domingo, 21 de septiembre de 2014

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

Is. 55, 6-9; Sal. 144; Filp. 1, 20-24.27; Mt. 20, 1-6
La generosidad del amor del Señor para con nosotros siempre nos resulta tremendamente sorprendente. Nuestras categorías humanas, los criterios por los que muchas veces nos regimos los hombres muchas veces los encorsetamos de tal manera que no nos podemos salir de la regla, y aunque decimos que queremos ser humanos los unos con los otros en todas nuestras relaciones algunas veces andamos excesivamente atados a unas medidas que nos imponemos y tenemos el peligro de hacernos intransigentes y hasta inhumanos. Por eso nos sorprenderá siempre la generosidad del amor del Señor.
Pero, ¿hasta dónde llega nuestro amor y nuestra generosidad? Desde esa tentación de mirarnos a nosotros mismos que todos tenemos fácilmente ponemos límites y reglas diciéndonos que en esto sí podemos ser generosos, pero en aquello otro quizá no es necesario llegar a tanto y cosas así que algunas veces hasta nos imponemos decimos guiados por la justicia.
Pero ya sabemos generosidad del amor del Señor supera esos limites o esas reglas que nosotros nos imponemos. Ya nos decía el profeta en la primera lectura desde la Palabra que el Señor quería dirigirnos, ‘mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’, y nos había señalado que aunque fuéramos malvados y pecadores, si nos volvemos al Señor y vamos a su encuentro arrepentidos siempre vamos a encontrar la piedad y la misericordia del Señor, porque como decíamos en el salmo ‘el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, el Señor es bueno con todos,  cariñoso con todas sus criaturas’.
Los caminos del Señor son excelsos e infinita es siempre su misericordia. Ojalá nosotros aprendiéramos a actuar así en nuestra relación con los demás. Y lo que tenemos que saber hacer es que nuestros planes, nuestros caminos, los criterios de nuestra vida estén de verdad en consonancia con lo que nos enseña en el evangelio.
El evangelio que hoy hemos escuchado nos sorprende. Son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos con esta parábola. Recordamos, el propietario que sale en diversas horas del día a la plaza para buscar jornaleros para su viña. Desde el principio había quedado en pagarles un denario a cada uno por su trabajo; pero eso había sido con los primeros que había contratado, luego les dirá que les pagará lo debido.
Será al final de la jornada cuando comience a retribuir el trabajo que han realizado aquellos jornaleros cuando a todos da un denario; comenzó por los de la última hora y ya los primeros pensaban que a ellos les daría más. Reclaman pero el propietario les dice que les da lo justo, porque es en lo que habían quedado. Es entonces cuando habla de la generosidad de su corazón con la que quiere actuar con todos. Les sorprende con la generosidad con la quiere pagar a todos sea la hora que fuera a la que hubieran llegado a trabajar.
Nos está hablando de la generosidad del corazón del Señor que desborda nuestros criterios y nuestras maneras de actuar. ¿Merecemos por mucho que hayamos hecho la generosidad del amor del Señor que siempre nos ama, aunque seamos débiles, aunque quizá no rindamos todo lo que tendríamos que rendir, aunque muchas veces vayamos dando tropiezos por la vida?
Es la grandeza del amor de Dios. ¿No nos ama el Señor aunque nosotros seamos pecadores? Ya nos decía san Juan en sus cartas que el amor de Dios consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero. Y san Pablo nos dice que Dios nos salva gratuitamente por su bondad y su amor gracias a la redención de Jesucristo. Y nos dirá que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros, y ahí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Así  nos sorprende el amor de Dios.
Nuestra respuesta tiene que ser la fe y el amor. ¿Cómo no vamos a creer en quien tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en El cuando así se ha dado por nosotros? Una fe que se va a manifestar en las obras de nuestro amor, porque sintiéndonos así amados de Dios no podemos menos que amar de la misma manera.
La parábola del evangelio, como venimos comentando y como hemos escuchado en su proclamación, nos habla de ese propietario que va saliendo a distintas horas a buscar jornaleros para su viña. Es la llamada que el Señor va haciendo a nuestra vida. Una llamada a que nos convirtamos de corazón a El y una llamada a que entremos a formar parte de su Reino, pero trabajando por el Reino de Dios. Muchas cosas podemos considerar desde esa llamada que nos hace el Señor.
La primera llamada, por así decirlo, es a que pongamos toda nuestra fe en El, seguirle. Es lo que vamos escuchando continuamente a lo largo del Evangelio. Y poner nuestra fe en El y seguirle nos exige esa conversión del corazón, porque es darle la vuelta a nuestra vida para vivir no según nuestros criterios o caminos sino según el plan del Señor. Es aceptar el evangelio, esa buena nueva de salvación que tiene para nosotros. Fue su primer anuncio. Y muchas cosas tenemos que transformar en el corazón.
Y en esa llamada a trabajar en la viña podemos ver lo que nos va pidiendo el Señor en cada hora de nuestra vida para la construcción del Reino de Dios. ‘¿Cómo es que estáis ociosos, sin trabajar todo el día?’ les pregunta a aquellos que se encuentra en la plaza sin hacer nada. ¿Nos podrá preguntar el Señor eso a nosotros también? 
¿Dónde está el compromiso de nuestra fe? ¿En qué se manifiesta? ¿Andaremos también cruzados de brazos pensando que son otros los que tienen que realizar la tarea? Grande es la tarea que un cristiano tiene que realizar en su mundo desde el compromiso de su fe. El testimonio que tenemos que dar en nuestra vida no lo podemos ocultar, pero además es en tantas cosas en las que podemos comprometernos. Ahí tenemos delante de nosotros todas las tareas pastorales que se realizan en nuestras parroquias y donde tenemos, como se suele decir, que arrimar el hombro; manifestar nuestro compromiso dedicando nuestro tiempo, ofreciendo nuestra colaboración, asumiendo tareas.
Muchas son las cosas que tenemos que hacer trabajando así en la viña del Señor. Sabemos que la recompensa del Señor no nos faltará como nos faltará nunca su amor en donde encontramos la fuerza y la gracia para realizar ese compromiso y esa tarea que asumamos. Muchas veces los cristianos le piden una serie de servicios a las parroquias para que nos atiendan en esto o en aquello otro, pero no pensamos que todo lo que es la vida de una parroquia solo se puede realizar con la colaboración de todos. Pedimos pero no somos capaces de ofrecernos para realizar alguna tarea. Exigimos quizá pero nosotros no somos capaces de comprometernos. Y me pregunto ¿y entonces quien es el que lo hará?

No olvidemos, por otra parte, que trabajar por la viña del Señor, por el Reino de Dios se realiza también a través de esos pequeños gestos de amor, de cercanía, de generosidad que cada día podemos y tenemos que realizar con quienes están a nuestro lado. Ese testimonio de las pequeñas cosas hechas con amor es anuncio y es testimonio y también pueden atraer a los demás a que vengan por los caminos del Evangelio y sabemos que la recompensa del Señor será siempre grande, porque ni algo tan sencillo como un vaso de agua dado en su nombre se quedará sin recompensa. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

El sembrador esparció la semilla por todo tipo de terrenos porque para todos es esa semilla salvadora de la Palabra de Dios

El sembrador esparció la semilla por todo tipo de terrenos porque para todos es esa semilla salvadora de la Palabra de Dios

1Cor. 15, 35-37.42-49; Sal. 55; Lc. 8, 4-15
‘Lo de la tierra buena son los que con un corazón  noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando’. Así termina Jesús la explicación de la parábola a petición de los discípulos.
Podríamos decir que hoy no necesitamos hacer homilía, hacer comentario a la Palabra de Dios que hemos escuchado, porque el mismo Jesús se ha encargado de darnos la explicación de la parábola. ‘¿Qué significa esa parábola?’, le preguntan los discípulos, y en este caso el evangelista se está refiriendo a los más cercanos a Jesús, entre ellos los doce apóstoles escogidos.
Ya entendemos con lo que nos dice Jesús el sentido de la parábola. Pero siempre es necesario, como me gusta decir a mí, rumiar la Palabra que se nos ha proclamado, por muy clara que la veamos, como es en este caso no solo por la explicación que Jesús mismo nos hace, sino porque es una parábola bien conocida que hemos meditado muchas veces.
Y quizá tendríamos que comenzar preguntándonos, con lo que iniciábamos esta reflexión, si somos de verdad esa tierra buena, porque nuestro corazón está bien abierto para escuchar la Palabra y perseverar en la vida dando fruto. Siendo sinceros hemos de reconocer que no siempre lo somos, porque cuantas veces nos sucede que escuchamos y no escuchamos, oímos las palabras que se van pronunciando cuando se nos proclama, pero en nuestro interior no las estamos escuchando de verdad porque andamos distraídos con nuestros pensamientos o nuestras cosas y no le prestamos la suficiente atención.
Al ofrecernos el relato de la parábola la semilla sembrada a voleo cae en distintos tipos de tierras que no siempre están preparadas. Es en lo primero que tenemos que afanarnos nosotros, en ser esa tierra preparada arrancando esas malas hierbas o limpiándola de esos pedruscos que impedirán su crecimiento, labrándola lo necesario para quitar esa dureza del corazon que impide que penetre hondamente esa semilla de la Palabra de Dios en nuestra vida y no dejando que se la lleve el viento o se la coman las aves del cielo.
Pero hay un detalle en la parábola en lo que quisiera fijarme. El sembrador esparció la semilla por todas partes ya cayera en tierra buena y preparada o en esos otros tipos de tierra endurecida o llena de abrojos. Quizá alguien podría decir que el sembrador ya tendría que haber tenido cuidado de no echar la semilla donde sabía que no iba a germinar ni dar fruto para no perderla.
Pero, ¿quién es el sembrador? ¿Qué es lo que pretende el sembrador? El Sembrador primero es el Señor y El quiere que esa semilla de la Palabra de Dios llegue a todos, no solo a los que ya son buenos y sabemos que van a acogerla, sino también allí donde hay dificultad porque necesitaran de esa semilla, de esa luz de la Palabra de Dios que ilumine y transforme sus vidas.
Estos días con un grupo apostólico en el comienzo del curso reflexionaba precisamente con el texto de esta parábola. Y en el diálogo fue surgiendo esa consideración, de que no solo vamos a ir a llevar el mensaje donde sea fácil que lo escuchen, sino que nuestra misión de sembradores es hacer que esa semilla llegue a todos, también a los que se oponen o encuentran dificultades en si mismos para aceptar el mensaje del Evangelio. Jesús nos envía no solo a los sitios fáciles, venían a reflexionar, sino que nos envía a todos aunque vayamos a encontrar dificultades. Para todos ha de ser ese anuncio de salvación que es el Evangelio. Aquí podríamos recordar lo que nos previene Jesús cuando hace el envió de sus discípulos a anunciar el evangelio.

Creo que es una hermosa consideración que nos hemos de hacer quienes de manera especial tenemos la misión de ese anuncio del evangelio para no arredrarnos ante las dificultades. Pero puede ser también una hermosa consideración que nos hagamos todos, porque no solo es lo que nosotros hemos de preparar la tierra de nuestra vida para acoger la semilla de la Palabra de Dios, sino lo que tenemos que ayudar a los demás para que todos, aunque sea con dificultades, acojan ese mensaje del evangelio de Jesús.  

viernes, 19 de septiembre de 2014

Aprendamos a descubrir a tantos que por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados

Aprendamos a descubrir a tantos que por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados

1Cor. 15, 12-20; Sal. 16; Lc. 8, 1-3
Son apenas tres versículos el texto del evangelio de hoy. Es como un resumen de la actividad de Jesús. Ya su predicación no se centra solo en las sinagogas sino que ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo predicando la Buena Nueva del Reino de Dios’. Así le vemos recorrer las aldeas y pueblos de Galilea, sin embargo hay ocasiones en que en medio de esas idas y venidas por Galilea donde centra de manera especial su actividad veremos que el evangelista nos hablará de gentes venidas de Judea o de que a las ciudades de Judea también se acerca a predicar Jesús. Y no es solo cuando sube a Jerusalén; es un detalle de este evangelista.
Pero hoy el evangelista quiere subrayar algo más, los que acompañan a Jesús. En otros momentos nos habla de un grupo grande de discípulos, todos aquellos que lo escuchan y comienzan a seguirle más de cerca, con mayor asiduidad. De entre ese grupo ha escogido a los Doce a los que ha constituido apóstoles; ya en otro momento hemos visto su elección. Serán los que están más cerca de Jesús, a los que de manera de manera especial instruye o explica con mayor detalle las parábolas cuando llega a casa, o en ocasiones se los llevará a lugares apartados para estar más a solas con ellos.
Hoy nos dice el Evangelista que ‘lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que El había curado de malos espíritus y enfermedades’. No era habitual en los maestros que tuvieran discípulas, sino discípulos. Tenemos que comprender lo que era habitual en la época, en la que las mujeres quedarían siempre en un segundo plano con poco protagonismo. No será así con Jesús que va rompiendo moldes. Quizá con el paso de los siglos aun no hemos terminado de romper todos los moldes necesarios y las discriminaciones siguen estando presentes.
Nos da una breve relación, ‘María Magdalena, de la que habían salido siete demonios’; con cuanta gratitud y amor lo seguiría de manera que es a ella una de las que veremos al pie de la cruz, y para ella será la primera de las apariciones de Cristo resucitado, después ella lo buscara en el sepulcro, lo encontrara vacío, y llorase su desconsuelo a la entrada del mismo.
Nos hablará también de otras mujeres y en este caso se menciona a ‘Juana, la mujer de Cusa, un administrador de los bienes de Herodes’, mencionando también a ‘Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes’. Creo que esto nos tendría que hacer pensar en muchas cosas.
Como decíamos son pocos los versículos del evangelio, pero creo que nos está ofreciendo algo bien hermoso al darnos esta descripción de quienes siguen a Jesús y de quienes le siguen más de cerca. El Reino de Dios que Jesús va anunciando es una Buena Nueva, una Buena Noticia que se va propagando. Esa novedad del Reino de Dios nos va ofreciendo actitudes y posturas nuevas en quienes seguimos a Jesús; hemos de descubrir y valorar todo ese nuevo estilo de vivir que Jesús nos ofrece como hemos de valorar también a aquellos que van acogiendo ese Reino nuevo de Dios.
Tenemos que abrir los ojos también en el hoy de nuestra vida para saber descubrir y valorar a cuantos acogen también hoy esa Buena Noticia del Reino de Dios y quieren seguir de cerca a Jesús. Cuántas personas buenas, humildes y sencillas podemos descubrir a nuestro lado que están dispuestas a darlo todo por el Reino de Dios. Podrán aportar los dos reales de la viuda pobre porque hay disponibilidad en su corazón, o se consagrarán por el Reino de Dios para en nombre de Jesús y de su evangelio ser servidores de los pobres, de los que nada tienen, atendiendo a los enfermos, cuidando de los mayores, ofreciendo acogida desde lo más hondo del corazón a los que se ven desamparados y nada tienen.

Podemos pensar en esas legiones de ángeles de Dios - así podemos llamarlos o llamarlas - tantos religiosos y religiosas que han consagrado su vida al Señor en el servicio de los más pobres y necesitados en tantos y diferentes carismas que el Espíritu del Señor va suscitando. Como podemos contemplar a tantos y tantos en nuestras parroquias y comunidades que trabajan como voluntarios en tantos servicios de caridad, como podemos mencionar a las Cáritas de nuestras parroquias igual que otras instituciones y organizaciones también para ese fin. En el nombre del Evangelio, porque han escuchado esa Buena Nueva de Jesús anunciando el Reino de Dios, se hacen así servidores de los demás. Tenemos que aprender a descubrir esas personas y todas esas obras así como valorarlos y dar gracias al Señor por tantas almas generosas. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Abramos nuestro corazón de pecadores a Dios poniendo a tope toda nuestra capacidad de amor

Abramos nuestro corazón de pecadores a Dios poniendo a tope toda nuestra capacidad de amor

1Cor. 15, 1-11; Sal. 117; Lc. 7, 36-50
Se había introducido en la sala del banquete alguien que no estaba invitado y que en aquellas circunstancias nunca habrían invitado. Pero algo grande iba a suceder allí en nombre del amor de manera que quienes se creían con derecho a ser invitados por la cerrazón de su corazón nunca iban a poder participar en aquel nuevo banquete del Reino de los cielos al que Jesús estaba invitando con su presencia y su predicación.
Un fariseo había insistido a Jesús para que fuera a comer a su casa. En la mesa habría también más comensales, las familias y quizá también los amigos de aquel fariseo. Es normal que cuando se invita a alguien a la mesa se le hagan los honores de ser acogido por los familiares y amigos del que invita.
Sucede sin embargo algo imprevisto cuando ‘una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y colocándose detrás junto a los pies de Jesús, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfume’.
Podemos imaginar fácilmente la reacción de los comensales que el evangelio, normalmente muy escueto en detalles, sin embargo nos refleja el pensamiento del fariseo ante la actitud incómoda que significaba la presencia de aquella mujer pecadora, precisamente en su casa, él que era un fariseo, y a los pies de Jesús. ‘Si este fuera profeta, sabría quien es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. ¿Pretendería en su interior que fuera Jesús mismo el que la apartara y la hiciera salir de aquella casa donde no había sido invitada?
Pero bien conocemos nosotros el corazón de Cristo. Ya le echarán en cara que come con prostitutas y pecadores, cuando se mezcla con los publicanos y hasta se atreve a hospedarse en casa de Zaqueo allá en Jericó. Y Jesús le pone la pequeña parábola de los dos deudores que son perdonados, uno en mayor cantidad que otro. Pero en la pregunta de Jesús está la raíz: ‘¿Cuál de los dos lo amará más?’ No le queda otro remedio a Simón, el fariseo que reconocer que aquel a quien se le había perdonado más.
Jesús, aparte de hacerle ver que las normas de la hospitalidad tampoco se habían cumplido del todo bien al llegar a aquella casa, le explica cómo ha sido aquella mujer con sus lágrimas y con sus perfumes la que está expresando cómo ha de ser acogido de verdad en nuestros corazones. Allí hay alguien que ama mucho, aunque sea muy pecadora. Es el amor el que tiene que resplandecer. Es el amor el que tiene que brillar; no es la formalidad de unos ritos hospitalarios por muy bien que se realicen, sino el amor que pongamos en nuestro corazón. Y sabiendo como sabemos a cuánto está dispuesto a perdonarnos el Señor así será grande el amor con que nos acerquemos a El aunque nuestra vida esté llena de pecado.
‘Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama’. Aquella mujer ya ha manifestado su arrepentimiento cuando se ha atrevido a acercarse a Jesús y tener todos aquellos gestos con Jesús en sus lágrimas, en el beso a sus pies, en el perfume derramado. Pero es que aquella mujer está expresando todo el amor que hay en su corazón.
A la mujer le dijo: ‘Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’. Pero aun seguirá habiendo por allí corazones cerrados que no llegarán a comprender la grandeza del perdón y el estilo del Reino de Dios. No quieren nacer de nuevo para entrar en el Reino de Dios. Pero quien ha sabido nacer de nuevo desde el amor y el arrepentimiento podrá marchar en paz, porque lleva el perdón en su corazón.

¿Abriremos nosotros así nuestro corazón de pecadores a Dios siendo capaces de poner a tope toda la capacidad de nuestro amor? Bien sabemos cuanto es lo que el Señor nos perdona, porque deberíamos conocer bien cuáles y cuántos son nuestros muchos pecados. Es el camino para encontrar la paz que con el perdón nos ofrece el Señor.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

No solo cantamos al amor con bellas palabras sino que nos impregnamos del amor de Dios para amar con su amor a los hermanos

No solo cantamos al amor con bellas palabras sino que nos impregnamos del amor de Dios para amar con su amor a los hermanos

1Cor. 12, 31-13, 13; Sal. 32; Lc. 7, 31-35
Esta página de la carta a los Corintios que hoy se nos ha proclamado es una de las páginas del Nuevo Testamento por la que sienten una gran admiración la mayoría de los que la escuchan. Todos dicen que es una página muy bella, que es un bello cántico al amor, muchas parejas la escogen para la celebración de su matrimonio, pero me pregunto si la misma intensidad de la admiración que sentimos por ella es la que ponemos luego en cumplirla y realizarla en nuestra vida.
Las páginas del evangelio o de la Sagrada Escritura no son solo para que sintamos admiración por ellas y nos quedemos como extasiados ante su belleza literaria y poética. Si nos quedamos en eso estamos haciendo una reducción muy peligrosa de la Palabra de Dios, como ya es una reducción excesiva lo que se hace cuando se piensa en ella solo como expresión del amor matrimonial y conyugal.
Decir de entrada que cuando san Pablo nos hace esta descripción del amor, nos está hablando del sentido del amor cristiano, que engloba también por supuesto el amor de la pareja, el amor matrimonial, pero que hace referencia al amor que entre todos nos hemos de tener cuando queremos vivir el sentido de Cristo y cuando queremos cumplir su principal mandamiento. Es el sentido y el estilo del amor del que nos habla Jesús cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como a nosotros mismos, y más aún, como El nos ha amado.
El arranque parte de ahí, del amor que Dios nos tiene. No podemos desconectar el amor que entre nosotros hemos de tenernos del amor de Dios y del amor que hemos de tener a Dios, de manera que no será total el amor que le tengamos a Dios si no amamos a los demás, que para nosotros son ya unos hermanos. Dios es la fuente de nuestro amor y al mismo tiempo la meta; Dios es la fuerza de nuestro amor porque El llena nuestro corazón de su gracia y de su vida que es gracia y vida de amor; Dios es el modelo de nuestro amor, porque además no hay amor más sublime que el amor que El nos tiene. Y para que lleguemos a amarnos con un amor como el que El nos tiene derrama su Espíritu en nuestros corazones.
Es el amor que tiene que envolver totalmente nuestra vida; es el amor que dará el sentido de la mayor plenitud a cuanto hacemos y vivimos; es el amor en el que nos asemejaremos a Dios. Y claro amando con amor que tiene como fuente a Dios tendrá que ser un amor humilde y paciente, un amor generoso y sin límites; un amor que nunca condena sino que siempre disculpa, comprende y perdona; un amor que nunca nos hará sentirnos superiores ni engreídos ni permitirá ningún sentimiento oculto que pueda mermarlo desde la envidia o la desconfianza; un amor que se olvida de sí mismo para darse y para buscar siempre lo bueno, lo justo, lo bello, la verdad que nos puede dar plenitud; es el amor que se goza siempre con la alegría de los demás pero que también se hace solidario de verdad para sufrir con el que sufre; un amor que siempre buscará estar haciendo el bien.
Nos sentimos como embelesados con todo esto y nos decimos ojalá pudiéramos vivir un amor así porque realmente es lo que nos haría felices, pero no nos podemos quedarnos en la admiración sino que el amor hay que ponerlo por obra, hay que plantarlo en nuestra vida y sus frutos tendrán que notarse en las cosas buenas que hacemos los unos por los otros; no nos contentamos con decir con un amor así es verdad que haríamos un mundo mejor, sino que tenemos que comenzar a sembrar semillas de ese amor desde ya, por así decirlo, no esperando para comenzar mañana a amar con un amor así, sino comenzar a hacerlo desde ahora. El amor verdadero no se nos puede quedar en bonitas palabras ni en hermosos deseos como si fuera un bello sueño, sino que será algo que tenemos que comenzar a vivir en el día a día y en el minuto a minuto de nuestra existencia, porque entonces seríamos solamente unos bronces que resuenan o unos platillos que aturden, como nos decía san Pablo.

Como decíamos Dios es la fuente de nuestro amor y en El encontramos la fuerza para vivirlo. Miremos a Dios que es amor y nos contagiaremos de su amor; miremos a Jesús que es la expresión suprema de amor que Dios nos tiene y nos sentiremos llenos de su gracia y de su fuerza para poder amar con un amor como el de El. Alimentemos en Cristo nuestro amor; El nos ilumina con su Palabra; El nos da su gracia; El enriquece nuestra vida con la gracia de los Sacramentos. Empapémonos de amor de Dios para amar con su amor a los hermanos. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Jesús llega a nosotros para disipar nuestras tinieblas de muerte y llenarnos de luz y de vida

Jesús llega a nosotros para disipar nuestras tinieblas de muerte y llenarnos de luz y de vida

1Cor. 12,12-14.27-31; Sal. 99; Lc. 7, 11-17
Dos comitivas que se encuentran a las puertas de la ciudad. De Naín sale un gentío considerable que sacaban a enterrar a un joven, hijo único de una madre que era viuda. Pero a las puertas de la ciudad llega otro gentío que vienen acompañando a Jesús con sus discípulos. Una comitiva que podríamos llamar de muerte se encuentra con otra comitiva que viene enarbolando la vida. Un mundo que vamos llenando de muerte de muchas maneras, pero al que llega Jesús anunciando la vida, trayendo vida.
Es de notar lo que siempre sucede, en todos los tiempos y en todos los lugares. La muerte siempre impresiona y hasta nos llena de interrogantes y miedos, pero hay ocasiones en que por las circunstancias que la acompañan produce una reacción más fuerte en quienes nos podamos ver afectados por ella o estemos en la cercanía de dichos acontecimientos. Es lo que sucede en aquel momento en Naín porque muere un joven, hijo único de una madre que era viuda, y eso produce especial sensación, y allí está la multitud impresionada acompañando a aquel cortejo. El duelo y la tristeza los embargaban a todos sobre todo viendo el dolor de aquella madre. ‘Una multitud considerable de la ciudad la acompañaba’ como suele suceder en estos casos.
El evangelista nos dice que ‘al verla Jesús, le dio lástima y le dijo: no llores’. El amor del Señor compasivo y misericordioso. Una palabra de consuelo que va a ir más allá y no se queda en palabras. ‘Se acercó al ataúd, lo tocó, los que lo llevaban se pararon, y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Y el muerto se incorporó’, volvió a la vida.
Cuántas cosas podemos descubrir aquí. Es la cercanía de Jesús y es su corazón compasivo. Le dio lástima y se acercó, y le habló a aquella madre.  ‘No llores’, no nos dejemos embargar por  el dolor de la muerte dejando que las tinieblas nos envuelvan.  Allí está Jesús el que viene a vencer la muerte con su muerte para darnos vida. Allí está Jesús el que más tarde en Betania nos dirá que El es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre.
Nos está hablando Jesús con sus palabras y con sus gestos de vida y de resurrección; nos está enseñando que no temamos la muerte si estamos con El, porque El ha venido a traernos vida y vida que dure para siempre. Nos está señalando Jesús que hay otra muerte que va más allá de la muerte de nuestro cuerpo, si dejamos meter las tinieblas en nuestra vida; tinieblas que serán nuestro pecado, pero que son nuestras dudas y nuestras indiferencias, nuestros temores, nuestras cobardías y nuestras inconstancias, nuestros miedos, nuestras angustias y nuestras desesperanzas, nuestra falta de amor.
Jesús es la luz que viene a disipar todas esas tinieblas; con Jesús nos sentimos seguros, nos sentimos fuertes y con deseos de caminar con ilusión y con esperanza, alejando de nosotros dudas y temores. Con Jesús que es nuestra verdad absoluta las dudas se disipan y los miedos desaparecen; con Jesús ya encontramos un sentido para nuestro vivir pero también para nuestro sufrir y hasta para el hecho de la muerte corporal que un día nos llegará.
Jesús es la vida y quiere disipar todo lo que sean tinieblas de muerte en nuestra vida; con Jesús nos sentimos resucitados porque nos arranca de la muerte y del pecado, llenos de amor y con ganas de amar más; con Jesús nuestro corazón se llena de misericordia y compasión para saber estar al lado del que sufre, y aprendemos de Jesús a detenernos en el camino de la vida para darnos cuenta del hermano que sufre y que está a nuestro lado y que necesita nuestra mano para levantarse de su dolor, de nuestra palabra que le dé animo y le consuele, y de nuestros gestos de amor para que comience ya a creer también en la vida.

Jesús llega a nuestra vida y también nos tiende la mano para levantarnos. Viene a nuestro lado para que se nos despierte la fe y comencemos a creer en El de verdad y poner en El toda nuestra esperanza. Con El sabemos que la muerte no tiene la última palabra porque El nos llama a la vida eterna y si un día hemos de enfrentarnos a nuestra propia muerte, sabemos que es un paso y que más allá nos aguarda una vida eterna para cuantos creemos en El de verdad.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

Hebreos, 5,7-9; Sal. 30; Jn. 19, 25-27
Ayer la liturgia nos invitaba a levantar nuestros ojos hasta el árbol de la cruz de la que pende la salvación del mundo como se proclama en el viernes santo; allí aprendíamos a descubrir el amor de Dios que no nos abandona - a Dios sí le interesamos, como ayer decíamos - y aún más nos enseña a mirar con mirada nueva y distinta no solo nuestra propia cruz, sino también la cruz de los demás.  
Pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús que allí estaba al pie de la cruz. ‘Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su madre…’ nos dice el evangelista señalándonos el grupo de las santas mujeres que estuvieron siempre junto a Jesús.
El anciano Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma, pero la presencia de María junto a la cruz de Jesús pasando por su mismo dolor de pasión, - que por eso la llamamos Madre de los Dolores - no viene sino a corroborar y culminar lo que fue siempre la presencia de María, no solo junto a Jesús sino solidariamente allí donde era necesaria su presencia de amor.
María unida al dolor y sufrimiento de Jesús en su pasión y muerte; María participando como nadie con su propio dolor y sufrimiento - ¿es que hay dolor mayor que el de una madre que ve morir a su hijo entre los crueles tormentos de una crucifixión? -, participando digo, en la pascua redentora de Cristo por lo que a ella queremos llamarla también corredentora con Cristo - Cristo es el único Redentor - desde su ofrenda de amor junto a la cruz de Jesús.
María estaba junto a la cruz de Jesús.  ¡Cuánto nos enseña su presencia junto a la cruz! La presencia de María junto a la cruz de su Hijo no era una presencia cualquiera, como la de tantos que aquella mañana estaban en Jerusalén y eran testigos de aquel drama: unos como espectadores y curiosos que siempre acuden donde suceda algo para mirar desde lejos, otros quizá indiferentes que pasaban junto al camino pendiente más de sus cosas, y otros como aquellos sumos sacerdotes y miembros del sanedrín con el odio en su corazón queriendo quitar de en medio a Jesús porque no respondía a lo que ellos deseaban que fuera el Mesías, pero que estaban contribuyendo sin saberlo a que se realizase la obra de nuestra redención con la Muerte de Jesús.
La Presencia de María era una presencia pascual porque ella estaba participando como nadie del misterio pascual que en Cristo se estaba realizando en su pasión y muerte. María estaba junto a la cruz de Jesús. María estaba haciendo suyo en su dolor y sufrimiento de madre todo el misterio pascual de Jesús. Fue pascua para María; vivió el paso de Dios por su vida y por la cruz. Tenemos que aprender de esa presencia de María para que no nos quedemos insensibles e indiferentes ante el misterio de la cruz que además hemos de vivir en nuestra propia vida. Que sea pascua en nosotros también porque ahí en la cruz veamos ese paso de Dios.
Tenemos que aprender de la presencia de María que también estaba pasando por el tormento de la cruz en el sufrimiento que se producía en su corazón por la muerte de su Hijo a mirar y a llevar nuestras propias cruces en nuestros sufrimientos de todo tipo y en nuestros problemas. Que María nos ayude a comprender el sentido de nuestra cruz, de nuestro sufrimiento, de nuestras luchas y problemas y como María sepamos hacer esa ofrenda de amor para que adquiera un profundo sentido y valor la vivencia de nuestra cruz unida a la de Cristo.
María estaba junto a la cruz de Jesús. La presencia de María al pie de la cruz de Jesús nos enseña algo más. Ayer cuando alzábamos nuestra mirada hasta la cruz de Jesús aprendíamos también a mirar la cruz de los demás con una mirada nueva. Es una mirada nueva pero es también un saber estar junto a esa cruz de nuestros hermanos de una manera nueva. Ni nuestra mirada ni nuestra presencia pueden ser una mirada o una presencia pasiva, porque no serían una mirada ni una presencia de amor.
Aprendamos de María; hemos dicho que su presencia ahora al pie de la cruz de Jesús venía a culminar todo lo que había sido su vida donde había sabido estar allí donde se necesitara su servicio o ella pudiera contribuir a la solución de un problema, como recordamos en su visita a Isabel en la montaña o su actuación en las bodas de Caná. Era un amor que se manifestaba en las obras, en su actuar generoso y con desprendimiento, o en el saber buscar aquello que remediase la necesidad.
Así nuestra presencia y nuestro estar junto al sufrimiento o la necesidad de los que están a nuestro lado. Hablábamos ayer de unas actitudes nuevas y de una nueva manera de actuar y acompañar. Cuántas son las cosas que podemos hacer cuando hay generosidad y disponibilidad en el corazón para ayudar, para caminar al lado del que sufre, para tender una mano que ayude a dar un paso o para poner nuestro hombro que sirva de descanso, para abrir el corazón para escuchar en silencio del desahogo del alma que sufre, para levantar el ánimo decaído dando esperanza, para consolar y mitigar el dolor y el sufrimiento, para llevar alegría al corazón y hacer que brote una sonrisa en los labios que alegran el alma. 
Pongamos amor y seremos creativos en todo lo que podemos hacer por los demás. Aprendamos de María a quien hoy, repito una vez más, estamos contemplando junto a la cruz de Jesús y junto a nuestra cruz para saber estar nosotros junto a la cruz de los demás, para que a nosotros nos importe también de forma solidaria el dolor y sufrimiento de los demás.
Celebramos hoy a María llamándola Madre y Virgen de los Dolores, porque estuvo asociada al dolor de Cristo en la Cruz; pero la podemos llamar también Madre y Virgen de los Dolores porque ella está siempre junto a nuestro dolor, al lado de todo el que sufre haciéndose en verdad solidaria con una solidaridad verdadera y real de todos nuestros dolores y sufrimientos. ¿A quien mejor que a ella podemos acudir, y de hecho acudimos, sabiendo que es la madre que siempre nos escucha en nuestra oración y atiende a nuestras suplicas sirviéndonos siempre de consuelo y fortaleza de ánimo su presencia y la oración que a ella dirigimos?
La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos está enseñando también a una presencia solidaria junto a la cruz de los hermanos, así como aprender a valorar la ofrenda de amor que nosotros hacemos también de nuestra propia cruz.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

Num. 21,4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
La prueba más grande de que a Dios si le importa el hombre, sí le importa la humanidad es la cruz de Cristo que estamos contemplando. De ninguna manera podemos decir que no le importemos a Dios. Como nos dirá Jesús en el evangelio la mayor prueba de amor es dar su vida por el amado. Aquí estamos contemplando esa prueba suprema del amor de Dios. Ahora estamos contemplando cómo Dios nos entrega a su Hijo por el amor que nos tiene, lo que viene a significar la afirmación con la que iniciábamos esta reflexión. Sí le importamos a Dios.
Hoy estamos celebrando esta fiesta grande de la Exaltación de la Santa Cruz y bien sabemos que cuando miramos a la Cruz no nos quedamos en la materialidad de un instrumento de suplicio sino que contemplamos a quien en ella por nosotros se entregó. Exaltamos la Cruz y la veneramos no porque deseemos el sufrimiento por el sufrimiento, la muerte en el suplicio de la cruz por querer buscar la muerte, sino por todo lo que significa para nuestra Salvación cuando Cristo en ella se entregó por nosotros.
Es la prueba del amor; por eso como en un estandarte la levantamos en lo alto porque nuestra mirada a través de la cruz quiere llegar hasta el amor de Dios. El verdadero estandarte de nuestra vida, el verdadero santo y seña de nuestra vida es el amor que lo significamos, es cierto, en la cruz pero contemplando el amor de Dios y aprendiendo de su amor para nuestro amor. Ya lo hemos escuchado en el evangelio ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.
Hace mención a lo que escuchamos en el libro de los Números del Antiguo Testamento. El pueblo caminaba por el desierto; el camino era duro, porque todo eran dificultades; parecía que en lugar de avanzar hacia la tierra prometida lo que hacían era retroceder; el pueblo murmura contra Moisés y contra su Dios; piensan quizá que ya no le importan a Dios que los ha abandonado su suerte en el desierto; son invadidos por una plaga de serpientes venenosas del desierto, y ahora es cuando claman pidiendo socorro a su Dios. Moisés levanta en un estandarte una serpiente de bronce, quienes la miran son curados de las mordeduras de las serpientes. Aquella mirada hacia lo alto de aquel estandarte era una señal de cómo querían invocar a Dios arrepentidos de su pecado, y son liberados de aquel mal.
Ahora en el evangelio se nos recuerda aquel episodio, pero quien va a estar levantado en alto, como en un estandarte no es una serpiente de bronce, sino que en lo alto de la Cruz estará Jesús. Dios no se ha olvidado de su pueblo ni lo ha abandonado a su suerte, aunque lo mereciéramos por nuestro pecado; Dios sigue amando a su pueblo, nos sigue amando. Nos envía a su Hijo. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo, como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y lo hemos meditado. No nos podemos sentir desamparados de Dios porque sí le importamos a Dios, que para nosotros tiene vida y salvación. Pero es necesario levantar nuestra mirada a lo alto, levantar nuestro corazón a Dios con fe, para poder alcanzar la vida eterna. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan vida eterna’.
Quienes no han puesto esa fe y esa esperanza en el Señor necesariamente tienen que vivir una vida triste aunque traten de acallar sus tristezas de mil maneras con fiestas y alegrías externas.  Cuántos sucedáneos de la verdadera alegría nos vamos encontrando en la vida de tantos y cuidado no nos pase a nosotros. Sin el sentido de la fe es como quien se siente desamparado y solo, como si  no importara a nadie. Son experiencias humanas que muchas veces podemos encontrarnos a nuestro alrededor si vamos con una mirada abierta y atenta.
Qué triste es escuchar a alguien que te dice, ‘yo no le importo a nadie, porque a mi nadie me quiere ni nadie hace nada por mi’; son personas que quizá por haber pasado por situaciones familiares difíciles en las que quizá las habrá faltado el cariño de un hogar, de una familia, o personas que tienen fracasos en la vida y se ven solos y abandonados, no saben a quien acudir porque piensan que no interesan a nadie. Muchas personas así se van encontrando en la vida; muchas veces he escuchado frases así.
Es duro. Pero esa experiencia humana se transforma para muchos en una triste experiencia espiritual cuando les falta la fe, cuando les falta el sentido de trascendencia a su vida, cuando no han vivido ni conocido lo que son los verdaderos valores espirituales y solo viven a ras de tierra en el día a día de su vida viendo pasar los acontecimientos que para ellos no parecen tener sentido. Cómo necesitan en su vida ser iluminados por la luz de la fe; cómo tendrían que aprender a mirar a lo alto, y descubrir en la cruz y desde la cruz de sus vidas que no están solos porque hay siempre un amor que no nos faltará, que es el amor de Dios, que tenemos que aprender a descubrir.
Es la mirada que nosotros los creyentes queremos levantar en este día para contemplar la cruz de Cristo, donde contemplamos el amor que Dios nos tiene, donde llegamos a descubrir que sí le importamos a Dios. Grande tiene que ser el valor de nuestra existencia cuando Dios nos entrega así a su Hijo amado y predilecto.
Ese amor de Dios que se nos manifiesta en la Cruz es un amor muy especial, porque es un amor a pesar de que en nosotros no haya amor sino pecado; es un amor que nos llena de vida y nos resucita; es un amor que nos perdona y nos redime; es un amor que hace nacer en nosotros una nueva vida y un nuevo sentido del vivir y del amar. Es el amor que se nos manifiesta en la cruz de Cristo, pero se está haciendo presente también en la cruz de cada día de nuestra vida, porque Cristo ha asumido en su Cruz nuestras cruces, nuestros dolores y nuestros sufrimientos, nuestras angustias y también las desesperanzas que muchas veces nos tientan; con su Cruz Cristo irá transformando nuestras cruces para hacer que de las espinas de nuestro desamor y nuestro pecado, por la fuerza de la gracia, comiencen a florecer las flores y los frutos de un amor nuevo, de una vida nueva de resurrección.
La Cruz de Cristo nos engrandece, porque por la entrega de Cristo en la Cruz nos ha llegado la redención y el perdón; ha llegado a nosotros la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos amados y valorados de manera que ya nunca podemos decir que no importamos a nadie, porque sí le importamos a Dios; pero por la Cruz de Cristo entramos en el camino de una vida nueva, de un estilo nuevo de vivir desde un amor semejante al amor que Cristo nos tiene.
Ahora comenzaremos a mirar la cruz de una manera distinta; ahora comenzaremos a darle un sentido nuevo a la cruz de nuestros sufrimientos y problemas; viendo el amor que Dios nos tiene aprenderemos a poner amor en esa cruz de cada día haciendo de ella una ofrenda de amor; pero es además que ahora comenzaremos a fijarnos de una manera nueva en la cruz de los demás, y en nombre de ese amor aprenderemos a acercarnos a ellos de una forma distinta. Tenemos que repartir amor; tenemos que hacer comprender que el amor es el que nos salva y el amor de Dios no nos faltará nunca; tenemos que comenzar a ser nosotros signos de ese amor de Dios por la manera que nos acerquemos a los otros y los acompañemos para ayudarles a descubrir esa luz del amor de Dios.
Y es que esa Cruz de Cristo que nos ha engrandecido con la salvación que de ella mana, nos compromete; no podemos ya vivir de la misma manera; ya nuestra mirada hacia Dios tiene que ser una mirada agradecida por el amor; pero otras y nuevas tienen que ser las actitudes que tengamos hacia los demás; en ellos estamos viendo a otro Cristo a quien amar, porque ya sabemos que no podemos decir que amamos a Cristo si no amamos a los demás y sobre todo a los que con mas intensidad cargan con su cruz en la pobreza y en el dolor, en la desesperanza y en las oscuridades de sus vidas. Los amamos como amamos a Cristo; los amamos amando a Cristo en ellos; los amamos con el amor de Cristo; los amamos para hacerles llegar la luz de Cristo.
Celebramos hoy la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Miramos a lo alto de la Cruz y nos encontramos con Cristo; es el que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, una muerte de Cruz. Pero es el Señor, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre. 
Miramos a la Cruz, contemplamos a Cristo y no podemos menos que decir, ‘gracias, Señor, por tanto amor.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

Los cimientos de una verdadera espiritualidad cristiana que nos lleven a dar buenos frutos

1Cor. 10, 14-22; Sal. 115; Lc. 6, 43-49
¿Las obras de nuestra vida denotarán el árbol bueno que llevamos en nuestro corazón? Será quizá la pregunta que tengamos que hacernos tras escuchar el evangelio proclamado. Porque viene el Señor a ayudarnos a que nos interroguemos por dentro con toda sinceridad por nuestra vida.
‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos está diciendo Jesús. Por eso, repito, tenemos que ver los frutos que damos en nuestra vida. Y no nos vale decir que nosotros somos buenos, que tenemos buenas intenciones, ni hasta que rezamos mucho. Tenemos que hacerlo, es cierto,  y tenemos que ser buenos, pero no solo porque lo digamos sino porque estemos dando frutos de obras buenas.
Pero, como decíamos, tenemos que analizarlo con toda sinceridad, porque bien sabemos cuales son nuestras tentaciones; hemos de ser sinceros y analizar con detalle nuestras palabras, nuestras obras, nuestros gestos, esos prontos que nos salen de dentro muchas veces llenos de violencias o de resentimientos, de desconfianzas o de envidias. Y esas cosas van manchando nuestra vida.
Ya en otra ocasión Jesús nos decía en el evangelio que no es lo que entra lo mancha el corazón del hombre y lo hace impuro, en referencia a todas aquellas normas y preceptos que se habían creado declarando cosas o animales puros o impuros y que se podrían comer o no porque podrían hacer impuro el corazón del hombre. El nos dice que lo que sale del corazón del hombre es lo que hace impuro al hombre, porque ahí dentro de nosotros tenemos la codicia y la envidia, la maldad y el egoísmo, los malos sentimientos y las malas ideas, y ‘lo que rebosa del corazón lo habla la boca’, como hoy nos dice.
‘¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?’ Ya nos decía en otro momento paralelo a este que ‘no todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre’. Y nos pone la comparación de los cimientos sobre los que edificamos la casa. ¿Serán roca firme o serán arena? A nadie se le ocurriría edificar sin tener una firme cimentación sobre roca, porque sabríamos de seguro que ante cualquier temporal la casa se nos vendría abajo.
Nos puede suceder que vamos edificando así nuestra vida. Con cuánta superficialidad vamos construyendo nuestra vida, porque simplemente nos vamos dejando llevar por lo más fácil o lo más cómodo o por lo que todos hacen. Siempre decimos que hemos de darle una espiritualidad profunda para que podamos lanzarnos a lo alto, a lo más grande, a lo más hermoso. Un árbol que no tiene raíces pronto lo veremos caer arrancado de la tierra donde está plantado. Para crecer tenemos que tener esas raíces hondas. Para crecer hacia arriba, antes hay que crecer en profundidad hacia dentro.
¿Dónde vamos a cimentar nuestra vida o donde vamos a ahondar esas raíces del árbol de nuestra vida? ¿Dónde tienen que estar las raíces o los cimientos de nuestra espiritualidad cristiana? No puede ser una religiosidad superficial basada en rutinas o banalidades. Es en Cristo donde tenemos que cimentar nuestra vida. Por eso es tan importante para nosotros su Palabra; que la escuchemos con fe y atención; que la meditemos, la rumiemos para ir de verdad impregnándonos del Espíritu de Cristo que nos transformemos en El.
Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano para unirnos a Cristo, para llenarnos de Dios, para sentir la luz y presencia de su gracia que nos orienta la vida y nos da fortaleza para nuestro caminar. Un cristiano tiene que ser siempre una persona de oración, pero de una oración profunda que le haga vivir la presencia y la fuerza del Señor. Importante también la vida sacramental para llenarnos de la gracia del Señor.
Será así como iremos ahondando en nuestra espiritualidad, poniendo los verdaderos cimientos de nuestra vida cristiana que nos harán mejorar, que nos harán crecer, que harán que lleguemos a dar frutos de verdad, como árboles buenos, tal como nos dice hoy Jesús. Mucho más tendríamos que hablar de todo eso.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Ecls. 24, 17-22; Sal: Lc. 1,46-54; Lc. 1, 26-38
El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Es la antífona con que ha comenzado hoy la liturgia esta celebración de María con la que queremos glorificar su santo nombre.
Palabras tomadas de aquellas con las que el pueblo aclamaba a Judit que con su valor había liberado al pueblo del opresor y que la liturgia quiere aplicar a María, dando así cumplimiento al mismo tiempo a sus propias palabras proféticas en el Magnificat donde proclamaba que todas las generaciones la felicitarían. ‘Tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Así queremos nosotros alabar a María, pero bendecir sobre todo al Señor que la hizo instrumento de salvación para nosotros al traernos al Salvador.
En el evangelio hemos escuchado el relato de la embajada angélica. ‘El ángel Gabriel fue enviado por Dios… a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María’. Es el dulce nombre de la Madre de Dios y nuestra Madre, que hoy nosotros queremos celebrar. Pero si nos fijamos en el fondo de la celebración en los diversos textos y oraciones que nos ofrece la liturgia hay una triple referencia al nombre, aunque nos estemos fijando de manera especial en María, pero que las vemos íntimamente interrelacionadas.
Hay una referencia constante al santo nombre de Dios, al nombre, más bien, de Jesús. No solo es el cántico de María, que hemos recitado en el salmo, donde bendice y alaba el nombre de Dios - ‘santo es su nombre’, proclama María - sino que en el prefacio de manera especial se dice: ‘En el nombre de Jesús se nos da la salvación, y ante El se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo’, recordándonos aquel himno cristológico que nos traerá la carta de san Pablo y que nos recuerda también que no hay otro nombre en el que podamos obtener la salvación. Toda fiesta de María, toda referencia que hagamos siempre de María contemplando su grandeza la hemos de contemplar siempre relación a Jesús, siempre dentro del misterio de Cristo porque El es nuestro único Salvador.
Está, en segundo lugar, la referencia al nombre de María de manera especial en esta celebración de hoy. ¿Qué nos dice el nombre de María? Como nos decía el libro del Eclesiástico ‘mi nombre es más dulce que la miel y mi herencia, mejor que los panales’. Es ese nombre de María que endulza nuestra boca al invocarlo y llena del sabor divino nuestro corazón.
Decir María es decir ‘la llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, aquella sobre la que el Señor volvió su rostro y la llenó de gracia, la agraciada del Señor que podemos decir, y la hizo toda pura y santa, la que está llena del Espíritu de Dios que la cubrió con su sombra para que de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios. Nombre glorioso el de María que ‘ha sido glorificada de tal modo, como recordábamos con la antífona, que su alabanza está siempre en la boca de todos’.
Decir el nombre de María es decir Madre, ese dulce nombre con que la llamó el mismo Hijo de Dios, pero que también nosotros podemos pronunciar con el mismo amor porque fue el regalo hermoso que nos dejó Jesús desde la Cruz. Jesús, el Señor, ‘al expirar en la cruz quiso que la virgen María, elegida por El como madre suya, fuese en adelante nuestra madre’, como hemos expresado en la oración litúrgica. Cómo podemos saborear desde entonces ese dulce nombre de María.
Decir María es sentirnos para siempre confortados con su protección maternal cuando con devoción y amor de tantas maneras invocamos su nombre. ‘Con frecuencia está el nombre de María en nuestros labios porque la contemplamos como estrella luminosa, invocándola como madre en los peligros sintiéndonos siempre seguros cuando acudimos a ella’, como expresamos también en el prefacio. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de María a lo largo del día? Pensemos en las avemarías que rezamos, en las jaculatorias con que invocamos a María. Estamos expresando así la confianza y el amor de los hijos que invocan a la Madre, pero estamos al mismo tiempo glorificar el nombre de Jesús, porque siempre María nos llevará de la mano hasta Jesús.
Hablábamos de una triple referencia al nombre y es que nos queda nuestro nombre de cristianos. Y es que en la oración final de la Eucaristía de esta memoria de la Virgen pediremos que ‘bajo la guía y la protección de la Virgen, confortados con la gracia de los sacramentos, rechacemos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplamos cuanto en él se significa’. Hemos de pensar en la dignidad del nombre de cristiano que llevamos marcado en nuestra vida desde nuestra consagración bautismal; pero hemos de saber vivir conforme a esa dignidad con una vida santa.
Cada día decimos cuando rezamos el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’; ¿cómo vamos a santificar el nombre de Dios,  que ya por si mismo es santo? Viviendo conforme a la dignidad de nuestro nombre cristiano, viviendo una vida santa. Que no haya nada en nuestra vida que desdiga ese dignidad de cristianos que hemos de llevar con todo orgullo. Invocamos el nombre de María, para que así recordemos nuestra condición; invocamos el dulce nombre de María, para que así sintamos la protección de nuestra Madre y nos alejemos del pecado y vivamos para siempre en la gracia del Señor.

‘Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre’ como hemos pedido en la oración litúrgica.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

Jesús nos enseña la revolución del amor que será la única que puede transformar nuestro mundo

1Cor. 8, 1-7.11.13; Sal. 138; Lc. 6, 27-38
Alguien ha escrito que ‘nos encontramos con el trozo más revolucionario del Evangelio’. Quizá nos hemos acostumbrado a escucharlo, pero reconozcamos que aunque lo hemos escuchado y comentado muchas veces es una página que se nos atraviesa y no se nos hace fácil ponerla en práctica.
Como siempre digo, trato de ponerme en la situación de quienes escucharon por primera vez estas palabras directamente de labios de Jesús, que si ya les había sido sorprendente lo que le escuchaban en el principio del sermón del monte con el anuncio de las bienaventuranzas - las escuchábamos ayer -, no sería menos la sorpresa ante lo que les siguió diciendo Jesús y que hoy escuchamos.
Amor a los enemigos, bendiciones para quienes nos maldicen, oraciones por los que nos injurian, responder a la violencia con gestos de mansedumbre y amor, dar a cualquiera que nos pida y prestar sin esperar que se nos devuelva son cosas bien sorprendentes que no caben en los esquemas de actuación que solemos tener en nuestra cabeza y en nuestra manera de hacer o relacionarnos con los demás.
Pero Jesús está anunciando un mundo nuevo al que llamamos Reino de Dios y ya nos pedía desde el principio que para aceptar esa Buena Nueva que El nos venía a proclamar había que cambiar totalmente los esquemas de nuestra vida. Conversión, nos pedía, pero nos acostumbramos a la palabra y ya no le damos el sentido profundo que tiene que sentir. Es dar la vuelta totalmente a nuestra manera de actuar, si en verdad queremos poner a Dios en el centro de nuestra vida. Eso es el Reino de Dios, poner a Dios en el centro, que vendrá a ser entonces toda la motivación de lo que hagamos y todo el sentido de nuestro vivir.
Como tantas veces hemos reflexionado, no se trata de seguir con las mismas cosas o con la misma manera de vivir si en verdad nos convertimos a Dios porque en El hemos encontrado la salvación y el sentido de nuestra vida. Seguir con lo mismo significa que no hemos encontrado aun el sentido del evangelio. Y tras veinte siglos aun seguimos renqueando porque aunque nos llamemos cristianos y todo eso que decimos aun no nos hemos impregnado totalmente del espíritu y del sentido del evangelio. ¿No es señal de eso que nos sintamos sorprendidos con páginas del evangelio como esta que hemos escuchado y que tanto nos cuesta vivir?
Es la revolución del amor la que nos viene a proponer Jesús. Muchas revoluciones y guerras nos hacemos cuando decimos que queremos mejorar nuestro mundo, pero todas nos llevarán al fracaso porque siempre la violencia va a engendrar más violencia y todo va a ser como una espiral que no se acaba sino que se agranda.
La espiral que tenemos que meter en nuestro mundo es la del amor. Y a esto es a lo que nos enseña Jesús hoy cuando nos habla del amor a los enemigos, o nos dice que tenemos que bendecir a los que nos maldicen o rezar por aquellos que nos hacen daño; es lo que nos enseña Jesús cuando nos dice que nunca tenemos que responder con violencia a quien nos injuria o nos hace violencia y como Jesús nos ha dejado una frase bien significativa de poner la otra mejilla, ya no nos lo tomamos en serio y no llegamos a responder con amor a quienes nos odian o nos hacen daño, sea cual sea.
Os digo una cosa, cuando nos vemos insultados o tratados mal seguro que lo pasamos mal y nos surge pronto dentro de nosotros esos deseos de venganza y de respuesta violenta; te digo, intenta, aunque te cueste, rezar no solo para que el Señor te ayude a soportar pacientemente ese mal que te hayan podido hacer, sino a rezar por aquellos que te injurian o hacen daño, y vas a sentir una paz en tu interior que vale más que todos los oros del mundo. No es la venganza la que te dará paz o satisfacción, es esa respuesta de amor hecha oración la que va a producir la paz más hermosa en tu corazón.
Y ¿dónde encontramos el motivo y la fuerza para todo esto?  ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos viene a decir. Nuestro modelo está en el amor de Dios. Un amor que nosotros hemos de vivir en su mismo estilo y en su misma medida. El amor de Dios no tiene fronteras y así ha de ser nuestro amor. Porque si nos decimos amados de Dios, pero luego nosotros amamos con un amor lleno de límites, porque amamos solo a los que nos aman, porque hacemos el bien solo a los que nos hacen el bien, ¿en qué nos estamos diferenciando? Nuestro modelo y nuestro estilo es el amor de Dios.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Las bienaventuranzas son también para nosotros hoy un mensaje de esperanza que nos lleva a tener alegría y paz en el corazón

Las bienaventuranzas son también para nosotros hoy un mensaje de esperanza que nos lleva a tener alegría y paz en el corazón

1Cor. 7, 25-31; Sal. 44; Lc. 6, 20-26
Las palabras de Jesús nos interpelan, no nos dejan tranquilos, nos hacen pensar. Esto que estamos escuchando hoy en el Evangelio ¿es una utopía? ¿un sueño o un deseo? ¿un interrogante, quizá? ¿algo quizá que desconcierta? No podemos pasar por las palabras de Jesús a la ligera, ni podemos dejar que pasen por nosotros y no nos dejen huella.  
Pero ahí está el mensaje de las bienaventuranzas, como decimos siempre, la carta magna del cristianismo, el llamado sermón del monte, que en el evangelio de san Mateo es mucho más extenso. Pero quizá aquí en el evangelio de san Lucas las podemos escuchar más en su crudeza. Habla sencillamente de los pobres, de los que tienen hambre, de los que lloran, y de los que son odiados. Y de ellos Jesús les dice que es el Reino de Dios, que quedarán saciados, las lágrimas se transformarán en risa y alegría que no teman si son odiados sino que se llenen de alegría y salten de gozo porque será grande la recompensa en el cielo.
Trato de situarme en el marco que nos ha descrito el evangelista para estas palabras con aquellas gentes que habían venido a escucharle y a que les curara de sus dolencias, desde Judea y Jerusalén o desde Tiro y Sidón, o sea, desde toda Palestina. Y ya sabemos que los que principalmente están ante Jesús son los pobres y los enfermos, los que lo estaban pasando mal, aquellos que quizá en sus sufrimientos de todo tipo han perdido todas sus esperanzas, los de corazón inquieto que estaban siempre en búsqueda de algo nuevo y mejor, aquellos quizá que no encajaban en ninguna parte y hasta eran mal mirados por los demás por sus inquietudes o por su manera de hacer las cosas.
No eran precisamente a los que les iba bien en la vida y que ya se sentían satisfechos de si mismos los que hicieran grandes recorridos por escuchar al profeta de Nazaret; no eran los que se sentían llenos de cosas en las que ponían su felicidad los que estuvieran más dispuestos a escuchar el mensaje nuevo de Jesús. 
Por eso aquellas palabras de Jesús en las que les decía que a pesar de todos los males que sufrían eran dichosos y felices serían de gran impacto, despertarían quizá esperanzas en sus corazones porque vislumbraban un mundo nuevo, aunque quizá aun no supieran bien como iba a ser, donde iban a ser felices y ver saciadas sus inquietudes. Las palabras de Jesús estaban quizá planteándoles qué es lo que realmente es importante en la vida, cuál es el verdadero camino de felicidad y de plenitud, y cómo habría quizá que relativizar cosas que hasta entonces podían considerar importantes o esenciales.
Es quizá también en lo que nos quiere hacer pensar Jesús a nosotros, que venimos aquí también con nuestras pobrezas o nuestros sufrimientos,  con nuestras debilidades y con nuestros achaques quizá debido a los años, con nuestros problemas o también con los problemas de los demás que queremos hacer nuestros, con nuestras angustias o nuestras inquietudes por algo nuevo y distinto. Estas palabras de Jesús también tienen que llegar a nuestro corazón para que vislumbremos el camino que el quiere enseñarnos a seguir cuando nos invita a vivir el Reino de Dios.
Jesús nos están enseñando también cómo a pesar de todas esas cosas que afectan nuestra vida también puede haber alegría y paz en nuestro corazón. Es lo que nunca podemos perder. El quiere estar en el centro de nuestra vida, porque teniendole a El con nosotros nos daremos cuenta donde podremos encontrar esa verdadera felicidad y alegría, esa verdadera paz. El es nuestra fuerza, nuestra vida, nuestra esperanza.
El está con nosotros fortaleciendonos con su gracia y haciendo que podamos tener esa paz en el corazon si somos capaces de poner más amor en nuestra vida, si somos capaces de pensar un poco más en los otros antes que en nosotros mismos, si somos capaces de compartir solidariamente el sufrimiento y las angustias de los demás, si somos capaces de tener una palabra de consuelo y de animo para los otros. Jesús nos hace encontrar lo que verdaderamente llena de plenitud nuestra vida.

El mensaje de las bienaventuranzas es también para nosotros. No es una utopía ni un sueño irrealizable, sino algo que podemos vivir porque su amor llena de esperanza nuestra vida; y cuando hay esperanza podemos tener alegría en el corazón y podemos tener paz. Es vivir el Reino de Dios.