miércoles, 26 de abril de 2017

No olvidemos que tenemos que iluminar con la misma luz de Cristo y con su sabor al mundo que tanto necesita de su luz y de la sabiduría del Evangelio

No olvidemos que tenemos que iluminar con la misma luz de Cristo y con su sabor al mundo que tanto necesita de su luz y de la sabiduría del Evangelio

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. Ser sal, ser luz. Escuchamos hoy esta palabra de Jesús en la fiesta de un gran santo español, san Isidoro de Sevilla. Resplandeció en su santidad y en su sabiduría en la sede de Sevilla en su tiempo y fue luz en medio de toda España en unos momentos oscuros y duros de la historia.
Su testimonio nos anima, su santidad nos hace imitarle, su sabiduría nos impulsa a que busquemos esa verdadera sabiduría que el Espíritu del Señor infunde en nuestro corazón para que también, quizás desde nuestra pequeñez y nuestra humildad, podamos poner ese nuevo sabor que nuestro mundo necesita y que nosotros sabemos que encontramos en la cruz de Jesús y en su resurrección.
El mundo necesita de esa luz y de ese nuevo sabor que en el evangelio podemos encontrar. Vivimos en un mundo cambiante y en un mundo que muchas veces nos puede llenar de confusión. Son tantas las ideas, las maneras de pensar, las formas de entender las cosas, los caminos que se nos ofrecen de todos lados porque en el fondo todos queremos un mundo mejor. Pero muchas veces nos podemos sentir confusos. Hay muchas cosas que nos encontramos que chocan con nuestros valores y nuestros principios nacidos del evangelio. Y parece en ocasiones que nos sentimos inseguros, dudamos y vacilamos si estamos en el camino cierto porque se nos dan tantos razonamientos que no sabemos a que atenernos.
Muchas veces los cristianos no nos hemos formado debidamente sino simplemente nos hemos ido dejando llevar porque nos parecía que todos pensábamos igual, que todas las cosas han sido siempre así pero no nos preocupamos de ahondar debidamente en nuestra fe, en el conocimiento del evangelio, en aquello que la Iglesia, sabia maestra en el Espíritu, nos ha ido enseñando.
Cuando nos planteaban quizás que teníamos que asistir a reuniones y encuentros nos decíamos que nada nuevo nos iban a enseñar y nos preocupamos de ese crecimiento necesario en nuestra fe, en nuestra autentica formación cristiana, en el crecimiento de una verdadera espiritualidad. Cuantas veces hemos escuchado o acaso nosotros decir también, ‘a mi que me van a enseñar si yo soy cristiano de siempre’. Y claro cuando surge la confrontación con otras ideas, con otros valores, con otras formas de concebir la vida que en la sociedad se nos va ofreciendo, no sabemos como reaccionar, como responder.
Y nos vamos tras otras espiritualidades orientales porque están de moda y se nos presentan como panaceas de una verdadera sabiduría de la vida; y nos dejamos influir por lo que todo el mundo piensa porque pensamos que si todos piensan así, eso será la verdad, y otras cosas por el estilo que nos desorientan, que nos llenan de confusión.
¿Seremos quizás la sal que se vuelve sosa? ¿Seremos la luz que se tamiza con otros filtros y colores, que nos impiden ver el brillo de la verdadera luz? Jesús nos advierte hoy, que si la sal se vuelve sosa, no valdrá sino para que la tiren y la pise la gente. No perdamos el sabor de la sabiduría de Jesús. Empapémonos de evangelio para que podamos brillar con la verdadera luz y podamos iluminar a los demás, podamos trasmitir con valentía y lealtad los valores del evangelio que darán verdadero sabor a nuestro mundo.

martes, 25 de abril de 2017

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

La Buena Noticia es Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, rostro compasivo y misericordioso de Dios

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación… Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Es el mandato de Jesús que nos recoge Marcos al final de su evangelio. ¿Cuál es ese evangelio que han de anunciar, que hemos de anunciar a toda la creación? Al principio de su relato había comenzado escribiendo Marcos: ‘Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’.
La Buena Noticia es Jesús; la Buena Noticia es que Jesús es el Ungido de Dios, el Mesías; la Buena Noticia es que Jesús es el Hijo de Dios. La Buena Noticia no son ni parábolas ni milagros, hechos asombrosos o extraordinarios o que las gentes siguieran a Jesús, lo buscaran o quisieran escucharle. Se nos narran todas esas cosas para anunciarnos a Jesús, para anunciarnos que Jesús es el Hijo de Dios; no es decirnos que sea un hombre extraordinario o que las gentes estuvieran asombradas con El. A quien tenemos que anunciar es a Jesús.
Creo que este podría ser el primer mensaje que nos ha de llegar en esta fiesta de san Marcos evangelista que hoy celebramos. Ya el apelativo que le damos a san Marcos nos lo esta diciendo, evangelista, el que anuncia el evangelio, el que nos ha trasmitido el segundo evangelio. Este fue su deseo cuando nos lo relata, cuando nos lo presenta como ya hemos expresado.
Es el mensaje que recibimos y el mensaje que hemos de trasmitir. Con claridad y contundencia. Aunque no nos lo quieran oír. Tenemos que saber presentarlo. Ya sabemos de cuantas maneras la gente ve a Jesús o quiere verlo. Para muchos se queda en un personaje maravillo como hay quien lo ve como un revolucionario; un personaje de la historia pero que lo ven como algo del pasado, de otro tiempo; como también muchas veces quizás nosotros los cristianos lo hemos presentado, olvidándonos de lo esencial. Y no podemos andar con confusiones. Igual que entonces algunos se habían hecho una imagen muy particular de lo que había de ser el Mesías, nos puede seguir sucediendo ahora. Vayamos a lo que es el centro y el meollo del evangelio.
Claro que ese anuncio de nuestra fe lo hemos de hacer con las actitudes nuevas de nuestra vida que muestren ese reconocimiento de que Jesús es el Hijo de Dios. Y es que desde esa fe nuestra vida tiene que ser distinta, nuestro reconocimiento lo hemos de hacer por las obras, por el amor, por esa nueva forma de vivir que hemos de tener quienes sentimos esa salvación en nuestra vida. Las obras de la oscuridad y de las tinieblas no tienen que aparecer ya de ninguna manera en nosotros. Jesús nos ha liberado de nuestros pecados y ahora con una nueva vida resplandeciente de santidad tenemos que presentarnos ante nuestro mundo. Todo lo que sea pecado, y pecado es todo lo que nos aleja de Dios, tenemos que alejarlo de nosotros, de nuestra vida.
Se confirmaba con señales la Buena Noticia que anunciaban, nos dice hoy Marcos. Con señales de compromiso por el bien, de lucha por la justicia, de búsqueda de la verdad, de vivir en el amor tenemos que manifestarnos ante el mundo para confirmar ese anuncio que estamos haciendo. Envueltos en la misericordia divina que nos ha salvado con su amor vamos nosotros también llevando misericordia al mundo que nos rodea.
Cuanto falta hace que envolvamos de misericordia nuestro mundo. Esa misericordia que manifestamos con los pecadores, esa misericordia con que nos acercamos a los que sufren, esa misericordia que nos hace compasivos con los que yerran en la vida, esa misericordia que nos hace acoger a todos en lo mas profundo del corazón, esa misericordia que siempre se hace perdón para los que hacen el mal o los que nos han ofendido, esa misericordia que llena de ternura nuestra vida y vamos a sanar a los que sufren las amarguras del dolor.
Proclamemos de verdad que creemos en Jesús, el Mesías y Salvador, el Hijo de Dios, que nos manifiesta en todo momento el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

lunes, 24 de abril de 2017

Los que acabamos de celebrar la Pascua y renovar nuestro bautismo hemos de mostrarnos en verdad hombres nuevos renacidos con nuevas actitudes y comportamientos

Los que acabamos de celebrar la Pascua y renovar nuestro bautismo hemos de mostrarnos en verdad hombres nuevos renacidos con nuevas actitudes y comportamientos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3,1-8
Algunas veces no sabemos cuando es el momento mas oportuno; deseamos aquel encuentro pero no sabemos como abordarlo; quizás hay miedos en nuestro interior, o desconfianza, no sabemos cuales son las palabras mas oportunas que emplear; que le voy a decir, pensamos, aunque tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preguntas que hacer; nos condicionan circunstancias de nuestra vida, nuestra posición social, lo que la gente pueda pensar si se enteran de mi decisión; no queremos hacerlo a escondidas, pero tampoco queremos que nadie se entere; hay dudas en nuestro interior pero deseamos en el fondo ese encuentro, queremos buscarlo pero no nos atrevemos. Cosas así nos pasan mas de una vez,  y pasamos es cierto un mal rato antes de tomar la decisión.
¿Le pasaría algo así a Nicodemo? Era alguien importante, era un magistrado judío, miembro del Sanedrín, pertenecía al grupo de los fariseos; y aunque tenia sus principios y posicionamientos en muchas cosas en el orden religioso y social como perteneciente a aquel grupo social, sin embargo había inquietudes en su corazón; se preguntaba muchas cosas por dentro sobre todo después que había oído hablar de Jesús y ver las cosas que hacia. ¿Cómo abordar a Jesús? ¿Cómo acercarse a El sin que esto produjera un cierto revuelo entre sus compañeros? Decide al fin ir de noche a ver a Jesús. Allí en la placidez de la noche se podían hablar muchas cosas, se podían discutir muchas dudas, podía escucharle con calma sin sentirse presionado por nadie.
‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, fueron sus palabras de saludo y a modo de presentación de la inquietud que llevaba dentro. Lo reconoce como Rabí, como Maestro, pero como alguien venido de Dios. Nadie puede hacer lo que hace Jesús si Dios no esta con El.
Jesús conoce aquel corazón, y sabe que necesita algo nuevo, algo en lo que se sienta renovado totalmente por dentro. Y Jesús no le habla de remiendos, de arreglitos de algunas cosas; no es eso lo que Jesús nos presentara a todos porque ya nos dirá que a vino nuevo son necesarios odres nuevos; por eso se necesita ser un hombre nuevo, renovado de tal manera que sea como que haya nacido de nuevo. Y a todos nos costara comprender esas palabras de Jesús porque siempre andamos con remiendos, arreglitos por aquí o por allá, pero nos cuesta reconocer que hay que recomenzar de nuevo, como quien parte de cero. Por eso Jesús dirá que hay que nacer de nuevo.
‘Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’. Y Nicodemo no comprende y hace preguntas. ‘¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’ Se toma las palabras con excesiva literalidad. No puede entender. Como también nosotros podemos convertir la respuesta de Jesús en un puro ritualismo. Nos habla Jesús del agua y del Espíritu, e interpretamos que nos habla del bautismo, e interpretamos bien.
Pero no nos quedemos en el bautismo ritual, sino en todo lo que significa el bautismo. Porque ese sumergirnos en el agua no es simplemente un baño que podamos hacer a nuestro cuerpo; nos quedaríamos en cosas externas; es  algo mas, porque ese sumergirse en el agua es sumergirse en la muerte de Jesús, es un morir en nosotros para renacer, si, por la fuerza del Espíritu con una vida nueva. Es el renacer del que nos habla Jesús. Es el nacer con una vida nueva, es el ser un hombre nuevo y distinto.
Cuanto tendríamos que hacernos reflexionar todo esto. Como tendríamos que preguntarnos si nosotros bautizados y que acabamos de vivir y celebrar la Pascua y de hacer la renovación de nuestras promesas bautismales somos en verdad ese hombre nuevo. ¿Se notara en nuestra vida que hemos vivido la Pascua, que somos ese hombre nuevo del que nos habla Jesús? Vayamos al encuentro con Jesús sin prejuicios, sin respuestas previamente aprendidas de memoria, vayamos hasta Jesús con el corazón abierto y sin ningún temor ni predisposición para acoger y aceptar cuanto nos diga Jesús. Mucho tendremos que reflexionar sobre todo esto.

domingo, 23 de abril de 2017

Que nuestros miedos y cobardías no nos hagan cerrar puertas y poner barreras que impidan encontrarnos con Jesús allí donde El quiera manifestársenos

Que nuestros miedos y cobardías no nos hagan cerrar puertas y poner barreras que impidan encontrarnos con Jesús allí donde El quiera manifestársenos

Hechos de los apóstoles 2,42-47; Sal 117; 1Pedro 1,3-9; Juan 20,19-31
Una reacción que nos puede surgir ante el miedo es encerrarnos. Con las puertas cerradas el miedo esta fuera, no nos puede afectar, pero eso puede significar aislarnos, creer que por nosotros mismos podemos vencerlo y no seremos capaces de pedir ayuda ni de aceptar lo que los demás nos puedan decir o nos puedan ofrecer. Ese miedo quizás a arriesgarnos nos impedirá alcanzar metas que por otra parte habríamos conseguido, a tener nuevas experiencias que nos podrían enriquecer y que de verdad por una parte nos harían descubrir nuestro verdadero valor, pero también lo importante que con los otros podríamos conseguir.
Miedo a lo que nos podría sobrevenir, miedo a lo que nos parece desconocido, miedo a salir de nuestras rutinas o nuestras costumbres de siempre, miedo a lo que nos pueda pasar en semejanza a otras situaciones que hemos pasado o que vemos que les suceden a los demás, miedo a lo que pueda significar innovar porque eso puede significar riesgo, miedo a lo que nos podría pasar y para lo que pensamos que no estamos preparados, miedo a lo que pueda comprometernos lo nuevo que descubramos, un nuevo camino que quizás tengamos que emprender; preferimos quizás ir a nuestro aire, por libre, sin que los demás nos importunen en esas malas situaciones. Muchas cosas en un sentido o en otro que nos pueden suceder en la vida.
Los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Encerrados estaban esperando lo que podría suceder, no se terminaban de creer algunas noticias que iban llegando, la experiencia pasada en los días anteriores temiendo que a ellos les pudiera suceder lo mismo los había encerrado como en una fortaleza defensiva en el cenáculo, aunque uno se había atrevido a echarse a la calle por su cuenta y sin contar con nadie.
Y así cerradas puertas y ventanas con esos miedos que tenían estaban los discípulos cuando se presento Jesús en medio de ellos sin que las puertas se abrieran, pero sin quitárseles aun a ellos el miedo; aun pensaban que podía ser un fantasma, como dice otro de los evangelistas.
Ahora la alegría era grande. Era verdad. Jesús había resucitado. Lo que las mujeres en la mañana habían contado era cierto, no eran visiones. Lo que los que se habían marchado a Emaús y habían regresado se estaba ahora confirmando. Allí estaba Jesús en medio de ellos, mostrándoles las manos y el costado. Los miedos y las dudas se disipaban. La paz llegaba con Jesús a sus corazones. Ese era su saludo. ‘Paz a vosotros’, que repite Jesús por dos veces. Algo nuevo se estaba produciendo también en sus corazones porque ya se sentían llenos del Espíritu de Jesús. Comprendían que un mundo nuevo de amor y de perdón necesariamente tenía que comenzar. La alegría que Vivian tenían que trasmitírsela a los demás haciendo que a todos llegara esa paz al corazón y llegara el perdón. Era la misión que Jesús les confiaba.
Pronto tendrán oportunidad a la vuelta de Tomas. Había querido hacer su camino a su manera, vencer sus miedos a su aire, no estaba con las puertas cerradas, pero había preferido caminar solo y no encontró a Jesús. Es importante saber estar con los demás, aprender a caminar juntos. Creemos que a nuestro aire o a nuestros ritmos vamos a conseguir mejores resultados, pero al final solos y sin encontrar lo que buscamos.
En Tomas seguían sus dudas, su búsqueda de pruebas. Los demás discípulos le habían dicho ‘hemos visto al Señor’, pero el quería meter sus dedos en los agujeros de las manos, su mano en la herida de la lanza en el costado. Si no lo veo, no lo creo, como decimos tantas veces, y queremos tocar, palpar, comprobar por nosotros mismos. En tantas cosas, de tantas maneras, en el camino de la fe, en el camino de la vida.
A los ocho días estaba Tomas con ellos y se manifestó de nuevo Jesús. ‘trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano, metela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente’. Ya no hacían falta las pruebas. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ fue la exclamación y la aclamación de Tomas. ‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’, le dice Jesús.
Que itinerario mas hermoso para nuestra vida, para nuestros miedos, para nuestras dudas. Dejemos entrar a Jesús. No cerremos puertas. Muchas son las puertas que vamos cerrando en la vida, si, por nuestros miedos o por nuestros complejos, y no terminamos de encontrar a Jesús.
Barreras que ponemos cuando queremos que Dios se nos manifieste pero tal como nosotros imaginamos o cuando a nosotros nos convenga; barreras que ponemos cuando cerramos tantas veces el evangelio porque queremos pensar a nuestro aire, ir por nuestro lado, o no queremos escuchar la voz de la Iglesia; barreras que ponemos cuando nos aislamos en nuestros problemas y no sabemos abrirnos a quien nos pueda ayudar; barreras que ponemos en nuestra relación con los demás y no es necesario poner muchos ejemplos para caer en la cuenta de tantas discriminaciones, de tantas veces que decimos que cada uno se ponga en su sitio, de cuando no queremos que nadie se meta en nuestra vida y nos perturbe… y así podríamos pensar en muchas cosas.
Dejemos que Cristo resucitado llegue a nuestra vida y nos traiga su paz; con Cristo resucitado con nosotros vayamos también a nuestro mundo siendo signos de reconciliación y de misericordia; que la alegría de Cristo resucitado con quien nos encontramos en la fe se contagie a los demás, transforme de verdad nuestro mundo.
Creemos, si, que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo tengamos vida en su nombre.

sábado, 22 de abril de 2017

Sigamos proclamando la fe pascual y que no nos recrimine Jesús por nuestra falta de fe y dureza de corazón manifestada en tantas insensibilidades del corazón

Sigamos proclamando la fe pascual y que no nos recrimine Jesús por nuestra falta de fe y dureza de corazón manifestada en tantas insensibilidades del corazón

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
Todavía seguimos celebrando la Pascua, y lo queremos seguir haciendo con la misma solemnidad del primer día. Estamos en la semana de la octava de Pascua que concluirá mañana y todo estos días nos habla de pascua, de resurrección, de vida; todo quiere alentarnos en nuestra fe, despertarnos de nuestras modorras y nuestras dudas, hacernos salir de rutinas y de tibiezas.
Hemos venido escuchando los distintos momentos en que Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos según la narración de los distintos evangelistas; hoy hemos escuchado el relato mas breve que es del evangelio mas breve también, el evangelio de Marcos. Nos hace como un pequeño resumen, la aparición a María Magdalena, el encuentro con los discípulos de Emaús, y finalmente la manifestación de Jesús resucitado al grupo reunido en el cenáculo.
Hay un detalle, y son las dudas de los discípulos. Narra María Magdalena su encuentro con Jesús y no la creen; narran los que vienen de Emaús el encuentro de Jesús en el camino y como lo reconocieron en la mesa al partir el pan, y no los creyeron. Y cuando Jesús se manifiesta ‘les echo en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’.
¿Nos pasara a nosotros lo mismo? ¿Seguiremos con nuestras dudas? Podríamos decir que teóricamente quizás no tengamos dudas porque confesamos nuestra fe en Jesús y en su resurrección cada vez que proclamamos el Credo. Pero digo teóricamente porque tendríamos que preguntarnos si en la realidad de nuestra vida nosotros estamos manifestando que creemos en verdad en Jesús resucitado.
Tenemos el peligro de hacer nuestra vida como todo el mundo con pocas actitudes de creyente; tenemos el peligro de seguir con nuestras rutinas y nuestros olvidos, no tener presente a Dios en nuestra vida, no manifestarnos con esas actitudes nuevas y esos comportamientos comprometidos de quien en verdad cree en Jesús como su Señor y Salvador.
Quien dice que cree en Jesús no puede pasar insensible ante las necesidades y los problemas que nos vamos encontrando cada día no solo en nosotros sino en los que nos rodean, en nuestra sociedad, en nuestra comunidad concreta, o los graves problemas que afectan a nuestro mundo. Nuestra reacción no puede ser la de tantos, nuestra reacción tiene que ser distinta, porque con distintos ojos tenemos que mirar a los demás; lejos de nosotros todo tipo de discriminación y de racismo que muchas veces se nos meten en las entretelas de nuestros sentimientos.
¿Cómo acogemos, por ejemplo, al emigrante que toca a nuestra puerta pidiéndonos una ayuda? No puede ser de ninguna manera con desconfianza, marcando distancias, llenos de sospechas aunque no las manifestemos. Es difícil, nos cuesta, escuchamos tantas cosas, pero ¿no tendríamos que escuchar en nuestro corazón también lo que nos dice Jesús? Es así como manifestamos en verdad nuestra fe, no solo con palabras que proclamemos en un momento determinado con toda solemnidad, sino en esas actitudes de cada día.
Que no nos recrimine el Señor resucitado nuestra falta de fe, la dureza de nuestro corazón. Dejemos transformar por el Espíritu de Cristo resucitado.

viernes, 21 de abril de 2017

‘Es el Señor’ que se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas diferentes pero que hemos de saber reconocer

‘Es el Señor’ que se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas diferentes pero que hemos de saber reconocer

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
A veces hacemos cosas con la normalidad de la rutina, podíamos decir, de lo que hacemos cada día pero que luego pueden tener hondos significados o tener repercusiones importantes para el resto de nuestra vida. Y no solo es aquello que podemos hacer quizás de una forma negativa por la malicia con que lo hacemos y que siempre traerán consecuencias en el daño que nos hacemos a nosotros mismos y hacemos a los demás convirtiéndose incluso en escándalo para los demás, sino que quiero hoy pensar en cosas buenas, en cosas positivas, pero que hacemos con toda naturalidad y que pueden traernos una gran riqueza espiritual para nosotros o para aquellos a los que les afecten.
Cuantas veces nos decimos, mira eso que hicimos casi sin darnos cuenta y el bien que esta haciendo en los demás, o cuantas veces nos hacen notar que por algo que nosotros hicimos alguien sintió una luz en su vida que le ayudo quizás en decisiones importantes que tenia que tomar. Es importante que cuidemos lo que hacemos, tengamos buen ojo, podríamos decir, porque en cosas así se nos puede manifestar la voluntad del Señor para muchas cosas de nuestra vida. Saber tener una visión positiva y una lectura creyente de lo que hacemos o de lo que incluso contemplamos alrededor.
‘Me voy a pescar’, dice Pedro con la naturalidad del que esta acostumbrado a hacerlo, a salir de pesca cada día para lograr el sustento de su casa y contribuir con su trabajo, aunque sea remunerado, también al mantenimiento de la vida de los demás. Es cierto que un día habían dejado las redes y las barcas y se habían ido con Jesús, que les había prometido hacerlos pescadores de hombres. Ahora tras los acontecimientos que se han sucedido en Jerusalén y tras los avisos recibidos se han venido de nuevo a Galilea. Y en su rutina de cada día se deciden salir a pescar.
Muchas cosas van a suceder desde algo tan sencillo como salir a echar las redes en el lago para pescar. Pero como en otra ocasión se han pasado la noche sin pescar nada, y ya esta amaneciendo. Alguien, a quien no conocer en la turbia luz del amanecer, pregunta desde la orilla si han cogido algo. Ante la respuesta negativa les invita a echar la red por el otro lado de la barca. Y el milagro se produce de nuevo, muchos son los peces, tantos que casi no pueden sacar la red, pero mientras alguien en la barca se da cuenta de quien esta allá en la orilla.
Es el Señor, le dice Juan a pedro, poco menos que al oído. No hace falta mas para pedro lanzarse al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Los demás vendrán en la barca arrastrando la red. Todos quieren estar de nuevo a los pies de Jesús. Sin necesidad de coger de lo que ha sido la pesca, ya se encuentran sobre una brasas un pez y pan, y Jesús les invita a almorzar. Nadie se atreve a preguntar porque todos saben que es el Señor.
‘Es el Señor’. Tenemos que reconocerle. Se nos manifiesta en las orillas de los mares y de los caminos de la vida de tantas formas. Muchas veces se nos puede nublar la vista, entretenidos en nuestras cosas, afanados en nuestras tareas, abrumados por los problemas, agobiados quizás por tanto que vemos que tenemos que hacer, arrastrados por nuestras rutinas que le hacen perder fuerza a lo que hacemos, insensibilizados en nuestra cerrazón y nuestros egoísmos insolidarios, turbios porque el pecado se nos ha metido en el corazón. Pero viene el señor a nuestro encuentro. Que sintamos en verdad brillar su luz sobre nosotros. Su Espíritu nos descubrirá el sentido de todo y nos dacha fuerza para seguir caminando con sentido en la vida.

jueves, 20 de abril de 2017

El encuentro con Cristo siempre tendrá mucho de sorpresa en nuestra vida, es una Buena Nueva que nos tiene que llenar de luz y hacer caminar en el amor

El encuentro con Cristo siempre tendrá mucho de sorpresa en nuestra vida, es una Buena Nueva que nos tiene que llenar de luz y hacer caminar en el amor

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
‘¿Por qué os alarmáis?" ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona…’ Se sorprenden, se llenan de alegría, al mismo tiempo sienten temor ante lo inaudito y extraordinario. Ante la sorpresa de lo inesperado no sabemos siempre bien como reaccionar; sentimientos encontrados pueden aparecer en nosotros, temores, alegrías, dudas, inseguridad porque nos sentimos como desestabilizados ante lo sorprendente. Tenemos que saber encontrar serenidad para analizar con calma, para descubrir lo cierto, para que haya luz en nuestra vida.
Estaban hablando de lo que había sucedido, lo que contaban los que habían llegado de regreso de Emaús con todas sus experiencias; ahora Jesús esta en medio de ellos y no terminan de creérselo, piensan si acaso es un fantasma, son visiones, son sueños lo que están contemplando sus ojos. Jesús les muestra las manos y los pies, las manos y los pies del maestro que con ellos había hecho caminos, realizado milagros, tantas veces les había tendido como amistad, como apoyo, pero las manos y los pies que ahora estaban atravesados con las marcas de los clavos. Pero ellos siguen atónitos y llenos de dudas.
Nosotros creemos, es cierto, eso decimos al menos, pero también nos entran dudas muchas veces, como si nos sintiéramos inseguros; nos vienen desde razonamientos internos que nos surgen algunas veces sin saber como, o desde las reacciones que vemos en tantos alrededor, o de la increencia que parece que también a nosotros nos contagia. Queremos ver, pero no vemos, quisiéramos haber podido estar allí para también poder palpar, aunque si hubiera llegado el momento no se que hubiéramos hecho. Necesitamos y buscamos seguridades en nuestra fe, pero la fe es confianza, es fiarnos, es creer en la Palabra que se nos da, en la Palabra que tiene que ser vida y luz para nosotros.
Tenemos que abrir las sintonías de nuestro corazón para poder sentir a Dios, sentir a Cristo presente en nosotros, presente en nuestro entorno, presente en los demás. Es el Señor resucitado que nos da vida, que nos llena de vida, pero muchas veces nuestra mente se nos cierra, se nos ahora el corazón y no lo vemos ni lo sentimos, llegamos a olvidarnos de tantas buenas y hermosas experiencias de Dios que tantas veces hemos experimentado en nosotros.
Y Jesús les explicaba cuanto de El se había anunciado en las Escrituras y ahora se había cumplido. Y nos dice que les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Es lo que vamos a pedirle hoy al Señor, que nos abra nuestro entendimiento, que nos de ese espíritu de sabiduría para conocerlo y para vivirlo, para experimentar su presencia y para saborearlo, para que le encontremos gusto a nuestra fe y se convierta en nuestra certeza y nuestra alegría, para que tengamos luego también la valentía de hacer el anuncio, de trasmitir todo eso que vivimos en nuestra fe a los demás.
Que se nos aclaren las dudas, que se disipen los temores, que no nos dejemos confundir por apariencias o malos argumentos, que abramos el corazón, que sintonicemos de verdad con el misterio de Dios, que nos alejemos de las malas influencias, que nos convirtamos de verdad en testigos, que con nuestra vida y con nuestro compromiso demos testimonio de Cristo resucitado frente a nuestro mundo.

miércoles, 19 de abril de 2017

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

El Señor siempre nos sale al paso y nos acompaña en los caminos de la vida dándonos su luz aunque muchas sean nuestras oscuridades o nuestras dudas

Hechos de los apóstoles 3,1-10; Sal 104; Lucas 24,13-35
Cuando ponemos nuestra esperanza e ilusión en alguna cosa, una meta quizás que nos hemos propuesto en la vida, unas promesas de algo bueno que habíamos recibido, un empeño de superación de nosotros mismos en el desarrollo de unos valores o unas cualidades, pero de repente todo parece que no sale mal, nuestras expectativas no se ven cumplidas, lo que anhelábamos no lo pudimos conseguir, sentimos deseos, como se suele decir, de tirar la toalla, olvidarnos de todas esas metas que nos habíamos trazado y tomar un rumbo a la inversa quizás en la vida. Es el desaliento y el desanimo que nos apagan las ilusiones, que nos dejan como muertos sin ganas de seguir luchando, el mundo parece que se nos viene abajo. Situaciones así pasamos algunas veces en la vida.
Allá se marchaban de Jerusalén aquellos dos discípulos desalentados quizás buscando alejarse totalmente de lo que habían sido sus ilusiones y esperanzas, poner tierra por medio, como solemos decir, volviéndose a su aldea, a su casa, pero dándole mil vueltas en su corazón desalentado a todo lo que había sucedido.
Tan enfrascados iban en sus pensamientos que no reconocen al caminante que se les ha unido. Entran en conversación y no puede ser otro el tema que todo lo que ha sucedido en aquellos días en Jerusalén. El caminante pregunta y escucha y ellos sacan todas las penas y desilusiones que llevan en su corazón. Pero quien parecía no saber de que iba la cosa comienza a hablarles con palabras que les hacen comprender, con palabras que responden a sus dudas e inquietudes, con palabras que no solo les explica todo el sentido de las Escrituras que se cumplen en lo que ha sucedido, sino que van llenando de paz su corazón.
Quienes iban encerrados en si mismos, sin embargo ahora son capaces de abrir su corazón para la soledad y no quieren permitir que aquel caminante sufra peligro en la noche en aquellos caminos oscuros de Judea. ‘Quedate con nosotros porque atardece y el día va de caída’, es la invitación que le hacen abriéndoles ahora la intimidad de sus hogares.
Paso a paso se habían ido transformando; luego dirán que les ardía el corazón mientras El les explicaba las Escrituras por el camino; ya estaban en su punto para poder reconocer al Señor. Y en el gesto de partir el pan a la hora de la cena, le reconocen. Es el Señor. Mira como ardía nuestro corazón, porque era El quien venia con nosotros y nos lo explicaba todo. Serán capaces de ponerse de nuevo en camino para volver a Jerusalén a hacer el anuncio. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor’, les comentan los de Jerusalén mientras ellos cuentan cuantas cosas les han sucedido mientras iban de camino.
¿Dejamos que la oscuridad nos venza? ¿Nos quedamos enfrascados – metidos en el frasco – en nosotros mismos o queremos en verdad buscar la luz para que no se apaguen nuestras esperanzas? En la vida pasamos por esos peligros en mil situaciones de todo tipo que nos puedan suceder. En la vida nos sucede muchas veces así en el campo de la fe que parece que se nos apaga la luz y todo parece oscuro. Tenemos que saber que el Señor esta ahí aunque nos cueste reconocerle.
Abramos en verdad nuestro corazón, nuestra vida para aprender a descubrirle allí donde El quiere manifestársenos en el camino de la vida, que muchas veces será en el sitio y en el momento que nosotros menos esperamos. Pero el Señor nos acompaña siempre en nuestro camino.

martes, 18 de abril de 2017

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘¿Por qué lloras? ¿a quien buscas?’ lloramos por desaliento, lloramos por desconsuelo, cuando buscamos y no encontramos, cuando nos agobian los problemas, cuando sentimos la soledad, cuando nos parece que nadie nos entiende, cuando sentimos deseos de cariño y parece que nadie nos tiene en cuenta, cuando el dolor no solo nos mortifica corporalmente sino sobre todo cuando nos duele en el alma, cuando sentimos que nos hacen daño, cuando nos vemos impotentes en la vida para reaccionar, para responder, para hacer aquello que ansiamos, cuando nuestras metas parece que se oscurecen y se alejan… tantas cosas por las que lloramos y no sabemos donde encontrar consuelo, como encontrar respuesta. ‘¿Por qué lloras? ¿A quien buscas?’ Nos cegamos quizás y no encontramos a quien estamos buscando.
¿Por qué lloramos? ¿Lloraremos acaso por el sufrimiento de los hermanos que nos rodean? Abramos los ojos para ver su sufrimiento; no nos insensibilicemos, es nuestro peligro. Es la madre que no tiene un pan que dar a sus hijos; es el enfermo que se ve atenazado en una enfermedad incurable; es el que sufre la violencia de los demás; son los matrimonios rotos y los hijos que parece ya que no son de nadie; son los que sufren incomprensiones, son juzgados y criticados, los que nadie quiere y se sienten discriminados, los que llevan la condena para siempre en sus vidas porque no alcanzan el perdón de los demás; son los que son victimas inocentes de las guerras y violencias que hacemos desde nuestras ambiciones egoístas y terriblemente injustas; los que se sienten engañados y son manipulados por tantas vanidades de la vida; los que sufren por el odio que llevan en su corazón y no son capaces de perdonar para encontrar la paz. ¿Seremos capaces de llorar por nuestro pecado que así se convierte en un mal para los demás y los hace sufrir?
Maria Magdalena lloraba desconsolada a las puertas del sepulcro. Había venido a buscar el cuerpo de Jesús al que habían crucificado tres días antes y el sepulcro estaba vacío. Por mucho que los Ángeles le anunciaran la resurrección de Jesús ella no encontraba consuelo, porque seguía buscando a Jesús en el lugar de los muertos. Lloraba y sus ojos se cegaban porque ni a Jesús supo reconocer en quien le hablaba y pensado que era el encargado del huerto que se había llevado el cuerpo de Jesús a otro lugar, andaba preguntando donde estaba para ella llevárselo consigo. Sus lágrimas, su dolor, la búsqueda de Jesús donde no podía encontrarlo cegaban sus ojos para no descubrirle presente ante ella ahora mismo.
Es cierto que era grande su amor por Jesús, pero incluso el amor le cegaba y no le dejaba razonar para poder encontrar verdaderamente a Jesús. ¿Nos pasara de manera semejante a nosotros desde tantas cosas que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos y en nuestro corazón y al final no sabremos ni buscar ni encontrar a Jesús?
Tenemos que escucharle mas, recordar con todo detalle cuantas cosas nos ha dicho y enseñado de cómo hemos de buscarle para que llegue la luz a nuestros ojos y se ilumine también nuestro corazón. El nos ha señalado bien por donde hemos de encontrarle, en quien hemos de encontrarle, y aunque sean muchas las cosas personales que nos hagan llorar el corazón – no nos quedemos en ellas -, comencemos a ver las lagrimas de los que nos rodean y podremos encontrar a Jesús. Sintamos como nuestro el dolor de los demás, hagamos nuestras sus lágrimas y estaremos sintonizando con Jesús y le podremos encontrar. Es esa la mirada nueva que hemos de aprender a tener contemplando a Cristo resucitado.


lunes, 17 de abril de 2017

Contagiemos al mundo de la alegría y de la esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado

Contagiemos al mundo de la alegría y de la esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado

Hechos, 2, 14. 22-32; Sal. 15; Mt 28, 8-15
La alegría siempre tiene prisa en comunicarse, en contagiarse. Cuando hemos recibido una noticia que nos llena de alegría nos falta tiempo para compartirla con los demás, a las personas que queremos y apreciamos, o a todo aquel con quien nos encontremos que aunque no lo digamos con palabras nuestro semblante y nuestros gestos lo dicen todo. Con que rapidez corren las noticias, como las queremos comunicar a los demás sobre todo si es algo que nos llena de alegría porque sea el cumplimiento de lo esperado, o sea por la sorpresa que nos produce lo inesperado.
Es lo que nos muestra el evangelio hoy. ‘Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro’, comienza diciéndonos. ‘Corrieron a anunciarlo a los discípulos, impresionadas y llenas de alegría’. Luego, Jesús que les sale al encuentro y les comunica que vayan a decírselo a los hermanos.
La noticia no se podía quedar encerrada. Aunque luego los sumos sacerdotes busquen la manera de que la noticia no se conozca y si acaso llega a oídos de la gente se tratara de desprestigiar y decir que lo que ha sucedido es que los discípulos se han robado el cuerpo de Jesús y por eso no lo encuentran en el sepulcro; se valdrán de lo que sea, mentiras, sobornos, apaños de todo tipo.
Ayer celebramos con alegría la resurrección del Señor. Y ya desde ayer se nos confiaba la misión de compartir la noticia con los demás, llevar esa Buena Noticia al mundo que tanto necesita de esperanza. Quienes hemos vivido la alegría de la Pascua, quienes hemos sentido allá en lo hondo del corazón la presencia de Cristo resucitado en nosotros, en nuestra vida y para nuestro mundo, no podríamos callar la noticia. De muchas maneras tendríamos que haberla comunicado a los demás. Esa alegría que desborda, pero también eso nuevo que sentimos en nuestro corazón transformado por la pascua no la podemos acallar.
También nosotros podremos temer a esos que van a la contra de lo que nosotros anunciamos; muchos podrán llamarnos ilusos y visionarios, fanáticos o carcas, porque descalificaciones de todo tipo podemos recibir de un mundo que no quiere recibir la buena noticia de la salvación de Jesús. Hay, si, quienes no quieren recibir, acoger, aceptar esa buena noticia, ese evangelio de salvación, porque dicen que tienen otros medios para mejorar nuestro mundo. Pero nosotros no nos podemos acobardar.
Alguna vez nos habrá podido suceder que cuando en un día como hoy felicitamos con la alegría de la Pascua de la Resurrección de Cristo a alguien de nuestro entorno, nos rechace esa felicitación, nos diga que no cree en esas cosas, que pasa de todo tipo de signo o manifestación religiosa; y nos podemos sentir cortados, acobardados, sin saber que responder.
Pero no tendríamos que acobardarnos; que lo acepten o no entra dentro de su libertad que nosotros respetamos también, pero nadie nos puede impedir que nosotros comuniquemos aquello que nos produce una gran alegría, aquello que da sentido a nuestra vida, aquello que es el centro de nuestra fe. Y no lo podemos callar. Y lo tenemos que anunciar. Y tenemos que felicitar al mundo, aunque el mundo no quiera aceptarlo, porque con Cristo resucitado es posible un nuevo mundo y un mundo mejor, porque con Cristo resucitado encontramos la esperanza mas profunda para nuestras vidas desencantadas de tantas cosas.  
Contagiemos a nuestro mundo de esa alegría y de esa esperanza que brota fuerte en nuestro corazón con la fuerza de Cristo resucitado.

domingo, 16 de abril de 2017

Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo


Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo

Mateo, 28, 1-10
‘No temáis… alegraos… no tengáis miedo…’ se repite una y otra vez en el mensaje del Evangelio. Y nosotros decimos ¡Aleluya! y lo cantamos y lo repetimos una y otra vez porque nuestro corazón esta también henchido de alegría.
‘Buscais a Jesús, el crucificado. No esta aquí. Ha resucitado, como lo había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad os lo he anunciado’.
Es el anuncio que se proclama en este amanecer de aquel primer día de la semana. Es el anuncio que nos llena de alegría. ¡Aleluya! Es el anuncio mas repetido a lo largo de los siglos. Es el anuncio que hoy la Iglesia proclama ante el mundo. Es el anuncio que nosotros hemos de proclamar también a nuestro mundo. No podemos dejar de hacerlo. Tenemos que repetirlo una y otra vez. Y Jesús nos dice, como les decía a aquellas mujeres que fueron al alborear aquel primer día de la semana al sepulcro que no temamos, que lo vayamos a comunicar a los hermanos.
Parece que hoy no sabemos decir otra cosa y nos repetimos una y otra vez. No nos podemos cansar. Y tenemos que hacerlo con convicción. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestras vidas. Porque el mundo no cree, como ha sucedido también a lo largo de los siglos. O el mundo no cree porque no hemos sabido hacer el anuncio, o nuestras palabras no han ido acompañadas del testimonio de nuestra vida.
No puede ser el fervor de un momento, aunque en este día de Pascua necesariamente tiene que hervir fuerte nuestro fervor. Hemos venido celebrando todo el misterio de Cristo dejándonos iluminar por su palabra y hoy llegamos a este momento grande en que proclamamos lo que es el centro de nuestra fe. Por eso nuestra convicción, el entusiasmo que tenemos que poner, el testimonio que tenemos que dar de unas vidas que se han dejado transformar por Jesús viviendo la Pascua del Señor en nosotros.
Unas vidas transformadas por el amor y para amar con toda intensidad. Y será así con ese fuego del Espíritu divino en nuestras venas, en las venas de nuestra alma como tenemos que salir para ir al encuentro con los demás. En estos momentos eclesiales que vivimos nos encontramos con ese lema y esa consigna para nuestras vidas. ‘En salida’, se nos dice; nos lo repite el Papa Francisco una y otra vez para que seamos capaces de ser valientes para ir al encuentro con todos con nuestro mensaje evangelizador, y es el motivo de los planes pastorales de nuestras iglesias.
No es nada nuevo, tendríamos que reconocer, porque hoy lo hemos escuchado en el evangelio que se ha venido proclamando desde hace veinte siglos. ‘Id aprisa a decir… id a comunicar…’ por dos veces se nos ha repetido en el texto que hoy se nos ha proclamado en la liturgia.
Pero seguimos con nuestros miedos, nuestras indecisiones, nuestros miedos, nuestras cobardías y nos llenamos de temor. Pero ese temor tendría que haber desaparecido si en verdad nos dejáramos inundar por el Espíritu de Dios. El nos da fortaleza como nos da sabiduría para que podamos y sepamos hacerlo. En nuestro corazón hemos de sentir esa alegría del Espíritu de Cristo resucitado.
Cuando estos días pasados nos hemos puesto a la sombra de la cruz de Jesús hemos aprendido a descubrir esa cruz en nosotros, pero sobre todo esa cruz en nuestros hermanos los hombres que caminan a nuestro lado en sus pobrezas, sus soledades, sus angustias, todo ese mal que sufren desde la realidad de nuestro mundo que ni es tan justo ni es tan humano. Y es en medio de ese mundo, y es a esos hermanos crucificados a quienes tenemos que llevar el mensaje de pascua.
Serán nuestras palabras, pero serán nuestros gestos, los signos de compromiso que vayamos realizando en nuestra vida el mejor anuncio, la mejor forma de llevar nuestro mensaje. Así lo hemos meditado en estos días, y así ahora nos sentimos fuertemente impulsados desde la fuerza del Espíritu resucitado que esta inundando nuestras vidas.
Es nuestro compromiso de pascua; es ese camino en salida que tenemos que realizar; es esa pascua que vivimos en nosotros pero que tenemos que ayudar a vivir a los demás, para que todos se encuentren con Cristo que pasa por sus vidas, que se acerca a nuestro mundo y a través nuestro quiere transformarlo.
Que reine una nueva alegría en nuestro mundo; no la alegría efímera de un momento sino la alegría honda de sentir que Cristo vive, que Cristo esta con nosotros, que Cristo reina de verdad en nuestro mundo porque lo hemos transformado con los valores del Reino de Dios.

¡Feliz pascua de resurrección!

sábado, 15 de abril de 2017

Día de silencio y de soledad, pero con María aprendemos a que no falte en nuestro corazón la esperanza de una vida nueva con Cristo resucitado

Día de silencio y de soledad, pero con María aprendemos a que no falte en nuestro corazón la esperanza de una vida nueva con Cristo resucitado

Hoy es un día de silencio; un día en el que se palpa la soledad. Como cuando un hogar falta la cabeza, el ser querido que nos lo ha arrebatado la muerte. Tras los primeros momentos de dolor lacerante donde brotan espontáneamente los gritos, las suplicas, el alboroto ante lo indescifrable queda el silencio, buscamos la soledad, rumiamos en nuestro interior, no queremos palabras, nuestra mirada se queda perdida tratando de vislumbrar quizás un mas allá.
Es el silencio que arranco en la tarde del viernes y se prolonga hoy en todo el día. La Iglesia también hoy esta en silencio tras la muerte de Jesús. Nos arrimamos quizás mejor a la madre, nos acercamos a ella sin mucho alboroto, también ella esta en silencio, en soledad, pero nos dejamos acariciar por sus ojos de madre. La miramos y sabemos que ella nos mira. No hacen falta palabras, en ese silencio y soledad sabemos que esta ella.
Madre del dolor, dolorosa, madre de las angustias, madre de la amargura, madre de la soledad la llamamos en este día, pero también tenemos que llamarla la madre de la esperanza. Ella espera, como esperaba el nacimiento de su Hijo tras el anuncio del ángel, ahora la resurrección. Ella tiene la certeza, la seguridad porque ha plantado como nadie la Palabra de su Hijo en su corazón, y sabe que lo anunciado por Jesús se cumplirá. De ella queremos en nuestro silencio y en nuestra soledad aprender esperanza.
Por eso nos acercamos a ella, queremos estar con ella, en silencio, a su lado, dejando que su corazón de madre nos hable directamente a nuestro corazón. Es nuestra Madre, así nos la regalo Jesús como ultimo regalo antes de su muerte. La acogemos, la dejamos entrar en nuestro corazón, queremos aprender de su amor para amarla también con el amor intenso de los hijos, porque nos sentimos amados, porque sentiremos siempre su presencia en nuestro caminar.
Son tantas las soledades en que nos vemos envueltos en la vida, pero sabemos que tenemos un remedio, que hay una madre que estará siempre a nuestro lado y entonces nuestras soledades serán menos soledades. Con ella aprenderemos a no angustiarnos ni amargarnos, porque aunque la llamemos madre de las angustias o de la amargura, nunca esa angustia perturbo su corazón de manera que perdiera la esperanza, aun en medio del mayor dolor. Queremos aprender de ella, queremos que ella nos vaya dictando en nuestro corazón en cada momento como hemos de vivirlo, para que, aunque haya silencio, no nos perturbe la soledad porque nos sentiremos acompañados.
Pero no miramos solo nuestra soledad sino con María aprendemos a tener una mirada mas amplia para ver la soledad de tantos que caminan a nuestro lado desorientados quizás, con vacío en su corazón. Aprendamos de María a acercarnos delicadamente también a esos hermanos; no será necesario quizás muchas palabras, sino solo nuestra presencia; que nuestra presencia les hable a su corazón para que no se sientan solos; que nuestra presencia vaya llena de cercanía y de amor para saber estar a su lado, para tender la mano en el momento oportuno, para saber tener esa mirada de aliento que levante el corazón oprimido. Aprendamos de María. Como ella hace con nosotros hagamos también con los demás.
Sigamos así en silencio que ya no es soledad, con el corazón lleno de esperanza. A quien ayer contemplar expirar en lo alto del madero y luego ser llevado hasta el sepulcro al que ahora nosotros nos hemos acercado sabemos que lo contemplaremos victorioso y resucitado. Esta noche habrá un nuevo amanecer y la piedra del sepulcro se correrá sola y ya dentro del sepulcro no vamos a encontrar sino unas vendas por el suelo y un sudario doblado aparte. Y es que el Señor resucito y para nosotros ha vencido a la muerte. La esperanza no nos puede faltar en nuestro corazón. Estemos atentos para que resucitemos con El, para que con El salgamos también de las negruras de nuestros sepulcros, para que con El renazcamos a una vida nueva. Maria nos ayuda en silencio a mantener esa esperanza para alcanzar esa vida nueva.

viernes, 14 de abril de 2017

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

El camino de la vida pasa por la cruz pero envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección

Meditación a la sombra de la cruz

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42
El camino de la vida pasa por la cruz pero cuando va envuelto en el amor siempre nos conduce al triunfo de la vida y de la resurrección. Es lo que hoy estamos contemplando. Hoy es un día para la contemplación. No son necesarias muchas palabras, solo es necesario sentarnos a la sombra de la cruz. Y ponernos a pensar, a meditar, a contemplar la vida, la nuestra y la de los demás, reflejadas en la sombra de la cruz de Jesús a cuyos pies queremos ponernos.
No es fácil, ponernos a su sombra, contemplar toda su tragedia. Cuantas veces en la vida la rehuimos. Acaso la revestimos con muchas joyas para hacerla mas agradable o la envolvemos en suaves sedas para no sentir su crudeza. Con cuantas cosas en la vida queremos disimular la cruz.
Ponernos a la sombra de la cruz de Jesús nos hace contemplar, si, con toda su crudeza lo duro que es una cruz. Es la cruz de Jesús con toda su tragedia de dolor, de sufrimiento, de injusticia, de la maldad de todos aquellos que quisieron llevarle a la cruz. Pero es la cruz que nos encontramos cada día en los caminos de la vida. serán nuestros sufrimientos cuando nos llega el dolor o la enfermedad; serán nuestros sufrimientos quizás en nuestras soledades que acaso por nuestro egoísmo nos hemos buscado nosotros mismos, o las soledades a las que otros nos han llevado; serán los fracasos cuando no hemos logrado aquello en lo que tanto nos habíamos empeñado, por nuestros errores, porque no supimos encontrar el camino para realizarlo; serán las incomprensiones, los desaires, los malos juicios que de nosotros otros hacen, las acusaciones con razón o sin ella que tanto nos duelen, los abandonos en que nos sumen tantos que se olvidan de nosotros o no nos tienen en cuenta. Muchas cosas que nos llevan a la cruz, que nos hacen sufrir. Es duro.
Pero, cuidado, no nos quedemos solo mirando nuestra cruz. Tengamos la valentía de mirar en torno para darnos cuenta de tantas cruces que cargan sobre los hombros de nuestros hermanos. Porque quizás nosotros también los hemos dejado solos, de tanto pensar solo en nosotros mismos. Miremos, si, cara a cara el dolor y el sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, en sus enfermedades, en sus soledades, en su pobreza. Pensamos en los enfermos incurables, en aquellos a los que sobrevino cuando menos lo esperaban la enfermedad que parece que ya no tiene remedio y sufren desesperados, con angustia, sin encontrar fuerzas para seguir adelante.
Miremos, cara a cara, el dolor y sufrimientos de los que son injustamente tratados por la vida, decimos, por no atrevernos quizás a decir por la crueldad de los demás que los hace injustos, o por nuestra crueldad que nos hace perder la capacidad de la compasión. La cruz del sufrimiento de tantos que se sienten fracasados en la vida porque ven sus sueños rotos, porque han perdido la ilusión, porque todo lo que encuentran son los obstáculos que ponen los ambiciosos o los avariciosos que todo lo quieren para si y no quieren permitir que otros avancen en la vida.
La cruz del sufrimiento de los que se ven discriminados, de los que no son aceptados en la sociedad porque proceden de otros lugares, porque son de otra raza, porque tienen otra condición, porque tienen otras orientaciones en la vida, porque quizás un día cometieron unos errores y estarán siempre cargando con la culpa. La cruz y el sufrimiento de los que no se sienten perdonados, de aquellos a los que se le niega el saludo, con los que ya no se quiere contar y se les aísla en la vida para que coman el pan amargo de la soledad.
Nuestro pensamiento puede ir más allá para llegar a los lugares de la guerra o de los que parece que eternamente están condenados a vivir en la miseria y el hambre a lo largo del mundo por la insolidaridad de los que se creen más fuertes, o pudiera estar en sus manos el remedio o la solución a sus males. Es una cruz muy grande la que atraviesa de lado a lado nuestro mundo.
Miramos todas esas cruces y muchas más que hay seguro a lo largo del mundo, no somos capaces de ser exhaustivos, y al mismo tiempo queremos mirar la cruz de Cruz a cuya sombra nos hemos postrado. En esa cruz de Jesús están todos esos sufrimientos, todo ese dolor, pero en Jesús estamos contemplando algo mas que es el amor. Y porque contemplamos ese amor de Jesús sabemos que vendrá la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. Es lo que ahora tenemos que aprender de Jesús, a envolver, si, esa cruz con el amor para convertirla en ofrenda. Es lo que la va a transformar.
Por eso, ese silencio nuestro a la sombra de la cruz y esa contemplación que estamos haciendo la vamos a convertir en oración. Pedimos el amor, pedimos vernos envueltos en ese amor de Jesús para darle un sentido a nuestro dolor, a nuestra cruz. Vamos a pedir que el amor ilumine todas esas sombras dolor que hay en nuestro mundo para que haya una verdadera transformación de nuestra humanidad. Una humanidad, empezando por la nuestra, que tiene que hacerse más humana, y lo podremos realizar con la fuerza del amor.
Desgranemos ahora hecho oración ante la cruz de Jesús de nuevo todas esas cruces de sufrimiento que hemos contemplado y otras muchas mas que podamos conocer. Pidamos, si, que nosotros nunca más seamos causa de cruz para los demás por nuestra insensibilidad, nuestro desamor, nuestras incomprensiones, nuestras discriminaciones que también hacemos tantas veces, nuestra forma injusta de tratar a los demás, nuestra violencia. Que nos transformemos nosotros primero que nada porque pongamos verdadero amor en nuestro corazón.
Pidamos que se transformen los corazones, que en verdad seamos una humanidad nueva, que cambien nuestras formas de relacionarnos los unos con los otros, que creemos entre todos un mundo de mayor justicia y de mas fraternidad. Pidamos por los que sufren esos males para que en el Señor encuentren fuerza para cargar con su cruz y transformarla en oblación de amor encontrando un sentido y un valor a sus sufrimientos, al mismo tiempo que logran para los suyos un mundo mejor.
En Jesús a quien hoy contemplamos colgado de la cruz encontraremos la victoria, porque El nos esta enseñando a envolver nuestra vida en el amor. Con Cristo crucificado a quien contemplamos de manera especial en este día de viernes santo sabemos que llegaremos al triunfo y a la victoria de la vida en la resurrección.

jueves, 13 de abril de 2017

Como Jesús nos despojamos y nos ceñimos para lavar los pies de los demás en el servicio y el amor


Como Jesús nos despojamos y nos ceñimos para lavar los pies de los demás en el servicio y el amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’, así les mandaba Moisés celebrar la pascua al pueblo judío.
‘Haced esto en memoria mía… os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’ Así nos dice Jesús, así nos lo recuerdan los evangelistas, nos dice San Pablo que hemos de hacer para siempre recordando, viviendo, haciendo presente la Pascua del Señor. Es lo que hoy celebra la Iglesia en este día que se inicia el Triduo Pascual y que llamamos Jueves Santo.
Ya no es un cordero sacrificado que recuerda la salida de Egipto. Ahora es el Cuerpo entregado, la Sangre derramada, Sangre de la Alianza nueva y eterna lo que comemos en el banquete pascual. Pero no son solo recuerdos sino que tendrá que hacerse vida en nosotros. Porque lo que Jesús realizo lo hemos de realizar nosotros también.
Allí lo más sublime que contemplamos es el amor de Dios en la entrega de Jesús, que realizara con gestos y signos, pero que realizara en la entrega de si mismo expresando el más sublime amor. Es el amor del que entrega su vida por el amado. No hay amor más grande. Es el amor del que nos sentimos inundados, pero en el que tenemos que aprender a amar nosotros también. Por eso hoy es el día del amor verdadero, ese amor que nos hace hijos y que nos hace hermanos.
Por eso en los prolegómenos de la pasión, del momento de su entrega suprema, Jesús quiso realizar unos gestos y unos signos que nos señalaran una vez mas por donde tiene que ir nuestro amor. Sabia que había llegado la hora de la suprema entrega. Sabía que había de pasar de este mundo al Padre. Nos amaba y nos amaba con un amor supremo que se iba a manifestar en su entrega y que iba a ser modelo de nuestro amor. De ahí los gestos y los signos que va a realizar en esa cena pascual.
No era una simple ablución o purificación lo que Jesús iba a realizar. Se despojo de su manto, se ciño la toalla a la cintura, se puso a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. No es cualquier cosa. Se sorprenden los discípulos, Pedro casi se niega a que Jesús le lave los pies, pero ante cada uno Jesús esta postrado a sus pies.
Dos palabras, despojarse, ceñirse. Sobraba el manto como nos pueden sobrar muchas cosas que nos impiden un movimiento ágil; de cuantas cosas tenemos que aprender a despojarnos cuando queremos amar de verdad. Seria un contrasentido que nos pusiéramos a realizar obras de servicio adornados de lujosos mantos y de ricas joyas o anillos en nuestras manos. Las cosas superfluas no nos son necesarias, se pueden convertir en un estorbo. Solo desde la humildad y poniéndonos de verdad a la altura del otro es como podremos mostrar en verdad nuestra cercanía, nuestra sintonía de amor. La sintonía del amor es sutil y delicada y no puede haber ruidos que entorpezcan el encanto de su sonido.
Pero además Jesús se ciño la toalla a la cintura. Se ciñe bien, se ajusta bien el cinturón el que esta dispuesto a trabajar, a hacer algo verdaderamente útil, a luchar por algo que merece la pena, a comprometerse seriamente por el otro, por la justicia, por la verdad. Esa toalla ceñida a la cintura de Jesús y que además le servia para limpiar y secar los pies de los discípulos puede significarnos muchas cosas. Nos ceñimos con el cinturón de la verdad, de la justicia, del amor, del compromiso, de la paz. Es grande la lucha que hemos de realizar contra tantas injusticias y miserias, contra tanta falsedad y tanta vanidad, para romper ese cascaron de la insensibilidad y del egoísmo que nos hace insolidarios e injustos.
Y Jesús nos dice ‘os he dado ejemplo… para que vosotros también lo hagáis…’ nos ha dado ejemplo porque ceñido así no solo se ha postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, sino que le veremos subir mañana a lo alto del calvario, a lo alto de la cruz para realizar la suprema entrega. Es la entrega de Jesús para que se realice de verdad ese Reinado de Dios. Cuando nosotros nos estemos despojando y ciñendo de la misma manera estaremos ya viviendo en ese Reino de Dios, estaremos haciendo presente ese Reinado de Dios.
Y ahí esta el otro signo maravilloso que Jesús nos dejara en la tarde del Jueves Santo, en la noche de la Cena Pascual. Un día había anunciado que comeríamos de su pan que era su cuerpo entregado para poder tener vida. Ahora nos realiza el signo. ‘Toma el pan, esto es mi cuerpo entregado… toma la copa llena de vino que reparte entre todos… esta es mi sangre derramada… comed… bebed… hacedlo en memoria mía… cada vez que bebáis de esta copa estáis anunciando la muerte del Señor…’
Así sencillamente nos realiza el signo. Sencillo pero comprometido. No lo podemos realizar de cualquier manera. Tendrá verdadero sentido para nosotros si en la vida vamos realizando los mismos gestos y signos de Jesús en su amor. Hacerlo en la memoria del Señor es querer hacerlo como lo hizo Jesús. Si nos despojamos de verdad, si nos ceñimos a la manera de Jesús tendrá verdadero significado para nosotros la Eucaristía. Nunca puede estar separada del amor. Nos manifiesta siempre lo que es el amor de Dios, la entrega de Jesús, pero nos compromete a vivir en ese mismo amor, con esa misma entrega. No habrá eucaristía sin amor, sin compromiso por el amor.
Es lo que hoy celebramos en este día del Jueves Santo con que iniciamos el Triduo Pascual de la muerte y la resurrección del Señor. Vivámoslo con intensidad.

miércoles, 12 de abril de 2017

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar sintiendo esa presencia maravillosa del Señor en nosotros tal como El quiere llegar a nuestra vida

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?... Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua…’ Es la pregunta que también nos hacemos en este miércoles santo, vísperas ya de comenzar a celebrar el triduo pascual.
‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? Una pregunta importante para hacernos y para que actuemos no dejándonos arrastrar por el ambiente que nos rodea. ¿Dónde vas a ir en Semana Santa? ¿Qué vas a hacer en Semana Santa? Es una pregunta socorrida que hemos escuchado a muchos en estos días; incluso en los medios de comunicación, en las redes sociales tan en boga hoy son comentarios, anuncios, publicidad que se repite. Pase una buena semana santa en… y nos dan oportunidad de muchas cosas, de muchos lugares a visitar, de muchas cosas en las que podemos pasar unas vacaciones. Ojala se sepa encontrar también en medio de esas jornadas de descanso tiempo para una reflexión mas profunda sobre la vida.
Respetamos el pensamiento y el actuar de muchos, de la sociedad en la que estamos inmersos y esa es la realidad. Pero también en un ambiente religioso y eclesial se nos pueden ofrecer muchas posibilidades. Y nos hablan de semanas santas famosas, de interés turístico incluso a nivel nacional o internacional. Y se nos ofrecen imágenes de todo tipo desde un ámbito religioso y costumbrista. Es una tradición que no se puede perder, es una frase que también escuchamos y quizás nos podemos quedar en eso, una tradición.
Dios puede llegar y llega a muchos corazones también a través de esos medios y signos externos, pero es cierto que tendríamos que estar muy atentos a ese paso de Dios por nuestras vidas a través quizás de esas imágenes que tendrían que ser una verdadera catequesis, un verdadero kerigma como anuncio de una verdad de salvación. No siempre, sin embargo, sintonizamos debidamente y nos quedamos en lo externo y a la larga se nos puede quedar en algo superficial, como una semilla caída sobre un terreno duro y repisado o sobre abrojos o zarzales que impiden que pueda dar verdadero fruto.
Por eso la pregunta sigue estando presente. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ ¿Cómo tenemos que prepararnos para la celebración de la Pascua? también en nuestros templos en estos días hay un ajetreo tremendo de preparación de cosas para que todo salga bien, para que todo este en su punto, para que las celebraciones sean hermosas, para que nuestro monumento al Santísimo en el Jueves Santo sea el mas hermoso. ¿Son solo esos los preparativos que hemos de hacer? Porque entretenidos en todas esas cosas puede pasar el Señor por nuestro lado y no nos demos cuenta, se nos pase desapercibido y al final no haya pascua en nosotros.
Es ahí, pues, donde hemos de detenernos. Los preparativos no se nos pueden quedar en cosas externas. Todo eso nos ha de ayudar, pero es algo más profundo en lo que hemos de detenernos. Es ahí en el fondo del corazón donde hemos de preparar el lugar para la cena de Pascua, es nuestro corazón el que hemos de preparar.
Seamos conscientes del misterio grande que vamos a celebrar. Pensemos en ello. Sintamos esa presencia maravillosa del Señor en nosotros, en nuestro corazón, en tantas cosas o personas a través de las cuales quiere llegar a nuestra vida. Es importante que llegue el Señor a nuestra vida para que nos purifique, para que nos revitalice, para que haga surgir con toda fuerza de nuevo el amor en nosotros, para que aprendamos a caminar sus caminos, para que sepamos también abrirnos mejor a los demás. Así habrá verdadera pascua en nosotros.