viernes, 29 de agosto de 2014

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29
‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie  y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo… yo te convierto hoy en plaza fuerte… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Es la Palabra escuchada por el profeta Jeremías y proclamada en el nombre del Señor ante el pueblo. Es la Palabra del profeta, entonces Jeremías como hemos escuchado, pero que la vemos realizada en Juan Bautista cuyo martirio celebramos, y que tendría que ser la palabra que ha de reflejar la vida del cristiano de todos los tiempos, también nosotros hoy, porque así hemos sido consagrados en nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista - hemos escuchado su relato en el evangelio - ‘testigo de la verdad y de la justicia’ como lo proclama la liturgia de este día, y que había sido ‘precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’.
Cuando contemplamos la figura del Bautista, en especial en el tiempo del Adviento, lo contemplamos como precursor del Mesías y en la inmediatez de la celebración litúrgica del nacimiento de Jesús, así lo podemos contemplar como precursor de su nacimiento.
Cuando el 24 de junio celebramos su natividad nos alegramos con todos los parientes y los vecinos de las montañas de Judea que se preguntaban qué iba a ser de aquel niño en quien tantas cosas estaban sucediendo en torno a su nacimiento. Ya el ángel Gabriel le había anunciado a Zacarías que se llenaría de gozo y alegría y muchos también se alegrarían en su nacimiento. Nosotros participamos entonces de esa alegría de fiesta en su nacimiento.
Hoy lo contemplamos y celebramos en el momento cumbre de su martirio como ‘testigo de la verdad y la justicia’ como expresamos también en la oración litúrgica. Es el momento, como diremos en el prefacio, en que ‘él dio su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo’. En su muerte y entrega hasta el final para ser testigo de la verdad y la justicia, le contemplaremos como ya antes decíamos también como ‘precursor de la muerte de Jesús’.
El era la voz que clamaba en el desierto y a todos iba señalando qué es lo que habían de hacer en sus vida para obrando en justicia y rectitud preparar los caminos del Señor. Recordamos como lo señalaba de forma concreta a todos los que se acercaban a él. Esa voz que no se calló ante los poderosos - como decía el profeta ‘frente a los reyes y a los príncipes, frente a los sacerdotes y a la gente del campo’ - aunque intentarían acallarla con su muerte.
En su nacimiento Zacarías cantaría al Señor bendiciendo su nombre porque había nacido quien anunciaría la buena nueva de la llegada del que venía a traernos la libertad y la paz con su salvación. Ahora intentan poner cerco a la palabra y al testimonio valiente del Bautista privándole de libertad - ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’ - porque denuncia lo que es inmoral e injusto, pero siempre la palabra valiente del profeta molestará y es mejor acallarla y quitarla de en medio. Ya lo hemos escuchado en el evangelio con todo detalle por vivir Herodes con Herodías, la mujer de su hermano.
Pero el profeta había anunciado ‘no te podrán, yo estoy contigo’, y la sangre derramada del Bautista ya no sería una voz sino sería un grito que seguiría escuchándose a través de los siglos porque así con su muerte había dado el testimonio supremo, se había convertido en mártir, en testigo de la verdad y de la justicia.
Es el grito que seguimos escuchando hoy cuando estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. Pero es grito que nos tiene que llegar hondo a nosotros para despertarnos, para recordarnos cómo nosotros también hemos de ser testigos, cómo nosotros hemos sido ungidos en el Bautismo con esa misma misión de ser profetas en medio de nuestro mundo como ya recordábamos al principio.
Hemos de sentir que esa palabra del profeta también nos está dirigida a nosotros y nos está definiendo nuestra misión. Hemos de ser en medio de nuestro mundo testigos de una fe y de una esperanza. No podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado en nuestro corazón. Testigos de Jesús y de su evangelio, de su buena nueva de salvación tenemos que ser frente al mundo y no podemos callar.
Frente a tantas oscuridades que envuelven nuestro mundo que muchas veces parece que ha perdido el sentido de Dios, frente al sufrimiento de tantos a nuestro lado con tantas carencias y necesidades para vivir una vida digna, frente a nuestro mundo muchas veces insensible y con tentaciones a la insolidaridad, frente a ese mundo oscurecido por tanto mal y tanto pecado al que le falta paz no solo porque está lleno de violencias y de guerras en el enfrentamiento de unos y otros sino también en la carencia de esa paz en las conciencias - cuánto podríamos decir en este sentido -, nosotros tenemos que ser esos testigos del amor, de la justicia, de la paz, de ese mundo nuevo que con la fuerza del evangelio queremos y podemos construir.

Que el Señor nos dé la valentía de Juan, la fuerza del Espíritu del Señor para ungidos también por el Espíritu anunciemos esa buena nueva de salvación al mundo en el que vivimos.

jueves, 28 de agosto de 2014

Atentos y vigilantes porque llega el Señor y queremos compartir la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas

Atentos y vigilantes porque llega el Señor y queremos compartir la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas

1Cor. 1, 1-9; Sal. 144; Mt. 24, 42-51
‘Estad en vela porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado.  Unas palabras con un claro sentido escatológico porque realmente nos están hablando de la última venida del Señor en el final de los tiempos.
Un tema de gran importancia en el camino de nuestra vida cristiana para mantener viva nuestra fe y nuestra esperanza, pero hemos de reconocer que no es algo en lo que pensemos mucho. Hoy vivimos en la inmediatez del día a día de nuestra vida con sus luchas y problemas, con sus momentos buenos y de felicidad y también muchas veces con nuestros agobios y amarguras. Quizá la solución de las cosas inmediatas que nos van surgiendo en la vida hace que vivamos sin trascendencia y olvidando esta parte de nuestra fe y que ha de animar también nuestra esperanza.
Tanto en el Credo como en la liturgia es algo que aparece de forma muy esencial, en fin de cuentas aspiramos a la vida eterna - o deberíamos aspirar - y así lo expresamos en nuestras oraciones. ¿No decimos por ejemplo en la plegaria eucarística que más utilizamos todos los días, antes de la doxología final, que el Señor tenga misericordia de nosotros y ‘merezcamos,  por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas’? Por eso en el embolismo al Padrenuestro pedimos que ‘vivamos protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
Pues bien, de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio, de esa venida, para la que hemos de estar preparados y vigilantes. ‘Estad vela…’ nos dice. No sabemos cuando será ese momento de la venida del Señor. Por eso es necesario estar vigilantes, y el que está vigilante no se duerme. Podemos recordar la parábola que en otro momento escucharemos y meditaremos de las doncellas que han de estar vigilantes con sus lámparas encendidas para la llegada del esposo.
Nos habla hoy Jesús del administrador, o el encargado de la servidumbre que tiene que estar atento para que todo se prepare a sus horas y nada se pase por alto de lo que es importante. Es la responsabilidad de nuestra vida que se ha de traducir también, como nos sugiere el evangelio, en el buen trato que hemos de tenernos los unos con los otros.
Pero nos podemos dormir, bajar la guardia, perder la necesaria actitud vigilante. Y cuando bajamos la guardia o nos dormimos las cosas no estarán preparadas en su punto. Cuántas veces nos sucede. Sí, porque perdemos la intensidad espiritual con que habríamos de vivir nuestra vida. ¿No decíamos antes que preocupados por la inmediatez de las cosas que nos van sucediendo a cada momento perdemos de vista el sentido trascendente de nuestra vida y olvidemos esa esperanza de vida eterna con que habríamos de vivir?
Vivimos fácilmente solo de tejas abajo, como se suele decir, porque no pensamos sino en el momento presente, dejamos a un lado el aspecto espiritual que hemos de darle a nuestra vida y perdemos al mismo tiempo los deseos de eternidad y de vivir para siempre en el Señor. Es la tibieza que nos tienta, y que por caminos tan malos nos va a llevar porque nos quedaremos solamente al final en las cosas materiales.
Hemos de estar en vela, vigilantes, con el espíritu en tensión, no olvidando esas ansias de vida eterna que tanto sentido van a darnos en todo lo que aquí y ahora en este mundo vayamos realizando. No podemos olvidar ese sentido espiritual de nuestra vida, para vivir con deseos de Dios, de querer unirnos a Dios. Y eso nos haría cultivar más y más nuestra fe y nuestra esperanza; y eso se va a manifestar en el crecimiento y maduración de nuestro amor, un amor cada vez más comprometido. 
Pero todo eso hemos de alimentarlo. Ahí tiene que estar muy presente la Palabra de Dios que escuchemos con fe y con atención; ahí tiene que estar nuestra oración, pero una oración viva, intensa, profunda porque nos abrimos a Dios y queremos llenarnos de verdad de Dios; ahí tiene que estar todo lo que es nuestra vida sacramental, desde la Eucaristía en la que podemos alimentarnos cada día con Cristo mismo que se nos hace comida, y el sacramento de la Penitencia que nos perdona y nos renueva, que nos hace reflexionar sobre la realidad de nuestra vida y revisarnos; ahí está para los enfermos y para los ancianos el Sacramento de la Unción que nos hace sentir la fuerza del Espíritu del Señor en la debilidad que nos va apareciendo en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.

Viene el Señor, no sabemos el momento, pero llegará a nuestra vida y hemos de estar preparados para que podamos alcanzar la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas en el cielo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

2Tes. 3, 6-10.16-18; Sal. 127; Mt. 23, 27-32
‘Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien’, así fuimos diciendo en el salmo. ‘Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida’. Es la meditación hecha oración y petición al Señor después de escuchar las recomendaciones de san Pablo en su carta a los Tesalonicenses.
Era algo muy vivo en la experiencia religiosa que vivía aquella comunidad la espera de la venida del Señor. Pablo les insistirá incluso que la venida, aunque no sabemos cuando será tal como había señalado Jesús en el Evangelio, no era una venida inminente de manera que por ello dejáramos de cumplir las obligaciones y responsabilidades de cada día, del trabajo de cada día. Ante esa perspectiva que tenían algunos ahora Pablo les corrige y lamenta que algunos lleven una vida ociosa sin hacer nada, ‘una vida desordenada’ les dice.
Por una parte se pone a sí mismo como ejemplo, pues cuando estuvo entre ellos no dejó de ganarse con su trabajo el pan de cada día, porque no quería ser carga para nadie, aunque les dice que como apóstol tendría derecho a ello, porque como yo dijera Jesús en el evangelio el obrero merece su sustento y como obreros de la viña del Señor, a eso tendría derecho. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’ les dice, y les recuerda la sentencia que ya les había dejado, ‘el que no trabaja, que no coma’.
Aquí podríamos recordar otros pasajes de la Escritura en la que se nos recuerda la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, porque nuestro trabajo no es solo fuente de nuestro sustento, y ya eso nos ennoblece el trabajo, sino que además es nuestra contribución al desarrollo de nuestro mundo. Esos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, y cuando decimos talentos decimos nuestros valores y nuestras cualidades, nuestras habilidades pero también toda la riqueza de nuestra inteligencia, no son para guardárnoslo solo para nosotros mismos, sino que con ello estamos contribuyendo al desarrollo de todo nuestro mundo, al bien también de los demás.
El hecho de vivir una vida espiritual, de darle trascendencia espiritual y de eternidad a nuestra vida, el que con nuestra vida queramos alabar al Señor y santificar su nombre no nos exime, sino todo lo contrario, de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestros trabajos. Es cierto que queremos hacer un mundo mejor, soñamos y esperamos un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva como nos dice el Apocalipsis, pero es nos obliga más a esa contribución que desde nuestra vida, con nuestro trabajo, con nuestra inteligencia y con todas nuestras habilidades hemos de realizar para hacer precisamente mejor el mundo en el que vivimos.
Todo el desarrollo del pensamiento del hombre a través de los siglos, todo el desarrollo de la ciencia en todas sus facetas ha sido esa herencia que hemos recibido de nuestros antepasados, será con lo que ahora nosotros intentemos hacer cada día una vida y un mundo mejor, y el granito de arena que nosotros pongamos con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo será la herencia que dejemos para el futuro.
Así nos enseñaba el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes 39 “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios”.

Qué importante es nuestro trabajo; cuánto ennoblece el espíritu del hombre. Pidamos al Señor para que toda persona pueda tener un trabajo digno con el que ganarse su sustento; que toda persona pueda desarrollar su vida a través de su trabajo para que la ociosidad no lo embrutezca; que con nuestro trabajo seamos conscientes siempre que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor. Que el Señor nos llene de su paz, como pedía san Pablo para los Tesalonicenses, y que las bendiciones del Señor se derramen sobre nosotros en ese fruto de nuestro trabajo y en esa prosperidad que consigamos para todos.

martes, 26 de agosto de 2014

Nunca con agobios ni con falta de paz, no sería verdadera esperanza, pero hemos de estar preparados a la venida del Señor

Nunca con agobios ni con falta de paz,  no sería verdadera esperanza, pero hemos de estar preparados a la venida del Señor

2Ts. 2, 1-3. 13-16; Sal. 95; Mt. 23, 23-26
¿Esperamos la venida del Señor? ¿está eso entre las preocupaciones o las motivaciones de la vida de los cristianos de nuestro tiempo? Da la impresión que los hombres y mujeres de nuestro mundo, y hablamos también en concreto de los que nos llamamos cristianos estamos como en las antípodas de aquellas preocupaciones que se convertían hasta en obsesión de los cristianos de los primeros tiempos.
Quizá tenían muy cercanas las palabras de Jesús que hablaban de su segunda venida al final de los tiempos con gran esplendor y majestad; o quizá tenían un deseo grande de Dios que les hacía ansiar que llegara ese momento de la segunda venida del Hijo del Hombre, como El había manifestado en el evangelio; pero estas cosas por los radicalismos a que llevaban también ocasionaban problemas diversos en la comunidad cristiana; desde los que vivían angustiados por esa venida o desde los que ya no querían hacer nada ni trabajar porque si la venida era tan inminente para qué preocuparse y para qué el esfuerzo del trabajo del que quizá no iban a recoger fruto.
San Pablo viene a prevenirles de esas cosas diciéndoles que no pongan en su boca lo que él no ha dicho - ‘supuestas revelaciones nuestras’, que dice hoy en la carta - y que no tienen ni que desorientarse ni agobiarse. Es necesario vivir en paz, lo que significará la fidelidad con que ha de vivir su vida cristiana y la responsabilidad que han de asumir en sus tareas. En Dios tenemos nuestro consuelo y nuestra fortaleza; ‘nos ha amado tanto, nos ha dado un consuelo permanente y una gran esperanza’, que hoy nos dice.
Cómo decíamos parece que nosotros estamos en las antípodas, porque es algo que es parte de nuestra fe y en la liturgia lo expresamos de diversas maneras pero no es algo que esté en nuestro pensamiento ni en las motivaciones profundas de nuestra vida.
Creemos Jesús que ‘ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre y de allí ha de venir a jugar a vivos y muertos’, expresamos en el Credo. ¿Pensamos en ese juicio final?
En la liturgia eucarística cuando aclamamos el misterio de la fe que es la Eucaristía después de la consagración decimos: ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!’ ¿Qué queremos expresar en ese ‘ven, Señor Jesús’?
Y en el embolismo después del padrenuestro, solo por citar algunos textos, le pedimos que nos veamos libres de todo mal, de toda perturbación, sin perder la paz de ninguna manera  ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’. ¿Qué es lo que realmente pensamos en esos momentos?
Estamos expresando en la confesión de nuestra fe y en nuestras celebraciones que creemos en la venida del Señor, pero ¿realmente lo esperamos? ¿Cómo es nuestra esperanza? ¿cómo nos preparamos? ¿Nos encontrará el Señor con las lámparas encendidas en nuestras manos y con suficiente aceite para que se mantengan encendida para poder participar en el banquete de las bodas eternas al que no podríamos entrar si no lo esperamos con esa esperanza activa?

No podrá ser nunca con agobios ni con falta de paz, porque no sería verdadera esperanza, pero si hemos de estar preparados y dispuestos a esa venida del Señor que llegará en el momento que menos lo esperamos, como El nos habla en el evangelio tantas veces. Tendríamos que desear esa venida del Señor para encontrarnos con El en plenitud total.

lunes, 25 de agosto de 2014

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes  

2Ts. 1, 1-5. 11-12; Sal. 95; Mt. 23, 13-22
En la primera lectura durante unos días escucharemos textos de la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses. Era una comunidad muy querida para san Pablo, pues en ella pasó largo tiempo predicando el evangelio en su segundo viaje apostólico, cuando, sintió a través de aquel sueño visión que tuvo donde veía a un macedonio que lo llamaba,  que el Señor era el que lo llamaba para predicar en tierras europeas. Tesalónica, ciudad importante en las rutas comerciales de la época, es la capital de la región de Macedonia. Ya está  en territorio europeo, es al norte de Grecia, mientras hasta entonces la predicación de Pablo había sido en el Asia Menor, lo que es hoy Turquía.
Pablo guarda grato recuerdo de su predicación en Tesalónica porque fueron muchos los que abrasaron la fe; aunque tuvo que marchar ante una serie de revueltas que forjaron los que se oponían a la predicación del Evangelio, mantiene su cariño por aquella comunidad, conservamos dos cartas, y estuvo en constante contacto con ellos. La que escuchamos estos días es la segunda carta conservada.
Tras el saludo inicial, no solo suyo sino de Silvano y Timoteo que le acompañan, en que desea la gracia y la paz de Dios Padre y del Señor Jesucristo para aquella Iglesia, querrá dar gracias a Dios por las noticias que le llegan de cómo se mantiene viva en ellos su fidelidad cristiana. No olvidemos que decir Iglesia es lo mismo que decir los convocados por el Señor, por eso su saludo es para los que forman la Iglesia de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. ‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros’, les dice.
¿Por qué gracias a Dios por aquella Iglesia? Podíamos decir que el exponente de la vida cristiana, en lo que se manifiesta la vida cristiana es en la práctica de virtudes teologales, la vivencia de la fe, del amor y de la esperanza. Pablo quiere resaltar cómo lo viven ellos. ‘Vuestra fe crece vigorosamente’, les dice. Cuántas veces lo hemos dicho, cómo tiene que crecer y madurar nuestra fe, cómo tiene que manifestarse una fe madura y comprometida; una fe que se manifiesta, se proclama, se contagia a cuantos estén a nuestro alrededor.
Pero no es solo la fe, sino que tiene que manifestarse de forma comprometida en el amor. ‘Vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando’. Qué hermoso cómo se vive el amor mutuo. ‘De cada uno por todos y de todos por  cada uno’, nadie queda excluido; y es un amor vivo, eficiente, que no se queda solo en palabras, sino que serán actitudes profundas que se van a ir manifestando en múltiples gestos de amor, de atención, de cuidado mutuo, de delicadeza, de alegre y afectiva convivencia, de compartir generoso.
Pero no puede faltar la esperanza. Esperanza que es perseverancia en la fe; esperanza que es confianza en un futuro de vida nueva; esperanza que es constancia en el amor, aunque no siempre sea fácil; esperanza que es fortaleza en medio de la dificultad que se podría convertir en persecución; esperanza que llena de trascendencia nuestra vida; esperanza que no se queda en el momento presente, sino que precisamente porque no siempre es fácil ese momento presente, sabe que llegará una plenitud de dicha y de recompensa por lo que hayamos hecho.
Pablo se siente orgulloso de la esperanza de aquella comunidad; pasan momentos difíciles pero ‘la fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis’, les dice.
Creo que mientras hemos ido comentando y reflexionando lo que era la vivencia de fidelidad de aquella comunidad, hemos tratado de irnos viendo nosotros a saber si así es también nuestra fidelidad al Señor. Aunque quizá con muchas debilidades en muchos momentos, también creo que como san Pablo tenemos que dar gracias a Dios, porque intentamos, queremos permanecer en esa fe y en ese amor, aunque nos cueste; la esperanza no se ha apagado en nuestros corazones aunque muchos sean los nubarrones que traten de oscurecerla. Queremos mantenernos en esa fidelidad al Señor.
Demos gracias a Dios porque no se nos ha apagado la fe, queremos mantener caldeado nuestro amor y la esperanza nos hace perseverantes en todo momento.

domingo, 24 de agosto de 2014

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

1s. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
La verdadera confesión de fe en Jesús ha de tener siempre una referencia a la Iglesia, porque es en ella donde podemos hacer esa confesión de fe en Jesús con mayor plenitud y autenticidad; de la misma manera que nunca podremos entender el sentido de la Iglesia sin la referencia a la fe en Jesús, porque si no es desde esa fe no podremos entender nunca el sentido de la Iglesia.
Fijémonos en el evangelio que hemos proclamado; es tras la confesión de fe de Pedro en Jesús cuando Cristo anuncia la constitución de la Iglesia; podríamos decir que de la confesión de fe de Pedro en Jesús nace la  Iglesia, se instituye la Iglesia. Y será ahí en la Iglesia donde está la garantía de nuestra fe.
Vayamos por partes. Jesús está casi en los límites de Palestina con los discípulos en unos momentos de mayor tranquilidad y reposo, pues ahora las multitudes no andan tras Jesús llevándole enfermos o queriendo escucharle. Ya sabemos por otros momentos cómo a Jesús le gustaba llevarse a solas al grupo de los Doce o aquellos más cercanos a El a lugares tranquilos y apartados, aunque no siempre lo consigue. Serán momentos de mayor intimidad, de diálogo más tranquilo entre Jesús y sus discípulos más cercanos, de encuentros más profundos con Jesús.
En este clima surge la pregunta de Jesús, casi como una encuesta, para ver lo que las gentes piensan de El. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Allí están las respuestas de aquellos que aún no han llegado a una fe verdadera, aunque aprecian que en Jesús hay algo especial. ¿Será un profeta que ha surgido entre ellos? ¿será Juan Bautista a quien Herodes había decapitado que ha vuelto? ¿será Elías a quien esperaban su vuelta después de ser arrebatado al cielo en un carro de fuego como anunciaban los profetas? ¿será alguien como los grandes profetas antiguos, Jeremías o Isaías? Así se van desgranando las respuestas.
Pero Jesús quiere saber más, qué es lo que piensan ellos que con El han estado y están más cerca. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y allí está Pedro que se adelanta como siempre. Allí están los impulsos del amor que siente por Jesús o habrá quizá algo más hondo en su corazón que ya no lo sabe por sí mismo. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Pero eso Pedro no lo ha podido aprender por sí mismo. Ha sido el Padre del cielo el que ha sembrado ese conocimiento en su corazón. Porque son palabras salidas del corazón. No es una respuesta meramente intelectual. ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Es la alabanza de Jesús a la confesión de Pedro pero haciendo dirigir la mirada hacia quien ha sembrado esa sabiduría en el corazón.
Pero inmediatamente viene la promesa de Jesús, la institución de la Iglesia donde vamos en adelante a profesar esa fe verdadera. Pedro ha sido capaz de hacer esa hermosa confesión de fe porque se dejó conducir por el Espíritu divino, el Padre que se lo revelaba en su corazón. Y en esa fe de Pedro vamos para siempre a fundamentar nuestra fe. ‘Tú eres Pedro’, el que has hecho esta confesión de fe, ‘tú eres la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia’, en torno a ti, como fundamento porque por esa fe estás unido a mi, todos se van sentir unidos para siempre confesando esa misma fe, todos los que confiesen esa fe van a sentirse Iglesia; y tendrán la garantía de que ‘el poder del infierno no la derrotará’. Y tú, Pedro, que eres piedra, piedra fundamental vas a tener ‘las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo’. Está claro lo que es la voluntad de Jesús y su revelación.
Como decíamos al principio desde ahora nuestra confesión de fe verdadera en Cristo ya no la podemos hacer sin la Iglesia. Así lo quiso Cristo; así constituyó a Simón en Pedro, en piedra de esa Iglesia. Tenemos la garantía de la asistencia del Espíritu, como estuvo con Pedro en aquella confesión de fe, así estará también con nosotros si nos sentimos unidos a esa Iglesia. Porque ya nuestra fe no es lo que a nosotros nos parezca, como decían los discípulos al principio recogiendo lo que opinaban las gentes. Es lo que nos ha revelado el Señor lo que vamos a confesar en nuestra fe. Así ponemos totalmente nuestra fe en El.
Y como decíamos, no podemos entender el sentido de la Iglesia sin esa  confesión de fe en Jesús. Sin la fe la Iglesia no tiene sentido, porque no es una organización más, porque no es un ente de poder como pueda haber otros poderes en este mundo; no podemos confundir a la Iglesia con esas entidades de tipo político, social o cultural. La Iglesia es otra cosa que no podemos entender sino desde la fe.
A cuántos le oímos hablar de la Iglesia y no la ven sino bajo esos prismas humanos, esas categorías de nuestro mundo; y claro, no podrán entender lo que es la Iglesia, lo que hace la Iglesia, lo que constituye el ser de la Iglesia. De ahí esos prejuicios que se tienen contra todo el hacer de la Iglesia, y que la quieran ver como una organización de poder más en medio del mundo.
Y esto primero que nada hemos de tenerlo bien claro nosotros, los cristianos, miembros de la Iglesia. Formamos esa comunidad de fe y amor que tiene que hacernos sentir en comunión verdadera de Iglesia. Pero esa comunión, ese sentirnos familia porque somos y nos sentimos hermanos, no nace de unos lazos afectivos, no es por la carne o por la sangre, ni de otros condicionantes o intereses humanos, sino que es desde esa misma fe que tenemos en Jesús y que ahí en la Iglesia profesamos, confesamos, alimentamos y al mismo tiempo nos sentimos impulsados a trasmitirla, a darla a conocer a los demás.
Es la comunión de Iglesia que vivimos y que nos hace sentirnos en verdadera comunión con el Papa, porque es Pedro a quien Cristo constituyó piedra sobre la que se edificaba la Iglesia. No es una organización que busque el poder o que quiere tener en su mano los hilos del mundo; nos une la misma fe que confesamos en Jesús pero desde esa fe sabemos también que tenemos una misión que realizar en ese mundo, no desde el poder sino desde el servicio y desde el amor.
Claro que queremos un mundo mejor y deseamos que los dirigentes de nuestro mundo hagan lo posible porque eso sea realidad; y nosotros desde esa fe y desde ese amor nos sentimos comprometidos y ponemos nuestro granito de arena porque sabemos que solo desde un amor como el que nos enseña Jesús a vivir es como podremos lograr esa paz y ese bien para toda la humanidad.
Fijémonos que desde que falta el amor, aparecen las guerras y la violencia y se destruye la paz y estamos destruyendo nuestro mundo. Ponemos al servicio de ese mundo mejor nuestra manera de entender y de hacer las cosas, y al mismo tiempo rezamos para que quienes tienen en su mano lograr esa paz y bien para todos no cejen en su empeño y en su compromiso. Por eso la palabra de la Iglesia ha de ser siempre una palabra valiente y profética, aunque muchas veces no guste o sea malinterpretada.
Es importante que nos reafirmemos bien en nuestra fe. Tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que si la vivimos en la comunión de la Iglesia no nos faltará esa fuerza del Espíritu para vivirla y confesarla. Tengamos bien claro lo que significa nuestro ser Iglesia y vivamos con orgullo esa comunión de hermanos que nos une de manera especial desde esa fe y desde ese amor. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos lo revela todo allá en lo hondo de nuestro corazón.

sábado, 23 de agosto de 2014

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Ez. 43, 1-7; Sal. 84; Mt. 23, 1-12
Se me ocurre  pensar que este texto del evangelio, estas palabras de Jesús tienen un profundo sentido profético; es el profeta que denuncia los caminos erróneos señalándonos aquello que hemos de corregir pero al mismo tiempo nos abre a caminos nuevos donde sepamos actuar y vivir con toda rectitud. Las palabras de Jesús que denunciaban claramente las actitudes y las posturas de los maestros de la ley de su tiempo y las de los fariseos, siguen teniendo profunda resonancia en el hoy de nuestra vida porque nos sentimos tentados a actitudes semejantes abandonando fácilmente el camino y el sentido del Evangelio que Jesús ha venido a anunciarnos.
Buen maestro no es solamente el que sabe muchas cosas y de palabra trata de enseñarlas a los que siguen trazándoles normas y pautas de conducta, sino aquel que con su propia vida, con sus propias actitudes está siendo ejemplo y modelo de aquellos principios o lecciones que trata de trasmitirnos. Es lo que Jesús denuncia en los letrados y fariseos de su tiempo por esa actitud hipócrita de enseñar o imponer unas cosas a los demás mientras el camino de su vida iba por otros derroteros.
‘No hagáis lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen’, les dice Jesús a la gente que lo escucha. Todo se les queda en vanidad y en apariencia. Por eso habla de las largas filacterias y de las anchas franjas de sus mantos. Las filacterias eran unas cintas en las que escribían palabras de la ley con las que adornaban sus vestidos, lo mismo que las franjas de sus mantos que las ensanchaban para dar señales de pomposidad y en las que escribían también textos de la Ley. Buscaban la reverencia, la alabanza, el reconocimiento aunque sus vidas fueran sepulcros blanqueados en el exterior aunque dentro estuvieran llenos de podredumbre, como les dirá Jesús en otra ocasión.
Y les señalaba Jesús a sus discípulos que ese no podía ser el estilo de su vida, ese no podía ser el estilo de los que quisieran vivir el sentido del Reino de Dios. Enseñamos, corregimos, caminamos al lado del que está a nuestro lado en la vida, pero sintiendo que somos unos hermanos que caminos juntos. Será la bueno que haya en nuestra vida lo que tiene que contagiar y estimular al que está a nuestro lado; será la rectitud que vean en nosotros los que les ha de mover a mejorar sus vidas, porque siempre lo que queremos hacer es dejar actuar al Señor, que se vale quizá de nosotros, de nuestro bien hacer, de nuestro ejemplo y entrega y cuando sea necesario también de nuestras palabras.
Serán caminos de sinceridad y de rectitud, caminos de humildad y de sencillez, caminos siempre llenos de amor para darnos y para entregarnos, para ayudar y tender la mano al que camina a nuestro lado para que encuentre también el camino recto. Por eso nos dice Jesús en nosotros nada de alardes ni de vanidades. Emplea las expresiones de decirnos que ni nos llamemos padres ni jefes, ni consejeros ni maestros, porque es el Padre del cielo el que nos conduce con la fuerza de su Espíritu y es la Palabra de Jesús la que nos llenará de vida. Solo al Señor tenemos que escuchar y solo de su Espíritu tenemos que dejarnos conducir.
Decíamos antes que el sentido profético de estas palabras de Jesús no era solamente para la denuncia o la enseñanza que en aquel momento hacia a la gente que le escuchaba y a los discípulos, sino que seguía teniendo resonancia en el hoy de nuestra vida.  Confieso que cuando escucho estas palabras de Jesús trato de examinarme para ver si yo estoy cayendo con mi vida pecadora en esas mismas hipocresías y vanidades. ¿Buscaremos también los reconocimientos y las reverencias? ¿También de alguna manera alargaremos nuestras filacterias o el ancho de las franjas de nuestros mantos? Miremos nuestros ropajes. Es una tentación en la que fácilmente puedo caer, podemos caer quienes tenemos una misión dentro de la Iglesia. Y esta palabra de Jesús es una llamada fuerte a nuestra conciencia para que siempre actuemos conforme al espíritu del Evangelio.

Rezad por vuestros sacerdotes y pastores para que no caigamos en esas tentaciones que hoy Jesús nos denuncia. Es la ayuda grande que podéis prestarnos para que con la gracia del Señor vivamos la vida santa que conviene a nuestra vocación y dignidad. 

viernes, 22 de agosto de 2014

Proclamamos a María, la humilde esclava del Señor, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres

Proclamamos a María, la humilde esclava del Señor, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres

Is. 9, 1-6; Sal. 112; Lc. 1, 26-38
En el año 1954, en el ámbito del año mariano celebrado entonces a los cien años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de María Reina que se celebraba entonces el 31 de mayo como culminación de todo mes mariano por excelencia. Fue a partir de la reforma de la liturgia y del calendario litúrgico después del Concilio Vaticano II cuando Pablo VI, con buen criterio, trasladó esta fiesta al 22 de Agosto, que viene a ser algo así como una octava de la glorificación de María en su Asunción al cielo.
Ya el concilio Vaticano II en la constitución sobre la Iglesia y en el capítulo dedicado al misterio de María dentro del misterio de Cristo nos decía: ‘La Virgen Inmaculada… terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada como Reina del Universo, para que se asemejara más a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte’.
Ensalzada y glorificada en su asunción como Reina del Universo.  Y es que en María, como tantas veces hemos reflexionado, vemos plasmado el  Reino de Dios anunciado y proclamado por Jesús. ¿Quién fue la primera que aprendió a hacerse la última y la servidora de todos? Ella se llama a sí misma la esclava del Señor, dispuesta siempre a que se cumpla su voluntad, se haga en ella conforme a la Palabra de Dios, se ha dejado inundar del Espíritu divino plantando la Palabra de Dios en su corazón de manera que fue el Verbo de Dios el que se encarnara en sus entrañas para ser nuestro Emmanuel, Dios con nosotros y Salvador de nuestra vida.
‘Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes’ cantaría María en el Magnifica en sintonía con lo que luego Jesús nos enseñara que el que se engrandece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Así vemos hoy a María enaltecida siendo la primera en alcanzar los dones de la redención, porque en virtud de los méritos de Cristo ella será preservada del pecado; pero ahora como primicia y como figura de la Iglesia la hemos contemplado en su asunción a los cielos, y la vemos engrandecida hoy como Reina del Universo.
Como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta, ‘a tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de Cruz, lo coronaste de gloria y lo sentaste a tu derecha, como Rey de reyes y Señor de señores; y a la Virgen, que quiso llamarse tu esclava y soportó pacientemente la ignominia de la cruz del Hijo, la exaltaste sobre los coros de los ángeles, para que reine gloriosamente con El, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina del universo’.
Con que exactitud y belleza los textos de la liturgia nos ayudan a comprender la fiesta que hoy celebramos y por qué podemos llamar y proclamar a María, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres. La liturgia nos impulsa, pues, a cantar las glorias de María pero al mismo tiempo se convierte en maestra que nos enseña a mirar a María para aprender cómo mejor amarla, pero, más aún, cómo mejor imitarla para que así nos veamos también impregnados de gracia que nos haga caminar los caminos de la santidad.
¿Qué estamos contemplando hoy en María y que, podríamos decir, fue el camino que ella recorrió para que así hoy la veamos glorificada? Decíamos que había plasmado como nadie los valores del Reino de Dios en su vida y entonces contemplábamos su humildad para estar siempre abierta a Dios pero en disposición permanente para el servicio allí donde hubiera una necesidad y fuera necesaria su presencia. Creo que es en lo que hoy hemos de fijarnos de manera especial en María y copiar en nuestra vida, su espíritu de humildad, la esclava del Señor,  que le hacía sentirse la última, y que abría su corazón al servicio.
Que de María aprendamos a vivir en ese espíritu humilde, con generosidad grande en nuestro corazón, que nos haga olvidarnos de nosotros mismos para buscar siempre por encima de todo el bien de los demás. Nos costará en muchas ocasiones porque siempre el tentador estará diciéndonos que somos grandes y que no tenemos que ponernos por debajo de nadie. María escachó con su pie la cabeza de la serpiente para vencer el mal y para enseñarnos a vencer ese mal del orgullo que tantas veces nos tienta; que María, a quien hoy la estamos proclamando también como abogada de gracia, interceda por nosotros y nos alcance la gracia del Señor para vencer siempre en la tentación y sepamos entonces plasmar ese Reino de Dios en nuestra vida.
María hoy nos está abriendo la puerta del cielo, porque nos está enseñando cuál es el camino que hemos de hacer; y María nos está tendiendo su mano para llevarnos con ella, para preservarnos con la gracia divina y para alentar la esperanza de nuestro corazón de que un día también podremos alcanzar la gloria de los hijos en el Reino de los cielos, como pedíamos en la oración litúrgica. Que de mano de María lleguemos a participar del banquete del Reino de Dios en los cielos.

jueves, 21 de agosto de 2014

Todos estamos invitados al Banquete del Reino de los cielos pero hemos de vestirnos el traje de la gracia para sentarnos a su mesa

Todos estamos invitados al Banquete del Reino de los cielos pero hemos de vestirnos el traje de la gracia para sentarnos a su mesa

Ez. 36, 23-28; Sal. 50; Mt. 22, 1-14
‘Tengo preparado el banquete… todo está a punto, decid a los invitados: venid a la boda… a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Primero recuerda e insiste a los  que había invitado a la boda de su hijo; ante la negativa y los desaires, invita a todos los que encuentren en los cruces de los caminos. Todos están invitados, pero lo mínimo es que se hayan puesto el vestido de fiesta.
Una nueva parábola de Jesús que nos habla de nuevo del Reino de los cielos, al que todos estamos invitados. La parábola en el momento en que fue pronunciada tenía una clara referencia a la acogida - tenemos que decir que negativa - que estaba haciendo el pueblo de Israel al Reino de Dios anunciado por Jesús.
El pueblo elegido, que fue el primero invitado porque en él incluso se había venido desarrollando toda la historia de la salvación y ahora tenía a Jesús en medio de ellos, sin embargo rechazaba el mensaje de salvación de Jesús. Por eso se amplía el círculo de los invitados, porque todos podrán participar de ese Reino de Dios si lo acogen con sinceridad en su corazón. Es el traje de fiesta de la fe y de la conversión, como Jesús había estado pidiendo desde el principio. ‘El Reino de Dios está cerca; convertios y creed en la Buena Noticia’, recordamos que era su primer anuncio.
Pero la Palabra de Dios sigue resonando en nuestros corazones y para nosotros sigue teniendo un mensaje de salvación; es también para nosotros una invitación a aceptar el Reino de Dios, convertir nuestro corazón para que podamos sentarnos en la mesa del banquete del Reino de los cielos.
Sentarnos ahora a la mesa del banquete del Reino es sentarnos en la mesa de la Eucaristía. Todos estamos invitados a comer del Pan de Vida que Cristo nos ofrece que es su propio Cuerpo y su propia Sangre. Es el banquete de la vida y de la gracia en el que Cristo quiere que participes, para que de El nos alimentemos y así nos llenemos de su vida y de su salvación. Nos insiste el Señor porque incluso nos dirá que quien no come de su carne y bebe de su sangre no tiene la vida eterna y a quien le coma El lo resucitará en el último día.
Pero ¿cómo acogemos los cristianos esa invitación y esa llamada que nos hace el Señor? Miremos lo que es la práctica del pueblo cristiano y mirémonos con sinceridad también a nosotros mismos. La triste realidad es que nuestras iglesias están vacías a la hora de la celebración de la Eucaristía en un pueblo que se dice cristiano y todos o casi todos se bautizan y celebran las fiestas de sus santos, vamos a decirlo así. Pero ¿cuál es el valor que nuestro pueblo le da a la Eucaristía?
Un sacerdote me contaba hace unos días que en una fiesta de un pueblo a la que estaba asistiendo, tenían la costumbre de hacer una procesión antes de la Misa, aunque luego hubiera también otra procesión, porque había que llegar a todos los rincones del pueblo. En el transcurso de la primera procesión la cosa se fue alargando y el párroco les decía que apuraran un poco la cosas y se dieran un poco de prisa porque se hacía la hora de la Misa; a lo que le respondieron que lo importante ahora era la procesión, que la misa no tenía tanta importancia que ya se haría a la hora que fuera.
La Misa no tenía tanta importancia… es el valor que le da  mucha gente a la celebración de la Eucaristía. ¿Cuáles son las disculpas habituales de la gente para no asistir a Misa? Como dicen, primero está la obligación que la devoción, y primero hay que hacer otras muchas cosas y si sobra tiempo ya se lo pensarán para ir a Misa. ¿No se parece esto a lo que Jesús nos decía en la parábola de los invitados a la boda que tenían otras cosas que hacer y no fueron a la boda? ¿No nos daría pie esto para analizar muchas de nuestras actitudes ante la celebración de la Misa? Es una buena oportunidad para la reflexión.
Brevemente nos fijamos en otro aspecto. Cuando la sala del banquete se llenó de comensales y el rey entró para saludarlos,  se encontró con uno que no llevaba el traje de fiesta. ¿Qué nos puede decir esto? ¿a qué cosa en concreta de nuestras actitudes ante la Eucaristía o de la preparación que hemos de hacer para celebrar y recibir la Eucaristía se puede estar refiriendo?
Todos sabemos muy bien que no podemos ir a comulgar de cualquier manera, sino que hemos de ir en gracia de Dios, después de haber confesado nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia, porque en pecado no podemos comulgar. ¿Lo tenemos  en cuenta? ¿Llevamos el trajo de fiesta porque previamente nos hayamos confesado para estar en gracia de Dios con el alma limpia para poder comulgar dignamente?
Lo triste y lo grave es que hoy todo el mundo quiere comulgar, van a misa cuando les parece y todos se acercan a comulgar sin haber confesado antes. Ya nadie quiere confesarse pero todos quieren ir a comulgar. Esto es algo muy grave y muy importante que lo tengamos bien claro. No se puede comulgar de cualquier manera, no se puede comulgar en pecado. Hemos de vestir el traje de la gracia de Dios para poder recibir dignamente la Comunión. Recordemos lo que decía san Pablo que quien indignamente come el Cuerpo de Cristo se está comiendo su propia condenación.

Es cierto que todos estamos invitados al Banquete del Reino de los cielos, pero ya nos dice la parábola como, con la conversión auténtica de nuestro corazón, hemos de vestirnos el traje de fiesta, el traje de la gracia para sentarnos a su mesa.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Ez. 34, 1-11; Sal. 22; Mt. 20, 1-16
‘Id también vosotros a mi viña’, les va diciendo aquel propietario cuando a las distintas horas del día, al amanecer, a media mañana, hacia el mediodía, a media tarde y ya también al caer la tarde, sale a la plaza en busca de trabajadores para su viña. ‘Os pagaré lo que es debido’, les decía a los que iba llamando en las distintas horas del día, mientras con los del amanecer había quedado apalabrado en un denario por la jornada.
Creo que reflexionando bien sobre la parábola muchas pueden ser las lecciones, mucho puede ser el mensaje que recibamos. Las parábolas nos hablan del Reino de Dios; son comparaciones que nos propone Jesús para que entendamos por medio de las imágenes que nos propone el sentido y los valores nuevos que se nos ofrecen con el Reino de Dios, lo mismo que las actitudes negativas que tenemos que corregir o arrancar de nuestro corazón.
Primero en esa llamada, y en esa llamada a las distintas horas del día, podemos escuchar la llamada que el Señor nos hace para vivir en su Reino. No importa la hora ni el momento, pero el Señor nos va llamando a cada uno en el momento propicio. A su reino todos estamos invitados, porque la salvación que Jesús nos ofrece es para todos. Puede ser que algunas veces hayamos estado ociosos en la vida, entretenidos quizá en otras cosas y no nos habíamos dado cuenta de lo que el Señor nos ofrece, pero El viene a nuestro encuentro y siempre tendrá una palabra de invitación para que vayamos con El.
Es una invitación a trabajar en su viña, como se nos dice concretamente en la parábola; es que cuando entramos en la órbita de la salvación ya no nos podemos quedar ociosos, porque ahí en medio de nuestro mundo tenemos una tarea que realizar, una misión que cumplir. Somos testigos de una salvación que recibimos, pero ese testimonio no nos lo podemos callar, sino que ese testimonio tenemos que proclamarlo, anunciar a los demás esa Buena Nueva de la Salvación.
Hay algo que llama la atención en la parábola y que lo mismo que a aquellos jornaleros les supo mal que a todos se les pagara en la misma cantidad aunque fueran a distintas horas a participar en aquel trabajo, también nosotros pensamos que tenemos que hacer méritos para recibir más o menos según lo que hayamos cosechado. Por eso protestan porque todos reciben la misma cantidad de un denario.
Y nos olvidamos que el don del Señor es gracia; sí, gracia, con lo que esa palabra significa. Es un regalo del Señor, porque la salvación no nos la ganamos nosotros, sino que es el Señor el que nos la regala, es una gracia, un don gratuito del Señor, al que por supuesto tenemos que responder. Es una gracia, un regalo del Señor el amor que El nos tiene; es una gracia, un don, un regalo del Señor el que podamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu en nuestras luchas, en nuestros deseos de bien, en la superación de nuestros males, en el perdón que recibimos.
Empleamos la palabra gracia y olvidamos fácilmente su significado más genuino, es la gratuidad del don del Señor, de la vida y de la fuerza de su Espíritu; y a eso lo llamamos gracia. A lo que tendríamos nosotros que corresponder viviendo esa gracia, pero siendo también agradecidos con el Señor por el regalo de su gracia, de su vida, de su amor, de su salvación. ¿Cuántas veces nos paramos a darle gracias al Señor por cuanto de El recibimos?
Y finalmente aquel propietario corrige a aquellos obreros que andan por allá rezongando. ‘¿Es que vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?’, les dice el propietario a los que protestaban. Contentos tenemos que sentirnos de ver cómo el Señor derrama su gracia también sobre los demás y tendríamos que aprender a alabar y bendecir al Señor cuando vemos cómo la gracia enriquece la vida de los que nos rodean y se acercan también a vivir la salvación que Dios nos ofrece. Cuando veamos lo bueno que hay en los demás, quitemos de nuestro corazón esos resabios de envidias y recelos que se nos pueden meter, y sepamos darle gracias al Señor que nos hace ver las cosas buenas que hay en los demás.

Escuchemos, pues, esa invitación que el Señor nos hace a vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala.

martes, 19 de agosto de 2014

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Desprendidos de apegos y riquezas con corazón generoso haciéndonos los últimos podremos entrar en el Reino de los cielos

Ez. 28, 1-10; Sal.:Deut. 32,26-36; Mt. 19, 23-30
‘Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Jesús utiliza esta frase proverbial de la dificultad de pasar un camello por el ojo de una aguja, que era una hipérbole para expresar que algo era irrealizable o muy difícil, para hablarnos de esa dificultad de los ricos para entender y vivir con todo sentido y profundidad los valores del Reino de Dios.
Ya sabemos cómo se hace con ello referencia a esas puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de las ciudades y que de alguna manera querían controlar lo que por ellas había de pasar. Claro un camello con sus jorobas, pero sobre todo un camello, que se utilizaba como animal de carga, con todas las cosas que podría llevar sobre él haría imposible su paso por esas puertas llamadas agujas precisamente.
El rico acaparador de riquezas y que en su avaricia y desconfianza no quiere dejar nada atrás está bien reflejado en esa imagen del camello cargado en su dificultad de paso por dichas puertas. Clara referencia a todos esos apegos del corazón que lastran nuestra vida, que nos esclavizan a las cosas, que crean ataduras y dependencias de las que nos cuesta arrancarnos en contraposición a esa libertad de espíritu de quien de todo se desprende para vivir con un corazón limpio y verdaderamente libre que lo que quiere es glorificar a Dios con su vida. Ojalá aprendiéramos a guardar nuestros tesoros no donde la polilla los corroen o los ladrones nos los pueden robar, sino en el cielo porque vivamos desprendidos de todo y compartiendo todo con los que menos tienen.
Todo parte como un comentario de lo que anteriormente ha sucedido - lo escuchábamos y comentábamos ayer - del joven rico que ante lo que Jesús le indicaba de vender cuanto tenía para darlo a los pobres y seguirle se había marchado muy triste porque era muy rico. Algún evangelista al narrarnos este hecho nos dice que Jesús se le quedó mirando. Y está también la reacción de los que estaban alrededor, en especial los discípulos más cercanos, ante el hecho y los comentarios de Jesús, de manera que exclamarán, porque se quedaron pasmados nos dice el evangelista, ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’.
La salvación es obra de Dios en nosotros; no son solo nuestros méritos, porque el único que ha podido merecer la salvación para nosotros es Jesús. El les dirá que ‘para los hombres por sí mismos imposible, pero Dios lo puede todo’. Y es que la respuesta que nosotros hemos de dar a la oferta de salvación que Jesús nos hace la podremos dar siempre con la ayuda de la gracia de Dios. No es imposible, sino que tenemos que dejarnos guiar por el impulso y la fuerza de la gracia divina.
Por allá sale Pedro siempre con sus impulsos espontáneos un poco menos que queriendo hacer lista de lo que ellos han hecho que un día lo dejaron todo por seguir a su maestro. Recordamos cómo al paso de Jesús por la orilla del lago cuando los invita a ser pescadores de hombres, dejaron las redes y la barca para irse con Jesús. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta espontánea como lo era el corazón de Pedro que era un corazón abierto y lo que sentía inmediatamente lo manifestaba.
Les habla Jesús del lugar importante que van a tener en el Reino de Dios; ‘los que me habéis seguido os sentareis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’. Palabras que pueden tener un claro sentido escatológico para hablarnos del final de los tiempos, pero pueden ser una referencia al lugar de los apóstoles y en ellos sus sucesores en lo que fue la trasmisión de la fe y lo que fue y sigue siendo la vida de la Iglesia, con esa característica tan propia de ser Iglesia apostólica.

Pero terminará hablando de la herencia de la vida eterna. ‘El que por mi deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero concluye con algo muy importante que ya nos ha dicho para quien quiere ser principal y primero, que es necesario que se haga el último. ‘Muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán primeros’. Hagámonos los últimos y servidores porque así seremos en verdad los primeros en el Reino de los cielos.

lunes, 18 de agosto de 2014

¿Sabremos encontrar el camino de la verdadera felicidad que nos haga alcanzar la vida eterna?

¿Sabremos encontrar el camino de la verdadera felicidad que nos haga alcanzar la vida eterna?

Ez. 24, 15-24; Sal. 32; Mt. 19, 16, 22
‘El joven se fue triste, porque era rico’, terminaba diciéndonos el evangelista; pero antes del evangelio en la antífona del aleluya se nos proclamaba: ‘Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’. El anverso y el reverso de la moneda, podríamos decir. Las tristezas que inundan nuestra vida aunque andemos sobrados de bienes materiales, y la felicidad más honda de quien se siente verdaderamente liberado porque su corazón no lo tiene apegado a cosas materiales.
Algunas veces habremos oído decir, o lo hemos dicho nosotros mismos, aquello de que el dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. ¿Es esa la filosofía de nuestra vida? ¿Es ese el sentido que le damos a la posesión de los bienes materiales y a las riquezas? ¿No diremos quizá frases así porque vivimos tan apegados a lo material que no seremos capaces de desapegarnos de ello, de vivir con un corazón verdaderamente libre? La posesión de las cosas ¿es realmente lo que nos dará la felicidad?
Me van a decir seguramente que necesitamos de esos bienes materiales para nuestra subsistencia, para tener lo necesario para una vida digna y que es la manera que tenemos de intercambiarnos lo que tenemos para alcanzar lo que necesitamos para vivir dignamente. Hasta ahí, muy bien, podíamos decir; pero ¿no nos sentiremos tentados a dar un pasito más y ya lo de la posesión de bienes sea el peligro de que se convierta en avaricia, por ejemplo, o nos lleve al despilfarro del lujo mientras otros pasan necesidad o al acaparar para yo tener olvidándome de los demás?
Son preguntas que nos podríamos hacer y que tendrían que irnos llevando en nuestra reflexión a buscar el darle el valor que cada cosa tiene, para nunca convertir lo material o la riqueza en un apego del corazón o en un ídolo de nuestra vida. Porque esos apegos nos encierran en nosotros mismos, nos hacen avariciosos y egoístas porque no pensamos sino en nosotros mismos y de ahí un paso más nos pueden llevar a ser injustos con los demás, y ya tendríamos que sacar muchas consecuencias.
El evangelio que hemos escuchado nos habla de aquel joven bueno que tenía ilusión en su corazón por encontrar lo que le diera de verdad un sentido hondo a su vida y se preguntaba qué es lo que tenía que hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús comienza recordándole los mandamientos, pero al ver que era bueno, porque como decía él todo eso lo había cumplido desde siempre y aún parecía aspirar a más, es cuando le propone que sea capaz de desprenderse de lo que tiene para compartirlo con los pobres y así el tesoro verdadero de su vida no se quedaría en lo terreno sino seria un tesoro en el cielo, y entonces desprendido así de todo lo siguiera. ‘Si quieres llegar hasta el final, le dice Jesús, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo -y luego vente conmigo’.
Es cuando nuestro joven se llena de tristeza en su corazón porque aunque hasta entonces lo que tenía no le había servido para culminar sus más hondas aspiraciones, ahora le parecía imposible desprenderse de todo eso para seguir pobre desde lo más hondo de su corazón a Jesús. Le costaba encontrar el camino de la felicidad plena, aunque Jesús se lo estaba señalando bien. Lo de la bienaventuranza le costaba entenderlo. Estaba quizá en su interior esa lucha en la hora de la decisión por encontrar aquello que le diera verdadera felicidad.
Bueno, alguno quizá me pueda decir, nosotros somos pobres, pocas son las cosas que tenemos, ¿qué nos puede decir a nosotros este evangelio entonces? Cuidado, porque aunque sean pocas las cosas que poseamos algunas veces los apegos del corazón persisten y todavía podíamos estarnos peleando porque esto es mío y no hay quien me lo quite o no tengo por qué compartirlo con nadie, o este es mi sitio y nadie tiene que sentarse en él, por poner algunos ejemplos, y vivir obsesionados poco menos que adorando esas pocas cosas que tenemos. ¿Seremos capaces de desprendernos de eso poco que tenemos para compartirlo con los demás?

¿Podremos merecer la bienaventuranza  de Jesús, ‘dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’?