domingo, 25 de febrero de 2018

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Ya lo hemos comentado en otro momento. El apartarnos, irnos a un lugar solitario, meternos en la soledad del desierto, o subir a lo alto de una montaña con el esfuerzo que representa pero con la soledad y el silencio que en la altura nos encontramos son experiencias que pueden convertirse en enriquecedoras si en positivo sabemos encontrarle el sentido a ese silencio y soledad, a ese recogimiento que significa apartarnos, o a ese esfuerzo extraordinario que tengamos que hacer. A la fuerza no nos pueden imponer soledades ni silencios, pero si llegamos a saborear su sentido, como hemos dicho en otra ocasión, puede ser motivo de grandes descubrimientos.
Si en el pasado primer domingo de Cuaresma contemplábamos a Jesús llevado por el Espíritu al desierto, hoy vemos que es Jesús el que escogiendo a sus tres discípulos predilectos sube a lo alto de la montaña para en el silencio y en la soledad ponerse a orar. Es el propio camino de Jesús que ha iniciado su camino de subida a Jerusalén, pero que ahora quiere ayudar a sus discípulos a que hagan ese camino con El dándole pruebas y motivaciones para que comprendan cuanto ha de suceder en esa subida. Es también por lo que la liturgia de la Iglesia nos lo propone en este camino también de ascensión que nosotros hacemos hasta la Pascua de Jesús que tendrá que ser también nuestra Pascua.
En lo alto de la montaña van a suceder grandes y extraordinarias cosas. Jesús se transfigura en su oración en la presencia de los discípulos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo’. Aunque se habían adormilado los discípulos en la oración – como tantas veces nos sucede- ante lo que sucede se despiertan y ahora están anonadados porque además aparecen Moisés y Elías junto a Jesús. Moisés y Elías venían a representar todo lo que significaba el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas.
No creían lo que veían sus ojos y será Pedro el que, como siempre, se adelante a hablar ofreciéndose para hacer tres tiendas para quedarse extasiados en aquella gloria del Señor que se les está manifestando. Pero no todo acaba ahí porque una nube les envuelve – bien significado en el Antiguo Testamento como la gloria y la presencia del Señor – pero será una voz desde el cielo la que van a escuchar señalando a Jesús Éste es mi Hijo amado; escuchadlo’.
Se les había revelado la gloria del Señor. No terminan de comprender porque luego verán a Jesús solo que les dice que de eso no hablen con nadie hasta que haya resucitado de entre los muertos. Discutirán entre ellos mientras bajan del monte que significado tendrían aquellas palabras de Jesús.
Tendrían que haberlo comprendido porque ya Jesús les había anunciado que subían a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles y habría de morir, pero al tercer día resucitaría. Remolones se habían sentido ante esos anuncios de Jesús que incluso Pedro querrá quitarle esa idea de la cabeza de Jesús. Ahora tendrían que entenderlo pero sus mentes seguirán cerradas. Será después de la resurrección cuando todas estas palabras y todos estos hechos van a cobrar todo su sentido de manera que ya desde entonces reconocerán en verdad que Jesús es el Señor.
Habrían de subir también con Jesús a Jerusalén para la Pascua y de alguna manera ellos también tendrían que vivirla porque serían días duros para ellos. Pero el paso del Señor iba a ser en verdad efectivo sobre sus vidas cuando llegaran a contemplarle resucitado, a pesar de las dudas y de los miedos que atenazaban su alma en medio de todo cuanto sucedía. Esta subida al Tabor tendría que ser signo para ellos para comenzar a vislumbrar y comprender todo el misterio de Cristo. Así aprenderían ellos a encontrar el verdadero sentido de la Pascua.
Subieron los discípulos con Jesús al Tabor mientras también hacían su ascensión hasta Jerusalén para la Pascua. Es el camino que nosotros también vamos haciendo cada día de nuestra vida, pero que intensificamos en la cuaresma cada año para llegar a vivir mejor la plenitud de la Pascua. Nos invita Jesús también a esa subida al monte, al silencio y a la soledad, a la oración para encontrarnos con El y a escucharle como nos dice la voz del Padre. No tengamos miedo a la subida, no rehuyamos ese silencio y esa cierta soledad porque ya sabemos que en medio de los ruidos del mundo nos va a ser más difícil escuchar la voz de Dios. Hay muchas cosas que nos aturden y hasta llegan a insensibilizarnos para las cosas más hermosas. Les perdemos el sabor y al no pregustarlas ya no las deseamos sino quizá preferimos nuestros ruidos o tantos otros sustitutivos que nos buscamos en la vida.
Dejémonos sorprender por el Señor y nos manifestará el resplandor de su gloria. No tengamos prisas cuando vamos al encuentro con el Señor sino sepamos subir lentamente pero sin pausa para gustar de las mieles de la gloria del Señor. Tengamos paciencia en nuestro esfuerzo para poder llegar a tener esa hermosa experiencia de Dios.
Pero  no olvidemos que esa experiencia es para ponernos en camino. No podemos hacer tres tiendas para quedarnos allí para siempre. Habrá que bajar de nuevo de la montaña del Tabor porque el camino tenemos que seguir haciéndolo para que se realice totalmente la Pascua en nosotros. Tenemos que bajar a la llanura y al encuentro con los hombres nuestros hermanos que siguen en sus luchas y en sus ambiciones, en sus deseos de cosas buenas y también con las confusiones que pueden aparecer todos los días.
Ahora, después de esta experiencia, nosotros tenemos una esperanza cierta y así sentimos la fuerza del Espíritu de Señor que nos sigue impulsando y fortaleciendo. Tenemos que seguir con nuestra tarea, con nuestro anuncio de la Buena Nueva de Reino, con nuestro compromiso de construirlo día a día. La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza. Continuemos haciendo ese camino de subida de la Cuaresma con todo lo que significa. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor


Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Mi padre decía… mi padre me enseñó… mi padre haría… son como muletillas que decimos cuando tenemos que enfrentarnos a una situación o un problema y recordamos aquello que recibimos en una buena educación. Nuestro padre fue sembrando unos principios en nuestra conciencia que luego nosotros asumiremos y haremos nuestros y marcarán nuestra forma de actuar. Recordamos a nuestro padre y recordamos cuantas enseñanzas recibimos de él en una buena educación que formó nuestras conciencias y nos dio principios para nuestro actuar. Unos buenos lentes para mirar la vida que no deberíamos desechar.
Podríamos decir que seguimos viendo la vida con los ojos de nuestro padre, aunque luego le vayamos haciendo matizaciones o añadiendo convencimientos que vamos adquiriendo en la vida. Es cierto también que tenemos el peligro o la tentación de tirar todo por la borda y no querer aceptar aquellos principios, aquellas normas de vida que de ellos recibimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a mirar la vida con los ojos de Dios. Tenemos que aprender a hacerlo porque bien sabemos que cuando lo hacemos solo con nuestra propia o particular visión fácilmente se nos ponen borrosas esas lentes de nuestra mirada con nuestras ambiciones, nuestros orgullos, nuestros egoísmos, y quizá también a través de las cicatrices que hayan ido quedando marcadas en nuestra vida con aquellas cosas que nos hayan podido hacer sufrir y nos hayan podido malear el corazón.
¿Cuál es la mirada con la que Jesús nos enseña a mirar a los demás? No es otra que la mirada de Dios, y la mirada de Dios es siempre una mirada de amor. ¿Y cómo nos enseña Jesús que es el amor de Dios? Un amor universal, un amor a todos sin distinción. Hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos nos dice.
Ya sabemos que si por nosotros fuera quitaríamos de un plumazo a todos aquellos que no nos caen bien, que nos hayan podido ofender en alguna ocasión, a todos aquellos que no son de los nuestros, a todos los que pudiéramos considerar contrincantes o enemigos. Y es que tenemos la tendencia o la maldad de destruir todo aquello que nos pueda impedir lo que son nuestros deseos o ambiciones.
Pero no es esa la mirada de Dios. Por eso tajantemente nos dirá Jesús que tenemos que amar también a nuestros enemigos. Y para comenzar a amarlos rezar por ellos; y rezar por ellos significará intentar comenzarlos a ver con los ojos de Dios. Y nos dirá que si no somos capaces de hacerlo así ¿en que nos vamos a diferenciar de los que no creen en Dios?
Creer en Dios no es solo un concepto que podamos tener en nuestra cabeza. Decir que queremos creer en Dios es querer decir que queremos vivir su vida, que queremos vivir en su amor, que queremos mirar la vida con los ojos de Dios. Por eso decimos que en Dios encontramos el sentido de nuestra vida. Y es que quien nos creo es el mejor que nos puede decir para qué nos ha creado.
Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios. Aquello que decíamos que habíamos aprendido de nuestro padre y que con su mirada contemplamos la vida y el mundo, desde nuestra fe hagámoslo con Dios. No nos dejemos que se  nos enturbien los ojos, pongámonos el colirio de Dios que es el colirio del amor.

viernes, 23 de febrero de 2018

No nos acostumbremos a escuchar el evangelio para no hacerle perder su sabor y su novedad salvadora para cada día y situación de mi vida

No nos acostumbremos a escuchar el evangelio para no hacerle perder su sabor y su novedad salvadora para cada día y situación de mi vida

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26

Qué malo es acostumbrarse a las cosas. Le hacemos perder sabor a la vida. Como la comida que repetimos una y otra vez, que un día nos causó un una enorme satisfacción, pero que al comerla todos los días al final le perdemos el sabor, ya no la saboreamos. Cuando no somos capaces de saborear las cosas que nos suceden con la novedad de que cada día son como  nuevas y distintas les perdemos el gusto. Por eso nos vienen las rutinas, caemos en una vida amorfa que nos puede hacer perder el sentido de lo que hacemos, aunque sea muy bueno lo que estamos haciendo. Es difícil aprender a ese saborear como nuevo lo que es la vida de cada día, pero no es necesario.
Lo tenemos que hacer con la vida que cada día vivimos para vivir cada momento como único y eso tendría que ser siempre el evangelio para nosotros. Si no es una buena noticia cada día en nuestra vida, o cada vez que nos acerquemos a él, yo diría que tendríamos que cambiarle el nombre; el evangelio significa buena noticia, y las noticias son noticia cuando son novedad para nosotros cuando se nos comunican porque si es cosa que ya sabemos no son noticia; y además es ‘buena’ noticia, algo no solo novedoso sino bueno que llega a nuestra vida.
Pero nos acostumbramos al evangelio y entonces ya parece que no nos dice nada. Por eso hemos de oírlo y escucharlo con los ojos y los oídos del alma bien abiertos. Para descubrir su novedad salvadora para nosotros; para que sea en verdad gracia en nuestra vida; para que asombrándonos cada día ante el evangelio podamos en verdad transformar nuestras vidas.
Nos puede suceder con el evangelio que hoy escuchamos con la liturgia en este camino cuaresmal que estamos  haciendo. Nos habla de amor, de reconciliación y de perdón y nos decimos en una apresurada escucha que ya todo eso nos lo sabemos. ¿Por qué no nos detenemos un poquito y nos ponemos a leerlo o a escucharlo despacio?
Seguramente en una segunda lectura más pausada comenzaremos a fijarnos en detalles, en aspectos que se nos pudieran haber pasado desapercibidos. Nos daremos cuenta, por ejemplo, que nos está diciendo que el no matar va mucho mas allá del físicamente quitarle la vida a alguien; que podemos estar dañando la vida de los demás con otras actitudes negativas que tengamos hacia la otra persona, desde nuestras desconfianzas o nuestras discriminaciones, desde el ignorar a las personas o como el querer anularlas con nuestras manipulaciones, desde las palabras ofensivas que pronunciamos contra los otros con nuestros insultos o las descalificaciones que tantas veces hacemos de los que no son de los nuestros, no piensan como nosotros o tienen otra manera de ver la vida; y así muchas cosas más.
Si nos seguimos deteniendo en la reflexión y en la escucha interior comprenderemos de verdad lo que significa perdonar y reconciliarnos con los otros. Tiene que haber un nuevo encuentro, un reencuentro donde nos sepamos aceptar mutuamente poniendo capacidad de comprensión en nosotros para seguir mirándolos con los mismos ojos de amor con los mirábamos antes de cualquier ofensa que nos hayamos podido hacer. Perdonar no es solo una palabra que decimos para justificarnos sino una actitud nueva que he de tener para con esa persona a la que tengo que seguir amando con el mismo amor. Porque si me he distanciado de alguien porque no llego a aceptarlo de nuevo en el corazón, ¿cómo me puedo atrever a acercarme a vivir en comunión con Dios si no amo de verdad a los que también son sus hijos?
Descubramos cada día el evangelio como esa buena noticia de salvación que llega de una forma concreta a mi vida, en lo que son mis luchas y batallas, mis dudas y mis debilidades, en mi trabajo o en las cosas que hago cada día. Para cada situación de mi vida siempre llega la luz y la gracia del evangelio.

jueves, 22 de febrero de 2018

No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión, en comunión de Iglesia y es lo que hará grande mi fe

No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión, en comunión de Iglesia y es lo que hará grande mi fe

I Pedro 5,1-4; Sal 22; Mateo 16,13-19

La fe cristiana es algo que  no se puede vivir en solitario. Algunos dicen, yo sí creo en Dios, yo sí creo en Jesucristo, pero vivo mi fe a mi manera, no necesito pertenecer a ningún grupo a ninguna iglesia, porque la fe es algo mío, muy personal, no necesito de la Iglesia.
Para mi eso no tiene sentido, la fe no la puedo vivir de esa manera, aislada y solo por mi cuenta. Es cierto que es un acto personal, porque yo con mi ser, con mi persona y con mi vida tengo que dar una respuesta. Pero la respuesta de la fe en un sentido cristiano es una respuesta al amor y una respuesta de amor. Y el amor no es algo que pueda vivir en solitario, porque amamos a alguien, al amar entramos en relación y comunión con alguien, con el otro, con los otros.
Todo lo que nos viene a manifestar Jesús es el amor que Dios Padre nos tiene. Jesús es la presencia de su amor. Y a ese amor de Dios respondemos con nuestro sí, el sí de la fe, pero el si del amor para entrar en una comunión de amor. Jesús nos invitaba desde el principio a creer en la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba; y creer en esa Buena Noticia, aceptar esa Buena Noticia para vivir en el Reino de Dios significaba entrar en una nueva comunión con Dios y con todos los que pertenecemos a ese Reino, con todos los hombres porque para todos los hombres es ese Reino de Dios.
Creer, entonces, no es para vivir aislado o yo solo por mi cuenta, sino para entrar en una comunión de amor. Y en esa comunión de amor mi fe se va a sentir fortalecida, la voy a vivir y a expresar precisamente en ese amor que le tengo a Dios y que he de tener también a los demás. Necesito de esa comunión de hermanos para mantener viva mi fe; mi fe va a ser también alimento y fortaleza para los hermanos que a mi lado caminan con esa misma fe y en ese mismo amor.
Y esa comunión de los hermanos es lo que llamamos la Iglesia. No olvidemos el significado de la palabra en sí, porque Iglesia significa asamblea, significa los convocados a vivir en asamblea, los congregados en esa comunión de fe y de amor.
Muchas veces nos creamos confusiones en el uso repetido de las palabras y hacemos que pierdan su verdadero sentido. Por eso demasiadas veces al pensar en Iglesia pensamos en institución, o pensamos en poder, y nada más lejos. Somos los hermanos que por esa misma fe que tenemos en Jesús nos amamos y queremos permanecer unidos, para unidos caminar en la vivencia del Reino de Dios y su salvación.
¿Por qué me estoy haciendo hoy esta reflexión?, me preguntaréis. Lo que la liturgia nos ofrece hoy para nuestra celebración es algo que tiene ese profundo sentido eclesial. Es una fiesta litúrgica llamada la Cátedra de san Pedro y que de alguna manera nos está recordando esa comunión eclesial que todos los cristianos hemos de tener con aquel que Jesús quiso poner como piedra de unión de toda la Iglesia.
‘Mantente firme para que confirmes en la fe a los hermanos’, le decía Jesús a Pedro a quien un día le había dicho, como escuchamos hoy en el Evangelio ‘tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’. Y Pedro y en él sus sucesores, a los que llamamos el Papa, tienen esa misión con ese magisterio de amor para mantenernos unidos en esa misma fe. Cátedra, como bien sabemos, viene a significar la autoridad del que es maestro y desde su cátedra nos enseña. Es a lo que hoy nos queremos referir en esta fiesta litúrgica. Y su misión es precisamente mantener esa unidad en la fe y en el amor.

Damos gracias a Dios porque esa comunión en la fe y en el amor me ayuda a poder vivir esa fe y ese amor con toda integridad y con toda intensidad. No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión y es lo que hará grande mi fe.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

¿Pedir señales y milagros? Reconozcamos que todos lo hacemos. Queremos que las cosas se nos den hechas y nosotros no tengamos que poner mucho esfuerzo. Algunos lo pueden llamar casualidades, suerte, pero en el fondo estamos deseando el milagrito fácil. Que se nos resuelvan los problemas así por si mismos, que nos toque la lotería o que aunque tengamos que pasar por marejadas y peligros que no nos pase nada. Así andamos muchas veces en las cosas cotidianas de la vida.
Pero para convencernos de algo, queremos razones; es lógico andamos en un mundo racional que tiene sus lógicas, donde tenemos que andar con razonamientos, donde buscamos pruebas poco menos que científicas para todo.
Pero ¿y cuando tenemos que creer en las personas? ¿Cuándo tenemos que aceptar una palabra que nos dicen? ¿Cuándo tratan de darnos un planteamiento, unos principios y valores que pueden afectar a nuestra vida? Queremos que nos lo prueben. Sin embargo hay razones que aunque las tengamos delante de los ojos algunas veces no somos capaces de verlas o no queremos verlas. Y surgen desconfianzas, y decimos que no comulgamos con ruedas de molino, que si ellos creen que somos tontos que vamos a aceptar las cosas así por que sí, porque nos lo digan. Parece que esa sea la tónica de nuestro actuar o de nuestros planteamientos y puede que nos ceguemos.
Cuando entramos en el ámbito de la fe parece que las cosas se nos complican todavía más. O somos unos crédulos, así al menos nos lo echan en cara, y tenemos la fe del carbonero como suele decirse que todo lo aceptamos, nos creemos cualquier cosa extraordinaria que nos digan que sucedió aquí o allá – cómo vamos corriendo tras las cosas asombrosas y los milagritos - o nos volvemos unos incrédulos o unos incordios que siempre le estamos dando vueltas y vueltas al asunto, pidiendo razones y no terminamos de hacer que esa fe afecte y envuelva totalmente nuestra vida. Es complejo todo esto.
Es necesario, sí, una búsqueda intensa y sincera, pero es necesario un dejarnos sorprender por el misterio de Dios que llega a nuestra vida y se nos puede manifestar de muchas maneras; es necesaria una apertura del corazón y confiar. Y aprenderemos a confiar cuando seamos capaces de dejarnos sorprender por el amor, sensibilizar nuestro corazón al amor. Cuando nos falte esa capacidad de amor estamos como encallecidos, y cuando ponemos una costra sobre nuestro espíritu poca cosa podrá penetrar en él.
Es cierto que la vida muchas veces nos endurece por las mismas dificultades que en la vida vamos encontrando, luchas por todas partes, cosas que nos hieren y nos hacen daño, y esas cicatrices nos pueden jugar, es cierto malas pasadas. Hay un bálsamo que tenemos que seguir usando siempre, que es el bálsamo del amor, para que se suavice nuestro corazón, para que aprendamos a valorar la ternura que podamos encontrar, y todo eso  nos irá ayudando a que nos abramos a Dios, y dejemos que el misterio de Dios penetre en nuestra vida.
En el evangelio de hoy vemos la reticencias que tantos tenían ante Jesús y se habían cerrado tanto en si mismos que no eran capaces de ver las obras de amor que Jesús realizaba. Por eso seguían pidiendo signos y más signos y nunca se dejaban convencer por el amor. Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús. Ya escuchamos en otro momento como Jesús da gracias al Padre que se revela a los humildes y sencillos de corazón. Caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida.

martes, 20 de febrero de 2018

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

Quienes se aman de verdad aunque en ocasiones su palabras se vuelven intensas de amor y romanticismo para expresar su amor, hay momentos sin embargo en que no se necesitan palabras sino solo la presencia, disfrutar de la presencia y con una mirada se dicen cosas que ninguna palabra por muy bella que sea será capaz de expresar. Sentir cerca de ti al amado es una experiencia que te llena del alma y casi  no necesitas nada más.
¿No tendría que ser así cuando nos sentimos en la presencia de Dios? No terminamos de aprender a disfrutar de su presencia; no terminamos de comprender toda la maravilla de su amor. Tenemos que aprender a sentir en silencio su presencia y así disfrutaremos más de su amor; un silencio en Dios que no es agobio sino que es paz, un silencio que nos envuelve pero no  nos anula sino que nos llena de plenitud, porque nos llena de Dios. Saborear en silencio el amor de Dios, sentirnos cogidos de su mano que nos hace llenarnos de seguridad frente a todos los peligros, dejar caer su mirada sobre nuestro corazón que nos impulsa más fuertemente al amor para ponernos en caminos de más amor.
Por eso Jesús nos dice que no necesitamos muchas palabras para hablar con Dios. La oración que nos enseña es concisa, breve, intensa; tenemos que aprender a saborearla. Pero las prisas con que tantas veces la repetimos hacen que no aprendamos a gustar de verdad todo lo que es el amor de Dios y el amor con que tenemos que corresponder y le hacemos perder sentido a la hermosa oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús..
Quienes se aman, como decíamos antes, no necesitan muchas palabras, y así cuando están viviendo la intensidad de su amor el tiempo desaparece, las prisas son el peor enemigo. En nuestras prisas para rezar no terminamos de saborear la presencia de Dios. Por ahí tendríamos que comenzar siempre que vamos a la oración. No vamos a repetir unas palabras aprendidas de memoria, vamos a gozar de la presencia de Dios y a disfrutar de su amor.
Los discípulos contemplaban a Jesús en la oración y le piden que les enseñe a orar. No uséis muchas palabras, les dice Jesús. El amor de Dios sabe lo que necesitamos. Aprendamos a ponernos en su presencia, a hacer silencio en nuestro corazón para sentir el latido del amor de Dios. Dejemos que nuestro corazón se inunde de su amor y fluirán nuestras palabras, saldrán a flote los mejores sentimientos, querremos sentirnos para siempre unidos a su amor.
Nos sentiremos entonces fuertes, es la gracia del Señor; es su amor que nos da fuerza y nos hace invencibles en la tentación y en el peligro; nos sentiremos llamados a amar y amar siempre, amar a todos, desaparecen resentimientos, se resquebraja la insolidaridad o el orgullo, nos derretimos en ternura, nos sentiremos transformados por la misericordia y la compasión para así serlo siempre con los demás.
Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor.

lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

domingo, 18 de febrero de 2018

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Al menos en el ambiente en que nos movemos la sensación de desierto no es algo que habitualmente podamos tener. Vivimos en un mundo de ajetreos, carreras, ruidos de todo tipo y por todas partes aún en lo que tendría que ser el silencio de la noche. En algún momento en que merma la actividad diaria porque en nuestro entorno haya un cierto parón de movimientos parece que nos sentimos sordos cuando cesan en parte los ruidos pero no es fácil llegar a ese silencio completo. Salvo que nos vayamos a lugares apartados y solitarios y no nos encontremos a alguien por allí que quizá lleve la música a toda pastilla no nos es fácil encontrar ese silencio y creo que bien lo necesitamos.
Sin embargo muchas veces lo rehuimos, nos incomoda la soledad, buscamos la manera de escuchar algo, porque quizás sintamos cierto temor a ese silencio que se pudiera realizar dentro de nosotros y que quizá nos enfrentaría a nosotros mismos. En ese silencio en que nada nos distrae, en que nos pudiera parecer que no pensamos en nada sin embargo nos sentimos como inducidos a un pensamiento interior que ahí en esa soledad nos ayuda a encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.
Y eso es algo que necesitamos en la vida aunque no nos sea fácil o le tengamos cierto temor. En ese silencio miramos hacia dentro de nosotros y miramos hacia arriba, buscamos una verdad y nos volvemos hacia algo que nos trasciende, que nos impulsa a ir mas allá del momento presente y nos puede ayudar a valorar las cosas de otra manera, a encontrar un sentido de nuestro vivir, a descubrir otros valores que nos levanten el espíritu de ras de tierra, de todas esas materialidades en las que ocupamos por así decirlo cada minuto de nuestra vida. Es cierto que puede ser un momento para que aparezcan dudas, interrogantes dentro de nosotros pero siempre esa duda o ese interrogante nos hace preguntarnos por la verdad de nuestro vivir y nos puede ayudar a encontrar lo de más valor.
Por las carreras en que vivimos la vida a alguno le pudiera parecer una pérdida de tiempo ese silencio que aparentemente nos lleva a una cierta inactividad. Y digo una cierta inactividad porque realmente ahí vamos a encontrar un motor para nuestra vida y para las actividades que en verdad merecen la pena. Es momento de interioridad, de interiorización, de trascendencia, en fin de cuentas para el creyente de encontrarse más cara a cara con Dios.
La Biblia toda ella está llena de experiencias de desierto y de silencio. En Abrahán, Moisés, Elías, los profetas, en lo que es una parte fundamental de la historia del pueblo de Dios vamos encontrando diversos episodios de tiempo de silencio, de soledad, de desierto. Es la búsqueda interior, es la búsqueda de Dios, es el silencio en que Dios se les va manifestando en la soledad, en el desierto o en la montaña.
Podríamos detenernos en muchos episodios de unos y otros que fue el camino en que los grandes patriarcas o profetas se abrían al misterio de Dios o el pueblo de Dios se fue haciendo verdadero pueblo en la medida en que encontrándose consigo mismo se purificaba y se abría mas y más a los caminos de Dios. No podemos detenernos a hacer un repaso de muchos de esos episodios que nos podrían servir para ricas reflexiones.
El nuevo testamento también comienza con un tiempo de desierto y soledad en la figura de Juan el Bautista que vivia austeramente en el desierto y que fue el precursor del Mesías y al comienzo de la actividad publica de Jesús le vemos también conducido por el Espíritu al desierto, como nos dice hoy el evangelio. Marcos es muy escueto en su relato mientras los otros dos sinópticos nos describen con mayor detalle incluso las tentaciones sufridas por Jesús en ese tiempo de desierto. Es el evangelio que en uno u otro evangelista siempre escuchamos en este primer domingo de Cuaresma.
A lo largo del evangelio nos encontraremos también con otros momentos en que Jesús busca la soledad, el silencio y el desierto. Pero nos vale quedarnos en este episodio del principio del evangelio. Podríamos decir que es una buena pauta para este tiempo también de cuarenta días, como los que Jesús estuvo en el desierto, Moisés en la montaña, o el pueblo de Israel que estuvo durante cuarenta años, de la Cuaresma que estamos iniciando como camino que nos conduce a la celebración y a la renovación de la Pascua en nuestra vida.
Creo que tenemos que buscar esa interiorización y ese silencio de desierto en este camino cuaresmal. Para una buena vivencia de la Cuaresma en todo su sentido tenemos que saber encontrar ese tiempo de silencio, ese escaparnos de tantos ruidos con que rodeamos nuestra vida para que haya una verdadera interiorización en nosotros. Lo necesitamos. Es la forma de encontrarnos con nosotros mismos para realizar esa purificación interior; es la forma de poder abrirnos de verdad al misterio de Dios que se nos manifiesta y con el que tenemos que dejar que se inunde nuestra vida.
Nos dan miedo los silencios y podríamos decir que esa es una de las primeras tentaciones que tenemos que intentar superar para que podamos en verdad escuchar y alimentarnos de la Palabra de Dios. No solo de pan vive el hombre, no solo hemos de estar preocupados por tantas cosas materiales, no tenemos por que sentirnos agobiados en medio de los problemas de la vida, no tenemos que dejarnos arrastrar por tantas vanidades como nos acechan y nos cautivan tantas veces.
Adorarás al Señor tu Dios, le replicaba Jesús al tentador y es lo que nosotros tenemos que hacer arrancando de nosotros tantos falsos dioses, tantos señuelos de los que llenamos nuestra vida, tantas cosas que nos atan restándonos la verdadera libertad interior, tantas cosas que nos distraen de lo que tiene que ser lo fundamental de nuestra vida.
Emprendamos el camino, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios; vayamos a ese desierto en el que no podemos cargar tantas cosas de las que vamos llenando nuestra vida para vivir esa libertad interior. No tengamos miedo a la soledad ni a las preguntas o interrogantes que nos puedan surgir, encontraremos la luz y la respuesta en la Palabra de Dios si con corazón sincero nos disponemos a escucharla.

sábado, 17 de febrero de 2018

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Cuando se quiere elegir a alguien para un trabajo determinado, para una misión concreta o para realizar algo que quizá tengamos que hacerlo en común normalmente buscamos a alguien que tenga, como se dice ahora, un determinado perfil, unas características, unos valores, una preparación que le ayuden a desempeñar esa misión o ese trabajo. No se escoge a cualquiera, muchas veces tenemos en cuenta su preparación o su historial. Somos muy selectivos y hoy en el mundo de efectividad en el que vivimos quizás mucho más.
¿Daría Leví el publicano ese perfil que se necesitaba para ser de los discípulos de Jesús y de los futuros constructores del Reino de Dios? De antemano decir que ya venia con la mala fama de los publicanos que no eran bien considerados por la gente y sobre todo por los que se consideraban como los principales o más influyentes en aquella sociedad. No sabemos si previamente había tenido algún interés por las cosas de Jesús o había acudido en alguna ocasión a conocerle o a escucharle. No parecía que fuera uno de los que Jesús llamara de manera especial.
Pero ahí están las sorpresas de Jesús que no se deja influir por nuestras consideraciones humanas. Pero en Jesús había un secreto más y es que El era el único que podía conocer el corazón del hombre. Nosotros juzgaremos por las apariencias y muchas veces también demasiado influenciados por los prejuicios. Jesús quiso contar con aquel hombre que estaba allí detrás del mostrador de los impuestos a pesar de no ser bien considerado por la mayoría de la gente. Jesús nos sorprende.
Se sintieron sorprendidos los escribas y los fariseos que allá andaban criticando las acciones de Jesús que siempre estaban mirando con lupa buscando tener como desprestigiarlo o de qué acusarlo. ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ les dicen a sus discípulos, ya que no se atreven a enfrentarse cara a cara con Jesús.
Ya conocemos la respuesta de Jesús. Algo más que palabras porque es la actitud que Jesús siempre mantiene con todos. Es el pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda que se ha caído por cualquier rincón, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a ser servidor de todos, es el medico que no está esperando a que llegue el enfermo sino que lo busca para sanarlo, es el rostro que nos manifiesta lo que es la misericordia del Dios que es compasivo y misericordioso.
Nos sentimos confortados cuando vemos cuanto nos ama Jesús que cuenta con nosotros a pesar de que somos pecadores. El amor de Dios esta no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero y dio su vida por nosotros, no porque nosotros fuéramos justos, sino precisamente siendo nosotros pecadores. Con qué confianza podemos acercarnos a Dios a pesar de que no seamos dignos. Sabemos que una palabra suya nos salvará.
Pero esa actitud de Jesús tiene que enseñarnos algo mas, cómo han de ser nuestras actitudes para los demás. ¿No andaremos nosotros en la vida con demasiados prejuicios? ¿No pondremos muy alto el listón de los perfiles que nos hacemos para los demás y comenzamos muy pronto a descartar a todo aquel que no nos cae bien? En este sentido muchas preguntas tendremos que hacernos con toda sinceridad porque hay muchas desconfianzas hacia los demás en nuestro corazón, muchas reticencias, muchas posturas discriminatorias aunque tratemos de disimularlas con mil razones. La actitud de Jesús que llama a Leví el publicano para ser uno de los apóstoles tendría que hacernos pensar mucho.

viernes, 16 de febrero de 2018

Qué importante es la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Qué importante es  la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

Vivimos en un mundo en el que no nos gustan renuncias, controles o prohibiciones. Queremos que todo esté permitido y que nadie tenga que decirnos si podemos o no podemos hacer alguna cosa. ¿Por qué me voy a privar de alguna satisfacción?, nos decimos porque ya en muchas ocasiones las cosas nos vienen duras. Todo es bueno, todo está permitido, nada se nos puede imponer, hacemos simplemente lo que nos plazca, son parámetros que escuchamos hoy por todas partes. Está bien que queramos ser felices y que podamos disfrutar de todo lo bueno que podamos encontrar en la vida. Pero tampoco lo podemos convertir todo en un subjetivismo. Podemos caer en confusiones; habrá que tener algunos criterios, unos principios básicos que nos ayuden a discernir bien las cosas.
Una de las cosas que no entiende el mundo de hoy es que la iglesia nos pueda hablar de ayunos y de abstinencias. Fácilmente sale esta palabra a relucir cuando estamos en un tiempo como éste de la cuaresma, y bien sabemos los sarcasmos que se tienen en torno a estas palabras en nuestra sociedad actual. Sin embargo bien que hacemos controles de la comida cuando se trata de mantener la línea y la imagen que podamos dar con nuestro cuerpo. No importan entonces las renuncias, los controles de comidas y no sé cuantas cosas más que hacemos para que nuestra imagen aparezca bien lucida y bella.
¿Qué sentido tiene, pues, el ayuno o la abstinencia de los que nos habla la Iglesia en este tiempo de cuaresma? Primero decir que no es algo de lo que solo hemos de hablar en este tiempo cuaresmal; es un sentido penitencial que debe existir siempre en la vida del cristiano no solo para vivirlo en tiempos determinados. Somos pecadores y en todo tiempo no solo hemos de sentir el arrepentimiento de lo que hayamos hecho mal, sino también un sentido de reparación y purificación, aunque sabemos que el perdón es un regalo del amor de Dios.
El ayuno y la abstinencia nos enseñan a renunciar, a decir no incluso a aquello que pueda ser bueno y satisfactorio, porque tenemos que aprender a escoger en la vida lo que es mejor aunque para ello tengamos que decir no a algo incluso bueno; es como un entrenamiento pero es mucho más. Nos cuesta decir no, privarnos de algo sobre todo cuando se presenta apetitoso ante nuestros sentidos; pero hemos de saber discernir porque muchas veces las cosas que no son buenas así se nos presentan a nuestros ojos y nos engañamos. Es un aprendizaje fuerte el que tenemos que hacer en nuestra vida.
Pero está ese sentido penitencial, porque nos arrepentimos del mal hecho, porque tenemos que aprender a reparar, porque tenemos que saber ofrecer algo de nosotros por amor para unirlo al amor misericordioso del Señor como una ofrenda de amor. Y ahí está la sensibilidad de nuestra vida, el gusto, el sabor, el apetito y aprendemos con ello, y nos ofrecemos con ello.
Pero nuestro ayuno, nuestra abstinencia va mucho más allá de la comida. Al final eso de la comida lo podemos sustituir por otras cosas y claro que no se trata de formalismos buscando subterfugios. Ya Jesús echa en cara a los fariseos sus ritualidades y formulismos vacíos. Y es de lo que hoy nos habla duramente el profeta. Ayunar entre riñas y violencias, entre malquerencias y rivalidades, entre recelos y envidias no parece que sea un ayuno muy agradable al Señor. Tendríamos que volver a escuchar con todo detenimiento el texto de Isaías.
Quizá y sin quizá es mucho más costoso el dominar nuestra soberbia y nuestro orgullo, el controlar nuestras iras y nuestros impulsos violentos, callar nuestra lengua tan fácil a la maledicencia y desterrar de nosotros los sentimientos mezquinos de nuestro corazón que el privarnos de un alimento que sustituimos quizá por otro o por otra comida opulenta cuando acabe el ayuno.
¿Cuál será el sacrificio más agradable al Señor? Pensemos cada uno con sinceridad por donde han de ir nuestros ayunos en ese camino concreto del dominio de nosotros mismos y nuestras pasiones. Pensemos cómo solidariamente tendríamos que compartir aquello que no nos hemos gastado cuando nos privamos de una comida. Tratemos de descubrir que la generosidad de nuestro corazón que comparte lo que somos y tenemos con el necesitado es lo más agradable al Señor.
No se trata de renuncias o prohibiciones así porque sí, sino la generosidad de nuestro corazón cuando nos decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

La vida es un desafío constante. Vivir no es quedarse anclados en un estado o en una situación. La vida exige caminar, buscar, arriesgarse a algo nuevo. . Nos ponemos metas y queremos alcanzarlas; buscamos algo nuevo y hacemos todo  lo posible por encontrarlo y de alguna forma posesionarnos de ello. Quedarnos en la rutina por comodidad no tiene ningún aliciente, no es vivir, es algo así como vegetar.
Crecemos, y no solo es que físicamente nuestras células se vayan transformando y multiplicándose, sino que como personas crecemos, vivimos algo nuevo, nos sentimos desafiados a emprender algo nuevo y distinto, tenemos que madurar y manifestarnos en unos frutos, en unas acciones nuevas, en una riqueza que no es lo material, sino algo más profundo, para nosotros mismos pero también para los demás, porque aquello que poseemos pero sobre todo lo que somos beneficia también a los demás, porque vivimos profundamente interrelacionados unos con otros.
Así también es el ideal y la meta de la vida cristiana. Así desde nuestra fe nos sentimos comprometidos, sentimos un desafío interior que nos hace espiritualmente crecer, que nos impulsa a seguir los caminos que Jesús nos señala en el evangelio. Un camino que no emprendemos solos, un desafío al que respondemos no solo desde nuestras fuerzas, unas metas a conseguir en la que encontramos diversas ayudas. La liturgia de la Iglesia no son simplemente unos ritos que realizamos de una forma periódica, sino que es por una parte celebrar ese camino, ese desafío, y al mismo tiempo es esa fuerza y esa luz que nos ilumina en los distintos momentos de nuestra vida para la realización de nosotros mismos como personas y como creyentes en Jesús.
Este camino que hemos emprendido en la cuaresma nos lanza también poderosos desafíos. Ya desde el primer momento nos hace mirar hacia la Pascua. Ahí está el anuncio de Jesús. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Es la Pascua que Jesús ha de vivir; es la Pascua redentora que nos trae la salvación. Es la Pascua que nosotros hemos de celebrar y para lo que nos vamos preparando durante este camino cuaresmal.
Pero Jesús nos desafía. Es lo que nosotros tenemos que aprender a vivir si en verdad queremos ser sus discípulos, seguir sus pasos. Es el mismo camino de entrega, es el camino del amor. Es el camino de olvidarnos de nosotros mismos porque no nos buscamos a nosotros sino que le buscamos a El y en El a nuestros hermanos los hombres por los que también hemos de entregarnos. Por eso nos habla de olvidarnos de nosotros mismos para abrirnos a los demás y para abrirnos al misterio de Dios. No buscamos ganancias egoístas de satisfacciones momentáneas sino algo que tenga valor de vida en plenitud, de vida eterna.
Claro que esto nos cuesta realizarlo porque el mundo que nos rodea no es ese el estilo que nos ofrece. Ya nos dirá Jesús que ser importante o ser grande es hacerse el último y el servidor de todos. Es un desafío muy importante al que con la valentía de la fe hemos de responder y que en la fortaleza del Espíritu encontraremos la ayuda que necesitamos para realizarlo. Emprendamos con entusiasmo y energía el camino.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos


Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Cor. 5,20–6,2; Mt 6,1-6.16-18

Todo el mundo sabe que hoy es miércoles de ceniza. Bueno, no sé si todo el mundo, porque para muchos se queda en lo del miércoles de la sardina, por aquello de que los carnavales se acaban aunque bien sabemos que en muchos sitios se prolongan. Tendrán una rememoración lejana de algo de la ceniza, pero ¿sabrán realmente lo que es o por qué es que hoy llamemos a este día miércoles de ceniza?
Quizá quienes se acercan a esta reflexión sí tengan algo más claro lo que hoy celebramos y por qué. Empezamos un camino que aunque es verdad que es un camino de preparación para la celebración de la Pascua, sin embargo tiene, como todo tiene que ser en la vida de cristiano, una clara rememoración pascual.
Aunque la Pascua la celebremos con gran solemnidad al llegar la celebración de la resurrección del Señor, porque es el culmen de la Pascua, sin embargo, decimos, hacemos este camino con sentido pascual porque en verdad ha de ser un paso del Señor por nuestra vida, un ir dejándonos encontrar por El que nos lleve a esa profunda renovación de nuestra vida, a un morir y a un resucitar, a un renacer a una vida nueva, a que en verdad lleguemos a sentir hombres nuevos en el espíritu del Evangelio.
Hoy, cuarenta días antes de la Pascua, iniciamos este camino. El número cuarenta tiene muchos recuerdos bíblicos, desde los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto hasta los cuarenta días de Jesús también en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica, como nos narra el evangelio.
Aquellos cuarenta años de desierto para el pueblo de Israel que salía de la esclavitud de Egipto le hicieron sentirse pueblo, fue el ir construyendo día a día su unidad y su identidad, un sentar la bases como pueblo entonces peregrino antes de asentarse definitivamente en la tierra de Canaán recibiendo la ley del Señor en el Sinaí que estaba en función de esa constitución como pueblo, y pueblo de Dios.
Fue un tiempo de apertura a Dios, de darle una verdadera trascendencia a su vida aprendida en ese caminar peregrino siempre en búsqueda donde aquella que pisaban no seria nunca su tierra definitiva hasta encontrar aquella tierra que Dios les había prometido. Un tiempo de purificación e ir limando todas aquellas, digamos, asperezas que le impedían sentirse pueblo y mantenerse unidos y donde iban descubriendo que era la mano de Dios la que le guiaba y conducía.
De alguna manera ¿no es eso lo que en este tiempo de cuaresma hemos de ir también redescubriendo? Somos, es cierto, ese pueblo de Dios al que pertenecemos desde el bautismo. Pero bien sabemos que nuestra vida se va maleando y necesita un tiempo de renovación. Muchas cosas vamos dejando meter en nuestra vida que son rémoras en nuestro caminar como cristianos y como pueblo de Dios que tenemos necesidad de purificar.
Necesitamos de nuevo un encuentro profundo con el Señor, con su Palabra que nos abra nuestro corazón a una trascendencia eterna en nuestra vida. Vivimos muchas veces demasiado posicionados en este mundo y en las cosas terrenas que son un lastro para vivir una autentica espiritualidad cristiana. No es penitencia por penitencia, sacrificio por sacrificio porque el sacrificio redentor de nuestra vida ya está realizado en la entrega de Jesús en su muerte y resurrección. Pero necesitamos ese reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios.
En ese reencuentro profundo con nuestro yo y con nuestra vida descubriremos de cuantas cosas tenemos que desprendernos porque de nada nos sirven aunque las tengamos apegadas al corazón y nos cueste dolor arrancarlas de nosotros. Como cuando hacemos una limpieza profunda de nuestra habitación o nuestra casa y nos damos cuenta de cuantas cosas vamos acumulando que son innecesarias o que más bien son un obstáculo para disfrutar de lo que verdaderamente vale y nos sirve. Habrá que tirar todo eso que nos entorpece, aunque nos duela arrancarlas de nosotros mismos.
Para eso nos dejaremos guiar por la Palabra de Dios queriendo convertirnos cada día al evangelio, creer de verdad en él porque sabemos que solo en Jesús tenemos la salvación. Así la liturgia en sabia catequesis nos irá ofreciendo una riqueza grande de los textos de la Palabra de Dios en este tiempo para irnos conduciendo paso a paso a la vivencia profunda de la pascua.
Hoy comenzamos con un signo, que es el que da nombre al día, con la ceniza para que reconozcamos lo que somos, lo manchados que estamos y la futilidad de tantas cosas que tenemos en nuestra vida y de las que tendremos que lavaros, purificarnos. Pero en la imposición de esa ceniza sobre nuestra cabeza el grito grande que tenemos que escuchar es ‘conviértete y cree en el evangelio’. Es la vuelta de verdad que tenemos que darle a nuestra vida. Es el sentido que tenemos que darle a este momento que vivimos hoy.