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martes, 9 de diciembre de 2025

Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

 


Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

Isaías 40, 1-11; Salmo 95; Mateo 18, 12-14

En este mundo de hoy en que vivimos en que tantos medios de comunicarnos tenemos a nuestras manos, donde se multiplican las redes sociales que podríamos decir que lo que buscan es precisamente esa comunión y esa relación entre unos y otros que aunque lejos físicamente sin embargo siempre encontraremos alguien con quien comunicarnos, me atrevo a decir que es un mundo donde reina mucho la soledad; quizás algunas veces esas redes sociales nos sirvan de refugio para encontrar a alguien con quien hablar o desahogarnos cuando quizás no somos capaces de comunicarnos seriamente con el que tenemos al lado; pero al final esas relaciones en la lejanía pasan y se difuminan y nos seguimos quedando en la misma soledad. Es en cierto modo el grito desesperado de quien se siente solo y nada le llena.

Pero también en nuestra cercanía nos encontramos esas soledades porque tenemos la tendencia muchas veces de encerrarnos en nuestras cosas, en nuestro trabajo pero tras el cual no quedan relaciones de verdadera amistad con los compañeros de trabajo, estamos demasiado detrás de las puertas cerradas escogiendo demasiado a quien abrir la puerta y al final nos seguimos sintiendo en la misma soledad. ¿Cómo rompemos esa espiral que lo mismo que por un lado se abre a la lejanía en el punto más cercano lo que hace es encerrarse más?

Cuántos vemos pasar a nuestro lado desconsolados porque les falta esa palabra de consuelo; siguen habiendo muchas lágrimas de soledad que nadie ve, pero que tampoco buscamos donde limpiarlas para encontrar ese consuelo. ¿Seríamos capaces de ser ese paño de consuelo, escuchando, deteniéndonos junto a la persona que quizás vemos anhelante a nuestro lado aunque no sabe cómo expresarse, mirando más de frente a las personas con las que nos encontramos para saber leer en sus ojos lo que quizás llevan por dentro y les produce desazón o les hace sufrir?

Hoy en la Palabra que se nos proclama en este camino de Adviento se nos habla de ofrecimiento de consuelo que el Señor tiene para nosotros. porque nos habla de redención y de redención gratuita, porque así de generoso es el amor del Señor, se nos habla de caminos nuevos que se pueden abrir en los desiertos de la vida, se nos habla de que aunque los jardines y los prados se desequen y pierdan su verdor la Palabra del Señor permanece fiel para nosotros. Y nos habla del Pastor que nos busca y nos pastorea, que nos sana y nos ofrece los mejores pastos, que nos busca si andamos perdidos y que cura las angustias de nuestras soledades.

Y esto lo estamos escuchando en el Adviento, este camino con el que pretendemos prepararnos para la Navidad que tiene que ser una hermosa realidad hoy en nuestra vida y nuestro mundo. Pero hacer una hermosa navidad no es poner signos externos de luces y de fiesta, es poner más luz en los corazones de los hombres para que encuentren lo que les va a dar verdadera alegría. Son las señales que tenemos que dar. Es como mostraremos esa verdadera Navidad porque Dios vaya naciendo en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.

No es tarea fácil, pero tiene que ser nuestro compromiso. Hablábamos antes de las soledades del hombre de hoy y muchas más cosas podríamos decir. ¿Podremos ofrecer sinceramente esta palabra de consuelo que nos ofrece el profeta hoy? ¿Qué soledad vamos a compartir, qué lágrimas vamos a enjugar, que palabras de consuelo y de ánimo vamos a ofrecer a esos cercanos a nosotros pero que muchas veces tenemos tan lejos? ¿No conoces a nadie a tu lado que sufre esa soledad?

Es para tomarse en serio esta Palabra de Dios hoy para nuestra vida.


lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

 


Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26

Si la satisfacción y la felicidad del hombre, de la persona está solo en las riquezas que posea o la alegría que le dan las cosas pobre es el sentido de la vida de esa persona y no ha llegado a comprender que es lo que da verdadera felicidad. En esa pobreza de vida vemos caminar a muchos aunque muchas sean las riquezas que posean y las posibilidades que les da su dinero para encontrar esas cosas que desde fuera dicen que los hacen felices. Tengo todo lo que quiero y deseo, se dicen, porque pueden comprarlo, pero la verdadera felicidad no se compra con esos medios, porque su fiesta y su alegría serán caducas y durará lo poco que le pueden elevar el ánimo esos sustitutivos.

¿En qué se queda nuestra fiesta y alegría cuando solo la buscamos desde el alcohol, la droga, el sexo como pasión carnal por citar algunas cosas? Aquella euforia pronto pasará cuando esos aditivos dejen de producir sus efectos y a la larga lo que parece que es que nos quedamos con más hambre y más insatisfechos; por eso cuando entramos en esa dinámica de la vida todo es como rodar por una pendiente en la que parece que no podemos parar.

Nos cuesta entenderlo. Como nos cuesta entender el mensaje que hoy quiere darnos el evangelio con las bienaventuranzas que nos trae san Lucas. Habla de los pobres para quienes es el reino de los cielos, de los hambrientos que serán saciados o de los que lloran y encontrarán consuelo; por el contrario hablará de los ricos que se quedarán en el vacío porque todo su consuelo consistía simplemente en la posesión de cosas, o de los que en su opulencia parece sin embargo que nunca estarán saciados.

¿Qué es lo que llena de verdad el corazón del hombre? Esa es, podríamos decir, la piedra filosofal, lo que realmente tenemos que buscar. Y habrá muchas mas cosas que esas materialidades de la vida que nos darán hondas satisfacciones. Será, empezando por algo, la rectitud con que hemos de vivir la vida, una rectitud que nos lleva a buscar lo bueno y lo mejor, una rectitud que nos hará tener una mirada nueva y distinta a cuanto nos rodea porque también eso material que está en nuestras manos es un don de Dios pero que nos tiene que llevar a construir un mundo en el que todos nos sintamos beneficiados de esa riqueza de la vida; una rectitud para comprender el valor de la vida y de toda vida, y en consecuencia nos hará maravillarnos ante la dignidad de toda persona a la que siempre mostraremos nuestro respeto y para quien siempre buscaremos lo mejor. Y desde ahí cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nuestros actos y para nuestra forma de vivir.

¿Y no nos sentiremos verdaderamente felices cuando actuamos así y sentiremos igualmente la satisfacción de ver felices a cuantos están a nuestro lado? No serán las cosas materiales las que nos hagan brotar una sonrisa desde el alma sino todo eso bueno que seremos capaces de hacer. Y cuando vemos a nuestro crecer en esos valores, y cuando vemos que hay mayor unidad y cercanía en el trato entre unos y otros, y cuando contemplemos ese buen trato que aprendemos a tenernos, nos sentiremos profundamente felices.

Y no nos importa que haya quien no nos comprenda o incluso pretenda ponernos trabas en ese camino que intentamos vivir; somos fieles a la rectitud que llevamos en el corazón y viviremos con la esperanza de la victoria del bien y del amor haciendo un mundo mejor. Tendremos nuestra recompensa, como nos dice Jesús. Alcanzaremos la bienaventuranza que la sentiremos desde lo más hondo de nosotros mismos. Dios estará con nosotros en ese camino.

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

domingo, 10 de diciembre de 2023

El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

 


El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Supongamos que tenemos una deuda muy grande que no tenemos medios para poder pagarla; sobre nuestra cabeza pende el momento en que nos puedan exigir el pago de esas deudas y en cierto modo vivimos en la angustia de no saber cómo salir de ese atolladero. Pero de pronto nos anuncian que esa deuda está condonada, ya no tenemos que pagarla porque alguien nos ha resarcido de ella. Consuelo y alegría para nuestro corazón.

Es lo que escuchamos hoy al profeta, en la primera lectura. Invita a escuchar palabras de consuelo porque su deuda está condonada. El profeta aparece en unos momentos que fueron cruciales en la historia del pueblo de Israel; habían sido llevados a la cautividad de Babilonia y en un momento dado se les ofrece la liberación. Por eso los desiertos se convierten en caminos para aquel pueblo desterrado que corre de nuevo hacia su tierra, como en un segundo éxodo hacia la tierra de libertad prometida.

El desierto, como el destierro, no van a ser un lugar para la estancia, sino que se convertirán en un camino, que habrá que prepararlo adecuadamente, porque en el desierto no hay caminos, sino todo es aridez y colinas y barrancos que habrá que sortear; unos caminos nuevos han de abrirse por el desierto.

Y esa palabra del profeta la escuchamos nosotros hoy, en este segundo domingo de Adviento, pero también en medio de los desiertos y de las arideces de la vida. Miremos nuestra situación y la situación de nuestro mundo, miremos nuestra propia vida y la manera que tenemos de relacionarnos con los demás, contemplemos la falta de paz no solo de las guerras que siguen azotando nuestro mundo, sino esa ruptura de la paz en las familias, en nuestras mutuas relaciones, en tantas cosas que nos ponen en tensión; miremos, sí, ese mundo que nos rodea y que se encanta con las campanillas y los colores que nos anuncian la navidad, pero que sigue viviendo en la superficialidad y en la vanidad; miremos cual es la preparación que precisamente se nos ofrece en la sociedad para la celebración de la navidad, donde Jesús será el más olvidado.

Nos aparece en el evangelio la figura del Bautista, aquel profeta que ha aparecido en los desiertos de Judea y en las orillas del Jordán con una figura de austeridad que pareciera que nos viene a aguar la fiesta cuando nosotros estamos pensando en tantos adornos y tantas vanidades de las que rodeamos nuestras fiestas de Navidad.

Tenemos que detenernos los cristianos en medio de esa carrera loca a la que nos lleva nuestra sociedad. Tenemos que despertar y ver cual es la verdadera realidad de la navidad que vamos a celebrar. ¿Olvidaremos aquello a lo que en verdad ha venido a nuestro mundo el Hijo de Dios cuando quiere ser Dios en medio de nosotros? ¿Seremos conscientes de esas colinas, valles y barrancos en medio de un mundo árido y reseco que sigue existiendo a nuestro alrededor y en nosotros mismos? ¿Seguiremos dejando a nuestro mundo, o nos quedaremos nosotros mismos en ese desierto sin abrir nuevos caminos?

No es la cena de un día, no es un bonito árbol lleno de luces y de regalos que plantemos un día, no es una bella y más o menos artística escenificación de la navidad con sus figuras de todas formas y colores, lo que tiene que hacer la navidad. Podrían ser buenos signos, pero eso, signos de algo nuevo y distinto lleno de otra luz y de otro color que tendríamos que construir en nuestra vida, en la vida de los que nos rodean, de la transformación que realmente tenemos que realizar en nuestro mundo.

No nos podemos quedar en lo externo y superficial. Un camino nuevo tenemos que emprender, tenemos que construir en medio de ese desierto. A eso nos está invitando el profeta, a eso nos está llamando de forma apremiante el Bautista. Una esperanza nueva tiene que nacer en nuestros corazones y darle color a nuestro mundo, que es más que la luz parpadeante de unos momentos, porque Jesús es la luz que nos va a iluminar para siempre. No nos quedemos, pues, simplemente parpadeando, que las luces que parpadean terminan fundiéndose y apagándose.

Como las palabras del profeta sirvieron de consuelo y alegría, pero también pusieron en camino a aquel pueblo que se sentía sin libertad alejado de su pueblo, así tenemos que escuchar hoy – y cuando digo hoy estoy diciendo en este momento concreto – estas Palabras que se nos ofrecen hoy a través de la liturgia de ese segundo domingo de Adviento, aunque nos puedan resultar incómodas.

¿Cuáles, en concreto, son esos desiertos, valles, barrancos y colinas donde tenemos que comenzar ya a hacer un camino nuevo? ¿Cómo se va a traducir eso también para esa sociedad concreta en la que vivimos, que es nuestra familia, que es nuestra comunidad, que son esas personas que están a mí alrededor?

jueves, 2 de noviembre de 2023

Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

 


Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

¿Será la muerte una mala jugada que nos hace la vida? Llega un momento en que tenemos que poner punto final a lo que hacemos o a lo que vivimos; unas veces de forma inesperada, una muerte repentina, un accidente, siempre sin que realmente lo deseemos, por muy abrumados que nos veamos en la vida siempre queremos seguir viviendo, otras veces tras dolorosa enfermedad llena de sufrimientos; pero no solo para quien sufre la muerte, por así decirlo, sino también para cuantos rodean a quien ha fallecido, se trastocan los planes, cambian muchas cosas en ese mismo ritmo de vivir, es el desconsuelo, el dolor de la separación, las incertidumbres que se producen en el interior, las preguntas que parece que no tienen respuesta. Pero esa es la realidad.

Pero, ¿podemos seguir manteniendo lo de la mala jugada con que comenzamos la reflexión? ¿No habrá ninguna respuesta? ¿Todo se queda en incertidumbre y en dolor? ¿Llegaremos a pesar que la vida es algo más que eso que vivimos – valga la redundancia – los días que nos toque vivir?

La fe viene a darnos respuestas; la fe viene a poner esperanza en el corazón; la fe es un rayo de luz que nos puede hacer ver las cosas con una nueva claridad. La fe nos hace mirar a Jesús quien nos dijo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La fe nos hace volvernos también a Jesús con nuestras preguntas, con nuestros dolores, con nuestros vacíos, con nuestro dolor.

Aquellas mujeres de Letanía habían puesto su fe en Jesús, e incluso cuando su hermano Lázaro enfermó, le mandaron recado a Jesús. Pero Jesús no había venido; llegó cuando Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Es la queja de Marta y la queja también de María después. ‘Si hubieras estado aquí…’ Como nuestras quejas y nuestras lágrimas. ¿Qué podemos hacer si tú no estás con nosotros? Como tantas otras preguntas que nos hacemos desde ese vacío que sentimos por dentro. ¿Tendremos que ponernos de nuevo a los pies de Jesús como María de Letanía para escucharle?

Y Jesús habla de vida y de resurrección; Jesús les habla de fe y de la esperanza que no puede faltar en el corazón. Como más tarde les dirá a los discípulos reunidos en el cenáculo que El se va para prepararnos sitio, porque quiere que estemos con El siempre, que donde esté El también estemos nosotros. Como nos había dicho un día que teníamos que comerle a El para tener vida para siempre, porque quien come su Carne y bebe su Sangre El lo resucitará en el último día. Como nos hablaba de un banquete de bodas sin fin al que estamos invitados, donde ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, sino que todo será vida sin fin.

Sí, creemos que El es la resurrección y la vida y que creyendo en El no moriremos para siempre. Nuestro cuerpo un día se consumirá, pero nosotros somos algo más que un cuerpo material. Hay espíritu en nosotros y cuando nos dejamos inundar plenamente por el espíritu de Dios, nos llenaremos de la vida de Dios, viviremos en Dios, y estaremos participando de ese banquete eterno del Reino de los cielos. Decimos reino de los cielos, porque en nuestro modo humano de hablar tenemos que emplear un lenguaje, pero es decir que estamos en Dios y en Dios para siempre.

Cuando nos dejamos iluminar por la fe, cuando somos capaces de sentarnos a los pies de Jesús para escucharle como María de Betania, todo adquiere otro sentido y aunque nos queden los desgarros humanos en la separación por la muerte de los seres queridos, nuestro pensamiento se llena de esperanza y en esa esperanza comenzamos a tener un gozo nuevo, porque si están con Dios, que es infinito en su misericordia, ¿por qué vamos a llorar desconsolados? ¿Por qué nos vamos a dejar embargar por la tristeza? Si nuestra fe nos hace sentirnos unidos a Dios, nos sentiremos unidos también a esos seres queridos que están en Dios, y eso nos llena de esperanza y aparece una nueva alegría en nuestro corazón.

Es el sentido con que hemos de vivir el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, y el sentido que le hemos de dar a esta conmemoración que en este día celebramos. No es para la tristeza sino para que se abra ante nosotros un camino de esperanza, un camino que nos hará vivir también con un sentido nuevo nuestra vida, porque un día también deseamos estar en Dios para siempre.

No es una mala jugada sino una manera nueva de enfrentar la vida sabiendo de la realidad de la muerte, porque siempre esperamos una vida sin fin.

martes, 7 de diciembre de 2021

Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

 


Veremos finalmente un camino de luz encontrando sentido a las palabras de consuelo del profeta porque a pesar de todo lo que pasamos podremos celebrar navidad

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Vamos avanzando en nuestro camino de Adviento. Un camino que vivimos entre nuestras zozobras y nuestras preocupaciones, nuestras carreras y nuestros agobios, nuestro suspirar por tiempos mejores pero también afrontando la realidad del día a día que muchas veces hace aflorar la incertidumbre y el desconsuelo. Ahí están nuestras preocupaciones de cómo llegar a final de mes o como nos vamos a hacer frente a la ola de regalos y comidas que se nos echa encima con esto de la navidad. Ahí están las lágrimas de los que lo han perdido todo – como ha sucedido en nuestra tierra con el volcán de la tierra palmera – y también las lágrimas de los seres queridos que nos han dejado y cuyo hueco sentiremos fuerte en nuestras festivas celebraciones. Así podríamos seguir pensando en muchas cosas, pero también en muchas personas que junto a nosotros van haciendo su camino en la vida y que para ellos muchas veces está muy lleno de sombras.

Y ahí, estamos haciendo nuestro camino de Adviento. ¿Qué significará para muchos? ¿Cuáles son las verdaderas esperanzas que laten en sus corazones? ¿Qué es lo que les puede decir el Adviento? Ya sabemos que para muchos de nuestro entorno – y cuidado nos pueda pasar a nosotros también – no les dice nada, en eso es en lo menos que piensan, otras son sus preocupaciones. Es la realidad. Pero ahí los que nos decimos creyentes, los que en verdad con sentido queremos hacer este camino porque queremos celebrar una verdadera navidad sí tenemos que sentir muy viva esa Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando en el día a día de nuestro camino.

Hoy el profeta tiene una palabra de consuelo. ¿No la necesitaremos en verdad? Si algunas de las cosas que mencionábamos antes nos afectan o nos tocan de alguna manera, esa palabra profética puede ser, tiene que ser una hermosa palabra que hemos de escuchar. ‘Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Viene el Señor con su salvación y nos habla a nuestro corazón. ¿Por qué hemos de seguir en nuestras angustias y en nuestras penas? ¿Por qué tenemos que seguir atormentándonos? ¿Por qué vamos a pensar que vamos a seguir siempre en ese camino oscuro en que no encontremos una luz?


‘Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que  apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían…’

Pero en medio nos ha dicho una cosa muy importante, y es que hemos de preparar los caminos del Señor. ¿Cómo nos lo dice? ‘En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ En el desierto. ¿Cuál es ese desierto hoy? No tenemos que irnos a los desiertos de Judea donde predicaba el Bautista; no tenemos que trasladarnos al inhóspito Sahara para hacer allí unos caminos o unas calzadas.

Ese desierto está en ti, en tus preocupaciones y agobios, en tus carreras y en tus locuras, en esas incertidumbres que llenan tu vida ante el futuro o en esos problemas que se te presentan cada día y que quizá en un momento determinado parece que se crecen… es ahí donde tenemos que abrir caminos nuevos, es ahí donde tenemos que preparar esa calzada para nuestro Dios que viene a nosotros, es ahí donde tenemos que sentir el paso del Señor con su consuelo pero también con su fortaleza para no decaer en nuestras luchas, para seguir abriéndonos paso por la vida y ahí dejando nuestro testimonio, el grito de nuestra vida, como nos decía el profeta.

Y una hermosa palabra de esperanza nos deja el evangelio. Tras la parábola que nos propone que nos habla del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras el resto se queda en el aprisco, Jesús nos dice ‘igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños’. Podremos sentirnos pequeños, poca cosa, que nada valemos pero que además los problemas se acumulan sobre nosotros, nunca podré sentirnos abandonados. Dios no quiere que se pierda ‘ni uno de estos pequeños’.

¿Veremos finalmente un camino de luz? ¿Encontraremos sentidos a las palabras de consuelo que nos ofrece el profeta? ¿Podremos, a pesar de todo lo que pasamos, celebrar con sentido la navidad? Para todos es una palabra de luz esta palabra del profeta.

lunes, 29 de abril de 2019

Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece


Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
Nuestra carencia de medios, la pobreza que pudiera haber en nuestra vida y no solo en lo material sino también en lo cultural, los problemas o dificultades que nos van apareciendo muchas veces nos llenan de negatividad y nos hace sentirnos vacíos e inútiles. ¿Qué puedo hacer yo si nada sé ni nada tengo? Pensamos algunas veces. Muchos problemas tengo ya para meterme en otros berenjenales, nos decimos y nos escudamos para no hacer nada, para no comprometernos. Llenamos así de negatividad nuestra vida y esa es la peor pobreza o el peor problema que podamos tener, al no ser capaces de valorarnos a nosotros mismos.
Nuestras limitaciones están ahí, es cierto, y la carencia de medios la tenemos porque además nunca tendremos todo lo que quisiéramos o anheláramos. Pero eso no nos debe conducir a la negatividad, sino que tendría que ser un impulso para levantarnos, para querer crecer en la vida como personas y ser capaces de superarnos incluso en medio de nuestras limitaciones. Quizá muchas veces reaccionamos con esa negatividad desde un orgullo encubierto que nos lleva a la envidia y a corroernos por dentro porque andamos siempre haciéndonos comparaciones con los demás.
La humildad del reconocimiento de lo que somos – y muchas veces somos mucho más de lo que aparentamos o de lo que nosotros mismos nos valoramos – puede ser un hermoso principio de crecimiento personal, pero además de saber confiar en quien puede tendernos una mano para levantarnos. Tendremos que hacer el esfuerzo, pero hemos de saber valorar y agradecer esa mano tendida que podemos encontrar que nos ayude a descubrir lo que quizá hay dentro de nosotros y aun no hemos valorado lo suficiente.
En el misterio de Dios y de nuestra vida cristiana, que es la respuesta que nosotros damos a la mano tendida de Dios que nos levanta, podemos descubrir que Dios se manifiesta de verdad a los que saben ser sencillos y humildes, porque además no habrá el tropiezo de nuestro orgullo que como un tapón quizás nos impide descubrir a Dios y encontrarnos con El.
Nada somos y nada valemos, pues así nos ponemos ante Dios, que es el que verdaderamente nos va a hacer grandes; que tenemos problemas y angustias en nuestra vida en nuestros sufrimientos o en nuestras carencias, así con esa carga vamos a Dios porque sabemos que en El es donde encontramos nuestra descanso y el consuelo que nos levanta y nos fortalece.
Escuchamos hoy a Jesús dar gracias al Padre porque revela el misterio de Dios a los que son sencillos y humildes, a los que son pequeños o se sienten pobres en su vida, porque no han llenado su corazón del orgullo de la autosuficiencia y siempre están abiertos a Dios. ‘Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, nos dice, que en mi encontrareis vuestro descanso’.
Para Dios nunca somos insignificantes, porque es su amor el que nos engrandece y es el que por la fuerza de su Espíritu nos ha dado la dignidad grande de ser hijos de Dios. No son los entendidos, los que se lo quieren saber todo por si mismos, los que llegarán a conocer el misterio de Dios. Sobra en el mundo autosuficiencia y nos falta la humildad de sentirnos pobres ante Dios que es el que nos da la verdadera riqueza de nuestra vida. Con los ojos de Dios veremos nuestra vida con una carga grande de positividad y eso nos ayudará a hacer un mundo mejor.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir y en la Navidad eso ha de ser realidad para nosotros


Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir y en la Navidad eso ha de ser realidad para nosotros

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Unas lágrimas que surcan el rostro de alguien muchas veces nos dejan mudos y sin saber como reaccionar y cómo consolar; no encontramos palabras, no sabemos como acercarnos a la persona, nos sentimos como indefensos.
Sean las lagrimas de un niño o sean las lagrimas de un anciano desde su soledad; sean las lagrimas de una persona que sufre una penosa enfermedad, o de cualquiera que sea que se ve envuelto en problemas y con su corazón angustiado porque no sabe cómo afrontarlos o cómo salir adelante; serán quizá también las lágrimas que nosotros nos bebemos amargamente en nuestros problemas o desesperanzas, en la desorientación con la que caminamos en la vida sin saber qué camino coger porque todos nos parecen igual de oscuros al menos en su principio, en nuestros sufrimientos o cuando contemplamos el sufrimiento de los demás que hacemos también nuestro; o será todo ese mundo que a veces nos angustia porque contemplamos tantas cosas que hacen sufrir a las personas, o a tantos que en su maldad solo buscan su provecho o sus intereses sin importarle nada ni nadie.
Necesitamos un consuelo que sea algo más que palabras bonitas que quieran reconfortarnos pero que parece que no nos valen de nada; necesitamos un consuelo que puede ser una presencia de una mano amiga, del calor de un corazón que sabe que te quiere, de algo que te haga levantar la esperanza porque te ayuda a vislumbrar que detrás de esas oscuridades que nos ofrece la vida siempre podremos encontrar una luz.
Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir. Necesitamos la esperanza que nos haga mirar a lo alto para buscar altos ideales y mejores metas, que nos hagan encontrar un sentido espiritual a nuestras vidas, que nos ayuden a encontrar esos nuevos caminos que nos lleven a una plenitud de lo mejor de nuestra existencia.
Con el profeta en este camino de adviento encontramos una invitación al consuelo que podamos encontrar para nosotros y que aprendamos a ofrecer de la mejor manera a los demás. ‘Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén…’ Palabras que fueron dichas por el profeta en momentos en que el pueblo se sentía perdido, se creía abandonado de Dios, pesaba sobre él la culpa de su infidelidad y pecado, Vivian momentos de crisis con el pueblo roto y desterrado lejos de su patria. Y viene sobre ellos esta palabra del Señor que les habla de caminos nuevos que se abrirán incluso en el desierto y en la estepa, en que van a sentir de nuevo sobre ellos la presencia del Señor que llega a ellos con su misericordia y su perdón.
Podíamos decir que se les abrían los cielos, renacía en sus corazones una nueva esperanza porque podían llegar a comprender que Dios seguía amándoles; aparece la imagen del pastor que recoge en sus brazos a los corderos y a las ovejas, para ayudar a las más débiles, para curar a las que están heridas y enfermas, para ofrecerles a todos nuevos pastos que les alimenten.
Nosotros también escuchamos esta palabra del profeta en nuestro camino de Adviento, en este segundo domingo que nos acerca a la Navidad. Y las escuchamos desde eso que es nuestra vida, con sus sufrimientos y sus lágrimas, con sus desesperanzas y sus agobios, con sus desorientaciones y oscuridades. Tenemos que reconocer nuestra realidad y la realidad concreta que se vive en nuestra sociedad. No todo es fácil. Hay mucho sufrimiento. Muchos han perdido también las esperanzas y pareciera que para ellos no hay ningún tipo de consuelo.
La Palabra del Señor que escuchamos no son solo bonitas palabras que pudieran haber servido a hombres y mujeres de otro tiempo. En nuestra desorientación o en nuestro orgullo quizás hasta podemos pensar que son palabras de otro tiempo que hoy a nosotros ya no nos dicen nada. No nos equivoquemos. Abramos nuestro espíritu, despertemos nuestra fe, abramos los ojos para vislumbrar esa luz que el Señor nos ofrece y sepamos escuchar allá en lo hondo del corazón.
La misericordia del Señor nunca se acaba. La fuerza del espíritu del Señor en verdad puede hacer de nosotros un hombre nuevo y crear un mundo nuevo. Solo tenemos que dejarnos conducir. Con el profeta como en un eco ya más cercano contemplamos y escuchamos a Juan Bautista, el que ya inmediatamente preparó los caminos del Señor ante su inminente venida. A nosotros sus palabras también nos pueden ayudar a abrir nuestro corazón a Dios.
‘Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el jordán’. Así nos dice el evangelista para describirnos la acción del Bautista. Como decíamos antes tenemos que comenzar por reconocer nuestras oscuridades, nuestros miedos, nuestros desánimos y todo ese mundo turbio que se nos ha metido en el corazón.
Muchas veces tenemos un tesoro pero no lo vemos porque está oculto con la suciedad que lo ennegrece y parece que le quita valor. Tenemos también nosotros que purificarnos para descubrir la riqueza grande que hay en nuestro corazón y cuantas cosas podríamos realizar. Dejémonos conducir por la palabra de Juan el que venia a preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor y en nosotros también se obrará esa maravilla.
Sintamos que en verdad el Señor viene, viene a nuestra vida y nos transforma. Lo que vamos a celebrar es algo más que un recuerdo, tampoco se puede quedar en añoranzas como de ninguna manera vivirlo desde la frivolidad y la superficialidad. Celebrar la Navidad es sentir de verdad que el Señor viene para hacer de nosotros ese hombre nuevo y con nosotros hacer ese mundo nuevo. Y esto es lo que tendremos que comenzar a vislumbrar que comienza a haber en nosotros a partir de todo lo que vamos a celebrar; pero será si lo hacemos con hondura, con profundidad, con verdadero sentido.
Y sentiremos el consuelo de Dios que se nos manifestará de mil maneras y podremos ofrecer también ese consuelo a tantos que de una forma o de otra sufren en nuestro entorno. No son palabras vacías, sino que tiene que ser una realidad que vivamos en nuestra vida.

martes, 15 de agosto de 2017

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

En la vida necesitamos puntos de referencia que de alguna manera nos marquen el camino; no solo es señalarlos la verdadera ruta sino además servirnos como de estimulo para que sigamos avanzando a pesar de que en ocasiones el camino se nos vuelva dificultoso o nos aparezcan los problemas. No son simples señales de trafico que nos dicen por donde ir correctamente, y que si las seguimos con fidelidad estamos seguros de no errar en nuestra ruta.
Eso sería como muy elemental y más que marcas materiales, o leyes y normas que nos digan lo que podemos o no podemos hacer, como decíamos, lo que necesitamos son estímulos en quienes vemos que han hecho ese camino y nos están dando esperanza porque de alguna manera nos dicen que ellos lo hicieron antes que nosotros y nosotros podemos hacerlo también. Son los ejemplos que podemos encontrar en los demás; una persona que vemos vivir en rectitud a pesar de los avatares de la vida es la mejor prédica que podamos tener para nosotros vivir también en esa misma rectitud.
Son los ejemplos que podemos admirar en nuestros padres o las personas que influyen en nuestra educación. La altura moral que podemos descubrir en nuestros educadores es el mejor testimonio que podamos recibir para cultivar en nosotros nuestra propia personalidad. No simplemente copiados sino que su testimonio es estimulo que se puede convertir en fuerza interior para nuestro crecimiento personal.
En el camino de nuestra vida espiritual y cristiana tenemos el evangelio que nos señala cual ese ideal de nuestra vida para vivir intensamente el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Por supuesto sabemos que no nos falta la gracia del Señor que fortalece nuestras vidas para alcanzar esa plenitud de vida eterna que nos ofrece Jesús con su salvación.
Pero esa gracia de Dios llega a nosotros en el testimonio de los santos que ante nosotros se presentan como modelos de lo que es vivir ese camino del seguimiento de Jesús y al mismo tiempo son estimulo para nosotros para superar cuanto hayamos de superar y vencer para vivir plenamente el Reino de Dios. Es así siempre como hemos de ver los santos al lado de nuestra vida, no como unos talismanes que nos van a solucionar los problemas milagrosamente sin que nosotros pongamos de nuestra parte ese esfuerzo en el seguimiento de Jesús.
Eso podemos decir del conjunto de los santos que nos acompañan en nuestro caminar, sean los santos que en el transcurso de la historia nos han quedado ahí como modelos permanentes de nuestra vida cristiana, sean los santos que caminan aun a nuestro lado cuando el camino junto a nosotros pero cuyo testimonio podemos contemplar en su entrega, en su dedicación y en la santidad de sus vidas.
Pero ¿qué no podemos decir de María, la madre de Jesús y nuestra Madre? La hemos endiosado por llamarla la Madre de Dios, y lo es, y parece que algunas veces la hemos hecho supraterrena y la hemos colocado demasiando alta en sus altares, olvidando que ella fue una como nosotros, que caminó también sobre el barro de esta tierra al lado de Jesús y así es el mejor ejemplo de Madre que a nosotros nos puede acompañar en el camino de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy precisamente la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo y la hemos llenado demasiado de mantos y de joyas, que sí es cierto le ofrecemos en nuestro amor de hijos, pero que pudieran alejarla de nosotros y no terminemos de ver cuales son las verdadera joyas que adornan su vida y en lo que es verdadero ejemplo y estimulo de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Jesús.
‘Ella es figura y primicia de la Iglesia’, como la proclama la liturgia de este día de su glorificación. Así tenemos que verla, contemplarla. El evangelio de hoy la presenta caminante para el servicio, cuando va a casa de su prima Isabel donde sabe que la pueden necesitar.
Somos, sí, ese pueblo peregrino, ese pueblo caminante aquí en medio de nuestro mundo y también con una misión. Nuestra misión no es otra que la del servicio, la del amor. El mundo que nos rodea necesita de nuestro amor, necesita ver nuestra dedicación al servicio de los demás, necesita esa palabra y esa luz que les puede ayudar e iluminar para encontrar también un sentido nuevo y un valor nuevo de cuanto hacemos. Es el testimonio del servicio que nosotros hemos de dar, aunque muchas veces nos cueste salirnos de nosotros mismos.
Y contemplamos hoy a María, que se pone en camino, cuando quizás ella necesitaba en su incipiente maternidad ayuda de los demás, pero es capaz de olvidarse de si misma para ir al encuentro de Isabel. ¿No es eso lo que nosotros también tendríamos que hacer? Tenemos el peligro y la tentación tantas veces de reservarnos para nosotros mismos. Miremos a María, que nos estimula con su ejemplo, con su amor, con su caminar para que aprendamos y tengamos fuerzas para hacer lo mismo. ‘Consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’, que repito la proclama hoy la liturgia.
Hoy, como decíamos, la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo. Es la gloria de la Iglesia, es la gloria que un día esperamos nosotros también alcanzar. Hacemos este camino del Reino de Dios con la esperanza de la gloria del cielo. Sabemos que podemos alcanzarla. Jesús nos decía que El iba a prepararnos sitio. Con esas metas de eternidad feliz y dichosa junto a Dios caminamos este camino de nuestro mundo sembrando esas semillas del Reino de Dios con nuestra entrega, con nuestro servicio, con la responsabilidad con que queremos vivir el momento presente de nuestra vida, sin perder nunca la alegría de la fe porque hay esperanza en nuestro corazón.
Miramos a María y nos sentimos estimulados a seguir haciendo ese camino; miramos a María y sentimos fuerza en nuestro corazón porque no nos falta la gracia del Señor que ella intercede por nosotros y para nosotros; miramos a María y pretendemos parecernos a ella para ser luz para nuestro mundo, para llevar esa luz de Cristo como ella supo y sabe seguir llevándola para iluminar nuestros caminos.
La llamamos en nuestra tierra María de Candelaria, y así la celebramos también gozosamente en este día, porque nos trajo la candela, nos trajo la luz, sigue iluminando nuestro camino con la luz de Jesús. Hoy doblemente en nuestra tierra nos sentimos llenos de gozo en esta fiesta de María, por cuanto significa su Asunción y glorificación, por cuanto la podemos llamar Madre de Candelaria para iluminarnos de su luz, que es siempre la luz de Jesús.

jueves, 20 de julio de 2017

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Qué paz y qué satisfacción sentimos dentro de nosotros mismos cuando en los avatares de la vida nos encontramos con alguien que nos escuche, que sea capaz de detenerse en su caminar para tener tiempo para uno y escucharle. Vivimos entre carreras y agobios y no sabemos detenernos al lado del hermano para saber descubrir una tristeza que quizá se oculta tras sus ojos que a pesar de los pesares intentan sonreír.
Nos encerramos en nosotros mismos por nuestras preocupaciones o cosas que tenemos que hacer pero también estamos provocando que quienes se ven envueltos en los sufrimientos que la vida les ofrece se encierren en su soledad y se tengan que comer solos el pan de su amargura.
No nos enteramos ni queremos enterarnos de lo que pueda hacer sufrir a los demás porque decimos que con lo nuestro tenemos. Pero cuando encontramos a alguien que nos escuche y que pierda su tiempo por nosotros, nos sentimos en verdad agradecidos. Nos va faltando humanidad y honda comunicación a pesar de que hoy tenemos tantos medios de todo tipo para comunicarnos con el que pueda estar al otro lado del mundo, pero quizá no sabemos entrar en sintonía con el que está a nuestro lado.
Comencé haciéndome esta reflexión pensando en el gozo que sentimos cuando somos escuchados en nuestros agobios y problemas. Espiritualmente lo necesitamos. Y nuestra fe nos puede hacer entrar en sintonía con quien de verdad es el consuelo y el descanso de nuestra vida. Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Que vayamos a El, que no temamos, que en El podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, que El es en verdad la fuerza y el aliciente de nuestra vida, que El colma todas nuestras esperanzas y da satisfacción a las aspiraciones mas hondas y mas nobles. En El podemos llenar espiritualmente nuestra vida de la mayor plenitud.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice hoy en el evangelio. Cómo lo entendían aquellos enfermos que a El acudían, cómo lo entendían los leprosos que se veían apartados y discriminados y que solo pensando en Jesús sentía fuerza en su interior para llegar hasta El porque en El sabían que iban a encontrar vida. Cómo lo entendían los pecadores, los publicanos y las prostitutas que eran despreciados de todos, pero que se acercaban a Jesús allá donde estuviera y sabían que podían sentarse a su mesa. Cómo lo pudo entender Pedro que tras su negación veía como Jesús seguía confiando en El y que solo le pedía que hubiera amor en su vida. Cómo lo entendían aquellas multitudes que venían de lejos, de todas partes porque querían escuchar aquellas palabras de Jesús que tanta esperanza ponían en su corazón.
Así tenemos que entenderlo nosotros que tan locos vamos por la vida, que parece que hemos perdido el norte y el sentido; así hemos de entenderlo en este mundo loco de carreras, pero tan materializado que ya no sabe levantar los ojos a otros valores más espirituales y trascendentes, y en Jesús podemos sentir que El eleva nuestro espíritu, nuestros pensamientos, da profundidad a nuestros deseos más nobles, nos arranca de nuestros egoísmos insolidarios y abre nuestros horizontes a algo nuevo, abre nuestra mirada a quienes están a nuestro lado y nunca quizás miramos.
Vayamos a Jesús para que encontremos nuestros descanso, pero aprendamos a disponer nuestro corazón para en nombre de Jesús acoger a tantos que pasan a nuestro lado y están necesitando esa sonrisa que les alegre el alma y esa palabra de animo que les levante de su postración. Tenemos tanto que hacer. Tengamos siempre un corazón acogedor para los demás.

viernes, 12 de mayo de 2017

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Cuando le tomamos aprecio a alguien es normal que nos agrade su presencia y nuestro gozo sea estar con esa persona, compartir nuestro tiempo, nuestras conversaciones y no nos gustaría separarnos de el. Si vislumbramos que tenemos que separarnos y quizás pasar largo tiempo separados seguro que sufriremos mucho por ello y haríamos todo lo que fuera necesario por nuestra parte que esas cosas no sucedan. Es el amor que se hace cercanía como la cercanía alimenta el amor. Es el amor que crea una unión espiritual entre las personas que se aman y es lo que seria tan necesario para crear esa comunión que entre todos tendría que reinar.
Pensamos en un plano humano y necesariamente espiritual, porque es ahí dentro de nuestro espíritu donde mejor experimentaremos esa comunión de amor. Es importante si esa cercanía y esa presencia física, pero es algo que va mucho mas allá y se hace muy profundo en la persona.
En ese plano humano y espiritual sentimos y experimentamos también lo que es ese sentido cristiano que nos anima desde nuestra fe. Es ese amor y esa comunión que también desde nuestra fe vivimos con Jesús como lo estaban viviendo los apóstoles cuando Jesús estaba en medio de ellos, pero que por la fuerza del espíritu tendrían que aprender a vivir de una forma nueva. Es lo que tenemos que cultivar en una verdadera espiritualidad cristiana.
‘Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí…’ les dice Jesús a lo largo de la cena pascual a los discípulos. Hay tristeza en sus corazones porque intuyen que algo va a pasar, aunque tendrían que saberlo pero no supieron entender los anuncios de Jesús. Les esta hablando de su marcha – ha llegado su hora, había comenzado diciendo el evangelista al principio del relato de la cena – y era el momento de la glorificación. No lo entienden, y de ahí su tristeza. Por eso les dice Jesús que no se acobarden, ‘no tiemble vuestro corazón…’
Y les habla Jesús de la trascendencia de sus vidas, les esta hablando de una nueva vida que va mas allá de esta vida terrena. El nos prepara sitio, quiere que estemos con El. ‘Volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros…’ Es ahora Jesús el que no quiere separarse de nosotros, el que quiere que estemos siempre con El. Para eso ha venido para darnos vida y vida en abundancia, para que vivamos y podamos vivir en El para siempre.
Queremos estar con Jesús; Jesús quiere que estemos con El. No tenemos otra cosa que hacer que seguir el camino que El nos ha trazado, el camino que es El mismo. Se preguntan los discípulos como pueden saber el camino, y será Jesús el que proclame: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mi’.
Vivamos a Jesús, su vida, su verdad y estaremos haciendo su camino. Vivamos en su amor porque nos llenemos de Jesús y estaremos haciendo el camino. Estando con Jesús no caben los temores. Estando con Jesús nos sentimos seguros. Estando con Jesús estaremos llenos de su vida para siempre y nada ni nadie nos podrán separar del amor de Dios, como nos diría san Pablo mas tarde.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.