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viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


lunes, 29 de enero de 2024

Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

 


Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

2 Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20

¿De qué hablamos con los demás? ¿Qué cosas son las que habitualmente nos comunicamos en nuestras conversaciones? Bien sabemos que las noticias vuelan, y no nos referimos en este momento a las redes sociales o de informática, o como se llamen, con que el mundo está intercomunicado de manera que cualquier cosa que suceda en cualquier lugar del mundo, casi al momento tenemos noticia de ello. Es esa red más familiar o vecinal, que podemos llamar, con las que nos comunicamos las cosas de día a día, de ventana a ventana, o en cualquier lugar de la plaza. Esas ‘comidillas’ en las que nos contamos lo ultimo que le haya sucedido al vecino o al pariente de al lado.

Eso nos trasmitimos cualquier comidilla, vamos a llamarlo así, pero esas experiencias que hemos tenido en nuestro interior, esos planteamientos nuevos que nos hacemos en la vida, esas cosas que hablan de nuestro yo, de nuestros intereses profundos, de las metas que nos proponemos, o de las luces que recibimos que nos hacen mirar la vida de otra manera, hacernos otros planteamientos, no son precisamente cosas que estén en nuestra agenda del día para comunicarnos unos a otros.

Y todos tenemos experiencias hondas en la vida, todos en alguna ocasión hemos tenido un momento de luz en que hemos descubierto algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera. Cuando hablamos entre creyentes, seguro que hemos tenido esas experiencias de fe, de orden religioso o en ese otro ámbito más profundo que nos hace descubrir caminos nuevos, algo por lo que darnos, algo que podemos hacer en bien de los demás. Esas cosas realmente nos las guardamos, no somos muy dados a compartir. Y ahí sí que está el ser de nuestra persona, ahí sí que aparecen cosas fundamentales para nuestra vida. Pero se nos quedan en lo secreto del corazón; para esas cosas sí que nos ruborizamos cuando tenemos que hablar de nosotros mismos.

Yo diría que es la invitación que se nos está haciendo desde la Palabra de Dios. En el relato del evangelio vemos que Jesús con los discípulos en la barca ha llegado a una región donde en el fondo no es bien recibido. Es la región de los gerasenos, en la Decápolis, aunque limitando con Israel es zona de gentiles, de no judíos.

Allí hay un hombre, que además está causando también muchos problemas a la población. Poseído por un espíritu inmundo, en expresión que se suele emplear, vive como un loco en los cementerios, y causando mucho daño a la población. Al llegar a Jesús aquel espíritu del mal se enfrenta a Jesús. No vamos a entrar en detalles que ahora no nos son tan necesarios, pero que hemos visto en la lectura del evangelio, y finalmente Jesús libera a aquel hombre de aquel espíritu maligno. Será de una piara de cerdos de la que se apodere el maligno para hacer que se despeñen ladera abajo y se ahoguen todos los cerdos en las aguas del lago. Al ser advertida la población de lo que sucede, le rogarán a Jesús que se vaya a otra parte. Quizás se había puesto en peligro su economía con la pérdida de la piara de cerdos – lo que indica que no eran judíos – y veían comprometida incluso su subsistencia con la presencia de Jesús, por no entender el signo que Jesús había realizado.

Jesús no se impone, porque El siempre lo que va haciendo es una oferta de amor, y marcha Jesús a otros lugares. Es aquí donde aparece de nuevo aquel hombre liberado por Jesús que quiere seguirle. Pero Jesús le dice que no, que vaya a anunciar a los suyos lo que Dios ha realizado en su vida. Aquella experiencia que El ha tenido del amor de Dios en su vida hay que hacerla conocer a los que le rodean. La gente no había sabido ver el significado del signo de Jesús y por eso le rechazan. Será necesario que alguien desde lo que ha vivido, desde su propia experiencia del actuar de Dios en su vida quien habrá de hacer el anuncio.

¿No será eso lo que nosotros tendríamos que comenzar a hacer? Como solemos decir, ¿hablamos de nuestra fe? Pero hablar de nuestra fe no es sermonear a la gente con doctrinas teológicas, con palabras rebuscadas, con conceptos que hayamos aprendido en el catecismo.

Hablar de nuestra fe es decir en lo que creemos, dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero desde lo que es la experiencia que tengamos en nuestra vida, de esa presencia de Dios que hemos descubierto en nosotros, en lo que nos sucede o a nuestro alrededor. Es poner el testimonio de nuestra vida donde nos sentimos amados de Dios, y no solo porque lo digamos, sino porque estaremos reflejando en nuestra vida algo distinto desde que hemos tenido esa experiencia de Dios en nosotros.

sábado, 25 de junio de 2016

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19; Sal. 73; Mateo 8, 5-17

‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús. Un centurión que tenia enfermo un criado a quien apreciaba mucho acude con fe a Jesús rogándole: ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Y ya vemos la postura de Jesús. ‘Voy yo a curarlo’. Más tarde le veremos llegar a casa de Simón y se encuentran que la suegra de Pedro está enferma y Jesús adelantándose hacia ella, le tiende la mano y se le pasó la fiebre. Luego serán multitud de enfermos que con sus dolencias acuden a Jesús e imponiéndoles las manos los cura.
Jesús que quiere llegar a nosotros, allí donde está nuestro dolor y sufrimiento, allí donde quizá hemos perdido las esperanzas, allí donde nos parece que andamos perdidos y postrados en nuestras angustias o en nuestras esclavitudes, allí donde todo nos parece oscuro porque nos parece que no sabemos encontrar una luz que nos ilumine. Jesús viene con su luz, nos llena de vida, nos levanta de nuestras postraciones e invalidases, hace revivir de nuevo en nosotros la esperanza, nos hace encontrar el camino, despierta nuestra fe.
Sí, es necesario despertar la fe, una fe que nos dé total confianza, una fe que ilumine de nuevo la vida, una fe que nos haga recuperar nuestra dignidad, una fe que nos pone en camino, una fe que nos abre al amor y al servicio.
El centurión no se siente digno pero no ha perdido la fe. Es más desde la indignidad que siente que hay en su vida acude con más fe a Jesús. ‘Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano’. Sabe que Jesús puede hacerlo y lo hará. No es judío, es un pagano, sabe su indignidad, conoce bien lo que eran las costumbres de los judíos y cómo no querían entrar en la casa de los paganos, pero tiene fe en Jesús, cree en su palabra.
Es cierto que Jesús vendrá rompiendo moldes y barreras, porque quiere hacer recuperar la dignidad de todos, y está dispuesto a ir a la casa de aquel pagano. Pero el centurión sabe que no es necesario porque cree en la palabra de Jesús. Y Jesús alabará su fe, y hasta la pondrá de modelo para los demás, porque llegará el momento que esas barreras se rompan y como dice Jesús ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y sentarán en la mesa del Reino’.
Vayamos con fe a Jesús; dejemos que Jesús llegue a nuestra vida. No temamos nuestra indignidad porque Jesús nos ama y nos salva, y nos cura, y nos llena de nueva vida. Pero aprendamos de Jesús a llevar vida, a llegar a la vida de los demás, a llevar la luz de Jesús a los otros, a poner esperanza en sus vidas. En el nombre de Jesús tenemos la misión de ir a curar a nuestro mundo, allí donde esta el mal tenemos que poner bien, allí donde brotan los odios y se rompe la paz tenemos que poner amor y hacer que reine la concordia. El pone esa tarea en nuestras manos.

lunes, 22 de septiembre de 2014

La luz de la fe que solo nos guardamos para nosotros mismos se nos echará a perder, ni iluminará a los demás ni servirá para nosotros

La luz de la fe que solo nos guardamos para nosotros mismos se nos echará a perder, ni iluminará a los demás ni servirá para nosotros

Prov.3m 27-35; Sal. 14; Lc. 8, 16-18
Supongamos que un grupo de personas va en una noche oscura y sin ninguna luz por un camino lleno de dificultades y tropiezos, como solían ser nuestros caminos en otros tiempos en nuestras zonas - bien lo sabemos las personas mayores - pero una de esas personas lleva una linterna o un farol pero que utiliza solo en provecho propio porque solo quiere iluminar sus pasos, no permitiendo ni ayudando para que el resto pudiera beneficiarse de dicha luz. ¿Qué pensaríamos de una persona con un comportamiento así egoísta? Seguro que hasta se lo recriminaríamos porque no sería justo que actuara así dejando que las otras personas tropiecen, se pongan en dificultades o hasta pueda peligrar su integridad.
Lo vemos claro, seguramente. Pero, ¿no será eso lo que estamos haciendo cuando guardamos nuestra fe solo para nosotros y no somos capaces trasmitirla y hacer partícipes a otros de riqueza y de la luz de la fe? Aquí tendríamos que decir que igual que una luz que encerramos mucho, la ocultamos y la cubrimos no nos sirve para nada y al final tenemos el peligro de que la ahoguemos y se apague, así nos puede suceder con la luz de nuestra fe. Una fe que no se trasmite es una fe que se ahoga y tiene el peligro hasta de perderse, porque le estamos mermando o quitando su hondo sentido.
De eso nos ha hablado hoy Jesús en el Evangelio. ‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entren tengan luz’. La luz es para iluminar, para que nos ayude a caminar o a encontrar el rumbo del camino, para que nos haga ver las cosas y no tropecemos en los obstáculos, para que podamos admirar la belleza de los colores o sepamos orientarnos en lo desconocido. No ocultamos la luz; la ponemos en el lugar oportuno, bien alto para que pueda iluminar a todos.
Es lo que tenemos que hacer con nuestra fe. No nos podemos contentar con que nos ilumine a nosotros sino que tenemos que procurar que ilumine también la vida de los demás. Cuando aun no hemos llegado a descubrir que no nos la podemos guardar para nosotros sin compartirla con los demás, sin comunicarla a los otros, significa que algo aun le falta a nuestra fe para que sea verdadera, que aun tenemos que madurarla mucho más.
Y ya sabemos que cuando no la maduramos lo suficientemente bien tenemos el peligro que se nos dañe, se nos eche a perder o incluso lleguemos a perderla. Experiencias conocemos de personas que nos parecían quizá de mucha fe o muy religiosas, pero un día vimos que se fueron enfriando, fueron dejando atrás cosas importantes en la vivencia de esa fe y hasta llegaron a vivir como si no la tuvieran; es señal de que esa fe no se había madurado lo suficiente, se había podido quedar solo en apariencias, o la habíamos vivido de una forma egoísta.
Por eso tanto se nos habla del compromiso misionero de nuestra fe; por eso cuando reflexionábamos hace unos días sobre la parábola del sembrador no solo pensábamos en como nosotros ser buena tierra que acogiera esa semilla, sino decíamos que también era una llamada para que ayudáramos a los demás a ser buena tierra que acogiera esa Palabra y se dejaran iluminar también por ella.
Es el compromiso de ser luz para los demás. Es el mandato que le escuchamos en otro momento del Evangelio a Jesús que nos dice que tenemos que ser luz del mundo, reflejando siempre esa luz de Cristo.

La linterna no la podemos querer para nosotros solos y solo ilumine nuestros pasos, sino que la luz tenemos que hacer que llegue a los demás y aproveche a todos. Es el envío misionero que Jesús nos hace. Es lo que nos recuerda hoy el evangelio cuando nos dice que la que se enciende en el candil hay que ponerla, no debajo de la cama, sino en el candelero bien alto para que ilumine a todos. La luz de la fe que solo nos guardamos para nosotros mismos se nos echará a perder, ni iluminará a los demás ni servirá para nosotros.

jueves, 23 de julio de 2009

Abuelos y abuelas, maestros de sabiduría y valentía


Celebración del día de los Abuelos
reflexión-homilía pronunciada
en un Hogar de Ancianos
de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Se adelantó a este día la celebración
por razones organizativas del Centro


Celebramos el día 26 de Julio a san Joaquín y santa Ana, los padres de María, la Virgen, la Madre de Jesús. Nada nos dice la Biblia sobre ellos; simplemente nos dejamos llevar por una tradición que arranca del siglo II que los señala como los padres de la Virgen. Cercana a donde estaba situado el templo de Jerusalén hoy hay una antigua Iglesia que nos habla de santa Ana y se nos señala allí como el lugar del nacimiento de María, luego sería el lugar de la casa de Joaquín y Ana.
No nos vamos a entretener en tradiciones o leyendas sobre los padres de María, sino simplemente considerar qué dicha ser los padres de la que iba a ser la Madre de Dios. Pero sí se me ocurre una cosa y es pensar que si en María vemos una fe tan grande, una humildad tan profunda o un amor tan exquisito y generoso, por fijarnos sólo en algunas virtudes. ¿por qué no podemos pensar en los padres que le dieron tal educación, supieron trasmitirle tal fe y corona tan preciosa de virtudes?
Claro que eso tendría que hacernos reflexionar en cómo hoy se está trasmitiendo de generación en generación esa fe y esos valores cristianos. Desgraciadamente sabemos que en nuestro tiempo esa cadena de transmisión de la fe y de los valores y virtudes cristianas se está rompiendo. Por distintas influencias y razones ya en nuestros hogares se han ido perdiendo esas vivencias religiosas y el materialismo de nuestra vida moderna ha ido sustituyendo esos valores espirituales y cristianos.
No nos podemos quedar en lamentaciones y lloros sino que tenemos que saber buscar remedio a esas situaciones y quien tiene viva y encendida esa lámpara de la fe no la podría dejar apagar sino que más aún tiene que buscar la forma de contagiar de esa luz a los demás.
Ahí está esa labor insustituible de los abuelos cristianos en el ámbito de la familia para, con todo respeto, sí, pero con firmeza y valentía dar el testimonio contagioso de esa fe y de esos valores cristianos a las generaciones que nos siguen.
El Papa os llama a vosotros abuelos y abuelas, queridos ancianos y ancianas, ‘fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad’.
¡Cuánta sabiduría de la buena encerráis en vuestras vidas! ‘Maestros de sabiduría y valentía, os dice el Papa Benedicto XVI, que trasmiten a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual’.
‘Pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas’. ¡Cuánto podríamos comentar de estos aspectos!
Abuelos y abuelas, ancianos y ancianas, considerad bien todo esto que os llama el Papa porque además eso os está diciendo cuánto vale vuestra vida. No os sintáis arrinconados por la vida. Ocupáis un lugar importante en la sociedad, aunque algunos lo quieran ocultar, y mucho podéis ofreceros de la rica experiencia de la vida. Muchas cosas nos podéis transmitir.
No perdáis la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Lo peor que podéis hacer es encogeros y arrinconaros en un rincón pensando que solamente ahora os toca esperar que os llegue la hora de la muerte. Eso de ninguna manera. Tenéis vida y, aunque ahora no tengáis la fuerza física de vuestro cuerpo como en otro tiempo, sí podéis tener una fuerza espiritual muy grande y que es más importante que la fuerza física. Poned ilusión, vida, esperanza, vigor interior, amor en todo lo que hacéis.
Sabed ser agradecidos, primero que todo a Dios, que podéis vivir acogidos en centros como este recibiendo el cariño de cuantos os rodean. Nosotros, los que estamos a vuestro alrededor, queremos agradecer también ese cariño que os dais y queremos aprender de vosotros muchas cosas.
Pensad también que estar aquí es una gracia especial del Señor para que reavivéis vuestra fe y vuestra práctica religiosa, algunas veces quizá olvidada o dejada a un lado. Porque no olvidéis también que con vuestra fe y vuestras oraciones estáis haciendo un bien muy grande a la Iglesia. La Iglesia os ofrece esa acogida y cariño que las Hermanitas os dispensan así como de todo el personal de este centro. Pero vosotros estáis dando también un tesoro grande a la Iglesia y mucho más aún quizá podéis ofrecer.
Abuelos y abuelas os queremos, estad seguro de ellos, y os digo también, os necesitamos, necesitamos de vuestro cariño, de vuestra experiencia y de vuestra sabiduría de la vida.