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martes, 10 de enero de 2023

Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

 


Todo lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación y sus signos son las obras del amor

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

‘Esto se hace así porque lo digo yo y no hay más que hablar’. Así queremos manifestar nuestra autoridad, no hay más palabras ni razonamientos. Es la imposición. Así nos mostramos en muchas ocasiones. Todavía quedan estilos de estos en la sociedad en la que vivimos.

Pero hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús ya desde el comienzo de su predicación se muestra con autoridad. Es otra la autoridad de Jesús. Así lo reconocen. Es un modo nuevo de hablar. Estaban acostumbrados a los maestros de la ley que solo hablaban como de cosas aprendidas de memoria; no era algo que les saliera de su vida, que les saliera del corazón. Y con quien Jesús muestra con más firmeza su autoridad es el mal, con el espíritu maligno.

A eso ha venido. Anuncia el Reino de Dios con la gran noticia que todos han de creer. Pero no son solo palabras, da señales de ese Reino de Dios. Serán sus signos y milagros, pero es más bien lo que nos quiere mostrar con esos signos. La gente dirá de El que nadie ha hablado igual, con esa autoridad. Los signos que realiza son las señales de que ese reino de Dios ha llegado, porque todo ha de irse transformando, porque el mal hay que irlo arrancando como mala hierba que no queremos dejar en nuestros campos, en nuestra vida. Es la autoridad de Jesús.

Lo hace Jesús con autoridad porque su palabra es clara; lo hace Jesús con autoridad por los signos y señales que se van manifestando. Lo hace Jesús con autoridad porque El mismo es la Palabra de Dios, Palabra de vida y de salvación. Y así se manifiesta. Así lo muestra con las señales que se van produciendo alrededor de El. Es la autoridad de quien es la luz verdadera; es la autoridad que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios en el amor y en la misericordia. Son los signos del amor.

Allí hay un hombre poseído del espíritu del mal, y que incluso reconoce la presencia salvadora de Jesús, pues le grita como oponiéndose. Jesús simplemente le dice: Sal de él. Quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros mismos. Es su misión de salvación. Es la acción que tenemos que dejar que Jesús realice en nosotros. Aquel hombre de la sinagoga poseído del espíritu inmundo parece que lo rechaza, pero Jesús con su autoridad liberará a aquel hombre de la posesión del maligno.

Decimos nosotros que no rechazamos, si se diera el caso. Primero que no queremos reconocer el mal que hay en nosotros y nos domina, no queremos acogernos a la salvación que Jesús nos ofrece. No decimos que rechazamos, pero sí rehuimos, porque no queremos reconocer ese mal. Esa es para otros, nos decimos tantas veces. Y aunque incluso nos acercamos al sacramento de la Penitencia donde Jesús quiere liberarnos de todo mal, sin embargo ignoramos ese mal que hay en nosotros y la presencia de Jesús que viene a liberarnos. Nos contentamos con decir que nos ha perdonado, pero no damos señales de nueva vida.

¿No nos estará sucediendo que no queremos escuchar con todas sus consecuencias la primera buena nueva que Jesús nos ha anunciado? Había creer en esa buena noticia de Jesús, pero teníamos que reconocer que somos pecadores y necesitamos de conversión y de perdón. Sin ese paso del reconocimiento de nuestra condición de pecadores no habrá nada para nosotros.

Jesús nos ofrece, somos nosotros los que hemos de darnos cuenta de que necesitamos eso que nos ofrece Jesús. Ponernos a tiro de la salvación. Alguien puede estar en un precipicio donde todo se derrumba bajo sus pies, pero él puede estar diciendo que no pasa nada, que eso a él no le afecta, pero se derrumba y él terminará perdiéndose en medio de aquellos escombros.

Dejémonos mirar por Cristo, dejémonos que nos sane y que nos salve, dejemos que se meta en nuestro interior y nos transforme, dejemos que su sombra de vida caiga sobre nosotros para llenarnos de luz, dejemos que ponga su mano sobre nosotros y nos levante de nuestra debilidad, dejémonos perdonar por Jesús para que tengamos vida para siempre.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

 


Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

Nos encontramos ya recorriendo el tercer domingo de adviento e iniciando la tercera semana que nos acerca a la navidad. A pesar de los problemas que siguen marcando el ritmo de la vida de nuestro mundo, en la calle nos vamos encontrando un ambiente de fiesta, una luminosidad distinta aunque solo sea por las luces que adornan nuestras ciudades y nuestros pueblos, una cierta alegría en el consumo por aquello de los regalos, unos aires y sones que suenan con música distinta que llaman o llamamos ambiente navideño.

Pero parece sin embargo que la alegría no es completa porque o nos hablan del encarecimiento de la vida y eso nos coarta en algunos de nuestros deseos, o en la lejanía siguen sonando oscuros cañones de guerra que se trasluce también en un cierto desasosiego que de alguna manera nos inquieta. Algunas cosas de nuestro ambiente parecen como un telón que quisiera ocultar algunas zonas oscuras de la vida en las que no quisiéramos pensar; hay cierta desesperanza, porque muchas cosas siguen turbias y llenas de una cierta oscuridad y nos parece que el ritmo que seguimos viviendo y esas cosas que queremos en cierto modo ocultar no tienen una salida y es como si viviéramos sin esperanza.

Pensemos en la acritud y desencuentro que se vive en la vida social y política con una violencia soterrada generadora de nuevas violencias y enfrentamientos, en la manipulación que se hace desde determinadas propagandas para llevarnos por algunos derroteros de nuestra sociedad en la que se quieren cambiar nuestros valores, en el rechazo a todo lo que no sea como yo pienso o como yo quiero, a la superficialidad con que se están ofreciendo soluciones para la vida y para la sociedad.

Ese ambiente que decimos navideño que notamos en nuestras calles, como decíamos al principio de esta reflexión, ¿será quizá como una cortina que quiere ocultar esas otras sombras que nos envuelven por otros lados? Claro que eso no nos satisface.

Sin embargo nosotros los cristianos queremos seguir celebrando la navidad, pero ¿qué tendría que significar? Este tiempo con que nos preparamos para la navidad lo queremos llamar tiempo de esperanza, pero a esa esperanza creo que tendríamos que darle otro sentido y otro valor. La esperanza no es solo porque vienen unos días de fiesta que nos quieren hacer olvidar o al menos ocultar otros problemas que tengamos por otros lados. Una esperanza muy efímera sería entonces porque le estamos dando poco fundamento, poca profundidad.

Nosotros sí tenemos una esperanza que no queremos simplemente poner como unas luces de colores que se encienden y se apagan. Nosotros sí creemos que ese mundo de sombras puede cambiar. Creemos y esperamos a Aquel que viene a nosotros para darnos esa luz verdadera, para poner la auténtica esperanza en el corazón, que viene y nos ofrece caminos de salvación que transformen de verdad nuestra vida y nuestro mundo. Es la esperanza en Jesús que es nuestro Salvador al que tenemos que escuchar, al que tenemos que hacer más presente en nuestra vida, del que tenemos que dejarnos iluminar para poner auténtica luz en nuestro mundo. Es el que viene a transformar nuestros corazones, es el que nos viene a poner en camino de compromiso por un mundo nuevo y mejor, es el que viene para arrancar ese mal que ennegrece nuestro mundo y nuestra vida.

Claro que lo vamos a celebrar con alegría, claro que queremos hacer que sea una auténtica navidad con toda la profundidad que se merece, que no se quede ni en apariencias ni en superficialidades. Y aunque sigamos envueltos en tantas cosas que siguen haciendo sufrir a las personas, siguen haciendo presente el sufrimiento en el mundo, nosotros podremos cantar porque tenemos esperanza de que todo se puede transformar, porque para eso se hace Cristo presente en nuestro mundo, para eso vamos a hacer presente a Cristo en nuestro mundo. ‘Sed fuertes, no temáis, nos decía el profeta. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Es la esperanza que anima nuestra vida. Es la esperanza que nos obligará a ir poniendo señales de algo nuevo en nuestro mundo.

¿Cuáles serán esas señales? El profeta nos decía: ‘Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo. Retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción’.

Es el mismo sentido en el que nos hablaba Jesús en el evangelio. Cuando vienen a preguntarle de parte de Juan si era el que había de venir o tenían que esperar a otro, Jesús les dice: ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!’


Era como tenían que reconocer que en Jesús se cumplía lo anunciado por los profetas. Pero eso nos está diciendo algo a nosotros también. Es así cómo el mundo tiene que seguir reconociendo que en Jesús tenemos nuestra salvación. Son los signos que nosotros tenemos que realizar, es el testimonio que nosotros tenemos que dar, es cómo que tiene que reflejarse en nuestra vida esa esperanza que tenemos, es cómo vamos a manifestar que es posible esa transformación porque lo estaremos manifestando con nuestras obras de amor.

Son las señales de la auténtica esperanza de la que tenemos que contagiar a nuestro mundo. No unas luces de colores que se encienden y se apagan, no unas cortinas con las que ocultar lo que nos avergüenza. Es el camino para una verdadera navidad.

 

 

viernes, 19 de agosto de 2022

Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

 


Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106;  Mateo 22, 34-40

Una pregunta para ponerlo para ponerlo a prueba; una pregunta, además, de lo más elemental; parecería absurdo para un judío hacerla y más aun para un maestro de la ley. Era lo básico que enseñaban, lo que todo judío desde la más tierna infancia se sabía de memoria, pues había de repetirlo al salir de casa o al entrar a casa, al levantarse o al ir a comer, al emprender un viaje, o como oración de la noche. Así está prescrito, y todo judío había de repetir. Pero es la pregunta que le hacen a Jesús.

Yo me pregunto si acaso muchos también no nos estarán preguntando a los cristianos, a ti y a mi, esa misma pregunta. También nos quieren poner a prueba, pero no nos van a pedir palabras. Aunque aparentemente vemos mucho rechazo o mucha indiferencia, en ocasiones cargando las tintas contra la Iglesia o contra los cristianos, porque está de moda, porque es fácil querer echar en cara, porque siempre se están viendo las cosas con inquina, y parece que siempre están con deseos de revancha, aunque no sabemos por qué esa revancha, ese dedo que nos apunta tantas veces y que algunas veces nos duele, es también esa pregunta que nos hacen a nosotros los cristianos, que nos hacen a la Iglesia y hasta muchas veces de parte de gente que es también miembro de esa misma Iglesia.

¿Cuál es el mandamiento principal? Pero no se buscan respuesta de catecismo aprendidas de memoria; nos están preguntando por nuestro estilo de vida, por nuestra congruencia, por la sinceridad de nuestra fe, por el testimonio que damos. Siguen preguntándonos por qué tienen que creer lo que nosotros decimos, por qué tienen que creer a la Iglesia. Quizá aunque lo tengan delante claramente no quieren ver, no quieren escuchar la respuesta, no quieren abrir los ojos.

Nosotros respondemos es cierto, tal como nos dice hoy el evangelio, con el amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la vida, con todo nuestro ser, pero también completamos la respuesta tal como lo hizo Jesús, ‘y al prójimo como a nosotros mismos’.

Pero tenemos que decirlo claramente, sin tapujos, con el testimonio de las obras de la Iglesia, con el testimonio de tantos cristianos entregados, con la lista interminable por ejemplo de ancianos acogidos en centros de la Iglesia o de instituciones de la Iglesia; con las puertas abiertas de tantos y tantos centros y obras de cáritas en nuestras parroquias para acoger a los necesitados y a los pobres, que quizá muchas veces nos vienen rebotados de los centros de las instituciones eclesiales porque dicen que no tienen recursos; con los enfermos, la gente sin hogar, los ancianos que viven solos, los emigrantes abandonados a su suerte, los discapacitados que muchas veces la sociedad hace más discapacitados, los enfermos de sida que nadie quiere y que son acompañados en sus sufrimientos y soledades por todo un ejército de voluntarios que dedican su tiempo para estar a su lado ofreciendo el cariño y la atención que algunos no reciben ni de sus familiares…

He querido mencionar solo algunas cosas, aunque la lista se haría muy larga, de esa respuesta que damos a esa pregunta que también nos hacen en nuestro mundo de hoy, dicen, para ponernos a prueba. Aunque Jesús nos dice que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda, sin buscar puntos de méritos y recompensas, creo que los cristianos tenemos que responder claramente, no ofreciendo palabras, sino ofreciendo lo que son las obras de nuestro amor, que manifiestan claramente la fe que llevamos por dentro, el amor que en verdad mueve nuestra vida. Ahí está la prueba de nuestra fe.

viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

 


Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién eres tú para hablarme así? ¿Quién eres tú para decirme eso? ¿Quién te crees que eres? Reacciones así habremos escuchado más de una vez, o tal vez hasta nos lo han echado en cara cuando quizá quisimos intermediar y poner paz entre dos que se consideraban enemigos irreconciliables, cuando alguien con inquietud dentro de su corazón saltó porque aquella injusticia no la podía soportar o aquel mal trato que le estuvieran dando a una persona determinada.

Muchos ejemplos podríamos poner. Muchas frases que quieren desautorizar, muchas actitudes o posturas que quieren hacer lo que les da la gana y no soportan que alguien quiera pararles los pies y poner un poco de orden. Siempre ha sucedido; se quita autoridad o se desprestigia al que actúa con autoridad, en el fondo no se quiere aceptar la propia metedura de pata y buscamos subterfugios sea como sea para que no haya nadie que quiere poner orden.

Así hacían con Jesús o trataban de hacer con Jesús. Las autoridades judías en cierto modo se sienten interpeladas por lo que Jesús enseña al pueblo y no lo pueden soportar. Por eso quieren quitar autoridad, desprestigiar, pero Jesús no depende de esos prestigios humanos ni de la aprobación o no que los otros quieran darle a Jesús. Si hoy en el evangelio vemos que sobre todo los jerarcas dentro del pueblo de Israel quien desprestigiar o quitar autoridad a Jesús, por otra parte hemos visto que ante la gente sencilla Jesús se presenta con autoridad y la gente sencilla lo reconoce. ‘¡Qué autoridad tienen sus palabras!’, se dicen unos a otros. Se dicen otros. ‘¡Nadie ha hablado con tanta autoridad!’

Pero es que cuando caemos en esa pendiente de confusionismo al final estamos tan liados que hasta nos contradecimos a nosotros mismos, estamos tan confundidos que ya no sabemos ni en qué ni en quien apoyarnos para lo que hacemos o decimos. Es la trampa en que caen cuando vienen a preguntarle a Jesús por su autoridad, porque Jesús les devuelve la pregunta haciendo una referencia a Juan. El pueblo admiraba a Juan aunque no habían tenido el valor para defenderlo cuando Herodes quiso quitárselo de encima. Y ahora Jesús les pregunta cuál era el valor de las palabras y de los gestos de Juan, al que, por cierto, ellos tampoco habían querido escuchar. Se veían en la trampa de tener que comerse sus propias palabras o podían callarse y dar la huida por respuesta que es lo que intentaron hacer. Por eso Jesús no entró al trapo con las preguntas y las insinuaciones que le hacían, sino que siguió actuando con total libertad y valentía.

¿No será eso lo que nos hace falta a nosotros? porque también nos enredamos y terminamos por no saber lo que queremos y en quien creemos. Nuestras palabras y nuestros gestos algunas veces se nos quedan en fantochadas, porque les falta la profundidad de la vida; simplemente nos dejamos arrastrar por aquello de que esto siempre ha sido así pero no intentamos preguntarnos por el sentido evangélico que tienen las cosas que nosotros hacemos o tendríamos que hacer.

Nuestra autoridad se reciente en muchas ocasiones por la poca sinceridad con que actuamos en la vida, o porque en ocasiones buscamos apariencias pero que no es una vivencia profunda y sentida del evangelio.

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús. Cuando sea claro nuestro compromiso por el amor entonces estaremos dando verdadera señal de nuestra vivencia del evangelio y estaremos dando verdadero testimonio de la fe que profesamos.

Cuando nos ponemos de verdad al lado de los que sufren, a lado de los pobres, al lado de los que padecen injusticia, al lado de los que son considerados como los últimos de este mundo, entonces estaremos dando verdadero testimonio de Jesús, estaremos mostrándonos como verdaderos profetas por la autenticidad de nuestras obras y palabras.

domingo, 5 de agosto de 2018

Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado


Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

En las necesidades básicas que necesitamos para sustentarnos está por supuesto el pan, el alimento. Por ello nos afanamos, trabajamos cada día para tener lo necesario para la subsistencia aunque junto a esa necesidad básica y esencial nos procuramos todo aquello otro que nos haga vivir dignamente cubierto nuestro cuerpo con el vestido o teniendo un lugar donde acogernos y hacer nuestra vida más elemental. En la búsqueda de ese alimento contemplamos incluso la angustia de aquellos que no lo tienen que son capaces de lanzarse por los caminos del mundo buscando el lugar donde conseguirlo.
Luchamos, nos esforzamos, buscamos como sea tener cubiertas esas necesidades y algunas veces en la manera en que nos planteamos la vida para muchos pareciera que fuera lo único que le diera una vida digna. En torno a ello procuramos tener una serie de bienes que nos garanticen de alguna manera eso básico y esencial y bien vemos que terminamos convirtiendo casi en una obsesión la posesión de unas pertenencias o de unos bienes materiales con los que pensamos que sí lograremos esa vida digna.
¿Sólo será el pan o el alimento, el vestido o la vivienda, o la posesión de esos bienes materiales los que en verdad van a alimentarnos para vivir en la mayor dignidad? Si nos ponemos a reflexionar o a pensar las cosas casi todos terminaremos reconociendo que hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que hay otros valores que no se reducen a lo material que nos van a dar un mayor sentido a nuestra existencia, que muchas más cosas en nuestras mutuas relaciones y en nuestra convivencia que sí nos pueden llevar a una vida mejor.
Aunque algunas veces nos ceguemos creo que seremos capaces de buscar otra sabiduría de la vida que si nos alimente con un alimento que va más allá que lo que el cuerpo pueda recibir. Hay también unos valores espirituales que le darán verdadera profundidad y trascendencia a nuestra vida.
Creo que en todo esto  nos puede hacer pensar el evangelio que hoy escuchamos y que se prolongará en diversos aspectos en los sucesivos domingos. Cronológicamente es continuación del escuchado el pasado domingo que nos hablaba de la multiplicación de los panes y los peces allá en los lugares desérticos. Cuando quisieron hacer rey a Jesús, se escondió en la montaña, los discípulos regresaron, no sin dificultad, en una barca a Cafarnaún, los demás se dispersaron como pudieron y a la mañana siguiente ya hay un grupo que ha llegado también a Cafarnaún y se encuentran de nuevo con Jesús.
‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ le preguntan cuando se lo encuentran. Y ahí viene la palabra sabia de Jesús como respuesta que a la vez quiere ser interrogante interior. ‘Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna…’
Buscamos el pan, el sustento diario de la vida. Pero, ¿por qué buscan ahora a Jesús? ¿Solo por ese alimento que perece, que comiéndolo ahora luego volveremos a tener que comer? ¿Habrá otro alimento más perdurable? No es cualquier cosa lo que les está diciendo Jesús. Es que les está diciendo que El puede darles otro alimento que lleva a la vida eterna. ‘El alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. Son palabras mayores, tendríamos que decir.
Jesús les está invitando a que crean en El; y creer en Jesús es creer en su Palabra, creer en ese mensaje de vida que El está queriendo trasmitirles. No es solo ya el alimento material lo que necesitan, que mal que bien se lo pueden conseguir con sus trabajos; no se trataría de que se nos diera de comer sin nosotros habernos ganado el sustento con nuestro trabajo, aunque bien sabemos que habría muchos que así lo desearían quizás.
Recuerdan el camino por desierto cuando Moisés les dio el maná para tener el sustento de sus vidas mientras hacían aquel peregrinar. Pero Jesús les dice que  no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino que es Dios el que nos da el verdadero pan del cielo. ‘El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo’.
Ellos seguirán obsesionados con ese pan que ahora insisten en pedirle a Jesús, como la samaritana que le pedía a Jesús que le diera de aquella agua que le quitaría la sed para tener que volver todos los días al pozo de Jacob para sacar agua. A la samaritana Jesús les dirá que El es esa agua viva y ahora en Cafarnaún dirá que El es ese Pan de vida que da la vida al mundo. ‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed’.
‘¿Qué tenemos que hacer?’, le habían preguntado a Jesús, como nos preguntaríamos nosotros también.  ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado’. Creer en Jesús porque creyendo en Jesús alcanzaremos a vivir la vida verdadera. Creer en Jesús porque abre ante nosotros caminos de vida en plenitud. Creer en Jesús porque quien cree en El hará lo que El nos dice, hará las mismas obras de Jesús.
Ya nos decíamos antes que hay otro vivir que va más allá de nuestra vivencia física o corporal, y pensábamos en cuánta vida nos da nuestra relación y convivencia con los demás; cuando amamos vivimos de verdad porque lo que podemos sentir dentro de nosotros es algo mucho mas grande que el placer del gusto que nos pueda dar el mejor manjar.
Tenemos la experiencia de cómo nos sentimos cuando nos damos hasta ser capaces de sacrificarnos por los demás; tenemos la experiencia de convivir con aquellos seres a los que amamos y con los que compartimos no solo lo material que tengamos sino lo más hondo de nosotros mismos, lo que somos allá en lo más profundo de nuestro ser.
Imaginemos, pues, como nos sentiremos cuando hacemos lo que Jesús nos dice, cuando hacemos las mismas obras de Jesús, ‘el alimento que perdura dando vida eterna’ como nos decía Jesús. ¿Aprenderemos de una vez por todas a buscar ese alimento que llena de plenitud nuestra vida?

sábado, 16 de junio de 2018

La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor


La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor

1Reyes 19,19-21; Sal 15; Mateo 5,33-37

‘Lo juro’ escuchamos una y otra vez repetir a muchas personas cuando quieren afirmarnos algo, ante lo que quizás nosotros nos mostremos algo incrédulos. Hay gente que lo tiene como una muletilla, porque les parece que es la única forma de credibilidad que tienen para presentarse, y porque quizá ellos mismos son desconfiados en si mismos, ni confían en lo que le digan los demás ni confían en si mismos.
Pero nos encontramos también que ya incluso en las fórmulas oficiales, por ejemplo, en la toma de posesión de cargos o responsabilidades se va sustituyendo el juramento por la promesa y si en principio el juramento para un creyente es poner a Dios por testigo de la verdad de aquello que afirmamos en la sociedad en que vivimos se sustituye esa invocación de Dios en el propio honor o en el respeto que podamos tener por las obligaciones que asumimos.
En una sociedad en la que ya no prima lo creyente y para una gran mayoría se ha dejado de tener en su vida esa referencia a Dios porque vivan un agnosticismo o un ateismo práctico, no nos extrañe esas sustituciones; como tampoco creo que en el respeto que podamos tener por las otras personas no nos ha de escandalizar que se sustituyan o supriman los elementos o signos religiosos de esas formalidades. Claro que para mí, que soy creyente, siempre será valida y necesaria esa relación con Dios en mi vida y en los actos que realizo. Como creyente, por mucho respeto que tenga a mi propio honor, la última referencia de mi vida siempre será Dios, porque es el que da sentido a mi ser y a mi vivir.
El juramento no solo le da solemnidad al acto que realizamos, sino que realizado responsablemente viene a darle credibilidad a aquello que afirmamos. Y diríamos que por la seriedad que reviste en si mismo se constituye para mi en una obligación que asumo, lo que me hará vivir todo aquello que realizo con responsabilidad y como una exigencia de justicia en si mismo. Por eso sería irresponsable no realizarlo con seriedad; de ahí que no es algo que tenemos que prodigar como una muletilla, como decíamos antes, sino que hemos de reservarlo para aquellos actos que tengan verdadera seriedad.
Hoy Jesús en el evangelio  nos habla de su seriedad y responsabilidad. Pero creo que Jesús quiere ir más al fondo y es que por la responsabilidad de nuestra vida nosotros nos hagamos creíbles siempre sin necesidad de reafirmarnos por medio de juramentos. No es solo ya que sería terrible un juramente en falso, de algo que no es verdad, sino que también hemos de evitar lo innecesario. ‘No juréis en absoluto’, nos viene a decir.  ‘A vosotros os basta decir sí o no’.
Es la autenticidad de nuestra vida; es la congruencia con que vivimos, de manera que nuestras palabras y nuestras obras vayan por el mismo camino. Es importante esa congruencia de nuestra vida. Es necesario que nos hagamos verdaderamente creíbles por las obras que realizamos. Es el testimonio que tenemos que dar de nuestros principios, de nuestros valores, de nuestra fe. Hemos de ser testigos, pero no solo por las palabras que pronunciemos, sino por el testimonio de la vida que vivimos.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

¿Pedir señales y milagros? Reconozcamos que todos lo hacemos. Queremos que las cosas se nos den hechas y nosotros no tengamos que poner mucho esfuerzo. Algunos lo pueden llamar casualidades, suerte, pero en el fondo estamos deseando el milagrito fácil. Que se nos resuelvan los problemas así por si mismos, que nos toque la lotería o que aunque tengamos que pasar por marejadas y peligros que no nos pase nada. Así andamos muchas veces en las cosas cotidianas de la vida.
Pero para convencernos de algo, queremos razones; es lógico andamos en un mundo racional que tiene sus lógicas, donde tenemos que andar con razonamientos, donde buscamos pruebas poco menos que científicas para todo.
Pero ¿y cuando tenemos que creer en las personas? ¿Cuándo tenemos que aceptar una palabra que nos dicen? ¿Cuándo tratan de darnos un planteamiento, unos principios y valores que pueden afectar a nuestra vida? Queremos que nos lo prueben. Sin embargo hay razones que aunque las tengamos delante de los ojos algunas veces no somos capaces de verlas o no queremos verlas. Y surgen desconfianzas, y decimos que no comulgamos con ruedas de molino, que si ellos creen que somos tontos que vamos a aceptar las cosas así por que sí, porque nos lo digan. Parece que esa sea la tónica de nuestro actuar o de nuestros planteamientos y puede que nos ceguemos.
Cuando entramos en el ámbito de la fe parece que las cosas se nos complican todavía más. O somos unos crédulos, así al menos nos lo echan en cara, y tenemos la fe del carbonero como suele decirse que todo lo aceptamos, nos creemos cualquier cosa extraordinaria que nos digan que sucedió aquí o allá – cómo vamos corriendo tras las cosas asombrosas y los milagritos - o nos volvemos unos incrédulos o unos incordios que siempre le estamos dando vueltas y vueltas al asunto, pidiendo razones y no terminamos de hacer que esa fe afecte y envuelva totalmente nuestra vida. Es complejo todo esto.
Es necesario, sí, una búsqueda intensa y sincera, pero es necesario un dejarnos sorprender por el misterio de Dios que llega a nuestra vida y se nos puede manifestar de muchas maneras; es necesaria una apertura del corazón y confiar. Y aprenderemos a confiar cuando seamos capaces de dejarnos sorprender por el amor, sensibilizar nuestro corazón al amor. Cuando nos falte esa capacidad de amor estamos como encallecidos, y cuando ponemos una costra sobre nuestro espíritu poca cosa podrá penetrar en él.
Es cierto que la vida muchas veces nos endurece por las mismas dificultades que en la vida vamos encontrando, luchas por todas partes, cosas que nos hieren y nos hacen daño, y esas cicatrices nos pueden jugar, es cierto malas pasadas. Hay un bálsamo que tenemos que seguir usando siempre, que es el bálsamo del amor, para que se suavice nuestro corazón, para que aprendamos a valorar la ternura que podamos encontrar, y todo eso  nos irá ayudando a que nos abramos a Dios, y dejemos que el misterio de Dios penetre en nuestra vida.
En el evangelio de hoy vemos la reticencias que tantos tenían ante Jesús y se habían cerrado tanto en si mismos que no eran capaces de ver las obras de amor que Jesús realizaba. Por eso seguían pidiendo signos y más signos y nunca se dejaban convencer por el amor. Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús. Ya escuchamos en otro momento como Jesús da gracias al Padre que se revela a los humildes y sencillos de corazón. Caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida.

viernes, 6 de octubre de 2017

Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor


Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

¡Qué desagradecido! Con todo lo que han hecho por él. Así reaccionamos cuando vemos gestos de deslealtad, de desagradecimiento en alguien que, quizá por su necesidad, han hecho mucho por él, pero luego no sabe corresponder. Y no es solamente decir la palabra ‘gracias’, que pareciera que algunas veces cuesta no solo pronunciar sino tenerla como actitud en la vida, sino que las muestras que se dan es como si no sirviera para nada aquello que se ha hecho por esa persona porque sus actitudes y posturas no solo van por otro lado sino que muchas veces se ponen en contra. Lo menos que se le pidiera es que al menos por lealtad no se pusiera a hacer la guerra por su cuenta y en contra.
Pero bueno, ¡cuidado!, que nos es muy fácil juzgar lo que vemos o nos parece ver en los demás, pero que quizá no somos capaces de verlo en nosotros mismos. Tenemos que confesar que no siempre correspondemos al bien que nos hacen. Y no es que yo dé porque tu me diste antes, parecería un intercambio comercial lo bueno que hacemos, pero si es bueno corresponder y necesario saber expresar nuestra gratitud con las actitudes de nuestra vida. Y muchas veces, lo reconocemos, no correspondemos debidamente en nuestras mutuas relaciones, empezando por la misma familia, y luego en todo el ámbito de amistades y gente con la que convivimos de quienes, si somos sinceros, recibimos muchas cosas buenas.
Esto nos lo tendríamos que plantear también de nuestra relación con Dios. ¿Cómo correspondemos a cuanto recibimos de Dios empezando por el don de la vida misma? Es en lo que nos hace pensar lo que escuchamos hoy en el evangelio; la queja, podríamos decir, dolorosa de Jesús contra aquellas ciudades de Galilea donde se había prodigado en sus obras y en sus enseñanzas. Aparece así la debilidad del hombre, pero también el orgullo del que llenamos nuestro corazón para no saber o no querer reconocer las obras de Dios.
Jesús les habla de las enseñanzas, de los milagros, de todo cuanto bueno ha hecho en aquellas ciudades. Cada uno tendríamos que pensar en nosotros mismos para humildemente saber reconocer ese paso y esa presencia de Dios por nuestra vida de tantas maneras. Cada uno ha de pensar en lo que ha sido su experiencia religiosa a través de su vida, desde su niñez, en su juventud, en tantos aspectos de nuestra vida. Seguro que sin con sinceridad miramos nuestra vida tenemos experiencias hermosas que recordar. Momentos quizá que nos motivaron y fueron motor de nuestra vida, pero que luego quizá olvidamos porque nos vemos envueltos en tantas cosas que nos atraen por aquí y por allá que dejamos a un lado a Dios.
Pensemos en esa Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado y que ha llegado a nosotros a través de tantas personas o tantos acontecimientos. Han sido esos profetas, esos hombres de Dios, esos Ángeles del Señor, esos signos de la presencia y de la llamada del Señor que ha llegado a nosotros. ¿Cómo hemos respondido? ¿Acaso la hemos olvidado?
Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida.

martes, 26 de septiembre de 2017

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

Eso yo ya lo sé, decimos o escuchamos decir tantas veces. Alguien que nos hace una recomendación, algo que tratamos de enseñar a alguien y que puede afectar a su comportamiento, nos lo sabemos, nos creemos que no necesitamos que nadie nos diga algo. Pero de saber a hacer va un trecho, como se suele decir. Una cosa es que nos sepamos las cosas y otra cosa es que las pongamos en práctica, esa sea nuestra manera de hacer y de actuar. Con todo lo que sabemos el mundo tendría que ir sobre ruedas, pero bien vemos cómo va, o mejor, bien vemos como es nuestra manera de actuar en el diario de nuestra vida.
Conscientes o inconscientes, sabiendo lo que hacemos, o simplemente olvidándonos de lo que deberíamos hacer, influenciados por nuestras propias pasiones o simplemente dejándonos llevar por lo que todos hacen, lo cierto es que muchas veces hay un trecho bien grande entre lo que decimos que sabemos y lo que realmente luego hacemos. Será nuestra inconstancia, o será nuestra debilidad, el  miedo a ir contracorriente de lo que todo el mundo hace o nuestras propias apetencias interiores, pero así vamos caminando por la vida.
Hay mucha gente alrededor de Jesús que quiere escucharle. Tanto que llega su madre y sus parientes y no pueden acceder a Jesús. Alguien se acercará para decirle que por allí están su madre y sus hermanos – en aquella terminología semita en que se llamaba hermano a todo pariente cercano – y Jesús no es que no quiera atender a los suyos que llegan hasta El; quiere hacernos comprender que si importantes son los lazos de la sangre y que siempre hemos de valorar, hay otros lazos que se crean entre nosotros para producir una verdadera comunión que es la fe en la Palabra de Dios que se hace vida en nosotros.
Nos dice el evangelista que Jesús mirando en su derredor y contemplando a cuantos quieren escuchar su Palabra les responde. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’.
Quienes creemos en Jesús formamos una nueva comunidad; la fe en Jesús crea entre nosotros una nueva comunión; escuchamos su Palabra y dejamos que fecunde nuestra vida; escuchamos su Palabra y nos dejamos transformar por ella. Pero bien sabemos que escuchar no es solo oír unos sonidos que llegan a nuestros oídos; escuchar es dejar que esa Palabra que se nos trasmite llegue a lo más hondo de nosotros para hacerse vida en nosotros; como la comida con que nos alimentamos que se transforma en esa energía que nos hace mantener la vida de nuestro cuerpo, la Palabra es ese alimento que se hace vida en nosotros y se manifiesta por las obras nuevas que realizamos.
No es solo saberla, oírla, sino que escucharla es hacerla vida en nosotros.  No nos basta decir que la sabemos porque la hemos oído y la hemos quizá hasta grabado en nuestra memoria; no la grabamos en la memoria sino en la vida, haciéndola vida nuestra. Ella será también nuestra fortaleza porque nos llena del Espíritu de Dios para hacer frente a las debilidades, las tentaciones, los cansancios, las desesperanzas y desilusiones, la rutina y todo cuando pueda querer quitarle vida.
Aprendamos de María ‘la que guardaba todas las cosas en su corazón’; aprendamos de María que merecería un día la alabanza de que había creído y todo aquello en lo que había creído se cumplía; aprendamos de María de la que Jesús también decía que era dichosa porque guardaba en su corazón la Palabra de Dios y la ponía en práctica.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

El tiempo de nuestro descanso podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Es la pregunta que les hace Jesús ante la resistencia y los recelos que tenían algunos porque era sábado y Jesús se había atrevido a curar a un enfermo. La ley del descanso sabático pesaba como una loza sobre la conciencia de aquellos tan fieles cumplidores de la ley. Por eso están al acecho de lo que haga Jesús. Curar era considerado como un trabajo y el sábado no se podía hacer ningún trabajo porque en el descanso todo tenía que estar reservado para el Señor. Pero ¿podian llegar las exigencias de la ley del descanso sabático hasta impedir que un hombre que sufría fuera curado? Las incongruencias de los legalismos cuando no hay verdadero espíritu en el corazón.
Pero puede ser una pregunta que nos haga también Jesús a nosotros. Ya sé que eso del descanso del día del Señor nos lo tomamos a nuestra manera. Por supuesto que el descanso es un bien para la persona y todos lo necesitamos. Ese detenernos de lo que son nuestros trabajos habituales sobre todo en referencia a las jornadas laborales donde vamos a recibir un salario para nuestro sustento, son algo importante que valoramos mucho en nuestra sociedad actual.
Necesitamos ese encuentro con los demás, ese convivir más intensamente con aquellos que amamos como son nuestra familia o también nuestros amigos; hemos de saber dedicar un tiempo a los nuestros, como necesitamos un tiempo también para nosotros mismos. Está bien y hasta es necesario sicológicamente ese desconectar de lo que son nuestras tareas habituales, pero quizá también habríamos de buscar un modo de darle el mejor sentido y valor a esa tiempo de nuestra actividad.
Como creyentes y cristianos es también el tiempo que aprovechamos mejor para nuestro culto al Señor; si cada día el cristiano ha de vivir la presencia de Dios en su vida sabiendo invocarle y darle gracias, pidiendo su gracia y su fuerza para las tareas y para la lucha de cada día y también para saber sentir su luz en nosotros que nos ayude, nos ilumine para esos pasos de nuestro diario caminar, en el tiempo del descanso podemos tener la oportunidad de un tiempo mas intenso de encuentro con el Señor, para escucharle, para sentir como camina junto a nosotros alimentando nuestra vida.
Es lo que hacemos los cristianos con la participación en la Eucaristía dominical, pero también cuando sabemos encontrar esos momentos de interioridad para saborear más pausadamente la palabra del Señor. No es solo un rito o una imposición de una norma, sino necesidad espiritual de nuestra vida. Solo así podremos levantar mejor nuestro espíritu sabiendo mirar a lo alto y teniendo fuerza para trazarnos también metas altas en nuestra vida.
Pero creo que podría ser también el tiempo para el vivir con más intensidad el compromiso de nuestro amor. Recojamos la pregunta de Jesús que recordábamos al principio. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ puede ser y tiene que ser el tiempo de dar vida, de compartir nuestro tiempo y nuestra persona en al amor a los demás. Son tantas las tareas que podemos hacer en este sentido. ¿No podría ser el momento para a ir a encontrarnos con esa persona que vive en soledad, quizás por sus años, quizá por sus enfermedades u otras circunstancias de la vida? Ahí queda el planteamiento y miremos qué hacemos o qué podemos hacer en este sentido que seguro que tenemos muchas posibilidades.

martes, 15 de agosto de 2017

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

En la vida necesitamos puntos de referencia que de alguna manera nos marquen el camino; no solo es señalarlos la verdadera ruta sino además servirnos como de estimulo para que sigamos avanzando a pesar de que en ocasiones el camino se nos vuelva dificultoso o nos aparezcan los problemas. No son simples señales de trafico que nos dicen por donde ir correctamente, y que si las seguimos con fidelidad estamos seguros de no errar en nuestra ruta.
Eso sería como muy elemental y más que marcas materiales, o leyes y normas que nos digan lo que podemos o no podemos hacer, como decíamos, lo que necesitamos son estímulos en quienes vemos que han hecho ese camino y nos están dando esperanza porque de alguna manera nos dicen que ellos lo hicieron antes que nosotros y nosotros podemos hacerlo también. Son los ejemplos que podemos encontrar en los demás; una persona que vemos vivir en rectitud a pesar de los avatares de la vida es la mejor prédica que podamos tener para nosotros vivir también en esa misma rectitud.
Son los ejemplos que podemos admirar en nuestros padres o las personas que influyen en nuestra educación. La altura moral que podemos descubrir en nuestros educadores es el mejor testimonio que podamos recibir para cultivar en nosotros nuestra propia personalidad. No simplemente copiados sino que su testimonio es estimulo que se puede convertir en fuerza interior para nuestro crecimiento personal.
En el camino de nuestra vida espiritual y cristiana tenemos el evangelio que nos señala cual ese ideal de nuestra vida para vivir intensamente el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Por supuesto sabemos que no nos falta la gracia del Señor que fortalece nuestras vidas para alcanzar esa plenitud de vida eterna que nos ofrece Jesús con su salvación.
Pero esa gracia de Dios llega a nosotros en el testimonio de los santos que ante nosotros se presentan como modelos de lo que es vivir ese camino del seguimiento de Jesús y al mismo tiempo son estimulo para nosotros para superar cuanto hayamos de superar y vencer para vivir plenamente el Reino de Dios. Es así siempre como hemos de ver los santos al lado de nuestra vida, no como unos talismanes que nos van a solucionar los problemas milagrosamente sin que nosotros pongamos de nuestra parte ese esfuerzo en el seguimiento de Jesús.
Eso podemos decir del conjunto de los santos que nos acompañan en nuestro caminar, sean los santos que en el transcurso de la historia nos han quedado ahí como modelos permanentes de nuestra vida cristiana, sean los santos que caminan aun a nuestro lado cuando el camino junto a nosotros pero cuyo testimonio podemos contemplar en su entrega, en su dedicación y en la santidad de sus vidas.
Pero ¿qué no podemos decir de María, la madre de Jesús y nuestra Madre? La hemos endiosado por llamarla la Madre de Dios, y lo es, y parece que algunas veces la hemos hecho supraterrena y la hemos colocado demasiando alta en sus altares, olvidando que ella fue una como nosotros, que caminó también sobre el barro de esta tierra al lado de Jesús y así es el mejor ejemplo de Madre que a nosotros nos puede acompañar en el camino de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy precisamente la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo y la hemos llenado demasiado de mantos y de joyas, que sí es cierto le ofrecemos en nuestro amor de hijos, pero que pudieran alejarla de nosotros y no terminemos de ver cuales son las verdadera joyas que adornan su vida y en lo que es verdadero ejemplo y estimulo de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Jesús.
‘Ella es figura y primicia de la Iglesia’, como la proclama la liturgia de este día de su glorificación. Así tenemos que verla, contemplarla. El evangelio de hoy la presenta caminante para el servicio, cuando va a casa de su prima Isabel donde sabe que la pueden necesitar.
Somos, sí, ese pueblo peregrino, ese pueblo caminante aquí en medio de nuestro mundo y también con una misión. Nuestra misión no es otra que la del servicio, la del amor. El mundo que nos rodea necesita de nuestro amor, necesita ver nuestra dedicación al servicio de los demás, necesita esa palabra y esa luz que les puede ayudar e iluminar para encontrar también un sentido nuevo y un valor nuevo de cuanto hacemos. Es el testimonio del servicio que nosotros hemos de dar, aunque muchas veces nos cueste salirnos de nosotros mismos.
Y contemplamos hoy a María, que se pone en camino, cuando quizás ella necesitaba en su incipiente maternidad ayuda de los demás, pero es capaz de olvidarse de si misma para ir al encuentro de Isabel. ¿No es eso lo que nosotros también tendríamos que hacer? Tenemos el peligro y la tentación tantas veces de reservarnos para nosotros mismos. Miremos a María, que nos estimula con su ejemplo, con su amor, con su caminar para que aprendamos y tengamos fuerzas para hacer lo mismo. ‘Consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’, que repito la proclama hoy la liturgia.
Hoy, como decíamos, la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo. Es la gloria de la Iglesia, es la gloria que un día esperamos nosotros también alcanzar. Hacemos este camino del Reino de Dios con la esperanza de la gloria del cielo. Sabemos que podemos alcanzarla. Jesús nos decía que El iba a prepararnos sitio. Con esas metas de eternidad feliz y dichosa junto a Dios caminamos este camino de nuestro mundo sembrando esas semillas del Reino de Dios con nuestra entrega, con nuestro servicio, con la responsabilidad con que queremos vivir el momento presente de nuestra vida, sin perder nunca la alegría de la fe porque hay esperanza en nuestro corazón.
Miramos a María y nos sentimos estimulados a seguir haciendo ese camino; miramos a María y sentimos fuerza en nuestro corazón porque no nos falta la gracia del Señor que ella intercede por nosotros y para nosotros; miramos a María y pretendemos parecernos a ella para ser luz para nuestro mundo, para llevar esa luz de Cristo como ella supo y sabe seguir llevándola para iluminar nuestros caminos.
La llamamos en nuestra tierra María de Candelaria, y así la celebramos también gozosamente en este día, porque nos trajo la candela, nos trajo la luz, sigue iluminando nuestro camino con la luz de Jesús. Hoy doblemente en nuestra tierra nos sentimos llenos de gozo en esta fiesta de María, por cuanto significa su Asunción y glorificación, por cuanto la podemos llamar Madre de Candelaria para iluminarnos de su luz, que es siempre la luz de Jesús.

martes, 9 de mayo de 2017

Probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir

Probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir

Hechos de los apóstoles 11,19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
Hay ocasiones en que alguien nos cuenta algo que nos parece interesante pero que se va alargando en su narración y aunque vislumbramos que puede llegar a ser muy interesante sin embargo en vueltas y vueltas del narrador parece que no llegamos nunca hasta el final estando muy intrigados por su desenlace. Diríamos que crea suspense en nosotros, como nos sucede en películas o nos puede suceder en una obra literaria. Queríamos saber la verdad final de aquella historia pero parece que nunca llegamos al final.
Nos puede suceder en la intriga que se crea en la vida cuando creemos conocer una persona, pero van apareciendo aspectos de su vida hasta entonces desconocidos para nosotros y que nos ponen en vilo sintiendo honda curiosidad por saber como realmente es esa persona.
‘Nos tienes en suspenso, ¿hasta cuando?’ le decían los contemporareanos de Jesús. Les parecía que lo sabían todo de El, pero cada día van descubriendo nuevos aspectos de su personalidad. Creían vislumbrar en El a un hombre de Dios, a un profeta y entre sus esperazas estaba el que fuera el Mesías. Pero Jesús no terminaba de presentarse con la idea preconcebida que tenían de lo que había de ser el Mesías. ‘Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’ le preguntan.
Las ideas preconcebidas nos pueden confundir cuando la realidad no se ajusta a lo que nosotros habíamos pensado. Con Jesús nunca podemos ir con ideas preconcebidas, con prejuicios, sino que nuestro espíritu ha de estar siempre abierto a dejarse conducir por el Espíritu de Dios que es el que de verdad nos lo revela.
Jesús nos habla de sus obras, que son las obras de Dios. Con lo que Jesús realiza tendríamos que saber descubrirle, reconocerle. Pero algunas veces pareciera que tenemos vendados los ojos. Como le sucedía a la gente en los tiempos de Jesús. Hemos de saber poner nuestra fe en El; si no vamos con los ojos de la fe no llegaríamos a conocerle de verdad. Le sucede a tantos; nos sucede tantas veces, que a causa de nuestros prejuicios nos llenamos de dudas que nos enfrían el corazón y terminamos negando hasta lo más evidente. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso nos sucede en muchas ocasiones.
Hoy se nos ofrece Jesús con la hermosa imagen del pastor y de las ovejas. Una imagen bucólica, si queréis decirme, pero una imagen muy llena de significado si miramos, repito, con los ojos de la fe. Y la fe no es una cosa que conquistemos nosotros, es algo sobrenatural, es un don de Dios. Y Dios quiere regalarnos ese don de la fe si nosotros queremos aceptarlo; pero si lo rechazamos no hay nada que hacer.
Al menos probemos a ponernos en ese camino de la fe y seguro que descubriremos grandes cosas, que de otra forma con nuestros ojos cegados por la increencia nunca llegaríamos a descubrir. Tengamos paciencia, aunque se cree en nosotros un cierto suspense, que al final el Señor se nos revelara y nuestra alegría será grande, nuestra alegría será completa. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Hemos de preguntarnos cuáles son los signos que estamos dando de que queremos celebrar una navidad autentica que sea anuncio de esperanza para nuestro mundo

Hemos de preguntarnos cuáles son los signos que estamos dando de que queremos celebrar una navidad autentica que sea anuncio de esperanza para nuestro mundo

 Isaías 35,1-6a.10; Sal 145; Santiago 5,7-10; Mateo 11,2-11
‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’, le manda a preguntar Juan desde la cárcel a Jesús. ¿Eres en verdad el Mesías? Yo había invitado a la gente a prepararse a tu venida, pero ahora ¿qué signos, qué señales das de que eres en verdad el Mesías?
Una interesante pregunta que le hace Juan a través de sus discípulos, pero que podría ser también muy significativa que nos la hagamos a nosotros mismos. Juan allá en la orilla del Jordán en el desierto con la austeridad de su vida y con la firmeza y rotundidad de sus palabras había querido preparar los caminos del Señor, cumpliéndose en él lo anunciado por los profetas. ¿Le entrarían dudas a Juan si en verdad aquel profeta de Nazaret era el Mesías? ¿O quizá eran las dudas de los discípulos de Juan que aun le quedaban cercano a pesar de estar en la cárcel porque podría parecerles que no respondía exactamente a lo que Juan les había anunciado?
Conocemos la respuesta de Jesús, aquellos signos que realizaba. ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’. Allí se estaban cumpliendo los anuncios de los profetas. Aquellas imágenes que describía Isaías, aquello mismo que Jesús había proclamado en la Sinagoga de Nazaret, allí se estaba cumpliendo en los signos que realizaba. .
Este evangelio que ahora en el marco del Adviento estamos escuchando no es solo una proclamación de que en verdad Jesús es el Mesías y en consecuencia de alguna manera nos ayuda a nosotros a proclamar nuestra fe, sino que nos sirve para algo más. Y es que esa Buena Nueva también nosotros tenemos que seguirla escuchando y seguirla proclamando. Porque a nosotros no solo nos ayuda a clarificar nuestra fe, a descubrir los signos de Jesús, a reconocer que en verdad es el Señor y el Mesías, a quien reconocemos por los signos que realizaba pero a quien bien sabemos que Dios así lo había constituido por su resurrección de entre los muertos, sino que además nos viene a recordar cómo esa Buena Nueva también tenemos que seguirla anunciando a los pobres, tenemos que seguirla anunciando al mundo que nos rodea.
Queremos vivir y proclamar nuestra fe en el hoy de nuestra vida y en la realidad concreta del mundo en el que vivimos. Un mundo también lleno de muchos sufrimientos y de muchas angustias, en los pobres, en los enfermos, en los que nada tienen, en los que ven amenazadas sus vidas desde el hambre, la miseria o las guerras, en tantos que viven sin esperanza y desorientados sin tener un rumbo en la vida, en los que tienen sus vidas llenas de negruras, de tinieblas, de dudas, de incertidumbre ante el futuro, en los que viven en un materialismo atroz sin saber darle una trascendencia a su vida.
Ese mundo que quizá camina a tientas por tantas oscuridad, que no sabe a quien creer porque se presentan tantos queriendo darles esperanzas desde los programas de todo tipo que les presentan; ese mundo que quizá por la dureza en la que vive hace que se vuelva indiferente sin querer creer en nada; ese mundo que quizá busca unos signos y tenemos que saber si somos capaces de mostrárselos.
Por dura que sea la tarea no nos podemos desentender. Por difícil que nos parezca el anuncio del Evangelio no nos podemos callar. No podemos dejar que esas sombras entenebrezcan nuestra vida y también nosotros comencemos a dudar. Hemos de presentar con claridad ese anuncio del evangelio, de esa esperanza nueva y verdadera para nuestro mundo. Tenemos que darles señales.
Es nuestra tarea. Es la tarea de la Iglesia. La pregunta que le hacían los discípulos de Juan a Jesús también el mundo nos la haced. Y la respuesta tenemos que dársela a la manera que lo hizo Jesús, mostrándoles los signos de la verdad de nuestro evangelio. ‘Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’. Tenemos que mostrarles las obras de nuestro amor. Es lo que hará creíble nuestro anuncio.
Miremos entonces cuales son las obras del amor, las obras de misericordia que nosotros practicamos. Ya sabemos que lo que hace la mano derecha no lo debe saber la izquierda, pero eso no quita que demos gloria al Señor mostrando también como vamos en la vida empapados de ese amor.
Ahí están las obras de nuestra Iglesia, madre compasiva y misericordiosa; podemos recordar en nuestra cercanía la labor que realiza Cáritas en nuestras parroquias en la atención de tantas necesidades de tantas personas que nos tienden su mano pidiéndonos ayuda; y no es solo una labor asistencial la que se realiza sino es todo el entramado de proyectos y de obras en búsqueda de una mayor justicia para todos, en tantos programas de desarrollo personal y comunitario que se realizan, en el deseo y la lucha para que todas las personas vivan con una mayor dignidad. Y Cáritas puede realizar esa labor porque detrás están tantos voluntarios que dedican su tiempo, su saber, y hasta sus bienes. Caritas es la comunicación cristiana de bienes de la propia comunidad cristiana que comparte, que se solidariza, que se da por los demás.
Claro que por otra parte podríamos hacer una lista interminable de obras de la Iglesia en tantas y tantas comunidades religiosas que atienden a los ancianos, a los enfermos que nadie quiere y que cuida de día y de noche en sus propias instituciones o personalmente incluso en los domicilios, y en tantas y tantas obras más.
La Iglesia ante la pregunta, semejante a la de aquellos discípulos de Juan, que nos puede hacer el mundo que nos rodea, tenemos que señalarles esos signos de nuestro amor que darán autenticidad al evangelio que anunciamos, que ya no solo lo hacemos con nuestras palabras sino con nuestras obras y con el testimonio de nuestra vida.
No quiero alargarme pero en el fondo detrás de todo esto está la pregunta personal que se nos hace a nosotros o que nosotros personalmente tendremos que hacernos. ¿Cuáles son en verdad los signos que damos y realizamos de nuestra fe en Jesús? Una buena reflexión que tendríamos que hacernos en esta preparación para la navidad, para que hagamos una navidad auténtica, y que sea un verdadero signo de esperanza para nuestro mundo.