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viernes, 10 de julio de 2026

Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

 


Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Cuando vamos a encargar a alguien una tarea habitualmente somos entusiastas con aquello que pretendemos y ese entusiasmo tratamos de trasmitirlo a aquellos que van a ser colaboradores nuestros en esa obra; nuestro entusiasmo contagia ilusión, despierta interés, pone ánimo en quienes van a realizar esa tarea, pero también debería haber algo que no tendríamos que ocultar y es el realismo del esfuerzo que tenemos que realizar que nos exigirá incluso sacrificios ni tampoco podemos olvidar las dificultades y contratiempos que podemos encontrar; no seriamos lo suficientemente leales si no lo hiciéramos.

En el texto del evangelio que venimos comentando estos días hemos escuchado como Jesús escoge a doce de entre todos los discípulos a los que constituye Apóstoles, a los que preparará de manera especial para la misión que les va a confiar. Son las recomendaciones que hemos escuchado en estos días de cómo han de realizar su misión y son las palabras en cierto modo duras que hoy le escuchamos. Habla Jesús de las dificultades, no siempre van a ser escuchados y muchas veces rechazados; encontrarán dificultades hasta donde menos se lo piensan como son quizás sus propios familiares o las personas más cercanas; les habla claramente Jesús de que se puede convertir en una persecución por la que incluso serán llevados a los tribunales o incluso odiados por todos.

Pero aunque Jesús les dice que se verán incluso como ovejas en medio de lobos, sin embargo no han de perder la serenidad de su espíritu con la que sabrán actuar con fortaleza pero también con sencillez, con la humildad de quien se siente seguro de la verdad de lo que ofrece, pero también con la astucia de saber encontrar los medios y los modos de que el mensaje no deje de anunciarse. Y es que Jesús les está diciendo que no los deja solos porque su Espíritu estará siempre con ellos; será su Espíritu el que les dará esa fortaleza y esa serenidad incluso en la persecución, pero también con su sabiduría ponga palabras en sus labios para dar testimonio de su mensaje.

Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos nos hacen ver y entender la historia de la Iglesia a través de todos los tiempos; ya lo vemos de forma palpable en el propio relato de los Hechos de los Apóstoles en la historia de aquellos primeros momentos de los cristianos. No fueron siempre carreras de victoria y el hecho está en la historia de martirio de los primeros apóstoles. Pero no ha faltado a través de todos los tiempos como no nos falta hoy. En muchos lugares en que la Iglesia es rechazada y perseguida incluso en países que habían sido debidamente evangelizados.

Pero no nos podemos quedar en pensar en esas situaciones más llamativas sino cómo con la cultura actual se quieren ir socavando esos valores humanos y cristianos que han sido básicos en nuestra civilización occidental y europea queriendo hacer desaparecer todo lo que suene a profundamente religioso y cristiano. Y para eso no tenemos que ir muy lejos porque lo tenemos entre nosotros, en nuestros ambientes y en la manera de actuar de parte de la sociedad que nos rodea.

Las palabras que les decía Jesús a los apóstoles en esta página del evangelio que estamos comentando bien nos viene escucharlas como dichas a nosotros hoy. Es lo que Jesús nos está pidiendo hoy, ese mantener viva y despierta nuestra fe para seguir dando nuestro testimonio con nuestro compromiso y con el anuncio que con nuestra palabra y nuestra vida tenemos que hacer. Nuestro amor y nuestra humildad tienen que resplandecer, pero también el arrojo y valentía de nuestro espíritu porque nada ni nadie nos podrá hacer callar. Sentimos también la fuerza del Espíritu de Jesús que nos anima y nos fortalece.

Son esas luchas también en nuestro interior cuando queremos crecer humana y espiritualmente, pero que nos sentimos tentados de tantas cosas que nos quieren arrastrar a ese materialismo de la vida que parece que todo lo invade. Ahí tenemos que manifestar nuestra rectitud, nuestra madurez y nuestra entereza.

sábado, 11 de abril de 2026

Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

 


Despertemos, vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de cristianos

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117; Marcos 16, 9-15

Hay noticias que no podemos callar. Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo. Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de haber recibido cartas tomándose un buen café.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.

El evangelista Marcos es mi escueto en la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron; hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’.

Es nuestro compromiso de Pascua, es más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que lo centramos en el misterio de Cristo.

Pero la celebración es también Palabra que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.

No nos podemos quedar inertes e impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás llevándoles la buena noticia que hemos recibido.

Hoy el evangelio nos recuerda que ese es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?

jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

 


No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

Esdras 9, 5-9; Salmo Tb. 13; Lucas 9,1-6

¿Seremos capaces de echarnos a la calle para comunicar una buena noticia que hemos recibido a quienes nos vayamos encontrando, o llamar a la puerta de nuestros vecinos para hacerlos participes de esa alegría que hemos recibido?

Recuerdo en mi niñez que en mi tierra eran tiempos de emigración a Venezuela y las cartas de los familiares algunas veces tardaban en llegar, ver la alegría de mi madre cuando recibía noticias de los hijos que tenía en Venezuela entonces cuando recibía una carta y cómo buscaba la manera de compartir con las vecinas cercanas la alegría de las noticias recibidas. Hoy tenemos mejores medios de comunicación pero somos conscientes que de aquellas cosas que nos interesan bien que estamos al tanto de comunicar cualquier cosa buena que nos sucede a nuestros amigos a través de las redes sociales.

Pero ¿seremos tan prontos para compartir lo que nos alegra el alma y la experiencia de nuestra fe a los demás? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar, porque somos capaces de hablar de todas las cosas habidas y por haber, pero transmitir esos sentimientos del alma, esa parte de nuestra vida que es nuestra fe, parece que queremos dejarlo siempre en lo secreto y no tenemos la valentía de transmitirlo a los demás.

¿Cuándo hablamos de nuestra fe a los demás? Reconozcamos que vamos a Misa los domingos junto con otros cristianos y cuando salimos hablaremos de un montón de cosas que nos habrán sucedido recientemente o en la semana, pero comentar el evangelio que hemos escuchado es algo que se queda en el saco escondido, lo mismo que cuando llegamos a casa después de una celebración que estamos más pendientes de cualquier tarea o cosas que tengamos que hacer en el día, pero no de compartir aquella experiencia de fe que hemos vivido en la celebración. Con qué intensidad lo habremos vivido, quizás tendríamos que preguntarnos o si acaso ha sido un rito más que por rutina no queremos dejar de hacer pero sin implicación en la vida. ¿Habrá cobardía a la hora de dar testimonio de nuestra fe?

Escuchemos lo que nos dice el evangelio. Los discípulos de Jesús ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’. Eran parte de aquel grupo de los que seguía a Jesús; pero hoy el evangelio nos habla de cómo Jesús escogió a doce ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ haciéndoles unas recomendaciones de cómo habían de actuar, y ‘los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos’ e inmediatamente se pusieron en camino.

Era algo que habían de realizar con humildad y con disponibilidad; no eran los medios materiales en lo que habían de apoyarse, solo un bastón para el camino, les dice, ni pan en las alforjas y ni dinero en el bolsillo; era solo la fuerza de la Palabra que proclamaban y la disponibilidad de un corazón lleno de amor. ¡Cuantos preparativos nos hacemos muchas veces y en ello se nos va nuestro tiempo y nuestra vida, y al final nos quedamos en casa! ¿Nos estará faltando la alegría de la fe?

Algo nos está fallando a los cristianos hoy cuando el evangelio parece que ya no es buena noticia que tengamos que comunicar. Es más, algunas veces cuando lo oímos nos lo damos por sabido y no lo sentimos como esa buena noticia que hemos de recibir en el hoy de nuestra vida. Si no nos dejamos sorprender por el evangelio en cada momento de nuestra vida parece que ya nada tenemos que comunicar, que trasmitir, que anunciar. ¡Cuánto nos cuesta ponernos en camino! Pero ese mundo enfermo ahí lo tenemos esperando quien lo sane, ese mundo aburrido y cansado porque no recibe buenas noticias que le levanten el animo ahí está a nuestro alrededor y parece que tenemos miedo de ir hasta él.

¿Cuándo nos vamos a despertar los cristianos? ¿Cuándo iremos por el mundo curando enfermos al llevar la buena noticia de Jesús? ¿Cuándo el evangelio va a ser una buena noticia que nos llene de alegría y contagie a nuestro mundo? Muchos medios tenemos en nuestras manos para realizarlo. Pongámonos en camino.

 


domingo, 6 de julio de 2025

‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

 


‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Salmo 65; Gálatas 6, 14-18;  Lucas 10, 1-12. 17-20

Aquello que llevamos en el corazón es lo que vamos a expresar con nuestras palabras, con nuestros gestos y con nuestras actitudes. ¿Cuáles son las conversaciones más espontáneas que nos salen cuando nos encontramos con los demás? Aquello, por ejemplo, que son nuestras preocupaciones. Decimos muchas veces que enseguida cogemos el socorrido tema del tiempo, pero ¿por qué lo hacemos? Porque queremos estar bien, nos molesta el calor o el viento, tenemos miedo de un temporal que se nos pueda venir encima o ansiamos las lluvias para nuestros campos, porque la necesitamos.

Son quizás nuestras preocupaciones más elementales y por eso comenzamos por eso más fácil; pero pronto nos damos cuenta que van a ir surgiendo otros temas de nuestras preocupaciones o de nuestros anhelos, de las cosas dichosas que llenan nuestra vida o de aquellas cosas que nos hacen sufrir. Es la vida, es lo que somos, es lo que llevamos dentro que va a brotar casi de forma espontánea por nuestra boca o por nuestras actitudes.

Cuando entramos en otro ámbito de la vida con mayor profundidad, cuando la fe significa no sólo algo sino una cosa muy importante para nuestra existencia, porque ella encontramos sentido y encontramos valor, hace trascender nuestra vida y lo que hacemos, y eleva nuestro espíritu, nos hace sentir la presencia de Dios y su amor de salvación para nosotros, cuando llevamos de verdad eso en el corazón también tiene que brotar de forma como espontánea en nuestras palabras y en nuestras actitudes y manera de actuar en la vida. Será algo que no podemos callar. Como le decían los apóstoles a los mandatarios de Jerusalén que les prohibían mencionar el nombre de Jesús, hablar de Jesús, no podían callar, tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Eso es lo que tendríamos que hacer en nuestra vida cristiana, eso es lo que tendría que definir de alguna manera nuestra vida cristiana, aquello que llevamos en lo más hondo de nuestra vida tenemos que transmitirlo, tenemos que darlo a conocer, tiene que ser motivo de nuestras conversaciones, de nuestras palabras, de nuestra comunicación con los demás. Pero ¿qué hacemos? ¿En verdad ha sido una experiencia importante para nuestra vida nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor, el sentirnos amados de Dios, la vivencia de nuestras celebraciones? ¿Habrá algo que nos está fallando? Es algo que tenemos que plantearnos con toda seriedad.

El evangelio de hoy nos habla del envío por parte de Jesús de aquellos setenta y dos discípulos que habían de ir por aquellas aldeas y pueblos por donde habría de ir luego también Jesús, haciendo el anuncio del Reino de Dios. Es importante que nos fijemos bien en este evangelio.

No es el envío de los doce apóstoles, es el envío de aquel grupo grande de los que comenzaban a ser sus discípulos para que fueran a transmitir aquello que ellos ya estaban viviendo. No han de hacer grandes cosas; Jesús habla sencillamente de que se sientan acogidos por aquellas casas donde los reciban y con ellos hagan una vida por así decirlo familiar. ‘Quedáos en la casa donde entréis… comed lo que os pongan…’ y su saludo sería siempre un saludo de paz; con esa presencia y esa acogida simplemente tenían que decirles que allí estaba llegando el Reino de Dios. Sí, no era solo el anuncio que tenían que hacer, sino cómo habían de sentirse ellos en aquellos hogares, acogidos y partícipes de lo que aquella gente compartía con ellos, su hospitalidad y su acogida. ¿No son esos signos del Reino de Dios? ¿No estaban viviendo una nueva armonía en aquella acogida y en aquel compartir?

¿Le estará faltando a la Iglesia de hoy esa manera de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo? Pastores que dediquen su tiempo a estar con la gente, a convivir con el pueblo, a sentirse uno con las gentes que les rodean. ¿No tendría que ser eso lo que también resplandeciera en la pastoral de nuestras parroquias y comunidades?

A la vuelta contaron a Jesús cómo los habían recibido y acogido, y venían contentos de la misión que habían realizado. No había habido cosas extraordinarias, pero sin embargo Jesús les dirá que Él veía cómo los espíritus malignos eran arrojados de aquellos lugares. ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo, les dice Jesús. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno’. Donde había aquella acogida y aquel compartir reinaba la paz, la armonía y la convivencia, el espíritu maligno allí no tenía nada que hacer.

¿Será eso lo que nosotros transmitimos a los que nos rodean? ¿Será eso lo que en verdad estamos construyendo en nuestros hogares y familias? ¿Seremos en verdad esos instrumentos de paz y de armonía, trabajando por la buena convivencia en nuestros hogares, entre nuestros vecinos y con aquellos con los que convivimos, o en nuestros lugares de trabajo? En nuestras familias cristianas ¿estará faltando algo de esto tan sencillo de lo que nos habla hoy el evangelio? ¿Se notará en verdad en esos lugares por esa buena sensación de armonía que allí se respira que está la presencia de un cristiano que con sus actitudes está así dando señales del reino de Dios?

No serán necesarias quizás grandes palabras, pero si son importantes nuestras actitudes, esas sensaciones buenas que provocamos con nuestra presencia. Mucho tenemos que hacer. De lo que llevamos en el corazón hablara nuestra vida y será lo que despertemos en los demás.


martes, 27 de mayo de 2025

Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

 


Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

Hechos 16, 22-34; Salmo 137;  Juan 16, 5-11

Las despedidas son siempre costosas y tristes; confieso que a mi es algo que me parte el alma, pero tenemos que afrontarlas en la vida; es una ruptura pero es un arranque, porque se rompen unos lazos creando distancias, es cierto, pero es un arranque porque quien marcha se abre a otros caminos, descubre otros horizontes, se desprende de apegos y ataduras, comienza quizás una libertad nueva; arranque también para quien se queda porque comenzamos a creer más en nosotros mismos y comenzamos también a ver la vida, las cosas, las personas de manera distinta y no dependiendo siempre de nosotros, como confiar en el que marcha con sus posibilidades y sus potencialidades.

Pero como decimos, aunque sepamos todas estas cosas, siempre hay una tristeza que se nos mete en el alma. Cuando hay una despedida por una marcha siempre queremos dejar o queremos que nos dejen un recuerdo, algo que vamos a tener muy presente a nuestro lado para no olvidar a quien marchó. ¡Cuántos recuerdos en este sentido vamos acumulando en la vida!

Es la situación en la que nos encontramos hoy en las páginas del evangelio. ‘Os digo la verdad, nos dice Jesús hoy o le dijo entonces a los discípulos, conviene que yo me vaya’. Andaban tristes porque ellos presentían algo, aunque no habían terminado de comprender todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón’, les dice Jesús. Era consciente del mal momento por el que estaban pasando.

Pero no les va a dejar solo un recuerdo, como nosotros cuando nos despedimos de alguien. Ya les había dejado unos signos diciéndoles que era algo que ellos tenían que hacer, cuando les había lavado los pies. Había dejado el mandamiento del amor, para que aprendiéramos a amar como El nos había amado. Pero ahora promete la asistencia de su Espíritu, que estará siempre con ellos, que les descubrirá todas las cosas, que les hará emprender una tarea nueva con su fuerza.

La Pascua era un arranque para algo nuevo, como antes decíamos, para un mundo nuevo, para una vida nueva. A partir de la Pascua era posible una vida nueva, era necesario que se sintieran firmes y seguros para no derrumbarse en lo que les podía parecer una hecatombe, ni seguir encerrados con sus miedos. Algo nuevo tenía que comenzar y era posible realizarlo, para eso les dejaba su Espíritu. Pero convenía que El marchase, para que sintieran la fuerza del Espíritu, para que se pusieran a caminar abriendo las puertas cerradas por el miedo. Lo vamos a contemplar cuando llegue Pentecostés y ellos se echen a la calle. Es lo que ahora les está anunciando Jesús. Las tristezas había que superarlas y un empuje nuevo iban a sentir en sus vidas.

Pero esto lo escuchamos no solo como algo dicho y sucedido entonces a los apóstoles, sino como una realidad que nosotros tenemos que vivir. Litúrgicamente nos encontramos en las vísperas de la Ascensión del Señor. ¿Una despedida? ¿Un quedarnos apesadumbrados y hundidos por la tristeza simplemente contemplando la marcha de Jesús al cielo? ¿Un ponernos de nuevo en camino?

La promesa de la presencia del Espíritu ahí está claramente en las palabras de Jesús. Es lo que tenemos que esperar, es a lo que tenemos que abrir el corazón, es el comienzo de un nuevo camino porque escucharemos que somos enviados por el mundo para llevar esa buena noticia, y podremos hacerlo, seremos capaces de hacerlo, creemos no solo en nosotros mismos sino en la presencia en nuestro corazón y en el corazón de la Iglesia del Espíritu del Señor.

sábado, 26 de abril de 2025

Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

 


Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15

Hay cosas en la vida que algunas veces nos cuesta creer. Nos sucede con cosas de importancia, pero nos sucede en esas cosas normales de cada día, en esos comentarios que en un momento recibimos de un vecino o de un amigo que nos cuesta alguna cosa que ha sucedido, pero que de alguna manera la vemos inverosímil y nos cuesta aceptarla; poco menos tenemos que palparla con nuestras manos, verla con nuestros ojos, toparnos de frente con ello para que comencemos a creer, desaparezca esa incredulidad en la que nos envolvemos algunas veces como un salvavidas quizás para no complicarnos la vida.

El evangelio de hoy es como un pequeño resumen que nos hace san Marcos de todo lo que significo la Pascua para los discípulos. Aturdidos estaba por todos aquellos acontecimientos del prendimiento de Jesús, su apresurado juicio y condena y su muerte en la cruz. No por mucho anunciado por Jesús estaban preparados para todo aquel acontecimiento; Jesús les había hablado que al tercer día resucitaría, y entre que no sabía ciertamente lo que eso significaba - ¡cuántas preguntas se habían hecho cada vez que les hablaba de ello! – y el no haberlo visto tan pronto y de la manera que ellos imaginaban, todas las noticias que les llegaban les costaba aceptarlas.

Habían tomado como visiones lo que las mujeres en la mañana les habían dicho, no habían creído a María Magdalena que contaba que lo había visto y les mandaba un mensaje, no creyeron a los discípulos que se habían ido al campo, a Emaús, y se habían encontrado con El en el camino; les costaba dar el paso. No les era suficiente lo que los demás contaban. ¿Los creerían a ellos si fueran a los demás también con esa buena noticia?

Era necesario algo más. Era necesario un encuentro. Era necesario vivir su presencia y escuchar en lo hondo del corazón sus propias palabras. Y eso iba a suceder y sería el punto de arranque de algo maravilloso, algo nuevo para ellos mismos, pero que sería algo nuevo para el mundo, sería la buena noticia que tenían que transmitir por todo el mundo, como el mismo Jesús les encargaría.

Los otros evangelistas hablan de diversos encuentros; algunos insistiendo en los encuentros con el Cenáculo y Juan resaltando también el encuentro en Galilea junto al lago de Tiberíades. Marcos nos sitúa este encuentro allí donde están reunidos, probablemente se refiera al Cenáculo. ‘Por último se les apareció Jesús cuando estaban sentados a la mesa…’ nos dice el evangelista.

Confrontando paralelamente lo que los otros evangelistas nos dicen podemos hablar de sorpresa y de alegría, de impulso para ir ya también a llevar esa buena noticia a los demás y de sentirse transformados interiormente porque ahora sí tenían la certeza de la presencia de Cristo resucitado. Como dirían en otra ocasión a la samaritana que les había llevado la noticia de Jesús que le había contado todo lo que había hecho, no creemos por lo que tú nos digas sino porque nosotros mismos lo hemos visto. Así sería la reacción de quienes estaban sentados a la mesa aquel día con la llegada de Jesús. Lo habían visto, habían experimentado su presencia y escuchado sus palabras, de El había recibido también la misión.

No podemos callar lo que hemos visto y oído, porque tenemos que obedecer primero a Dios que a los hombres, dirían los apóstoles cuando desde el Sanedrín, sin saber qué hacer con ellos los habían dejado libres pero prohibiéndoles seguir hablando de Jesús. Pero Jesús los había enviado como testigos hasta el fin del mundo y hasta el fin de los tiempos. No podían callar, aunque no los creyeran – tampoco ellos habían creído al principio a quienes venían con la buena noticia -, aunque les prohibieran hablar de Jesús, aunque también a ellos los encarcelaran y los hicieran sufrir, lo que habían visto y oído tenían que comunicarlo.

Qué importante es esa experiencia viva de fe, no es simplemente en una tradición que luego manifestaremos y expresaremos con algunos rituales, es algo vivo que llevamos grabado en el corazón.

 

viernes, 18 de octubre de 2024

También tenemos que ponernos en camino porque tenemos que contagiar y empapar a nuestro mundo del Salvación que Jesús nos ofrece

 


También tenemos que ponernos en camino porque tenemos que contagiar y empapar a nuestro mundo del Salvación que Jesús nos ofrece

Timoteo 4, 10-17b; Salmo 144; Lucas 10,1-9

Hacer camino no es solo una tarea que tenemos que hacer todos los días porque nos recomiendan que por nuestro bienestar no podemos hacer una vida sedentaria sino que necesitamos caminar, movernos, ejercitar nuestro cuerpo para lograr tener un mejor bienestar. Caminar es salud, nos dicen. Pero ¿no será algo más?

Caminar es una función muy importante de la vida y ya no estamos hablando solo de la vida de nuestro cuerpo. Caminar, ponernos en movimiento forma parte esencial de la vida, que en si mismo tiene que ser siempre crecimiento, pero que necesariamente nos tiene que llevar a salir de nosotros mismos, sí, para ponernos en camino, en camino de búsqueda, en camino hacia el encuentro, en camino hacia la vida misma. No nos encontraremos de verdad con la vida si no salimos y nos ponemos en camino; es descubrir otros mundos y otros pensamientos, es descubrir ese campo en el que tenemos que desarrollarnos, es descubrir el valor de las otras personas y buscamos el encontrarnos con ellas, es descubrir donde encontraremos la plenitud de nuestra vida, es descubrir que tenemos que elevar el punto de mira de nuestra vida para buscar más altas metas, es ponernos en camino hacia lo espiritual que es lo que nos eleva, es camino hacia Dios.

Tenemos un peligro de vivir un sedentarismo, llamémoslo así, espiritual, porque nos da pereza, porque queremos quedarnos en nuestra comodidad, porque nos acostumbramos y nos acomodamos en lo que estamos y perdemos de vista valores superiores que tenemos que buscar, porque tememos el conflicto, la dificultad, incluso la adversidad que podamos encontrar, porque nos llenamos de miedos, y estamos cortándoles las alas a la vida, no estaremos de verdad caminando a esa plenitud a la que estamos llamados, porque todos estamos llamados a crecer.


Hoy nos dice Jesús en el evangelio que nos pongamos en camino. En la fiesta litúrgica de san Lucas evangelista que estamos celebrando hoy se nos propone el evangelio del envío de Jesús de los setenta y dos discípulos que habían de ir porque donde luego El habría de ir también anunciando el evangelio. Es un primer anuncio el que tienen que hacer; y lo harán con su palabra, pero lo harán con el testimonio de su vida. Por eso Jesús los envía en medio de la mayor austeridad, ni alforjas ni pan para el camino, solamente un bastón en la mano para hacer el camino y un poder en su palabra y en su corazón para comenzar a hacer presente el Reino de Dios liberando a todos los oprimidos por el mal. Solo han ha de apoyarse en la fuerza del Señor con ese mensaje de la paz que han de transmitir.

Es también el camino en que nosotros nos hemos de poner, el camino que también hemos de emprender. Como decíamos antes, algo nos faltará a la vida si no sabemos ponernos en camino; no solo ya es ese camino humano que todos hemos de recorrer como personas, como miembros de la sociedad en la que vivimos y que nos lleva a ese crecimiento personal como decíamos. Es el camino que como creyentes en Jesús hemos de saber emprender. Es el envío que Jesús nos hace a nosotros también a ese mundo en el que vivimos, esa sociedad de la que participamos y a la que tenemos que hacer también el anuncio del Reino de Dios.

Nos entenderán o no querrán entendernos, pero el testimonio tenemos que darlo, el camino hemos de recorrerlo, el anuncio tenemos que hacerlo. Porque es anuncio de vida que vamos a hacer desde nuestra vida, en nosotros llevamos también esa fuerza del Espíritu del Señor para transformar nuestro mundo, para curar a nuestro mundo. El poder de Jesús en nosotros está, tenemos que saberlo utilizar; nos mostramos llenos de esa vida y de esa salud (salvación) que Jesús nos ha regalado y la compartimos, la contagiamos a los demás.

Una pregunta quizás tenemos que hacernos, ¿qué le pasa a nuestra vida de cristianos que no somos capaces de contagiar de esa salud al mundo en el que vivimos? ¿Todavía no nos habremos dejado curar del todo por Jesús?

lunes, 29 de enero de 2024

Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

 


Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

2 Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20

¿De qué hablamos con los demás? ¿Qué cosas son las que habitualmente nos comunicamos en nuestras conversaciones? Bien sabemos que las noticias vuelan, y no nos referimos en este momento a las redes sociales o de informática, o como se llamen, con que el mundo está intercomunicado de manera que cualquier cosa que suceda en cualquier lugar del mundo, casi al momento tenemos noticia de ello. Es esa red más familiar o vecinal, que podemos llamar, con las que nos comunicamos las cosas de día a día, de ventana a ventana, o en cualquier lugar de la plaza. Esas ‘comidillas’ en las que nos contamos lo ultimo que le haya sucedido al vecino o al pariente de al lado.

Eso nos trasmitimos cualquier comidilla, vamos a llamarlo así, pero esas experiencias que hemos tenido en nuestro interior, esos planteamientos nuevos que nos hacemos en la vida, esas cosas que hablan de nuestro yo, de nuestros intereses profundos, de las metas que nos proponemos, o de las luces que recibimos que nos hacen mirar la vida de otra manera, hacernos otros planteamientos, no son precisamente cosas que estén en nuestra agenda del día para comunicarnos unos a otros.

Y todos tenemos experiencias hondas en la vida, todos en alguna ocasión hemos tenido un momento de luz en que hemos descubierto algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera. Cuando hablamos entre creyentes, seguro que hemos tenido esas experiencias de fe, de orden religioso o en ese otro ámbito más profundo que nos hace descubrir caminos nuevos, algo por lo que darnos, algo que podemos hacer en bien de los demás. Esas cosas realmente nos las guardamos, no somos muy dados a compartir. Y ahí sí que está el ser de nuestra persona, ahí sí que aparecen cosas fundamentales para nuestra vida. Pero se nos quedan en lo secreto del corazón; para esas cosas sí que nos ruborizamos cuando tenemos que hablar de nosotros mismos.

Yo diría que es la invitación que se nos está haciendo desde la Palabra de Dios. En el relato del evangelio vemos que Jesús con los discípulos en la barca ha llegado a una región donde en el fondo no es bien recibido. Es la región de los gerasenos, en la Decápolis, aunque limitando con Israel es zona de gentiles, de no judíos.

Allí hay un hombre, que además está causando también muchos problemas a la población. Poseído por un espíritu inmundo, en expresión que se suele emplear, vive como un loco en los cementerios, y causando mucho daño a la población. Al llegar a Jesús aquel espíritu del mal se enfrenta a Jesús. No vamos a entrar en detalles que ahora no nos son tan necesarios, pero que hemos visto en la lectura del evangelio, y finalmente Jesús libera a aquel hombre de aquel espíritu maligno. Será de una piara de cerdos de la que se apodere el maligno para hacer que se despeñen ladera abajo y se ahoguen todos los cerdos en las aguas del lago. Al ser advertida la población de lo que sucede, le rogarán a Jesús que se vaya a otra parte. Quizás se había puesto en peligro su economía con la pérdida de la piara de cerdos – lo que indica que no eran judíos – y veían comprometida incluso su subsistencia con la presencia de Jesús, por no entender el signo que Jesús había realizado.

Jesús no se impone, porque El siempre lo que va haciendo es una oferta de amor, y marcha Jesús a otros lugares. Es aquí donde aparece de nuevo aquel hombre liberado por Jesús que quiere seguirle. Pero Jesús le dice que no, que vaya a anunciar a los suyos lo que Dios ha realizado en su vida. Aquella experiencia que El ha tenido del amor de Dios en su vida hay que hacerla conocer a los que le rodean. La gente no había sabido ver el significado del signo de Jesús y por eso le rechazan. Será necesario que alguien desde lo que ha vivido, desde su propia experiencia del actuar de Dios en su vida quien habrá de hacer el anuncio.

¿No será eso lo que nosotros tendríamos que comenzar a hacer? Como solemos decir, ¿hablamos de nuestra fe? Pero hablar de nuestra fe no es sermonear a la gente con doctrinas teológicas, con palabras rebuscadas, con conceptos que hayamos aprendido en el catecismo.

Hablar de nuestra fe es decir en lo que creemos, dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero desde lo que es la experiencia que tengamos en nuestra vida, de esa presencia de Dios que hemos descubierto en nosotros, en lo que nos sucede o a nuestro alrededor. Es poner el testimonio de nuestra vida donde nos sentimos amados de Dios, y no solo porque lo digamos, sino porque estaremos reflejando en nuestra vida algo distinto desde que hemos tenido esa experiencia de Dios en nosotros.

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Cuando anunciemos el evangelio del Reino nos nos preocupemos de hacer cosas brillantes sino ayudar a ese encuentro de la persona en tú a tú con Jesús

 


Cuando anunciemos el evangelio del Reino no nos preocupemos de hacer cosas brillantes sino ayudar a ese encuentro de la persona en tú a tú con Jesús

Esdras 9, 5-9; Tb 13, 1b-2. 3-4a. 4bcd. 5. 1; Lucas 9,1-6

Nos suele pasar cuando vamos a viajar y sobre todo cuando somos principiantes; pensamos que vamos a necesitar tantas cosas que llenamos las alforjas de multitud de cosas que luego casi nos van a ser un estorbo, voy a necesitar esto, me va a hacer falta aquello otro y comenzamos a meter y meter cosas en la maleta que solo nos van a cargar pesos innecesarios.

Esto que estamos diciendo nos puede servir de imagen para muchas cosas que tenemos que hacer en la vida. Hacemos múltiples previsiones, nos trazamos no se cuantos planes, parece que tenemos los objetivos muy claros, y pensamos cómo tenemos que hacerlo, los pasos que tenemos que dar. Está bien eso de las planificaciones en la vida, proyectos, objetivos, medios, etc... que tenemos que tener en cuenta. Pero cuidado que con tantas planificaciones nos olvidemos de lo importante del mensaje que tenemos que transmitir, pero nos olvidemos, lo que es peor, de la humanidad con que hemos de ir a los demás y hasta nos olvidemos que con personas con las que tratamos que también tiene su dignidad y merecen todo nuestro respeto.

Me hago esta consideración a partir de lo que nos dice hoy el evangelio, del envío de los discípulos que hace Jesús para que vayan a anunciar el Reino de Dios. ¿Qué es lo que tienen que realizar? ¿Cómo ha de ser ese anuncio del Reino de Dios?

Nos da unas pistas o pautas muy claras del evangelio que hemos escuchado. Van a ir al encuentro de unas personas a las que han de manifestar lo que son las señales del Reino de Dios. Serán los signos del amor los que han de resplandecer en sus vida; por eso les habla de poder y autoridad sobre los espíritus inmundos y que puedan curar a los enfermos. Es el derroche del amor la mejor señal, el mejor signo de lo que en verdad es el Reino de Dios que llega.

No es importante las cosas que puedan llevar podríamos decir que como apoyo a la labor que han de realizar, sino que lo importante ha de ser el encuentro con esas personas. No tienen que pensar en unas alforjas pesadas recargadas de cosas, unas sandalias para el camino, y ni han de preocuparse de llevar bastón ni dinero en la faja, ni túnicas de repuesto. Allí donde les reciben, allí se hospedarán, porque lo importante es ese encuentro con las personas.

Y nosotros que nos preocupamos de tantas cosas con nuestras planificaciones y con los medios de los que nos dotamos. Podemos olvidar lo más importante y entonces no estaremos dando las señales del Reino de Dios en nuestro mundo. Queremos parecernos a los poderosos de este mundo dando también así tantas veces una imagen de poder y nos olvidamos que la Buena Nueva ha de ser anunciada a los pobres.

¿Será por algo así por lo que no se hace creíble en el mundo de hoy el mensaje de la Iglesia, el mensaje del evangelio? De muchas cosas tenemos que despojarnos para vivir esa pobreza evangélica y para hacer con esos medios pobres el anuncio del Evangelio. Demasiado nos hemos ido acomodando para presentarnos con la grandeza de los poderes de este mundo. Solo necesitamos llenarnos del amor, impregnarse del amor de Dios, empaparnos de la vida de Jesús para que en verdad podamos ser sus signos.

Confieso que cuando veo esas manifestaciones religiosas que nos hemos creado me pregunto si esas imágenes de Jesús que presentamos tan recargadas de ricos mantos y de múltiples joyas tienen mucho que ver con el Jesús del Evangelio. Nuestras gentes se nos quedan en esos momentos de fervor de un día de fiesta, pero no se están encontrando con el Jesús del Evangelio, aquel que caminaba por los caminos de Palestina y enviaba a sus discípulos sólo con los signos del amor para que así anunciaran el Reino de Dios.

¿Sentiremos de verdad la preocupación y el deseo de llegar al encuentro con esas personas para mostrarles los verdaderos signos del Reino de Dios? A lo mejor nos preocupamos de hacer cosas muy brillantes y bonitas pero no estamos logrando ese encuentro de tú a tú de las personas con Jesús.

Muchas preguntas se agolpan en mi interior sobre lo que he hecho y lo que estoy haciendo hoy para anunciar la Buena Nueva que Jesús viene a traernos.


martes, 11 de abril de 2023

También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

 


También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Al final podrá María Magdalena correr hasta donde están los discípulos, aún encerrados después de todo lo sucedido, para anunciarles que ha visto al Señor. Pero le ha costado muchas lágrimas. Había estado al pie de la cruz como de las primeras, muy valiente en aquellos momentos difíciles. Le había visto exhalar el último suspiro y había estado muy atenta del sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús. No había podido hacer otra cosa en el día del sábado porque el descanso sabático le impedía realizar el trabajo que tanto estaba deseando.

Ella también quería ser de las primeras que aquel primer día de la semana, pasado ya el sábado y la noche, para venir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero allí no estaba. ¿Se lo habían robado? ¿Quién había tenido tal atrevimiento? Otros evangelistas nos hablaran de las mujeres que habían vuelto y de camino Jesús les había salido al encuentro, o de Magdalena corriendo para anunciar a los discípulos que se habían robado el cuerpo de Jesús – ya lo meditaremos en otro momento – pero Lucas nos habla ahora de María Magdalena, llorosa, a la entrada del sepulcro. Los ángeles que les habían anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús y que no buscasen al que estaba vivo en el reino de la muerte, le preguntan ahora a María Magdalena por qué llora.

No hay otra obsesión en la cabeza de quien tanto había amado a Jesús, porque también tanto se había visto perdonado en su encuentro con Jesús. Repetirá una y otra vez la misma cantinela, ‘porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Ella quería estar con Jesús. Estaría dispuesta incluso a llevarse el cuerpo muerto de Jesús para darle sepultura allí donde ella pudiera estar siempre a su lado, tanto es la fuerza del amor.

Será lo que repite a quien ella cree que es el encargado del huerto. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Está dispuesta a todo. Pero sus lágrimas le han sellado los ojos como para no reconocer con quien está hablando. Cuando nos obsesionamos con nuestras angustias, ciegos y sordos nos volvemos. Hasta lo que era lo más palpable, aquello que siempre habíamos creído y que incluso nos había valido para consolar a otros, ahora de nada nos sirve porque nuestra mente se ha bloqueado.

¿No te he dicho que si crees todo será posible?, le diría un día a Jairo cuando marchaban a su casa y le traían malas nuevas. Es el grano de fe que mueve montañas. Es el grano de fe que nos hará ver las maravillas del Señor. Es lo que le pide a Marta y a María cuando ellas sienten la pena de que Jesús no había estado con ellas en los momentos de la enfermedad y la muerte de su hermano. Te he dicho que si crees vivirá, les dice. Es la fe que va pidiendo a cuantos se acercan a El a lo largo del evangelio. Tú fe te ha salvado. Y no nos podemos dejar envolver por las tinieblas. El centurión romano se siente incluso incapaz de ir por si mismo a pedir a Jesús por su criado, pero cuando se entera que viene Jesús le saldrá al encuentro para reconocer humilde que no es digno de que Jesús vaya a su casa, pero cree en la palabra de Jesús que con solo una palabra puede salvarle.  

Ahora será una palabra la que va a despertar a María Magdalena, le va abrir los ojos porque cesarán ya para siempre sus lágrimas. ‘María’, le dice Jesús. No es necesario más. ‘Maestro’, exclamará la Magdalena y ya la vemos a los pies de Jesús. Se acabaron las tinieblas que velaban sus ojos, se acabaron las angustias que le embargaban el corazón, se acabaron las lágrimas porque ahora todo será alegría y fiesta, ya se podrá quedar aletargado al pie del reino de la muerte sino que correrá a anunciarlo a los hermanos. ‘He visto al Señor, y me ha dicho esto’.

Despertemos nosotros a esa fe, salgamos de nuestro letargo para escuchar también esa Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Nos llama por nuestro nombre y nos envía también al encuentro con los hermanos para hacerles el anuncio de la Palabra de Jesús. Es lo que tenemos que seguir anunciando aunque la gente no nos crea. Quizás muchos nos mirarán con lástima o con desdén cuando nosotros estos días hablamos de la resurrección de Jesús y como nosotros estamos llamados a esa resurrección y a esa vida. Le es más fácil a las gentes del mundo de hoy el creer en reencarnaciones que creer en la resurrección de Jesús y hasta querrán que cambiemos la palabra, porque, nos dicen, tenemos que adaptarnos a los tiempos modernos.

No es cuestión ni de adaptaciones ni modernismos. Nosotros vamos con la experiencia del encuentro vivo con Cristo resucitado como lo hemos vivido en estos días de la semana santa y sobre todo en la noche de la vigilia pascual. Es sentir que Jesús está vivo en esa vida nueva que estamos sintiendo allá en lo más hondo del corazón. Escuchamos también, como Magdalena, esa voz del Señor que nos habla, que nos llama por nuestro nombre, que se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestra existencia toda, por lo que nos sentimos impulsados a algo nuevo, por lo que sentimos esa nueva paz interior.

También pasamos por momentos de lágrimas y de angustias, pasamos por momentos de sentirnos unos bellacos a causa de nuestro pecado, de sentirnos rotos por dentro y sin encontrar salidas para nuestras tinieblas, pero con la presencia de Cristo resucitado en nuestras vidas todo es distinto, hay de verdad una luz que nos guía, hay una fuerza interior que nos impulsa, hay una paz que llena e inunda nuestro corazón porque nos sentimos amados, porque nos sentimos perdonados, porque nos sentimos con esa túnica nueva con que el Padre quiere vestirnos.

Y haya sido lo que haya sido nuestra vida, como María Magdalena a la que Dios había perdonado sus muchos pecados, podemos también hacer el anuncio que nadie nos podrá acallar, es verdad, ha resucitado el Señor.

martes, 18 de octubre de 2022

Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

 


Allí donde estemos tiene que aparecer ese espíritu misionero que ha de haber en nosotros desde que creemos en Jesús, así que pongámonos en camino

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Ponerse en camino… es fácil decirlo, pero uno se lo piensa. ¿A dónde vamos? ¿Con qué contamos para el camino? ¿Sabremos hacer el camino? ¿Quién nos acompaña? ¿Tendremos fuerzas para llegar a la meta que nos proponemos? Y comenzamos a darle vueltas y vueltas, queriendo prepararlo todo, tenerlo todo bien atado para que nada nos falle, para que no fracasemos. ¿Será aquello de quien quiere levantar una torre primero tiene que ver si tiene las posibilidades de acabarla? ¿Tendremos que andar con esos cuidados antes de ponernos en camino?

Solo los arriesgados se lanzan poco menos que a ciegas, porque quieren la aventura. Están los deseos de llegar a otros sitios y conocer otros lugares y otras personas; está la curiosidad de lo que está más allá y ahora permanece oculto pero que podemos conocer; estará también la voluntad de querer llevar lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida para que quienes están más allá puedan conocernos o conocer cuales son los ideales que podamos tener en la vida.

¿Nos atreveremos a ponernos en camino? De alguna manera en la vida siempre andamos en camino, conscientes o no, siempre estamos queriendo ir a otro sitio, encontrarnos con otras personas, conocer lo que hay mas allá; y entramos en relación con las personas que nos vamos encontrando en el camino, y vamos aprendiendo unos de otros… estamos poniéndonos en camino de una forma o de otra.

Pero nos estamos haciendo todas estas consideraciones porque hemos escuchado hoy en el evangelio que Jesús nos pone en camino. Pero, tremendo desconcierto; Jesús rompe de alguna manera nuestros esquemas, porque nos dice que no llevemos nada para el camino, lo imprescindible para caminar; que no andemos buscando previamente donde quedarnos, sino allí donde vamos nos tenemos que dejar acoger por quien nos abra las puertas de su casa y comer lo que tengan y nos pongan. Pero sí nos dice que no es un camino cualquiera el que vamos a hacer, porque vamos a llevar un mensaje, vamos con unas actitudes nuevas en nuestro corazón porque es un mensaje de paz el que hemos de llevar, porque con nuestras actitudes, con nuestra manera de actuar estaremos haciendo presente el Reino de Dios.

Esa es la maravilla de este texto del evangelio, de este envío que nos hace Jesús. Ponernos en camino. Y tenemos que llevar la paz, aunque nos encontremos un mundo en guerras y divididos; tenemos que ir con disponibilidad del corazón y espíritu abierto para dejarnos acoger, pero también para ir de un sitio para otro si en algún lugar no nos reciben bien pero nunca con resentimientos en el corazón y siempre con el anuncio claro de lo que vamos a llevar, el anuncio del Reino de Dios.

Decíamos que en la vida estamos siempre de camino, ¿pero seremos conscientes del envío que nos hace Jesús y de lo que en cada momento tenemos que hacer? Nos ponemos en camino para tantas cosas, curiosidades como decíamos antes, o chismorreos los unos de los otros que más bien crean división y no fomentan la paz. Tenemos que ser conscientes de que allí donde vamos, allí donde estamos siempre hay una misión que cumplir, un anuncio que hacer, un testimonio que dar.  Cuánto de bueno podríamos estar haciendo en cada momento si fuéramos más conscientes de lo que es nuestra misión como cristianos en medio del mundo.

Allí donde estás, en los ambientes en que te mueves, con los vecinos con los que convives cada día, ¿no tenemos un anuncio que hacer? ¿Dónde está el espíritu misionero que desde que creemos en Jesús siempre tiene que haber en nuestra vida?

domingo, 3 de julio de 2022

Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

 


Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

Isaías 66, 10-14c; Sal 65; Gálatas 6, 14-18; Lucas 10, 1-12. 17-20

En todos los ámbitos de la sociedad nos solemos encontrar con semejantes problemas; aunque a veces pueda dar la sensación de que la gente tiene ganas de participar en la vida de la sociedad y nos encontramos con variadas iniciativas en el movimiento social, sin embargo en la general a la gente le cuesta implicarse, participar, formar parte de grupos de trabajo en el ámbito social; como se suele decir muchas, somos siempre los mismos. Y sin embargo tendríamos que ser conscientes de que la sociedad la constituimos todos y todos tendríamos que implicarnos más en su construcción.

Hoy el evangelio nos está invitando a esa implicación, a esa generosidad y disponibilidad por nuestra parte para ofrecer nuestro tiempo, nuestra presencia, nuestro trabajo, nuestras iniciativas en ese camino. Aunque el evangelio incide principalmente en ese anuncio del evangelio al que Jesús envía a aquellos setenta y dos discípulos escogidos de entre todos los seguidores de Jesús, creo que entendemos que tiene que ser la implicación que en todos los ámbitos de la sociedad hemos de tener todos.

Jesús en su subida a Jerusalén, en la que está inmerso el relato del evangelio de Lucas que vamos escuchando, va enseñando a sus discípulos cuál ha de ser su tarea, la respuesta que han de aprender a dar a la misión que Jesús a todos les va a confiar. Parece este pasaje como un adelanto del envío final que Jesús hará en su Ascensión de sus discípulos por todo el mundo para el anuncio del evangelio. Ahora les envía a aquellos lugares cercanos en donde Jesús ha de ir presentarse como buena noticia y que ahora a sus discípulos les toca abrir caminos.

Pero antes del envío Jesús hace una constatación para lo que invita también a orar a sus  discípulos. La tarea es inmensa, ‘la mies es mucha pero los obreros son pocos, rogad al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies’.

La tarea es inmensa constatamos nosotros hoy también; pero no solo pensamos quizás en esa falta de sacerdotes, de vocaciones especiales a esa tarea misionera en la Iglesia y en el mundo, tantos agentes de pastoral – catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, agentes de movimientos cristianos de la familia, de la juventud… - tan necesarios en nuestras comunidades, sino que constatamos quizás también que falta la presencia de cristianos auténticos ahí en medio de esa sociedad, testigos en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en la diferentes profesiones donde es necesario que brille la luz del evangelio; serán médicos cristianos, serán maestros cristianos, serán periodistas cristianos, serán empresarios cristianos, serán profesionales bien marcados por el sentido cristiano que ahí en su medio y en su lugar sean testigos, den testimonio del nombre de Jesús para hacer brillar la luz del evangelio, el Reino de Dios.

‘Poneos en camino’. Es la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar. ¿No fue ese el primer anuncio que hicieron los ángeles allá en los campos de Belén a la hora del nacimiento de Jesús? y es que quienes nos vamos a sentir envueltos por el mensaje de Jesús un mundo nuevo tenemos que construir donde brilla paz porque brille el amor y la justicia; un mundo donde brille la paz porque desaparecen las vanidades y las falsedades de la vida para vivir en autenticidad nuestro ser humano como personas; un mundo donde brille la paz porque desterramos las violencias y los odios para vivir una auténtica reconciliación.

Nos pide Jesús que vayamos con la pobreza de nuestros pobres medios porque nada vamos a imponer sino a contagiar desde la autenticidad de nuestras vidas. Algunas veces pensamos que desde la imposición de unas leyes o de unos preceptos vamos a conseguir un mundo de justicia y de paz, pero es desde la transformación de nuestros corazones desde podemos lograrlos en verdad. Vamos a ofrecer no solo una palabra, sino el testimonio de una vida; vamos con el anuncio de la paz, pero no vamos a imponer la paz; vamos con la disponibilidad de nuestro corazón donde también sabremos aceptar lo bueno que recibamos de los demás.

‘Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

¿Sentiremos en verdad la urgencia del anuncio del Evangelio en nuestro mundo? ¿En qué medida somos capaces de comprometernos? ¿Somos conscientes de que tenemos que ser una Iglesia misionera en medio del mundo hoy también? ‘Poneos en camino’, nos está pidiendo Jesús hoy.