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sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.

viernes, 11 de octubre de 2019

Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu


Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26
No terminamos de aprender la lección. Nos pasa en muchas facetas de la vida. Luchamos, nos esforzamos porque queremos conseguir algo, pero cuando nos parece que lo tenemos conseguimos nos aflojamos, no mantenemos la intensidad de la lucha por mantener lo conseguido y cuando menos lo pensamos todo se nos desmorona. Es en los trabajos, en las metas que nos hemos propuesto en la vida, en nuestra vida personal de superación, en tantas cosas.
Y es que, como se suele decir, hay que hacer un mantenimiento; como con un edificio, que no es solo construirlo y ponerlo a punto para habitar en él y que cumpla las finalidades propuestas sino que luego tenemos que seguir realizando un ejercicio de mantenimiento. Así, la vida, nuestras luchas personales, lo que realicemos también en nuestra sociedad, en el mantenimiento de la amistad e incluso en el amor de la familia o el amor matrimonial.
Nos pasa también en nuestra vida cristiana, en el seguimiento de Jesús y en todos nuestros compromisos como miembros de la Iglesia. A día de mucho fervor se suceden con frecuencia momentos de decaimiento, de enfriamiento espiritual, de desganas y cansancios que nos hacen perder el ritmo y todo se nos viene abajo.
Lo hemos visto en tantos a nuestro alrededor que tras un encuentro con el Señor, unos ejercicios, un cursillo, algo que les ha sucedido y les ha impactado comenzaron a vivir con un fervor extraordinario, pero con el paso del tiempo parece que todo se vino abajo y ya no están aquellos fervores y se olvidaron los compromisos. Lo vemos en nosotros mismos tantas veces con nuestros altos y bajos.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio, cuando nos habla del enemigo malo que es expulsado de alguien pero que luego vuelve con más brío a apoderarse de aquel de quien había salido. Son las tentaciones que tantas veces sufrimos después de fuertes luchas donde nos parecía que todo lo habíamos superado, pero que luego volvimos por nuestras viejas andadas. Es tan importante la vigilancia, el cuidado de nuestro espíritu, el fortalecimiento interior.
En este campo de la espiritualidad no podemos dejar entrar esos aires tibios que parece que nos dan mejor confort sino que hemos de mantenernos firmes haciendo crecer más y más nuestra espiritualidad. Tenemos que ser personas de hondura interior, con buenos cimientos espirituales, con buenas raíces para estar siempre bien enracimados con lo que tiene que ser la cepa de nuestra vida. Recordemos lo que en ese sentido nos dirá Jesús en otros momentos del evangelio. Hoy nos dirá Jesús que con El o contra El, y que quien no recoge con El desparrama.
Desparramamos o derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y perseverancia en lo espiritual, por nuestra falta de unión verdadera y fuerte con el Señor. Cultivemos nuestro espíritu.

miércoles, 24 de julio de 2019

Aunque la tierra esté llena de pedruscos y abrojos no seamos pasivos sino que a pesar del lugar inhóspito ayudemos a que la semilla germine y brote una hermosa planta que dé fruto


Aunque la tierra esté llena de pedruscos y abrojos no seamos pasivos sino que a pesar del lugar inhóspito ayudemos a que la semilla germine y brote una hermosa planta que dé fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Caminando por la calle o carreteras de nuestros pueblos o nuestros campos es fácil que nos encontremos que en cualquier grieta del asfalto veamos surgir una pequeña planta, una hierba quizá, o en alguna ocasión quizá hasta el brote de lo que pudiera ser un árbol de frutos; te admiras, quizás, de que allí haya germinado una semilla para hacer brotar esa planta en un lugar tan adverso, y piensas cómo es que ha encontrado la humedad necesaria y ha encontrado la tierra donde echar sus raíces. Quizá la adversidad no le dé futuro a esa planta, o quizá encuentre la fuerza necesaria para brotar vigorosa y mantenerse con vida hasta darnos frutos. Poniendo imaginación por nuestra parte podríamos decir cuánto esfuerzo por tener vida en un lugar tan inhóspito, por llegar a ser una planta que nos de una hermosa flor o incluso ricos frutos. Algo nos enseña.
¿Será así también en nuestra vida o en la vida de los que nos rodean? Cada uno sabe los esfuerzos que hace en si mismo para lograr ese crecimiento y esa maduración de la vida. Todos tenemos nuestras debilidades, nuestras tendencias y pasiones que se nos desbordan, apegos en la vida o malas semillas que han ido creciendo también en nuestro interior. Podemos ser conscientes de lo que sucede en nuestro interior, pero quizá desconocemos lo que sucede en el interior de los demás.
Esto nos exigiría respeto hacia la vida de los otros, porque realmente no sabemos lo que sucede en el interior de cada hombre, las grietas que pueda tener en su vida, el mundo adverso que a cada cual rodea, las sequedades de su interior o aquellas cosas en las que tropieza una y otra vez y no permiten que sus raíces pueden ahondarse allí donde pueda encontrar buena tierra y enraizar debidamente. Somos fáciles para el juicio y la condena de los demás, pero pocas veces nos detenemos a ver las dificultades que en si mismo cada uno tiene.
Ya sabemos que necesitamos tierra buena, tierra bien cultivada, libre de pedruscos y de abrojos, pero la realidad de nuestra vida es esa. Son muchas las cosas que influyen en nosotros de manera negativa y nos cuesta levantar cabeza, nos cuesta poner esa positividad en la vida. Cuando en verdad queremos crecer como personas sabemos cuanto nos cuesta, las dificultades que cada día de la vida vamos encontrando. No es que seamos pesimistas, sino que vemos nuestra realidad. Pero tampoco podemos quedarnos en la pasividad, sino que hemos de saber encontrar fuerzas para levantarnos, para crecer, para llevar a madurar en la vida buscando el mejor ideal, la más alta meta.
Hoy el evangelio nos ha propuesto la parábola del sembrador que salio echar la semilla por todo lugar. Hubo, es cierto, semillas que no pudieron germinar, o semillas que aunque germinaron y comenzaron a crecer pronto se vieron agostadas y no llegaron a dar fruto. Pero como decíamos no nos podemos quedar en la pasividad, sino que tenemos que buscar cómo ser la mejor tierra para que lleguemos a dar fruto. Podemos liberarnos de esos abrojos, limpiar esos pedruscos del campo de nuestra vida. Con dificultad, pero podemos. Y es a lo que nos incita la parábola.
Que esa semilla de la Palabra de Dios que cae en nosotros llegue a dar fruto. Somos nosotros los que tenemos que dar respuesta, cada uno en su vida, pero también en lo que podemos hacer para ayudar a los demás. Como nos enseña la parábola y la actitud de Jesús hemos de buscar todo momento y todo lugar para sembrar esa semilla, como Jesús que enseñaba aprovechando la barca de Pedro a la orilla del lago, como el sembrador que fue echando la semilla a voleo por todos los lugares, consciente también de la dificultad para que toda esa semilla germinara y diera fruto.
En nuestras manos está y no podemos ser pesimistas ni por nosotros mismos ni por el campo que podamos ver a nuestro alrededor. Sembremos la semilla respetando lo que suceda en el interior de cada hombre, pero pongamos también algo de nuestra parte para ayudar, para animar, para regar o abonar ese sembrado. Muchas son las cosas que podemos hacer si nos arrancamos de nuestras actitudes pasivas y negativas. Cambiemos nuestra mirada y nuestra actitud.

lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.