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martes, 13 de octubre de 2026

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

 

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

Gálatas 5, 1-6; Salmo 118; Lucas 11, 37-41

Invitaron a Jesús a comer, un fariseo, y da la impresión de que aquella invitación era de alguna manera por conveniencia porque las posturas que tiene ante Jesús en su propio interior no parece que fueran demasiado leales; estaba pendiente de lo que hacía o no hacía Jesús, y entonces se extraña mucho – para él era como un escándalo dados sus criterios – de que Jesús no se lave las manos, viniendo de la plaza, antes de comer. ¿Podía haber tocado algo impuro y entonces sus actos se convertirían en impuros? Claro y comer con manos impuras era como comerse una impureza. No estaba cumpliendo Jesús las normas.

Pero no nos han de extrañar estos pensamientos en este fariseo que ha invitado a Jesús a comer, porque de alguna manera quiere ser fiel a sí mismo, a su manera de pensar, a los propios planteamientos que él podía tener en referencia a todo lo religioso. Algunas veces también nosotros andamos encorsetados con las normas y los protocolos, como se dice ahora, o los reglamentos que nos hemos impuesto como formas de vida. No están lejos aquellos tiempos en que estábamos midiendo los tiempos y los momentos para ver si habíamos o no cumplido con la obligación de la misa si habíamos llegado tarde, igual nos sucedía, por ejemplo, con el ayuno eucarístico antes de la comunión calculando al minuto la hora de la última comida; muchos problemas nos hemos creado en nuestra conciencia si por descuido un viernes pusimos carne, o quizás un chorizo en nuestra comida, con lo que ya no estábamos cumpliendo con la norma de la abstinencia; pero no han sido solo esos quebraderos de conciencia que hayamos tenido alguna vez sino los juicios y condenas que han acompañado en tantas ocasiones cuando hemos visto que alguien se salta la norma, y así podríamos recolectar muchas cosas más donde convertíamos nuestra buena o mala relación con Dios en unos cumplimientos. ¿Y donde estaba lo que en verdad llevábamos en el corazón?

Es lo que Jesús le quiere hacer ver a aquel fariseo como tantas veces lo había hecho. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. La imagen es clara. ¿Cómo está el corazón? ¿Nos quedamos solo en las apariencias del cumplimiento?

Cuidemos de formar bien nuestra conciencia para que haya una autenticidad y una congruencia en nuestra vida. No somos testigos de Jesús solo por unos cumplimientos formales, sino que tratemos de ver la consonancia que hay en verdad en nuestra vida, en lo que pensamos, en lo que son nuestras intenciones, en los ideales que tengamos y los planteamientos que nos hacemos con lo que nos enseña el evangelio de Jesús. Pensemos por ejemplo que cuando vamos a comulgar si solo comulgamos con aquel Cristo eucarístico o estamos comulgando también con el Cristo que tenemos que encontrar con el hermano; cuando decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas – cuando hacemos nuestro examen de conciencia y nos detenemos en el primer mandamiento – si estamos amando también a los demás, porque somos acogedores con el pobre o con el emigrante que ha llegado a la puerta de nuestra casa, si estamos siendo justos en el trato con los demás y responsables en las tareas que tenemos en nuestra sociedad, si hay veracidad y sinceridad con los que están a nuestro lado y llegamos a compartir no sólo cosas que nos puedan sobrar sino también algo de nosotros mismos como nuestro tiempo, nuestra escucha, nuestro trato agradable… Así tendríamos que mostrarnos y en muchos más detalles porque no podemos decir que le tenemos amor a Dios si no tenemos amor a los que están a nuestro lado; no olvidemos que nos dijo que todo lo que le hiciéramos al hermano a Él se lo hacemos.

Demos limosna de lo que llevamos dentro, nos decía Jesús. Pero eso significa dar lo mejor de nosotros mismos, no simplemente dar migajas cuando no dejamos escapar los peores sentimientos. ¿Tratamos a los demás como queremos ser tratados nosotros? Ya nos dirá Jesús que tenemos que amar al prójimo, al menos, como nos amamos a nosotros mismos, aunque ya nos dirá que lo tenemos que amar como Él nos amó.


martes, 10 de febrero de 2026

Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

 


Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7, 1-13

Solemos decir que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto. En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se convierten en tradiciones de nuestra vida.

¿Es este el método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.

Mucho cuidado hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.

Es lo que venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores. Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito religioso?

Se les impone a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’, les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?, ¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?

Son los planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.

martes, 11 de febrero de 2025

No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

 


No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

Génesis 1,20–2,4ª; Salmo 8; Marcos 7,1-13

Esto siempre se ha hecho así, habremos escuchado en más de una ocasión, o acaso también nosotros lo hemos dicho y argumentado más de una vez; ¿por qué se ha hecho así?, podríamos preguntar, y ¿por qué tenemos que seguirlo haciendo igual si podría haber otra forma mejor? Costumbres arraigadas en la manera de ser y de hacer de la gente, tradiciones que en cierto modo se convierten en leyes, rutinas de hacer las cosas de la misma manera porque nadie les abrió los ojos para ver que se puede hacer de distinta manera y tendrá más efectividad y por eso seguimos haciendo lo mismo.

Nos sucede en muchos ámbitos de la vida, en los trabajos, en las cosas de la casa, en la manera de ver las situaciones, en cerrazones mentales que les impide buscar algo nuevo y mejor; hasta no hace muchos años me encontré personas y con un cierto nivel incluso cultural que no querían la máquina de escribir, y muchos menos podrían pensar en los teclados de un ordenador, porque ellos escribían a mano como lo habían hecho siempre. Cuánto le ha costado a mucha gente, por ejemplo, entrar en el mundo de la informática desde hacer solo lo que desde niños le enseñaron a hacer.

Pero no me estoy planteando esto solamente desde esas cosas podríamos decir materiales en donde podemos contemplar ese avance de la vida, sino quiero referirme mejor a esos planteamientos sobre el sentido de la vida, por ejemplo, y ahí podría entrar toda una forma de pensar y en consecuencia de actuar, que se puede traducir en unos planteamientos o condiciones éticos y morales o que se va a manifestar en la trascendencia que le podemos dar a nuestra vida, con lo que entramos en todo lo que hace referencia a la religión y la forma de expresarla.

Una fe que se nos ha ido trasmitiendo y también descubriendo en lo más hondo de nosotros mismos, una fe que nos ha dado un sentido a nuestra vida cuando vamos descubriendo todo lo es ese plan de Dios para el hombre, para la humanidad, una fe que vamos plasmando en unos principios que rigen nuestra vida y en una forma de relacionarnos con ese Dios a través del culto. Hay cosas que son esenciales en si mismas pero hay formas de expresarnos que con consecuencia de lo que vivimos en unión y comunión con los demás.

El pueblo de Dios tenía lo que era la ley Mosaica, la ley de Moisés, desde aquella manifestación de Dios en el Sinaí y la expresión de lo que era la voluntad de Dios. Era lo que había constituido aquel pueblo unido en una misma fe, pero al mismo tiempo se habían ido forjando unas expresiones propias de un momento o una situación determinada; pero con el paso del tiempo se habían ido como acumulando expresiones o manifestaciones propias de un momento determinado pero que no tenían que ser ley o norma universal para siempre. Era lo que aquellos que se consideraban más fieles a la ley de Moisés querían imponer y conservar; surgieron así aquellos movimientos religiosos sociales de los fariseos, los saduceos y otros grupos que se habían ido constituyendo como dominantes y dirigentes del pueblo de Dios.

Pero la presencia y el mensaje de Jesús significaban un aire renovador, un aire nuevo porque Jesús quería que nos centráramos en lo que era lo fundamental y no nos quedáramos en las vanidades de las apariencias que a nada conducían. Son los enfrentamientos que comienzan a surgir con Jesús. Hoy nos aparecen protestando, por así decirlo, porque los discípulos de Jesús no cumplían con aquellas tradiciones que ellos decían que habían recibido de sus antepasados.

Aparece el tema de la purificación que se había convertido en algo formal y externo, pero que no llegaba profundamente al corazón. Lavarse las manos o comer con manos limpias era lo que mantenía puro el corazón, según ellos, pero Jesús quiere hacernos comprender que la pureza no está en lo exterior sino la tenemos en el interior del corazón. ‘¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?

Era lo que siempre se hacía, pero no llegaban a plantearse donde estaba la verdadera pureza que tendría que haber en la vida. Una norma higiénica para evitar quizás contagios y sobre todo en un pueblo errante por aquellos desiertos se había convertido en ley de purificación; lo que podía ser una imagen que nos hablara de algo profundo, se había quedado en convertir la imagen en ley. Y así Jesús les hace ver que en muchas otras cosas habían introducido sus normas y costumbres anulando la ley del Señor que era muy anterior que todo aquello y más importante y esencial. Pero era algo que les costaba aceptar, por lo que se resistían a la novedad del evangelio de Jesús.

No nos quedemos en pensar y juzgar la actitud de aquellos fariseos o de las gentes en los tiempos de Jesús y pensemos y reflexionemos por donde van realmente nuestros caminos. ¿No nos habremos llenado también de unas tradiciones y costumbres que algunas veces desvirtúan toda la novedad del evangelio de Jesús? ¿Dónde hemos puesto el evangelio? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Nos estaremos dejando impregnar de verdad por los valores del evangelio o aun seguimos con nuestras vanidades y apariencias? Creo que gastamos mucho esfuerzo muchas veces en nuestras comunidades en vanidades que no son lo esencial del evangelio.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

 


Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación, en el evangelio que es la sabiduría de nuestra vida

Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27;  Marcos 7, 1-8a. 14-15. 21-23

En nuestra carrera humana por la vida todos tenemos la tentación de que aquello que ideamos con la mayor pureza y desde la más buena voluntad luego con el paso del tiempo lo vamos malogrando porque comenzamos a hacerle añadidos, correcciones por acá o por allá, y aquello que era simple y claro luego lo fuimos haciendo engorroso y pesado. Sin mala voluntad en principio porque queríamos aclararlo tanto fuimos dándole tantas explicaciones y comentarios, que al final terminamos haciéndole caso más a las explicaciones o comentarios que pretendían simplemente ser ayuda, que a lo que era lo verdaderamente fundamental que habíamos ideado. Así van naciendo protocolos y reglamentos que los convertimos en norma fundamental.

Nos pasa con lo que es la vida normal de la sociedad que la hemos llenado de tantos reglamentos y leyes que olvidamos lo que en verdad nos constituye como sociedad; nos pasa con todo aquello que se nos ha ofrecido para mejorar la vida de nuestra sociedad, donde al final le damos más importancia a los reglamentos que nos imponemos que a las propias personas que constituimos esa sociedad. ¿Y no nos pasará igualmente en el culto con que queremos expresar nuestro amor y nuestra adoración a Dios como centro y eje de nuestra vida que le hemos llenado de tantos aditamentos que olvidamos el culto y amor que tiene que surgir de nuestro corazón?

En eso nos quiere ayudar a pensar hoy el evangelio. La ocasión parte de aquella queja de los rigurosos fariseos y escribas que vienen a decirle a Jesús que sus discípulos no están cumpliendo con la tradición recibida de los mayores y entonces el culto que le dan a Dios está lleno de impurezas. Y todo porque no se lavan las manos antes de comer el pan.

Una norma higiénica, una ley sanitaria podríamos decir, en la que Moisés en el peregrinar por el desierto había insistido para evitar contagios y enfermedades que se podrían trasmitir por la falta de higiene – pensemos en lo difícil que sería mantener esa higiene en un camino por un desierto – la han convertido en ley de Dios que parece que está por encima de todo lo que son los verdaderos mandamientos del Señor.

Me vienen a la mente las interpretaciones tan literales y rigoristas que algunos se siguen haciendo de palabras de la Biblia que nacieron en su momento para preservar a aquel pueblo que camina por un desierto con tan pocos medios humanos para mantener la salud y la sanidad de sus vidas, o que pretendían ayudarles a que no confundieran el sentido del verdadero culto que habían de dar a su Dios dejándose cautivar por los dioses y los cultos de aquellos pueblos con que se iban a encontrar e incluso convivir al llegar a la tierra prometida.

Estoy haciendo referencia al cuidado de la sangre, por ejemplo, que era una señal de la vida y que no habían de comer por esas razones higiénicas mencionadas, y a la prohibición de hacerse dioses en figuras elaboradas con sus manos a la manera como los tenían los pueblos que los rodeaban. Hoy muchos siguen dándonos la tabarra con esas cosas, como si  nosotros adoramos una imagen, que solo es eso una imagen que nos está expresando como un signo de lo que es la misericordia y el amor de Dios.

Y Jesús les dice que el culto que ellos dan a Dios sí que está vacío, porque no lo hacen desde el corazón. La maldad de la vida no nos entra por un contagio que podamos tener por la forma de usar nuestra manos, limpias o no, nos viene a decir. Lo que en verdad hemos de tener limpio es el corazón arrancando de él toda malicia y toda impureza. Como nos dice Jesús es de dentro del corazón del hombre desde donde salen las maldades, la malquerencia y el odio, el orgullo y la envidia, los malos deseos y las malas intenciones, las ambiciones que nos hacen avariciosos o el egoísmo que nos encierra en la insolidaridad.

Busquemos, pues, esa rectitud del corazón; no dejemos que se endurezca con todas esas maldades sino que nos dejemos purificar por ese amor de Dios que nos sana y que nos salva. Vayamos siempre buscando lo que es lo fundamental para no quedarnos nunca en lo que es accidental o accesorio. Pongamos a Dios verdaderamente en el centro de nuestra vida y alcanzaremos la más sublime sabiduría porque en nosotros estará actuando el Espíritu de Dios.

Ahondemos cada vez más en esa buena noticia de Jesús que es en quien encontramos la salvación; que el evangelio sea la sabiduría de nuestra vida. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’, nos decía el libro del Deuteronomio que se harían eco los que conocieran al pueblo de Dios fiel al mandamiento del Señor. ¿Quién tiene como nosotros tenemos un Dios que nos ame tanto y nos haya trasmitido esa sabiduría del amor que nos llena de la verdadera paz?

Cuidado llenemos de malicia nuestro corazón y olvidemos esa sabiduría de Dios y no salga ya a borbotones ese río del amor y de la gracia de Dios que fecunde nuestro mundo.

martes, 6 de febrero de 2024

Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

 


Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Nos puede suceder a cualquiera; estamos haciendo un trabajo que consista, por ejemplo, en repetir mecánicamente lo mismo una y otra vez, y es tal el ritmo en el que entramos en la repetición de las mismas cosas que lo estamos haciendo y en nuestra cabeza no sabemos donde andamos; con nuestra imaginación podemos dejar volar la mente, mientras mecánicamente hacemos una y otra vez las mismas cosas y hasta lo podemos hacer con una cierta perfección. Quizás en un momento tropezamos o hacemos algo que no sale dentro de la normalidad de lo que estábamos haciendo y nos preguntamos que dónde teníamos la cabeza, porque seguramente estaría en otra parte. Entramos como en una rutina repetitoria y realmente no sabemos ya al final ni lo que estábamos haciendo.

Pero esto nos puede suceder en muchas cosas. Es el trabajo en serie o en cadena que podemos realizar en muchos momentos, como son las cosas que hacemos en casa cada día, por ejemplo, limpieza, comida, atención de las cosas de la casa, etc.… que si no le ponemos intensidad a la vida, terminamos en un hastío hacia lo que hacemos, nos aburrimos con lo que hacemos y al final los resultados no son nada buenos porque no hacemos bien lo que tendríamos que hacer poniendo amor. Y cuidado que esto nos puede suceder en nuestras relaciones de los unos con los otros, en las relaciones de amistad o en las relaciones de pareja, como se dice ahora.

 Esto, hemos de reconocer también, que es un peligro que nos puede suceder en las expresiones religiosas que utilizamos en la vida, como en nuestras celebraciones que podemos convertir en unos ritos repetitivos sin saber realmente lo que estamos haciendo. Hay gente que reza para dejarse dormir; pero lo malo es que nos durmamos mientras estamos rezando, porque significa que nuestra mente, mientras repetimos aquellas palabras de las oraciones, la tenemos en otro lado. Es un peligro, repito, muy común.

¿Hay autenticidad en lo que hacemos? Podríamos decir quizás que hay buena voluntad, pero eso solo no basta. Es por lo que terminamos convirtiendo la religión, los actos religiosos, en unos ritos a los que nos contentamos con asistir, pero sin llegar meternos hondamente en la celebración. Terminamos, como solemos decir, en unos cumplimientos rituales pero con poco contenido de vida.

Es una pendiente muy peligrosa porque así vayamos cayendo por la pendiente de la tibieza que puede terminar en la indiferencia, porque con esa frialdad con la que nos vamos arrastrando las cosas van perdiendo hondura y van perdiendo sentido y terminamos por abandonar. Es un camino peligroso por el que podemos resbalarnos como vemos que tantos antes que nosotros han resbalado y sabemos cuál es el final de todas las cosas.

De esto nos está previniendo el evangelio de hoy. Acuden a Jesús los fariseos y algunos escribas que han bajado de Jerusalén precisamente para eso con una cuestión que puede parecer baladí, pero que para ellos parecía ser de vital importancia. Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos. Claro esto era muy importante para aquellos rigoristas de la religión, no se podía comer sin lavarse bien antes porque aquello podía convertirse en una impureza. ‘Los discípulos no siguen la tradición de los mayores y comen con manos impuras’. ¡Vete a saber qué es lo que han tocado antes esas manos! Porque si tocaron algo que era impuro, impuros quedaban ellos también. Y eran tantas las cosas que consideraban impuras que había que andarse con cuidado. Lo de menos era la higiene, aunque ahí tuviera su origen.

Jesús no se ríe, aunque a nosotros nos den ganas de reírnos; Jesús lamenta la superficialidad con que se toman la vida. Y les recuerda lo que habían dicho ya los profetas sobre ser muy cumplidores, pero tener el corazón lejos de Dios. Y eso, les dice Jesús, es lo que les está sucediendo a ellos. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Ante lo que escuchamos en el evangelio podemos quedarnos en juzgar la superficialidad con que vivían aquellos fariseos su vida religiosa y de relación con Dios, o podemos mejor comenzar a pensar en nosotros cuál es la intensidad, cuál es la profundidad que le damos a lo que hacemos, y podemos pensar de forma muy concreta en todos nuestros actos de religiosidad. Lo que decíamos antes, ¿por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones? ¿También nuestro corazon estará lejos de Dios, como denunciaba Jesús?

Creo que tenemos que tener una mirada muy sincera a lo que hacemos, porque estamos cayendo, por ejemplo, en que nuestras celebraciones son cada vez más frías, más rutinarias, poco participativas, con poca intensidad espiritual. Parece que vamos solamente a cumplir y a ver cuanto más pronto terminamos para irnos a hacer otra cosa, porque tenemos tantas cosas que hacer.  Creo que tenemos muchas cosas que revisar en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que tendríamos que vivir con mayor intensidad.

¿Nuestra manera de celebrar la fe es atractiva para aquellos que nos ven, para aquellos que vienen quizás de forma ocasional? ¿Se quedarán con ganas de volver o no volverán más? Es duro y es triste.

martes, 17 de octubre de 2023

Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 


Es Jesús el que nos está invitando a que vayamos a comer con El y con todos los que El sienta en su misma mesa

 Romanos 1,16-25; Sal 18; Lucas 11,37-41

‘Ven a comer a casa’, seguramente nos habrá invitado de forma inesperada alguien alguna vez; quizás quería hablar con nosotros, ofrecernos un signo de amistad y de respeto, fue tras un momento de encuentro inesperado en que se reavivaron viejos recuerdos, muchas y diversas motivaciones para esa invitación, a la que aceptamos gustosos. Ocasión para la reactivación de una vieja amistad, ocasión para un mutuo conocimiento del que nacerá quizás un nuevo aprecio, no queremos ver dobles intenciones ni andar con desconfianzas, aunque siempre hay gente desconfiada queriendo mirar lo que pueda haber detrás de esa invitación.

Bueno, eso fue lo que sucedió en aquel momento, en que después de haber estado Jesús enseñando a la gente aquel fariseo se le acercó para invitarlo a comer a su casa. No solo comía Jesús con publicanos y pecadores, sino que le veremos en distintas ocasiones comiendo en casa de fariseos o de gentes principales de la ciudad.

Jesús conocía muy bien los protocolos que se gastaban los fariseos a la hora de las comidas – aunque algunas veces los veamos a empujones queriendo escoger los mejores puestos alrededor de la mesa a la hora de la comida – sobre todo en referencia a las purificaciones y lavados de manos antes de sentarse a la mesa. Pero vemos que Jesús ahora se los salta, aunque sabía bien que los comensales andaban al acecho. ‘El fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer’, nos comenta el evangelista.

Jesús era consciente de ello, aprovecha la oportunidad para dejarnos su mensaje. ¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Dónde podemos encontrar lo que nos llena de impureza y de pecado? ¿Simplemente en dejar de lavarse las manos antes de comer? Ya será un mensaje que nos repite el evangelio en distintas ocasiones. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad…’ ¿No os importa estar peleándoos por los puestos de honor en la mesa, con lo que eso entraña de violencia y mala convivencia, y andáis preocupados por lavaros las manos? Muy brillante la copa y el plato por fuera, pero dentro la malicia del corazón.

¿De qué en verdad tenemos que preocuparnos? De aquello que va a llenar de maldad la vida, de aquellas actitudes y posturas con las que vamos rompiendo la convivencia con los demás, de lo que nos impide tener paz dentro de nosotros para que podamos tener paz también con los demás, de ese egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y de esos orgullos que nos aíslan y que nos separan, o de esas sospechas y malas intenciones con que discriminamos a los que están a nuestro lado, de esa vanidad que crea una falsa aureola a nuestro alrededor y que nos impide acercarnos con sencillez a los demás o que pone barreras para que los otros puedan acercarse a nosotros. Son las cosas que en verdad hacen impuro nuestro corazón.

De eso es de lo que tenemos que lavarnos, de lo que tenemos que purificarnos. Para podernos sentar a la misma mesa lo que necesitamos esta apertura y esa pureza del corazón para que se logre lo que un banquete tiene que en verdad significar. Sentarnos a la mesa, no es solo comer unos alimentos, sino entrar en comunión con los demás, con los que están sentados al lado nuestro. Qué mal lo pasaríamos sentados en una misma mesa si no queremos conocernos y entrar en comunión los unos con los otros.

Qué triste es que se vea una aislado y solo cuando está sentado a la misma mesa con otras personas. Es lo que muchas veces estamos reflejando en la vida. Y cuidado que cuando nos sentamos a la mesa del Señor, en la Eucaristía, permitamos que haya personas que están solas, personas que no se sienten a gusto en aquel momento porque no han entrado en comunión con aquellos que están celebrando la misma Eucaristía.

¿Nos estará invitando Jesús a que vayamos a comer con El? ¿Cuáles serían las verdaderas actitudes para aceptar esa invitación del Señor?


martes, 7 de febrero de 2023

Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

 


Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Donde varias personas, por ejemplo, tienen que convivir en un lugar determinado, por las circunstancias que sea, es normal que para facilitar esa misma convivencia, para ayudar y proteger que las cosas marchen bien y se pueda desarrollar en todo detalle aquello que nos ha motivado para esa convivencia, es normal que se establezcan una serie de condiciones o normas donde se ha de establecer lo que cada uno hace o lo que cada uno ha de aportar con su servicio a la buena marcha de aquello por lo que nos habíamos reunido. Protocolos, como se dice ahora para delimitar lo que en cada momento se ha de hacer y según las circunstancias que se vivan, reglamentos o normas, son necesarias. Pero lo fundamental no es la rigidez de una normas, sino lo que con esa convivencia queremos conseguir.

Bueno, esto dicho así, mirando la cercanía de muchas cosas que nos comprometen en la vida social, diríamos que es algo así como la base de las reglas por las que se rige una sociedad. Lo importante es el bien de esas personas que la conforman, lograr esa armonía y esa felicidad, esa buena convivencia, esa paz que nos ayude incluso a cada uno desarrollarnos como personas. Pero algunas veces tenemos el peligro de olvidarnos de las personas y le damos más importancia a la rigidez de unas normas o unas leyes, que no digo que no se tengan que cumplir, pero que siempre hemos de salvaguardar la dignidad de cada una de las personas.

Sucede hoy como ha sucedido en todos los tiempos, quienes no quieren acatar esas normas, pero también los que con una rigidez obsesiva se olvidan de la razón de ser de esos protocolos y pueden llegar a menoscabar la dignidad de cada una de las personas. Gentes rigoristas las hemos encontrado en todos  los tiempos, como seguimos teniéndolo hoy en la sociedad en la que vivimos, cuando queremos imponer nuestra manera de pensar sin respetar el pensamiento o la manera de ver las cosas que puedan tener otras personas, y el diálogo se hace imposible, la convivencia se hace irrespirable, la imposición se convierte en la forma de trabajar por la sociedad.

Nos quejamos fácilmente mirando la historia de tiempos que nos parecieron de dictadura, pero hoy quizá estamos imponiendo la dictadura de nuestras propias ideas y a quien no piense de la misma forma, tendremos mil palabras con las que calificarlos buscando el desprestigio y la anulación de quienes no piensen de la misma manera. Miremos nuestra sociedad de hoy.

Hoy nos encontramos con esos exigentes en el evangelio que vienen a echarle en cara a Jesús porque sus discípulos comen con manos impuras, no se lavan las manos antes de comer. Lo que era una perfecto norma higiénica, muy necesaria en aquellos pueblos que en su origen habían vivido no solo en el campo y en contacto con los animales, sino además una vida de trashumancia de un lugar para otro por lugares desérticos, donde incluso no era fácil la consecución del agua necesaria para la higiene, se había convertido en un precepto religioso que marcaba incluso con impurezas la vida de las personas. Es lo que ahora vienen a reclamarle a Jesús, dándose de puritanos y cumplidores.

En esta ocasión Jesús quiere hacerles reflexionar sobre cómo han de buscar en la vida lo que verdaderamente es importante, y cuando tanto están hablando del culto a Dios para el que había que estar purificados, había que pensar más en el corazón, que en una impureza externa, una impureza exterior. La maldad que llevaban en el corazón rompía más esa relación con Dios y también con los demás, que el lavarse o no lavarse las manos por unas cuestiones, diríamos que de higiene, que también pueden ser necesarias.

Cuando con nuestros reclamos y exigencias estamos haciendo la vida imposible a los que están a nuestro lado en verdad estaremos manchando nuestro corazón, pero también alejándonos de Dios. Busquemos siempre lo que dignifica a la persona, de ahí se desprende el respeto al otro, pero también la búsqueda de lo que pueda hacer bien al  otro. Caminemos con dignidad pero considerando también la dignidad de los que están a nuestro lado.

Sepamos buscar la verdad y el bien, pero actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón. Generosidad para compartir en la necesidad, generosidad para llenar nuestro corazón siempre de comprensión y de misericordia, generosidad para ofrecer el perdón, generosidad para saber contar con el otro, generosidad para descubrir también todo lo bueno que hay en el corazón de los que están a nuestro lado, aunque no piensen como nosotros, aunque tengan incluso otra manera de concebir la vida y el mundo. Es un estilo nuevo de vivir el que nos está proponiendo Jesús.

martes, 11 de octubre de 2022

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

 


Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Dicen que hay que cuidar mucho la presentación. Nos lo decían de estudiantes cuando teníamos que presentar un trabajo, en el que por supuesto teníamos que preocuparnos del contenido, porque eso era lo esencial, pero nos decían también que la presentación puntuaba. Algunas veces podíamos descuidar los contenidos preocupándonos excesivamente de la presentación.

Cuidamos en la vida mucho la presentación y no solo ya de las cosas, sino que nosotros mismos, porque nos cuidamos de no dar mala imagen; hay quien se preocupa hasta el exceso de vestidos y tocados, de combinaciones de colores que estén a juego, o de la buena cara que tenemos que poner y así no sé cuantas cosas. Hoy que nos relacionamos mucho por las redes sociales y solo nos conocemos por aquella imagen que demos con la fotografía que pongamos, o con los mensajes que trasmitamos, hay gente que te dice ya de entrada apenas te ve una ve que está muy bien, que le gustas, que quiere ser amigo tuyo, y no sé cuantas cosas más.

Pero ¿podremos conocer a las personas así a lo tan ligero? ¿No podría suceder como con aquellos trabajos de los que hablamos al principio esta introducción en que se nos decía que teníamos que cuidar la presentación, pero quizás nosotros nos olvidábamos del contenido que tendría que tener nuestro trabajo? ¿Andaremos muchas veces con demasiada superficialidad, solo desde lo externo sin llegar a conocer de verdad el corazón de las personas? Estas cosas tendrían que darnos para pensar. ¿Qué es lo que realmente buscamos?  ¿Qué es lo que de nosotros mismos estamos ofreciendo a los demás?

Cuando no somos capaces de darle profundidad a nuestra vida nos volveremos quisquillosos para con los demás; nuestra mirada se vuelve también superficial; nos quedamos en la vanidad de las apariencias pero al mismo tiempo nos volvemos crueles en nuestro juicio de los otros. Aquello que no somos capaces de tener en nosotros mismos sin embargo quizá se lo exigimos a los demás y lo criticamos en los otros. Por eso hemos de tener mucho cuidado con los juicios que hacemos, porque quizás nos estamos delatando de la pobreza y del vacío que llevamos y que hay dentro de nosotros.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que alguien invita a Jesús a comer a su casa. Parece una cosa buena, pero la actitud que lleva en su interior le está delatando porque pronto se pone a hacer juicio de la manera de actuar de Jesús. ‘Se sorprendió de que Jesús no se lavara las manos antes de comer’. Era, parece, lo importante para él, que podía estar incluso por encima de aquel gesto de hospitalidad que estaba ofreciendo por otra parte a Jesús al invitarle a comer. ¿Qué era realmente lo más importante en aquel momento? ¿Importaba la persona a la que estaba acogiendo en su casa o era más importante el rito de lavarse las manos en sus afanes purificatorios? ¿No está manchando realmente su corazón con aquel juicio que en su interior estaba haciendo del mismo Jesús?

Jesús lo desenmascara. Le dais más importancia a lavar los vasos y los platos por fuera que lo que pueda haber en el interior, le viene a decir Jesús. La presentación, pero no el contenido, como decíamos antes. Jesús le da más importancia al contenido del corazón. ‘Dad limosna de lo que lleváis dentro, y lo tendréis limpio todo’, les dice Jesús.

Cuando damos desde el corazón, ya no solo estamos dando cosas, estamos dándonos a nosotros mismos, estamos ofreciendo lo mejor de nosotros, y de ahí vendrá el respeto y la valoración que tengamos de los demás, ahí estaremos descubriendo también toda la riqueza interior que puede tener el otro y que nos enriquece a nosotros también.

martes, 8 de febrero de 2022

La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

 


La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Es frase muy socorrida, que habremos escuchado muchas veces y que se nos presenta como argumento de inmovilidad y en cierto modo de conservadurismo es aquello de que ‘esto siempre se ha hecho así’. Entra en el ámbito de las costumbres de los pueblos y en el mantenimiento de tradiciones como en muchos aspectos de la vida social, en nuestras fiestas, en lo que hacemos cada año sin variar ni un ápice, y no digamos nada en cuanto toca el tema de la religión. ‘Esto se ha hecho siempre así’ y no hay más vueltas que dar.

Cuando llega alguien convencido de que la vida es renovación y si no hay renovación nos quedamos anquilosados y las cosas van perdiendo la vitalidad y por eso intenta mejorar cosas, revisar lo que se está haciendo, o plantearnos nuevas cosas que se podrían hacer, nos encontramos con el muro infranqueable de los que nos dicen ‘esto se ha hecho siempre así’.

¿Alguien se pregunta por qué se comenzaron a hacer esas cosas que ahora nos parecen inamovibles? Eso resulta incómodo; no queremos reconocer que hay cosas que nos pueden valer para un tiempo determinado, pero que esas cosas con el paso de los años hay que renovarlas para que adquieran pleno sentido y significado. Quizá fue el fruto de quien en aquel momento tuvo una buena visión para iniciar algo que en aquel momento podía ser muy dinamizador para la comunidad. Pero fácilmente las cosas caen en la rutina y en el sinsentido porque ahora serán otras cosas a las que tendríamos que dar más importancia. Es una tentación en la que todos podemos caer porque fácilmente huimos de exigencias nuevas que nos lleguen a lo hondo de lo que hacemos.

Hablamos en general de muchos aspectos de la vida social donde las posturas inamovibles no siempre son fructuosas; hay que tener visión de la realidad del momento y de lo que nos puede valer también para el futuro; no todo es desechable de lo pasado, pero lo pasado también hay que renovarlo. Decimos en todos los aspectos de la vida social y también en los planteamientos de las prácticas religiosas que realizamos.

A muchos les ha costado el aceptar la renovación del concilio Vaticano II en muchos aspectos de la vida de la Iglesia y sobre todo de su liturgia; añoranzas de pasado, muchas veces añoranzas de oropeles, vistosidades que hoy no tienen sentido, y compromiso con la vida de aquello que celebramos, son cosas que para muchos pueden ser un choque. Lo vemos en la vida de cada día, lo vemos en muchas de las actividades de nuestras parroquias, lo vemos en planteamientos anquilosados, donde parece que el número y la apariencia son lo fundamental, lo vemos en muchas vanidades que se pretenden mantener.

De esto nos está hablando el evangelio que hoy se nos propone. A los judíos, sobre todo aquellos grupos que querían mantener una cierto lugar privilegiado de poder y de influencia en la sociedad les choca los nuevos planteamientos que Jesús hace del Reino de Dios. Quieren mantenerse en sus tradiciones sin querer dar un sentido vivo a aquellos actos religiosos que realizan; parece que lo importante es cumplir, aparentar una religiosidad que en el fondo se manifiesta vacía, y vienen los choques con los planteamientos de renovación que hace Jesús.

El evangelio de hoy nos habla del problema de las purificaciones, en cierto modo ritualistas y legales, que tienen que realizar porque en todo podían ver contaminación e impureza. Les extraña que los discípulos de Jesús comen sin lavarse bien las manos antes, como realizan concienzudamente los fariseos y sus discípulos. Es lo que le vienen a reclamar a Jesús. Pero Jesús habla de otra pureza interior, de una autenticidad de vida, de una sinceridad del corazón que ellos no quieren entender.

¿No será eso lo que también nos está pidiendo Jesús hoy? ¿Por qué nos queremos quedar en tradiciones inamovibles o en boatos externos mientras quizás nuestro corazón está vacío y frío? ¿Cuál es la autenticidad que nos está pidiendo Jesús en este momento concreto que vivimos? ¿Qué levadura nos estará faltando cuando no somos capaces de dinamizar nuestro mundo con los valores del evangelio?

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

martes, 9 de febrero de 2021

Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

 


Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Ahora sí toca lavarse las manos. Nos lo están repitiendo, como solemos decir, por activa y por pasiva; dada la situación y peligro de contagio que ahora vivimos una de las normas que han tratado de imponernos o al menos convencernos de que es muy importante que lo hagamos, es lo de lavarse las manos; cuando vamos a algún sitio, salimos o entramos en casa, estamos en contacto con lugares o personas donde habitualmente no hacemos la vida, nos ofrecen ese gel con alcohol para que evitemos algún tipo de contagio. Hoy es necesario y no podemos, es cierto, tomarlo a la ligera, cuando además podemos poner en peligro también la salud de los demás.


Pero pensemos en cuando pase todo esto, hayamos vencido este virus y no andemos con la mosca tras la oreja con el peligro de contagios, pensemos, digo, que esto se nos trate de imponer prolongando la norma y hasta le diéramos un sentido sagrado o religioso. Diríamos que nos estamos saliendo de madre, porque una cosa es ese lavarnos por higiene y en evitación de peligros de contagios y otra que lleguemos a convertirlo en un signo religioso que si no lo realizamos lo estamos convirtiendo hasta en pecado.

Eso pasaba entre los judíos. Eran gente del desierto en su origen, habían vivido trashumantes de un lugar para otro y en condiciones donde la higiene no era fácil, sobre todo viviendo en lugares desérticos, y las enfermedades se contagiaban fácilmente de unos a otros por esa falta de higiene. Sabiamente, podríamos decir, con la sabiduría del hombre del desierto, se implicaba a la gente en tratar de vivir higiénicamente de la mejor manera posible; quienes hemos vivido en el campo y con costumbres campesinas en el cuidado de ganados, por ejemplo, sabemos como tenemos que cuidar esa higiene para no caer en infecciones innecesarias.

Pero esto se había convertido en ley en el pueblo judío y en ley de carácter religioso; la purificación no era ya el cuidado de la higiene sino que se convertía en tema de impureza legal y religiosa; sabemos de lo estrictos que eran sobre todo en el peligro de contagio de algunas enfermedades como era la lepra, y todas las consecuencias que tenia en la convivencia de la gente cada día.

Es lo que ahora los fariseos le están planteando a Jesús, sobre todo en relación a sus discípulos y las costumbres que veían que tenían. Sentarse a la mesa para comer el pan sin antes lavarse las manos no era cuestión solo de higiene por aquello de lo que hubiéramos tocado anteriormente, sino que se convertía en algo con un sentido religioso y formal, era una impureza legal de la que estaban echando en cara a Jesús por permitirlo a los discípulos.

Jesús quiere hacerles comprender el sentido de las normas y como no podemos quedarnos en cosas externas sino que tenemos que ir a lo más hondo del corazón. ¿De qué nos vale que externamente nos presentemos muy rectos y cumplidores si interiormente nuestro corazón está lejos de la verdadera ley de Dios? Jesús les pone incluso el ejemplo de la ofrenda que hacían al templo de sus bienes y ya no se veían obligados a la atención de sus padres, de sus mayores. ¿Dónde quedaba entonces el cuarto mandamiento de honrar a los padres?

Empleamos mucho esfuerzo en esa limpieza externa, en el cumplimiento de las normas, pero, ¿dónde tenemos puesto nuestro pensamiento? Es como cuando vamos a una celebración y estamos tan pendientes de los más pequeños ritos que al final estamos tan distraídos en ello que no terminamos de vivir nuestra unión con Dios.

Nada tendría que distraernos de lo que es verdaderamente importante; muy preocupados, por ejemplo, por el porte externo e incluso la vestimenta de quien está haciendo una lectura en una celebración pero no estamos prestando atención a lo que en esa lectura se nos está diciendo de parte de Dios. ¡Cuántas veces andamos así de distraídos! Estoy poniendo estos ejemplos pero en cuántas cosas nos sucede en la vida que le damos más importancia a lo secundario que a lo que es lo fundamental.

Ahora toca lavarnos las manos, decía al principio, haciendo referencia a la situación de pandemia en que vivimos; pero ahora toca purificarnos interiormente tenemos que decir porque hay algo que sí nos mancha por dentro cuando dejamos meter las raíces del mal en nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado.