domingo, 2 de agosto de 2015

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35
Buscaban a Jesús. ‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ Al no encontrarlo allá donde en la tarde anterior había realizado aquel gran signo de la multiplicación de los panes, habían buscado modo en la mañana de llegar a Cafarnaún. Y aquí se lo encuentran. Y es entonces, la pregunta.
Buscamos a Jesús. ¿Habremos visto nosotros también signos de algo? ¿hay inquietud en nuestro corazón? ¿hay algo que nos ha llamado la atención y nos preguntamos del por qué de las cosas? ¿hay quizá ansias de trascendencia en nuestro corazón? También tenemos que preguntarnos por qué buscamos a Jesús. Ahora mismo estás leyendo esta reflexión. Has ido tantas veces a la Iglesia, o vas a misa todos los domingos o en algunas ocasiones. Hay algo quizá en tu interior que te llama, te hace buscar, te hace hacerte preguntas. ¿Buscamos a Jesús? ¿por qué lo buscamos?
Cuando aquellas gentes de Cafarnaún le están preguntando a Jesús como ha llegado hasta allí porque ellos no le habían visto marcharse, pero luego no lo encontraban, Jesús quiere hacerles pensar, hacer que se pregunten también por qué lo buscan. ¿Sólo por el milagro del que fueron beneficiarios en la tarde anterior? ¿solo porque les curaba a los enfermos? ¿o había alguna otra inquietud en su corazón?
‘Os lo aseguro, les dice, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. Algo mucho más hondo tenemos que buscar, aunque algunas veces no sepamos bien lo que estamos buscando. No nos podemos quedar en nuestra relación con Dios en ese milagro fácil que nos resuelva nuestros problemas materiales. Es cierto que también en eso tenemos que acudir al Señor. Pero es algo mucho más hondo lo que El quiere darnos, lo que tenemos que buscar en El.
‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre…’ Tenemos que buscar lo que verdaderamente es importante; tenemos que buscar lo que en verdad dé mayor plenitud a nuestra vida, lo que realmente nos haga crecer, lo que verdaderamente nos haga más humanos y más divinos a la vez. Hay valores que son importantes y que no son cosas que podamos palpar con nuestras manos, pero son cosas que nos hacen mejores, que nos hacen encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos y a toda nuestra vida.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Dónde podemos encontrar todo eso?  Es lo que la gente le está preguntando a Jesús. En cierto modo aunque les cueste entender se están dando cuenta de que es algo más lo que tienen que buscar. Piensan quizá en obras, en cosas materiales, pero Jesús les irá ayudando a que den pasos. ‘¿Y qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?’, se preguntan y preguntan a Jesús.
De entrada es querer dejarnos guiar; no vamos a ser nosotros solos, por nuestra cuenta lo que vamos a encontrarlo. Es la confianza y la fe que hemos de poner en Jesús, en su palabra. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que El ha enviado’. Creer en Jesús. Aunque han visto sus milagros, como sucederá tantas veces a lo largo del evangelio, todavía siguen pidiendo más pruebas. Seguimos pidiendo pruebas, no terminamos de convencernos, no terminamos de abrir los ojos, o de abrir el corazón. Ellos les recuerdan que Moisés en quien habían confiado sus padres cuando salieron de Egipto - aunque también les costó bastante confiar en Moisés - les había dado milagrosamente el maná, el pan del cielo. Y es lo que ahora le recuerdan a Jesús.
Les está ahora descubriendo Jesús que allí hay alguien mayor que Moisés. Es cierto que Moisés en la misión que Dios le había encomendado les había sacado de Egipto y allá en el Sinaí les dio la ley del Señor. Verdadero constructor del pueblo de Dios podemos decir que fue la misión de Moisés. No solo los condujo por el desierto, los liberó de Egipto o los hizo pasar el mar Rojo sino que fue haciéndolos pueblo, haciéndolos comunidad, ayudándoles a descubrir los designios de Dios, la voluntad del Señor.
Pero ahora en medio de ellos está el que viene en nombre del Señor, el Verbo de Dios encarnado que viene a descubrirnos el más profundo rostro de Dios y el verdadero y más profundo sentido del hombre. No son solo unos milagros lo que Jesús viene a hacer; los milagros son signos de lo más profundo que Dios quiere hacer en el corazón del hombre. Jesús viene como Palabra de Dios, como revelación de Dios y en Jesús vamos a encontrar ese verdadero y más profundo sentido del hombre y de la vida.
Ese alimento que Jesús quiere darnos, en ese pan bajado del cielo, es El mismo, porque El es la Sabiduría de Dios, la Revelación de Dios, la Palabra de Dios que se ha encarnado y se ha hecho Emmanuel, se ha hecho Dios con nosotros. Con nosotros está y con nosotros camina, a nosotros nos muestra el amor de Dios y a nosotros nos enseña a amar con ese mismo amor de Dios. Y, ¿cómo podemos hacerlo? Llenándonos de la vida de Jesús, por eso hoy nos dirá -y es principio de lo que seguiremos escuchando en los próximos domingos - que El es ‘el Pan de vida; quien viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará sed’. Ese pan es la Sabiduría de Dios, es el Verbo de Dios, es la Vida de Dios.
Busquemos a Jesús. Sigamos buscando a Jesús. Sigamos queriendo vivir a Jesús.

sábado, 1 de agosto de 2015

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12
Es de persona sabia el ir sacando lecciones de cuanto le sucede en la vida, sea bueno o sea malo. Es un querer aprender, es un deseo de saber y de todo cuanto le va sucediendo querer ir aprendiendo. De lo bueno, para sentir el estimulo de superación de si mismo como de querer aprender de lo bueno que ve en los demás; de aquellas cosas que no son buenas o son verdaderamente negativas para aprender a apartarse de ellas, no dejar que su veneno inocule nuestra vida y nos lleve también a la muerte de lo negativo.
Algunas personas cuando ven en la Escritura santa, en la historia del pueblo de Israel hechos que no son edificantes sino que son realmente pecaminosos piensan que quizá esos textos no tendrían que estar allí; pero hemos de darnos cuenta de que están como ejemplo del mal que existe en la vida, en el mundo que nos rodea y que nos puede envenenar a nosotros mismos y de lo que hemos de aprender la lección para nosotros apartarnos de un mal así.
El evangelio de este día nos narra un hecho realmente desagradable que nos refleja esas malas pasiones que nos pueden arrastrar hacia el mal o esas cobardías en las que podemos caer tantas veces y ante las que nos hemos de prevenir. Es el martirio de Juan el Bautista. Está por supuesto el testimonio de valentía profética del Bautista para denunciar lo mal aunque eso le lleve a la prisión y a la muerte. Pero a contraluz está toda la negatividad de la vida de Herodes.
Está su forma de vivir inmoral al vivir en adulterio con la mujer de su hermano que es lo primero que le denuncia Juan el Bautista; pero está su estilo de vida materialista, sensual, sus banquetes y su forma de vivir de manera superficial; pero están sus temores interiores y sus cobardías, su miedo al que dirán y sus promesas incongruentes de quien está acostumbrado a una vida fácil y superficial que tiene lo que quiere abusando de su poder.
Aparece desde un primer momento su mala conciencia; cuando oye hablar de Jesús, se acuerda del Bautista a quien había mandado decapitar; lo que oye de Jesús despierta su conciencia que ha querido quizá adormecer en su vida insulsa y sin sentido y le vienen los miedos y los remordimientos.
Cuidado nos pasen cosas así, cuando tenemos mala conciencia por aquello que hemos hecho y que quizá queremos acallar de cualquier manera. Si hiciéramos siempre el bien y lo justo no nos aparecerían esas malas conciencias y remordimientos. Pero nosotros sabemos que podemos acudir a quien restaure nuestra vida con el perdón si con humildad nos presentamos con verdadero arrepentimiento; y el arrepentimiento no es solo ese mal momento que pasamos cuando nos damos cuenta que hemos hecho el mal, sino tiene que ser la voluntad firme y decidida de corregir nuestros errores, de cambiar nuestra conducta, de enmendar lo hecho pero también reparando el daño.
Mucho más podríamos seguir reflexionando en torno a esta figura de Herodes para no caer en sus mismos males. Creo que nos damos cuenta de toda esa cadena que como en una espiral sin fin le ha llevado incluso a la muerte del Bautista. Rompamos esa cadena y esa espiral del mal en nuestra vida, revisando, corrigiendo, enmendando, purificando, mejorando con la ayuda de la gracia del Señor. Que no nos puedan las superficialidades de la vida; que no andemos simplemente con el miedo al que dirán; que tratemos de ser siempre justos y de darle verdadera profundidad a nuestra vida.
Seamos ese hombre sabio que sabemos sacar lecciones de la vida que nos valgan para nuestro crecimiento y maduración como personas y como creyentes en Jesús.

viernes, 31 de julio de 2015

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
Podríamos comenzar afirmando que el sentido de fiesta es algo que lleva el ser humano, por así decirlo, impreso en lo más profundo de su ser. Una manifestación de alegría y de gozo compartido que viene como a expresar también sentimientos de gratitud por el bien recibido ya sea de la vida misma o del mismo compartir con los que convivimos. En el creyente este sentimiento de fiesta, de alegría se eleva sobre si mismo para trascender hasta el que es el Creador y Redentor de su vida. Por eso en la experiencia religiosa de todos los hombres siempre ha estado unida la fiesta también a esas expresiones del culto a Dios.
El Levítico prescribe esas fiestas que el pueblo judío ha de realizar a través del año. ‘Estas son las festividades del Señor, en las que convocarán a asambleas litúrgicas’, les dice Moisés. Y señala la fiesta de la Pascua, como la fiesta de las siete semanas - Pentecostés - que es la fiesta de la ley, la de los tabernáculos para recordar su peregrinar por el desierto, la de la expiación. Serán convocados en asamblea; la fiesta nunca tiene un carácter particular o individualista, sino que siempre se ha de realizar en el compartir; y en esas asambleas siempre se dará gloria al Señor en recuerdo de las maravillas que el Señor ha realizado en su pueblo.
Para nosotros cristianos ya para siempre nuestra fiesta es Cristo. Es el motivo y razón de ser de nuestra alegría más profunda en la salvación recibida en el amor de Dios que se nos manifiesta en Cristo. Por eso el centro de las fiestas cristianas es la Pascua, en la que celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Pero más aun cada semana, en el primer día de la semana, el día que resucitó el Señor, los cristianos seguimos reuniéndonos en asamblea litúrgica para celebrar la Pascua del Señor.
Qué sentido más hermoso tiene para nosotros el domingo. Es el día del encuentro, del compartir, donde la familia ha de verse reunida cuando durante la semana hemos caminando cada uno en nuestros quehaceres y ahora el descanso dominical nos facilita ese encuentro, pero es también el día del Señor, donde además nos reunimos en asamblea litúrgica para alabar al Señor que nos salva, al Señor que nos ama y que está con nosotros.
Pero también tenemos que reconocer que vamos perdiendo ese hermoso sentido del domingo, y algunas veces mas que momento de encuentro parece momento de dispersión en que cada uno sigue yéndose por su lado; es una lástima que se pierda ese sentido humano de la fiesta que ha de tener el domingo cada semana, como se pierde el sentido familiar, pero también se vaya perdiendo ese sentido religioso y ya a Dios lo hemos aparcado a un lado en el día del Señor, olvidándonos del sentido más profundo que tendría que tener el domingo.
Y algo parecido tendríamos que decir de nuestras fiestas populares, en su origen con un profundo sentido religioso, pero del que queda el recuerdo de que es la fiesta de este santo o de aquella virgen o aquel Cristo, pero que en la mayoría de los que celebran la fiesta eso se queda en un muy postrero lugar. Se sigue con la fiesta, porque el ser humano siente necesidad de expresar esa alegría y ese encuentro con los demás compartiendo sus gozos y sus esperanzas, aunque hemos de reconocer que mucho de eso en su sentido más profundo también se va perdiendo quedándose muchas veces en algo así como una orgía donde se pierde todo sentido.
Creo que los cristianos, los verdaderos creyentes tenemos mucho que hacer y que decir en ese sentido; por una parte para vivirlo nosotros mismos con intensidad, pero también que recuperemos los sentimientos más humanos en nuestras relaciones interpersonales y en la convivencia con los demás, dándole un profundo y sano sentido a nuestra alegría y a nuestra fiesta. Y claro, nosotros creyentes no podemos olvidar ese sentido religioso de alabanza y acción de gracias al Creador.

jueves, 30 de julio de 2015

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, decimos con el salmista ansiando entrar en la presencia del Señor.
Aunque muchas veces por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos del Señor y parece que rehuimos su presencia, en el fondo del corazón humano tenemos las ansias de la plenitud de Dios. Buscamos a Dios, queremos sentir su presencia, ansiamos gozar un día de las moradas eternas.
El relato del Éxodo nos describe cómo Moisés fue construyendo el santuario de Dios ‘ajustándose en todo a lo que el Señor le había mandado’; nos lo repite como una muletilla una y otra vez según va poniendo todos los paramentos del santuario del Señor. Dios que los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, como un paso de libertad, y les había dado su ley allá en lo alto del Sinaí estableciendo con su pueblo su Alianza, quiere manifestarles que su presencia permanece para siempre entre ellos. El Santuario donde se manifiesta la gloria del Señor es un signo de esa presencia.
Nosotros también tenemos en medio de nuestro pueblo esos signos de la presencia de Dios en los templos sagrados donde nos reunimos en Asamblea para celebrar la Eucaristía, alimentar nuestra fe y sentir el gozo de la comunión de los hermanos. Con respeto santo nos acercamos a ese lugar sagrado queriendo sentir esa presencia de Dios que se hace gracia para nosotros, porque es un regalo de amor.
Pero también somos conscientes de que el verdadero templo de Dios somos nosotros que para eso fuimos ungidos y consagrados en nuestro Bautismo, para ser esa morada de Dios y ese templo del Espíritu. Dios quiere habitar en nuestros corazones y así en todo momento hemos de saber también sentir su presencia y su gracia de amor. Decíamos antes que por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos de Dios, manchamos ese templo del Espíritu que somos nosotros, pero siempre confiamos en el amor y la misericordia del Señor que nos purifica, que restaura esa gracia en nosotros, que nos santifica una y otra vez.
Y una consideración más que nos tendríamos que hacer es que si aquel santuario levantado por Moisés se convertía en un signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo como son también nuestros templos, no hemos de olvidar que por la santidad de nuestra vida también nosotros hemos de ser signos de la presencia de Dios en nuestro mundo. Nuestro amor y nuestra santidad son signos del amor y de la santidad de Dios a la que todos estamos llamados.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, recordábamos al principio con el salmista. No olvidemos que somos esa morada de Dios, gocémonos con su presencia.

miércoles, 29 de julio de 2015

Ir al encuentro con el Señor es encontrarnos con la vida

Ir al encuentro con el Señor es encontrarnos con la vida

Éxodo 34,29-35; Sal 33; Juan 11,19-27
Todos queremos vivir, todos buscamos la vida. Parece que algunas veces no sabemos como encontrarla. No es solamente mantener la respirar y que el corazón siga  palpitando. Sentimos que es algo más. Queremos vivir y parece que algunas veces andamos a ciegas. No terminamos de encontrarnos con la vida verdadera. Queremos vivir y buscamos placeres; queremos vivir y nos llenamos de cosas que terminan poseyéndonos a nosotros; queremos vivir y nos mostramos dominantes creyéndonos superiores a todo; queremos vivir y nos dejamos arrastrar por cualquier cosa que nos llame la atención; queremos vivir y nos convertimos en reyes de todo y de todos. ¿Serán esos los caminos que nos llevan a una vida en plenitud? ¿Serán solamente unas pasiones las que nos mantienen con vida? ¿Es cosa solo de sentimientos?
Preguntas difíciles y búsquedas costosas. No nos podemos quedar en lo superficial, solo en lo que brilla y reluce exteriormente. Tenemos que buscar allá en lo más hondo de nosotros. Buscar lo más noble que pueda haber en nuestro interior. Ansiar lo que nos de verdadera felicidad porque nos haga alcanzar una plenitud dentro de nosotros mismos que nada ni nadie nos pueda arrebatar.
Es una búsqueda de un sentido para nuestra vida. Hay cosas que nos suceden que nos llenan de sombras; hay momentos duros que nos parece que nada tiene sentido; nos aparece el dolor y el sufrimiento; los problemas y dificultades que encontramos en las relaciones con los demás nos desestabilizan y nos hacen perder el pie; cuando nos dejamos arrastrar simplemente por nuestro yo, nuestros caprichos y pasiones, al final nos sentimos vacíos porque nada nos llena.
Necesitamos una luz que nos oriente, que nos haga encontrar lo que de verdad nos llene de plenitud; necesitamos encontrar motivos para luchar, para superarnos, para seguir adelante a pesar de los contratiempos; hemos de buscas metas que nos den sentido y orientación a nuestro caminar, porque cuando caminamos sin metas vamos errantes y perdidos; hemos de saber elevar la mirada por encima de todas las sombras de muerte que nos rodean para encontrar la luz verdadera.
Nosotros los cristianos miramos a Cristo. En El vamos a encontrar esa plenitud que buscamos; su vida va a dar un sentido a nuestra vida. No le miramos lejano, sino caminando a nuestro paso; es Dios que se hizo hombre para caminar nuestros mismos caminos, para sufrir nuestros mismos sufrimientos. Por eso nos dirá que es Camino y es Verdad y es Vida.
Hoy en el evangelio vemos a una mujer, Marta, que sufre en medio de las sombras de la muerte, la muerte de su hermano Lázaro sostén de su familia, pero que en medio de sus lágrimas sabe ir al encuentro de Cristo. ‘Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro’. En El no solo va a encontrar palabras, sino que se va a encontrar de nuevo con la vida.
Escuchará que Jesús le habla de resurrección y de vida, la habla de plenitud. Ella cree y espera en la resurrección al final de los tiempos, pero sigue en su mar de dudas porque sigue en el momento presente. Es cuando Jesús le dice que El es la resurrección y la vida, que en El es donde podemos encontrar ya ahora esa vida en plenitud, a pesar de las sombras, a pesar de los sufrimientos, a pesar de los momentos malos por los que podamos pasar. Jesús es la resurrección y la vida, y lo que necesitamos es contemplarlo a El, contemplar su vida, su entrega, su amor hasta el final.
Marta se encontró con la vida no solo porque su hermano Lázaro resucitó sino porque en ella se hizo firme la fe, en ella se mantuvo la línea de su vida del servicio y del amor. Algo nuevo comenzaba a darle un sentido a su vida. Es lo que tenemos que encontrar en Cristo. Por eso como Marta vayamos al encuentro de Cristo, aunque nos cueste, aunque tengamos que salir de muchas cosas de nosotros mismos, y nos vamos a encontrar con la vida verdadera. Se nos acabaran las dudas y las incertidumbres, se apagarán las oscuridades porque se encenderá una nueva luz en nuestro corazón.

martes, 28 de julio de 2015

Somos los hijos que vamos al encuentro del Padre y Dios es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón

Somos los hijos que vamos al encuentro del Padre y Dios es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
‘El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo’. Hermosa expresión para expresarnos la familiaridad en la relación de Dios y Moisés. Una hermosa expresión de la intensidad con que hemos de vivir nuestra oración.
Nos acercamos a Dios y ¿quiénes somos nosotros pequeñas criaturas para entrar en relación con nuestro Creador? Pero Dios en su inmensidad se acerca al hombre, permite que podamos entrar en su conocimiento porque El nos ama y se nos revela. Estamos ante el Misterio y sentimos nuestra pequeñez y nuestra incapacidad. Pero grande es el amor del Dios que se nos manifiesta y se nos revela, el Dios que se hace cercano y podemos sentirlo y vivir su presencia allá en lo más hondo de nuestro corazón.
Aunque Dios se nos revela y es su Espíritu el que anida en nuestro corazón para que podamos así gozarnos de su amor y atrevernos a acercarnos a El, nos sentimos incapaces y no sabemos cómo hacer, como entrar en esa comunión con Dios, cómo mejor hablarle y cómo mejor escucharle, cuando por otra parte tantas veces nos hacemos oídos sordos a su llamada y hasta llegamos en nuestra inconsciencia a rechazar su amor.
Pero Dios se ha hecho Emmanuel, se ha hecho Dios con nosotros para hacernos sentir su presencia, para que nos gocemos de su amor. En Jesús aprendemos toda esa cercanía de Dios y queriendo escuchar su Palabra y seguirle sabemos que estamos entrando en ese camino de Dios, en ese camino que nos lleva a Dios.
Además de contemplar su presencia en Jesús que se hace cercano a todos y a todos nos manifiesta lo que es el amor de Dios, si escuchamos su Palabra iremos aprendiendo cómo Dios quiere habitar en nosotros, cómo puede ser la mejor forma de entrar en relación con Dios con nuestra oración. Jesús nos ha enseñado a orar, nos ha enseñado a llamar a Dios Padre y sentirle y vivirle como tal. Nos concede la fuerza y la presencia de su Espíritu allá en lo más hondo de nuestro corazón para que aprendamos a orar y para que podamos hacer la mejor oración. Y nos dice que si guardamos su Palabra y cumplimos sus mandamientos sentiremos un especial amor del Padre en nosotros y vendrá a habitar en nuestro corazón, en nuestra vida.
Claro que reconociendo con nuestra fe su grandeza y su inmensidad pero reconociendo también y gozándonos de su amor podemos entrar en esa relación nueva con Dios a quien podemos llamar Padre, a quien tendremos que sentir siempre como Padre. Es una relación filial, una relación de amor la que podemos establecer con el Señor en toda nuestra vida. Tendremos momentos de mayor intensidad e intimidad en la presencia de Dios con nuestra oración, pero es que allá donde estemos, allá donde vayamos sabemos que siempre estamos en su presencia y en todo momento puede y debe surgir nuestro corazón esa expresión de amor para con nuestro Dios.
Comenzábamos recogiendo el texto del Éxodo que nos expresaba esa relación de Moisés con Dios con quien hablaba cara a cara como se habla con un amigo. Así y más aún podemos y tenemos que hablar con Dios porque somos los hijos que vamos al encuentro de nuestro Padre, es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón.

lunes, 27 de julio de 2015

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35
Nos habla el evangelio del grano de mostaza o del puñado de levadura, y lo hace para decirnos como es el Reino de Dios, el Reino de los cielos, en expresión del evangelista Mateo. Algo pequeño e insignificante como una semilla que se hace una planta grande; algo muy sencillo aparentemente que parece que no tiene fuerza en si mismo pero que luego hace fermentar la masa.
Como decíamos nos propone Jesús estas parábolas para hacernos comparación o semejanza de cómo es el Reino de Dios; en nuestro pensamiento pudiéramos verlo como algo ajeno o fuera de nosotros; decimos que así es la Iglesia y quizá podemos pensar en algo así como un ente, al que sí pertenecemos pero que no somos nosotros. A mi me gustaría ver esas parábolas como signos de lo que se realiza en mi. El Reino de Dios no es algo ajeno o distante de mi vida, sino que en mi vida tengo que vivirlo; pero aun más podemos que el Reino de Dios es Jesús, Jesús presente en nuestra vida que nos vivifica, nos llena de vida.
Cuando nosotros hemos aceptado a Jesús nuestra vida tiene otro sentido, otro valor. Creer en Jesús no es solo un acto meramente intelectual, por así decirlo, con el que nuestra fe decimos que creemos en El porque aceptamos su existencia o reconocemos el valor y la riqueza de todo su mensaje. De ahí partimos, sí, pero aceptar a Jesús es mucho más, porque aceptar a Jesús es comenzar a vivir su misma vida; esa riqueza de su mensaje no se queda en unas palabras que guardamos en un libro; ese mensaje de Jesús lo hacemos vida en nuestra vida; desde ese mensaje de Jesús queremos vivir de una forma distinta, tal como El nos enseña; aceptando a Jesús nos dejamos transformar por El para vivir como El.
Es lo maravilloso de nuestra fe; es lo maravilloso de nuestro encuentro con El. No nos deja insensibles; una vez que nos encontramos con El ya nuestra vida no puede ser igual, porque en El nos sentimos vivificados. Es la imagen que nos está proponiendo hoy en la parábola de la levadura que fermenta la masa. Aceptamos a Cristo y nuestra vida se fermenta para ser otra vida, recogiendo la imagen. Todo va a tener otro sabor, otro sentido, otro valor. Ya no podemos vivir igual. Es toda la profundidad de transformación que se realiza en nosotros cuando nos encontramos de verdad con El.
Por eso siempre decimos que no es solo saber cosas de Jesús. Lo importante es el encuentro vivo con El. Un encuentro que es un misterio que se realiza en nosotros. De muchas maneras El nos sale al encuentro, viene a nuestra vida; no todos lo experimentamos igual, pero sí es importante que tengamos esa experiencia viva de un encuentro vivo con Jesús. ¿No es lo que vemos en el Evangelio con aquellos que iban a ser sus discípulos? ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ preguntaban Andrés y Juan y se fueron con Jesús. Estuvieron con Jesús y ya inmediatamente salieron también anunciando la buena nueva de Jesús.
Que esa levadura de Jesús que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida; grande es la tarea porque fermentados en Jesús tenemos que transformar nuestro mundo.

domingo, 26 de julio de 2015

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

2Reyes 4,42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre. Y cuando decimos el hambre del hombre nos referimos, sí, a esas necesidades materiales que sostienen nuestra vida, pero queremos ver más allá en toda la inquietud y el deseo más profundo que pueda haber en el corazón de la persona en la búsqueda de la vida en toda su plenitud. No podemos pensar en Jesús como en quien pasa junto a nosotros pero no nos escucha ni atiende esos deseos de nuestro corazón o esas necesidades de todo tipo que podamos tener latentes ahí en nuestro espíritu.
‘Jesús marchó a la otra parte del lago de Galilea o Tiberíades, nos cuenta el evangelista. Y lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Jesús contempla aquella multitud que lo seguía. ‘Levantó los ojos al ver que acudía mucha gente…’
Vamos a fijarnos en esos gestos de Jesús en este episodio del evangelio que estamos reflexionando. ‘Levantó los ojos…’ y contempló aquella multitud que allí se apiñaba. No era una mirada cualquiera. Jesús estaba mirando y fijándose en aquellas personas concretas que ante él estaban con sus deseos de estar con él, con sus ilusiones o sus desesperanzas, con sus problemas y sus necesidades, con el ansia de algo nuevo que había en sus corazones.
Levantó los ojos para mirar y para fijarse. Cómo tenemos que aprender a mirar. Miramos tantas veces porque los ojos están abiertos pero no miramos, no nos fijamos, no nos damos cuenta de quien está delante de nosotros. Nos habrá sucedido tantas veces que vamos por la calle ensimismados en nuestros pensamientos y quizá alguien nos para y nos dice que si no nos fijamos en los que pasan a nuestro lado. Vamos a lo nuestro; no estamos pendientes de nadie y pasamos junto a alguien que quizá esté esperando nuestra mirada; pasamos y no nos damos cuenta de las necesidades o de los sufrimientos de aquellos que están a nuestro lado; seguimos nuestro camino y no compartimos ni una sonrisa ni una palabra amable con aquellos con los que nos cruzamos. Vamos demasiado a lo nuestro en los caminos de la vida.
Jesús miró y se dio cuenta de las necesidades de aquellas personas. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Estaban hambrientos porque quizá llevaban ya varios días lejos de sus hogares y las provisiones se les habrían acabado. Y Jesús está atento. Quiere encontrar soluciones. Ve la realidad de aquella gente que está sin comer, y ve la realidad de lo poco que ellos tienen. Está enseñando a mirar a los discípulos. No es cuestión de ver cuanta gente hay o la necesidad que tiene, sino que se trata de despertar nuestro corazón para buscar soluciones, buscar caminos de salida a los problemas o necesidades.
Esa mirada de Jesús, esa inquietud de Jesús va a suscitar algo en los demás; que se empeñen en encontrar soluciones; que busquen allí donde pueda haber algo, aunque sea poco y pequeño pero aprendiendo también a valorarlo. Cuantas veces porque no tenemos la solución total en la mano a los problemas nos cruzamos de brazos; que se las arreglen, que otros sean los que ayuden a solucionar, pero nosotros nos desentendemos.
Pero comienzan a abrirse los corazones y comienzan a aparecer las actitudes solidarias, aunque nos parezcan pequeñas o que no dan la solución completa. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pero Jesús les pide que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio.
Sentarse juntos que es una expresión de cercanía y una forma de compartir la vida; sentarse juntos que nos enseña a escuchar y a compartir, a mirar de una forma más cercana y a abrir el corazón, a darnos cuenta lo que valen los cinco panes y dos peces de los demás; sentarse juntos que es una forma de detener nuestras carreras y nuestras prisas para saber ir al paso de los demás; cuantas veces en nuestras carreras no sabemos medir el ritmo de la vida de los que caminan a nuestro lado. Antes quizá venía cada uno por su lado porque querían estar con Jesús, pero ahora comienzan a saber estar también con los demás. No son solo los cinco panes y dos peces lo que van a compartir, sino que puede ser una nueva forma de entender la vida, de caminar juntos por la vida, de darnos cuenta de quien con nosotros está haciendo el mismo camino de la vida. Así seremos amables, humildes, comprensivos con nuestros hermanos, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios.
Jesús bendice y da gracias a Dios tomando los panes en sus manos y dándoselos para que los repartieran. Aprender a repartir y a compartir; aunque sea poco, aunque sea pequeña la cantidad. Repartir con generosidad, sin tacañerías, lo que quisieran, lo que necesitaran. Y comieron todos.
Aprendamos a mirar, a ver la realidad de lo que somos y lo que tenemos o no tenemos, a valorar hasta lo que nos parezca lo más pequeño e insignificante, a mirar al que está a nuestro lado y en el que casi nunca nos fijamos; aprendamos a repartir y a repartir sin tacañerías, con generosidad, y también a recoger para que nada se desperdicie.
Es el milagro que nos manifiesta el poder de Jesús, pero es el gran signo que necesitamos para nuestra vida. Si aprendiéramos a mirar a los ojos de los demás y a sentarnos a su lado, a detenernos de nuestras prisas y a abrir más el corazón para escuchar a los demás, qué distinto sería el camino que fuéramos haciendo por la vida. Son inquietudes que llevábamos en el corazón pero quizá de una forma muy callada o muy velada y que ahora pueden ir apareciendo y enseñándonos a tomar nuevas actitudes y nuevas posturas ante los otros.
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre, decíamos al principio. Pero Jesús quiere contar con nosotros. Nos enseña a mirar, a sentarnos en la hierba junto al otro, a escuchar y compartir, a repartir generosamente y a recoger la lección para aprender a caminar de una manera nueva en la vida. 

sábado, 25 de julio de 2015

Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación


Con Santiago aprendemos a tener sueños grandes en el corazón mirando con mirada nueva y joven ese mundo que espera una Buena Noticia de Salvación

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28
Todos necesitamos tener sueños en el corazón. Pueden ser en verdad un síntoma de la vida que llevamos en nosotros y donde cada día queremos algo mejor. Es la inquietud por cosas grandes tanto en nuestra propia vida como también para el mundo en el que vivimos. Ambicionamos cosas buenas, aunque bien sabemos que no nos podemos quedar solo en lo material. Tenemos idealismo en el corazón y eso significa un joven y lleno de esperanzas.
Me surgen estos pensamientos pensando en el apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Tenía un corazón joven, lleno de ideales y siempre en búsqueda de metas mejores, más altas, aunque como todos alguna vez pudiera encontrarse confuso en lo que realmente quería.
Hoy hemos escuchado que Jesús le pregunta si será capaz de beber el mismo cáliz que Jesús ha de beber. Y su respuesta está pronta: ‘Podemos’. Es la respuesta del corazón inquieto y en búsqueda constante sin miedos que le acobarden, aunque Jesús le irá diciendo, como diría más tarde Pablo, ‘ambicionad los carismas mejores, las cosas mejores’. Por eso ahora les ayudará a comprender lo que iba a significar aquel paso que no era para buscar honores ni grandezas a la manera de los honores y grandezas de este mundo.
Un día Jesús había pasado por su lado y lo había invitado a ser pescador de hombres y Santiago lo había dejado todo, barca, redes, trabajo, familia para irse con Jesús. Es que aquel lago se le hacía ya corto. Siempre he pensado que cuando Jesús va escogiendo a sus discípulos no lo hace al azar, sino que Jesús se había ido fijando en aquellos corazones jóvenes e inquietos para quienes su mundo de todos los días se le hacía pequeño.
En el trato diario con el Señor irían comprendiendo de verdad por donde habían de orientar sus caminos. Les iría purificando sus intenciones y deseos para que caminaran en la humildad del corazón pero con la grandeza de la entrega y del servicio desinteresado. Un día, como hoy hemos escuchado, será la madre la que pida para sus hijos esas grandezas del poder humano, pero a ellos Jesús les había hecho comprender que en el servicio humilde haciéndose los últimos estaba la mayor grandeza.
En otra ocasión Santiago y Juan habían querido hacer bajar fuego del cielo sobre aquellos que no les querían recibir, pero Jesús se los había llevado a otra parte para que aquellos hijos del trueno como les llamara Jesús comprendieron que el fuego habían de hacerlo arder de otra manera en el amor.
Le haría vislumbrar en el Tabor lo que era la gloria de Dios que resplandecía en Jesús a quien habían de seguir y escuchar incondicionalmente olvidándose incluso de sí mismo y sería testigo también por la vida y la resurrección que Jesús venia a traer a este mundo desterrando toda muerte y todo mal pero comprendiendo que el camino de la resurrección había de pasar por la pasión y por la muerte, como vislumbrarían allá en lo hondo de Getsemaní.
La inquietud de su corazón joven no se apagaría nunca hasta que diera su vida en el martirio, pero antes habría de llegar hasta los confines de la tierra para anunciar el evangelio, como Jesús los había enviado, hasta nuestras tierras hispanas. Sería el primero de los apóstoles que diera su vida por Jesús y por su evangelio.
Es el recorrido de un corazón inquieto, de un corazón que soñaba con cosas grandes, pero que al contacto con Jesús descubriría las verdaderas grandezas desde el servicio y la entrega por los demás. Es un recorrido que nosotros también tenemos que aprender a hacer, dejándonos conducir por el Espíritu que también pone fuego en nuestro corazón para llenarlo de sueños, de ambiciones buenas, de generosidad y disponibilidad, para hacer un camino de servicio al evangelio y a la proclamación del Reino de Dios.
En muchas cosas nos podemos parecer a ese itinerario que hizo Santiago junto a Jesús desde que un día dejara las redes y las barcas allá en el mar de Galilea. Ilusión, inquietud, sueño de cosas nuevas y grandes también podemos tener nosotros en nuestro corazón. Pero hemos de aprender a desprendernos de nuestras barcas, de esas cosas que nos atan y nos impiden volar en la búsqueda de cosas grandes. Cuantas son las barcas y las redes que nos enredan en la vida impidiéndonos soñar con cosas grandes. Tenemos que aprender a desprendernos de ellas. Y es que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que es el que ha sembrado esos fuegos en nuestro corazón.
Ojalá sepamos hacer un camino como el de Santiago, interiorizando de verdad dentro de nosotros mismos para despertar esos sueños pero para arrancarnos también de esas redes. Un camino como el de Santiago que es una búsqueda de Dios, como Santiago supo hacer junto a Jesús. Un camino como el de Santiago que no encierra en unos límites estrechos sino que se abre a horizontes más lejanos para aprender a mirar con una mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor. Un camino como el de Santiago que nos conduzca a ese mundo a veces tan cercano pero a veces tan lejano en muchos aspectos al que tenemos que anunciar también los misterios de Dios, que son misterios de amor y de salvación.

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.

jueves, 23 de julio de 2015

El verdadero sentido de la fe lleva a la mayor ganancia y plenitud para el hombre engrandeciendo su dignidad

El verdadero sentido de la fe lleva a la mayor ganancia y plenitud para el hombre engrandeciendo su dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Cuando no se ha captado el sentido profundo que tiene nuestra fe y cómo la fe no anula a la persona sino, todo lo contrario, la engrandece, nos encontraremos con los que nos van a decir que la fe a ellos no les sirve para nada, porque lo que hace es coartarle su libertad o la dignidad de su persona. Es un grave error en el que fácilmente se cae desde un desconocimiento de lo que es el verdadero sentido de la fe que no solo nos viene a ayudar a descubrir y vivir todo el misterio de Dios, sino también, podríamos decirlo así, todo el misterio del hombre.
La fe no nos anula. La fe nos ayuda a encontrar la verdadera plenitud del hombre, el sentido más profundo de nuestra vida. Hablamos fácilmente de libertad y queremos quitar toda norma porque decimos que eso coarta nuestra libertad; pero en nombre de esa libertad ¿no nos sucederá que muchas veces más bien nos dejamos llevar por nuestros caprichos o simplemente nuestros deseos y pasiones más terrenas?
‘Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí’, decía san Pablo. ¿Significa eso que estoy anulando mi vida? Todo lo contrario, en Cristo encuentro toda la plenitud para mi existencia, la mayor grandeza. Vivir a Cristo es vivir en la mayor libertad, es vivir en el amor, es aprender a encontrar mi verdadera grandeza dándome como Cristo se dio y se entregó.
          Mientras me estaba haciendo esta reflexión me llegó el siguiente mensaje que transcribo porque realmente es hermoso y abunda en lo que estamos ahora reflexionando: ¿QUÉ GANO O PIERDO REZANDO? Gano en paz, pierdo violencia. Gano generosidad, pierdo tacañería. Gano en compañía, pierdo soledad. Gano valor, pierdo cobardía. Gano cielo, pierdo tierra. Gano ilusión, pierdo tristeza. Gano fe, pierdo incredulidad. Gano esperanza, pierdo apatía. Gano hermandad, pierdo egoísmo. Gano humildad, pierdo vanidad. Gano sinceridad, pierdo mentira. Gano transparencia, pierdo suciedad. Gano autenticidad, pierdo falsedad. Gano a Dios, pierdo al demonio. No es cuestión de saber lo que gano rezando sino lo mucho y malo  que pierdo rezando. Ese lugar, el más tranquilo, es Dios. Ese lugar, el más seguro, es Cristo. Ese lugar, el más indicado, es el Espíritu. Ese lugar, el más garantizado, es la fe’. (P. Javier Leoz)
Con mi fe todo es ganancia, plenitud. Eso me ha de hacer estar unido más y más a Cristo, como nos enseña en el evangelio. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, le hemos escuchado decir. Y cuando nos habla de sarmientos que han de dar fruto, nos habla también de la poda para dar mejor fruto, de la purificación que hemos de ir haciendo en nuestra vida para poder vivir más unidos a El y alcanzar mayor plenitud.

miércoles, 22 de julio de 2015

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Juan 20,1.11-18
En muchas ocasiones las lágrimas de nuestros ojos nos impiden ver más allá de nuestras angustias y desesperanzas. En el dolor y el sufrimiento tenemos el peligro y tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas y lo vemos todo oscuro y las lágrimas del amargor de nuestro corazón nos imposibilitan el ver el resquicio de luz que pudiera aparecer por cualquier rincón.
Será el dolor por la muerte de un ser querido, un problema que nos ha aparecido en la vida y que nos parece insoluble, serán las cicatrices de las heridas que hayamos podido recibir de los demás, la ausencia quizá de los seres que amamos nos llena aún más de soledad y más aún cuando esas ausencias se convierten en desaires que hieren nuestro corazón, será entonces la desesperanza que se nos mete por dentro, y todo eso nos encierra y no alcanzamos a ver la salida que tenemos ahí delante de los ojos muy cerca de nosotros.
Es difícil permanecer serenos en medio de las dificultades y problemas, mantener el equilibrio de nuestra vida para no dejarnos caer en cualquier parte, pero en las mismas dificultades tendríamos que ir aprendiendo para madurar de verdad y así fortalecernos para todas esas cosas que nos pueden aparecer en nuestra vida y afectar profundamente a nuestro equilibrio interior. Pero no siempre terminamos de aprender desde lo mismo que hemos vivido y las situaciones se nos repiten en muchas ocasiones y seguimos quizás tropezando en la misma piedra de la desesperanza y la amargura.
Esta descripción de situaciones en las que nos encontramos en ocasiones encuentra su luz en el evangelio que hoy hemos escuchado y en la santa de la que hacemos memoria en este día, María Magdalena.
La mujer que un día, aun envuelta su vida turbia en sus muchos pecados supo acudir con sus lagrimas hasta Jesús para sentirse amada y purificada mostrando así su mucho amor a pesar de sus muchos pecados. Sin embargo hubo otro momento lleno de soledades y angustias tras la muerte de Jesús en el Calvario y ante la tumba vacía sin encontrar el cuerpo muerto de Jesús. Sin embargo Jesús vivo y resucitado estaba ante ella pero sus ojos llenos de lágrimas y de tristezas le impedían ver la realidad. Solo la Palabra de Jesús llamándola por su nombre la despertó del letargo de su desesperanza para encontrar la luz porque se encontró con aquel a quien tanto amaba que le devolvía la vida y la esperanza.
Hay una cosa que tenemos que aprender. A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para sentir la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. En esa llamada por nuestro nombre nos está diciendo que El nos ama y veremos la luz, encontraremos la vida, renacerá de nuevo en nosotros la esperanza, se nos acabarán nuestras soledades, se sanarán todas nuestras heridas, nos sentiremos esos hombres nuevos que Cristo quiere hacer en nosotros.
Solo escuchemos su voz que nos llama por nuestro nombre y nuestra vida comenzará a ser distinta.