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sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

‘Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

jueves, 11 de julio de 2024

¿Qué es lo que ganamos? vamos a saborear una nueva sabiduría y a sentir el calor de una nueva familia aún más enriquecedora para nosotros

 


¿Qué es lo que ganamos? vamos a saborear una nueva sabiduría y a sentir el calor de una nueva familia aún más enriquecedora para nosotros

Proverbios 2, 1-9; Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Yo qué gano con eso? Una pregunta que algunas veces nos hacemos. Y es que en muchas ocasiones somos interesados. ¿Qué podemos sacar? ¿Qué beneficios vamos a obtener? Es como si la gratuidad no existiera. Y nos sale esa actitud y postura casi como de manera natural. No siempre ni todos, hemos de reconocer también. Pero nos rodea esa sombra interesada.

Aunque decimos que somos generosos y que nos gusta hacer el bien, hay momentos en que nos ponemos a hacer nuestras cuentas, el tiempo que hemos dedicado, lo que hemos gastado de nuestro bolsillo quizá, el esfuerzo que hemos realizado y comenzamos a sumar a ver lo generosos que hemos sido, pero ¿sin ninguna ganancia? Es la pregunta que queda ahí por el fondo tratando de pasar disimulada, pero está.

Es lo que Pedro está planteando a Jesús en aquella ocasión, como nos narra hoy el evangelio. Había sido el episodio en que alguien que quería seguir a Jesús, o al menos se preguntaba qué es lo que había que hacer para alcanzar la vida eterna, tenía el corazón tan apegado a sus riquezas que no fue capaz de dar el paso de generosidad que le pedía Jesús. Y hablaba Jesús de lo difícil que era entrar en el Reino de los cielos a aquellos que estaban así apegados a sus riquezas. Los que ahora están con Jesús han sido generosos porque un día dejaron casa, trabajo, barcas y redes, familias para irse itinerantes con Jesús. Y es la pregunta que le sale espontánea a Pedro, lo hemos dejado todo, y ahora ¿qué?, ‘¿qué nos va a tocar?’

Y Jesús les habla de doce tronos donde han de sentarse para juzgar a las doce tribus de Israel, y les habla de ganar cien veces más en todo aquello que han dejado, y les habla de heredar la vida eterna. ¿Qué significado tienen estas palabras de Jesús?

No sé si a lo largo de la historia en la iglesia nos habremos acogido a la literalidad de las palabras de Jesús y habremos buscado tronos, honores y gloria, abundancia de beneficios cuando lo hemos dejado todo para intentar luego vivir como reyes. Es un primer mal pensamiento que me viene a la cabeza, pero que puede constatar sin embargo cosas muy reales de las que nos hemos envuelto muchas veces.

Si Jesús nos está pidiendo un desprendimiento, no será para que ganemos en ese aspecto de las cosas materiales. Ese aprender a juzgar, como dicen las palabras de Jesús, tiene que comenzar por ese nuevo juicio, por esa nueva y distinta valoración que hagamos de la vida, de nuestra vida, o de las cosas que tenemos que utilizar en la vida.

Creo que cuando arrancamos de nosotros esos apegos del corazón la mirada de la vida es distinta, hay una nueva sabiduría en nosotros para buscar lo que verdaderamente es importante, lo que nos puede conducir por caminos de mayor plenitud. Sí, una nueva sabiduría de la vida, una nueva forma de saborear las cosas, de saborear la vida tenemos que decir haciendo juego entre la palabra sabiduría y la palabra saborear.

Ya no será lo material lo que llene nuestro corazón ni van a ir por ahí nuestras ambiciones. Cien veces más dice Jesús, y es que vamos a encontrar una nueva acogida y valoración también entre quienes nos rodean porque nuestra humildad y desinterés se ganará los corazones de quienes nos rodean.

Nos sentiremos queridos de una manera distinta, aunque hayamos dejado atrás muchas cosas o puesto a un lado cariños humanos que también son buenos, sin embargo el cariño que sentiremos de los demás será mucho más rico y sabroso. En torno a nosotros vamos a sentir el calor de una nueva familia que será aun más enriquecedora para nosotros. Es el ciento por uno del que nos habla Jesús.

Y como termina diciéndonos Jesús, heredaremos la vida eterna. Y es que estamos llenándonos de la vida de Dios, estaremos llenándonos de Dios. Y será quien en verdad llenará de felicidad nuestro corazón, no de una forma efímera como son las felicidades de este mundo, sino en una felicidad que dura para siempre.

¿Nos daremos cuenta de qué es lo que en verdad estamos ganando?

sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.

lunes, 17 de octubre de 2022

Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

 


Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

‘Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, se acercó uno a pedir la mediación de Jesús. ¡Qué problema el de las herencias! Entonces y en todos los tiempos. Es el problema de la ambición, son los deseos de decir esto es mío y nadie me lo quita, son los sueños de que por más cosas que tengamos seremos más felices, son las cosas que vamos acumulando, fruto de nuestros trabajos quizás, pero cosas que nos gusta tener y de las que no queremos desprendernos, es la vanagloria de querer presentarnos llenos de cosas, de joyas o de cosas de valor, porque nos parece que eso nos da grandeza, eso nos da poder, eso va a causar la admiración y - ¿por qué no? – la envidia de los demás.

No es el problema de la herencia, sino de lo que llevamos en el corazón; y parece que muchas veces lo hemos llenado de cosas y no de verdaderos valores; cuántas cosas acumulamos que ya no sabemos ni qué hacer ni como tenerlo todo limpio y ordenado. No es el desorden de las cosas que acumulamos en casa, sino es el desorden que hay en nuestro corazón cuando no hemos hecho una verdadera escala de valores. ¿Qué es lo que verdaderamente tiene importancia? Y allí donde tenemos nuestro tesoro, está nuestro corazón, están nuestras ambiciones, están las guerras que continuamente nos hacemos.

¿De que le valió a aquel hombre aquella gran cosecha que le hizo agrandar sus bodegas y sus graneros? Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. Pero la vida no son las cosas que acumulemos. ¿Sabremos en verdad vivir? Porque nos llenamos de muchas cosas y ni vivimos; no las disfrutamos porque estamos recontándolas y recontándolas pero tenemos miedo que se gasten y no nos sirven de provecho. Nos llenamos de cosas pero no de vida.

¿Dónde tiene que estar realmente nuestro vivir? ¿Qué es vivir para nosotros? ¿Solamente trabajar y trabajar para tener más y que nuestra cuenta del banco se engorde más y más? Trabajas para tener cosas y no valoras, por ejemplo, la familia, tus hijos que buscan en ti una palabra liberadora de luz, la esposa que te espera en casa preparándote lo mejor, los amigos con quienes disfrutar de su amistad, la sonrisa de una persona que pasa a tu lado, el buen gesto que en un momento tuvo alguien contigo pero del que ni te diste cuenta tan afanado como estabas, esa palabra ‘gracias’ con la que alguien te obsequió pero que no escuchaste ni valoraste y estas tan engreído pensando que todo te lo merecías que no fuiste capaz de responder con una sonrisa, aquellos colores del sol poniente que no supiste apreciar porque solo estaban pendiente de cómo prolongar la jornada para ganar más y para tener más.

Cuántas cosas vamos perdiendo y que no sabemos disfrutar. Nos falta vivir. Y seguimos preocupándonos por la herencia que se quiere llevar mi hermano y no quiere compartir conmigo. De cuántas cosas innecesarias nos preocupamos en la vida y no le damos verdadera importancia al vivir. Que es algo más que poseer, que acumular, que darse buena vida de esa manera que entiende la mayoría, y al final se sienten hastiados y vacíos porque nada de todo aquello les satisface plenamente y dar verdadera felicidad al corazón.

Cuántas cosas tenemos que pensar y cuantas cosas tenemos que revisar para buscar los verdaderos valores, para que comencemos a pensar menos en nosotros mismos y más en los otros, para que llegamos a la satisfacción del compartir que te dará muchas más felicidad, aunque tengas que desprenderte de algo, a ser feliz de verdad cuando hacemos felices a los demás. No serán necesarias grandes cosas, grandes milagros, sino los gestos sencillos del amor.

domingo, 31 de julio de 2022

Buscamos seguridades, acumulamos y nos llenamos de cosas, nuestras alforjas tan pesadas nos impiden caminar, miremos con mirada distinta lo que somos para un sentido nuevo

 


Buscamos seguridades, acumulamos y nos llenamos de cosas, nuestras alforjas tan pesadas nos impiden caminar, miremos con mirada distinta lo que somos para un sentido nuevo

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

¿Buscamos seguridades en la vida? Pues, sí. Nos queremos construir un futuro y nos preparamos. Queremos tener una seguridad para nuestra vida y para nuestra salud en el futuro, y por un lado nos cuidamos, pero también hacemos nuestras previsiones para que tengamos de donde echar mano cuando lo necesitemos, cuando la salud se nos resquebraje, o cuando ya no seamos capaces de conseguir unos medios por nosotros mismos. Es lógico, es normal, que busquemos esa seguridad, busquemos esos apoyos en los que sustentar nuestra vida.

Pero, ¿en qué sustentamos nuestra vida? Aquí viene una pregunta importante, porque según sea nuestra respuesta o nuestro planteamiento veremos de qué seguridades estamos hablando. ¿Solo es cuestión de unos bienes materiales? ¿Y donde está nuestra relacion con las personas? ¿Cuál es el valor que le damos a la persona? ¿Cuál es el valor que le damos a las personas con las que convivimos y hacemos camino?

Vienen los peligros en los planteamientos; vienen las vanidades que se convierten en oropeles de los que nos rodeamos pero que nada valen; vienen esas otras apetencias y ambiciones que nos pueden hacer soñar en pedestales, que no tienen base; viene el que estemos más atentos a nuestras cuentas del banco que del valor de la persona que somos o del valor de esas personas que nos rodean y con las que caminamos.

Nos podemos cegar, podemos perder el rumbo, podemos encontrarnos arenas movedizas bajo nuestros pies y perder todas aquellas seguridades donde habíamos apoyado nuestra vida. ¿Qué es lo que buscamos que pueda hacernos realmente grandes? Podríamos pensar en el prestigio o en el poder; ese relumbrón que nos hace famosos porque un día quizás hicimos algo que parecía que salía de lo normal, esa buena consideración que los demás puedan tener de nosotros, o las apariencias tras las que ocultamos la realidad de nuestra vida muchas veces vacía. ¿Cuáles son los verdaderos valores por los que luchamos y nos esforzamos? ¿Qué es lo que realmente va a hacer grande a la persona? ¿Por qué seguimos en la vida dándonos codazos y traspiés los unos a los otros por estar un punto más alto que el que está a nuestro lado?

El evangelio que hoy escuchamos parte de unas peticiones que un buen hombre vino a hacerle a Jesús; los problemas de las herencias que tantas familias rompen. ‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia’. La respuesta de Jesús no tiene desperdicio. ‘¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?... Guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué hacemos depender la vida? ¿Cuáles son nuestras seguridades? Nos hemos venido preguntando a lo largo de nuestra reflexión.

Y nos propone Jesús la parábola de aquel hombre rico que obtiene una buena cosecha que le hace engrandecer sus graneros y bodegas de manera que ya parece que se siente satisfecho para siempre porque ya no tendrá que trabajar. En otra ocasión nos dirá Jesús que de qué nos vale ganar todos los tesoros y poderes del mundo, si perdemos la vida. En el caso de la parábola aquel hombre que se pensaba que ya iba a vivir bien para siempre, aquella noche le llegó la hora de la muerte. ¿De quien será todo aquello que había acumulado?

Sí, ¿de qué nos valen tantas cosas que vamos acumulando en la vida? Miremos nuestras alforjas tan pesadas que ya no nos dejan ni caminar. Miremos lo que tenemos y cuan preocupados andamos por guardarlo y que nadie nos lo pueda quitar o robar. Miremos lo que vamos guardando y ni siquiera sabemos disfrutarlo, pero que vendrá un día que ya no lo podamos usar y se va a quedar para trapo de limpieza. Miremos todas esas vanidades de las que hemos llenado la vida y démonos cuenta del vacío que sin embargo sentimos por dentro porque nada nos satisface ni nos llena. Y así cuantas preguntas tendríamos que irnos haciendo.

Miramos las cosas que tenemos, los adornos que nos llenan de vanidad, aquellos poderes o sabidurías que decimos poseer, pero ¿nos fijamos en las personas que están a nuestro lado? ¿Seremos capaces de detenernos para saludar y para escuchar? ¿Cómo es nuestra vida? pasamos al lado de los demás y no sabemos cual es el color de sus ojos, porque nunca les miramos cara a cara. Seguimos de largo con nuestras prisas por los caminos de la vida porque vamos a entretenernos no se con cuantas cosas tenemos a mano, pero no somos capaces de distinguir la lágrima que rodaba por la mejilla de esa persona que está a tu lado. Estamos pendientes de no sé cuantos ecos de sociedad y comidillas de esos personajes que se dicen famosos y cuya vida con todas sus trampas está en boca de todos, pero no somos conscientes de los dramas que pudiera haber tras la puerta de al lado.

¿Cuáles son las cosas importantes a las que tenemos que prestarle atención en la vida? ¿Cuáles son las cosas que nos darán verdadero valor a nuestra existencia?

martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

sábado, 9 de octubre de 2021

Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

 


Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cómo se siente de regocijada una madre cuando escucha buenos rumores del hijo de sus entrañas, porque no hay orgullo más grande para una madre que ver el crecimiento y la maduración de los hijos, ver cómo se hacen hombres de provecho – en frase muy popular que antes escuchábamos en los consejos de una madre, pero también escuchar quizá cómo aquel hijo se parece con su madre.

Por eso cuando una madre ve también el crecimiento de alguien, las buenas sensaciones que da su vida, aunque no sea un hijo propio, esa manera de actuar madura y sabia que le hace ser quizá un buen modelo para los demás por su integridad, por sus sabias palabras, por su buen corazón, ella se siente regocijada también y piensa en tal madre que parió a tal hijo. Eso era lo que sentía en su corazón aquella mujer anónima en medio de la multitud que escuchaba a Jesús y que contemplaba los signos que realizaba para gritar en medio de todos esa alabanza para la madre que crió tal  hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, no pudo menos que exclamar porque de alguna manera se sentía enamorada, cautivada por las palabras y las obras de Jesús. Qué menos podía hacer que alabar y ensalzar a la madre que dio tal hijo.

Aunque Jesús, como veremos, le dará una vuelta a las palabras de aquella mujer, esa espontaneidad y ese entusiasmo que mostró aquella mujer, aquel asombro que sentía en su corazón escuchando a Jesús también tendría que hacernos pensar. Era, sí, una palabra oportuna de alabanza; era un abrir su corazón para expresar el asombro y la alegría que sentía cuando escuchaba a Jesús, era un reconocer esa cadena de cosas buenas que ahora desembocaban en Jesús como tienen que desembocar en nosotros. Algunas veces sentimos cosas buenas en nuestro corazón y nos las guardamos para nosotros mismos; algunas veces podemos sentir el deseo de alabar a alguien por algo bueno que está haciendo o se está manifestando en su vida y con nuestros respetos humanos que nos llenan de cobardías nos lo guardamos para nosotros.

Sepamos, sí, sintonizar con lo bueno, sepamos dejar que salga espontánea de nuestro corazón esa palabra de alabanza y de felicitación, sepamos también descubrir el fondo que aprendido de la familia pueden tener muchas manifestaciones de cosas buenas, sepamos reconocer lo que de herencia de los recibido de nuestros mayores ahora reflejamos en esas actitudes buenas que haya en nuestra vida. Creo que son importantes también estos aspectos.

Ya decíamos que Jesús le da la vuelta a estas palabras de alabanza de esta anónima mujer, pero no porque no sepa o quiera reconocer lo que de su madre ha recibido y la alabanza que se merece su madre, sino porque quiere ahondar en algo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros y de lo que María también es ejemplo y modelo para nosotros. ‘Mejor, dirá Jesús, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

Es dichosa, sí, María por ser la madre del Señor. Proféticamente en el cántico del Magnificat ella había proclamado que la llamarían dichosas todas las generaciones. Nos gozamos nosotros en que es la Madre Dios que es también nuestra madre, pero contemplamos en María la mujer que supo plantar en su corazón, como tierra buena y preparada, la Palabra de Dios, porque ella así se sentía la esclava del Señor y todo lo más que quería es escuchar la Palabra y que la Palabra tuviera cumplimiento en ella.

La alabanza de Jesús para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen es también alabanza para María, es alabanza para su madre. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza? ¿Podremos sentir dentro de nosotros el orgullo y el gozo de que nos digan que nos parecemos a la madre, de que nos parecemos a María?

martes, 17 de diciembre de 2019

Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia


Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17
Queramos o no somos hijos de nuestra historia. Y esto lo decimos en referencia a nuestros pueblos, como lo podemos hacer en referencia a los individuos o las familias. Aunque hoy vivimos en un mundo de mucha movilidad y con los medios de comunicación que hoy tenemos podemos estar en relación con personas no solo de nuestro entorno sino del más lejano lugar de la tierra, sin embargo la idiosincrasia de un lugar, sus costumbres y tradiciones de alguna manera marcan nuestra vida y aunque quizá en ocasiones no sepamos cómo o por qué afloran estilos y comportamientos que son herencia, podemos decir, de lo que hemos recibido de nuestros mayores. Son cosas que se trasmiten de una forma sutil pero que sin embargo marcan estilos y maneras de ser o de pensar.
Por otra parte quién no se ha puesto a recordar en una conversación distendida con familiares o vecinos lo que son las raíces de cada uno, recordando que aquel es hijo de fulanito o aquel otro es de la familia tal y sobre todo los mayores recuerdan sus abuelos o antepasados también con multitud de anécdotas que forman parte de la historia de unas vidas.
Por otra parte tantas veces nos gusta indagar de donde procedía nuestra familia, el apellido que llevamos de donde procede y de manera especial cuando en nuestros antepasados ha habido algún tipo de movilidad por diferentes razones, ya sea emigración de un lugar a otro, ya sea por las uniones matrimoniales que se concertaron con personas de otro lugar, por ejemplo. Son los árboles genealógicos que nos construimos o nos gustaría construir haciendo referencia a todos nuestros antepasados.
Esto es lo que nos ofrece hoy el evangelista Mateo, aunque sabemos también que hace lo mismo Lucas en su evangelio. El evangelista Mateo que nos ofrece su evangelio en un entorno más judío, por ejemplo, entronca su genealogía en David y en Abrahán, para señalarnos de forma muy concreta esa raíz judía de Jesús para así señalarlo como el Mesías de Dios anunciado y prometido. Es el Hijo de David, y en la estirpe de Judá, primero, uno de los doce hijos de Jacob a quien escuchamos hoy en la primera lectura como depositario de la promesa, y de la familia de David de la que iba a nacer el hijo de María, desposada con José de la estirpe de David, a quien pusieron por nombre Jesús el llamado Cristo (Mesías) como concluye el evangelista.
Con este texto iniciamos estos ocho días que nos restan para la celebración del Nacimiento de Jesús y donde iremos escuchando a partir de mañana las primeras páginas del evangelio de Lucas con todo lo que hace referencia a los pasos previos al nacimiento de Jesús. Será como el último impulso de este camino de Adviento en nuestra preparación para las fiestas de Navidad.
No lo iremos escuchando como una anécdota más o una historia cualquiera que se nos cuenta sino que así iremos en la contemplación de esos diversos momentos adentrándonos en lo que ha de ser esa preparación de nuestro corazón para recibir al Señor que viene, y viene ahora en este momento concreto de nuestra propia historia como ya hemos mencionado, para traernos la salvación.
Como a Jesús le vemos nacer en un pueblo concreto que tiene su propia historia y en una familia concreta con sus concretas circunstancias, hemos de darnos cuenta de cómo el Señor llega a nosotros, con nuestra historia, con nuestra vida, y con las circunstancias concretas de lo que vivimos hoy en nuestro mundo.

lunes, 21 de octubre de 2019

Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices


Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc. 1,69-75; Lucas 12,13-21
‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia…’ La historia es antigua y es actual. Era habitual que los que andaban en litigios acudieran a los rabinos para encontrar solución a sus problemas o hicieran de intermediarios y ahora viene uno hasta Jesús con un problema de herencias con un familiar.
Pero siguen sucediendo casos así en todos los tiempos y en nuestra época. ¿Quién no conoce algún caso, o quizás muchos, de discordias familiares a causa de las herencias dejadas por sus padres? Había armonía en la familia hasta que se metió por medio el tema del dinero, de las propiedades o de las herencias. ¿Es posible que estos asuntos tan materiales estén por encima de una armonía familiar hasta el punto que surjan rupturas y desavenencias que llegan en ocasiones hasta el odio entre antes se amaban?
Son las ambiciones que aparecen en el corazón humano por el deseo propiedades o riquezas, la ambición del dinero por decirlo de una manera fácil. Tenemos esa apetencia de la propiedad, esto es mío, esto es para mí, esto no me lo quita nadie, mío, mío, mío… Aunque en nuestra razón a la hora de principios tengamos más o menos claro que no podemos ser ambiciosos ni egoístas sin embargo aparecen en cualquier rincón del corazón esas apetencias y ambiciones que terminan por encerrarnos en nosotros mismos y romper incluso las buenas relaciones que tengamos con los demás.
A la petición que le hace aquel hombre a Jesús éste le responde: ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Dónde ponemos su fundamento? La gente suele decir que el dinero no da felicidad pero ayuda a conseguirla. ¿Podemos contentarnos con una cosa así? ¿Dónde están las verdaderas relaciones humanas? Si ponemos como una condición que para poder ser felices necesitamos de la ayuda del dinero o de la riqueza, en algo muy pobre estamos poniendo la felicidad y esa felicidad pronto nos daremos cuenta que es caduca y fatua.
Tenemos que buscar unos valores que no tengan el brillo del oropel, que siempre será un brillo externo y superficial. Hemos de buscar valores que le den hondura a nuestra vida y que buscando unas relaciones de verdadera armonía porque seamos incluso capaces de perder para ver felices a los que están a nuestro lado será como sentiremos la hondura de la verdadera felicidad. Pongamos humanidad en nuestra vida, busquemos lo que sea verdaderamente el bien de la persona, sabremos ir viviendo en la armonía del compartir generoso, daremos importancia entonces a lo que es la verdad de la persona y estaremos obteniendo la mayor de las riquezas.
Si la posesión de unos bienes – volviendo de nuevo a lo que le planteaban a Jesús con el tema de las herencias – nos lleva a romper relaciones de amor y de amistad, a vivir con el corazón lleno de amargura y desconfianza y a hacérselo vivir también al otro, ¿merecerá la pena la posesión de esas riquezas? Vivir así rompiendo con todo el mundo, llenos de amarguras y resentimientos, ¿nos dará verdadera felicidad?
Termina Jesús recordándonos de qué nos vale la posesión de todas esas cosas que decimos que nos van a quitar toda preocupación cuando sabemos que un día moriremos y todo se quedará atrás, muchas veces quizá sin haberlas de verdad disfrutado.  ‘Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.

jueves, 2 de agosto de 2018

Aunque la vida nos parezca una travesía por un mar embravecido y revuelto tenemos la esperanza de la victoria en Cristo que hace brillar el Reino de Dios



Aunque la vida nos parezca una travesía por un mar embravecido y revuelto tenemos la esperanza de la victoria en Cristo que hace brillar el Reino de Dios

Jeremías 18,1-6; Sal 145; Mateo 13,47-53

Si camináramos sin esperanza en este mar revuelto que es la vida pronto nos sentiríamos desalentados cuando nos vamos encontrando tantas cosas turbias que nos confunden, nos distraen y nos arrastran quizá a los peligros.
Es como meterse en un mar revuelto en medio de vientos y fuertes olas, corrientes adversas que nos arrastran y peligros de escollos que en los que revientan las olas; puede ser mucha la pericia que tengamos para nadar, muchas las fuerzas con que en principio nos sentimos, pero la fuerza de las corrientes, las aguas turbias que no nos permiten ver con claridad y toda esa maraña de peligros nos hacen perder las fuerzas, la orientación y nos pueden poner en peligro la vida.
Así vamos navegando por ese mar de la vida. No todo es bueno ni apacible, vemos como surgen ambiciones y malicias por doquier, el materialismo y el consumismo nos ahoga, las pasiones se desatan incontrolables, dentro de nosotros mismos nos aparecen los sueños de la vanidad y del orgullo, el amor propio nos corroe por dentro cuando quizá no somos tratados como nosotros creemos merecer y la vida parece que se convierte en una lucha sin cuartel llena de violencias, de zancadillas, de envidias y recelos que tanto daño nos hacen.
Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Cómo nos mantenemos en ese camino recto que nos hemos propuesto? ¿Cómo mantenernos en esos valores y principios que sabemos que son los que verdaderamente nos dignifican cuando vemos que alrededor la gente parece que triunfa y no precisamente desde esos valores?
Ahí está donde hemos de saber encontrar nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Se nos hace difícil la travesía pero bien sabemos donde tenemos que apoyarnos. Hemos de saber crecer de verdad por dentro creando una verdadera fortaleza interior para podernos mantener firmes. Es la espiritualidad que tiene que envolver nuestra vida, ser nuestra raíz y nuestro cimiento.
Pero esa espiritualidad no es lo que consigamos por nosotros mismos. Es cierto que por nosotros hemos de saber cultivar todos esos valores del espíritu que nos hacen grandes, pero  no es solo en nuestro espíritu sino en el espíritu de Dios donde tenemos que encontrar la verdadera fortaleza de nuestra vida. Dejémonos trabajar por la fuerza del espíritu como el barro en manos del alfarero, que nos decía el profeta. Ese es el camino verdadero que nos lleva a la victoria, porque no es nuestra victoria sino la victoria de Cristo que ha vencida al mal y al pecado.
Su muerte y su resurrección es el gran signo de su victoria. Es ahí donde nosotros hemos de apoyarnos y sentir que su luz no nos faltará porque aunque las aguas de la vida anden turbias y procelosas con la luz de su espíritu poder ver con claridad y superar todos los peligros. En esa travesía de la vida no vamos solos porque El ha prometido su presencia con nosotros para siempre.
Vendrá el final de los tiempos, el momento en que en esa red van a aparecer esa multitud de peces de la que nos habla la parábola. Tenemos la confianza de que si nos mantenemos fieles en esa lucha, aunque muchas veces podamos salir heridos, podemos ser de los escogidos y no desechados. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, vamos a escuchar que se nos dice. Jesús nos ha dicho ‘no temáis, yo he vencido al mundo’. Esa es nuestra esperanza por la que nunca sentiremos el desaliento y la derrota.

jueves, 26 de julio de 2018

La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


Hoy celebramos la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Una antigua tradición que arranca del siglo II atribuye estos nombres a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a Santa Ana ya aparecía en la Iglesia oriental en el siglo IV, aunque sería mas tarde, en torno al siglo X cuando en el Occidente se comenzó a celebrar también la fiesta de san Joaquín que hasta hace pocos años se celebraba en agosto, pero después de las reformas del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano II se unificaron las fiestas del santo matrimonio en esta fecha.
La tradición sitúa la casa de los padres de María en los alrededores del templo de Jerusalén, basándose también en los evangelios apócrifos, muy cerca de donde estaba la piscina probática. Allí se levanta hoy la Iglesia de santa Ana, que nos recuerda también el lugar del nacimiento de María. La iconografía religiosa y cristiana es abundante siguiendo estas tradiciones antes mencionadas.
Como es normal hablar de los padres de María es hablar de los abuelos de Jesús. Es por lo que desde hace años se ha aprovechado también esta fiesta para celebrar a los abuelos, nuestros abuelos, todos los abuelos en lo que entrarían también todas las personas mayores.
Justo es que la sociedad los reconozca. En fin de cuentas en la vida vamos hundiendo nuestras raíces en nuestros antepasados de los que nos gusto o no nos guste somos sus herederos. Muchas veces al pensar en los abuelos de lo primero que nos acordamos son de sus achaques y debilidades. Pero tenemos que aprender a reconocer que la riqueza de nuestra vida, y esa riqueza no son solo los bienes materiales que hayamos heredado de ellos, de ellos lo hemos recibido en la cultura y en el saber, en los valores que nos trasmitieron y en cuantas enseñanzas para la vida ellos nos supieron trasmitir.
Ellos fueron los que antes que nosotros con sus medios y con sus limitaciones también fueron construyendo esta sociedad que hoy nosotros vivimos y que lo que hacemos es continuarla y seguirla desarrollando. Nos creemos los jóvenes que solo valen nuestras cosas y nuestras ideas, lo que nosotros hacemos y a cuantas posibilidades nosotros nos abrimos. Pero ¿sobre qué se está construyendo todo eso? Sobre lo que nuestros antepasados construyeron. Son realmente los cimientos de lo que nosotros queremos construir hoy; como cimientos parece que están enterrados y no los queremos ver, pero son la fortaleza de lo que nosotros ahora podemos vivir.
No podemos olvidar sus valores, no podemos olvidar su espíritu de sacrificio y su abnegación, no podemos olvidar su trabajo muchas veces bastante fatigoso porque quizá no tenían los medios de los que hoy nosotros con nueva técnica nosotros nos podemos aprovechar.
Pero ahí están esos cimientos con su fortaleza, si ellos no hubieran hecho lo que hicieron nosotros ahora no podríamos continuar con la construcción de nuestra sociedad, esa sociedad nueva que entre todos queremos construir. No le quitemos validez a lo que ellos hicieron, sino sepamos descubrir su importancia y la validez que sigue teniendo. Y entendemos que no nos referimos solo a lo material sino a lo que es la vida, toda la vida con todos sus valores, que aun seguimos observando en ellos, nuestros abuelos.
Hemos de saber reconocer y agradecer; hemos de saber corresponder a tanto cariño como pusieron en todo lo que hicieron para nosotros estemos hoy aquí donde estamos; hemos de saber estar cerca de ellos y acompañarlos en estos momentos que para muchos son ya de debilidad. Desgraciadamente la sociedad algunas veces los olvida y también las familias, arrinconándolos a un lado de muchas maneras sin saber reconocer cuanto les debemos. Pero que no sea homenaje de un día que son homenajes fáciles de hacer y que pueden ser efímeros.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este día, vaya estas consideraciones como homenaje, pero también para que con corazón agradecido despertemos y sepamos estar a su lado. Ellos se lo merecen.

lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.

martes, 26 de julio de 2016

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

Ecles. 44, 1. 10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Joaquín y santa Ana. ¿Quiénes son san Joaquín y santa Ana? La tradición nos los señala como los padres de María, la madre de Jesús; en consecuencia, podríamos decir, que son los abuelos de Jesús.
Por supuesto el evangelio no nos habla de ellos. Es piadosa tradición que hemos recibido desde antiguo. ¿Por qué no podemos pensar, celebrar y venerar a los que fueron los padres de María? Si habitualmente podemos decir que los padres se reflejan en los hijos y que todas aquellas buenas enseñanzas que ellos les trasmitieron tenemos la esperanza de que un día van a florecer en la vida de los hijos, cuánto podemos decir de los padres de María cuando en ella vemos tal grado de santidad y de gracia.
‘Aguardaban la futura liberación de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Es frase del evangelio pero referida a aquellos buenos ancianos que en el templo pasaban día y noche esperando el cumplimiento de la promesa y que cuando Jesús fue presentado en el templo vieron satisfechas y cumplidas sus esperanzas. Nos referimos al anciano Simeón y a la profetisa Ana, de los que nos habla san Lucas. La liturgia en este día de la fiesta de san Joaquín y santa utiliza estas palabras como antífona antes del Evangelio. San palabras, pues, que podemos referir a los padre de María.
En esa esperanza vivía María, el cumplimiento de las promesas, y en verdad que podemos decir que de sus padres había aprendido esa esperanza. En la educación que le dieron a María – según las tradiciones su casa en Jerusalén estaba en las cercanías del templo y muy cerca de la piscina probática o de las ovejas y en el templo fue educada María – fueron plasmando toda aquella fe y esperanza que anidaba en sus corazones.
Esto nos puede llevar a hermosas consideraciones y consecuencias para nuestra vida; por una parte la esperanza que nunca ha de faltar en los padres a la hora de sembrar la semilla de la buena formación en sus hijos, porque un día todo eso bueno que ellos sembramos ha de florecer en anuncio de buenos frutos. Algunas veces los padres pueden sentir la tentación del cansancio y el desánimo porque no ven como quisieran en sus hijos la educación que pretendieron darle; pero la semilla siempre hay que seguir sembrándola con la esperanza de un prometedor fruto.
Por otra parte ya hacíamos mención a san Joaquín y santa Ana como los abuelos de Jesús; por eso en nuestras comunidades cristianas y de alguna manera se ha trasmitido a nuestra sociedad, tenemos este día como el día de los abuelos. Abuelos que merecen siempre nuestro respeto, nuestro cariño y nuestra consideración por la trayectoria de su vida recorrida y por la semilla que fueron sembrando en sus hijos y nietos que en ellos fueron dejando una huella. Respeto merecen por su larga vida de luchas y sacrificios, de trabajo y de entrega, de amor a sus familias y de sacrificio por ellas.
Hemos de reconocer en lo que somos hoy unos herederos de lo que ellos nos trasmitieron, que, es cierto, nosotros ahora lo vivenciamos en el hoy de nuestro tiempo y de nuestro día; aunque hoy le demos nuestra impronta, y no podría ser de otra manera, son herederos y reflejo de lo que ellos en nosotros han ido sembrando con el paso de los años.
Vaya nuestro homenaje de respeto y amor a nuestros mayores, a los abuelos; siguen siendo importantes en nuestra vida; son un espejo en el que mirarnos para aprender de su constancia en el trabajo y en el amor, para aprender de su sacrificio y entrega por sus familias, para recoger esa buena semilla que han sembrado en nuestra sociedad, para que sean un estimulo para nuestro caminar, una ayuda también para nuestro camino de fe y aprender de su esperanza.

lunes, 15 de febrero de 2016

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46

Es por el camino del amor por encima de todo por donde encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios. Es el amor de Dios que se nos revela y es en la vivencia del amor donde podremos alcanzar el misterio de Dios.
Igual que decimos que no hay vida en plenitud si no somos capaces de amar, porque para eso estamos hechos, no podremos alcanzar la plenitud de la vida que es Dios si no es por ese camino del amor. Solo cuando somos capaces de darnos a nosotros mismos, porque trascendemos hacia los otros, porque trascendemos hacia Dios podremos llegar a conocer y vivir a Dios.
Cuando vivimos encerrados en nosotros siendo incapaces de amar, de darnos, de salir de nosotros, es a nosotros mismos a quien ponemos sobre el pedestal como centro en torno al que gravite todo, nos endiosamos. Es la tentación ya del jardín del Edén por donde el maligno tentó al hombre, ‘seréis como dioses’, y el hombre huyó de Dios, no podía vivir con Dios.
Pero cuando encontremos ese amor verdadero que nos llevará a encontrarnos con Dios es cuando más grandes seremos, cuando podremos de verdad alcanzar toda nuestra dignidad y toda nuestra plenitud, cuando podremos aprehender a Dios, conocer y poseer a Dios.
¿Qué nos ha dicho hoy Jesús en el Evangelio? ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, a poseer el Reino, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.  ¿Por qué podemos heredar el Reino, poseer el Reino o lo que es lo mismo poseer a Dios, vivir en la plenitud de Dios? Porque amamos. Es lo que nos explica Jesús con toda la alegoría del juicio final.
Es lo mismo que nos decía la primera lectura del libro del Levítico. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Ser santos como Dios es vivir la misma vida de Dios, es ese conocer a Dios poseyendo a Dios, llegando a la plenitud de Dios, a la Sabiduría de Dios. Pero ¿qué es lo que hay que hacer? Nunca hacer daño a los demás, nunca hacer el mal. El texto del Antiguo Testamento usa expresiones negativas, prohibiciones, pero que a la larga son el mandato de amar, porque quien ama de verdad nunca hará daño a los demás.
Amamos y tenemos nuestro corazón siempre abierto a los demás; amamos y compartimos y obramos con justicia con nuestro prójimo; amamos y queremos hacer felices a los demás alejándoles de todo sufrimiento; amamos y nos hacemos uno con el prójimo para sentir como nuestras sus necesidades y sus dolencias; amamos y llevamos el pan y el vestido, y el acompañamiento y el caminar juntos, y el consuelo y la esperanza.
Y en ese amor estamos llenándonos de Dios, estamos aprendiendo también a amar con un amor como el de Dios. Conocer a Dios no es solo un pensamiento de nuestra mente sino una vivencia que llevamos en el corazón. Conocer a Dios no es solo descubrirle en la inmensidad del universo, sino sentirle caminando a nuestro lado en ese hermano con el que compartimos nuestra vida. Conocer y amar a Dios no es solo dirigirle con nuestras palabras un cántico de alabanza a su inmensidad y a su poder, sino cantar la gloria del Señor cuando hacemos que el hermano que sufre a nuestro lado está recibiendo nuestro consuelo y nuestro amor.
Hagamos que en verdad podamos heredar el Reino de Dios, podamos conocer a Dios, podamos poseer en plenitud a Dios y llenarnos de Dios, podamos sentirnos en verdad inundados del amor de Dios.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Adviento una trayectoria que hacemos en el hoy de nuestra vida fundamentados en la fe que nos impregna y con la esperanza cierta de la plenitud

Adviento una trayectoria que hacemos en el hoy de nuestra vida fundamentados en la fe que nos impregna y con la esperanza cierta de la plenitud

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3,12-4,2; Lucas 21,25-28.34-36
La vida del ser humano transcurre en el presente del hoy de su historia concreta afirmado en el camino recorrido como cimiento sobre el que ha edificado su vida de hoy pero con la mirada levantada hacia metas futuras que le hacen aspirar a una nueva vida y a un mundo mejor que ha de construir.
Somos herederos de un pasado, nuestro propio pasado pero también el pasado de todos los que antes que nosotros han ido construyendo nuestra historia, la historia del mundo en el que vivimos y eso de forma muy concreta en las circunstancias históricas que cada uno vive. Pero al mismo tiempo queremos dejar un mundo mejor en herencia y soñamos con lo que vamos a dejar. Porque nuestra historia no son solo recuerdos sino cimientos de vida; si fueran solo recuerdos serian casi como adornos que se ponen y se quitan. Y el camino no es al azar sino una trayectoria que hay que recorrer con sentido.
Todos buscamos ese sentido. Todos ahondamos en nuestra historia que es también nuestra cultura. Todos soñamos con esperanza en eso nuevo que queremos construir. Y eso lo hacemos en lo humano, como seres humanos en el vivir de cada día y en la medida que lo asumimos somos más y más maduros, pero eso los creyentes lo vivimos también desde el sentido de la fe.
Esa fe que impregna y configura nuestra vida. Que no es un adorno porque no es algo que se pone y se quita como un recuerdo que podemos recordar o podemos querer olvidarlo. Esa fe que se hace presencia viva en nuestra vida y que nos hace elevar también nuestra mirada con esperanza buscando esas metas altas que finalmente nos hagan alcanzar la plenitud de nuestra vida. Es esa trayectoria, como decíamos, que queremos vivir con verdadero sentido, el color y el sentido de la fe.
Esto el verdadero creyente cristiano, consciente de su fe y que quiere vivir una fe madura lo va plasmando cada día en su vida. No se trata simplemente de dejar correr la existencia a lo que nos vaya saliendo en cada momento. Hemos mamado, por así decirlo, esa fe en esa educación que hemos recibido, pero que nos hace mirar hondo a lo que es el memorial hondo de nuestra fe en todo lo que ha sido la historia de la salvación. Y eso lo vamos ahora viviendo en ese testimonio que cada día queremos ir dando mientras vamos al tiempo celebrando todo ese misterio de nuestra fe. Y lo hacemos con esperanza, con esperanza de plenitud cuando lleguemos a la plenitud de la salvación en ese encuentro definitivo con el Señor.
Y eso lo que ahora queremos intensificar; eso es el Adviento que la Iglesia ahora nos invita a vivir, no como meros recuerdos que hagamos de unos momentos de esa historia de la salvación en la próxima celebración de la Natividad de Jesús, sino todo inmerso en esa trayectoria, como decíamos.
Por eso vamos a recoger todo lo mejor de lo que fue la vivencia del pueblo creyente que esperaba la llegada del Mesías Salvador, para al tiempo que celebramos el memorial del nacimiento del Emmanuel, seguimos viviendo en esa esperanza de plenitud pero queriendo conseguir aquí y ahora esa vida nueva y mejor y construir ese mundo nuevo que tanto ansiamos.
No vivimos ahora el adviento ni viviremos luego la Navidad como un paréntesis de lo que es la vida que ahora vivimos en este mundo concreto del hoy. En nuestro corazón y en nuestra vida tienen que estar todas esas ansias y angustias, todas esas esperanzas y también los sufrimientos que vive nuestro mundo hoy tan convulso y tan lleno de problemas. Ni olvidamos el terrorismo que azota nuestro mundo, ni corremos un velo para no ver ese mundo de hambre y de miseria que tenemos hoy; no podemos olvidar esa falta de paz que vive nuestro mundo ni las injusticias y sufrimientos de tantos seres humanos que son también hermanos nuestros; aquí podríamos traer a la memoria lo que son todas las miserias de nuestro mundo.
Y en ese mundo concreto queremos vivir la esperanza del Adviento y la alegría de la próxima Navidad. Y tenemos que dejar que la Palabra del Señor nos ilumine, que su Espíritu nos revuelva por dentro y nos inspire para ir descubriendo cómo podemos devolverle la esperanza a nuestro mundo; dejar que nuestro corazón se renueve de verdad para que salten todas esas corazas y cadenas de egoísmo e insolidaridad en que tantas veces nos envolvemos y lleguemos a descubrir de verdad qué es lo que tenemos que hacer.
No es fácil porque muchas veces tenemos muy enturbiada nuestra mente y nos cuesta ver; no es fácil porque nos puede resultar duro y doloroso arrancar tantas costras de apegos que podemos tener en nuestro corazón.
Pero no podemos seguir caminando de cualquier manera sin encontrarle el sentido más profundo a lo que hacemos a lo que es nuestra vida; un sentido que descubrimos desde esa fe que no es un adorno sino que tiene que ser algo que vivimos profundamente y profundamente nos compromete. Si lo vamos intentando cada día iremos en verdad dando pasos de adviento, iremos haciendo esa trayectoria que nos puede conducir a la plenitud.
Con nosotros está el Señor en ese camino. Y hoy nos invita a estar despiertos, a estar vigilantes, a mantenernos firmes, a no perder la paz porque nos llenemos de miedo, a dar pasos de compromiso quitando de nuestra vida todas esas rutinas, por decirlo muy suave, que nos embotan la mente y nos ciegan el corazón. Así nos lo dice el Evangelio. Es el Adviento que hemos de vivir confiados siempre a la misericordia del Señor.