viernes, 4 de septiembre de 2015

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Uno que es mayor no entiende mucho de las modas de hoy cuando ve a los jóvenes que por moda o snobismo utilizan esos pantalones rotos adrede, que incluso ya se compran así en la tienda o llena de remiendos. Como digo, ya uno va siendo mayor, y recuerda en su niñez aquellos años difíciles en que con los retazos de los pantalones del padre o del hermano mayor se hacían los pantalones del hijo mejor, o cuando no quedaba más remedio ver a nuestras madres poniendo remiendos en el pantalón o la camisa en la que habíamos hecho un siete, un roto; sentíamos un cierto pudor el ponernos una ropa así pero no nos quedaba más remedio que utilizar el remiendo, y valga el juego de palabras. ¿Esas nuevas modas podrían ser un síntoma de ese nuevo sentido de vivir del hoy de nuestro mundo?
Pero yo diría que lo malo no son los remiendos que podamos hacernos por necesidad o por capricho en la ropa que llevemos puesta, sino que la vida misma esté llena de remiendos. Y creo que todos nos entendemos. Es cierto que no somos buenos, o al menos dejamos meterse muchas cosas que no son tan buenas en nuestra vida. La persona que quiere crecer en lo humano y en lo espiritual trata de corregir, de arrancarse de esas malas costumbres o de esas cosas malas que se nos van apegando en la vida. No podemos andar con remiendos, con parches sino que hemos de hacer una transformación radical de nuestra vida.
Y es cierto también que nos cuesta, aunque también es cierto que tenemos el peligro de no poner todo nuestro empeño y esfuerzo en transformar nuestra vida; nos consentimos esto por aquí, aquello otro por allá; decimos que son cosas menores que no tienen importancia, pero bien sabemos que así no avanzaremos de verdad en ese crecimiento de nuestra vida; bien sabemos que las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz, porque si dejemos la más mínima raíz aquello volverá a brotar en nosotros.
De eso quiere hablarnos Jesús hoy, es la imagen que nos propone. Recordemos que en su anuncio en la sinagoga de Nazaret con aquel texto de Isaías hablaba de una amnistía, de un año de gracia del Señor. Era un anuncio de una vida nueva, de una renovación total; por eso nos decía que venía a traernos la liberación, y que todo lo malo había de ser transformado. Nos habla Jesús de un mundo nuevo y de una vida nueva. Quien ha sido liberado ya no querrá llevar jamás cadenas de nuevo. No querrá caer de nuevo en la esclavitud. Por eso no nos valen los remiendos, sino que todo ha de ser transformado para vivir una vida nueva. Es la necesaria radicalidad en el seguimiento de Jesús. Pero cuánto nos cuesta.
Es la novedad del evangelio que nos hace hombres nuevos. Y eso tenemos que traducirlo en el día a día de nuestra vida, en las cosas que hacemos y que vivimos. Eso tenemos que traducirlo en ese nuevo sentido de vivir, de encontrarme con los demás, de nuestra relación con Dios, de nuestro sentido de comunión, de nuestro vivir en Iglesia. Cuántas cosas tenemos que transformar en nosotros mismos, para que luego logremos esa transformación de nuestro mundo. Pero esto hemos de vivirlo de una forma radical. Mucho podríamos decir también de esa Iglesia nueva que hemos de vivir que manifieste verdaderamente el rostro misericordioso de Cristo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

El Señor sigue contando con nosotros aunque nos sintamos indignos para que lancemos las redes del Reino en nuevos mares que se abran ante nuestra vida

El Señor sigue contando con nosotros aunque nos sintamos indignos para que lancemos las redes del Reino en nuevos mares que se abran ante nuestra vida

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Unas barcas, unas redes, unos pescadores en sus faenas, el lago de Tiberíades, las gentes que se agolpan ansiosas de escuchar al nuevo profeta, Jesús que les enseña sentado desde la barca, una invitación a hacer nuevas pescas. Es el cuadro que nos ofrece el evangelio.
Había enseñado Jesús en la sinagoga pero ahora viene al encuentro de la gente, allí donde realizan sus tareas, allí donde la gente hace su vida; en la orilla del lago, donde llegan los pescadores ofrecen lo recogido en la pesca y repasan sus redes para nuevas tareas; allí donde la gente se reúne, charla y comparte. Son muchos los que ante la fama de las palabras y obras de Jesús vienen a estar con El y escucharle. Son tantos que será necesario encontrar un lugar desde el que todos puedan verle y oír su Palabra. Necesitará de la barca Pedro y Jesús quiere contar con su colaboración.
Es el anuncio del Reino que ha de plantarse allí donde la gente hace su vida, en lo que es la vida de cada día porque el Reino de Dios que Jesús anuncia no está lejos de la vida de los hombres, porque está dentro de nosotros y en nuestra vida de cada día se ha de manifestar. Así llega Jesús hasta nosotros, así viene a hacerse presente en nuestra vida, así se ha de construir el Reino en este mundo en el que vivimos.
Pero Jesús quiere enseñarnos algo más. No nos quedamos en lo de siempre sino que tenemos que abrir fronteras nuevas. Aunque sean diversas las cosas o aunque nos parezca que es imposible lograrlo. Es necesaria una apertura y una disponibilidad para dejarse conducir hacia nuevas pescas, aunque nos pareciera que en aquel mar ya no hay nada que pescar.
Es lo que Jesús le pide a Pedro y los primeros discípulos. Hay que remar mar adentro y echar de nuevo las redes para pescar. Aunque otras veces no hayamos podido hacer nada. Pedro sabía de aquellas aguas y de lo infructuosa que había sido la noche anterior, pero se dejó conducir por el corazón que le hacia confiar en la palabra de Jesús aunque su cabeza le dijera que allí no había nada que hacer. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Es en el nombre de Jesús, confiando en su Palabra, aunque el no supiera cómo se iba a lograr algo.
Y la redada de peces fue grande. Fue necesario pedir ayuda a los compañeros de las otras barcas. Pero aquella pequeña o grande llama de fe que había en su corazón le despertó a cosas más grandes. Se sintió pequeño y pecador, indigno de estar en la presencia de Jesús y de ser su colaborador. ‘Apártate de mi, Señor, que soy un pecador’. Pero Jesús quería seguir contando con él. Sigue confiando. No temas; desde ahora serás pescador de hombres’.
Jesús cuenta con nosotros. Es necesario que le demos el sí de nuestra confianza, de nuestra fe y nos dejemos guiar. Anchos mares se abren ante nosotros donde también hemos de seguir haciendo el anuncio del Reino, donde tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Nos sentiremos pequeños, incapaces, indignos, pecadores pero el Señor sigue contando contigo y conmigo. No sabemos en algún momento donde estará ese campo donde sembrar la semilla. Confiemos y dejémonos guiar porque El abrirá nuevos horizontes a nuestra vida. Estemos atentos a su voz.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4,38-44

Hay encuentros en la vida que nos producen gran impacto y, podíamos decir, que dejan marcada la vida para siempre. Momentos especiales que son como un toque interior que nos despertara para ver la realidad de forma distinta y a partir de entonces parece que ya no todo es igual ni lo vemos de la misma manera.
Es lo que sucedió en Galilea con la aparición de Jesús en medio de ellos con su palabra, con sus signos, con sus llamadas que iban produciendo gran impacto en la gente que se iba encontrando con El de forma que comenzaban a pensar distinto, a ver la realidad de las cosas y de la vida con una nueva visión y que les hacía sentirse atraídos por Jesús para seguirle para ir a donde fuera El. Así tendría que sucedernos en nuestro interior y en toda nuestra vida si vivimos con intensidad nuestro encuentro con El.
Lo vemos hoy en el evangelio. Jesús se había presentado en la sinagoga de Nazaret, pero ahora viene a Cafarnaún y también enseña en la sinagoga; allí no solo es el anuncio que hace con sus palabras del Reino nuevo de Dios, sino los signos que realiza. La gente se siente impactada porque nadie ha hablado como El ni ha realizado los signos que Jesús hacía. Y comienzan nuevas actitudes y nuevas posturas ante la vida.
Encontrarnos con Jesús nos lleva a que también deseemos que los demás se encuentren con El, y si en Jesús hemos encontrado una luz que nos da vida, queremos también que esa luz llegue a los demás. Lo vemos en distintos lugares del evangelio en que quienes se han encontrado con Jesús lo comunican a los demás, pero hoy vemos que lo llevan a casa de Simón porque la suegra de Simón está en cama con fiebre y quieren que Jesús llegue hasta allí. Primera reacción llevar a Jesús a los demás o que los demás se encuentren también con Jesús.
Pero el sentirnos transformados por Cristo con su vida y su salvación nos lleva también a unas nuevas actitudes de servicio. La suegra de Simón al sentirse curada por Jesús se levantó y se puso a servirles. Una reacción importante es la de sentir que hemos de ser servidores de los demás.
Será lo que vemos con la gente que con esa misma fe y actitud nueva se convierten en servidores de los demás, trayéndolos hasta Jesús para que la salvación de Jesús pueda llegar a todos los sufren. ‘Los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban’.
Pero fundamentalmente ese encuentro con Jesús va a despertar en nosotros la verdadera fe. Es lo importante. No es solo sentirnos deslumbrados por su luz, por su actuar, por sus palabras, sino comenzar a creer en Jesús más allá incluso de los milagros que podamos contemplar reconociendo que Jesús es el Hijo de Dios. ‘De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’.
Y Jesús marcha a otros lugares porque también en los otros sitios se ha de anunciar el Reino de Dios. La gente intentaba retenerlo porque querían estar siempre con Jesús. Es el deseo y el gozo que sentimos cuando hemos descubierto algo grande, cuando nos hemos encontrado con alguien que ha llenado nuestra vida.
Queremos quedarnos con El, queremos que El se quede con nosotros como si fuera solo para nosotros. Tenemos la tentación de volvernos acaparadores; nos pasa muchas veces en la vida, en la amistad que tengamos con los demás, como si fuéramos únicos. Pero tenemos que compartir, tenemos que dejar que Jesús llegue a los demás; es más, tenemos que nosotros poner todo lo que sea de nuestra parte para que los demás también puedan llenarse de esa luz, puedan disfrutar del encuentro con Jesús.

martes, 1 de septiembre de 2015

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Bajó Jesús a Cafarnaún, ayer lo contemplábamos en la sinagoga de Nazaret, y allí en la sinagoga enseñaba a las gentes los sábados. Aquella nueva forma de enseñar llenaba a todos de admiración. Las noticias corrían de boca en boca y acudían a escucharle y a ver las obras que hacía. Porque hablaba con autoridad.
Había comenzado Jesús anunciando la llegada del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret, como una presentación programática, había dicho cuales eran las señales del Reino de Dios. Comenzaba un mundo nuevo en que todos nos veríamos liberados de esclavitudes y opresiones, empezando por lo más hondo de nosotros mismos. La liberación de las limitaciones corporales era signo de esa liberación interior que hay que hacer en nuestro interior. Con un corazón renovado nuestro mundo será distinto. No comenzamos desde fuera sino desde dentro del corazón del hombre. El mundo había de ser renovado para hacer desaparecer todo mal porque además llegaba el perdón de Dios.
Ahora contemplamos cómo esas señales se van realizando en Jesús. Es la fuerza de su Palabra con la que anuncia de una manera nueva el Reino de Dios. Pero es también ese mal que va siendo vencido, por mucha resistencia que opongamos. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo y al ver y escuchar a Jesús se pone a la defensiva, quiere rechazar la acción de Jesús. Pero allí está el poder de Dios que manifiesta su soberanía sobre todo. El espíritu inmundo es arrojado de aquel hombre. Allí donde está Jesús siempre vence el bien sobre el mal.
Escuchamos también nosotros a Jesús. Cada día dejamos que su Palabra se vaya plantando en nuestro corazón y hemos de sentir paso a paso esa renovación que ha de irse produciendo en nosotros. Hemos de ir dando señales de ese Reinado de Dios en nuestra vida, porque con nuestra vida, con nuestros actos, con nuestros gestos vamos dando señales de esa presencia de Dios en nosotros.
Pero si decíamos antes que allí donde está Jesús el bien vence el mal, tendríamos que decir también que allí donde está un cristiano siempre tiene que vencer el bien, la bondad, la verdad, la justicia. No podemos dejar que el mal se apodere de nuestro mundo; hemos de ir sembrando siempre la buena semilla; hemos de ir llenando día a día nuestro mundo de más amor, de mayor justicia, de una paz más profunda en todos los corazones y en las relaciones entre unos y otros; no podemos dejar que la mentira, la falsedad, la hipocresía, la vanidad se apoderen de nuestro mundo.
Es nuestra tarea porque somos otros cristos, porque para eso hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Preocupémonos de sembrar cada día esa buena semilla en nuestro corazón y en aquellos que nos rodean y así iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 31 de agosto de 2015

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

Tes. 4, 13-17; Sal. ; Lucas, 4,16-30

 ‘No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza’. No podemos ser hombres sin esperanza. Este texto lo hemos escuchado y meditado muchas veces. Es de la carta de san Pablo a los Tesalonicenses; está hablando de los últimos tiempos, pero también del sentido de la muerte para el cristiano, pero creo que tendría que ayudarnos a reflexionar para todos los sentidos de nuestra vida.
‘Lo último que se pierde es la esperanza’, es un dicho que se suele repetir en medio de los agobios y problemas que nos va ofreciendo la vida. Pero, ¿qué esperanza tenemos? ¿vivimos con esperanza? Algunos parece que ya han perdido lo ultimo que les quedaba porque han perdido la esperanza.
Hablamos de la esperanza y de la trascendencia de nuestra vida. Los cristianos pensamos en el más allá y en la vida eterna; ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza en el Señor, fiándonos de su Palabra. Aunque quizá muchos que se llaman cristianos han perdido ese sentido de trascendencia y en lo menos que piensan es en la vida eterna, absortos solo en este mundo terreno. Hemos pedido un sentido espiritual de la vida y nos hemos materializado demasiado. Ya no le damos autentico sentido de esperanza a nuestra vida.
Necesitamos de esa virtud, necesitamos de ejercitar la esperanza en nuestra vida en esas cosas concretas que vivimos en cada momento en el sentido más humano. Esperamos porque confiamos; confiamos en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras cualidades; como tenemos que aprender a confiar en los demás, a valorar a los otros, sentir que ellos también son capaces pero no solo sentirlo nosotros sino hacérselo sentir a los demás; confiamos en la posibilidades que tiene nuestro mundo porque no podemos ser derrotistas sino que en esa confianza tenemos la esperanza de que las cosas pueden cambiar, pueden mejorar, podemos salir de ese túnel oscuro en el que a veces parece que estamos metidos.
Si no tenemos confianza, si no esperamos nada de nosotros mismos ni de los demás, nuestra vida se hace oscura y difícil; es difícil andar entre tinieblas y así vamos caminando cuando hemos perdido la esperanza. Por eso tenemos que aprender a confiar y a tener esperanza.
Y como creyentes en medio de toda esa esperanza humana sentimos la presencia de Dios, del Dios que ha venido hasta nosotros para ayudarnos a hacer un mundo nuevo. Hoy en el evangelio hemos escuchado la proclama que Jesús hace de su misión allí en la sinagoga de Nazaret leyendo aquel texto de Isaías.
Las cegueras y oscuridades pueden desaparecer de la vida; esas imposibilidades que nos limitan y nos impiden caminar con autonomía y libertad van a desaparecer; aquellas negruras que nos corroen el alma cuando hemos dejado meter el mal dentro de nosotros se van a transformar en luz. Es lo que nos anuncia Jesús con su presencia y nos dice ‘esta escritura que acabáis de hoy se cumple hoy’. Ahí tenemos a Jesús nuestro liberador, nuestro redentor, el que nos llena de su gracia. Viene a proclamar la amnistía y la liberación con el año de gracia del Señor.
Para eso murió y resucitó. Por eso nos decía san Pablo que no podíamos perder la esperanza porque creemos en que Jesús ha muerto y resucitado y nosotros resucitaremos con El. Pongamos esperanza en nuestra vida.

domingo, 30 de agosto de 2015

Plantemos con profundidad la Palabra del Señor en nosotros nos hará vivir con intensidad cada momento y el amor a los demás

Plantemos con profundidad la Palabra del Señor en nosotros nos hará vivir con intensidad cada momento y el amor a los demás

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23
Algunas veces tenemos la tentación de ocultarnos tras el cumplimiento formal de las leyes, normas o reglamentos, de las costumbres y tradiciones o de lo que todo el mundo hace para disimular o disculpar el vacío interior que podamos tener o la superficialidad con que vivimos la vida. No buscamos lo importante, sino que con el cumplimiento formal de las cosas ya pensamos que lo tenemos todo hecho. Tenemos quizá miedo a ese profundizar en el sentido de lo que hacemos porque así pensamos que podemos rehuir un compromiso mayor en nuestra vida.
Así convertimos en rutinas muchas cosas a las que quizá tendríamos que darle gran valor buscando su sentido verdadero y así hacemos por otra parte que nuestra vida real de cada día vaya por unos caminos bastante lejanos del compromiso de nuestra fe. Es lo que hace todo el mundo, quizá nos decimos para disculparnos, pero eso ya está señalando esa superficialidad con la que vivimos. ¿Lo hace todo el mundo pero es lo verdaderamente importante? ¿Lo hace todo el mundo simplemente como una rutina sin fijarnos bien cuál es la voluntad del Señor?
Eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y cristiana - y hemos de reconocer que se da con demasiada frecuencia - pero eso se puede dar en la realización de lo que es nuestra vida de cada día, nuestra vida familiar, el sentido del trabajo que realizamos, el desarrollo de nuestra profesión, la convivencia con los demás, y así en muchos aspectos.
Tenemos el peligro y es fácil dejarse llevar por la tentación del mínimo esfuerzo y entonces en la vida nos vamos contentando siempre con los mínimos. Es la mejor manera para no avanzar, para no crecer, para no trazarnos metas altas, para no esforzarnos por superarnos, para caer por la pendiente de la rutina, para dejarnos engullir por la superficialidad en la vida. El camino de la vida tiene sus exigencias si queremos vivirlo en plenitud; porque vivirlo en plenitud no es dejarnos arrastrar por lo que vaya saliendo en cada momento, ni simplemente estar buscando la manera de pasarlo bien.
Cuando digo pasarlo bien no significa que no tengamos que desear ser felices, lo que hemos de saber encontrar el camino auténtico que nos lleve a una verdadera felicidad, una felicidad en lo más hondo de nosotros mismos. Cuando vamos caminando así por la vida quizá nos moleste que a nuestro lado haya personas que se esfuercen, que traten de superarse cada día más, que quieran darle profundidad a su vida; son un espejo en el que no nos gusta mirarnos y entonces comenzamos a fijarnos en cosas insustanciales, o estamos al acecho.
Es lo que nos está denunciando el evangelio de este domingo con el relato que nos hace de las quejas o de las preguntas insustanciales que le hacen a Jesús. Los fariseos muy leguleyos y cumplidores de las cosas mínimas están al acecho de lo que hacen los que siguen a Jesús, sus discípulos. Y allá vienen con la queja de si los discípulos no se lavaban las manos  cuando llegaban de la plaza antes de comer, esto es, según ellos comían con manos impuras, porque habían podido tocar algo que se considerase impuro y ya eso hacía impura la persona. Y comiendo con manos impuras, estaban metiendo esa impureza en su corazón. Lo que podía ser una buena norma de higiene para evitar cualquier contagio de enfermedad, lo convertían en una ley religiosa y su incumplimiento en un motivo de pecado.
Es cuando surge, entonces, la queja de Jesús. Es Jesús el que se queja de ellos por la superficialidad de sus vidas. Y lo que hace Jesús es recordarles las palabras del profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Se aferraban a sus tradiciones y no eran capaces de ver lo que era lo fundamental. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Por eso Jesús les hace mirar al interior de su corazón. ¿Qué es lo que realmente tenemos en el corazón? Si hay cosas buenas en nuestro interior, seguro que lo que obraremos será siempre lo bueno, pero si tenemos el corazón lleno de malos sentimientos con esos sentimientos trataremos a los demás. Es lo que tenemos que analizar, ver cómo anda nuestro corazón y arrancar de él toda malicia y toda maldad.
Por eso les dice claramente: ‘Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
El hombre, la persona que quiere darle profundidad a su vida se examina, revisa sus actitudes, mira cuales son sus sentimientos, trata de purificar de verdad su corazón. Y el espejo en el que tenemos que mirarnos es la ley del Señor, la Palabra de Dios. Es la que nos va a dar los verdaderos criterios, el verdadero sentido, la autentica senda de nuestro caminar. Como nos decía hay el apóstol Santiago: ‘Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos’. Y a continuación el apóstol nos señala el camino del amor por donde hemos de caminar, que es lo que nos enseña esa Palabra de Dios que hemos de plantar en nuestro corazón. Es el camino que nos trae la salvación.
Entonces obraremos rectamente, seremos verdaderamente humanos en nuestras relaciones con los demás, estaremos buscando siempre el bien y la verdad, le daremos verdadera profundidad a nuestra vida. No haremos las cosas por mero cumplimiento sino que aprendemos a darle toda la intensidad del amor a lo que vamos haciendo; se alejarán de nosotros las rutinas y superficialidades y seremos capaces de mostrar toda la dignidad y grandeza de nuestro corazón.

sábado, 29 de agosto de 2015

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

1Tesalonicenses 4,13-18; Sal 95; Marcos 6, 17-29

Era la voz que gritaba en el desierto; fue la voz que gritó desde el silencio de la fortaleza de Maqueronte aun cuando se le quería hacer callar.
Los profetas habían anunciado al que iba a venir a preparar los caminos del Señor. ‘Una voz grita en el desierto: Preparad los caminos del Señor…’  Y había surgido un hombre, enviado por Dios, su nombre era Juan, vestido de piel de camello y se alimentaba de miel silvestre. A él acudían de todas partes. Los invitaba a la conversión, a la transformación de sus vidas porque llegaba el que había de venir. El solo era la voz que anunciaba la llegada de la Palabra. El no era el Mesías ni el Salvador sino el que había de venir para traernos la salvación como Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Su misión era solo ser el precursor. Había que enderezar los caminos y allanar los valles, que todo lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Su voz resonaba en las conciencias.  El Bautismo al que invitaba tenía que indicar la voluntad de enderezar el corazón y la vida convirtiéndose de verdad al Señor y reconociendo lo malo que podía haber en sus conciencias. A cada uno le iba diciendo por donde había de enderezar su vida. Denunciaba lo que fuera injusto o a quien obraba el mal. Había que quemar en la hoguera todo lo que hubiera de malo en los corazones. Su voz era molesta en ocasiones; desde Jerusalén enviaban embajadas para saber quién era o con qué autoridad se atrevía a predicar.
No es extraño que molestara también al tirano, al que vivía solamente para los placeres y las orgías y más si su vida era irregular. Incitado por Herodías a quien le molestaban más las palabras del profeta, Herodes terminó encerrándolo en la mazmorra para hacerle acallar su voz. Pero su garganta silenciada pronunciaba el grito más clamoroso y que iba a ser recordado en la historia. El testimonio de su vida le hizo testigo para siempre para que para siempre se escuchara su voz.
Hoy celebramos el martirio de Juan, escuchamos su grito clamoroso. Cuando se rueda por la pendiente del mal se terminará cayendo en lo más profundo del pecado del que nos costará más arrancarnos; cuando se entra en esa espiral de oscuridades en la vida, maldades y de injusticias cada vez nos llevará más lejos de donde podamos hallar la luz. Es el camino de la vida llena de pasiones desordenadas, de cobardías y temores humanos que terminó en estaciones de injusticia y de muerte en la vida de Herodes. Tenía un cierto respeto temeroso a la voz del Bautista, pero pudo más en él la pasión y la injusticia que había anidado en su hogar y en su corazón alimentada por envidias y resentimientos.
Ante nosotros está hoy la voz que nos grita en nombre del Señor a través de la figura de Juan en su martirio y que nos invita a salirnos de los caminos del mal para que realicemos una verdadera conversión del corazón. Es la llamada que nos invita a la valentía de saber arrancar de nuestro corazón todas las negruras del pecado para que brille en nosotros para siempre la luz. No nos valen las cobardías ni los respetos humanos cuando se trata de hacer el bien y seguir los caminos del evangelio; el Espíritu del Señor está con nosotros para darnos esa gracia y ese don de la fortaleza para mantenernos firmes siempre en los caminos del Señor.
El testimonio de nuestra vida tiene que ser grito, quizá muchas veces silencioso, en el testimonio callado de nuestra vida de cada día llena de rectitud y siempre sobreabundante de amor.

viernes, 28 de agosto de 2015

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Hay personas que mientras esperan algo que va a suceder se llenan de miedos y temores y hasta la angustia envuelve su espíritu. Personas quizá temerosas en si mismas por un estado de ánimo pesimista en que piensan que puede ser malo lo que les vaya a suceder, o personas que no tienen verdadera paz en su alma porque quizá la conciencia les pese por algún motivo. Pero ese no ha de ser el sentido y el estilo de la auténtica esperanza cristiana.
Antes que nada porque en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza sabemos que es Alguien que nos ama; porque tenemos la seguridad de que en ese amor encontraremos también perdón y salvación para nuestros pecados y alcanzaremos la verdadera paz del Espíritu; y porque nuestra esperanza, porque la tenemos puesta en el Señor, da optimismo a nuestra vida, esperando siempre la mejor, y queriendo siempre pensar y ver lo mejor.
Pero nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia que nos hace estar activos en nuestras responsabilidades; es más, sentimos la exigencia de la responsabilidad de la vida que vivimos y eso nos hará buscar siempre lo bueno, luchar por lo que es justo y vivir con auténtica sinceridad en nuestra vida. La esperanza no nos hace desentendernos de nuestras responsabilidades actuales, sino que aviva la intensidad con que vivimos la vida haciéndola verdaderamente fructífera también con aires de trascendencia.
Jesús nos habla de la parábola de las doncellas que esperaban la llegada del novio para la boda; no podían descuidar el tener todo debidamente preparado para la llegada del novio y pudiera realizarse el banquete de bodas con toda su luminosidad. Es hermoso el significado de esa luz de optimismo y alegría con que hemos de vivir la vida de cada día sobre todo cuando tenemos siempre la certeza de tener al Señor con nosotros.
 Por eso nos habla de las lámparas que habían de permanecer encendidas, pero para lo que era necesario tener el suficiente aceite que las mantuviera siempre encendidas. No se podían descuidar, no podían dormirse en la espera, no podía actuar solo movidas por el miedo y el temor, todo había de ser deseo efectivo de poder participar en esa fiesta de luz. Nos habla, entonces, de nuestras responsabilidades, como en esa trascendencia que desde nuestra vida de creyentes le damos a nuestra vida el aceite que alimenta nuestra vida es la oración que nos alcanza la gracia del Señor.
Nos hace hacernos preguntas. ¿Vivimos movidos por el temor o por el amor en nuestra esperanza? ¿Hay una vigilancia activa, una esperanza viva en lo que hacemos cumpliendo fielmente nuestras responsabilidades? ¿De verdad nos preocupamos de alimentar nuestra vida, que no nos falte ese aceite de nuestra oración para alcanzar la gracia del Señor que nos haga mantener viva nuestra esperanza, desarrollar plenamente nuestras responsabilidades viviendo todos nuestros valores?

jueves, 27 de agosto de 2015

La vida es una responsabilidad que nos lleva a realizarnos desde nuestras propias capacidades y en bien de cuanto nos rodea

La vida es una responsabilidad que nos lleva a realizarnos desde nuestras propias capacidades y en bien de cuanto nos rodea

1Tes. 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51

La vida es una responsabilidad. No se trata simplemente, como se suele decir, ir echando día para atrás, como si viviéramos solamente de una forma llamaríamos vegetativa en la que nos contentáramos con respirar, comer o simplemente existir. Ya solamente el hecho de existir nos plantea unas responsabilidades, porque tendríamos que cubrir unas necesidades básicas para subsistir, un alimento, un abrigo con el que cubrirnos del frío o del calor, un lugar propio donde habitar; todo eso ya nos estaría planteando responsabilidades.
No me vale decir, es mi vida y hago con ella lo que quiero. Es tu vida, pero vives en un mundo, rodeado de otros seres, de otras personas y tú y el espacio en que vives ya no es solo tuyo, sino que entramos en una relación con los demás y con ese mundo. Y eso entrañaría no solo unos derechos para ti sino también unas obligaciones en relación a esa vida, a ese mundo y entorno en el que vives, y en tu relación con los demás.
Pero vivir no es solo subsistir, es algo más. La vida tiene un sentido y un valor. Y tenemos también una función y responsabilidad en ese mundo en el que vivimos. La vida no ha surgido de la nada, sino que te ha sido dada, y pensamos en quien es capaz de sacarla de la nada, el Creador que te dio la vida, que puso la vida humana en este mundo en el que vivimos. La responsabilidad de la vida adquiere una trascendencia; se trasciende hacia los demás, pero se trasciende en ámbitos eternos cuando nos hace volvernos a nuestro creador. Es la respuesta y la visión del creyente de la que arranca nuestra propia visión como cristianos.
Podríamos seguir ahondando mucho más en este pensamiento si queremos meramente desde un sentido humano y terreno, pero queremos dar un paso más para descubrir el sentido de Cristo en ese nuestro vivir, que seguramente nos llevaría a más largas reflexiones de las que en unas líneas podemos aquí y ahora reflejar.
Recordemos algunas parábolas de Jesús como la de los talentos, y pensemos en nuestra vida como ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos. Ya en la primera página de la Biblia tras la creación Dios pone en manos del hombre toda aquel mundo que había salido de sus manos; y al hombre da un poder y una responsabilidad, porque ha de continuar con esa obra creadora de Dios con esos mismos dones que Dios le ha dado. ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra…’ le dice Dios al ser humano.
Luego podríamos pensar en la misión que Jesús nos confía de construir el Reino de Dios, para lo que nos manda por el mundo para anunciarlo y construirlo. Y hoy nos dirá en el evangelio que estemos atentos, preparados y vigilantes porque volverá el Señor. Es una referencia a los últimos tiempos, pero puede ser también una referencia al final de nuestra vida terrena, tras la cual hemos de presentarnos ante el Creador para rendir cuentas de esa vida que Dios había puesto en nuestras manos. Esa vigilancia, esa atención que hemos de prestar nos está hablando de esa responsabilidad de nuestra vida en esa trascendencia profunda que también queremos darle. Nos trascendemos no solo hacia los demás - lo que ya es muy importante -, sino que nuestra vida se trasciende hacia Dios con sones de eternidad.
Muchas cosas ahora podríamos preguntarnos sobre la responsabilidad con que vivimos nuestra vida; no tiene sentido en el ser humano una vida ociosa que se convertiría en una vida sin sentido. Una responsabilidad de desarrollar la propia vida en si mismo, en esos valores, esas cualidades, esas capacidades de las que estamos dotados, lo que llamamos una realización de nosotros mismos; pero una responsabilidad de cara a los demás y a esa sociedad en la que vivimos donde vamos realizándonos cuando ponemos lo que somos y valemos en bien de los demás y de ese mundo en el que vivimos.  Y podríamos hablar también de nuestra responsabilidad con la naturaleza en ese entorno del mundo en el que vivimos, pero es un tema más amplio.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Como necesitamos alimentar nuestro cuerpo cada día busquemos con ansia el alimento de la palabra de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna

Como necesitamos alimentar nuestro cuerpo cada día busquemos con ansia el alimento de la palabra de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna

1Tes. 2, 9-13; Sal. 138; Mt. 23, 37-32
Cada día necesitamos alimentarnos para que nuestro cuerpo tenga la energía que necesita para realizar todas sus actividades; es la forma de mantener la vida y podamos realizarla en el complejo mundo de nuestra existencia. Pero comprendemos que no es solo ese alimento, diríamos material, que llega a nuestro estómago lo que necesitamos, porque nuestra existencia va mucho más allá de unas funciones orgánicas que realice nuestro organismo.
Cada día nos hacemos nuestras propias reflexiones desde lo que es la vida misma que vivimos o lo que observamos en nuestro entorno y así encontramos motivos para nuestro existir, para nuestro caminar, para desarrollar nuestras actividades, para nuestro encuentro y convivencia con los demás. No simplemente vamos dejando pasar la vida sino que reflexionamos y analizamos cuando nos sucede y cuanto podemos recibir también de los demás. Ahí está esa sabiduría de la vida que nos hace profundizar en lo que somos, en lo que vivimos o en lo que podemos trazarnos incluso para nuestro futuro. Son reflexiones humanas que nos vamos haciendo que para eso estamos dotados de una inteligencia que nos hace conocer y darle un sentido a nuestro vivir. Es un alimento también de nuestra vida, ¡y qué precioso!, hemos de reconocer que va haciendo crecer nuestro espíritu.
Pero hay algo más que nos ilumina interiormente y nos hace crecer espiritualmente. Es el alimento de nuestra fe. En esa búsqueda de sentido nos elevamos más allá de lo que es nuestra vida corporal y terrena entrando en un mundo de trascendencia y de espiritualidad. Nos encontramos con Dios, ultimo y más profundo sentido de nuestro existir. Y si somos humildes para reconocer nuestra pequeñez, pero al mismo tiempo la grandeza espiritual de la que hemos sido dotados nos abrimos a esa trascendencia y nos abrimos a Dios que se hace presente en nosotros y viene a llenar nuestra vida de sentido y de plenitud. Es nuestra actitud y nuestra postura de creyentes.
Y Dios quiere ofrecernos también cada día un alimento, el alimento de su Palabra que viene a enriquecer nuestra vida. Y acudimos a la Sagrada Escritura que nos contiene la revelación de Dios para allí escuchar su Palabra y descubrir sus divinos designios sobre nosotros y abrimos nuestro corazón para sentirle y escucharle allá en lo más hondo de nuestra vida. El verdadero creyente quiere alimentarse de Dios y busca cada día ese alimento de la Palabra de Dios. Quiere dejar sembrar en su corazón esa semilla de la Palabra divina para hacer que fructifique en nosotros en nueva vida.
Ojalá tuviéramos siempre ese deseo de Dios en nuestro corazón. Que nada enturbie esa búsqueda de Dios que ha de ser constante en nuestra vida. Muchas veces los ajetreos de la vida misma, o también los problemas que nos van apareciendo nos pueden llenar de nieblas nuestro corazón e impedirnos ver a Dios, encontrarnos con Dios. Pero el creyente sabe que ahí está siempre su amor y no deja que nada perturbe su espíritu ni le haga perder la fe. Sembremos cada día su semilla en nuestro corazón, dejémonos iluminar por la Palabra de Dios que nos conducirá por caminos de vida eterna.

martes, 25 de agosto de 2015

No podemos quedarnos en religiosidades superficiales y de apariencias sino llenar nuestro corazón de amor y misericordia

No podemos quedarnos en religiosidades superficiales y de apariencias sino llenar nuestro corazón de amor y misericordia

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Mateo 23, 23-26

En el evangelio siempre se nos querrá dejar claro, presentándolo de una forma o de otra, que hemos de ir a lo que es lo fundamental y nunca tendríamos que darle prioridad a lo que es secundario y no constituye el núcleo de su mensaje. Serán las repetidas veces que se nos presentará a alguien preguntándole a Jesús qué es lo importante para alcanzar la vida eterna, ya sea en la pregunta del joven rico como en las preguntas muchas veces capciosas de los maestros de la ley, o será en ocasiones, como la que hoy escuchamos, en que Jesús denuncia la vaciedad de la vida de los fariseos que se quedan hipócritamente en las apariencias.
Es una pregunta que también tenemos que hacernos y un peligro que hemos de evitar. Buscar lo que es lo fundamental, lo esencial de lo que ha de ser nuestra vida cristiana para no andarnos por las ramas, y por otra parte evitar el quedarnos en apariencias, en cumplimientos o en ritualismos. Y es que tenemos ese peligro de ir a cumplir, de buscarnos los mínimos o lo que nos exige el menor esfuerzo, el quedarnos en apariencias de bueno porque nosotros sí somos cumplidores, pero quizá el corazón lo tenemos bien lejos del Señor.
Hoy denuncia la hipocresía del que se cree cumplidor porque anda con minucias; como nos dice en una buena imagen pagando los diezmos y primicias hasta por la hierbabuena y el comino.
Podríamos fijarnos en muchas actitudes nuestras, en que quizá queremos mostrarnos  muy religiosos porque, por ejemplo, somos muy cumplidores de nuestras promesas, de nuestras visitas a santuarios o de llenarnos nuestra casa de imágenes religiosas pero luego en nuestro corazón no tenemos misericordia ni compasión para el hermano que sufre, o mantenemos actitudes orgullosas en nuestro trato con los demás queriendo mostrar una superioridad que humilla al que está a nuestro lado, o mantenemos resentimientos y rencores en nuestro corazón no queriendo perdonar y olvidar aquello con lo que nos hayan molestado u ofendido.
‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar…’ Así nos habla hoy Jesús de manera fuerte. No busquemos apariencias, no nos quedemos en religiosidades superficiales, vayamos a lo hondo del evangelio, llenemos de verdad nuestro corazón de amor y de misericordia, actuemos siempre en justicia, seamos capaces de perdonar y de amar por encima de todo lo que nos hayan podido hacer.
Terminará diciéndonos Jesús que lo importante es que tengamos bien limpio el corazón no las apariencias de niño bueno que podamos dar. Y para llenar de paz el corazón hemos de aprender a poner mucho amor en él. Aprendamos de la bondad y de la mansedumbre del Señor para que así nuestro corazón se parezca más y más al suyo.

lunes, 24 de agosto de 2015

No con reserva sino con profunda reflexión abramos nuestro corazón al mensaje de vida y salvación que llega a nuestra vida

No con reserva sino con profunda reflexión abramos nuestro corazón al mensaje de vida y salvación que llega a nuestra vida

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
Alguna vez quizá nos vimos forzados a una situación en la que en principio no queríamos vernos involucrados, pero por no querer contradecir a un amigo al final aceptamos; en esos primeros momentos nos ponemos en una actitud como de reserva a ver por donde van las cosas o cómo se resuelven, poniéndonos como en distancia ante las personas con las que nos encontramos o el momento que necesariamente tenemos que vivir. Quizá luego las cosas cambias, hubo algo que nos llamó la atención e hizo que nuestra  actitud y postura fuera otra totalmente distinta.
Algo así es como yo veo a Natanael en aquel su primer encuentro con Jesús. Felipe le había forzado a ir a conocerle, pero en él estaban sus reservas, siendo además como era de Caná, un pueblo vecino a Nazaret y que en esas rivalidades pueblerinas quizá no se llevaban muy bien. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’, había sido la réplica que había hecho ante su invitación, pero al final dejándose llevar por la insistencia de Felipe y de su amistad se había ido a ver a aquel profeta que le anunciaban de Nazaret.
Pronto las cosas cambiaron ante la acogida y la alabanza de Jesús, diciéndole además que lo conocía desde alguna situación que solo Natanael conocía y termina haciendo una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’, había exclamado.
La liturgia nos presenta este texto del evangelio cuando estamos hoy celebrando la fiesta del apóstol san Bartolomé, haciendo coincidir en una misma persona a Bartolomé y a Natanael. Es la fiesta de uno de los apóstoles, aquellos que fueron escogidos por Jesús con una muy especial intención, pues iban a ser como las columnas sobre la que se iba a edificar la Iglesia que Jesús constituía. Hoy el texto del Apocalipsis que hemos escuchado nos hablaba de la Iglesia. ‘La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero’.
Aquellos discípulos que por distintos caminos se habían ido congregando en torno a Jesús - hoy estamos viendo esa manera particular de llegarle noticia de Jesús a Natanael a través de su amigo Felipe - fueron luego escogidos y llamados por su hombre por Jesús para constituirlos sus enviados, sus apóstoles, que con la fuerza del Espíritu habían de llegar a los confines del mundo anunciando el Evangelio. Las tradiciones nos hablan de cómo Bartolomé anunciaría el evangelio por todo oriente medio llegando incluso hasta la India. Nos hablarán también de su martirio, con el que se convirtió en especial testigo - mártir - de Cristo derramando su sangre por el Evangelio que predicaba.
En muchos aspectos podríamos concretar el mensaje que recibimos en esta fiesta. Seamos como Felipe portavoces del conocimiento de Jesús, llevando su anuncio a quienes estén a nuestro lado, aunque no lo entiendan o en los que podamos encontrar rechazo. Rechazo y reserva encontró en Natanael y le vemos luego hacer una hermosa confesión de fe en Jesús tras su encuentro con El.
Pero también pensemos cómo de tantas maneras puede llegar el anuncio del evangelio a nuestra vida. Siempre estamos necesitados de ser evangelizados. Que nuestra actitud no sea la de la reserva o ponernos a la distancia como si ese anuncio no fuera con nosotros. Tengamos apertura de corazón para escuchar la voz del Señor que de tantas maneras llega a nuestra vida. No con reserva, pero sí con profunda reflexión acojamos el mensaje que nos llena de vida.