viernes, 15 de diciembre de 2017

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Seguramente lo hemos comentado más de una vez. La gente que nunca está de acuerdo con nada; tú dices blanco y ellos inmediatamente dicen negro; tú quieres tener una mirada positiva y que se constructiva, ellos estarán destruyendo porque todo lo ven negro, todo lo quieren cambiar, todo tiene que ser de otra manera. Es buena la diversidad de opiniones, cada uno podemos pensar y expresar nuestra opinión, eso es enriquecedor, pero cuando se hace de una forma positiva, cuando queremos aportar algo más, o algo nuevo que enriquezca y mejore lo que ya tenemos. Pero hay quienes porque las cosas no son como ellos desean, lo que quieren es destruir, y corroen con su conversación creando desconfianzas, suspicacias, miedos.
Tendríamos que aprender a ser positivos en la vida creadores de puentes no de barrancos, vallas o distanciamientos. Nos cuesta acercarnos, pero si encima ponemos dificultades solo por el hecho de llevar la contraria nada lograremos. Nos puede pasar a todos. Pero cuando uno ve a los que dirigen los destinos de la sociedad, de la que tendrían que sentirse verdaderos servidores, que no son capaces de llegar a un acuerdo, de ver algo positivo en lo que el otro hace, sino porque es oponente ya todo lo ven negativo, negro, inservible y cuando tienen la oportunidad lo que hacen es destruir, se siente uno desalentado porque así realmente no podemos avanzar para mejorar, porque ya no son solo las cosas que se hacen o se destruyen sino los sentimientos de revancha que hay en los corazones, que crean resentimientos y rencores, que provocan odios y violencias a la larga.
Me hago esta reflexión mirando lo que sucede en nuestra sociedad con deseos de que las cosas mejores y lo hago desde lo que hoy nos ofrece el evangelio. Es que en esa situación de nuestro mundo tenemos que ser luz y anuncio de buena nueva.  Es la actitud que tenían con o contra Jesús muchos de su tiempo. No aceptaban a Juan el Bautista porque era duro y exigente, invitaba a la penitencia y a la conversión, pero ahora no aceptan a Jesús porque come con todos, a todos se acerca y está al lado de los pecadores y de los que sufren. Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios’, les dice Jesús.
En relación a lo que es nuestra vida cristiana algunas veces también nos creamos confusiones porque no nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Sabiduría. Ya sea muchas veces en nuestro interior, o en actitudes y posturas que vemos en el ámbito eclesial también nos encontramos con quienes crean esas confusiones. Gentes que viven de añoranzas de otros tiempos sin darse cuenta que vamos avanzando guiados por el Espíritu que nos va abriendo a cosas nuevas y siempre el Evangelio nos ofrece esa Buena Nueva que nos conduce a actitudes nuevas, a posturas nuevas, a compromisos más intensos. Soñamos quizá con una iglesia de cristiandad donde parecía que todos era muy cristianos y muy creyentes, pero tenemos que resaltar eso de que parecía porque quizá en el fondo no lo era tanto.
Hoy nos enfrentamos a un mundo distinto donde nos encontraremos muchas posturas, muchas maneras de ver las cosas distintas y distantes. Nuestra vivencia cristiana, nuestro anuncio del evangelio tendrá que tomar quizá otras características y el Espíritu pondrá junto a nosotros a quienes nos abran caminos, nos abran los ojos y el corazón para ver y comprender que hay cosas fundamentales que no podemos descuidar.
El Espíritu del Señor nos ayuda a descubrir cosas importantes que quizás habíamos descuidado y que es necesario rescatar para nuestra vida. Nuestra iglesia, por ejemplo, tiene que ser en verdad la Iglesia que evangeliza a los pobres porque en verdad nos encarnemos en ese mundo donde tenemos que dar un testimonio muy claro, muy convincente que nos exigirá actitudes y posturas nuevas. Es que no tenemos que hacer otra cosa que copiar en nosotros aquella cercanía de Jesús – que vemos que no gustaba a ciertos sectores de su tiempo como nos sigue sucediendo ahora - a los pobres, a los desheredados de la vida, a los marginados y despreciados, a todos los que sufren, como le vemos hacer continuamente en el evangelio.
Que este camino del Adviento, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, nos abra en nosotros esos caminos, abra nuestro corazón a esas actitudes y posturas nuevas.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuidado que llenemos nuestra navidad de muchas luces falsas que nada alumbran porque seguimos con las mismas oscuridades en el corazón

Cuidado que llenemos nuestra navidad de muchas luces falsas que nada alumbran porque seguimos con las mismas oscuridades en el corazón

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Hermosa presentación que nos hace el evangelio de hoy de Juan el Bautista en palabras de Jesús. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista’. Grande era su misión, profeta y más que profeta, como diría en otro momento; era el que venia, ya anunciado también por los profetas, para preparar el camino del Señor; el Precursor del Mesías, el que venía delante, pero que sabia que después de él vendría Alguien más grande, del que no sería digno de desatar la correa de sus sandalias; el que llegaría a dar testimonio porque lo vio y el Espíritu del Señor se lo había señalado en su corazón ‘ese es el Cordero de Dios, el que viene a quitar el pecado del mundo’; el que en su humildad no le importaba menguar, ocultarse, desaparecer, porque el que venía era el que había de crecer, porque sería el Hijo del Altísimo del que él solamente era su profeta, ‘el profeta del Altísimo’ que habría de señalarle.
‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan’. Una grandeza que daría paso a un nuevo Reino, a un nuevo mundo. El lo anunciaría y nos ayudará a prepararnos para recibirlo. Nos invitará a la conversión para creer en esa Buena Noticia que llega con Jesús. El es solamente la voz que anuncia la Palabra que ha de venir y que va a establecer ese Reino nuevo. Un Reino donde se van a descubrir las verdaderas grandezas.
Es por ese camino de la pequeñez, del saber hacernos pequeños y los últimos, ese camino de la humildad, del ser capaces de desaparecer para que brillen los demás por donde aprendemos a entrar en el Reino Nuevo de Dios. Por eso tenemos que aprender a despojarnos que será quitarnos los vestidos de las vanidades para reconocer la realidad de nuestra vida, aprender a vaciarnos de nosotros mismos para hacer desaparecer orgullos y autosuficiencias, a olvidarnos de nuestras apetencias y ambiciones para descubrir cuál es la verdadera riqueza.
Juan, vivirá una vida austera; vestido solo con piel de camello y alimentándose de los saltamontes del desierto y de la miel de la abejas; es la penitencia que nos purifica aprendiendo a decirnos ‘no’ a nuestros egoísmos y autocomplacencias; es la mortificación de buscar lo que verdaderamente es importante porque llenamos nuestra vida de demasiadas cosas vacías que no nos dan sentido. Por eso invita a sumergirse en el agua del Jordán; es un signo de la purificación, de cómo queremos lavarnos y purificarnos de todas esas cosas que nos perjudican y que nos impiden llenarnos de luz; es un signo del cambio que queremos dar a nuestra vida, porque no se trata de hacer acomodos para seguir siendo o viviendo de la misma manera.
Es el verdadero camino del adviento que tendríamos que ir haciendo para llegar a vivir una navidad de verdad. Hemos llenado nuestra navidad de muchas luces falsas que nada alumbran, porque quizás en nuestro corazón seguimos con las mismas oscuridades. De cuantas cosas nos preocupamos en estos días en nombre de la navidad pero que de alguna manera nos impiden vivir la verdadera navidad.
Pensemos con toda sinceridad cuales son las principales preocupaciones que tenemos en nuestros días y vemos como el consumismo nos domina, el hacer como todos hacen sin pensar si verdaderamente ese es el sentido que tendríamos que darle a la navidad. Muchas cosas son incluso buenas, pero a las que quizá tenemos el peligro de despojarlas de su verdadero sentido. Muchas cosas que hacemos y que son luces de un día, pero que al siguiente se quedan opacas.
Miremos y escuchemos a Juan el Bautista y nos daremos cuenta que muchas cosas tendríamos que revisar. Seguiremos con estos pensamientos y reflexión. 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Con nuestra mansedumbre y humildad, con nuestra acogida y nuestra presencia seamos signos de Jesús que se acerca y acoge a todo corazón atormentado

Con nuestra mansedumbre y humildad, con nuestra acogida y nuestra presencia seamos signos de Jesús que se acerca y acoge a todo corazón atormentado

Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

Todos necesitamos en la vida un apoyo. Por más fuertes que nos sintamos o que queramos aparecer. Algunas veces no nos gusta reconocerlo, pero hay ocasiones en que nos sentimos cansados, derrotados, sin ánimos para seguir adelante, porque parece que los problemas se acumulan, nos sentimos solos, no sabemos por donde caminar porque nos encontramos desorientados. Necesitaríamos detenernos pero no sabemos como hacerlo o  no encontramos ese amigo que nos cobije, esa mano amiga que nos coja fuerte para sentir sus fuerzas y no temer en el camino que estamos haciendo.
Qué gozo y qué paz sentimos cuando aparece esa alma compasiva, esa persona que nos escucha, ese ser que sentimos a nuestro lado aunque no nos diga nada, pero su presencia ya en si misma es fuerza para nosotros. No nos sentimos solos, parece que amanece de nuevo la luz en nuestra vida, sentimos descanso dentro de nosotros y con un nuevo ánimo reemprendemos el camino. Todos necesitamos en la vida un apoyo, decíamos, ese amigo o esa persona que nos escucha y que nos comprende, y aunque no entienda lo que nos pasa o no nos dé soluciones sin embargo su presencia a nuestro lado nos hace sentir de nuevo fuertes.
Humanamente sentimos esa necesidad. Espiritualmente necesitamos saber donde vamos a encontrar esa fuerza de nuestra vida y lo que va a ser la raíz de nuestra espiritualidad. Siempre tenemos que mirar a lo alto y saber que no nos faltará esa luz, esa fuerza porque Cristo está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu.
Hoy nos invita a ir hasta El. No importa como nos encontremos porque El comprende mejor que nadie todo lo que nos puede pasar en nuestro interior. Aunque no solo hemos de ir a El desde nuestros agobios, aunque siempre tenemos que hacerlo, en todo momento hemos de aprender a gustar la paz en nuestro corazón con su presencia, disfrutar de su presencia y de su amor que nunca nos falla. Pero hoy nos dice que desde nuestros cansancios y nuestros agobios vayamos a El porque en El vamos a tener la seguridad de encontrar esa paz que necesitamos, ese descanso para nuestro espíritu.
Y estando con El aprendamos de El para que no nos falte nunca esa paz. Por eso hemos de llenar de mansedumbre nuestra vida, aprender a ser humildes y sencillos porque así nos quitaríamos de encima tantos agobios que nos pueden aparecer en la vida. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. 
Humanamente algunas veces nos podrán faltar esos apoyos, nos podremos sentir solos y sin esa mano amiga que se pone sobre nuestro hombro para hacernos sentir su presencia. Pero sabemos que nunca estamos solos. Cristo está a nuestro lado. Nos espera en el sagrario, nos ofrece continuamente el alimento de su Palabra, nos regala su gracia en los sacramentos, pero también pone a nuestro lado a tantas personas que pueden ser signos de su presencia también para nosotros. Sepamos descubrir en esa persona de buena voluntad que camina a nuestro lado y a veces quizás ni notamos su presencia que Jesús llega a nosotros a través de ella.
Pero nos dice Jesús que aprendamos de El. Aprendamos de El a ser esa mano amiga para el hermano que sufre a nuestro lado, sepamos abrir nuestro corazón porque habrá muchos que estarán deseando ese corazón acogedor y amigo que les escuche, convirtámonos por nuestra humildad y mansedumbre en signos también para los que caminan a nuestro lado de esa presencia de Dios que no les abandona. Es también una misión que nos confía a nosotros y con lo que podemos ayudar a tantos. Descubramos esas soledades y esos sufrimientos y seamos un bálsamo de paz y amor con nuestra compañía.

martes, 12 de diciembre de 2017

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Aprendamos a tener ese gesto sencillo, esa mano tendida, ese acercamiento sincero para con el otro dando siempre esa segunda oportunidad como el Buen Pastor hace con nosotros

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

‘¡Qué se le va a hacer! El se lo ha buscado, ha escogido su camino y así anda…’ cosas así pensamos algunas veces cuando vemos a una persona que ha tomado caminos no buenos y negativamente nos quedamos en una pasividad, lamentándonos quizá, pero sin hacer algo positivo por ayudar a aquella persona. Demasiado nos desatendemos unos de otros en la vida. Que cada uno se las arregle como pueda, pensamos, porque ya nosotros tenemos nuestros problemas.
¿Es esto humano? ¿Es justo que dejemos marchar a uno por caminos del mal, sin haber tenido una palabra, un gesto de acercamiento, de tenderle una mano para ayudarle? Decimos que respetamos su libertad, y eso está bien, pero tenemos que saber sentirnos de alguna manera responsables unos de otros, y al menos sentir en nuestro interior la inquietud de lo que podríamos hacer.
Es, si, el que escoge el camino del mal, pero son también tantos los que vamos excluyendo de nuestra vida, y poca preocupación sentimos por los que se sienten solos, por los que vemos quizá atormentados por sufrimientos o por enfermedades, los que se sienten débiles quizá por el paso de los años sin tener a su lado alguien que les anime, les acompañe.
Son tantos también los que se sienten desplazados en la vida porque en su desorientación no han sabido o no han podido encontrar un camino, a los que no hemos sabido dar una segunda oportunidad; lo intentaron quizá, no supieron hacerlo en aquel primer momento, y ya los dimos por perdidos, no creímos en sus posibilidades, no damos una segunda oportunidad.
Tantas veces decimos o pensamos que queremos un mundo mejor y quizás soñamos con grandes realizaciones que se tendrían que hacer para que las cosas marchen mejor, pero quizá muchas veces lo hace falta es un gesto pequeño de atención, una palabra de ánimo, una compañía para una soledad aunque solo fuera en silencio, darles esa segunda oportunidad o tercera o lo que haga falta.
Hoy Jesús nos está enseñando cómo debemos buscar siempre al otro, aunque él por si mismo haya escogido esos caminos de perdición. Nos habla del buen pastor que busca la oveja perdida. Pensamos siempre cuando escuchamos esta pequeña parábola en el pecador a quien Jesús siempre busca. Es cierto. Pero creo que tendríamos que pensar en algo más; tendríamos que pensar en lo que yo hago o en lo que yo podría hacer por los demás, en esa mano siempre tendida que tendría que saber ofrecer al otro una y otra vez para ayudarle, para caminar con él, para hacerle encontrar esa orientación que necesita, esa segunda oportunidad.
De la misma manera que el Señor siempre espera nuestra vuelta desde nuestras negruras y nuestros pecados, así tenemos que aprender a hacer nosotros por los demás. Es toda esa ayuda humana que tenemos que saber ofrecer en todo momento al otro; es ese anuncio nuevo del evangelio que tengo que realizar no solo con mis palabras, sino con mis actitudes, con mis gestos, con mi compromiso por los demás.
No nos valen pasividades; no podemos quedarnos cruzados de brazos; no podemos de ninguna manera llegar a la condena del que haya podido errar en la vida, que nosotros también cometemos muchos errores. Son las actitudes y valores nuevos del evangelio que he de vivir.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘¿Qué estáis pesando en vuestros corazones?’ pregunta Jesús, aunque El bien conocía el corazón del hombre y todo cuanto nos sucede o pensamos en nuestro interior. Pero quizá sea una buena pregunta que nos hagamos a nosotros mismos. ¿Qué es lo que realmente estamos pensando en nuestro interior?
Claramente no siempre lo manifestamos con palabras, pero sí se nos refleja en ocasiones sin querer en nuestras posturas y actitudes. Sospechamos tantas veces en nuestro interior y vienen las desconfianzas, las posturas distantes, distanciamientos o también enfrentamientos, encerrarnos en nosotros mismos o comenzar a hacer la guerra. Cuántas veces por eso sospecha que tenemos en nuestro interior ya calificamos o descalificamos a la otra persona, lo que dice o lo que hace, lo que nosotros sospechamos son sus intenciones sin saber lo que verdaderamente piensa, sino solo quizás desde nuestra malicia.
Qué bueno sería que hubiera sinceridad en nuestra vida y no estuviéramos con esas sospechas y desconfianzas. Pero quizás haya mucha malicia en nuestro corazón que tratamos de disimular endulzándole esa malicia a la otra persona. Y nosotros queremos aparecer como los buenos o los que poseemos toda la verdad.
Muchas mas cosas podríamos seguir analizando desde esa pregunta que nos hagamos si la hacemos y queremos responder a ella con sinceridad. Tratemos de quitar todos esos pensamientos turbios que  nos empequeñecen, que nos llenan de negatividad; tratemos de ser positivos, de ver las cosas con claridad y tratando de llenar de luz la vida, nuestra vida y la manera de mirar a los demás para ser capaces de pensar y de ver siempre cosas buenos en los otros. Es una manera de aceptarlos, de facilitar la relación y la convivencia, de crear armonía entre todos, de hacer de verdad un mundo mejor con sinceridad, con espíritu de colaboración, con búsqueda siempre de la paz.
Jesús quiere poner paz en nuestros corazones. Un signo de ello es el milagro que hoy contemplamos en el evangelio, que tan mal interpretado fue por aquellos fariseos llenos de desconfianzas y sospechas. Quiere Jesús valorar todo lo bueno de los demás y por eso alaba la fe y el espíritu solidario de aquellos hombres que traen el paralítico hasta Jesús y hacen todo lo posible porque llegue a sus pies a pesar de las dificultades que encuentran.
No quiere Jesús, por otra parte, que nunca nosotros seamos obstáculos para los demás, sino todo lo contrario, siempre cauces de amor y de cosas buenas, puertas abiertas para que todos por otra parte puedan llegar siempre hasta él. Qué terrible que seamos puertas cerradas para los demás que no solo no les dejemos llegar a nuestra vida, sino que seamos obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús.
Jesús no solo cura de su invalidez corporal al hombre que llevan hasta El sino que le ofrece la salud más hondo y que todos tendríamos que desear. Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida. Acojamos su perdón queriendo ofrecérselo a los demás; dejémonos regalar por su amor y empapemos nuestra vida en el amor de Dios, y todo será paz, armonía, buena convivencia alejando de todos tantas esas cosas turbias que nos invalidan y nos hacen morir por dentro.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir y en la Navidad eso ha de ser realidad para nosotros


Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir y en la Navidad eso ha de ser realidad para nosotros

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Unas lágrimas que surcan el rostro de alguien muchas veces nos dejan mudos y sin saber como reaccionar y cómo consolar; no encontramos palabras, no sabemos como acercarnos a la persona, nos sentimos como indefensos.
Sean las lagrimas de un niño o sean las lagrimas de un anciano desde su soledad; sean las lagrimas de una persona que sufre una penosa enfermedad, o de cualquiera que sea que se ve envuelto en problemas y con su corazón angustiado porque no sabe cómo afrontarlos o cómo salir adelante; serán quizá también las lágrimas que nosotros nos bebemos amargamente en nuestros problemas o desesperanzas, en la desorientación con la que caminamos en la vida sin saber qué camino coger porque todos nos parecen igual de oscuros al menos en su principio, en nuestros sufrimientos o cuando contemplamos el sufrimiento de los demás que hacemos también nuestro; o será todo ese mundo que a veces nos angustia porque contemplamos tantas cosas que hacen sufrir a las personas, o a tantos que en su maldad solo buscan su provecho o sus intereses sin importarle nada ni nadie.
Necesitamos un consuelo que sea algo más que palabras bonitas que quieran reconfortarnos pero que parece que no nos valen de nada; necesitamos un consuelo que puede ser una presencia de una mano amiga, del calor de un corazón que sabe que te quiere, de algo que te haga levantar la esperanza porque te ayuda a vislumbrar que detrás de esas oscuridades que nos ofrece la vida siempre podremos encontrar una luz.
Necesitamos reencontrarnos con la esperanza que nos dé la certeza de un mundo nuevo y mejor que podemos entre todos construir. Necesitamos la esperanza que nos haga mirar a lo alto para buscar altos ideales y mejores metas, que nos hagan encontrar un sentido espiritual a nuestras vidas, que nos ayuden a encontrar esos nuevos caminos que nos lleven a una plenitud de lo mejor de nuestra existencia.
Con el profeta en este camino de adviento encontramos una invitación al consuelo que podamos encontrar para nosotros y que aprendamos a ofrecer de la mejor manera a los demás. ‘Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén…’ Palabras que fueron dichas por el profeta en momentos en que el pueblo se sentía perdido, se creía abandonado de Dios, pesaba sobre él la culpa de su infidelidad y pecado, Vivian momentos de crisis con el pueblo roto y desterrado lejos de su patria. Y viene sobre ellos esta palabra del Señor que les habla de caminos nuevos que se abrirán incluso en el desierto y en la estepa, en que van a sentir de nuevo sobre ellos la presencia del Señor que llega a ellos con su misericordia y su perdón.
Podíamos decir que se les abrían los cielos, renacía en sus corazones una nueva esperanza porque podían llegar a comprender que Dios seguía amándoles; aparece la imagen del pastor que recoge en sus brazos a los corderos y a las ovejas, para ayudar a las más débiles, para curar a las que están heridas y enfermas, para ofrecerles a todos nuevos pastos que les alimenten.
Nosotros también escuchamos esta palabra del profeta en nuestro camino de Adviento, en este segundo domingo que nos acerca a la Navidad. Y las escuchamos desde eso que es nuestra vida, con sus sufrimientos y sus lágrimas, con sus desesperanzas y sus agobios, con sus desorientaciones y oscuridades. Tenemos que reconocer nuestra realidad y la realidad concreta que se vive en nuestra sociedad. No todo es fácil. Hay mucho sufrimiento. Muchos han perdido también las esperanzas y pareciera que para ellos no hay ningún tipo de consuelo.
La Palabra del Señor que escuchamos no son solo bonitas palabras que pudieran haber servido a hombres y mujeres de otro tiempo. En nuestra desorientación o en nuestro orgullo quizás hasta podemos pensar que son palabras de otro tiempo que hoy a nosotros ya no nos dicen nada. No nos equivoquemos. Abramos nuestro espíritu, despertemos nuestra fe, abramos los ojos para vislumbrar esa luz que el Señor nos ofrece y sepamos escuchar allá en lo hondo del corazón.
La misericordia del Señor nunca se acaba. La fuerza del espíritu del Señor en verdad puede hacer de nosotros un hombre nuevo y crear un mundo nuevo. Solo tenemos que dejarnos conducir. Con el profeta como en un eco ya más cercano contemplamos y escuchamos a Juan Bautista, el que ya inmediatamente preparó los caminos del Señor ante su inminente venida. A nosotros sus palabras también nos pueden ayudar a abrir nuestro corazón a Dios.
‘Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el jordán’. Así nos dice el evangelista para describirnos la acción del Bautista. Como decíamos antes tenemos que comenzar por reconocer nuestras oscuridades, nuestros miedos, nuestros desánimos y todo ese mundo turbio que se nos ha metido en el corazón.
Muchas veces tenemos un tesoro pero no lo vemos porque está oculto con la suciedad que lo ennegrece y parece que le quita valor. Tenemos también nosotros que purificarnos para descubrir la riqueza grande que hay en nuestro corazón y cuantas cosas podríamos realizar. Dejémonos conducir por la palabra de Juan el que venia a preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor y en nosotros también se obrará esa maravilla.
Sintamos que en verdad el Señor viene, viene a nuestra vida y nos transforma. Lo que vamos a celebrar es algo más que un recuerdo, tampoco se puede quedar en añoranzas como de ninguna manera vivirlo desde la frivolidad y la superficialidad. Celebrar la Navidad es sentir de verdad que el Señor viene para hacer de nosotros ese hombre nuevo y con nosotros hacer ese mundo nuevo. Y esto es lo que tendremos que comenzar a vislumbrar que comienza a haber en nosotros a partir de todo lo que vamos a celebrar; pero será si lo hacemos con hondura, con profundidad, con verdadero sentido.
Y sentiremos el consuelo de Dios que se nos manifestará de mil maneras y podremos ofrecer también ese consuelo a tantos que de una forma o de otra sufren en nuestro entorno. No son palabras vacías, sino que tiene que ser una realidad que vivamos en nuestra vida.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Pensemos qué tendríamos que hacer, qué podríamos hacer para que en esta navidad que vamos a vivir esté más cerca de nosotros y de nuestro mundo el Reino de Dios

Pensemos qué tendríamos que hacer, qué podríamos hacer para que en esta navidad que vamos a vivir esté más cerca de nosotros y de nuestro mundo el Reino de Dios

Isaías 30,19-21.23-26; Sal 146; Mateo 9,35–10,1.6-8

‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’. Un resumen, podríamos decir, que nos hace el evangelista de lo que era la acción de Jesús.
Cuando inició su vida pública los evangelistas nos repiten que su anuncio era el Reino de Dios. ‘Convertios, creed la buena nueva del Reino de Dios que llega’, repite una y otra vez. Ahora de nuevo el evangelista nos recuerda su anuncio. Anunciaba el Reino de Dios. ¿Cómo? Enseñaba y como un signo iba curando de toda dolencia y de todo mal.
Una Buena Noticia era lo que enseñaba, porque nos venia a decir que se iba a establecer el reino nuevo de Dios. Una Buena Noticia que sorprende y que llena de alegría los corazones, porque renace la esperanza de algo nuevo. Comienza porque reconozcamos que Dios es el único Señor de nuestra vida. Y eso exige una transformación del corazón. Y El nos iba enseñando en que habría de realizarse esa transformación.
Nuevas actitudes, nuestras posturas, nueva manera de actuar. El Reino de Dios exigía un estilo nuevo de vivir y como finalmente nos dirá dándonos su único mandamiento el amor habría de ser el fundamento de toda esa nueva manera de vivir. No cabrían los egoísmos y las injusticias, no tendría sentido la insolidaridad y todo lo que significara distanciamiento de los demás, el orgullo, las envidias, los resentimientos no tienen lugar en ese nueva modo de vivir, las apariencias, mentiras y vanidades no tendrían que ser lo que resplandeciera en nuestra vida.
Todo ese mal habría que arrancarlo de raíz de nuestra vida. Y El realizaba signos que nos manifestaban como  habría de ser esa transformación. El mal habría de ser vencido, hacerlo desaparecer de nuestro corazón y de nuestro mundo. Como una señal de ello realizaba los milagros en que los enfermos eran curados, pero todos los que tenían un mal en su vida eran sanados. Curaba todas las enfermedades y dolencias. Era una señal de su amor. Era un signo de la vida nueva que en el Reino de Dios habríamos de vivir.
Pero no era solo el anuncio que Jesús tendría que realizar sino que ese mismo anuncio, esa misma misión nos la confiaba a nosotros. ‘Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia…Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca’.
Estamos haciendo ahora el camino del Adviento. Camino que nos conduce a la Navidad que tendrá que ser algo profundo que vivamos en nuestra vida. Navidad es hacer presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Fue el nacimiento del Emmanuel, el Dios con nosotros. Pero eso  no lo vamos a hacer porque pongamos muchas luces y muchos adornos, porque hagamos copiosas comidas o porque nos regalemos muchas cosas, porque entremos en esa órbita de consumismo que se desata en estos días y nos demos por comprar y comprar muchas cosas, porque cantemos muchos villancicos o hagamos muchas fiestas.
Navidad tiene que ser algo mucho más profundo. No nos quedemos en superficialidades. Nos estamos contagiando los cristianos demasiado del espíritu del mundo. Y tenemos el peligro de olvidar el verdadero sentido de la navidad. Cuidemos que no nos pase eso. Recojamos el testigo que hoy pone Jesús en nuestras manos cuando nos envía a proclamar que el Reino de los cielos está cerca.
Pensemos un poquito qué tendríamos que hacer, qué podríamos hacer para que en esta navidad que vamos a vivir esté más cerca de nosotros y de nuestro mundo el Reino de Dios. No podemos dejar pasar una navidad más de cualquiera manera. Ya es hora que nos despertemos de ese sopor en que nos sumerge nuestro mundo cuando nos dejamos contagiar por él.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Hay a quien le cuesta entender lo gratuito; parece que por todo hay que pagar, a todo le ponemos un precio y cuando viene alguien y nos ofrece una cosa valiosa de forma gratuita nos extraña. Y el que recibe algo gratuito algunas veces  no sabe qué hacer, de alguna manera se siente turbado porque no termina de entender que haya alguien tan generoso que venga a ofrecerle un regalo, él que quizá nunca le ha dado nada a nadie.
Parece como que si nos regalan nosotros tenemos también que regalar o que nadie nos va a regalar nada si antes nosotros no le habíamos regalado algo. Pueden ser cosas valiosas, objetos de valor, cosas por las que sentimos gran aprecio y para nosotros tiene un valor mas allá de una cuantía material, o pueden ser favores o servicios que le hagamos a la otra persona, un detalle que no tiene que ser valioso en lo material pero que queremos tener u ofrecerle a la otra persona.
Como decíamos se siente turbada la persona que lo recibe porque se ve sorprendida, no se siente merecedora, o no cree que haya hecho nada para que le puedan tener en cuenta. Y eso es lo valioso de lo gratuito; damos algo gratuitamente porque hay generosidad en nuestro corazón, porque sentimos aprecio por la persona con la que compartimos, o porque queremos tener una muestra de nuestro amor.
Hay una palabra que en el lenguaje cristiano y religioso empleamos con mucha frecuencia, pero no sé si llegamos a caer en la cuenta de todo su significado; es más, algunas veces parece como si la despojáramos de su sentido espiritual y la cosificamos. La palabra es ‘gracia’. Decimos la gracia de Dios y parece como si fuera una cosa que ahí conservamos en nosotros, no se donde, pero que no llegamos a captar todo el sentido maravilloso que tiene esa palabra.
Hablamos de gracia y tendríamos que estar pensando en el amor gratuito de Dios. El amor de Dios es gratuito, es un regalo de Dios que en su amor nos inunda con su presencia. Ya tendríamos que recordar aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros amemos a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Sí, Dios nos amó primero, no porque nosotros lo mereciéramos sino porque El que nos ha creado nos regala para siempre su amor con una generosidad, como es la de Dios, infinita.
Es todo lo que consideró María, y por lo que se sentía turbada como dice el evangelio, cuando recibió la visita del Ángel en Nazaret. Allí estaba ella experimentando ese amor gratuito de Dios que piensa en ella y la elige desde toda la eternidad porque la quería hacer su Madre. Con razón la llama el ángel ‘la llena de gracia’. Y como si no se llegara a entender todo lo que quiere decir el ángel con estas palabras, luego le dice que ha encontrado gracia ante Dios, Dios la ha mirado y la ha mirado con una mirada especial. ‘El Señor está contigo’, le dice. Y si Dios está en María ella se siente envuelta en esa presencia de Dios, en ese amor de Dios.
Es en lo que quiero fijarme hoy de manera especial cuando estamos celebrando esta fiesta tan hermosa de María. La estamos proclamando Inmaculada, toda limpia, toda pura, toda llena de gracia, toda llena de la presencia de Dios desde el primer instante de su Concepción.
Decíamos que Dios había pensado en María y la había escogido desde toda la eternidad, había vuelto su mirada sobre ella y la había inundado de su presencia porque en ella había de encarnarse el Hijo de Dios. No podía haber en ella mácula de pecado porque estaba llena de Dios. Así la llamamos Inmaculada, Inmaculada en su Concepción, desde el primer instante en que fue concebida fue preservada por esa gracia de Dios, por es presencia de Dios incluso del pecado original con el que todos nacemos.
Por eso la contemplamos así resplandeciente y llena de luz y de gracia; por eso nos queremos gozar en esta fiesta tan hermosa que tanto nos dice y tanto gozo nos produce porque todo hijo se goza en su madre, en las alegrías de su madre. Con ella de manera especial nos sentimos unidos en esta fiesta, como no puede ser menos. Porque María es la Aurora de la Salvación; su concepción y su nacimiento fue el inicio de un camino que nos traería la salvación, porque de ella había de nacer Jesús que es nuestro Salvador.
Hace unos días tras una breve consideración que en las redes sociales se hacia de la presencia de María en la vida del cristiano y como habíamos de aprender de ella a hacer este camino de Adviento que nos lleva a la navidad, alguien me comentaba que no teníamos que adorar a María porque no es Dios y nuestro único Salvador es Jesús. No sé de donde aquella persona sacó el que estuviéramos diciendo que había que adorar a María y que ella fuera nuestra salvación.
Algunas veces hay quien quiere hacernos decir cosas que no decimos y que ellos por principio parece que siempre quieren rechazarnos en lo que es la devoción que los cristianos le tenemos a María. A María, es cierto, nunca la adoramos porque bien sabemos que no es Dios. Y tenemos muy claro que nuestro único salvador es Jesús porque no hay otro nombre en quien se nos de la salvación. Pero los cristianos amamos a María porque es la Madre del Señor y El nos la ha querido dejar como Madre; y de ella como buenos hijos queremos aprender, queremos imitarla porque es el más hermoso ejemplo de santidad para nosotros que nos acerca a Jesús.
Si hoy la contemplamos llena de gracia porque así Dios ha querido volver su rostro sobre ella para inundarla de su presencia, tenemos que pensar también cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y también nos quiere inundar con su presencia y su gracia. No sabemos muchas veces corresponder a esa maravilla de la gracia de Dios en nosotros y por eso acudimos a María, para aprender de ella en esa acogida a la presencia de Dios, y para que como madre nos ayude a que sepamos dar esa respuesta. ¿No acuden siempre los hijos a su madre para pedirles su presencia y su ayuda en sus problemas o sus necesidades? Y ahí siempre estará la presencia de la madre junto a sus hijos. Así María con nosotros, así nosotros acudimos también a María.
Que también nosotros sepamos llenarnos de la gracia de Dios; que aprendamos a sentirnos inundándoos por su presencia y así nuestra vida será santa.


jueves, 7 de diciembre de 2017

Cuando escuches la Palabra de Dios detente un momento y haz silencio para captar de verdad y fijar en tu vida el mensaje que el Señor quiere trasmitirnos a través de su Palabra

Cuando escuches la Palabra de Dios detente un momento y haz silencio para captar de verdad y fijar en tu vida el mensaje que el Señor quiere trasmitirnos a través de su Palabra

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Palabras, palabras, palabras… somos muy dados a las palabras. Sabemos decir cosas bonitas, nos hacemos hermosos planteamientos, prometemos y prometemos que haríamos tantas cosas buenas, pero palabras, palabras, palabras. Nos sucede tantas veces. Nos puede suceder a todos. Es una tentación constante de quedarnos solamente en palabras pero a la hora de la acción ya nos cuesta mas, ya no vemos las cosas tan bonitas, ya no somos capaces de ser constantes para realizar lo que nos habíamos planteado, las promesas se desvanecen como humo.
Pudiera parecer exagerado todo esto que estoy diciendo, pero analicemos bien nuestra vida y veamos en qué parte estamos haciendo así tantas veces. Se nos queda todo en sueño que traducimos en palabras pero que no somos capaces de llevarlo a la práctica. Es bueno soñar y prometernos muchas cosas buenas, pero bajemos a la realidad de la vida y vayamos poniendo en práctica todo eso que pensamos y deseamos para que no se queden en vanos propósitos y nada más.
Hoy Jesús en el evangelio nos esta planteando que seamos serios en su seguimiento. No podemos quedarnos embelesados al oír lo que El nos va diciendo, admirando la belleza de sus palabras y planteamientos. Tenemos que escuchar de verdad, y escuchar de verdad es llegar a plantar todo eso en nuestro corazón para hacerlo vida nuestra. No nos quedemos en admirar lo hermoso y nutritivo que pueda ser un determinado plato de comida, sino comámoslo para que nos nutra, para que nos alimente y se transforme en energía de nuestra vida.
Nos habla Jesús de aquellos que dicen una y otra vez, ‘¡Señor! ¡Señor!’ pero pronto olvidan ese reconocimiento que han hecho con sus palabras porque en su vida no están reconociendo que El es el Señor de nuestra vida, porque no hacemos lo que nos enseña, no seguimos el camino que nos plantea.
Y nos habla del insensato que edifica su casa sobre arena y del hombre sabio y prudente que busca buenos cimientos sobre roca en los que asentar su casa. Esa Roca es el Señor, como tantas veces repetimos en los salmos, y el cimiento de verdad de nuestra vida es su Palabra. Esa Palabra que escuchamos y que llevamos a la vida; esa Palabra que no nos deja impasibles sino que transforma nuestra vida; esa Palabra que es la Luz que nos señala caminos y que llevaremos siempre junto a nosotros para no perdernos en la oscuridad.
¡Qué importancia más grande tendríamos que darle a la Palabra de Dios en nuestra vida! Con qué atención tendríamos que escucharla, porque muchas veces el sonido de las palabras llega a nuestros oídos, pero no se transforma en vida en nuestro corazón. Nos sucede cuando la leemos personalmente porque tomamos la Biblia en nuestras manos y la leemos queriendo alimentar nuestra vida; o nos puede suceder cuando la escuchamos en la celebración litúrgica. Cuantas veces nos sucede que termina nuestra celebración, volvemos a nuestros quehaceres y si te preguntan qué te dijo de especial hoy la Palabra que escuchaste quizás no sabemos responder, no sabemos dar una idea de aquello que debería haber llegado a nuestro corazón.
Tratemos de hacer silencio en nosotros después de escucharla; no nos apresuremos a comenzar nuestras reflexiones o a seguir con otras cosas de inmediato. Sepamos hacer una parada, un silencio, un detenernos a ver qué nos ha dicho el Señor en su Palabra. Un minuto de silencio que resuma, que fije claramente el mensaje del Señor que hemos recibido, porque será el principio de que lo sigamos recordando y de que comencemos a ponerlo en la practica. No estaremos edificando el edificio sobre arena sino sobre el verdadero cimiento de la roca. Estaremos sintonizando muy bien con la voluntad de Dio para nosotros. Será un buen propósito en este camino de Adviento.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

También con nuestra limitaciones y debilidades, que tenemos que reconocer, con las limitaciones de nuestras rutinas y nuestros miedos esperamos a Jesús, queremos encontrarnos con Jesús que viene a transformar nuestros corazones

También con nuestra limitaciones y debilidades, que tenemos que reconocer, con las limitaciones de nuestras rutinas y nuestros miedos esperamos a Jesús, queremos encontrarnos con Jesús que viene a transformar nuestros corazones

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

No siempre es fácil reconocer nuestras limitaciones; para algunos les resulta una humillación; y aquello que está muy palpable en su vida les cuesta reconocerlo ante los demás; nos queremos manifestar perfectos, sin debilidades, que no vayan a reconocer nuestro talón de Aquiles, pensamos y actuamos en consecuencia muchas veces. Pero en el fondo aunque en nuestro orgullo no seamos capaces de decirlo o reconocerlo nos damos cuenta de que no podemos llegar a todo, que hay cosas en las que nos sentimos limitados, que tendríamos que reconocerlo y pedir ayuda.
Ocultamos limitaciones físicas que podamos tener, no queremos reconocer que somos unos disminuidos en algo, porque quizá no oímos bien, porque ya nuestros ojos tienen una visión limitada, porque quizá los dolores nos molestan en nuestras articulaciones y no queremos llevar un bastón, pero peor es cuando nuestras limitaciones o debilidades sobrepasan lo físico y entramos en lo espiritual o en nuestra manera de ser o de reaccionar, por nuestro temperamento o porque nos hayamos hecho orgullosos y no soportamos a todos de la misma manera y se nos haga difícil el convivir con los demás.
Así como si no reconocemos las limitaciones físicas no vamos a encontrar un remedio – una muleta para nuestra cojera, por ejemplo – de la misma manera en el otro ámbito de la persona no podremos avanzar y crecer humanamente si no sabemos contar con nuestras limitaciones para partir de ahí en el ejercicio de nuestra superación. Hay cegueras en el espíritu, cojeras en el alma, actitudes o posturas negativas de nuestra vida que tenemos que saber reconocer si en verdad queremos ser mejores y llegar a una mayor plenitud de vida.
En el evangelio hoy escuchamos cómo las multitudes acuden a Jesús. Pero acuden como son, con sus necesidades, con sus limitaciones, con sus carencias, con sus enfermedades y debilidades de todo tipo, con su pobreza. Nos hace una descripción el evangelista de toda aquella gente con la que se encontró Jesús cuando desembarco en aquel lugar. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba’. Y nos dice el evangelista que Jesús sintió lastima de toda aquella gente; allí estaba su corazón misericordioso y compasivo. No puede permitir que toda aquella gente tenga que volver a sus casas sin comer, porque están en descampado, no hay donde poder comprar comida, llevan muchos días buscando a Jesús y sus provisiones se han terminado.
Y Jesús que siente compasión en su corazón quiere movernos a nosotros a la compasión y al amor. Les dice a los discípulos que les den de comer. No saben que hacer porque ellos también se sienten limitados, solo podrán ofrecer siete panes y unos peces, pero qué es eso para tantos. Pero cuando hay amor, como se suele decir donde comen dos comen tres. La disponibilidad para compartir obrará el milagro. Allí está Jesús el que cura a los enfermos, el que pone remedio a nuestras necesidades, el que nos dará fuerza para que salgamos de nuestra situación y seamos capaces de ponernos en camino aunque nos sintamos débiles. Aquella gente come pan en abundancia, porque allí está Jesús. Aquella gente no solo come pan en abundancia porque se ha realizado el milagro, sino porque con Jesús se sentirá transformada.
Es bueno que pensemos en eso en este camino de adviento que estamos haciendo. También con nuestras limitaciones y debilidades que tenemos que reconocer esperamos a Jesús, queremos encontrarnos con Jesús. También con las limitaciones de nuestras rutinas y nuestros miedos – tenemos que saberlo reconocer – esperamos a Jesús que viene a transformar nuestros corazones. Pero tenemos nosotros que querer que Jesús nos transforme porque reconocemos nuestra pobreza.
Se tiene que realizar el milagro de la navidad. No es solo la fiesta de un día o de unos días en que parece que todos nos queremos, sino el milagro de que comencemos a querernos más y no solo un día, en que prolonguemos de verdad esa alegría de la navidad más allá de una fechas, porque vamos a sentir a Jesús siempre con nosotros, porque se van a multiplicar esos pocos panes de nuestros valores y vamos a querer transformar de verdad nuestro mundo.
No podemos hacer una navidad más, una navidad cualquiera, pero ahora tenemos que vivir un adviento nuevo y distinto. Es en lo que tenemos que poner todo nuestro empeño.

martes, 5 de diciembre de 2017

Los pobres son evangelizados es una de las características del Reino de Dios, porque los que se vacían de si mismos y sus orgullos son los que mejor se abren a Dios y se dejan inundar de su paz y de su amor

Los pobres son evangelizados es una de las características del Reino de Dios, porque los que se vacían de si mismos y sus orgullos son los que mejor se abren a Dios y se dejan inundar de su paz y de su amor

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Más de una vez nos hemos visto sorprendido cuando hemos escuchado palabras llenas de sabiduría de una persona sencilla, aparentemente sin mayor cultura – al menos como entendemos muchas veces la cultura – de la que no esperábamos que nos dijera cosas tan hermosas y tan llenas de sensatez y sabiduría. Quizá expresiones así, sentencias para la vida, descripción certera de la realidad y consejos de una forma sensata de actuar las hubiéramos esperado de personas a las que consideramos habitualmente cultas, preparadas en ciencias o filosofías, pero nunca de unas personas sencillas así. Es la abuela que nos da un consejo, es el hombre sencillo del campo que nos hace pensar con sus reflexiones, es la persona humilde pero que quizá con una palabra nos resume grandes pensamientos.
No quitamos valor a las personas que con sus estudios y formación académica pueden llegar a darnos grandes principios o hermosas visiones de la vida desde su pensamiento filosófico y de una cultura que bien han cultivado, pero sí hemos de saber valorar a quienes de forma humilde y sencilla han sido capaces de desarrollar en su mente grandes pensamientos y han sabido reflexionar sobre la vida para darnos esos sabios pensamientos, fruto de esa mirada profunda que con sencillez han sabido ir haciendo de la vida. Han sabido estar abiertos en su pensamiento a grandes cosas que han sabido rumiar en el silencio de su corazón.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que no son los que se creen sabios y entendidos los que mejor pueden llegar a admirar y comprender el misterio de Dios; que solo los de corazón humilde y sencillo saben abrir su corazón a Dios y reciben su revelación porque Dios se goza en los sencillos y en los humildes. Algunos en su prepotencia querrán despreciar por ignorantes a los que viven con profundidad su experiencia religiosa de Dios y tratarán de convencernos de que quizá sean inútiles todas nuestras expresiones religiosas. Mucho de esto nos vamos encontrando cada vez en la vida, pero no hemos de temer ni sentirnos humillados por eso, sino todo lo contrario vivir esa sabiduría de Dios que en la sencillez y humildad de nuestro corazón así se nos manifiesta y nos llena de plenitud.
Los pobres son evangelizados es una de las características de la llegada del Reino de Dios, y es que los que se sienten vacíos de si mismos, de sus orgullos o de la posesión de lo que muchos se piensan que son sus riquezas, es la mejor manera de abrirnos a Dios, sentir su presencia, dejándonos inundar de su paz y de su amor. Son los que mejor pueden saborear mejor lo que es la paz que se siente cuando nos llenamos de Dios. Y aunque la presencia de Dios nos inquieta porque siempre nos abre caminos a darnos con mayor amor, la satisfacción que sentimos cuando somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para darnos por demás nos da una paz bien profunda que es algo que nadie nos podrá arrebatar.
Hagamos este camino que estamos iniciando del Adviento desde esos presupuestos de nuestra pobreza, desde la humildad y la sencillez abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. De esa pobreza nuestra que pudiera parecer un tronco reseco y sin vida va un surgir un renuevo que florecerá en una vida nueva y distinta que podrá alegrar muchos corazones. Aprenderemos a saborear lo que es el amor y haremos gusta de esa dulzura del amor a los demás a través de nuestro servicio, nuestro desprendimiento, nuestra generosidad, nuestra humildad y quienes estén a nuestro lado se van a sentir cada vez más a gusto, porque repartiremos amor y haremos gustar a todos lo que es el amor verdadero.

lunes, 4 de diciembre de 2017

‘Voy yo a curarlo’, dice Jesús y viene a nosotros con su salvación enseñándonos a ir también nosotros a los demás para compartir nuestro amor

‘Voy yo a curarlo’, dice Jesús y viene a nosotros con su salvación enseñándonos a ir también nosotros a los demás para compartir nuestro amor

Isaías 2,1-5; Sal 121; Mateo 8,5-11

Quizá alguna vez hayamos recibido la llamada de un amigo que nos preguntaba cómo hacer una cosa, o resolver un problema que se le presentaba en su casa o quizá en su lugar de trabajo; en lugar de ponernos a explicarle por teléfono como tenía que hacerlo o resolver aquel problema, nos ofrecimos a acercarnos a su casa o lugar donde se encontrara para ayudarle mejor o ante la situación concreta decirle como mejor resolver tal problema; la reacción del amigo quizá fue decirnos que no era necesario que nos molestáramos en ir, que era suficiente con la explicación o las palabras que le dijéramos y que confiaba que solo de palabra a través de aquel medio nos explicáramos bien, él llegara a entendernos y así sin molestarnos resolver el problema.
Algo así, pero en un sentido mucho más sublime de lo que nosotros podamos hacer, es lo que nos cuenta hoy el evangelio. Un hombre que tiene un problema, tiene un criado enfermo; es un centurión que por su condición militar podríamos decir que es importante. Sabe que en Jesús puede estar la solución, curar a su criado enfermo. Según el relato del evangelista que escuchemos, o bien se vale de personas que le aprecian o bien va directamente a Jesús buscando que se cure su criado a quien aprecia mucho.
Pero la reacción de Jesús es querer ir a su casa a curar al muchacho enfermo. ‘Voy yo a curarlo’. Y es cuando aparece la grandeza de aquel hombre que se muestra humilde y confiado ante Jesús; no se siente digno de que Jesús vaya a su casa, pero tiene una fe muy grande en la palabra poderosa de Jesús. ‘Basta que lo digas de palabra’.
Jesús se admira de la fe y de la humildad de aquel hombre. Alabará su fe. ‘No he encontrado en Israel tanta fe’. Aquel hombre es un pagano. Y el milagro de salvación se realiza, el criado quedará sano.
En estos momentos en que estamos casi comenzando el adviento, también nosotros escuchamos lo que es la voluntad del Señor. ‘Voy yo a curarlo’. Viene el Señor y viene con su salvación. Somos nosotros, es nuestro mundo ese criado enfermo; necesitamos también la salvación. Queremos la gracia salvadora de Jesús, y por eso estamos iniciando este tiempo en la espera del Señor. Y el Señor viene – ‘voy yo a curarlo’ – porque es Emmanuel, porque es Dios con nosotros, y lo vamos a contemplar en Jesús, que se acerca a nuestra vida, a nuestro mundo concreto con los problemas concretos que vivimos cada día, con nuestra situación pecado, con nuestras desesperanzas y nuestras negruras, con nuestras debilidades y nuestros cansancios.
Tengamos la humildad de reconocer que necesitamos la salvación, de ver lo que es la realidad de nuestra vida concreta, lo que son esos tumbos que vamos dando de un lado para otro sin saber muchas veces qué rumbo tomar, porque son tantos los cantos de sirena que escuchamos por todos lados y que nos quieren atraer. Hagamos un verdadero adviento, porque haya mucha esperanza en nosotros, pero para creer en la Palabra de Jesús, para aceptar el camino que nos señala, para que nos alegremos porque vivamos su verdadera salvación.
El profeta anunciaba días de salvación, en el primer texto que escuchamos hoy, y como todo se va a transformar. ‘De las espadas forjarán arados, y de las lanzas podaderas’. No más armas de violencia, no más actitudes duras en nuestra vida, no más intransigencias ni condenas, no más intolerancia ni resentimientos; que lo que vayamos haciendo en nuestra vida sea siempre constructivo, sea una verdadera siembra de amor, busquemos siempre el dialogo y el entendimiento, desterremos enfrentamientos y violencias, estemos abiertos siempre al amor, a la comprensión y la misericordia. Estemos siempre a ir al encuentro del otro para compartir nuestro amor, hay mil formas de hacerlo.