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lunes, 17 de julio de 2017

Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud


Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
Hay momentos en que las palabras de Jesús nos desconciertan porque pareciera que está diciéndonos cosas en contradicción a lo que nos ha dicho o manifestado en otros momentos. Uno de esos textos del evangelio es el que hoy nos ofrece la liturgia que aunque nos pudiera parecer duro no podemos obviar, sino que tenemos que abrir de verdad nuestro corazón para descubrir con la fuerza del Espíritu lo que realmente nos quiere decir Jesús.
Que en su nacimiento habían anunciado los ángeles la paz para los hombres porque los ama el Señor, quien en las bienaventuranzas llama dichosos a los que trabajan por la paz, quien saludará a los discípulos tras la resurrección con el saludo de la paz, quien tras curar a los enfermos o perdonar a los pecadores los envía en paz, quien cuando envía a sus discípulos a anunciar el evangelio les encarga que el mensaje de paz es lo primero que han de trasmitir, hoy nos dice que El no ha venido a traer paz, sino guerra.
Claro que tendríamos que recordar también que nos dice que El nos da su paz ‘mi paz os dejo, mi paz os doy’, como incluso recordamos en la oración litúrgica, pero que El no nos da la paz como la da el mundo. Su paz es algo nuevo y distinto. Su paz no es una imposición sino un don que hemos de saber vivir desde lo hondo del corazón. Su paz no significa ausencia de conflictos, porque problemas vamos a tener continuamente en la vida y en nuestro encuentro con los demás, sino que es algo que ha de llenar nuestro espíritu para no perderla aunque muchas sean las negruras que nos rodeen. Es esa serenidad del espíritu que hemos de mantener por muchas que sean las violencias que suframos. Es esa madurez del alma para saber encontrar esa armonía interior que no nos haga zozobrar en los conflictos.
Y conflictos tendremos, porque no todos entenderán el mensaje del evangelio y como nosotros queremos encarnarlo en nuestra vida. Esa opción de vida que hacemos cuando queremos en verdad seguir a Jesús que no será comprendida muchas veces incluso por aquellos que puedan ser más cercanos a nosotros. Por eso nos habla de conflictos que surgirán incluso en el seno de la propia familia. No quiere Jesús que haya rupturas en la vida con aquellos que mas cerca están de nosotros y con los que compartimos más directamente nuestra existencia, pero si nos quiere hacer constatar esa incomprensión que vamos a encontrar en los demás.
El camino de seguimiento de Jesús es un camino exigente; como nos dice hoy hemos de saber llevar la cruz, esa cruz que pesa dentro de nosotros cuando tenemos que luchar en nuestro propio interior por mantener una integridad en nuestra vida; esa lucha interior en la que tenemos que aprender a decir no a cuanto nos aparte de ese camino que queremos seguir cuando estamos con Jesús; ese ser capaz de ofrecer la vida, lo que somos, lo que vivimos, la vida misma porque queremos el bien, porque queremos lo bueno para los demás, porque queremos un mundo mejor y de mayor felicidad, y nos puede parecer que perdemos la vida, pero estamos ganando una plenitud de vida que nadie luego nos podrá arrebatar.
Pero Jesús nos está enseñando el verdadero valor de cuanto hacemos, incluso aquello que nos pueda parecer más insignificante. Hasta un vaso de agua que demos no quedará sin recompensa nos dice. Valoremos lo pequeño cuando sabemos vivir la vida con amor. Valoremos esos pequeños gestos, que como insignificantes granos de arena, vamos poniendo en nuestra relación con los demás. Una gota de agua nos puede parecer insignificante en la inmensidad de un océano, pero ese océano está compuesto de muchas gotas de agua que por si solo pueden ser insignificantes pero son las que hace el océano.

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