martes, 27 de enero de 2015

Hagamos de nuestra vida una ofrenda de amor unidos a Jesús y así quedaremos en verdad santificados

Hagamos de nuestra vida una ofrenda de amor unidos a Jesús y así quedaremos en verdad santificados

Hebreos 10,1-10; Sal 39,2.4ab.7-8a.10.11; Marcos 3,31-35
‘Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre’. No son los sacrificios de cosas materiales o terrenas los que nos santifican. La salvación la tenemos en Cristo Jesús. El se entregó por nosotros, ofreció su vida, derramó su Sangre, hizo la oblación de amor de su vida entregada en todo a hacer la voluntad del Padre; en El encontramos la redención, la salvación, la santificación.
El autor sagrado de la carta a los Hebreos nos hace, por así decirlo, una comparación entre los sacrificios y holocaustos de la antigua ley, de la Antigua Alianza, y la ofrenda de la Nueva Alianza que es la Sangre de Cristo. Con aquellos sacrificios ofrecíamos los hombres una ofrenda de nuestras cosas, pero Cristo viene a enseñarnos que la verdadera ofrenda es la que hacemos de nuestra voluntad, de nuestra vida. Nos puede ser fácil ofrecer cosas, porque a la larga nos desprendemos de eso, de cosas que por muy valiosas que sean para nosotros son siempre ajenas a nosotros; lo que en verdad cuesta es ofrecer nuestra voluntad, nuestro yo, hacer ofrenda de nuestra vida.
‘Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quiere sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Como diría Jesús en Getsemaní ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Como nos diría en otro lugar, su alimento era hacer la voluntad del Padre.
Eso no es fácil; el hombre quiere su autonomía, hacer su voluntad, que nadie que tenga que decir lo que tengo que hacer. Llegar a hacer esa ofrenda de mi voluntad, no es fácil; ponerme en la manos de Dios, hacer lo que el Señor quiere y no simplemente mis deseos es costoso; decirlo es fácil, nos podemos hacer bonitas reflexiones y hermosos propósitos, pero que luego eso se haga vida, realidad en mi vida, negándome a mi yo, a mi deseo, es más costoso, es verdadera ofrenda. Es lo que viene a enseñarnos Jesús. Es lo que podremos hacer si nos dejamos conducir por la fuerza de su Espíritu. ‘En  tus manos, Padre, pongo mi espíritu’, en tus manos pongo mi vida, diría Jesús en la Cruz.
Y los que queremos hacer por encima de todo la voluntad del Padre cumpliendo los mandamientos del Señor  somos en verdad la familia de Jesús. Es lo que hemos escuchado en el Evangelio hoy. Vienen a decirle que allí están su madre y sus hermanos. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús. ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Danos, Señor, la fuerza de tu Espíritu para que sepamos aceptar siempre lo que es la voluntad del Padre; quiero hacer de mi vida una ofrenda de amor. Nos unimos a Jesús, nos unimos a su ofrenda de amor y así quedaremos en verdad santificados.

lunes, 26 de enero de 2015

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

2Timoteo 1, 1-8; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,22-30
‘Te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio…’ Es la recomendación que le hace Pablo a su discípulo Timoteo.
Aunque estas palabras de san Pablo hacen claramente alusión a la imposición de las manos por lo que le confirió a Timoteo a quien hoy estamos celebrando el ministerio de presbítero y pastor de aquella comunidad de Éfeso que le había confiado, sin embargo como cristianos podemos ver también para cada uno de nosotros una alusión a nuestra consagración bautismal. También se nos impusieron las manos en el sacramento de la Confirmación para concedernos el don del Espíritu que consagraba nuestra vida para ser testigos y apóstoles.
Es algo que no podemos olvidar fácilmente. Es más, hemos de saber reavivar ese don del Espíritu Santo en nuestra vida, que nos recuerde y nos impulse a ese testimonio cristiano que estamos llamados a dar. Hay una tentación fácil que podemos sufrir y es el enfriarnos. Ya el Espíritu del Señor nos invita en el Apocalipsis a reavivar aquel amor primero. Ese amor y ese entusiasmo que muchas veces con el paso del tiempo se nos puede enfriar; caemos en la rutina, nos vamos acostumbrando a las cosas, se nos enfría la intensidad de nuestra fe. No lo podemos permitir.
En ese ritmo trepidante de la vida que vivimos nos preocupamos más de lo inmediato, de eso que creemos que tenemos que hacer en este momento y entramos en ese ritmo frenético de la vida y nos llegan los agobios y, es cierto, motivados también por la responsabilidad de lo que tenemos que hacer vamos queriendo resolver las cosas que en cada momento se nos van presentando. Pero es necesario detenerse un poco, para reflexionar, para revisar, para ver cuales eran aquellas motivaciones primeras que teníamos en nuestra vida, y entonces buscar lo que es lo más importante.
Y esto nos sucede en la materialidad de todas las cosas que hacemos, pero nos sucede en nuestra vida espiritual que puede ir entrando en una rutina y puede enfriarse, y podemos olvidar lo que en el fondo tiene que ser el sentido ultimo de todo lo que hacemos. Por eso hemos de saber caldear nuestra fe; tenemos que saber encontrar esos momentos para la reflexión, para la oración, para ese encuentro tranquilo y en paz con el Señor en tú a tú de una oración intensa donde en verdad nos encontremos con Dios y nos llenemos de Dios.
Sí, es lo que tenemos que hacer: Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida


domingo, 25 de enero de 2015

Para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios

Para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; 1Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20
‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertios y creed en el Evangelio’. Jesús iba anunciando una Buena Noticia. Ya llegó el momento; lo que hemos esperado desde los inicios del mundo ya está aquí. Esperaban al Mesías Salvador; los profetas habían ido alentando esa esperanza durante siglos. Ahora llega Jesús y les dice que ya es el momento. Era una buena noticia lo que estaban escuchando y por lo que tenían que llenarse de alegría.
Pero había que creer en esa Buena Noticia. Había que prepararse para recibirla y aceptarla. Ya el Bautista lo había anunciado como inminente e invitaba a prepararse. Habían ido realizando signos de purificación y de penitencia con el bautismo que Juan realizaba allá en el desierto junto al Jordán. Y la tarea del Bautista había acabado porque incluso lo habían arrestado. Todas las señales se iban cumpliendo. Y Jesús comienza a recorrer los caminos y los pueblos y aldeas de Galilea anunciando esa buena noticia: la llegada del Reino de Dios.
Sin embargo era necesario algo para poder creer en esa buena noticia, ese evangelio que es lo que significa. Había que cambiar la forma de mirar las cosas. Por muchos motivos. Primero porque por muy creyentes que fueran no siempre Dios había estado en el centro de sus vidas. Cuántas veces se habían visto tentados por otras cosas de manera que Dios no era el centro de sus vidas. Como nos sucede a nosotros; sí, tenemos que reconocerlo así porque es tentación de los hombres de todos los tiempos.
Confiamos más en nosotros, en nuestras fuerzas o en nuestros saberes que aunque decimos que ponemos toda nuestra fe en El sin embargo no siempre es así. Pensemos, por ejemplo, ¿cuáles son nuestros sueños de felicidad?  ¿qué es lo que aspiramos tener tantas veces para decir que así seríamos felices? Podemos pensar en el dinero o las riquezas, podemos pensar en el poder o en las influencias, podemos pensar en tantas vanidades de las que rodeamos y llenamos nuestra vida.
Pero creer y aceptar el Reino de Dios que llega a nuestras vidas significará que Dios es nuestro único Rey, nuestro único Señor. El tendrá que ser en verdad el centro de nuestra vida. Y en consecuencia todo lo que queremos hacer o queremos vivir tendrá que pasar, por así decirlo, por la óptica de Dios; mirar las cosas, la vida, lo que somos o lo que tenemos desde la mirada de Dios. Es necesario, entonces como decíamos, cambiar nuestra forma de mirar. Es lo que expresamos con la palabra conversión.
Conversión no es simplemente hacer penitencia porque sabemos que somos pecadores. Podemos hacer penitencia, muchos sacrificios pero tenemos el peligro de convertirlo en un rito y luego seguir pensando o viendo las cosas de la misma manera. Conversión es dar la vuelta, mirar las cosas desde otra óptica, desde otra perspectiva, como cuando cogemos una cosa en nuestras manos la estamos mirando por un lado, pero le damos la vuelta y vemos que por el otro lado es distinta.
Por otra parte, se habían hecho una idea muy concreta de lo que iba a ser el Mesías que iba a venir porque lo veían como un caudillo guerrero que les iba a liberar de la opresión de los pueblos vecinos, en este caso los romanos, a los que estaban sometidos. Y esa forma ver las cosas tenía que cambiar. Les iba a costar, bien lo vemos a lo largo de la vida de Jesús con las aspiraciones incluso de aquellos que estaban más cercanos a El que aspiraban a primeros puestos y quienes iban a ostentar el poder después de Jesús.
Aceptar esa buena noticia que Jesús anunciaba les iba a costar, muchas cosas tendrían que cambiar en su mente y en su corazón, de manera distinta habían de ver lo que era la función salvadora de Jesús, del Mesías; por eso, incluso, Jesús casi no quiere que se emplee esa palabra; cuando lo llegan a descubrir les prohíbe hablar de eso para que no hubiera malas interpretaciones. Ya vemos cómo querían hacerlo rey cuando les multiplicó los panes milagrosamente allá en el descampado.
Y cuidado que esa puede ser una visión que nosotros tenemos también que cambiar, algo de lo que convertirnos; en la mirada que hacemos de la Iglesia; en las interpretaciones que hacemos de lo sagrado y de lo religioso; en la lectura que hagamos incluso de los acontecimientos y de la misma Biblia. Muchos ejemplos podríamos poner. Es la visión de un guerrero que se da de Moisés, por ejemplo, en una reciente película sobre el Éxodo. Es la visión que tiene el mundo de lo sagrado, de lo religioso y hasta del sentido cristiano.
Es lo que nos está pidiendo hoy la Palabra de Dios; no nos podemos quedar en comentar lo que Jesús le pedía a las gentes de su tiempo; tenemos que escuchar que es lo que nos dice hoy a nosotros; para aceptar la buena noticia de Jesús hay que cambiar la óptica con la mirada de Dios. ¿Seremos capaces? ¿Tendremos la humildad de las gentes de Nínive de convertir de verdad nuestro corazón al Señor para que sea en verdad el centro de nuestra vida? Vemos ya en el relato del evangelio a unos primeros discípulos que le dicen sí a Jesús, aquellos pescadores a los que llama a seguirle. ¡Qué generosidad y que disponibilidad!
Acojamos de verdad esa Buena Noticia. Jesús llega a nuestra vida concreta con su salvación. Necesitamos acoger con esperanza, una esperanza que pone alegría en el corazón, esa buena noticia de Jesús.

sábado, 24 de enero de 2015

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Busquemos a Jesús para encontrarnos con Cristo crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Marcos 3,20-21
‘Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer’. La gente estaba entusiasmada con Jesús. No lo dejaban ni a sol ni a sombra, como suele decirse. ‘No los dejaban ni comer’. Ya escuchamos en otra ocasión que la gente se aglomeraba a la puerta de la casa que cuando llegaron unos con un paralítico no tenían por donde hacerlo llegar hasta los pies de Jesús que fue cuando lo descolgaron desde el techo. Cosas así nos repiten los distintos evangelistas del entusiasmo de la gente por Jesús.
¿Por qué buscaban a Jesús? Nos hacemos muchas veces la pregunta, pero nos viene bien reflexionarlo porque nos ayuda a que nosotros busquemos de verdad a Jesús y no por un entusiasmo pasajero de un momento de fervor, sino por algo mucho más hondo, porque en El encontremos en verdad la salvación.
San Pablo nos dirá en sus cartas que ‘Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos, pero para los llamados –judíos o griegos- un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Seguimos nosotros también buscando signos, pidiendo milagros; claro que desde nuestra necesidad y desde nuestra pobreza ¿a quién vamos a acudir? Pero acudimos a Cristo crucificado, sí, al que fue colgado del madero, pero sabemos que vive, que venció la muerte, que resucitó y a nosotros también nos resucita, nos llena de vida si con fe con acudimos a El.
No buscamos una sabiduría cualquiera, buscamos la sabiduría de Dios. Sabemos que Cristo es la verdad porque es el verdadero sentido de nuestra vida, porque en El tenemos las respuestas más profundas para nuestro vivir, porque en verdad es la sabiduría de Dios, porque es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la Revelación de Dios porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, porque quien ve a Cristo ve al Padre como nos enseñara El mismo en el Evangelio. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida’, nos dirá. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’.
‘Para los llamados –judíos o griegos (para nosotros) - Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios’. Así queremos buscarle. Así queremos conocerle. Así queremos vivirle. Seguimos sus pasos, nos alimentamos de su vida, vivimos su mismo vivir. Nos llenamos de Dios, nos llenamos de vida, nos llenamos de salvación. Es nuestra esperanza porque es nuestra fe.
El otro versículo del evangelio también nos puede hacer pensar. ‘Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. Si de Cristo hasta su misma familia decía eso, ¿por qué tememos lo que puedan decir de nosotros? ‘No estaba en sus cabales’, decía la familia; Herodes lo tomó como un loco o un tonto y así lo vistió para devolvérselo a Pilatos. Cuando estaba en la cruz todos vociferaban contra El y se burlaban de El. Y nosotros tenemos nuestros miedos, tantos miedos a lo que puedan decir de nosotros.
Que el Señor nos dé fortaleza en esos momentos difíciles y nos dé su sabiduría y su vida.

viernes, 23 de enero de 2015

Jesús llamó a los que quiso y por puro amor me sigue llamando a mí: gracias, Señor

Jesús llamó a los que quiso y por puro amor me sigue llamando a mí: gracias, Señor

Hebreos 8,6-13; Sal 84,8.10.11-12.13-14; Marcos 3,13-19
‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con El’. Y a continuación el evangelista nos da la lista de los doce que fueron llamados.
Como en alguna ocasión hemos comentado, sorpresas de Jesús. ‘Llamó a los que quiso’. Pudieron ser otros los llamados. En unas votaciones vete a saber quienes iban a salir. Nosotros estando allí quizá hubiéramos hecho otra lista. Con lo que sabemos; con lo que fueron los resultados. Pero los caminos de Jesús son distintos. El amor de Jesús tiene otros parámetros lejos de lo que quizás pudieran ser nuestros intereses.
Nos ponemos a analizar la lista sabiendo lo que sabemos y allí estaban quienes iban a negar conocerle, los que en el momento de la prueba lo dejaron solo y huyeron para esconderse - con las puertas cerradas estarían por miedo en el cenáculo -, por allá había alguno que había sido un Celotes, algo así como un terrorista, otro había sido publicano que no era bien visto por la gente, algunos que no eran conocidos por nada, e incluso quien sabía que lo iba a traicionar.
No eran los méritos humanos de los elegidos o lo que pudieran o no pudieran hacer, sino sería la fuerza del amor lo que impulsaba a Jesús a escogerlos, a llamarlos para tenerlos con El. Así es el amor del Señor y así sigue siendo con nosotros. Nos tenemos que reconocer que tantas veces le hemos negado, porque muchos son nuestros pecados y siempre permanece fiel el amor del Señor. Como diría san Pablo nosotros no somos fieles, pero El siempre es fiel porque no puede negarse a sí mismo.
Creo que cuando contemplamos este momento en que Jesús elige a los doce apóstoles lo que tiene que surgir en nuestro interior es la humildad y la acción de gracias. Esa elección nos recuerda que también nosotros hemos sido elegidos, llamados.  Nuestra vida cristiana es una vocación, una llamada del Señor, una elección de amor que Dios ha hecho con nosotros. Una elección, simplemente por eso, por puro amor gratuito de Dios. Y tenemos que saber dar gracias por ese amor; y tenemos que aprender a dar respuesta a ese amor; y tenemos que reconocer que no siempre nuestra respuesta ha sido la mejor porque somos pecadores; y tenemos que ser humildes para reconocer nuestra vida; y tenemos que dar gracias porque el Señor sigue manteniendo su amor por nosotros.
Gracias, Señor, por tu amor. Tú sabes que soy pecador y que no siempre he sido todo lo fiel que tenía que ser, pero como Pedro te decimos, tú sabes que te amo, tú sabes que quiero poner de verdad amor en mi vida, tú sabes que lo eres todo para mi, y sin ti nada soy. Gracias, Señor, por tu amor. Que no me falte nunca tu amor.

jueves, 22 de enero de 2015

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39,7-8a.8b-9.10.17; Marcos 3,7-12
El enfermo busca la salud, el que tiene un dolor busca un remedio o una medicina que se lo cure, el que está sufriendo por algún motivo busca consuelo y algo que mitigue su angustia y su dolor. Todos buscamos sentirnos bien. Para nuestros dolores y enfermedades acudimos allí donde sabemos que podremos encontrar remedio, una medicina que nos cure, y por eso algunas veces no nos contentamos con lo que sería la medicina, llamémosla normal, sino que acudimos a aquel de quien hemos oído que nos puede remediar.
No nos extraña, entonces, lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Habían venido de todas partes; ya el evangelista nos relata como han venido de todos los lugares, Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania, Tiro, Sidón son los lugares que señala, además desde la propia Galilea donde se encontraba. Aunque Jesús quisiera retirarse a lugares apartados con sus discípulos más cercanos allí lo seguía la gente venida de todos los lugares.
¿Qué buscaban en Jesús? ¿Qué buscamos en Jesús? Allí estaban con sus sufrimientos, con su vida, con sus esperanzas y desesperanzas, con sus corazones rotos, con sus deseos de paz. Hambrientos de vida, de salud para sus cuerpos, pero de salvación y de esperanza para sus vidas. Y Jesús iba respondiendo a toda aquella inquietud y todos aquellos deseos que se anidaban en sus corazones. Porque los curaba, pero los enseñaba. No quería que se quedaran solamente en la salud corporal, sino que en ello vieran el signo del Reino de los cielos que El les anunciaba.
Buscamos nosotros también a Jesús. Llevamos muchas preocupaciones en el corazón, desde los problemas y angustias que todos tenemos dentro de nosotros, quizá también desde nuestros cuerpos maltrechos o debilitados por la enfermedad o por los años, pero queremos mirar también cuánto de sufrimiento hay a nuestro alrededor y con ello también nos presentamos ante el Señor.
También nos queremos echar encima, como aquellas gentes, para tocarle, para sentir el calor de su amor y de su paz, para sentir la fortaleza que necesitamos en nuestra alma frente al mal que nos acecha, la calidez de su presencia, la luz de su gracia. Con Jesús nos sentimos seguros. En El vamos a encontrar la respuesta a nuestras inquietudes. El llenará nuestras vidas con su gracia y ya todo será distinto. El despierta la esperanza más profunda en nuestro corazón.
Vayamos hasta Jesús, con seguridad nuestra alma se llenará de paz

miércoles, 21 de enero de 2015

Curar el sufrimiento del hombre es también dar gloria al Señor

Curar el sufrimiento del hombre es también dar gloria al Señor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,1-6
‘Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo… y Jesús, dolido de su obstinación, le dijo al hombre: Extiende el brazo. Lo extendió y quedó restablecido’.
Sufre Jesús por la cerrazón del corazón de los hombres. Lo acechaban, querían acusarlo, pero no era tanto eso por lo que Jesús se siente dolido, sino por la cerrazón del corazón, por la inmisericordia que manifestaban. Y es que quien ama se duele cuando no encuentra amor. Jesús era la manifestación más maravillosa de lo que era el corazón compasivo y misericordioso de Dios y allá por donde pasaba siempre iba haciendo el bien.
Pero los hombres hechos para el amor no aman. Pero Jesús sigue amando, sigue manifestando su amor, su compasión, su misericordia. No teme la reacción que pudiera haber; a Jesús lo que le importa es amar y que nos contagiemos de su amor, que aprendamos a amar con un amor como el suyo; será su continua enseñanza, será su vida.
Para Jesús lo importante era la persona y allí había alguien que sufría. Es cierto que el sábado era para dedicarlo al Señor y por eso todo estaba reglamentado para que no anduviéramos con nuestras preocupaciones sino que supiéramos poner a Dios en verdad en el centro de la vida. Todo para el encuentro vivo con el Señor, escuchando su Palabra, dándole culto, ofreciendo nuestra oración y nuestra acción de gracias al Señor.
Pero, ¿no era en verdad glorificar al Señor mitigar el sufrimiento del hermano que está a nuestro lado? ¿No era dar gloria a Dios el impregnarnos de su amor compasivo y misericordioso para ser nosotros también compasivos y misericordiosos con el hombre que sufre? Era lo que Jesús quería hacerles comprender pero ellos estaban más cegados por letra de la ley que por la apertura del corazón al amor y a la misericordia.
Ese tiene que ser el camino del cristiano, del que sigue a Jesús, vivir en el amor y la misericordia. El que sigue a Jesús lo que ha de hacer es parecerse a Jesús, lo que significa impregnarnos de amor para vivir nosotros también en el amor. Quien no sabe ser misericordioso con los demás no puede decir que está siguiendo el camino de Jesús.
También tenemos muchas veces el peligro de cegarnos y encerrarnos en nosotros mismos, en el cumplimiento legal o en el hacer las cosas a nuestro parecer. Abramos nuestro corazón al amor. Dejémonos empapar por el sentido del evangelio. Pidamos al Señor que su Espíritu inunde nuestra vida y sea el que mueva nuestro corazón. Seguro que lo llenaremos de amor. Eso dará verdadera alegría a nuestra vida. Haremos más felices a los que nos rodean y así estaremos en verdad sembrando semillas del Reino de Dios

martes, 20 de enero de 2015

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido que es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...

Hebreos 6,10-2; Sal 110,1-2.4-5.9.10c; Marcos 2,23-28
Todos sabemos lo que es un ancla, ese instrumento de hierro en forma de arpón que sirve para sujetar las naves al fondo del mar. Es un símbolo que ha tenido mucha validez en el sentido cristiano. Ese sentido de firmeza, seguridad que le da a un barco bien anclado, nos habla del sentido y fortaleza de nuestra fe y nuestra esperanza cristiana. Es un símbolo que unido a la cruz ya aparece entre los cristianos de los primeros siglos sobre todo en las catacumbas. En aquellos momentos de persecución bien les venía recordar lo que significaba la fortaleza de la fe y cómo unidos a Cristo nada nos puede fallar.
Hoy es la imagen que nos aparece en la carta a los Hebreos. Cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme...’ En el momento en que es escrita esta carta ya comienzan las dificultades para los cristianos y el mensaje del Señor que quiere trasmitírseles precisamente es el de esa confianza y esperanza porque si nos sentimos apoyamos en Cristo nada nos puede fallar.
Un mensaje que en todo momento tenemos necesidad de escuchar. No nos faltan dificultades, problemas, contratiempos, tentaciones a los cristianos en el camino de nuestra vida. Nuestra seguridad la tenemos en el Señor. El es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestra roca, como tantas veces rezamos con los salmos. Por eso nos dice hoy ‘asiéndonos a la esperanza que se nos ha ofrecido’. Esa esperanza que es para nosotros como un ancla, segura y firme, que nos dice el autor sagrado, que nos dice el Señor para que tengamos la seguridad de que estando con el Señor tenemos su vida, tenemos su gracia con nosotros.
‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, repetimos cada día cuando rezamos el padrenuestro, la oración que Jesús nos enseñó. Contra la tentación no luchamos por nosotros mismos y solo con nuestra fuerza. La fuerza la tenemos en el Señor. Ese mal que nos acecha y que es un peligro grande para nuestra vida, porque nos puede hacer caer en la esclavitud del pecado, nos puede debilitar en nuestra fe, nos puede llevar por caminos tortuosos, lo podemos superar con la gracia del Señor. Muchas veces podemos sentirnos desalentados y sin fuerzas porque nos parece que ese mal nos supera. Pero tenemos que saber sacar a flote nuestra fe y nuestra esperanza. Para nosotros es, como nos decía el autor sagrado, ‘como ancla del alma, segura y firme’.
El ha prometido que estará con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Tenemos la seguridad y la certeza de la Palabra del Señor. Hoy nos dice el Señor en carta a la Hebreos ‘te llenaré de bendiciones’. Que sepamos sentir esas bendiciones del Señor en nuestra vida; tengamos fe, confiemos en el Señor. El es nuestra salvación. Como lo sentían y lo vivían los primeros cristianos, así lo sintamos también nosotros, Cristo es el ancla de nuestra salvación.

lunes, 19 de enero de 2015

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Ayuno es algo mas que sacrificio porque hemos de hacerlo ofrenda de amor y solidaridad

Hebreos, 5, 1.10; Sal. 109; Marcos, 2, 18-22
Ayuno puede significar sacrificio, penitencia al mismo tiempo que puede significar solidaridad, amor, ofrenda, al tiempo que acción de gracias y oración.
Cuando ayunamos nos estamos privando de algo que incluso puede ser bueno como es el alimento, estamos diciendo ‘no’, repito, incluso a algo bueno, pero no está enseñando a decir no a otras cosas más importantes o que no pueden ser buenas para nosotros; con ese sacrificio además podemos reparar lo que hayamos hecho mal, con lo que podemos convertirlo en una ofrenda que hagamos al Señor.
Pero también decíamos que podría significar solidaridad, porque al privarnos de algo sufrimos en nosotros una carencia de algo que podríamos necesitar para nuestra vida con lo cual podríamos recordar a aquellos que tienen esas carencias quizá no de forma voluntaria sino por necesidad; nos tendría que hacer comprender mejor a los pobres, a los que carecen de esas cosas necesarias para una vida digna, a los que pasan hambre, en una palabra.
Pero nos tendría que llevar a la oración y a la acción de gracias, reconociendo que si ahora nos privamos de algo es porque lo tenemos, porque somos unos agraciados, con lo que tendríamos que dar gracias al Señor por cuanto tenemos, cuanto hemos recibido de sus manos. Es una ocasión para unirnos al Señor en nuestra oración y en nuestra acción de gracias pero también en una súplica por aquellos que nada tienen y con los que tendríamos que sentirnos solidarios de una forma efectiva. Que en la oración del padrenuestro que rezamos ese ‘pan nuestro de cada día’ que pedimos no sea un pan ‘mio’, sino un pan para todos porque todos somos hijos de ese mismo Padre, Dios, y todos tenemos que sentirnos solidariamente hermanos.
Me estoy haciendo esta reflexión a partir de lo que nos dice hoy el evangelio, en que algunos vienen a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan Bautista o de los fariseos. Jesús les habla de la alegría que viven ahora sus discípulos porque están con El, como los amigos del novio que participan de la fiesta de bodas del amigo. Ya tendrían que hacerlo en otro momento, pero ahora quiere que comprendan su verdadero sentido. No se puede convertir en algo meramente ritual, sino que hay que darle un verdadero sentido al ayuno como sacrificio o como ofrenda que nosotros hagamos y que además siempre tendría que llevarnos a la solidaridad y a la acción de gracias a Dios por cuanto de El recibimos.
Jesús nos pide unas actitudes nuevas, unos valores nuevos que den un sentido nuevo a nuestra vida. Con el evangelio estamos encontrando un sentido nuevo a cuanto hacemos. Así hemos de convertir nuestro corazón al Señor.
Ya tendremos oportunidad de profundizar más en el sentido del ayuno.


domingo, 18 de enero de 2015

Es necesario ponernos en camino de escucha y de búsqueda para luego hacer el anuncio de Jesús

Es necesario ponernos en camino de escucha y de búsqueda para luego hacer el anuncio de Jesús

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39, 2 y 4ab. 1. 8-9. 10; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42
Escucha, búsqueda, anuncio, testimonio, llamada… son las primeras palabras que surgen tras la escucha de la Palabra de Dios de este domingo. Palabras que nos pueden parecer sencillas en su significado o en lo que en una primera impresión nos expresan, pero que pueden tener una hondura grande para nuestra vida.
Comenzamos por escuchar; algo más que oír. Estamos, por ejemplo oyendo el silbido del viento, pero no nos percatamos de ello hasta que en un momento de silencio de otras cosas lo escuchamos. Hay que prestar atención. Oímos muchas cosas que se nos dicen pero que luego olvidamos pronto, no han hecho mella en nosotros, no han dejado huella. Por eso es necesario escuchar, con atención, queriendo atender y entender la voz, lo que se nos dice. Porque podemos estar entretenidos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en nuestras ideas y no nos enteramos de lo que se nos dice, de lo que sucede.
Tuvo que aprender a escuchar el niño Samuel. Oía una voz y en su infantil disponibilidad creía que era el sacerdote el que lo llamaba y allá corría para saber qué quería de él. Una y otra vez, hasta que el anciano sacerdote le enseñó a escuchar. ‘Si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha’. Aprendió a escuchar al Señor.
Los discípulos de Juan oyeron al Bautista que les señalaba a Jesús diciéndoles: ‘Este es el Cordero de Dios’. Y quisieron aprender a escuchar, porque se fueron tras Jesús. Comenzaba la búsqueda. Querían escuchar más que lo que lo que les decía el profeta. Querían saber de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’, les pregunta Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?’ La pregunta y la búsqueda era algo más que saber de una casa, de una habitación, de un lugar. Querían saber de Jesús, querían conocer a Jesús. ‘Venid y lo veréis’.
Se fueron con Jesús… y se quedaron con El. Buscaban y escuchaban, buscaban y llegaron a ver una vida. Escucharon y todo cambió en ellos. Una huella honda quedó marcada en sus vidas. Y comenzaron a anunciar, a dar testimonio ellos también. Eran testigos y aquello que habían visto, aquello que habían palpado porque lo habían vivido ya no lo podían callar. Veremos a Andrés ya al día siguiente a primera hora haciendo el anuncio a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado el Mesías’. Y lo llevó a Jesús.
Se completa el recorrido. Se les había hecho un anuncio que ellos supieron escuchar. Juan había señalado a Jesús como  ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Pero aquello lo querían escuchar mucho más hondo por eso comenzaron a buscar a Jesús, se fueron con Jesús; preguntaban, buscaban, querían palpar hondamente con sus vidas.
Pero para eso es necesario que nosotros queramos abrir los oídos de nuestra alma, de nuestra vida. Hay ocasiones en que no queremos escuchar; en otras ocasiones hay cosas que nos distraen, los ruidos de la vida y no somos capaces de captar las verdaderas señales de la llamada; hay momentos en que parece que perdemos el rumbo, todo se nos vuelve oscuro, parece que no encontramos nada o se hace un silencio tan denso dentro de nosotros que no somos capaces de distinguir bien las llamadas.
Tenemos que aprender a entrar en la sintonía. La sintonía de Dios no es habitualmente como las sintonías que escuchamos en el mundo. Jesús se los llevó con El para que pudieran percibir bien esa sintonía. Pero ellos hubieran podido rechazar o prescindir de esa invitación porque no querían ir con quien no conocieran, o porque no quisieran comprometerse, o porque pretendieran que les trajeran las cosas hasta ellos. Para entrar en esa sintonía hay que disponerse a ponerse en camino; un camino que quizá signifique esfuerzo, superación, sacrificio, o dejar otras cosas atrás.
Aquellos discípulos se pusieron en camino de búsqueda y de escucha. Luego podrían dar testimonio, decir que habían encontrado al Mesías. ¿Hasta donde estamos dispuestos nosotros a ponernos en camino de escucha verdadera y de búsqueda?

sábado, 17 de enero de 2015

Las sorpresas del Señor que llama a los que quiere porque ha venido a sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores

Las sorpresas del Señor que llama a los que quiere porque ha venido a sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores

Hebreos 4,12-16; Sal 18.8.9.10.15; Marcos 2,13-17
‘No necesitan medico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. Fue la sentencia de Jesús tras todas aquellas suspicacias de los escribas y fariseos que murmuraban porque en la mesa con Jesús estaban sentados publicanos y pecadores.
Ya conocemos el hecho. ‘Al pasar Jesús vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de impuestos’. Jesús le invita a seguirle e inmediatamente Leví - así lo llama Marcos en su evangelio, mientras en los otros evangelios aparecerá como Mateo - lo deja todo para seguir a Jesús. Grande ha sido la alegría que Leví ha sentido en esta llamada de Jesús que hace una fiesta, celebra un banquete donde estará Jesús, pero también invita a los que han sido sus amigos y compañeros de profesión. De ahí las suspicacias de los escribas y fariseos.
Jesús que pasa e invita a Leví. El paso de Jesús que siempre es un paso salvador que nos invita a más. El paso de Jesús que es Pascua, porque es paso de Dios. El paso de Jesús que alguna vez nos dolerá por dentro porque hay que desprenderse, despojarse quizá de muchas cosas pero que terminará siempre en alegría y en fiesta. Nos dice mucho, porque a veces nos cuesta, porque en ocasiones pudiéramos tener miedo a ese paso porque nos va a doler algo por dentro. Pero hemos de tener confianza porque el paso de Jesús siempre es para la vida. 
El paso de Jesús que es sanador. El médico viene para los enfermos, Jesús viene para sanarnos, para hacer que tengamos vida de verdad. Por eso el paso de Jesús nos llena de vida y de esperanza. No nos hagamos oídos sordos a su llamada. El Señor viene a nuestro encuentro y con esperanza hemos de abrirle las puertas de nuestra vida.
Además, el Señor siempre nos sorprende. ¿Quién podía pensar que Jesús iba a llamar para que formara parte del grupo de sus discípulos y luego de sus apóstoles a uno que no estaba bien considerado en aquella sociedad en la que vivían? Ya sabemos cómo eran tratados de pecadores todos los recaudadores de impuestos y nadie quería mezclarse con ellos; ya hemos escuchado las reacciones y los comentarios de los escribas y fariseos. Pero Jesús lo llamó y se sentó a su mesa y lo sentó a su mesa porque ya desde entonces lo tuvo siempre consigo. Las sorpresas de Dios a las que hemos de estar abiertos.
Como nos decía la carta a los Hebreos ‘acerquémonos con seguridad al trono de su gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente’. Y podemos acercarnos así con seguridad ‘porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado’. El Señor es compasivo y fiel.


viernes, 16 de enero de 2015

Necesitamos esa palabra y esa mano de Jesús que nos levante y nos llene de paz

Necesitamos esa palabra y esa mano de Jesús que nos levante y nos llene de paz


¡Cómo nos gustaría escuchar que también nos dice Jesús: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’! Necesitamos siempre esa mano que nos tiende Jesús para levantarnos, esa palabra que nos dice ‘¡levántate!’.
Seamos sinceros primero que nada con nosotros mismos. No podemos contemplar este episodio del evangelio - de todas maneras ningún episodio del evangelio - como si fuéramos menos espectadores. Por así decirlo, tenemos que meternos en la escena. El centro será siempre Jesús, pero ¿por qué no nos vemos en este caso reflejados, representados en aquel paralítico que hacen llegar hasta Jesús?
Serán nuestros dolores y enfermedades corporales con las que también nos presentamos ante Jesús, pero hay otras parálisis en nuestra vida, otras cosas que nos tienen postrados muchas veces. En este caso hemos escuchado que lo primero que Jesús hace cuando ponen ante Él a aquel paralítico es perdonarle los pecados, a pesar del revuelo que se armó enseguida por parte de aquellos escribas y fariseos que allí estaban sentados como espectadores viendo cuánto sucedía para tener siempre una palabra, un juicio, una condena.
Sí, hasta Jesús nos acercarnos con la parálisis y muerte de nuestros pecados, de nuestra condición pecadora, porque El es el único que nos puede perdonar, nos puede hacer llegar su salvación. Pero quizá también hay otros sufrimientos en nuestra vida, agobios y problemas que nos quitan la paz, tibiezas y frialdades que nos llenan de dudas y de desconfianzas, rutinas que nos envician y con las que tenemos el peligro de caer por la resbaladiza pendiente que nos puede llevar finalmente a un enfriamiento de nuestra fe o incluso al pecado.
Necesitamos, sí, esa palabra de Jesús que nos levante; sentir como se adelanta hasta nosotros su mano para levantarnos, para despertarnos de nuestros ensueños y rutinas, para ponernos en un camino de paz en el corazón, para sentir el gozo de su presencia y la certeza de que su gracia no nos abandona nunca.
Vayamos hasta Jesús; dejémonos conducir hasta Jesús. Dejemos que Jesús actúe en nosotros, actúe en nuestra vida para escuchar su palabra salvadora, para sentir el gozo de su salvación. Y finalmente no nos olvidemos de una cosa, seamos capaces de darle gloria al Señor reconociendo cuánto realiza en nosotros, cuánta gracia derrama sobre nuestra vida.
Como decíamos en el salmo ‘no olvidéis las acciones del Señor’. Demos gloria al Señor que nos levanta y nos pone en camino de gracia y de paz.