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viernes, 4 de abril de 2025

Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

 


Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Yo te conozco, yo sé de donde eres, conozco tu familia… así habremos dicho más de una vez queriendo ratificar, a nuestra manera, nuestro conocimiento de una persona. O le recordamos a la persona que sabemos de donde procede, porque de pequeño quizás sus padres vinieron a vivir en nuestro pueblo y ahora ya lo consideramos de aquí; o decimos al paso de unas personas que son extranjeros, que vienen de tal o cual país, o son unos emigrantes que se han buscado la manera de venirse a nuestra tierra buscándose un futuro, una vida mejor.

Pero ¿conocemos, solo por eso, de verdad a esas personas? ¿Qué sabemos de su manera de pensar, por ejemplo? ¿Cuáles son sus ilusiones o sus metas en su vida? ¿Qué es lo que hay detrás de esa fachada externa que es lo que nosotros vemos y por lo que estamos queriendo identificarlas? ¿Nos quedaremos solo en la fachada externa o algunas cosas que le hemos visto hacer? Nos tendría que hacer pensar para ver cuales son los criterios por los que juzgamos a las personas, qué es lo que realmente valoramos en esas personas, o qué están aportándonos quizás para nuestra propia vida.

Un planteamiento que nos vale para muchas cosas en la vida y en nuestras relaciones con los demás; un planteamiento también para el ámbito de nuestra fe. No nos podemos quedar en fachadas, tenemos que ir a algo hondo en nuestra vida; no es un vestido o un uniforme que nos ponemos por fuera, tiene que llegar a lo más hondo de nuestra vida; por eso el conocimiento que tenemos de Jesús es importante que se convierta en vida para nosotros.

En estos momentos en que prácticamente estamos a finales de la Cuaresma, muy cercana ya la Pascua, el evangelio nos va presentando aquella situación, podríamos decir, de enfrentamiento de aquellos que no querían aceptar a Jesús y que terminarían en su prendimiento y su muerte. Hoy nos habla el evangelio – quizás el texto no tiene tanta relación con la pascua pues hace referencia otra fiesta judía, pero de alguna manera con las mismas consecuencias – que Jesús se había quedado en Galilea mientras otros habían subido a Jerusalén para la fiesta de la tiendas; ya se rumoreaban los planes de prendimiento de Jesús y por eso le vemos que Jesús sube finalmente pero como en privado.

Sin embargo se lo van a encontrar por las calles de Jerusalén o en el templo y algunos se preguntarán si es que ya los dirigentes han aceptado a Jesús pues no han procedido a su prendimiento. Y es cuando Jesús hablando a los que estaban en su entorno nos habla del verdadero conocimiento que de El habría de tenerse y que era precisamente lo que no todos aceptaban.

‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

No era solamente decir que era de Galilea y de allí procedía, o a lo más que había nacido en Belén, porque era de la familia de Judá, como nosotros celebramos en la Navidad, o que era el  hijo del carpintero y que sus familiares estaban allí en Nazaret y todos conocían. Eso eran circunstancias externas, podíamos decir, la pantalla exterior, como decía que era un profeta que había surgido en Galilea, donde principalmente había realizado su predicación y sus milagros.

Es mucho más lo que tenemos que reconocer en Jesús y que es lo que hoy nos está diciendo y ya lo hemos escuchado repetidamente nosotros estos días. ‘Yo no he venido por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía’, nos dice Jesús hoy. Enviado del Padre que habla las palabras del Padre y que realiza las obras del Padre, como tantas veces nos ha dicho y nosotros habremos meditado en muchas ocasiones.

Es así cómo comprenderemos el misterio de Jesús. Es así como el Evangelio de Juan nos dirá que es la Palabra que estaba en Dios y que era Dios, palabra que puso su tienda entre nosotros, que por nosotros se encarnó para levantarnos a nosotros y hacernos a nosotros participes también de esa vida de Dios haciéndonos también hijos de Dios.

Es Emmanuel, Dios con nosotros, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen y que por nosotros murió y resucitó como confesamos en el Credo. No podemos perder esa dimensión de nuestra fe porque es el principio de nuestra vida.

Es ahí donde tenemos que ahondar en el conocimiento del Misterio de Dios que en Jesús se nos manifiesta. ¿Ahondaremos lo suficiente en nuestra fe?

martes, 11 de octubre de 2022

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

 


Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Dicen que hay que cuidar mucho la presentación. Nos lo decían de estudiantes cuando teníamos que presentar un trabajo, en el que por supuesto teníamos que preocuparnos del contenido, porque eso era lo esencial, pero nos decían también que la presentación puntuaba. Algunas veces podíamos descuidar los contenidos preocupándonos excesivamente de la presentación.

Cuidamos en la vida mucho la presentación y no solo ya de las cosas, sino que nosotros mismos, porque nos cuidamos de no dar mala imagen; hay quien se preocupa hasta el exceso de vestidos y tocados, de combinaciones de colores que estén a juego, o de la buena cara que tenemos que poner y así no sé cuantas cosas. Hoy que nos relacionamos mucho por las redes sociales y solo nos conocemos por aquella imagen que demos con la fotografía que pongamos, o con los mensajes que trasmitamos, hay gente que te dice ya de entrada apenas te ve una ve que está muy bien, que le gustas, que quiere ser amigo tuyo, y no sé cuantas cosas más.

Pero ¿podremos conocer a las personas así a lo tan ligero? ¿No podría suceder como con aquellos trabajos de los que hablamos al principio esta introducción en que se nos decía que teníamos que cuidar la presentación, pero quizás nosotros nos olvidábamos del contenido que tendría que tener nuestro trabajo? ¿Andaremos muchas veces con demasiada superficialidad, solo desde lo externo sin llegar a conocer de verdad el corazón de las personas? Estas cosas tendrían que darnos para pensar. ¿Qué es lo que realmente buscamos?  ¿Qué es lo que de nosotros mismos estamos ofreciendo a los demás?

Cuando no somos capaces de darle profundidad a nuestra vida nos volveremos quisquillosos para con los demás; nuestra mirada se vuelve también superficial; nos quedamos en la vanidad de las apariencias pero al mismo tiempo nos volvemos crueles en nuestro juicio de los otros. Aquello que no somos capaces de tener en nosotros mismos sin embargo quizá se lo exigimos a los demás y lo criticamos en los otros. Por eso hemos de tener mucho cuidado con los juicios que hacemos, porque quizás nos estamos delatando de la pobreza y del vacío que llevamos y que hay dentro de nosotros.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que alguien invita a Jesús a comer a su casa. Parece una cosa buena, pero la actitud que lleva en su interior le está delatando porque pronto se pone a hacer juicio de la manera de actuar de Jesús. ‘Se sorprendió de que Jesús no se lavara las manos antes de comer’. Era, parece, lo importante para él, que podía estar incluso por encima de aquel gesto de hospitalidad que estaba ofreciendo por otra parte a Jesús al invitarle a comer. ¿Qué era realmente lo más importante en aquel momento? ¿Importaba la persona a la que estaba acogiendo en su casa o era más importante el rito de lavarse las manos en sus afanes purificatorios? ¿No está manchando realmente su corazón con aquel juicio que en su interior estaba haciendo del mismo Jesús?

Jesús lo desenmascara. Le dais más importancia a lavar los vasos y los platos por fuera que lo que pueda haber en el interior, le viene a decir Jesús. La presentación, pero no el contenido, como decíamos antes. Jesús le da más importancia al contenido del corazón. ‘Dad limosna de lo que lleváis dentro, y lo tendréis limpio todo’, les dice Jesús.

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros, y de ahí vendrá el respeto y la valoración que tengamos de los demás, ahí estaremos descubriendo también toda la riqueza interior que puede tener el otro y que nos enriquece a nosotros también.

viernes, 29 de mayo de 2020

Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada


Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada

Hechos 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando entretejemos la vida con los hilos y el tejido del amor será algo que lleguemos a vivir casi espontáneamente y prácticamente no es necesario hacer continuas declaraciones de amor y de amistad, porque será algo que fluye por si mismo. No necesita el amigo estar preguntando siempre al otro si es amigo y si siente aprecio por él porque los gestos, la cercanía y la preocupación que sienten el uno por el otro lo está diciendo todo. No sería necesario que continuamente un hijo le pregunte a su padre o a su madre si lo quiere cuando tantos son los signos del amor de unos padres por sus hijos continuamente a lo largo del día.
Sin embargo y sin querer retractarme de lo dicho hasta ahora en el mantenimiento de ese amor o de esa amistad habrá muchos momentos en que no son suficientes los signos que realicemos sino que también hemos de expresarlo con palabras. ¿Me quieres? Preguntará acaso la madre a su hijo en momentos en que se expresa ese cariño, como el amigo expresará cuanto es el aprecio que siente por su amigo y lo dichoso y feliz que se siente con su amistad. Necesitamos expresar también con palabras nuestro amor y nuestra amistad que pueden sonar a un sello fuerte con el que queremos confirmar lo que sabemos que llevamos por dentro.
¿Conocía Jesús el corazón de Pedro? No solo en su visión divina y sobrenatural podríamos decir, sino humanamente después de aquel camino de años que habían hecho juntos Pedro no podía engañar a Jesús manifestando otra cosa que lo que llevaba en su corazón. Muchas porfías de amor había hecho Pedro por Jesús al que quería seguir hasta dar la vida por El, aunque muchas fueran también sus debilidades como para quedarse dormido en Getsemaní o negar que conociera a Jesús como sucedería en el patio del pontífice. Tres veces le había negado como ya se lo anunciara Jesús.
Ahora se había lanzado al agua cuando Juan le susurrara que el que estaba en la orilla era el Maestro y allí estaba a los pies de Jesús queriendo, por así decirlo, remediar sus errores y debilidades anteriores. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ No había sido una sola vez la que preguntara Jesús sino que se había repetido hasta tres veces el interrogatorio. Ya Pedro no sabia que responder. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Pero no nos vamos a quedar en Pedro. ¿Será la pregunta que nos haga Jesús a nosotros también? Estamos finalizando la Pascua y esta pascua que este año ha tenido unas especiales circunstancias. Ha sido básicamente todo el tema de la pandemia con la crisis sanitaria y social que se ha provocado y que a todos nos ha afectado de una forma o de otra.
Pero las circunstancias especiales en que nos hemos visto obligados a vivir con este confinamiento social ha podido tener y ha tenido también sus repercusiones en la expresión religiosa de nuestra vida cristiana cuando nos hemos visto privados de nuestras celebraciones litúrgicas, contentándonos acaso en seguir por radio, televisión u otros medios de las redes sociales dichas celebraciones. Y es cuando nos preguntamos cuál ha sido nuestra reacción y nuestra respuesta, hasta donde ha llegado el nivel de nuestra fe tratando de encontrar otros cauces, otros medios para no perder la intensidad de la vivencia del misterio pascual.
Ha sido quizá como vernos desnudos cuando se ha quitado todo lo externo y esto no ha obligado a ir a lo que tiene que ser siempre el fondo, el meollo de nuestra vida cristiana. Nos podemos vestir de bonitos ropajes externos y con eso pensamos que ya está todo hecho en nuestra vida cristiana, pero cuando nos han quitado esos ropajes, ¿cómo nos hemos quedado? ¿Qué es lo que hemos vivido? ¿Ha sido igual de intensa en nuestro interior la vivencia del misterio pascual que celebramos?
Sí, nos pregunta Jesús, ‘¿me amas?’ El Señor lo sabe, le amamos, sí, pero nuestro amor no siempre es tan intenso; le amamos, pero algunas veces nos quedamos en los ropajes externos y cuando nos los quitan parece que nos quedamos sin nada; le amamos, pero le pedimos que nos haga crecer en el amor. Para eso nos da su Espíritu. Lo vamos a celebrar.

jueves, 14 de noviembre de 2019

El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón


El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón

 Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Algunos piensan que vivir intensamente la vida es simplemente dejarse llevar por lo que nos vaya apareciendo en la vida cada día, el capricho de cada momento, la pasión que se despierta en un momento determinado sin saber encontrar una profundidad en si mismo que le dé valor, profundidad, sentido a aquello que vamos viviendo.
Solamente ponerse a cantar o hacer que surja una carcajada en cualquier momento o ante cualquier cosa no es precisamente el mejor signo de felicidad, si dentro de nosotros no sentimos una satisfacción honda que no pueda borrarse con cualquier sombra. La apariencia eterna se puede quedar vanidad, simplemente disfrutar por la epidermis de la vida es quedarnos en lo superficial y lo externo, tenemos que saber buscar algo más hondo, darle verdadera profundidad a la vida.
Esto puede convertirse en un sentido de vida que nos deja vacíos. La superficialidad nos dejará siempre insatisfechos. La madurez y la grandeza de la persona no se miden por lo externo sino por lo que llevamos dentro, que por supuesto también tiene que manifestarse en las obras que realizamos o en nuestra manera de actuar y de comportarnos. Claro que el hombre maduro siempre tendrá hambre de más, pero hambre de todo aquello que le dé plenitud a su ser.
Y nos puede suceder en nuestra vida religiosa, en nuestra vida de fe, en lo que queremos que sea realmente nuestra vida cristiana. No será el recitar mecánicamente unas oraciones lo que nos hará sentir a Dios y encontrarnos con Dios; no es una religiosidad superficial que solo se contenta con ritos la mejor manera de alabar a Dios; no es una vida de vanidad que se queda en manifestaciones externas lo que expresa realmente una vida cristiana. Tenemos que aprender a ir a lo hondo del corazón que va a engrandecer todo lo que hagamos y todo lo que vivimos.
Hoy escuchamos en el evangelio que quienes van con Jesús le preguntan cuando se va a manifestar el Reino de Dios. Jesús había hablado desde el principio del Reino de Dios que llega, había ido enseñando con su doctrina, con sus parábolas y ejemplos la señales de ese Reino de Dios para lo que había que convertirse, darle la vuelta al corazón, pero ellos aun estaban esperando manifestaciones externas y espectaculares. Para ellos el Reino de Dios se quedaba en un reino mesiánico de poder y de liberación de fuerzas opresoras externas; en aquel momento el Reino era recuperar la soberanía de Israel liberándose de la opresión de los romanos.
Jesús les dice que ese no es el camino; que el Reino de Dios tienen que encontrarlo dentro de ellos mismos. Y es que el Reino de Dios era reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y es comenzar a vivir unos valores que tienen que nacer desde lo más hondo del corazón. No era una paz externa impuesta desde la fuerza y desde el exterior, sino era la paz que tendrían que saber encontrar dentro de si mismos liberándose de todas aquellas cosas que les hicieran perder la paz. Era el camino que tendrían que seguir, era la purificación exigida, era la conversión del corazón que Jesús desde el principio pedía.
Es lo que ahora nosotros también tenemos que empezar a comprender, porque seguimos teniendo la tentación de lo superficial y de lo externo y de no saber dar esa profundidad a nuestra vida, a nuestra vida de fe, a nuestro sentir cristiano, a todo aquello que hacemos y que vivimos que comporta todo lo que es relacionarnos con los demás, como también los compromisos más hondos que tengamos desde nuestras responsabilidades, pero también del compromiso que tenemos que vivir con nuestro mundo, con todo lo que nos rodea.