lunes, 28 de julio de 2014

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Un corazón humilde será capaz de hacer sitio en él para dejar meter el corazón de los demás

Jer. 13, 1-11; Sal.: Deut. 32, 18-21; Mt. 13, 31-35
Un corazón humilde, un corazón que se hace pequeño y sencillo, será un corazón que pueda llenarse de amor, porque se olvidará de sí mismo para estar siempre abierto a que los demás se puedan acoger en él. Así quiero resumir el mensaje que hoy podemos encontrar en las parábolas que nos propone Jesús en el evangelio.
Las hemos escuchado y meditado recientemente, pero como tantas veces hemos dicho, la riqueza  de la Palabra de Dios es tan grande que siempre que nos acercamos a ella, con verdadera humildad y con deseos de dejarnos iluminar vamos a encontrar un mensaje de vida y de luz que llene las ansias más profundas de nuestra vida.
Nos habla la parábola de la pequeña semilla de la mostaza y del puñado de levadura echado a la masa. Cosas pequeñas y aparentemente insignificantes pero de gran significado como tantas veces hemos meditado. Yo me preguntaría de entrada ¿llegaré a ser en verdad semilla mostaza? ¿en qué medida soy levadura de Dios en medio del mundo que me rodea?
Fijémonos en la parábola de la semilla de la mostaza; pequeña e insignificante pero que hará brotar una planta, como nos explica Jesús en la parábola, que se hará la más grande en medio de las demás hortalizas, de manera que bajo sus ramas llegan a acogerse los pajarillos que anidan en sus ramas.
¿Qué nos puede enseñar? Cuando sabemos ser humildes y sencillos, como decíamos al principio, vamos a tener un corazón capaz de acoger a cuantos nos rodean, pero será un corazón, como decíamos, muy dispuesto para el amor. Y ¿qué es amar al otro? Dejar que se introduzca en nuestro corazón. Cuando decimos que amamos a los demás estaríamos diciendo que vamos poniendo a esas personas en nuestro corazón;  y todo el que se siente amado se siente acogido.
¡Qué a gusto nos sentimos al lado de las personas humildes y sencillas! No encontraremos nunca en ellas ningún signo de superioridad, la vanidad estará lejos de sus vidas, no habrá nunca desplantes ni acritud ni en sus actitudes ni en sus palabras, todo lo que realicen en el trato con nosotros estará lleno de delicadeza y cariño, siempre tendrán para nosotros una palabra amable, nos sentiremos en verdad bien acogidos, nos sentiremos contagiados de su dicha y de la alegría que siempre llevan en el corazón. Como la planta de la mostaza, nacida de una pequeña semilla pero que permitirá que incluso los pajarillos aniden bajo sus ramas.
¿Entendemos ahora la pregunta que nos hacíamos cuando comenzamos a reflexionar sobre la parábola? ¿Seremos en verdad esa semilla de la mostaza o esa planta que sea capaz de acoger siempre a los demás? ¡Qué distintas y qué hermosas por humanas serían nuestras relaciones mutuas! ¡Qué agradable se convertiría nuestra convivencia de cada día!
En un mismo sentido podríamos reflexionar sobre la otra parábola, la de la levadura.  La levadura se mezcla y se hace una con la masa, se amasa para hacerla fermentar. Es lo que es capaz de hacer posible el amor, cuando hay amor verdadero, en nuestras relaciones con los demás. Es el amor el que va a transformar nuestro mundo, transformando antes nuestros corazones. No será sólo a partir de normas o leyes como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor, si nosotros no estamos dispuestos a dejar transformar nuestros corazones. Pongamos esa levadura del amor en nuestra vida, en lo que hacemos, en nuestras relaciones con los demás, en nuestro trato con los otros.

Es la levadura que nos hará amables y generosos, quitará acritud y violencia en nuestro trato, nos dará capacidad para aceptarnos y al mismo tiempo fuerza para arrancar de nosotros actitudes orgullosas que tanto daño harían a los demás. El amor desterrará de nosotros todo lo que sea vanidad, porque actuará de forma callada como sin apenas dejarse notar la levadura se mezcla con la masa para fermentarla. Así iremos fermentando nuestro mundo para hacerlo un mundo lleno de amor donde brillará para siempre la paz y la armonía.

domingo, 27 de julio de 2014

Que Dios nos dé sabiduría para que al encontrarnos con el tesoro del evangelio lo vendamos todo por alcanzar el Reino de Dios

Que Dios nos dé sabiduría para que al encontrarnos con el tesoro del evangelio lo vendamos todo por alcanzar el Reino de Dios

1Reyes, 3, 5. 7-12; Sal. 118; Rm. 8,28-30; Mt. 13, 44-52
Seguimos escuchando parábolas de Jesús. Es importante el mensaje que Jesús nos va dejando con sus parábolas. Nos van ayudando a comprender bien el verdadero sentido del Reino que nos anuncia y qué es lo que verdaderamente tenemos que buscar, qué es lo importante porque sería lo que nos daría verdadera plenitud humana, cuáles han de ser los verdaderos intereses de nuestra vida por los que en verdad merece la pena luchar, cueste lo que nos cueste, si en verdad queremos vivir el Reino de Dios.
Os confieso que reflexionando con toda sinceridad en lo que hoy hemos escuchado y con lo que hemos orado tendríamos que preguntarnos si oramos con sinceridad o solamente repetimos unas palabras, si escuchamos con corazón bien abierto o simplemente nos contentamos con oír unas palabras de unas lecturas que toca hacer, y todo se queda ahí.
Salomón tiene la oportunidad de pedirle a Dios lo que sea. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor. ¿Y qué pide Salomón? ¿riquezas? Pide sabiduría para poder gobernar rectamente a su pueblo. ‘Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien… discernimiento para escuchar y gobernar’. Y el Señor le dará ‘un corazón sabio e inteligente’, nos dice el texto sagrado.
Y nosotros hemos orado a continuación con el salmo expresando cómo estimamos más ‘los preceptos salidos de la boca de Dios, que miles de monedas de oro y plata… yo amo tus mandatos más que el oro purísimo’. ¿Hemos orado estas cosas y nosotros al mismo tiempo pidiendo sacarnos la lotería o el cupón de la Once, y cuanto mejor el extraordinario, porque así lo tendríamos todo resuelto? Podéis pensar que estoy reflexionando con mucha radicalidad, pero es que me quiero preguntar si en verdad somos sinceros en nuestro corazón, y hay de verdad convergencia entre lo que expresamos, por ejemplo, en la oración litúrgica, y lo que son de verdad nuestros intereses y deseos. Me lo pregunto yo a mi mismo, el primero.
En este sentido de querer enfrentarnos con sinceridad a lo que nos dice el Señor en su Palabra tendríamos que referirnos a lo que se nos manifiesta con las parábolas de hoy y las interpretaciones que nos podemos hacer. Claro, como se habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas de gran valor, podemos quedarnos en lo que llamaríamos la anécdota de encontrar riquezas sin fijarnos de verdad en lo que quiere decirnos el Señor.
Habla, es cierto, de un tesoro escondido que alguien encuentra, por el que será capaz de vender todo lo que tiene para adquirir aquel campo y poder quedarse con el tesoro; y nos habla en el mismo sentido de la perla fina y preciosa de gran valor, que para poderla obtener será capaz de vender todo lo que tiene. Pero, ¿qué nos quiere decir? ¿se trata de hacer negocios para obtener riquezas o ganancias extraordinarias o qué nos querrá decir? ¿qué significa ese tesoro o esa perla preciosa? ¿cuál es ese tesoro del que nos está hablando Jesús?
Creo que todos nos damos cuenta fácilmente, si nos paramos a pensar un poco, que no nos está hablando aquí Jesús de cosas materiales. En principio fijémonos que al enunciar la parábola nos dice ‘el Reino de los cielos se parece…’ y así nos dice en las tres parábolas. O sea que Jesús al hablarnos del Reino de los cielos, del que ya desde el principio nos había dicho que habíamos de convertirnos para creer en él, nos está diciendo todo lo que ha de significar en nuestra vida el llegar a comprender lo que es el Reino de Dios para vivir en ese Reino. Habría que venderlo todo.
Vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia y para lo que El ha venido a traernos la salvación nos está exigiendo una transformación total de nuestra vida, de manera que aquellas cosas que hasta ahora considerábamos importantes porque por nosotros mismos nos parecía que debían ser así, o porque simplemente es el estilo del mundo, el estilo de cuantos están a nuestro alrededor, habríamos de dejarlas radicalmente atrás para comenzar a vivir eso nuevo que Jesús nos está ofreciendo. Vender todo, desprenderse de todo, para poder alcanzar eso nuevo que hemos encontrado, eso nuevo que se nos ofrece en el Evangelio de Jesús.
Esto no es fácil de hacer ni de vivir, es cierto. Primero que nada porque hay que descubrirlo.  Es Evangelio es algo nuevo y distinto que tenemos que descubrir. Nos hemos acostumbrado al evangelio y al final lo hemos devaluado; ya no le damos importancia; ya nos da vivirlo de la forma que sea, pero a mi que no me toquen mis costumbres, mi manera de hacer las cosas. Eso significará que aun no lo hemos descubierto de verdad; no nos hemos dejado conducir por el Espíritu del Señor, no ha impactado de verdad en nosotros, porque siempre queremos permanecer con nuestros criterios, con nuestras maneras de hacer o de pensar de siempre.
Algunos incluso se quejarán, porque nos están cambiando las cosas, nos dicen. Pero es que hemos entrado en una rutina muy peligrosa porque entrar en rutina es como poner una coraza a nuestro alrededor que nos impedirá escuchar de verdad en el corazón, y entonces la palabra del Señor nos resbala por fuera. En los domingos pasados se nos hablaba de la tierra reseca o endurecida, o la llena de abrojos o de piedras, que haría que no termináramos de dar fruto; pues seguimos con tantos abrojos, malas hierbas, o callos en el corazón.
Si en verdad nos dejáramos impresionar por la Palabra de Jesús, por el Evangelio, ¿sería posible que siguiéramos con nuestros egoísmos y cerrazones, con nuestra insolidaridad o violencia, con nuestros odios o con nuestros orgullos, con nuestras falsedades e hipocresías, con nuestras ambiciones de todo tipo o con nuestra avaricia, por mencionar algunas cosas que desgraciadamente seguimos viendo tan palpables en tantos que nos llamamos cristianos y hasta venimos a misa, pero luego actuamos de esa forma con el corazón tan lleno de maldad?
Si de verdad nos encontráramos con ese tesoro del evangelio ya habríamos vendido todas esas actitudes no buenas que llenan nuestro corazón y no dejan paso a que sea Dios el que reine de verdad en nuestra vida.
Por eso comentaba ya desde el principio, y eso primero que a nadie me lo digo a mi mismo, que es necesario que con toda sinceridad nos pongamos ante la Palabra de Dios y lo que pedimos en nuestra oración sea en verdad con congruencia entre lo que es de verdad nuestra y lo que es nuestra vida.
También nos habla Jesús en la otra parábola de la red arrojada al mar y que recoge toda clase de peces, buenos y malos, pero que luego habrá que ponerse a separar unos de otros. En el mar de la vida habemos buenos y malos ¿en qué parte estaríamos nosotros? No nos es fácil responder si lo queremos hacer con toda sinceridad, porque en nuestro corazón se nos entremezclan muchas cosas.
Con la luz de la Palabra del Señor tenemos que enfrentarnos de verdad a lo que es nuestra vida para separar y arrancar de nosotros todo lo que sea un contrasigno a la fe que profesamos; aquí se trata de transformar en verdad nuestro corazón, purificando, limpiando, arranco de nosotros todos los malos sentimientos o las malas pasiones que nos puedan dominar y hacernos caminar no por caminos buenos, sino por los caminos del mal.

Podemos escuchar que el Señor también nos dice a nosotros, como le decía a Salomón, ‘pídeme lo que quieras’.   Que el Señor nos dé esa sabiduría, esa capacidad de discernimiento, esa valentía del corazón, para separar lo malo de lo bueno para que obremos siempre con rectitud, para que sea en verdad el amor el que fundamente nuestra vida, para que con la gracia del Señor resplandezcamos en santidad, porque al encontrarnos con el tesoro del Evangelio de verdad lo hemos vendido todo,  nos hemos despojado de todo eso que es como un rémora, para seguir los caminos del Reino de Dios. Recordemos,  como antes decíamos, que para aceptar, creer y vivir el Reino de Dios, ya desde el principio Jesús nos pedía conversión. Que no nos falte esa sabiduría de Dios.

sábado, 26 de julio de 2014

SAN JOAQUIN Y SANTA ANA, LOS PADRES DE LA VIRGEN

Una huella y un perfume que recibimos de nuestros mayores para aprender a hacer nuestro  mundo mejor

fiesta de los mayores y los abuelos

Eclesiástico, 44,  1.10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
‘Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’, les decía Jesús refiriéndose a la suerte y a la gracia que ellos tuvieron de poder escuchar y estar con el Hijo del Hombre.
Sin querer forzar demasiado el evangelio y las palabras de Jesús podía estar refiriéndose a san Joaquín y Santa Ana a quien hoy estamos celebrando, los padres de María, la Virgen, que fueron los abuelos de Jesús. ¿Lo conocieron? ¿no lo conocieron? ¿Estarían ellos deseando también ver el día del Señor y no lo vieron?  El evangelio nos habla de aquel otro anciano que estaba en el templo también esperando la llegada del día del Señor y a quien el Espíritu Santo le hizo reconocer en aquel niño que llevaban José y María para su presentación en el templo al Mesías del Señor; ya recordamos cuanta era la alegría que desbordaba su corazón que ya solo deseaba morir  para seguir disfrutando de la presencia del Señor, porque ya sus ojos terrenales habían visto al Salvador que era la luz de todos los pueblos.
Por supuesto el evangelio no nos habla de san Joaquín y Santa porque tampoco entra en esas historias, llamémoslas, familiares; sólo una piadosa tradición nos habla de ellos, pero ya desde casi los primeros siglos del cristianismo así fueron considerados y a espaldas del lugar donde estuvo el templo de Jerusalén y muy cerca de la piscina probática - recordamos lo del paralítico que esperaba el movimiento de las aguas - se levanta una basílica muy antigua dedicada a Santa Ana y se tiene como el lugar del nacimiento de María.
Si una mujer anónima en el evangelio en medio de las gentes que escuchaban a Jesús prorrumpió en alabanzas a la madre que lo trajo al mundo - ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’ - nosotros quizá podríamos atrevernos a prorrumpir también en alabanzas para los padres de María; en cierto modo es lo que la Iglesia ha querido reconocer cuando los ha introducido desde siempre en el catálogo de los santos y que motiva la fiesta de este día.
Y es que si vemos las virtudes de María - salvo lo que es la gracia del Señor que así la enriqueció porque la había escogido para ser la madre del Hijo de Dios porque en su seno se encarnase el Verbo divino - también nosotros tenemos que cantar cánticos de alabanza para quien crió y educó a María en la que resplandeciera una fe y una humildad tan grande, como un amor tan exquisito y delicado. Todo en fin de cuentas es gracia del Señor, y lo que recibimos de los padres así hemos de verlo con ojos de fe.
En la rectitud y en las virtudes de los hijos podemos ver reflejados lo que fueron los padres, porque ellos, con lo que tienen en profundidad en sus vidas y en lo que enseñan a sus hijos no solo con sus palabras sino con su propio ejemplo, van dejando una impronta muy importante en ellos de manera que vienen como a marcar su vida y los hijos vienen a ser ese reflejo de los padres y de lo que les trasmitieron. Aunque el evangelio no nos diga nada de ellos, repito, en María estamos viendo como en un espejo lo que era también la fe, la humildad y la santidad de aquellos padres Joaquín y Ana que se convierten así también en los abuelos de Jesús. 
Al celebrar la fiesta de san Joaquín y santa Ana por ser los abuelos de Jesús, hace ya años que esa celebración se convierte en la fiesta de los mayores, la fiesta de los abuelos. Un reconocimiento de lo que vosotros, los mayores, nos habéis dejado con vuestra vida, pero también de lo que podéis seguir aportándonos. Un momento propicio para hacer una lectura con ojos de fe de lo que es la vida y en este caso la vida de los mayores, de nuestros mayores.
Aunque quizá en este momento pudieran venirnos a la memoria momentos tristes que nos hayan podido llenar de sufrimiento el corazón y la soledad que ya muchos sufrís también nos puede entristecer el alma, sin embargo creo que tenemos que recoger lo que ha sido vuestra vida en positivo y darle gracias a Dios por toda esa semilla de bien que habéis sembrado en los hijos y en cuantos os rodeaban, por esa semilla de bien que en el cumplimiento de vuestras responsabilidades habéis dejado sembrada en nuestro mundo con el deseo de hacerlo mejor.
Muchas huellas de cosas buenas habéis podido dejar sembradas en el surco de la vida de quienes os rodearon a lo largo de vuestra vida; pero también tenemos que decir que vuestra vida, porque estéis aquí, porque os veáis con muchos años y muchas limitaciones que van apareciendo en el cuerpo y en el espíritu, vuestra vida no es inútil; vuestra vida sigue teniendo una fecundidad muy grande. Con huellas de muchas cosas hermosas podéis seguir marcándonos los surcos de nuestra vida, la vida de quienes os rodeamos.
Será vuestro agradecimiento, y quiero comenzar por ello, por cuantas atenciones y por tanto cariño que podéis estar recibiendo de las personas que os cuidan y atienden. Es de corazones nobles ser agradecidos y reconocer cuanto recibimos de los demás. Y esa nobleza tiene que resplandecer en vuestro espíritu porque además será un buen aliciente para quienes estamos a vuestro lado para agradecer también cuanto de vosotros podemos recibir y de hecho recibimos. En eso queremos también aprender de vosotros. Grande es el cariño que también ustedes nos ofrecen y por lo que los que estamos cerca de vuestra vida les estamos profundamente agradecidos.
Pero todo eso bueno que habéis vivido, y que seguro que ha sido mucho y es bueno recordarlo y revivirlo, puede hacer rebrotar y florecer también en muchas cosas hermosas y positivas con las que podéis dejarnos el perfume de vuestra bondad, de vuestras inquietudes, de vuestras alegrías y esperanzas que ahora podéis compartir con nosotros, de muchas cosas que os ha ido enseñando la sabiduría de la vida y que no os podéis quedar para vosotros, sino que tiene que dejar una huella positiva en quienes os rodeamos y queremos recibir también vuestro cariño y con lo que tenemos que seguir aprendiendo a hacer mejor nuestro mundo.
Vosotros, queridos ancianos y ancianas, con vuestros muchos años y la experiencia de tantas cosas buenas de la vida, que ha sido vuestra experiencia y vuestro vivir, podéis ser como esas flores que se van deshojando pero que nos vais repartiendo esos pétalos perfumados que nos pueden llenar de color y de buen olor nuestras vidas. Ese deshojarse vuestra vida con el paso de los años no va a ser una pérdida porque nosotros iremos recogiendo esos pétalos perfumados de todas esas cosas buenas que nos ofrecéis para aprender también esa sabiduría de la vida que se desparrama de vosotros.
Como Joaquín y Ana dejaron su huella en María, también queremos que vuestras vidas con el perfume de tantas cosas buenas vaya dejando huella en nuestro mundo, porque así además contribuís a que entre todos los hagamos mejor.

Y pensad también que si sabemos hacer una ofrenda de nuestra vida al Señor, vuestro amor con todo lo bueno que deseáis hacer, pero también los sufrimientos que padecéis ya sea en vuestras limitaciones, debilidades y achaques que nos van apareciendo con el paso de los años, pero también de otras cosas que os hacen sufrir en el silencio de vuestro corazón en tantas soledades y recuerdos, puede ser como ese humo del incienso que se eleva al Señor que nos hace querer darle gloria al Señor con nuestra vida, pero que puede ser también un perfume - como el del incienso - que envuelva la vida de cuantos os rodean porque desde vuestra ofrenda van a ser gracia del Señor para nuestro mundo y para todos nosotros. Qué hermosa y valiosa puede ser vuestra vida cuando nos unimos en ofrenda al amor del Señor.

viernes, 25 de julio de 2014

La fiesta del Apóstol Santiago nos impulsa a ser misioneros y testigos del evangelio

La fiesta del Apóstol Santiago nos impulsa a ser misioneros y testigos del evangelio

Hechos, 4, 33; 5, 12.27-33; 12, 2; Sal. 66; 2or. 4,7-15; Mt. 20, 20-28
Ya un día a su paso por la orilla del lago Jesús lo había invitado junto con su hermano Juan a seguirle para hacerlos pescadores de hombres; lo mismo había hecho un poco más allá con Simón Pedro y su hermano Andrés. Pero es que había sido Andrés el que antes había llevado a su hermano Simón para que conociera a Jesús, diciéndole que habían encontrado el Mesías, como probablemente Juan le habría hablado a su hermano Santiago del que habían conocido allá en la ribera del Jordán.
Ahora Jesús los había invitado personalmente, como lo volvería a repetir cuando la pesca milagrosa tras una noche infructuosa, pero Pedro había echado las redes por la palabra de Jesús y había cogido una redada tan grande que las barcas se les hundían. También les diría entonces, ‘venid conmigo, y os hará pescadores de hombres’, y lo habían seguido dejándolo todo.  
Así habían estado con Jesús escuchándole a El directamente las explicaciones que no hacía a las multitudes y pronto Jesús había constituido el grupo de los doce, en el que en los primeros lugares de los llamados estaban ellos. Serían testigos de momentos especiales porque a Pedro, a Santiago u a Juan se los llevaba Jesús ya fuera en la resurrección de la hija de Jairo, ya fuera en lo alto del Tabor para la transfiguración, o ya sería al final en Getsemaní en aquella noche de agonía y oración en que le habían acompañado en lo hondo del huerto entre sus somnolencias.
Pero Santiago también sentía sus impulsos por estar con Jesús y por seguirle o por querer ser de los más cercanos. Eso quizá despertaría ambiciones especiales en su corazón, y ya por la cercanía con que Jesús se mostraba con ellos, o ya amparándose en los lazos familiares que les unían, les llevaría a la escena que hoy hemos contemplado en el evangelio. Jesús encauzará esos impulsos porque también Jesús necesitaba hombres con coraje a los que un día enviará hasta el fin del mundo para anunciar su evangelio del Reino de Dios. Bien veremos, según hermosa tradición, llegar en pocos años hasta el fin de la tierra entonces conocida por occidente para llegar hasta nuestra tierra hispana anunciando el evangelio de Jesús. Dios se vale también de lo que somos y valemos para realizar su obra.
Hoy en el evangelio lo veremos con su hermano Juan que se acercan capitaneados por su madre, podemos decir, hasta Jesús para hacerle una petición que ellos consideraban importante. En ese Reino que Jesús anunciaba alguien tendría que estar en primeros lugares cerca de Jesús para ayudarle en su tarea. ‘Ordena que estos dos hijos míos, será la madre la que lo pida, se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.
No saben lo que piden, como les dirá Jesús. No les dice que realmente ellos no ocupen esos puestos, sino que expresará Jesús lo que son las condiciones para ocupar esos primeros puestos en su reino. Ese Reino de Jesús que tendrá su momento importante de proclamación constitutiva en medio de la entrega de su pasión ya anunciada y su muerte en la cruz, como supremo gesto de entrega hasta lo infinito. Será el cáliz del dolor y de la pasión, el cáliz de la entrega hasta el final y dar la vida, pero ¿ellos estarán dispuestos a beber ese cáliz? ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’
Como es normal en todo grupo cuando brillan las ambiciones de algunos, pronto comenzarán a florecer esas mismas ambiciones en los otros acompañadas de las malas hierbas de los recelos, las envidias y las desconfianzas.  ‘Los otros diez, al oírlo, se indignaron contra los dos hermanos’. Pero será la ocasión para que Jesús una vez más nos deje claras cuales con las condiciones del Reino.
No podemos andar a la lucha de los unos contra los otros como sucede en las cosas de nuestro mundo y sigue sucediendo cuando algunos comienzan a saborear las mieles del poder. ‘Los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea el último, que sea vuestro esclavo’. Está claro cuales han de ser nuestras grandezas que tienen que pasar necesariamente por el servicio y por la humildad.
¿Aprendería la lección nuestro Santiago, hijo de Zebedeo, a quien hoy estamos celebrando? La tradición nos habla de ese camino largo que hizo para llegar a los confines de la tierra a anunciar el evangelio de Jesús, aunque no le fuera fácil. Pero también hemos escuchado hoy el relato de su martirio, siendo el primero de los apóstoles que muriera por el nombre de Jesús.
Hoy estamos celebrando la fiesta del Apóstol Santiago que para nosotros los españoles tiene tan especial significado, no solo por la tradición de haber predicado el evangelio en nuestras tierras hispanas, sino también porque conservamos su sepulcro en Compostela. Que con su guía y patrocinio se conserve la fe en España, como expresamos en el prefacio y las oraciones de la Misa. Creo que tenemos que pedirle que nos de también ese ímpetu que él tenía en ese deseo de estar cerca de Jesús y al mismo tiempo ese impulso misionero que le hizo llegar hasta nuestras tierras para el anuncio del evangelio.
A lo largo de los siglos no nos ha faltado a los españoles ese ímpetu misionero y han sido muchos los que a lo largo de todos los tiempos también se han ido a lo largo de todo el mundo haciendo ese anuncio misionero. Hoy necesitamos seguir cultivando ese espíritu misionero y evangelizador comenzando por nuestra propia tierra, tan necesitada de una nueva evangelización. Creo que podría ser algo que le pidiéramos hoy, y la lección que tomáramos de su vida para nosotros. 
Que en verdad seamos servidores del Evangelio, porque lo vivamos nosotros con toda intensidad, pero porque también con nuestra vida, nuestro ejemplo, nuestra palabra seamos anuncio y signo de evangelio para los que nos rodean.  Bien necesita el mundo que nos rodea de ese anuncio del evangelio, de esos testigos del evangelio que tenemos que ser nosotros.


jueves, 24 de julio de 2014

La escucha de la Palabra es siempre oración, porque es un diálogo de amor


La escucha de la Palabra es siempre oración, porque es un diálogo de amor


Jer. 2, 1-3.7-8.12-13; Sal. 35; Mt. 13, 10-17

Alguna vez quizá lo hemos pensado y hasta quizá expresado el sueño o el deseo de haber estado nosotros escuchando a Jesús como le escuchaban sus discípulos o aquellas gentes de Galilea o de cualquier parte de Palestina que acudían a El para escucharle. Pensamos y soñamos cuánto hubiéramos disfrutado escuchando de sus propios labios las palabras de Jesús; y hasta pensamos en la respuesta que nosotros hubiéramos dado con nuestra vida a lo que Jesús decía y enseñaba.
¿Sueños irrealizables? ¿deseos inalcanzables? ¿cierta envidia quizá de quienes sí pudieron oírle? Hoy le hemos escuchado decir a Jesús directamente a aquellos que sí le escuchaban y más directamente aún al grupo de los discípulos más cercanos ‘Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. No son simples sueños nuestros, hemos de reconocer.
Pero sí tenemos la suerte y la gracia de tener con nosotros siempre la Palabra de Jesús. Agradecidos tendríamos que estar porque los evangelistas dejándose inspirar por el Espíritu Santo nos dejaron por escrito las Palabras de Jesús con toda fidelidad para que nosotros podamos seguir escuchándolas, y agradecidos a la Iglesia que nos ha trasmitido a lo largo de los tiempos, también con la asistencia del Espíritu Santo, la Palabra de Dios con toda fidelidad.
Claro que esto nos exige también a nosotros una apertura grande de nuestro espíritu a esa Palabra de Dios que nos trasmite la Iglesia con el deseo de plantarla de verdad en nuestro corazón. Apertura de nuestro corazón con un espíritu grande de humildad porque es la verdadera llave que nos lo abre para que llegue a nosotros esa gracia, esa riqueza de la Palabra de Dios.
Los discípulos se acercaron a Jesús cuando llegaron a casa para preguntarle por qué hablaba en parábolas para la gente. Jesús les hace comprender que ellos tienen una riqueza grande de gracia cuando pueden escuchar y entender toda la revelación del misterio de Dios. De alguna manera está resaltando ese espíritu humilde, ese corazón abierto que ellos tienen para recibir ese mensaje de Dios; pero les hace comprender cómo han tantos que se cierran a ese misterio de la fe, a ese misterio de Dios y son incapaces de comprender el misterio que se les quiere revelar.
‘Está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos, para no ver con los ojos,  ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’. Cuando ponemos o tenemos barreras entre nuestra vida y la Palabra de Salvación que se nos revela, no podrá llegar a nosotros esa semilla de gracia que nos haga renacer y que transforme nuestra vida. Oirán sin entender, mirarán sin ver, les dice Jesús.
Pero, siempre la pregunta que tenemos que hacernos, ¿nos pasará a nosotros eso? También tenemos el peligro y la tentación; también se nos pueden meter resabios de orgullo en nuestro corazón que se convierten en corazas y en barreras que no dejan pasar la gracia del Señor. Pidámosle con humildad al Señor que no nos pase eso, que no se nos cierre el corazón; que su gracia venza esas resistencias que nosotros podamos poner, cuando cerramos nuestros oídos porque nos llenamos de soberbia y de orgullo, de autosuficiencia y de vanidad. 
Con espíritu de oración hemos de acercarnos nosotros a la Palabra de Dios, no solo porque le pidamos esa gracia de ser humildes para escucharla y recibirla,  sino porque nos demos cuenta de que escuchar la Palabra es un diálogo; es entrar en un diálogo de amor, donde Dios nos habla y nosotros con humildad y amor le respondemos. Nuestra oración no puede ser un monólogo por nuestra parte donde solo vayamos a llevar una lista de peticiones, como quien lleva la lista de la compra,  ni es tampoco, porque así Dios lo quiere, un monologo de Dios a nosotros en que no podamos responderle. La escucha de la Palabra de Dios es siempre oración, porque es un diálogo de amor entre Dios y nosotros.

miércoles, 23 de julio de 2014

La alegoría de la vid y los sarmientos compendio del camino de la espiritualidad cristiana

La alegoría de la vid y los sarmientos compendio del camino de la espiritualidad cristiana

Gal. 2, 19-0; Sal.33; Jn. 15, 1-8
Escuchamos en el evangelio la conocida alegoría de la vid y los sarmientos. Una rica imagen que nos ofrece el evangelio y que me atrevería a decir que compendia de forma muy hermosa el camino de nuestra espiritualidad. Es la imagen de la vid que ha de ser cuidada, pero cuyos sarmientos han de estar profundamente unidos a la cepa, a la vid, porque de lo contrario no tendrían vida por si mismos ni podrían dar los hermosos frutos que de ellos se esperarían; pero vid y sarmientos que han de ser bien atendidos y cuidadosamente podados para quitar lo inservible, lo que le restaría savia y vida para que puedan producir los mejores frutos.
He dicho que puede ser un hermoso compendio del camino de nuestra espiritualidad, pero no de una espiritualidad cualquiera sino de nuestra espiritualidad cristiana. Hay en el corazón del hombre un ansia y una sed de infinito y de plenitud; sentimos hondamente dentro de nosotros que somos algo más que materia, porque somos seres espirituales y estamos llamados a darle una trascendencia a nuestra vida que va más allá de nuestras funciones corporales y meramente animales, podríamos decir.
Pero ese ser espiritual no lo vivimos nosotros de cualquier manera; además ser espiritual es algo más que decir que rezamos mucho porque creemos en Dios, o que le tenemos mucha devoción a los santos y tenemos muchas imágenes con nosotros, ‘muchos santitos’; tampoco se trata de esas fuerzas o energías positivas, como se dice ahora, que todos llevamos dentro o que nos puedan hacer tener como unos poderes especiales. Hoy muchos por ahí nos hablan de que son muy espirituales, porque creen en las fuerzas de los espíritus, porque dicen que tienen una energía espiritual o porque dicen que nos pueden leer la mente o lo que nos ha pasado o nos puede pasar. Hay además una utilización de muchos signos religiosos cristianos por esas personas para hacernos creer en sus poderes y hacérsenos pasar por seres espirituales, dándole un sentido mágico a todo lo religioso y espiritual. Tenemos que tener cuidado con todas esas cosas que nos crean profunda confusiones.
Hablaba al principio de esa sed de espiritualidad que hay en el fondo del corazón de todo hombre, de toda persona, pero nosotros tenemos una fuente que de verdad nos lleva a Dios  y a tener una profunda espiritualidad que nosotros además apellidamos cristiana. Es que en Cristo tenemos el fundamento; su Palabra es la que de verdad ilumina nuestra vida por dentro y no será un espíritu como energía que vaga por el mundo quien nos haga crecer interiormente, sino que es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que Jesús nos prometió el que nos va a llenar de esa vida de Dios en quien de verdad va a encontrar el hombre su plenitud.
Es el Espíritu Santo, el Espíritu divino, no una energía como si fuera una fuerza que sale de un imán, el que de verdad nos llena de vida y nos eleva para darle verdadera profundidad a nuestra existencia. Es necesario, pues, mantener nuestra unión con Dios, con su Espíritu divino, que es el que nos llena de vida y nos hace tender a lo más grande, a lo más noble, a lo verdaderamente espiritual.
Jesús nos habla de la necesaria unión de los sarmientos y la vid, ya lo hemos comentado, que es hablarnos de esa unión con Dios que mantenemos con nuestra oración, con la escucha de la Palabra de Dios, con la gracia de los sacramentos que nos hace partícipes de esa vida de Dios. Una persona verdaderamente espiritual tiene que ser una persona de oración profunda, que sepa sentir y vivir la experiencia de la presencia de Dios en su vida; una persona verdaderamente espiritual ha de ser alguien abierto a Dios y a su Palabra, porque ahí encontrará el camino de su vida y la luz para ese camino; una persona verdaderamente espiritual es alguien que está en continuo crecimiento en su interior, pero que le hará purificarse continuamente de todo aquello que va manchando su vida y que sería una rémora que le impidiera avanzar hacia Dios.
Es lo que nos ha explicado en las imágenes de la alegoría de la vid Jesús en el Evangelio. Es lo que nos llevará a que demos frutos de amor y de santidad en nuestra vida. Una persona impregnada de la espiritualidad cristiana será siempre una persona que derroche amor, compromiso por los demás, generosidad, desprendimiento, deseos de bien y de bondad, que se mostrará siempre sincera y veraz en su vida, que obrará en todo momento con toda rectitud.

Es que en ese camino de la verdadera espiritualidad cristiana ya solo viviremos para Dios y dejaremos que Dios habite para siempre en nuestra vida; más aún, no es nuestra vida, sino que es la vida de Dios que habita en mí, como nos ha dicho san Pablo.

martes, 22 de julio de 2014

Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma…

Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma…

Cantar de los Cantares, 3, 1-4; Sal. 62; Jn. 20, 1-2.11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’, le preguntan dos veces a María, la de Magdala, que estaba fuera, a la entrada del sepulcro, llorando. Primero fueron los ángeles que, vestidos de blanco, estaban sentados, uno a la cabecera y otro a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús.
‘Al amanecer había ido María al sepulcro, cuando aun estaba oscuro, y vio la loza quitada del sepulcro’. Había corrido a decirlo a Simón Pedro y a Juan, y ahora allí estaba llorando a la entrada del sepulcro. ‘Se han llevado a mi Señor y no sé donde lo han puesto’.
Grande era el amor de María por Jesús, que la había liberado de siete demonios, como dice el evangelista Marcos. ¿Será la misma María que se había atrevido a entrar en casa de Simón el fariseo para perfumar los pies de Jesús y lavárselos con sus lágrimas? Da igual. Mucho amor había en su corazón, porque sus muchos pecados se le habían perdonado. Había llegado hasta el pie de la cruz de Jesús. Era una de los pocos que llegaron hasta el Calvario con Jesús. Luego había mirado bien donde lo habían puesto para venir a embalsamarlo debidamente. Ahora no estaba allí el cuerpo del Señor. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían llevado a otra parte?
Ella estaba dispuesta a cargar con él si le decían donde lo han puesto. Por segunda vez le han preguntado del por qué de sus lágrimas y además le habían preguntado también ‘¿a quién buscas?’ ¿A quien iba a buscar sino a quien era el amor de su vida? Se había sentido profundamente amada del Señor que le había perdonado sus muchos pecados, y ahora tenía que seguirle amando. Tenía que saber donde encontrarle.
Pero Jesús estaba allí. Era quien le había preguntado. Solamente llamarla por su nombre ‘¡María!’ había suficiente para que a través del velo de sus lágrimas pudiera reconocerle. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’ y se había postrado a los pies de Jesús una vez más.
Pero para ella había una misión. Como dice de ella la liturgia bizantina era ‘Apóstol de los Apóstoles’. Había de ir a anunciar a los demás que era verdad que Cristo había resucitado. Si antes había corrido por las calles de Jerusalén loca de dolor porque no había encontrado el cuerpo del Señor Jesús, ahora correría pero loca de alegría para hacer el gran anuncio de la resurrección, para llevar la alegría pascual al resto de los discípulos.
‘Lo busqué y no lo encontré; me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas, buscando al amor de mi alma… ¿viste al amor de mi alma? Apenas los pasé, encontré al amor de mi alma’. Así escuchábamos el texto del Cantar de los Cantares, que bien podemos aplicar a María Magdalena a quien hoy estamos celebrando, pero que tendría que ser el cántico que saliera de lo hondo de nuestro corazón en ese deseo de encontrar a Dios, de encontrarnos con el que es el amor verdadero, el amor de nuestra vida.
‘¿A quién buscas?’, le preguntan a María y sería la pregunta que nos hiciéramos a nosotros mismos. ¿A quién buscamos? Ese tendría que ser el deseo hondo de nuestra alma, buscar a Dios y encontrar a Dios, buscar el amor verdadero y encontrarnos con quien es el amor verdadero de nuestra vida. Que no haya tinieblas en nuestros ojos para que podamos ver a Dios; que no haya velos de tinieblas de pecado en nuestra alma para que podamos encontrarnos con Jesús y recibir de El la salvación.
Eso tendría que ser siempre nuestra oración; ese llenarnos de Dios, porque con El nos encontramos y nos llenamos de alegría tendría que ser siempre el sentido de nuestras celebraciones. Ese tiene que ser el ardor que sintamos en nuestro corazón, como aquellos discípulos de Emaús para correr a la Jerusalén de la vida para encontrarnos con los hombres de nuestro tiempo y proclamar con toda valentía nuestra fe en la resurrección del Señor y todo lo que es la esperanza de nuestra vida.

Que con la intercesión y el ejemplo de María Magdalena, como pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta. Tengamos la fuerza del Espíritu en nosotros para anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el Reino de los Cielos

lunes, 21 de julio de 2014

Sólo descubriendo todo el inmenso amor que Dios nos tiene crecerá más y más nuestra fe

Miqueas, 6, 1-4.6-8; Sal. 49; Mt. 12, 38-42
‘Si  no lo veo, no lo creo’, es proverbial recordar esta frase de Tomás cuando negaba que Jesús hubiera resucitado y pedía pruebas que le convencieran, sin embargo estuvo abierto a la fe pues cuando se encontró con Cristo resucitado creyó y no necesitó de aquellas pruebas que pedía.
Pero también es proverbial el decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír ni peor ciego que el que no quiere ver; muchas veces quizá hemos repetido estas frases ante personas que por más que les expliquemos las cosas y tengan delante las pruebas no quieren creer. Quizá serían las más apropiadas para describir la actitud de aquellos escribas y fariseos que vienen pidiendo una vez más señales a Jesús para creer en El.
‘Maestro, queremos ver un milagro tuyo’, le dicen. A estas alturas del evangelio ya han podido contemplar más de un milagro realizado por Jesús, pero aún piden más. Son como el ciego que no quiere ver aunque esté viendo porque las cosas están palpables ante sus ojos. Ya con ocasión del milagro del ciego de nacimiento que Jesús envió a lavarse a la piscina de Siloé, después de toda la diatriba que se armó Jesús sentenciará al final: ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y dice el evangelista que algunos fariseos al escuchar estas palabras de Jesús le dijeron: ‘¿Acaso también nosotros estamos ciegos?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Si estuvierais ciegos no seríais culpables; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Jesús podría haberles replicado a la petición que hoy le vemos que le hacen haciendo una relación de todos aquellos signos y milagros que había realizado. Cuando vinieron los discípulos de Juan preguntando en su nombre si era el que había de venir o habían de esperar a otro, Jesús realizará milagros en su presencia curando enfermos, y les mandará que le cuenten a Juan lo que han visto y oído: ‘Los ciegos ven, los inválidos pueden caminar, los leprosos quedan limpios y los muertos resucitan’.
Pero es que en los enviados de Juan hay sinceridad en la petición, en el caso de los fariseos ahora lo que hay es cerrazón en su corazón. Por eso, la respuesta será distinta. Ahora les va a decir que ellos van a ser juzgados por aquellos paganos que escucharon la predicación de Jonás y se convirtieron o por la reina del Sur que vino desde lejanas tierras para escuchar la sabiduría de Salomón; y como les dice ‘aquí hay uno que es más que Salomón’.
El signo de Jonás será el gran signo, porque es imagen y es anuncio de lo que será la muerte y la resurrección de Jesús. ‘No se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceos; pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra’, en clara alusión a su muerte y resurrección.  Y las gentes de Nínive creyeron la predicación de Jonás y se convirtieron con sinceridad al Señor. ‘Y aquí hay uno que es más que Jonás’, les dice.
Pero la pregunta que tenemos que hacernos para nuestra vida, porque en todo esto hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida y de lo que el Señor quiere decirnos, sería ¿y nosotros creemos? ¿También estaremos pidiendo signos y señales, milagros a cada momento para creer?
Nuestra fe, por supuesto, no es simplemente cerrar los ojos y decir sí ciegamente. Claro que surgen dudas en nuestro interior y nos hacemos también preguntas; es que tenemos que asumir de una forma madura nuestra fe. Por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor y creemos en su Palabra, pero esa Palabra y ese mensaje de salvación que escuchamos hemos de saberlo rumiar en nuestro interior para hacerlo en verdad vida de nuestra vida. Tenemos una razón y una inteligencia con la que hemos de saber razonar y entender bien todo el contenido de nuestra fe.
Pero en el camino de la vivencia de nuestra fe entra también y de una forma muy importante el corazón. Y digo que entra de forma importante el corazón en el sentido de que abrirnos al misterio de Dios es abrirnos a su misterio de amor; será descubriendo todo ese inmenso amor que Dios nos tiene como crece más y más nuestra fe; abriéndonos a ese misterio de amor veremos y sentiremos cómo Dios se hace presente en nuestra vida y llegaremos a descubrir cuántas maravillas realiza cada día en nosotros.

Será así que con toda sinceridad nos acercaremos a Dios, pero dejaremos que Dios se acerque y penetre en nosotros llenándonos de su vida y de su amor.

domingo, 20 de julio de 2014

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Sab. 12, 13.16-19; Sal. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43
‘Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, viene a ser la conclusión de estas parábolas que nos propone Jesús y de sus explicaciones. Para mí son palabras de consuelo y de esperanza, porque a pesar de las oscuridades o de las maldades en que nos veamos envueltos en este camino de la vida al final hay una luz, al final podremos brillar con esa luz si hemos sabido mantener la esperanza y hemos tratado de ser fieles.
Muchas veces decimos que estamos aquí en medio de un valle de lágrimas; es lo que expresamos en esa oración a la Virgen en la que la invocamos como madre y reina de misericordia, a quien acudimos para que después de este valle de lágrimas con ella podamos también alcanzar la gloria del cielo. Es cierto que muchas veces la vida se nos hace dura, son muchos los contratiempos o las tentaciones que tenemos que sufrir y aunque quisiéramos que todo fuera bueno sabemos que el mal y el bien se entremezclan en nuestros corazones, pero también es la realidad del mundo en el que vivimos.
Dios creó el mundo bueno; recordemos aquella primera página de la Biblia en que se nos habla de la creación; ‘y vio Dios que todo era bueno’; así salió de las manos del Creador. Como la buena semilla sembrada en el campo de la vida, tal como nos habla hoy la parábola que Jesús nos ha propuesto.
Pero apareció el mal que pervirtió el corazón del hombre, como nos dice la Biblia. En la parábola se nos habla del maligno que sembró la mala semilla, la cizaña donde el propietario había sembrado buena semilla. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿de dónde sale la cizaña?’, se preguntan los criados cuando ven aparecer la cizaña en medio de las buenas espigas. ‘Un enemigo lo ha hecho’, es la respuesta.
La parábola es un buen retrato de nuestra vida y de nuestro mundo. Y digo también un retrato de nuestra vida porque no nos podemos poner como fuera del cuadro, como si fuéramos simplemente espectadores y a nosotros eso no nos tocara porque los malos son los otros. Ese mal se nos mete también en nuestro corazón; y aquí tendríamos que decir aquello de que ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Tenemos, es cierto, buenos sentimientos y buenos deseos; queremos obrar con rectitud y hacer las cosas bien; pero bien sabemos que no siempre es así, que somos débiles y pecadores y muchas veces hemos dejado meter el mal en nuestro corazón y no todo lo que hacemos es bueno.
Con realismo tenemos que saber leer la parábola y nuestra vida, pero también con la esperanza que el Señor quiere ofrecernos. Aquellos criados querían arrancar la mala cizaña, pero el propietario tiene otra forma de entender las cosas. Las deja crecer juntas, la buena y la mala cimiente, espera hasta el final, donde será el juicio definitivo. Mientras, podríamos decirlo así, está la esperanza del Señor sobre nosotros.
Cuando vemos el mal que nos rodea - y en eso nos es más fácil ver el mal que nos rodea que el propio mal que hay en nosotros - sentimos el impulso de pensar que por qué no se arranca de una vez para siempre ese mal del mundo; si Dios es tan poderoso y tan bueno y justo, pensamos, por qué con su poder no castiga ya todo ese mal que existe fulminando con un rayo que los destruya a todos los que obran el mal. Así pensamos. Pero ¿cuál es el pensamiento de Dios?
La parábola nos está dando pistas porque nos está hablando de la paciencia misericordiosa de Dios que siempre espera nuestro cambio y nuestra conversión. Cuánto nos habla Jesús de la misericordia de Dios a lo largo del evangelio; cómo se manifiesta Jesús siempre misericordioso y compasivo buscando el cambio y la conversión del pecador.
De ello nos hablaba ya el sabio del Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura. ¿En qué se manifiesta el poder del Señor? ‘Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia… obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento’. ¡Qué bellas y consoladoras palabras! El Señor nos manifiesta su poder y grandeza no en la fuerza, sino en la misericordia y el perdón. Por eso, teníamos que decir con el salmo, ‘Tú, Señor, eres bueno y clemente’.
Dios nos espera. Su misericordia está siempre presente. Y ese amor y esa misericordia del Señor tiene que movernos a la conversión, a que seamos buena semilla, buena planta que demos buenos frutos. Y de la misma manera que sentimos y experimentamos esa misericordia del Señor sobre nuestra vida, así hemos de mostrarnos nosotros con los demás. ¿Quiénes somos nosotros para condenar? ¿Por qué tenemos que estar siempre mirando que el mal está en los otros y no somos capaces de ver lo malo que hay también muchas veces en nuestro corazón? Por eso, como nos decía el sabio del antiguo testamento ‘enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano’. Podríamos recordar otras parábolas del evangelio.
Nos queda pensar, siguiendo con el evangelio que hoy hemos escuchado, que esa buena semilla que hay en nosotros, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, hemos de plantarla también para que se haga planta grande que llene de vida nuestro mundo. Esas pequeñas semillas de nuestro amor y nuestra bondad, esos buenos deseos que tenemos ahí dentro de nuestro corazón en la búsqueda de lo bueno, de la verdad, de lo que es justo, vayamos sembrándolas en nuestro mundo porque así desde esas pequeñas cosas que hacemos podemos irlo en verdad transformando.
Nos habla también Jesús, en la otra parábola, de la levadura que hace fermentar la masa. Esa fe que tenemos en nuestro corazón, esos valores del evangelio de los que nosotros queremos impregnar nuestra vida, ese sentimiento espiritual que nos hace tender hacia arriba y nos hace buscar cosas grandes tienen que ser granos de levadura que nosotros vayamos metiendo en la masa de nuestro mundo, tantas veces tan materialista, tan afanado por el consumismo, tan deseoso de placeres terrenales que le impiden dar trascendencia a la vida.
Vayamos llevando esa levadura que tenemos en nuestra vida a ese mundo que nos rodea, y aunque nos parezca que poco podemos hacer, sabemos que basta un puñado pequeño de levadura para que haga fermentar toda la masa. Es lo que podemos hacer con lo que tenemos de bueno en nosotros, con nuestra fe y con nuestros sentimientos espirituales; es lo que podemos hacer acompañando a nuestro mundo y sus problemas con nuestra oración y la vivencia de esos valores espirituales y así podremos hacer en verdad que nuestro mundo sea mejor.
Comenzábamos recordando las palabras finales de Jesús a los comentarios que hizo sobre la parábola; ‘entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, y decíamos que esas palabras eran de gran consuelo y esperanza. Pero diría más, son palabras también que nos comprometen; hemos de brillar como el sol en el Reino de nuestro Padre; han de brillas nuestras buenas obras, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para que todos den gloria al Padre del cielo; hemos de resplandecer porque tenemos que ser buena semilla, levadura que transforme nuestro mundo.
Es el compromiso de nuestra fe que tenemos que vivir de forma concreta ahí en ese terreno de nuestra vida de cada día. Cada día tenemos que hacer un poco mejor el ambiente en el que vivimos, la familia, los amigos de los que nos rodeamos, el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra convivencia. Nos quejamos tantas veces que vemos tanto egoísmo, tanto materialismo, tantas maldades. No nos quejemos sino pongamos nosotros bondad, amor, solidaridad, alegría, paz, esperanza, ilusión. Contagiemos, como levadura, de todo eso a los que nos rodean.
Y que nunca, de ninguna manera, nosotros seamos cizaña porque nos domine el egoísmo o la maldad. En eso tenemos que aprender a superarnos cada día. Y lo podemos hacer porque el Espíritu del Señor está en nosotros y El ora en nuestro corazón con gemidos inefables, como nos decía san Pablo, para pedir lo que mas nos conviene; pidamos esa conversión de nuestro corazón para ser siempre buena semilla para los demás, levadura para nuestro mundo.

sábado, 19 de julio de 2014

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará…


La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará…


Miqueas, 2, 1-5; Sal. 10; Mt. 12, 14-21

‘Mirad a mi siervo,  mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu…’ Lo había anunciado el profeta Isaías. Ahora el evangelista nos dice que ‘en Jesús se cumplió lo que dijo el profeta Isaías’.
Podemos recordar muchos momentos del Evangelio. Lo proclamado por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando también lee al profeta Isaías, y será Jesús el que diga: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’. Y allí el profeta anunciaba claramente las señales del Reino de Dios que en Jesús se estaban realizando. También nos dice: ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres… y el año de gracia del Señor’. Y nos da la señales por los ciegos ven, los inválidos caminan, los leprosos son curados y los muertos resucitan, como le respondería Jesús mismo a los enviados del Bautista.
Pero podemos recordar también la voz venida desde el cielo allá junto al Jordán cuando el Bautismo de Jesús, que se repetiría en lo alto del Tabor: ‘Este es mi Hijo amado, mí elegido, en quien me complazco; escuchadlo’.
Ahora el evangelista nos ha traído a colación este texto de Isaías que hemos escuchado, tras la reacción de los fariseos que se ven desenmascarados en sus torcidas intenciones y ahora están planeando ‘el modo de acabar con Jesús’. Pero al mismo tiempo el evangelista nos dice que ‘Jesús se marchó de allí pero muchos lo siguieron. El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’.
Sigue anunciando Jesús el mensaje del Reino y sigue realizando las señales de que el Reino de Dios está cerca, está en medio de ellos. Pero no quiere Jesús imponerlo por la fuerza, sino calladamente seguirá anunciando y construyendo el Reino. El Reino es como una semilla, en la imagen que repetidamente Jesús nos presentará en sus parábolas. La semilla ha de enterrarse y en el silencio de la tierra germinará. Así va sembrando Jesús el Reino de Dios para que vaya brotando en el corazón de los hombres.
Sentimos, es cierto, la urgencia del anuncio del Reino y no podemos callar sino que tenemos que proclamarlo, como diría san Pablo, a tiempo y a destiempo, pero no imponemos; pero tampoco lo hemos de callar. Hemos de aprovechar la más mínima señal que podamos encontrar de que puede ser acogido y allí hemos de estar haciendo la siembra. Por eso, al mismo tiempo, es fuego en nuestro corazón, el fuego del amor que hemos de prender en nuestro mundo para ir logrando hacer ese mundo nuevo.
Muchas veces no  nos damos cuenta, o no queremos reconocerlo, pero nos encontramos muchas semillas del Reino de Dios en muchas cosas buenas que hacen quienes están a nuestro alrededor. Con ojos positivos hemos de saber mirar y vemos gente buena que es generosa y que comparte; ahora mismo en los tiempos difíciles y de crisis en que nos encontramos podemos descubrir cómo se va despertando la solidaridad en muchos corazones y hay mucha gente que se sacrifica por los demás.
Hay gente que va despertando ilusión y esperanza con la alegría que llevan en su corazón y de la que tratan de contagiar ese mundo nuestro muchas veces tan pesimista. Cuántos voluntarios que se apuntan allí donde ven que hay una necesidad que resolver o que se agrupan en organizaciones cuya única finalidad es hacer el bien a los demás.
Es esa mecha humeante, ese pábilo vacilante, de los que nos habla el profeta, que no podemos dejar apagar, sino que más bien es una llama que tenemos que avivar. Y ahí está nuestra tarea de cristianos que avivemos con la luz de la fe, con los valores del evangelio, con el sentido trascendente que nosotros le damos a nuestra vida, esas pequeñas llamitas de cosas buenas que vemos en nuestro entorno para que también esas personas buenas se dejen iluminar por la luz del Evangelio y con la fe rebrotada en sus corazones le den un sentido grande de trascendencia a todo lo que hacen.
Es lo que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio.

viernes, 18 de julio de 2014

Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa

Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa

Is. 38, 1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38, 10-16; Mt. 12, 1-8
‘Si comprendierais lo que significa “misericordia quiero y no sacrificio”, no condenaríais a los que no tienen culpa’. Así nos dice Jesús hoy en el evangelio. Qué bien nos viene escucharlo y a cuantas reflexiones tendrían que llevarnos estas palabras de Jesús.
Qué fáciles somos para juzgar y para condenar. Queremos pasar por el tamiz de nuestra manera de ver las cosas todo lo que hacen los demás. Pero es que además juzgamos muchas veces desde las apariencias externas, o lo que nosotros imaginamos que pueden ser sus intenciones o el por qué hacen las cosas. Queremos imponer nuestras reglas que quizá muchas veces ni utilizamos en la forma de regir nuestro comportamiento. Fáciles para exigir a los otros pero fáciles también para no exigirnos a nosotros mismos en la búsqueda de una rectitud en nuestro obrar.
Cuando andamos así, siempre con la sospecha y el juicio reprobatorio a flor de piel y pronto para manifestarse, qué difíciles se nos hacen nuestras relaciones y no solo ya porque el otro se pueda sentir ofendido por nuestros juicios, sino porque allá en nuestro propio interior no podremos sentir paz, aparte de que nos estamos poniendo barreras que nos impiden acercarnos al otro y aprender a caminar juntos.
Hoy hemos escuchado en el evangelio que los fariseos comienzan a emitir sus juicios condenatorios cuando ven que los discípulos de Jesús hacen algo tan sencillo como al pasar por un sembrado coger algunas espigas y estrujarlas en su mano para llevarse a la boca unos granos de trigo. Pero, claro, era sábado y la ley del descanso sabático había que cumplirla a rajatabla; no se podía hacer ningún tipo de trabajo, porque incluso hasta las distancias que se podían recorrer estaban reguladas.
Aquí estamos con lo de los yugos pesados, como hablábamos ayer, donde todo se mide hasta el mínimo detalle y el gesto que estaban haciendo los discípulos se asemejaba al trabajo de la siega. ‘Tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado’, o sea, estaban trabajando porque estaban segando unos espigas.
Como hemos escuchado en el evangelio Jesús les recuerda lo que hizo David cuando él y sus compañeros porque tenían hambre y no tenían que comer comieron de los panes presentados en las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes; y les recuerda también que para la ofrenda del altar por parte de los sacerdotes se quebranta la ley del descanso sabático. Y les dice: ‘aquí hay uno que es mayor que el templo… porque el Hijo del Hombre es señor del sábado’.
No podemos andar en la vida con esas reglas minuciosas que nos miden hasta el milímetro de hasta donde podemos llegar y de donde no nos podemos pasar. Y menos que andemos con juicios sobre los demás en cuestiones así. Me recuerda algunas reglamentaciones que en este estilo hemos vivido también muchas veces los cristianos, cuando te vienen a preguntar si han oído misa o no, porque llegaron cuando el sacerdote estaba terminando de leer el evangelio y cosas así en este estilo.
Ayer escuchábamos decir a Jesús que aprendiéramos de El que es manso y humilde de corazón porque su yugo es llevadero y su carga es ligera. No quiere el Señor que nos estemos atormentando en minucias innecesarias. Es necesario, sí, tener bien formada nuestra conciencia para obrar siempre en rectitud, pero eso no significa que andemos en esas reglas de medir que queremos aplicar a todo a ver hasta donde podemos llegar y de donde no nos podemos pasar,.
El seguimiento de Jesús que hemos de hacer tiene que ser algo mucho más profundo, porque será dar todo nuestro corazón con generosidad, con mucho amor, sin rebajas ni reservas, pero también siempre con mucha paz de espíritu. Y esto nos vale para la manera en cómo hemos de convivir con los demás, sobre los que no tenemos derecho de ninguna manera a estarnos haciendo juicios que, por otra parte, no sabemos hacer sino condenatorios.

Tengamos otra amplitud de espíritu y generosidad en el corazón; pongamos mucho amor en lo que hacemos y mucho amor en las relaciones que mantengamos con los demás y estaremos caminando, entonces, por caminos de rectitud y de paz en una sana y hermosa convivencia.

jueves, 17 de julio de 2014

Si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado su yugo será llevadero y su carga ligera

Si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado su yugo será llevadero y su carga ligera

Is. 26, 7-9. 12. 16-19; Sal. 101; Mt. 11, 28-30
No nos podemos obcecar con la primera impresión que nos produzca una palabra por su significado en sí misma, o por un gesto que apreciemos en una persona que nos encontremos sin tratar de descubrir el significado que se le quiera dar ya sea a la palabra o al gesto que contemplamos por lo que se comente al mismo tiempo o incluso las circunstancias en que nos encontremos.
Es lo que le puede suceder a muchos que quizá desde una postura externa o por un conocimiento limitado de lo que en sí es se hacen una idea de la religión y del cristianismo como si fueran solo una serie de normas y prohibiciones que lo que quisieran es o amargarnos la vida o no permitirnos ser felices. Puede denotar esto por una parte poco formación cristiana y del sentido de nuestra fe o también en algunos intenciones no tan buenas que quizá lo que quieran es corroer y destruir.
Entendamos en su hondo sentido las palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio. Es cierto que nos habla de ‘yugo’, palabra con la que se quería expresar que todo no era sino una serie de normas, preceptos y prohibiciones. Ya sabemos lo que es un yugo, ese instrumento normalmente de madera que une a los animales – así enyugados se dice – que han de tirar al unísono de un vehículo (un carro o carreta) o arrastrar el arado en la labranza de la tierra; con el yugo se pretende que haya unanimidad en la tracción por parte de los animales para así facilitar el trabajo.
Por eso en ciertos ambientes religiosos entre los judíos, se hablaba del yugo solamente como ese conjunto de normas que marcaban o dirigían la vida de los que pertenecieran a aquella organización religiosa, pongamos por caso los fariseos, con sus pesadas y minuciosas normas que pretendían imponer a todos los de religión judía.
Pero, ¿qué nos dice Jesús hoy en el evangelio? Nos habla Jesús de ir a El porque en El encontraremos alivio y descanso. ‘Venid a mi todos los que estáis cansado y agobiados, que yo os aliviaré’. Cristo no quiere que vivamos agobiados como si tuviéramos pesadas cargas sobre nuestros hombros; no quiere que nos sintamos abrumados por los problemas y las luchas que nos encontramos en la vida. Es nuestro descanso, nuestra fuerza; quiere ser como nuestro cireneo que nos ayude a llevar esa cruz de nuestra vida, de nuestras luchas, de nuestros sufrimientos; no quiere que perdamos la paz del corazón.
Sí nos dice que tenemos que cargar con su yugo, pero quiere que aprendamos a llevarlo, a darle un sentido, a darle un valor a todo cuanto hacemos o tenemos que hacer. Por eso nos hablará de mansedumbre y de humildad, porque además de aprender de El tenemos que sabernos dejar conducir. Y El es nuestro camino y nuestra vida; El es la verdad de nuestra existencia con lo que se convierte en el sentido último de nuestro vivir.
‘Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Sí aprendemos de Jesús y lo tenemos con nosotros todo tiene un nuevo sentido y valor; si aprendemos de Jesús y sentimos cómo El camina a nuestro lado nos daremos cuenta que no quiere nada pesado para nuestra vida, porque lo que nos va enseñando a la larga lo que quiere es la felicidad del hombre; la verdadera felicidad en su mejor sentido mientras caminamos aquí en esta tierra y la verdadera y eterna felicidad en el cielo junto a Dios.
¿Será entonces un yugo pesado? Tiene es cierto sus exigencias, hay una cruz que tenemos que cargar, un camino que hemos de realizar y que nos exigirá es cierto esfuerzo y hasta sacrificio pero cuando tenemos una meta clara, un ideal grande en nuestra vida, nada se nos hace pesado ni insoportable, con la esperanza en que vivimos sentimos una alegría y una paz en el corazón que nadie nos podrá quitar.

Tenemos, pues, que entender bien las palabras y el mensaje de Jesús.