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sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

martes, 6 de febrero de 2024

Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

 


Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Nos puede suceder a cualquiera; estamos haciendo un trabajo que consista, por ejemplo, en repetir mecánicamente lo mismo una y otra vez, y es tal el ritmo en el que entramos en la repetición de las mismas cosas que lo estamos haciendo y en nuestra cabeza no sabemos donde andamos; con nuestra imaginación podemos dejar volar la mente, mientras mecánicamente hacemos una y otra vez las mismas cosas y hasta lo podemos hacer con una cierta perfección. Quizás en un momento tropezamos o hacemos algo que no sale dentro de la normalidad de lo que estábamos haciendo y nos preguntamos que dónde teníamos la cabeza, porque seguramente estaría en otra parte. Entramos como en una rutina repetitoria y realmente no sabemos ya al final ni lo que estábamos haciendo.

Pero esto nos puede suceder en muchas cosas. Es el trabajo en serie o en cadena que podemos realizar en muchos momentos, como son las cosas que hacemos en casa cada día, por ejemplo, limpieza, comida, atención de las cosas de la casa, etc.… que si no le ponemos intensidad a la vida, terminamos en un hastío hacia lo que hacemos, nos aburrimos con lo que hacemos y al final los resultados no son nada buenos porque no hacemos bien lo que tendríamos que hacer poniendo amor. Y cuidado que esto nos puede suceder en nuestras relaciones de los unos con los otros, en las relaciones de amistad o en las relaciones de pareja, como se dice ahora.

 Esto, hemos de reconocer también, que es un peligro que nos puede suceder en las expresiones religiosas que utilizamos en la vida, como en nuestras celebraciones que podemos convertir en unos ritos repetitivos sin saber realmente lo que estamos haciendo. Hay gente que reza para dejarse dormir; pero lo malo es que nos durmamos mientras estamos rezando, porque significa que nuestra mente, mientras repetimos aquellas palabras de las oraciones, la tenemos en otro lado. Es un peligro, repito, muy común.

¿Hay autenticidad en lo que hacemos? Podríamos decir quizás que hay buena voluntad, pero eso solo no basta. Es por lo que terminamos convirtiendo la religión, los actos religiosos, en unos ritos a los que nos contentamos con asistir, pero sin llegar meternos hondamente en la celebración. Terminamos, como solemos decir, en unos cumplimientos rituales pero con poco contenido de vida.

Es una pendiente muy peligrosa porque así vayamos cayendo por la pendiente de la tibieza que puede terminar en la indiferencia, porque con esa frialdad con la que nos vamos arrastrando las cosas van perdiendo hondura y van perdiendo sentido y terminamos por abandonar. Es un camino peligroso por el que podemos resbalarnos como vemos que tantos antes que nosotros han resbalado y sabemos cuál es el final de todas las cosas.

De esto nos está previniendo el evangelio de hoy. Acuden a Jesús los fariseos y algunos escribas que han bajado de Jerusalén precisamente para eso con una cuestión que puede parecer baladí, pero que para ellos parecía ser de vital importancia. Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos. Claro esto era muy importante para aquellos rigoristas de la religión, no se podía comer sin lavarse bien antes porque aquello podía convertirse en una impureza. ‘Los discípulos no siguen la tradición de los mayores y comen con manos impuras’. ¡Vete a saber qué es lo que han tocado antes esas manos! Porque si tocaron algo que era impuro, impuros quedaban ellos también. Y eran tantas las cosas que consideraban impuras que había que andarse con cuidado. Lo de menos era la higiene, aunque ahí tuviera su origen.

Jesús no se ríe, aunque a nosotros nos den ganas de reírnos; Jesús lamenta la superficialidad con que se toman la vida. Y les recuerda lo que habían dicho ya los profetas sobre ser muy cumplidores, pero tener el corazón lejos de Dios. Y eso, les dice Jesús, es lo que les está sucediendo a ellos. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Ante lo que escuchamos en el evangelio podemos quedarnos en juzgar la superficialidad con que vivían aquellos fariseos su vida religiosa y de relación con Dios, o podemos mejor comenzar a pensar en nosotros cuál es la intensidad, cuál es la profundidad que le damos a lo que hacemos, y podemos pensar de forma muy concreta en todos nuestros actos de religiosidad. Lo que decíamos antes, ¿por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones? ¿También nuestro corazon estará lejos de Dios, como denunciaba Jesús?

Creo que tenemos que tener una mirada muy sincera a lo que hacemos, porque estamos cayendo, por ejemplo, en que nuestras celebraciones son cada vez más frías, más rutinarias, poco participativas, con poca intensidad espiritual. Parece que vamos solamente a cumplir y a ver cuanto más pronto terminamos para irnos a hacer otra cosa, porque tenemos tantas cosas que hacer.  Creo que tenemos muchas cosas que revisar en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que tendríamos que vivir con mayor intensidad.

¿Nuestra manera de celebrar la fe es atractiva para aquellos que nos ven, para aquellos que vienen quizás de forma ocasional? ¿Se quedarán con ganas de volver o no volverán más? Es duro y es triste.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

 


Dejemos que Jesús pase por el centro de nuestra vida, nos limpie y purifique, ponga en orden nuestro corazón

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10.11abc.11d-12a.12bed; Lucas 19,45-48

Todos alguna vez habremos tenido la experiencia de estrenar casa o de estrenar piso; una viviendo nueva que hemos adquirido, un piso que hemos alquilado, una mudanza que hemos tenido que realizar quizás por un cambio de domicilio o de lugar de trabajo, diversas circunstancias; seguramente recordaremos los primeros momentos o los primeros tiempos de vivencia en aquel nuevo lugar; todo lo teníamos muy ordenado, cada cosa tenía su sitio, en las habitaciones, en el cuarto de estar, en la cocina, en cualquiera de los rincones de la casa no veíamos nada desordenado.

Pero fue pasando el tiempo, adquirimos quizás nuevas cosas, las prisas y carreras entre trabajo, tiempo libre o tiempo de estar en casa, y ya nos encontramos que no todo estaba en su sitio, por aquí se amontonan unas cosas, por allá fuimos dejando cosas con la intención de ponerlas luego en su sitio, pero ya no todo está como lo habíamos planeado al principio. ¿Necesitaremos un tiempo para organizarnos, para ordenar, para desprendernos de lo que no tiene utilidad? Seguramente queremos hacerlo, pero lo vamos dejando para otro momento.

¿Será imagen esto de muchas cosas de nuestra vida? Nos da qué pensar. En nuestra vida personal, en nuestro propio interior, en nuestro trabajo de crecimiento espiritual, en lo que tienen que ser las vivencias fundamentales de la vida, lo que puede ser incluso nuestra vida familiar o las relaciones con los que nos rodean, en la vida de nuestras comunidades, muchas cosas que tenemos que poner en su sitio.

Hoy el evangelio nos presenta una imagen bien significativa. Jesús se puso a ordenar el templo. Se había convertido en un mercado. Por razones prácticas quizás, por allá andaban los prestamistas o los cambiadores de monedas, porque las limosnas al templo no se podían hacer sino en lo que era la moneda propiamente judía y también las arcas de las ofrendas; pero por otra parte estaban quienes ofrecían los animales para las ofrendas y los sacrificios, las palomas o las tórtolas, u otros animales que se sacrificaban en el culto propio del templo cada día. El bullicio de la gente que paseaba entre los soportales, los maestros de la ley que la explicaban a los grupos que se formaban a su alrededor. ¿Dónde podía estar el silencio y el recogimiento para la oración y la maduración de la palabra en el corazón de cada uno?

El evangelista Lucas, que hoy escuchamos no es tan descriptivo como los otros evangelistas que nos narran este episodio, pero lo suficiente para ver la actitud de Jesús ante lo que allí sucedía. ‘Escrito está: Mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos’. Mientras expulsaba a los vendedores del templo.

¿No tendríamos que preguntarnos que cosas habremos metido en el templo de nuestra vida, como si fuéramos también unos vendedores que acumulamos cosas? Antes, como introducción hablábamos de ese desorden que con el paso del tiempo acumulamos en nuestras viviendas de manera que algunas veces no sabemos ni por donde entrar o cuales son en verdad las cosas importantes que tendríamos que guardar. ¿No será así en la vida de nuestro espíritu? ¿Cómo andamos de ese materialismo del que nos hemos dejado impregnar? ¿Cómo andamos de esos resentimientos y recelos que nos atormentan, de esos celos y envidias que nos envenenan, de esos orgullos o de ese amor propio que quiere endiosarnos? Podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas. Nos conocemos, cada uno sabe donde están sus flaquezas, sus piedras de tropezar, nuestras reincidencias, la tibieza y frialdad que nos hiela nuestros sentimientos y amarga nuestras vidas.

¿No tendremos que dejar que Jesús pase entre nosotros, por el centro de nuestra vida que hemos llenado de tantas mezquindades para que sea El quien nos limpie y nos purifique, ponga orden en nuestro corazón?

sábado, 21 de enero de 2023

Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

 


Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

No hace falta complicarse tanto la vida, parece que te vas a tragar el mundo, tómate las cosas con calma, despacio, que las cosas ya se irán resolviendo ¿o es que piensas que tu solo vas a salvar el mundo? Recomendaciones así seguramente habremos escuchado en alguna ocasión o más de una vez; bien porque nos las digan a nosotros porque nos ven demasiado implicados con lo que estamos haciendo o acaso sean recomendaciones que hacemos a alguien que lo vemos muy entusiasmado con lo que está haciendo y que no para ni para comer.

Se lo dijeron a Jesús. las muchedumbres se apiñaban a la puerta de la casa, en ocasiones no había ni por donde entrar, la gente venía de todas partes y Jesús no paraba, iba de un lado para otro, visitaba todas las aldeas y poblaciones sobre todo de Galilea, pero es que además ya se notaba también cierta oposición que había por parte de algunos a quienes incomodaba el actuar de Jesús, el anuncio del Reino de Dios, pero no de la revolución que quizás muchos ansiaban, los dirigentes habituales de la sociedad, muy manipuladores ellos de cuanto sucediera, como tantas veces sigue sucediendo hoy, se sentían incómodos porque sentían que muchas veces Jesús hablaba por ellos.

Pero no son esos los que quieren disuadir a Jesús de lo que está haciendo, de su predicación y de toda la tarea que va realizando, son su propia familia que, como sucede tantas veces, tienen miedo que se enferme con tanto trabajo o que pierda la cabeza, por eso hoy les vemos que vienen y tratan de convencerlo de que se vaya con ellos porque incluso llegan a pensar que Jesús no está bien de la cabeza. ¡Ay la familia, que algunas veces se convierte en un retardo de lo que podemos hacer o de lo que queremos emprender con sus prudencias y con sus miedos!

¿Qué es lo que nos frena muchas veces en nuestra tarea, en soñar con proyectos nuevos, en implicarnos en aquellas cosas que vemos que no marchan bien y que nadie hace nada por remediarlo? Muchas veces también nos sucede que empezamos con mucho fervor y entusiasmo una tarea, pero pronto vamos aflojando, se va debilitando aquel entusiasmo y terminamos dejándonos arrastrar por la rutina como les pueda suceder a tantos.

Por supuesto, no podemos ir a lo loco, hay que poner unos buenos cimientos en aquello que queremos hacer y tener una buena planificación. Pero tampoco podemos quedarnos en tecnicismos, por así llamarlos, porque todo se quede en una planificación muy bonita. Necesitamos en nosotros mismos un cimiento interior, porque en verdad hayamos fortalecido nuestro espíritu, y tenemos que aprender a dejarnos guiar; pueden ser, es cierto, los buenos consejos que recibamos de cuantos están a nuestro lado, pero quien en verdad tiene que guiar nuestra tarea es el Espíritu del Señor que hemos de saber sentir con su inspiración en nuestro interior.

Eso se llama tener buen espíritu, eso se llama crecimiento interior, eso se llama una buena y rica espiritualidad que sea en verdad el motor de nuestra vida. Cuando nos dejamos envolver por esa espiritualidad profunda ni vamos haciendo las cosas por puro activismo ni nos quedamos en programaciones que quedan muy bonitas en el papel, sino que sentiremos esa urgencia interior que nos mueve, que nos hace darnos y gastarnos porque queremos hacer el bien, porque queremos un mundo mejor, porque queremos en verdad construir el Reino de Dios.

Y esto es algo, hemos de reconocer, que los cristianos no cuidamos como tendríamos que hacerlo. Profundicemos en la acción del Espíritu en nosotros.

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

jueves, 28 de enero de 2021

Aprendamos a saborear la buena noticia que es Jesús y pongamos bien alto el candil de la luz del evangelio para que renazca la esperanza en nuestro mundo

 


Aprendamos a saborear la buena noticia que es Jesús y pongamos bien alto el candil de la luz del evangelio para que renazca la esperanza en nuestro mundo

 Hebreos 10,19-25; Sal 23; Marcos 4,21-25

‘¿Qué hay de nuevo? ¿Qué me cuentas?’ Así en una expresión muy coloquial le preguntaba hace unos momentos a un amigo a través del WhatsApp por noticias de su vida o de su tierra. Cuando nos hablamos tratamos de comunicarnos las noticias de lo que sucede, intentamos que sean cosas buenas y agradables, pero muchas veces nuestras noticias son muy duras porque nos hablan quizá de las dificultades de la vida, de situaciones difíciles por las que estemos pasando o tantas noticias de crespón negro que se suceden continuamente en nuestra sociedad. Forma parte de nuestras relaciones entre unos y otros y de lo que es la vida misma de la sociedad en la que vivimos. Ojalá tuviéramos la oportunidad de estar trasmitiéndonos buenas noticias.

Claro que para nosotros los cristianos siempre tenemos una Buena Noticia que trasmitirnos, que comunicarnos, aunque muchas veces medio que la ocultamos o ya no parece que ser algo que pueda salir en la primera página de los periódicos o de los noticieros. Esa buena noticia que para nosotros – y también para nuestro mundo aunque no se lo crea – es Jesús. ¿Es que puede haber algo más grande que la noticia del amor de Dios que para nosotros es Jesús? Hemos cambiado la expresión por la palabra griega, pero muchas veces olvidamos lo que en sí misma significa, evangelio. Y eso un cristiano no tendría que olvidarlo nunca. Porque es buena noticia de amor y de salvación sigue hoy inundando nuestro corazón y tendría que enfervorizarnos de otra manera, porque desgraciadamente hemos caído en una terrible atonta espiritual y cristiana.

¿Habremos ocultado el candil debajo del cajón o nos habremos decidido ya de una vez por todas a poner el candil en el candelero, la luz en un lugar bien alto que pueda alumbrar a todos? ¿Qué estamos haciendo de la luz del evangelio?, tendríamos que preguntarnos con sinceridad o también con cierto temblor para que nos diera vergüenza de cómo hemos desvirtuado el mensaje del evangelio. Como decíamos antes hemos llegado al punto en que Jesús ya no es noticia de primera página. Pero es que los cristianos tampoco estamos destacando mucho ni haciendo todo lo posible porque esa buena noticia sea en verdad una revolución de corazones, una revolución para nuestro mundo.

Quejarnos es una cosa que fácilmente sabemos hacer. Nos quejamos de la situación que vivimos, de los problemas de nuestro mundo, de la atonta de la vida vivida con tanta superficialidad y frialdad, de que no sabemos cómo salir del atolladero en que se encuentra la sociedad, de que no encontramos soluciones. Como plañideras andamos con nuestras lágrimas de desesperanza que enturbian la vida, que enturbian los corazones.

¿Y la Buena Noticia de Jesús no nos dice nada? ¿No siembra inquietud en nuestros corazones para buscar caminos de cosas mejores? ¿No se despierta nuestra esperanza con el camino que Jesús nos ofrece? ¿Será acaso que no hemos llegado a saborear bien el sabor del evangelio de Jesús? Pongamos esa luz de Jesús delante de nuestros ojos, bien alta para que el mundo la vea también. Y mirando y escuchando a Jesús creo que podremos aprender mucho para esa solidaridad que tanto necesitamos en nuestro mundo, para ese compromiso de lucha por el bien emprendiendo los caminos de la generosidad y del amor, emprendiendo caminos de mayor responsabilidad en las funciones que tenemos que realizar en nuestra sociedad.

‘Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa; fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras’, nos decía la carta a los Hebreos.

Con esas premisas del evangelio seguro que encontraremos caminos para hacer nuestro mundo mejor. Pero no nos pongamos a llorar, sino pongámonos a hacer, a comprometernos, a ser responsables, a ser más solidarios, a pensar menos en nosotros mismos para pensar más en los demás. Es lo que contemplamos en Jesús, es la Buena Nueva que Él quiere transmitirnos, es la luz que dará un sentido nuevo a nuestra vida, pero que iluminará también nuestro mundo para emprender nuevos caminos. El Evangelio sigue siendo luz para el mundo de hoy.

viernes, 11 de octubre de 2019

Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu


Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26
No terminamos de aprender la lección. Nos pasa en muchas facetas de la vida. Luchamos, nos esforzamos porque queremos conseguir algo, pero cuando nos parece que lo tenemos conseguimos nos aflojamos, no mantenemos la intensidad de la lucha por mantener lo conseguido y cuando menos lo pensamos todo se nos desmorona. Es en los trabajos, en las metas que nos hemos propuesto en la vida, en nuestra vida personal de superación, en tantas cosas.
Y es que, como se suele decir, hay que hacer un mantenimiento; como con un edificio, que no es solo construirlo y ponerlo a punto para habitar en él y que cumpla las finalidades propuestas sino que luego tenemos que seguir realizando un ejercicio de mantenimiento. Así, la vida, nuestras luchas personales, lo que realicemos también en nuestra sociedad, en el mantenimiento de la amistad e incluso en el amor de la familia o el amor matrimonial.
Nos pasa también en nuestra vida cristiana, en el seguimiento de Jesús y en todos nuestros compromisos como miembros de la Iglesia. A día de mucho fervor se suceden con frecuencia momentos de decaimiento, de enfriamiento espiritual, de desganas y cansancios que nos hacen perder el ritmo y todo se nos viene abajo.
Lo hemos visto en tantos a nuestro alrededor que tras un encuentro con el Señor, unos ejercicios, un cursillo, algo que les ha sucedido y les ha impactado comenzaron a vivir con un fervor extraordinario, pero con el paso del tiempo parece que todo se vino abajo y ya no están aquellos fervores y se olvidaron los compromisos. Lo vemos en nosotros mismos tantas veces con nuestros altos y bajos.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio, cuando nos habla del enemigo malo que es expulsado de alguien pero que luego vuelve con más brío a apoderarse de aquel de quien había salido. Son las tentaciones que tantas veces sufrimos después de fuertes luchas donde nos parecía que todo lo habíamos superado, pero que luego volvimos por nuestras viejas andadas. Es tan importante la vigilancia, el cuidado de nuestro espíritu, el fortalecimiento interior.
En este campo de la espiritualidad no podemos dejar entrar esos aires tibios que parece que nos dan mejor confort sino que hemos de mantenernos firmes haciendo crecer más y más nuestra espiritualidad. Tenemos que ser personas de hondura interior, con buenos cimientos espirituales, con buenas raíces para estar siempre bien enracimados con lo que tiene que ser la cepa de nuestra vida. Recordemos lo que en ese sentido nos dirá Jesús en otros momentos del evangelio. Hoy nos dirá Jesús que con El o contra El, y que quien no recoge con El desparrama.
Desparramamos o derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y perseverancia en lo espiritual, por nuestra falta de unión verdadera y fuerte con el Señor. Cultivemos nuestro espíritu.

lunes, 12 de agosto de 2019

No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas



No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas

Deuteronomio 10,12-22; Sal 147; Mateo 17,22-27
Algunos parece que vamos de duros por la vida, ni una sonrisa ni una mueca o expresión en el rostro que manifieste algún tipo de sentimientos, miradas frías y hieráticas, frialdad o insensibilidad en el trato, ningún gesto de afecto o de algún mínimo de compasión cuando nos encontramos con algún tipo de sufrimiento, parecemos impasibles. Nos parece que manifestar sentimientos nos debilita, con nuestras miradas severas nos creemos vencedores y superiores en todo y a todos.
No todos somos así, es cierto, porque se manifiesta mucha ternura en ocasiones entre unos y otros, pero fijémonos en el rostro de los que encontramos por la calle y veremos cómo cada uno va en su mundo, en sus pensamientos, sin ninguna muestra externa de lo que puedan llevar en su interior, sin ninguna mirada que se cruce con el que se encuentra porque parece que van por otro mundo, no por nuestras calles o caminos ni encontrándose con otros que son sus semejantes.
¿Es malo expresar los sentimientos? Nos ponemos a razonar y nos decimos que cuando expresamos los sentimientos nos estamos acercando a los demás, pero aun así seguimos poniendo distancias y guardándonos nuestros sentimientos para nosotros. Pero algunas veces lo que tanto guardamos sin darle uso, termina por estropearse y pudrirse. Y es a lo que da olor muchas veces nuestro mundo cuando vamos tan de insensibles por la vida.
¿No tendríamos que poner otro color y otro calor en nuestras relaciones? No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón y que nos hace cercanos a los otros para gozarnos con ellos en sus alegrías pero también para saber sufrir con ellos en sus problemas y dolores, que un dolor compartido parece menos dolor porque ya esa cercanía es una forma de consolar.
No tengamos vergüenza de nuestros sentimientos, ya nos sintamos tristes por penas o problemas o ya estemos radiantes por lo bueno de lo que disfrutamos y por lo bueno que descubrimos en los demás. Seremos así más humanos, porque esos sentimientos forman parte también de nuestro ser humano. y es bueno que nos paremos a pensar en estas cosas, que despertemos eso bueno y tierno que llevamos en el corazón, que nos hagamos sensibles ante cuanto les sucede a los demás y no tengamos miedo de manifestarlo y manifestarnos también como seres capaces de compasión.
Y alguien dirá ¿a que viene toda esta reflexión en esta semilla de cada día que quiere ser un comentario del evangelio del día? Es un comentario que queremos hacer pero queriendo llevarlo a lo que es también la vida de cada día, de lo que nos sucede, de la manera que tenemos de hacer las cosas, o de aquellas cosas que tendríamos que hacer florecer quizá en nuestra vida. El evangelio es buena noticia de cada día para nuestra vida concreta y en esa nuestra vida concreta han de florecer nuestros sentimientos.
Simplemente he partido de aquello que nos dice hoy el evangelio que los discípulos se pusieron tristes con las palabras de Jesús. Les hablaba y anunciaba su próxima pasión que ellos no terminaban de entender, y como hablaba de sufrimiento, de cruz y de muerte apareció esa tristeza en sus corazones. Como aparece tantas veces en nuestra vida en cosas que nos resultan incomprensibles, en los problemas que nos surgen cada día o cuando constatamos un sufrimiento injusto en los demás.
Es cierto que los discípulos andaban un poco ciegos porque entendieron lo de la muerte pero no entendieron lo que les anunciaba Jesús también de resurrección. Cuando llegue la resurrección después de pasar por el dolor de la pascua bien que manifestarán su alegría. Hagamos muy humana la vivencia de nuestra fe manifestándonos humanos, manifestando también nuestros sentimientos.
Una alegría que también nosotros hemos de saber manifestar en nuestra vida, en esos gestos espontáneos que nos pueden surgir, pero también con la alegría que vivimos nuestra fe, que nos llega de entusiasmo pero que quiere contagiar de esa alegría y de esa fe a los que están a nuestro lado.

jueves, 24 de enero de 2019

Busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva


Busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva

Hebreos 7,25–8,6;Sal 39; Marcos 3,7-12
Las relaciones entre las personas en el ámbito de las actividades que cada día realizamos algunas veces adolecen de un calor humano que lleve a un verdadero encuentro entre las personas; son en muchas ocasiones unas relaciones frías y distantes y cuando entramos en el ámbito de lo profesional unas relaciones así nos crean distancias donde parece que lo único que interesa es resolver mecánicamente aquel problema que llevamos o por parte del profesional se limita a resolver aquel asunto como si de un número más pasara por nuestras manos o las listas de lo que tenemos que hacer.
Sucede quizás también en ocasiones en nuestras relaciones de vecindad, en que llegamos al punto que ya nadie se saluda, o quizás los buenos días que nos damos son fríos e incapaces de entrar en una relación con el que vive a nuestro lado.
Qué distinto cuando por una parte y otra ponemos un cierto calor humano, un interés por la persona que tenemos delante uno y otro y se establece como una comunicación que ya no es solo de problemas sino de personas cada una con sus propias características humanas. No es ya el maestro o profesor que se contenta con desarrollar un programa, el profesional de la medicina que nos da un remedio para nuestro dolor o enfermedad, sino que es la persona que nos transmite unos valores porque él los vive, una persona que entra en una relación personal con nosotros mostrando interés por nuestro yo y por nuestra vida.
En esa frialdad y distanciamiento, aunque profesionalmente seamos los mejores profesionales por nuestros conocimientos o nuestra ciencia vamos creando un mundo muy perfecto en algunas cosas técnicas quizá pero al que le falta una verdadera humanidad. No somos piezas de un mecano o un rompecabezas que tenemos que colocar con todo orden y perfección; somos personas capaces de relacionarnos, de sonreír o de mostrar interés o preocupación por lo que le sucede a la otra persona, que manifestamos nuestro agrado o nuestro desacuerdo también cuando sea necesario, que entramos en diálogo y comunicación personal,
Somos personas con nuestros sentimientos y nuestras características personales pero que nos damos cuenta de que somos seres humanos que podemos ser y sentirnos como hermanos, que vamos embarcados en la misma vida y en el mismo mundo, que tenemos que saber caminar juntos  y que así tenemos que hacernos la vida agradable los unos a los otros para que todos nos realicemos mejor como personas y seamos más felices haciendo un mundo mejor y más humano.
Y aquí los que seguimos a Jesús tenemos una tarea muy importante que realizar. Primero que nada porque nuestro distintivo tiene que ser el amor que va a ser la base de esa comunicación y comunión que tengamos con cuantos nos rodean. Un amor que alimentamos desde nuestro encuentro personal y vivo con el Señor como Jesús nos va enseñando en el evangelio.
También los que rodeaban a Jesús o acudían a Él desde sus necesidades podían entrar en una relación con El simplemente desde el interés. Agobiados en su pobreza y sus necesidades, invadidos por dolores y sufrimientos de todo tipo, marcados por la enfermedad, la invalidez o la discapacidad por las limitaciones que vivían en sus miembros o en sus sentidos, en Jesús podían ver el taumaturgo que podía solucionarle todos sus problemas y así como a un talismán que milagrosamente les remediase en sus necesidades sin casi tener que hacer nada por su parte acudían a Él.
No quiere Jesús que lo vean así; busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva. No busca Jesús por otra parte publicidades baratas ante lo que va realizando porque lo que Él quiere en verdad es que vayan sembrando la Palabra de Dios en sus corazones para que nazca de verdad en ellos el nuevo Reino de Dios.
En cierto modo Jesús huye de las multitudes aunque son multitudes las que acuden a Él. Por eso marcha de un lugar para otro y en ocasiones se oculta con sus discípulos más cercanos en lugares apartados donde los vaya impregnando con su vida y su enseñanza en el sentido verdadero del Reino de Dios.
Habrá algunos que lleguen a proclamar una fe grande en Jesús reconociendolo como el enviado de Dios o como el Hijo de Dios, como hacían en ocasiones los poseidos por espiritus inmundos. Jesús nos les deja hablar, no quiere esas publicidades baratas. El que un dia enviará a sus discípulos por todo el mundo para anunciar el Reino de Dios después de su resurrección, ahora de alguna manera les prohíbe hablar, porque lo que le interesa es que lleguen a esa relación personal con Dios.
Es así como nosotros tenemos que impregnar nuestras vida de ese amor para que con nuevas actitudes de amor nos presentemos ante los demás, como decíamos antes para hacer nuestro mundo mejor y más humano. Así aprenderemos a entrar entonces en esa relación humana, verdaderamente cordial, nacida del corazón, con todos aquellos con los que nos encontramos o con los que convivimos.

lunes, 11 de mayo de 2015

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Hechos,  16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee nuestra fe’. Y nos habla Jesús del testimonio que hemos de dar muchas veces en un mundo adverso; pero nos habla Jesús del ‘Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, y que dará testimonio de Mí’. Nos anuncia que con nosotros estará siempre la fortaleza del Espíritu Santo.
‘Para que no se tambalee nuestra fe’. Muchas veces nos sucede o nos puede suceder. Por una parte serán los problemas que nos irán apareciendo en la vida, los dolores y sufrimientos de todo tipo que van marcando nuestro cuerpo con la enfermedad y las limitaciones o nuestro espíritu que se nos llena de dudas; será ese mundo adverso, como decíamos, en donde vamos a encontrar oposición a ese testimonio que hemos de dar o que nos puede llevar incluso a la persecución; o será la frialdad o la rutina que se nos va metiendo en el alma y hace que nuestra espíritu decaiga y se debilite, se tambalee nuestra fe.
Nos cuesta muchas veces; nos llenamos de dudas; aparece la tentación de mil maneras y nuestra vida se puede ir oscureciendo cuando le falta la luz y la fortaleza de la fe. Jesús quiere prevenirnos para que estemos atentos, vigilantes porque como nos dirá san Pedro en su carta, el león anda rondando a nuestro alrededor buscando a quien devorar.
Y la fortaleza de nuestra fe la tenemos en el Espíritu del Señor que nos acompaña, se hace presente en nuestra vida. Como decimos tantas veces tenemos que fortalecer nuestra espiritualidad. ¿Y qué es fortalecer nuestra espiritualidad sino llenarnos del Espíritu del Señor? Quizá ese crecimiento espiritual lo podemos traducir en fortalecer e intensificar nuestra oración, en cultivar nuestro mundo interior, en abrir no solo nuestros oídos sino especialmente nuestro corazón a la Palabra de Dios, en la vivencia intensa de la vida sacramental. Pero todo eso no es otra cosa que abrirnos al Espíritu, dejarnos conducir por el Espíritu, sentir la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Ese es el crecimiento de nuestra espiritualidad. Porque nuestra espiritualidad cristiana está fundamentada en el Espíritu Santo. No es solo que nos hagamos más reflexivos y rumiemos cada vez más lo que nos va sucediendo. Eso está bien y tenemos que hacerlo, pero no lo hacemos por nosotros mismos, lo hacemos guiados  por el Espíritu divino que es nuestra Sabiduría y nuestra fortaleza. No es solo nuestro espíritu, esa profundidad que queremos darle a nuestro corazón, sino que es la fuerza del Espíritu Santo que Jesús nos ha prometido.
Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la acción del Espíritu divino en nosotros, a la Sabiduría del Espíritu.