No
unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la
Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo
1Juan 2,3-11; Salmo 95; Lucas 2, 22-35
Todo lo vivido en estos días es mucho
más que un juego de luces de colores que con el brillo de sus parpadeos nos
llaman la atención aunque sabemos que pronto se difuminarán y se apagarán.
Nuestras calles y nuestras casas, nuestros lugares de reunión y de convivencia
social se han llenado de parpadeantes luces de colores con sus diversas
intensidades – y todo nos parece tan bonito – pero que tienen fecha de
caducidad y pronto dejarán de parpadear hasta otra ocasión. Algunos han puesto
en ello toda su navidad que así pasará como un soplo por la vida sin dejar ningún
rastro.
Pero, como decíamos desde el principio,
la luz que encontramos en la navidad es mucho más que todo eso y mucho más
hondo. El resplandor de la navidad verdadera no tiene por qué difuminarse hasta
apagarse sino que si lo hemos vivido con toda la intensidad del mundo será una
luz que nos va a iluminar para siempre. Por algo los profetas hablaban de un
pueblo que caminaba en tinieblas pera al que una luz le brilló para renacer a
algo nuevo y más vivo.
Hoy contemplamos en el evangelio a un
anciano que canta y da gracias a Dios porque sus ojos han podido contemplar ya
para siempre luz que nos ilumina. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador a quien
has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y
gloria de tu pueblo Israel’.
No tenía él que conocer cuanto había
sucedido en torno a este niño desde su nacimiento. Ahora guiado por el Espíritu
Santo lo ha reconocido entre tantos que probablemente en aquellos momentos eran
presentados al Señor en el templo y siente que ya puede morir en paz, porque
todas las promesas y las esperanzas se han cumplido. No sabía él de los
pastores a los que se les iluminó la noche de Belén con el coro de ángeles que
cantaba la gloria del Señor; no tenía que saber de unos magos venidos de
Oriente que guiados por una estrella llegaron a adorar al Niño en Belén. Pero
sí tiene certeza de la luz, no de una luz que parpadea y se difumina, sino de
la luz que va a iluminar a la humanidad para siempre.
Es lo que nosotros seguimos viviendo y
seguimos celebrando. Pero vivirlo y celebrarlo nos compromete. No son luces que
pasan y luego dejan de nuevo todo en tiniebla. Es una luz que va a prender en
nosotros para convertirnos en luz, una luz que hará brillar nuestros ojos con
un resplandor especial, como le estaba sucediendo al anciano Simeón. Dentro de
nosotros hay una alegría especial desde que nos encontramos con la luz, desde
que nos encontramos con Jesús y en El hemos puesto toda nuestra vida y eso se
va a manifestar en el resplandor de nuestro rostro, como a Moisés cuando bajaba
de la montaña de contemplar a Dios, y se tiene que reflejar en el brillo de
nuestros ojos. ¿No nos hemos fijado en el brillo de unos ojos cuando hay pureza
en el corazón y cuando hay alegría en el alma?
Somos ahora nosotros los que tenemos
que ir dejando a nuestro paso destellos de luz con esa alegría que nace de lo
más hondo de nosotros mismos, pero con esos gestos de cercanía, de amistad que
vamos dejando como rastro de nuestro paso al que ya le daremos una alegría y un
entusiasmo especial. El testimonio de nuestras vidas, el testimonio de nuestra
entrega y amor van a ser faros que iluminen y que hagan orientar el rumbo de
los que están a nuestro lado. Cuánto necesita nuestro mundo envuelto en tan
tormentosas nubes de esos faros de luz para que nuestra vida no encalle en
cualquier bajío, o no se despeñe por cualquier barranco.
Es el testigo de luz que recibimos en
nuestra navidad, un testigo de luz que tenemos que ir pasando para que todos se
sientan iluminados. Cuánto coraje tenemos que poner para enfrentarnos a esas
sombras, pero es el testimonio valiente que los cristianos tenemos que dar.
Es hora de despertarnos, de hacernos
verdaderos misioneros y evangelizadores, no nos podemos dejar comer por el
ambiente de cansancio de aburrimiento que nos rodea; cuánta desgana, cuánta
acomodación, cuánta comodidad, cuánta falta de inquietud encontramos en muchos
cristianos a nuestro alrededor que tendrían que ser guías que impulsen nuevas
iniciativas; tenemos que ser comunidades más vivas que hagan brotar mil
iniciativas para ser verdaderos misioneros en medio del mundo.
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