lunes, 5 de diciembre de 2016

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…’ Es el anuncio del profeta que escuchamos en este inicio de la segunda semana del Adviento. No hemos de temer, viene el Señor.
Viene el Señor transformándolo todo. Como los ciegos que comienzan a ver, los sordos que pueden ya escuchar los sonidos y entenderse con los demás, los cojos y todos los discapacitados que comienzan a moverse por sí mismos, los corazones que se llenan de gracia y de alegría porque encuentran la paz del perdón. 
Si en la sinagoga de Nazaret Jesús había dicho que todo lo anunciado por el profeta y estaban escuchando en aquel momento allí estaba ahora sucediendo, lo mismo podemos decir hoy cuando escuchamos el evangelio. Vemos cumplidas las promesas de los profetas. El paralítico alcanza el perdón y el movimiento de sus piernas de manera que ya incluso podrá cargar su camilla. Pero ¿estaremos viendo el cumplimiento de esa Palabra en el hoy de nuestra vida?
El evangelio nos describe un hecho bien significativo. Un paralítico que querrá acudir con fe a Jesús pero que por si mismo no puede hacerlo. Unos voluntarios que también con fe en Jesús y con un buen corazón lo hacen llegar hasta los pies de Jesús a pesar de todas las dificultades; la gente se agolpa a la puerta y en su deseo de escuchar a Jesús están impidiendo que otros puedan llegar también hasta Jesús; pero para aquellos hombres de buena voluntad nada habrá que les impida cumplir su propósito. Por allá además algunos que sospechan – están al acecho -, que juzgan, que condenan – esto es una blasfemia porque quien puede perdonar pecados sino Dios -, y en medio de todo Jesús que llega con su salvación, que trae vida, que trae perdón, que quiere llenar nuestro corazón de paz, que quiere que en verdad seamos capaces de llegar a todos porque nada nos lo impida.
Ya hemos escuchado el desarrollo de la escena y cómo aquel hombre encontró la salud para poder ir al encuentro con los demás, pero encontrar la paz y el perdón para su espíritu. Pero como nos preguntábamos hace un momento ¿se estará cumpliendo esta Palabra también en nosotros?
Reconociendo nuestras debilidades, las deficiencias con que se llena nuestra vida cuando nos sentimos esclavizados por el pecado, también nosotros queremos ir a Jesús. Nada tendría que detenernos. Si grande es nuestra fe y nuestro deseo de alcanzar la liberación que nos trae Jesús hemos de saber valernos de todos los medios que tengamos a nuestro alcance, hemos de tener también la suficiente humildad para dejarnos ayudar. A veces no somos humildes para reconocer nuestras limitaciones, nuestras discapacidades que no son solo las físicas sino aquellas cosas que hemos dejado meter en nosotros y nos impiden un encuentro con los demás.
Pero pensemos en algo más, sabiendo como Jesús nos ha liberado con su perdón. ¿Seremos capaces de hacer como aquellos camilleros que llevaron al paralítico hasta Jesús saltando todos los obstáculos? Ahora somos nosotros los que tenemos que ayudar a los demás. Encontraremos dificultades, barreras que saltar, oposición en quien no querrá quizá dejarnos actuar, pero tenemos que seguir adelante. Lo que gratis nosotros hemos recibido también hemos de ser capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás para que también encuentren la salvación, la luz, la alegría de sus vidas, la paz.
Muchos caminos concretos nos está proponiendo Jesús delante de nosotros desde este evangelio que hemos escuchado. En nosotros está ahora la respuesta.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Isaías 11,1-10; Sal 71; Romanos 15,4-9; Mateo 3,1-12
¿Necesitaremos profetas en el mundo de hoy? ¿Hará falta que surja un profeta en medio de nosotros que con sus signos y palabras trate de despertar a los hombres y mujeres de Dios? Alguno podrá pensar que eso de los profetas son cosas de otros tiempos. Hoy con nuestro mundo tan tecnológico, tan informatizado, tan globalizado como en el que vivimos no podemos pensar en profetas porque no necesitaríamos de esas cosas, o personajes, que nos suenan a cosas y personajes de otros tiempos.
Pero creo que a pesar de todo ello en la experiencia de la vida sí podemos recordar sucesos, acontecimientos, personas que nos llaman la atención por lo que nos dicen, por su manera de actuar, o porque quizá nos parezca que van a contracorriente del ritmo de vida que vivimos y quizá pronto los dejamos caer en el olvido y entretenidos en otros juegos, vamos a decirlo así, no les prestamos atención pero seguramente nos estarán diciendo con sus hechos o con sus palabras muchas cosas importantes. Pareciera que nada nos sorprende ni nos llama la atención en la loca carrera que vivimos.
En un mundo de tan rápidas comunicaciones, por ejemplo, donde podemos estar en contacto al instante con personas del otro lado del planeta o recibir noticias en el mismo momento que están sucediendo por muy sorpresivas que fueran, o recibir comunicación de satélites o sondas espaciales que están ya casi perdidos en el espacio, sin embargo podemos tener el peligro de vivir en una tremenda soledad y no ser capaces de comunicarnos con el que está a nuestro lado.
Tantos medios, tantas cosas que tenemos a nuestra mano y sin embargo tenemos el peligro de endurecernos dentro de nosotros mismos poniendo costras que impidan la comunicación, la relación con quien está a nuestro lado y necesita que le prestemos atención en su soledad o en sus necesidades básicas, de subsistencia quizá. ¿Quién podrá despertarnos, hacernos ver esa realidad que tenemos quizá tan cercana y hacer que pongamos más humanidad en nuestras relaciones con quienes tenemos cercanos y quizá ya ni nos damos cuenta de sus sufrimientos? ¿Habrá algún profeta que nos llame la atención y nos despierte?
En este segundo domingo de Adviento la liturgia desde el evangelio nos presenta la figura de Juan Bautista. Alguien que apareció allá en el desierto en la orilla del Jordán y que nos llamó la atención y trató de despertar a aquel pueblo en un momento que iba a ser el punto culminante de la historia cumpliéndose lo que eran todas sus esperanzas. Profeta y más que profeta, diría más tarde Jesús de él.
El profetismo era algo muy presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Dios. Grandes profetas habían aparecido continuamente en medio del pueblo como los que recordamos porque conservamos sus profecías en el libro sagrado, pero era, repito, algo muy presente siempre en la historia de la salvación.
Aquellos hombres que Dios iba suscitando en medio del pueblo, en las diferentes circunstancias en que iban viviendo y por una parte les recordaban la Alianza de Dios con su pueblo y por otra parte mantenían despierta la esperanza en el Mesías que iba a venir. Hombres surgidos en medio del pueblo que se convertían con sus signos y con su palabra en voceros de Dios normalmente en torno al templo de Jerusalén o los otros santuarios repartidos por toda su geografía aunque no fueran sacerdotes o incomodaran a las autoridades religiosas constituidas ya fuera en el reino del norte, Israel, o en el reino de Judá.
Ahora había aparecido Juan en el desierto con grandes signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión. Su figura y sus palabras les recordaban lo ya habían anunciado los profetas como Isaías de la voz que iba a surgir en el desierto para preparar los caminos del Señor. ‘Convertíos, les decía, porque está cerca el Reino de los cielos’. Y aunque habían de realizar el signo purificatorio y penitencial de sumergirse en las aguas del Jordán la invitación radical era a la conversión, al cambio de vida, a enderezar los caminos, allanar los valles, preparar las calzadas para el Señor que venía y estaba cerca. Su bautismo era solo un signo de esa conversión del corazón, porque habría de venir el que bautizara con Espíritu Santo y fuego, anunciando así ya un nuevo bautismo. 
Acudían de todas partes. Su palabra, sus gestos, su manera de vivir eran las señales del profeta que llamaban la atención y todos se llegaban hasta el Jordán. ¿Será un profeta? Se preguntaban y le preguntaban. ¿Será el Mesías que ha de venir? ¿Quién eres tú? Le vinieron a preguntar incluso de parte de las autoridades religiosas de Jerusalén como vemos en otros pasajes del evangelio. Y la gente estaba alerta, estaba atenta, y muchos querían en verdad prepararse y se convirtieron en discípulos de Juan.
Como nos preguntábamos al principio, ¿necesitaremos nosotros un profeta como Juan Bautista? Si queremos abrir los ojos de la fe no solo responderemos que sí lo necesitamos, sino que además también podríamos descubrir muchos signos y llamadas de parte del Señor en este momento de la historia que vivimos.
Tenemos, sí, la Palabra de Dios que se nos proclama cada día y con especial intensidad en este tiempo de Adviento, tenemos acontecimientos que se suceden en nuestro mundo en estos mismos tiempos que tendríamos que saber leer con ojos de fe, podemos descubrir figuras con voz profética que nos están llamando en las puertas de nuestras conciencias y a las que tendríamos que prestar más atención, está quizá también en nosotros, los que quizá estamos más cerca de la Iglesia, esa responsabilidad que tenemos de hacer el anuncio con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra solidaridad abriendo en verdad nuestro corazón a ese mundo que nos rodea y necesita una voz, una luz, alguien que haga el anuncio del evangelio.
Ahí está, si queremos escuchar, esa llamada continua del Señor que nosotros tenemos que escuchar y de la que tenemos que hacernos eco para los demás. Creo que este puede ser el gran mensaje que escuchemos en este segundo domingo de adviento mientras caminamos con esperanza al encuentro con el Señor en la cercana Navidad para poder vivirla con todo sentido.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Somos nosotros también apóstoles enviados a sanar a nuestro mundo con el anuncio del Evangelio del Reino creando lazos de amistad y encuentro entre todos

Somos nosotros también apóstoles enviados a sanar a nuestro mundo con el anuncio del Evangelio del Reino creando lazos de amistad y encuentro entre todos

 Isaías 30,19-21.23-26; Sal 146; Mateo 9,35–10,1.6-8

‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias… Y llamando a sus doce discípulos los envió con estas instrucciones: Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis…’
Lo mismo que realiza Jesús lo confía a sus discípulos. Ha llamado a doce y los ha constituido apóstoles, sus enviados. Han de realizar su misma misión. El anuncio de la Buena Nueva del Reino, como lo hacia Jesús. Y les da poder para realizar las mismas señales, los mismos signos que realiza El, curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios.
Son los signos de que llega el Reinado de Dios. Si Dios es nuestro único Señor no podemos permitir que el mal se enseñoree de nuestra vida. No podemos servir a dos señores, nos dirá Jesús en otra ocasión. Como un signo de que eso es posible Jesús quiere ir quitando todo lo que pueda hacer sufrir o esclavizar al hombre. Algo que físicamente nos hace sufrir son las enfermedades y todas las limitaciones físicas que podamos padecer; nada nos puede aislar ni de Dios ni de los demás. Nada de muerte puede imperar en nuestra vida.
El anuncio de la Buena Nueva del Reino es un anuncio de vida; nos viene a traer el perdón y la paz, viene a poner amor en nuestro corazón, viene a destruir las barreras que nos puedan impedir acercarnos los unos a los otros; son los signos que Jesús va realizando cuando va curando todas las enfermedades y todas las dolencias.
Por ejemplo, el curar de la lepra incluía que el que la había padecido pudiera volver de nuevo a reintegrarse a su familia y a su comunidad. La lepra era una barrera que aislaba, que separaba de los demás, porque el contagiado con esa enfermedad no podía vivir ni con su familia ni en el seno de la comunidad, había de marchar a sitios aislados. El sufrimiento no eso solo lo físico del dolor de la enfermedad, sino ese sufrimiento de verse aislado de todos.
Jesús viene a romper esas barreras. Muchas veces nosotros en la vida nos aislamos o aislamos a gente de nuestro entorno. Nos aislamos porque no nos comunicamos, porque nos encerramos en nosotros mismos, porque nuestro egoísmo y nuestro orgullo nos separan de los demás, porque quizá nos hacemos intratables para los otros por nuestra manera de ser. O aislamos a los demás porque cuantas barreras creamos cuando nos ponemos a hacer distinciones por su manera de pensar, por su manera de ser, por su condición social o por el lugar de donde procede o donde vive; aislamos a los demás cuando juzgamos a los demás y condenamos desde las apariencias, cuando marcamos a la gente con las que no nos queremos tratar, y así cuantas cosas.
Con Jesús, queriendo vivir en el Reino de Dios, eso no nos lo podemos permitir, esa no puede ser nuestra manera de actuar. Jesús quiere curar nuestro corazón para que lo llenemos de humildad y de amor, para que podamos ir al encuentro con los demás y abramos también nuestra vida para que los otros puedan llegar hasta nosotros. Y eso nos dará la paz más hermosa que podamos sentir, cuando nos damos y amamos y al mismo tiempo sabemos sentirnos amados de los demás.
Es la tarea que hemos de realizar en nosotros cuando escuchamos el Evangelio de Jesús pero es la tarea que nosotros hemos de realizar anunciando ese Reino de Dios a los demás no solo con nuestras palabras sino con los signos de nuestra vida, nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras acciones concretas. Hemos de ir dejándonos curar por el Señor y curando a los demás cuando vamos poniendo paz y entendimiento entre todos. Es el evangelio que Jesús nos confía que hemos de anunciar. Lo que hemos recibido gratis, hemos de anunciarlo gratis también. Todo es gracia.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31
‘¿Creeis que puedo hacerlo?’, pregunta Jesús a aquellos dos ciegos que venían gritando detrás de El. Pudiera parecer una pregunta innecesaria. Si aquellos hombres así gritaban detrás de Jesús era porque tenían la esperanza de que Jesús les podía curar. A ellos habrían llegado noticias de cómo Jesús había curado a otros enfermos, había hecho caminar a los paralíticos, limpiado a leprosos que se habían reincorporado a la vida de su familia, hablar a los mudos y también a muchos ciegos les había devuelto la visión. Tenían esperanza de que Jesús a ellos también los curara, les devolviera la vista.
Pero Jesús pregunta ‘¿creeis que puedo hacerlo?’. Tantas veces Jesús les había dicho a los que acudían a él y dudaban ‘basta que tengas fe’. Se lo había dicho a Jairo cuando iba a curar a la hija enferma pero por el camino le habían dicho que había muerto. Se lo dijo a la mujer de las hemorragias que con fe se había acercado a Jesús por detrás para tocar su manto y Jesús le dice ‘tu fe te ha curado’.
¿Quién los curaba? ¿Quién hacia el milagro? El poder divino estaba en Jesús, pero era necesario que se pusiera toda la fe en él. Como aquel hombre que no era judío, era un centurión romano, pero estaba seguro que la palabra de Jesús podía sanar a su criado enfermo; una palabra, una orden como él estaba acostumbrado a dar para que sus soldados o sus criados obedecieran, y con esa palabra de Jesús su criado podía curarse.
Se podía acudir a Jesús viendo solo en El al taumaturgo capaz de hacer cosas maravillosas, pero no ver la acción de Dios en El. Se podía acudir a Jesús como quien acude a un mago que con sus hechicerías hace cosas extraordinarias que nos encandilan y nos pueden confundir. Pero había que acudir a Jesús con otra fe. Lo que se realizaba en Jesús era obra de Dios, eran los signos y señales de lo más hondo y profundo que Dios quiere realizar en nuestra vida.
Jesús con su pregunta está calibrando la fe de aquellos hombres. Habían gritado ‘ten compasión de nosotros, Jesús, hijo de David’ y con esa expresión se estaban manifestando resonancias mesiánicas. Pero no era solo pensar en un Mesías como el que tantos esperaban en un sentido guerrero y liberador de opresiones de poderes extranjeros.
Habría que reconocer en Jesús a quien estaba lleno del Espíritu divino que le había enviado a realizar el año de gracia del Señor y como signo y señal los enfermos serian liberados de sus males, de sus dolores y sufrimientos, pero habría de nacer un mundo nuevo de libertad, de amor, de paz, de gracia y de santidad. Lo que Jesús quería realizar era mucho más que liberarnos de una enfermedad corporal o de unas limitaciones físicas, porque quiere liberarnos del mal más profundo que nos ata y nos esclaviza que es el pecado. No cabían dudas. Habría que tener la certeza de la fe, y de una fe madura y profunda.
Acudimos a Jesús, acudimos a Dios tantas veces y decimos que lo hacemos con fe, pero quizá nuestro corazón pudiera estar lleno de dudas y de confusiones. Tenemos que madurar nuestra fe. Tenemos que aprender a poner toda nuestra confianza en Dios. Tenemos que buscar allá en lo más profundo de nosotros esa presencia de Dios que nos ama, que nos salva, que nos llena de vida, que nos pone en camino de algo nuevo. Que de ninguna manera se nos debilite nuestra fe.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor en ese camino de la fe; dejemos que el Espíritu del Señor hable desde lo más profundo de nosotros cuando nos dirigimos a Dios en nuestra oración para saber hacer la mejor oración porque El sabe bien lo que mejor nos conviene. Sí, con la fuerza y la luz del Espíritu sabemos bien que Jesús puede curarnos, que en Jesús tenemos nuestra salvación.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Si decimos ‘Señor’ invocando a Dios es porque queremos escucharle también para descubrir su voluntad y realizar el plan de Dios en nuestra vida y en el mundo

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

¿Creer en Dios es solamente rezar? ¿Creer en Dios es solamente ser honrado y tratar de hacer cosas buenas? Parecen preguntas fáciles y nos encontramos diferentes posturas quizás ante lo que plantean. Desde los que reducen toda su fe a hacer sus rezos y oraciones cada día cuando se levantan, cuando van a la Iglesia o cuando se acuestan olvidando el resto del día esa presencia de Dios, los que se contentan con rezar pidiendo a Dios que les resuelva y les dé solución fácil a los problemas que se van encontrando en la vida, o por el contra los que te dicen que no hace falta rezar, que solo es suficiente con que seas bueno y trates de hacer cosas buenas a los que te quieren.
Están, pues, los que por una parte reducen toda su fe a unos actos piadosos sin ningún otro compromiso en la vida frente a los que toda su fe la reducen a hacer cosas por los demás contando demasiado poco con la asistencia y fuerza de la gracia para poder llevar adelante su compromiso reduciendo todo a un puro activismo sin mayor trascendencia religiosa. Claro que en medio podemos encontrar otras posturas más conciliadoras entre una actitud y otra, y también aquellos a los que la fe nada les dice y viven sin querer sentir esa presencia de Dios en sus vidas y en lo que hacen.
¿Qué nos dice Jesús hoy en el evangelio? No nos vale decir ‘Señor, Señor’ sin que esas expresiones tengan trascendencia y repercusión en la vida que vivimos. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. No es solo decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar al Señor, conocer su voluntad para poder realizarla en la vida. ‘El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’.
Los que seguimos a Jesús queremos vivir y realizar en la vida lo que es el Reino de Dios. No decimos que seguimos a Jesús solamente porque nos sentimos atraídos por El, sino que en El estamos descubriendo un camino, un sentido de vida, un sentido y un valor a lo que es nuestro mundo y lo que en él tenemos que realizar. No simplemente queremos ser buenos y hacer aquellas cosas que nos parecen buenas desde nuestra pura subjetividad, sino que queremos realizar el plan de Dios, lo que es el Reino de Dios.
¿Cómo podremos realizar el plan de Dios sin Dios, el Reino de Dios sin Dios? No podemos prescindir de El sino que con El tenemos que contar; primero escuchándole para conocer lo que es su voluntad, luego realizándolo en el quehacer de nuestra vida pero no solo por nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad, sino con la fuerza de su gracia, con la fuerza de su Espíritu que actuará en nosotros.
Tendremos que decir, sí, ‘Señor, Señor’, porque queremos reconocer que en verdad es el Señor de nuestra vida, queremos mostrarle todo nuestro amor y nuestra alabanza, queremos darle gracias por esos dones que de El continuamente recibimos, pero queremos también escucharle para conocer su voluntad, para que sea en verdad su Espíritu el que nos ilumine y nos guíe, el que nos dé la fuerza que necesitamos para realizar su plan, para construir de verdad el Reino de Dios.
No solamente amaremos y  haremos cosas buenas a los que nos aman, sino que aprenderemos entonces la amplitud que ha de tener nuestro amor. No solamente nos contentaremos con ser buenos y honrados, sino que descubriremos entonces todo el compromiso que ha de haber en nuestra vida por hacer un mundo mejor, un mundo más justo y más solidario, un mundo donde todos en verdad seamos más felices.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Escuchemos la invitación a irnos con Jesús para aprender a ser pescadores de hombres llevando a todos la Buena Noticia del Reino de Dios

Escuchemos la invitación a irnos con Jesús para aprender a ser pescadores de hombres llevando a todos la Buena Noticia del Reino de Dios

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

‘Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores’.
Pasa Jesús y observa. Allí están unos pescadores. ¿Conocían a Jesús? ¿Habían escuchado a Jesús? Si rebuscamos en los evangelios san Juan nos dirá que en día él y Andrés que escuchaban a Juan allá en el desierto se habían ido tras Jesús y habían pasado la tarde con El. Buscaban conocer a Jesús y le preguntan por donde vivía. Estuvieron con Jesús y Andrés al día siguiente corre a llevarle la noticia a su hermano Simón. Pero su tarea de pescadores había continuado porque era el sustento de su vida.
Ahora pasa Jesús y observa. Aquellos jóvenes pescadores también habrían estado cuando Jesús hablaba y enseñaba a las gentes. Jesús mira más adentro de lo que podamos ver los hombres con nuestros ojos de la carne. Jesús conocerá la inquietud de sus corazones, su ardor, su entusiasmo por las cosas buenas, la esperanza que anidaba en su vida y no se perdía sino que ahora escuchándole quizá se enardecía más. Son pescadores, cumplidores de su oficio, pero Jesús quiere algo más para ellos, tiene algo que ofrecerles.
‘Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres’ y lo mismo dirá más adelante a otros dos hermanos que hacen lo mismo y están junto a su barca con su padre Zebedeo y los jornaleros contratados para ayudarles. Eran pescadores en aquel lago de Galilea pero Jesús quiere abrirles el corazón a otros mares, a otras formas de pescar. ‘Os haré pescadores de hombres’.
La buena noticia que Jesús anunciaba y que enardecía los corazones de aquellas gentes sencillas había que sembrarla en otros tierra, en otras gentes; habría que invitar también a otras personas, en otros lugares, allí donde ahora no llegaba Jesús para que conocieran también esa buena noticia. Muchos pobres en muchos lugares necesitaban escuchar esa buena noticia que les anunciaba una liberación y un mundo nuevo. Había que ser pescadores de hombres, Jesús necesitaba pescadores, necesitaba que aquella semilla calase hondo en los corazones para que pudiera ser trasmitida. Allí estaban los primeros a los que Jesús invitaba a estar con El. Con Jesús aprenderían un nuevo arte de pesca, porque aprenderían a ser pescadores de hombres.
Ya Andrés había hecho sus primeros intentos cuando había llevado a su hermano Simón hasta Jesús. Algún día lo veremos que algunos griegos quieren conocer a Jesús y a través de Andrés van a ser presentados a Jesús. Por el mundo habrían de salir un día con esa misión, con ese anuncio que realizar, con esa tarea de llevar hombres y mujeres de todos los lugares del mundo hasta Jesús.
Hoy estamos celebrando a san Andrés y muchas más consideraciones podríamos seguir haciéndonos. Pero ¿no escucharemos nosotros en nuestro corazón también esa invitación de Jesús para ser pescadores de hombres?
El Papa nos está repitiendo continuamente que tenemos que salir a las periferias, que tenemos que ir al encuentro de todos los hombres, allá donde estén. Es la tarea en sus objetivos pastorales que nuestras diócesis y parroquias están ahora empeñadas en realizar. Discípulos y apóstoles, discípulos y misioneros, discípulos que estamos junto a Jesús  pero que tenemos que salir a ser pescadores de hombres.
Que no se nos apague esa inquietud que sentimos en nuestros corazones; que vayamos al encuentro con Jesús para conocerle – ‘maestro, ¿Dónde vives?’, también le preguntamos; que escuchemos esa llamada de Jesús y dejemos atrás esa cosas que nos impedirán hacer una pesca mejor. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

 Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

La gente que camina por la vida con humildad y sencillez nos gana el corazón. Con ellos nos sentimos a gusto y esa humildad y sencillez facilitan la amistad y la relación.
Los que van orgullosos por la vida, poniendo distancias de los demás desde los pedestales que se han creado o se imaginan no encontrarán una verdadera amistad desde la falsedad de vida que se han creado. Se hace difícil la comunicación y la relación. Desgraciadamente son muchos los que caminan así por la vida y es una fácil tentación que todos sentimos de subirnos en los pedestales de nuestro orgullo.
Pero actitudes así nos cierran el corazón, nos impiden levantar la mirada para descubrir las cosas que son verdaderamente grandes y son una tremenda interferencia para conectar con la sintonía de Dios. Quienes no somos en nuestro orgullo capaces de sintonizar con el que está a nuestro lado nos vemos también imposibilitado de sintonizar con Dios.
Creo que tendríamos que aprender muy bien este sentido y este estilo de vivir que nos enseña Jesús en el evangelio. Que nuestro corazón sencillo y lleno de humildad esté siempre abierto a sintonizar con el hermano desterrando de nosotros toda malicia para que no haya doblez en nuestro corazón. No es cuestión solo de aparentar sencillez sino de que nuestro corazón sea humilde y sencillo. Tendría que ser la autenticidad de nuestra vida lo que tendría que resplandecer.
Hoy escuchamos en el evangelio el gozo de Jesús cuando ve la sintonía de los humildes y sencillos con Dios al que pueden escuchar y conocer mejor. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla’.
En la sinagoga de Nazaret lo había anunciado con palabras del profeta. La Buena Noticia es para los pobres. ‘Los pobres son evangelizados’ cuando a los oprimidos y carentes de libertad se les trae la salvación. Quienes se sienten satisfechos y llenos de si mismos no recibirán la Buena Noticia, no podrán escucharla porque ya no creerán necesitarla cuando creen que ya lo tienen todo. Por eso como cantaría María ‘a los hambrientos llenó de bienes, mientras a los ricos los despidió vacíos y sin nada’.
Dos cosas a la manera de conclusión quiero pensar escuchando estas palabras de Jesús. Primero me pregunto si escucho yo esa buena noticia porque me siento de verdad pobre delante del Señor. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’ proclamará Jesús en las bienaventuranzas del Sermón del Monte.
Y la segunda cosa que me hace pensar es si en verdad estamos anunciando esa Buena Noticia a los pobres hoy. Es el primordial mensaje que tiene que realizar la Iglesia en el nombre de Jesús. ¿Los pobres de hoy, en pleno siglo XXI, verán en la Iglesia ese rayo de luz y de esperanza porque en verdad les estamos anunciando la Buena Noticia de Jesús, no solo con palabras sino con los hechos de nuestra vida y lo que es la vida de la Iglesia? Sería triste que por el testimonio negativo de nuestra vida no fuéramos esa Buena Noticia para los pobres y a ellos no llegara la sintonía de Dios por nuestra culpa.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Aunque humildemente reconozcamos que no somos dignos de la presencia salvadora del Señor dejemos que venga a nosotros a curarnos

Aunque humildemente reconozcamos que no somos dignos de la presencia salvadora del Señor dejemos que venga a nosotros a curarnos

Isaías 2,1-5; Sal 121; Mateo 8,5-11

‘Voy yo a curarlo’, dijo Jesús. Un centurión lo estaba esperando; tenía en casa un criado a quien apreciaba mucho que estaba muy enfermo, casi muriéndose; por eso se adelante para llegar hasta Jesús para hacerle la petición. ‘Voy yo a curarlo’, le responde Jesús.
Como tantas veces que Jesús llegaba allí donde estaba el sufrimiento. Acompañó a Jairo hasta su casa para darle vida a la niña que estaba en las ultimas aunque por camino vinieron con malas nuevas; como se acercó hasta el paralítico de la piscina a quien nadie ayudaba a meterse en el agua; como se detuvo junto al ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén o pidió que le trajeran a Bartimeo que gritaba en la orilla del camino de Jericó; como tendió la mano a la suegra de Pedro para levantarla de la cama o toca con su mano la carne llagada del leproso que se postra a sus pies.
Pero Jesús no solo va hasta donde han un dolor o sufrimiento físico, sino que se fijará en el corazón quizá atormentado de aquel publicano que quería ver a Jesús pero no se atrevía y se refugió entre las hojas de la higuera; o como abrió las puertas de la casa en la noche para recibir a aquel buen hombre lleno de dudas y de interrogantes en su interior que era Nicodemo; o como se dejó lavar los pies por la mujer pecadora que lloraba de amor por sus muchos pecados que ahora le serían perdonados.
‘Voy yo a curarlo’, le dice al centurión aunque ya supiera de antemano que este hombre no se atrevía a que Jesús llegase a su casa, pero Jesús estaba suscitando en su interior que su fe creciese y madurase en la humildad para poder presentarlo quizá como modelo para la fe interesada de tantos que acudían a Jesús solo por el milagro. Jesús va allí donde está el sufrimiento porque quiere curar al hombre, no solo al cuerpo; Jesús quiere renovarnos desde lo más hondo de nosotros mismos por eso tantas veces su despedida será que vayamos en paz.
¿Estaremos ahora escuchando que Jesús nos dice también ‘voy yo a curarlo’? creemos en su palabra poderosa que da vida, pero aunque siendo humildes reconozcamos que no lo merecemos, que no somos dignos, dejemos que Jesús llegue a nuestra casa, a nuestra vida, a nuestro corazón. Quiere venir El a curarnos, a salvarnos. Preparemos con nuestra humildad el camino.
Estamos en los primeros pasos del Adviento que nos lleva a la Navidad, a la venida del Señor. Pero sabemos que no es solo un recuerdo, sino que el Señor viene, y viene a curarnos, viene a traernos la salvación. Preparemos el camino como tantas veces vamos a seguir escuchando en los profetas reconociendo que nuestros caminos están oscuros y necesitan luz, nuestros caminos se nos han llenado de obstáculos y el viene a limpiarnos, nuestros caminos se han torcido cuando nos hemos ido dejando arrastrar por pasiones y por egoísmos materialistas pero El viene a elevar nuestro espíritu. Piensa como tengo que pensar yo también cuál es esa enfermedad, ese mal que hay en nosotros y necesita ser curado por Jesús.
Aunque digamos una y otra vez que no somos dignos, y hemos de decirlo con total sinceridad, dejemos que el Señor venga a curarnos.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Queremos hacer un adviento verdadero desde las expectativas que tenemos los hombres de hoy porque sabemos que en Cristo encontraremos la verdadera salvación

Isaías 2,1-5; Sal 121; Romanos 13,11-14; Mateo 24,37-44
Aunque quizá no sepamos cómo expresarlo los hombres vivimos siempre a la expectativa de que las cosas vayan a mejor, los problemas se solucionen, encontremos respuestas a esas preguntas que nos hacemos en nuestro interior sobre el camino que hacemos, la realidad de lo que es la vida que vivimos, o esos tremendos interrogantes que ahí están aunque algunas veces quizá no nos atrevamos a manifestarlo de qué es lo que estamos haciendo con nuestra mundo.
En ocasiones quizá nos volvemos de alguna manera pesimistas, otras veces queremos acallar esas voces interiores que de alguna manera nos gritan. Pero ahí está la marcha de nuestra sociedad; pensamos quizá que con la elección de otros personajes que puedan enderezar los destinos de nuestro mundo podríamos encontrar la solución, pero quizá pasa el tiempo y las cosas siguen igual y en cierto modo nos sentimos frustrados en esas esperanzas.
Podemos pensar en grandes acontecimientos que se van sucediendo en la historia actual de nuestro mundo tan lleno de guerras y violencias, en los movimientos que surgen por aquí o por allá que parecen que puedan dar soluciones y hacer que las cosas cambien, en personajes que aparecen en la historia y tras un recorrido vemos que quizá no han sabido resolver los problemas de nuestro mundo para hacerlo mejor. Y seguimos esperando sin saber bien qué salvadores pueda tener nuestro mundo, o podamos encontrar que enderece tantas cosas que no nos gustan.
Estoy hablando, sí, de esperanzas y expectativas que vivimos en nuestro hoy. Podríamos descender un poco más y llegar a situaciones cercanas a nosotros con la pobreza que parece que crece cada día más, las violencias con que nos tratamos en las familias, con los convecinos, las crispaciones en que muchos viven que parecieran que siempre estamos los unos contra los otros porque nada nos parece bueno de lo que nos puedan ofrecer los que consideramos nuestros adversarios. ¿Encontraremos motivos para tener esperanza?
Y a todo esto, nosotros, como cristianos ¿qué tenemos que decir? ¿qué es lo que podemos ofrecer? Tampoco nos podemos cruzar de brazos, estar esperando que sean otros los que nos den las cosas ya solucionados, alguna mano podremos poner, alguna luz podremos dar.
En el ritmo de la liturgia y del camino de nuestra vida cristiana estamos entrando en un tiempo que llamamos Adviento y que decimos que nos prepara para la Navidad. Es un tiempo del que decimos que viene cargado de esperanza, porque ahora vivimos en la espera de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Creo que seria necesario que nos lo planteáramos bien. Porque lo que vamos a celebrar en la navidad no es simplemente el recuerdo de unos hechos que tuvieron su momento histórico y que ahora son solo recuerdo. Las celebraciones para los cristianos son mucho más que un recuerdo, porque celebramos una presencia, la presencia salvadora del Señor.
¿Tendrá algo que ver la celebración de la Navidad ya cercana con todo eso de lo que hemos comenzado hablando, de esas expectativas y esperanzas que podamos vivir los hombres de hoy también con esas frustraciones que a veces sentimos por no encontrar las respuestas que buscamos?
La autentica alegría de la navidad no se nos puede quedar en el recuerdo de aquellos momentos que es cierto son tan entrañables para nosotros y tan significativos como fue el nacimiento de Jesús en Belén. De la misma manera que la fiesta de la navidad no se puede quedar en una fiesta familiar que porque tenemos la nostalgia quizá de los que ya no están con nosotros a la larga se puede llenar interiormente de muchas tristezas y amarguras.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida y a nuestra historia de hoy, y lo esperamos también con esas expectativas, con esos deseos de algo mejor para los nuestros y para nuestro mundo. Jesús es el verdadero Salvador que nos da respuestas, que nos señala caminos, que nos da pautas de cómo hemos de caminar si queremos en verdad hacer que nuestro mundo sea mejor. No esperamos que vengan otros salvadores que nos arreglen nuestro mundo, otros personajes que puedan cambiar los derroteros de la historia; esos personajes se nos pueden quedar muy lejanos.
Y es que Jesús viene a decirnos que ha puesto ese mundo en nuestras manos y de nosotros depende de que ese mundo sea mejor; que cada uno de nosotros tenemos que ir poniendo nuestro granito de arena, las piedras necesarias para la construcción de ese mundo mejor; y Jesús nos viene a decir que está con nosotros, que nos acompañara con su gracia y con la fuerza de su Espíritu en ese camino que queremos hacer.
Y cuando sintamos de verdad esa presencia de Jesús en nosotros y porque queremos hacerlo más presente en nuestro mundo estaremos haciendo verdadera Navidad, porque estaremos haciendo nacer a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida. No será un recuerdo, será una realidad en nosotros; y eso nos llena de esperanza de la verdadera, y eso nos hará sentir la alegría más honda cuando veamos que se van encendiendo luces porque vamos haciendo poco a poco que cada vez seamos mejores.
Es un camino el que estamos emprendiendo cuando comenzamos el Adviento que nos lleva a la Navidad, pero un camino que hemos de hacer con seriedad, con responsabilidad, con mucho amor, con mucha esperanza porque sabemos que Cristo ya está con nosotros.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

‘Estad siempre despiertos… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. ¿Estaremos dormidos en la vida? hay muchas formas y muchas veces no sé si andaremos como zombis por la vida; aparentemente despiertos, pero para aquellas cosas verdaderamente importantes dormidos.
Estar despiertos en la vida nos habla de estar atentos y vigilantes para ver lo que pasa, estar atentos y vigilantes en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, estar atentos a las personas de nuestro entorno, estar atentos a lo que va sucediendo en el mundo. Quien desempeña una función en la vida no se puede dormir, ha de cuidar todos los detalles de lo que va realizando para sacar las cosas adelante, vigilantes ante los problemas que surgen porque muchas veces incluso hay que preverlos para saber darles solución a tiempo.
Quien tiene una responsabilidad familiar – y todos pertenecemos a una familia de la que no podemos desentendernos – ha de cuidar del bien de los suyos, de la felicidad de cada uno, de los problemas que podamos tener, de tener todo lo necesario para una vida digna, de cuidar del futuro de los hijos preparándolos debidamente desde la función de padres. Y así podíamos pensar en multitud de cosas en la vida.
Pero creo que cuando hoy escuchamos que el Señor nos dice que estemos despiertos algo más querrá decirnos, en otros aspectos fundamentales de nuestra vida también tendremos que fijarnos, aunque muchas veces en el materialismo con que vivimos o en la solución de esos problemas que día a día se nos presentan quizá el aspecto espiritual de nuestra existencia no lo cuidamos como tendríamos que hacerlo.
Ahí está nuestro crecimiento como personas pero también la profundidad espiritual que tenemos que darle a nuestra existencia. Esa espiritualidad que ha de dar fondo a nuestra existencia, que nos hará mirar a metas altas, y que llenará de trascendencia nuestro vivir. Es esa reflexión que hondamente dentro de nosotros hemos de ir haciéndonos para rumiar los acontecimientos de nuestra vida y saber aprender de cuanto nos suceda. Será entonces esa sabiduría que iremos aprendiendo de la vida misma cuando reflexionamos, cuando vamos contemplando lo que nos va sucediendo para saber leer en esos acontecimientos muchas lecciones buenas y positivas que hemos de saber ir sacando.
Y en esa espiritualidad de la persona un lugar importante, yo diría esencial, ha de ocupar nuestra fe. Esa fe que da sentido a nuestro vivir, a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Esa fe que hemos puesto en Jesús y en su evangelio para convertirlo de verdad en centro de nuestra vida. En esa reflexión que nos hacemos es importante que iluminemos nuestra vida con esa luz de la fe y contrastemos lo que hacemos y vivimos con el sentir del evangelio de Jesús.
Despiertos para nuestra fe, despiertos en nuestra fe para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre como nos ha dicho hoy el evangelio. Nos está hablando, sí, de ese momento final de nuestra existencia cuando vayamos a presentarnos definitivamente ante Dios para su juicio. Quizá sea una cosa en la que no pensemos, o que muchas veces hasta tratemos de alejar de nuestros pensamientos. Pero no tendría que haber temor si en verdad nos hemos mantenido despiertos en el caminar de nuestra vida también en ese aspecto de nuestra fe.
El juicio de Dios tenemos siempre la esperanza que es desde la misericordia; es cierto que no siempre somos fieles porque somos muy débiles y muchos tropiezos vamos teniendo en la vida; pero si andamos despiertos habremos sabido ir corriendo y enderezando  nuestros caminos. Sabemos que al final nos vamos a encontrar con el Dios misericordioso que nos ama. Que en El encontremos esa luz plena  definitiva de vivir para siempre en su presencia.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Aprendamos a descubrir esos brotes del Reino de Dios que hay en tantos a nuestro alrededor que aman y se entregan por los demás

Aprendamos a descubrir esos brotes del Reino de Dios que hay en tantos a nuestro alrededor que aman y se entregan por los demás

Apocalipsis 20,1-4.11-15; Sal 83; Lucas 21,29-33

‘Pues cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios…’ Son las palabras que escuchamos decir hoy a Jesús. ‘Sabed que está cerca el Reino de Dios’. ¿Cómo podemos verlo? ¿Es en realidad así? ¿Sólo se referirá a los momentos finales de la historia?
Creo que sin dejar de referirse a ese momento final de la historia que será una realidad aunque no sabemos cómo ni cuando, también el Señor se nos está queriendo referir al momento presente. El Reino de Dios hoy y aquí, que está cerca como nos dice, que está dentro de nosotros como nos dirá en otro momento.
Ha comenzado el texto con unas imágenes. Habla de la higuera que parece seca y muerta en el tiempo del invierno, pero cuando se va acercando la primavera comienzan a aparecer sus brotes. Aquella vida estaba como oculta, encerrada en el ser de la higuera, pero que hará falta unas condiciones climatológicas apropiadas para que comiencen a surgir sus brotes y pronto se llene de hojas en toda su frondosidad y será anuncio de unos futuros frutos no tan lejanos.
El Reino de Dios está cerca, nos dice Jesús. Pero tenemos que descubrir sus señales, que están ahí presentes aunque no las veamos. Nos fijamos más pronto en la sequedad de las ramas sin hojas que en la vida que se oculta tras ellas. Nos pasa en la vida, nos aparecen más pronto a la vista las cosas negativas que todo lo positivo que en potencia está también presente en nuestro mundo. Miramos excesivamente la vida con pesimismo y nos dejamos aturdir por las malas nuevas que nos puedan llegar quizá por todas partes pero no somos capaces de captar, de ver, de descubrir tantas cosas buenas y bellas que se están realizando y que parecen estar ocultas.
Muchas señales de que el Reino de Dios está cerca, está en y con nosotros, está en medio de nuestro mundo floreciendo también hay y tenemos que saber descubrir. Son tantas las personas buenas que siguen haciendo el bien aunque nos parezca que prevalezca el mal. Tantos voluntarios del amor; tantos comprometidos con la justicia; tantos que se arremangan cada día para vivir su compromiso por los demás; tantos que con humanidad, con mucho amor siguen atendiendo a enfermos, a personas necesitadas, a los que no cuentan a los ojos de este mundo; tantos que en silencio sin hacer cosas brillantes o extraordinarias están rezando a Dios por los demás, por los que trabajan por los otros; tantos que van sembrando alegría y esperanza con sus pequeñas acciones levantando los corazones desesperanzados, tantos, tantos…
Abre los ojos. ¿No hay a tu alrededor muchas personas que hacen de todo esto de lo que venimos hablando? Son personas que tú conoces también y que tenemos que saber valorar. No todo son ramas secas e infructuosas.
El Reino de Dios está ahí y está en tu corazón inquieto aunque muchas veces quizá no sepa qué hacer pero que siente preocupación por los demás. Son las señales del Reino que está presente en nuestro mundo, en nuestra vida. Quizá tendríamos que darlo a conocer un poco más para que la visión que se tenga de las cosas no sea siempre negativa; tendríamos que dar a conocer más la obra de la Iglesia en tantas personas que aman, que se entregan, que hacen el bien, que quieren vivir su fe en Jesús, que se reúnen para dar gloria al Señor con un compromiso también en sus vidas.
Sí, el Reino de Dios está cerca, como nos dice Jesús, está en medio de nosotros, está también en nuestra vida. Vivámoslo y hagámoslo más presente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás como sembradores de paz y de esperanza

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3.9ª; Sal 99; Lucas 21,20-28

El texto del evangelio que venimos escuchando en estos últimos días del ciclo litúrgico nos pueden producir un cierto desasosiego porque pensar en los últimos días ya de de nuestra vida personal o ya sea pensar en los últimos tiempos como final del mundo y de la historia es algo que nos puede resultar incómodo, duro, de difícil comprensión y fácilmente pueden aparecer temores, dudas, miedos en nuestro corazón. No pretende el Señor angustiarnos sino precisamente todo lo contrario, son palabras que nos invitan a la tranquilidad, a la paz, a la esperanza.
Se entremezclan en este texto como en los anteriores que hemos venido comentando imágenes que hacen referencia a lo que fue la destrucción de Jerusalén – como hemos dicho quizá ya acaecida cuando san Lucas nos trasmite el evangelio – con imágenes que nos hablan de tiempos difíciles como en todos los momentos de la historia ha habido o imágenes que nos puedan hacer imaginar – valga la redundancia – lo que pudiera ser el fin del mundo.
En el momento presente hay acontecimientos en los que pudiéramos ver reflejadas algunas de las cosas que se nos dicen, terremotos que asolan poblaciones enteras, huracanes y ciclones que van destruyendo todo por donde pasan, guerras violentas que se repiten en distintos lugares de nuestro planeta, destrucción y muerte como lo estamos viendo en Siria e Irak a la que van unidas persecuciones de tipo religioso. Son cosas que a cualquier persona sensible le llenan de inquietud.
Por otra parte cada uno en su historia personal se encuentra con incomprensiones, momentos de difícil convivencia con los que nos rodean, vemos a nuestro alrededor matrimonios rotos que dejan mucho dolor tras de sí, abandonos, pobreza, muchas cosas que en su cercanía a nosotros o a los seres que apreciamos nos llenan también de dolor y hacen que sintamos una cierta preocupación y hasta angustia porque muchas veces no vemos fácil salida a esas situaciones.
Y ante todo eso, ¿qué hacemos? ¿Cuál ha de ser nuestra actitud, nuestra postura, nuestro compromiso? ¿Cómo nos tenemos que sentir por dentro?
Y hoy escuchamos a Jesús que nos dice: ‘cuando veáis todo eso… levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Anunciarle la liberación a quien se siente oprimido es una forma de alentar su esperanza y hacer que viva esos momentos duros por los que pueda estar pasando de una forma distinta. Cuando tenemos esperanza de una pronta liberación parece que nos sentimos con nuevas fuerzas.
Eso quiere el Señor para nosotros.  No olvidemos que ya desde el principio de su evangelio Lucas nos va presentando a Jesús como el que viene a traernos la libertad, como el que viene a liberarnos. Lo vemos expresado ya en el cántico de María en que se anuncia una gran misericordia y los pobres y los hambrientos se llenaran de bienes hasta hartarse; lo vemos en la sinagoga de Nazaret en aquel texto de Isaías que Jesús proclama y del que dice que todo aquello que acaban de oír se está cumpliendo ya.
El Señor nos ha liberado y nos ha llenado de su gracia; nos sentimos ya renovados en el amor del Señor, ¿qué hemos de temer? Y cuando el Señor ha derramado su amor y su misericordia sobre nosotros de ese amor y de esa misericordia estamos obligados a hacer partícipes a los demás. Allí donde hay sufrimiento, dolor, angustia, desesperanza, muerte nosotros tenemos que llevar vida, luz, amor. Allí tenemos que estar con nuestro amor que se hace compromiso, consuelo, que lleva paz, que da esperanza. Allí hemos de estar queriendo poner nuestro granito de arena para hacer un mundo nuevo, un mundo mejor.