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martes, 30 de diciembre de 2025

Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 


Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 Juan 2, 12-17; Salmo 95; Lucas 2, 36-40

En medio de los relatos en torno a Jesús en su nacimiento y en lo acaecido en su entorno que se nos van ofreciendo en el texto del evangelio en estos días de Navidad se nos cuela como por un resquicio una anciana mujer que además era viuda de las que quizás merodeaban por el templo en el cumplimiento quizás de sus devociones y que por otra parte hubiera pasado desapercibida como a tantos mayores les sucede también en nuestro entorno.

Una anciana viuda y pobre nos aparecerá en otro momento en el evangelio pero será Jesús el que nos la haga notar por la generosidad y desprendimiento en que vivía dando lo poco que tenía para el culto del templo. Ancianos aparecerán en el evangelio en el caso del sacerdote Zacarías y su mujer Isabel, y también en estas circunstancias hemos contemplado al anciano Simeón.

Creo que puede ser significativo y tenga todo el sentido de evangelio - para nosotros también nos trae una buena noticia - la aparición de estos ancianos de los que nos habla el evangelio pero que están haciendo referencia de alguna manera a tantos que aparecen en nuestro entorno en estos momentos incluso que nosotros estamos también viviendo en la Navidad que celebramos. También muchos nos pueden pasar desapercibidos, aunque nos aparecen en momentos puntuales pronto quizás pasamos página, como hacemos tantas veces.

Total, pensamos, unos ancianos que ya han vivido su vida, que no tienen mayores responsabilidades familiares o en su entorno social, ya hicieron lo que tuvieron o pudieron hacer, su presencia se puede quedar como un adorno o simplemente es el paso de unas personas que no teniendo que hacer pues van al templo, o están allí donde la gente se reúne y hablan de sus cosas o de las cosas de sus tiempos, o de sus sueños de algo distinto pero que nosotros quizás miramos como sueños de viejos.

¿Será así como veían a aquel anciana que nos aparece por un rincón hoy en el evangelio a la manera como hoy nosotros nos podemos sentir tentados de pensar de esa gente mayor de nuestro entorno y que muchas veces son las que más pronto encontramos en el entorno de nuestras iglesias o de nuestras celebraciones? Creo que con reflexiones que tenemos que hacernos que nos interpelen por dentro ante tanta gente que pasa desapercibida a nuestro lado, pero quizás porque nosotros no nos fijamos o damos una oportunidad,  o nos quedamos a distancia de ellos.

Aquellos ancianos que aparecieron aquel día por el templo, Simeón y Ana, eran personas de grandes esperanzas pero también de una fe muy grande. Tenían confianza de que lo que esperaban podrían verlo con sus ojos, y aunque ojos cansados por el paso de los años, sin embargo supieron descubrir el misterio. Dios se les reveló en su corazón, el Espíritu de Dios estaba actuando en ellos, cuando nosotros somos tantas veces ciegos para ver cómo Dios se nos revela, cómo Dios nos habla en los acontecimientos, como Dios quiere seguir actuando por nuestra vida, aunque seamos quizás también del grupo de los que pasan imperceptibles por la vida.

Dejemos actuar al Espíritu de Dios en nuestro corazón y dejemos que nos abra los ojos para ver con claridad tantas cosas que algunas veces nos parecen oscuras. Un rayo de luz puede llegar a nuestros corazones, pero nosotros también podemos ser un rayo de luz para muchos a nuestro lado. Aquella anciana no paraba de hablar y de contar la experiencia de Dios que ella estaba viviendo y a todos anunciaba el cumplimiento de las promesas divinas. Y nosotros que tenemos tanto miedo de hablar de Dios a los demás y habrá muchos que lo están esperando.

lunes, 29 de diciembre de 2025

No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

 


No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

1Juan 2,3-11; Salmo 95; Lucas 2, 22-35

Todo lo vivido en estos días es mucho más que un juego de luces de colores que con el brillo de sus parpadeos nos llaman la atención aunque sabemos que pronto se difuminarán y se apagarán. Nuestras calles y nuestras casas, nuestros lugares de reunión y de convivencia social se han llenado de parpadeantes luces de colores con sus diversas intensidades – y todo nos parece tan bonito – pero que tienen fecha de caducidad y pronto dejarán de parpadear hasta otra ocasión. Algunos han puesto en ello toda su navidad que así pasará como un soplo por la vida sin dejar ningún rastro.

Pero, como decíamos desde el principio, la luz que encontramos en la navidad es mucho más que todo eso y mucho más hondo. El resplandor de la navidad verdadera no tiene por qué difuminarse hasta apagarse sino que si lo hemos vivido con toda la intensidad del mundo será una luz que nos va a iluminar para siempre. Por algo los profetas hablaban de un pueblo que caminaba en tinieblas pera al que una luz le brilló para renacer a algo nuevo y más vivo.

Hoy contemplamos en el evangelio a un anciano que canta y da gracias a Dios porque sus ojos han podido contemplar ya para siempre luz que nos ilumina. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

No tenía él que conocer cuanto había sucedido en torno a este niño desde su nacimiento. Ahora guiado por el Espíritu Santo lo ha reconocido entre tantos que probablemente en aquellos momentos eran presentados al Señor en el templo y siente que ya puede morir en paz, porque todas las promesas y las esperanzas se han cumplido. No sabía él de los pastores a los que se les iluminó la noche de Belén con el coro de ángeles que cantaba la gloria del Señor; no tenía que saber de unos magos venidos de Oriente que guiados por una estrella llegaron a adorar al Niño en Belén. Pero sí tiene certeza de la luz, no de una luz que parpadea y se difumina, sino de la luz que va a iluminar a la humanidad para siempre.

Es lo que nosotros seguimos viviendo y seguimos celebrando. Pero vivirlo y celebrarlo nos compromete. No son luces que pasan y luego dejan de nuevo todo en tiniebla. Es una luz que va a prender en nosotros para convertirnos en luz, una luz que hará brillar nuestros ojos con un resplandor especial, como le estaba sucediendo al anciano Simeón. Dentro de nosotros hay una alegría especial desde que nos encontramos con la luz, desde que nos encontramos con Jesús y en El hemos puesto toda nuestra vida y eso se va a manifestar en el resplandor de nuestro rostro, como a Moisés cuando bajaba de la montaña de contemplar a Dios, y se tiene que reflejar en el brillo de nuestros ojos. ¿No nos hemos fijado en el brillo de unos ojos cuando hay pureza en el corazón y cuando hay alegría en el alma?

Somos ahora nosotros los que tenemos que ir dejando a nuestro paso destellos de luz con esa alegría que nace de lo más hondo de nosotros mismos, pero con esos gestos de cercanía, de amistad que vamos dejando como rastro de nuestro paso al que ya le daremos una alegría y un entusiasmo especial. El testimonio de nuestras vidas, el testimonio de nuestra entrega y amor van a ser faros que iluminen y que hagan orientar el rumbo de los que están a nuestro lado. Cuánto necesita nuestro mundo envuelto en tan tormentosas nubes de esos faros de luz para que nuestra vida no encalle en cualquier bajío, o no se despeñe por cualquier barranco.

Es el testigo de luz que recibimos en nuestra navidad, un testigo de luz que tenemos que ir pasando para que todos se sientan iluminados. Cuánto coraje tenemos que poner para enfrentarnos a esas sombras, pero es el testimonio valiente que los cristianos tenemos que dar.

Es hora de despertarnos, de hacernos verdaderos misioneros y evangelizadores, no nos podemos dejar comer por el ambiente de cansancio de aburrimiento que nos rodea; cuánta desgana, cuánta acomodación, cuánta comodidad, cuánta falta de inquietud encontramos en muchos cristianos a nuestro alrededor que tendrían que ser guías que impulsen nuevas iniciativas; tenemos que ser comunidades más vivas que hagan brotar mil iniciativas para ser verdaderos misioneros en medio del mundo.

 

domingo, 7 de enero de 2024

El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

 


El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

En la hay momentos, en que por algo que nos sucede, una palabra escuchada, un testimonio recibido, nos marcan de alguna manera la vida, porque comenzamos a ver las cosas de otra manera, descubrimos cual es nuestra propia identidad y lo que algunos llaman su destino, nos hace dar una vuelta a nuestros planteamientos, pone interrogantes en nuestro interior que nos hacen cuestionarnos lo que hacemos o lo que podemos hacer. Son hitos de nuestra vida, momentos cruciales, arranque de nuevos caminos o de nuevas oportunidades, ocasión también de darnos a conocer y lo que podemos realizar. Y esto lo podemos en un amplio campo de nuestra vida, aunque para ello también hemos de tener una capacidad de reflexionar para saber leer esos acontecimientos, o eso que nos haya podido suceder, para descubrir esa luz que dé un nuevo giro en la vida. Una capacidad de reflexión, decimos, pero también un saber estar atentos a esos signos de vida que pueden aparecer en nuestra existencia.

Estamos en un momento de la vida de Jesús que diríamos que es crucial para el conocimiento que podamos tener de El y el plantearnos también por qué queremos seguirle. Aquel niño nacido en Belén, que hemos venido celebrando en este tiempo de Navidad, en un momento determinado se nos dice cómo en Nazaret crecía en estatura, sabiduría y gracia ante de Dios y los hombres. Una vida oculta durante largos años, como tantos momentos también de silencio que todos necesitamos en la vida.

Juan predicaba en la orilla del Jordán anunciando el tiempo inminente de la aparición del Mesías y cómo había que preparar los caminos del Señor, como incluso nosotros hemos contemplado sobre todo en el Adviento. En torno a Juan se reúne la gente para escuchar aquella Palabra nueva que anuncia la venida del Mesías, se hacen bautizar por Juan como un signo de conversión y de preparar sus corazones, hay ya un grupo de discípulos que estarán más cercanos a Juan, y Jesús desde Galilea bajó también a la orilla del Jordán junto a Juan.

Es el momento que hoy contemplamos y que casi parece como si el mismo Juan nos estuviera contando. Ante los interrogantes que le plantean a Juan sobre lo que hacía y si él era el Mesías o un profeta, responde, ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’. Sigue el anuncio de Juan de aquel que vendrá no para bautizar con agua sino con la fuerza del Espíritu Santo.

Y es ahora cuando el evangelista con toda sencillez nos narra lo acontecido. ‘Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’.

Todos comprendemos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de purificación. Quien había venido a hacer hombre para ser Dios con nosotros y que cargará con nuestro pecado y nuestra muerte para así redimirnos, solidariamente se pone en la fila de los pecadores que se acercan al bautismo de Juan. Y aquí está la Epifanía, la manifestación de quién era Jesús con aquellos signos que acompañan aquel momento. El Espíritu Santo que se manifiesta sobre Jesús con la voz del cielo que lo proclama como el Hijo amado de Dios, en quien Dios se complace.

A los pastores se les había anunciado el nacimiento de un Salvador; los Magos de Oriente contemplan la luz de la estrella que les hace camino para encontrarse con Jesús al que en su ofrenda reconocerán como rey, como hombre y como Dios; el anciano Simeón proclamará que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto a quien viene como luz de las naciones  y gloria de su pueblo Israel; Juan nos había anunciado que venía quien nos bautizaría en el Espíritu pero es ahora la voz del cielo quien le señala como el Hijo de Dios a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir. Más tarde lo veremos en las bodas de Caná dándonos ese vino nuevo, signo de la vida nueva que en El vamos a recibir.

Es el sentido de la fiesta de la Epifanía, manifestación de la gloria de Dios; momento crucial donde ya podemos conocer quién es Jesús a quien hemos de escuchar; momento a partir del cual Jesús comenzará a realizar su misión del anuncio del Nuevo Reino de Dios.

Pero momento importante también para nosotros. Este acontecimiento que estamos contemplando y celebrando como culminación de todas las fiestas de la Navidad no nos puede dejar en la rutina de siempre. Tentación tenemos que pasado el fervor y entusiasmo que hemos vivido en estas fiestas volvamos a la rutina de siempre, volvamos a lo mismo como si nada hubiera significado todo lo que estos días hemos celebrado. Sería algo en vano, entonces.

Tenemos que despertar de esos letargos en los que podemos caer, no podemos decir como era en el principio. Por eso contemplar el Bautismo de Jesús nos hace mirar a nuestro bautismo, en el que también un día vino el don del Espíritu Santo sobre nosotros para marcarnos con una vida nueva, con una dignidad nueva, porque también desde ese día hemos escuchado que somos los hijos amados de Dios. Es reavivar nuestro bautismo, es reavivar esa vida de hijos de Dios, es reavivar esa misión que también nosotros hemos de cumplir. Esta celebración también tiene que ser un momento crucial para nuestra vida, algo que no podemos olvidar, que nos hace ser conscientes de nuestra dignidad y de nuestra misión. Vivamos en consecuencia.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

 


Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Quienes estuvieran contemplando aquella mañana, quizás desde una distancia emocional o quizá por simple curiosidad, lo que estaba sucediendo en aquellos pórticos del templo, no habría notado nada especial, sino unos matrimonios, en general jóvenes, que se acercaban a hacer las ofrendas rituales por el primogénito que les había nacido y a las correspondientes purificaciones de las madres. Era una escena normal como otras que cada día se sucedían en el templo aparentemente sin ninguna connotación especial.

Pero alguien tenía una visión distinta. Era un hombre de Dios que aguardaba impaciente la llegada del Mesías de Dios y que allá en su interior había sentido el Espíritu divino que le aseguraba que no cerraría sus ojos sin contemplar a ese enviado de Dios. Los misterios grandes que se manifiestan en cosas pequeñas e insignificantes solo serán capaces de contemplarlas quienes tienen una sintonía especial de Dios en sus ojos y en su corazón. Es lo que sucedía en aquel anciano, y posteriormente también en la que llamaríamos la profetisa Ana.

Se adelantó aquel anciano hasta aquellos jóvenes esposos que con su niño en brazos se dirigían a realizar la ofrenda prescrita. Y ahora todo serán gritos de alabanza y de bendición al Señor porque le ha permitido que antes de cerrar sus ojos a la luz de este mundo pudiera contemplar la luz de Dios que nos visitaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel’.

Todo son bendiciones y alabanzas pero también serán anuncios proféticos. Será grande aquel niño, pero será ‘un signo de contradicción’; y la contradicción comenzará para aquella madre que se une gozosa también a ese cántico de alabanza, como ella había venido haciéndolo desde que el ángel del Señor le anunciara las maravillas que Dios iba a realizar en ella, pero se le anuncia ahora una espada de dolor que atravesará su alma. Podíamos decir que María lo sabía. Conocedora era de las Escrituras santas que tantas veces había rumiado en su corazón, y conocería pues los cánticos del siervo de Yahvé que había proclamado el profeta Isaías y que son toda una descripción de lo que iba a ser la pasión de su Hijo.

Pero era aquel Niño el que estaba puesto también como signo de contradicción para todas las gentes. Más tarde mientras uno lo alaban y bendicen, como bendecirán también los pechos que lo alimentaron y el vientre que lo llevó, porque nadie ha hablado como este hombre y Dios ha visitado a su pueblo, habrá quienes estén sin embargo acechando y buscando como quitarlo de en medio. Y es que ante Jesús hay que decantarse siempre, o se está con El o se estará contra El, y el que no esté con él no siembra sino que desparrama. Será un signo de contradicción ‘para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Bien que lo veremos a lo largo de todo el evangelio. ¿Qué significará para nosotros? ¿No tendremos que decantarnos también ante El?

De una cosa si que tenemos que estar seguros ya desde este primer momento, tenemos que saber sintonizar la sintonía de Dios; hemos de aprender a tener unos ojos límpidos como los de aquel anciano que aparece en aquellos momentos por el templo, para saber reconocer el actuar de Dios, la presencia de Dios. Y será en lo pequeño y en lo que es nada aparatoso, será en los gestos sencillos, será desde un corazón humilde y abierto a Dios, será quien se deje conducir por el espíritu divino el que se encontrará en los caminos de Dios y podrá encontrarse con Dios. ¿Serán esas las actitudes de nuestro corazón?

jueves, 2 de febrero de 2023

Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

 


Peregrinamos haciendo camino de esperanza iluminados por la luz de Jesús que también nos trae María a quien invocamos como la Virgen de Candelaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

En la vida nos encontramos en ocasiones gente que va derrotada por la vida, cansados de sus luchas han perdido las esperanzas de algo nuevo y distinto; algunas veces los catalogamos como viejos que ya vienen de vuelta de todo sin ilusión por nada que simplemente se van dejando arrastrar. No tendríamos que decirles viejos, sino más bien muertos, porque por el contrario nos encontramos con personas mayores, viejos en edad si queréis decir, pero que no han perdido la vitalidad de su espíritu, siempre buscan y esperan algo nuevo, siempre quieren hacer algo con lo que ir transformando nuestro mundo a mejor. Es el amor a la vida y la esperanza que los mantiene vivos.

Son realidades que nos encontramos. Unos pueden convertirse en un peligro para nosotros si también logran quitarnos la ilusión, pero los otros son un estímulo para nuestro camino, que algunas veces se nos puede hacer duro.

¿Por qué me hago esta previa o introductoria reflexión? Es que hoy se nos habla en el evangelio de un anciano que a pesar de sus muchos años no ha perdido la esperanza. Cada día viene al templo de Jerusalén esperando que se cumplan las promesas del Señor y que él siente muy vivas en si mismo. Es el anciano Simeón – aunque también vemos a otra anciana, Ana, con la misma fe y esperanza – que recibe a aquella familia de la lejana Nazaret que viene a hacer la presentación de su primogénito al Señor. Con gozo da gloria al Señor porque sus ojos han podido contemplar al Salvador anunciado y esperado. El espíritu del Señor le ha revelado en su interior que aquel niño es el prometido Mesías de Israel.

La celebración de este día tiene tintes y resplandores de luz y de esperanza. Litúrgicamente estamos celebrando la presentación del niño Jesús en el templo, como primogénito de aquel matrimonio y familia de José y de María, para cumplir con la ley de Moisés, en que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Cuarenta días cumplimos hoy de la celebración de la Navidad del Señor y es la celebración propia de este día.

Como decíamos tiene la celebración resplandores de luz y esperanza, que lo expresamos en esa procesión de las candelas con que se inicia la celebración de este día. Es el peregrinar de los creyentes que hacemos camino iluminados por la luz de Jesús que llega a nuestras vidas. Es el peregrinar lleno de esperanza en búsqueda de esa salvación, que transforme nuestros corazones, pero de esa salvación que ponga luz en este mundo tan envuelto en tinieblas en el que vivimos.

Pero caminamos con esperanza, no nos dejamos derrotar por esas tinieblas y oscuridades que nos cercan. Como el anciano Simeón, que también vivía momentos difíciles como era la situación del mismo pueblo de Dios en aquellos momentos. Pero el anciano mantuvo su esperanza porque había puesto toda su confianza en la palabra del Señor que había recibido.

Es lo que nosotros también queremos hacer, mantener la esperanza, poner nuestra confianza en la Palabra del Señor, porque en verdad queremos irla plantando en nuestra vida. Es así como haremos un mundo mejor. Tenemos que iluminar la vida, tenemos que iluminar nuestro mundo.

No nos podemos dar por derrotados, por muchas que sean las oscuridades que encontremos en nuestro entorno. Nunca podemos decir que no podemos hacer nada, que como vemos las cosas no hay nada que hacer. No podemos combinar sentimientos así con lo que es nuestra fe. Nuestros valores, esos valores que aprendemos del evangelio de Jesús y que nos llenan de esperanza, tenemos que hacerlos resplandecer para que esa luz se vaya contagiando en nuestro entorno. Es de eso bueno, de esa esperanza de la que tenemos que contagiar cuanto nos rodea, es el testimonio que tenemos que dar. Es a lo que nos está invitando esta fiesta de hoy.

Una fiesta en la que sentimos de manera especial la presencia de María. Ahí nos la presenta el evangelio cuando se le anuncia que una espada traspasará su alma. Pero Maria es la mujer que se mantiene firme siempre en su fe y en su esperanza. ¿No la veremos caminar hasta la montaña a la casa de Isabel y de Zacarías para llevar aquella luz que ya ella llevaba por dentro?

Pero para nosotros los canarios en este día hay una presencia especial de María cuando la invocamos como la Candelaria, la que lleva la candela, esa luz en su mano para iluminar al mundo. Su imagen bendita fue adelantada en nuestras islas para hablar del Señor del cielo y de la luz que vendría a iluminar nuestras islas con el anuncio del evangelio de Jesús. Se me ocurre que a ella la podemos llamar protoevangelio de nuestras islas porque su presencia fue un adelanto del anuncio del Evangelio.

Así hoy la celebramos y nos gozamos con ella. Así sentimos su protección y la invocamos como madre. Así queremos que en nuestras islas siga caminando junto a nosotros para que nunca nos falte esa luz del evangelio que mantenga viva nuestra esperanza.

jueves, 29 de diciembre de 2022

En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

 


En un niño el anciano Simeón vio a Dios y el cumplimiento de sus promesas, dejémonos sorprender por la ternura de un niño y nos sentiremos mirados por Dios

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Cuántos pensamientos y cuantos sentimientos se suscitan en nuestro interior cuando tomamos en nuestros brazos un niño pequeño, cuántas emociones se despiertan pero también cuántos interrogantes se plantean; la ternura de un niño pequeño no nos deja insensibles y aparece casi sin querer toda la ternura de nuestro corazón, no nos podemos resistir, se nos derrite el corazón.

Aquella mañana desfilarían muchos niños recién nacidos en brazos de sus padres por el templo de Jerusalén para hacer sus ofrendas al Señor. Por allá había unos ancianos de ojos cansados por el paso de los años, pero muy vivos y atentos por otra parte por lo que sentían que el Señor les decía en su corazón, que sentirían, sí, por todos aquellos niños ese despertar de su ternura tan sensible a sus años, pero sería un niño especial el que llamaría su atención y al que inmediatamente se dirigieron.

El anciano había sentido el impulso del Espíritu del Señor que le señalaba que allí estaba el elegido y el esperado. Un día había sentido en su corazón la divina inspiración de que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin haberse encontrado con el que era la luz verdadera. Ahora ya sus ojos pueden cerrarse en paz porque ha podido contemplar al deseado de las naciones y aquel por quien tanto suspiraba su llegada porque era el Ungido del Señor. No era para él un niño cualquiera el que ahora tenía en sus brazos porque contemplaba al Salvador aquel que era presentado ante todos los pueblos como la luz que ilumina las naciones.

Aquella flor que comenzaba a florecer para perfumar al mundo con su presencia sin embargo tenía una espina de sufrimiento. Era el Ungido del Señor que viviría su amor hasta el extremo, hasta dar su vida y de una forma cruenta para que nosotros tuviéramos vida. Por eso para aquella madre que se gozaba en cuanto escuchaba en relación al hijo de sus entrañas había una espada que le atravesaría el alma. A María no le importaba, porque su sí había sido total, en ella estaba la total disponibilidad de su corazón y podría entender lo que sería enseñanza de su propio hijo de que no hay amor más grande que el de quien es capaz de dar su vida por los que ama. Es lo que haría Jesús y para ella sería una espada que le atravesara el alma, pero era lo que abarcaba también su sí al ángel de la anunciación.

Dejemos despertar en nosotros esas emociones del alma. No endurezcamos el corazón queriéndonos hacernos los fuertes y los valientes. Dejemos que la ternura de un niño nos envuelva el alma y se derrita también nuestro corazón en esa misma ternura. Sigamos emocionándonos cuando contemplamos la mirada y la sonrisa de un niño, dejémonos sorprender por la mirada de los que vamos encontrando por el camino.

Dejemos de agachar la cabeza, desviar nuestra mirada, acallar una lágrima y una emoción que puedan aparecer en nuestros ojos, no nos importe que el corazón comience a latir con fuerza, dejémonos sorprender por esas cosas sencillas que nos puedan suceder todos los días, pero descubramos detrás de todo eso mucho más, podemos descubrir la sonrisa y la ternura de Dios que nos está diciendo que nos ama y que esas cosas que nos están sucediendo en el alma son también signos de su presencia y de su amor.

No rehuyas esa mirada de Dios que nos llega tras la mirada de un niño, o las palabras torpes de un anciano que nos recuerda muchas cosas sencillas de la vida que tantas veces damos por sabidas, pero que tantas veces olvidamos. Dios tiene muchas formas de hablarnos.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

 


En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

¡Vaya pasada!, decimos. Cuando estábamos disfrutando de un momento muy agradable, vienen y nos dan la noticia. Algo desagradable que ha sucedido o que está por suceder, pero que nos afecta directamente a aquellos que ahora estábamos pasando un buen momento. Las espinas de las rosas de la vida; cuando mejor estamos embriagados por su perfume viene algo que nos hace daño, que es una punzada en el alma, algo que nos va a perturbar para siempre. Son cosas que suceden y más de una vez en la vida, por lo que tenemos que hacernos de tripas corazón y salir a flote sin dejar hundirnos por aquello que nos dicen. No es fácil, hace falta mucha fortaleza de espíritu, hace falta madurez en el alma para poder afrontarlo.

Habían subido a Jerusalén para cumplir con los requisitos de la ley mosaica. Era un primogénito que había que ofrecer al Señor; había una purificación que realizar, porque con las hemorragias propias del parte, todo lo que fuera sangre y tuviera contacto con la sangre era una impureza para la ley de Moisés; por eso toda madre después del parte había de someterse a aquellas purificaciones.

Pero no fue solamente un rito lo que en aquel momento en el templo realizaron con Jesús sus padres en la presentación del Niño en el templo; por allá andaban unos ancianos llenos del espíritu Santo que comenzaron a profetizar. El anciano Simeón había recibido una revelación del Señor de que no moriría hasta ver con sus ojos a quien iba a ser el Salvador del mundo. Allá estaba en el templo siempre dando gloria a Dios y esperando ese momento de la promesa cuando entraron María y José con el Niño para cumplir con los requisitos de la ley. Y allí se puso a profetizar Simeón. Ya podía morir en paz y daba gracias a Dios porque sus ojos habían podido contemplar al Salvador.

Por allá otra anciana también llena del espíritu de Dios servía en el templo día y noche y también se puso a alabar a Dios y hablar del Niño a cuantos esperaban la liberación de Israel. Momentos de emoción y alegría, que María iría guardando en su corazón y donde ella veía que se iban cumpliendo las Escrituras y cuánto le había dicho el ángel.

Pero es el momento en que el anciano se dirige directamente a María y ahora sus palabras suenan a una seriedad distinta, porque le dice que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción. No todos los aceptarían; ante El habían de decantarse las conciencias y unos se pondrían de su parte, mientras a otros los iban a tener enfrente. ‘Y a ti una espada te traspasará el alma’. Estaba anunciando momentos de dolor, de sufrimiento, estaba anunciando momentos de pascua, porque siempre sería el paso del Señor, pero en ese paso iba a haber pasión y sufrimiento, habría muerte aunque al final estaba anunciada la resurrección y la vida.

Pero el corazón de María se vio ya traspasado por aquella espada que le traspasaría el alma cuando estuviera a los pies de la cruz de su Hijo. Pero allí estaba la fortaleza de María, allí estaba su entereza y la madurez de su fe, allí estaba la que sabría mantenerse en pie incluso a los pies de la cruz de su Hijo, porque allí estaba una mujer de extremada esperanza.

Estamos nosotros también en medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender estos anuncios, porque sabemos bien que Belén no está lejos del Calvario, porque la vida de Jesús es paso de Dios en medio de nosotros los hombres, porque la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida, porque a nosotros tampoco tiene que faltarnos esa fortaleza y esa entereza de María, porque nosotros hemos de tener siempre el corazón lleno de esperanza, porque sabemos que no nos faltará la fuerza del espíritu sea lo que sea que tengamos que afrontar en la vida aunque algunas veces nos resulte duro y costoso. Que se fortalezca de verdad nuestra fe. Sintamos siempre la presencia de María a nuestro lado.

martes, 2 de febrero de 2021

Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

 


Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’.

Pueden ser perfectamente ecos de la entrada del Arca de la Alianza en el Santuario, en el templo de Jerusalén que tenemos en los salmos y que hoy recoge la liturgia en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Todo hoy nos está hablando de entrada; una primera referencia el salmo, como decíamos, a la entrada del Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén, pero especialmente hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, es su primera entrada en el templo de Jerusalén con amplios sones pascuales.

Hubiera sido una entrada desapercibida, como realmente en parte fue a pesar de la importancia del momento, si no hubiera sido por aquellos ancianos que en el templo habían envejecido esperando el cumplimiento de las promesas del Señor. son ellos los que movidos por la acción del Espíritu Santo en sus corazones los que descubrieron en aquel niño llevado en brazos por aquel matrimonio joven de Galilea al que era la salvación del mundo y la luz para todos los hombres.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio; cómo el anciano Simeón coge en brazos a aquel niño para cantar las alabanzas del Señor. Su corazón se ha llenado de gozo porque sus ojos han visto al Salvador como así había sentido inspirado por el Espíritu Santo y ahora ya puede poner totalmente su vida en las manos del Señor. ‘Ya puedes dejar morir a tu siervo en paz, Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Aunque los oídos humanos en aquel momento no lo pudieran escuchar seguro que el coro de los ángeles en el cielo estaría cantando aquel cántico de alabanza al Señor que hoy la liturgia nos ha ofrecido en el salmo responsorial, como ya hicimos mención al principio. Creo que nosotros en nuestra celebración tendríamos que hacernos de verdad eco con todo sentido de dicho cántico de alabanza. ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’. Nosotros podemos confesar, repito con todo sentido, esa confesión de fe, allí está, sí, ‘el Señor, Dios de los Ejércitos, el Rey de la gloria’, y más si lo vivimos en todo su sentido pascual.

Decíamos todo nos habla de subida y tiene sentido de pascua y es que en aquellas palabras que luego Simeón dedicara a María llevaban incluido ese sentido pascual. Jesús, es cierto, iba a ser ese signo de contradicción, ante El habrían de decantarse los hombres y los pueblos de todos los tiempos, como lo fue en aquella otra subida a Jerusalén de Jesús para su pascua. Su templo y altar iba a ser la cruz, porque el sacrificio que se iba a ofrecer no era un sacrificio cualquiera. Ahora sus padres, en su pobreza, habían ofrecido un par de tórtolas, pero Jesús sería el que se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz siendo sacerdote, victima y altar. Su sangre derramada, signo grande del que nos ama hasta entregar su vida por nosotros, iba a ser la señal de aquel gran sacrificio e iba a ser la sangre de la nueva Alianza, de la eterna Alianza que sería ya para siempre una Alianza de Amor y de salvación.

Y allí en aquella primera subida de Jesús al templo estaba la madre, cuya alma iba a ser atravesada por una espada de dolor, que ella también al pie de la cruz convertirá en una espada de amor cuando con el Hijo ella también se entrega para ser como madre corredentora de aquellos hijos que de Jesús recibía en aquel momento supremo de la entrega y de la muerte.

Por eso podemos decir que también es la subida y entrada de la madre, de María, que ya sería para siempre la madre de todos los hombres. Esta celebración lleva unida a la presentación de Jesús en el templo aquel rito de purificación de la madre a los cuarenta días del parto. Para María no fue solo una purificación ritual, sino que podríamos decir que el comienzo de su ofrenda de amor.

A María siempre la tenemos delante de nuestros ojos como el mejor modelo y ejemplo de lo que ha de ser también nuestro amor; muchas imágenes de María llevan en sí la impronta de su vivencia de la Pascua cuando la queremos llamar Madre de los Dolores o Madre de la Esperanza con el reflejo de su presencia al pie de la cruz, que fue para ella también la culminación de esa ofrenda de amor.

Y aquí es donde hoy yo quiero ver otra entrada, en este caso de manos de María. María fue la primera que nos trajo a Jesús, fue primer evangelio de Jesús. Hoy, nosotros, los canarios la celebramos con al Advocación de la Virgen de Candelaria y recordamos y celebramos como su bendita imagen estuvo en nuestra tierra antes incluso que llegara el conquistador o el misionero.


Aquella imagen aparecida en las playas de Chimisay antes de la conquista de nuestras Islas fue el primer evangelio que llegó a nuestra tierra. Nuestros antepasados los guanches en aquella imagen querían ver a la que ellos llamaban la madre del sol, Chaxiraxi, la madre de la luz podríamos traducir nosotros y en aquella imagen de María estaba también Jesús. Por eso la llamamos nosotros la Candelaria, la que trae para nosotros en sus manos la luz, una candela en una mano y a Jesús en su otro brazo. Fue como la presentación que María hace de Jesús a nuestros antepasados los guanches, por eso digo que podemos hablar de entrada de Jesús de manos de María en nuestra tierra.

Que de manos de María entre Jesús en nuestra vida, como de manos de María y con Jesús reinando en nuestro corazón entremos nosotros en la gloria del Señor. Que se alcen las antiguas compuertas que va a entrar el Rey de la gloria. Sí, muchas antiguas y viejas barreras tenemos que levantar en nuestro corazón para dar paso al Señor y Rey de la gloria a nuestra vida. Queremos hacer ofrenda y ofrenda de amor nosotros hoy en esta fiesta en que también de manera especial celebramos a María. Que ella prenda esa luz en nuestro corazón y nunca se apague, que vivamos siempre en la claridad de la luz para que así resplandezcan las obras de nuestro amor.

 

martes, 29 de diciembre de 2020

Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

 


Todos los que se encuentran de verdad con Jesús en sus vidas se sentirán transformados para convertirse en portadores de evangelio para el mundo que les rodea

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Es el cántico del anciano Simeón. Un hombre de fe, un hombre lleno del Espíritu, un hombre que mantenía viva la esperanza. Y sus ojos lo han visto. Se ha cumplido la esperanza, porque se han cumplido las promesas, porque para él también se ha cumplido la especial promesa del Señor. No vería la muerte sin haber contemplado antes al Salvador, al enviado del Señor como luz para las naciones, como gloria del pueblo de Dios.

No teme ya el punto final de su vida, sino que más bien lo desea, porque ya las promesas están cumplidas. Y él ha realizado su misión, mantener viva esa fe y esa esperanza; por eso estaba allí todos los días en el templo. Y tuvo ojos para ver y pudo contemplar, en aquel niño, uno como tantos, que aquellos aldeanos venidos desde la lejana Galilea ahora presentan al Señor.

¿Tendremos ojos nosotros para ver y llegar también a la contemplación? No nos apartamos del marco de la Navidad. También como los pastores hemos acudido a la llamada y hemos contemplado a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Los ángeles en su anuncio así habían señalado que habíamos de contemplarlo. Los pastores creyeron y vieron la gloria del Señor y como dice el evangelista contaban a todos lo que les habían dicho de aquel niño. Por eso al llegar al establo contemplaron la gloria de Dios.

Y nosotros ¿hemos llegado también a la contemplación de la gloria del Señor? Sabíamos también lo que estaba anunciado y decimos que celebramos la navidad porque queremos ir también a Belén para ver al recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Hasta quizá lo hemos representado muy bien con muchos detalles en el Belén que habremos quizá elaborado. Pero cuidado que se haya ya quedado medio olvidado en un rincón; cuidado que ya nos parezca lejano, porque han pasado unos días, lo que contemplábamos en la noche del nacimiento o en el día de la navidad; cuidado que haya sido como un hecho más, como una anécdota que nos ha sucedido, pero no haya dejado huella en nosotros.

Para aquellos ancianos que se encontraron al Niño en el templo en brazos de sus padres todo no se quedó en una anécdota que luego contar; seguro que el gozo que vivieron en aquellos momentos, la experiencia de fe que inundó sus vidas sí que dejo huella en ellos, sí hizo que su vida desde entonces fuera diferente.

Simeón no solo da gracias a Dios y pone su vida en las manos de Dios sino que comienza a hablarle a María y a José lo que va a significar aquel niño, bandera discutida para muchos, causa de sufrimiento y dolor en el alma para María, pero luz de verdad y salvación que iba a ser para Israel y para todas las naciones. Por eso vemos que aquella anciana como una profetisa habla también de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel.  Se convirtieron en evangelizadores, en portadores de una Buena Noticia que no podían callar.

Es lo que les sucede a todos los que de verdad se encuentran con Jesús, no pueden callar aunque traten de impedírselo o se los prohíban. Lo vemos repetidamente en el evangelio en los primeros discípulos cuando se van encontrando con Jesús pronto comenzarán a hablar a sus familiares y amigos también de Jesús; es lo que contemplamos aquellos que experimentan la salvación de Jesús en sus vidas cuando son curados que no podrán hacer otra cosa que ponerse a hablar a todo el mundo de Jesús.

Por eso quizá tenemos que preguntarnos por nuestra contemplación del misterio de la navidad y si de la misma manera nos ha llevado a hablar de Jesús, a ser portadores de evangelio para los que nos rodean. De muchas maneras podemos hacerlo, grande es el testimonio que podemos dar, de alguna manera tenemos que saberlo reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar y de vivir.

domingo, 2 de febrero de 2020

Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio




Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio

Malaquías 3, 1-4; Sal 23; hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40
Hoy hace cuarenta días que celebrábamos el nacimiento de Jesús. La liturgia en esta ocasión sigue fielmente los acontecimientos de forma cronológica nos recuerda hoy y celebramos algo que prescribía la ley del Señor para el pueblo de Israel. Todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Es lo que hoy celebramos, la Presentación de Jesús en el templo.
Como nos dirá la carta a los Hebreos Jesús al entrar en el mundo exclamó con aquellas palabras ya preanunciadas en la Escritura, ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Significativamente hoy lo contemplamos cuando los padres de Jesús a los cuarenta días de su nacimiento llevaron a Jesús al templo para su presentación al Señor. Podríamos decir de alguna manera que es el inicio de la ofrenda de quien venia para hacer la voluntad del Padre – ‘no se haga lo que yo quiero sino tu voluntad’, exclamaría Jesús en Getsemaní y en el momento supremo de la cruz pone su vida en las manos del Padre ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es un camino que se nos señala. Es la ofrenda de nuestra vida cuando dejamos que la fe envuelva la totalidad de nuestra vida. Por algo nos enseñaría Jesús que aquello que ha de ser como meta de nuestra vida y ha de estar presente siempre en nuestro vivir y en nuestro actuar lo convirtiéramos en oracion que repetiríamos cada día. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Su alimento era hacer la voluntad del Padre y así se siente enviado del Padre para hacer lo que El quiere. ¿Será así también en nosotros el ‘sí’ que le damos a Dios con la obediencia de nuestra fe?
El evangelio nos habla hoy de que en el momento en que sus padres llegaron al templo para hacer la ofrenda les salió al paso, primero el anciano Simeón, y luego la profetisa Ana. Aquel anciano no es un sacerdote al servicio del templo y del culto al Señor, era simplemente alguien que esperaba la consolación del pueblo de Israel. Allí estaba lleno de esperanza porque sabía que sus ojos no se cerrarían sin ver el cumplimiento de las promesas anunciadas. Y aquel anciano canta lleno de alegría porque sus ojos han podido contemplar al que era presentado como la luz de las naciones y la gloria del pueblo de Israel. Pero señala también cómo será signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.  ‘El que no está conmigo está contra mí’, diría Jesús porque ante El siempre hemos de hacer una opción clara y decisiva para posicionarnos de forma rotunda en lo que es la voluntad de Dios.
La anciana profetisa también se ha posicionado porque si en silencio había estado muchos años sirviendo a Dios en el servicio del templo de forma callada, ahora a aquella mujer se le soltaría la lengua no solo para cantar las alabanzas del Señor sino para contar a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel el cumplimiento de las promesas mesiánicas en aquel niño que ahora era presentado al Señor en el templo.
Ante Jesús no podemos callar; ante Jesús nos tenemos que decantar; desde el encuentro con Jesús siempre nos tenemos que convertir en misioneros que anuncien con valentía la Buena Noticia de nuestra salvación. Tenemos que decir que esta fiesta que hoy estamos celebrando no es para quedarnos estáticos contemplando las maravillas del Señor sino para ponernos en camino. Aquellos ancianos vinieron al encuentro de aquellos padres que llevaban un niño en sus brazos como tantos otros que en aquellos momentos hacían la misma entrada en el templo del Señor. Pero pronto aquellos ancianos se dieron la vuelta con Jesús en sus brazos para convertirse en anuncio jubiloso de buena noticia para todos los que allí entonces estaban.
Venimos al encuentro del Señor en nuestra celebración porque queremos cantar las alabanzas del Señor, pero cuando termina la celebración nos sentimos enviados ‘ite, misa est’, se nos decía en latín en el viejo ritual, y aunque se han suavizado las palabras en la traducción en un ‘podeis ir en paz’, sin embargo tiene ese sentido de imperativo, de mandato, porque tenemos que salir, porque tenemos que ponernos en camino, porque tenemos que ir a llevar la buena noticia a los demás.
Hoy estamos hablando mucho de una iglesia misionera, de una iglesia en salida, de un ir a la otra orilla para saber llegar a las periferias de nuestro mundo haciendo el anuncio. Nuestra Iglesia Diocesana de Tenerife celebrando este segundo centenario de su creación así quiere sentirse porque tiene que ir al mundo que le rodea llevando el anuncio del evangelio. Pero aun más podemos decir, porque en este día en nuestra Diócesis celebramos a nuestra Señora de Candelaria, nuestra patrona general de las Islas Canarias.
Ella fue la primera misionera, en su imagen encontrada en las playas de Chimisay, para los habitantes de nuestras islas que la llamaban la Chaxiraxi, la madre del Sol. Fue el primer signo cristiano que llego a nuestras tierras antes de que los misioneros pusieran pie en ella. Cuando hoy nosotros la celebramos queremos coger el testigo de sus manos, y el testigo es esa luz significada en esa candela que porta en una mano, mientras al brazo lleva a su Hijo Jesús. 
Cojamos esa candela, ese testigo, esa luz y no olvidemos que tenemos que ser testigos, que tenemos que llevar esa luz, que tenemos que anunciar a todos los hombres de nuestra tierra el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. Como los ancianos Simeón y Ana, como Maria de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo nosotros signo y testimonio del evangelio de Jesús.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor


Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Hay sabidurías que no siempre se aprenden en libros. Extiéndanme bien que por supuesto en lo que otros nos trasmiten a través de lo escrito nos están trasmitiendo de su saber y de su sabiduría. Pero hay cosas que aprendemos de otra manera, cuando en la vida sabemos tener una mirada honda sobre lo que nos va sucediendo; la vida misma y cuanto nos sucede es un hermoso libro que tenemos en nosotros mismos cuando rumiamos, repensamos una y otra vez cuanto nos sucede.
Así solemos hablar de la sabiduría de los mayores, porque la experiencia reflexionada de los años va dejando ese poso de sabiduría, no ya solo en su mente sino en su corazón, que luego quizás nos trasmitirán, sí, con una palabra, un gesto, o es su vida misma. Encontraremos esa reflexión, ese comentario acertado que tanto nos puede ayudar si sabemos escucharlo allá en lo hondo del corazón. Cuántas personas encontramos así en nuestro entorno.
Y cuando esta vida la vamos viviendo desde la fe sabemos muy bien que el Espíritu divino, el Espíritu de Sabiduría va actuando en nuestro interior, y así en esa nueva sabiduría de la vida va descubriendo el sentido de Dios y también lo que el Señor nos va señalando para nuestro camino. Es ya una mirada de fe que nos llena de la sabiduría de Dios.
Hoy en el texto del evangelio nos encontramos a unas personas llenas de esa sabiduría de Dios, llenas del Espíritu del Señor, que en sus palabras y en sus gestos reflejaran esa sabiduría que llevan en su corazón. Fue en el episodio de la presentación de Jesús, como primogénito, en el templo al Señor y la purificación de María, como prescribía la ley de Moisés. Cuando llegan María y José con el Niño para hacer las ofrendas rituales les sale al paso el anciano Simeón.
Allí está aquel anciano lleno de la Sabiduría del Espíritu para descubrir en aquel niño entre tantos que quizá en aquel momento fueran también presentado al Señor, al Salvador anunciado por los profetas y esperado con ansia por el pueblo de Israel. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’, y canta bendiciones para Dios. Estaba lleno de la Sabiduría de Dios; aquello que por sus años podíamos descubrir en él, pero que había crecido y crecido en su interior por su fe y su esperanza puesta en el Señor.
Desearíamos nosotros ver con nuestros ojos, como lo vio el anciano Simeón o como Jesús les decía a los discípulos que eran dichosos porque podían ver lo que tanto ansiaron los patriarcas y profetas y no pudieron ver. Quizá nosotros podamos sentir la nostalgia de no haber estado en aquel momento en el templo o haber sido testigos de tantos hechos de la vida de Jesús.
Pero nosotros sí podemos ver; abramos los ojos de la fe que nos llena de la sabiduría de Dios y podemos descubrir cómo El también se nos manifiesta a nosotros. Abramos lo ojos de la vida para ver con distintos ojos, con distinta mirada a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado, para ver con una mirada distinta cuando nos sucede o sucede en nuestro entorno y podremos tener esa sabiduría del Espíritu para descubrir cuantas cosas el Señor nos revela y manifiesta y como se  nos manifiesta también a nosotros hablándonos al corazón.
Por allí estaba también aquella piadosa anciana, Ana, que también canta la alabanza del Señor por lo que sus ojos pudieron ver al mismo tiempo que habla y comunica a cuantos quieran escucharla los anuncios de la misericordia del Señor que se hace presente, Emmanuel, entre ellos.
Que aprendamos a tener esa mirada de Dios, a llenarnos de su Espíritu, a tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir en cuanto  nos suceda o en cuantos están a nuestro alrededor. Aprendamos a tener esa sabiduría de Dios a dejarnos infundir por el Espíritu del Señor.