunque a regañadientes, se dejó conducir por Felipe llegó a la fe.
¿Nos dejaremos sorprender nosotros por el misterio de Dios que se nos revela? Quizá nuestros ojos están tan opacos que ya no somos capaces de ver, ya no somos capaces de sorprendernos, ya nada parece que no nos llama la atención, que parece que estamos de vuelta de todo. No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer a nuestro lado. No vayamos con ojos cansados y ya críticos para todo que en nada queramos ya creer. Abramos la vida al misterio de Dios. Abramos los ojos de la fe.


viernes, 24 de agosto de 2018

La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús



La tibieza de nuestra vida espiritual y de nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de la falta de un encuentro vivo con Jesús

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

Quizá no haya mejor manera de cerciorarnos de la certeza de una cosa que averiguarlo por nosotros mismos. No es que no confiemos en lo que nos dicen, pero aunque digamos sí en el fondo no nos sentimos totalmente seguros.
Es cierto que en la vida por así decirlo vamos haciendo continuamente actos de fe, porque nos confiamos en lo que nos dicen, en lo que nos cuentan, porque es necesario tener esa disponibilidad para aceptar, porque no todo lo podemos comprobar por nosotros mismos, porque nos supera el peso y el paso de la historia, porque son hechos o acontecimientos que no nos suceden al lado nuestro ni en el tiempo nuestro, o porque ese margen de confianza que nos damos unos a otros  es base de amistad y consecuencia de ella y nos facilita la convivencia de cada día.
Es importante en todos los aspectos de la vida el testimonio que recibamos de los otros porque confiamos en ellos y las obras que realizan y las palabras que dicen las veremos siempre dentro de la racionalidad y de la credibilidad de las personas. Es importante, entonces, que nosotros en la autenticidad de nuestra vida nos hagamos verdaderamente creíbles y así nacerá esa confianza mutua que unos y otros hemos de tenernos. Con la autenticidad de nuestras obras de alguna manera estaremos diciéndole al otro ‘ven y lo verás’, confía en la autenticidad de mis palabras y de mis obras.
Es el primer diálogo que nos encontramos en el pasaje del evangelio que se nos propone en la fiesta de san Bartolomé apóstol que hoy celebramos. Felipe que había estado con Jesús al que había seguido en su primera llamada, cuando se encuentro con su amigo y convecino Natanael enseguida le cuenta lo que él ha vivido. Parece que no termina creer Natanael, pero no pone en duda sus palabras, sino el hecho de que Jesús sea de Nazaret; aparecen las divergencias y rivalidades que tantas veces surgen entre pueblos limítrofes por las cosas más simples las mayorías de las veces. Que si las campanas de mi pueblo suenan mejor que las del tuyo, que es mejor el agua que nosotros bebemos que la de las fuentes del pueblo vecino y así muchas veces no se cuantas cosas que llevan enfrentamientos digamos pueriles.
Felipe había estado con Jesús y se había sentido verdaderamente convencido. Es lo que ahora quiere que compruebe su amigo Natanael. ‘Ven y lo verás’, le dice. Y fue y lo vio y  lo sintió de manera que hará una hermosa confesión. ‘Rabí, Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
¿No lo necesitaremos nosotros también? Tenemos que aprender a dejarnos conducir para llegar a vivir ese vivo y profundo encuentro. Serán los necesarios encuentros llenos de confianza que hemos de tener los unos con los otros en la vida, pero será también ese encuentro vivo con el Señor. Aceptamos el testimonio y nos dejamos conducir, pero necesitamos vivir la profundidad de ese encuentro de verdad que muchas veces nos falta en la vida.
La tibieza con que vivimos muchas veces nuestra vida espiritual y todo nuestro compromiso cristiano es quizás consecuencia de esa falta de ese encuentro vivo con Jesús. Podemos saber muchas cosas y hasta enseñar a los demás, pero necesitamos vivencias profundas que nos hagan crecer de verdad por dentro y que harán creíbles nuestras palabras y nuestro testimonio. Mucho de todo eso  nos está faltando a los cristianos de nuestro tiempo en que nos falta esa espiritualidad honda, que solo se puede tener desde encuentros vivos y profundos.
Es el testigo que está poniendo en nuestras manos hoy san Bartolomé en el día de su fiesta.