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viernes, 6 de marzo de 2026

No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

 


No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

‘¿Eso lo están diciendo por mi? Es la pregunta o la reacción cuando nos vemos aludidos quizás por un comentario que hace alguien en un momento determinado, que escuchamos directamente o quizás nos ha llegado a través de las insinuaciones de otras personas, por las palabras de un maestro o profesor que en su enseñanza utilizará imágenes y comparaciones para transmitirnos su mensaje, por algo que se plantea quizás en una reunión para tratar de resolver algunos problemas y donde con claridad quizás haya que afrontar situaciones o maneras de actuar a las que hay que dar alguna solución. Nuestra reacción puede ser diversa, desde el hacernos los tontos como si aquello no fuera con nosotros, o los resabios que nos surgen interiormente porque nos parece que no somos bien tratados o tratan de hacernos quedar mal, el rechazo y quizás el maquinar cómo podremos  ir contra aquellas personas. ¿Reconocer lo que eso que dicen nos vemos reflejados? Sería una buena señal de madurez, pero que no siempre sabemos afrontar.

Hoy Jesús emplea una parábola para tratar de que los judíos y en especial sus dirigentes se vean reflejados y que sea como una llamada de atención, una llamada a la conversión y a cambiar sus actitudes.

El dueño de la viña que la prepara de la mejor manera posible, poniendo incluso aquellos posibles medios que van a necesitar para hacerla producir de la mejor manera, pero que la arrienda a unos labradores para que la trabajen, le saquen frutos de los que él también como dueño ha de verse beneficiado dado todo lo que ha aportado. Vemos el desarrollo de la parábola y cómo aquellos viñadores acabaran sus frutos y no quieren rendir cuentas a nadie, es más, responderán con violencia.

Ya nos dice el evangelista que los fariseos, los escribas y los maestros de la ley que escuchan a Jesús sienten que habla con ellos. Es un reflejo de lo que ha sido la historia de la salvación reflejada en lo que ha sido la historia de Israel a lo largo de los tiempos. Pero ya vemos también su reacción. Tratarán de quitar de en medio a Jesús.

Pero no nos quedamos en lo antiguo, porque esto es Palabra de Dios hoy para nosotros. ¿Seremos capaces de vernos ahí reflejados también? Es algo que siempre nos cuesta; cuántas veces cuando escuchamos la Palabra de Dios en nuestra celebración y la explicación que nuestros pastores nos ofrecen también tenemos reacciones negativas. Queremos escuchar palabras edulcoradas pero nos hacemos sordos a la crudeza que muchas veces tiene la Palabra de Dios para nuestras vidas. Queremos palabras que nos adormezcan, no queremos escuchar ese grito de la Palabra de Dios que despierta nuestros corazones. Vamos poniendo filtros en nuestros oídos para escuchar aquello que nos arrulla y adormece y lo otro, lo que podría inquietarnos o hacer que nos hagamos preguntas en nuestro interior siempre queremos aplicarlo a los demás.

Y la Palabra de Dios es espada de doble filo que penetra hondo en nuestros corazones. Nos podemos sentir dañados cuando estás tocando las cicatrices de nuestras viejas heridas que no hemos sabido curar bien. Sintamos que si en ese primer momento de escucha nos sentimos impactados y nos puede producir heridas en nosotros, es porque hay algo que está enfermo en nosotros y tenemos que curar.

Agradezcamos que la Palabra de Dios nos interpele porque es señal de que en verdad estamos buscando un auténtico seguimiento de Jesús. Pero Jesús no viene para hacernos sufrir sino para liberarnos de todo sufrimiento, El quiere sanar nuestros corazones, poner vida nueva en nosotros aunque nos cueste arrancarnos de las viejas raíces del pecado que aún se mantienen en nuestro corazón; pero con Jesús nos sentiremos liberados, sanados, llenos de vida; su palabra siempre será una palabra de amor que nos llama y nos invita a ir hasta Él a pesar de nuestros agobios o de nuestras esclavitudes, en su amor siempre encontraremos la verdadera liberación.


miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

lunes, 30 de septiembre de 2024

La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

 


La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

En la tarde del domingo salí a dar una vuelta, como suele decirse para despejar la cabeza, y me encontré por las carreteras de la isla grupos de muchachos de color que iban o venían del campamento donde los tienen acogidos por ser menores, por cierto bastante lejanos de las poblaciones con el correspondiente aislamiento; me hizo pensar en muchas cosas porque detrás de esos muchachos yo quise ver unas familias con sus dramas de pobreza que fuertes tienen que ser para arriesgarse a meterse en una patera en el mar buscando una tierra donde encontrar algo mejor para sus vidas (noticias bastante dramáticas hemos escuchado esta misma semana); pero pensé en nosotros y en nuestras vidas, es cierto que también con nuestros problemas, pero que bien diferentes también en gravedad de los que hay detrás de esos menores; y me vino a la mente la reacción tan variada que tenemos ante esa situación, que sabemos que nos desborda, pero que ahí está.

¿Cómo los miramos? ¿Somos capaces de subirlos a nuestro coche para transportarlos a algún lugar? Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, y es muy habitual encontrarlos, ¿cuál es nuestra reacción? Y ya sabemos los que fomentan noticias interesadas en referencia a estos muchachos buscando crear alarmas en la población buscando reacciones bien interesadas.

Me ha venido todo este pensamiento sintiéndome interpelado por el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. El evangelista nos habla de cómo los discípulos iban discutiendo entre ellos sobre quien era el mayor o el más importante entre aquel pequeño grupo de los que seguían de cerca de Jesús.  

Como tantas veces sucede en nuestros grupos humanos aparecen por un lado las desconfianzas y hasta los resentimientos por cualquier gesto o palabra, pero también aparecen los orgullos que llevamos en nuestro interior que nos hace buscar lugar donde podamos influir o mandar, manifestar nuestro poder o hacer patentes esos deseos de grandeza que tan fácilmente afloran en nuestros corazones.

Nadie se quiere quedar atrás, nadie quiere que otro pueda interponerse por medio y mermar la influencia que yo pudiera ejercer, y manipulamos para poner las cosas a nuestro favor o creamos grupos de presión, buscamos mermar la influencia que otros pudieran tener para nosotros ocupar el primer lugar y desprestigiamos a quien sea para que en los otros no se tenga confianza, hacemos nuestras interpretaciones de los hechos o de las palabras de los demás porque quizás las envidia corroe nuestros corazones, y así tantas cosas que la lista se haría interminable.


Y Jesús, con pocas palabras, pero con gestos enriquecedores que son verdaderas parábolas para nosotros respondió a aquella situación. ¿Qué hace Jesús? Toma a un pequeño, a un niño, y lo pone allí en medio de todos, en el centro de todos. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, son sus escuetas palabras. No hace falta más.

Acoger a un niño, acoger a un pequeño. Mientras no llegaran a una mayoría de edad – que por cierto era mucho menos que lo que hoy consideramos en nuestros ordenamientos jurídicos mayoría de edad – los niños eran poco considerados y de alguna manera no eran sujetos de derechos. Era sí una persona, pero que no era considerada para nada, no era escuchada ni tenida en cuenta. Y Jesús dice acoger a un niño, tenerlo en cuenta, ponerlo en consideración, ponerlo también en el centro; Jesús viene a decirnos que es algo importante, porque es como acogerlo a El. Y para redondear la importancia, nos dice que acogerlo a El era acoger al que lo ha enviado, y El se siente enviado por el Padre Dios, como tantas veces nos dirá.

Con la imagen del evangelio, por supuesto, que pensamos en el niño al que aun hoy se le tiene en toda la debida consideración, siempre será un menor. Pero en esa imagen del niño, del pequeño que nos presenta Jesús nosotros podemos ver a muchos. Muchos son los poco considerados de la sociedad; cuánta discriminación sigue existiendo a pesar de que hablemos tanto de tolerancia, y de respeto a las personas, y de que todos somos iguales, y buscamos derechos para este o para aquel otro grupo que me interesa y hasta nos hacemos una legislación.

Pero pensemos si en el día a día con todos los que nos vamos encontrando en el camino nosotros tenemos la misma consideración; a cuantos excluimos de la sociedad porque son… y ponemos tantas condiciones para que los consideremos dignos. Y en ese niño o ese pequeño, del que hoy nos habla el evangelio, yo quiero ver también a ese inmigrante que de forma legal o de forma ilegal llega a nuestras tierras, quiere incorporarse a nuestra sociedad, porque a no todo el que nos llega de otra tierra lo acogemos de la misma manera; ¿tratamos igual al turista en sus vacaciones que al que llega a nosotros y no sabemos de donde viene o no puede pagarse un techo para cobijarse?

Jesús nos habla hoy de acogida. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto y no solo es ya en estos casos graves que hemos ido mencionando, sino en el día a día con nuestros convecinos, con nuestros compañeros de trabajo, incluso hasta con los mismos familiares que pueden estar pasando por situaciones diferentes y difíciles en la vida y también les ponemos nuestras pegas.

Jesús ha venido a instaurar el Reino de Dios; esa acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en ese Reino de Dios.

lunes, 5 de junio de 2023

El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

 


El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

Tobías 1,3; 2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12

Comienza hoy diciéndonos el evangelio que  ‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos’ y al final del texto termina diciéndonos el evangelista que ‘intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.

Comprendemos fácilmente cuál fue la intención de Jesús entonces y desde ahí hacemos toda la interpretación. Pero tengo que decir que pobre se quedaría para nosotros esta escucha de la Palabra de Dios si solamente nos quedamos con esa interpretación que de alguna manera vemos fuera de nosotros. Si hoy se nos proclama este evangelio no es a la manera erudita de simplemente saber lo que Jesús hacia entonces y la respuesta negativa que estaban dando precisamente los dirigentes del pueblo judío.

Hoy se nos proclamado este texto y a nosotros, los de hoy, los cristianos del siglo XXI, los que la escuchamos en este día en la celebración litúrgica y los que quizás por nuestra cuenta hemos leído este texto del evangelio, a nosotros se nos ha dicho hoy, ‘Palabra de Dios’, o sea que es para nosotros la Palabra que Dios nos dirige. Es importante esto, porque tenemos que llegar a comprender lo que hoy a nosotros de una forma muy concreta, nos quiere decir el Señor con su Palabra.

Es la maravilla de la Palabra de Dios que siempre tiene algo que decirnos. Que tampoco podemos quedarnos en la interpretación de siempre, o la interpretación que hicimos en un momento determinado con un mensaje que en aquel momento el Señor quería dirigirnos. Y ahora en estas circunstancias concretas que vivimos de nuestra vida es lo que tenemos que saber escuchar que el Señor quiere decirnos. No se trata de forzar el texto para hacerle decir lo que no dice, o para ajustarlo a lo que puedan ser nuestros deseos o intereses. Es algo más, es lo que el Señor nos dice, nos pide.

‘¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros’ se preguntaba Jesús al final del relato de la parábola, que realmente no era una pregunta retórica, sino de alguna manera una denuncia de la respuesta negativa que había dado el pueblo judío a las maravillas que Dios había obrado en ellos. Pero ¿esa pregunta no se volverá contra nosotros? Es aquí donde tenemos que ver en concreto lo que hoy el Señor nos quiere decir. Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros ¿y cuál es nuestra respuesta?

No queremos ser negativos porque siempre hemos de saber ver aquellas respuestas que hayamos dado, aunque nos parezcan mínimas, pero creo que la balanza no se inclinará fácilmente a favor nuestro. Sin embargo quiero invitaros a que hagamos como un inventario de cuántas maravillas ha hecho el Señor con nosotros a lo largo de la vida. Si queremos quedarnos en lo más inmediato veamos tantos momentos de paz que hemos sentido a pesar de los momentos tumultuosos que hayamos tenido que pasar. Muchas angustias quizás hemos tenido y hemos acudido al Señor, y casi sin darnos cuenta incluso de lo que le habíamos pedido al Señor, aquellas tormentas pasaron y aquí estamos queriendo tener el corazón en paz. ¿No habría que reconocerlo? Y así cuantas cosas más.

Pero siguiendo con los inventarios continúa recordando tantos momentos de paz que has tenido en tu corazón, o esos pequeños gestos que en más de una ocasión habremos tenido de bondad con los que están a nuestro lado, o esa sonrisa que hemos mantenido en nuestro semblante, a pesar de la angustia que llevábamos por dentro, pero la mantuvimos porque sabíamos que con ellos podíamos hacer el bien a los que estaban a nuestro lado y necesitaban esa sonrisa que también a ellos les llenará de ánimo. Seamos capaces también de reconocer cuántas cosas buenas llevamos en el corazón, no para llenarnos de orgullo o vanidad, sino para saber también dar gracias al Señor. Es una manera de presentar nuestros frutos, los frutos de las cosechas de nuestra vida al Señor.

Será también un impulso que sintamos en el corazón que nos sigue empujando para que demos frutos de obras buenas que podamos seguir presentando al Señor.


lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

jueves, 22 de septiembre de 2022

Con curiosidad en el corazón dejémonos sorprender e interpelar por la presencia de Jesús y demos pasos para escucharle de verdad lo más íntimo de nosotros mismos

 


Con curiosidad en el corazón dejémonos sorprender e interpelar por la presencia de Jesús y demos pasos para escucharle de verdad lo más íntimo de nosotros mismos

Eclesiastés 1, 2-11; Sal 89;  Lucas 9, 7-9

Siempre lo hemos dicho, hay curiosidades y hay curiosidades. Cuantas veces quizás de niño nos mandaron callar, ‘no seas curioso’ nos dijeron porque siempre andábamos preguntando y preguntando cansando al más paciente con nuestras curiosidades, cuantas veces nos han dicho ‘en eso no te metas, no seas curioso’ porque quizás molestaba nuestra curiosidad o porque tratábamos de entrar en cosas que no se podían o ‘no convenía’ sacar a la luz; cuántas curiosidades en ocasiones para nuestros juicios o nuestros prejuicios, para la crítica o para la condena. Curiosidades vanas que nada nos dicen ni nada nos van a ayudar como personas.

Pero no es lo mismo la curiosidad del que quiere aprender, y se interroga y busca porque quiere entrar respuestas, cosa que tendríamos que alentar porque quizás es lo que nos va haciendo crecer por dentro; es la curiosidad del que quiere conocer otras cosas y otros mundos, es la curiosidad del caminante que busca no solo paisajes sino encuentros con otros o con algo nuevo y distinto, del que quiere dejarse sorprender, del que quiere profundizar y quiere en verdad madurar en la vida, del que quiere encontrar respuestas a los interrogantes profundos que todos llevamos dentro, del que quiere avanzar en sus conocimientos intelectualmente, haciendo ciencia, del que quiere ciertamente encontrar la verdad. No es una curiosidad malsana, sino una curiosidad madura y que nos hará maduros cada día más.

¿Cuáles son nuestras curiosidades? ¿Realmente tenemos esa curiosidad para dejarnos sorprender por algo nuevo y que incluso pudiera cambiarnos la vida cuando nos hace descubrir algo nuevo?

Hoy nos habla el evangelio de la curiosidad de Herodes que tenía ganas, dice, de conocer a Jesús. Había oído hablar de Jesús, de lo que enseñaba y de lo que hacía, pero quizá en su conciencia sintiera los aldabonazos de su cobardía cuando mandó matar al Bautista, con el que ahora en cierto modo comparaban a Jesús. Quería conocer a Jesús pero no daba pasos para llegar a ese conocimiento y a ese encuentro.

Hay otra curiosidad que nos aparece en el evangelio, es Zaqueo, el que se subió a la higuera porque al menos desde allí podía ver a Jesús a su paso por Jericó. Pero había dado un paso, al menos lo había intentado subiéndose a la higuera para verlo a su paso. Pero además se dejó sorprender por Jesús que lo descubrió allá entre las hojas de la higuera. Y había sabido escuchar la auto-invitación de Jesús para hospedarse en su casa. Bajó corriendo y contento porque incluso había logrado más de lo que esperaba. Jesús se iba a hospedar en su casa, y ya sabemos lo que pasó después.

Y es aquí donde hoy nos sentimos interpelado por ese evangelio de Jesús y dejarnos sorprender. ¿Tendremos también esa curiosidad por conocer a Jesús? Y no importa que nos consideremos ya muy cristianos, que sabemos mucho de religión y de todas esas cosas, ¿tenemos aun curiosidad por conocer a Jesús? No vamos a divertirnos como intentaría más tarde Herodes cuando tuvo la oportunidad de tener a Jesús en su palacio, cuando se lo envió Pilatos, donde quería que Jesús hiciera alguno de aquellos portentos que hacía allí delante de su corte.

Nuestra curiosidad tiene que ir por otros caminos, una curiosidad por Jesús que siempre tiene que estar presente en nuestra vida, por mucho que nos digamos que ya sabemos muchas cosas. Dejémonos sorprender por esa presencia de Jesús. Dejémonos interpelar por su presencia en nuestra vida. Dejemos que nos hable al corazón y comencemos a dar pasos, a subirnos si queremos a la higuera o a bajar corriendo para abrirle las puertas de nuestra casa, pero vayamos en búsqueda que nos vamos a encontrar que es Jesús el que viene en búsqueda de nosotros. No temamos a lo que nos pueda comprometer.

miércoles, 20 de julio de 2022

Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

 


Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

Las imágenes que se nos presentan hoy en el evangelio son realmente cautivadoras. Nos llenamos la mente de imaginación y disfrutamos con esa riqueza de imágenes. Nos ponemos a soñar. Es bueno. La mente necesita también de imágenes que nos cautiven, que nos llamen la atención, imágenes no solo para soñar, sino para que seamos capaces de aterrizar, de bajar a pie de calle, de encontrarnos con la vida.

Por una parte está el cuadro que nos describe el evangelista de lo sucedido en aquella mañana – poniendo imaginación también quiero pensar en una mañana esplendorosa - en la orilla del Tiberíades, las gentes que quizá han venido a ver los resultados de la pesca, pues era la hora en que retornaban las barcas después de una dura faena, pero que se habían encontrado al profeta de Nazaret y en torno a él se habían arremolinado para escucharle. ¿Se olvidarían quizá de lo que realmente habían venido a buscar a la orilla del lago? Ahora todos querían escuchar a Jesús; como tantas veces sucedería entre todos los estrujaban; El decide subir a una de las barcas mientras los pescadores limpiaban las redes, para desde allí como en un escenario hablar de manera que todos le pudieran escuchar.

La escena por si misma y ella sola ya nos tendría que hacer pensar. Querían escuchar a Jesús y se agolpaban en torno a El. Y Jesús no deja pasar la oportunidad de sembrar la semilla. De eso les va a hablar. Y El está allí como ese sembrador que esparce la semilla. ¿Serán todos tierra buena y fértil? Es precisamente en lo que les quiere hacer pensar.

Nos quiere hacer pensar, porque hoy es para nosotros. Pero ¿es que seremos capaces de correr también hasta la orilla porque queremos escucharle?  ¿O pasaremos indiferentes porque ya nos lo sabemos, que lo hemos escuchado tantas veces, y nos pondremos indiferentes a la distancia? Lo han visto muchas veces. Siempre que se reúne y aglomera gente ante algo que sucede o que se está realizando, veremos a los que se ponen a distancia y no se implican, van a ver de qué va la cosa, por ahora no vamos a complicarnos mucho.

Y por ahí va toda la belleza y la riqueza de la parábola que propone Jesús. El sembrador que sale a sembrar la semilla, pero los distintos campos y terrenos por donde va a ir pasando para esparcir esa semilla. No todos los terrenos son iguales, no todos los terrenos están preparados para sembrar esa semilla, no todos los terrenos se han labrado previamente para quitar hierbajos y zarzales, para aflojar la tierra endurecida o para ararla debidamente para que pueda recibir esa semilla que pueda producir luego buenas plantas que den fruto.

Y es aquí donde de nuevo tenemos que mirarnos y constatar nuestra realidad, y ver cual es nuestra predisposición, saber si en verdad estamos dispuestos a escuchar para sembrar en el corazón. La parábola es muy rica en imágenes y matices como para reflejar en verdad ese campo que es la vida, ese campo que es ese mundo en el que vivimos. Ese campo que está en nuestras manos para que lo cultivemos. ¿No nos dijo Dios allá en el Génesis, en los inicios del mundo y de la vida, allá en el paraíso que dominásemos sobre toda la creación? La puso en nuestras manos para que la trabajásemos y pudiéramos hacerle dar buenos frutos.  Pero ¿qué hemos hecho de la vida y del mundo?

Demasiado lo hemos pisoteado de manera que la tierra se nos ofrecerá dura y áspera; demasiados abrojos hemos dejado crecer porque no la hemos cuidado debidamente y brotan los zarzales de nuestros enredos, de nuestros orgullos, de nuestras violencias, de nuestras ambiciones egoístas y hemos creado como un caparazón que nos envuelve, que nos aísla, que nos insensibiliza, que nos encierra. No es la tierra propicia para que una buena semilla haga brotar hermosas plantas que nos den ricos y sabrosos frutos.

Hablábamos de la belleza de las imágenes y de toda la riqueza que encierran estas palabras del Evangelio, pero precisamente esa belleza y riqueza será mayor si somos capaces de aterrizar, de llegar a la realidad de nuestra vida para contrastar, para sentirnos interpelados y estemos dispuestos a hacer todo lo posible por ser esa tierra buena. Es la respuesta que se está esperando de nosotros hoy y ahora.

viernes, 1 de julio de 2022

El relato del evangelio nos interpela y nos interroga para analizar bien a quienes escogemos como compañeros de camino también en la vida de nuestras comunidades

 


El relato del evangelio nos interpela y nos interroga para analizar bien a quienes escogemos como compañeros de camino también en la vida de nuestras comunidades

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

Seguimos llevándonos por las apariencias. Aunque digamos que no, que no discriminamos a nadie. Pero pensemos a los amigos que vamos a llevar con nosotros si queremos emprender un camino; pensemos a quien escogemos si vamos a realizar una tarea ardua en la que se pueden poner en juego muchas cosas y que de alguna manera podría marcar un futuro; pensemos en los cuestionamientos que nos hacemos si hay una tarea social en nuestro entorno en la que podríamos participar, pero para ver qué clase de personas son las que van a participar.

Y pensemos en las ciertas reticencias o desconfianzas que no las decimos pero las tenemos por dentro ante un inmigrante, un latino que haya venido de América, alguien que haya llegado de más allá de las fronteras de Europa, o una persona de color que haya llegado a nuestras tierras, ya fuera en patera o por cualquier otro medio; y vemos a la hija que se ha hecho muy amigable de aquel muchachito de color y comenzamos a preguntarnos de donde viene, y quien es, y qué hace, y no se cuántas cosas más… De muchas maneras, sutiles muchas veces, seguimos llevándonos por las apariencias.

Sucede hoy como ha sucedido siempre, pero no significa que ésas tengan que ser nuestras posturas. La elección que Jesús hace en aquella ocasión de alguien a quien invita a seguirle produce muchos comentarios, o en una palabra, no era bien vista por todos, como no lo eran las compañías de las que se rodeaba Jesús.

En lo que hoy nos relata el evangelio vemos que Jesús al pasar por delante de la garita de un recaudador de impuestos, se detiene e invita a aquel hombre al que todos consideraban un publicano para seguirle y para estar con El. Leví está allí en sus tareas de cobrador de impuestos, de cambista o prestamista que era algo que iba unido en aquella profesión y pasó Jesús le dijo ‘Sígueme’, y nos dice que ‘se levantó y lo siguió’.

Podría haber tenido otros criterios Jesús en la elección de sus seguidores, y sobre todo de aquellos que luego de una manera especial iba a llamar para ser los apóstoles. Como un día se había detenido al pie de aquella higuera para decirle al que estaba escondido entre sus ramas que quería hospedarse en su casa, y era también un publicano.

Los fariseos, los maestros de la ley eso no lo entienden ni lo entenderán nunca. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les echarán en cara a los discípulos de Jesús. ¿Cómo es que os mezcláis con tan variada gente sin mirar a quien Jesús está escogiendo?, podría ser la consideración que de alguna manera en su crítica le estaban haciendo. ¿Es que también vosotros os mezcláis con todos, sea quien sea?

Quizá sea una consideración que aun nosotros llevamos en nuestro interior. Algunas veces seguimos sin entender, o no nos atrevemos a dar el paso a la manera de Jesús. Tenemos que ser sinceros con aquellas consideraciones que nos hacíamos para comenzar esta reflexión. Tendríamos que analizarlo en nuestras actitudes personales, en las cosas que realizamos y que no les damos importancia, pero que de alguna manera ocultan esas discriminaciones que tantas veces en la vida vamos haciendo.

Tendríamos que analizarlo en nuestro actuar como iglesia en nuestras comunidades, porque quizá seguimos reservando puestos de honor, porque quizás seguimos dejando a la puerta aquellas personas que no nos agradan, porque quizá aun no todos se sienten a gusto en nuestras comunidades porque notan ciertas miradas quizá compasivas, pero que no siempre son las miradas limpias y llenas de amor de quienes sabemos acogernos los unos a los otros.

El relato del evangelio nos interpela, nos interroga por dentro; no nos quedemos en juzgar las actitudes de las gentes en los tiempos de Jesús sino que ahí tenemos que ver cómo eso quizá se está reflejando de alguna manera en nuestras actitudes o en nuestra manera de actuar. El relato nos anima a abrir los ojos con una mirada nueva y distinta, a que evitemos esas miradas superficiales con las que vamos tantas veces en la vida, fijándonos solo en apariencias, buscando honores o reconocimientos, pero no teniendo la apertura de corazón que nos pide Jesús. Sepamos descubrir el misterio de Dios que se oculta en cada persona y aprendamos entonces a amarla de verdad.

lunes, 25 de abril de 2022

Tenemos la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros con la seguridad de que transmitimos vida llevando salud y salvación a nuestro mundo

 


Tenemos la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros con la seguridad de que transmitimos vida llevando salud y salvación a nuestro mundo

1Pedro 5, 5b-14; Sal 88; Marcos 16, 15-20

‘Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Son las palabras finales del evangelio de san Marcos, a quien hoy estamos celebrando. Es por lo que rompemos de alguna manera el ritmo de los textos de la Escritura que vamos escuchando en el tiempo pascual en el que estamos, para ofrecernos este texto del evangelio de san Marcos; en la coincidencia, por otra parte, que es parte este texto del que escuchamos en el pasado sábado.

Se ha escogido litúrgicamente este texto en la fiesta de san Marcos, por ser del evangelio que él nos transmitió, y por el envío que Jesús hace de sus discípulos a ir por todo el mundo anunciando el evangelio. ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’.

Un anuncio de la Buena Noticia de Jesús para despertar la fe en aquellos a los que se hace este anuncio. Cómo nos dirá el apóstol san Pablo en alguna de sus cartas ¿Cómo van a creer si no se les anuncia la Buena Noticia? La Buena Noticia de Jesús nos llegará desde el testimonio de quienes han puesto su fe en El, pero también de esa palabra pronunciada para anunciar el nombre de Jesús. Una palabra, es cierto, que tiene que ir acompañada por el testimonio de una vida.

Y es aquí donde nos surge la pregunta que nos interpela. ¿Es nuestra vida en verdad un testimonio que se hace anuncio? La Palabra que pronunciamos y queremos anunciar ¿va seriamente acompañada por el testimonio de nuestra vida? Necesariamente tiene que haber una interrelación porque de lo contrario se puede convertir en una palabra hueca y vacía. Es nuestra vida la primera que se ha de convertir en un grito y en un anuncio para quienes nos vean. ‘Que vean vuestras buenas obras para que glorifiquen a vuestro Padre del cielo’, nos dirá Jesús en el evangelio.

Y es que la fe que tenemos en Jesús cuando aceptamos su evangelio tiene que envolvernos y empaparnos. No es un adorno que podamos poner y quitar de nuestra solapa cuando nos convenga. La fe va a ser un sentido de vida, un motor para la vida, una luz que ilumina y da un valor y un sentido nuevo a nuestra vida.

Me he encontrado un texto de un autor contemporáneo que no me resisto a trasmitiros y que muy sabiamente nos dice: ‘Por la fe será distinta la vida. Por la fe, resistirá la esperanza. Por la fe, plantaremos cara a lo ingrato, lo vacío, lo absurdo. Por la fe derribaremos gigantes, devolveremos la vida a los muertos. Por la fe espantaremos a la soledad y al miedo. Por la fe abriremos la puerta al extraño. Por la fe quemaremos las naves para adentrarnos en la tierra nueva donde Tú nos esperas. El justo vivirá por la fe. (José María Rodríguez Olaizola, S.I. “Cuando llegas”)

No nos quita nuestras debilidades pero no da fortaleza; no nos quita la dureza del anuncio en un mundo quizás adverso pero nos da valentía para proseguir nuestro empeño; no nos hace la vida fácil porque la lucha siempre hemos de mantenerla para que se conserve encendida nuestra luz, pero tenemos la seguridad de que podemos llegar hasta el final. Nos abre caminos y nos da el arrojo de emprenderlos confiados en llegar a la meta; no nos sentiremos nunca solos porque tenemos la certeza de que la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros. Tenemos la seguridad que transmitimos vida, que estamos llevando la salud y la salvación a nuestro mundo.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

 


Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde la autenticidad de las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién eres tú para hablarme así? ¿Quién eres tú para decirme eso? ¿Quién te crees que eres? Reacciones así habremos escuchado más de una vez, o tal vez hasta nos lo han echado en cara cuando quizá quisimos intermediar y poner paz entre dos que se consideraban enemigos irreconciliables, cuando alguien con inquietud dentro de su corazón saltó porque aquella injusticia no la podía soportar o aquel mal trato que le estuvieran dando a una persona determinada.

Muchos ejemplos podríamos poner. Muchas frases que quieren desautorizar, muchas actitudes o posturas que quieren hacer lo que les da la gana y no soportan que alguien quiera pararles los pies y poner un poco de orden. Siempre ha sucedido; se quita autoridad o se desprestigia al que actúa con autoridad, en el fondo no se quiere aceptar la propia metedura de pata y buscamos subterfugios sea como sea para que no haya nadie que quiere poner orden.

Así hacían con Jesús o trataban de hacer con Jesús. Las autoridades judías en cierto modo se sienten interpeladas por lo que Jesús enseña al pueblo y no lo pueden soportar. Por eso quieren quitar autoridad, desprestigiar, pero Jesús no depende de esos prestigios humanos ni de la aprobación o no que los otros quieran darle a Jesús. Si hoy en el evangelio vemos que sobre todo los jerarcas dentro del pueblo de Israel quien desprestigiar o quitar autoridad a Jesús, por otra parte hemos visto que ante la gente sencilla Jesús se presenta con autoridad y la gente sencilla lo reconoce. ‘¡Qué autoridad tienen sus palabras!’, se dicen unos a otros. Se dicen otros. ‘¡Nadie ha hablado con tanta autoridad!’

Pero es que cuando caemos en esa pendiente de confusionismo al final estamos tan liados que hasta nos contradecimos a nosotros mismos, estamos tan confundidos que ya no sabemos ni en qué ni en quien apoyarnos para lo que hacemos o decimos. Es la trampa en que caen cuando vienen a preguntarle a Jesús por su autoridad, porque Jesús les devuelve la pregunta haciendo una referencia a Juan. El pueblo admiraba a Juan aunque no habían tenido el valor para defenderlo cuando Herodes quiso quitárselo de encima. Y ahora Jesús les pregunta cuál era el valor de las palabras y de los gestos de Juan, al que, por cierto, ellos tampoco habían querido escuchar. Se veían en la trampa de tener que comerse sus propias palabras o podían callarse y dar la huida por respuesta que es lo que intentaron hacer. Por eso Jesús no entró al trapo con las preguntas y las insinuaciones que le hacían, sino que siguió actuando con total libertad y valentía.

¿No será eso lo que nos hace falta a nosotros? porque también nos enredamos y terminamos por no saber lo que queremos y en quien creemos. Nuestras palabras y nuestros gestos algunas veces se nos quedan en fantochadas, porque les falta la profundidad de la vida; simplemente nos dejamos arrastrar por aquello de que esto siempre ha sido así pero no intentamos preguntarnos por el sentido evangélico que tienen las cosas que nosotros hacemos o tendríamos que hacer.

Nuestra autoridad se reciente en muchas ocasiones por la poca sinceridad con que actuamos en la vida, o porque en ocasiones buscamos apariencias pero que no es una vivencia profunda y sentida del evangelio.

Nuestra verdadera autoridad tenemos que mostrarla desde las obras del amor que realicemos fundamentados en la fe que tenemos en Jesús. Cuando sea claro nuestro compromiso por el amor entonces estaremos dando verdadera señal de nuestra vivencia del evangelio y estaremos dando verdadero testimonio de la fe que profesamos.

Cuando nos ponemos de verdad al lado de los que sufren, a lado de los pobres, al lado de los que padecen injusticia, al lado de los que son considerados como los últimos de este mundo, entonces estaremos dando verdadero testimonio de Jesús, estaremos mostrándonos como verdaderos profetas por la autenticidad de nuestras obras y palabras.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Una interpelación que se nos hace que está esperando una respuesta desde la vida de lo que significa Jesús para nosotros

 


Una interpelación que se nos hace que está esperando una respuesta desde la vida de lo que significa Jesús para nosotros

Eclesiastés 3, 1-11; Sal 143; Lucas 9, 18-22

En la vida, ya sea desde que somos jóvenes o ya en nuestra vida adulta siempre hay una persona que es como una referencia para nosotros, bien porque en ella hayamos puesto nuestra confianza y sabemos que siempre podemos contar con ella, o ya sea porque la rectitud de su vida, la entrega que vemos que es capaz de hacer por los demás nos sirve como estímulo para nuestro personal caminar.

Quizás desde niño nuestro padre o nuestra madre, un hermano mayor, un pariente cercano a nosotros con el que mantenemos buena relacion, ya sea porque ya mayor un día llegó a nuestra vida esa persona que siempre tuvo para nosotros una palabra certera, un buen consejo, un decirnos la verdad quizá de nosotros mismos, y ya para nosotros es como un apoyo, una referencia como decíamos, que nos estimula y nos hace levantar el vuelo en tantos momentos en que quizá estamos decaídos.

Siempre podemos encontrar ese amigo, ese confidente, ese hombro sobre el que descansar en nuestros momentos duros y que con él a nuestro lado parece que nos sentimos más fuertes para nuestras luchas. Ojalá no nos falte ese apoyo humano y espiritual en ese alguien con quien un día nos cruzamos en la vida y que se quedó con nosotros.

Desde esa experiencia humana que de una forma o de otra habremos vivido en nuestra vida, yo me pregunto ahora qué significaba Jesús en la vida de sus discípulos más cercanos, incluso de aquellos a los que ya llamaba apóstoles porque hacían ya su vida junto a Jesús. En distintos momentos y en distintas circunstancias cada uno de ellos se había ido encontrando con Jesús; habría surgido la inquietud en sus corazones cuando le escuchaban hablar allá junto al lado o los sábados en la sinagoga; algunos habían sido invitados expresamente por Jesús para formar parte del grupo, otros de una forma o de otra habían ido en su búsqueda y se habían quedado atrapados junto a El. Ya finalmente no sabían vivir sin El, a todas partes le seguían, y con El habían emprendido un camino que ellos mismos aun no sabían ni a donde les llevaba.

Y es a ellos, en uno de esos caminos en que incluso se habían alejado bastante del lago de Tiberíades porque andaban allá cercanos a las fuentes del Jordán, fue Jesús el que directamente les lanzó la pregunta, la doble pregunta en la que tendrían que decantarse para manifestar con sinceridad lo que El significaba para ellos.

La pregunta fue doble. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Era una forma de entrar en el tema. La opinión de la gente, lo que la gente decía cuando le escuchaba hablar, cuando veía sus signos y milagros. Y la gente comentaba la autoridad con que Jesús hablaba no como los escribas y maestros de la ley, y decían que Dios había visitado a su pueblo por el poder con que actuaba sobre los espíritus inmundos o como curaba a los enfermos solamente con su palabra o alguna vez incluso dejándose tocar la orla de su manto; y la gente lo consideraba un profeta porque nunca habían visto cosa igual, y ya lo comparaban con los grandes profetas de la antigüedad o recordaban al más reciente Juan el que bautizaba junto al Jordán.

Pero Jesús no quiere quedarse ahí, porque la interpelación era más directa para aquellos que estaban más cercanos a El, aquellos que le seguían a todas partes, aquellos que convivían incluso en la misma casa, aquellos que eran testigos más directos de los milagros de Jesús o que de El escuchaban explicaciones más concretas de lo que enseñaba a la gente. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta esta pregunta era más comprometida y podemos imaginar el silencio que se haría en torno a Jesús, las miradas que unos a otros se dirigían a ver quien rompía a hablar, lo que con su mirada se interrogaban unos a otros, ¿qué vamos a responder?

Ahora ya no se trataba de reflejar lo que otros decían, ahora era expresar lo que ellos sentían; ahora no era cuestión de decir palabras aprendidas de memoria, sino sacar de lo hondo del corazón lo que ellos sentían por Jesús. Aquello que de alguna manera expresaban sin palabras cuando iban siguiendo su camino ahora había que expresarlo y eso muchas veces cuesta porque no encontramos las palabras. ¿Qué podemos decir de un amigo al que queremos mucho y al que tenemos como referencia de nuestra vida como antes veníamos reflexionando? Muchas veces no encontramos palabras.

Será Simón Pedro el que se adelante a confesar ‘para nosotros eres el Mesías’. Así simplemente lo sentían aunque quizá en altavoz no se habían atrevido a decirlo nunca, aunque en sus mentes estaban en aquellas confusiones que se tenían sobre sueños de poder y de grandeza. Pero ahora están hablando de una forma distinta; otro evangelista cuando nos narra este mismo hecho pondrá en labios de Jesús una alabanza para la respuesta de Pedro pero diciendo que si ha sido capaz de decirlo es porque lo inspirado el Padre del cielo en su corazón.

Pero la pregunta del evangelio no va dirigida solo a los apóstoles que aquel día con Jesús estaban. La pregunta, la interpelación va dirigida a ti y a mí, a nosotros que hoy estamos escuchando y meditando este evangelio. ¿Cuál es la respuesta vital que cada uno de nosotros hemos de dar? Yo ahora no añado nada, sino que nos toca detenernos para ver qué es lo que nosotros, cada uno, sentimos por Jesús, lo que para cada uno significa Jesús en su vida. Hay una respuesta que tenemos que dar.

jueves, 24 de septiembre de 2020

El evangelio de Jesús será vida para mi vida, luz en mi oscuridad, vademécum en mi camino, viático que me alimenta y me conforta en cualquier momento de mi vida

 


El evangelio de Jesús será vida para mi vida, luz en mi oscuridad, vademécum en mi camino, viático que me alimenta y me conforta en cualquier momento de mi vida

Eclesiastés 1, 2-11; Sal 89; Lucas 9, 7-9

‘El tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse…’ Le llegaban noticias de Jesús. Aunque muy enfrascado estuviera con sus fiestas y banquetes, con su vida regalada y sensual, las noticias de Jesús traspasaban también las fronteras de palacio y le llegaban a Herodes. Lo que escuchaba la inquietaba, al final se nos dirá que tenía curiosidad por conocer a Jesús. Pero la inquietud podía venir también de una conciencia que no está tranquila.

Y es que cuando le hablaban de Jesús algunos se hacían eco de las cosas que en su imaginación se decía de Jesús. Recordamos que cuando Jesús pregunta a sus discípulos lo que la gente pensaba de El, le comparan con un profeta de los antiguos y le comparan también con Juan Bautista que había sido degollado por Herodes. Y ya sabemos que entre comparar una persona y otra y llegar a la confusión de que era como una resurrección – hoy la gente diría reencarnación – de Juan, era un paso muy fácil de traspasar. Y de ahí vendrían también los remordimientos de Herodes, porque reconocía lo que había hecho y sentía, es cierto, que había hecho mal por dejarse embaucar por aquella mujer con la que convivía, la mujer de su hermano.

Estamos viendo las inquietudes e interrogantes que la figura de Jesús provoca en las gentes. Su fama se extendía y llegaba a todas partes. Hoy estamos escuchando como en su inquietud Herodes también tenía deseos de conocer a Jesús. Podríamos preguntarnos, quizá, por qué era esa inquietud y esa curiosidad. ¿También escucharía con gusto a Jesús, como nos dice que en ocasiones escuchaba a Juan el Bautista?

Sí sabemos que cuando tiene ocasión de un cara a cara con Jesús, ya en los momentos de la pasión cuando Pilatos se lo envía para que lo juzgue ya que Jesús provenía de Galilea y eso era territorio de Herodes que en aquella ocasión con motivo de la fiesta de la pascua estaba en Jerusalén, quiere poco menos que convertirlo en una marioneta para que lo divirtiera a él y su corte, seguro que aburridos en Jerusalén. Pero Jesús no le dirigió ni una palabra.

Pero poco importa ahora los motivos que tuviera Herodes para sentir curiosidad por Jesús y querer conocerlo. Nos ayuda lo que podamos ver reflejado en los demás, pero lo importante es que nosotros lo estamos escuchando como Palabra de Dios que llega a nosotros, Palabra que Dios quiere dirigirnos a nosotros de una forma directa en este momento. Es así como un cristiano tiene siempre que escuchar la Palabra de Dios, acercarse a la Biblia para leerla y escucharla en su corazón. Por eso, en estos momentos, lo importante es la interpelación que desde la Palabra de Dios podamos estar recibiendo nosotros.

Cuando escuchamos el evangelio ¿nos sentimos de alguna manera interpelados por la Palabra de Dios? ¿Qué es lo que nos lleva a leer y escuchar el evangelio? Bien sabemos que muchos lo miran como un libro más, que algunos simplemente se acercan porque tienen curiosidad y quieren conocer cosas de Jesús, que algunos piensan en Jesús como un personaje de la historia interesante que merece la pena conocer pero sin dejar que esas palabras o esa vida de Jesús haga mella en sus vidas, que algunos incluso lo rechazan y lo miran como un libro de mitos y leyendas pero que son cosas que a los hombres de hoy ya no les dice nada. ¿Entraremos quizá en algunas de esas categorías?

Aquí es cuando con sinceridad tenemos que plantearnos qué buscamos, si sentimos en verdad que Dios nos habla a través del evangelio, de esos hechos y palabras de Jesús, hasta donde llega nuestra fe. Y es que al evangelio no nos podemos acercar de cualquier manera; no puede ser algo que leamos o escuchemos y ya lo demos por sabido, sino que tenemos que saber descubrir y escuchar lo que ahora en este momento me está diciendo a mi el evangelio.

Siempre tiene que ser una buena noticia, y si es noticia siempre tenemos que mirarlo como nuevo, como noticia que de parte de Dios llega ahora a mi vida. Así el evangelio será vida para mi vida, luz en mi oscuridad, vademécum en mi camino, viático que me alimenta y me conforta en cualquier momento de mi vida.

miércoles, 8 de julio de 2020

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

 Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7
Hemos de reconocer una cosa, vivimos, queremos vivir una vida cómoda sin demasiadas complicaciones y está la reacción o la postura de muchos en que cada uno va a lo suyo y a mi que no me compliquen la vida, pero está también la reacción bastante peligrosa de los que nos creemos buenos y nos vamos contentando con hacer lo de siempre, acomodamos incluso lo que escuchamos a lo que es la rutina de nuestra vida y también es que no nos complicamos demasiado.
Hay sucesos de la vida, cosas que pasan en nuestro entorno o que quizá escuchemos en cualquier medio de comunicación, o será un gesto de alguien en nuestro entorno que en un momento determinado toma decisiones que nos pueden parecer drásticas, o será un mensaje que nos llega aparentemente inocente, pero que cuando nos detenemos a pensar resulta que nos revuelve y nos interroga por dentro. Cosas, hechos, gestos, palabras que son como un toque de atención, una llamada, un interrogante por dentro y nos sentimos impactados y parece que tenemos que buscar una salida que quizá nos puede plantear cambios en nuestra vida.
Hay momentos en que la Palabra del Señor que escuchamos nos impacta; es algo que quizá hemos escuchado muchas veces, pero ahora aquel gesto de Jesús, aquella palabra, aquel mensaje nos llama la atención. Puede surgir una lucha interior en que quizá queremos acallar aquello que nos sucede, pero se nos pueden presentar importantes interrogantes sobre la manera como escuchamos habitualmente el evangelio. Necesitamos sinceridad, apertura del corazón, humildad para dejarnos interrogar, disponibilidad para dar los pasos que se nos pueden estar pidiendo, aunque algunas veces todo eso nos cueste mucho.
En el relato del evangelio que hoy se nos ofrece se nos habla de la llamada de Jesús a los doce que iba a constituir apóstoles; el evangelista, por así decirlo, nos da el listado oficial, pero el evangelista también nos habla de las recomendaciones que Jesús hace en aquel momento en su envío a los apóstoles. Es curioso que en esta ocasión les dice que no vayan a tierra de paganos – eso será en otro momento en otro envío – ni que vayan a las ciudades de Samaria; los envía a las ciudades descarriadas de Israel. No los envía a territorios fáciles, a lugares por los que ya habría pasado Jesús y habrían escuchado el primer anuncio, no los envía a aquellos lugares de la gente buena, de los que ya se comportan como buenos israelitas. Los envía a las ciudades descarriadas de Israel.
Es para pensar. El evangelio me está obligando a hacer un parón para dejarnos interrogar por cosas. Es para pensar en nuestra situación, en lo que habitualmente hacemos los cristianos, a lo que es la tarea pastoral ordinaria de la Iglesia. ¿A dónde vamos? ¿Con quienes contamos? Con los que ya habitualmente vienen, con los que ya habitualmente están pidiéndonos unos servicios religiosos, por ejemplo, ya sea por motivos de bautismos, primeras comuniones, matrimonios o defunciones. Pero ¿ahí están todos?
Es cierto que vivimos en unos lugares que decimos cristianos, porque la mayoría de la gente bautiza, se casa o reza por sus difuntos. Pero bien sabemos que la realidad que nos rodea ya no es esa. Que para muchos quizá lo más que les queda es ir a un santuario por devoción a una imagen de la Virgen, del Señor o de algún santo, pero que de ahí no pasan, y ya  no son todos tampoco los que realizan esas prácticas religiosas.
Cuando camino por las calles, carreteras o caminos de mi entorno veo la cantidad de gente que vive a su aire en ese aspecto religioso o cristiano, cuando no alejados totalmente de la fe y de la práctica religiosa. Antes sonaban las campanas llamando a Misa y veíamos salir a la gente hacia la Iglesia, ahora quizá molesta que toquen las campanas porque los pueden despertar de sus sueños, o pueden ser un toque de atención que no quieren recibir. ¿Y la Iglesia llega a toda esa gente? ¿Y los cristianos que nos decimos más comprometidos con nuestra fe nos sentimos preocupados por hacer llegar el mensaje del evangelio a esas gentes?
Nos falta más espíritu misionero; sentir ese envío del Señor que nos envía, no a los de siempre, a los que ya están, sino a los que no vienen nunca, a los que han perdido el rumbo de la fe, a los que ya no les dice nada el evangelio. Quizá también la práctica pastoral de la Iglesia también tendría que cambiar mucho en la formas o en la atención que le prestamos a esos alejados. Decimos mucho, como palabras bonitas, una Iglesia en salida, una iglesia misionera, ponemos bonitos carteles en nuestros templos, pero no nos podemos quedar en eso, tenemos que ir de verdad al encuentro de ‘esas ovejas descarriadas de Israel’, como nos dice hoy Jesús en el evangelio.

El pensarlo ya quizá es un impacto o un interrogante a nuestra conciencia.