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martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


martes, 9 de diciembre de 2025

Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

 


Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

Isaías 40, 1-11; Salmo 95; Mateo 18, 12-14

En este mundo de hoy en que vivimos en que tantos medios de comunicarnos tenemos a nuestras manos, donde se multiplican las redes sociales que podríamos decir que lo que buscan es precisamente esa comunión y esa relación entre unos y otros que aunque lejos físicamente sin embargo siempre encontraremos alguien con quien comunicarnos, me atrevo a decir que es un mundo donde reina mucho la soledad; quizás algunas veces esas redes sociales nos sirvan de refugio para encontrar a alguien con quien hablar o desahogarnos cuando quizás no somos capaces de comunicarnos seriamente con el que tenemos al lado; pero al final esas relaciones en la lejanía pasan y se difuminan y nos seguimos quedando en la misma soledad. Es en cierto modo el grito desesperado de quien se siente solo y nada le llena.

Pero también en nuestra cercanía nos encontramos esas soledades porque tenemos la tendencia muchas veces de encerrarnos en nuestras cosas, en nuestro trabajo pero tras el cual no quedan relaciones de verdadera amistad con los compañeros de trabajo, estamos demasiado detrás de las puertas cerradas escogiendo demasiado a quien abrir la puerta y al final nos seguimos sintiendo en la misma soledad. ¿Cómo rompemos esa espiral que lo mismo que por un lado se abre a la lejanía en el punto más cercano lo que hace es encerrarse más?

Cuántos vemos pasar a nuestro lado desconsolados porque les falta esa palabra de consuelo; siguen habiendo muchas lágrimas de soledad que nadie ve, pero que tampoco buscamos donde limpiarlas para encontrar ese consuelo. ¿Seríamos capaces de ser ese paño de consuelo, escuchando, deteniéndonos junto a la persona que quizás vemos anhelante a nuestro lado aunque no sabe cómo expresarse, mirando más de frente a las personas con las que nos encontramos para saber leer en sus ojos lo que quizás llevan por dentro y les produce desazón o les hace sufrir?

Hoy en la Palabra que se nos proclama en este camino de Adviento se nos habla de ofrecimiento de consuelo que el Señor tiene para nosotros. porque nos habla de redención y de redención gratuita, porque así de generoso es el amor del Señor, se nos habla de caminos nuevos que se pueden abrir en los desiertos de la vida, se nos habla de que aunque los jardines y los prados se desequen y pierdan su verdor la Palabra del Señor permanece fiel para nosotros. Y nos habla del Pastor que nos busca y nos pastorea, que nos sana y nos ofrece los mejores pastos, que nos busca si andamos perdidos y que cura las angustias de nuestras soledades.

Y esto lo estamos escuchando en el Adviento, este camino con el que pretendemos prepararnos para la Navidad que tiene que ser una hermosa realidad hoy en nuestra vida y nuestro mundo. Pero hacer una hermosa navidad no es poner signos externos de luces y de fiesta, es poner más luz en los corazones de los hombres para que encuentren lo que les va a dar verdadera alegría. Son las señales que tenemos que dar. Es como mostraremos esa verdadera Navidad porque Dios vaya naciendo en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.

No es tarea fácil, pero tiene que ser nuestro compromiso. Hablábamos antes de las soledades del hombre de hoy y muchas más cosas podríamos decir. ¿Podremos ofrecer sinceramente esta palabra de consuelo que nos ofrece el profeta hoy? ¿Qué soledad vamos a compartir, qué lágrimas vamos a enjugar, que palabras de consuelo y de ánimo vamos a ofrecer a esos cercanos a nosotros pero que muchas veces tenemos tan lejos? ¿No conoces a nadie a tu lado que sufre esa soledad?

Es para tomarse en serio esta Palabra de Dios hoy para nuestra vida.


sábado, 3 de febrero de 2024

No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

 


No podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida sin embargo desentendernos porque ahora es mi tiempo para mí

1 Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34

Un día la preguntaba a un amigo a qué dedicaba su tiempo. Me habló enseguida de su trabajo, que tenía la suerte de estar empleado, que tenía sus horas y en consecuencia recibía su remuneración. Hasta aquí, bien. Pero seguí insistiendo en la pregunta, pero ¿a qué más cosas te dedicas? Y me respondía que cuando terminaba su trabajo venía para su casa, también pasaba ratos con los amigos, pero que tenía su tiempo para el relax y el descanso. Yo seguía insistiendo, quizás de pesado, si acaso en su tiempo libre no había pensado que podía hacer algo más, implicarse en alguna cosa, prepararse para algo más en la vida; pero él se daba por satisfecho con lo que tenía y con lo que hacía, que tampoco tenía grandes o nuevas aspiraciones, y que ya estaba bien con sus horas de trabajo, que su tiempo lo quería para él.

Y yo pensaba, con todo lo que hay que hacer en la vida; cuántas cosas a nuestro alrededor, aunque nadie nos lo pida, podríamos hacer y que podríamos hacer que nuestra sociedad sea mejor; en cuántas cosas podríamos participar, en cuántas cosas pondríamos la ilusión de algo mejor, de algo nuevo no solo para nosotros sino también para los que nos rodean. Pero ya nos sentimos cansados y agobiados con nuestro trabajo ordinario y pensamos que nada más necesitamos hacer. ¿Es que no sentimos inquietud porque nuestra sociedad sea mejor? ¡Qué miedo tenemos a implicamos! Porque implicarse seguramente significaría complicarse.

Comienzo con este pensamiento mi reflexión de hoy sobre el evangelio. ¿Qué es lo que vemos hacer a Jesús?

Hoy nos habla el evangelio de la vuelta de los discípulos que Jesús había enviado a predicar con su misma misión. Le cuentan cómo les ha ido, y entonces Jesús toma la iniciativa de querer llevarlos a un lugar apartado para descansar; para descansar que significaría seguramente compartir todas aquellas experiencias que habían vivido y en ese compartir se reflexiona y se aprende desde lo mismo que hemos hecho. Y es que si seguían donde estaban no podrían tener esos tiempos de relax, vamos a llamarlos así. ‘Eran muchos los que iban y venían, nos comenta el evangelista, que no tenían tiempo ni para comer’. Como diría alguno, ojo al dato.

Pero cuando llegan a aquel lugar que Jesús se había escogido se encuentran con una multitud esperándolos. Habían adivinado, podríamos decir, a donde se iba Jesús con aquellos discípulos más cercanos, y por sus medios, buscándose sus propios caminos lograron adelantarse a la llegada de Jesús.

Habían hecho su trabajo, podríamos pensar, y si allí se habían dirigido era para descansar. ¿Qué hacer? ¿Despedir a aquella gente porque ahora no era el momento? Es que hoy no toca, nos decimos muchas veces; es que están fuera de horario, nos dicen en alguna ocasión; es que ahora tenemos que dedicarnos a otras cosas, vuelva usted mañana, es algo que con frecuencia escuchamos, o acaso nosotros decimos también.

Y nos dice el evangelista que ‘al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas’.

No había tiempo ni para comer, ahora venían buscando el descanso, pero ‘Jesus se puso a enseñarles’. ¿Cómo podría Jesús desentenderse  de aquellos a los que contemplaba ‘como ovejas que no tienen pastor’? ¿Podemos mirar alrededor y viendo cuanto hay que hacer en la vida y sin embargo desentendernos porque ahora es nuestro tiempo? ¿Cuál es el verdadero trabajo al que estamos llamados?

No podemos seguir con las manos vacías; no las llenamos solo porque cumplamos con unas obligaciones, cosa que tenemos que hacer también. Pero hay unos valores que tenemos que desarrollar, hay algo bueno que podemos compartir, hay algo enfermo que podemos sanar, hay una alegría más que podemos poner en nuestro mundo, hay una ternura que repartir. No nos crucemos de brazos contemplando la hermosa tarea que podemos desarrollar.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, se preocupa de la humanidad, me hace sentir el amor de Dios, el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad

 


Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, se preocupa de la humanidad, me hace sentir el amor de Dios, el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Es una imagen en cierto modo perdida para la gente de hoy porque ya casi ni en imaginación somos capaces de ver un rebaño con sus pastores que cruce nuestros caminos, atraviese nuestros campos o recorra nuestras montañas. Tengo mis años y recuerdo en mis años jóvenes encontrarme en algunos de los pueblos y parroquias por donde estuve esos rebaños que incluso en ocasiones se me atravesaban en los caminos o carreteras en su trashumancia desde las zonas de costa hasta las montañas según la época del año.

Sería ahí donde comprenderíamos la tarea del pastor y su preocupación porque no se pierdan en esas laderas y barrancos algunos de sus animales, el llevarlos allí donde mejores pastos se puedan encontrar, el cuidar y atender a las heridas o a las madres con sus corderitos, el reunirlos en el redil al caer la tarde para evitar los peligros de la noche.

Es la imagen preciosa que se nos propone hoy, primero desde el anuncio del profeta, pero que vemos reflejada en la actitud, en los gestos y en las palabras de Jesús. Pero es la imagen que tenemos que contrastar con nuestros caminos, los caminos de la Iglesia, pero también los caminos de nuestra humanidad también herida y rota pero siempre anhelante en búsqueda de un mundo mejor. ¿Quién nos conducirá por esos nuevos caminos? ¿Quién nos abrirá la mente y los corazones para que descubramos esa luz que nos ilumine o esos pastos de vida que nos alimente para poder alcanzar ese algo nuevo que todos anhelamos?

Cuando hemos estado hablando de esa imagen del rebaño hemos hecho mención a la figura del pastor que conduce a ese rebaño. Necesita nuestra humanidad unos nuevos líderes que nos sepan conducir por caminos de vida y no de muerte. Solos y haciendo nuestro propio camino de una forma individual seguramente difícil nos será alcanzar eso que anhelamos. Surge la inquietud en la humanidad por esos derroteros por donde estamos llevando la vida y muchas veces nos encontramos como desorientados entre tantas cosas distintas que escuchamos, o entre esos diversos caminos que se quieren abrir ante nosotros.

Ahí está, es cierto, nuestra tarea. Ahí está, y grande es la responsabilidad, que tenemos los cristianos, los que creemos en Jesús en poder ofrecer a ese mundo que nos rodea esos nuevos caminos que nos lleven a plenitud y felicidad para todos. No podemos desentendernos. No podemos encerrarnos en el reducto del resto de los que quedamos que podemos tener el peligro de refugiarnos detrás de algunas cosas que pueden ser también buenas, pero no somos capaces de salir a ese mundo llevando nuestra luz, llevando el mensaje del evangelio que sea en verdad luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil y nos llenamos de miedos. Pero es una palabra que no podemos callar para que vayamos desterrando tantas sombras y tantos signos de muerte en los que se ha ido envolviendo nuestro mundo, y para que abramos ese camino nuevo de hacer una nueva y mejor humanidad.

Cuando en este último domingo del ciclo litúrgico estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey del Universo ese tiene que ser nuestro compromiso. No vamos a transformar nuestro mundo porque impongamos unas nuevas leyes, que algunos llaman de progreso, pero que de verdad no crean esa nueva humanidad. Nosotros tenemos unos valores que parten del evangelio de Jesús que serán los que verdaderamente realizaran esa transformación del mundo. Es lo que tenemos que contagiar, es de lo que tenemos que impregnar a la humanidad. Es también la manera de decir y de proclamar que Cristo es el verdadero sentido de la vida, el verdadero señor de nuestra historia, en quien podremos alcanzar la mayor plenitud.

Ahí lo tenemos bien reflejado en el texto del Evangelio que en este domingo se nos propone. Dejémonos envolver por el amor y contagiemos de amor. Con ese amor con el que nos acercamos a los demás haciéndonos uno con los que sufren o con los que tienen hambre. Con ese amor que nos hará tener una mirada nueva y limpia y que quitará toda malicia de nuestro corazón para mirar al otro siempre como un hermano al que tenemos que amar. Con ese amor que nos hará buscar siempre el bien, para que todos nos sintamos hermanos que nos entendemos y vivimos en concordia, con quienes compartimos lo mejor que tenemos de nosotros mismos, y nos hará que siempre tengamos un compasivo y misericordioso. Con ese amor que nos llena de esperanza pero también pone paciencia en nuestras actitudes ante las incomprensiones o los desprecios que de los otros podamos sufrir, porque siempre estará el perdón presente en nuestros labios y en nuestro corazón.

Y todo eso lo hacemos, no por nosotros mismos, con nuestras fuerzas o con nuestras habilidades. Tenemos una razón poderosa y es que siempre veremos en el otro el rostro de Jesús, y sabemos que amando al otro estaremos amando a quien por nosotros se dio para que tuviéramos nueva vida. 

Pero sabemos que no somos nosotros los que vamos a transformar el mundo, es la tarea del Espíritu de Jesús que en nosotros está y con quien contamos. Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, que se preocupa de la humanidad, el que me hace sentir el amor de Dios en mi vida. 

El es el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad. Es lo que hoy celebramos.


domingo, 18 de junio de 2023

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

 


‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

Éxodo 19, 2-6ª; Sal 99; Romanos 5, 6 11; Mateo 9, 36-10, 8

Tengo un amigo que siempre me dice que no le gustan las aglomeraciones, donde hay mucha gente, los apretujones, el no poderse mover a su aire, no se explica bien el porqué huye de esas aglomeraciones, pero en cierto modo se entiende, en medio de una masa uno se siente un desconocido, aunque rodeado de mucha gente se siente aislado, no te sientes conocido, de alguna manera ignorado porque solo eres uno más en medio de esa masa.

Algunas veces cuando voy en un medio de transporte, en medio de toda aquella gente que allí vamos como muy unidos, porque el espacio es reducido, sin embargo eres un desconocido; qué sabes de esas personas que van a tu lado, que están contigo en una cola, por ejemplo, y qué saben de ti; de alguna manera nos ignoramos los unos a los otros, porque cada uno va a lo suyo; hoy vamos enfrascados en nuestros móviles cada uno pendiente de la conversación que mantiene con alguien que está al otro lado del mundo, pero no se ha fijado en quien tiene a su lado. Cuando ves a alguien que se sonríe, o intenta tener un detalle contigo para cederte el paso o darte un lugar para sentarte, parece que ves la luz, algo nuevo comienza a brillar.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús se encontró con una muchedumbre que le esperaba y sintió lástima de ellos, ‘porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y les dice a los discípulos que la mies es mucha, pero que los obreros son pocos, que rueguen al Señor de la mies para que envíe trabajadores para su mies.

Pero aquí viene el detalle de Jesús, llamó a doce, a cada uno por su nombre, ‘y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y les dio instrucciones y los envió a anunciar el Reino, pero los envió a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios. Son doce a los que envía, y los envía para que vayan teniendo un contacto directo con aquellos que están llenos de sufrimientos; se acercarán a la persona que está enferma para curarla, limpiarán a aquel en concreto que está leproso, liberarán en concreto del mal a quien está poseído por el maligno. Han de ir al encuentro con la persona, allí donde hay dolor y sufrimiento.

Nos rodea, sí, una muchedumbre desconcertada, desorientada. Miramos nuestro mundo y vemos la inmensidad de trabajo que nos espera si en verdad queremos coger el guante que nos lanza Jesús para que vayamos a realizar su obra. Miro en mi entorno y de me doy cuenta de cuanta indiferencia en tantas aspectos de la vida nos envuelve. Nos hemos convertido en seres anónimos, sin nombre.

¿No nos sucede que algunas veces no sabemos el nombre de quien vive en nuestro mismo edificio, o quien vive cuatro casas más allá en nuestra misma calle? Vamos a lo nuestro, nuestros problemas, nuestras luchas, nuestras cosas, a lo más ese círculo de personas, que no siempre amigos, que están cerca de nosotros quizá por razón de trabajo, pero que cada uno se las apañe como pueda. Como mencionábamos antes por las redes sociales estamos más atentos a quien vive en otro continente, que de la persona que va con nosotros en el mismo transporte publico.

¿Tendremos que curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos? Empecemos por dejarnos curar nosotros mismos, queriendo escuchar esa llamada que por nuestro nombre nos está haciendo el Señor. Despojémonos de esos lienzos de individualismo que tantas veces nos envuelven para poder caminar liberados de ataduras y prejuicios al encuentro de esa persona que tenemos ahí muy cerca, pero que tantas veces pasamos a su lado ignorándolo. Esos son los milagros que nos pide el Señor.

Vayamos con ese bálsamo de la escucha, con esa luz de una sonrisa, con esa mirada a los ojos para que el otro vea que tú le interesas. Cuantas señales podemos dar de esa cercanía del Reino de Dios con nuestra cercanía, con nuestro cederle el paso o darle un asiento en el transporte, con tantos gestos de humanidad que tenemos que comenzar a dar si no queremos que cada vez se haga más inhumano nuestro mundo. No es cuestión de gritar derechos, que eso es muy fácil hacerlo enardecidos por una manifestación, sino sepamos darle esos derechos a la persona cuando nos interesamos por ella, cuando estamos a su lado, cuando ponemos el aire fresco de una sonrisa a nuestro paso por la calle en medio de tantos que caminan indiferentes.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, termina diciéndonos hoy Jesús. Regalemos amor. Que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo.

martes, 5 de julio de 2022

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 


Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38

Los signos del Reino de Dios se van prodigando en la medida en que avanzamos por las páginas del evangelio. Aquellas señales anunciadas por los profetas y que Jesús mismo nos recuerda cuando proclama la profecía de Isaías en la Sinagoga de Nazaret se van cumpliendo. Escuchamos el relato de la resurrección de la hija de Jairo, como la curación de la hemorroísa que se había acercado con fe a Jesús queriendo tocarle al menos la orla de su manto; se van sucediendo relatos de curaciones de ciegos a los que se les devuelve la vista o como es el caso que escuchamos hoy en el evangelio será un hombre atenazado por el espíritu del maligno y que no podía hablar el que ahora es curado por Jesús para que pueda manifestarse y expresarse con entera libertad.

Son los signos que nos liberan, y no solo de enfermedades o limitaciones físicas, sino de ese mal que más hondo mora en nosotros y del que Jesús quiere liberarnos. Son muchos los que acercan hasta Jesús para ver la liberación y la salvación en sus vidas. Es el signo y señal de que algo nuevo está comenzando, que una nueva primavera de vida va brotando con el paso y la presencia de Jesús. Será clara la liberación que Jesús quiere hacer en nosotros y van brotando semillas nuevas de ese Reino de Dios que abre horizontes, en encamina para un mundo nuevo.

La gente decía admirada que nunca había visto cosas igual, aunque por otra parte haya algunos que quieren negar lo evidente y lo que quieren es socavar los cimientos de la confianza que la gente sencilla y humilde ha puesto en Jesús. Siempre estarán al acecho los fariseos y maestros de la ley para hacernos su interpretación, que lo que Jesús hace no es con el dedo de Dios, con el poder de Dios, sino con el poder del príncipe de los demonios. Como Jesús les hará ver en alguna ocasión, todo reino dividido se destruye a sí mismo, luego son incomprensibles y sin sentido las palabras de los que quiere enturbiar la acción de Jesús que va así realizando el Reino de Dios.

Hoy le contemplamos recorriendo las ciudades y las aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando esos signos que nos manifiesta que ya el Reino de Dios está entre nosotros. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Pero realizaba los signos, curaba de toda clase de enfermedad, iba transformando el corazón de los hombres y mujeres que le rodeaban y le escuchaban, porque algo nuevo, una vida nueva iba brotando en ellos.

¿Cómo estamos haciendo presente el Reino de Dios hoy en este mundo concreto que nos ha tocado vivir? ¿Estaremos haciendo resplandecer de verdad esos signos del Reino de Dios que se han de ir manifestando en nuestra vida? Tenemos que ser un signo bien palpable en medio de nuestro mundo, donde también muchos se sienten extenuados, desorientados, abandonados. Es nuestra tarea.

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo, como Jesús caminaba en medio de aquellos pueblos de Galilea y toda Palestina, realizando de la misma manera esos signos del Reino de Dios para que el mundo alcance esa luz, para que tantos se dejen iluminar y renovar por esa luz y encuentren de nuevo el sabor del evangelio. Por eso nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. No lo podemos olvidar. Un amplio campo que se abre ante nosotros y por el que también debemos orar, como nos está pidiendo hoy Jesús. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Estemos atentos a esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio. También tenemos que orar, por la abundancia de trabajadores, pero también por la realidad de ese mundo en medio del cual estamos. Será nuestra oración lo que lo vivificará porque hará que se derrame el Espíritu del Señor sobre él.

miércoles, 29 de junio de 2022

Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor


Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Hay momentos que resultan transcendentales en la vida de una persona, encuentros con alguien que nos cautiva y no pensamos ya en lo físico sino porque encontramos en esa persona algo que nos llama la atención, algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera, algo que nos hace dar un viraje a nuestra existencia. Una palabra, una mirada, un gesto que nos llama la atención, una cercanía que no encontramos en otro lugar, nos hace persistir en aquella amistad, en aquella nueva sintonía que ha surgido en lo más hondo, aunque también haya momentos en los que dudamos o hasta nos echamos para detrás. Pero siempre vamos a encontrar aquella mirada que nos invita a seguir caminando, a levantarnos porque con esa persona junto a nosotros sabemos que todo puede ser distinto, todo va a ser distinto.

Aquel pescador del lago de Tiberíades hubiera pasado el resto de su vida en el anonimato y quizá no hubiera destacado en nada especial. Es cierto que era trabajador y muy impulsivo, pero su corazón latía con fuerza en su propia dirección en sus intereses hasta que encontró una nueva sintonía, en una mirada, en una llamada, en un encuentro en el que sintió desde el primer momento que confiaban en él.

La palabra de su hermano Andrés, a pesar de sus reticencias, le había hecho ir al encuentro con Jesús, pero desde el primer momento sintió que había algo especial, porque sin conocerle ya le anunciaba que algo grande podría suceder en su vida. Y aunque manteniendo su trabajo con las redes en aquel lago había ido acercándose a Jesús. Con El se sentía invitado a algo nuevo, le anunciaba que otra sería su pesca cuando pasaba Jesús junto a ellos en las playas de aquel lago.

Y tras aquel momento en que él también había confiado en la palabra de Jesús, pues en su nombre había echado las redes cuando sabía que no había pescado, se había encontrado que en verdad algo nuevo había en Jesús pues la pesca había sido muy abundante. Entonces se sintió pequeño y pecador y casi quería irse lejos porque descubría que el misterio de Dios se manifestaba en Jesús. Pero Jesús le había dicho que en adelante sería pescador de otros mares, con otras redes, porque seria pescador de hombres.

Ya para entonces sus caminos serían los caminos de Jesús. Con Jesús recorrería las aldeas y poblaciones de Galilea y con Jesús subiría a Jerusalén. Su casa, por no decir su corazón, había comenzado a ser la casa de Jesús, pues en Cafarnaún se había establecido. Se sentía especialmente guiado por Jesús, porque a El y a otros que había llamado para conformar el grupo de los Doce les enseñaba las cosas del Reino de manera especial.

En aquellos caminos por los alrededores de Galilea, fuera casi de sus fronteras, allá en las fuentes del Jordán, había llegado un momento importante. Jesús hacía una encuesta, qué piensa la gente, qué pensáis vosotros del Hijo del hombre. Tras las generalidades que recogían las expresiones que les escuchaban a la gente, será Simón Pedro el que se adelante para dar la respuesta. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Y ahora había sido la confirmación de la promesa que se vislumbrara en aquel primer encuentro, porque Jesús le dirá, ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.

Ya Pedro no veía sino por los ojos de Jesús, aunque hubiera momentos en que no entendiera del todo las palabras y los anuncios de Jesús. Había hablado Jesús de una nueva Pascua, porque había hablado de entrega y de muerte por amor, pero eso Pedro no lo podía entender, ni él quería tampoco permitirlo. ‘Eso no puede pasarte a ti’, aunque Jesús lo aparte a un lado como si fuera una tentación.

Pero seguía con Jesús, seguía empapándose de Jesús. En otro momento de crisis cuando incluso la gente abandona porque no entienden las palabras de Jesús, allá en la sinagoga de Cafarnaún cuando lo del pan de Vida, lo del pan bajado del cielo y lo de comer su carne, será Pedro el que responderá que a donde van a ir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna. Lo había encontrado todo en Jesús aunque en su audacia por estar cerca de Jesús, incluso después del prendimiento, dudará y se acobardará ante las palabras y preguntas de unos sirvientes porque ahora sí teme que a él le pueda pasar lo mismo.

Pero la mirada al paso de Jesús le había hecho comprender el error de aquel momento de debilidad, y más será cuando en un nuevo encuentro con Jesús, de nuevo junto al mar de Galilea, a pesar de su caída, Jesús le dirá que solo importa que le ame y que le siga amando. Sería pescador de nuevos mares, sería pastor de nuevos rebajos, ovejas y corderos que Jesús confiaba, seguía confiando a su cuidado.

Y todo había comenzado en un momento, en un encuentro, en una mirada quizás, en un sentir que alguien ya desde el primer momento confiaba en él. Bástenos en esta fiesta de san Pedro hacer este rápido de recorrido para que también nosotros nos hagamos preguntas. Un recorrido semejante podríamos hacer con aquel Saulo que un día se encontró con aquel Jesús a quien en este caso perseguía en el camino de Damasco. Desde ese encuentro también todo había sido distinto, porque ya luego no seria Saulo sino Pablo que se convertiría en el apóstol de los gentiles, y quien diría que su vivir era Cristo y nada más. También hoy lo recordamos y lo celebramos.

¿Cuál ha sido nuestro momento de encuentro con Cristo? No puede ser que simplemente nos hayamos acostumbrado a ser o a llamarnos cristianos desde siempre. Tenemos que detenernos un poco, pararnos a pensar en ese momento que habrá sido decisivo en nuestra vida para mantenernos firmes en nuestra fe y que se habrá convertido en ese motor, en esa brújula de nuestra existencia.

Habrá quizá que renovar y reavivar de nuevo ese momento para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu para que lo pongamos en verdadera sintonía de amor. Como a Pedro, porque nosotros hemos sido y somos también muy débiles, Jesús nos está diciendo que con solo nuestro amor basta. Queremos seguir amando, queremos intensificar nuestro amor, queremos decirle también como Pedro, ‘Tú, Señor, lo sabes todo, Tú sabes que te amo’.


viernes, 3 de junio de 2022

Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

 


Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Qué distintas son nuestras maneras de actuar. Cuando alguien ha perdido la confianza, porque hizo algo que no nos agradaba, porque se saltó los protocolos de la vida, eso que llamamos tantas veces lo de políticamente correcto, porque en un momento determinado se atrevió a pensar de manera distinta, difícil será que lo aceptemos, que recupere la confianza, que sigamos contando con él para los proyectos que quizás hasta juntos habíamos soñado. Y lo vemos como lo más natural del mundo. O algo muy grande le exigiremos para comenzar de nuevo a confiar en esa persona, de lo contrario será ya para nosotros como un maldito con quien no queremos contar para nada. Claro, decimos, es lo que todo el mundo hace.

Todo el mundo menos Jesús. Había confiado en Pedro desde el primer momento, porque hasta le había cambiado el nombre para significar lo nuevo que iba a ser. Con él había tenido especiales deferencias haciéndolo testigo de cosas en la que el resto del grupo no participaba, por ejemplo la subida al Tabor; le había alabado incluso en alguna ocasión porque había sido capaz de expresar con palabras hermosas lo que era su fe, porque además, como le decía, el Padre era quien se lo había revelado en su corazón. Había tenido sus más y sus menos con él, sobre todo cuando quería convencerle de que no tenía que subir a Jerusalén, y lo había apartado como si fuera una tentación de Satanás.

Pero conocía de sus impulsos, y como toda persona impulsiva habría sus momentos de fervor, pero también podría aflojarse un poco, por eso le había dicho que cuando se recuperara tenía que ser quien mantuviera la fe de los hermanos. Pero a pesar de los anuncios de Jesús se había metido en la boca del lobo, y había llegado el momento de la cobardía y de la negación, quien decía por otra parte que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. ¿Dónde estuvo en todo el resto del tiempo de la pasión? Refugiado con el resto de los discípulos en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas, no fuera que a ellos les pasara lo mismo.

Ahora están de nuevo en Galilea, donde los había convocado, y porque en un primer momento Jesús no había aparecido se habían ido a pescar a pesar de pasar una noche bregando sin coger nada, como en otros tiempos. En el amanecer parece que comienza a llegar la luz y las cosas comienzan a cambiar. Ante las indicaciones de que echaran la red por el otro lado de la barca habían cogido de nuevo una buena redada, pero fue Juan el que le sugirió que el que estaba en la orilla era Jesús. Allá se había lanzado al agua para llegar primero desentendiéndose de las redes y de la barca, que los otros la arrastraran a tierra.

Y es cuando surge el diálogo entre Jesús y Pedro. ‘¿Me amas, me amas más que estos?’ Por tres veces había surgido la pregunta sin más reproches sino solo preguntando por su amor, aquel amor que decía que era tan grande capaz de dar la vida por su maestro, a pesar de que luego lo había negado. Pero no hay reproches, no hay desconfianzas, solo es un examen de amor. Y Jesús sigue confiando. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ le repetirá Jesús. Le anuncia de nuevo que un día otro lo ceñirá, como comentará el evangelista haciendo referencia quizás a la forma de la muerte de Pedro, pero Jesús solo le dirá, ‘Tú, sígueme’.

¿Será también lo que nos está diciendo Jesús ahora cuando estamos ya concluyendo este camino de pascua? ‘Tú, sígueme’. Jesús que sigue confiando en nosotros a pesar de que también tenemos muchas veces nuestros más y menos. No siempre mantenemos el mismo entusiasmo, muchas veces nos aparecen los cansancios, nos sentimos tentados a volver atrás, quizás también habrá habido momentos de debilidad con sus negaciones, o con sus anti-testimonios, nuestra vida sigue envuelta en la debilidad, pero Jesús sigue confiando en nosotros. Nos pide fe y nos pide amor, todo lo demás brotará casi como espontáneo, pero tenemos que mantener muy viva nuestra fe, muy vivo nuestro amor.

El nos ha prometido que estará con nosotros, para eso nos deja su Espíritu. A ese paso sí podemos caminar, nos sentiremos seguros, queremos hacer honor a la confianza que Dios sigue teniendo en nosotros, queremos seguirle. ¿Aprenderemos a seguir confiando en los demás?

lunes, 9 de mayo de 2022

Jesús es la Puerta acogedora que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna y recordemos que hemos de ser signos de esa puerta de Jesús siempre abierta para los demás

 


Jesús es la Puerta acogedora que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna y recordemos que hemos de ser signos de esa puerta de Jesús siempre abierta para los demás

Hechos de los apóstoles 11, 1-18; Sal 41; Juan 10, 1-10

Que a gusto nos sentimos cuando somos recibidos a la puerta de la casa que se abre para nosotros invitándonos a entrar. No es lo mismo ser recibidos a la puerta, por mucha que sea la amabilidad que se nos muestre si no nos permiten traspasar el umbral. Una puerta abierta es signo de acogida, de apertura de algo más que las paredes de un hogar, porque es de alguna manera poner a nuestra disposición todo el cariño y el amor que en ese hogar se vive haciéndonos partícipes de su amistad y de su vida. Demasiadas puertas cerradas nos vamos encontrando en la vida, no solo porque con los miedos y la intranquilidad que se vive se mantienen cerradas a prueba de intrusos y ladrones, sino porque puede ser signo también de la cerrazón con que vivimos muchas veces la vida con nuestras desconfianzas.

Hoy Jesús nos dice que El es la puerta. Nos está hablando del aprisco de las ovejas, porque se nos vienen ofreciendo esos textos que hacen referencia a Jesús Buen Pastor, y diciéndonos que El es el verdadero Pastor de nuestra vida, nos está diciendo que es el Puerta por donde tenemos que entrar. ‘Yo soy la puerta, nos viene a decir, quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’.

Nos vienen a la memoria otros textos del evangelio donde nos hablará de cómo El es la puerta y el camino de la salvación. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dirá en otra ocasión, ‘y nadie va al Padre sino por mí’. Por eso nos dirá que conociéndole a El conoceremos al Padre porque viene a ser el verdadero rostro de Dios. No quiere otra cosa Jesús sino cumplir la voluntad del Padre, para eso ha venido y eso es lo que El nos quiere trasmitir. Su alimento es hacer la voluntad del Padre. Porque El ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Una hermosa consideración que se nos hace hoy en el texto sagrado que nos ofrece la liturgia que tiene que despertar en nosotros ese deseo de conocer a Jesús. Son textos que tenemos que rumiar una y otra vez para que así lleguemos a encontrar todo ese sabor de vida eterna que siempre en la Palabra de Dios vamos a encontrar. No nos cansemos de querer conocer a Jesús, no nos cansemos de adentrarnos una y otra vez en las páginas del evangelio. Es conocer a Jesús, es empaparnos de Jesús, es dejarnos conducir por su Espíritu para que por El lleguemos a alcanzar la vida eterna.

En Jesús siempre vamos a encontrar esa puerta abierta. Esa hermosa acogida, como decíamos antes, que nos hace sentirnos bien, cuando se nos invita a traspasar el umbral. Es la hospitalidad y es la acogida, es el ofrecernos el descanso del hogar en la suavidad del amor donde encontraremos el agua fresca que sacie nuestra sed y donde se nos ofrece el pan que nos haga recuperarnos del duro camino.

‘Venid y aprended de mí, nos dirá en otra ocasión, venid todos los cansados y agobiados y en mi encontraréis vuestro descanso’. La puerta que nos introduce en el aprisco, lugar de resguardo y descanso para las ovejas, siguiendo con la imagen que se nos está ofreciendo estos días; pero es la puerta que nos lleva a encontrar los pastos de vida eterna. Ya hemos venido reflexionando en la pasada semana cómo El se nos ofrece como alimento de vida eterna, cuando nos dice que El es el Pan de Vida y que quien le come vivirá por El, tendrá vida eterna.

Todo eso es Cristo para nosotros. Pero no olvidemos que de todo eso también nosotros tenemos que ser signos de Cristo para los demás. No cerremos puertas en el camino de la vida, abramos el corazón y seamos también nosotros acogedores de los que pasan a nuestro lado en el camino de la vida; así nos convertiremos en verdaderos signos del amor de Jesús, de la Puerta abierta que Jesús siempre será para todos.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

Queremos anunciar la vida, porque queremos anunciar que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, resucitados nosotros damos también testimonio

 


Queremos anunciar la vida, porque queremos anunciar que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, resucitados nosotros damos también testimonio

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Podríamos hoy comenzar este comentario al evangelio diciendo que el amor lo cura todo. Cómo nos sentimos regenerados con el amor, cuando lo experimentamos en nosotros, cuando somos capaces de regalarlo a los demás; nos sentimos distintos, a pesar de la negra historia que carguemos sobre nuestros hombros;  con el amor lo vemos todo distinto, con el amor seremos capaces de descubrir mejor a Dios en la vida.

Es lo que nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua. Seguiremos contemplando las manifestaciones de Cristo resucitado; seguiremos descubriendo cómo vamos nosotros resucitando, disipando sombras, clarificando sentimientos, renovando nuestras vidas, abriéndonos nuevos caminos, sintiendo la fuerza de Cristo resucitado en nuestras vidas.

El evangelio comienza hoy su relato con sus claroscuros; están en Galilea, como el Señor les había pedido que fueran para encontrarse con El, pero están aburridos, no saben que hacer. ‘Me voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos nosotros contigo’, y se apuntaron todos a una noche de faena. Pero será una noche infructuosa. Qué mal se sienten los pescadores cuando tienen que regresar a tierra después de una noche de faena infructuosa. Y de la orilla les están preguntando si han cogido algo. Pero además les están señalando que lancen la red por el otro lado de la barca. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’, les dice. No pensemos lo que aquellos pescadores podían haber pensado en aquel momento. Pero lo hicieron.

Y lo hicieron y se encontraron con una redada de peces grandes; luego nos dirán el número de peces que han cogido. Pero en éstas andan, cuando el discípulo amado le dice a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. ‘Es el Señor’, le dice. Y ya sabemos Pedro se arrea la túnica como puede y se lanza al agua para llegar primero mientras deja el trabajo de arrastrar la red hasta la orilla a los compañeros que se quedan en la barca. Primero curación de amor, el discípulo amado es quien reconoce al que está en la orilla, quien reconoce al Señor.

Se resucita el amor en los corazones. Todos están felices porque es el Señor quien está allí en la orilla con ellos. Ya tiene para ellos el pan entre las brasas y un pescado aunque les pide que les traigan de lo que han cogido. Y los invita a comer. Nos dice que ya nadie se atreve a preguntar quien era porque todos sabían que era Jesús. Aquellos hombres aburridos que no sabían qué hacer y se habían ido a pescar ahora ya son otros. El amor les está abriendo caminos. Sigue habiendo nuevos campos donde echar las redes para quienes un día habían sido llamados a ser pescadores de hombres. Las penumbras del amanecer se han transformado en luz, porque es la luz nueva que brilla en sus corazones.

Pero el amor sigue curando. Ahora es Jesús el que tomando a Pedro aparte hace las preguntas, le pregunta por el amor. ‘Pedro, ¿me amas más que estos?’ Ya no sabía Pedro que responder cuando la pregunta se repite hasta tres veces. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’, no puede ya menos que decir Pedro. Y es que aquel a quien un día se le había prometido que iba a ser piedra de la nueva Iglesia, pero que en su debilidad le había negado por tres veces a pesar de sus promesas de ser capaz de dar la vida por Jesús, se ve confirmado en la misión que Jesús quiere encomendarle. ‘Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas…’ No importa la debilidad que un día le hiciera caer, porque lo que importa es el amor del corazón. Es Pedro el que se siente resucitado.

Es cómo tenemos que sentirnos nosotros; es la experiencia de resurrección que nosotros hemos de vivir; no es solamente gritar a todos los vientos que Cristo ha resucitado, sino que tiene que ser el testimonio de resurrección que hemos de dar con nuestras vidas. Aquellos a los que vamos a gritar y anunciar que Jesús ha resucitado pueden decirnos que ellos no lo han visto, pero nosotros podemos, tenemos que ofrecer el testimonio de que nosotros lo hemos sentido, lo hemos vivido, lo hemos experimentado en nuestras vidas, porque nos sentimos resucitados por el amor.

Podrán quizá hasta echarnos en cara nuestras debilidades, nuestros tropiezos, nuestras negaciones, pero cuando vean el amor en nuestras vidas es cuando comenzaran a convencerse de las palabras que nosotros queremos anunciarle. Porque queremos anunciarles vida, porque queremos anunciarles que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, porque es un amor tan grande como el de quien fue capaz de dar su vida por nosotros en una cruz el que nos está salvando.

Podemos encontrarnos un mundo de opacidades y de tinieblas, un mundo de gente cansada y aburrida que ya no sabe que hacer frente a todo lo que envuelve nuestra existencia – cuántas negruras vemos en nuestros horizontes -, pero con nuestras vidas les vamos a enseñar el camino de la luz, el camino de un nuevo amanecer para nuestra humanidad, el camino del amor que nos salva, que nos cura, que nos resucita. Es el testimonio de quienes con Cristo hemos resucitado lo que puede convencer al mundo.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

 


Pensemos dónde estamos los cristianos cuando contemplamos ese mundo a nuestro lado que no conoce el evangelio

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

Son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad pocos vemos que estén dando el callo con su compromiso y con su acción. En momentos de entusiasmo estamos todos, cuando llega lo que podríamos llamar la rutina de la vida, o sea, el día a día de la vida donde tenemos que ir afrontando esas cosas pequeñas que nos pudieran parecer rutina son pocos los que permanecen constantes.

En un momento llamativo de algo extraordinario que sucede y que pudiera causar daño y perjuicios a muchos, surgen prontas las voces de solidaridad, que luego se irán enfriando, vamos olvidando, o incluso nos moleste que nos lo estén recordando continuamente. Vamos a ver hasta dónde llega esa solidaridad tan general que ha surgido con el volcán de Cumbre Vieja y donde ahora parece que todos quieren arrimar el hombro para ayudar; cuando pase algún tiempo ¿qué quedará de toda esa solidaridad? y no queremos ser pesimistas.

Lo vemos en muchos aspectos de nuestra sociedad, en actividades culturales que reclamamos, que comienzan muy bien pero que pronto nos encontraremos con los vacíos; ven en todas las actividades de la vida social, y tenemos que preguntarnos quizás si no nos sucederá algo así a los cristianos. Fervorosos en grandes cosas, grandes peregrinaciones o romerías y pronto nuestros templos vacíos y poca gente que quiera en verdad comprometerse.

He comenzado fijándonos en estos aspectos un tanto variados, pero es algo que llevo en mi mente y en mi corazón que me hace plantearme algunos interrogantes a mí mismo y a mi vida. Cuando camino por las calles o caminos de mi pueblo voy contemplando cuanta es la población que hay en nuestro entorno y decimos que estamos en un pueblo o una ciudad en la que todos prácticamente nos llamamos cristianos, recibimos el bautismo y los sacramentos y quizás todavía a la hora de la defunción de nuestros seres queridos los llevamos a la Iglesia para el funeral, bueno y celebramos las fiestas del Cristo.  ¿En qué se queda la vida cristiana para la mayoría de esa gente? O quizá habría que preguntar ¿qué conocimiento tienen de lo que significa ser cristiano? O más aún, ¿qué conocimiento y vivencia tienen del evangelio de Jesús?

Ahora llega la navidad, vemos un ambiente que llamamos navideño ya en nuestras calles, en los escaparates de las tiendas y comercios, en los adornos y luces que vamos colocando y ya comenzaremos pronto a decirnos unos a otros ‘feliz navidad’. Pero aparte de estas fiestas – incluso ya algunos quieren que digamos simplemente felices fiestas y no feliz navidad -, de esas celebraciones familiares o comidas de amigos o de empresa, ¿qué repercusión tiene en nuestras vidas como creyentes y cristianos todo eso que decimos que celebramos? ¿En verdad estará presente el evangelio de Jesús en todo eso que decimos navidad? Son cosas para pensar.

Hoy el evangelio nos ha hablado de que Jesús recorría los caminos, las aldeas y los pueblos de Galilea anunciando el reino de Dios y eran muchos los que acudían hasta Jesús; el evangelista nos subraya que le traían a todos sus enfermos de diversos males para que Jesús les curara, y que se reunían multitudes para escuchar a Jesús.

Pero es aquí donde Jesús hace como un parón, nos dice el evangelista que Jesús sentía compasión de toda aquella gente ‘porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es cuando les dice a los discípulos más cercanos que la mies es mucha y que los obreros son pocos, y llama a los discípulos les da autoridad sobre los espíritus inmundos y los envía a predicar por todas partes, pero de manera especial a las ovejas descarriadas de Israel. No los envía a campos nuevos – al mundo entero como hará al final del evangelio – sino a los que están cercanos, a los que son ovejas de Israel, pero quizá viven sin esperanza y sin fe.

¿No será algo así lo que nos está pidiendo Jesús cuando escuchamos este evangelio? Un mundo que nos rodea, que tendría muchos motivos para vivir una fe con intensidad porque en algún momento han escuchado el evangelio o habrán tenido algún tipo de experiencia religiosa, pero que ahora son como aquellas ovejas abandonadas y extraviadas, como ovejas que no tienen pastor. Es ese mundo cercano a nosotros, esas personas que nos rodean y que hasta podemos tener en nuestra propia casa al que tenemos que anunciar de nuevo el evangelio de Jesús.

No se nos quede toda nuestra religiosidad y nuestro ser cristiano en unas peregrinaciones, en unos momentos de esplendor y de fervor, sino que en el día a día vayamos anunciando el evangelio comenzando por esos que están a nuestro lado. Somos tantos cristianos y ¿qué hacemos? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso con el evangelio? ¿No será aquello que decíamos al principio son muchos los que dicen que están, pero a la hora de la verdad, a la hora de la evangelización, no se les ve por ninguna parte?