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jueves, 30 de octubre de 2025

El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

 


El mundo necesita de una esperanza que lo revitalice frente a tantos cansancios y desalientos que nos envuelven, testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar

Romanos 8, 31b – 39; Salmo 108; Lucas 13, 31-35

A veces una lectura demasiado ligera del evangelio nos puede dar la impresión de un cierto triunfalismo a la hora de narrarnos aquellos acontecimientos a partir de la presencia de Jesús de Nazaret en medio del pueblo; insistimos en ocasiones mucho en las multitudes que le seguían incluso a los descampados, las aclamaciones de la gente al contemplar el actuar de Jesús  y la reacción que se va provocando a partir de los signos que Jesús realiza.

Sin quitar ese brillo, porque además nos hace falta para alentar nuestra esperanza en el hoy de nuestra vivencia como cristianos en el mundo que nos rodea, es necesario que nos detengamos en páginas como las que hoy escuchamos. Se trasluce la oposición que también va encontrando Jesús y de alguna manera hacemos comparación con lo que nosotros también vivimos, porque para nosotros el evangelio es siempre luz para el día a día de nuestra vida.

Jesús va camino de Jerusalén, consciente además de lo que va a significar su subida a Jerusalén, recordemos los anuncios que va haciendo, aunque a los discípulos más cercanos tanto les cueste entenderlo. De camino unos fariseos – precisamente es bien significativo que sean precisamente unos fariseos – se le acercan para decirle que Herodes lo anda buscando. En algún momento parecería que Herodes estaba interesado en lo que hacía o enseñaba Jesús, aunque no se le quitaba de encima la espina de la muerte de Juan Bautista precisamente a sus manos. Ahora parecería que la advertencia que le hacen los fariseos es para que se cuide y no se ponga en peligro.

Es la reacción de los que se sienten con poder y les parece que cualquier novedad que pueda ir surgiendo en su entorno es un peligro para ellos. Así andan nuestros gobernantes tantas veces tan cautos, atentos a lo que se pueda decir de ellos, aunque lo disimulen bien, y con su propaganda tratar de influir en la gente sencilla creando confusiones; lo estamos viendo cada día. ¿Era un peligro Herodes para Jesús de la misma manera que Herodes podía sentir que Jesús fuera un peligro para su Reino?

Parece que Jesús no le da importancia, o la importancia que algunos pretenden, pues dice que seguirá fiel a su misión un día y otro, y que su destino está en Jerusalén. Un día allí van a recibirle con las aclamaciones del pueblo. ‘Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!’

Pero el dolor que Jesús siente realmente es como está siendo rechazado por Jerusalén, no el pueblo en sí mismo aunque bien sabemos cómo cambiarán sus reacciones al ser manipulados, sino por los dirigentes a quienes no les gusta el anuncio del Reino de Dios que Jesús está haciendo, porque de alguna manera ven un peligro para sus situaciones de privilegio. Y Jesús llora ya, aunque lo contemplemos con ese llanto en otra ocasión, por lo que le va a suceder a la ciudad de Jerusalén. En otros momentos serán otros los anuncios que Jesús hace del futuro del templo y de la ciudad de Jerusalén.

Jesús se mantiene fiel a su misión de anunciar y construir el Reino de Dios. Es el mensaje que nosotros recibimos de este texto que estamos comentando, como decíamos, comparando también lo que son nuestras situaciones en ocasiones también nada fáciles para hacer ese anuncio del Reino de Dios.  

¿Escuchará el mundo que nos rodea ese mensaje que tratamos de transmitir? También podemos encontrar rechazo o indiferencia en tantos a nuestro lado que no llegan a entender ese anuncio del Reino de Dios del que nosotros queremos dar testimonio. Quizás nuestro testimonio en ocasiones se queda diluido porque nos falta coraje para mostrarnos como verdaderos testigos. Las sombras de debilidad que acompañan nuestra vida pueden hacer que no sea creíble nuestro mensaje, pero aun desde nuestra debilidad y con nuestras sombras tenemos que seguir queriendo hacer el anuncio.

Nuestro mundo lo necesita. El mundo necesita de una esperanza que lo revitalize frente a tantos cansancios y desalientos por la violencia que envuelve a nuestro mundo. Hay personas que quieren encontrar ese rayo de luz y nosotros tenemos que ofrecerlo sin cobardía, sin luces mitigadas, sin miedos.

El mundo necesita testigos de fe y de esperanza que en nosotros debería encontrar. ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde está nuestro compromiso de amor?

 


viernes, 10 de mayo de 2024

Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

 


Hagamos que el aliento del Espíritu sople sobre ese pabilo vacilante para que se reavive su luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

‘Cuando más te necesitaba, más me habías dejado solo’, es quizás la queja al amigo que en momentos difíciles no supimos ver a nuestro lado con lo que sufrimos una soledad peor. Nos pasa en ocasiones en la vida, nos vienen la dificultades y nos vemos solos, aquellos en los que confiábamos no estuvieron a nuestro lado, o al menos, nosotros en nuestras angustias no supimos ver las señales que nos mandaban. Porque eso nos sucede también, nos es fácil culpar al otro, pero quizás a nosotros nos faltó sensibilidad, o nos encerramos tanto en nosotros que no supimos ver las señales que nos estaban dando.

Quiero comenzar mi reflexión de hoy sacando a flote quizás experiencias negativas por las que alguna vez hemos pasado; son los problemas cotidianos de la vida, o son las noches oscuras de nuestro espíritu. Nos aparecen las dudas, nos entran los desánimos, se nos mete la depresión en el alma y no somos capaces de ver nada. Es lo que nos pasa muchas veces en nuestro camino de fe, parece que nada ya nos satisface, nos desanima la poca acogida que encontramos al mensaje que queremos trasmitir, parece que el mundo nos come, a la gente ya no le importa nada la religión ni la iglesia, ni nada que suene a cristiano, veamos la indiferencia con que la gente camina en este aspecto, y eso a nosotros nos desalienta. Y quizás también comenzamos a hacernos preguntas.

No tengamos miedo de afrontar esa realidad. Como dice la gente tantas veces para tantas cosas, es lo que hay. Pero no podemos perder la serenidad de nuestro espíritu para que no deje de iluminarnos la luz; no le pongamos vallas a la luz que siempre puede llegar a nosotros para levantarnos de esos momentos depresivos y tristes en lo que nos podamos encontrar. Necesitamos escuchar con atención estas palabras de Jesús que hoy nos ofrece el evangelio.

Jesús estaba preparando a los discípulos para aquella noche oscura que iba a significar la pasión en sus vidas. Podían llegar momentos de dispersión y abandono. Pero Jesús les está animando a que se mantengan firmes, que aunque vengan esos momentos oscuros como va a significar todo el recorrido de la pasión, Jesús volverá a estar con ellos. Pasarán por esos momentos de agobios, de tristezas, de huidas pero volverá a renacer la alegría en sus corazones. Es todo lo que va a suceder desde Getsemaní, no entenderán aquella angustia de Jesús, pero cuando llegue el momento del prendimiento todos van a huir y dispersarse; vendrán momentos de miedo y de cobardías, hasta Pedro va a negar que conocía a Jesús. Ahora después de la pascua lo comprendemos todo. Entendemos esa alegría que Jesús dice que nadie ya nos podrá arrebatar.

Es lo que tiene que fortalecer nuestra vida para que no nos entren esos desánimos. Siempre podremos encontrar a nuestro lado muchas señales de esa presencia de Jesús. No nos quedemos mirando los nubarrones negros, sino seamos capaces de descubrir esos destellos de luz, aunque nos parezcan pequeños, que brillan también en torno nuestro. Hay mucha gente que a pesar de todo mantiene su fe, hay gente que sabe sentir y guardar en su corazón esa presencia de Jesús, hay gente que sigue amando y entregándose aunque lo haga en silencio, pero ahí están.

Sepamos descubrir el lado bueno de muchas cosas que aparentemente nos pueden parecer turbias, pero en las que en el fondo sigue brillando una luz. Ese pabilo vacilante y aun humeante no lo podemos descartar, no lo podemos apagar. Hagamos el aliente del Espíritu sople sobre ellos para que se reavive esa luz, para que se reaviven esos fuegos del Espíritu que transformen nuestro mundo. Nos toca avivar también esa luz y ese fuego de nuestro corazón.

lunes, 22 de mayo de 2023

Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

 


Las palabras de Jesús no son para el desaliento, son para inspirar confianza, para ayudarnos a mantener la paz, a asegurarnos la victoria final

Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Nos sucede muchas veces y en las más variadas situaciones; no quiero con lo que voy a decir echar un jarro de agua fría sobre nuestros entusiasmos, pero detrás de la euforia de un entusiasmo puede venir pronto el enfriamiento de aquel primer entusiasmo y termine todo, como se suele decir, como el rosario de la aurora, nos perdemos, nos dispersamos, abandonamos porque nos sentimos hundidos, cansados, defraudados. Muchas amistades que comenzaron con mucho entusiasmo, prometiéndonos amistades eternas, pronto pueden comenzar los distanciamientos, la incomprensión,  la perdida de aquel primer fervor. Muchas cosas que iniciamos con muchas ganas pensando que ya tenemos la solución para todo y tenemos el mundo ganado, pronto vemos que la realidad no es tal, que las dificultades parece que crecen cada día, y podemos tener el peligro de abandonar pronto.

No es solo ese fervor inicial el que va a ayudarnos a mantenernos firmes y fieles, se necesita algo más, una convicción más profunda, una reflexión más hondo sobre la realidad, un estudio más detallado de lo que vamos a hacer con sus pro y sus contra, siendo conscientes de las dificultades que vamos a encontrar, como de la riqueza que vamos a encontrar y por la que merece la pena toda clase de sacrificios. La perseverancia es un valor necesario a tener en cuenta, como el tener muy claro a lo que nos vamos a enfrentar. Necesitamos, de alguna manera, prepararnos.

Esas cosas nos pasan también en el ámbito de la fe, de nuestra vida y prácticas religiosas, como de todo lo que es y significa nuestra vida cristiana. Es para lo que Jesús está preparando a los discípulos en aquel, llamémoslo así, discurso de la ultima cena. Son los acontecimientos que ya de inmediato se van a suceder a partir de la traición de Judas y del prendimiento en el huerto, pero la Palabra de Jesús sigue siendo viva y sigue resonando en nuestro corazón a lo largo de la historia y de todos los tiempos.

Y de ello Jesús les está hablando ahora claramente. Van a dispersarse, a huir y a dejarlo solo. Será lo que suceda en el huerto aquella noche. Van a aparecer los miedos y las cobardías cuando antes habían prometido tantas fidelidades y defensas, y unos se refugiaron en el cenáculo con las puertas bien cerradas, y quien se siente más valiente y se atreve a llegar al patio del sumo pontífice para ver en qué va a acabar aquello, terminará negándole ante las preguntas de unos criados porque lo delata su acento y alguien ha llegado a verlo en el huerto cuando incluso a pretendido defender a Jesús con una espada.

‘Pues mirad, les dice Jesús, está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. A Pedro que tanto porfía por estar al lado de Jesús, le dirá que antes que el gallo cante dos veces, le habrá negado tres.

Pero las palabras de Jesús no son para el desaliento, no son una regañina o un echar en cara. Jesús quiere algo distinto. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Son palabras de aliento, son palabras para inspirar confianza, son palabras que ayudan a mantener la paz en el corazón.

Vendrán las flaquezas y las debilidades, pero no habrán de perder la paz. Serán fuertes las luchas, pero no nos tiene que faltar valor porque con Cristo la victoria está asegurada. Su muerte no será una derrota ni un fracaso, será un camino de vida porque será siempre un camino de amor. Y a Jesús le podremos contemplar vivo y resucitado. Es la victoria de Cristo que nos asegura también nuestra victoria.

El eco de las palabras de Jesús sigue llegando hoy a nuestros corazones, que también muchas veces se pueden ver turbados en medio de nuestras luchas. Tenemos abierto ante nosotros un camino de esperanza. No perdamos el entusiasmo, perseveremos, porque el que persevere hasta el final vencerá, alcanzará también la victoria.

jueves, 24 de noviembre de 2022

Ánimo, nos viene a decir Jesús, poneos en pie, no os dejéis abatir, no perdáis la esperanza, abrid los ojos, algo nuevo está sucediendo también en nuestro mundo, hay señales de vida

 


Ánimo, nos viene a decir Jesús, poneos en pie, no os dejéis abatir, no perdáis la esperanza, abrid los ojos, algo nuevo está sucediendo también en nuestro mundo, hay señales de vida

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19, 1-3.9ª; Sal 99; Lucas 21,20-28

Una palabra fácil que le decimos al amigo cuando lo vemos decaído es ¡ánimo! Es muy fácil decir, pero qué difícil es levantar el ánimo cuando se está caído. Esta persona está desanimada, decimos, y tratamos de alegrarle la vida, si nos parece nos ponemos hasta a cantar a su lado pero quien se encuentra de verdad desanimado aunque en aquel momento nos quiera ofrecer una sonrisa, parece más bien una sonrisa amarga, una sonrisa llena de angustias, los ojos no terminan de brillarles.

Nos desanimamos cuando los problemas nos aturden y no sabemos encontrar solución; nos desanimamos cuando los fracasos van apareciendo en la vida, intentamos muchas cosas, pero o no sabemos o  no somos capaces, pero parece que las cosas nos van adelante; nos desanimamos cuando contemplamos el mundo en que vivimos que parece que no tiene norte, que anda desorientado, que se llena de apegos que a nada saben pero de los que no queremos desprendernos, y nos sentimos sin fuerzas para emprender algo que levante el ánimo de los demás, o que nos levante el ánimo a nosotros mismos; nos desanimamos cuando parece que todo se acaba, que no hay remedio, que todo parece que va en pendiente abajo hacia su fin. Y pensamos en nuestros esfuerzos, y pensamos en lo que quisimos hacer bien, y pensamos en tantas luchas y trabajos para hacer que la sociedad fuera más justa, para cumplir con nuestras responsabilidades, y ahora todo nos parece oscuro, sin verdaderas luces que den sentido y sabor a nuestro mundo.

Podríamos seguir pensando en muchas cosas así que nos quitan el ánimo, pero pensamos en cómo levantarnos, en cómo reaccionar, en cómo hacer que las cosas cambien a mejor, y seguimos escuchando una voz en nuestro interior que nos dice ¡ánimo!, que todo merece la pena, que un día encontraremos esa luz, que todo puede cambiar a mejor, que ya hay muchos, aunque quizá en la oscuridad de nuestra mente no seamos capaces de verlos, que caminan caminos de solidaridad, que buscan sinceramente la paz, que van queriendo poner más amor en nuestro mundo.

Es una voz luminosa la que escuchamos en nuestro interior; es una voz que nos ayuda a descubrir esas señales de algo nuevo que va brotando por todas partes, que son señales de que el Reino de Dios va prendiendo en nuestro mundo y que no podemos dejar apagar, sino todo lo contrario avivar más y más para que se encienda ese nuevo fuego de vida y amor.

Hoy el evangelio nos traza unas señales que bien podrían llenarnos aún más de angustias y de temores, y que parece que son cosas calcadas de lo que ahora mismo estamos viendo en el mundo y en la sociedad en la que vivimos. Se nos habla de destrucción – que son, es cierto, unas descripciones de lo que fue la destrucción de la ciudad y el templo de Jerusalén – pero que bien podrían estar reflejando las guerras que nos asolan, las epidemias que tantas vidas han destruido, las catástrofes naturales ya sean terremotos, volcanes o inundaciones que son noticias casi todos los días en nuestros noticieros.

Y ante todo eso, ¿cómo podemos sentirnos? Pues Jesús nos tiene una buena noticia, tiene para nosotros una palabra de aliento y de ánimo. Escuchemos directamente lo que nos está diciendo en el final de este texto del evangelio que hoy escuchamos. Nos podría pasar desapercibido si nos dejamos envolver por lo anterior, pero tenemos que escuchar completa la buena noticia que Jesús quiere darnos. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’.

Animo, nos viene a decir Jesús. poneos en pie, no os dejéis abatir, no perdáis la esperanza; abrir los ojos, algo nuevo está sucediendo también en nuestro mundo y no todo es muerte y destrucción, hay muchas señales de vida, hay muchas señales de amor.  La salvación se está haciendo presente en nuestro mundo, y tenemos que vivirla, por eso tenemos que llenarnos de esperanza, por eso tenemos que seguir el camino con perseverancia. Pongámonos en camino.

sábado, 23 de abril de 2022

Cristo resucitado de una forma o de otra nos saldrá al encuentro, no perdamos los ánimos ni desistamos de nuestra búsqueda para seguirle con fidelidad

 


Cristo resucitado de una forma o de otra nos saldrá al encuentro, no perdamos los ánimos ni desistamos de nuestra búsqueda para seguirle con fidelidad

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

En la vida nos aparecen momentos de desaliento en que perdemos los ánimos y algunas veces terminamos en la huida como defensa frente a ese desaliento; algo que no nos sale como nosotros queremos, un fracaso de algo que teníamos muy soñado y planeado, contratiempos que nos aparecen que nos hacen cambiar de rumbo, y parece que todo se nos viene abajo, no tenemos fuerzas para seguir y una de las formas de huida en encerrarnos quizás en nosotros mismos no queriendo saber nada de lo que pudiera levantarnos el ánimo e incluso huimos del contacto con los demás; todo lo que nos puedan decir de comenzar de nuevo, o de que todo no está acabado no nos lo creemos. Son momentos difíciles.

Fueron los momentos difíciles por los que pasaron los apóstoles con el prendimiento de Jesús y su posterior muerte en la cruz después de la dura y dolorosa pasión que tuvo que sufrir. No nos extraña la desbandada desde un primer momento en el prendimiento en Getsemaní, y aunque alguno intentó acercarse a donde juzgaban a Jesús, salió con el rabo entrepiernas, como se suele salir, cuando incluso las criadas lo reconocieron como discípulo, que tuvo que estar negando. Se encerraron en el Cenáculo; el miedo se les había metido en el cuerpo porque a ellos como seguidores les podía pasar lo mismo. Ya no recordaban los anuncios de Jesús, o no podían ni querían recordarlos porque todo porque menos que les parecía un fracaso.

En la mañana de aquel primer día las mujeres les vienen diciendo que el sepulcro está vacío, algunos incluso lo comprueban, más incertidumbre se ponía sobre ellos; comenzaban a llegar noticias de que alguien lo había visto vivo y resucitado como aquellos que se habían marchado también desalentados a Emaús, pero ya no podían creer a pesar del entusiasmo con que lo contaban; fue necesario que Jesús mismo se manifestara en medio de ellos, que estaban allí encerrados en el Cenáculo sin que se abrieran las puertas para Jesús entrar.

Ahora, con la presencia de Jesús en medio de ellos, comienzan a creer, comienzan a ver las cosas distintas, aunque Jesús les recrimina que no hayan creído ni lo que El había anunciado, ni lo que decían las Escrituras, ni a aquellos que venían con la noticia que lo habían visto resucitado. Pero Jesús sigue confiando en ellos, porque ahora los envía para que ellos hagan el anuncio que no habían creído y lleven la noticia por todas partes, a todo el mundo. Así son las cosas de Dios frente a las indecisiones, reservas y miedos con que andamos los hombres por aquí abajo.

Estamos culminando la octava de Pascua donde hemos venido contemplando esos diversos momentos de los encuentros de Cristo resucitado con los discípulos. Hoy hemos escuchado el breve relato que nos hace el evangelista Marcos de la Resurrección del Señor – es el más escueto – pero donde aparece esa incredulidad de los discípulos. Fue un camino duro que tuvieron que recorrer pero al final se encontraron con la luz, se encontraron con la verdad de su fe en Jesús. Y de ello habían de ser testigos. Hasta los confines del mundo.

Duro se nos hace el camino en la vida muchas veces, como reflexionábamos al principio. Nos sentimos tentados muchas veces al desaliento cuando se nos van metiendo oscuridades en la vida. Pero tiene que ser todo un proceso en el que tenemos que luchar por una meta, en el que tenemos continuar en la búsqueda de eso bueno que pretendemos, en que no nos podemos dejar vencer por el desaliento.

Nos sucede en todas las facetas de la vida; será ese crecimiento personal que hemos de ir realizando día a día buscando superarnos aunque nos cueste; será todo lo que significa relación con los demás que muchas veces se nos puede hacer dificultosa; será en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, del desarrollo de nuestras cualidades, el logro de nuestras metas en nuestro trabajo, el alcanzar aquellas facetas más bellas de la vida en las que nos sentimos creadores.

Caminamos, caminamos con esperanza, con ilusión, con determinación. Será el camino de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano, nuestra vivencia eclesial que algunas veces cuando vemos sombras nos puede desalentar, será todo lo que sea nuestra búsqueda de Dios y nuestra relación con El, será el empeño por seguir el camino de Jesús. Cristo resucitado de una forma o de otra nos saldrá al encuentro.

viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

jueves, 29 de abril de 2021

El seguimiento de Jesús es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón

 


El seguimiento de Jesús es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

Cuando tenemos que hacer un largo camino, quizás de entrada lo hacemos con entusiasmo, las metas que nos hemos propuesto alcanzar parece que nos hacen sentirnos con fuerza, pero en la medida en que el camino se va alargando, van apareciendo dificultades y tropiezos, nos aparece el cansancio y nuestra debilidad, podemos perder aquel entusiasmo inicial o también algunas veces nos vemos como derrotados por las adversidades con que nos encontramos; nos cuesta avanzar, nos sentimos débiles, serán un aliciente para nosotros los compañeros de camino y si nos encontramos señales que nos hablen de su cercanía parece que vemos renovadas nuestras fuerzas.

Entendemos que lo dicho hasta aquí nos puede hablar de un camino, una peregrinación, como también de los trabajos que emprendemos en la vida poniendo en nuestro camino metas que aspiramos alcanzar, en nuestra realización personal como en los logros incluso materiales que podemos lograr en aquellas empresas que emprendamos. Ya estamos haciendo referencia a esa realización personal como personas, como individuos y aquí podemos ver todo lo que atañe a nuestro crecimiento y desarrollo personal, a la vivencia de una vocación o a todo lo que hace referencia a lo que es la vivencia de nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús.

Hay momentos en que nos aparecen los cansancios y los desalientos; nos pueden parecer muy altas e inalcanzables nuestras metas o nos damos cuenta de nuestra pobreza humana y de nuestra debilidad. Somos humanos y somos pecadores; somos seres de carne y hueso y estamos llenos de debilidades que nos aparecen en múltiples tentaciones; nos vemos rodeados de tantas cosas que se nos presentan como muy atractivas y puede aparecer la confusión en nuestro corazón; sentimos los cantos de sirena que nos invitan a una vida cómoda y fácil, donde no tengamos que realizar grandes esfuerzos y nos cegamos; vemos la aparente vida de triunfadores de tantos en la vida sin que realicen los esfuerzos que nosotros realizamos y pensamos si acaso habremos equivocado el camino. Son muchos los desalientos que nos pueden aparecer en nuestro entorno. ¿Se nos habrá enfriado el amor?

¿Lo que nosotros queremos realizar es el camino del seguimiento de Jesús? Pues escuchemos a Jesús y seamos capaces de ver su presencia junto a nosotros haciendo con nosotros el camino. La imagen de los discípulos de Emaús puede ser una buena imagen que nos sirva de aliento. Iban cansados de la vida, desalentados y perdidas las esperanzas, defraudados y frustrados porque ellos no habían visto el cumplimiento de las palabras de Jesús. Pero Jesús iba a su lado.

A pesar del desaliento fueron capaces de centrarse en la conversación para ponerse a escuchar al caminante que iba a su lado. Le dejaron hablar, porque tenemos el peligro de que cuando estamos muy encerrados en nuestras negruras todo sea una obsesión para nosotros y ni seamos capaces de escuchar a quien nos pueda ofrecer palabras de luz y de vida. Luego se darían cuenta como les ardía el corazón mientras les hablaba.

Pues escuchemos lo que hoy nos dice Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.


¿Estamos cansados, defraudados, nos sentimos débiles y sin fuerzas? Vayamos hasta Jesús que en El encontraremos descanso para nuestras almas. Nos puede parecer duro y exigente el camino y la meta que nos propone, pero es que lo estamos mirando ya de antemano casi como un camino imposible; cuando en nuestra imaginación agrandamos la montaña más difícil se nos hará subir a ella.

Por eso tenemos que darnos cuenta lo que significa el camino de Jesús. Es el camino que hemos emprendido desde una llamada de amor pero el camino que queremos hacer con mucho amor en nuestro corazón. Y cuando hacemos las cosas desde el amor y con amor se nos van a hacer más fáciles, más llevaderas. El amor es la fuerza de nuestra vida. Y cuando decimos que queremos ser cristianos no es cuestión de comenzar planteándonos si tenemos o no tenemos muchas cosas que hacer, sino que solamente hemos de mirar el amor en el que nos sentimos cogidos y esa respuesta de amor que nosotros vamos a dar.

No seguimos a Jesús, no podemos decir que nos llamamos cristianos porque cumplamos con unos reglamentos con mayor o menor fidelidad. No es un yugo ni una carga a los que nos vamos a sentir atados, sino un camino de amor. Seguimos a Jesús porque entramos en la órbita de su amor, nos sentimos amados de Dios y ponemos a juego todo nuestro amor.

sábado, 19 de septiembre de 2020

No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

 


No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

Hay momentos en que nos sentimos desconcertados en la vida porque quizás habíamos puesto mucha ilusión en algo que emprendíamos, una iniciativa nueva quizás trabajada con esperanza de unos frutos con los que podríamos lograr una vida mejor, pero las cosas no prosperaron, lo que esperábamos conseguir se vio mermado en sus frutos y algo así sentimos como sensación de fracaso por no haberlo logrado. Pueden ser nuestros trabajos, un negocio que emprendemos, la tarea que como padres queremos realizar con nuestros hijos que por mucho que quisimos luego no llegamos a palpar los frutos de nuestra tarea educadora, y así podíamos pensar en muchas situaciones.

Quienes queremos realizar una tarea pastoral en la Iglesia ponemos mucho empeño en la tarea que queremos realizar asumiendo unas responsabilidades y son los catequistas que trabajan con los niños o los jóvenes en la tarea de la educación en la fe, serán los que quieren animar grupos de trabajo en las parroquias, los que quieren realizar una tarea misionera en sus ambientes y forman parte de grupos apostólicos; pero puede sucedernos como antes mencionábamos que hay momentos en que nos sentimos desconcertados porque después de mucho esfuerzo parece que todo se esfumó, las personas en las que teníamos esperanza de frutos de vida cristiana de repente se vinieron abajo y abandonaron. Sentimos desencanto, sentimos desilusión, a veces nos sentimos fracasados sin en verdad no nos hemos fortalecido espiritualmente para esa tarea. ¿Qué ha sucedido para encontrar estas respuestas negativas?

Quizá, los mayores al menos eso nos parece recordar, hemos vivido en nuestra historia reciente momentos de gran fervor, de gentes que Vivian intensamente su religiosidad, donde contemplábamos quizá nuestros templos llenos de feligreses, pero de la noche a la mañana, nos parece, todo eso se ha enfriado, no hay el mismo fervor en las gentes, nuestros templos se han vaciado de feligreses. Sentimos quizá la angustia de preguntarnos qué es lo que hicimos, qué hicimos mal para tener estos resultados que ahora nos parecen tan negativos.

Escuchando la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio me han venido a la mente estos pensamientos, aunque nos pudiera parecer que no tiene relación una cosa con otra. La parábola es la del sembrador y que hoy escuchamos en el evangelio de san Lucas, estamos más habituados quizá a escuchar la misma parábola en el evangelio de san Mateo. El sembrador que sale a sembrar la simiente y lo va haciendo por todos lados.

Es así como esa buena semilla cae en tierra pero en diferentes terrenos; en todos parece que quiere brotar, pero en muchos de ellos va a encontrar dificultad no solo para germinar sino para luego poder crecer y llegar a dar fruto. La parábola nos habla del terreno duro y repisado del borde del camino, como nos hablará del terreno hecho un pedregal y sequedal, como también de los terrenos llenos de abrojos y malas hierbas; solo la semilla caída en tierra buena y preparada será la que dará fruto, pero también nos dice que no todo el fruto es el mismo porque producirá en diferentes proporciones.

Es lo que con la parábola ilumina esas situaciones de las que hemos venido hablando. Las actitudes del corazón de las personas son muy variadas; y digo las actitudes pero quizá tendríamos que decir mucho más, porque ahí están nuestras costumbres enraizadas en nuestra vida, ahí están las influencias que desde distintos lados podemos estar recibiendo, ahí están las rutinas de nuestra vida y los apegos a las cosas en la confusión de no saber qué es lo verdaderamente principal, ahí está esa tendencia a vivir un materialismo que nos lleva a querer disfrutar de lo primero que aparece delante de nosotros sin saber discernir bien porque quizás nos tomamos con mucha superficialidad la vida, ahí está ese dejarse llevar por lo primero que salga, el que no querer detenernos a pensar y reflexionar en algo hondo que pueda dar un sentido a la vida rehusando todo lo que nos pueda hacer pensar y reflexionar sobre nuestra misma vida. Son esos distintos terrenos en las que cae la semilla.

Quizá alguien podría decirnos que el sembrador tenía que haberse preocupado antes de preparar el terreno, como intenta hacer todo buen agricultor. Pero en el mensaje que quiere trasmitirnos la parábola el que llegue así la semilla a bote pronto a cualquier terreno quizás nos quiere interpelar a los que la escuchamos para que empecemos por darle importancia a esa semilla que llega a nosotros y no simplemente por azar sino que es algo con lo que Dios quiere interpelarnos a cada uno de nosotros porque de cada uno de nosotros está esperando un fruto, que no tiene que ser igual en todos, sino que cada uno responderemos desde lo que somos y desde lo que es nuestro terreno.

Hoy esta semilla está llegando a quienes queremos escucharla y recibirla. Respetemos que otros no estén interesados aunque con el deseo de que un día ellos también abran su terreno para acoger esa semilla. A ti y a mí que ahora nos está llegando esta semilla nos llega una interpelación muy profunda para que demos fruto, pero quizá también para que seamos sembradores de buena semilla en ese mundo que nos rodea, aunque algunas veces lo veamos endurecido y reseco o lleno de abrojos. No olvidemos que ahí también tenemos que sembrar la semilla, respetando la respuesta que cada uno quiera dar, pero ayudando de nuestra parte para que alguien pueda encontrarle su sentido.

martes, 26 de noviembre de 2019

En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia


En ese mundo revuelto y confuso, desconcertados y desorientados en ocasiones, tenemos que saber estar siempre en la búsqueda comprometida de la verdad y la justicia

Daniel 2,31-45; Salm. Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11
Ojalá en la vida todo fuera plácido y tranquilo, que los proyectos con los que soñamos pudiéramos sacarlos adelante sin contratiempos, que no tuviéramos problemas ni encontronazos con los demás sino que fuéramos capaces de ponernos de acuerdo para sacar adelante nuestra sociedad superando retos, buscando siempre metas mal altas, aunando esfuerzos.
Parece algo idílico pero es en cierto modo lo que soñamos, lo que deseamos, lo que nos anima cuando ponemos nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, pero bien sabemos que muchas veces se nos vienen abajo esos proyectos cuando quizá nos parecía que los teníamos encaminados, que nos vamos a encontrar enfrente y en contra nuestro aquellos que antes quizá caminábamos en el mismo surco, que surgen las crisis de entendimiento entre unos y otros y en los carriles por los que quisiéramos que caminara nuestra sociedad.
¿Qué hacer? ¿Tirar la toalla y marcharnos a otro lugar? ¿A dónde vamos a ir? ¿Refugiarnos en nosotros mismos o solo en nuestras cosas personales batallando cada uno su batallita particular? ¿Desentendernos y dejar que otros hagan a su antojo dispuestos a soportar lo que sea con tal de no meternos en líos?
Muchas de esas tentaciones tenemos en muchas ocasiones. Nos sucede en la vida social, nos sucede muchas veces hasta en la misma vida familiar, nos sucede con aquellos que están o han estado más cercanos a nosotros y considerábamos amigos, lo estamos viendo en la misma vida política que tendría que aunarse para buscar soluciones. No sabemos que hacer y nos encerramos en nuestro cascarón, nos desentendemos. Nos situamos en ocasiones como la expectativa, mirando como meros espectadores, para criticar quizá lo que otros hacen sin poner nada de mi parte. Qué fácil es hablar y cuanto cuesta comprometerse. ¿Pero me puedo quedar tranquilo con posturas pasivas y negativas?
Creo que el evangelio de hoy puede ser un rayo de luz que nos ayude a encontrar caminos. Jesús les anuncia a los discípulos las fuertes crisis por las que habrán de pasar, tanto el pueblo judío en si mismo con muchas cosas que les afectarán hasta en lo más hondo de su identidad, como a los propios seguidores de Jesús con el paso de los años.
Parte de las consideraciones que se hacían por la hermosura del templo de Jerusalén y Jesús les anuncia de todo aquello no quedará piedra sobre piedra porque todo seria destruido. Posiblemente cuando el evangelista nos narra estas palabras proféticas de Jesús ya se había realizado la destrucción de Jerusalén y su templo. Supuso una grave crisis en la identidad del pueblo judío que les llevaría a la dispersión y la diáspora a través de los siglos por todas las naciones.
Pero las palabras de Jesús no se quedan en ese anuncio sino que les dirá que sus discípulos tendrán que afrontar momentos difíciles y es cuando nos invita a ser fuertes, a mantener la esperanza, a tener paciencia porque nunca el discípulo de Jesús se ha de sentir solo y abandonado. No es la huida el camino que han de tomar, sino afrontar con paciencia todas esas dificultades en que muchas veces les parecerá – nos parecerá porque a través de los tiempos esas mismas situaciones seguimos viviendo - que el mundo se viene abajo.
Paciencia, no significa una actitud pasiva, sino una actitud de esperanza y de confianza. Es lo que necesitamos en la vida, que parece que esos valores se han evaporado. Y aquí podemos hacer referencia a lo que vivimos en el mismo seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas, pero también a todo el ámbito de la vida social que vemos tan revuelto y sin saber muchas veces qué partido o qué camino tomar.
Pero ahí tenemos que estar sin cruzarnos de brazos, sin huidas ni búsquedas de refugios sino dando el callo, poniendo nuestro esfuerzo y nuestro saber aunque quizá muchas veces podamos equivocarnos, pero siempre en la búsqueda de la verdad, de lo bueno, de lo justo, porque siempre tenemos que sentirnos comprometidos en hacer un mundo mejor.

sábado, 11 de mayo de 2019

Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar



Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
El contemplar a nuestro alrededor respuestas y actitudes negativas algunas veces nos puede llenar también de desaliento y perder el ánimo en aquella tarea que hemos emprendido, pero de la que quizás vemos como muchos desertan. Las actitudes de los demás nos contagian y necesitamos una gran fortaleza interior para no dejarnos influenciar por lo negativo y mantener firme el ritmo en nuestra línea de actuación.
Nos sucede con la visión pesimista que palpamos en muchos acerca de la vida o de los acontecimientos de nuestra sociedad. Hay gente que lo ve siempre todo negro y eso nos puede contagiar. Ante los problemas que se nos van presentando en la vida hay quien pronto quiere escaparse y huir y no tiene la fuerza de voluntad para ver lo positivo que podemos encontrar en medio de tantas sombras o lo positivo que nosotros podemos poner de nuestra parte. Es el conjunto de la vida social y política, por ejemplo, que nos rodea y de donde tenemos la tentación de huir, y nos falta la clarividencia necesaria para tener iniciativas positivas de creación de lo bueno y de construcción en positivo.
Nos sucede en nuestro ámbito eclesial también donde hay quien quiere resaltar siempre las sombras, pero quienes resaltan las sombras no son capaces de poner luz, poner coraje y empeño por su parte dejándose guiar por la fuerza del Espíritu para que también nuestra Iglesia sea mejor. No es con visiones negativas, no es con condenas, sino desde el amor y la misericordia como tenemos que construir y como tenemos que trasmitir nuestra fe.
Me surge toda esta reflexión en la que quiero también encontrar luz para esas cosas que vivimos, que suceden en nuestro entorno, que nos señalan situaciones muy concretas de nuestra vida, a partir de lo que hoy escuchamos en el evangelio en este final del discurso, por llamarlo de alguna manera, de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún cuando les habla de comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna. La gente reacciona negativamente ante las palabras de Jesús porque no terminan de entenderle. Jesús es consciente de ello y de lo que puede influir en los discípulos más cercanos. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Se notaba quizá el desaliento cuanto tanto amaban a Jesús; se notaba la desazón al ver como la gente que ayer le aclamaba en el descampado porque les había dado pan en abundancia, ahora lo abandonan y ya no quieren seguir a Jesús.
El desaliento que quizá nos entra muchas veces a las personas de Iglesia, a los que estamos más implicados en la tarea pastoral de la Iglesia, cuando vemos que quizá nuestros esfuerzos parece que no dan fruto. Cuantas veces nos entran dudas en nuestro interior sobre si lo que estamos haciendo merece la pena o es lo más adecuado. Nos cuesta aceptar y respetar la libertad de los demás y esto nos llena por otra parte de desánimo. Como los padres que no ven en los hijos el fruto de tantos esfuerzos y de tantas luchas. Pero creo que tiene que encenderse necesariamente dentro de nosotros la luz de la esperanza.
Nos queda una respuesta, la de Pedro, cuando todos dudaban. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. Reafirmamos nuestra fe en Jesús. Sí, es nuestro alimento y nuestra sabiduría, es nuestra vida, lo es todo para nosotros. Y manifestamos nuestra fe, y nos mantenemos firmes en ella a pesar de los desánimos que puedan producir los demás en nosotros.

martes, 13 de noviembre de 2018

Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor


Somos los trabajadores de la viña del Señor que no buscamos recompensas ni glorias humanas sino que la recompensa nos la da el Señor

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

Pero ¿es que soy yo el que siempre tengo que estar haciendo esto? ¿Por qué me toca siempre a mí? Frases como estas nos surgen muchas veces en nuestro interior en medio del cansancio de nuestras obligaciones y responsabilidades. Quizá observamos a nuestro alrededor gente que vive su vida sin mayores preocupaciones, sin asumir responsabilidades pensando solo en si mismos y nosotros ahí andamos con nuestras obligaciones, con nuestros trabajos, y hasta quizá nos parece que nadie nos valora.
Son quizá como tentaciones que nos surgen y que algunas veces nos desalientan, pero en la madurez de nuestra vida asumimos nuestras responsabilidades y no dejamos de cumplir con nuestros deberes. Somos conscientes de nuestra responsabilidad. Es la responsabilidad de la propia vida, pero es la responsabilidad con que vivimos nuestras obligaciones personales y familiares, la responsabilidad de nuestro trabajo que es mucho más que ganarnos el sustento, porque nos sentimos en débito con la vida misma y también con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos hemos de construir.  No podemos sentirnos ajenos a nuestro mundo, vivimos en él y en él hemos de desarrollar todas nuestras capacidades.
Hoy Jesús nos está hablando en el evangelio de la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida; cómo  no tenemos que desalentarnos porque quizá nuestros trabajos no sean reconocidos ni valorados, sino que seamos en verdad conscientes de nuestra responsabilidad personal. Emplea quizá una expresión que ya en nuestro tiempo parezca que no tiene tanta validez, pero hemos de saber interpretarla como una llamada a nuestra responsabilidad y a la conciencia gozosa del deber cumplido.
‘Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’, nos dice. No nos sentimos siervos o esclavos, es verdad, pero sentimos la alegría del bien que podemos hacer a los demás y a nuestro mundo desde el desarrollo de nuestras responsabilidades. Ya nos recuerda Jesús en otros momentos del evangelio que nuestra grandeza no está en la vanidad del aparentar sino en la maravilla de hacernos servidores de los demás. Esto solo lo podemos entender desde el amor, que es el distintivo de nuestra vida.
Y todo esto que nos habla de la madurez de nuestra vida y que para nosotros sabemos muy bien que se deriva del compromiso de nuestra fe, hemos de mirarlo también en el plano de lo que desde esa fe hacemos en el seno de nuestra comunidad cristiana, en el seno de la Iglesia. Somos unos trabajadores de la viña del Señor, como nos recordaba Benedicto XVI en el día de su elección para el pontificado cetrino. Es de lo que tenemos que ser conscientes todos los cristianos, todos los miembros de la Iglesia. Somos los trabajadores de la viña del Señor.
Bien sabemos cuanto tenemos que hacer, cuantas son las necesidades y problemas, como entre todos tenemos que ir construyendo la Iglesia con la ayuda y la fuerza del Señor. Cuanto hacemos, cuando decimos, cuanto trabajamos por la Iglesia y por los demás sea siempre para la gloria del Señor. No olvidemos nuestra responsabilidad. La recompensa nos la da el Señor, no busquemos glorias ni recompensas humanas.

miércoles, 24 de enero de 2018

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Es un poco la tentación de desánimo que muchas veces sienten los que trabajan por los demás, quieren hacer cosas buenas, se preocupan de esa sociedad en que viven o tienen un compromiso social en alguna actividad en su entorno. Es el desánimo que se puede sentir cuando no vemos el fruto pronto de aquello que hacemos.
O que nos puede pasar en nuestra vida personal, que queremos superarnos, avanzar en la consecución personal de algunos valores, pero parece que vamos a rastras porque no avanzamos, porque no logramos superar aquellos escollos que la vida nos va poniendo, no logramos mejorar nuestro carácter, no conseguir dominar aquellos impulsos, seguimos con nuestra rabias y violencias aunque solo sean en nuestro interior.
Creo que no podemos idealizar la vida, nuestras luchas o nuestro trabajo por los demás, pensando que todo será fácil y maravilloso y que pronto conseguiremos aquello que perseguimos; son muchas las circunstancias que nos rodean, influencias que recibimos nosotros de todo tipo o también aquellas personas para las que trabajos o con quienes queremos conseguir algo.
Ahí anda nuestra vida con nuestros cansancios y con nuestras inconstancias, ahí están esas raíces profundas que hay en nosotros y que tanto nos cuesta arrancar, y eso les puede pasar a los demás también, ahí está que nuestra visión algunas veces se vuelva turbia y no terminemos de ver las cosas y a los otros también les sucede, ahí están esas desconfianzas que se nos meten en el alma y que nos debilitan y los demás también pueden tener esa tentación.
Nos sentimos desalentados, pero tenemos que ser realistas, que no significa que dejemos de luchar, de buscar lo bueno, de entregarnos, de querer seguir sembrando la semilla aunque sepamos que no siempre va a dar fruto al ciento por uno; hemos de tener confianza, hemos de mantenernos en camino, hemos de seguir adelante.
Me ha venido todo este pensamiento y reflexión escuchando la parábola que Jesús nos propone hoy. Había mucha gente a su alrededor y nos dice el evangelista que se sentó y se puso a hablar en parábolas. Y la primera parábola que les propone es la del sembrador que yo todos bien conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado y nos hemos visto bien reflejados en ella.
Jesús, es cierto, está queriendo enseñarnos con la parábola que tenemos que preparar la tierra de nuestra vida y quitar abrojos y pedruscos, ablandar la dureza de la tierra del camino y ser buena tierra. Pero Jesús está siendo muy realista porque eso le está pasando con su predicación. No todos aquellos que allí están ahora escuchándole van a dar el mismo fruto, van a tener la misma respuesta. Pero Jesús no deja de sembrar, y como dice la parábola, saldrá por todos los caminos y por todos los rincones lanzando la semilla a voleo. En algún lugar, en algunas personas aquella semilla va a caer y echar raíces y hasta que crezca la planta y dé fruto.
¿No nos estará diciendo algo Jesús para nuestros desalientos y cansancios a la hora de nosotros sembrar? Es que aquí no se puede hacer nada, nos decimos algunas veces y dejamos de sembrar, de trabajar, de hacer por los demás. Jesús era consciente de que algunas de aquellas semillas iban a caer entre abrojos y sin embargo lanzó la semilla. ¿No será lo que nosotros tenemos que hacer? 
No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida. Algún día esa semilla, que a nosotros ahora nos parece que no brota, sin embargo puede brotar y llegar a dar fruto. Es la esperanza que siempre tiene que animar nuestra vida. Si no la sembramos seguro que no dará fruto. No digamos nunca que aquí no se puede hacer nada. Eso significaría que no estamos confianza en la fuerza que en si misma tiene la Palabra de Dios.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezca tenebrosas o nos resulten desconocidas porque lo hacemos con la confianza en el nombre de Jesús

Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezca tenebrosas o nos resulten desconocidas porque lo hacemos con la confianza en el nombre de Jesús

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11
El trabajo a veces parece que nos da fruto fácil, vemos su productividad, pero hay ocasiones en que se nos hace difícil, no conseguimos aquello que anhelamos, no vemos los frutos de aquello que hemos invertido, ya sea nuestro tiempo o nuestro esfuerzo, o ya sean los medios materiales que hemos empleado o gastado en hacer producir aquello en lo que estamos; pensamos en un agricultor con sus duras tareas en el campo, con todo lo que tiene que emplear para obtener unos frutos, pero que un día aparece la cosecha destrozada, un mal tiempo, unos temporales, o cualquier plaga que le pueda afectar. Es el que invierte en una empresa o en un negocio, pero no da la productividad deseada y viene los desalientos ante el fracaso, el animo que se busca donde sea para volver a empezar y mantener la lucha y la tarea diaria.
Desaliento, amargura quizá en algunos momentos, pérdida de la esperanza y la ilusión, agobios interiores que nos hacen perder la paz, sentimientos en algunos momentos de inutilidad o incapacidad para realizar aquella tarea… son cosas que nos van apareciendo y que tenemos que saber superar buscando la fuerza allí donde podamos encontrarla, pidiendo la ayuda que necesitamos y quizá alguien nos pueda ofrecer, teniendo esa fortaleza interior para a pesar de todo no sentirnos derrotados.
‘Hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ le dice Pedro a Jesús cuando después de haber estado enseñando a la gente sentado en la barca le pide que reme mar adentro y vuelva a echar las redes para pescar. El conocía aquel lago y sabia que había ocasiones en que parecía que los peces se ocultaban; así habían estado aquella noche y no habían cogido nada, ahora estaban limpiando y guardando las redes para otra ocasión en otra jornada. El sabe que ahora es imposible.
Sin embargo se fía de Jesús. Por tu palabra, porque tú nos lo pides, porque tú nos lo dices vamos lago adentro otra vez y echaré las redes. Podía haberle dicho, si tú no entiendes de estas cosas de la pesca, cómo nos pide esto ahora. Sin embargo se fía de la palabra de Jesús. La Palabra de Jesús les cautivaba, como a todas aquellas gentes que se habían reunido allí a la orilla del lago temprano para escucharle, como la gente que le seguía por los caminos, como los que acudían a la sinagoga, como todos aquellos que no los dejaban tranquilos ni en casa cuando estaban descansando o se iban tras ellos a los descampados. Algo había en la Palabra de Jesús, en su voz, en su mirada, en su presencia y no se podían resistir.
‘Pero por tu palabra echaré las redes’. La maravilla se había realizado. La redada era tan grande que tuvieron que pedir ayuda a los compañeros de las otras barcas. No salían de su asombro. Las redes reventaban donde hacia poco  no habían podido coger nada. Pero se habían atrevido a confiar en la palabra de Jesús; no habían tenido miedo de remar mar adentro; el cansancio no les impidió recomenzar de nuevo la tarea. Ahora se sentían pequeños, pecadores. ‘Apártate de mi que soy un hombre pecador’, le decía Pedro postrado a los pies de Jesús. Pero Jesús seguía confiando en ellos. ‘Os haré pescadores de hombres…’ pescadores de otros mares.
Antes hacíamos referencia a momentos y experiencias humanas en que podemos sentir el desaliento cuando no conseguimos aquello que deseamos y decíamos como hemos de buscar esa fuerza interior que nos impida decaer, que nos lance una y otra vez a seguir adelante.
Lo podemos ver también en referencia a nuestro actuar como cristianos, a nuestra tarea de Iglesia. Cuántos campos se nos abren delante de nosotros en los que podríamos o tendríamos que trabajar. En muchas ocasiones también podemos sentir el desaliento ante la tarea tan grande que tenemos por delante o por los pocos frutos que nos parece que conseguimos de nuestra trabajo. El fruto, para empezar, no somos nosotros los que tenemos que medirlo, porque lo que sucede en el corazón de cada hombre al que llevamos el mensaje, nosotros no lo sabemos, pero Dios ve el corazón de los hombres.
Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezcan tenebrosas o nos resulten desconocidas. No vamos en nuestra tarea en nuestro nombre, sino en el nombre de Jesús; no lo podemos olvidar, hemos de tenerlo muy en cuenta. Tenemos que aprender a confiar y también a saber contar con los demás. No es tarea que realicemos solos; la tarea de la Iglesia es una tarea comunitaria y cuando trabajamos lo estamos haciendo siempre en comunión con los demás. Pero también de forma explicita hemos de saber contar con otros. El Señor se puede valer de nosotros para que alguien se agregue también a esa tarea evangelizadora; démosle la oportunidad.
No lo olvidemos, lo hacemos en el nombre del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’. El Señor quiere seguir contando con nosotros para que seamos pescadores de esos otros mares.