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jueves, 17 de agosto de 2023

Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor

 


Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Algunas veces vamos por los caminos de la vida ensimismados en nosotros mismos, absortos en nuestros pensamientos, y nos cuesta palpar lo que realmente sucede en muchos corazones a nuestro lado. Malo es que nos encerremos tanto en nosotros mismos y en nuestros problemas que no seamos capaces de captar el dolor y sufrimiento de muchos corazones, quizás hasta nos lanzan señales para que captemos los dramas de la vida pero quizás vamos pensando solamente en nuestra propia carrera. Con un poquito de sensibilidad podríamos captar ese lado sensible de las personas que quizás quisieran ocultar, pero cuya realidad está ahí.

Cuántas veces vemos cruzarse a vecinos de nuestro lado que conocemos de toda la vida, pero quizá han perdido esa sintonía que les haría encontrarse con los demás y poner alegría en sus corazones. Algo quizás hay atravesado en el corazón, un desdén que un día recibieron, una palabra más fuerte que otra, algo en lo que se sintieron incomprendidos y acaso también juzgado, pero ahora ya no hay puentes que los unan, y la mutua ignorancia es la forma menor que manifiesta esos resentimientos.

Son cosas de cada día, en las que quizás también nosotros podamos vernos envueltos; distancias que se han creado que ahora son difíciles de superar, tensiones que no se han olvidado y que siguen manteniendo heridas abiertas y pareciera sin posibilidad de cura. Y estamos en un país que nos decimos de cristianos, pero qué lejos se quedan los valores de la comprensión y del perdón, que prontos estamos al resentimiento e incluso hasta la venganza.

Cuando hablamos de perdón es un concepto muy difícil de entender y de practicar. A lo sumo queriendo aparecer como buenos, recordamos que otras veces hemos perdonado, pero que ya está bien, y surge la misma pregunta que se hacia Pedro ante Jesús. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar al hermano?’

Y comenzamos a sacar la libreta de nuestros apuntes de las veces que lo hemos hecho, y comenzamos a hacer nuestras listas. Tarea que se nos vuelve dura y difícil, es cierto. Algunos porque quieren considerarse buenos, comienzan a preguntarse una y otra vez. Dicen que no pueden olvidar, dicen que aún les pesa el corazón, y se vuelven a medio camino de ese recorrido del perdón.

Perdonar no significa que no nos duela el corazón por lo que hayan podido hacer en nosotros; perdonar no es que nos sintamos cobardes y no seamos capaces de hacer con el otro lo que pensamos que él también nos ha hecho; ese dolor lo seguiremos sintiendo, pero comenzaremos a utilizar la medida del amor. Es una nueva actitud, una nueva mirada, una forma distinta de hacer. Es la medicina que tendríamos que saber encontrar junto al lecho del herido, para ungirnos con ese ungüento y comenzar nosotros esa tarea de la reconciliación. El perdón será la única medicina que va a curar nuestro corazón herido y nos liberará del resentimiento y del rencor.

Hoy Jesús nos propone como modelo lo que es el amor de Dios que siempre nos busca, nos espera, y nos perdona. Son procesos que tenemos que realizar en nuestra vida y que muchas veces no son fáciles. Afloran en nosotros muchas hieles que nos envenenan aun más y de las que tenemos que saber liberarnos. Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor.

viernes, 16 de junio de 2023

Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

 


Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

Deuteronomio 7, 6-11; Sal 102; 1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

‘Lo esencial es invisible a los ojos’, es una frase que habremos escuchado muchas veces tomada del famoso libro ‘El principito’. Nos ha valido para hacernos muchas y hermosas consideraciones para que aprendamos a buscar esos valores que de verdad llenan nuestro espíritu y le dan grandeza. Nos valdría también ese camino que todos hacemos de búsqueda de Dios que muchas veces, decimos, se nos hace invisible, o al menos no terminamos de descubrirlo. Buscamos quizás a Dios desde razonamientos, porque para todo queremos tener una razón, un por qué, y el camino para encontrarnos con Dios quizás es mucho más fácil que todas esas elucubraciones que nos hacemos.

Queremos hacer nuestra propia escalada, trazarnos una tabla de razonamientos, ir esa búsqueda desde unos merecimientos que nos decimos que tenemos, pero creo que tendríamos que poner las condiciones para más bien dejarnos encontrar por Dios. Quizá muchas veces por ahí ande la cosa, porque no nos dejamos encontrar; es cuestión, creo, de dejarnos encontrar por el amor, y para eso creo que tenemos que dejar hueco en nuestra vida para el amor, para el amor verdadero, que es mucho más que una pasión que nos mueva y nos revolucione.

Ya le decía Dios a su pueblo a través de las palabras de Moisés, como hoy mismo hemos escuchado en la primera lectura de esta fiesta. Dios les dice que les ha amado y les ha escogido, no porque sean un pueblo grande y poderoso, pues, como les dice, son el pueblo más pequeño de la tierra. Pero es Dios el que les ha amado y escogido, por pura benevolencia, y esa es una de las principales características del amor. Benevolencia, querer bien, pero simplemente porque quiero amar. Y es así el amor de Dios, pura benevolencia, nos ama, no por nuestros merecimientos, sino porque El quiere amarnos y escogernos. Si fuéramos capaces de sintonizar con este pensamiento haciéndolo nuestro, comenzaremos a conocer a Dios.

Y aquí entra otro pensamiento en nuestra consideración. La carta de san Juan es una invitación a amarnos, y amarnos como el Señor nos ha amado, recordando así el mandato de Jesús en la última cena. Pero fijémonos en lo que nos dice: ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor’.

¿No decíamos que tenemos que dejar un hueco en nuestra vida para el amor y el amor verdadero? Quizás en la vida hemos rellenado ese hueco con nuestros intereses egoístas en una búsqueda excesiva de nosotros mismos. Lo confundimos todo con nuestras ganancias, con el materialismo de la vida, con nuestras pasiones que se nos desbordan y nos dominan buscando felicidad y placeres que son efímeros. Algunas veces no llegamos a entender lo que es la amistad porque enseguida la confundimos con la búsqueda de cosas que nos satisfagan. Y quizás no hemos sabido amarnos ni a nosotros mismos, y si no somos capaces ni de eso ¿cómo podremos entender lo de amar a los demás? Y si no somos capaces de amar, ¿cómo podemos conocer a Dios que es Amor?

Busquemos, si, lo que es el amor verdadero, que ama, se da y se entrega porque le sale del corazón. ¿No recordáis lo que hemos dicho de la benevolencia de Dios para amarnos por nosotros mismos? Y es que Dios se nos revela y se nos da a los que hemos sido capaces de vaciarnos de nosotros mismos, a los que somos sencillos y humildes de corazón. Así le hemos escuchado hoy a Jesús dar gracias al Padre porque se ha revelado no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los pobres. Los pobres son los que escucharán la Buena Nueva de Jesús y por eso Jesús los llama dichosos.

Hoy estamos celebrando esta fiesta del amor de Dios que nosotros simbolizamos en el corazón, en el Corazón de Jesús siempre abierto para acoger a los cansados y agobiados para ofrecernos el descanso de su amor y de su paz.

Nos sentimos a veces atormentados por las luchas de la vida, cansados y sin fuerzas porque la tarea se nos vuelve fuerte y duros son también los embates que nos da la vida, desde la multitud de problemas de todo tipo que nos envuelven – pensemos cómo anda nuestra sociedad y nuestro mundo -, desde esos problemas del día a día en el desarrollo de nuestras responsabilidades y lo que significa y nos cuesta a veces nuestra convivencia con los demás, pero Jesús nos dice que vayamos a El, que aprendamos de El a mantener la mansedumbre del corazón a pesar de las violencias que nos envuelven, que sepamos encontrar la paz porque además estamos llamados a ser instrumentos de paz.

Estaremos así entrando en la órbita del amor y estaremos entonces sintiendo cómo Dios se hace dueño de nuestro corazón. Porque aprendemos a amar, aprenderemos a conocer a Dios que es amor.

martes, 14 de julio de 2020

El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar


El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24
¿Qué hacemos cuando hemos estado preocupándonos por alguien de quien no veíamos clara su situación y tratábamos de ayudarle ya fuera con un buen consejo para que recapacitara de cuál era la situación en la que estaba viviendo y que le estaba llevando a la ruina de su vida o quizás pusimos recursos de nuestra parte hasta de orden material para que fuera capaz de emprender algo distinto pero esa persona no quería escucharnos, rechazó cuantos ofrecimientos le hicimos y siguió en su empeño, por decirlo de alguna manera, de despeñarse por esa corriente?
Sentimos quizá hasta ira dentro de nosotros, la tentación de abandonarla a su suerte desentendiéndonos y tratando quizá de olvidar. Nos sentimos impotentes, sentimos rabia en nuestro interior por no poder hacer nada, y quizá abandonamos nuestra lucha  dejándola a su suerte que se la había buscado. Tendríamos que tener una sensibilidad especial y una fuerza de voluntad grande por querer hacer el bien, para seguir intentándolo por todos los medios.
¿Qué sentía Jesús cuando había gente que lo ignoraba, se encontraba con aquellos que siempre le estaban buscando las cosquillas, o cuando no había una respuesta sincera y auténtica ante todo lo que le ofrecía?
Claro que podemos pensar también quienes hemos vivido o vivimos algunos compromisos dentro de la Iglesia y hemos querido trabajar por los demás en distintas tareas o servicios que se pueden ofrecer desde la comunidad eclesial cómo nos sentimos o cómo reaccionamos ante la indiferencia que encontramos en nuestro entorno; o lo que sentimos por la en cierto modo manipulación que se quiere hacer de nuestro trabajo porque ofrecemos un mensaje, tratamos de hacer un anuncio del evangelio, pero luego vemos que convierten nuestras celebraciones cristianas poco menos que en un circo de vanidades sociales. Pensamos en lo que se han convertido las primeras comuniones y también la celebración de las bodas en la Iglesia, por señalar algunas cosas. Todo aquello que tratábamos de transmitir en nuestras catequesis ¿en qué se ha quedado?
También podemos sentir frustración y cansancio, sentir que no merece la pena porque no encontramos la respuesta deseada, o dejarnos arrastrar por esas vanidades de la vida y vivir todas esas situaciones de una forma conformista. Aunque quizá algunas veces nos puede sobrevenir la ira como cuando los apóstoles pidieron a Jesús que hiciera bajar fuego del cielo porque en una población no los habían querido recibir porque iban a Jerusalén.
En el evangelio que hoy se nos ha propuesto en la liturgia podemos decir que estamos contemplando el dolor del corazón de Cristo ante la respuesta negativa que en algunos lugares están dando a su predicación. Habla en concreto de aquellas ciudades o poblaciones del entorno del lago de Tiberíades, como Corozaín, Betsaida o la misma Cafarnaún donde de alguna manera Jesús se había establecido como centro de operaciones. Se lamenta Jesús por aquellas ciudades como un día le veremos llorar sobre la ciudad de Jerusalén porque no le ha escuchado.
Mucho había realizado Jesús en aquellos pueblos y aldeas con su predicación, con sus milagros, con su presencia pero no habían terminado de entrar en el camino de la conversión. Y compara con Sodoma o aquellas ciudades malditas en el entorno del mar Muerto, o con las ciudades paganas de Tiro y Sidón en la cercana Fenicia. Si allí se hubieron hecho los signos que en estas ciudades habrían dado respuesta. Por eso, como les dice, para esas ciudades el juicio será más llevadero que el que merezcan estas ciudades del entorno de Tiberíades. Pero Jesús allí estaba y allí seguía porque el anuncio de la Buena Nueva no podía dejar de realizarse.
Claro que en nuestra reflexión miramos nuestra vida y tratamos de ser conscientes de cuánto hemos recibido del Señor. No se trata de juzgar o condenar a los demás sino de mirarnos a nosotros mismos; cuánto ha derrochado de su amor Dios sobre nosotros a lo largo de nuestra vida.
Pensemos en cuánta predicación escuchada, cuántos sacramentos recibidos, cuántos momentos de gracia hemos vivido, cuánto hemos participado de la celebración de la Eucaristía, y aun así seguimos siendo inconstantes, muchas veces mantenemos una frialdad o una tibieza en nuestro espíritu que no se corresponde al calor del amor de Dios que hemos recibido. ¿No tendríamos de alguna manera que despertar ya de una vez por todas? De una cosa estamos seguros, el Señor no nos abandona y nos sigue regando con su gracia, sigue llamando a la puerta de nuestro corazón.

viernes, 12 de junio de 2015

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Sal: Is 12; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37
Decimos corazón y pensamos en ternura y amor; decimos corazón y pensamos en los mejores sentimientos que llevamos dentro; decimos corazón y pensamos en amistad, en generosidad, en horizontes que se abren a lo nuevo y a lo bello; decimos corazón y pensamos en compasión y en misericordia; decimos corazón y pensamos y deseamos tener nosotros y encontrarnos en el camino de la vida con corazones sencillos y humildes que nos acojan y nos llenen de su ternura; decimos corazón y no queremos que en él se metan las malas ideas ni los malos deseos, aunque sabemos que a eso también nos sentimos tentados. Pero pensemos en lo bueno y en lo hermoso que el corazón nos sugiere.
Iniciamos nuestra reflexión con estos pensamientos porque hoy queremos mirar al corazón más hermoso y del que manan para nosotros toda clase de bienes. Hoy celebramos a Cristo Jesús queriendo mirar y contemplar su corazón del que se derrama su amor como un rió impetuoso que todo lo inunda y lo transforma llenándolo de nueva vida.
Venid y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, nos dice en una ocasión; pero es que contemplando a Cristo estaremos contemplando para siempre su amor, la ternura de Dios para con nosotros que se hace misericordia y se hace compasión, que nos regala con su amor dándonos su perdón por tantas veces que vivimos encerrados en nosotros mismos y en nuestro egoísmo y desamor.
Hoy tendríamos que ir de nuevo repasando la vida de Cristo para no solo escuchar sus palabras que tanto necesitamos oírlas, sino para ir contemplando su cercanía a los pobres y los humildes, a los enfermos y a los que sufren, a los pecadores o a los que eran marginados en aquella sociedad, a los niños y a los pequeños, a los que tenían un corazón inquieto para alentarle a cosas grandes, como a los que dudaban para hacerles comprender el camino de la verdad, también a los que lo rechazaban y tramaban contra él a los que siempre llamaría amigos mirándoles al corazón y esperando la mirada de respuesta de amor y de generosidad.
Pero no queremos mirar Cristo desde fuera, como si fuéramos meros espectadores de su hacer y su actuar, sino que queremos meternos en su corazón para dejarnos inundar por sus sentimientos y por su amor; que su Espíritu inunde también nuestro corazón para llenarnos de su paz, para encontrar la verdad de nuestra vida, para alcanzar esa alta sabiduría de su corazón, que es la sabiduría del amor.
Cuando contemplamos toda la maravilla que podemos encontrar nuestro corazón lleno de amor decíamos también que nos podemos sentir tentados y dejar que en él se nos metan los malos sentimientos que nos dañen y puedan dañar también a los demás. Por eso hoy queremos que sea el Espíritu del Señor el que nos transforme por dentro para hacer nuestro corazón semejante al de Cristo; que El nos llene de su fuerza y de su vida para que siempre Cristo sea el centro de nuestro corazón, pero también para hacer nuestro corazón tan grande porque así lo expanda el amor para que en él quepan todos nuestros hermanos.
Que siempre haya un lugar en nuestro corazón para el pobre y el que sufre; que siempre el que está triste pueda encontrar consuelo, alegría y paz en nuestro corazón; que los que andan desesperanzados por la vida y sin ilusión puedan encontrar en el testimonio de nuestra vida llena de amor razones para la esperanza y anhelos de superación; que tengamos un corazón fuerte para que no nos desalentemos por los contratiempos o las tristezas y negruras que nos puedan ir apareciendo en la vida y siempre nos empeñemos en encontrar caminos de luz, en descubrir lo bueno que hay en los demás y en tantas razones que podemos encontrar para despertar nuestra esperanza y la de los demás.
¿Cómo podremos realizarlo? Asemejando nuestro corazón al de Cristo; meciéndonos en El y dejando que El se meta en nosotros y nos transforme llenándonos de nueva vida. 

viernes, 27 de junio de 2014

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor



Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor

Deut. 7, 6-11; Sal. 102; 1Jn. 4, 7-16; Mt. 11, 25-30
Podría uno atreverse a decir que enamorarse es una locura de amor. ¿Por qué se enamora uno de alguien? Se le pregunta a dos enamorados por qué se han enamorado y quizá no sabrán responderte claramente; tratarán quizá de decirte que vieron algo en la otra persona que les atrajo y les llamó la atención, podrán enumerarte luego una serie de cualidades o bellezas que hayan descubierto en la otra persona, pero en el fondo quizá no saben bien por qué, cómo empezó, cuales son los motivos sino que apareció el amor, ese  fuego del amor que de alguna manera nos enloquece.
Me hago esta consideración de entrada - quizá alguien se dirá que no viene a cuento - precisamente en este día que estamos celebrando la fiesta del amor de Jesús; sí, es la fiesta del amor, porque decimos que es la fiesta del Corazón de Jesús y representamos la imagen de Cristo emergiendo de su pecho un corazón en medio de una llamarada. El fuego del amor de Dios por nosotros que así se nos manifiesta en Jesús y que lo centramos en esa imagen pero que quiere ir a algo muy hondo que es todo el amor que nos tiene hasta dar su vida por nosotros. ¿No es eso una locura de amor?
He comenzado mi reflexión con estas imágenes o ideas, partiendo precisamente de lo que se nos decía Moisés en el libro del Deuteronomio. Comienza diciéndonos que somos el pueblo elegido por el Señor para que fuéramos pueblo de su propiedad. ¿Por qué esa elección? Una locura de amor de Dios por su pueblo, tendríamos que responder. Así nos dice: ‘Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió… fue por puro amor vuestro…’
Sí, por puro amor; y les recuerda Moisés que no son un pueblo tan especial ni tan numeroso ni tan poderoso -‘sois el pueblo más pequeño’, les recuerda - sino simplemente por el amor que el Señor les tenía. Es hermosa la imagen, Dios que se enamoró de su pueblo, y en su locura de amor cuánto hizo por su pueblo, cuanto hace por todos nosotros, por toda la humanidad.
Algunas veces podemos pensar que somos nosotros los que amamos a Dios, es cierto, que reconociendo sus grandezas y su poder, pero san Juan nos viene a decir algo muy importante: el amor primero es el de Dios, la iniciativa la toma Dios. ‘En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es lo que tenemos que empezar a reconocer, el amor de Dios en nuestra vida.
¿Por qué nos ama Dios? Simplemente tenemos que decir, por puro amor suyo, no por nuestros merecimientos. Como nos dirá el apóstol en otro lugar de la Escritura ‘el amor de Dios consiste, en que siendo nosotros pecadores, El dio su vida por nosotros’. ¿Queremos mayor maravilla que nos manifiesta cómo Dios está enamorado de nosotros? Somos su criatura preferida.
Pero el amor ha de ser correspondido; es cuando nosotros hemos de dar nuestra respuesta de amor; y ahora, sí, que tenemos que decir que cuando contemplamos tales maravillas de amor de Dios por nosotros hemos de enamorarnos nosotros de Dios. No lo hacemos desde el temor, sino desde una respuesta de amor; pero una respuesta de fe y de amor que va a repercutir de manera maravillosa en nuestra vida.
¿Cuál es esa repercusión? Que por ese amor Dios quiere habitar en nosotros, permanecer para siempre en nuestro corazón y en nuestra vida. No tenemos que hacer otra cosa que abrir las puertas de nuestra fe y de nuestro amor.  Como nos dice hoy san Juan ‘si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud…’  Y volverá a decirnos más adelante ‘quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios’. Maravilloso, ‘Dios permanece en nosotros, nosotros en Dios’.
El amor siempre lleva a la unión más profunda entre aquellos que se aman. Profunda e intima unión de amor, podemos decir ahora, entre Dios y su criatura, entre el Padre que nos ama y el hijo que le responde con fe y amor. Termina diciéndonos: ‘Dios es amor,  y quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él’. Es el arrobamiento más pleno por el amor porque es la locura de amor de Dios por nosotros, que ha de corresponderse, entonces, en una locura de amor por nuestra parte hacia Dios. 
De aquí podemos sacar ya todas las conclusiones en esta fiesta tan bonita del Corazón de Jesús. Dios nos manifiesta así su ternura y su amor por nosotros. ‘Te colma de gracia y de ternura’, como decíamos en el salmo, porque ‘el Señor siempre es compasivo y misericordioso’. Por eso nos invita a que vayamos con confianza hasta El porque no vamos a encontrar otra cosa que amor. Es el descanso de nuestra vida, el alivio en nuestros sufrimientos y tormentos, la dicha y la paz para nuestros agobios, la brisa fresca que nos suaviza en nuestras sequedades interiores, la salud y la vida para nuestro dolor y para tanta muerte como se nos mete en el corazón, el perdón para nuestros pecados, la gracia que nos fortalece, la luz que nos ilumina, la verdad que dará el sentido último a nuestra vida. ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice.
Pero también hemos de pensar cómo hemos de imitar en nuestra vida ese amor que el Señor nos tiene; es el modelo de nuestro amor, la plantilla sobre la que hemos de construir nuestro amor para que sea verdadero. ‘Aprended de mí que soy manso y humilde corazón y encontraréis vuestro descanso’, nos dirá también. Mansedumbre, humildad, ternura, compasión, misericordia no son adornos que pongamos por fuera sino que serán cualidades hondas e indispensables que tengamos en lo más hondo de nuestra vida.
También nosotros hemos de desprender esos rayos del fuego del amor que contemplamos en el corazón de Jesús, porque así a todos hemos de amar, como a todos ama Cristo. Y no será porque vayamos a fijarnos solo en las cosas buenas para por esos motivos amar a los demás, sino como el enamorado, como lo hizo el Señor con nosotros, a todos sin distinción nosotros hemos de amar, por puro amor, como lo hizo el Señor.
Celebrar, pues, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús no es para quedarnos simplemente embelesados contemplando su corazón como si ya nos desentendiéramos de todos y de todo, sino aprender de su amor, copiar su estilo de amor en nosotros para hacerlo de la misma manera y tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Porque si creemos en El como el Hijo de Dios y amamos, en que Dios se está apoderando de nosotros, - somos el pueblo de su propiedad, nos decía Moisés - está tomando posesión de nuestro corazón, habita y permanece en nosotros y nosotros en El, y ya no podremos amar sino con el mismo amor de Dios.
Démosle gracias a Dios por tanto amor y por esa revelación maravillosa que nos hace de lo más profundo de su ser. Con espíritu humilde, con corazón sencillo y sintiéndonos pequeños acudamos a Jesús.