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jueves, 24 de septiembre de 2026

Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

 


Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

La curiosidad es parte del contexto humano en el que vivimos; queremos conocer, queremos saber, estamos al tanto de lo que sucede, prestamos mucha atención a las novedades que nos van apareciendo en la vida, queremos estar a la última en las noticias. Sentimos curiosidad no solo por las cosas o los acontecimientos sino también por las personas de nuestro entorno, y si alguien distinto aparece pronto queremos saber de él e indagamos, o estamos atentos a lo que hace o a lo que dice para hacernos nuestras apreciaciones y juicios.

¿Es buena la curiosidad? Bien entendida y mientras no haya como una morbosidad en esos deseos nos abre a nuevos conocimientos o a nuevos encuentros, nos hace encontrar nuevas riquezas humanas y de alguna manera también es como una invitación a superarnos o a ser mejores; lo malo es cuando se mezclan las desconfianzas y nacen los recelos, las malas interpretaciones o los intentos de manipulación.

A lo largo del evangelio detectamos a muchos que sienten curiosidad por Jesús. ¿Qué les podía aportar aquel que aparecía como un profeta en medio del pueblo? Llamaban la atención los signos que realizaba, pero más aún para muchos sus palabras, sus enseñanzas, los nuevos planteamientos que hacía, la novedad que encontraban en aquella nueva manera de presentarse ante el pueblo. Las gentes vienen de todos los lugares o le salen al paso en los caminos porque quieren conocer a Jesús, en otros quizás su curiosidad sea interesada porque buscan el milagro o la solución fácil a sus problemas, muchos se sienten inquietos con aquella nueva manera de proceder.

Le busca el centurión porque tiene un criado enfermo, la mujer de las hemorragias se cuela entre la gente para poder llegar siquiera a tocar la orla de su manto, Zaqueo se sube a la higuera porque no quiere dar la cara pero siente curiosidad por conocer a Jesús, le busca Nicodemo en la noche porque muchas cosas oscuras tiene dentro de sí y solo en Jesús encontrará claridad, le buscan los enfermos o los que desde su pobreza no saben a quien acudir, le buscan las madres para que bendiga a sus hijos, le buscan los dirigentes del pueblo y de la religión de su tiempo a ver en que puede fallar para tener de qué acusarle y poderlo quitar de en medio porque ya se está convirtiendo en un estorbo para sus intereses y sus manipulaciones, le busca Herodes porque quizás siente remordimiento por lo que ha hecho al eliminar al Bautista o porque quiere poco menos que un circo que los entretenga entre sus juegos palaciegos.

Y nosotros, ¿buscamos a Jesús? ¿Cuáles pueden ser nuestros intereses o nuestras intenciones? ¿Habrán algunas sombras que necesitan alguna luz, algún peso en el corazón del que necesitamos ser liberados? ¿Estaremos ciertamente buscando un camino y nos encontramos desorientados en la vida? ¿buscamos una tranquilidad, que no una paz del corazón, que nos haga sentirnos bien porque ya estamos cumpliendo con lo que nos parece que es lo que tendríamos que hacer?

Pueden parecer preguntas un tanto descabelladas pero es lo que nos interroga por dentro cuando hoy hemos visto en el evangelio que Herodes también tenía curiosidad por conocer a Jesús. En algún momento alguien vendrá a decirle a Jesús que Herodes lo anda buscando, hoy le vemos quizás revolverse por los pasillos de su palacio cuando ha oído hablar de lo que hace y dice Jesús y recuerda lo que en su cobardía había hecho con Juan el Bautista.

No puede ser, desde luego, una curiosidad como quien busca un espectáculo para entretenernos aunque algunas veces hayamos convertido nuestra religiosidad en algo así; no puede ser una calma y una tranquilidad que surja solamente desde unos cumplimientos; no podemos buscar a Jesús como al taumaturgo que de manera milagrosa nos saque de nuestros apuros y nos dé solucionadas las cosas; no puede ser un arrorró o canción de cuna que nos adormece y nos evita complicaciones y compromisos; no puede ser el buscarle porque ahora está como de moda y todo el mundo habla de él como nos sucede tantas veces en la manera de escuchar a nuestros pastores e incluso al Papa.

¿Por qué y cómo buscamos a Jesús? Es una pregunta seria que hemos de hacernos para ver realmente cuales son nuestras motivaciones, porque algunas veces buscamos solamente satisfacer unos intereses. No es solamente lo que yo quiera encontrar en Jesús sino la apertura de nuestro corazón para dejarnos sorprender por lo que Jesús quiere ofrecernos.


miércoles, 26 de agosto de 2026

Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

 


Es hora de revisarnos con sinceridad, nuestras actitudes y posturas en muchas cosas, nuestra manera de actuar, también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios

2Tesalonicenses 3, 6-10. 16-18;Salmo 127; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí… habremos dicho en alguna ocasión cuando vemos desde la distancia alguna situación que no brilla precisamente por la rectitud, por la honradez, por el saber estar y el buen hacer de los que presenciaron aquella situación y quizás no hicieron nada; y venimos nosotros, como redentores por decirlo de alguna manera y decimos que nosotros hubiéramos actuado de otra manera, que no hubiéramos permitido las cosas que sucedieron y mil cosas más; pero nosotros no estuvimos allí, de verdad ¿qué hubiéramos hecho? ¿ir a la contra quizás de lo que todos hacían por inercia? Es fácil mirar desde la distancia y también somos tendenciosos para culpabilizar y quitarnos culpas a nosotros mismos de encima.

Es como cuando hay un accidente y en aquel momento de urgencia los que estaban presentes y pudieron ayudar con buena voluntad hicieron todo lo que estaba de su parte o sabían hacer, pero luego vendrá el sabio de turno para decir lo que no tenían que haber hecho, lo que él hubiera decidido si hubiera estado allí, pero no estaba y los que estaban hicieron lo que les dictó su saber en aquel momento. Otra cosa es decir que tenemos que estar más preparados para situaciones así, que tendríamos que tener claros unos protocolos y demás cosas de preservación.

Jesús sigue hablando fuerte contra los escribas y fariseos, como hemos venido escuchando estos días. Les habla de su hipocresía y doblez de corazón, de la incongruencia con que se actúa tantas veces cuando no hay una concordancia con lo que decimos o con lo que queremos imponer a los demás, mientras nosotros hacemos lo contrario. Hablaba Jesús contra quienes se consideraban dirigentes del pueblo o de quienes considerándose en un estadio superior en que incluso se consideraban más perfectos luego trataban de cargar a la gente sencilla de normas y preceptos que ellos en lo interior de sus corazones lo tenía muy lejos. Hoy les llama sepulcros blanqueados, muy bonitos por fuera pero bien sabemos lo que hay en su interior, pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de la maldad que ellos llevan en su interior, hipocresía y crueldad, les dice.

Pero volvemos a repetirnos, ‘si hubiéramos estado allí…’ nosotros no hubiéramos sido como ellos, porque nosotros – desde la distancia – nos damos cuenta muy bien de la incongruencia en que vivían. ‘Si hubiéramos estado allí…’ nos decimos; pero más tenemos que plantearnos y nosotros, ahora y aquí, ¿qué es lo que hacemos? ¿No nos podrá suceder que nos parecemos demasiado a aquellos escribas y fariseos contra los que habla Jesús?

Es hora de revisarnos con sinceridad; hora de revisar nuestras actitudes y posturas en muchas cosas; hora de revisar nuestra manera de actuar. ¿No estaremos siendo también muchas veces incongruentes en nuestros juicios y prejuicios, con nuestras criticas a todo el que no ve las cosas como nosotros las vemos o quienes tienen unas posturas o unos principios distintos a los nuestros?

Pensemos, por ejemplo, en la crispación en que vive hoy nuestra sociedad y qué mal ejemplo nos dan nuestros dirigentes, sean del color que sean, pero quienes nos decimos cristianos y hemos optado por el seguimiento del Jesús que nos da como único y principal mandamiento el del amor, veamos cómo reaccionamos con quienes tienen otra opinión, otra manera de ver las cosas y unas actuaciones que quizás no nos gusta. ¿Qué epítetos usamos habitualmente para catalogar a esas personas? ¿Cuáles son los deseos que albergamos en nuestro corazón, que no siempre se queda en lo secreto porque muchas veces lo proclamamos bien alto, contra esas personas a las que quisiéramos quitar de en medio y no nos importaría incluso la violencia? ¿Esa tendría que ser la actuación, el lenguaje, los deseos de uno que se dice seguidor de Jesús el que incluso desde la cruz estaba diciendo ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’?

El evangelio siempre tiene que ser un interrogante que se abre ante nuestra vida y nuestra manera de actuar; no hemos de tener miedo que nos produzca inquietud y desazón porque puede significar muy bien que nos está tocando nuestras heridas que tenemos que saber curar.


martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

martes, 17 de febrero de 2026

Seamos capaces de dejarnos sorprender por la buena noticia que es siempre el evangelio, porque si es noticia es algo nuevo para mi vida hoy

 


Seamos capaces de dejarnos sorprender por la buena noticia que es siempre el evangelio, porque si es noticia es algo nuevo para mi vida hoy

Santiago 1, 12-18; Salmo 93; Marcos 8, 14- 21

Algunos dicen que es cosa de poetas; es cierto que el poeta es el que es capaz de decirnos cosas hermosas empleando palabras bellas; utiliza imágenes muchas veces tomadas de la misma naturaleza o de la vida misma en lo que sucede cada día, pero para que no nos quedemos en la literalidad de las imágenes sino que seamos capaces de ir más allá con lo que se nos quiere significar o con lo que se nos quiere decir. No todos sin embargo tienen la sensibilidad para discernir y para interpretar, para hacer una lectura de la vida misma a través de esas imágenes bellas, y se quedan en la literalidad de las palabras; pero hay personas que saben captar, que se embelesan con esas palabras pero para ir a lo hondo, a su auténtico significado, a lo que se nos quiere decir. Es necesario un buen discernimiento, que quizás nos exija reflexión para no quedarnos en lo superficial. No siempre es fácil, reconocemos.

En esas andaban los discípulos cuando atravesando el lago en la barca llega el momento de confidencias o de advertencias; siempre hay un momento en que podemos decir o podemos escuchar una palabra que nos haga pensar, que nos haga reflexionar. Sin embargo vamos en ocasiones tan entretenidos en nuestras preocupaciones, en lo que son los deseos materiales que nos van apareciendo dentro de nosotros, ciertamente en una búsqueda de algo nuevo o mejor, pero hay ocasiones en que nos quedamos trabados en una palabra que no sabemos interpretar, en una insinuación que se nos quiere dar pero que no entendemos, tan absortos que vamos en nuestras cosas.

Jesús les deja caer como una advertencia algo que tendrían que tener muy en cuenta para no dejarse influir por tantas cosas externas que nos hacen perder el verdadero sentido. Son también muchas las influencias que podemos recibir de los que están a nuestro lado con insinuaciones que tampoco sabemos interpretar y que realmente están queriendo arrimar el ascua a su sardina, están trancando de conquistarnos para sus ideas y apartarnos del camino que hemos querido emprender.

Jesús quiere prevenirlos de esas influencias extrañas y les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos que no siempre es buena o también de las influencias de los dirigentes políticos de aquella sociedad. Oyen hablar de levadura y se acuerdan de que no han cogido provisiones de pan suficientes para el camino que van a realizar. El rábano por las hojas, como dice el refrán. Jesús les habla de algo importante para la escucha del mensaje que les está trasmitiendo del Reino de Dios y ellos piensan en la lista de la compra. No entienden o no quieren entender.

Les recordará Jesús que por qué andan tan preocupados por la falta de pan. Aquí podía venir a colación aquello del momento de las tentaciones de Jesús en el desierto, ‘no solo de pan vive el hombre’. Pero Jesús les recuerda aquellos momentos en que estando sin pan y encontrándose con una multitud que alimentar, tuvieron pan suficiente como para recoger muchos cestos de sobras. Y ellos siguen sin entender. Las paradojas de nuestras escuchas y nuestras respuestas.

¿Estará sucediéndonos de una forma semejante porque tantas veces nos estamos quedando sin entender o haciendo nuestras interpretaciones tan interesadas que no llegamos a captar lo que en verdad nos quiere decir la Palabra de Dios? Nos sucede tantas veces cuando nosotros le ponemos nuestra propia plantilla a la Palabra de Dios que se nos trasmite. Cuantas veces nos hemos dicho, eso ya me lo sé, lo he escuchado muchas veces, sé bien lo que hay que interpretar, pero vamos poniendo tantas plantillas que al final nos quedamos muy lejos de la novedad que tiene que significar siempre para nosotros el evangelio.

Es noticia y si es noticia es algo nuevo, es buena noticia por tanto es noticia de salvación para hoy en mi vida, es evangelio que tiene que ser un revulsivo en nuestra vida y nos exige un cambio en actitudes, en posturas, en comportamientos. ¿Seremos capaces de dejarnos sorprender por esa buena noticia? Si la tomamos como noticia pasada ya no nos sorprenderá y dejará de tener ese necesario impacto para nuestra vida.

jueves, 30 de octubre de 2025

El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

 


El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

Romanos 8, 31b – 39; Salmo 108; Lucas 13, 31-35

A veces una lectura demasiado ligera del evangelio nos puede dar la impresión de un cierto triunfalismo a la hora de narrarnos aquellos acontecimientos a partir de la presencia de Jesús de Nazaret en medio del pueblo; insistimos en ocasiones mucho en las multitudes que le seguían incluso a los descampados, las aclamaciones de la gente al contemplar el actuar de Jesús  y la reacción que se va provocando a partir de los signos que Jesús realiza.

Sin quitar ese brillo, porque además nos hace falta para alentar nuestra esperanza en el hoy de nuestra vivencia como cristianos en el mundo que nos rodea, es necesario que nos detengamos en páginas como las que hoy escuchamos. Se trasluce la oposición que también va encontrando Jesús y de alguna manera hacemos comparación con lo que nosotros también vivimos, porque para nosotros el evangelio es siempre luz para el día a día de nuestra vida.

Jesús va camino de Jerusalén, consciente además de lo que va a significar su subida a Jerusalén, recordemos los anuncios que va haciendo, aunque a los discípulos más cercanos tanto les cueste entenderlo. De camino unos fariseos – precisamente es bien significativo que sean precisamente unos fariseos – se le acercan para decirle que Herodes lo anda buscando. En algún momento parecería que Herodes estaba interesado en lo que hacía o enseñaba Jesús, aunque no se le quitaba de encima la espina de la muerte de Juan Bautista precisamente a sus manos. Ahora parecería que la advertencia que le hacen los fariseos es para que se cuide y no se ponga en peligro.

Es la reacción de los que se sienten con poder y les parece que cualquier novedad que pueda ir surgiendo en su entorno es un peligro para ellos. Así andan nuestros gobernantes tantas veces tan cautos, atentos a lo que se pueda decir de ellos, aunque lo disimulen bien, y con su propaganda tratar de influir en la gente sencilla creando confusiones; lo estamos viendo cada día. ¿Era un peligro Herodes para Jesús de la misma manera que Herodes podía sentir que Jesús fuera un peligro para su Reino?

Parece que Jesús no le da importancia, o la importancia que algunos pretenden, pues dice que seguirá fiel a su misión un día y otro, y que su destino está en Jerusalén. Un día allí van a recibirle con las aclamaciones del pueblo. ‘Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!’

Pero el dolor que Jesús siente realmente es como está siendo rechazado por Jerusalén, no el pueblo en sí mismo aunque bien sabemos cómo cambiarán sus reacciones al ser manipulados, sino por los dirigentes a quienes no les gusta el anuncio del Reino de Dios que Jesús está haciendo, porque de alguna manera ven un peligro para sus situaciones de privilegio. Y Jesús llora ya, aunque lo contemplemos con ese llanto en otra ocasión, por lo que le va a suceder a la ciudad de Jerusalén. En otros momentos serán otros los anuncios que Jesús hace del futuro del templo y de la ciudad de Jerusalén.

Jesús se mantiene fiel a su misión de anunciar y construir el Reino de Dios. Es el mensaje que nosotros recibimos de este texto que estamos comentando, como decíamos, comparando también lo que son nuestras situaciones en ocasiones también nada fáciles para hacer ese anuncio del Reino de Dios.  

¿Escuchará el mundo que nos rodea ese mensaje que tratamos de transmitir? También podemos encontrar rechazo o indiferencia en tantos a nuestro lado que no llegan a entender ese anuncio del Reino de Dios del que nosotros queremos dar testimonio. Quizás nuestro testimonio en ocasiones se queda diluido porque nos falta coraje para mostrarnos como verdaderos testigos. Las sombras de debilidad que acompañan nuestra vida pueden hacer que no sea creíble nuestro mensaje, pero aun desde nuestra debilidad y con nuestras sombras tenemos que seguir queriendo hacer el anuncio.

Nuestro mundo lo necesita. El mundo necesita de una esperanza que lo revitalize frente a tantos cansancios y desalientos por la violencia que envuelve a nuestro mundo. Hay personas que quieren encontrar ese rayo de luz y nosotros tenemos que ofrecerlo sin cobardía, sin luces mitigadas, sin miedos.

El mundo necesita testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar. ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde está nuestro compromiso de amor?

 


jueves, 16 de octubre de 2025

Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

 


Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

Romanos 3,21-30ª; Salmo 129; Lucas 11,47-54

Recuerdo una anécdota en la que se apremiaba a alguien a que llegara puntual a un lugar o a una cita donde debía ir, pero este le respondía que iba a hacer todo lo posible por llegar pero si la vaca no estaba en el camino; parece que en otra ocasión en que había intentado hacer ese recorrido no había podido hacerlo porque una vaca estaba suelta en el camino y era poco menos que imposible pasar por aquel lugar.

Traigo a colación este hecho en referencia a lo que nos está expresando hoy el evangelio. Son las palabras de Jesús contra los fariseos y maestros de la ley porque parecía que disfrutaban poniendo exigencias en sus comentarios y enseñanzas a la hora de trasmitir al pueblo creyente lo que era la ley y la voluntad del Señor. Ha partido este episodio de aquel momento en que un fariseo había invitado a Jesús a comer en su casa y en su interior estaba haciendo sus juicios porque Jesús no se había lavado las manos antes de comer; lo que podían ser una medidas higiénicas las habían convertido en leyes para dictaminar lo que era pureza que por la fe había de haber en sus vidas.

Jesús habla fuerte contra aquellos que vivían una fuerte incongruencia en sus vidas; menciona como ahora quieren justificarse con mausoleos levantados en honor de aquellos a los que habían perseguido y dado muerte sus padres. ‘¡Ay de vosotros, les dice, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos’.

Es algo más que un mausoleo o no lo que nos quiere decir Jesús, es la incongruencia de sus vidas, a las que les falta una verdadera profundidad y sentido en aquello que realizan, muchas veces solo dejándose envolver por la vanidad, pero sin darle autenticidad a sus vidas. No podemos sentirnos muy lejos nosotros hoy de esas actitudes que muchas veces seguimos con aquello del cumplimiento externo, pero que sin embargo nos dejamos envolver totalmente nuestra vida por ese sentido del evangelio. Cumplidores, pero sin vivencia interior; apariencias pero sin un fondo profundo en la vida. Lo que hacemos muchas veces con nuestros actos religiosos que se quedan fríos, que se convierten en un rito formal, una costumbre o una tradición pero que no repercute en nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras actitudes y posturas con los demás o con lo que hacemos que no llegamos a hacer vida.

Pero recogiendo la imagen con la que iniciábamos nuestra reflexión muchas veces esas formas incongruentes de vivir la religión o el ser cristiano se convierten en pantallas que encandilan, que oscurecen el camino para quieren realizar ese acercamiento a la fe y a la vida cristiana, pueden ser obstáculos para la fe de los demás.

Como creyentes tenemos que convertirnos en testigos, ofrecemos nuestra palabra que anuncia pero tenemos que ofrecer el testimonio de una vida que es lo que de verdad convence y contagia; pero quizás nuestras actitudes, nuestras vanidades, nuestra superficialidad puede ser ese obstáculo, como decíamos antes, esa vaca que está en el camino y nos entorpece y dificulta el que otros puedan transitar por ese camino. Es el ejemplo de nuestras vidas, es esa vivencia que nos convierte en testigos.

¿Estaremos siendo esos testigos o acaso por nuestro mal ejemplo somos obstáculos para que otros se encuentren con Cristo y puedan llegar a vivir su fe? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, porque lo que se nos pide es esa congruencia en nuestras vidas porque será lo que contagia nuestra fe a los demás.

martes, 14 de octubre de 2025

Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

 


Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

Romanos 1, 16-25; Salmo 18; Lucas 11,37-41

Tenía en un rincón de una pared de casa una cornisa que le daba un cierto encanto a aquel rincón, durante mucho tiempo había aparecido en su esplendor, externamente cuando se pintaba se trataba de tapar cualquier pequeña grieta que tuviera, pero no se había atendido a su estructura en la que se introducían humedades, los hierros se fueron corroyendo, el material por su interior se había ido quebrando y en un momento determinado se vino abajo y se desplomó. Habíamos mantenido bella su apariencia externa pero por dentro se había corroído. Podemos pensarlo de las madera que conforman la estructura de la casa, ya sean puertas y ventanas, ya sean escaleras o muebles para el servicio de la vivienda, externamente muy bonitos con sus barnices, pero por dentro la madera se había corroído y cuando nos dimos cuenta todo se nos vino abajo. ¿Si parecía tan bonita?, dirían algunos, pero todo era apariencia.

Pero podemos decirlo de la vida, de la apariencia que damos como personas queriendo ocultar lo que realmente llevamos por dentro. Con cuántas sonrisas hipócritas tantas veces nos presentamos, porque queremos aparentar que somos unas personas agradables, pero nos corroe por dentro el orgullo y la envidia, los malos deseos o las desconfianzas, nuestras reticencias para aceptar a las personas y las actitudes discriminatorias, porque en fin de cuentas no nos es agradable mezclarnos con todo el mundo. Tenemos que ser sinceros y poner las cartas boca arriba sobre la mesa, pero siempre queremos ocultar algo.

Es lo que presenciamos hoy en el evangelio. Jesús había estado enseñando al pueblo, tal como hacia ya fuese en la sinagoga, al pie del camino o en casa, ya fuera mientras recorría aquellos pueblos y aldeas o también cuando era recibido en casa por alguien que quería estar cerca de él. Después de uno de esos momentos en que Jesús ha estado enseñando a la gente, alguien que quizás hubiera estado en medio de aquellas gentes que escuchaban a Jesús, quiso invitar a Jesús a su casa. Y este hombre pertenecía al grupo de los fariseos, que a si mismos se consideraban personajes importantes e influyentes en medio del pueblo. No es la única vez que Jesús es invitado por un fariseo a comer en su casa.

Los prolegómenos son los habituales de la hospitalidad con que siempre se acogía al que llegaba como huésped a una casa. Pero el fariseo observa, sin embargo, que Jesús no se ha lavado las manos antes de sentarse a la mesa. Podría parecer algo insignificante y sin importancia, pero para los fariseos no lo era; podía haberse tocado algo impuro o que produjese impureza en manera de entender las cosas, y sería una impureza que manchase el alma. Y aquello estaba produciendo extrañeza y asombro en el anfitrión; podría parecerle que se le venía abajo todo el concepto que pudiera tener de Jesús.

Pero, ¿lo importante es lo que entra de fuera al corazón del hombre, o lo que llevamos en nuestro interior? Si llevamos corroído el corazón de nada nos vale esa pureza exterior, de nada nos vale lo que pudiéramos aparentar. Es lo que le dice Jesús en esta ocasión, aunque en ese mismo sentido lo escucharemos en otros momentos del evangelio. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad’.

¿De qué nos vale tener el plato o la copa reluciente por fuera si por dentro rebosa podredumbre? ¿De que nos vale el esplendor y belleza que podemos presentar de nuestras casas o nuestros edificios pintados con bonitos colores, si por dentro se nos están cayendo a trozos los muros que conforman su estructura? Pronto se nos vendrá abajo. Pronto se nos viene abajo el valor de nuestra vida si no cuidamos ese tesoro que llevamos en nuestro interior.

¿A qué le damos importancia? ¿Nos quedamos en apariencias o hay verdaderos valores que sean cimientos fundamentales de nuestra vida? Todo esto tendría que hacernos pensar, porque muchas serían las consecuencias que sacaríamos para dejar a un lado la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

lunes, 25 de agosto de 2025

Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

 


Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

Hay gente a la que le gusta ir cerrando puertas. Y no es un juego. No es cuestión de estética o buenas costumbres. Como si le fueran dando con la puerta en las narices a los que quieren entrar, como si de lejos contemplamos a alguien que viene por nuestro camino para llegar a donde estamos, ya pronto ponemos la señal de que no se puede entrar. Bueno entendemos que quiero decir mucho más que eso.

Son los que siempre van poniendo dificultades, están en eterna oposición, manifiestan enseguida que no les gusta aquello que decimos, comienzan a encontrar cosas que según ellos falta en aquello que presentamos, le dan un cariz negativo a todo lo que ven que realizan los demás, buscando el desprestigio para que no se acepte lo que los otros presentan. Porque esas dificultades o el señalar lo que falta no lo hacen por aportar algo de su parte que pueda mejorar, sino para echar abajo lo que presenta el consideran un contrincante.

No son criticas constructivas que eso siempre tendríamos que con humildad saberlo aceptar, sino siempre para echar abajo, para destruir. Gente ceniza y destructiva en su negatividad.

Es lo que se ha encontrado Jesús en aquellos grupos que no le aceptan, no quieren escuchar el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, pero es que previamente con el pueblo, del que se consideran dirigentes, han pretendido imponer unas cargas con sus interpretaciones y con las normas que imponen que de alguna manera le hacen imposible a aquella gente humilde y sencilla que tantas ansias tiene de la llegada del Reino de Dios de poder ser fieles de verdad a Dios.

Es la dureza con que Jesús se expresa contra los fariseos y los maestros de la ley. Les falta autenticidad, porque además son los que imponen cargas pesadas sobre los hombros de los demás, pero no son capaces de mover un dedo para ayudar. Son sus interpretaciones rigoristas de la ley de Moisés que distorsionan totalmente lo que es la ley del Señor.

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Van cerrando puertas, como antes decíamos, que ni para ellos. ‘Ni entráis… ni dejáis entrar’, que les dice Jesús. Barreras con sus imposiciones, abismos insalvables con la multitud de normas que al final a ellos mismos les hacia preguntarse cuál era el mandamiento principal. Escuchábamos estos días cómo, aunque fuera por tentar a Jesús, es lo que le vienen a preguntar. Aunque luego se den de sabios y le digan a Jesús, cuando lo que hace Jesús es repetirles la literalidad de lo que estaba escrito en la ley de Moisés, que había hablado muy bien. Pero ya sabemos la podredumbre que tenían por dentro, las intenciones torcidas que tenían sus palabras. Por eso Jesús les habla muy duramente.

Pero no nos quedemos solo considerando lo que Jesús decía entonces a aquellos fariseos y maestros de la ley, sino que tenemos que pensar que nos estará diciendo, de forma muy concreta, a nosotros Jesús con esas mismas palabras. Son Palabra de Dios, y la Palabra de Dios siempre es palabra viva y actual, para nuestra vida concreta, para nuestro tiempo concreto.

Escuchando esas palabras de Jesús tenemos que mirarnos a nosotros mismos y nuestras situaciones concretas, tenemos que mirar lo que es la vida de la Iglesia también en las circunstancias concretas que vivimos en el hoy de nuestra vida. No son palabras que retumben como un eco venido de otras partes, son palabras directas a nuestra vida de hoy.

Si antes hablábamos de ese cerrar puertas para no dejar pasar y lo contemplábamos en la actitud de aquellos dirigentes ¿no tenemos nada que pensar en nuestra vida concreta y en la vida de nuestras comunidades? ¿No vendremos nosotros también en muchas ocasiones con esa autosuficiencia de quien cree saberlo todo y se va poniendo cascos en sus oídos para no oír ni escuchar? ¿No diremos algunas veces aquello de yo soy cristiano de toda la vida y así lo ha sido mi familia siempre pero quizás no nos queremos mezclar con aquellos que vienen ahora de nuestra cercanía o de otras partes porque nosotros nos consideramos en un estadio superior y no queremos que nos quiten los privilegios que nosotros pretendemos tener? ¿No estaremos también cerrando puertas que ni entramos ni dejamos entrar?

Quienes nos consideramos como más cerca de la Iglesia o más en sintonía con ella, porque hemos quizás trabajado pastoralmente en algunas cosas, porque colaboramos en las cosas del templo, porque somos voluntarios para la catequesis o para cáritas, tenemos que escuchar con nitidez estas palabras de Jesús porque algunas veces nos consideramos en un estadio superior, nos consideramos mejores o que sabemos más, y podemos también estar cerrando puertas.

Mucho nos da que pensar este evangelio que parece que era para los demás, pero nos viene directamente al dedo de nuestra vida.


viernes, 28 de febrero de 2025

Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

 


Una auténtica madurez humana de la persona es el mejor caldo de cultivo para una amistad verdadera y un amor que nos lleve a una plenitud de vida

Eclesiástico 6, 5-17; Salmo 118; Marcos 10, 1-12

Se dice que cada uno cuenta la película según el papel que le ha tocado en suerte desempeñar en ella. Influyen en nosotros circunstancias vividas, situaciones cercanas a nosotros, protagonismo que tengamos en los hechos y también los colores de los cristales con que miramos las cosas. ¿Ser objetivo? No siempre es fácil, pero tendríamos que acudir a unos principios, a unos valores que encuentran la vida y lo que en ella queremos realizar. Y algunas veces nos cuesta ver con claridad esos valores, esos principios, esos fundamentos de lo que hacemos o de lo que queremos vivir.

También queremos decir que hay cosas, hay temas de los que todos queremos opinar, tenemos o queremos tener una palabra que decir. Y necesitamos serenidad para poder llegar a una objetividad, que no siempre es fácil, según ese papel, como decíamos, que nos ha tocado en esas realidades de las que queremos hablar, de las que queremos opinar. Fácilmente podemos dar por universal algo que afecta solo a algunos, o en determinadas circunstancias, pero hay cosas que tenemos que salvaguardar aunque nos cueste.

Todos queremos opinar del amor y de la amistad. Todos lo vemos según la experiencia que vamos teniendo en esas realidades, y porque quizás en alguna ocasión hayamos podido tener una experiencia que no siempre ha sido buena o por cosas que vemos en nuestro entorno, comenzamos a dar nuestras opiniones. Y es un tema muy delicado, ni el amor ni la amistad es cualquier cosa, y a no todo quizás podemos llamar amor y amistad. Hay el peligro de que ambas experiencias nos las tomemos muy a la ligera, a cualquier impulso llamamos amor, cuando quizás está movido por intereses o simplemente por el impulso de la pasión. Creo que el amor y la amistad es un proceso en la vida en el que no podemos quemar etapas para a todo llamarlo amor y a todo llamarlo amistad.

Digo que es un proceso que necesita que vayamos desarrollando una madurez en la vida; y para que las cosas maduren hay que dar tiempo; no podemos querer tomar una fruta para alimentarnos de ella, sin que haya llegado su proceso de maduración; si la tomamos antes ni tendrá sabor, ni tendrán la efectividad alimenticia que pretendemos con ella, ni podremos soportarla. Y hoy andamos en la vida con esa rapidez de la informática que tocando una tecla parece que al instante ya lo tenemos todo a punto.

Nos cuesta madurar en la vida porque necesitamos centrarnos en lo que es verdaderamente importante, porque tenemos que aprender a afrontar las adversidades o contratiempos que encontremos, saber resolver los problemas que van surgiendo, querer aprender de lo mismo que vamos viviendo para ver toda la profundidad que ha de tener la vida, sacar lecciones incluso de nuestros errores, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos para conocernos y ver de lo que somos capaces o lo que no podemos afrontar. Y eso exige una buena disposición por nuestra parte, y dejarnos enseñar, y esfuerzo para lograr esa superación que vamos necesitando cada día, y exige en consecuencia tiempo para poder lograr esa madurez de nuestra vida. Y esto nos falta muchas veces.

Tenemos que aprender a cultivar las relaciones verdaderamente humanas si queremos llegar a una bonita amistad, si queremos entender bien lo que es el amor. No podemos empezar la casa por el tejado, se nos decía siempre. Y conocemos a alguien y enseguida lo llamamos amistad, conocemos a alguien y algunas veces si haber labrado una verdadera amistad que exige mucha relación y conocimiento enseguida lo llamamos amor. ¿Hasta cuándo puede durar una amistad o un amor así?

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que se nos plantea hoy en el evangelio. Es el tema que le plantean a Jesús sobre la estabilidad del matrimonio y la posibilidad de divorcio. Ya escuchamos en el texto evangélico la respuesta de Jesús. Quizás pueda parece que yo me he quedado meramente en el plano humano del amor y del matrimonio, comenzando por la amistad. Pero es que si no hay verdadera humanidad, si no estamos tratando de unos seres verdaderamente humanos desde una auténtica madurez, ¿cómo podemos hablar del matrimonio o de la amistad? Cuidemos las cosas que son verdaderamente importantes y no nos las tomemos con ligereza.

martes, 18 de febrero de 2025

En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

 


En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

Génesis 6,5-8; 7, 1-5.10; Salmo 28; Marcos 8,14-21

También algunas veces nos quedamos atascados, sobre todo cuando nos hablan en un sentido figurado y nosotros en nuestra superficialidad nos quedamos en el sentido literal de las palabras; bueno, en ocasiones nos quedamos ahí porque quizás sabemos que lo que nos están diciendo viene con segundas, como solemos decir, y no queremos complicarnos, no queremos vernos aludidos; algunas veces quizás no andamos en la onda, que decimos también, porque vamos en la vida a lo nuestro y no queremos pensar, no queremos ahondar, no queremos complicarnos en la vida, que ya tenemos bastante con los nuestro, solemos decir.

¿Andaban despistados los discípulos? Jesús les hablaba siempre claramente y a los que estaban más cercanos a El, como aquel grupo de los doce que se había formado en su entorno, les hacía consideraciones especiales. Es quizás de lo que ahora quiere hablarles, quiere hacerles comprender, para que tampoco se dejen arrastrar, para que no entren en confusiones como tantos cuando veían las enseñanzas de los fariseos y de los maestros de la Ley; quizás por algunas ambiciones que aun llevaban en sus corazones, no terminaban de dejar de pensar en primeros puestos, o en la manera que tenían de entender lo que era el mesianismo, o porque en algunas ocasiones se sintiesen tentados a aquellos rigorismos que les ofrecían los fariseos, ahora no terminan de entender a Jesús.

Nos sucede tantas veces que andamos confundidos, no estamos satisfechos con muchas cosas en nuestra vida social, en nuestras comunidades, en lo que sucede en nuestros pueblos, en lo que contemplamos también muchas veces en la Iglesia y no sabemos a quien escuchar; o queremos andar a lo de ancha es Castilla, para no complicarnos la vida y dejar correr las cosas, o nos sentimos tentados también por muchas de las cosas que oímos; también surgen corrientes en lo social o en nuestra iglesia con caminos de rigorismo que nos hacen pensar que esa sería la solución de muchos problemas.

Ahora que van atravesando en la barca el lago y cuando se dan cuenta que no han recogido las suficientes provisiones para el recorrido que van a hacer, viene Jesús y les habla de que anden con cuidado con la levadura de los fariseos; ya ellos están entendiendo, no lo que realmente les quiere decir Jesús, sino en la preocupación que ahora tienen de que no han previsto suficiente pan para su recorrido, porque se dan cuenta de que solo llevan un pan.

Jesús se da cuenta que no lo han entendido, les recuerda lo que había sucedido en otra ocasión cuando se encontraron en despoblado con mucha gente y pocos panes, y como se habían solucionado todo. Pero Jesús no va por ahí con sus palabras, El quiere hacerlos pensar en algo más, para que no entren en confusiones y se dejen engañar. Hablar de levadura era en lenguaje figurado, porque así como la levadura es la que va hacer fermentar la masa – ya en alguna ocasiones nos dirá que necesitamos ser levadura en medio del mundo porque hemos de dar buen sabor a nuestro mundo – y ahora Jesús se está refiriendo a la levadura de los fariseos que con sus palabras, sus insinuaciones, sus reglamentos, sus rigorismos querían impregnar a aquella sociedad de algo bien distinto de lo que Jesús nos quería trasmitir como evangelio, como buena noticia de salvación para todos.

Es la levadura de Jesús la que va a hacer fermentar nuestra vida, es la que hará surgir ese hombre nuevo de vida y de gracia, es la levadura de Jesús la que se va a convertir en evangelio para toda la humanidad, en buena noticia de salvación. Dejemos que el evangelio se meta en nuestro corazón y allí vaya produciendo sus frutos, vaya haciendo fermentar nuestra vida para que surja esa vida nueva que transforme nuestro mundo. 

Será así como nosotros llegaremos a ser también con el evangelio de Jesús esa buena levadura para nuestro mundo. Dejemos que esa semilla se siga sembrando en nosotros, poco a poco, dejándola germinar en silencio en nuestro corazón. Todo lo que nos pueda ayudar a rumiar ese alimento de vida que es el evangelio tenemos que aprovecharlo. No podemos escuchar ahora el anuncio del evangelio y al rato olvidarlo porque ya estamos interesados en otras cosas. Ahí en el silencio del corazón tenemos que seguirlo meditando para empaparnos de verdad de ese evangelio de Jesús. Nos sentiremos al final transformados nosotros y comenzaremos de verdad a transformar nuestro mundo.