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sábado, 30 de noviembre de 2024

La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

 


La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

Romanos 10, 9-18; Salmo 18; Mateo 4, 18-22

Supongamos que queremos contarle a alguien algo que pensamos que es una buena noticia para esa persona, que podría beneficiarla mucho, que a nosotros también nos ha llenado de alegría y enseguida pensamos que teníamos que contárselo y en ese intento estamos, pero esa persona no quiere escuchar, porque nos dice que no le interesa, porque está entretenida en otras cosas por las que muestra mayor interés - ¡cuántas veces queremos hablar con alguien pero está entretenido con su móvil y no presta ni la más mínima atención a lo que le estamos diciendo! – seguramente que nos sentiríamos más, que esa persona una desagradecida, que no tiene interés por nada sino por sus entretenimientos. Claro que lo podríamos ver en sentido inverso, nos quieren hablar de algo que consideran importante, y nosotros tampoco le prestamos caso, seguimos entretenidos en nuestras cosas.

Nos parecen situaciones aberrantes, seguramente pensamos. Pero es mucho más frecuente de lo que queremos pensar. Y ya no se trata de esas noticias de cada día, que nos pueden llegar por los periódicos o por otros medios de comunicación. Estamos hablando entre creyentes, ¿cuál es la escucha y la atención que nosotros prestamos habitualmente a la buena noticia del Evangelio? La escuchamos, decimos, pero tendríamos que preguntarnos ¿cuántas veces cuando salimos de la Iglesia y de Misa al rato ya ni nos acordamos de lo que escuchamos en el evangelio que se nos proclamó en la celebración? ¿Dónde estábamos? ¿De qué o en qué estaba prendida nuestra mente y nuestra imaginación?

Hoy nos decía cosas hermosas el apóstol en su carta en la primera lectura de la celebración de este día de san Andrés. ‘Nadie que crea en él quedará confundido… pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo… ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!’ Pero a continuación nos dice: ‘Pero no todos han prestado oídos al Evangelio… la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo…’

¿Dónde está nuestra fe? ¿Escucharemos de verdad el mensaje que nos llega a través de la Palabra de Cristo? Es algo muy serio. Algo muy serio porque no siempre hemos tenido ese encuentro de fe con el Señor; no siempre nos hemos dejado sorprender por su llamada y por su amor; no siempre hemos querido vivir esa cercanía de la fe que se hace viva en nuestro corazón en ese encuentro con Jesús. Oímos y oímos, pero no escuchamos, no prestamos atención, no nos dejamos encontrar; buscamos quizás solo desde una curiosidad momentánea pero no llegamos al fondo de eso que buscamos y que en Jesús se nos ofrece.

Hoy estamos celebrando al apóstol san Andrés, hermano de Simón Pedro. Fue uno de aquellos que escucharon a Juan allá en la orilla del Jordán cuando señalaba el paso de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y con Juan, el Zebedeo se fue detrás de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’ todos conocemos ese diálogo, querían ver donde vivía Jesús. Era algo más que la búsqueda de un lugar, era la búsqueda de una luz, de una vida, de una persona. Saber donde vivía era querer conocer a Jesús en lo más íntimo y profundo de su persona. ‘Venid y lo veréis’, les dice Jesús y se fueron con El.

Ya sabemos lo que paso porque a la mañana siguiente ya estaba contando a su hermano lo que habían encontrado, a quien habían encontrado, y se lo llevo a Jesús. Pero será más tarde, a la orilla del lago, cuando Jesús pase a su lado y les diga ‘venid conmigo que os hará pescadores de hombres’. Y ahora sí que lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Escucharon y se encontraron con Jesús; escucharon y la fe nació en sus corazones; escucharon y se fiaron de Jesús y no se sintieron defraudados porque se encontraron con la salvación.

¿Tendríamos que revisar muchas cosas en nosotros quizás? ¿Serán otras las actitudes que tengamos ante la Palabra que se nos proclama? ¿Tendremos en verdad deseos de escuchar esa buena noticia que se nos quiere transmitir y que tantas veces hemos dejado de lado?

lunes, 1 de abril de 2024

Unas primeras evangelizadoras, primero llenas de miedo por la sorpresa, pero luego inundadas de alegría anuncian valientemente que Jesús ha resucitado

 


Unas primeras evangelizadoras, primero llenas de miedo por la sorpresa, pero luego inundadas de alegría anuncian valientemente que Jesús ha resucitado

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15;  Mateo 28, 8-15

Las sorpresas en muchas ocasiones nos dejan descolocados y no sabemos cómo reaccionar; si además hemos estado pasando por momentos de gran tensión, aunque nos esforcemos por mantener la serenidad y el equilibrio en aquellas cosas que tenemos que hacer, sin embargo siempre nos fallan las cosas, no solemos prevenirnos lo suficiente para los inconvenientes que nos pueden sobrevenir y si a esto se añade la sorpresa de lo inesperado, aunque nos hubieran barruntado que eran cosas que podían suceder, nos hace reaccionar de forma incontrolada mezclándose multitud de sentimientos en nuestro interior y teniendo reacciones bastante dispares.

¿Con qué estado de ánimo iban aquellas mujeres en la mañana del primer día en dirección al sepulcro? Mucho habían pasado la mañana y la tarde del viernes, grande había sido la soledad que habían sufrido durante el sábado sin poder hacer nada, y ahora se apresuraban para a tiempo aun poder embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús con sus ungüentos y perfumes; hasta se habían olvidado de llevar a alguien que les ayudara a correr la piedra de la entrada del sepulcro.

Comienzan las sorpresas, porque la piedra está rodada; dentro no se encuentran el cuerpo de Jesús; tienen unas visiones que a ellas les parecen que son Ángeles los que les hablan preguntando por qué buscan allí el cuerpo de Jesús; cómo buscar entre los muertos al que vive, buscan a un crucificado y se les anuncia que está vivo, que ha resucitado. Vienen quizás a su mente las palabras de Jesús cuando anunciaba lo que le iba a pasar y siempre terminaba hablando de resurrección; pero ellas como el resto de los discípulos aquello nunca lo habían entendido. Y ahora parece que es realidad.

Corren sorprendidas, llenas de miedo y al tiempo de gozo y alegría, se mezclan los sentimientos, para ir a contarlo a los discípulos que allá andan encerrados en aquella sala que les habían prestado para la cena pascual y se había convertido en su refugio. Pero se detienen en seco porque es Jesús mismo el que les sale al encuentro. Era verdad, lo que les había dicho el ángel, lo que El había anunciado; lo creen y no lo creen como sucede en estos casos de sorpresa y cuando todo se provoca a la alegría. Quieren abrazarle los pies. Pero las palabras de Jesús que les invita a la alegría, son también un envío, han de ir a anunciar todo esto a los discípulos, las primeras portadoras de la Buena Noticia, las primeras evangelizadoras y precisamente unas mujeres, porque además han de ir a Galilea.

Sorpresa y alegría, temores producidos por la sorpresa porque como suele suceder no se lo terminan de creer, pero también la confianza de un anuncio, la misión de un primer envío que un día será por toda la tierra, unas sencillas mujeres que son las primeras que reciben el mensaje, pero que han de ser las primeras también en transmitirlo, en comunicarlo a los demás.

Es la alegría que seguimos viviendo nosotros también la pascua. Que se disipen nuestras dudas, que se apaguen los nubarrones de los miedos, que sintamos la fortaleza de quien va con nosotros, porque nos ha salido al encuentro pero para estar con nosotros, para también nosotros seguir haciendo ese anuncio hoy.

De lo que hemos celebrado a lo largo de toda la semana santa, de lo que vivimos y celebramos en la vigilia pascual y en el día de Pascua, ¿qué nos queda? ¿Será una cosa que archivamos en los recuerdos y si acaso algún día hacemos memoria de aquello que entonces vivimos y volvemos a abrir ese archivo de nuestros recuerdos? Pesan mucho las actitudes pasivas y negativas que seguimos manifestando en la rutina de los días a la que hemos vuelto como si nada hubiera pasado.

¿Seremos acaso como aquellos guardias que querían mantener que en el sepulcro no había pasado nada y a lo más es que algunos habrían venido de noche para robar el cuerpo de Jesús? ¿Seguiremos todavía con sepulcros sellados y cerrados porque no nos queremos convencer que Cristo está vivo porque quizás nos da miedo hacer ese anuncio a nuestro mundo? Ellos se dejaron sobornar por el dinero, ¿por qué miedos nos dejamos sobornar nosotros?

lunes, 24 de agosto de 2020

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

 

Cuando Natanael se acercó a Jesús empujado por el ardor de Felipe aún llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda pero que en el encuentro se disiparon

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

Las noticias no corren sino que vuelan; algo así solemos decir porque sabemos cómo las noticias de aquellos acontecimientos que pasan corren de boca en boca y se van trasmitiendo de unos a otros. Aunque hoy digamos que tenemos los grandes medios de comunicación que nos permiten estar al tanto de cuanto sucede al minuto aunque pase al otro lado del mundo, sin embargo siendo camino eficaz de comunicación ese boca a boca que vamos trasmitiendo en nuestro encuentro con los demás.

Las noticias no son noticias, podríamos decir, mientras están estáticas en aquel lugar donde hayan acaecido los hechos sino que han de entrar en esa dinámica de trasmisión desde el encuentro, por el medio que sea, de los unos con los otros. En esa trasmisión cercana surge el comentario que enriquece, aunque también puede dañar, la noticia, pero es importante el hecho también de que lo realizamos en ese encuentro que provocamos con los demás. Una dinámica que no podemos dejar en el olvido en su sentido más profundo desde ese enriquecimiento personal que vamos teniendo con nuestros encuentros.

Así se trasmitió la buena noticia del evangelio tal como vemos hoy también en el texto sagrado. Felipe se había encontrado Jesús quien le había invitado a seguirlo, pero aquello que fue para él motivo de gozo grande pronto se convirtió en noticia que había que trasmitir. Por eso tan pronto se encuentra con su amigo ese es el comentario que trasmite, esa es la buena noticia que lleva al amigo Natanael, pero que a pesar de las reticencias que pone quien ha recibido la noticia culminará cuando Felipe termine convenciendo a su amigo de que hay que ir al encuentro con Jesús. ‘Ven y verás’, le dice cuando después de decirle que han encontrado a Aquel de quien hablan las Escrituras y que es Jesús de Nazaret, Natanael con aquellas rivalidades propias de pueblos vecino dirá que de Nazaret no puede salir nada bueno.

Se van sucediendo los encuentros y la trasmisión de las noticias que tendrá su culminación cuando Natanael llegue a los pies de Jesús que alaba y reconoce en él a un israelita de verdad. Por entremedio ha habido otro encuentro desconocido porque mientras Natanael estaba debajo de la higuera Jesús le estará viendo y serán ahora en la comunicación del hecho motivo de la fe que se despierte en Natanael.

Comunicación, trasmisión de noticias, encuentros que se suceden serán las cosas que nos tendrán que hacer pensar en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé. No podremos tener noticia de la Buena Nueva de la Salvación si no hay quien nos trasmita esa noticia; pero la transmisión de esa noticia no podrán ser solamente frías palabras sino el testimonio y convencimiento de quien antes se ha encontrado también con esa Buena Nueva de Salvación.

Esto nos tiene que hacer pensar en esa misión que como cristianos todos tenemos. Todos estamos llamados a ser mensajeros del evangelio, evangelizadores con nuestras palabras convincentes porque han de nacer siempre de aquello que hemos convertido en vida nuestra, y convincentes con el testimonio que hemos de dar de aquello en lo que creemos y estamos plenamente convencidos.

Pero necesitamos nosotros haber tenido ese encuentro vivo y profundo con Jesús, a pesar de las reticencias que llevemos en el corazón o las oscuridades que nos acompañan en la vida. Cuando Natanael se acercó por primera vez a Jesús empujado por el ardor de Felipe aun llevaba en su interior las sombras oscuras de la duda que se vinieron a disipar totalmente en ese encuentro.

Aunque tengamos sombras en nuestro interior - ¿y quien no las tiene en sus dudas, pero también en las debilidades que se nos acumulan en la vida? – no temamos dejarnos convencer para acercarnos a Jesús; dejémonos conducir por esos Ángeles buenos de quienes nos hablan o nos presentan el testimonio de sus vidas y que nos plantean interrogantes en nuestro interior; en Cristo nuestro interior se va a ver iluminado y las sombras comenzarán a disiparse y así podremos llegar a escuchar hondamente en nosotros esa noticia de la Buena Nueva de la Salvación.

El testimonio de Natanael, de san Bartolomé, a eso nos está impulsando. También a nosotros se nos está diciendo ‘Ven y verás’. Como nosotros también tenemos que decirle al mundo que nos rodea ‘ven y verás’ para llevarlo hasta Jesús y así se disipen todas las sombras oscuras de la duda y la debilidad.

domingo, 16 de julio de 2017

Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar


Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

‘Salió el sembrador a sembrar…’ Así comienza la parábola que Jesús les propone. Allí junto a la orilla del lago, sentado desde la barca para que todos pudieran oírle mejor, Jesús estuvo mucho rato hablándoles en parábolas.
Todos ponemos ejemplos en nuestras explicaciones. El mejor maestro es el que habla con mayor sencillez y se hace entender por todos. Entre los orientales el lenguaje lleno de imágenes y comparaciones era algo muy normal. Es el lenguaje de Jesús. El evangelio nos trasmite muchas parábolas de Jesús.
Pero alguno quizá pretendiendo decir que entiende la parábola de Jesús o tratando de explicarla se atreva a hacer alguna consideración muy particular. ¿A quien se le ocurre salir a sembrar y echando la semilla a voleo no le importa donde pueda caer exponiéndose a que caiga entre pedregales o zarzales? Pudiera parecer un atinado comentario si no se entendiera que en oriente como en algunos sitios quizás se eche la semilla a voleo a la tierra primero y sea luego cuando se labre ese terreno y así en la arada pueda penetrarse mejor en la tierra donde se vuelva fecunda esa semilla.
Pero más allá de esas posibles elucubraciones sea otra cosa lo que Jesús quiere trasmitirnos. Por un lado, la fuerza que en sí misma tiene esa semilla, que luego nos explicará Jesús que está refiriéndose a la Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo. Claro que no deja de ser un interrogante en nuestro interior cuál sea la actitud de acogida que tengamos ante esa Palabra que Dios quiere plantar en nuestra vida. Ahí está descrita, es cierto, nuestra respuesta como nuestra libertad y responsabilidad para acoger esa semilla en nuestra vida.
Claro que en estos momentos que vivimos en la Iglesia donde sentimos la urgencia de una nueva evangelización, de un nuevo anuncio del Evangelio como Palabra de vida y salvación para los hombres, nos llevaría a pensar en algo más en esa responsabilidad que tenemos con la semilla que está en nuestras manos y hemos de hacer llegar a nuestro mundo. El Papa nos lo está recordando continuamente.
Diríamos que ha sido una constante, por otra parte, en la vida de la Iglesia cuando tras el concilio Vaticano II hemos ido tomando conciencia todos de nuestra responsabilidad eclesial, de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la realidad de nuestro mundo al que dábamos por sentado que era cristiano pero que necesita de esa nueva evangelización. Todos recordamos aquella exhortación apostólica de Pablo II, Evangelii nuntiandi publicada a los diez años del concilio y que tan gran impacto produjo en el seno de la Iglesia de manera que ha sido de alguna manera vademécum en la tarea de todo evangelizador.
Por supuesto que escuchamos esta parábola leyéndola en nuestra propia vida y en nuestra responsabilidad de la acogida a esa semilla de la Palabra de Dios. Pero es cierto también que tendríamos que hacer una lectura de la misma desde esa tarea y esa responsabilidad que todo cristiano tiene de ser portador del Evangelio para los demás. Todos hemos de ser evangelizadores, misioneros del evangelio con el testimonio de nuestra vida además de con nuestras palabras.
Muchas veces quizá la tarea inmensa que se presenta ante nosotros nos paraliza. Sí, nos paraliza porque ya quizá de antemano damos por sentado que esa Palabra en muchas personas, en muchos lugares no va a ser aceptada y acogida. Si vamos con esos tintes negativos marcando nuestra tarea ya quizá no ponemos tanto entusiasmo, ya no nos vamos a esforzar por llegar a las periferias, como nos dice el Papa, porque quizá damos por sentado que no vamos a ser acogidos ni escuchados. Esa dureza del camino, esos pedruscos en medio del terreno o esos zarzales de tantas cosas que pueden enredar a nuestros oyentes se convierten ya en nosotros en barreras que nos van a impedir llegar de verdad a todos con nuestro anuncio.
Es ahí en ese mundo, y no vamos a hacer ahora una descripción que cargue sus tintes negativos, en donde tenemos que hacer ese anuncio. Esas periferias de las que nos habla el papa, no significa ir a lugares especiales o lejanos sino que están ahí mismo a nuestro lado en tantos que quizás ya vienen de vuelta, en tantos que aunque siguen diciéndose cristianos viven su fe con frialdad y sin compromiso, en tantos que se creen muy seguros en sus ideas o planteamientos y no llegan a descubrir de verdad la novedad que siempre ha de significar el evangelio.
Son esos que quizá vienen también a nuestras celebraciones por una costumbre o por unas rutinas, o que convierten nuestras celebraciones en algo así como un acto social más en el que participan pero que no le dan la profundidad de la fe, no ponen toda su vida en aquello en lo que están participando, cierran sus oídos para no escuchar esa Palabra nueva del evangelio que les pueda hacer despertar de sus modorras.
Salió el sembrador a sembrar y no ha de temer la clase de tierra distinta que pueda encontrar sino que en toda tierra ha de sembrar esa semilla, esa Palabra de Dios. Salgamos, sí, a nuestro mundo con esa misión, con esa tarea, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con toda nuestra confianza puesta en el Señor que le da toda la vitalidad de su Espíritu a esa Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mensajeros de evangelio tenemos que ser también llevando a los demás la Buena Noticia del amor que Dios nos tiene y reconociéndole como el único Señor de nuestra vida

Mensajeros de evangelio tenemos que ser también llevando a los demás la Buena Noticia del amor que Dios nos tiene y reconociéndole como el único Señor de nuestra vida

Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23
Por los frutos se conoce el árbol y por las obras podemos conocer a los demás. Juan el Bautista estaba ya en la cárcel por las intrigas de Herodías y por la cobardía de Herodes que decía que lo tenía en gran aprecio y le gustaba escucharle, pero porque no le agradaban las denuncias que Juan le hacía lo había encarcelado.
Hasta la cárcel, a través quizá de sus discípulos le llegaban noticias de la actividad de Jesús sobre todo por Galilea donde especialmente realizaba su labor. Quizá los discípulos de Juan se preguntaban y le preguntaban a Juan sobre el sentido de lo que Jesús hacia y si acaso sería el Mesías anunciado.
Ya algunos discípulos de Juan se habían ido con Jesús; recordamos cómo Andrés y Juan, el hermano de Santiago, se habían ido detrás de Jesús cuando Juan lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, probablemente después de la experiencia del bautismo de Jesús, allá en el Jordán.
Ahora Juan envía a algunos de los discípulos que aun le siguen a que le pregunten a Jesús si es el que había de venir, o aun tendrían que esperar a otro. Jesús no responde directamente en principio al planteamiento que le hacen de parte de Juan sino que sigue realizando la labor que siempre realizaba; hasta Jesús llegan siempre los corazones atormentados, los cuerpos llenos de dolor y de limitaciones, los espíritus inquietos que siguen buscando esperanzas por los que seguir buscando y luchando.
Jesús cura a los enfermos que hay a su alrededor; serán aquellos cuerpo atormentados por el dolor, o será sus espíritus ansiosos de nueva vida, para todos Jesús tiene una Palabra de vida, una Buena Nueva que anunciarles, porque lo que hace es manifestarles una y otra vez que el amor de Dios nunca falla y Dios quiere hacer presente en nuestros corazones y en nuestro mundo; es el anuncio del Reino, de que en verdad tenemos que tener al Señor como único Dios de nuestra vida.
Es lo que finalmente les dirá también a los enviados de Juan. Id y anunciad, id a contar a Juan lo que habéis visto y oído… vienen a buscar respuestas para sus interrogantes y los convierte en mensajeros; han de ser los que lleven también la Buena Noticia a Juan, han de ser los que han de seguir propagando esa buena noticia para todos los hombres.
Como dirá el evangelista más tarde, lo que han visto con sus ojos, lo que han palpado en su vida, han de comunicarlo, han de anunciarlo. Es lo mismo que responderán los apóstoles cuando les prohíban hablar de Jesús, no pueden callar lo que han visto y lo que han oído, lo que ha sido una experiencia profunda en sus vidas no pueden callarlo, tienen que trasmitirlo a los demás.
Mensajeros de evangelio, de buenas nuevas, evangelizadores tenemos que ser también nosotros. Recordemos las experiencias más profundas que hayamos tenido en el camino de nuestra fe; todos habremos tenido un momento especial de nuestras vidas donde hemos recibido, palpado en nuestras vidas esa Buena Nueva de Dios, esa experiencia del amor de Dios en nuestras vidas.
Con esa experiencia tenemos que ir a los demás, aunque ha de continuamente una experiencia que vayamos renovando en nuestras vidas. Por eso será tan importante que continuamente estemos abiertos a Dios, en sintonía con Dios en nuestra oración, en nuestra escucha interior para sentir la voz de Dios en nuestro corazón, en ese apertura de nuestros ojos para saber leer con fe cuanto nos sucede y aprendamos a leer lo que Dios nos dice en los acontecimientos, a ver y experimentar continuamente esa presencia de Dios que nos llega a través de lo que nos sucede, de las personas que están a nuestro lado, de esa buena palabra que escuchemos, de ese acontecimiento quizá doloroso que nos pueda suceder.
Con ojos de fe hemos de saber experimentar a Dios y con la valentía de la fe hemos de saber llevarlo a los demás, anunciarlo a cuantos nos rodean. 

viernes, 28 de octubre de 2016

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Hoy la iglesia celebra la fiesta de los santos Simón Cananeo y Judas Tadeo. Pero, ¿sabemos quienes son estos santos? Perdónenme que comience con esta pregunta que algunos podrían considerar innecesario, pero si preguntamos a mucha gente de nuestro entorno no sé si te dirán algo de Simón Cananeo, pero de Judas Tadeo te dirán que es un santo muy milagroso al que le pedimos trabajo y no sé cuantas cosas más en nuestras dificultades. Pero ¿es que un cristiano se puede quedar simplemente con eso?
De entrada hemos de decir que estamos refiriéndonos a dos de los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Así aparecen nominados en las diferentes listas que nos ofrecen los evangelistas y también en los Hechos de los Apóstoles.
Si a San Simón se le llama el Cananeo o en otro de los evangelistas el Celote, puede hacer referencia quizá a aquel grupo radical que no aceptaba el dominio de los romanos y que luchaban contra la dominación extranjera, o podemos referirnos también al otro sentido de ambas palabras que habla del celo de la fe, siendo personas inconformistas que querían vivir radicalmente su fe judía.  Quizá desde esa inquietud fuera escogido por Jesús entre todos los que le seguían para que formara parte de aquel grupo de los Doce a los que llamamos Apóstoles.  
Según la tradición habría predicado en Egipto, luego en Mesopotamia y Persia, junto con San Judas apóstol, donde habría sufrido el martirio, Murió según unos crucificado, según otros habría sufrido el martirio de la sierra. De una y otra forma lo representan las antiguas reproducciones iconográficas.
De san Judas Tadeo, o el de Santiago como se menciona en otro momento poco nos dice el evangelio también. Hay una pregunta que hace a Jesús en la cena de por qué se ha revelado a ellos y no a todos, en referencia a cómo Jesús al grupo de los Doce les hablaba con una intimidad especial y les revelaba con mayor intensidad todo el misterio de Dios que en El se encerraba. Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. 
Sobre su actividad apostólica, Nicéforo Calixto dice que Predicó en varias regiones de Palestina (Judea, Galilea, Samaria, Idumea), después en las ciudades de Arabia, en todo el territorio de Siria y Mesopotamia y, por último, en Edesa donde murió. La tradición recogida en los martirologios romanos, el de Beda y el de Ación, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, San Judas y San Simón fueron martirizados en Persia. También el Breviario Romano dice que evangelizó Mesopotamia y Persia y que murió mártir.
He querido hoy en la fiesta de estos santos apóstoles hacer este comentario tomándolo de diversas fuentes porque creo que necesitamos ahondar un poco más en los santos que veneramos y no quedarnos en cosas muy simples como pueda ser lo más o menos milagrosos que puedan ser, como muchas veces nos sucede en nuestra religiosidad popular.
Primero que nada hemos de poner interés en conocer lo que fue la vida de los santos y como ellos son testimonio de lo que ha de ser nuestro seguimiento de Jesús, nuestra vida cristiana, que es mucho más que acudir a un santo para pedirle desde nuestras necesidades el milagro de que nos socorran. Hemos de contar, sí, con su intercesión, pero para algo mucho más hondo como es la búsqueda de nuestro seguimiento de Jesús y cómo hemos de alcanzar la gracia de la santidad de nuestra vida.
En estos momentos en que en nuestra Iglesia estamos queriendo implicarnos más y mejor en la tarea de la nueva evangelización que la festividad de estos santos apóstoles sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora en la que seriamente hemos de comprometernos. Decimos que hoy la tarea es inmensa y es difícil en el mundo en que vivimos, pero ¿hemos pensado en la dificultad que ellos tuvieron en medio de un mundo pagano y cómo en su pobreza fueron capaces de llegar a lugares lejanos en el anuncio del Evangelio?



martes, 5 de julio de 2016

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

‘Jesus recorría todas las ciudades y aldeas…  Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor… rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies…’
Cuando voy caminando en medio de la ciudad o por las calles de nuestros pueblos en cierto modo recuerdo este pasaje del evangelio. Casas y casas pero en las que habitan muchas personas que diríamos, al menos en nuestros ambientes, son cristianos que han sido bautizados pero en los que muchas veces no vemos ninguna otra referencia a una vida de creyentes o de cristianos miembros vivos de unas comunidades cristianas que son nuestras parroquias.
Son cristianos pero ¿sus vidas están fermentadas con la levadura del evangelio? Son cristianos pero ¿Cristo significa de verdad algo en sus vidas? Quizá reducen su vida cristiana a una asistencia de forma esporádica a unos actos religiosos, pero sin que en verdad cale en sus vidas la semilla del evangelio. Son personas buenas con toda seguridad porque seguramente querrán llevar una vida recta a su manera, pero quizá no han encontrado esa luz de Jesús y su evangelio que transforme sus vidas. Como todos tendrán sus problemas y sus necesidades, se harán preguntas en su interior que muchas veces no sabrán contestar, quizá tienen hambre o deseos de más pero no han encontrado el camino por donde dar satisfacción a esos buenos deseos.
Quisiera tener la mirada de Jesús y siento en mi corazón la desazón de cuanto se podría hacer y no se hace, o de la imposibilidad quizá de poder llegar a toda esa gente con el mensaje del evangelio. Como decíamos ahí están esas multitudes que no han encontrado respuestas para los interrogantes profundos de su vida, porque quizá nadie ha llegado hasta ellos para ayudarles a encontrar esa luz. Y he de confesar que eso me hace sentir inquietud en mi interior porque quizá yo tampoco he sabido ser esa luz que ayude a encontrar la verdadera luz.
Hoy la iglesia está sintiendo un nuevo impulso misionero en ese deseo de salir al encuentro de tantos que buscan la luz y no la encuentran. Los planes pastorales de nuestras parroquias y nuestras diócesis van por ese camino. Pero como nos decía Jesús hoy en el evangelio ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…’ Necesitamos en verdad comprometernos en esa tarea evangelizadora de la Iglesia; tenemos que aprender a ser luz para los demás y convertirnos en testigos del evangelio con nuestra vida. Es inmenso ese mundo que nos rodea que necesita esa luz, que necesita esos testigos y no podemos defraudarles.
Roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies; pidamos con intensidad al Señor para que surjan muchas vocaciones al apostolado y en verdad la Iglesia sea verdadero anuncio y signo de salvación en medio del mundo.


jueves, 1 de octubre de 2015

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12

‘Designó otros setenta y dos discípulos y los envió por delante… a los lugares y sitios donde pensaba ir él… y les decía: Poneos en camino…’
Los envía y los envía a sitios y lugares distintos; no donde siempre se había ido, no donde ya lo conocían. Es significativo este detalle porque nos está diciendo cómo no podemos quedarnos en lo mismo ni en los mismos; es nuestra tentación, con aquello de que queremos dejar bien fortalecida la obra encomendada nos quedamos en lo mismo y nos quedamos con los mismos. Y el corazón del apóstol es un corazón inquieto que siempre busca más, busca lugares nuevos, de la misma manera que sabe que muchos otros que no han recibido la Buena Noticia y a los que tenemos que llegar.
Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a otros horizontes, enfrentarse quizá a otros problemas, ir al encuentro de otras personas, descubrir otras necesidades, salir a ese mundo real que quizá muchas veces estando cercano a nosotros quizá desconocemos. Ponerse en camino es ir tendiendo puentes a otros mundos, a otras personas; es romper barreras y fronteras para ir a lo que está más allá y quizá nos pueda resultar desconocido. Sin temores ni miedos porque vamos con la misión de Jesús y la fuerza de su Espíritu.
Dichosos los pies de los evangelizadores de la paz; dichosos los misioneros y los apóstoles que se arriesgan a ponerse en camino para llevar ese anuncio de la paz. Algunas veces parece que lo olvidamos reposando tranquilamente a la sombra de nuestro campanario, a la sombra de ese mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir plácidamente y terminamos que ya ni nos preocupamos de hacer de verdad ese anuncio a los que están cercanos a nosotros. Dichosos hemos de sentirnos porque aun hay misioneros, apóstoles que se arriesgan, que se lanzan por el mundo con ese encargo de Jesús. Han de ser para nosotros un despertador de nuestras conciencias.
El mundo nos necesita porque no tiene esa paz. Cuántos conflictos y guerras y no son solo esas guerras que parece que son las únicas que merecen unos titulares en los medios de comunicación, sino que son esas otras batallas y enfrentamientos que cada día afloran en nuestras mutuas relaciones cuando no nos respetamos ni aceptamos, cuando nos dejamos arrastrar por esos orgullos y desavenencias, cuando aun no hemos hecho desaparecer del todo la insolidaridad de nuestro corazón.
Es el mensaje que nos he encargado Jesús que llevemos a los demás cuando nos ha puesto en camino. Salgamos valientes, presurosos, decididos, con generosidad en el corazón a llevar ese anuncio de paz saltando barreras y fronteras para ser capaces de llegar también a esos que están más allá, en los que nunca hemos pensado o en los que nunca nos hemos fijado. Es la fuerza del Espíritu la que nos tiene que guiar.