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jueves, 5 de noviembre de 2026

Busquemos a la persona, sea quien sea, y sintamos la alegría del encuentro con los demás porque todos igualmente merecen nuestro respeto y amor

 


Busquemos a la persona, sea quien sea, y sintamos la alegría del encuentro con los demás porque todos igualmente merecen nuestro respeto y amor

 Filipenses 3, 3-8a; Salmo 104; Lucas 15, 1-10

Todavía escuchamos algunas veces aquello de que dime con quien andas y te diré quien eres, por aquello de que una manzana podrida arruina todo el cesto, pero que en cierto modo son ciertos visos de discriminación que consciente o inconscientemente muchas veces seguimos manteniendo. Es aquello de que yo no me mezclo con toda clase de personas; es por donde vamos midiendo a las personas por su apariencia y aspecto y donde aún quedan restos de vanidad donde todavía seguimos considerando a las personas y valorándolas por lo que tienen o lo que aparentan, por las joyas de su corona o la pobreza de su ropa raída, aunque hoy hay modas para todos los gustos.

¿Dónde está el valor de una persona? ¿En su riqueza material? ¿En la vanidad de sus títulos? ¿En su bonita presentación? Seguimos encandilándonos y engañándonos, seguimos poniendo escalones en que nos podamos ver más altos que los demás, seguimos mirando por encima del hombro porque suponemos que los otros están siempre un escalón por debajo, o porque nos consideramos mejores más santos que los demás. ¿Tendremos en cuenta los valores de la persona más allá de su apariencia? ¿Seremos capaces de darnos cuenta de cuál es la verdadera riqueza humana y espiritual de la persona?

¿Habremos encontrado aquello por lo que merece la pena dejarlo todo despojándonos de tanta vanidad? En lo que escuchamos hoy de la carta a los Filipenses de San Pablo encontramos un testimonio muy hermoso de San Pablo. Les dice cómo el podría gloriarse de muchas cosas tanto como los demás y recuerda algunos aspectos de su vida antes de haberse encontrado con Cristo; se consideraba una buena persona y además preparada para afrontar muchas cosas como el mejor de los judíos, pero terminará diciéndonos que eso que antes consideraba una ganancia o un motivo de orgullo lo considera ahora ‘como una pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús’. En Cristo encontró los verdaderos valores que dignifican a la persona y lo vemos en su entrega hasta la extenuación por predicar el evangelio.

Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Los fariseos y los escribas murmuraban porque los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús. Ya sabemos los dos bandos por decirlo de alguna manera que unos y otros significaban. Por una parte los puros y los cumplidores que se creían en la posesión de la verdad y del bien, que estaban continuamente al acecho de lo que dijera o hiciera Jesús, y por otra parte los que eran considerados pecadores y así se les llamaba; simplemente por su profesión de recaudadores de impuestos eran despreciados y nadie quería mezclarse con ellos; recordamos cuando quiere ver el paso de Jesús no encuentra sitio para situarse y no era solo el problema de estatura sino el rechazo que recibía de los demás de manera que tiene que subirse a la higuera para desde allí conocer a Jesús.

‘Ese acoge a los pecadores y se sienta a la mesa con ellos’, son las murmuraciones cuando contemplan a Jesús rodeado de publicanos y pecadores. Pero Jesús nos deja en sus consideraciones dos parábolas con un mismo sentido. Un pastor que pierde una oveja o una mujer a la que se le extravía una moneda. No dice que fuera una oveja especial ni una moneda de gran valor, una más del rebaño, una de aquella calderilla que la mujer llevaba en su bolso. Pero uno y otro buscando lo perdido o extraviado, uno y otro manifestarán su alegría cuando lo encuentren de manera que invitarán a compañeros y vecinos a participar de su alegría. La alegría de Dios.

¿Será también nuestra alegría? ¿Será igualmente la búsqueda que nosotros realizamos? ¿será el gozo en el alma que sentimos en todo lo que sea un encuentro con los demás sea quien sea? ¿Será nuestra manera de salirnos de nosotros mismos para buscar ese encuentro con todos sin distinción? ¿Qué es lo que miramos o buscamos en las personas? ¿Solo estaremos disfrutando de aquellos que son como nosotros quedándonos también encerrados en los apriscos de aquellos que nos caen bien?


jueves, 15 de octubre de 2026

Dejémonos encontrar y envolver por la Sabiduría sentándonos a los pies de Jesús para disfrutar de su amor y su amistad escuchándole allá en lo más hondo de nosotros mismos

 


Dejémonos encontrar y envolver por la Sabiduría sentándonos a los pies de Jesús para disfrutar de su amor y su amistad escuchándole allá en lo más hondo de nosotros mismos

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

¿En qué consiste la sabiduría de la vida? ¿Dónde encontrarla? No es simplemente acumulación de conocimientos si nos falta encontrar un sentido a lo que hemos acumulado; nunca la encontraremos desde la autosuficiencia para considerarnos más sabios que los demás porque el autosuficiente pronto se desinfla; no se encuentra por los caminos del orgullo y la prepotencia porque nunca nos puede hacernos superiores a los demás; no es fundamentalmente para los que se consideran poderosos de este mundo, aunque sean los que más la necesitan; no es algo que consigamos solo por nuestro propio esfuerzo porque podremos terminar dando vueltas solo sobre nosotros mismos; no crea distancias sino que sabe caminar humilde al paso de los sencillos y de los que parecen últimos.

Hay algo importante que es dejarse encontrar porque nos sale al paso muchas veces de donde menos esperamos; necesitamos oídos bien abiertos para escuchar y una actitud positiva de apertura para saber discernir en cada palabra escuchado esos retazos de sabiduría que van a elevar nuestro espíritu; aunque caminemos por caminos humildes y sencillos, y necesitamos caminar por ellos para encontrarla, se hará encontradiza en nuestras vidas, si aprendemos a no quejarnos de los caminos y encontrar detrás de cada piedra el brillo de un tesoro escondido; rumiando cada ramalazo que nos dé la vida que a veces se nos hace dura, encontraremos el sentido y el valor de cada cosa y de cada momento; estaremos entrando así en el camino de la sabiduría.

De todo esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio cuando nos habla de la revelación de Dios. Es revelación y no adquisición nuestra, es escucha desde la pequeñez y de la sencillez y no es poner como garantía nuestros saberes autosuficientes; es ser capaces de desprendernos de todo lo que nos pueda parecer que son nuestras riquezas para dejar el hueco suficiente para ese tesoro escondido que se nos va a regalar. Nos habla Jesús que los misterios de Dios no se revelaron a los sabios y entendidos, sino a los sencillos y a los pequeños que caminaban en su pobreza sin apegos en el alma. Nos dirá en otro momento que vendamos todo lo que tengamos para comprar el campo donde está el tesoro escondido; nos dirá aún más que nos desprendamos de nuestros tesoros para tener un tesoro en el cielo.

Y nos dice que vayamos a El tal como nosotros somos, con nuestras pobrezas o nuestros vacíos interiores, o con los cansancios y hastíos de los que nos hayamos llenado en los caminos de la vida; El es nuestro descanso, El es nuestra Sabiduría, Él será quien nos ponga en caminos de plenitud. No es porque ya tengamos todos nuestros problemas resueltos sino precisamente con el peso de esos problemas es cómo tenemos que ir a El como nos dice hoy. No nos pide que vayamos llevando por delante la bandeja de las cosas que hacemos porque más que cosas con las que nos ganemos a Dios – cuántas veces nos encontramos haciendo méritos queriendo hacer una lista grande de reclamos por lo buenos que hayamos sido – sino simplemente sentándonos a su lado como dos amigos que disfrutan del compartir de su amistad. ¿No decía que María de Betania había escogido la mejor parte porque simplemente se había sentado a los pies de Jesús para escucharle?

Hoy se nos ofrece este evangelio y esta reflexión en la fiesta de alguien que supo hacer todo ese proceso en su vida hasta llegar a la sublimidad de la amistad divina con su mística; se trata de santa Teresa de Jesús. Como ella misma nos narra fue largo su proceso y cuando en el principio vivía desde su autosuficiencia todo era sequedad en su vida espiritual. Cuando se dejó conducir por el amor de Dios que se le revelaba comenzó de verdad a crecer interiormente en la medida en que llegaba a ese grado místico de su unión con Dios.

Como dirá algún comentarista de su vida, ‘Santa Teresa comprendió esto profundamente. En su vida fue aprendiendo a pasar del hacer al estar con Jesús, del control al abandono, de la autosuficiencia a la confianza… La sabiduría comienza cuando dejamos que Jesús nos revele y enseñe a vivir como hijos… También nuestra fe, el deseo de amar y el hambre de santidad son gracia que Él despierta en nosotros …  No tenemos que ganarnos el amor de Dios; podemos vivir desde el amor que ya hemos recibido por ser sus hijos ’.

Dejémonos encontrar y envolver por esa Sabiduría, sentémonos a los pies de Jesús para disfrutar de su amor y su amistad escuchándole allá en lo más hondo de nosotros mismos.


miércoles, 14 de octubre de 2026

No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida que el camino de la humildad y del amor

 


No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida que el camino de la humildad y del amor

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

    Somos así. ¿Será parte de nuestra condición humana y limitada? Porque hagamos alarde de fortaleza y de poder, decimos que somos capaces de todo y nada se nos pone por delante, si tenemos ocasión nos vamos por lo que decimos la ley del mínimo esfuerzo. ¿Para qué me voy a esforzar en algo que yo sé que me va a costar mucho si me puedo contentar con algo muy sencillo y con lo que dé apariencia de que yo sí soy un cumplidor y hago muchas cosas buenas? Vamos a lo fácil, vamos a lo que pueda lucir, vamos a la apariencia, vamos a contentar con alguna cosilla a los que nos puedan parecer más exigentes, pero no vamos a matarnos por nadie. Pero claro, que mi apariencia no pierda su brillo, que yo aparezca como el primero porque a la larga me gusta figurar, que digan bien de mi, que no tengan un mal concepto, y ya disimulamos nuestras torpezas. Bueno, nos decimos, no somos tan malos.

    ¿Habremos hecho en la vida, de verdad, una escala de valores para ver cuáles son las cosas más importantes, más prioritarias y no quedarnos entonces en las apariencias? ¿Qué es lo que tiene que aparecer como fundamental en nuestras mutuas relaciones humanas para que en verdad vayan cargadas de humanidad? No son las imágenes de la intransigencia, la vanidad y la apariencia las que más tendrían que resplandecer en nuestra vida. El orgullo y la prepotencia no son los que nos van a hacer más felices. Son otros los caminos llenos de humildad y sencillez por donde hemos de transitar; en esos gestos sencillos con que nos acercamos a los demás y sabemos caminar a su lado tendiéndonos mutuamente las manos para ayudarnos tiene que manifestarse donde está nuestra grandeza; tienen que ser caminos de comprensión y de disponibilidad para compartir los que nos faciliten nuestro tránsito y nuestro esfuerzo para conseguir nuestras metas.

    El pasaje que hoy escuchamos en el evangelio es continuación de lo que últimamente se nos ha ofrecido donde Jesús quiere darnos las verdaderas pautas por las que hemos de caminar construyendo el Reino de Dios. Lo que Jesús nos va ofreciendo va a resultar chocante para aquellos que han puesto todo su sentido en la apariencia de justos y cumplidores, pero como les dice Jesús son capaces de pagar los diezmos por la hierbabuena y las hortalizas pero se olvidan de lo más importante, del amor y de la justicia. Es ahí donde tienen que manifestar el amor de Dios.

    Algunos se sienten incómodos con las palabras de Jesús porque realmente se están viendo retratados aunque no quieren reconocerlo. Por allá salen los maestros de la ley diciéndole a Jesús que con lo que están diciendo les está ofendiendo. Como les encantan los honores y los reconocimientos, no eran nunca los que se querían quedar atrás sino que querían atrapar como fuera los primeros puestos y los lugares de honor.

    Recordamos aquella ocasión en que habían invitado a Jesús a comer en casa de alguien principal en el pueblo, y Jesús observaba como todos se atropellaban por coger los mejores lugares, los lugares de honor en la mesa; ya les decía Jesús entonces que cuando sean invitado vete a sentarte en el ultimo lugar, que si el que te invitó considera que mereces otro sitio ya él te llevará al lugar adecuado delante de todos.

    Ahora les replica a los que vienen quejándose de ofensas. ‘¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!’ El mejor maestro no es el que impone tareas duras e intransigente a sus discípulos, sino el que va delante haciendo él mismo lo que luego va a enseñar. Lo vemos en Jesús a lo largo del evangelio. Si un día nos dice que tenemos que hacernos los últimos, El ha sido el primero que se la levantado de la mesa y ha cogido la jarra del agua y la toalla para ponerse a lavar los pies de sus discípulos. ‘Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros tenéis que lavaros los pies los unos a los otros’.

    No hay mejor lección, no hay mejor camino, es lo que muestra toda la humanidad que hemos de poner en la vida.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

 


Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

Zacarías 2, 14-17; Salmo: Lc. 1, 46-55;Lucas 1, 26-38

Los caminos de la vida a veces se nos hacen oscuros y necesitamos una luz que nos haga encontrar nuestros rumbos o una mano que nos guíe en medio de sus turbulencias para sentirnos fuertes y poder realizarlo también con seguridad; torpes e incomprensiblemente insensatos a causa muchas veces de nuestras autosuficiencias y orgullos seríamos si negáramos esa ayuda que se nos pudiera ofrecer o rechazáramos esas luces que nos pudieran iluminar el camino para hacerlo con seguridad. Es cierto y hasta bueno para nuestra autoestima que hemos de saber hacer el camino por nosotros y hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte, pero sería también una falta de humildad que hasta en cierto modo nos degradaría el rechazar esas luces o esas ayudas. No es nuestro orgullo y amor propio lo que nos engrandece sino precisamente la humildad de reconocer nuestra debilidad lo que nos dará mayor madurez a nuestra vida. Mal empedrados quedan nuestros caminos si lo construimos a base de orgullo y autosuficiencia.

Así nos sucede en nuestra vida cristiana y en el descubrimiento y realización del plan de Dios. Necesitamos una apertura de espíritu que es un abrirnos a Dios para descubrir su voluntad que no es otra cosa que un plan de amor para nosotros que muchas veces nos sorprende pero que también nos abre a cosas maravillosas a realizar en nosotros. Es un proceso que nos cuesta porque nos envuelven muchas oscuridades con falsas luces que nos confunden y desorientan. Creemos que tenemos nuestros planes bien definidos pero no siempre somos capaces con humildad de abrirnos a ese plan de Dios que nos llevará por derroteros más hermosos. No siempre es fácil.

¿Por qué no aprender de María? La mujer que supo abrir su corazón a Dios para dejarse sorprender por el camino que Dios estaba abriendo ante ella para su vida. En su buen deseo de la fe que ponía en Dios y del amor que le profesaba, porque era una profunda creyente ella tenía un plan para su vida. Pero Dios viene a ofrecerle algo maravilloso en lo que ella no pensaba. Dios había puesto su amor en ella para hacerla su madre, para que ella contribuyera con su maternidad, en lo que ella no había pensado, para Dios hacerse más Emmanuel, más Dios con nosotros, encarnándose en su seno. Y María dijo Sí a Dios, como escuchamos hoy en el evangelio.

No iba a ser un camino fácil, pues ya las Escrituras habían anunciado los sufrimientos del Hijo del Hombre y María fue capaz de ponerse en ese camino. Nos habla de como se puso en camino hacia las montañas de Judea para servir a quien podía necesitarla, su prima Isabel que en su vejez iba a tener un hijo, pero María seguiría estando en camino; es el camino de Belén donde en principio iba a pasar por la no acogida, porque para ellos no había sitio en la posada, es el camino de la pobreza para dar a luz en un establo a quien venía como salvador del mundo, es el camino del rechazo y del destierro porque comenzaba a aparecer la sangre del martirio, sería el camino del silencio en Nazaret mientras esperaba la llegada de la Hora de Dios con el comienzo de la predicación de Jesús. Será el camino que la llevará finalmente al Calvario a pie de la cruz que desde madre dolorosa se iba a convertir en la madre de todos los creyentes, la madre de la Iglesia. Un camino realizado porque un día había acogido el plan de Dios en su vida. Ella, la que guardaba todas aquellas cosas, cuanto sucedía en su corazón para rumiarlas desde el amor sintiendo lo que el proyecto de Dios.

¿No será eso lo que nos está enseñando María a cuantos caminamos en lo que llamamos este valle de lágrimas donde quizás tantas oscuridades nos envuelven y tenemos el peligro de perder el rumbo del camino de nuestra vida? Hoy la estamos invocando como Virgen del Rosario en esta devoción tan arraigada en el pueblo cristiano que no siempre sabemos aprovechar en todo su valor y sentido.

¿Qué es el rosario? No solo es una cadena con unas cuentas que hoy hemos terminado por convertirlo en un adorno como si fuera un collar que colgamos de nuestro cuello. Está de moda, como todos sabemos y ya cualquiera hace gala de llevarlo sin saber ni siquiera su significado. Sí, podemos decir, es un collar de perlas, y de las más preciosas, porque es una cadena de oración que a los pies de María queremos hacer mientras ella nos hace ir contemplando todo el misterio de de la vida de Jesús mientras vamos caminando, como decíamos antes, con nuestras oscuridades, con nuestros desconciertos, con nuestros agobios y problemas a los que nos parece tantas veces que no encontramos salida y solución.

¿Por qué esa vida nuestra no la miramos desde ese plan de Dios? ¿Por qué no la miramos con esa mirada de María, la que supo ver en cuanto le sucedía el proyecto de amor de Dios para nosotros? Otra luz encontraríamos para nuestra vida, otro sentido para cuanto hacemos y pasamos, otros caminos se abrirían ante nosotros, otra fuerza sentiríamos en nuestro interior para ese nuevo sentido de la vida que hemos de vivir. Es lo que nos está enseñando María en el rezo o con el rezo del Rosario. Encontraríamos también otra paz y otra serenidad para nuestro corazón, se despertaría una nueva esperanza, comenzaríamos a caminar con nueva humildad, nos sentiríamos cada día más comprometidos para hacer nuestro mundo mejor. Dejémonos enseñar por María.


sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


jueves, 16 de julio de 2026

Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 


Jesús nos dice que tomemos su yugo, el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabarán nuestros desánimos y cansancios

 Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Estoy cansado, hemos dicho más de una vez como lo escuchamos también a muchos a nuestro alrededor. ¿Cansado? ¿por el esfuerzo? ¿por el trabajo? ¿por el camino realizado? ¿por las responsabilidades que hemos tenido que asumir? Normalmente cuando hablamos de cansancio estamos haciendo referencia a ese cansancio físico de nuestro cuerpo, pero bien sabemos que hablamos de cansancio por algo más, nuestro estado de ánimo que se nos va para el piso, cansancio que es también desilusión e impotencia, cansancio que es consecuencia de los agobios de la vida, cansancio que es soledad en nuestras luchas o incomprensión de los que nos rodean, cansancio que es desorientación y caminar sin rumbo, sin metas, sin objetivos, sin saber a donde vamos.

Y ¿cómo nos recuperamos de esos cansancios? Del físico sabemos que deteniéndonos en esas tareas para recuperar esas fuerzas gastadas, pero ¿y del otro tipo de cansancio? ¿dónde encontrar ese animo perdido? ¿dónde encontrar esa paz que necesitamos para encauzar bien nuestro camino? Mucho depende de cómo seamos capaces de afrontar esos problemas que nos agobian; ¿será necesario un cambio de nuestra mente para no sentirnos derrotados de antemano? ¿será importante comenzar a creer más en nosotros mismos y en nuestra capacidad para seguir el camino emprendido? Los derrotismos nada ayudan; saber que hay una posibilidad porque también una capacidad en nosotros mismos, nos puede hacer ver las cosas de otra manera; unas nuevas actitudes por nuestra parte creo que nos allana la solución de los problemas que podemos encontrar.

Hoy Jesús en el evangelio nos está haciendo una hermosa invitación. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré...´ ¿Estaría Jesús notando en sus discípulos ese cansancio porque aun con las palabras y los signos de Jesús no veían realizadas tan pronto como deseaban sus expectativas? Unas palabras que tendrán que seguir recordando sus discípulos cuando vengan los momentos difíciles, como será cuando llegue la hora de la pasión y de la pascua, y se sientan entonces desalentados encerrándose en si mismos. Como tenemos que recordarlos nosotros en el camino de nuestra vida.

Un día nos dirá el evangelista que Jesús sentía lástima de aquellas muchedumbres que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor; ovejas sin pastor en sus pobrezas y en sus deseos de salud, ovejas sin pastor porque andaban desorientados sin nadie que les ofreciera nuevas esperanzas, ovejas sin pastor porque se sentían un pueblo pobre y oprimido desde muchas circunstancias difíciles que vivían no solo por la opresión extranjera sino también por la manipulación de sus dirigentes.

Y Jesús les dice ‘Venid a mí… y yo os aliviaré’. Jesús se nos está ofreciendo como nuestro descanso. Desde el principio se nos ha anunciado la llegada de una buena noticia, y esa buena noticia la tenemos en Jesús. Con sus signos y milagros ya nos ha ido manifestando que en verdad es la luz y la vida nueva para nuestra existencia. A ello tenemos que dar respuesta, y expresando en un cambio de actitudes y posturas que con Jesús todo es distinto. Y ¿qué nos dice Jesús que vamos a encontrar en El que será en verdad alivio y descanso para nuestra vida? En una palabra podríamos decir, ser como Jesús.

Por eso nos dice que aprendamos de El, que aprendamos de su corazón; es todo un cambio de vida, un cambio de actitudes, el nacimiento de una confianza y de una esperanza. ¿No nos ha pedido desde el principio conversión? ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¿Qué significan estas palabras? Tomar su yugo es caminar sus pasos. Esas actitudes negativas y de desesperanza que tantas veces nos aparecen en nuestra vida tenemos que desterrarlas de nosotros. ¿Qué nos suele suceder cuando estamos cansados y agobiados? Pensemos en nuestras reacciones, la acritud que envuelve nuestra vida, la violencia con que reaccionamos, el mal carácter que nos aflora desde el primer momento, el rechazo con que vamos caminando de cuanto nos rodea y hasta de nosotros mismos, el amor propio que aflora y nos hace agresivos con cuanto nos rodea.

Jesús nos dice que tomemos su yugo, que tomemos el ejemplo de su vida, que aprendamos de su mansedumbre y de su humildad y se acabaran nuestros desánimos y cansancios. Cuando caminamos con humildad, reconocemos es cierto nuestra pobreza y nuestra pequeñez, pero comenzamos a confiar, confiamos a ver las cosas de otra manera, comienza a despertarse en nosotros la esperanza; cuando llenamos nuestro corazón de mansedumbre qué distintas son nuestras reacciones y nuestras relaciones con los demás, con qué fuerza interior nos estamos sintiendo. Como nos decía el profeta ‘Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú’. El Señor es nuestra fuerza y nuestra paz. Y Jesús nos dice que su yugo es llevadero y su carga es ligera. ¿Cómo no lo va a ser si El es nuestra fuerza y camina con nosotros?

viernes, 10 de julio de 2026

Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

 


Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Cuando vamos a encargar a alguien una tarea habitualmente somos entusiastas con aquello que pretendemos y ese entusiasmo tratamos de trasmitirlo a aquellos que van a ser colaboradores nuestros en esa obra; nuestro entusiasmo contagia ilusión, despierta interés, pone ánimo en quienes van a realizar esa tarea, pero también debería haber algo que no tendríamos que ocultar y es el realismo del esfuerzo que tenemos que realizar que nos exigirá incluso sacrificios ni tampoco podemos olvidar las dificultades y contratiempos que podemos encontrar; no seriamos lo suficientemente leales si no lo hiciéramos.

En el texto del evangelio que venimos comentando estos días hemos escuchado como Jesús escoge a doce de entre todos los discípulos a los que constituye Apóstoles, a los que preparará de manera especial para la misión que les va a confiar. Son las recomendaciones que hemos escuchado en estos días de cómo han de realizar su misión y son las palabras en cierto modo duras que hoy le escuchamos. Habla Jesús de las dificultades, no siempre van a ser escuchados y muchas veces rechazados; encontrarán dificultades hasta donde menos se lo piensan como son quizás sus propios familiares o las personas más cercanas; les habla claramente Jesús de que se puede convertir en una persecución por la que incluso serán llevados a los tribunales o incluso odiados por todos.

Pero aunque Jesús les dice que se verán incluso como ovejas en medio de lobos, sin embargo no han de perder la serenidad de su espíritu con la que sabrán actuar con fortaleza pero también con sencillez, con la humildad de quien se siente seguro de la verdad de lo que ofrece, pero también con la astucia de saber encontrar los medios y los modos de que el mensaje no deje de anunciarse. Y es que Jesús les está diciendo que no los deja solos porque su Espíritu estará siempre con ellos; será su Espíritu el que les dará esa fortaleza y esa serenidad incluso en la persecución, pero también con su sabiduría ponga palabras en sus labios para dar testimonio de su mensaje.

Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos nos hacen ver y entender la historia de la Iglesia a través de todos los tiempos; ya lo vemos de forma palpable en el propio relato de los Hechos de los Apóstoles en la historia de aquellos primeros momentos de los cristianos. No fueron siempre carreras de victoria y el hecho está en la historia de martirio de los primeros apóstoles. Pero no ha faltado a través de todos los tiempos como no nos falta hoy. En muchos lugares en que la Iglesia es rechazada y perseguida incluso en países que habían sido debidamente evangelizados.

Pero no nos podemos quedar en pensar en esas situaciones más llamativas sino cómo con la cultura actual se quieren ir socavando esos valores humanos y cristianos que han sido básicos en nuestra civilización occidental y europea queriendo hacer desaparecer todo lo que suene a profundamente religioso y cristiano. Y para eso no tenemos que ir muy lejos porque lo tenemos entre nosotros, en nuestros ambientes y en la manera de actuar de parte de la sociedad que nos rodea.

Las palabras que les decía Jesús a los apóstoles en esta página del evangelio que estamos comentando bien nos viene escucharlas como dichas a nosotros hoy. Es lo que Jesús nos está pidiendo hoy, ese mantener viva y despierta nuestra fe para seguir dando nuestro testimonio con nuestro compromiso y con el anuncio que con nuestra palabra y nuestra vida tenemos que hacer. Nuestro amor y nuestra humildad tienen que resplandecer, pero también el arrojo y valentía de nuestro espíritu porque nada ni nadie nos podrá hacer callar. Sentimos también la fuerza del Espíritu de Jesús que nos anima y nos fortalece.

Son esas luchas también en nuestro interior cuando queremos crecer humana y espiritualmente, pero que nos sentimos tentados de tantas cosas que nos quieren arrastrar a ese materialismo de la vida que parece que todo lo invade. Ahí tenemos que manifestar nuestra rectitud, nuestra madurez y nuestra entereza.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.


sábado, 27 de junio de 2026

Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

 


Sepamos despojarnos de nuestros aires de grandeza para humildes ponernos siempre en actitud de servicio y cercanía

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Salmo 73; Mateo 8, 5-17

Algunas veces quizás nosotros no sabemos cómo acercarnos a alguien desde nuestros deseos de conocerlo, o desde nuestra necesidad esperando quizás una ayuda, y estaremos atentos a las señales que pueda darnos o que nosotros podamos encontrar de que podemos acercarnos con libertad y confianza; o quizás al revés somos nosotros los que quizás podamos ofrecer algo pero no queremos forzar el que alguien quiera aceptarnos, no queremos herir su susceptibilidad y al mismo tiempo respetar su libertad y lo que hacemos es dejarnos caer, como solemos decir, ponernos a tiro, dar señales de que esas personas pueden con libertad confianza acudir a nosotros.

Podríamos decir que es lo que encontramos en Jesús. Se deja encontrar, se pone a tiro, su presencia y sus gestos están invitándonos a que vayamos a Él porque en Él nunca nos sentiremos defraudados. Son muchos los momentos en que lo contemplamos así a lo largo del evangelio; se hace el encontradizo, se detiene junto a ciego del camino, se fija en quien quizás nadie se ha fijado y pasa desapercibido para muchos, deja incluso que le rompan el techo de la casa con tal de que puedan llegar hasta Él, o va allí donde hay soledad y sufrimiento para ofrecer su palabra, tender su mano o levantarnos de nuestra camilla.

Llega Jesús a Cafarnaún y se deja encontrar por aquel centurión romano que por allí anda con sus angustias porque su criado a quien apreciaba mucho está enfermo. Y ante la petición confiada de aquel hombre quiere ponerse en camino para ir a su casa. ‘Voy a curarle’, le dice. Pero por contra encontraremos la humildad y la grandeza de aquel hombre, no por sus títulos que puedan merecer honores, sino por la forma confiada y humilde de dirigirse a Jesus. ‘No soy digno de que vayas a mi casa…’ comienza diciendo pero para afirmar su certeza de que la Palabra de Jesús es verdadera y será suficiente para que su criado se pueda curar. El sabe de mandos y de órdenes, sabe de cumplimiento de mandatos y de disponibilidad, y Jesús puede hacerlo. ‘Una palabra tuya bastará’.

Hemos hablado de la grandeza que manifiesta este hombre, pero es Jesús mismo quien lo alabará. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. ‘Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos’, se comentará en otro lugar. ‘Que te suceda conforme has creído’, el poder y la grandeza de la fe.

Pero en el resto del evangelio de hoy seguiremos contemplando a Jesus que allí a donde llega o por donde pasa todo se va llenando de vida. Será la suegra de Simón a quien Jesus levanta de la cama y pronto ella se pondrá a servirles, pero serán las multitudes que se agolpan a su puerta buscando esa sanación de sus enfermedades y sobre todo la salud y salvación para sus vidas. El evangelista recordará lo anunciado por el profeta Isaías, ‘Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

Nos queda preguntarnos si nosotros nos ponemos a tiro de ese encuentro con el Señor que nos sana y nos llena de vida; pero al mismo tiempo tenemos que plantearnos cómo nosotros vamos a saber acercarnos allí donde hay dolor y sufrimiento también para regalar vida. Hemos de levantarnos también y ponernos en actitud de servicio que lo podemos reflejar de muchas maneras. ¿Seremos en verdad cercanos los unos con los otros? ¿Seré capaz de despojarme de esos aires de autosuficiencia para ponerme al lado de los que más sufren?


lunes, 22 de junio de 2026

Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

 


Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo 7, 1-5

Decía san Agustín ‘si corriges, hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.

Vamos demasiado de autosuficientes y de maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.

Que la corrección nunca sea un juicio condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad. Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.

Jesús nos está planteando en el sermón del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los hermanos no humillan ni discriminan.

Son características muy valiosas en nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua a nuestra sardina.

Tendrá que ser siempre la humildad y la sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo.

miércoles, 17 de junio de 2026

Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

 


Todo en nuestra vida tiene que estar envuelto por la autenticidad del amor, que dará sentido y valor a nuestra oración y cuanto bueno realicemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Salmo 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

No eches a perder aquello que haces poniéndole demasiados galones, tantos que no se va a valorar lo que tú has sido capaz de realizar por ti mismo, por lo que tú eres y sabes hacer, sino que esos adornos externos realmente lo van a ocultar.  Para que quede bonito, decimos, y lo que estamos haciendo es desvirtuándolo.

Así nos puede suceder en muchas situaciones de la vida, por eso hemos de cuidar la autenticidad de lo que hacemos, que eres tú mismo en tu interior el que tienes que saber darle valor. Cuando ponemos otras intenciones y quiere aparecer el lucimiento realmente hemos desvalorado lo que en principio con nuestra buena voluntad habíamos querido hacer. No busquemos las alabanzas externas sino mejor lo que tú en tu interior sientas. De eso nos está previniendo Jesús.

Nos habla hoy de tres momentos o de tres situaciones, en este caso concreto, en referencia a nuestra religiosidad, pero que lo podríamos ampliar a todo lo bueno que podamos hacer en la vida. La apariencia y la vanidad están reñidas con la autenticidad, porque cuando hacemos las cosas buscando esa alabanza de los demás, aparte de nuestra vanidad le añadimos más cosas para que tengan brillo que encandile a los demás, lo que empañará el auténtico brillo que debería tener y ya ha perdido su autenticidad.

Jesús parte siempre de cosas concretas, señala situaciones que observa en su entorno, nos da pautas para nuestra autenticidad, pero quiere que evitemos las vanidades que podamos contemplar en otros que quieran presentarse como modelos para nuestra vida. Seré modelo auténtico si actúo desde mi mismo en lo que soy y en lo que vivo en lo más profundo de mi, no porque así quiera presentarme ante los demás como su yo estuviera en un estadio superior al que tienen que aspirar los que me rodean. Hemos de reconocer que somos débiles y a pesar de nuestra buena voluntad y de nuestro esfuerzo en ocasiones pueda ser que no aparezca tan perfecto para los demás. Hemos de pasar por el camino de la humildad, de reconocer lo que somos, lo que somos capaces de hacer, pero también de las limitaciones que envuelven nuestra vida.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración y del ayuno. Nos está pidiendo autenticidad, no apariencia. Ya en otro momento nos dirá que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, luego no podemos ir tocando campanillas por delante nuestro cuando vamos a compartir con los demás. La discreción hará valiosa tu generosidad pero además no humillará a quien recibe lo que compartamos.

Y al hablarnos de la oración nos dice que vayamos al lugar escondido. Recordamos la parábola que un día nos propondrá de los dos que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano. Rezar en lo escondido significa la interioridad que hemos de darle a nuestra oración, que no es cuestión de muchos rezos, como nos dice, no hacen falta muchas palabras; la oración es vivir un encuentro de amor. Es por donde tenemos que comenzar y lo que tiene que ser el meollo de nuestra oración; nos sentimos amados y nos dejamos inundar por el amor, y para eso no hacen falta muchas palabras, lo importante es vivir, es sentir en el corazón, es entrar en esa sintonía de amor que será escuchar y saborear todo ese amor que sentimos. Cuanto tendríamos que decir, cuanto tendríamos que reflexionar, cuanto tendríamos que mirar nuestra forma de orar.

Es el sentido de autenticidad que hemos de darle a nuestros ayunos. ¿Es la ofrenda de un sacrificio? Pero tiene que ser algo salido de verdad del corazón. Lo importante no es la apariencia que podamos manifestar exteriormente, sino ese control de nuestra vida que podemos aprender a hacer desde lo más hondo de nuestro corazón. No son ofrendas o sacrificios de cosas lo que le agrada al Señor, sino ese corazón contrito, ese corazón humilde que reconoce cuanto tiene que transformar en si mismo en ese camino de ascensión y superación que tiene que ser su vida.

Aprenderemos a decir no, no para machacarnos en el sufrimiento, sino como un aprendizaje de liberación; no nos ata nuestro capricho, no se nos impone nuestro egoísmo, no nos dejamos arrastrar por nuestro amor propio, no queremos que prevalezca nuestra vanidad que nos hace orgullosos y soberbios, no dejamos que se impongan sobre nosotros las pasiones, no nos queremos dejar arrastrar por el ambiente que nos rodea, y para eso tenemos que aprender a decir no; el ayuno no es en sí una limitación del alimento por si mismo, sino que el ayuno tiene que pasar por todas esas cosas de las que no nos queremos dejar dominar en la vida. No es apariencia ni se queda en gestos externos, pasa por la transformación de nuestra vida que es un camino de conversión.

Todo envuelto por la autenticidad del amor.