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sábado, 16 de noviembre de 2019

Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama




Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama

Sabiduría 18,14-16;19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
A los amigos les gusta encontrarse y unos buenos amigos siempre tienen cosas que contarse; se pasan horas y horas en la tarde o en la noche, cuando ocasionalmente se encuentran o cuando se buscan por los medios de comunicación y hoy por las redes sociales para contarse lo que les sucede, lo que son sus preocupaciones o los sueños de su vida. Malo es cuando unos amigos no tienen de qué hablar, no tienen nada que contarse, porque eso puede significar que se ha enfriado la amistad, que comienzan a haber distanciamientos y esa amistad si no se cuida tiene el peligro de perderse, de morirse.
Lo mismo podríamos decir de dos personas enamoradas, como se buscan y como les agrada estar juntos, para soñar juntos, para expresarse su cariño y su amor, para ir construyendo una vida en común. Siempre tienen de qué hablar, en sus corazones no se guardan secretos, siempre hay algo nuevo que decirse, algo nuevo que comunicarse, o un proyecto en común que realizar. Si algo necesita cualquiera de los dos, ya sabe con quien contar, aunque el otro en su amor y en el conocimiento mutuo que se tienen ya casi de antemano sabe cuales son sus necesidades.
Son experiencias que vivimos en la vida. Cosas que expresan esa mutua relación desde la amistad y desde el amor. Casi no es necesario hablar de ello, porque será algo que habremos experimentado de una forma u otra en la vida. Pero si hoy me he entretenido en esta pequeña descripción es porque todo esto me hace preguntarme muchas cosas de nuestra relación con Dios. Y con todo esto de base quizás tendríamos que preguntarnos por qué nos cuesta tanto hablar con Dios, relacionarnos con Dios, hacer nuestra oración porque es la forma como llamamos a esa relación con Dios.
De entrada en nuestra fe más simple y elemental hablamos y decimos que Dios es nuestro padre, ¿cómo es que no tenemos de qué hablar con Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto perseverar en la oración? Y seguimos profundizando algo más en el evangelio recordamos que Jesús nos llama amigos, ¿pero vivimos en verdad una relación de amistad con Jesús con todas aquellas características, por ejemplo, que hablábamos de los amigos a los que les gusta encontrarse y que siempre tienen tiempo para hablar y hablar y contarse cosas y contar el uno con el otro? ¿Nos estará fallando algo en nuestra fe y en nuestro amor a Dios? ¿Por qué nos falla tanto nuestra oración? ¿Habremos perdido ese sentido de comunión y de amistad en nuestra relación con el Señor?
Hoy en el evangelio se nos dice que Jesús nos propone una parábola para explicarnos como debemos orar siempre y sin desanimarnos. Y nos habla de la viuda que acude a un juez para que se le haga justicia, pero aquel juez no le hace caso hasta que por la insistencia de aquella mujer, al menos para quitársela de encima finalmente le hará justicia. El ejemplo no es el de aquel juez inicuo que de ninguna manera podemos comparar con Dios, sino el ejemplo está en la perseverancia de aquella mujer. Así nuestra oración, perseverante porque cuando acudimos a Dios acudimos con la confianza de los hijos y con la confianza de que Dios nos ama.
¿Queremos más motivos para nuestra oración? Sabemos que Dios es un padre que nos ama y la razón del amor es la mayor motivación. Por eso podía llegar a decir santa Teresa de Ávila, nuestra gran mística que tanto sabía de oración, aquello de que ‘orar es tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama’. Es cuestión de amor, de amistad de la más grande; es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios y queremos amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

jueves, 14 de noviembre de 2019

El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón


El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón

 Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Algunos piensan que vivir intensamente la vida es simplemente dejarse llevar por lo que nos vaya apareciendo en la vida cada día, el capricho de cada momento, la pasión que se despierta en un momento determinado sin saber encontrar una profundidad en si mismo que le dé valor, profundidad, sentido a aquello que vamos viviendo.
Solamente ponerse a cantar o hacer que surja una carcajada en cualquier momento o ante cualquier cosa no es precisamente el mejor signo de felicidad, si dentro de nosotros no sentimos una satisfacción honda que no pueda borrarse con cualquier sombra. La apariencia eterna se puede quedar vanidad, simplemente disfrutar por la epidermis de la vida es quedarnos en lo superficial y lo externo, tenemos que saber buscar algo más hondo, darle verdadera profundidad a la vida.
Esto puede convertirse en un sentido de vida que nos deja vacíos. La superficialidad nos dejará siempre insatisfechos. La madurez y la grandeza de la persona no se miden por lo externo sino por lo que llevamos dentro, que por supuesto también tiene que manifestarse en las obras que realizamos o en nuestra manera de actuar y de comportarnos. Claro que el hombre maduro siempre tendrá hambre de más, pero hambre de todo aquello que le dé plenitud a su ser.
Y nos puede suceder en nuestra vida religiosa, en nuestra vida de fe, en lo que queremos que sea realmente nuestra vida cristiana. No será el recitar mecánicamente unas oraciones lo que nos hará sentir a Dios y encontrarnos con Dios; no es una religiosidad superficial que solo se contenta con ritos la mejor manera de alabar a Dios; no es una vida de vanidad que se queda en manifestaciones externas lo que expresa realmente una vida cristiana. Tenemos que aprender a ir a lo hondo del corazón que va a engrandecer todo lo que hagamos y todo lo que vivimos.
Hoy escuchamos en el evangelio que quienes van con Jesús le preguntan cuando se va a manifestar el Reino de Dios. Jesús había hablado desde el principio del Reino de Dios que llega, había ido enseñando con su doctrina, con sus parábolas y ejemplos la señales de ese Reino de Dios para lo que había que convertirse, darle la vuelta al corazón, pero ellos aun estaban esperando manifestaciones externas y espectaculares. Para ellos el Reino de Dios se quedaba en un reino mesiánico de poder y de liberación de fuerzas opresoras externas; en aquel momento el Reino era recuperar la soberanía de Israel liberándose de la opresión de los romanos.
Jesús les dice que ese no es el camino; que el Reino de Dios tienen que encontrarlo dentro de ellos mismos. Y es que el Reino de Dios era reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y es comenzar a vivir unos valores que tienen que nacer desde lo más hondo del corazón. No era una paz externa impuesta desde la fuerza y desde el exterior, sino era la paz que tendrían que saber encontrar dentro de si mismos liberándose de todas aquellas cosas que les hicieran perder la paz. Era el camino que tendrían que seguir, era la purificación exigida, era la conversión del corazón que Jesús desde el principio pedía.
Es lo que ahora nosotros también tenemos que empezar a comprender, porque seguimos teniendo la tentación de lo superficial y de lo externo y de no saber dar esa profundidad a nuestra vida, a nuestra vida de fe, a nuestro sentir cristiano, a todo aquello que hacemos y que vivimos que comporta todo lo que es relacionarnos con los demás, como también los compromisos más hondos que tengamos desde nuestras responsabilidades, pero también del compromiso que tenemos que vivir con nuestro mundo, con todo lo que nos rodea.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas




Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19
¿Alguna vez hemos tenido la experiencia de que alguna persona se haya acercado a nosotros y nos haya pedido que tengamos piedad de ella? No sé qué me podéis responder. Seguro que la experiencia si la hemos tenido no haya sido muy agradable o placentera; es duro tener enfrente de nosotros a alguien que se ve abrumado por problemas, por necesidades, por enfermedades o carencias de algún tipo y que se sienta tan hundido como para tener la humildad y la valentía de llegar a pedirnos socorro de esa manera.
Pudiera sucedernos por otro lado que nos hayamos insensibilizado tanto como que no haga mella en nosotros, nos hagamos los oídos sordos, o no seamos capaces de ver la realidad. En este caso si la situación es dura más duro se ha puesto nuestro corazón y necesitamos despertar de alguna manera. Porque a nuestra puerta o a nuestro paso por la calle nos encontramos tantas veces personas que nos tienden la mano, que nos susurran quizá porque no se atreven a decirlo más alto, que nos miran con una mirada que habla por si sola, y quizá, reconozcámoslo pasamos de la largo, no queremos oír lo que nos puedan decir no porque su susurro sea tan débil sino porque hemos cerrado inmisericordes los oídos.
Mientras iba escribiendo esta reflexión me di cuenta que mi perrito estaba a mi lado echado en el sillón y dormido, al menos con los ojos cerrados; se me ocurrió acercar mi mano a su hocico sin llegar a tocarlo, pero ya antes de que mis dedos se acercaran abrió los ojos para mirarme y ver qué hacía. Parecía dormido, pero su sensibilidad le hacía sentir lo que pasaba a su lado y abrió los ojos. Y pensé, nosotros vamos con los ojos abiertos por la vida, tendríamos que ver pero nuestra insensibilidad es tal que no reaccionamos por grande que sea la cosa que está sucediendo delante de nosotros. Ojos abiertos, pero dormidos. Despertemos. Creo que nos vale este ejemplo.
Hoy el evangelio nos habla de la sensibilidad de Jesús. Iba de camino, atravesaba Samaria, su meta era llegar a Jerusalén seguramente para la fiesta de la pascua. Y al paso del camino, aunque en la lejanía porque no se les permitía acercarse un grupo de diez leprosos estaban con sus gritos pidiendo compasión. Jesús podía seguir de largo, porque estaban lejos, porque su meta era solamente hacer el camino para llegar a Jerusalén y nada debía detenerlo, pero Jesús se detuvo. Ya conocemos el resto y muchas consideraciones nos hemos hecho en torno a este evangelio.
Me quiero quedar hoy en esta consideración. Caminamos por la vida con nuestras metas, nuestras rutas, nuestros objetivos, nuestros quehaceres y no queremos detenernos. Algunas veces solo necesitamos escuchar, porque lo que el otro necesita es que lo escuchen, pero nuestros oídos están cerrados, a nuestra vida le hemos puesto un cerco de obligaciones, de ocupaciones, de rutas, de metas, de trabajos que ya no sabemos detenernos. Quizá nos creemos muy responsables porque cumplimos muy bien con todas esas obligaciones y cumplimos con nuestras rutas y nuestros objetivos. Pero ¿no habrá que salirse de la ruta para ver esas miradas, para escuchar esos gritos, para poner sensibilidad en nuestro corazón?
Creo que no es necesario decir mucho más sino tener abierta la sintonía del evangelio.

martes, 12 de noviembre de 2019

Es hora de preguntarnos qué más podemos hacer desde mi compromiso social y desde el compromiso de mi fe para que no sea una vida vacía y sin sentido


Es hora de preguntarnos qué más podemos hacer desde mi compromiso social y desde el compromiso de mi fe para que no sea una vida vacía y sin sentido

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10
Es cierto que tenemos que ser agradecidos y por la corrección en el trato entre unos y otros aunque lo que recibamos de los demás sea algo que en estricto derecho nos corresponde sin embargo siempre hemos saber mostrar nuestra gratitud hacia aquella persona que nos lo haya resuelto. Son las buenas maneras de educación y corrección que siempre hemos de tenernos mutuamente.
Pero también hemos de reconocer que vivimos en una subcultura, podríamos llamarla, de la propina que nos sentimos obligados a dar a cualquiera que nos preste algún servicio, aunque en justicia sea algo que esa persona tiene que hacer pues es su responsabilidad; un camino fácil hacia cierta corrupción que vemos que aparece por todas partes. Era su deber resolvernos aquel problema, porque ese es su trabajo por el que por otra parte está recibiendo también un salario. Era lo que tenia que hacer, tendríamos que reconocer, tendríamos que decir y salvo esa corrección de urbanidad y buen trato, nada más le debemos. Pero ya sabemos que quien por su propia función tiene que realizar unas tareas poco menos que nos exige unos reconocimientos que ya sabemos donde pueden terminar.
Todo esto tendría muchas concreciones en lo que hacemos cada día, en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones, en lo que desde el sentido más humano y de responsabilidad ante la vida y ante la sociedad en la que vivimos tendríamos siempre que estar dispuestos a realizar.
Que yo me sienta corresponsable del mundo en el que vivimos, de esa sociedad concreta donde realizamos nuestra vida y sienta en mi mismo el compromiso de hacer algo por los demás, de implicarme en compromisos concretos a través de esos instrumentos que nos creamos para ir mejorando ese mundo en el que estamos, no lo tendría que hacer buscando unos halagos o unos reconocimientos humanos, que me cuelguen unas medallas o levanten monumentos en mi honor. Es lo que tendríamos que hacer, es lo que desde mi conciencia y compromiso social yo me siento llamado a hacer, es el granito de arena que me siento comprometido a poner.
Bien sabemos cómo en nuestra sociedad hay gente que hace muchas cosas buscando unos reconocimientos o que les cuelguen unas medallas, cuando no unos beneficios palpables y ya sabemos de qué índole, pero también quienes se inhiben porque no sienten nada en su conciencia que moralmente les lleve a realizar muchas cosas que podrían hacer y que nos beneficiaría a todos; que lo hagan los que tienen cargos para eso, suelen decir, ¿qué es lo que yo voy a ganar con esos sacrificios dedicando mi tiempo sin que reciba nada a cambio?
Pero también sabemos cuantas personas calladamente, sin hacerse notar, siempre están con la preocupación de lo que puedan hacer por los otros, por la sociedad en la que viven, o por esas personas con problemas y necesidades que siempre encontramos en nuestro entorno. Nunca quizá serán reconocidas, porque ellas tampoco lo buscan, sino que sienten en si mismas que es lo que tenían que hacer.
Me surgen estas reflexiones desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Un ejemplo y una imagen que nos propone Jesús conforme quizás a las costumbres de su época pero que es en este sentido de lo que venimos hablando de lo que quiere enseñarnos.  
Lo aplicamos también al ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana, al ámbito eclesial donde vivimos esa fe y ese compromiso cristiano y creo que por una parte hemos de hacer un reconocimiento de cuantas personas viven un compromiso muy concreto en tantos servicios en el seno de la comunidad eclesial: voluntarios de cáritas, visitadores de enfermos, catequistas, personas que en tantos ámbitos, en tantos grupos en nuestras parroquias ofrecen su tiempo, su dedicación, su trabajo en los servicios de la comunidad cristiana. Es lo que sienten que tienen que hacer, es el compromiso de su fe y de su amor, es el servicio a los demás como expresión de ese amor cristiano que tiene que brillar en nuestras vidas.
Es hora también de preguntarnos, entonces, ¿Qué más puedo hacer yo? ¿En que compromiso voy a realizar mi vida? ¿Cuál es la riqueza que yo puedo aportar y que me daría un sentido y un valor nuevo a mi vida? ¿Seguiré viviendo una vida vacía porque no soy capaz de dar nada por los demás? Preguntas que quedan en el aire.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado



Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado

 Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6
Hay ocasiones en que parece que todo se nos hace cuesta arriba y las dificultades van en aumento y nos sentimos como sin fuerzas para avanzar, para alcanzar la cima, las metas; ocasiones en que nos cuesta entender por qué son las cosas así, o también no comprendemos las metas que se nos proponen que nos parecen altas e inalcanzables, o que los planteamientos que se nos hacen superan nuestras fuerzas y nuestra capacidad. Gritamos, entonces, pidiendo ayuda, cuando no sentimos la tentación del abandono pensando que eso supera nuestras posibilidades y no es para nosotros. Muchas veces quizá nos hayamos podido encontrar en una situación semejante en diferentes aspectos de la vida.
Algo así se sintieron los discípulos cercanos a Jesús cuando escuchaban sus planteamientos. Conocemos cómo en una ocasión, allá en la sinagoga de Cafarnaún muchos comenzaron a dejar de seguirle porque decían que aquella doctrina era muy dura. Ahora los discípulos cercanos a Jesús piden que les aumente la fe.
Había hablado Jesús de una forma radical de los escándalos y de aquellos que hacían daño a los demás, pero les hablaba de algo que podía tocarle muy de cerca a todos que era el tema del perdón. Recordamos que ya un día había preguntado a Jesús si había que perdonar hasta siete veces, pensando que con eso ya se era suficientemente generoso. En el sermón del monte Jesús había hablado de no solo perdonar sino de amar a los enemigos y rezar por aquellos que te hacen daño. Ahora les dice que si un hermano peca y reincide una y otra vez y una y otra vez viene a pedir perdón hay que perdonarlo siempre. Que no tenemos que ser obstáculo sino ayuda, y aquel que quiere dar pasos y lo intenta una y otra vez hay que ayudarlo, porque tenemos que tener una capacidad de comprensión y de amor en nuestro corazón como Dios lo tiene con nosotros.
Claro que humanamente esto nos cuesta; nos cuesta entender los esfuerzos de los demás; nos cuesta entender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra; nos cuesta entender las caídas de los demás porque quizá no nos damos cuenta de nuestras propias caídas, de nuestros propios tropiezos que siempre lo vamos haciendo en la misma piedra como si fuéramos cegatos. Digo que humanamente nos cuesta, pero es que es de humano el comprender, porque es contar con nuestra propia debilidad, porque es saber caminar al lado del otro que tropieza no para echárselo en cara sino para ayudarlo a levantarse, el creer en el otro aunque lo veamos débil, porque vemos en él reflejada nuestra propia debilidad.
Y esto no siempre lo sabemos hacer; y vamos por la vida demasiado justicieros porque al que la hace la paga que decimos; porque nos volvemos inhumanos con los demás y lo que queremos es hacer caer el peso de la ley sobre los otros; porque no somos lo suficientemente misericordiosos porque no hemos aprendido a saborear de verdad lo que es la misericordia que Dios nos tiene.
Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado, que de verdad nos sintamos hermanos que caminamos juntos y nos ayudamos a hacer el camino, a subir la montaña, a llegar hasta la meta.
Es cierto que como los discípulos también tenemos que pedir ‘auméntanos la fe’, pero que nunca abandonemos, nos echemos para detrás, nos sintamos vencidos a causa de nuestras debilidades, y que sepamos tener esas buenas sintonías con los demás.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lucas 20, 27-38
No sé si estaremos en el mundo de hoy muy lejos de algunas cosas en las que no creían los saduceos. Nos decimos en un mundo cristiano pero quizá pueda haber muchas cosas del evangelio que no las tenemos muy claras, de las que dudamos o que muchas veces las obviamos quizá desde una pereza espiritual e intelectual para no meternos en asuntos o en temas que nos parecen controvertidos.
Sobre el tema de la muerte o del más allá algunas veces no queremos ni hablar; desde ciertos temores o desconfianzas, desde conceptos que venimos arrastrando quizá siglos y siglos, desde un tenebrismo misterioso que lo envuelve todo, pero quizá mantenemos nuestros ritos funerarios, al menos formalmente, visitamos los cementerios quizá muchas veces angustiados en recuerdos y hasta en cierto modo en culpabilidades que no sacamos a la luz, pero realmente detrás de todo eso ¿hay verdaderamente una esperanza de vida eterna y de resurrección?
Hemos de reconocer que hacemos unas mezclas de ritos cristianos, porque decimos que hay que rezar a los muertos o por los muerto, nos imaginamos quizás unos lugares como etéreos donde están como flotando los espíritus, pero poco quizá pensamos en la vida eterna y la resurrección. Y aunque recitamos el credo cuando vamos a misa o en nuestras oraciones particulares quienes las mantienen, pero esos artículos finales de la confesión de la nuestra fe nos pasan desapercibidos en su sentido, porque mientras nuestros labios hablan de resurrección y de vida eterna, en lo más hondo de nosotros mismos es en lo menos que pensamos.
¿Nos hacemos quizá una religión de muerte y nos creamos un dios de la muerte? Aunque no lleguemos a expresarlo con palabras así, en nuestra manera de vivir, en la esperanza o poca esperanza que ponemos en lo que vamos realizando en la vida, algo de eso puede haber dentro de nosotros. Realizamos quizás unos ritos cristianos pero los valores que han de sustentar nuestra vida y que surgen de la fe que tenemos no aparecen demasiado claros en el sentido que le damos a lo que hacemos.
Veamos por un lado la apatía con que vamos viviendo la vida, el poco sentido de trascendencia que le damos a lo que hacemos y también, ¿por qué no? preguntémonos como nos preparamos para ese momento final de la vida que es la muerte, o como ayudamos a nuestros seres queridos en ese trance, que más bien siempre preferimos ocultar para que no se angustien, decimos. ¿No le decimos al Sacerdote que “confiese” – en el sentido de administrar los sacramentos -  a nuestros seres queridos que están a punto de fallecer cuando ya no se den cuenta? ¿Hay verdadera fe en Dios? ¿Hay autentica esperanza de un encuentro con el Señor en quien vamos a vivir para siempre? ¿Deseamos en verdad sentir el perdón de Dios que nos salva para poder vivir esa vida en Dios?
Muchas experiencias vienen a mi mente, duras y dolorosas, de quienes rechazaban o trataban de disimular u ocultar la presencia del Sacerdote junto a sus familiares gravemente enfermos, pero también otros duras pero que te dejaban una paz grande en el alma cuando el enfermo rodeado de sus familiares de una forma más o menos consciente según las circunstancias recibía la gracia del Sacramento dándose el caso de expirar con una paz tremenda durante o al final de la celebración que estábamos realizando; con dolor y emoción, como no podía ser menos, pero con mucha paz se sentían también los familiares en ese momento porque era algo que estaban viviendo con una profunda fe y esperanza cristiana poniendo en las manos de Dios a su ser querido.
Hoy hemos escuchado en el evangelio la casuista en cierto modo absurda e inhumana que plantean los saduceos a Jesús para negar la resurrección. Jesús, por así decirlo, no entra al trapo con lo que le plantean sino quiere dejar claro que Dios no es un Dios de muertos sino de vida. Es la esperanza que se manifiesta en la primera lectura – a pesar de que es un texto del Antiguo Testamento – en aquellos jóvenes macabeos que son martirizados por su fe y fidelidad al Dios de la Alianza pero haciendo una admirable confesión de fe y esperanza en el Dios en quien saben que tendrán vida para siempre. ‘Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna’, confiesan valientemente.
Pero todo esto tiene que traducirse en el día a día de nuestra vida. Es lo que nos hará mantenernos íntegros y fieles frente a un mundo que nos promete una felicidad pronta y fácil pero también bien efímera. No es que no deseemos ser felices mientras hacemos el camino de la vida, pero cuando el temor de Dios está en nuestros corazones porque le amamos y porque queremos mantenernos en fidelidad no nos dejamos seducir por tantos cantos de sirena que nos prometen y prometen o que nos ofrecen caminos corruptos para alcanzar esos sueños de felicidad.
La rectitud de nuestro corazón, el amor la verdadera justicia, el mantener la paz en nuestro interior porque nos dejamos seducir por esos señuelos, nos van a dar una mayor felicidad, una felicidad en plenitud que podremos gozar en Dios. Es vivir con esperanza.
Por eso digo que esa fe y esa esperanza nos darán un sentido y un valor a cuanto hacemos, sabiendo además que tenemos la fortaleza del Espíritu para mantener esa fe y esa fidelidad. Cuando hay verdadera esperanza cuánta paz sentimos en el corazón.