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sábado, 18 de mayo de 2019

Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana


Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana

Hechos 13, 44-52; Sal 97;  Juan 14, 7-14

No nos contentamos con saber las cosas de oídas, o tener un conocimiento elemental o superficial de aquello que nos dicen. Es por un lado la curiosidad innata que hay en toda persona, sobre todo cuando se conserva un espíritu joven, en que todo lo queremos saber, pero es además desde el razonamiento que toda persona realiza y desde su propia madurez, no nos contentamos con algo superficial sino que queremos profundizar más y más el conocimiento que vayamos adquiriendo. No nos quedamos en una intuición sino que queremos un conocimiento mas profundo. Es la madurez con que queremos vivir todas las cosas y todo conocimiento.
Esto que decimos en referencia a cualquier conocimiento humano y también a las relaciones que tenemos las personas unas con otras en que no queremos quedarnos en la superficialidad, lo llevamos también a aspectos mas fundamentales de nuestra existencia, desde la razón y el sentido de nuestro vivir, desde la apertura trascendente que hacemos de nuestra vida, y en el ámbito espiritual a todo aquello que nos lleve a un mayor conocimiento de Dios.
Y es que cuando hablamos del misterio de Dios en él queremos ahondar no quedándonos en una mera intuición que desde ese sentido espiritual de nuestra existencia podamos tener, sino que queremos conocer más y más a Dios. Pero ¿cómo adentrarnos en ese misterio? ¿Cómo llegar a ese conocimiento más auténtico y genuino de Dios? Por nosotros mismos nos parece imposible, sino fuera la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Dónde encontrar el centro de esa revelación de Dios? Tenemos que decir que en Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús que se nos hace cercanía de Dios, y conoceremos a Dios. Sigamos las huellas de Jesús y estaremos caminando al encuentro más profundo que tengamos de Dios.
‘Muéstranos al Padre y nos basta’, le pedían los discípulos a Jesús. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, responde Jesús. Decimos de Jesús – El mismo se ha definido así – que es la Verdad; es la Sabiduría de Dios. Decimos de Jesús que es la Luz y El nos dice que quien le sigue no camina en tinieblas, y se nos convierte así en la revelación de Dios. Contemplamos a Jesús en su amor eterno por nosotros, que se manifiesta en sus signos pero también en su cercanía, que se manifiesta en la acogida que hace de todos incluso de los pecadores, que se hace misericordia para todos y estaremos descubriendo el amor eterno de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo único hasta la muerte por nosotros. Los rasgos de Jesús, las actitudes de Jesús, las reacciones de Jesús… son los de Dios. Dios es como Jesús. Jesús, que es el Hijo de Dios, es el rostro auténtico de Dios.
Antes decíamos que en la vida no  nos queremos quedar en superficialidades sino que todo conocimiento queremos crecer más y más. Sin embargo hemos de reconocer que eso no lo hacemos siempre en lo que atañe a Dios, a nuestra relación con El, al conocimiento que de El tengamos y a todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. Tendríamos que tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, y para ello crecer en el conocimiento de Jesús que nos lleve a esa madurez de nuestra vida cristiana. Leamos más el evangelio y escuchémoslo en nuestro corazón. Creceremos así en el conocimiento de Jesús y en el conocimiento de Dios.

viernes, 17 de mayo de 2019

Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido


Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Hay ocasiones en que nos sentimos preocupados y nerviosos por situaciones que esperamos y a las que tenemos que enfrentarnos y esa intranquilidad nos hace perder la paz y la serenidad y nos hace estar sin estar porque andamos como ausentes en la incertidumbre en que vivimos. Serán acontecimientos anunciados que nos hacen interrogarnos sobre como vamos a enfrentarnos a ellos, o serán situaciones que vivimos en el momento que nos preocupan y nos agobian y que se nos hace duro quizá vivirlas, o serán cosas que nos sorprenden, sorpresas que nos da la vida y que en ese sobresalto nos quedamos como con los pies en el aire sin saber en qué apoyarnos o a donde nos llevarán esas situaciones.
Son momentos que se nos hacen difíciles, que nos crean desorientación, que nos pueden producir incluso angustia, pero que tenemos que afrontar con madurez, aunque la madurez la iremos adquiriendo en la medida en que vayamos sorteando todas esas situaciones y que con su solución nos dan madurez y ecuanimidad para vivir las cosas de otra manera.
A ponerme a pensar en situaciones o momentos que se nos describen en el evangelio de la reacción o las posturas de los discípulos de Jesús o de las que gentes que le siguen o que en otros momentos se enfrentan con Jesús, me gusta hacer como comparación con situaciones similares por las que podamos estar nosotros pasando y que con la luz del evangelio aprenderemos nosotros a afrontarlas con verdadera madurez cristiana desde nuestra fe y lo que nos enseña el propio evangelio.
Los discípulos de Jesús y en este caso los más cercanos, los apóstoles, están pasando por una situación similar en la última cena. Hay incertidumbres y dudas en sus corazones, presienten que algo va a suceder porque no terminan de entender las palabras y los gestos que Jesús va teniendo con ellos, aunque claramente ha hablado Jesús. Todo aquello suena a despedida y las despedidas son tristes y son amargas porque nos llenan de dolor el corazón e intuyen que lo que le va a pasar a Jesús va a ser algo doloroso. Están intranquilos y podemos decir que no las tienen todas consigo, que les falta paz en su corazón.
De ahí las palabras de Jesús. Que no pierdan la calma, que la paz no falte en sus corazones, que lleguen a entender, a comprender todo lo que les ha anunciado y que va a suceder. Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’Y les habla que las despedidas no son definitivas porque El volverá para llevarlos consigo porque quiere tenerlos para siempre a su lado. Y habla de las estancias del reino de los cielos, de cómo han de estar junto a Dios para siempre, porque El les prepara sitio. Pero como dicen, no saben a donde va, y no saben el camino. Siguen sin entender a pesar de todo lo que Jesús les ha dicho y enseñado. ‘Volveré y os llevaré conmigo’, les dice.
Y es cuando les dice algo hermoso, porque nos está abriendo los horizontes, nos está abriendo ante nosotros camino de plenitud. ‘A donde yo voy ya sabéis el camino’, les dice. A las preguntas de los discípulos sobre el camino y a donde han de ir ellos también, les responde y en cierto modo les recrimina. Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, le dice unos de los discípulos.  ‘Jesús le responde: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
No tenemos otra cosa que hacer. Vivir a Jesús, porque eso es seguir el camino, porque eso es vivir la plenitud de la verdad y de la vida. Así tenemos paz porque tenemos a Jesús para siempre en nuestro corazón. Nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz en tantas ocasiones ¿no será porque no hemos puesto toda nuestra fe y toda nuestra vida en Jesús?

jueves, 16 de mayo de 2019

Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia


Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia

Hechos 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Corresponden estas palabras de Jesús a la última cena, en el momento posterior al del lavatorio de los pies. Ellos están desconcertados, sorprendidos por el gesto mawestrde Jesús. Ya alguna había querido rechazarlo. ‘Tú a mi no me lavarás jamás los pies’, había dicho Pedro, aunque finalmente se había sometido a lo que Jesús quería hacer.
El es el Maestro y el Señor, como le llaman pero Jesús ahora les dice que ‘el criado no más que su amo y el enviado más que el que lo envía’. Pero es que Jesús quiere algo más. Algo que ha venido enseñándoles continuamente aunque en su cerrazón no habían querido o sabido comprender. Les hablaba de hacerse niños, de acoger un niño, de hacerse el último y el servidor de todos, que no podían ser como los poderosos de este mundo que se subían sobre pedestales y lo que buscaban era la pleitesía y el servilismo. Ahora les dice que ‘puesto que sabéis esto, dichosos si lo ponéis en práctica’.
Nos viene bien recordar estas palabras de Jesús que nos valen para muchas cosas en la vida. Nos explican o nos enseñan algo, y antes de terminar la explicación ya estamos diciendo ‘sí, yo lo sé’; sabemos muchas cosas que quizá tenemos metidas en la cabeza, pero no las hemos llevado al corazón, no las hemos llevado a la vida. ‘Sí, eso yo lo sé’, decimos tantas veces, pero luego en la hora de la verdad hacemos lo contrario. Nos dejamos llevar por rutinas o costumbres, nos dejamos influir por lo que todo el mundo hace, no queremos destacarnos haciendo lo contrario aunque sepamos que no lo debemos hacer y así en tantas cosas.
Igual que los discípulos tantas veces iban discutiendo por los primeros puestos, con añoranzas de grandezas, con ínfulas de superioridad, así vamos por la vida arrasando, manipulando, imponiéndonos. Nos falta el espíritu de servicio; nos falta el que aprendamos a colaborar con los demás; nos falta la humildad de hacer las cosas y de no aparecer; nos falta el abajarnos para caminar al lado mirando a la misma altura de los ojos de los demás.
Dichosos, nos dice Jesús, si hacemos lo que El hace, si aprendemos lo que El nos enseña, si somos sencillos no importándonos ser los últimos, si tenemos la humildad de reconocer que el otro también hace las cosas bien y muchas veces mejor que nosotros, si somos capaces de tender la mano a todo el que pasa a nuestro lado sin mirar antes el color de su piel o la apariencia que nos pueda mostrar, si somos capaces de detenernos en el camino para hablar e interesarnos por aquel con quien nadie habla o de quien nadie se interesa, si somos capaces de mirarle a los ojos al que está enfrente de nosotros dejando que él también nos mire y penetre hasta el fondo de nuestra alma.
Son actitudes y posturas que tendrían que brillar mucho más en nosotros los cristianos. Es la actitud y la postura que tendría que brillar más en nuestra iglesia. Es el testimonio que también tendrían que dar los pastores que van delante de nosotros para ayudarnos y guiarnos, pero que se saben mezclar con el rebaño no importando que se manchen sus ropajes demasiados suntuosos en muchas ocasiones. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud


Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud

Hechos 12, 24-13, 5; Sal 66; Juan 12, 44-50
‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’. Es un pensamiento y un mensaje repetido en el evangelio, sobre todo en el evangelio de san Juan. Las cosas muchas veces repetidas tenemos el peligro que al final nos acostumbremos y no lleguemos a sacarle todo el jugo que se merecen. Pero si se nos repiten es por la importancia del mensaje en el que tenemos que reflexionar y ahondar para hacerlo vida de nuestra vida.
Nuestra fe en Jesús nos abre a la verdadera luz de nuestra vida. Nuestra fe en Jesús no es solamente admitir su existencia que pudiera quedársenos lejos en la distancia de tiempo o de la inmensidad del misterio. Nuestra fe en Jesús ha de ser comprender todo el sentido de su vida y todo el sentido y valor que da a nuestra vida. No es algo que podamos mirar como a distancia, sino que hemos de reflejarlo en lo que es nuestra vida, nuestro actuar, nuestras actitudes, en esos valores que van a darle sentido y profundidad a nuestra vida.
Nos encontramos nosotros en ocasiones, y contemplamos como sucede a tantos a nuestro alrededor que se vive como en una desorientación, como quien no encuentra camino, quien no sabe cómo actuar. No es ya el hacer una cosa u otra, sino encontrar aquello que da sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. Es un caminar a oscuras y así nos sentiremos al final vacíos.
Hemos de saber encontrar lo que da profundidad a nuestra vida. Saber hacia donde caminamos, tener metas, poner ideales en nuestro corazón, darle una trascendencia a nuestro vivir, para que no se nos acabe todo un día cuando llegue la muerte. En el corazón del hombre hay siempre unas ansias de plenitud. Hemos de saber encontrar eso que de plenitud a nuestro corazón.
Quienes creemos en Jesús lo hacemos porque todo eso lo encontramos en El. Por eso decimos que es nuestra luz. El nos dice por otra parte que es la Verdad y quien encuentra esa verdad de Cristo encuentra la verdadera sabiduría de su vida. Por eso necesitamos ir una y otra vez al evangelio, escuchar una y otra vez su palabra, sentirlas como nuevas en nosotros cada vez que las escuchamos. El evangelio tiene que ser siempre novedad para nosotros.
Por eso hemos de aprender a saborearlo. Como una comida que nos gusta y que nos agrada, no simplemente nos la tragamos de forma glotona, sino que la saboreamos y así disfrutamos con aquello que comemos. Así hemos de hacer con el evangelio, saborearlo, paladearlo, rumiarlo, meditarlo gozándonos en la buena noticia que es siempre para nosotros.
Cuando nos dejamos conducir por el evangelio encontraremos los valores más hondos para nuestra vida. Cuando seguimos el evangelio no nos encontraremos en tinieblas sino que siempre nos llenaremos de luz. Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud.

martes, 14 de mayo de 2019

Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también


Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Amor y amistad, elección y alegría, revelación de Dios y cumplimiento de los mandamientos son ideas, pensamientos que se entremezclan en el texto del evangelio que acabamos de escuchar. Forma parte de aquel diálogo intenso de Jesús con sus discípulos en la despedida de la última cena. Como a borbotones van saliendo las cosas del corazón de Cristo y aunque parezca que se entremezclan las ideas y los pensamientos, es que Jesús va derramando cuanto desborda de su corazón lleno de amor por sus discípulos en aquellas horas en que era inminente la entrega para el comienzo de la pascua de Cristo.
Hay momento en la vida en los que llenos de emoción por los acontecimientos que vivimos y sobrepasados por la inmensidad de sentimientos que brotan de nuestro corazón parece que balbucimos las cosas pero es que estamos dejando que broten de nosotros como un torrente toda aquello que en nuestro amor queremos expresar. Nos puede surgir a nosotros ante la emoción de lo inesperado o también ante el nerviosismo de lo que se nos viene encima que sabemos que es grande y que nos embarca en acontecimientos o aventuras que sabemos que van a tener especial trascendencia para nosotros o para aquellos a los que amamos.
Insiste Jesús una y otra vez en que tenemos que amarnos y  nos manifiesta como el gran motivo el amor que nos tiene el Padre. Es que hay como una cadena de amor que no podemos, no debemos romper. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos lo dice una y otra vez, nos lo repite. Y quiere que vivamos en alegría, una alegría que no puede faltar en nuestra vida desde que sabemos que somos amados de Dios. Qué gozo el sentirse amado.
Que expresión nueva y bonita vamos a encontrar en aquel que sintiéndose quizá poca cosa en la vida y que piensa que nadie le tiene en cuenta, un día descubre o alguien le ayuda a que pueda descubrirlo que él es amado, que hay alguien importante que quiere contar con El, que le ama y que de alguna manera le elige para que emprenda una inmensa tarea. La alegría llenará su corazón y desbordará en mil señales que le hacen como sentirse un hombre nuevo.
Pues a nosotros nos dice que somos sus amigos, primero porque ha sido El quien nos ha elegido en su amor y luego porque también nos revela los grandes misterios de Dios allá en lo más profundo de nuestro corazón. Y nos pide entonces que correspondamos a esa amistad que nos regala, y no lo podemos hacer sino haciendo lo que es la voluntad de Dios. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos dice.
Y continúa diciéndonos: ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Y nos manifiesta cómo El nos ha elegido; y ser elegido es por así decirlo que El ha pensado en nosotros con su amor. No elegimos a quien no amamos, y amar es poner no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro corazón a aquel a quien amamos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
¿No tenemos motivos más que suficientes para vivir siempre con una alegría grande en nuestro corazón? Y la alegría no la podemos encerrar, la alegría se desborda, se trasmite, se contagia. ¡Qué triste cuando vemos cristianos que van por la vida siempre con el ceño fruncido! Quitemos de nuestros rostros esas señales de tristeza y amargura que parece que siempre fuéramos por la vida con dolor de estómago. Quitemos esas colgaduras oscuras de la tristeza porque siempre tendría que resplandecer la alegría de sentirnos amados de Dios. Y cuando así nos sentimos amados necesariamente tendremos que ponernos a amar con el mismo amor

lunes, 13 de mayo de 2019

Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente


Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Ayer en el comentario que hacia el sacerdote al evangelio del día contaba la experiencia que tuvo de niño que ahora transcribo aunque sea con mis palabras por la relación que tiene también con el texto que hoy nos ofrece el evangelio.
Vivía en el mundo rural y en su entorno había un pastor con sus rebaños de ovejas, contaba que de pequeño cuando los niños salían de la escuela les gustar ir a dar con el pastor y su rebaño; ellos le insistían que les enseñara cómo él llamaba a las ovejas que obedientes acudían a su voz; ellos querían aprender a hacerlo también y aunque trataban de imitar al pastor con sus silbos y llamadas, las ovejas sin embargo no se inmutaban y seguían olisqueando la hierba. Le preguntaban por qué no les hacían caso si ellos hacían lo mismo, y el pastor se sonreía para sus adentros; luego con un solo silbo las ovejas levantaban cabeza y acudían presurosas hasta donde estaba el pastor. ¿Qué sucedía? Las ovejas solo reconocían la voz de su pastor, y a nadie que quisiera imitar o remedar su llamada hacían caso.
Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños’.
Atienden a su voz y lo siguen… las llama por su nombre… al extraño no lo seguirán, sino que huirán de él… no reconocen la voz de los extraños.  ¿Seremos en verdad así nosotros en nuestra relación con Jesús? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, por cuanto cuantas veces nos hacemos sordos a su voz y a su llamada, cuántas veces nos dejamos encantar por la voz de los extraños.
Esos cantos de sirena, esa voz de los extraños que pueden ser tantas influencias que recibimos del mundo que nos rodea – cuántos tratan de influir en nosotros haciéndonos dudar, enseñándonos otras cantinelas de otros sentidos y otros valores – pero que esa voz extraña la sentimos desde dentro de nosotros cuando nos dejamos llevar de nuestros caprichos y autosuficiencias, de nuestro orgullo que no nos deja bajar la cabeza o abrir el corazón a lo que verdaderamente es importante, de nuestras superficiales o de nuestra huida del compromiso.
Jesús es el pastor y Jesús es la puerta. A El escuchamos y seguimos. Por El entramos porque el que le ve a El ve al Padre, como nos dirá en otra ocasión. En El vivimos, porque viene para que tengamos vida y vida en abundancia. Nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama. Conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente.
‘Quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. No nos dejemos confundir. Escuchamos la llamada del Señor y tendremos vida en abundancia.

domingo, 12 de mayo de 2019

Es necesario hacer un silencio contemplativo en medio de tantos ruidos para escuchar de verdad y sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite



Es necesario hacer un silencio contemplativo en medio de tantos ruidos para escuchar de verdad y sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99;  Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’. Escuchar, conocer, seguir, vida eterna. Todo un proceso necesario. Son importantes cada uno de los pasos.
Es importante escuchar. No siempre es fácil. En medio de los ruidos no escuchamos, es una confusión de sonidos, de palabras, de ruidos que nos impiden escuchar de verdad y lo que es importante. No solo es tener silencio sino hacer silencio porque escuchar en cierto modo es como entrar en contemplación; es como entrar en una sintonía donde para captar la verdadera necesitamos prescindir, dejar de lado otras que nos confunden. La escucha ya en cierto modo es como un diálogo, entrar en comunicación porque nosotros hemos de querer escuchar, es poner nuestro corazón en sintonía. Y como decíamos no es fácil.
Hacemos muchas veces diálogo de sordos porque hablamos y no escuchamos porque ya vamos con nuestras ideas preconcebidas y si no escuchamos no hay verdadera comunicación. No son muchas veces los ruidos externos sino los ruidos que nos hemos creado dentro de nosotros con nuestros prejuicios o nuestras ideas preconcebidas, con nuestro yo y nuestro orgullos o con las vanidades de las que nos hemos rodeado que nos crearan a la larga un mundo irreal.
Aunque decimos que vivimos en la era de la comunicación, sin embargo vivimos en muchas soledades incomunicados muchas veces con los que están más cerca de nosotros. Los medios de los que disponemos hoy para comunicarnos nos pueden llevar a mundos irreales, porque no son los que auténticamente tendríamos que vivir. Soñamos con el que está lejos, pero no escuchamos al que está a nuestro lado y fácilmente nos llenamos de fantasías. No es necesario recordar la foto de aquellos que están sentados en un mismo lugar o alrededor de una misma mesa, pero cada uno tiene su smartphone en su mano atendiendo a las voces o llamadas que vienen de lejos, pero que no prestan atención ni tienen una palabra para quien entra o sale a su lado.
Comenzábamos nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz’. Es aquí donde tenemos que comenzar a preguntarnos si realmente escuchamos la voz del Señor o cuáles son realmente las cosas que nos gusta escuchar y a las que prestamos verdadera atención. Y aunque decimos que escuchamos o que nosotros creemos en Jesús como el que más, realmente nos resulta cansino porque ya nos lo sabemos o no prestamos verdadera atención a la escucha del Evangelio.
Os pido que con sinceridad nos preguntemos al terminar la proclamación de la Palabra de Dios en una celebración qué cosas son las que recordamos de aquello que en ese mismo momento acabamos de oír; o analicemos por donde ha andado nuestra imaginación y nuestro pensamiento mientras se hacían las lecturas. Y no digamos qué es lo que recordamos cuando al finalizar la celebración salimos del templo y volvemos a nuestros quehaceres. ¿Podríamos contarles a nuestros familiares o a nuestros amigos de qué iba el evangelio aquel domingo? Y, repito, no es ya que nos dé vergüenza hablar de ello, sino que realmente muchas veces no lo recordamos.
Y eso nos pasa a todos. Creo que es necesario que nos tomemos en serio ese prestar atención a lo que el Señor quiere decirnos y de forma concreta cada vez que acudimos a escuchar su Palabra. Es necesario como decíamos antes hacer ese silencio contemplativo para escuchar de verdad, para sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite.
No nos dejemos contagiar por ese mundo en el que vivimos donde nos creamos tantas sorderas, donde a pesar de ser la era de la comunicación con tantos avances en este sentido sin embargo vivimos tan incomunicados y nos llenamos de tantas soledades. Porque es necesario abrirnos a los demás, escuchar a los que están a nuestro lado, escuchar el gemido de nuestro mundo que se manifiesta a través de los problemas de nuestra sociedad, pero sobre todo a través del sufrimiento de tantos.
La voz del Señor nos llega a través de ellos, de esos acontecimientos, de esos sufrimientos de nuestros hermanos. Y es que a ellos tenemos que dar respuesta, hacerles saber que Dios nos escucha y nos ofrece una palabra de vida, una palabra de esperanza, una palabra de salvación. Y el testimonio de nuestra vida ha de ser esa respuesta.
Queremos conocer al Señor y seguirle. Queremos en verdad llenarnos de su vida, pero tenemos que saber escucharle. Que no falte en nuestra vida esa sintonía de Dios. Además vamos a escuchar claramente la misión que quiere confiarnos, porque no podemos estar cruzados de brazos ni en la Iglesia ni en medio de nuestro mundo.