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martes, 18 de julio de 2023

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 Éxodo 2,1-15a; Sal 68;  Mateo 11,20-24

Mira qué desagradecido, nos atrevemos a pensar en más de una ocasión cuando no somos correspondidos por alguien al que quizás en muchas ocasiones habíamos ayudado de alguna manera pero que ahora parece que se desentiende de todo y todo parece darlo por olvidado. No es que hagamos las cosas para que nos las agradezcan, eso al menos decimos no sé si por quedar bien, pero nos gusta que esas personas correspondan de alguna manera, se acuerden de lo que un día hicimos por ellas y de alguna manera den una respuesta.

Claro que eso nos es fácil pensarlo de los demás y quizás somos nosotros en muchas cosas de la vida los que de alguna manera estamos actuando así. En fin de cuentas en la vida todo nos relaciona a los unos con los otros y siempre directa o indirectamente siempre estamos recibiendo algo de los demás. Son cosas que hemos de saber valorar, tener en cuenta, corresponder de alguna manera, es como iremos haciendo crecer también nuestras relaciones de amistad y todo lo que es el aprecio que nos hemos de tener los unos a los otros. Mucho tenemos en la vida que aprender en este sentido.

El evangelio de hoy nos está hablando de una queja de Jesús, por llamarlo de alguna manera; una queja hacia algunos pueblos y ciudades de aquel entorno de Galilea donde Jesús se prodigó más en su predicación y en sus milagros.  Se nos está refiriendo a algunos pueblos de aquel entorno del lago de Tiberíades, como eran Betsaida, precisamente la patria de Simón y de Andrés, y otras ciudades como Corozaín. Mucho había predicado Jesús allí y muchos milagros habría realizado y sin embargo no daban señales de conversión, no daban señales de creer en El.

‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Y Jesús les hace la comparación con Sodoma y Gomorra, aquellas ciudades destruidas por la increencia y la maldad con fuego del cielo, y también compara con Tiro y con Sidón, dos ciudades de gentiles, en las tierras de Fenicia junto al mar, dedicadas al comercio sobre todo pero que eran famosas por su increencia.

Y Jesús ahora les dice que si en esos sitios se hubieran hecho los milagros que en Corozaín y Betsaida se han realizado, seguro que hubieran dado señales de conversión. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras… Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, - y está haciendo referencia ahora a Cafarnaún - habría durado hasta hoy’.

Pero releamos este pasaje del evangelio no solo pensando en aquellas ciudades y aquel entorno donde Jesús realizaba el anuncio del Reino de Dios, sino haciendo referencia a nosotros mismos. Hablábamos al principio de esa actitud desagradecida con que muchas veces caminos en la vida en nuestras relaciones entre unos y otros, hagamos ahora referencia a nuestra relación personal con Dios. ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Seremos en verdad conscientes de cuanto recibimos cada día de Dios en la misma vida que vivimos y en cuanto nos rodea que tendríamos que saber descubrir la mano de Dios?

Pensemos en nuestra vida personal, con nuestra historia, con nuestras luces y con nuestras sombras, todo lo que ha sido el camino en nuestra vida en lo religioso y en nuestra fe, en los sacramentos que hemos recibido o la Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado, en los problemas con que nos hemos ido encontrando en la vida y cómo tantas veces hemos pedido la ayuda de Dios, en tantos que Dios ha puesto a nuestro lado y que con su palabra, con su testimonio y su ejemplo han sido voz de Dios para nuestra vida, en las veces que nos hemos sentido pecadores y hemos implorado el perdón del Señor, y así podríamos según pensando en muchas cosas más. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Qué frutos de vida cristiana estamos manifestando en nuestra vida? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso con la Iglesia?

Mira qué desagradecido, decíamos al principio pensando en las cosas que vemos en nuestro entorno en otras persona, pero ¿no tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido?

 


martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

martes, 14 de julio de 2020

El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar


El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24
¿Qué hacemos cuando hemos estado preocupándonos por alguien de quien no veíamos clara su situación y tratábamos de ayudarle ya fuera con un buen consejo para que recapacitara de cuál era la situación en la que estaba viviendo y que le estaba llevando a la ruina de su vida o quizás pusimos recursos de nuestra parte hasta de orden material para que fuera capaz de emprender algo distinto pero esa persona no quería escucharnos, rechazó cuantos ofrecimientos le hicimos y siguió en su empeño, por decirlo de alguna manera, de despeñarse por esa corriente?
Sentimos quizá hasta ira dentro de nosotros, la tentación de abandonarla a su suerte desentendiéndonos y tratando quizá de olvidar. Nos sentimos impotentes, sentimos rabia en nuestro interior por no poder hacer nada, y quizá abandonamos nuestra lucha  dejándola a su suerte que se la había buscado. Tendríamos que tener una sensibilidad especial y una fuerza de voluntad grande por querer hacer el bien, para seguir intentándolo por todos los medios.
¿Qué sentía Jesús cuando había gente que lo ignoraba, se encontraba con aquellos que siempre le estaban buscando las cosquillas, o cuando no había una respuesta sincera y auténtica ante todo lo que le ofrecía?
Claro que podemos pensar también quienes hemos vivido o vivimos algunos compromisos dentro de la Iglesia y hemos querido trabajar por los demás en distintas tareas o servicios que se pueden ofrecer desde la comunidad eclesial cómo nos sentimos o cómo reaccionamos ante la indiferencia que encontramos en nuestro entorno; o lo que sentimos por la en cierto modo manipulación que se quiere hacer de nuestro trabajo porque ofrecemos un mensaje, tratamos de hacer un anuncio del evangelio, pero luego vemos que convierten nuestras celebraciones cristianas poco menos que en un circo de vanidades sociales. Pensamos en lo que se han convertido las primeras comuniones y también la celebración de las bodas en la Iglesia, por señalar algunas cosas. Todo aquello que tratábamos de transmitir en nuestras catequesis ¿en qué se ha quedado?
También podemos sentir frustración y cansancio, sentir que no merece la pena porque no encontramos la respuesta deseada, o dejarnos arrastrar por esas vanidades de la vida y vivir todas esas situaciones de una forma conformista. Aunque quizá algunas veces nos puede sobrevenir la ira como cuando los apóstoles pidieron a Jesús que hiciera bajar fuego del cielo porque en una población no los habían querido recibir porque iban a Jerusalén.
En el evangelio que hoy se nos ha propuesto en la liturgia podemos decir que estamos contemplando el dolor del corazón de Cristo ante la respuesta negativa que en algunos lugares están dando a su predicación. Habla en concreto de aquellas ciudades o poblaciones del entorno del lago de Tiberíades, como Corozaín, Betsaida o la misma Cafarnaún donde de alguna manera Jesús se había establecido como centro de operaciones. Se lamenta Jesús por aquellas ciudades como un día le veremos llorar sobre la ciudad de Jerusalén porque no le ha escuchado.
Mucho había realizado Jesús en aquellos pueblos y aldeas con su predicación, con sus milagros, con su presencia pero no habían terminado de entrar en el camino de la conversión. Y compara con Sodoma o aquellas ciudades malditas en el entorno del mar Muerto, o con las ciudades paganas de Tiro y Sidón en la cercana Fenicia. Si allí se hubieron hecho los signos que en estas ciudades habrían dado respuesta. Por eso, como les dice, para esas ciudades el juicio será más llevadero que el que merezcan estas ciudades del entorno de Tiberíades. Pero Jesús allí estaba y allí seguía porque el anuncio de la Buena Nueva no podía dejar de realizarse.
Claro que en nuestra reflexión miramos nuestra vida y tratamos de ser conscientes de cuánto hemos recibido del Señor. No se trata de juzgar o condenar a los demás sino de mirarnos a nosotros mismos; cuánto ha derrochado de su amor Dios sobre nosotros a lo largo de nuestra vida.
Pensemos en cuánta predicación escuchada, cuántos sacramentos recibidos, cuántos momentos de gracia hemos vivido, cuánto hemos participado de la celebración de la Eucaristía, y aun así seguimos siendo inconstantes, muchas veces mantenemos una frialdad o una tibieza en nuestro espíritu que no se corresponde al calor del amor de Dios que hemos recibido. ¿No tendríamos de alguna manera que despertar ya de una vez por todas? De una cosa estamos seguros, el Señor no nos abandona y nos sigue regando con su gracia, sigue llamando a la puerta de nuestro corazón.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Ante lo que nos sucede o nos puede suceder no valen ni fatalismos ni estoicismos, ni desesperanzas ni abandono de obligaciones sino vigilancia en la responsabilidad y esperanza ante la vida futura

Sabiduría 13,1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

‘Comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían…’ así refería Jesús lo que era la vida ordinaria de la gente y pone dos situaciones distintas. Les recuerda los tiempos de Noe con el diluvio universal, y los tiempos de Lot y la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra.  La vida transcurría con normalidad, hacían lo que se hace todos los días y en todos los tiempos y vinieron aquellas catástrofes del cielo, ya fueran aquellas lluvias torrenciales que todo lo inundaron, o aquel fuego bajado del cielo que destruyo aquellas ciudades del valle del Jordán, fuera lo que fuera lo que realmente sucedió.
Como sucede en todos los tiempos, hacemos nuestra vida, comemos, bebemos, compramos, vendemos, trabajamos, construimos, hacemos vida de familia, nos relacionamos con los demás, y nos suceden cosas inesperadas, un terremoto, unas inundaciones, un volcán que todo lo destruye… Noticias de este tiempo escuchamos continuamente. ¿Significa eso que hemos de vivir la vida con un fatalismo al que no nos podemos oponer? ¿Nos desesperamos o vivimos estoicamente aguantando lo que venga por que nada podemos hacer? ¿Dejamos de cumplir con lo que es nuestra vida porque quizá en algún momento nos pueda sobrevenir algún tipo de calamidad o catástrofe? ¿Vivimos con miedo o sin sentido porque no sabemos como ni cuando va a ser el final de todo?
No es eso lo que nos quiere decir Jesús. Ni fatalidades ni estoicismos. No nos puede abrumar la desesperanza de ninguna manera. Tampoco nos vale abandonar nuestras obligaciones porque las cosas pueden suceder de manera inminente. Es una tentación que se puede tener como se ha tenido en todos los tiempos y así han surgido formas de pensamiento y sentidos o sin sentidos de la vida. Ya san Pablo advierte a los cristianos de Tesalónica que no se podía abandonar las obligaciones; había corrido el pensamiento de que la segunda venida del Señor era inminente y ya algunos se dedicaron a vivir sin trabajar. Es cuando san Pablo les deja aquella sentencia de que ‘el que no trabaja que no coma’.
Jesús quiere invitarnos a la esperanza y a la vigilancia. Tienen las palabras de Jesús también un sentido escatológico de hablarnos del final de los tiempos, pero quiere advertirnos también de la responsabilidad con que hemos de vivir el momento presente. Hay unas obligaciones y responsabilidades con la vida que no podemos abandonar. Pero no olvidamos que todo esto terreno tiene un final pero que vivimos con trascendencia cada uno de los momentos de la vida con sus responsabilidades y esperamos una vida sin fin, un más allá, digámoslo así, que nos habla de vida eterna en el encuentro definitivo con el Señor.
Vigilancia, atención al momento presente y al futuro que ha de venir, responsabilidad en la vida pero trascendencia en lo que hacemos, esperanza de una plenitud que un día en Dios hemos de encontrar, y prepararnos para ese momento del encuentro definitivo con el Señor que queremos que sea siempre para vida y para salvación.
En estos momentos finales del año litúrgico tendremos oportunidad de seguir abundando en nuestra reflexión con el tema.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

Un lenguaje misterioso con un sentido apocalíptico que nos habla del final de los tiempos y de la manifestación final del Hijo del Hombre es el que escuchamos hoy en el evangelio. Decimos apocalíptico y entendemos que se nos habla de ese misterio del día final, pero que la misma palabra indica que es también una invitación a la esperanza.
Por nuestra condición pecadora, tan repetitiva en nuestra vida, es fácil que nos llenemos de temor ante esos momentos finales, de la misma manera que en cierto modo nos llenamos de cierto temor cuando pensamos en el final de nuestros días, en la hora de nuestra muerte. Sin embargo es una hora que siempre tendríamos que pensar con esperanza; sí, con esperanza, porque ¿con quien nos vamos a encontrar? ¿No nos vamos a encontrar con un padre misericordioso como tantas veces Jesús nos ha hablado en el evangelio?
Es cierto que aquel hijo pródigo que volvía a la casa del padre venía con su espíritu lleno de temores porque reconocía que no se había comportado como buen hijo, pero en el fondo de su corazón estaba la esperanza en la bondad de su padre que de una forma o de otra le recibiría; luego se encontraría que el padre le acogía con un abrazo de amor y de perdón que llena de paz su corazón y hacia fiesta por la vuelta del hijo perdido pero encontrado, que había muerto pero que había vuelto al encuentro de la vida. Es lo que tendría que predominar en nuestro corazón, y también llenarnos de esperanza en ese encuentro con la vida definitiva porque es el encuentro con el Padre que nos recibe con amor y que más que juzgarnos y condenarnos nos ofrece el abrazo del perdón para llenar nuestro corazón de paz.
Ciertamente que la descripción que nos hace Jesús está llena de misterio en sus imágenes, porque nos dice que no sabemos ni el día ni la hora, pero es de alguna manera estar invitándonos a la vigilancia, a no dejarnos caer en la modorra de la rutina en la que nos vamos acostumbrando a las cosas y bajamos fácilmente la guardia. ‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre’ y nos recuerda los tiempos de Noé o la destrucción de Sodoma y Gomorra.
Hemos de estar atentos y eso significa estar vigilantes en el amor, no bajando la guardia en el cumplimiento de nuestras obligaciones, seguir en la tensión de nuestro compromiso por querer hacer que nuestro mundo sea mejor, trabajar seriamente para hacer que los demás puedan ser más felices cada día, seguir sembrando las semillas del amor que harán que nuestro mundo sea más humano y haya más paz entre unos y otros.
Esperamos la venida del Señor. Nos lo enseña el evangelio, nos lo recuerda la liturgia cada día, lo expresamos en el credo de nuestra fe, y tenemos que vivirlo cada día de nuestra vida. Esperamos ese encuentro con el Señor donde esperamos oír de sus labios ‘venid, vosotros, benditos de mi Padre, a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.

martes, 15 de julio de 2014

Una Palabra de vida que nos alimenta y un testimonio que nos ayuda a dar respuesta con fidelidad



Una Palabra de vida que nos alimenta y un testimonio que nos ayuda a dar respuesta con fidelidad

Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24
La palabra de Dios que cada día vamos escuchando nos pide respuestas sinceras en nuestra vida. Nos la hemos de tomar muy en serio; no es ni un adorno ni un entretenimiento, no es algo que ponemos como de relleno en medio de nuestra celebración y sea algo que ahí ritualmente tenemos que poner o hacer, pero que nos contentamos con hacerlo y ya está, ya hemos cumplido con el rito.
Es una palabra viva que tiene que llegar al corazón de nuestra vida; una palabra que hemos de escuchar siempre con toda atención y respeto y con mucha fe y amor porque es la Palabra que el Señor nos dice; en nada tenemos que distraernos cuando se nos proclama y nada hemos de hacer que pueda ser causa de distracción para los demás; no nos tendríamos que perder ni un ápice.
Como escuchábamos el pasado domingo es una semilla que se siembra  en nuestra vida, y nuestra tierra, la tierra de nuestra vida ha de estar bien preparada y dispuesta para que dé fruto. Pero ya bien sabemos que no siempre da fruto porque no siempre la acogemos como tendríamos que acogerla. Es una exigencia grande de nuestra fe, que tiene que partir de ese amor tan grande que nos tiene el Señor que así quiere dirigirse a nosotros cada día.
Hoy tenemos ante nosotros dos formas de respuesta, podríamos decir; por una parte lo que nos narra el evangelio, pero no podemos olvidar, por otra parte, la memoria que en nuestra diócesis se hace de los mártires de Tazacorte. Ambos hechos tienen que ayudarnos a la respuesta que nosotros hemos de aprender a dar a esa Palabra que el Señor cada día nos dirige.
Jesús se queja hoy de la respuesta de aquellas ciudades de Galilea donde principalmente realiza su misión, Corozaín, Betsaida, Cafarnaún. Y compara la respuesta que dan aquellas gentes con la respuesta que quizá hubieran dado tanto las ciudades paganas de Fenicia, Tiro y Sidón, como las ciudades llenas de maldad y de pecado que fueron destruidas por el fuego venido del cielo, Sodoma y Gomorra. Jesús les dice que si en unas o en otras se hubiera realizado la predicación que allí en Galilea se está haciendo y se hubieran hecho los mismos signos y milagros, seguro que se hubieran convertido.
Esto ya tiene que ser motivo de reflexión para nosotros. Cada día se proclama ante nosotros la Palabra de Dios y se nos da oportunidad para reflexionar sobre ella y plantarla en nuestro corazón; cada día ante nosotros se realiza el milagro maravilloso de la Eucaristía en que Cristo mismo se nos da como alimento al tiempo que celebramos el memorial de la Pascua del Señor, y con todo ello se está derramando hasta el derroche la gracia de Dios sobre nosotros, y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿somos mejores cada día? ¿avanzamos, nos superamos en esas cosas que cada día nos hacen tropezar para hacer que nos corrijamos e intentemos de verdad dar gloria al Señor con nuestra vida? Nuestra respuesta podría ser, tendría que ser más positiva cada día.
Por el contrario tenemos el testimonio de los beatos mártires que hoy celebramos en nuestra diócesis. Aquel grupo de misioneros jesuitas que se dirigían al Brasil y que habían hecho escala en la isla de La Palma en el puerto de Tazacorte, donde en principio se habían refugiado por temor a los corsarios hugonotes que merodeaban por aquellas aguas. Al embarcar de nuevo para dirigirse a Santa Cruz de la Palma, donde el barco había de recoger provisiones para la larga travesía, a la altura de Fuencaliente fueron abordados por los corsarios que por odio a la fe martirizaron a todo aquel grupo de misioneros. Son los llamados mártires de Tazacorte, Ignacio de Acebedo y sus compañeros.
Un testimonio de fidelidad hasta el final. Una respuesta con su vida a la Palabra de Dios que les alimentaba. Contemplar el testimonio de los mártires tiene que alentar nuestra vida de fe y animarnos a dar respuesta a la Palabra de Dios que a nosotros llega cada día. Es un estímulo para nosotros en medio de las dificultades y tentaciones con que nos vamos encontrando cuando queremos vivir con fidelidad nuestra vida cristiana. Vemos quienes han ido delante de nosotros y son para nosotros un ejemplo de santidad, de fidelidad, de amor y de entrega hasta el final. Son también para nosotros intercesores que están delante del Señor y les pedimos que nos alcancen del Señor esa gracia de la fidelidad para ser cada día más santos en nuestra vida.

viernes, 16 de noviembre de 2012


Atentos y preparados para el día en que se manifieste el Hijo del Hombre

2Jn. 4-9; Sal. 118; Lc. 17, 26-37
Hay momentos en la vida en que nos suceden cosas inesperadas que nos causan sobresalto y sorpresa porque lo imprevisto de lo sucedido nos ha encontrado desprevenidos y sin prepararnos. Un accidente, una muerte repentina de un ser querido, una enfermedad, o algún otro hecho, no siempre tienen que ser cosas malas o negativas, que por lo inesperado nos resulta sorpresivo, como una visita o la llegada de alguien, que quizá de lejos y hace tiempo no habíamos visto, viene a vernos. ¿Por qué? ¿Por qué me sucede esto a mí?, nos preguntamos y nos decimos que si hubiéramos sabido lo que iba a suceder o que íbamos a recibir a alguien hubiéramos estado preparados.
En fin de cuentas, estas cosas que mencionamos con ser importantes, quizá no son tan trascendentales en nuestra vida. Pero con lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio sí nos quiere hacer pensar en cosas o momentos que pueden ser, que son hecho trascendentales en nuestra vida. Nos quiere hablar Jesús del ‘día en que se manifieste el Hijo del Hombre’. Una referencia al momento final de nuestra vida, a la segunda venida del Hijo del Hombre que nos anuncia Jesús en el Evangelio, o del momento final de la historia humana.
Cuando estamos finalizando el ciclo litúrgico y lo mismo al comenzar luego el nuevo ciclo con el tiempo del Adviento la liturgia nos va ofreciendo una serie de textos de los evangelios que nos hablan de ese tiempo final. Es un recordatorio que nos hace de algo que por supuesto siempre hemos de tener en cuenta para que no olvidemos de la trascendencia que en todo momento hemos de darle a nuestra vida. Nuestra patria definitiva no es esta tierra ni este mundo, sino que estamos llamados a una vida en plenitud, una vida eterna junto a Dios, cosa que no podemos olvidar, porque realmente dará un sentido profundo a nuestra existencia.
Jesús nos propone varios hechos e imágenes para hacernos pensar y reflexionar. Nos habla de los tiempos de Noé, cuando llegó el diluvio y acabó con todos; sólo Noé y su familia que entraron en el Arca pudieron salvarse. O nos habla de la destrucción de Sodoma y Gomorra cuando bajó fuego del cielo y solo Lot pudo salvarse. ‘Así sucederá, nos dice, cuando se manifieste el Hijo del Hombre’.
No es para asustarnos y llenarnos de temor, sino para que recapacitemos en el sentido de nuestra vida, porque como aquellos que ‘comían, bebían, compraban, sembraban, construían, se casaban’, que no estuvieron preparados los encontró desprevenidos aquel momento de desolación, así nosotros también vamos haciendo nuestra vida preocupados por los afanes de cada día, y perdemos el sentido de trascendencia de nuestra vida, vivimos como si solo nos importara el momento presente, y hasta parece que viviéramos sin fe y hasta olvidándonos de Dios.
No tiene que ser esa la manera de actuar y de vivir del creyente. No somos creyentes sólo porque digamos que tenemos una fe y hasta nos sepamos de memoria el Credo recitándolo con toda fidelidad. Esa fe que tenemos tiene que reflejarse en lo que es la vida nuestra de cada día, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, en el valor que le damos a las cosas materiales y en el sentido que le vamos dando a todo aquello que hacemos santificándolas con esa gracia del Señor, sirviéndonos para nuestra propia santificación.
Esa es la tarea del verdadero creyente. Así quien cree en Jesús sabe descubrir el verdadero valor de la vida y de lo que hace. Así, aunque a veces tengamos que vivir momentos malos y de dificultad, sabemos que todo eso bueno que vayamos haciendo un día se convertirá en plenitud cuando vivamos junto a Dios. Significa eso, entonces, la atención y tensión con que vivimos nuestra vida sabiendo descubrir también la presencia de Dios junto a nosotros que nunca nos abandona y nunca deja de enriquecernos con su gracia para que podamos vivir cada momento en el mayor sentido y plenitud.

martes, 17 de julio de 2012

Una respuesta de amor que el Señor nos pide

Una respuesta de amor que el Señor nos pide
Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24

‘Jesús se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’. Cafarnaún donde había puesto como su centro probablemente viviendo en la casa de Pedro, Betsaida de donde eran naturales Simón Pedro y su hermano Andrés y algún otro de los apóstoles, Corozaín, lugares costeros alrededor del Lago de Tiberíades o Mar de Galilea. Pero no daban los frutos que el Señor pide, la conversión.

Cuando el evangelista nos narra que Jesús se vino a establecer en Cafarnaún dejando Nazaret recuerda palabras del profeta Isaías, porque aquellos momentos fueron momentos de luz para aquellas gentes que les llenaba de esperanzas. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló’. Así quiere recoger el evangelista lo que significó el comienzo de la predicación de Jesús anunciando el Reino de Dios.

Pronto veremos que las gentes se llenaban de esperanza al escuchar el mensaje de Jesús y ver los signos que realizaba. Muchos se entusiasmaban por seguirle. Solo un pequeño grupo se mantenía fiel, de entre los que escogió a los doce apóstoles. Aunque muchos se entusiasmaban la constancia en el seguimiento de Jesús no fue buena entonces como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Nos entusiasmamos, prometemos muchas cosas, pero pronto nos enfriamos y terminamos por olvidar. Malo cuando incluso nos ponemos en contra como sucede tantas veces.

Pero era, podíamos decir, la lucha entre las tinieblas y la luz. El evangelio de Juan que es muy expresivo en sus imágenes nos lo recuerda. ‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Jesús les recrimina a los fariseos que están ciegos porque quieren ser ciegos, porque rechazan la luz. Recordamos el episodio del ciego de Jerusalén que Jesús envía a lavarse a Siloé, y como rechazan su testimonio y no quieren ver la luz.

Ahora Jesús, como venimos comentando, recrimina a aquellas ciudades donde tantos milagros había hecho. Como les dice, si hubiera hecho esos milagros en Sodoma o Gomorra, o en Tiro o en Sidón se hubieran convertido y no merecerían castigo, pero los ha hecho allí entre aquellas gentes que no terminan de aceptarle. El día del juicio les será más llevadero a aquellas ciudades que siempre habían sido consideradas malditas y paganas, porque aquí se había prodigado el Señor con su predicación y con su amor en los signos que realizaba y sin embargo no se convertían.

Todo esto tiene que hacernos pensar. Porque no es cuestión simplemente de juzgar o condenar a aquellas ciudades, sino de mirarnos a nosotros mismos. Mirarnos a nosotros mismos para ver cuánto nos ha regalado el Señor y lo mezquinos que somos tantas veces en nuestra respuesta. ¿Amamos todo lo que deberíamos al Señor?

Podríamos pensar en todo lo que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Habría que hacerlo con corazón agradecido al Señor. Si nos detuviéramos un poquito para hacer un recuento de cuántas veces en nuestra vida hemos sentido la presencia y la llamada del Señor quizá hasta nos sorprenderíamos. Pero quizá no sea necesario tanto, sino mirar nuestros últimos tiempos, lo que ahora mismo nosotros vivimos y veamos si en verdad estamos correspondiendo como deberíamos a tanto amor del Señor.

No nos hacemos estas consideraciones para llenarnos de temor, sino para aprender a tener un corazón agradecido. Hacemos este recuento de las maravillas del amor del Señor en nosotros que se manifiesta de tantas maneras para que nos sintamos más motivados para dar esa respuesta de amor que el Señor está esperando de nosotros.

Respondamos con más amor a tanto amor que el Señor nos tiene.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Que se mueva nuestro corazón para reconocer las maravillas de amor del Señor por nosotros


Baruc 1, 15-22;

Sal. 78;

Lc. 10, 13-16

‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Lamentos de Jesús por aquellas ciudades donde había predicado la Palabra de Dios, anunciado el Reino con obras y palabras y no habían dado respuesta. Lamenta Jesús también la situación de Cafarnaún que se levantaba llena de orgullo considerándose una ciudad próspera por su situación allá junto al lago, donde tantas obras había realizado Jesús y no se habían convertido. ‘¿Piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo…’

Hace referencia Jesús a otras ciudades consideradas paganas y malditas, como eran Tiro y Sidón por una parte, y las ciudades destruidas por el fuego por su maldad en la antigüedad de Sodoma y Gomorra que si allí se hubiera hecho tanto como ahora en estas ciudades hacía Jesús se hubieran vestido de sayal y no hubieran merecido castigo.

Como dirá Jesús en otra ocasión ‘lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y todos los profetas sentados en la mesa del Reino de Dios mientras vosotros seréis arrojados fuera. Pues vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur a sentarse en la mesa del Reino de Dios’.

Lo vamos a escuchar también el domingo en la parábola de los viñadores homicidas. ‘Arrendará la viña a otros labradores que entreguen los frutos a su tiempo… Os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que corresponden…’

Algo que tiene que hacernos pensar a nosotros que tanta gracia recibimos del Señor. Sí, es una gracia del Señor no solo la fe que hemos recibido y todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido recibiendo del Señor, sino lo que ahora mismo estamos recibiendo. Podríamos pensar en cuántas veces hemos recibido el perdón del Señor, cuántas veces hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la Eucaristía, cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios. ¿Cuáles son nuestros frutos?

Ahora mismo cada día, cada mañana, tenemos la oportunidad de reunirnos para celebrar la Eucaristía y escuchar la Palabra del Señor, ¿estará creciendo más y más en santidad nuestra vida? ¿Somos cada día mejores?

No echemos en saco roto la gracia del Señor que se nos manifiesta de mil maneras en tantos mimos de Dios para con nuestra vida. Ese amor de Dios que se manifiesta en tantos cuidados que recibimos, en tantas personas que nos quieren y están cercanas a nosotros a nuestro lado. Manifestaciones del amor de Dios tenemos que reconocer. Manifestaciones del amor de Dios que tendrían que mover nuestro corazón a dar una mejor respuesta de amor cada día.

En la primera lectura hemos escuchado un texto del profeta Baruc. Probable secretario de Jeremías y recopilador de las profecías del mismo, fue profeta en los primeros tiempos del exilio en Babilonia y supo hacer una lectura creyente de la situación difícil por la que estaba pasando el pueblo desterrados y cautivos lejos de su tierra, de sus casas, de su templo, de lo que había sido su vida hasta entonces y no habían sabido valorar ni cuidar lo suficiente.

Ahora se sienten pecadores y humildes se postran ante el Señor pidiendo perdón, queriendo convertir sus corazones al Dios de la Alianza cuyos mandatos habían tan fácilmente olvidado y desobedecido. ‘No obedecimos al Señor que nos hablaba por medio de sus enviados los profetas… haciendo lo que el Señor reprueba’.

Fue una ocasión para escuchar ahora la llamada del Señor y convertirse a El. ¿No tendríamos que hacer lo mismo nosotros también cuando tantas son las llamadas del Señor y la gracia que derrama cada día sobre nosotros?