viernes, 29 de julio de 2016

Las desconfianzas hacen grietas que nos pueden dañar el edificio de nuestra vida y nuestra relación con los demás

Las desconfianzas hacen grietas que nos pueden dañar el edificio de nuestra vida y nuestra relación con los demás

Jer. 26, 1-9; Sal. 68; Mt. 13, 54-58
‘Jesus fue a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga’, nos dice el evangelista. Es el texto paralelo al que nos narra Lucas en el que incluso se nos dice cual fue el texto de Isaías que fue proclamado. En uno y en otro caso se nos habla de cómo la gente estaba admirada por lo que decía Jesús. ‘Tenían todos puestos los ojos en El’, nos decía Lucas.
Pero en uno y en otro caso vemos pronto la reacción de la gente. Mateo hoy nos dice que ‘desconfiaban de El’. Todos lo conocían, allí se había criado, por allá andaban sus parientes, habían conocido su infancia y su juventud. ‘¿De donde saca todo esto? ¿De donde saca esta sabiduría y estos milagros?’ Allí había llegado también la fama de lo que hacia en Cafarnaún y en otros lugares. Pero, como termina diciéndonos hoy el evangelista ‘no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe’.
Cuando hacemos la lectura y la reflexión sobre este texto podemos hacernos muchas consideraciones. Por una parte vemos como refleja muchas de nuestras actitudes y de la manera de actuar en nuestra relación con los otros. Estamos tan llenos de desconfianzas; nos decimos que conocemos a la gente; con qué facilidad vemos intenciones ocultas en lo que hacen los demás; cómo rápidamente ponemos ‘peros’ a lo bueno que puedan hacer los otros.
No tenemos fe los unos en los otros, caminamos en la vida con demasiadas desconfianzas y así no podemos crear verdaderas amistades porque con ello lo que estamos haciendo es creando grietas en nuestras mutuas relaciones; un edificio con grietas si no lo arreglamos prontamente se nos viene abajo. Por eso se nos hace difícil la convivencia, no creamos verdadera comunión entre unos y otros, damos la impresión de que cada uno vamos realizando nuestras batallitas y no somos capaces de unirnos a los demás. En esto se ha de manifestar también nuestro sentido cristiano de la vida, en esas nuevas actitudes que hemos de tener los unos con los otros expresamos nuestra postura de creyentes.
Podemos también ver cuál es nuestra relación con Jesús. También nos admiramos fácilmente por lo que vemos que hace cuando escuchamos el evangelio, pero ¿pasamos de la admiración a unas posturas de fe más comprometidas? ¿En verdad queremos traducir todo eso que nos dice el evangelio en los comportamientos de nuestra vida?
Nos puede suceder que también nosotros sepamos muchas cosas de Jesús. A lo largo de los años de nuestra vida hemos escuchado hablar de Jesús tantas veces que prácticamente podemos decir que conocemos todos los hechos de la vida de Jesús. Pero no nos podemos quedar ahí; nuestra fe en Jesús es mucho más que saber cosas de Jesús, porque nuestra fe nos hace ponernos en camino, un camino de seguimiento de Jesús para trasplantar a nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros comportamientos, a lo que han de ser los principios de nuestra vida todo eso que Jesús nos enseña en el evangelio.
Y por fijarnos ahora en cosas concretas en esto mismo que hemos venido reflexionando sobre nuestras actitudes ante los demás, ahí hemos de reflejar todo lo que nos enseña Jesús en el evangelio de lo que es el verdadero amor al prójimo. Desterremos desconfianzas, no creemos grietas en nuestras relaciones, busquemos siempre la verdadera comunión entre unos y otros, seamos capaces de aceptarnos y valorarnos, pongámonos a trabajar codo con codo todos unidos por hacer nuestro mundo mejor.

jueves, 28 de julio de 2016

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Jeremías 18,1-6; Sal 145; Mateo 13,47-53

‘El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla…’ Sigue Jesús hablándonos en parábolas. Nos compara el Reino de Dios, nos da las señales del Reino de los cielos que nosotros hemos de vivir, nos habla con sencillez de lenguaje para que todos entendamos, queremos ser los pobres y los sencillos que acojamos en nuestra vida, que escuchemos allá en lo hondo del corazón esta Palabra de Jesús.
Nos habla hoy de la red que echan en el mar y que recoge toda clase de peces. Es la imagen del anuncio del Reino que a todos se hace, que todos pueden escuchar; es la llamada y la invitación para que todos escuchemos ese anuncio, seamos buenos o nos lo creamos o no seamos tan buenos porque somos pecadores; el anuncio es para todos, porque para todos es la salvación.
Es la primera lectura que hacemos de esta parábola; ojalá no seamos excluidos porque no seamos capaces de cambiar nuestra vida, porque nos encerremos en nosotros mismos, porque queramos permanecer en nuestro pecado. La llamada es una gracia porque es un regalo del Señor pero al que damos respuesta para vivir en gracia, para vivir en santidad.
Pero con la parábola podemos pensar en algo más. Vivimos en un mundo muy amplio y muy diverso; en ese mar de la vida hay toda clase de peces, nos encontramos con muchas cosas, una buenas otras no tan buenas, unas que nos ayudan a progresar en los verdaderos valores, otras que nos arrastran como rémoras y nos quieren hundir en la ciénaga del mal.
Tenemos que aprender a discernir, a distinguir lo bueno de lo malo, a tener las ideas claras y la voluntad firme para no dejarnos arrastrar por el mal; la tentación nos acecha continuamente; el mundo que nos rodea quiere confundirnos, nos dicen tantas cosas, eso no tiene importancia, eso es poca cosa y total no vamos a ser perfectos siempre, mira lo que hacen todos a tu alrededor ¿tú vas a ser distinto, vas a nadar contracorriente? Y así tantas maneras de hacernos ver como bueno lo que no es tan bueno.
Es necesario tener criterios claros; tenemos que dejarnos iluminar por la luz del evangelio, hemos de saber trabajar siempre por los verdaderos valores, tenemos que cultivar la virtud en nuestra vida, hemos de sabernos dejar impregnar por el sentido de Cristo. Ese ha de ser nuestro camino, nuestro esfuerzo, nuestra lucha por superarnos día a día aunque nos cueste. El Espíritu del Señor Jesús está con nosotros y es nuestro verdadero guía y nuestra verdadera fortaleza.

miércoles, 27 de julio de 2016

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46
Todos tenemos prioridades en la vida. Hay cosas que consideramos muy importantes y por las que estamos dispuestos a darlo todo. Pero entre todas las cosas que consideramos buenas e importantes siempre habrá una que ocupe el primer lugar, lo que es la verdadera prioridad. Es importante tener prioridades, porque es señal de que sabemos o al menos intentamos tener claro hacia donde vamos. Por esos principios o esos valores seremos capaces de sacrificarnos, incluso, por conseguirlo. Por ello merece la pena luchar; es una meta que nos ponemos en la vida.
Podrán ser prioridades de esa meta que nos ponemos en la vida, podrán ser prioridades en nuestro trabajo o en lo que queremos conseguir en la vida, aquello en lo que nos desarrollamos como personas, serán prioridades desde el ámbito de la familia o en el entorno social en donde vivimos; pero creo que hemos de tratar de buscar, si somos verdaderamente creyentes, lo que serian esas prioridades desde nuestra, porque en el fondo eso es lo que va darnos un sentido en la vida y que le darán un tinte, un valor o un sentido a todo eso que como decíamos queremos conseguir. Es necesario tener una verdadera escala de valores.
Hoy en el evangelio escuchamos dos parábolas de Jesús, el tesoro escondido o la perla preciosa. En una y en otro caso quien los ha encontrado será capaz de vender todo lo que tiene por conseguir ese tesoro o por conseguir esa perla. Y es ahí donde hemos de preguntarnos ¿cual es ese tesoro para nosotros, cual es esa perla? ¿Tendrá que ver algo el evangelio de Jesús con ese tesoro o con esa perla?
Aquel hombre de la parábola encontró el tesoro en el campo. En eso de encontrar me hace recordar aquel momento en que Andrés después de pasar una tarde y una noche con Jesús, a la mañana siguiente se fue hasta donde su hermano Simón para decirle ‘hemos encontrado al Mesías’, y se trajo a su hermano hasta Jesús. Era su tesoro porque el que merecía dejarlo todo como un día hicieran cuando Jesús les invitó a ser pescadores de hombres, ‘dejaron las redes y la barca y lo siguieron’.
Es bueno y creo que tenemos que decir necesario que nosotros encontremos ese tesoro, nos preguntemos si en verdad nuestra fe eso significa para nosotros. ¿Será en verdad Jesús nuestro tesoro por el que somos capaces de dejarlo todo para seguir su camino, para vivir su vida? ¿Cuál es la prioridad que le damos a nuestra fe? Queden ahí esas preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad para que descubramos bien cuál es la sinceridad y autenticidad con que queremos vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. 

martes, 26 de julio de 2016

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

Ecles. 44, 1. 10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Joaquín y santa Ana. ¿Quiénes son san Joaquín y santa Ana? La tradición nos los señala como los padres de María, la madre de Jesús; en consecuencia, podríamos decir, que son los abuelos de Jesús.
Por supuesto el evangelio no nos habla de ellos. Es piadosa tradición que hemos recibido desde antiguo. ¿Por qué no podemos pensar, celebrar y venerar a los que fueron los padres de María? Si habitualmente podemos decir que los padres se reflejan en los hijos y que todas aquellas buenas enseñanzas que ellos les trasmitieron tenemos la esperanza de que un día van a florecer en la vida de los hijos, cuánto podemos decir de los padres de María cuando en ella vemos tal grado de santidad y de gracia.
‘Aguardaban la futura liberación de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Es frase del evangelio pero referida a aquellos buenos ancianos que en el templo pasaban día y noche esperando el cumplimiento de la promesa y que cuando Jesús fue presentado en el templo vieron satisfechas y cumplidas sus esperanzas. Nos referimos al anciano Simeón y a la profetisa Ana, de los que nos habla san Lucas. La liturgia en este día de la fiesta de san Joaquín y santa utiliza estas palabras como antífona antes del Evangelio. San palabras, pues, que podemos referir a los padre de María.
En esa esperanza vivía María, el cumplimiento de las promesas, y en verdad que podemos decir que de sus padres había aprendido esa esperanza. En la educación que le dieron a María – según las tradiciones su casa en Jerusalén estaba en las cercanías del templo y muy cerca de la piscina probática o de las ovejas y en el templo fue educada María – fueron plasmando toda aquella fe y esperanza que anidaba en sus corazones.
Esto nos puede llevar a hermosas consideraciones y consecuencias para nuestra vida; por una parte la esperanza que nunca ha de faltar en los padres a la hora de sembrar la semilla de la buena formación en sus hijos, porque un día todo eso bueno que ellos sembramos ha de florecer en anuncio de buenos frutos. Algunas veces los padres pueden sentir la tentación del cansancio y el desánimo porque no ven como quisieran en sus hijos la educación que pretendieron darle; pero la semilla siempre hay que seguir sembrándola con la esperanza de un prometedor fruto.
Por otra parte ya hacíamos mención a san Joaquín y santa Ana como los abuelos de Jesús; por eso en nuestras comunidades cristianas y de alguna manera se ha trasmitido a nuestra sociedad, tenemos este día como el día de los abuelos. Abuelos que merecen siempre nuestro respeto, nuestro cariño y nuestra consideración por la trayectoria de su vida recorrida y por la semilla que fueron sembrando en sus hijos y nietos que en ellos fueron dejando una huella. Respeto merecen por su larga vida de luchas y sacrificios, de trabajo y de entrega, de amor a sus familias y de sacrificio por ellas.
Hemos de reconocer en lo que somos hoy unos herederos de lo que ellos nos trasmitieron, que, es cierto, nosotros ahora lo vivenciamos en el hoy de nuestro tiempo y de nuestro día; aunque hoy le demos nuestra impronta, y no podría ser de otra manera, son herederos y reflejo de lo que ellos en nosotros han ido sembrando con el paso de los años.
Vaya nuestro homenaje de respeto y amor a nuestros mayores, a los abuelos; siguen siendo importantes en nuestra vida; son un espejo en el que mirarnos para aprender de su constancia en el trabajo y en el amor, para aprender de su sacrificio y entrega por sus familias, para recoger esa buena semilla que han sembrado en nuestra sociedad, para que sean un estimulo para nuestro caminar, una ayuda también para nuestro camino de fe y aprender de su esperanza.

lunes, 25 de julio de 2016

Jesús sigue confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas para que hagamos el anuncio del mensaje del evangelio

Jesús sigue confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas para que hagamos el anuncio del mensaje del evangelio

 Hechos  4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Un día después de llamar a Simón y Andrés a seguirle, pasando más adelante vio Jesús a Santiago y Juan repasando las redes con su padre junto a la barca y les dijo también, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y ellos lo habían dejado todo y lo habían seguido. De manera semejante cuando la pesca milagrosa allí estaban también Santiago y Juan junto con otros pescadores que fueron a echarles una mano a Pedro y Jesús les dice que de ahora en adelante serán pescadores de hombres.
Habían comenzado a caminar con Jesús. Poco a poco se iba estrechando el amor y creciendo el conocimiento de Cristo. Vislumbraban ya que podía ser el Mesías por lo que anunciaba, los signos y milagros que realizaba y cómo la gente le seguía. Parecía que era el momento. Y ellos siguen siendo tan humanos y tan débiles como todos nosotros; por eso aparecen los sueños y las ambiciones en el corazón; como nos puede pasar a cada uno de nosotros, no somos ni mejores ni peores, sino simplemente humanos con nuestras propias debilidades. Pero podemos decir que el Señor sigue confiando en nosotros.
En este caso será la madre la que se convierta en intercesora. ‘Quiero que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. El amor de madre le hace soñar sueños que quizá no están tan lejanos de las mentes y de los corazones también de los hijos. Jesús no los rechaza, quiere hacerlos pensar, hacerles descubrir el verdadero sentido del Reino que El está anunciando. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Pero aquellos dos buenos discípulos no se acobardan aunque quizá no entiendan el alcance de las palabras de Jesús. ‘Podemos’, fue la respuesta.
Vendrán las aclaraciones de Jesús, porque ya por allá aparece también la debilidad de los otros discípulos con sus sospechas, sus desavenencias, sus desconfianzas y aparece hasta quizá el orgullo y la envidia. El estilo de su reino no es como los reinos de este mundo, los primeros puestos no son de los poderosos a la manera como son los poderosos de la tierra que se crecen, que dominan, que quizá hasta se aprovechan de su cargo pensando solo en beneficio propio. En su reino la grandeza está en servir, en hacerse el último, el ser el servidor de todos. Ese es el camino que han de recorrer de transformación de sus corazones de aquellos discípulos que también tienen sus debilidades y ambiciones como todos nosotros tenemos.
Ese es el apóstol Santiago que hoy celebramos, cuya fiesta a todos nos alegra el corazón porque es el patrón de España. Muchas veces tenemos el peligro de contemplar a los santos que veneramos como si fueran superhombres venidos quizá de la estratosfera o de otros mundos. Son hombres como nosotros,  también con debilidades y pasiones en su corazón como nosotros podemos tener y sentir, pero que fueron fieles, que vivieron un camino de seguimiento de Cristo tratando de plasmarlo en sus corazones y en su vidas, que también tuvieron sus luchas de superación como las que nosotros cada día hemos de tener si queremos en verdad crecer como personas, y crecer en el camino del seguimiento de Cristo que es camino de santidad.
Y Cristo quiere seguir confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque así se manifiesta mejor que no es nuestra obra, sino la obra de la gracia, la obra de Cristo la que queremos realizar. ‘Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’. Así nos decía el apóstol san Pablo en la carta a los cristianos de Corinto.
Vemos la debilidad de nuestra vida que tantas veces nos hace tropezar e incluso caer, pero así se manifiesta la grandeza de la gracia; así aprendemos también a ser compasivos y misericordiosos porque hemos experimentado en nuestra vida esa compasión y esa misericordia del Señor; así será en verdad comprensivos con los demás para hacer brillar por encima de todo siempre la luz de Cristo. Porque seamos pecadores eso no nos exime de nuestra obligación y de nuestro compromiso como cristianos de hacer el anuncio de Jesús y de su evangelio; es más, eso nos dará más fuerza a nuestra vida y a nuestras palabras porque no es a nosotros a quien anunciamos sino a Jesús y su evangelio con la fuerza de su gracia que también transforma nuestros corazones.
Es el mensaje que yo hoy quiero traer para mi vida desde la fiesta del Apóstol Santiago. Que él interceda por nosotros, por nuestro país, para que se mantenga viva nuestra fe, para que no nos dejemos oscurecer por el mal y la indiferencia, para que resplandezca de verdad el nombre de Jesús en nuestros corazones, en nuestra vida y también en medio de nuestra sociedad.

domingo, 24 de julio de 2016

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

 Génesis 18, 20-32; Sal 137;  Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
‘Jesus estaba orando en cierto lugar, nos dice el evangelista, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos…’ La oración de Jesús hace surgir el deseo de aprender a orar como El; no es solo, aunque eso pudiera parecer, que igual que otros grupos de creyentes tenían su propia forma de orar - y aquí se menciona al Bautista y sus discípulos como serían los grupos de los fariseos o de los esenios del desierto del Mar Muerto – sino que en el fondo es el deseo de imitar a Jesús.
El evangelio nos presenta distintos momentos de esa oración personal de Jesús que se retira al descampado en la noche, o sube a la montaña como cuando fue con aquellos tres discípulos en el Tabor, o más tarde le contemplaremos en Getsemaní que se ve que era un lugar frecuentado por Jesús en los alrededores de Jerusalén, por mencionar algunos momentos.
¿Será también nuestro deseo? ¿Será nuestra petición de la misma manera? Muchas veces quizá pensamos también que no sabemos orar, que no sabemos hacer nuestras oraciones. Quizá nos contentamos de repetir las oraciones aprendidas de memoria, o valernos ritualmente de unas oraciones prescritas por la liturgia; quizá lo que hacemos es presentar nuestras listas de peticiones o de lamentos esperando el milagro de que se nos resuelvan nuestros problemas, o quizá buscamos algo más y allá en lo más hondo de nosotros mismos nos detenemos para sentir a Dios, para escuchar a Dios.
La oración es el abrazo de Dios, escuché decir a alguien. Nos gozamos en Aquel que sabemos bien que nos ama; nos gozamos en el amor porque también nosotros queremos amar y queremos sentirnos profundamente unidos en un abrazo de amor con quien sabemos que nos ama. Como el niño que se siente seguro en los brazos de su padre y no se cansa de llamarlo su papá nos gozamos en la ternura de Dios, nos sentimos abrazados por el amor de Dios. Por eso es la primera palabra que Jesús nos enseña a decirle a Dios, Padre, ‘Abba’ que en el propio lenguaje arameo de Jesús expresaba una gran ternura.
La oración sin dejar de ser comunicación es comunión, comunión de amor. Es comunicación porque es el dialogo entre la Palabra y nuestra palabra, pero es el diálogo que brota del amor del corazón de Dios y que nos hace entrar en comunión desde nuestro amor, desde lo más hondo de nuestro corazón.  ¿No sienten deseos de un abrazo de amor aquellos que se aman de verdad? Y no querrán que se abrazo se termine, ansiamos un abrazo eterno de amor. Cuando nos sentimos en una comunión tan hermosa de amor con Dios entonces no nos cansaremos, nuestra oración no podrá ser aburrida ni nada que nos canse ni nos desanime en ningún momento.
Jesús nos ofrece el modelo de oración que hemos de vivir gozándonos en su amor y queriendo repetirle una y otra vez lo gozosos que nos encontramos con El; por eso nuestra oración es alabanza al nombre de Dios – ‘santificado sea tu nombre’, decimos -, nuestra oración es deseo de permanecer unidos a El para siempre viviendo su reino, buscando su voluntad, apartándonos de todo mal, viviendo en la misericordia que en El encontramos y que a todos siempre manifestaremos, viviendo, en una palabra, todo el sentido del Evangelio del Reino que Jesús nos ha anunciado y enseñado.
Nuestra oración verdadera estará siempre impregnada del evangelio porque si no fuera así no seríamos capaces de hacerla con verdadero sentido, pero al mismo tiempo nos enseña y nos da fuerza para vivir ese espíritu del Evangelio. Quien no ha llegado a entender y querer vivir el evangelio de Jesús no podrá hacer con todo sentido la oración de Jesús. Por eso quizá muchas veces nos cuesta hacer nuestra oración.
Hoy Jesús nos hablará de nuestra perseverancia en la oración con la confianza de los amigos que saben acudir el uno al otro a cualquier hora y en cualquier momento, con la confianza de los hijos que saben que están confiando en un padre que siempre les dará lo bueno, les dará lo mejor. Es hermoso el texto que se nos ofrece por otra parte en la primera lectura, cómo Abrahán insiste y porfía en sus peticiones al Señor. ‘Me he atrevido a hablar a mi Señor… que no se enfade mi Señor si hablo una vez más…’ le dice. Es la insistencia de la amistad, es la insistencia del amor.
Santa Teresa del Niño Jesús decía que la oración e realidad es algo tan sencillo como ‘un impulso del corazón, una sencilla mirada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría’. Y ya sabemos lo que la gran maestra de oración, santa Teresa de Ávila, explicaba: ‘oración es hablar de amistad con quien sabemos nos ama’.
‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros hoy, enséñanos a gustar de la oración, haznos sentir ese abrazo de amor.

sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

Mt. 13, 14-30
‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde sale esa cizaña?’ Una pregunta que de alguna manera nos hacemos cuando nos vemos envueltos por la maldad de tantos, por los problemas que nos agobian, por el daño que nos hacen o vemos que hacen a tantos, por tanta injusticia y tanto mal. No quisiéramos un mundo así y cuando como creyentes leemos en la Biblia que en la creación se nos repite que todo cuanto fue Dios creando era bueno y al crear al hombre se dice que era muy bueno, surge con angustia y con rabia quizá esa pregunta en nuestro corazón.
La parábola que Jesús hoy nos propone nos habla del hombre que plantó buena semilla en su campo, pero mientras dormía vino un enemigo suyo y planto cizaña. Es cuando surge la pregunta de sus servidores. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale esa cizaña?’ Quieren arrancarla, como nosotros que queremos arrancar también el mal de nuestro mundo. Y seguramente habremos oído o hemos pensado si Dios es tan poderoso como es que permite el mal, cómo no es que arranca de la vida a esas personas llenas de maldad para que no sigan haciendo daño a los demás.
El mal se convierte en una prueba para nosotros, una prueba para nuestra fe, pero una prueba de donde tenemos que aprender a salir victoriosos porque no nos hemos de dejar cautivar por ese mal; es la tentación que continuamente nos acecha y nos pone en peligro, pero es donde tenemos que ser fuertes para no dejarnos arrastrar por esa tentación.
Pero también nos está manifestando la espera de Dios; sí, Dios sigue esperando que nuestro corazón se convierta; Dios llama a los pecadores a la conversión, como nos llama a nosotros. Cuánta ha sido la paciencia de Dios con nuestra vida; nos ha regalado su gracia, pero hemos de reconocer que no siempre hemos correspondido a la gracia del Señor; hemos de reconocer que seguimos en nuestro pecado y no terminamos de arrancarnos de él, y Dios sigue dándonos su gracia, Dios sigue llamando a las puertas de nuestro corazón para que nos volvamos a El. Podríamos recordar aquella parábola en la que el padre espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado y cómo se llena de alegría a su vuelta y hace fiesta porque el hijo perdido ha sido encontrado.
El mal está ahí envolviéndonos en nuestro mundo, pero hemos de reconocer que ese mal también lo tenemos en nosotros; en pequeñas o en grandes cosas no siempre somos fieles, no siempre somos la buena semilla que da buen fruto, y no por eso Dios nos arranca de la vida, sino que espera nuestra vuelta a El. Es lo que nos está enseñando la parábola que siempre nos viene a manifestar lo que es la misericordia y el amor de Dios.
Con los demás quizá somos exigentes, pero luego no lo somos de la misma manera con nosotros mismos. Confiemos más en la gracia del Señor. Transformemos esa cizaña del mal que hemos dejado meter en nuestra vida y comencemos a dar buenos frutos.

viernes, 22 de julio de 2016

María Magdalena que sintió mucho amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

María Magdalena que sintió mucho  amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

Jeremías 3,14-17; Sal.: Jr 31; Juan 20,1.11-18

Celebramos hoy – y con la categoría litúrgica de fiesta tal como lo ha decidido el Papa Francisco recientemente – a María Magdalena; la que estuvo al pie de la cruz de Jesús con María, la Madre de Jesús y otras mujeres; la que le lloró buscándole junto al sepulcro; la que se convirtió en la primera misionera de la resurrección, porque fue la primera que llevó la Buena Noticia a los discípulos encerrados por miedo en el cenáculo.
El evangelista Marcos al darnos referencia de ella nos dice que fue la mujer de la que el Señor expulsó siete demonios. Una mujer pecadora, pero como la otra pecadora de la que se habla en el evangelio, amó mucho, se le perdonaron sus muchos pecados, y siguió amando con toda la intensidad de su corazón.
¡Qué dicha sentirse uno llamado por su nombre en los labios de Jesús! Fue lo que le despertó de nuevo el corazón para hacer que detuviera el río de sus lágrimas y se acabara para siempre la incertidumbre. Había venido al sepulcro porque quería concluir los ritos funerarios con el cuerpo de Jesús que por las prisas de la víspera del sábado en el viernes en la tarde no habían podido completar.
Pero el sepulcro de Jesús estaba vacío y su cuerpo no estaba allí; mientras las otras mujeres corren a dar la noticia de que ha desaparecido el cuerpo de Jesús ella queda llorando a la entrada del sepulcro; no le sirven las palabras de consuelo de los ángeles que ahora custodiaban lo que había sido el sepulcro de Jesús; ella insiste y pregunta a quien quiera que pase por aquel lugar y pensando que era el encargado del huerto pregunta a quien está a su lado pero no reconoce por lo nublados que están sus ojos en el dolor y con las lágrimas.
Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Con fuerzas se siente incluso en su debilidad para transportar el cuerpo de Jesús muerto. Basta una sola palabra; es su nombre pronunciado por los labios del maestro: ‘¡María!... ¡Rabonni, Maestro!’ No es necesario nada más. La luz ha aparecido de nuevo en su vida; su corazón late con la fuerza del amor; se abraza a los pies de Jesús; recibe el encargo: ‘Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro’.  Y corre misionera de resurrección a anunciar a los discípulos que ha resucitado el Señor y lo que le ha dicho.
Según hemos venido reflexionando con la figura de María Magdalena a quien hoy celebramos habremos querido ir sintiendo en nuestro corazón esa voz del Señor resucitado que a nosotros también nos llama por nuestro nombre. Miramos nuestra vida y la vemos también llena de sombras por nuestra condición pecadora de manera que se nos obnubilan los ojos de nuestro corazón para reconocer la presencia del Señor en nuestra vida. A El suplicamos en nuestras necesidades y desde nuestras sombras pero ya sabemos cuánto amor hemos de poner en nuestra vida y así aparecerá luminosa esa presencia del Señor en nosotros.
Finalmente hemos de saber reconocer su voz y su misión. También hemos de ser misioneros de resurrección y de vida, anunciadores de esa buena nueva de Jesús que es nuestra única salvación. Que nuestro amor nos convierta en signos de Cristo resucitado para el mundo que también necesita su luz.


jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

miércoles, 20 de julio de 2016

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

 Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago’. Acudió mucha gente, se subió a una barca y pasó mucho rato hablándoles en parábolas.
Ahí tenemos al sembrador. Su misión era esparcir la semilla. A voleo como hacían los sembradores para que la semilla llegara a todos aunque sabía que no siembre aquella semilla sembrada iba a producir fruto. Ya lo explica El en la parábola. Pero lo importante era sembrar. Allí estaba en la orilla del lago y ahora se había sentado en la barca para desde allí esparcir la semilla.
Era lo que hacía recorriendo los caminos de Galilea y de todo Israel. Se acercaría también a otros territorios más allá del lago, los gerasenos, más arriba de las fronteras de Israel ya en territorio fenicio, atravesaría Samaria dando la oportunidad a los samaritanos para que lo escucharan y se encontraría con la mujer junto al pozo de Jacob, por los territorios de Judea, Jericó, Betania, Jerusalén.
Se acercaba a todos para hacer llegar la semilla a todos; la gente sencilla que le escuchaba en los caminos o en las orillas del lago; los que acudían los sábados a la Sinagoga o con los que se encontraría en las explanadas del templo; serán los enfermos y los pobres, los más marginados de la sociedad de entonces, ciegos, leprosos, inválidos, ya se encontrasen al borde del camino, en las calles de Jerusalén o en la piscina probática esperando el movimiento del agua; sería a los humildes de corazón o los pecadores, los que le aceptaban y terminarían en alabanzas por sus enseñanzas o los que le rechazaban y tramaban contra él fariseos, saduceos, maestros de la ley o sumos sacerdotes del templo; igual aceptaba la invitación de un fariseo a comer en su casa como comía con publicanos y pecadores con en casa de Leví el publicano.
A todos hacia llegar la semilla. Era el sembrador que sale a sembrar cada mañana la semilla en sus campos. Era el anuncio del Reino al que a todos invitaba. Era la imagen del Padre bueno y lleno de amor que a todos amaba, a todos buscaba, a todos esperaba aunque fueran pecadores.
Bueno es que nos detengamos a contemplar al sembrador. Es cierto que tenemos que fijarnos en el terreno donde va a caer la semilla y tenemos que ser ese terreno bueno y preparado. Ya tendremos oportunidad de detenernos a reflexionar sobre ello cuando escuchemos de Jesús la explicación de la parábola. Hoy contemplamos al sembrador, contemplamos su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra, cuando nos está invitando a que la recibamos como tierra buena.
Es cierto que hemos de preocuparnos como acogemos esa semilla, pero ¿no sentiremos la urgencia de convertirnos nosotros también en sembradores? ¿No tendremos que ir también esparciendo por el mundo, aunque sabemos que es tan diverso, esa semilla del Evangelio porque es la única salvación para nuestro mundo?
Confieso que esta página del evangelio es la que me motiva a mí a sembrar cada día esa semilla de la palabra en esta página y por este medio. ‘La semilla de cada día’ que me siento urgido a sembrar aunque sé que no soy buen sembrador, pero siento que es una misión que el Señor me ha confiado y espero poder seguir haciéndolo cada día para la gloria del Señor. Doy gracias a Dios por esas personas (muchas veces alrededor de doscientas) que cada día abren esta página; espero que la semilla fructifique en sus corazones. Solo soy un humilde sembrador.

martes, 19 de julio de 2016

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 84; Mateo 12,46-50

Jesús está rodeado de gente, sus discípulos que ya le seguían de más cerca y estaban siempre con El y el resto de la gente que venía a escucharle. Está en su misión, es la Palabra de vida que llena de vida y de luz a cuantos se acercan a El. Está enseñando a la gente.
Un día el había marchado de Nazaret y atrás había quedado su familia más cercana. Se había puesto en camino para anunciar el Reino de Dios, para enseñarnos cual es la nueva familia que entre todos hemos de constituir. En Nazaret estaban los que llamaban sus hermanos, en ese lenguaje semita en que se llama hermano a todo familiar cercano. Ahora aparecen donde estaba Jesús rodeado de gente su madre y sus hermanos; allí está María y están sus parientes, su familia. Le avisan a Jesús. ‘Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’.
Pero, ¿quiénes son en verdad la familia de Jesús? Este texto del evangelio que hoy se nos presenta en la liturgia en muchos ha producido un cierto desasosiego y confusión; les pudiera parecer un desaire por parte de Jesús hacia su madre y sus familiares pero no es así cómo hemos de entenderlo.
Siempre el evangelio lo leemos y escuchamos en su conjunto y unos textos nos iluminan a otros. Cuando en el evangelio se nos ha querido dejar un mensaje claro de la familia de Nazaret nos ha hablado claramente en la brevedad y concisión del evangelio de la presencia de Jesús en aquel hogar de Nazaret donde vivía sujeto a sus padres, en obediencia con sus padres en aquel hogar donde crecía en edad sabiduría y gracia ante Dios y los hombres.
Ahora el mensaje fundamental es el Reino de Dios que Jesús anuncia y que constituyendo con todos aquellos que escuchan su Palabra y le siguen. Lo llamamos el Reino de Dios como también podríamos decir la familia de Dios, porque nos sentimos hermanos hijos de un mismo Padre, el Dios del cielo. Es lo que ahora Jesús quiere decirnos.
‘¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’.
Lo importante es descubrir lo que es la voluntad de Dios y cumplirla. Cuando somos capaces de decirle sí a Dios con toda nuestra vida entramos en una relación nueva con Dios porque no solo lo reconocemos como nuestro Dios y Señor sino que además sentimos sobre nosotros su amor de Padre. Y si experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con El, somos los hijos que queremos hacer su voluntad, somos los hijos que ahora aprendemos de verdad lo que son nuestros hermanos, quienes son nuestros hermanos, entramos en la orbita del amor.
Será nuestro distintivo, nuestra manera de ser y de actuar; desde lo más hondo de nosotros mismos somos los hijos del amor, los que nos sentimos envueltos en el amor de Dios y en ese mismo amor queremos envolver a cuantos nos rodean. Somos la familia del amor.

lunes, 18 de julio de 2016

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

Miqueas 6,1-4.6-8; Sal 49; Mateo 12,38-42

El evangelio siempre es una llamada de amor. Es Buena Nueva que nos anuncia amor y con el amor el perdón y la paz. Es Buena Nueva anunciadora de nueva vida y se convierte en llamada a la vida, en llamada de amor. No quiero el Señor para nosotros otra cosa que la vida; por eso nos invita a ir a El, a que pongamos toda nuestra fe en su Palabra, a que convirtamos de verdad nuestro corazón.
Nosotros seguimos quizás encerrados en nosotros mismos, en nuestras dudas, en nuestros caprichos, en estar pidiendo siempre pruebas porque parece que nos cegamos y no somos capaces de descubrir la inmensidad del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús y que tantas veces se ha hecho presente en nuestra vida; parece que esas cosas las olvidamos. ‘No olvidéis las acciones de Dios’, se nos dice en alguno de los salmos. Si tuviéramos más presente en nuestra vida todas esas maravillas que el Señor ha realizado en nosotros tantas veces, seguro que convertiríamos nuestro corazón a El.
Una vez más, vemos en el evangelio, que vienen pidiéndole signos y señales a Jesús para creer en El. Parecen ciegos que no quieren ver. Tantos signos que Jesús ha ido realizando en los milagros curando enfermos, resucitando muertos, llenando de paz los corazones con el perdón. Y una vez más Jesús, aunque sus palabras nos puedan parecer duras, les recuerda cómo los ninivitas se convirtieron con la palabra del profeta, o como aquella reina del Sur había venido a ver y admirar la Sabiduría de Salomón. Ahora ellos ni veían los milagros ni eran capaces de saborear la Sabiduría de Jesús.
Es una invitación una vez más de Jesús al amor, a la vida, a la conversión. Es la llamada constante que a nosotros también cada día nos hace. Que seamos capaces de saborear la sabiduría del evangelio, que seamos capaces de reconocer las maravillas que continuamente realiza en nosotros. Y respondiendo a esa llamada y a esa invitación nosotros podamos convertirnos también en signos de la misericordia del Señor para los que nos rodean.
Es necesario, sí, que todos lleguen a reconocer y a saborear en sus vidas lo grande que es la misericordia de Dios. Aunque muchos no creen quizá en la misericordia porque su corazón se ha endurecido y ya no saben ni perdonar, sin embargo por otra parte hay ansia de encontrar paz en los corazones aunque haya muchas confusiones en sus vidas o precisamente por eso por tanta confusión como hay.
Y es la misericordia la que nos llena de paz; sentiremos esa paz cuando saboreamos en nosotros esa misericordia que nos manifiesta el amor y el perdón del Señor, pero al mismo tiempo vamos a sentir paz cuando seamos capaces de tener misericordia con el otro ofreciendo generoso perdón, llenando nuestro corazón de comprensión, alejando de nosotros resentimientos que nos harían sufrir. En la misericordia que tengamos con los demás alcanzaremos nosotros también esa paz del corazón. Y tenemos que ser signos de ello con nuestra vida para que todos alcancen a descubrir la misericordia y el amor de Dios y aprendamos a vivir en esa honda de misericordia y de paz.