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sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


martes, 14 de agosto de 2018

Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia


Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia

Ezequiel 2,8–3,4; Sal 118; Mateo 18,1-5.10.12-14

En la vida parecemos muchas veces niños, pero niños peleones, que estamos en constantes luchas los unos contra los otros con la ambición del poder. Sea como sea queremos prevalecer por encima de los otros; ser más, ser más poderosos, ser más influyentes, ser mas ostentosos en nuestras riquezas o en lo que tenemos; todo sea por estar por encima, ser el primero, llevarme los méritos, recibir las alabanzas. Somos ambiciones, de poder y de influencias, que nos llevan a la manipulación, al desprecio, a la humillación.
No es que quiera ser negativo, pero vemos demasiado de esto en nuestro entorno social, político, muchas veces incluso familiar; cuantos desencuentros, porque nos parece que perdemos influencias, porque nos parece que nos humillaron porque nos pusieron por detrás, en un segundo plano, y no salimos en la foto queriendo parece que somos el centro del mundo.
Claro que sabemos que no todos somos así, pero si reconocemos que es una gran tentación que a todos nos puede aparecer. Humanamente creo que tendríamos que reconocer que la vida tiene otro sentido, no es una lucha, no son enfrentamientos, no es quitarte a ti para ponerme yo; hemos de aprender que tenemos que caminar juntos porque juntos tenemos que construir el mundo en el que vivimos, que la grandeza del hombre ha de ir por otros caminos, por lo que bueno que hacemos, por la rectitud de nuestra conciencia, por lo que seamos capaces de colaborar juntos para hacer que nuestro mundo mejor, en una palabra, por nuestro espíritu de servicio.
El servicio no lo podemos ver como una humillación; ser servidores no nos hace menos sino todo lo contrario, nos hace verdaderamente grandes; es el ofrecer lo que soy no solo por mi riqueza personal, sino porque lo que yo puedo enriquecer a los demás con mis valores, con mi servicio, con todo lo bueno que puedo aportar. Y eso nos hace más felices a todos.
Sin embargo esa tentación de la ambición, de la arrogancia, del poder, de la vanidad aparece muy fácilmente en la vida, en todos los aspectos de la vida y en todos los grupos y personas; también nos aparece demasiado en la Iglesia, porque muchos en su arrogancia se ven prepotentes, porque muchas veces más que convencer lo que queremos hacer es imponer, porque demasiado marcamos diferencias entre unos miembros y otros de la Iglesia, porque fácilmente gustan los pedestales y los escalones superiores. Demasiada vanidad se nos mete muchas veces también en nuestra iglesia, que no es la Iglesia de los pobres que nos enseñó Jesús, sino en la que parece que solo brillan los que tienen más poder de arrogancia o de ostentación. Hemos de ser humildes para reconocerlo.
Ya los discípulos pasaron también por esa situación de tentación, cuando entre ellos andaban peleándose sobre quien iba a ser mayor, quien iba a ser el primero. Y Jesús cuando los escuchó puso un niño en medio de ellos, y nos hablo de la sencillez y sin malicia de un niño, de esa generosidad de corazón que les hace correr para prestar un servicio cuando se lo piden o cuando ve que hay una necesidad, que tendría que ser modelo para nuestro estilo de vida. Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos. Un camino bien distinto que hemos de vivir quienes seguirnos a Jesús.

sábado, 26 de agosto de 2017

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12
En la vida con demasiada frecuencia nos encontramos gente que ‘va de sobrado’, el ‘echado p´alante’ que decíamos en dicho popular, que todas se las sabe, que va diciendo a unos y a otros lo que tienen que hacer, que en su vanidad se cree en un estadio superior y por tanto padre y maestro de todos, porque a todos quiere enseñar y a todos quiere ‘compasivamente’ proteger.
Esas personas al final terminan cayéndonos mal, se nos hacen insoportables, y a ellos no hay quien les diga nada, porque ellos siempre se creen tener la razón y expresan sus argumentos, pero nunca quieren escuchar lo que tu puedas decirle. Si algo logramos decirles, o te tratan de humillar, o al final te ignoran, porque en fin de cuentas creen que somos unos ignorantes que no sabemos valorar lo que hacen por nosotros. Es difícil una convivencia así, nos costara mucho crear unos bonitos lazos de amistad y de colaboración, porque el final lo que quieren siempre es que hagamos lo que ellos dicen porque son los que saben.
Qué necesarios son unos caminos de sencillez y de humildad en que nos sintamos iguales, que vamos haciendo el mismo camino y sin alardes somos capaces de echarnos una mano para caminar mejor. Nadie tiene que sentirse padre protector del otro ni maestro infalible que siempre tenga que decir al otro lo que tiene que hacer.
Qué distinto seria si tuviéramos la humildad de aprender siempre los unos de los otros, escucharnos, acogernos, entendernos y atendernos mutuamente. Seria un verdadero sentido de familia, porque formamos parte de la gran familia que es toda la humanidad. No nos desentendemos los unos de los otros pero tampoco tenemos que ser hadas protectoras que son la varita mágica de sus saberes quieran resolver los problemas de los demás. Es otro el sentido de humanidad que tendría que haber entre todos.
Es lo que está recomendando Jesús hoy a sus discípulos, partiendo de la realidad de la vanidad e hipocresía de los fariseos y de los maestros de ley les señala Jesús a sus discípulos cuales han de ser las nuevas actitudes que se han de vivir en el reino de Dios. Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad, de una humanidad que camina unida, de una humanidad donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, una nueva humanidad lejos de vanidades y de hipocresías.
Es ese camino de humildad, de colaboración, de sencillez en el trato, de amor verdaderamente misericordioso y compasivo lo que nos hará verdaderamente grandes. Aprendamos el mensaje de Jesús que quiere siempre lo mejor para nosotros y que así nos está señalando como hemos de construir esa nueva humanidad.
Ojalá seamos capaces de vivirlo entre nosotros, con aquellos que están más cercanos y con los que convivimos cada día por distintas razones. Ojalá sea ese el espíritu que vivamos también dentro de nuestra comunidad eclesial; no siempre florecen estos ejemplos en este sentido, muchas veces aparece la vanidad y la soberbia en muchas posturas y actitudes; necesitamos ser esa iglesia pobre y que se manifiesta de verdad como tal por la sencillez de sus gestos, del sentido de su vida, y alejemos de la iglesia vanidades y apariencias. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

I Reyes 2,1-4.10-12; Marcos 6,7-13

Queremos siempre ver la pronta eficacia de todo lo que hacemos y para ello intentamos poner todos los medios que están a nuestro alcance, desde la inteligencia con la que estamos dotados, nuestros conocimientos y también todos los medios técnicos que la ciencia en el desarrollo humano que hemos ido realizando ha puesto en nuestras manos. Podríamos decir que es justo que hagamos así y ese desarrollo de ciencias y técnicas tendríamos que decir que las tenemos en bien del hombre y de la humanidad.
Pero también hemos de reconocer que no todo es eficacia, ni es fruto de unas técnicas que más o menos hayamos adquirido. Hay algo mas hondo en el ser humano, que ha de nacer de nuestro corazón y ha de trascender de alguna manera nuestra vida. No todo lo que hacemos es siempre buscando una eficacia o una ganancia humana.
Hay algo que podemos hacer saliendo de lo más hondo de nosotros mismos que no busque unas ganancias, sino que se hacen en nombre de la gratuidad. Pareciera que lo gratuito no está de moda, pero es algo que ennoblece el corazón del hombre. Y el valor de las cosas también hemos de reconocer no está en la riqueza de medios que podamos poner en conseguirlo.
Hoy Jesús al hacer el envío de sus discípulos a anunciar el Reino nos está sugiriendo ese principio y ese valor de la gratuidad, pero también el de la austeridad. El valor del anuncio del Reino no está en los medios que podamos emplear, sino que con generosidad de corazón hemos de descubrir la fuerza y el valor que tienen en si mismos la Palabra de Dios que anunciamos. No son nuestras fuerzas o saberes humanos sino que es el fruto de la gracia de Dios que se siembra en el corazón del hombre y a lo que el hombre ha de responder con su libertad.
Por eso Jesús al enviar a sus discípulos las recomendaciones que les hace son las de la austeridad y la gratuidad. Lo que gratis habéis recibido, darlo gratis. Y no es en la fuerza de los medios humanos, sino que es la fuerza de la gracia de Dios. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto’.  Fijémonos en las palabras de Jesús que reclaman esa austeridad de medios. Pero también en la gratuidad con que hemos de marchar. ‘Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’. Y como nos dirá en otro momento, ‘comed lo que os pongan’. Vamos a compartir, y compartimos el mensaje que llevamos y compartimos lo que allí puedan o quieran ofrecernos.  
           Podríamos decir que el único bagaje que tenemos que llevar es el del amor. ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Por eso curaban a los enfermos, expulsaban los demonios, iban repartiendo amor. Son las mejores señales del Reino de Dios que habían de anunciar con sus palabras y con su vida.
Todo esto nos tendría que hacer reflexionar mucho también en nuestra tarea pastoral que muchas veces se nos puede quedar en programaciones o en los medios más modernos que podemos utilizar. Están bien una cosa y otra, pero confiemos en lo que es la fuerza de la gracia; anunciemos con la gratuidad total de nuestra vida; no temamos presentarnos con escasez de medios preocupados excesivamente porque no los tenemos, porque esto podrían ser síntomas de una riqueza que llevamos apegada al corazón.
Confiémonos a la gracia de Dios. Presentémonos pobres porque así entenderemos el lenguaje de los pobres y los pobres entenderán nuestro lenguaje.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Necesitamos que el anuncio del evangelio nos cure para que podamos mostrar en verdad las señales del Reino y el mundo crea

Necesitamos que el anuncio del evangelio nos cure para que podamos mostrar en verdad las señales del Reino y el mundo crea

Esdras,  9, 5-9; Sal. Tb 13,2.3-4.6; Lucas,  9,1-6

 ‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Se pusieron en camino… anunciando… curando… haciendo presente la Buena Noticia del Reino.
Pero cuales eran las recomendaciones que Jesús les había hecho. El camino habían de hacerlo en pobreza, en humildad, en apertura de corazón, con generosidad. No habían de llevar nada. ‘No llevéis nada para el camino’. No habían de buscar apoyos humanos. ‘Ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto’. Abiertos a la generosidad de la gente. 'Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’`. Su mensaje sería siempre un mensaje de paz, lo recibieran o no lo recibieran.
Y así se pusieron en camino. Y la Palabra anunciada era confirmada con las señales. Llevaban la salud y la paz, anunciaban la gracia y el perdón. Y quienes los escuchaban se sentían curados, se sentían transformados. Se estaba creando en verdad un mundo nuevo.
Fue la tarea de aquellos primeros discípulos escogidos y llamados de manera especial por Jesús pero sigue siendo nuestra tarea, la tarea de la Iglesia. Con el mismo espíritu tenemos nosotros que hacer también el anuncio del evangelio. Y decir con el mismo espíritu es la misma pobreza y la misma generosidad. Decir con el mismo espíritu es fiarnos del Espíritu del Señor que es nuestro único apoyo y quien nos guía, quien guía a la Iglesia y quien nos inspira a cada uno de nosotros en aquello bueno que vamos haciendo.
¿Será así como nosotros anunciamos el Evangelio? ¿Lograremos también esas  mismas curaciones de las que nos habla el evangelio? Las señales tienen que seguirse dando, porque no es nuestra obra sino la obra del Señor. No podemos ser obstáculo a ese obrar de Dios. Y somos obstáculo que impide que se manifiesten esas señales de Dios cuando confiamos más en nosotros mismos que en el Señor; somos obstáculo cuando pensamos que son los medios e instrumentos humanos los que hacen eficaz la obra que en nombre del Señor hemos de realizar; somos obstáculo cuando no brilla en nosotros ese espíritu de pobreza para ir al encuentro de los demás, sintiéndonos tan pobres que solo vamos a tener lo que ellos nos ofrezcan; somos obstáculo cuando nos presentamos con ostentación y vanidad en nosotros o en las cosas que llevamos o tenemos.
Cuántas cosas tendríamos que revisar en nuestra vida y en la apariencia que da la vida de la Iglesia. De cuántas cosas hemos de ser curados nosotros también. No podemos ser una iglesia del poder, sino una iglesia pobre que se hace igual que los pobres que la rodean. No es abajarse para parecernos, sino para ser pobre entre los pobres.
Necesitamos aprender a ponernos en camino con aquel mismo desprendimiento. Necesitamos ser evangelizados por esos pobres de nuestro mundo para que en verdad aprendamos a presentarnos con el verdadero espíritu de Jesús. Los apóstoles se pusieron en camino y al anunciar el evangelio iban curando por todas partes; somos nosotros, la iglesia, los primeros que necesitamos ser curados por la fuerza y por el anuncio del Evangelio para que podamos con todo sentido realizar nuestra misión.


jueves, 30 de abril de 2015

Aprender a abajarnos como Jesús para ponernos en actitud de servicio poniéndonos a la altura de los más pobres y humildes

Aprender a abajarnos como Jesús para ponernos en actitud de servicio poniéndonos a la altura de los más pobres y humildes

Hechos, 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
Las palabras que le escuchamos hoy a Jesús están en el marco de la última cena y de los gestos realizados por Jesús al comienzo. Se había despojado de su manto, ceñido una toalla y se había postrado a los pies de los discípulos para lavarles los pies. La sorpresa había sido grande y alguno hasta quería rechazar aquel gesto de Jesús porque les parecía que Jesús no podía hacer aquello. ‘No me lavarás los pies’, que le decía Pedro. Quizá nos sorprenda también a nosotros y nos cueste compartirlo.
‘Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Ponerlo en práctica nos dice Jesús. Hacer lo mismo, pero, reconozcamos, cuánto nos cuesta.
El camino del seguidor de Jesús ha de ser por su mismo camino. La entrega, el servicio, el amor, la solidaridad, el abajarse para poniéndonos a la altura de los otros levantarlos, el olvidarnos de nosotros mismos, el tener sus mismas actitudes y repetir sus mismos gestos, el vivir en su mismo espíritu de humildad es el camino que nos está enseñando Jesús.
Pero nos cuesta. Lo intentamos. Nos encontramos mucha gente que quiere vivir esa misma actitud de servicio. Queremos compartir y deseamos con sinceridad un mundo más solidario. Queremos amar y amar con un amor como el de Jesús. Pero, repito, nos cuesta.
Es la actitud y son las posturas que cada uno a nivel individual ha de vivir siempre en ese espíritu de servicio. Es la imagen que como Iglesia hemos de dar también frente al mundo que nos rodea. Pero necesitamos purificar muchas cosas, porque aunque intentamos poner ese amor en muchas ocasiones aparecen ramalazos de orgullo, de prepotencia, de vanidad, incluso de cierto paternalismo. Muchas veces copiamos o se nos pegan actitudes demasiado mundanas y podemos tener el peligro de dar apariencia de poder, de buscar grandezas, de levantarnos también sobre pedestales.
Decimos que queremos imitar a Jesús, pero nos cuesta imitar a ese Jesús pobre, que nació en un establo o que no tenía donde reclinar la cabeza. En la iglesia también quizá muchas veces nos rodeamos de demasiadas ornamentaciones que nos pueden dar esa apariencia de poder y de grandeza a la manera de los poderes o grandezas humanas. Qué lástima que la imagen que muchos puedan tener de la Iglesia - quizá desde el desconocimiento, pero quizá también de lo que aparentamos - como una institución de poder que se alinea al lado de los grandes y poderosos. Los mismos ropajes que usamos pueden darnos esa apariencia.
Hace falta hacer como Jesús, abajarnos. El se puso a la altura de los otros, y eso que tenía la categoría de Dios como nos recuerda san Pablo. Se abajó y hoy le hemos contemplado de rodillas a los pies de los apóstoles. No miraba desde arriba, sino desde abajo, como hacen los pequeños, los pobres, los humildes. ¿No tendría que ser esa una actitud que copiáramos en nuestra vida?
Que el Espíritu del Señor nos ayude a purificarnos. Cuánto lo necesitamos. Jesús nos dice ‘puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. ¿Qué hacemos? ¿Qué tenemos que hacer? Y es que no podemos ser más que el Maestro, más que el que nos envía.

martes, 26 de febrero de 2013


Una auténtica actitud de servicio es la verdadera grandeza del hombre

Is. 1, 10.16-20; Sal. 49; Mt. 23, 1-12
¿Donde buscamos y encontramos la autentica grandeza del hombre, de la persona? Creo que es una pregunta importante que nos hacemos o que tenemos que hacernos. El ser humano siempre de una forma o de otra se pregunta por el sentido y el valor de su vida. Muchas veces podemos encontrarnos envueltos en una marea inmensa o diversa de respuestas o eso al menos es lo que podemos percibir en nuestro entorno, si nos fijamos en por qué luchan las personas, que es lo que buscan en la vida para ser feliz, o qué es lo que realmente les hace realizarse como personas. De lo que encontremos o de lo que decidamos va a depender el sentido que le demos a nuestra vida.
Desde la fe que tenemos en Jesús el evangelio es para nosotros una luz grande que nos ayuda en nuestra búsqueda. Es más, tendríamos que reconocer que si somos cristianos, si nos llamamos personas creyentes y seguidores de Jesús es porque precisamente ahí en el evangelio, en Jesús hemos encontrado esa respuesta.
Es bueno que reflexionemos sobre ello, y este tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio para reflexionar y darle verdadera hondura a nuestra vida. Este tiempo de Cuaresma con todo lo que la Iglesia en su liturgia nos va ofreciendo va iluminando nuestra vida y nos va ayudando a que conociendo más y más a Jesús y su evangelio ahondemos en esas cuestiones que son fundamentales para nuestro ser cristiano, para que nos llamemos cristianos pero con toda autenticidad.
El evangelio que hemos escuchado nos ayuda a que vayamos a lo más hondo de nosotros mismos y no basemos nuestra vida en meras apariencias. Jesús critica y denuncia la actitud que contemplaba en aquellos fariseos que lo que les gustaba era aparentar externamente incluso en sus actitudes o en sus prácticas religiosas dejando luego en el interior un vacío muy grande. ‘Alargan filacterias  y ensanchan las franjas de sus mantos, les gustan los primeros puestos y los asientos de honor, o que les hagan reverencias por la calle y la gente los llame maestro’.
Por eso Jesús nos enseña a no buscar honores ni reconocimientos, a no buscar títulos ni grandezas humanas que se quedan en oropeles y ya sabemos que los oropeles no son oro de verdad, sino solamente un brillo externo. No quiere Jesús que ni nos llamen maestros ni jefes. El magisterio de la persona o la autoridad no está en un nombre que pongamos o un título que demos, sino en lo que en verdad reflejamos en la vida. Y si lo reflejamos porque es lo que realmente vivimos no hace falta hacer alardes, porque lo bueno se ve por sí mismo. Y cuánto nos gustan a nosotros los reconocimientos y los títulos.
¿Dónde ha de estar nuestra grandeza y nuestra verdadera autoridad como personas? En la actitud de servicio con que caminemos por la vida. El que vive en actitud de servicio  va siempre por la vida con el corazón abierto para los demás. El que vive una auténtica actitud de servicio siempre tendrá una mirada limpia, pero será siempre la mirada del amor. El que vive en una actitud de servicio siempre estará buscando lo bueno y lo que querrá es la felicidad de todos los  hombres, de toda persona. El que vive en una actitud de servicio nunca será arrogante ni fanfarrón, sino que sabrá ser humilde y sencillo porque lo que busca siempre es lo bueno, el bien que pueda hacer a los demás. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Ahí está la verdadera grandeza. Quien vive de esta manera será la persona más feliz y más realizada del mundo, será la que verdaderamente es respetada y valorada por todos los que le rodean sin que él lo ande buscando. Cómo necesitamos aprender a vivir así. Y esto a nivel individual como esto tendría que ser lo que se viva como comunidad creyente y como Iglesia. Hemos de ser en verdad una iglesia pobre y sencilla, una iglesia servidora y despojada de todo tipo de oropel para que en verdad seamos signos del evangelio de Jesús en medio del mundo. 

domingo, 3 de julio de 2011

Somos los pobres a los que se nos revela el Señor

Zac. 9, 9-10;

Sal. 144;

Rom. 8, 9.11-13;

Mt. 11, 25-30

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ Toda la vida de Jesús es Eucaristía. Como tiene que serlo la vida del cristiano. Ser eucaristía para el cristiano no es sólo cuestión de un momento. Es la gloria, la alabanza, la acción de gracias a Dios de toda la vida. Como Jesús. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ Todo es Jesús era siempre buscar la gloria del Padre, hacer la voluntad del Padre y ofrecimiento de si mismo al Padre como expiación y redención para nosotros.

En su nacimiento los ángeles cantaron la gloria de Dios. Era la gloria de Dios que se hacía presente en el mundo y de qué manera en el momento del nacimiento del Salvador. ‘Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti… yo te he glorificado sobre la tierra… glorificame junto a ti con la gloria que yo tenía antes que el mundo existiese’, exclamará Jesús en algun momento en el evangelio. Y como todo era para la gloria de Dios, en el momento de expirar en las manos del Padre ponía su vida, ponía su espíritu.

Es la gloria de Dios lo que busca, para que toda la humanidad salvada pueda seguir siempre cantando la gloria del Señor. Y da gracias, lo escuchamos en distintos momentos del evangelio, ‘porque me escuchaste aunque yo sé que tú siempre me escuchas’, dirá cuando la resurrección de Lázaro. Y da gracias ahora, como hoy hemos escuchado, porque así se ha manifestado, revelado a los hombres, a los pequeños y a los sencillos.

Había sido enviado, ungido del Espíritu, para anunciar la Buena Noticia a los pobres, como había anunciado el profeta y El recordaba en la sinagoga de Nazaret. Y eso se estaba cumpliendo, realizando. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla…’ A los pobres, a los que tienen alma y corazón de niño, a los que sufren y a los que se sienten agobiados… les dice Jesús ‘venid a mí, aprended de mí’.

Así se manifiesta Jesús y asi nos revela el rostro de Dios. Su gozo es estar con los hijos de los hombres, como dice la Escritura. No se nos presenta desde la prepotencia y las grandiosidades humanas. Como había anunciado el profeta y escuchamos en la lectura de Zacarías, ‘mira a tu rey que viene a ti modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica…’ Será así como le veremos entrar triunfalmente en Jerusalén como conmemoramos el domingo de ramos. Porque es así como le vemos caminar por los caminos de Palestina. Y eso nos llena de alegría, como nos invitaba el profeta, ‘Alégrate, hija de Sión, canta, hija de Jerusalén’.

Y es así como quiere seguir llegando y haciéndose presente hoy en medio de los hombres. Que lo aprendamos los cristianos, que lo aprenda la Iglesia toda en su forma de presentarse como servidora en medio del mundo, que a veces parece que buscamos otros caminos que no se parecen a los de Jesús en el evangelio. Será la mejor manera de dar a conocer el rostro de Dios a los hombres nuestros hermanos.

‘Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mio, mi Rey’, hemos cantado en el salmo responsorial. Alabamos y bendecimos al Señor que es clemente y misericordioso. Alabamos y bendecimos al Señor y le damos gracias con toda nuestra vida. Como deciamos toda la vida del cristiano ha de ser Eucaristía, alabanza y bendición para el Señor, acción de gracias, ofrenda a Dios. Bendecimos a Dios porque también en nosotros se está cumpliendo este evangelio que hoy hemos proclamado.

Y le damos gracias al Señor porque también a nosotros se nos manifiesta, se nos revela. Queremos tener corazón humilde y sencillo, alma y corazón de niño como antes decíamos, para gozarnos con la palabra del Señor que se nos revela, que llega a nosotros. Jesús decía que ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. A nosotros nos lo está revelando Jesús, nos lo está dando a conocer. Pensemos cuánto cada día tenemos oportunidad de conocer más a Dios, empaparnos de su Palabra, conocer todo el misterio de Dios.

Mirémonos a nosotros los que ahora estamos aquí en nuestra celebración. Queremos venir con humildad delante del Señor. ¿Quiénes somos? Aquí estamos con nuestra pobreza, nuestras debilidades, nuestros sufrimientos, nuestras carencias, nuestros achaques, nuestros años que nos debilitan. Aquí estamos con nuestro corazón pobre pero que queremos estar abiertos al Señor.

Queremos sentirnos pobres delante del Señor, porque realmente lo somos en tantas limitaciones como tenemos en nuestra vida. Queremos sentirnos pobres porque queremos alejar de nosotros todo orgullo y vanagloria que nos pudiera hacer pensar que ya nosotros somos sabios o entendidos. No nos sentimos perfectos, ni mucho menos, sino llenos de debilidad y pobreza. Queremos sentir como llega cada día el Señor a nuestra vida; queremos buscarle, porque nos sentimos confortados cuando escuchamos la invitación que hoy Jesús nos está haciendo. ‘Venid a mí… los que estáis cansados y agobiados... venid a mí que yo os aliviaré… en mí encontraréis vuestro descanso’.

Y aunque a veces nos cuesta, porque quizá nuestras debilidades nos hacen sentirnos incómodos, queremos sin embargo llenar nuestro corazón de mansedumbre, de humildad porque queremos parecernos al Señor, que es manso y humilde de corazón. Nos cuesta rezar a veces porque hay cosas que nos distraen, o porque no siempre somos capaces de concentrarnos bien en lo que hacemos (y hasta nos dormimos), pero venimos aquí cada día buscando al Señor, y queremos rezar, y queremos alabarle y darle gracias, y queremos que en verdad nuestra vida sea siempre Eucaristía del Señor.

Os confieso que yo, como sacerdote, que me ha tocado en estos años serviros en mi ministerio, me siento dichoso de estar con ustedes a los que en mi corazón os llamo los pobres de Yavé, los pobres del Señor, ancianos, personas mayores, discapacitados en otra de las funciones de mi ministerio sacerdotal con la Frater. Siento que el Señor me ha llamado a anunciar su Buena Noticia a los pobres de manera especial, - recordando las profecías leidas por Jesús en la sinagoga de Nazaret – y los pobres, ustedes, son para mi también Buena Noticia del Señor. Ustedes son una ayuda grande para mi, para que esa Palabra de Dios llegue también a mi vida.

También yo doy gracias en esta Eucaristía de mi vida por este ministerio que en mi pobreza también entre vosotros realizo, y veo como el Señor se os revela a vosotros sencillos y humildes de corazón y ese mismo anuncio de la Palabra de Dios que os tengo que hacer cada día, para mí se convierte en una Palabra fuerte que me dice Dios en mi corazón. Pido a Dios saber ponerme siempre delante de El con corazón pobre, con corazón de niño porque es la mejor forma de sintonizar con su Palabra y con su amor.

Me quiero acercar yo también al Señor con ustedes escuchando esa llamada e invitación del Señor a los cansados y agobiados, a los pobres y a los que sufren para ir hasta El y encontrar en Jesús ese alivio, ese descanso, esa paz que tanto necesitamos. Hagámoslo siempre con humildad y hagámoslo siempre con mucho amor. Y así el Señor llegará a nuestro corazón. Así podremos sentir cómo ‘el Espíritu del Señor que habita en nosotros vivificará nuestros cuerpos mortales’, como nos decía san Pablo en la carta a los Romanos.

sábado, 23 de agosto de 2008

Despojémonos para hacernos los últimos

Ez. 43, 1-7
Sal.84
Mt. 23, 1-12

La contemplación de las actitudes y la manera de actuar de los doctores de la ley y de los fariseos le lleva a Jesús a decirnos cuál es el estilo que tiene que imperar en la comunidad de los que le seguimos, en los que creemos en El. Una actitud de sencillez y humildad, una actitud de servicio y de amor. Pidamos al Señor que sea eso lo que resplandezca en su Iglesia.
Nos viene a decir Jesús que hagamos lo que nos dicen, porque siempre nos dirán cosas buenas, pero que no hagamos como ellos. ‘Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar’. Muchas normas y preceptos descritos minuciosamente, pero lejos de lo que realmente es la voluntad de Dios y ellos no están dispuestos a cumplirlos.
Un camino de sencillez y de humildad frente a la apariencia y la vanidad que les guía. Vanidad incluso en sus vestiduras que llenan de flecos y franjas, filacterias y anchas franjas en sus mantos, para decir que son cumplidores de la ley. Búsqueda de honores y de reconocimientos buscando ‘los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, y que la gente les haga reverencias por la calle y los llame maestros’.
El estilo que Jesús quiere para sus discípulos es el de la humildad y el del servicio. No es grande el que más alto está u ocupa un puesto más destacado, sino el que sabe agacharse y ocupar el último lugar para servir. Nos lo enseñó El mismo que no vino a ser servido sino a servir. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será servido’.
¡Cuánto cuesta la humildad de abajarnos y ponernos en nuestro sitio! Claro que pensamos siempre y primero que nuestro sitio está delante y en lo más alto. Cómo me voy a rebajar. Es que encima tengo que agacharme y rebajarme hasta incluso ser yo el primero en pedir perdón... cuántas veces nos viene la tentación y pensamos así. Un recuerdo que me viene al pensamiento ahora; para entrar en la basílica de la Natividad en Belén hay que agacharse, porque la puerta es muy bajita y no podrá entrar nunca un hombre de pie derecho. Para entrar en el lugar del Santo Sepulcro en Jerusalén sucede lo mismo. Para llegar hasta Jesús siempre tenemos que ir por el camino de la humildad.
Y Jesús da unas recomendaciones: ‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro... no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra... no os dejéis llamar jefes ni consejeros... uno solo es vuestro Maestro... vuestro Padre del cielo... vuestro consejero, Cristo...’ Y nosotros buscamos títulos y reconocimientos. Y a los sacerdotes nos gusta (¡!) que nos llamen ‘padre’. Qué lejos de lo que nos dice Jesús.
Pidamos al Señor que en la Iglesia entendamos y lleguemos a vivir estas palabras de Jesús. Que siempre sea nuestro estilo el del amor, el servicio, la humildad. Que nos despojemos de nuestros flecos y franjas, de nuestras ostentosidades, lujos y apariencias, tan lejanas del espíritu del Evangelio. Que huyamos de los lugares de honor y de los reconocimientos. Que no temamos despojarnos nosotros, porque de lo contrario serán otros los que nos despojarán como ha sucedido tantas veces en la historia por no vivir el evangelio de Jesús.
Que seamos en verdad la Iglesia pobre y de los pobres, la Iglesia humilde que no lleva dinero en la faja ni busca bastones para el camino. La Iglesia que solo busca a su Señor y se agacha y humilla también haciéndose pequeña y pobre para poder llegar hasta El. Que sean esas las actitudes profundas que tengamos todos en nuestro corazón, pero que las reflejemos en el actuar de nuestra vida.