viernes, 21 de julio de 2017

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Rápido nos viene a nuestra mente el pensamiento con que enjuiciamos y condenamos a los demás. Atentos estamos a lo que haga el otro para hacernos nuestro juicio sobre lo que hace aunque solo nos dejemos llevar por las apariencias. Poco podemos saber sobre lo que hay en el interior del hombre y la razón o el por qué de lo que hace, pero nosotros en nuestro juicio parece que nos lo sabemos todos y creemos saber más los por qué de lo que hacen mas que los mismos que lo hacen.
Cuando vamos prejuzgando en la vida a los demás ya vamos interponiendo barreras porque en nuestro orgullo nos creemos superiores y que estamos por encima de los demás y nos creemos con derecho para opinar y para juzgar lo que hacen los otros. Nos alejamos así de las personas porque en nuestro prejuicio no querríamos mezclarnos con ellos para que otros no nos juzguen iguales a ellos.
Es difícil que así seamos capaces de colaborar, de trabajar juntos por hacer que nuestro mundo mejor o que nuestras relaciones sean más amistosas y fraternales. Con nuestros prejuicios ponemos barreras y estamos poniendo imposible cualquier relación amistosa. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Qué derecho tengo a condenar al otro cuando en mi corazón esta floreciendo la maldad con esos juicios y condenas que estoy haciendo a los demás? ¿No seria más hermoso una auténtica corrección fraterna en la que como hermanos y con humildad nos ayudemos mutuamente? ¿No necesitaré yo también de esa ayuda para mejorar muchas cosas en mi vida porque tampoco yo soy perfecto?
Me viene a la mente esta reflexión que tendría que valerme para yo mejorar mis actitudes y para poner más humildad en mi corazón, a partir de lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los fariseos pendientes de lo que puedan hacer los discípulos de Jesús para aprovechar cualquier ocasión para tratar de desprestigiar la obra de Jesús.
Los discípulos realizan quizás distraídamente lo que cualquiera hace al pasar por un sembrado. Hay unas espigas que están granando ya su cosecha y se siente uno tentado en el buen sentido de coger una de esas espigas, estrujarla en la mano y llevarse a la boca aquellos granos que aun están en proceso de maduración. Pero es sábado mientras caminan de un lugar a otro en medio de aquellos sembrados. Aquello podía considerarse un trabajo y en el sábado no se puede trabajar. Tajantes son en el cumplimiento del descanso sabático y aquello podría equivaler a la siega, a la trilla y no se cuantas cosas más. Y allí surge el juicio y la condena.
Qué quisquillosos nos volvemos tantas veces en la vida buscando maldades, segundas intenciones para poner pronto el prejuicio y la condena. ¿Podemos andar así por la vida y ser felices? ¿No tendrían que ser otras las actitudes?
Claro que Jesús quiere aclararnos que el cumplimiento de la ley del Señor ha de tener otro sentido. Nunca podremos mirarlo como esclavitud, siempre tiene que ser una ofrenda de amor, y siempre la persona tiene que verse enriquecida en su interior que es lo verdaderamente importante.
No podemos convertir la religión y los actos religiosos que realicemos como un mero cumplimiento, una rutina o una ley que nos esclavice en un cumplimiento ritual. Una mayor profundidad hemos de darle a todo lo que sea nuestra relación con Dios, porque Dios quiere siempre la grandeza del hombre y no el sufrimiento.

jueves, 20 de julio de 2017

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Qué paz y qué satisfacción sentimos dentro de nosotros mismos cuando en los avatares de la vida nos encontramos con alguien que nos escuche, que sea capaz de detenerse en su caminar para tener tiempo para uno y escucharle. Vivimos entre carreras y agobios y no sabemos detenernos al lado del hermano para saber descubrir una tristeza que quizá se oculta tras sus ojos que a pesar de los pesares intentan sonreír.
Nos encerramos en nosotros mismos por nuestras preocupaciones o cosas que tenemos que hacer pero también estamos provocando que quienes se ven envueltos en los sufrimientos que la vida les ofrece se encierren en su soledad y se tengan que comer solos el pan de su amargura.
No nos enteramos ni queremos enterarnos de lo que pueda hacer sufrir a los demás porque decimos que con lo nuestro tenemos. Pero cuando encontramos a alguien que nos escuche y que pierda su tiempo por nosotros, nos sentimos en verdad agradecidos. Nos va faltando humanidad y honda comunicación a pesar de que hoy tenemos tantos medios de todo tipo para comunicarnos con el que pueda estar al otro lado del mundo, pero quizá no sabemos entrar en sintonía con el que está a nuestro lado.
Comencé haciéndome esta reflexión pensando en el gozo que sentimos cuando somos escuchados en nuestros agobios y problemas. Espiritualmente lo necesitamos. Y nuestra fe nos puede hacer entrar en sintonía con quien de verdad es el consuelo y el descanso de nuestra vida. Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Que vayamos a El, que no temamos, que en El podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, que El es en verdad la fuerza y el aliciente de nuestra vida, que El colma todas nuestras esperanzas y da satisfacción a las aspiraciones mas hondas y mas nobles. En El podemos llenar espiritualmente nuestra vida de la mayor plenitud.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice hoy en el evangelio. Cómo lo entendían aquellos enfermos que a El acudían, cómo lo entendían los leprosos que se veían apartados y discriminados y que solo pensando en Jesús sentía fuerza en su interior para llegar hasta El porque en El sabían que iban a encontrar vida. Cómo lo entendían los pecadores, los publicanos y las prostitutas que eran despreciados de todos, pero que se acercaban a Jesús allá donde estuviera y sabían que podían sentarse a su mesa. Cómo lo pudo entender Pedro que tras su negación veía como Jesús seguía confiando en El y que solo le pedía que hubiera amor en su vida. Cómo lo entendían aquellas multitudes que venían de lejos, de todas partes porque querían escuchar aquellas palabras de Jesús que tanta esperanza ponían en su corazón.
Así tenemos que entenderlo nosotros que tan locos vamos por la vida, que parece que hemos perdido el norte y el sentido; así hemos de entenderlo en este mundo loco de carreras, pero tan materializado que ya no sabe levantar los ojos a otros valores más espirituales y trascendentes, y en Jesús podemos sentir que El eleva nuestro espíritu, nuestros pensamientos, da profundidad a nuestros deseos más nobles, nos arranca de nuestros egoísmos insolidarios y abre nuestros horizontes a algo nuevo, abre nuestra mirada a quienes están a nuestro lado y nunca quizás miramos.
Vayamos a Jesús para que encontremos nuestros descanso, pero aprendamos a disponer nuestro corazón para en nombre de Jesús acoger a tantos que pasan a nuestro lado y están necesitando esa sonrisa que les alegre el alma y esa palabra de animo que les levante de su postración. Tenemos tanto que hacer. Tengamos siempre un corazón acogedor para los demás.

miércoles, 19 de julio de 2017

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
Se suele decir que es de bien nacido el ser agradecido. No solo como norma de educación sino como expresión de unos sentimientos hondos y nobles la palabra ‘gracias’ tendría que estar continuamente en nuestros labios. Gratitud y gratuidad se interrelacionan y se complementan. Porque nuestra gratitud es un reconocimiento de la gratuidad del otro que nos ofrece algo aunque nosotros no lo merezcamos. Y no es ya aquello de las cosas que en derecho y en justicia se han de hacer por nosotros, sino que aun en el cumplimiento del deber el que me ofrece algo está ofreciéndome algo de si mismo cuando tiene un tiempo para mi, una palabra o una atención. Nuestra correspondencia más noble ha de ser nuestra gratitud.
Como expresábamos de alguna manera hemos sido educados en el agradecimiento, para que sepamos tener siempre esa respuesta de actitud ante cualquier cosa que nos ofrezcan los demás. Cuando nos encontramos a un desagradecido que todo se lo cree merecer y nunca es capaz de expresar esa palabra de agradecimiento decimos que es un mal educado, pero como decíamos también estamos descubriendo en la persona esa falta de valores y esa nobleza para ser agradecido.
Si esto es así en las más elementales relaciones humanas, ¿qué tendríamos que decir de nuestra relación con Dios? Tiene que hacernos pensar y hacerlo con verdadera sinceridad. Hemos de reconocer que estamos más prontos para pedir al Señor desde nuestras necesidades que para dar gracias. Ya el evangelio nos lo refleja en aquel episodio que todos conocemos de los diez leprosos que son curados, pero de los que solo uno volverá para postrarse ante Jesús y darle gracias por su curación.
Tendría que ser la primera palabra, el primer sentimiento que con nobleza saliera de nuestro corazón cada mañana al despertar. ‘Gracias, Padre…’ Es el regalo de la vida, es el regalo del sol que nos revitaliza, es el regalo de la luz que nos ilumina, la lluvia que fecunda nuestros campos, el aire que respiramos y las personas que queremos y nos rodean cada día con su cariño.
Gracias porque podemos sentir su presencia y por la fe que sigue iluminando nuestra vida. Gracias por cuanto de su mano recibimos porque siempre nos sentimos regalados por su amor. Gracias por la gracia con que nos acompaña signo de la fuerza del Espíritu que está con nosotros y gracias por su amor misericordioso que nos perdona, nos acompaña y nos comprende en nuestra debilidad.
Gracias porque podemos escuchar su Palabra y alimentarnos de su vida en los sacramentos. Gracias por la Eucaristía en que se hace pan y vida para ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Gracias por quienes ha puesto a nuestro lado para acompañarnos en el camino de la vida, y la palabra de consuelo, de fortaleza, de luz y de vida que de ellos cada día recibimos. Gracias por el camino que hacemos en el que nunca nos sentimos solos porque con nosotros está siempre la Iglesia, que es decir la comunidad de los hermanos que también caminan a nuestro lado.
Gracias por cada detalle que de los que están a nuestro lado cada día recibimos, por la sonrisa de tantos que nos alegra el alma, por la mano amiga que me hace sentir la presencia y el calor del Señor que en esa mano amiga se me manifiesta. Son tantas las cosas por la que tenemos que cada día dar gracias.
Hoy escuchamos a Jesús dar gracia porque el Padre se nos revela a los de corazón sencillo y nos manifiesta así lo que es su amor y su misericordia. Que con Jesús aprendamos a dar gracias. El nos enseña como siempre tenemos que santificar el nombre del Señor y lo hacemos con nuestros sentimientos de gratitud. ¡Gracias, Señor!

martes, 18 de julio de 2017

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

¿Qué nos sucederá que recibimos tan buenas influencias cada día de quienes están a nuestro lado y sin embargo seguimos con nuestras rutinas y no tan buenas costumbres? Algunas veces parece que nos insensibilizamos o nos endurecemos ante esas buenas influencias. Nos acostumbramos a nuestras rutinas que ya no queremos salir de ellas, seguimos con lo mismo aunque hay momentos en que nos damos cuenta que las cosas tendrían que cambiar, pero eso de esforzarse para cambiar el chip, como ahora suele decirse, para comenzar con algo nuevo y mejor, es algo que nos cuesta mucho.
Quien no quiere crecer se envejece. El organismo humano continuamente se está renovando, mientras haya vida. Cuando no se renuevan nuestras células, comienza a decaer la vida de nuestro organismo. Pero no nos podemos quedar solo en la materia.
Pero ya no se trata solo de nuestro organismo en lo físico sino que es el espíritu con que vivimos nuestra vida. algunas veces parecemos viejos que solo ya nos preocupamos de conservar lo que somos o tenemos, y no tenemos aspiraciones a más, no buscamos alicientes nuevos para nuestra vida, no somos capaces de elevar nuestros pensamientos para buscar algo mejor, olvidamos lo que son nuevas metas que nos vayamos poniendo cada vez mas altas, vamos envejeciendo en la vida. Y envejecer es comenzar a morir.
Con Jesús podríamos decir que estaremos viviendo siempre en la eterna juventud. El quiere hacernos siempre un hombre nuevo; nos ofrece nuevos valores que eleven el tono de nuestra vida, pone nuevos ideales en nuestro corazón cada vez más altos, nos está enseñando como siempre tenemos que estar cultivando nuestra vida, lanzando de nuevo la red, sabiendo navegar por encima y mas allá de las tempestades que nos puedan ir apareciendo en la vida.
Sin embargo hay veces que nos cuesta aceptar a Jesús, o más bien, decimos que  nos gusta aquello que nos plantea, pero luego somos remisos para ponerlo por obra, para llevarlo a la práctica, realizarlo en nuestra vida. Tenemos ante nuestros ojos las obras de Jesús, pero no nos decidimos a seguirlo con radicalidad. ¿Qué sentiremos en nuestro interior cuando intentamos ser sinceros con nosotros mismos?
El evangelio nos habla hoy de aquellas ciudades que rodeaban el lago de Tiberíades donde especialmente Jesús realizaba toda su actividad. Muchas veces lo habían escuchado, de muchos milagros habían sido testigos, entre ellos Jesús había realizado con profusión las maravillas de Dios, pero no todos se decidían a seguirle. Hay una contradicción entre aquellos momentos de fervor donde habían dicho cosas hermosas de Jesús cuando contemplaban sus obras y lo que era la vida de cada día. Un día habían de ser llamados a juicio.
Y nosotros, ¿Cómo respondemos a tantas maravillas que Jesús ha realizado en nuestra vida? ¿No tendríamos que despertar de nuestras rutinas, de nuestras vanidades, de nuestros orgullos y decidirnos de verdad a seguir el camino de Jesús? El Señor ha realizado obras grandes en mí, reconocía María, pero María cantaba agradecida al Señor y abría su corazón a Dios. Aprendamos de María. Llenemos de la vida nueva de Jesús. Dejemos que el renueve y rejuvenezca nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2017

Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud


Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
Hay momentos en que las palabras de Jesús nos desconciertan porque pareciera que está diciéndonos cosas en contradicción a lo que nos ha dicho o manifestado en otros momentos. Uno de esos textos del evangelio es el que hoy nos ofrece la liturgia que aunque nos pudiera parecer duro no podemos obviar, sino que tenemos que abrir de verdad nuestro corazón para descubrir con la fuerza del Espíritu lo que realmente nos quiere decir Jesús.
Que en su nacimiento habían anunciado los ángeles la paz para los hombres porque los ama el Señor, quien en las bienaventuranzas llama dichosos a los que trabajan por la paz, quien saludará a los discípulos tras la resurrección con el saludo de la paz, quien tras curar a los enfermos o perdonar a los pecadores los envía en paz, quien cuando envía a sus discípulos a anunciar el evangelio les encarga que el mensaje de paz es lo primero que han de trasmitir, hoy nos dice que El no ha venido a traer paz, sino guerra.
Claro que tendríamos que recordar también que nos dice que El nos da su paz ‘mi paz os dejo, mi paz os doy’, como incluso recordamos en la oración litúrgica, pero que El no nos da la paz como la da el mundo. Su paz es algo nuevo y distinto. Su paz no es una imposición sino un don que hemos de saber vivir desde lo hondo del corazón. Su paz no significa ausencia de conflictos, porque problemas vamos a tener continuamente en la vida y en nuestro encuentro con los demás, sino que es algo que ha de llenar nuestro espíritu para no perderla aunque muchas sean las negruras que nos rodeen. Es esa serenidad del espíritu que hemos de mantener por muchas que sean las violencias que suframos. Es esa madurez del alma para saber encontrar esa armonía interior que no nos haga zozobrar en los conflictos.
Y conflictos tendremos, porque no todos entenderán el mensaje del evangelio y como nosotros queremos encarnarlo en nuestra vida. Esa opción de vida que hacemos cuando queremos en verdad seguir a Jesús que no será comprendida muchas veces incluso por aquellos que puedan ser más cercanos a nosotros. Por eso nos habla de conflictos que surgirán incluso en el seno de la propia familia. No quiere Jesús que haya rupturas en la vida con aquellos que mas cerca están de nosotros y con los que compartimos más directamente nuestra existencia, pero si nos quiere hacer constatar esa incomprensión que vamos a encontrar en los demás.
El camino de seguimiento de Jesús es un camino exigente; como nos dice hoy hemos de saber llevar la cruz, esa cruz que pesa dentro de nosotros cuando tenemos que luchar en nuestro propio interior por mantener una integridad en nuestra vida; esa lucha interior en la que tenemos que aprender a decir no a cuanto nos aparte de ese camino que queremos seguir cuando estamos con Jesús; ese ser capaz de ofrecer la vida, lo que somos, lo que vivimos, la vida misma porque queremos el bien, porque queremos lo bueno para los demás, porque queremos un mundo mejor y de mayor felicidad, y nos puede parecer que perdemos la vida, pero estamos ganando una plenitud de vida que nadie luego nos podrá arrebatar.
Pero Jesús nos está enseñando el verdadero valor de cuanto hacemos, incluso aquello que nos pueda parecer más insignificante. Hasta un vaso de agua que demos no quedará sin recompensa nos dice. Valoremos lo pequeño cuando sabemos vivir la vida con amor. Valoremos esos pequeños gestos, que como insignificantes granos de arena, vamos poniendo en nuestra relación con los demás. Una gota de agua nos puede parecer insignificante en la inmensidad de un océano, pero ese océano está compuesto de muchas gotas de agua que por si solo pueden ser insignificantes pero son las que hace el océano.

domingo, 16 de julio de 2017

Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar


Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

‘Salió el sembrador a sembrar…’ Así comienza la parábola que Jesús les propone. Allí junto a la orilla del lago, sentado desde la barca para que todos pudieran oírle mejor, Jesús estuvo mucho rato hablándoles en parábolas.
Todos ponemos ejemplos en nuestras explicaciones. El mejor maestro es el que habla con mayor sencillez y se hace entender por todos. Entre los orientales el lenguaje lleno de imágenes y comparaciones era algo muy normal. Es el lenguaje de Jesús. El evangelio nos trasmite muchas parábolas de Jesús.
Pero alguno quizá pretendiendo decir que entiende la parábola de Jesús o tratando de explicarla se atreva a hacer alguna consideración muy particular. ¿A quien se le ocurre salir a sembrar y echando la semilla a voleo no le importa donde pueda caer exponiéndose a que caiga entre pedregales o zarzales? Pudiera parecer un atinado comentario si no se entendiera que en oriente como en algunos sitios quizás se eche la semilla a voleo a la tierra primero y sea luego cuando se labre ese terreno y así en la arada pueda penetrarse mejor en la tierra donde se vuelva fecunda esa semilla.
Pero más allá de esas posibles elucubraciones sea otra cosa lo que Jesús quiere trasmitirnos. Por un lado, la fuerza que en sí misma tiene esa semilla, que luego nos explicará Jesús que está refiriéndose a la Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo. Claro que no deja de ser un interrogante en nuestro interior cuál sea la actitud de acogida que tengamos ante esa Palabra que Dios quiere plantar en nuestra vida. Ahí está descrita, es cierto, nuestra respuesta como nuestra libertad y responsabilidad para acoger esa semilla en nuestra vida.
Claro que en estos momentos que vivimos en la Iglesia donde sentimos la urgencia de una nueva evangelización, de un nuevo anuncio del Evangelio como Palabra de vida y salvación para los hombres, nos llevaría a pensar en algo más en esa responsabilidad que tenemos con la semilla que está en nuestras manos y hemos de hacer llegar a nuestro mundo. El Papa nos lo está recordando continuamente.
Diríamos que ha sido una constante, por otra parte, en la vida de la Iglesia cuando tras el concilio Vaticano II hemos ido tomando conciencia todos de nuestra responsabilidad eclesial, de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la realidad de nuestro mundo al que dábamos por sentado que era cristiano pero que necesita de esa nueva evangelización. Todos recordamos aquella exhortación apostólica de Pablo II, Evangelii nuntiandi publicada a los diez años del concilio y que tan gran impacto produjo en el seno de la Iglesia de manera que ha sido de alguna manera vademécum en la tarea de todo evangelizador.
Por supuesto que escuchamos esta parábola leyéndola en nuestra propia vida y en nuestra responsabilidad de la acogida a esa semilla de la Palabra de Dios. Pero es cierto también que tendríamos que hacer una lectura de la misma desde esa tarea y esa responsabilidad que todo cristiano tiene de ser portador del Evangelio para los demás. Todos hemos de ser evangelizadores, misioneros del evangelio con el testimonio de nuestra vida además de con nuestras palabras.
Muchas veces quizá la tarea inmensa que se presenta ante nosotros nos paraliza. Sí, nos paraliza porque ya quizá de antemano damos por sentado que esa Palabra en muchas personas, en muchos lugares no va a ser aceptada y acogida. Si vamos con esos tintes negativos marcando nuestra tarea ya quizá no ponemos tanto entusiasmo, ya no nos vamos a esforzar por llegar a las periferias, como nos dice el Papa, porque quizá damos por sentado que no vamos a ser acogidos ni escuchados. Esa dureza del camino, esos pedruscos en medio del terreno o esos zarzales de tantas cosas que pueden enredar a nuestros oyentes se convierten ya en nosotros en barreras que nos van a impedir llegar de verdad a todos con nuestro anuncio.
Es ahí en ese mundo, y no vamos a hacer ahora una descripción que cargue sus tintes negativos, en donde tenemos que hacer ese anuncio. Esas periferias de las que nos habla el papa, no significa ir a lugares especiales o lejanos sino que están ahí mismo a nuestro lado en tantos que quizás ya vienen de vuelta, en tantos que aunque siguen diciéndose cristianos viven su fe con frialdad y sin compromiso, en tantos que se creen muy seguros en sus ideas o planteamientos y no llegan a descubrir de verdad la novedad que siempre ha de significar el evangelio.
Son esos que quizá vienen también a nuestras celebraciones por una costumbre o por unas rutinas, o que convierten nuestras celebraciones en algo así como un acto social más en el que participan pero que no le dan la profundidad de la fe, no ponen toda su vida en aquello en lo que están participando, cierran sus oídos para no escuchar esa Palabra nueva del evangelio que les pueda hacer despertar de sus modorras.
Salió el sembrador a sembrar y no ha de temer la clase de tierra distinta que pueda encontrar sino que en toda tierra ha de sembrar esa semilla, esa Palabra de Dios. Salgamos, sí, a nuestro mundo con esa misión, con esa tarea, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con toda nuestra confianza puesta en el Señor que le da toda la vitalidad de su Espíritu a esa Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo.