Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta parábola de los viñadores homicidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta parábola de los viñadores homicidas. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de marzo de 2026

No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

 


No temamos sentirnos interpelados por la Palabra de Dios, aunque de momento nos haga sufrir en nuestra realidad, en Jesús encontraremos siempre la verdadera sanación de nuestras vidas

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

‘¿Eso lo están diciendo por mi? Es la pregunta o la reacción cuando nos vemos aludidos quizás por un comentario que hace alguien en un momento determinado, que escuchamos directamente o quizás nos ha llegado a través de las insinuaciones de otras personas, por las palabras de un maestro o profesor que en su enseñanza utilizará imágenes y comparaciones para transmitirnos su mensaje, por algo que se plantea quizás en una reunión para tratar de resolver algunos problemas y donde con claridad quizás haya que afrontar situaciones o maneras de actuar a las que hay que dar alguna solución. Nuestra reacción puede ser diversa, desde el hacernos los tontos como si aquello no fuera con nosotros, o los resabios que nos surgen interiormente porque nos parece que no somos bien tratados o tratan de hacernos quedar mal, el rechazo y quizás el maquinar cómo podremos  ir contra aquellas personas. ¿Reconocer lo que eso que dicen nos vemos reflejados? Sería una buena señal de madurez, pero que no siempre sabemos afrontar.

Hoy Jesús emplea una parábola para tratar de que los judíos y en especial sus dirigentes se vean reflejados y que sea como una llamada de atención, una llamada a la conversión y a cambiar sus actitudes.

El dueño de la viña que la prepara de la mejor manera posible, poniendo incluso aquellos posibles medios que van a necesitar para hacerla producir de la mejor manera, pero que la arrienda a unos labradores para que la trabajen, le saquen frutos de los que él también como dueño ha de verse beneficiado dado todo lo que ha aportado. Vemos el desarrollo de la parábola y cómo aquellos viñadores acabaran sus frutos y no quieren rendir cuentas a nadie, es más, responderán con violencia.

Ya nos dice el evangelista que los fariseos, los escribas y los maestros de la ley que escuchan a Jesús sienten que habla con ellos. Es un reflejo de lo que ha sido la historia de la salvación reflejada en lo que ha sido la historia de Israel a lo largo de los tiempos. Pero ya vemos también su reacción. Tratarán de quitar de en medio a Jesús.

Pero no nos quedamos en lo antiguo, porque esto es Palabra de Dios hoy para nosotros. ¿Seremos capaces de vernos ahí reflejados también? Es algo que siempre nos cuesta; cuántas veces cuando escuchamos la Palabra de Dios en nuestra celebración y la explicación que nuestros pastores nos ofrecen también tenemos reacciones negativas. Queremos escuchar palabras edulcoradas pero nos hacemos sordos a la crudeza que muchas veces tiene la Palabra de Dios para nuestras vidas. Queremos palabras que nos adormezcan, no queremos escuchar ese grito de la Palabra de Dios que despierta nuestros corazones. Vamos poniendo filtros en nuestros oídos para escuchar aquello que nos arrulla y adormece y lo otro, lo que podría inquietarnos o hacer que nos hagamos preguntas en nuestro interior siempre queremos aplicarlo a los demás.

Y la Palabra de Dios es espada de doble filo que penetra hondo en nuestros corazones. Nos podemos sentir dañados cuando estás tocando las cicatrices de nuestras viejas heridas que no hemos sabido curar bien. Sintamos que si en ese primer momento de escucha nos sentimos impactados y nos puede producir heridas en nosotros, es porque hay algo que está enfermo en nosotros y tenemos que curar.

Agradezcamos que la Palabra de Dios nos interpele porque es señal de que en verdad estamos buscando un auténtico seguimiento de Jesús. Pero Jesús no viene para hacernos sufrir sino para liberarnos de todo sufrimiento, El quiere sanar nuestros corazones, poner vida nueva en nosotros aunque nos cueste arrancarnos de las viejas raíces del pecado que aún se mantienen en nuestro corazón; pero con Jesús nos sentiremos liberados, sanados, llenos de vida; su palabra siempre será una palabra de amor que nos llama y nos invita a ir hasta Él a pesar de nuestros agobios o de nuestras esclavitudes, en su amor siempre encontraremos la verdadera liberación.


domingo, 8 de octubre de 2023

Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado para hacer un mundo mejor

 


Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado para hacer un mundo mejor

 Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

¿Somos administradores o somos dueños? Pareciera que serían distintas las actitudes, las posturas, la manera de ver las cosas según como nos sintamos con aquello que tenemos entre manos. Parece que el administrador tiene que rendir cuentas ante aquel que lo ha puesto al frente de aquella administración. Sin embargo, si somos dueño podemos administrarnos como queramos, podemos hacer de aquello que tenemos lo que más nos guste o nos apetezca. Pudiera parecer que así es o pudiéramos quizás hacernos otros planteamientos, porque siempre tendría que prevalecer la responsabilidad ante la propia vida, ante nosotros mismos y creo que al final pensamos que incluso en aquello de lo que nos consideramos dueños también tenemos que actuar con una cierta responsabilidad. ¿Es que podríamos hacer de nuestro mundo lo que nos apetezca, incluso destruirlo si se nos llegara a ocurrir?

Creo que la parábola que hoy se nos ofrece en el evangelio, completada con lo que nos ha dicho el profeta Isaías, nos tendría que hacer pensar en este sentido. Es un canto de amor del amigo por su viña, muy preciada, como nos dice el profeta. Es una viña muy cuidada y preparada con todo tipo de detalles para hacerla producir de la mejor manera, de la que nos habla Jesús en la parábola. Y Jesús nos dice que el dueño de la viña, después de haberla preparado de la mejor manera, la arrendó a unos viñadores para que la trabajaran y le hicieran dar fruto. Hasta ahí todo muy hermoso.

Pero la viña de la que nos habla el profeta no produjo buenos frutos. Los viñadores que cuidaban de la viña, no rindieron sus frutos al dueño que al tiempo de la cosecha y la vendimia envió a sus criados a recoger sus frutos. Más bien los maltrataron y los echaron, como hicieron también con el hijo del dueño de la viña que mataron para ellos quedarse con la viña.

Y aquí tenemos que pararnos a pensar. Eran solamente los administradores pero ellos se creyeron dueños y en posesión de la viña. Cambiaron el enfoque. ¿Será lo que de alguna manera nos puede suceder a nosotros? ¿Podemos hacer de la vida lo que nos apetezca hasta llegar incluso a destruirnos? Mucho tiene aplicación esta parábola en lo que es la vida, lo que son nuestras responsabilidades y lo que son nuestros valores.

La parábola en si misma tiene una connotación muy en relación a lo que ha sido toda la historia de la salvación reflejada en el propio pueblo de Israel. Así lo entendieron los sumos sacerdotes y los ancianos a los que Jesús les estaba dirigiendo la parábola. Pero es nuestra historia, nuestra propia historia de la salvación que nosotros hemos vivido. Esa viña escogida y amada del Señor en la que ha derramado tantas gracias. Recordemos lo que ha sido nuestra vida, lo que hemos recibido y la respuesta que nosotros también damos. Mucho tenemos que mirarnos y mucho tenemos que revisarnos. ¿Cuáles son los frutos que hemos dado a tanta gracia, a tanto regalo que hemos recibido del amor de Dios?

Pero nos hace mirarnos también en las cosas de cada día que vivimos o que tenemos que realizar; nuestras responsabilidades en la vida, nuestros compromisos con el mundo en el que vivimos, nuestra relación con los demás, lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, nuestras capacidades. ¿Cómo nos lo hemos tomado? Pensamos muchas veces que son mis cualidades, son mis dones, es lo que yo valgo o lo que yo sé hacer; es para mi provecho y beneficio, es una riqueza en mi vida que yo me administro para mi mismo. ¿Me puedo quedar realmente con ese pensamiento tan egocéntrico, tan egoísta y tan insolidario? ¿Es que pensamos que el mundo y la vida es nuestra finca particular de la que podamos hacer lo que nos apetezca?

‘Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos jornaleros?’ La respuesta parece obvia. Pero Jesús termina la parábola dejándonos un principio muy hermoso. No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho,  ha sido un milagro patente’. Ya sabemos, es cierto que esa piedra angular es Cristo, pero también podemos entender que aunque merezcamos ser desechados por nuestra infidelidad y nuestra falta de lealtad para con el Señor que tanto nos ha regalado, sin embargo hay una certeza, y es que Dios quiere seguir confiando en nosotros. ‘Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’, que nos decía san Pablo.

Quiere que sigamos siendo piedra en la construcción de nuestro mundo, quiere que recapacitemos y seamos capaces de darle la vuelta a la vida para que comencemos a aportar todo eso que somos, toda esa riqueza que hay en nuestra vida, tanto que el Señor nos ha regalado para que hagamos ese mundo mejor, para que construyamos el Reino de Dios. Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado.

lunes, 5 de junio de 2023

El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

 


El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

Tobías 1,3; 2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12

Comienza hoy diciéndonos el evangelio que  ‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos’ y al final del texto termina diciéndonos el evangelista que ‘intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.

Comprendemos fácilmente cuál fue la intención de Jesús entonces y desde ahí hacemos toda la interpretación. Pero tengo que decir que pobre se quedaría para nosotros esta escucha de la Palabra de Dios si solamente nos quedamos con esa interpretación que de alguna manera vemos fuera de nosotros. Si hoy se nos proclama este evangelio no es a la manera erudita de simplemente saber lo que Jesús hacia entonces y la respuesta negativa que estaban dando precisamente los dirigentes del pueblo judío.

Hoy se nos proclamado este texto y a nosotros, los de hoy, los cristianos del siglo XXI, los que la escuchamos en este día en la celebración litúrgica y los que quizás por nuestra cuenta hemos leído este texto del evangelio, a nosotros se nos ha dicho hoy, ‘Palabra de Dios’, o sea que es para nosotros la Palabra que Dios nos dirige. Es importante esto, porque tenemos que llegar a comprender lo que hoy a nosotros de una forma muy concreta, nos quiere decir el Señor con su Palabra.

Es la maravilla de la Palabra de Dios que siempre tiene algo que decirnos. Que tampoco podemos quedarnos en la interpretación de siempre, o la interpretación que hicimos en un momento determinado con un mensaje que en aquel momento el Señor quería dirigirnos. Y ahora en estas circunstancias concretas que vivimos de nuestra vida es lo que tenemos que saber escuchar que el Señor quiere decirnos. No se trata de forzar el texto para hacerle decir lo que no dice, o para ajustarlo a lo que puedan ser nuestros deseos o intereses. Es algo más, es lo que el Señor nos dice, nos pide.

‘¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros’ se preguntaba Jesús al final del relato de la parábola, que realmente no era una pregunta retórica, sino de alguna manera una denuncia de la respuesta negativa que había dado el pueblo judío a las maravillas que Dios había obrado en ellos. Pero ¿esa pregunta no se volverá contra nosotros? Es aquí donde tenemos que ver en concreto lo que hoy el Señor nos quiere decir. Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros ¿y cuál es nuestra respuesta?

No queremos ser negativos porque siempre hemos de saber ver aquellas respuestas que hayamos dado, aunque nos parezcan mínimas, pero creo que la balanza no se inclinará fácilmente a favor nuestro. Sin embargo quiero invitaros a que hagamos como un inventario de cuántas maravillas ha hecho el Señor con nosotros a lo largo de la vida. Si queremos quedarnos en lo más inmediato veamos tantos momentos de paz que hemos sentido a pesar de los momentos tumultuosos que hayamos tenido que pasar. Muchas angustias quizás hemos tenido y hemos acudido al Señor, y casi sin darnos cuenta incluso de lo que le habíamos pedido al Señor, aquellas tormentas pasaron y aquí estamos queriendo tener el corazón en paz. ¿No habría que reconocerlo? Y así cuantas cosas más.

Pero siguiendo con los inventarios continúa recordando tantos momentos de paz que has tenido en tu corazón, o esos pequeños gestos que en más de una ocasión habremos tenido de bondad con los que están a nuestro lado, o esa sonrisa que hemos mantenido en nuestro semblante, a pesar de la angustia que llevábamos por dentro, pero la mantuvimos porque sabíamos que con ellos podíamos hacer el bien a los que estaban a nuestro lado y necesitaban esa sonrisa que también a ellos les llenará de ánimo. Seamos capaces también de reconocer cuántas cosas buenas llevamos en el corazón, no para llenarnos de orgullo o vanidad, sino para saber también dar gracias al Señor. Es una manera de presentar nuestros frutos, los frutos de las cosechas de nuestra vida al Señor.

Será también un impulso que sintamos en el corazón que nos sigue empujando para que demos frutos de obras buenas que podamos seguir presentando al Señor.


viernes, 10 de marzo de 2023

Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

 


Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Muchas veces nos sucede que no terminamos de comprender cuál es nuestro lugar en la vida, cuál es la función en verdad que hemos de desempeñar con esa vida que tenemos en nuestras manos, y decir esa vida es decir los bienes de este mundo, pero la misma sociedad en la que vivimos y a la que tenemos que servir.

Nos creemos dueños absolutos y queremos hacer de todo según lo que nos parezca o nos convenga, queremos un desarrollo de la sociedad, por ejemplo, cuando en nuestras manos está el ordenamiento de esa sociedad, solo según mis ideas o mi pensamiento y no somos capaces de llegar a un entendimiento con el resto de la sociedad que también se siente responsable de la misma porque en ella vive. Así nos encontramos normas y leyes excesivamente partidistas, cuando se realizan desde una ideología predeterminada o cuando se buscan particulares intereses.

¿Habremos descubierto en verdad que somos administradores y que también tendremos que rendir cuentas de la rectitud con que hemos usado de esas posibilidades que teníamos entre manos? Son cosas que tenemos que tomarnos muy en serio, que nos tienen que hacer reflexionar, que nos tienen que llevar a encuentros y no a dispersión.

¿De qué nos habla hoy Jesús en el evangelio? Conocida es la parábola. El hombre que preparó una viña, con sus lagares y todos los servicios necesarios para hacerla producir y la confió a unos viñadores. En la época de recoger los frutos envió a sus operarios para recibir las rentas y beneficios de aquella viña que había puesto a producir, pero los viñadores se creyeron amos y se negaron a entregar los frutos y rendimientos; incluso mandó a su propio hijo, que fue echado de la viña y al que también dieron muerte como habían hecho con los otros enviados del amo.

Es la historia de lo que hacemos; fue un reflejo en su momento de la historia del pueblo de Israel y un toque de atención a los que en aquellos momentos eran dirigentes del pueblo. Se creían también dueños y que podían hacer de la viña del Señor lo que ellos quisieran. Así se sintieron aludidos los sumos sacerdotes y los dirigentes de la sociedad judía de entonces que ya tramaban también quitar de en medio a Jesús, dando cumplimiento a lo que de una manera también profética se anunciaba en la parábola.

Nosotros tenemos que leerla hoy también haciendo aplicación a nuestra vida. ¿Qué hacemos de los dones que nos ha regalado el Señor? ¿También nos creemos dueños absolutos? Pensemos en la respuesta que damos, pensemos en como nos dejamos conducir por la palabra de Dios, pensemos en lo que hacemos de la misma Palabra del Señor que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. ¿Cuál es la respuesta que damos con nuestra vida?

Pero la parábola también nos hace mirar a nuestra sociedad. Puede ser también un grito profético para los dirigentes de nuestra sociedad de hoy si supieran y quisieran escuchar. Pero es también un grito profético para nuestra vida, la de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir cuál es nuestro lugar y nuestra función en la sociedad. No es en muchas ocasiones en los cristianos que nos sintamos dueños, pero su puede ser la inacción con que vivimos, el poco compromiso que sentimos por esa sociedad que está en nuestras manos, las pocas iniciativas que somos capaces de tener para poner por obra todo eso bueno que podemos y tenemos que hacer por nuestro mundo.

¿Dónde andamos los cristianos en la construcción de nuestra sociedad? ¿No nos estaremos quedando en la retaguardia, pero sobre todo por nuestra inacción y nuestra falta de compromiso, por miedo a asumir el papel tan importante que tendríamos que tener en la construcción de nuestro mundo?

viernes, 13 de marzo de 2020

Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad


Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46
Cada día en mi paseo con mi perrito paso entre los viñedos de mi pueblo asentados en las cercanías de mi casa. A lo largo del año voy viendo todo el proceso que lleva su cultivo, preparando las tierras y liberándolas de toda maleza que pueda dañar el cultivo y desarrollo de la vida, pero contemplando también en su tiempo las podas que liberan de ramajes inútiles e innecesarios, pero también cómo en la medida que van surgiendo y creciendo los distintos brotes se sulfatan para liberarlos de dañinas plagas hasta ver brotar sus frutos en hermosos racimos cortados a su tiempo para llevar al lagar. En ocasiones son los propietarios quienes realizan su labor o en otras son personas que las han arrendado para cultivarlas, pero siempre con mimo y esmero esperando obtener los mejores frutos a su sacrificado trabajo. Pero siento la tristeza también de los terrenos abandonados, de las viñas no cuidadas y, podríamos decir, enterradas en medio de zarzales y de abrojos que las ahogan y no las dejan producir.
Confieso que me recuerda continuamente diversos momentos del evangelio como la parábola que hoy se nos ofrece. No habla también de un propietario de una vida que la preparó y la cuidó de la mejor manera posible, confiándola a unos viñadores para que continuaran el trabajo y le hicieran rendir los mejores frutos. Pero aquellos arrendadores se creyeron dueños en su ambición haciéndose oídos sordos para el rendimiento de cuentas a quien era el verdadero propietario.
Cuando escuchamos una parábola ya sabemos que no nos quedamos en la literalidad de lo que es la narración que se nos ofrece en ella, pero bien sabemos que todos los detalles que se nos ofrecen han de tener su traslación a lo que es nuestra vida concreta y a lo que es el meollo del mensaje que se nos quiere ofrecer. Así tenemos que hacerlo con esta parábola tratando de interpretar y entender muy bien lo que significa cada uno de los personas o en este caso hasta la misma propiedad de la viña.
Aquellos escribas y fariseos que escucharon de labios de Jesús la parábola bien entendieron su significado sabiendo que iba por ellos y por lo que ha sido toda la historia de Israel. Se sintieron aludidos, de manera que esto les motivaba más para tratar de eliminar a Jesús.
¿Nos sentiremos aludidos nosotros de igual modo? ¿Esa viña cuidada y preparada por aquel propietario que luego confió a aquellos viñadores no estará significando también la historia de nuestra vida? Ese regalo que Dios ha puesto en nuestras manos, como ha sido toda la creación para el servicio del hombre, de la humanidad, que Dios nos confía no solo para que la cuidemos en su primigenio estado sino que la desarrollemos y hagamos crecer llenando de vitalidad nuestro mundo, un mundo que no es solo exclusividad de algunos sino que es bien y riqueza para toda la humanidad.
¿Qué hacemos de nuestra vida?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo? Tenemos que interrogarnos nosotros y sentirnos interpelados por cuando sucede en nuestro mundo desde el mal uso, la mala administración que nosotros estamos haciendo de esa riqueza de la creación.
Con demasiado egoísmo tratamos nosotros nuestra propia vida, como toda la obra de la creación, porque nos adueñamos de ella como si fuera algo exclusivo nuestro que podemos hacer con ello lo que nos da la gana. Será el mal trato que le damos a nuestra propia vida cuando no solo no la cuidamos sino que la dañamos con tantos abusos que de ella hacemos. Podemos pensar en ese mundo de violencia en que nos vemos envueltos, como puede ser tantas cosas viciosas que dañan nuestra vida por el mal uso que hacemos de cuanto está en nuestras manos. Y pensamos, repito, en nuestra propia vida, pero tenemos que pensar en todo lo que hacemos con nuestro mundo que en lugar de embellecerlo muchas veces lo que hacemos es destruirlo.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos al hilo de esta parábola, pero valgo esto para hacernos tomar conciencia de la responsabilidad con que hemos de tratar nuestra vida y la naturaleza de ese mundo que nos rodea y en el cual vivimos. ¿Qué dejaremos o cómo lo vamos a dejar para cuantos vienen después de nosotros? ¿Será como esas viñas maltratadas o descuidadas que a veces nos encontramos en nuestro entorno?

viernes, 22 de marzo de 2019

El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros


El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Lo entendieron bien pero se hacían oídos sordos. ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Ya el evangelista al narrarnos el episodio apunta que aquella parábola la dijo ‘Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’.
Y habla Jesús de la viña que aquel propietario había preparado con todo detalle y que confió a unos arrendadores. Pero los arrendadores no cumplieron, no rindieron sus frutos, es más respondieron con violencia a las exigencias lógicas del propietario. Al final en la conclusión de la parábola Jesús se pregunta si el propietario no quitará la viña a quienes no habían respondido debidamente y se la confiará a otros.
Es cierto que la parábola es un retrato de lo que ha sido la historia del pueblo de Israel. Ellos confesaban en su fe toda la historia de salvación que Dios había realizado con ellos. Pero se quedaba en eso, en una confesión de palabra, pero no en un reconocimiento vital, porque no daban respuesta a cuanto Dios había hecho por ellos.
Pero cuando nosotros escuchamos hoy la parábola no nos quedamos en constatar hecho antiguos o que sucedieran en otro momento, sino que siempre la Palabra es una palabra viva que llega a nuestra vida concreta. ¿No tendremos igualmente nosotros que darnos por aludidos cuando se nos presenta este hecho del evangelio? Es la forma como tenemos que escuchar nosotros de una forma viva la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida concreta. Para que nuestra fe no se quede en palabras sino que sea algo vivo que implica toda nuestra vida.
En este camino cuaresmal que estamos haciendo es momento para la reflexión, para la escucha atenta de la Palabra de Dios, para la revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y de nuestros comportamientos. Es momento para reconocer esa historia de salvación que Dios ha ido desarrollando en nuestra vida; cuantas maravillas ha ido Dios haciendo en nosotros; de cuantos dones nos adornado en su maravilloso amor; cuanta ha sido la gracia que ha derrochado en nosotros. ¿Y cuál ha sido nuestra respuesta?
No siempre hemos dado respuesta de amor; cuantas veces también nos hemos hecho oídos sordos a tantos signos de su amor que Dios ha puesto a nuestro lado; cuantas personas buenas, cual profetas, han llegado hasta nosotros y han tenido una palabra buena, una invitación al amor y la generosidad y no hemos sabido ni verlos ni escucharlos; cuantas llamadas habremos escuchado cada vez que se nos ha proclamado la Palabra del Señor o hemos participado en celebraciones litúrgicas.
Sintamos en verdad que esta Palabra hoy quiere llegar a nuestra vida y nos está pidiendo frutos, de penitencia y de conversión, de amor y de generosidad, de empeño por vivir esa vida nueva que el Señor nos ofrece. No cerremos nuestros oídos ni nuestro corazón. Respondamos a su amor con nuestro amor aunque quizá en principio sea pobre, pero que con la llama de amor a nuestro lado crecerá y crecerá hasta dar fruto.

lunes, 5 de junio de 2017

Con mirada creyente sepamos contemplar la historia de nuestra vida para descubrir una historia de amor con que Dios nos ha regalado y enriquecido la viña de nuestra existencia

Con mirada creyente sepamos contemplar la historia de nuestra vida para descubrir una historia de amor con que Dios nos ha regalado y enriquecido la viña de nuestra existencia

Tobías 1,3;2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12
‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos…’ Cuando nosotros hoy escuchamos este evangelio no nos podemos quedar en que Jesús se puso a hablar a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, porque hoy esta palabra está dicha para ti y para mí. Cuando se termina de proclamar este texto se dice ‘Palabra de Dios, Palabra del Señor’. Pero esa palabra de Dios, esa Palabra del Señor no está solo dicha para otro tiempo, para otra gente, sino que esta Palabra de Dios está dicha para nosotros hoy. Es la actualidad, la realidad de nuestra vida con la que hemos de escuchar siempre la Palabra del Señor.
¿Y qué nos dice a ti y a mi, que nos dice a nuestra iglesia de hoy, que le dice a este mundo concreto en que vivimos hoy esta Palabra del Señor que se nos proclama? Es lo que con sinceridad, con apertura de corazón tenemos que saber descubrir, escuchar hoy para que no se quede en una palabra en el aire que no llega nadie. Sería una semilla caída en el vacío.
Siempre la primera interpretación que hacemos es reconocer en esa descripción la historia de la salvación realizada en el pueblo de Israel. Bien lo comprendieron aquellos sumos sacerdotes, escribas y ancianos aunque no quisieran reconocerlo. La forma con que reaccionaron es que entendieron muy bien que iba por ellos y por la respuesta que el pueblo de Israel, empezando por sus propios dirigentes religiosos y sociales, estaban dando.
Desde esa misma óptica tenemos que reconocer que es la historia de la salvación, la historia del amor de Dios en mi vida. Esa viña escogida, cuidada, confiada aquellos viñadores es nuestra vida y son todos los regalos de amor que de Dios hemos recibido. Cada uno tiene su propia historia porque cada uno tiene su propia vida. Pero con los ojos del creyente hemos de saber descubrir esa acción de Dios en nosotros; el lugar donde hemos nacido, la familia que tenemos, los padres que nos han cuidado y educado, la influencia de los amigos que nos rodean, el estatus social en el que vivimos, y cuantas cosas buenas que hemos recibido en la vida de las personas que nos aman, de lo que es la sociedad en la que vivimos, de lo que hemos escuchado y lo que hemos vivido. Sepamos descubrir esa mano de Dios, ese amor de Dios que así nos ha regalado. Son los ojos del creyente con que hemos de saber mirar nuestra vida.
Y al mismo tiempo miramos nuestra respuesta, los frutos que florecen en nuestra vida o las cosas que quizá se han malogrado en nosotros porque no hemos sabido cuidarlas, los valores que no hemos desarrollado, el tiempo que hemos perdido, los caminos que habremos emprendido en ocasiones no siempre por las sendas de la rectitud porque nos hemos dejado seducir por el orgullo o las vanidades de la vida y así muchas cosas mas.
¿Qué nos estará hoy pidiendo el Señor? Es necesario que recapacitemos, que reorientemos nuestra vida cuando hemos perdido el norte, que aprendamos a abrir los ojos de la fe, que reconozcamos el amor de Dios en nuestra vida que nos está pidiendo frutos. ¿Qué respuesta le damos? ¿Qué respuesta la hemos estado dando hasta ahora?

lunes, 30 de mayo de 2016

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos…’ y al final del texto de la parábola el evangelista nos dice: ‘Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.
Es la parábola bien conocida del viñador que prepara su viña y la arrienda a unos jornaleros que luego se negaran a rendir sus frutos al dueño, maltratando incluso a los enviados por el dueño a cobrar sus rentas y que terminan por matar al hijo para apoderarse de la viña. Una parábola, es cierto, que refleja la historia de Israel en la respuesta que dan a todo cuanto el Señor ha hecho por su pueblo. Una referencia clara a lo que en aquellos momentos sucede en la no acogida que están haciendo de Jesús al que rechazan e incluso le llevarán a la muerte, con lo que tiene también un cierto sentido profético de anuncio de lo que le va a suceder a Jesús.
‘Veían que la parábola iba por ellos’. Pero no nos contentamos nosotros con pensar en esa referencia que Jesús hace de los sumos sacerdotes de su tiempo, de los escribas o de los ancianos. Y nosotros ¿sentiremos que la parábola va también por nosotros? Aquí tendríamos que reconocer cuantos dones y gracias hemos recibido del Señor y analizar cual es la respuesta que nosotros damos a esa gracia del Señor.
También nosotros de alguna manera manipulamos la Palabra que recibimos del Señor y su gracia, porque nos hacemos nuestras propias interpretaciones y de tantas maneras queremos justificarnos por la respuesta que no damos. Aceptamos aquello que nos parece que nos conviene, pero decimos que nos conviene porque no nos obligue quizá a un cambio en nuestra manera de hacer las cosas, un cambio de actitudes en nuestro corazón, o porque simplemente muchas veces cuando escuchamos la Palabra pensamos en lo bien que le viene a los demás, y se la queremos aplicar a este o a aquel, pero no nos la aplicamos a nosotros mismos.
Con sinceridad tenemos que ponernos ante el Señor y reconocer cuantas reservas nos hacemos para nosotros mismos para no dar ese paso, para no realizar ese cambio que tendríamos que realizar en nuestra vida, para no tener esa actitud nueva que sabemos que tendríamos que tener hacia los demás, hacia personas concretas que nos cuesta quizá aceptar. Pensemos en cuantas debilidades en nuestra vida que nos hacen resbalar por la pendiente de la rutina, del mínimo esfuerzo, del dejar para otro momento eso que sabemos que tendríamos que hacer.
Sintamos con toda sinceridad que la parábola viene por nosotros; cada uno hemos de escucharla como dicha directamente a su corazón, porque es así como siempre hemos de escuchar la Palabra de Dios para que en verdad demos fruto, esos frutos de gracia que nos pide el Señor.

viernes, 26 de febrero de 2016

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Un peligro fácil que tenemos es el ponernos como espectadores de las cosas que suceden. Miramos desde lejos como si esas cosas no nos afectaran; si algún mensaje o lección pudiera sacarse de dicho acontecimiento o de aquellas cosas que se hablan o que escuchamos, eso no nos afecta a nosotros y pensamos con toda facilidad que eso le vendría bien a tal o cual persona, pero casi nunca pensamos que eso nos puede afectar, nos debe hacer pensar o ahí hay un mensaje para nuestra vida también.
Y esa actitud de espectadores la podemos tener también ante la Palabra de Dios que escuchamos, ante la que nos quedamos quizá en la belleza del escena con su ternura o los sentimientos que puede provocar, lo importante quizá de aquel acontecimiento pero que miramos como de otro tiempo y que ahora a nosotros por lo menos no nos afecta, o simplemente admiramos la belleza literaria del relato, ya sean las propias palabras de Jesús o sus discursos o parábolas. Y como decíamos antes, si hay un mensaje eso es para los otros y hasta pensamos en personas concretas a las que se les aplicaría muy bien.
Sin embargo en lo que hoy escuchamos aquellos que se enfrentaban a Jesús supieron entender muy bien la parábola que Jesús propone comprendiendo que aquello iba en concreto por ellos. Así reaccionaron. Pero cuidado con lo mismo que venimos diciendo, pensar que la parábola solo estaba dicha por la reacción que el pueblo judío, el pueblo Dios, estaba teniendo con Jesús.
Es cierto, sí, que Jesús estaba plasmando en aquella parábola un resumen de lo que había sido la historia de la salvación, la historia del pueblo de Israel,  pero ¿no tendríamos que decir también que es un resumen de nuestra historia?
Yo quiero pensar, por otra parte, en la ternura que se estaba derramando del corazón de Cristo cuando les estaba proponiendo aquella parábola; era yo diría como un derramarse una vez mas todo el amor del Señor por aquel pueblo al que seguía llamando y seguía ofreciéndole la posibilidad de la respuesta a la salvación que Jesús les ofrecía. Podemos sentir ese dolor lleno de amor, o ese amor inundado al mismo tiempo de dolor en el corazón de Cristo por aquel pueblo al que amaba.
Pero, repito, ¿no tendríamos que sentir que es lo mismo que Jesús ahora nos está ofreciendo a nosotros? ¿No está ahí esa mirada honda, profunda, tremendamente entrañable que Jesús nos está dirigiendo a lo más profundo de nosotros invitándonos a dar una respuesta de amor?  No bajemos la cabeza ni la volvamos para otra parte sino dejemos que los ojos de Jesús penetren profundamente en nosotros, porque nos está haciendo desde la ternura de su corazón una llamada de amor.

lunes, 1 de junio de 2015

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Tobías 1,3;2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12
‘Veían que la parábola iba por ellos, pero temieron a la gente y dejándolo allí se marcharon’. Entendieron lo que Jesús les decía, pero eso no significaba que lo iban a aceptar y recibirlo como una palabra de salvación para ellos. ‘Querían echarle mano… temieron a la gente… dejándolo se marcharon’.
Cuanto nos dice esto. Es cierto que en aquel momento Jesús pronunció aquella parábola haciendo una referencia muy concreta y específica por aquellos sumos sacerdotes, letrados y fariseos que allí estaban escuchándole. La parábola de la viña tan cuidadosamente preparada por su propietario es todo un resumen de lo que había sido la historia de la salvación para aquel pueblo, que ahora llegando el Hijo de Dios le rechazaban; fuera de Jerusalén habría de morir Jesús también, pero no le íbamos a arrebatar la herencia, sino que El quería hacernos sus coherederos.
Pero nosotros hoy tenemos que escuchar esta Palabra como dicha en concreto a nosotros. También tenemos que decir que la parábola va por nosotros. Y también nosotros en realidad muchas veces nos hacemos oídos sordos a la Palabra que el Señor nos dirige; nos damos cuenta que está diciéndola por nosotros pero miramos para otra parte; tenemos la tentación de la rebeldía ante lo que nos dice o nos pide el Señor, o también nos sentimos tentados por nuestras cobardías, porque sabiendo lo que tenemos que hacer no lo hacemos; como decíamos, miramos hacia otra parte, nos hacemos sordos, decimos que no va por nosotros sino que esto le valdría bien a los que nos rodean.
Cuantas veces en la vida rehuimos a aquel que sabemos que nos va a decir la verdad, que nos va a hablar claramente; cuando veces no queremos ponernos a tiro y buscamos disculpas para irnos por aquí o por allá, con tal de no escuchar aquello que en fondo sabemos que no nos conviene. Pero somos cobardes, no damos el paso hacia adelante en eso que tenemos que mejorar en la vida o en aquello a lo que tenemos que comprometernos.
Ahí tenemos la viña del Señor puesta en nuestras manos y ¿qué hacemos? ¿Damos frutos? Es nuestra vida con tantas cosas buenos que hemos recibido; son esos dones de Dios, esos talentos, esos valores que Dios ha sembrado en nosotros, en nuestras cualidades, en eso para lo que estamos capacitados, pero que sin embargo tantas veces enterramos el talento.
Y al final nos damos cuenta que tenemos las manos vacías, que no tenemos nada que presentarle al Señor porque hemos ido dejando pasar la vida de una forma insulsa, sin compromiso, sin desarrollar esas cualidades, sin hacer esas cosas buenas que estaba en nuestras manos poder realizarlas.
Que también nos demos cuenta que el Señor habla por nosotros, para nosotros; y el Señor se vale de muchas cosas y muchas personas a nuestro lado para hacernos llegar su mensaje de salvación. No nos hagamos oídos sordos.

viernes, 6 de marzo de 2015

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
En la parábola del evangelio podemos verlo un claro sentido pascual, porque en ella podemos ver un anuncio que Jesús hace de su propia muerte, al tiempo que viene a ser como un reflejo de toda la historia de la salvación, la historia del propio pueblo de Israel. Ya escuchábamos al final de la parábola que el evangelista nos dice que ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’.
Refleja la infidelidad del pueblo de Israel que no cuidó de aquella viña que se le había confiado, pero refleja también el amor del Señor por su pueblo que una y otra vez les envía mensajeros que les ayudasen a dar el fruto que se les pedía. ‘Llegado el tiempo envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía… envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo’. Leer la historia del pueblo de Israel es leer esa historia de amor de Dios por su pueblo; cómo continuamente les está enviando a los profetas que les recuerden la Alianza.
‘Por último les mandó a su hijo…’ continúa diciendo la parábola porque hasta entonces no había habido los frutos de la conversión que se les pedían. ‘Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Fuera de las murallas de Jerusalén moriría Jesús. ‘Tanto había amado Dios al hombre que le envió a su propio Hijo…’ como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y hemos meditado.
Pero es nuestra historia, la historia de la salvación en nuestra vida, la historia del amor de Dios para con nosotros. No nos quedamos en el Antiguo Testamento; miramos nuestra vida, recordamos nuestra vida. ‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, hemos repetido en el salmo. No solo los fariseos y sumos sacerdotes se han de dar cuenta que hablaba de ellos. Recordemos las maravillas que ha hecho el Señor en nuestra vida, recordemos nuestra propia historia, nuestra vida concreta. Cuántos momentos de gracia, cuántas llamadas del Señor, cuántas veces que hemos escuchado su Palabra, cuantas celebraciones de la Eucaristía de los sacramentos; un caudal de gracia del Señor en nuestra vida. Y ¿cuál ha sido nuestra respuesta?
Me atrevo a pensar que aún así el Señor sigue contando con nosotros. A pesar de nuestros fallos, nuestras debilidades, nuestros momentos de infidelidad;  parecería que nada valemos ni nada merecemos, pero el Señor sigue amándonos, sigue contando con nosotros.
Ha recordado Jesús al final de la parábola aquellas palabras del salmo ‘la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido ahora en piedra angular’. Una clara referencia a sí mismo, rechazado por todos, pero nuestro único Salvador. Piedra angular de nuestra vida es Cristo sobre el que tenemos que fundamentar toda nuestra existencia.
Pero está diciéndonos también que nosotros que parecemos que no valemos nada, que más aun estamos llenos de debilidades y de pecados, sin embargo el Señor quiere contar con nosotros y de nosotros se vale para hacer llegar sus bendiciones y sus gracias a los demás.  ¿No había convertido a Pedro en piedra fundamental de su Iglesia y a pesar de su pecado, a pesar de que lo negó, sigue confiando en él, ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos’?
Pedro hizo una porfía de amor por Jesús cuando llorando su pecado se volvió de nuevo hacia El. Lloramos nuestros pecados, somos conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, pero nos sentimos amados del Señor y nosotros queremos también porfiar nuestro amor. Este camino hacia la Pascua que estamos haciendo en esta cuaresma es una oportunidad para hacer esa porfía de amor, para convertir nuestro corazón totalmente hacia el Señor, para darle gracias también por todo lo que nos sentimos amados.

domingo, 5 de octubre de 2014

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filp.4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido’. Podemos decir que por aquí, con estas palabras, comienza a dársenos la clave de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado sobre todo al proponernos la imagen de la viña, ya fuera ‘la viña de mi amigo’ a la que el profeta quiere cantar en nombre de su amigo un canto de amor, ya sea la viña arrendada a unos labradores por aquel propietario que tan bien la había preparado.
Está por una parte lo que significa la figura del amigo que tenía una viña que cuidaba con todo mimo esperando sus frutos, o de aquel propietario que había plantado una viña que había preparado cuidadosamente antes de arrendarla para que la trabajasen aquellos labradores. Está por otro lado lo que significa en sí la imagen de la viña tan primorosamente cuidada para que diera los mejores frutos. Pero están también finalmente por otra parte aquellos a los que se había confiado el trabajo de la viña para obtener sus frutos.
El primer mensaje nos está hablando de esa solicitud paciente y amorosa de Dios que  cuida de su viña como aquel propietario, que así nos cuida y nos regala con su gracia. ‘La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas’, que decía el canto de amor del profeta por la viña de su amigo; que son por otra parte todos los cuidados de aquel propietario preparando el terreno, plantando buenas cepas, construyendo un lagar y la casa del guarda, rodeándola de una cerca. Los que hemos estado relacionados con este mundo de la agricultura y en concreto de la viticultura, bien por razones familiares o por vivir en zonas agrícolas conocemos bien lo que son estos trabajos pero también el amor que ponen los agricultores en estos trabajos del campo y podemos entender bien el sentido de la imagen que se nos ofrece.
‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo haya hecho?’ se preguntaba el canto profético. ¿Qué podía hacer Dios por nosotros que continuamente nos regala con su gracia después que nos ha entregado a Jesús para enriquecernos con su salvación? El canto de amor del profeta por la viña de su amigo se convierte en lamentos y congojas ante la respuesta negativa.
Es lo que nos tiene que hacer pensar y es el segundo aspecto del mensaje. ¿Cuáles son los frutos? ‘¿Por qué esperando que diera uvas dio agrazones?’ Dios siempre está esperando pacientemente nuestra respuesta. El profeta nos está hablando de que después de tanto amor que había puesto por su viña y cómo la había cuidado con esmero, los frutos no fueron buenos.
Pero con la parábola contemplamos al tiempo la paciencia de Dios en la imagen del propietario que envía a sus criados una y otra vez, aunque fueran maltratados esperando poder recoger los frutos de aquella viña que tan cuidadosamente había preparado, enviando incluso hasta su propio hijo. Tendría que hacernos pensar, recapacitar para encontrar el camino por el que demos los frutos que el Señor nos pide cuando nos ofrece tanto amor.
Pero está también ese tercer aspecto al que hacíamos referencia al principio y que se nos refleja más en la parábola del evangelio. Aunque se habla de la viña plantada para obtener unos frutos, se incide más en el desarrollo de la parábola en aquellos a los que se confió la viña para que la trabajasen y se pudieran recoger unos frutos. Ya en la motivación de la parábola el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’.
Jesús en la parábola hace poco menos que un resumen de la historia de la salvación del pueblo de Dios. Una referencia clara a aquellos que en medio del pueblo de Dios tenían la misión de ayudar al pueblo a mantenerse en la fidelidad de la Alianza, en la fidelidad al Señor. Pero no fueron fieles, no rindieron los frutos que esperaba el Señor, muchas veces rechazaron también a los hombres de Dios, los profetas, que el Señor les enviaba, como finalmente terminarían rechazando al Hijo de Dios.
 Claro que cuando ahora nosotros escuchamos y meditamos esta Palabra del Señor no nos vamos a quedar en pensar en los otros, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos. Esa viña del Señor Dios nos la ha puesto en nuestras manos, porque es nuestra propia vida enriquecida con la gracia, y de qué manera como hemos dicho, desde la que tenemos que ofrecer frutos de santidad y de gracia que no siempre damos como es debido. Pero pensamos también - y lo decimos al hilo de la parábola - en la responsabilidad que todos tenemos de cuidar esa viña del Señor.
¿Qué significa ese cuidar la viña del Señor? No somos ni podemos ser unos seres pasivos en medio de la vida de la Iglesia en donde siempre estemos pensando lo que vamos a recibir; todo lo contrario, esa gracia que Dios ha puesto en nosotros nos obliga a preocuparnos de los demás, a tomarnos en serio con toda responsabilidad lo que es la misión de la Iglesia y entonces nuestra misión en medio de nuestro mundo. Así tenemos que asumir nuestros compromisos dentro de la Iglesia y lo que es la vida de la comunidad cristiana. Es el puesto que cada uno tiene dentro de la Iglesia y es todo lo que nosotros podemos y tenemos que aportar para la vida de la Iglesia, para la propagación de la fe.
Hemos de trabajar esa viña del Señor, que es también la responsabilidad que tenemos y hemos de asumir en todas sus consecuencias para hacer que nuestro mundo sea mejor; un mundo del que hemos de desterrar toda maldad y toda violencia; un mundo que tenemos que hacer más solidario y con más corazón; un mundo en el que hemos de trabajar más por la paz y la armonía en la convivencia de todas las personas alejando discriminaciones, desterrando envidias y orgullos, ambiciones materialistas que nos llevan a esa corrupción en todos los aspectos que vemos en nuestra sociedad y que tanto nos duele.
Dios hizo al hombre y al mundo bueno; recordemos las primeras paginas de la Biblia donde vemos ese mundo hermoso y lleno de felicidad cuando se nos habla del jardín del paraíso, y de lo que es imagen esa viña tan bien preparada de la que se nos habla hoy en los dos textos; pero pronto lo hemos llenado de maldad, de violencia, de recelos y resentimientos, de actitudes egoístas e insolidarias, de robos y de injusticias; es lo que nos refleja la parábola con la actitud de aquellos labradores que querían hacerse con la viña de su amo y en lo que estamos viendo como en un espejo todo lo que sucede en el entorno de nuestro mundo donde parece que no hay un día donde no nos despertemos con una nueva noticia de maldades y de corrupciones.
Tenemos que trabajar la viña del Señor que es nuestro mundo, pero de otra manera, desde otra visión y sentido de lo que ha de ser un mundo mejor. Son los frutos de una civilización del amor que será la que ofrezcamos a nuestro mundo desde ese sentido y esos valores del Evangelio. Es la tarea comprometida que tenemos los cristianos con nuestro mundo, desde la fe que tenemos en Cristo y nos hace cristianos comprometidos. Y ¿cómo nos vamos a comprometernos en ese trabajo en la viña de nuestro mundo si consideramos y vemos cuanto es el amor que el Señor nos tiene y cómo nos cuida con su amor que hasta nos ha entregado a su Hijo para nuestra salvación?

viernes, 21 de marzo de 2014

Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene



Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. Bien nos viene recordarlo para reanimar nuestra fe y nuestra esperanza; bien nos viene recordarlo, reconociendo cuánto nos ama el Señor para saber ser agradecidos y cantar su alabanza, pero también para que eso  nos mueva a hacer de nuestra vida una acción de gracias continua al Señor.
Lo que el salmista nos iba recordando hace referencia a la historia de José en Egipto. Aunque hayamos celebrado hace poco la fiesta de san José, sabemos que no se refiere a san José, sino al hijo de Jacob del que nos habla la primera lectura. El José que por envidia de sus hermanos fue vendido como esclavo y llevado a Egipto, con el paso de los años se convertiría en un gobernador de Egipto y sería la salvación de sus hermanos y su familia cuando pasaban hambre en la tierra de Canaán.
Iremos recordando diversos retazos de la historia del pueblo de Israel en las lecturas que vayamos haciendo en la cuaresma, como es esta historia de José que hoy hemos escuchado. La marcha de los hijos de Jacob a Egipto donde se establecerían fue el inicio de la constitución del pueblo de Dios. Cuando sufren el acoso y la persecución de los faraones siglos más tarde surgirá Moisés, como caudillo de Israel a quien Dios confiará el que los saque de Egipto para llevarles a la tierra que le había prometido a Abraham. Es bueno ir recordando estas cosas que nos manifiestan el amor de Dios por su pueblo y donde se va forjando toda la historia de la salvación.
Una historia hecha de fidelidades y de infidelidades, pero donde siempre el amor del Señor permanecerá fiel por su pueblo al que ama, cuida y protege. De eso nos hablará la parábola del Evangelio; un reflejo de lo que fue la historia de Israel y que cuando los sumos sacerdotes y fariseos la escucharon entendieron que Jesús hablaba de ellos.
Un pensamiento que nos conviene a nosotros tener también muy presente, para darnos cuenta de que cuando Dios pronuncia su Palabra es una Palabra muy concreta que va por nosotros, que quiere iluminar nuestra vida y mostrándonos su amor ayudarnos a caminar nosotros por caminos de fidelidad. Algunas veces no nos gusta sentirnos aludidos por la Palabra que se nos proclama y hasta que podamos sentirnos ofendidos, pero con humildad y agradecimiento tendríamos que saber escucharla.
‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ La imagen de la viña para hablarnos del pueblo de Dios es una imagen que ya aparece en el antiguo testamento en los profetas, en el canto de amor de mi amigo por su viña. Es lo que ahora quiere reflejarnos Jesús con lo que con la parábola está haciéndonos un resumen de lo que fue la historia del pueblo de Israel. Fidelidades e infidelidades, profetas que anuncian la Palabra de Dios y rechazo tantas veces por parte de aquel pueblo que se aleja de los caminos de Dios, nos quedan bien reflejados en la parábola.
Es la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento pero hemos de reconocer que también es nuestra historia, la historia personal de cada uno de nosotros como la misma historia de la Iglesia y de la humanidad. ¿Quién puede decir que no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Reconocemos las maravillas que hace el Señor, como hemos comenzado diciendo en esta reflexión, pero nos miramos a nosotros tan amados de Dios, como el amor que aquel propietario tenía por su viña, pero que no siempre damos los frutos que nos pide el Señor y tantas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace continuamente.
Oportunidad para reflexionar, para dar gracias por el amor que el Señor nos tiene que nos rodea con su gracia, pero también para revisarnos y ver qué respuesta tenemos que dar. Es a lo que quiere ayudarnos la Iglesia a través de su liturgia en este camino de Cuaresma que estamos haciendo. En la parábola contemplamos al hijo que es arrojado fuera de la viña y lo mataron, nosotros contemplamos al Hijo, a Jesús, que se entregó por nosotros para ser nuestra salvación. Acojamos su palabra y dejémonos interpelar por ella.