domingo, 21 de enero de 2018

Lo necesitamos y el mundo que nos rodea en las circunstancias concretas en que vivimos también lo necesita, escuchar la Buena Noticia de Jesús

Lo necesitamos y el mundo que nos rodea en las circunstancias concretas en que vivimos también lo necesita, escuchar la Buena Noticia de Jesús

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24; Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20

‘Tengo una noticia para ti’, viene alguien a decirnos; y nos ponemos en prevención porque enseguida pensamos que algo malo ha pasado. Parece como si lo único que recibiéramos son malas noticias. Pero si el que viene con la buena nueva nos dice que no nos preocupemos que no sea nada malo, que es una buena noticia, parece que hasta la cara nos cambia. Si antes nos interesábamos porque podía ser algo malo que nos afectara a nosotros o a quienes queremos, ahora parece que el deseo se hace más grande, porque no estamos acostumbrados a buenas noticias. Ojalá lo que trasmitamos sean siempre buenas noticias, algo que alegre nuestros corazones, algo que nos haga mirar la vida, el mundo, las cosas con otro color porque son demasiados tintes ensombresedores los que nos envuelven.
Por eso la aparición de aquel nuevo profeta de Galilea despertó inquietudes y esperanzas, era algo nuevo lo que se escuchaba y la forma de presentarse también era distinta y por los signos que le comenzar a ver realizar pensaban que quizá mereciera escucharle.
Es una Buena Noticia lo que Jesús anuncia. Ya aquel profeta aparecido allá en el Jordán había hablado de que llegaba el tiempo de la plenitud – era ya inminente la llegada del Mesías -, pero para algunos quizá los tintes parecían un tanto sombríos por la austeridad de vida con que se presentaba aunque él anunciaba que llegaba quien traería una buena nueva. Pero ahora cuando arrestaron a Juan y parecía que su voz se acallaba aparecía Jesús anunciando que llegaba ya ese tiempo de plenitud, el Reino de Dios, y había que convertirse y creer en la Buena Nueva que se anunciaba.
Es el primer anuncio que hace Jesús. Una invitación a la conversión que no era simplemente una invitación a la penitencia porque él ni siquiera bautizaba a nadie como lo había hecho Juan en el Jordán. Aquella invitación a la conversión significaba mucho más, porque era una invitación a un cambio, a un darle la vuelta a la vida, a tener una nueva mentalidad.
Sus discípulos no ayunarían como los de Juan o como hacían también los de los fariseos, pero a sus discípulos Jesús les enseñaba una nuevas actitudes, una nueva manera de vivir, una autenticidad de vida alejada de vanidades y de orgullos, una sinceridad nacida desde lo más hondo del corazón.
Eso es realmente la conversión, no simplemente hacer penitencia por lo mal que se haya hecho, sino comenzar a vivir de una forma nueva; el que venia traería el perdón para quien hubiera caminado por derroteros del pecado y en las oscuridades que conducían a la muerte – así lo manifestaba con sus signos -, y lo que Jesús quería era que nada atara el corazón del hombre para esclavizarlo sino que era un nuevo sentido de vivir desde el amor en la autentica libertad que hace sentir la verdadera paz en el corazón.
La conversión no era un cambio a algo nuevo y desconocido sino que implicaba creer en esa Buena Noticia que se anunciaba. Y lo que se anunciaba era la llegada del Reino de Dios. No era un reino de esclavitud y de mentira sino de libertad y de verdad. Por eso los signos que Jesús comenzaba a realizar manifestaban esa nueva libertad que tendría que haber en el corazón del hombre.
El profeta había anunciado, como nos diría san Lucas en su evangelio, que llegaba el venia inundado del Espíritu de Dios para traer a los oprimidos la libertad, para anunciar una buena noticia a los pobres porque, como diría María en su cántico, los poderosos serian derribados de sus tronos mientras serian enaltecidos los humildes y los pobres, los hambrientos se verían llenos de bienes mientras los que querían acabaran riquezas en su corazón se encontrarían vacíos y sin sentido de nada.
Esas palabras eran de verdad buena noticia para quienes se sentían oprimidos, para quienes carecían de libertad, para quienes veían sus vidas envueltas en el sufrimiento. Dios visitaba a su pueblo y les traía la paz, iluminaría los corazones de quienes se sentían en tinieblas y algo nuevo comenzaba a sentirse en lo hondo del corazón de manera que los pobres y los que nada tenían comenzaban a sentirse dichosos porque para ellos era el Reino de Dios.
‘Venid conmigo…’ les dice primero a Simón y a Andrés, más adelante también a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que lo dejarán todo, redes barcas, familias… para seguir a Jesús. Irse con Jesús ante aquella invitación que les hacia no era simplemente que creyeran y se quedaran haciendo las mismas cosas. En ellos habría un cambio total que ahora lo dejan todo lo material, podríamos decir, pero luego poco a poco se irán desprendiendo de mucho más en lo hondo de su corazón.
Ya sabemos cuanto les costó ese cambio y transformación porque en su interior seguían estando sus ambiciones, en su interior quedaba el resquemor de aquellas cosas que les costaba perdonar, en su interior seguía manteniéndose su amor propio y sus pasiones y violencias que les costaba controlar. Ahora fue un primer paso al dejar las redes y las barcas, más tarde sería la conversión total de su corazón para llegar a entender que el servicio y el amor desde la humildad seria la mayor grandeza que podrían alcanzar.
Nos queda una última palabra que decir. Contemplamos la llegada de esa Buena Nueva a los contemporáneos en la historia de Jesús. ¿Pero escucharemos nosotros hoy, en pleno siglo XXI, que se nos sigue anunciando una Buena Noticia que ha de repercutir también en nuestras vidas? Sería triste que no escucháramos nosotros hoy el evangelio como esa Buena Noticia, ni siquiera como noticia, porque nos pudiera parecer cosa pasada, cosa ya que no nos dice nada en estos tiempos.
¿No tendremos necesidad de escuchar esa Buena Noticia? Sí, lo necesitamos y el mundo en el que vivimos también lo necesita. Tratemos de repasar este evangelio y esta reflexión que nos hemos venido haciendo pero queriendo reflejarlo en nuestra vida, en nuestras oscuridades y nuestras dudas, en las esclavitudes con que nos vamos atando en tantas cosas y en tantas situaciones, en nuestros sufrimientos y el sufrimiento que vemos en tantos a nuestro alrededor…
Tratemos de descubrir esa Buena Noticia de Jesús hoy para mí y para el mundo que me rodea y en el que vivimos. Hagamos vivo el evangelio.

sábado, 20 de enero de 2018

Dejémonos envolver por la locura del amor que nos hace estar siempre en pie dispuestos con generosidad sin límites para el servicio y para el compartir solidario

Dejémonos envolver por la locura del amor que nos hace estar siempre en pie dispuestos con generosidad sin límites para el servicio y para el compartir solidario

1Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

¿Pero tú estás loco? No te compliques la vida, ya la vida tiene por si muchas complicaciones, para que ahora te metas en eso también. Algo así habremos escuchado alguna vez cuando hemos querido emprender algo nuevo, cuando  nos sentimos comprometidos con algo que nos puede traer complicaciones, o quizás hayamos sido nosotros los que le hayamos dicho algo así a alguien a quien veíamos muy comprometido con muchas cosas a favor de los demás.
Es una tentación que tenemos o que sufrimos. O no querer complicarnos la vida, hacernos sordos y ciegos a las cosas que veamos que no nos gustan y a querer vivir simplemente nuestra vida olvidándonos de solidaridades y compromisos. Bueno hacemos algo bueno cuando podamos, pero sin complicarnos. Y ese ‘cuando podamos’ en nuestra insolidaridad o en nuestro pensar primero o solo en nosotros mismos parece que nunca llega, o por lo menos, no queremos adelantarlo mucho.
No es ese el estilo de Jesús, no es ese el estilo que tenemos que vivir sin en verdad nos decimos que somos seguidores de Jesús, somos cristianos. Ya nos enseña que tenemos que aprender a hacernos los últimos, los servidores de todos y que ahí está nuestra grandeza. Pero es que El fue por delante. No vino el Hijo del Hombre a ser servido sino a servir, y le veremos incluso a postrado ante los discípulos para lavarles los pies.
Es lo que nos está sugiriendo este breve texto del evangelio que hoy se nos propone en la liturgia. No le dejaban tiempo ni para comer. Está en su casa o allí donde le acojan y siempre la casa se llenará de gente. Sus familiares andan preocupados, porque piensan que eso no puede seguir así. Les parece una locura. Quieren llevárselo para hacerlo recapacitar porque les parece que no está en sus cabales.
No son esas las preocupaciones que han de tener por Jesús. El está cumpliendo la misión que ha recibido del Padre y ese ha de ser el estilo del mundo nuevo que El quiere realizar. Se abandona en las manos del Padre. Lo había hecho ya allá en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica porque no se había dejado seducir por ambiciones personales, por la comodidad de las cosas fáciles o por la fama que pudiera conseguir por sus obras extraordinarias. Ya le escucharemos continuamente decir a los beneficiarios de sus signos que no lo cuenten a nadie, porque a El no han de buscarle desde unos beneficios materiales aunque sea la salud de sus cuerpos. En las manos del Padre se pondrá antes de iniciar su pasión y en las manos del Padre entrega su espíritu en el momento supremo del sacrificio en la cruz.
Hermoso mensaje para nuestra vida que nos estimula a salir de nuestras comodidades y rutinas. Hermoso mensaje que nos despierta de nuestro sopor y nos hace ponernos en pie para con generosidad siempre estar dispuestos para el bien, para ayudar, para compartir, para saber caminar junto al otro, para tender siempre nuestras manos con generosidad y disponibilidad para el servicio.
No importa que nos digan que estamos medio locos; si es locos por el amor, no importa; si es locos por querer seguir los mismos pasos de Jesús, no importa. Dejémonos envolver por esa locura de amor.

viernes, 19 de enero de 2018

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

Los cristianos tendríamos que preguntarnos cómo hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores para que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono

1Samuel 24,3-21; Sal 56; Marcos 3,13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con él’. Jesús elige, escoge de entre todos los discípulos a los que El quiso.
Como nosotros elegimos. Nos vamos encontrando con muchos en la vida pero no todos significan lo mismo para uno. Vamos sintonizando, vamos conociendo, vamos eligiendo a quienes pueden ser nuestros amigos, a los que queremos tener más cerca de nosotros, con los que vemos que podemos tener proyectos de vida comunes. Sin querer excluir a nadie, porque siempre tenemos que estar abiertos a todos, formamos nuestro círculo, esas personas a las que más apreciamos y con las que compartimos de manera especial desde lo más hondo de nosotros mismos. Es el amigo que es compañero y más que compañero en el mejor sentido de la palabra, porque caminamos juntos, queremos construir juntos.
Mucha gente seguía a Jesús. Eran los discípulos, los que querían seguirle, escuchar su Palabra y dejarse transformar por ella. Y Jesús cuenta con todos, porque a todos ama y a todos llama a formar parte de su Reino. Pero elegirá a algunos de manera especial, que van a estar más cercanos, a quienes les va a confiar una misión especial, que van a ser el cimiento de ese nuevo edificio que Jesús quiere construir en nuestro mundo y en la vida de los hombres.
Son los que hoy vemos llamar y van a ser nombrados como apóstoles, que van a estar en esa cercanía especial de Jesús. Y el evangelista nos hace la relación de los doce escogidos por Jesús, incluyendo a aquel que luego le traicionaría. Allí están todos, los Doce, también con sus limitaciones, sus debilidades, con lo que les cuesta entender y caminar en muchas ocasiones, pero son aquellos en los que Jesús confía de manera especial para ser el cimiento de esa comunidad nueva.
Por eso  nos dirá san Pablo que estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles para formar un sólido edificio. A ellos de manera especial les explica, con ellos convive de una forma más continuada, ellos le van a seguir por todas partes por los caminos de todo Israel, a ellos se les va a revelar de manera especial. Van a ser el fundamento especial.
El evangelio de hoy nos hace pensar en la Iglesia y nos hace pensar en aquellos a los que en la nueva comunidad Jesús ha confiado una misión especial. Llamados por el Señor. Como nos dice el evangelio ‘a los que quiso’. No nos arrogamos esa misión especial que en la Iglesia podamos desempeñar, sino que tenemos que sentirnos llamados por el Señor. Es cierto que un día decidimos seguirle, ser de sus discípulos, los que hacen su camino. Pero esa misión especial no es cosa nuestra, no es solo por nuestra decisión, sino que es El quien llama. A nosotros, o a quienes hayan recibido esa llamada y esa misión, toca responder con generosidad, con disponibilidad total.
Y detrás tiene que estar toda la Iglesia. Es el apoyo de los cristianos a sus pastores. Como cuando Pedro estaba en la cárcel y toda la comunidad estaba reunida orando por él. Así toda la Iglesia tiene que sentirse en comunión, todos los que seguimos a Jesús tenemos que sentirnos en comunión con nuestros pastores. Que no es solo que lo digamos de palabra o lo pensemos en el corazón, sino que tiene que ser de una manera efectiva y real, primero con nuestra oración, luego con nuestra cercanía y nuestro apoyo para que nunca los pastores del pueblo de Dios se sientan solos.
Aunque nos apoyamos en el Señor que es nuestra Roca, sin embargo ese apoyo en el Señor se siente más vivo cuando está la comunidad detrás con su oración, con su presencia, con su cercanía, con su escucha, también con una palabra de aliento, para caminar siempre juntos. Aquí tendríamos que preguntarnos como los cristianos hacemos presente nuestra cercanía a nuestros pastores, como es la forma efectiva y eficaz en que vivimos esa comunión de Iglesia. Que nunca ningún pastor sienta la amargura de la soledad y del abandono de los suyos.

jueves, 18 de enero de 2018

El evangelio de Jesús tiene que seguir siendo buena nueva para el mundo en el que vivimos y depende de los signos que demos nosotros los que creemos en Jesús

El evangelio de Jesús tiene que seguir siendo buena nueva para el mundo en el que vivimos y depende de los signos que demos nosotros los que creemos en Jesús

1Samuel 18, 6-9; Sal 55; Marcos 3, 7-12

‘Se retiró Jesús a la orilla del lago y lo siguió una muchedumbre de Galilea’, nos dice el evangelista; pero luego sigue diciéndonos que la gente no era solo de Galilea, habían venido de Judea y de más abajo porque habían venido de Idumea, pero también de Tiro y de Sidón y de más allá del Jordán. Y nos da el detalle de que les había pedido a los discípulos que le tuvieran preparada una barca no fuera a estrujarlo la gente.
Y venían con sus enfermos, toda clase de impedidos, para que Jesús los curara, se le echaban encima. Y hasta los poseídos por espíritus inmundos gritaban reconociendo a Jesús como el Hijo de Dios. Es admirable como la fama de Jesús se extendió por todas partes y todos querían escucharle y sentirse beneficiados por las maravillas que hacía.
Y el mensaje de Jesús sigue siendo el mismo hoy. Es el que tiene que proclamar la Iglesia, el que tenemos que testimoniar nosotros los que decimos que creemos en Jesús. Pero quizá tendríamos que preguntarnos si hoy sigue siendo igual de atractivo el mensaje de Jesús, si hoy las gentes de la misma manera acuden, acudimos a escuchar a Jesús y sentirnos beneficiados de sus dones y de su gracia.
Tenemos que ser realistas y no encandilarnos, porque podríamos entrar en confusión. Habrá momentos en que nos parecen que son muchos los cristianos porque quizá vemos todavía cantidades de personas en algunos acontecimientos religiosos, visitas quizá a un determinado santuario, procesiones en determinadas fiestas y en determinados lugares, gentes que corren a aquellos lugares de los que se nos habla que suceden cosas extraordinarias, pero ¿es ese un entusiasmo de verdad por Jesús y por su evangelio?
Asiste uno a Misa un domingo cualquiera en cualquier Iglesia de nuestras ciudades o de nuestros pueblos y nos puede parece que hay mucha gente, aunque también nos encontramos demasiadas veces las iglesias medio vacías en dichas celebraciones. Pero si comparamos la gente que vemos allí asistiendo a Misa con la población que hay alrededor, ¿a cuánto nos llegará el porcentaje? Caminemos por nuestros pueblos y miremos de verdad cual es el interés que siente la mayoría de las personas por las cosas de la Iglesia. Pensar en la Iglesia o hablar de la Iglesia será solo para criticarla y querer sacar no se cuantas cosas. Sin querer entrar en juicios sobre las personas tratemos de fijarnos si son los valores cristianos, los valores del evangelio los que animan a las personas que vemos en nuestro entorno. Bautizados, si, muchos quizás,  pero ¿cristianos con los valores del evangelio?
Como decíamos antes el mensaje de Jesús sigue siendo el mismo, pero quizá no impacta de la misma manera en la gente de nuestro entorno. Países llamados cristianos, pero descristianizados. ¿Es culpa del mensaje? El mensaje de salvación de Jesús y su evangelio sigue siendo válido hoy como en todos los tiempos. ¿No nos sucederá que la Iglesia o nosotros los cristianos somos los que no hemos sabido trasmitir ese mensaje, hacer creíble ese mensaje a los hombres y mujeres de hoy?
No quiero que empecemos a echarnos culpas los unos a los otros, pero sí creo que tendríamos que pensar cual es el testimonio que nosotros estamos dando, que incluso la Iglesia está dando.  Las gentes veían los signos que Jesús hacia y su palabra era creíble y se despertaba la esperanza en aquellos corazones. Son los signos que nosotros tenemos que dar con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestro amor y nuestro compromiso para que se despierte también la esperanza, para que se encienda de nuevo la luz de la fe en los corazones de los hombres y mujeres de hoy. Habría que pensar también como hemos de dar a conocer ese testimonio y esas obras de la Iglesia hoy.
El evangelio de Jesús tiene que seguir siendo buena nueva para el mundo en el que vivimos. Y nosotros somos los encargados, a nosotros nos envió Jesús por el mundo, de hacer ese anuncio de esa Buena Noticia. Tendremos que comenzar por despertar nosotros los que nos llamamos cristianos porque decimos que tenemos fe en Jesús.

miércoles, 17 de enero de 2018

Que nos cure el Señor de nuestros raquitismos, de la invalidez en que dejamos que se nos quede la vida y la fe que no hemos sabido hacer crecer y madurar para manifestarla comprometida

Que nos cure el Señor de nuestros raquitismos, de la invalidez en que dejamos que se nos quede la vida y la fe que  no hemos sabido hacer crecer y madurar para manifestarla comprometida

1Samuel 17,32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

‘Entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo…’ Nos parece incomprensible. Si aquel hombre podía ser curado y poder realizar su vida con total normalidad sin limitaciones ¿por qué esa obstinación y ese acoso a Jesús?
Con las explicaciones que nos dan acerca de lo que era la ley del descanso sabático parece que podemos entenderlo, pero tratemos de trasplantar, por así decirlo, esa situación o situaciones que tengan algún tipo de parecido en nosotros. Nos cuesta hacer el bien muchas veces porque ponemos por medio nuestros prejuicios, nuestros intereses personales, nuestros orgullos heridos, ciertos resabios de racismo o discriminación que nos surgen en tantas ocasiones, las desconfianzas que aparecen en nuestro interior. Podríamos hacerlo, pero pasamos de largo. Nos falta valentía para hacer el bien y olvidarnos de presiones que podamos soportar, o porque a veces estamos demasiado pendientes del juicio de los demás.
Aquel hombre tenía una parálisis en un brazo, dice el evangelista. Hay cosas que nos paralizan, o en ocasiones se nos ha paralizado la fe y el amor. Nos volvemos raquíticos, nos sentimos sin fuerzas. Tenemos que buscar que Jesús nos sane a nosotros también. Porque nuestra fe anda paralizada, parece que no tiene vida o no se nos manifesté viva. Aunque decimos que tenemos fe y tenemos quizá muchas manifestaciones religiosas no siempre llega a envolver totalmente nuestra vida de manera que aquello que hacemos o que vivimos vaya impregnado por el sentido de esa fe,
No podemos encerrar nuestra fe tras los muros de unos templos o limitarla a algunos ejercicios piadosos que realicemos cuando nos sobre tiempo de otras cosas. No podemos encerrar nuestra fe en el ámbito solo de lo privado o de lo que decimos que llevamos en el corazón.
No podemos quedarnos en una fe que tenemos simplemente porque heredamos de nuestros padres o de un ambiente religioso en el que hayamos vivido sin hacerla personal y comprometida que se manifieste como un compromiso de la vida. no podemos encerrar nuestra fe solamente en las palabras de un credo que nos sabemos de memoria si no somos capaces de dar razón de esa fe para trasmitirla a los demás, para hablar de ella claramente a los demás, para ser capaces de dar respuestas desde esa fe a los interrogantes fundamentales que se nos planteen en la vida.
Es necesario también que nos formemos en esa fe, que tratemos de profundizar en lo que creemos para que en verdad la reflejemos luego en nuestras actitudes y comportamientos, en el compromiso de nuestra vida. En la vida vamos madurando en muchas cosas en la medida en que crecemos, pero no siempre maduramos ni crecemos al mismo tiempo en nuestra fe, y nos quedamos fácilmente en una fe infantil con la que ahora en la madurez no sabemos dar respuestas, dar razón de esa fe.
Jesús curó a aquel hombre de la parálisis de su brazo saltando sobre los raquitismos de aquellos que le rodeaban que en nombre de unas prácticas religiosas querían impedir aquella curación, o al menos estaban al acecho de lo que hacia Jesús para poder acusarlo.
Que nos cure el Señor a nosotros de nuestros raquitismos, de la invalidez en que dejamos que se nos quede la vida y la fe. Que nos despierte la fe para que podamos hacerla madura. Que la fuerza de su Espíritu nos llene interiormente para que podamos reflejarla con valentía en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.

martes, 16 de enero de 2018

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir

1Samuel 16,1-13; Sal 88; Marcos 2,23-28

Todos conocemos personas minuciosas que siempre se están fijando en los detalles más mínimos y que muchas veces incluso nos atormentan porque parece que lo único que son capaces de ver en esas pequeñeces son las cosas oscuras. Personas escrupulosas que se atormentan a si mismas, pero que de alguna manera atormentan a quien esté a su lado.
Cuando entran en el ámbito de la conciencia, queriendo calibrar lo que hacen bien o de lo que hacen mal el tormento es insufrible, en todo les parece estar viendo pecado; necesitan una liberación interior porque el mandamiento del Señor para esas personas más que un cauce de amor por donde debe circular nuestra vida se convierte en una obsesión y en un tormento llenando de mucha negatividad sus vidas.
No es eso lo que Dios quiere para nosotros. La grandeza de nuestro espíritu es que seamos capaces de discernir bien es cierto pero no para buscar el tormento, sino para vivir en la libertad del que ama de verdad y con un amor que se olvida de si para darse con generosidad de corazón.
Hoy hemos visto en el evangelio que se nos habla de cómo por allá andaban los sesudos fariseos con sus reglamentaciones al limite que se fijan ahora si los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado cogen unas espigas y las estrujan con sus manos para comer sus granos. Es sábado y eso lo consideran ellos como si estuvieran en el trabajo de la siega; y los sábados no se puede trabajar, reglamentado estaba hasta la distancia que podían recorrer. Reglamentaciones que no liberan sino que atormentan, ponen trabas a la vida de las personas y atormentan nuestra conciencia por si acaso hayamos pasado aunque fuera lo mínimo el límite de lo permitido.
‘El sábado se hizo para el hombre y el Hijo del Hombre es señor del sábado’, les dice Jesús. No podemos vivir en ese sentido de esclavitud. La ley de Dios lo que busca es trazarnos los cauces para que el hombre sea verdaderamente feliz y realice en armonía su vida. Pudiera parecernos un lenguaje negativo el de los mandamientos porque parece que todo son prohibiciones, pero mirémoslo desde el lado positivo de quien ama y por ama nunca querrá buscar el daño del otro.
No es no matar sino amar, no es no robar, sino ser justo y compartir, no es no mentir o calumniar sino ser veraz y sincero en la vida… y así podríamos ir pensando en cada uno de los mandamientos del Señor. Por eso Jesús nos vendrá a decir que su único mandamiento es el del amor. Quien ama quiere ser feliz él, pero quiere también que sea feliz el otro y siempre entonces buscará el bien, la justicia, la sinceridad, la lealtad, el respeto, la solidaridad, el compartir. Es así como buscaremos la gloria del Señor.
Tenemos que dejarnos iluminar por el evangelio, escuchar esa buena noticia que nos viene a traer Jesús en que quiere un mundo nuevo – el Reino de Dios – en el que todos podamos ser felices de verdad porque siempre queremos hacer felices a los otros. No habrá llanto, ni luto ni dolor, porque el amor transformará nuestras vidas, porque la esperanza llena de un sentido nuevo la vida aunque aparecieran en algún momento las sombras, porque teniendo a Dios en el centro de nuestro corazón toda nuestra vida caminará siempre hacia la plenitud.

lunes, 15 de enero de 2018

Jesús nos llena de esperanza, porque en Jesús sabemos que podemos conseguir ser mejores y también hacer un mundo mejor y esa alegría nadie nos la podrá arrebatar

Jesús nos llena de esperanza, porque en Jesús sabemos que podemos conseguir ser mejores y también hacer un mundo mejor y esa alegría nadie nos la podrá arrebatar

1Samuel 15, 16-23; Sal. 49; Marcos 2, 18-22

Hay personas con las que siempre nos encontramos a gusto, la convivencia se hace fácil y parece que desprenden de si una paz que nos hace sentirnos bien, por lo que deseamos en verdad estar a su lado. Personas así nos trasmiten serenidad, llenan de alegría nuestro corazón cuando estamos a su lado y al mismo tiempo son como un estimulo en nuestra vida para superar tristezas y problemas y para mantener esa lucha diaria que nos hace superarnos y crecer como personas. Es una alegría y una dicha encontrar personas así.
En el camino de la vida, es cierto, que muchas veces nos cuesta encontrar personas así, pero en la medida en que nosotros también queremos llevar esa serenidad y esa paz en el corazón podemos ser también una fuente de alegría para los demás. En medio de las oscuridades de la vida, en medio de tantos egoísmos y ambiciones, en medio de nuestras luchas fratricidas que no son solo las grandes guerras sino esas violencias que nos tenemos cada día con el más cercano a nosotros, tenemos que saber buscar y encontrar esos puntos de luz, que iluminen la vida, que nos sirvan de estimulo, que nos levanten el espíritu, que vayan poniendo un poquito más de felicidad en nuestro mundo.
Los que creemos en Jesús tenemos en El nuestra referencia. Encontrarnos con Jesús es la dicha más grande que podamos alcanzar. Es quien llena de verdad nuestro corazón de paz, es el estimulo grande para nuestras luchas, para superarnos y para crecer. El ya nos dice en el evangelio que es el camino, y la verdad, y la vida, porque en El es donde vamos a encontrar la mayor plenitud de nuestra existencia. Es la fuente más grande de nuestra felicidad y que da sentido a todas las alegrías y momentos de felicidad que podamos alcanzar en esta vida.
Por eso tendríamos que reconocer que tendríamos que ser las personas más felices del mundo. Aunque eso no signifique se acaben los problemas o que no tengamos que mantener nuestras luchas. Pero Jesús nos llena de esperanza, porque en Jesús sabemos que podemos conseguir ser mejores y también hacer nuestro mundo mejor. Y esa alegría nadie nos la podrá arrebatar.
Claro que tenemos que reconocer que no siempre los cristianos damos esa imagen; muchas amarguras perduran en nuestro corazón, no siempre hemos sabido curar las heridas de nuestra alma y equivocadamente muchas veces nos hemos hecho una religión muy llena de tristezas, de mucho convencionalismo, y donde falta que brille la alegría de nuestra fe. Tenemos a Jesús, no nos falta su presencia, la fuerza de su Espíritu.
Hoy le hablan a Jesús de por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de Juan y de los fariseos. El ayuno connotaba entonces no solo el hecho de privarse de unos alimentos sino también unos posturas externas de seriedad, de tristeza, de llanto y de duelo. Y Jesús les responde que sus discípulos eso no lo pueden hacer. ¿Cómo los amigos del novio pueden estar tristes cuando están con su amigo celebrando el banquete de bodas?
Muchas actitudes profundas del corazón tenemos que cambiar. Es una nueva forma de ver y vivir la vida cuando estamos con Jesús. Por eso Jesús concluye que no podemos andar con remiendos ni con recipientes viejos. Todo ha de ser nuevo desde la fe que tenemos en El. Tenemos que ser ese hombre nuevo del que nos hablara luego Pablo en sus cartas. Son las actitudes nuevas del espíritu, los valores nuevos que aprendemos en el evangelio de Jesús. Y la alegría de nuestra fe tiene que brillar en nuestra vida para que contagie al mundo del espíritu de Jesús.

domingo, 14 de enero de 2018

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

En la vida somos mediaciones unos de los otros para muchas cosas. No podemos ser testigos directos de todo; no podemos estar en todos los lugares cuando suceden las cosas; por eso, digo, somos mediaciones los unos de los otros. Alguien que nos cuenta, noticias que nos llegan por distintos medios y hoy tenemos poderosos medios de comunicación que nos trasmiten al momento lo que pueda suceder en cualquier lugar del mundo.
Aunque también nosotros podemos leer en los mismos acontecimientos algo que va más allá del hecho en si descifrando algún tipo de mensaje o de lección que podemos recibir o aprender. Claro que para esto último tenemos que tener una especial sensibilidad, aprender a leer esos signos, tener una cierta profundidad en nuestra vida, en nuestro pensamiento o un sentido espiritual que nos haga trascender de verdad en la vida.
Esto en ocasiones nos cuesta porque quizá no tenemos bien calibrada esa sintonía del espíritu, o porque quizá nadie nos haya ayudado a descubrirlo. Vivimos quizá tan materializados en el día a día de las cosas presentes o que nos puedan dar una satisfacción en el momento que no nos hace gustar esos valores del espíritu y que pueden darnos una mayor altura a nuestra vida.
Tendríamos también que tener la humildad de dejarnos guiar, de acudir a donde podamos encontrar esa espiritualidad para nuestra vida, a esas personas que Dios va haciendo surgir también en nuestro entorno y que nos pueden ayudar en ello. Tenemos que pensar que solo por nosotros mismos no siempre conseguir mirar a esas metas más altas para nuestra vida.
Un poco de todo esto podemos ver reflejado en el evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en el comienzo de la vida pública de Jesús y son los momentos de los primeros encuentros, de los primeros discípulos. Dos discípulos del Bautista, allá en el desierto, se dejan guiar por el Precursor. Había, es cierto, una cierta sintonía en su corazón porque hasta las orillas del Jordán habían acudido para escuchar a aquel profeta que decía que preparaba los caminos del Señor.
Pero es la palabra de Juan las que les señala los primeros pasos. ‘Fijándose en Jesús que pasaba Juan lo señala: ‘Ese es el Cordero de Dios’. Y aquellos jóvenes inquietos se van tras Jesús; pero van preguntando buscando: ‘¿Qué buscáis?... Maestro, ¿Dónde vives?... Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. Juan, podíamos decir, había sido el medio, pero ellos se dejaron conducir. Juan les daba la noticia, pero ellos creyeron en su palabra y se fueron a buscar. Nos tiene que hacer pensar.
Encontraron lo que ansiaban sus corazones. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos discípulos del Bautista, va comentarle a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Siguen las mediaciones. Ahora es Andrés el que trasmite la noticia, el que sirve de cauce, de camino para que Simón venga también al encuentro con Jesús. La cadena continuará.
¿Cómo podrán creer en El si nadie se los ha anunciado?, se preguntaba Pablo en una de sus cartas. Esto es importante por una parte para que nosotros vayamos cada día más a un encuentro con Jesús, pero también para que pensemos qué es lo que nosotros estamos trasmitiendo. Es necesario el anuncio del Evangelio. ¿Cómo van a creer si nadie se los anuncia? Algunas veces tenemos la tentación de dar por sentado que ya el evangelio está anunciado y todos los conocen. Pero bien nos damos cuenta que la realidad es otra.
A cuántos en nuestro entorno, en esta sociedad en la que vivimos no les dice nada el evangelio, la religión, el hecho religioso, el cristianismo. Pero no les dice nada porque no se han encontrado con el evangelio, porque no se han encontrado con Jesús, porque no han descubierto de verdad el sentido cristiano, aunque luego todos hablen de religión y todos quieran expresar su opinión de lo que tiene que ser la Iglesia y lo que tendrían que hacer los cristianos. Y en esto tenemos nuestra parte los que nos decimos cristianos, los que venimos a la Iglesia. Quizá a nosotros mismos nos falte esa verdadera sintonía con el evangelio y con el mensaje de Jesús.
Pero además es que nosotros tenemos que hacernos portavoces de ese evangelio con nuestra vida, con nuestro testimonio, pero también con nuestra palabra. Juan no se calló, señalo a Jesús como el Cordero de Dios. Andrés no se calló, contó a Pedro que habían encontrado el Mesías. ¿A quien le contamos nosotros nuestra fe?
Hoy la Palabra nos ha hablado del niño Samuel que en sueños escuchaba la voz de Dios que le llamaba y no entendía quien le estaba llamando. Fue el Sacerdote Heli el que le ayudó a descubrir que Dios quería hablarle en su corazón. Le enseñó a decir ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que aprender a decirlo, a hacer silencio también en nuestro corazón para escuchar esa voz de Dios. Tenemos que ayudar a los demás a que también escuchen esa voz de Dios en su corazón. Qué hermosa sería la tarea de los padres que enseñan a rezar a sus hijos, que no solo le enseñaran oraciones aprendidas de memoria, sino que les enseñaran a sintonizar con Dios en su corazón. ¿Será esa también la tarea de nuestros catequistas en nuestras parroquias?
Escuchemos la voz de Dios que nos llama, que nos habla quizá a través de tan diversas mediaciones, pero no olvidemos que  nosotros somos también mediación para que otros puedan escuchar y saborear la llamada del Señor.

sábado, 13 de enero de 2018

Aprendamos a creer en las personas desterrando de nosotros prejuicios y discriminaciones con las que tantas veces llenamos nuestras relaciones

Aprendamos a creer en las personas desterrando de nosotros prejuicios y discriminaciones con las que tantas veces llenamos nuestras relaciones

1Samuel (9,1-4.17-19; 10,1a); Sal 20; Marcos 2,13-17

¡Cómo se te ocurrió contar con esa persona!, fue quizá la reacción y el comentario de alguien cuando decidimos contar con alguna persona en concreto para un trabajo o para una responsabilidad. Salieron todos los prejuicios, comenzaron a contarte toda su historia, se sacaron a relucir los tropiezos que ha tenido en su vida o las cosas en las que ha fracasado, parece que es una persona que no tiene sino defectos y no hay por donde tomarle alguna cosa buena.
Parece exagerado lo que digo, pero por muchos prejuicios nos dejamos llevar en la vida, con muchas rayas negras vamos marcando a muchos, muchas discriminaciones de todo tipo vamos haciendo en la vida. Cuánto nos cuesta confiar en la gente, dar una nueva oportunidad a quien quizás haya cometido un error, qué ansias de efectividad nos entran algunas veces para mirar más los resultados que a las personas. Nos cuesta olvidar y perdonar. Nos cuesta contar con las personas.
¿Es humano ir así por la vida? ¿Es de esa manera como quieres que te traten a ti también? Con posturas así, ¿haremos en verdad un mundo mejor? Seguro que queremos que confíen en nosotros, olviden nuestros errores o se fijen más en nuestros valores. Obremos, pues, en consecuencia.
Algo así había por allí en unos puritanos que querían decirle a Jesús que pensase mejor en las personas de las que se rodeaba. El estilo de Jesús es diferente. Jesús sí quiere contar con las personas. En el corazón de Cristo si hay comprensión y misericordia, resplandece el amor para seguir confiando en el hombre, en la persona.
Había pasado junto al mostrador de los impuestos y allí está Leví afanándose en su trabajo. Y Jesús se fijó en él. Quiso contar con él. ¿Cómo se atrevía Jesús? si los recaudadores de impuestos tenían tanta mala fama; hasta los llamaban publicanos, que era una forma de decir que eran pecadores. Es cierto que algunos se sobrepasaban. Pero es cierto que la misericordia de Dios es grande y es capaz de vencer todas nuestras resistencias y hacer que el corazón del hombre cambie.
No sabemos si Leví se merecía o no esa fama que todos se habían ganado, pero por allá andaban los fariseos y los escribas al acecho. ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y fariseos? Ya les estaban diciendo a los discípulos, que era una forma de querer desprestigiar a Jesús.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, sentenciaría Jesús. El médico es para los enfermos, los que se creen sanos no sienten la necesidad del médico. Y Jesús había venido a sanar, y no solo enfermedades o limitaciones corporales, sino a sanarnos desde lo más hondo. ¿No necesitarían quienes andaban con aquellos juicios acudir también a Jesús para que los sanase? Además, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los demás?
Muchas reflexiones nos podemos hacer a partir de este texto del evangelio. Admirable es la prontitud con que Leví responde y sigue a Jesús. Había disponibilidad en su corazón. ¡Cómo tendríamos que saber descubrir las señales de la llamada del Señor y responder prontamente a su invitación! Ahí tenemos el ejemplo.
Pero tendríamos que aprender a tener nosotros también esa mirada nueva que tiene Jesús para aprender a mirar a los que están en nuestro entorno y saber contar con los demás. Lejos de nosotros los prejuicios, las discriminaciones, las condenas sin sentido. Aprendamos a confiar en las personas. Nos llevaríamos gratas sorpresas si fuéramos más confiados para saber estar, para saber escuchar, para saber mirar, para saber contar con el otro.  Desterremos reticencias, recelos, desconfianzas; aprendamos a abrir el corazón, demos amor y recibiremos mucho amor y de donde menos lo esperamos quizás. Aprendamos a creer en las personas.

viernes, 12 de enero de 2018

Sepamos abrir las rendijas cerradas por el pecado de nuestro corazón para recibir el perdón que Jesús nos ofrece con el que nos sana y nos llena de paz

Sepamos abrir las rendijas cerradas por el pecado de nuestro corazón para recibir el perdón que Jesús nos ofrece con el que nos sana y nos llena de paz

1Samuel (8,4-7.10-22a); Sal 88; Marcos 2,1-12

El anuncio que Jesús ha comenzado a hacer es que llega el Reino de Dios. Hay que aceptarlo, creer en El y tener deseos de darle la vuelta a la vida para aceptarlo y vivirlo. Es la invitación a la conversión con la que ha comenzado su predicación.
Como signos de la llegada del Reino de Dios va realizando los milagros, en las curaciones de los enfermos e impedidos, como signo y señal de esa transformación que El quiere realizar en nuestras vidas y en nuestros corazones. Cura a los enfermos, hace caminar a los impedidos, limpia a los leprosos y también le hemos contemplado expulsando los malos espíritus que se han poseído del corazón de tantos. Es la señal de la victoria sobre el mal.
Pero no son solo esos males que podríamos llamar físicos o corporales de los que Jesús nos libera. Es algo más profundo lo que quiere realizar. Ya la en la expulsión del demonio, del espíritu inmundo que poseía a aquel hombre de la sinagoga, contemplamos esa señal. Pero Jesús quiere decirnos algo más. Quiere arrancar desde lo más hondo ese mal que se apodera del corazón del hombre que significa una ruptura interior, una ruptura con los demás, pero fundamentalmente una ruptura con Dios. Es el pecado el que quiere arrancar de nuestro corazón y para eso nos ofrece su perdón.
Nos lo expresa claramente en el episodio que nos narra hoy el evangelio. Es algo que algunas veces nos cuesta, por una parte entender y por otra aceptar en nuestra vida. No terminamos de reconocer la limitación tan terrible que produce el pecado en nosotros. Es todo un signo la parálisis de este hombre que llevan a Jesús y al que Jesús no solo sana de la limitación de sus miembros que le impiden caminar, sino también de la limitación – vamos a llamarla así – que hay en el alma, su pecado.
Cuantas veces nos encerramos en nuestro pecado – que quizá incluso ni queremos reconocer – y hasta nos cuesta llegar a Jesús. Pensemos por ejemplo en lo que motiva la mayoría de las veces nuestras oraciones; pedimos a Dios que nos ayude, que nos auxilie en nuestras necesidades, pedimos quizás por los demás y nos acordamos de quienes queremos, o incluso abrimos más nuestros horizontes para pedir por nuestro mundo, por la paz, por los que pasan necesidad, pero te pregunta ¿qué lugar ocupa en tu oración, yo me digo en mi oración, el pedirle perdón a Dios por nuestros pecados? Quizá se quede reducido a que en la misa comenzamos siempre reconociendo que somos pecadores, o ritualmente en aquellas oraciones en que invocamos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Al paralítico hubo unas personas que le ayudaron a llegar hasta Jesús. La dificultad de llevarlo en una camilla se vio aumentada con la gente que se agolpaba junto a la puerta e impedía su entrada. Cosas a pensar significativamente para nuestra vida. Ayudarnos unos a otros o ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús. Mucho tendríamos que preguntarnos en este sentido. Pero quienes querían ayudar a aquel hombre sortearon todos los obstáculos hasta abrir un boquete en el techo por donde hacerlo llegar hasta Jesús. Sepamos abrir rendijas de nuestra alma, sepamos disponer de espacios para que otros puedan encontrarse también con Jesús a través de las actitudes positivas que tengamos en la vida.
‘Tus pecados quedan perdonados… levántate toma tu camilla y anda’, son las palabras de Jesús, a las que algunos les cuesta aceptar. Bueno, esto nos daría para más amplias reflexiones. Aceptemos que Jesús nos cura y nos salva.  Aceptemos el perdón y la vida de gracia que Jesús nos ofrece. No seamos como aquellos fariseos que estaban por allí al acecho de Jesús, sintamos la alegría del perdón, del perdón que Dios nos ofrece por lo que tenemos que darle gracias y del perdón que llega de parte de Dios a los demás.
Alegrémonos de esa paz de Dios que puede llegar a todos los corazones. Levantémonos para ir al encuentro de los demás con la Buena Noticia del perdón de Dios que nos llega por Jesús y que dará la verdadera paz a nuestros corazones.

jueves, 11 de enero de 2018

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

1Samuel (4,1-11); Sal 43; Marcos 1,40-45

Creo que todos entendemos lo que significa que nos pongan una mano sobre el hombro. No solo es el toque de una llamada de atención. Es mucho más.
Estamos desanimados porque las cosas no nos salen como quisiéramos, nos sentimos tristes por algo que nos ha sucedido y nos hace sufrir, nos amargamos en nuestra soledad porque pensamos que nadie nos aprecia o nos tiene en cuenta, estamos inmersos en una lucha por algo que nos cuesta mucho y todo parece que se hace pendiente cuesta arriba, o estamos contentos y felices  por algo que nos ha sucedido quizá de improviso, esa mano en nuestro hombro despierta en nosotros muchas sensaciones, muchos sentimientos, mucho animo y mucha compañía, mucho alivio en nuestro sufrimiento aunque sigamos en el mismo dolor. Agradecemos de verdad que alguien se acerque así a nosotros y nos haga sentir así su presencia y su ánimo aunque no nos diga palabras. El gesto habla por si solo.
¿Cómo se sentiría aquel leproso que se había atrevido a mezclarse entre la gente para llegar hasta Jesús y pedirle con toda su fe y confianza que le curara, cuando Jesús alargó su mano y lo tocó? Nadie se atrevía a tocar a un leproso. No era solo el miedo del contagio sino que para sus sentimientos incluso religiosos aquello era causa de impureza; por eso los leprosos tenían que vivir apartados de todos, aislados, no podían acercarse a nadie sano e incluso si alguien se acercaba tenían la obligación de gritar que ellos eran unas personas impuras.
Pero Jesús alzó su mano y lo tocó. Aunque no hubiera logrado la curación que pedía en el gesto de Jesús se sentía curado de otros sentimientos negativos que podían abrumar su espíritu. Alguien le había tocado, no había tenido miedo, de alguna manera le estaba diciendo que quería contar con él. Era el mejor gesto que pudiera recibir. Pero además Jesús le había curado de su lepra y tras cumplir las prescripciones legales podía regresar a estar con los suyos en medio de la comunidad. Con razón se había puesto a dar saltos de alegría y aunque Jesús le recomendara que no lo dijera a nadie él no podía callar, tenia que contar a todos que Jesús le había curado.
Quiero detenerme aquí en mi reflexión, en el gesto de Jesús. Vamos demasiado por la vida sin mirar a los ojos de los demás. Damos los buenos días quizás a quien nos encontramos pero nuestra mirada va perdida. Ese buenos días no es sinceramente interesarnos por la persona para desearle lo mejor sino simplemente un formulismo de saludo. Pasamos al lado de alguien que se encuentra al borde del camino en la vida y como aquellos de la parábola damos un rodeo, porque no nos acercamos, no miramos, no tendemos la mano, no tenemos la palabra amable que se interesa por la persona. Preferimos poner la limosna que damos en la cesta que tiene a sus pies que tenderle la mano para dársela en su mano. Es bien significativo.
Nuestros gestos de amabilidad no pueden ser puros formulismos, sino que tenemos que poner corazón, cercanía y sintonía; tenemos que aprender a detenernos y abajarnos porque nunca tenemos que estar o sentirnos en mayor altura que los demás. Cuantas cosas se nos pueden sugerir en este aspecto. Cuanta ternura tenemos que poner en nuestro corazón pero expresarlo también con nuestra cercanía y con nuestros gestos humildes, pero muy llenos de amor. Cada uno tiene que sacar sus conclusiones y analizar como lo hace en su vida. Tenemos que aprender a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado con sus sufrimientos o con sus soledades.

miércoles, 10 de enero de 2018

Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, que no es solo para nosotros mismos, sino para orar y abrirnos a Dios

Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, que no es solo para nosotros mismos, sino para orar y abrirnos a Dios

1Samuel (3,1-10.19-20); Sal 39; Marcos 1,29-39

Un día me comentaba un amigo que se sentía estresado; había tenido que trabajar con mucha intensidad aquellos días porque quería sacar adelante unos proyectos y ahora estaba agotado, necesitaba descansar, hacer una parada en sus actividades, relajarse, pensar en otra cosa. Cosas así pasan muchas veces, nos pueden pasar a nosotros también cuando nos vemos inmersos en intensas actividades y quizá no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y necesitamos unos momentos de relax, que descansar no es dormir aunque también se necesita, sino detenerse en medio de todo ese ajetreo para tener tiempo para uno mismo, para pensar y para reflexionar, para plantearse quizás mejor las cosas, para poner orden quizás en su vida.
Esto que sucede y que necesitamos en nuestra vida laboral, en nuestra vida familiar y social, lo necesitamos espiritualmente también. Quizá nos materializamos demasiado en la realización de muchas cosas y necesitamos algo más profundo para nuestra vida o algo que nos haga volar más allá de esas cosas materiales que nos ocupan todo nuestro tiempo. Es un tiempo de silencio interior para no dejarnos embrutecer por los ruidos de la vida.
Es la reflexión que necesitamos sobre la vida y su sentido pero que para el creyente es algo más que llamamos oración. Una oración que nos trasciende, nos eleva, nos lleva hasta nuestro Creador y Hacedor de nuestra existencia, que nos introduce en el misterio de Dios en quien encontraremos verdadera luz y toda la fuerza que necesitamos. No es solo silencio para poner en orden nuestras cosas sino es también escucha del misterio de Dios. Es abrirnos a Dios para sentirnos en su presencia, pero también para escucharle.
Muchas veces cuando pensamos en la oración nos hacemos como una lista de todo lo que tenemos que pedir por nosotros y por nuestras necesidades, y también por los seres que queremos o por nuestro mundo. Pero la oración va mucha más allá de lo que es petición, porque es dejarnos envolver por el misterio de Dios, pero es también escucha para descubrir todo el sentido de Dios en nuestra vida, lo que Dios quiere de nosotros o los horizontes nuevos que va abriendo como caminos nuevos delante de nosotros.
Nos cuesta ese tipo de oración y nos podemos quedar en una simple reflexión en que nosotros mismos nos contestemos a nuestras propias preguntas, o puede ser un silencio que nos duela y del que queramos salir. Pero tenemos que saber aprender a gustar esa presencia de Dios; sentir el gusto de cómo nuestro corazón se abre a Dios para dejarse conducir por El porque es quien de verdad nos lleva a plenitud. Necesitamos de la oración que nos haga trascender en nuestra vida, que eleve nuestro espíritu y nos haga profundizar en nuestro propio ser. No es fácil y necesitamos un aprendizaje que solo se puede hacer queriendo hacer de verdad oración.
El texto de evangelio que hoy se nos ofrece todo esto nos sugiere, pero nos pudiera pasar también desapercibido. Nos está narrando la intensa actividad de Jesús en Cafarnaún con tanta gente que viene hasta El y como El también quiere ir a otros sitios. Pero hay un renglón en medio que se nos puede pasar desapercibido. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’.
Lo que nosotros necesitamos hacer. Saber encontrar ese momento para nosotros mismos, pero que no es solo para nosotros mismos, sino es para abrirnos a Dios, para orar. No es solo encontrar ese momento de relax y descanso que también lo necesitamos para poner quizá en orden muchas de nuestras cosas, sino para algo más, para abrirnos al misterio de Dios. Ojalá sepamos encontrarlo.