domingo, 27 de mayo de 2018

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Qué admiración no sentiríamos y qué sentimientos de gratitud no se provocarían en nosotros si en nuestra pequeñez y pobreza nos viéramos honrados con la visita y la presencia a nuestro lado de alguien que consideráramos muy importante y por la grandeza y relevancia de su vida lo tuviéramos como inalcanzable; sentir que un personaje así camina con nosotros, se sienta a nuestra mesa, tiene no solo palabras amables para nosotros sino que además nos revela secretos del misterio de su vida nos haría sentir a nosotros de alguna manera importantes también e incluso elevaría nuestra autoestima.
Esto que estoy diciendo entra en la imaginario, pero también en las categorías que los hombres nos hemos creado para hacer distinciones entre nosotros, que sin embargo muchas veces nos alejan unos de otros creando distancias en nuestras relaciones que se vuelven insalvables. Sin embargo esto que estoy diciendo me hace pensar en otro orden de cosas, entrando en lo sobrenatural y en lo divino.
La inmensidad del misterio de Dios y las consideraciones que nos hacemos de la divinidad en nuestros razonamientos humanos ha hecho que algunas veces situemos a Dios en una inmensidad lejana a nosotros y nos parece que llegar hasta El para conocerle y comprenderle se convierte ante nosotros en ese abismo que nos parece como decíamos insalvable.
Y aquí tendríamos que reconocer que no solo es esa búsqueda de Dios por nuestra parte – en cierto modo natural porque la vida misma muchas veces nos trasciende y nos lleva a pensar y querer descubrir esa perfección y plenitud que todos ansiamos en nuestro interior – pero que digo no es solo la búsqueda que nosotros podamos hacer, sino que la maravilla está en ese Dios que viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida queriendo caminar a nuestro lado y El mismo se nos revela para que podamos llegar a conocerle y vivirle.
Aunque también es bueno que nos valgamos de nuestra inteligencia y nuestra capacidad buscando caminos y razonamientos que nos lleven a descubrirle, sin embargo importante es que seamos capaces de hacer un recorrido por ese camino de Dios que viene a nosotros y se nos revela, que está junto a nosotros y nos manifiesta su amor, que quiere habitar en nuestro corazón haciéndonos participes de su Espíritu y de su vida divina y que en su ternura y misericordia infinita no solo nos llama sino que nos tiene como hijos.
Es hermoso lo que nos dice la primera lectura de hoy. ¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?’ La confesión de fe que hace el pueblo elegido es una confesión de fe que parte de su historia. En su historia, en su vida han sentido esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa cercanía de Dios.
¿No es lo mismo lo que nosotros hacemos? Cuando confesamos nuestra fe estamos haciendo un recorrido por la historia de la salvación que ha tenido su momento culminante en Jesús. Fijémonos que en el credo hacemos mención a un momento histórico concreto. ‘En tiempos de Poncio Pilatos’ decimos para referirnos a ese momento culminante en que Cristo se ha ofrecido por nuestra salvación.
Una confesión de fe que seguimos haciendo recorriendo nuestra historia personal, en la que nos hemos sentido llenos e inundados de Dios que por la fuerza del Espíritu nos hace sus hijos. Ya nos decía san Pablo que ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios’. Esa maravilla que no llegaremos a comprender ni vivir si no nos dejamos llevar por el Espíritu. Es un decirle sí a Dios, dar respuesta a esa presencia de amor para dejar que Dios habite en nosotros. Decimos sí a Dios porque después de experimentar su amor queremos ya para siempre vivir cumpliendo su voluntad. ‘Si cumplís mis mandamientos mi Padre os ama y vendremos a él y haremos morada en él’ que nos explicaba Jesús. Creemos porque experimentamos su amor, creemos y queremos hacer su voluntad, creemos y nos sentiremos inundados de Dios.
Hemos escuchado en el evangelio que Jesús envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio de la salvación que en Jesús nos ha hecho presente a Dios en medio de nosotros. Y nos dice Jesús que los crean sean bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¿Qué significa ser bautizado en el nombre trinitario de Dios? Bautizarse es sumergirse, pero Jesús nos dice que hemos de ser bautizados en el agua y en el Espíritu. Bautizarse es sumergirse en Dios y así seremos ese hombre nuevo, ese hombre que ha nacido de nuevo como le decía Jesús a Nicodemo por el agua y el Espíritu y que ahora ya comenzamos a ser hijos de Dios.
¿Buscamos explicaciones al misterio de Dios, al misterio de la Trinidad de Dios? Aquí lo tenemos. Nos hemos sumergido en Dios que nos ama como Padre, nos hemos sumergido en Dios y toda nuestra vida se renueva en la salvación que en Jesús el Hijo de Dios hemos alcanzado comenzando a vivir en el Reino nuevo de Dios que Jesús ha venido a instaurar, nos hemos sumergido en Dios y por la fuerza de Espíritu divino comenzamos a ser hijos de Dios en una vida nueva que nos hace un hombre nuevo.
Qué admiración hemos de sentir, como decíamos al principio de nuestra reflexión, y qué sentimientos de gratitud han de brotar en nuestro corazón cuando así nos sentimos amados de Dios de tal manera que habita en nosotros y nosotros en El. Es el Dios grande, infinito en su amor, pero es el Dios que se hace Emmanuel, porque está en nosotros y con nosotros camina en nuestra propia vida. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos del Dios que quiere habitar en nosotros.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos



Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas descubre lo bonitas que son. Fue una reflexión que me surgió en la conversación con un amigo que me decía qué bonita era una sencilla y pequeña flor que en una fotografía había subido a Instagram. No era ninguna fotografía extraordinaria, pero yo me había fijado en el detalle para fotografiarla y mi amigo para admirarla. Muchas veces yo mismo había pasado junto a aquel seto y no me había fijado en sus flores; hoy me detuve junto a él y le hice la mencionada fotografía. ‘¡Qué bonita!’ decía mi amigo y me surgió esa respuesta. Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas ve lo bonitas que son.
Hemos perdido quizá la capacidad de admirarnos ante muchas cosas bellas que tenemos ante los ojos, pero que en nuestras prisas o en nuestros intereses por otras cosas no les prestamos atención. Y perdemos la oportunidad de admirar su belleza. Son las cosas de la naturaleza o las que las manos del hombre ha elaborado; pero no son solo las cosas, son también las personas; también tienen sus detalles, también hay valores que admirar en toda persona, y no solo vamos a buscar las más importantes, los que hacen cosas mas llamativas que para que les prestemos atención; son los pequeños y los que nos parecen insignificantes. Quizá ellos valoran mas ese pequeño detalle y los cultivan con mayor intensidad en sus vidas, aunque nadie se fije en ellos. Que ciegos vamos tantas veces por la vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy para hablarnos del Reino de Dios. La oportunidad vino porque muchas madres traían a sus niños pequeños para que Jesús los bendijera. Pero ya sabemos como son los niños, pronto empiezan a enredar con sus juegos, se acercan con toda confianza a Jesús y diríamos que Jesús estaba gozando rodeado de los pequeños. Pero allá viene celosamente Pedro que no quiere que molesten al Maestro y ya le está pidiendo a las madres que se lleven a los niños porque molestan a Jesús.
‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Reacciona Jesús inmediatamente. ‘No se lo impidáis, de los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Pero si los pequeños son una cosa insignificante. En aquellos tiempos y con aquella cultura no eran tenidos en cuenta para nada. Que todavía en algunos ambientes queda algo de eso. Pero es que Jesús habla de ser como ellos, porque así es como entenderemos el Reino de Dios.
Ahí está lo pequeño, porque será a los sencillos y a los pequeños a los que se revela mejor el Padre del cielo. Será el valorar lo pequeño porque el que no sabe valorar lo pequeño no sabrá valorar luego lo que es verdaderamente importante; es que eso que nos parece pequeño ya es importante también; y será la fidelidad de las cosas pequeñas. Y podríamos seguir fijándonos en muchas mas cosas.
Pero es que Jesús nos dice que hay que ser como los niños. Sí, los niños con los ojos abiertos siempre porque siempre quieren conocer, quieren saber, ahí están todas esas preguntas que algunas veces nos pueden parecer impertinente. Pero es algo más, son los pequeños que se admiran ante todo, porque en todo se fijan, quizá en lo que ya no nos fijamos los mayores.
Son los pequeños que van con simplicidad y sencillez, que mientras nosotros no los hayamos maleado van por la vida sin malicia, con corazón puro y humilde. Son los pequeños siempre abiertos al amor, y para quienes no hay esas distinciones que luego nosotros los mayores nos hacemos, que si la raza y el color, que si esta familia o aquella, que si de este lugar o con estos antecedentes; de cuantas malicias vamos los mayores llenando la vida y haciendo distinciones y apartándonos de los demás.
Que importantes son los pequeños, las cosas pequeñas, la sencillez y la humildad en nuestras relaciones, la valoración siempre de lo bueno y del pequeño detalle. Tenemos que aprender a fijarnos en esas pequeñas cosas, tenemos que aprender a fijarnos en los pequeños no solo en las cosas, tenemos que tener ese corazón puro y sin malicia, tenemos que tener esa capacidad de admiración para descubrir esos pequeños detalles que hacen verdaderamente grandes a las personas. Cuánto tenemos que aprender. Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza.

viernes, 25 de mayo de 2018

En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino


En las situaciones difíciles que viven tantos a nuestro lado tendríamos que saber ser signos de amor misericordioso sabiendo estar a su lado en su camino

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

‘El Señor es compasivo y misericordioso’ es una aclamación que rezamos muchas veces en los salmos. Y nos lo hemos de repetir muchas veces porque tenemos que asimilarlo de tal manera que lo hagamos nuestra vida, nuestro sentimiento y nuestra manera de obrar. Reconocer esa misericordia de Dios que nunca nos falla – ‘es lento a la ira y rico en clemencia’, como proclamamos en ese mismo salmo – nos hace sentir paz en nuestro corazón en medio de nuestros infinitos fallos porque más infinito es el amor que Dios nos tiene y la misericordia que derrama sobre nosotros.
Creo que sin ese convencimiento nos costaría vivir en paz porque siempre aparecería en nuestra mente ese fantasma de nuestras faltas y pecados, pero sin contamos con ese amor compasivo y misericordioso del Señor nos sentimos como más impulsados a mejorar nuestra vida y a llenarla de esa misma compasión y misericordia para con los demás. Teniendo presenta esa misericordia que el Señor ha tenido con nosotros, ¿cómo es que nosotros no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás? Por eso decía que nos marcará nuestra manera de actuar.
Y en la vida bien lo necesitamos. Todos tenemos nuestras debilidades y nuestros fallos; todos sentimos la tentación que no siempre sabemos superar; todos tenemos nuestro pecado y el que sinceramente se considere que no tiene pecado será el que pueda tirar la primer piedra. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Pero bien sabemos que muchas veces nos volvemos intransigentes con los demás; exigimos y no perdonamos como si nosotros no fuéramos también débiles y pecadores.
Qué lejos tendría que estar de nuestras actitudes la intransigencia; intransigencia que es una señal de nuestro orgullo y vanidad, que nos hace sentirnos soberbios por encima de los otros y gamo despreciando a los demás porque son pecadores. No son solo aquellos fariseos del evangelio que despreciaban a los publicanos por pecadores, sino que esas posturas nos las encontramos en nosotros mismos quizá muchas veces.
Muchas son las situaciones de la vida en las que manifestamos nuestra debilidad o en la que nosotros nos volvemos exigentes con los demás sin querer comprender la situación personal de cada uno. Llenamos la vida de reglas y reglamentos, de normas, leyes y protocolos y parece que todos tenemos que pasar por el aro, sin ver la situación personal de cada uno, que puede ser siempre muy diferente. No es caer en un subjetivismo como regla suprema, sino atender a la singularidad de cada persona. Si dialogáramos más entre nosotros en verdaderos niveles de sinceridad nos conoceríamos mejor, nos entenderíamos más, juzgaríamos menos, no seriamos nunca intransigente con los otros. Mucho tiene cada uno de revisarse de estas cosas.
Hoy el evangelio hace referencia a una de esas situaciones complicadas de la vida que quizá también muchos sufrimientos pudiera hacer pasar a muchos, cuando es una faceta de la vida que tendría que llenarnos de verdadera felicidad y tendría que ser la base de la construcción de ese mundo bueno y cada vez mejor en que todos tendríamos que colaborar en construir. Se habla de matrimonio y se habla también de divorcios, de rupturas. Y se lo plantean a Jesús. Y Jesús lo que quiere es que vayamos a la base y al fundamento de lo que tiene que ser ese matrimonio.
Hemos sido creados para amar y así, podríamos decir, hemos sido constituidos por el Creador. Un amor que conduce a la más profunda comunión que pudiera haber entre hombre y mujer que es el matrimonio. Y es ahí en la construcción del amor, verdadero fundamento de la plenitud de toda persona donde tenemos que ahondar para que construyamos ese edificio sólido y bien fundamentado.
Claro que  no nos podemos confundir en lo que es la verdadera base de ese amor. Muchos comenzamos la casa por el tejado y nos faltan los cimientos más sólidos. No se puede llegar la plenitud de entrega en ese amor como si fuera solo una carrera guiada por el instinto. El amor tenemos que fundamentarlo, tenemos que construirlo bien, tenemos que darle las bases del verdadero encuentro de la persona en el dialogo y la amistad, en la comunicación sincera que lleve a un autentico conocimiento mutuo y en ese deseo de caminar juntos ayudándose y apoyándose mutuamente.
Sí, como reflexionábamos al principio, en esas situaciones en que parece que no ha madurado el amor y se llena la vida de tantos sufrimientos, tiene que aparecer en nuestro corazón la compasión y la misericordia, para comprender, para perdonar, para ayudar, para servir de apoyo y ayudar a madurar en la dificultad al que sufre, para confortar en esos sufrimientos que nos aparecen en la vida, para ser un caminante signo de la misericordia del Señor junto al que tiene su vida llena de amargura y dolor. De formas muy concretas la Iglesia que es madre y es signo de ese amor misericordioso del Señor ha de saber estar al lado de esas situaciones dolorosas de la vida de tantos a nuestro lado. ¿Cómo tenemos que hacerlo y cómo hacerlo? Que el Señor nos ilumine.

jueves, 24 de mayo de 2018

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios



Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12. 16. 22-26

‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’. Es el momento de la Ofrenda del Sacrificio para la gloria de Dios. Litúrgicamente decimos la doxología. Es el momento en el que el Gran Sacerdote, el Sumo y Eterno Sacerdote que es el mismo tiempo la Victima está ofreciendo, se está ofreciendo para la gloria de Dios. Es el momento culminante de la Eucaristía, del Sacrificio que de nuevo vivimos en el Altar.
He querido recordar este momento de la celebración de la Eucaristía porque en El estamos contemplando en toda su plenitud el Sacerdocio de Cristo. El ha hecho ofrenda de si mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de redención y de salvación. Es el Sacerdote, el Pontífice que nos ha servido de puente para nuestra unión con el Padre en esa ofrenda en el que El mismo es también la Víctima del Sacrificio. Su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre, como tantas veces nos repite en el Evangelio, y ahora está haciendo esa ofrenda y ese sacrificio. El Sacrificio ofrecido de una vez para siempre en lo alto de la Cruz, por eso El es el Sacerdote único y para siempre, de cuyo sacerdocio todos vamos a participar por nuestra unión con El.
Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, aunque quizá pase desapercibido para la mayoría de los cristianos. Pero es algo importante porque, como decíamos, nosotros por nuestro bautismo estamos unidos, ungidos y consagrados para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Todos los cristianos vivimos ese sacerdocio de Cristo porque unidos a El hacemos al Padre la ofrenda de nosotros mismos y de toda la creación.
Nuestra vida, cuanto hacemos y vivimos ha de ser siempre esa ofrenda para la gloria de Dios. Con nuestra vida, con lo que hacemos y vivimos, con nuestras alegrías y también con nuestras penas y sufrimientos nos unimos a toda la creación para en Cristo hacer esa ofrenda para la gloria de Dios. Todo para la mayor gloria de Dios. Y eso lo podemos vivir, lo tenemos que vivir todos los cristianos unidos a ese sacerdocio de Cristo.
Allí donde estemos siempre hemos de buscar la gloria de Dios; allí donde estemos estaremos entonces ejerciendo ese sacerdocio, con nuestro trabajo, con el desempeño de nuestras obligaciones, con nuestras alegrías, en el ofrecimiento de amor de nuestros sufrimientos, en nuestra convivencia con los demás, en nuestra lucha por la justicia y la búsqueda de la paz, en los compromisos que asumimos en la vida para mejorar nuestro mundo, en todo momento estaremos ejerciendo ese sacerdocio, porque en todo buscamos siempre la gloria de Dios, hacemos esa ofrenda de amor de nuestra vida para el honor y la gloria de Dios.
Claro que hoy pensamos también en quienes ejercen el ministerio sacerdotal en una especial consagración para el bien del pueblo de Dios, los presbíteros que participan de ese sacerdocio de Cristo con su ministerio. Por ellos oramos hoy, para que por la santidad de sus vidas, por el ejemplo de su entrega, por la Palabra de Dios que nos ofrecen, por el ministerio de los sacramentos que celebran para la comunidad cristiana sean para todos ese estimulo y en todo puedan también dar toda esa gloria y honor a Dios Padre por Cristo, en Cristo y con Cristo con quien se sienten especialmente unidos en la fuerza del Espíritu.
Oremos, pues, por los sacerdotes ministros del pueblo de Dios también sacerdotal y oremos para que sean muchos los llamados a este ministerio de especial consagración sacerdotal.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás


La pureza de nuestro corazón y nuestra buena intención nos hará tener una mirada buena para descubrir siempre los valores que hay en los demás

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

No termino de entender por qué nos cuesta tanto reconocer lo bueno que hacen los demás. Lo estamos viendo todos los días. Es en nuestras relaciones personales donde fácilmente nos fijamos en los errores de los otros, pero no tenemos ojos para darnos cuenta de las cosas buenas que tienen los demás. Y ya sabemos bien todo lo que somos capaces de hacer cuando la envidia nos corroe por dentro y con que facilidad echamos basura sobre lo bueno que hacen los otros.
Pero estas posturas y actitudes se ven magnificadas cuando entramos en los ámbitos de la vida social o política. Lo vemos en cualquier tipo de asociación o comunidad donde es natural que haya diferentes puntos de vista; lo vemos cada día en la vida política en que cada uno se encierra en sus ideas y no es capaz de ver algo bueno en los que piensan distinto. Tengo ganas de escuchar a alguien que diga que algo que ha hecho un oponente político o social es bueno, está bien hecho. Si es la gente de mi línea todo lo hacen bien; si son oponentes porque tienen otra opinión u otra manera de ver el desarrollo de la sociedad todo lo que hacen es malo. ¿Lo dijo o lo hizo tal persona? Como no es de los míos, o de los que piensan como yo, todo es malo, no es capaz de hacer nada bueno.
Parece que en lugar de querer construir una sociedad mejor en la colaboración de todos, aportando cada uno sus propios valores, lo que queremos es destruir porque no somos capaces de ver valores en los demás. Que distinta seria nuestra vida y que distinto haríamos nuestro mundo sin cambiáramos estas posturas que nos llegan a encerrarnos en nosotros mismos y solo en los nuestros y crean fácilmente intransigencias hacia los demás.
Pero es algo que también nos puede suceder dentro de nuestras comunidades cristianas con lo que estaríamos bien lejos de lo que Jesús quiere de nosotros, de ese Reino de Dios que entre todos hemos de construir. Enfrentamientos, desconfianzas, grupúsculos que pretenden influir o manipular de la forma que sea son cosas que nos encontramos en nuestras comunidades, parroquias, asociaciones cristianas, hermandades o tantos otros grupos que forman nuestras comunidades cristianas.
Tendríamos que leer con atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Vienen diciendo algunos discípulos a Jesús que se han encontrado a uno que echaba demonios en el nombre de Jesús y se lo quisieron impedir ‘porque no es de los nuestros’. Y ya conocemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Viene a enseñarnos Jesús a saber descubrir y valorar todo lo bueno de los demás. Siempre hay unos valores, siempre hay algo bueno en el corazón, siempre queremos buscar una rectitud y un bien hacer, siempre queremos tener buena voluntad. Siempre podemos encontrar una buena semilla. No vayamos con malicia al encuentro del otro, porque si nuestros ojos llevan ese cristal de la malicia claro que no seremos capaces de ver lo bueno que hay en el  otro. Por eso tenemos que limpiar las ventanas de nuestra alma, para que no haya filtros sucios en nuestros ojos que nos hagan ver todo malo. No seamos como aquella mujer que criticaba a la vecina porque decía que tendía la ropa a medio lavar y llena de suciedad, pero eran los cristales de su ventana los que estaban manchados y le hacían ver manchas donde no las había.
Seamos capaces de aprovechar todo lo bueno de los otros, porque a nosotros también nos construye, nos enriquece. Si vamos con la autosuficiencia de que somos los únicos, somos los que hacemos siempre las cosas bien poco podremos contar con los demás, como los demás también tomaran esas mismas posturas con nosotros. De ahí nacen tantos enfrentamientos con que nos vamos encontrando en la vida. La pureza de nuestro corazón nos hará tener buena mirada para ver siempre lo bueno que hay en los demás. Recuerdo a alguien que decía que se ponía por la mañana las lentes de ver las cosas bonitas y bellas y era eso lo que siempre veía en los demás. Pensemos si acaso ese mal que estamos siempre viendo en los otros no es otra cosa que el mal que llevamos dentro de nosotros mismos.


martes, 22 de mayo de 2018

Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús


Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

Parece en ocasiones como si tuviéramos mecanismos en nuestro interior que nos hacen escuchar lo que nosotros queremos, pero en aquello en lo que no tenemos interés o que sabemos que pudiera tocarnos en alguna fibra sensible de nuestra vida se hiciera un vació en su entorno para no escucharlo ni enterarnos. Vamos por la vida con nuestra idea fija, nuestro pensamiento o nuestra manera de ver las cosas que hace que solo le prestemos atención a aquello que nos interesa y para lo demás somos como sordos.
Es nuestro amor propio o nuestro orgullo que nos encierra y solo vemos en aquello en que somos heridos; son los intereses materialistas que nos envuelven y ya solo pensamos en nuestras ganancias o en nuestro quererlo pasar bien; es nuestra sensualidad que se nos desboca y todo lo tamizamos por ese sentido placentero de la vida, de manera que lo que nos lleve a eso parece que de nada nos sirve y así en tantas cosas de las que no nos queremos enterar por muy claro que nos hablen.
Si nuestro interés es el poder, el orgullo de estar por encima de todo y de todos, lo que no nos ayude a conseguirlo o los que puedan ser un obstáculo para esas ambiciones lo vamos destruyendo a nuestro paso. No todos y no siempre actuamos así, pero son tentaciones, apetencias, visiones desorbitadas,  sorderas interesadas que se van creando en el camino de nuestra vida y en lo que podemos sucumbir.
‘¿De qué discutíais por el camino?’ les pregunta Jesús a los discípulos cuando llegan a Cafarnaún. Pero se quedan callados. Les da vergüenza responder. Habían salido a flote sus ambiciones. Estaban discutiendo quien seria el primero entre ellos.
Sucede en todo grupo, nos llevamos bien, todo parece que marcha normal pero algunas veces allá en el interior de los individuos se van incubando ambiciones, deseos de ser los primeros, pero primeros para estar por encima, para imponer sus ideas o sus criterios, para mandar, para sentir en el interior que luego también lo dejamos manifestar externamente el orgullo de que somos importantes, los más importantes. Cuantas veces se nos destruyen nuestros grupos; aquello que parecía que marchaba bien pronto aparecen divisiones que nos apartan a unos de otros, que crean recelos, que nos enfrentan, que destruyen lo bueno que quizá nos había costado tanto conseguir.
Jesús mientras iban de camino entre las distintas aldeas de Galilea les había estado anunciando cuanto un día sucedería con El. Pero no lo habían entendido. No les cabía en la cabeza. Y parece que aquello lo olvidaron pronto. Porque Jesús les había hablado de entrega y parece que ellos no estaban por esa labor. Las ambiciones iban rondando por sus corazones.
Pacientemente ahora de nuevo comienza a explicarles. En el Reino de Dios no podía suceder como en los reinados de este mundo donde todos andan como a codazos, porque todos quieren mandar, tener poder, influir sobre los demás, imponer su manera de hacer las cosas. Con que facilidad vemos eso en nuestro entorno; desde quienes no quieren bajarse nunca del poder, hasta quienes anuncian y prometen muchas cosas de un estilo nuevo, pero pronto caen en las mismas redes y aparecen las vanidades, los sueños de poder, y todas esas ambiciones que vemos todos los días y que enfangan cada vez más nuestra sociedad. Terminamos por no creer en nadie.
Pero lo que Jesús nos anuncia y nos promete tiene toda la certeza y la verosimilitud. Es el Señor y se pone a servir; es el Señor y se abaja para hacerse el ultimo y el servidor de todos; es el Señor pero en El no vemos vanidades ni cosas hechas a la fuerza por apariencia; es el Señor y se entrega a la muerte y se dejará clavar en una cruz. Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’, nos dice, pero es lo que El hace.
Tenemos que aprender ese camino; tenemos que abrir los ojos y los oídos de nuestro corazón; tenemos que dejar que Jesús nos ponga en el dedo en la llaga, pero señalarnos bien en concreto donde están esas lagunas de nuestra vida. No podemos hacernos oídos sordos a su Palabra. El es la Luz que no podemos ocultar. Dejémonos iluminar por su luz y tendremos vida; dejémonos transformar por su amor y seremos en verdad hombres nuevos.

lunes, 21 de mayo de 2018

María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos


María, Madre de la Iglesia, estará siempre a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser plenamente lo que las madres saben ser y hacer con sus hijos

Hechos 1, 12-14; Sal. Jdt 13; Juan 19, 25-27
Fue en pleno concilio Vaticano II, en la clausura de la tercera sesión cuando el papa Pablo VI quiso dar a María el título de Madre de la Iglesia. Se había tratado en aquellas sesiones ampliamente el tema de la Iglesia y dentro de dicha constitución se había dedicado un amplio capítulo – el octavo capitulo – a la figura de María dentro de la misión de la Iglesia. En la propia realización del concilio habían surgido voces de muchos miembros del Episcopado, como ya antes en amplios sectores del pueblo de Dios, de esa proclamación de María, como Madre de la Iglesia.
Ya desde entonces, como celebración votiva en el lunes siguiente a Pentecostés se venia celebrando esta memoria de María, Madre de la Iglesia, y recientemente ha sido instituida esta celebración para toda la Iglesia universal en esta fecha del calendario litúrgico, en este día de hoy precisamente.
Si contemplábamos a María en el cenáculo con la Iglesia naciente en oración para la venida del Espíritu Santo como ya nos señala Lucas en los Hechos de los Apóstoles, aunque María ya estaba inundada del Espíritu Santo que había venido sobre ella para hacerla la Madre del Hijo de Dios, justo es que la contemplemos con los Apóstoles en el momento de Pentecostés. Hoy lo queremos festejar de manera especial.
María es la Madre de Jesús, la madre de Cristo, que es cabeza de la Iglesia; todos unidos formamos el cuerpo de Cristo y El es nuestra cabeza. Justo es que al contemplar y celebrar a María la Madre de Cristo, la invoquemos también como madre de todo el Cuerpo místico de Cristo, que somos nosotros, que es la Iglesia. A los cuidados maternales de María estamos confiados por Jesús desde el momento de su muerte en la Cruz, donde nos la dejó como Madre, ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre’, dice Jesús señalando a Juan en quien todos estábamos representados.
Así la Iglesia siempre la ha tenido como madre, aunque algunas veces parece que nos pasáramos en nuestros fervores adornándola incluso con cosas materiales; pero es justo que unos hijos enamorados de su madre quieran para ella las cosas mas hermosas que incluso humanamente pudieran imaginar además de contemplarla siempre como la mas hermosa – nadie es más hermoso para un hijo que su madre – y en ella contemplemos las mas hermosas virtudes y valores que quisiéramos imitar también en nuestra vida.
Sintamos, pues, esa presencia de María en nuestro caminar, como tantas veces hemos cantado; sienta la Iglesia en su misión evangelizadora esa presencia de María que sea un estimulo para esa hermosa tarea del anuncio del evangelio de la salvación; sientan los misioneros y predicadores ese aliento de María para incansablemente seguir en la tarea de la evangelización de nuestro mundo; sientan ese aliento de María todos los que quieren vivir en el espíritu de las bienaventuranzas – en las que María es el mejor modelo y ejemplo – y quieren hacer vida de su vida las obras de la misericordia; sientan el aliento de María Madre los niños y los jóvenes que se abren a la vida con ilusión y llenos de esperanza por hacer un mundo mejor y que nunca el desaliento o el cansancio corte las alas de su ilusión para entregarse a las cosas mas bellas y a los ideales más altos.
María, silenciosamente como saben hacerlo siempre las madres, estará a nuestro lado, al lado del camino de la Iglesia para ser ese aliento que necesitamos, ese estimulo que nos impulse, ese ejemplo que nos enamore, esa alegría que llene de sonrisas el alma, esa luz que nos ilumina para hacernos ver las cosas con mayor claridad, esa mano en quien apoyarnos, esa mirada que llena de ardor nuestro corazón, ese calor y aliento que nos hace luchar por ser cada día más buenos y mas santos, esa estrella que nos hace mirar a lo alto para que pongamos altura de miras en nuestros ideales. Es la Madre, es María, Madre de la Iglesia que camina siempre a nuestro lado.

domingo, 20 de mayo de 2018

Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor


Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, de ahí el significado de su nombre; era la fiesta de las ofrendas, de las primicias, cuando se comenzaban a recoger las cosechas lo primero y lo mejor era para el Señor. Pero también era una fiesta que recordaba la Ley que el Señor les había dado por medio de Moisés allá en el Sinaí cuando venían de camino hacia la tierra prometida y que de alguna manera les había constituido como pueblo. Era una fiesta principal y de gran importancia para el pueblo judío, de ahí que nos encontremos con tantos judíos venidos de la diáspora para participar en el templo en esa fiesta de Pentecostés con el significado que hemos mencionado.
En esa fecha y en ese entorno nos sitúa Lucas en los Hechos de los Apóstoles el cumplimiento de la promesa de Jesús, el Espíritu enviado desde el Padre. Viene a ser como la constitución del nuevo pueblo de Dios. Aquella primera comunidad de los discípulos se habían quedado reunidos en el Cenáculo en Jerusalén como Jesús les había dicho hasta que se cumpliera la promesa del Padre.
Aquel lugar donde había comenzado la verdadera y definitiva pascua, allí donde primero se habían refugiado los apóstoles en los acontecimientos de la pasión y donde se les había manifestado Jesús resucitado iba a ser el lugar donde se manifestase el Espíritu en medio de grandes signos como comienzo del nuevo Pueblo de Dios. Jesús había anunciado el Reino de Dios y con su entrega y su sangre redentora lo había iniciado. Llegaba el momento en que se hiciese visible y palpable ante los ojos del mundo lo que era ese Reinado de Dios.
Con la manifestación del Espíritu íbamos a aprender todos que era posible esa nueva comunión porque todos podríamos tener un solo corazón y un solo espíritu. Los hijos de Dios dispersos – e imagen de ello había sido la confusión y dispersión a partir de la torre de Babel – ahora se iban a congregar en una nueva unidad donde ya la lengua no sería un obstáculo porque habría un nuevo lenguaje, el lenguaje del Espíritu, por el que todos llegarían a entenderse. Es lo que vienen a expresarnos los signos que se manifiestan en este Pentecostés. ‘Todos los entendemos en nuestra propia lengua’, porque ahora el anuncio de Jesús se hacia con el lenguaje del Espíritu.
Cristo había venido con su sangre a derribar el muro que nos separaba – como nos dirá mas tarde san Pablo – y ahora Jesús les concede el Espíritu para el perdón de los pecados; un nueva vida y un nuevo corazón nacía con la fuerza del Espíritu donde todos nos sentiremos hermanos que nos amamos, porque nos hace por la fuerza del agua y del Espíritu hijos de Dios, como un día anunciara Jesús a Nicodemo.
Se manifiesta en toda su rotundidad el Reino de Dios porque van florecer los dones del Espíritu en aquellos que creen en Jesús y le siguen formando ese nuevo pueblo de Dios. La vida según el Espíritu es la vida en la que florecerá el amor, la alegría, la benevolencia y el equilibrio interior, la humildad, la generosidad y el desprendimiento, el amor por la justicia y el compromiso de la paz, que son los frutos del Espíritu en contrapartida a las obras del mal que ya sido derrotado para siempre.
Y es que será por la fuerza del Espíritu donde reconoceremos de verdad que Jesús es el Señor. Después que Cristo resucitado se les manifestara en el cenáculo con la fuerza del Espíritu ya los discípulos reconocerán a Jesús como el Señor; no es ya simplemente el Maestro que había hecho discípulos y ellos le habían seguido por los caminos de Galilea, sino que ahora ya sería para siempre el Señor.
Así lo anuncian los apóstoles a Tomás el ausente, ‘hemos visto al Señor’, así lo reconocerá el mismo Tomas cuando definitivamente se encuentra con Jesús ‘¡Señor mío y Dios mío!’, y así lo proclamará Pedro en la mañana de Pentecostés cuando anuncia a todos con valentía que ‘aquel a quien ellos habían crucificado, Dios lo ha constituido por la resurrección Señor y Mesías’. Ahora nos dirá san Pablo ‘nadie puede decir Jesús es el Señor sino por la acción del Espíritu’.
Ahora tendrán los apóstoles la energía y la fuerza del Espíritu para salir valientemente a cumplir el mandado de Jesús de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Lo harían aquella mañana en Jerusalén ante toda aquella gente que se había aglomerado a sentir las señales con que se había manifestado el Espíritu pero será lo que la Iglesia ha continuado haciendo a través de los siglos por todos los rincones del mundo.
Hoy nosotros celebramos esta fiesta del Espíritu. Sentimos también su presencia y su fuerza que nos renueva y nos pone en camino y damos gracias por tanto don que Dios en su misericordia nos quiere conceder. Pero los dones del Espíritu no los podemos encerrar ni enterrar. Las puertas se han abierto porque tenemos que salir ya a todos los caminos a hacer el anuncio y la invitación del Señor a participar de su salvación. Las puertas de la Iglesia han de estar abiertas para que todos puedan entrar a participar de ese banquete de vida nueva que en el Espíritu podemos vivir.
Somos conscientes también que el mundo al que vamos a hacer ese anuncio es un mundo muy complejo; un mundo que también se puede hacer muchas preguntas ante nuestro anuncio y en el que tendrán también sus desconfianzas – de los apóstoles decían que estaban bebidos -.
No nos extrañe la dificultad para hacer ese anuncio a este mundo de la postmodernidad, que ya viene de vuelta de todo y de todo desconfía. Tenemos que presentarnos manifestando en nosotros, en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades esos frutos del Espíritu que harán mas creíble el mensaje que anunciamos que no puede ser otro que el evangelio de Jesús. Recordemos las señales que Jesús decía que podríamos realizar, porque con nosotros está la fuerza del Espíritu.
No lo olvidemos. El Espíritu habita en nosotros y nos llena de vida. Recemos con toda la Iglesia, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.


sábado, 19 de mayo de 2018

Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu


Mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno en su propio su camino de fidelidad en el seguimiento de Jesús con la fuerza del Espíritu

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Interesarnos por los demás, mostrar preocupación por los otros, desear lo mejor y ofrecer nuestra mano, nuestro servicio, nuestra compañía son señales de una buena amistad y base de esa buena relación que siempre habríamos que tener con todos. Son caminos de buena convivencia, son señales de esa buena armonía y relación que tendríamos que tener con todos cuando además nos sentimos unidos caminando en un mismo mundo.
Pero eso no me da derecho a meterme en su intimidad, no puedo traspasar aquellos limites de intimidad que todos tenemos y que abriremos a quienes nos merezcan la mayor confianza; pero tampoco esa buena relación me da derecho a imponer mi idea o mi pensamiento, a querer manipular, y que los demás caminen a mi antojo. Y bien sabemos que mucho de esto nos podemos encontrar; hay gente a las que abrimos las puertas de la amistad, y ya se creen con derecho a todo y bien sabemos las desviaciones en las que podemos tropezar y caer. Algunas veces se crea confusión con la palabra amigo y con la relación de amistad.
Son unos pensamientos que me surgen y que alguno quizá pueda pensar que no vienen al caso, al hilo de la curiosidad que siente Pedro por lo que le pueda pasar a Juan después de lo que Jesús le ha anunciado a él. Podríamos decir que Jesús le da un corte, como solemos decir hoy, pero de alguna manera Jesús le está diciendo que cada uno ha de seguir su propio camino, y lo importante en la fidelidad en el seguimiento de Jesús que cada uno ha de mostrar. Así mutuamente nos ayudamos pero también respetamos la respuesta de cada uno siguiendo su propio camino.
Estamos en el final de la Pascua, ya mañana celebraremos Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. La liturgia ha querido ofrecernos en las lecturas de en medio de semana el final del evangelio de Juan con este episodio por una parte de la ratificación de Pedro como pastor en nombre de Jesús para toda la Iglesia que nace precisamente en la fiesta del Espíritu; por otra parte con esta breve referencia al discípulo amado que viene a ser como una firma del evangelista al evangelio que ha querido trasmitirnos. Éste es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. 
Nos dice que mucho más podemos saber y aprender de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo’. Un lenguaje un tanto hiperbólico pero que nos habla de la magnitud del misterio de Jesús, de la magnitud del Evangelio. Pero que no podemos decir que no lo podamos aprender, conocer, vivir. Precisamente nos ha prometido al Espíritu de la Verdad que nos lo enseñará todo, que nos irá dando a conocer todo ese misterio de Jesús. Solo una cosa es necesaria, que pongamos toda nuestra fe en El y nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor.
Bueno es que lo recordemos en esta víspera de Pentecostés, que ya comenzaremos a celebrar en la tarde y que con toda intensidad pidamos la asistencia del Espíritu. Como los apóstoles que con María estaban reunidos en el cenáculo nosotros oremos también pidiendo la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida y dispongámonos a acogerlo en nuestro corazón.

viernes, 18 de mayo de 2018

Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía



Escuchemos en nuestro interior la pregunta que Jesús también nos hace por nuestro amor y la invitación a seguirle en la misión que nos confía

Hechos de los apóstoles 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Sígueme…’ le había dicho un día Jesús, casi al comienzo de su anuncio del Reino por los caminos y aldeas de Galilea cuando se lo  había encontrado en la orilla del lago recogiendo las redes de su barca. ‘Sígueme y serás pescador de hombres’, le dijo entonces después de una pesca milagrosa porque Pedro había puesto toda su confianza en Jesús y en su nombre había echado las redes al lago donde parecía que no había nada.
Ahora, al final del evangelio, después de todos los acontecimientos de la pascua, también en la orilla del lago donde les había salido al encuentro e igualmente se había producido una pesca milagrosa, también terminaría diciéndole a Pedro, ‘Sígueme’. Si entonces había sido una confianza incondicional, ahora ha sido una triple protesta de amor después de huidas, negaciones y encierros en los momentos duros de la pascua.
Si entonces le había dicho que seria pescador de hombre, ahora le decía que habría de pastorear sus ovejas. ‘¿Me amas, Pedro?’ había sido la pregunta repetida. ‘¿Me amas más que estos?’ Mira que tengo para ti una misión muy especial. Te he llamado Pedro, aunque sé que eres Simón, el hijo de Jonás. Pero ya te lo había dicho, ahora serás Pedro, porque quiero que seas piedra, la piedra sobre la cual y en torno a la cual se formará la Iglesia, la comunidad de los que creen en mí y me siguen. Y tú, tienes que mantener viva la fe de los hermanos; en torno a ti se han de reunir y serás signo de comunión. Has de estar firme, por eso te pregunto sobre tu amor.  ‘¿Me amas, Pedro?’
Y Pedro sintió la alegría del amor, claro que amaba a Jesús, si por El había estado dispuesto a dar su vida. Pero al mismo tiempo ante la repetición de la pregunta, sintió tristeza en su corazón, porque había comenzado a recordar; mucho impulso a las primeras palabras, pero a los primeros peligros también se había echado para atrás y había negado.
Pero Jesús seguía preguntando, ‘¿me amas, Pedro?’ Es que quiero seguir confiando en ti, has de pastorear al rebaño, has de pastorear a las ovejas, has de cuidar de los corderos, has de defenderlos de todo peligro, has de hacerlos caminar con seguridad, la seguridad de la fe que no se debilita ni se apaga. Por eso tienes que confirmar en la fe a los hermanos, has de mantener firme y vivo el rebaño, han de ser un solo rebaño, porque solo tienen un Pastor. Y Pedro siente que Jesús sigue confiando en El. Un día salieron lágrimas de sus ojos cuando se dio cuenta de su pecado, de lo triste de su cobardía que le llevó a la negación, pero ahora quizás vuelven a rodar las lagrimas por su rostro, porque siente la confianza de Jesús. ‘¡Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!’
¿Nos estará Jesús preguntando también a nosotros por nuestro amor? Escucha esa pregunta en tu interior. Aunque muchas hayan sido las debilidades de nuestra vida porfiémosle a Jesús nuestro amor. Señor, tú sabes que te amor, haz que crezca mi fe, haz que crezca mi amor. Jesús sigue confiando en nosotros; Jesús sigue confiándonos una misión en medio de la comunidad y en medio del mundo. Tenemos que ser sus testigos y lo seremos con nuestro amor. Que sea verdadero y auténtico nuestro amor. También nosotros nos dice: ‘Sígueme’.

jueves, 17 de mayo de 2018

Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea



Verdaderos constructores de unidad y de comunión poniendo en común los valores de todos para que el mundo crea

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando queremos trasmitir un mensaje tenemos que ser verdaderamente congruentes entre lo que queremos trasmitir y lo que realmente es y refleja nuestra vida. Es un gran problema que nos encontramos hoy en la sociedad, en que no somos veraces, no somos auténticos porque una cosa es lo que queremos reflejar y bien distinto es lo que llevamos por dentro.
Es por una parte la hipocresía de la vida  con la que tan fácilmente quizás criticamos las cosas de los demás, pero en nuestro interior estamos haciendo igual o peor. Pudiera ser que a nivel de ideas tengamos las cosas claras, pero luego realmente eso no lo reflejamos en el actuar de nuestra vida. En muchas cosas podríamos fijarnos y ejemplos de un tipo y de otro tenemos muchos en la vida, de esa falta de autenticidad, de la no veracidad de nuestra vida, o de la hipocresía con que actuamos tantas veces quizá por dejarnos llevar por el ambiente que nos rodea.
En este aspecto los creyentes tenemos que ser más auténticos, más veraces con nuestra vida. Si nuestro anuncio es el Reino de Dios tiene que significar que nosotros esos valores del Reino los vivimos, aun con nuestras debilidades y flaquezas intentamos ponerlos por obra en nuestra vida.
Mal podemos hablar de misericordia si no tenemos un corazón misericordioso con los demás; mal podemos hablar de perdón si seguimos guardando en nuestro interior resentimientos, recelos, rencores, desconfianzas hacia los demás, deseos ocultos de revanchismo y de venganza; mal podemos hablar de humildad y cercanía a los demás, si nuestro corazón se sigue manifestando orgulloso y la soberbia nos domina para creernos siempre mejores y por encima de los demás; mal podemos hablar de amor si somos insolidarios con los que sufren y seguimos pensando en nosotros primero que en nadie. Y tenemos que reconocer que los cristianos no siempre somos ejemplo en estas cosas.
Hoy Jesús en su oración sacerdotal nos pone el dedo en la llaga. Pide al Padre que los que creemos en El seamos uno, mantengamos la unidad, porque será la manera en que de verdad el mundo crea. ‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la gran herida de la Iglesia que se manifiesta y se presenta rota. No hay verdadera unidad entre todos los que creemos en Jesús; cuantas divisiones nos enfrentan y nos alejan; cuantas actitudes en los cristianos de diverso nombre que lo que hacen muchas veces es enfrentarnos y dividirnos. Y no es solo el cuadro doloroso de las diversas iglesias sino que es también en el seno de nuestras propias comunidades que no siempre nos manifestamos con esa unidad querida por Jesús.
Es la triste experiencia que podemos vivir muchas veces en nuestras propias parroquias o incluso en nuestras iglesias diocesanas. Cuantos distanciamientos también en quienes participamos en una misma eucaristía en el que ese abrazo de paz que nos damos no es verdaderamente sincero. También surgen esos resentimientos y esas desconfianzas, esas maneras de pensar distintas que en lugar de ser un medio de construcción en la unidad con el enriquecimiento mutuo son motivos de enfrentamientos y lejanías. ¿Y queremos anunciar el evangelio de Jesús?
Mucho tenemos que revisarnos; tenemos que aprender a aceptarnos para crear verdadera unidad y comunión; tenemos que buscar la forma de ser verdaderos constructores de la Iglesia porque aprovechemos los valores de todos para contribuir de verdad al bien común, a la unidad y a la comunión. Como nos dice Jesús, que seamos uno para que el mundo crea que Jesús es el enviado de Dios y el verdadero salvador de nuestra vida y nuestro mundo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio


No somos del mundo aunque vivimos en el mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo y tenemos que dar nuestro testimonio

 Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Qué ganas tengo de que se acabe esta vida es una frase que hayamos escuchado alguna vez o quizá hasta nosotros mismos hemos pensado o dicho. Puede ser por una parte en un deseo piadoso de querer vivir con Dios para siempre como expresaba tan maravillosamente santa Teresa en sus arrobos místicos pero puede sucedernos también quizás mas habitualmente desde el agobio con que vivimos la vida con sus problemas, sus luchas, sus oscuridades en lo que ya nos sentimos cansados y con el deseo de que todo termine.
Son cosas que surgen espontáneas del corazón desde uno u otro sentido y que de alguna manera quieren hacernos huir de la situación en la que vivimos en un deseo de algo mejor. Pero la realidad es la que es y tenemos que vivir el momento presente y vivirlo con toda intensidad, aunque sea con deseos de tener un día algo mejor. La lucha y el esfuerzo en ocasiones se nos hace doloroso porque estamos sometidos a la tentación, porque no llegamos a encontrar en este mundo y en esta vida lo que mejor deseamos en lo más hondo de nosotros mismos, porque lo adverso que encontramos en nuestro entorno nos hace dudar muchas veces, o porque quisiéramos una vida sin luchas deseando un cierto conformismo pero que al final tampoco nos satisface.
Estamos escuchando y meditando en estos días, como hemos dicho anteriormente, la oración sacerdotal de Jesús en la última cena. Oración de acción de gracias y glorificación al Padre en el momento cumbre de su entrega – es la ofrenda del sacerdote ante el sacrificio, de ahí el nombre de oración sacerdotal – pero es el momento en que Jesús pide por los suyos, por aquellos que han creído en su nombre.
Pero fijémonos bien en la parte de la oración que hoy estamos meditando. Jesús ruega por los suyos pero no pide al Padre que los saque de este mundo, sino que los libre del mal. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad’.
El mundo nos odiará porque no somos del mundo aunque vivimos en el mundo. No somos del mundo porque no nos queremos dejar influir por los intereses o por las ideas del mundo. Por eso el mundo es un peligro para nosotros y nuestro testimonio en medio de ese mundo de una vida distinta, nos hará sentir en nuestra carne ese odio y ese rechazo del mundo. Son las luchas, las dificultades, los problemas, la tensión y el esfuerzo que hemos de mantener, como veníamos reflexionando. Pero ahí en medio del mundo hemos de estar, porque es ahí donde es necesario ese testimonio que se convierte en anuncio.
Queríamos que todo se acabara, desearíamos una vida mejor, tenemos ansias de poder llegar al cielo, pero mientras hemos de seguir haciendo este camino aunque cueste esfuerzo, lucha, lagrimas, sangre. Pero tenemos el apoyo de la oración de Jesús que pide al Padre que nos dé la fuerza de su Espíritu para que no nos venza el mal. No olvidemos que somos los enviados de Jesús y vamos siempre con la fuerza y la asistencia de su Espíritu.