Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia
Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23
‘Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?
Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.
Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.
En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.
Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.
Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.
Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.