viernes, 21 de julio de 2017

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Actitudes nuevas, valores profundos, verdadero respeto a la persona y su dignidad que nos lleven a buscar de verdad la gloria del Señor

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Rápido nos viene a nuestra mente el pensamiento con que enjuiciamos y condenamos a los demás. Atentos estamos a lo que haga el otro para hacernos nuestro juicio sobre lo que hace aunque solo nos dejemos llevar por las apariencias. Poco podemos saber sobre lo que hay en el interior del hombre y la razón o el por qué de lo que hace, pero nosotros en nuestro juicio parece que nos lo sabemos todos y creemos saber más los por qué de lo que hacen mas que los mismos que lo hacen.
Cuando vamos prejuzgando en la vida a los demás ya vamos interponiendo barreras porque en nuestro orgullo nos creemos superiores y que estamos por encima de los demás y nos creemos con derecho para opinar y para juzgar lo que hacen los otros. Nos alejamos así de las personas porque en nuestro prejuicio no querríamos mezclarnos con ellos para que otros no nos juzguen iguales a ellos.
Es difícil que así seamos capaces de colaborar, de trabajar juntos por hacer que nuestro mundo mejor o que nuestras relaciones sean más amistosas y fraternales. Con nuestros prejuicios ponemos barreras y estamos poniendo imposible cualquier relación amistosa. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Qué derecho tengo a condenar al otro cuando en mi corazón esta floreciendo la maldad con esos juicios y condenas que estoy haciendo a los demás? ¿No seria más hermoso una auténtica corrección fraterna en la que como hermanos y con humildad nos ayudemos mutuamente? ¿No necesitaré yo también de esa ayuda para mejorar muchas cosas en mi vida porque tampoco yo soy perfecto?
Me viene a la mente esta reflexión que tendría que valerme para yo mejorar mis actitudes y para poner más humildad en mi corazón, a partir de lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los fariseos pendientes de lo que puedan hacer los discípulos de Jesús para aprovechar cualquier ocasión para tratar de desprestigiar la obra de Jesús.
Los discípulos realizan quizás distraídamente lo que cualquiera hace al pasar por un sembrado. Hay unas espigas que están granando ya su cosecha y se siente uno tentado en el buen sentido de coger una de esas espigas, estrujarla en la mano y llevarse a la boca aquellos granos que aun están en proceso de maduración. Pero es sábado mientras caminan de un lugar a otro en medio de aquellos sembrados. Aquello podía considerarse un trabajo y en el sábado no se puede trabajar. Tajantes son en el cumplimiento del descanso sabático y aquello podría equivaler a la siega, a la trilla y no se cuantas cosas más. Y allí surge el juicio y la condena.
Qué quisquillosos nos volvemos tantas veces en la vida buscando maldades, segundas intenciones para poner pronto el prejuicio y la condena. ¿Podemos andar así por la vida y ser felices? ¿No tendrían que ser otras las actitudes?
Claro que Jesús quiere aclararnos que el cumplimiento de la ley del Señor ha de tener otro sentido. Nunca podremos mirarlo como esclavitud, siempre tiene que ser una ofrenda de amor, y siempre la persona tiene que verse enriquecida en su interior que es lo verdaderamente importante.
No podemos convertir la religión y los actos religiosos que realicemos como un mero cumplimiento, una rutina o una ley que nos esclavice en un cumplimiento ritual. Una mayor profundidad hemos de darle a todo lo que sea nuestra relación con Dios, porque Dios quiere siempre la grandeza del hombre y no el sufrimiento.

jueves, 20 de julio de 2017

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Jesús nos abre la mansedumbre de su corazón para que encontremos consuelo y descanso en nuestros agobios pero aprendamos a tener también un corazón acogedor para los demás

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Qué paz y qué satisfacción sentimos dentro de nosotros mismos cuando en los avatares de la vida nos encontramos con alguien que nos escuche, que sea capaz de detenerse en su caminar para tener tiempo para uno y escucharle. Vivimos entre carreras y agobios y no sabemos detenernos al lado del hermano para saber descubrir una tristeza que quizá se oculta tras sus ojos que a pesar de los pesares intentan sonreír.
Nos encerramos en nosotros mismos por nuestras preocupaciones o cosas que tenemos que hacer pero también estamos provocando que quienes se ven envueltos en los sufrimientos que la vida les ofrece se encierren en su soledad y se tengan que comer solos el pan de su amargura.
No nos enteramos ni queremos enterarnos de lo que pueda hacer sufrir a los demás porque decimos que con lo nuestro tenemos. Pero cuando encontramos a alguien que nos escuche y que pierda su tiempo por nosotros, nos sentimos en verdad agradecidos. Nos va faltando humanidad y honda comunicación a pesar de que hoy tenemos tantos medios de todo tipo para comunicarnos con el que pueda estar al otro lado del mundo, pero quizá no sabemos entrar en sintonía con el que está a nuestro lado.
Comencé haciéndome esta reflexión pensando en el gozo que sentimos cuando somos escuchados en nuestros agobios y problemas. Espiritualmente lo necesitamos. Y nuestra fe nos puede hacer entrar en sintonía con quien de verdad es el consuelo y el descanso de nuestra vida. Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Que vayamos a El, que no temamos, que en El podemos encontrar esa paz que tanto necesitamos, que El es en verdad la fuerza y el aliciente de nuestra vida, que El colma todas nuestras esperanzas y da satisfacción a las aspiraciones mas hondas y mas nobles. En El podemos llenar espiritualmente nuestra vida de la mayor plenitud.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice hoy en el evangelio. Cómo lo entendían aquellos enfermos que a El acudían, cómo lo entendían los leprosos que se veían apartados y discriminados y que solo pensando en Jesús sentía fuerza en su interior para llegar hasta El porque en El sabían que iban a encontrar vida. Cómo lo entendían los pecadores, los publicanos y las prostitutas que eran despreciados de todos, pero que se acercaban a Jesús allá donde estuviera y sabían que podían sentarse a su mesa. Cómo lo pudo entender Pedro que tras su negación veía como Jesús seguía confiando en El y que solo le pedía que hubiera amor en su vida. Cómo lo entendían aquellas multitudes que venían de lejos, de todas partes porque querían escuchar aquellas palabras de Jesús que tanta esperanza ponían en su corazón.
Así tenemos que entenderlo nosotros que tan locos vamos por la vida, que parece que hemos perdido el norte y el sentido; así hemos de entenderlo en este mundo loco de carreras, pero tan materializado que ya no sabe levantar los ojos a otros valores más espirituales y trascendentes, y en Jesús podemos sentir que El eleva nuestro espíritu, nuestros pensamientos, da profundidad a nuestros deseos más nobles, nos arranca de nuestros egoísmos insolidarios y abre nuestros horizontes a algo nuevo, abre nuestra mirada a quienes están a nuestro lado y nunca quizás miramos.
Vayamos a Jesús para que encontremos nuestros descanso, pero aprendamos a disponer nuestro corazón para en nombre de Jesús acoger a tantos que pasan a nuestro lado y están necesitando esa sonrisa que les alegre el alma y esa palabra de animo que les levante de su postración. Tenemos tanto que hacer. Tengamos siempre un corazón acogedor para los demás.

miércoles, 19 de julio de 2017

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Igual que expresamos la nobleza de nuestro corazón cuando somos agradecidos con los demás, sepamos cantar siempre nuestra Acción de Gracias a Dios

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
Se suele decir que es de bien nacido el ser agradecido. No solo como norma de educación sino como expresión de unos sentimientos hondos y nobles la palabra ‘gracias’ tendría que estar continuamente en nuestros labios. Gratitud y gratuidad se interrelacionan y se complementan. Porque nuestra gratitud es un reconocimiento de la gratuidad del otro que nos ofrece algo aunque nosotros no lo merezcamos. Y no es ya aquello de las cosas que en derecho y en justicia se han de hacer por nosotros, sino que aun en el cumplimiento del deber el que me ofrece algo está ofreciéndome algo de si mismo cuando tiene un tiempo para mi, una palabra o una atención. Nuestra correspondencia más noble ha de ser nuestra gratitud.
Como expresábamos de alguna manera hemos sido educados en el agradecimiento, para que sepamos tener siempre esa respuesta de actitud ante cualquier cosa que nos ofrezcan los demás. Cuando nos encontramos a un desagradecido que todo se lo cree merecer y nunca es capaz de expresar esa palabra de agradecimiento decimos que es un mal educado, pero como decíamos también estamos descubriendo en la persona esa falta de valores y esa nobleza para ser agradecido.
Si esto es así en las más elementales relaciones humanas, ¿qué tendríamos que decir de nuestra relación con Dios? Tiene que hacernos pensar y hacerlo con verdadera sinceridad. Hemos de reconocer que estamos más prontos para pedir al Señor desde nuestras necesidades que para dar gracias. Ya el evangelio nos lo refleja en aquel episodio que todos conocemos de los diez leprosos que son curados, pero de los que solo uno volverá para postrarse ante Jesús y darle gracias por su curación.
Tendría que ser la primera palabra, el primer sentimiento que con nobleza saliera de nuestro corazón cada mañana al despertar. ‘Gracias, Padre…’ Es el regalo de la vida, es el regalo del sol que nos revitaliza, es el regalo de la luz que nos ilumina, la lluvia que fecunda nuestros campos, el aire que respiramos y las personas que queremos y nos rodean cada día con su cariño.
Gracias porque podemos sentir su presencia y por la fe que sigue iluminando nuestra vida. Gracias por cuanto de su mano recibimos porque siempre nos sentimos regalados por su amor. Gracias por la gracia con que nos acompaña signo de la fuerza del Espíritu que está con nosotros y gracias por su amor misericordioso que nos perdona, nos acompaña y nos comprende en nuestra debilidad.
Gracias porque podemos escuchar su Palabra y alimentarnos de su vida en los sacramentos. Gracias por la Eucaristía en que se hace pan y vida para ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Gracias por quienes ha puesto a nuestro lado para acompañarnos en el camino de la vida, y la palabra de consuelo, de fortaleza, de luz y de vida que de ellos cada día recibimos. Gracias por el camino que hacemos en el que nunca nos sentimos solos porque con nosotros está siempre la Iglesia, que es decir la comunidad de los hermanos que también caminan a nuestro lado.
Gracias por cada detalle que de los que están a nuestro lado cada día recibimos, por la sonrisa de tantos que nos alegra el alma, por la mano amiga que me hace sentir la presencia y el calor del Señor que en esa mano amiga se me manifiesta. Son tantas las cosas por la que tenemos que cada día dar gracias.
Hoy escuchamos a Jesús dar gracia porque el Padre se nos revela a los de corazón sencillo y nos manifiesta así lo que es su amor y su misericordia. Que con Jesús aprendamos a dar gracias. El nos enseña como siempre tenemos que santificar el nombre del Señor y lo hacemos con nuestros sentimientos de gratitud. ¡Gracias, Señor!

martes, 18 de julio de 2017

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Dejemos que Jesús renueve y rejuvenezca nuestra vida escuchando su Palabra y reconociendo de forma viva las obras maravillosas que Dios hace cada día en nosotros

Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

¿Qué nos sucederá que recibimos tan buenas influencias cada día de quienes están a nuestro lado y sin embargo seguimos con nuestras rutinas y no tan buenas costumbres? Algunas veces parece que nos insensibilizamos o nos endurecemos ante esas buenas influencias. Nos acostumbramos a nuestras rutinas que ya no queremos salir de ellas, seguimos con lo mismo aunque hay momentos en que nos damos cuenta que las cosas tendrían que cambiar, pero eso de esforzarse para cambiar el chip, como ahora suele decirse, para comenzar con algo nuevo y mejor, es algo que nos cuesta mucho.
Quien no quiere crecer se envejece. El organismo humano continuamente se está renovando, mientras haya vida. Cuando no se renuevan nuestras células, comienza a decaer la vida de nuestro organismo. Pero no nos podemos quedar solo en la materia.
Pero ya no se trata solo de nuestro organismo en lo físico sino que es el espíritu con que vivimos nuestra vida. algunas veces parecemos viejos que solo ya nos preocupamos de conservar lo que somos o tenemos, y no tenemos aspiraciones a más, no buscamos alicientes nuevos para nuestra vida, no somos capaces de elevar nuestros pensamientos para buscar algo mejor, olvidamos lo que son nuevas metas que nos vayamos poniendo cada vez mas altas, vamos envejeciendo en la vida. Y envejecer es comenzar a morir.
Con Jesús podríamos decir que estaremos viviendo siempre en la eterna juventud. El quiere hacernos siempre un hombre nuevo; nos ofrece nuevos valores que eleven el tono de nuestra vida, pone nuevos ideales en nuestro corazón cada vez más altos, nos está enseñando como siempre tenemos que estar cultivando nuestra vida, lanzando de nuevo la red, sabiendo navegar por encima y mas allá de las tempestades que nos puedan ir apareciendo en la vida.
Sin embargo hay veces que nos cuesta aceptar a Jesús, o más bien, decimos que  nos gusta aquello que nos plantea, pero luego somos remisos para ponerlo por obra, para llevarlo a la práctica, realizarlo en nuestra vida. Tenemos ante nuestros ojos las obras de Jesús, pero no nos decidimos a seguirlo con radicalidad. ¿Qué sentiremos en nuestro interior cuando intentamos ser sinceros con nosotros mismos?
El evangelio nos habla hoy de aquellas ciudades que rodeaban el lago de Tiberíades donde especialmente Jesús realizaba toda su actividad. Muchas veces lo habían escuchado, de muchos milagros habían sido testigos, entre ellos Jesús había realizado con profusión las maravillas de Dios, pero no todos se decidían a seguirle. Hay una contradicción entre aquellos momentos de fervor donde habían dicho cosas hermosas de Jesús cuando contemplaban sus obras y lo que era la vida de cada día. Un día habían de ser llamados a juicio.
Y nosotros, ¿Cómo respondemos a tantas maravillas que Jesús ha realizado en nuestra vida? ¿No tendríamos que despertar de nuestras rutinas, de nuestras vanidades, de nuestros orgullos y decidirnos de verdad a seguir el camino de Jesús? El Señor ha realizado obras grandes en mí, reconocía María, pero María cantaba agradecida al Señor y abría su corazón a Dios. Aprendamos de María. Llenemos de la vida nueva de Jesús. Dejemos que el renueve y rejuvenezca nuestra vida.

lunes, 17 de julio de 2017

Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud


Tenemos que dejarnos impactar por las palabras de Jesús que nos descubran el camino de una nueva vida de plenitud

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
Hay momentos en que las palabras de Jesús nos desconciertan porque pareciera que está diciéndonos cosas en contradicción a lo que nos ha dicho o manifestado en otros momentos. Uno de esos textos del evangelio es el que hoy nos ofrece la liturgia que aunque nos pudiera parecer duro no podemos obviar, sino que tenemos que abrir de verdad nuestro corazón para descubrir con la fuerza del Espíritu lo que realmente nos quiere decir Jesús.
Que en su nacimiento habían anunciado los ángeles la paz para los hombres porque los ama el Señor, quien en las bienaventuranzas llama dichosos a los que trabajan por la paz, quien saludará a los discípulos tras la resurrección con el saludo de la paz, quien tras curar a los enfermos o perdonar a los pecadores los envía en paz, quien cuando envía a sus discípulos a anunciar el evangelio les encarga que el mensaje de paz es lo primero que han de trasmitir, hoy nos dice que El no ha venido a traer paz, sino guerra.
Claro que tendríamos que recordar también que nos dice que El nos da su paz ‘mi paz os dejo, mi paz os doy’, como incluso recordamos en la oración litúrgica, pero que El no nos da la paz como la da el mundo. Su paz es algo nuevo y distinto. Su paz no es una imposición sino un don que hemos de saber vivir desde lo hondo del corazón. Su paz no significa ausencia de conflictos, porque problemas vamos a tener continuamente en la vida y en nuestro encuentro con los demás, sino que es algo que ha de llenar nuestro espíritu para no perderla aunque muchas sean las negruras que nos rodeen. Es esa serenidad del espíritu que hemos de mantener por muchas que sean las violencias que suframos. Es esa madurez del alma para saber encontrar esa armonía interior que no nos haga zozobrar en los conflictos.
Y conflictos tendremos, porque no todos entenderán el mensaje del evangelio y como nosotros queremos encarnarlo en nuestra vida. Esa opción de vida que hacemos cuando queremos en verdad seguir a Jesús que no será comprendida muchas veces incluso por aquellos que puedan ser más cercanos a nosotros. Por eso nos habla de conflictos que surgirán incluso en el seno de la propia familia. No quiere Jesús que haya rupturas en la vida con aquellos que mas cerca están de nosotros y con los que compartimos más directamente nuestra existencia, pero si nos quiere hacer constatar esa incomprensión que vamos a encontrar en los demás.
El camino de seguimiento de Jesús es un camino exigente; como nos dice hoy hemos de saber llevar la cruz, esa cruz que pesa dentro de nosotros cuando tenemos que luchar en nuestro propio interior por mantener una integridad en nuestra vida; esa lucha interior en la que tenemos que aprender a decir no a cuanto nos aparte de ese camino que queremos seguir cuando estamos con Jesús; ese ser capaz de ofrecer la vida, lo que somos, lo que vivimos, la vida misma porque queremos el bien, porque queremos lo bueno para los demás, porque queremos un mundo mejor y de mayor felicidad, y nos puede parecer que perdemos la vida, pero estamos ganando una plenitud de vida que nadie luego nos podrá arrebatar.
Pero Jesús nos está enseñando el verdadero valor de cuanto hacemos, incluso aquello que nos pueda parecer más insignificante. Hasta un vaso de agua que demos no quedará sin recompensa nos dice. Valoremos lo pequeño cuando sabemos vivir la vida con amor. Valoremos esos pequeños gestos, que como insignificantes granos de arena, vamos poniendo en nuestra relación con los demás. Una gota de agua nos puede parecer insignificante en la inmensidad de un océano, pero ese océano está compuesto de muchas gotas de agua que por si solo pueden ser insignificantes pero son las que hace el océano.

domingo, 16 de julio de 2017

Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar


Salgamos a nuestro mundo, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con la confianza de que el Señor da toda la vitalidad de su Espíritu a la semilla que hemos de sembrar

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

‘Salió el sembrador a sembrar…’ Así comienza la parábola que Jesús les propone. Allí junto a la orilla del lago, sentado desde la barca para que todos pudieran oírle mejor, Jesús estuvo mucho rato hablándoles en parábolas.
Todos ponemos ejemplos en nuestras explicaciones. El mejor maestro es el que habla con mayor sencillez y se hace entender por todos. Entre los orientales el lenguaje lleno de imágenes y comparaciones era algo muy normal. Es el lenguaje de Jesús. El evangelio nos trasmite muchas parábolas de Jesús.
Pero alguno quizá pretendiendo decir que entiende la parábola de Jesús o tratando de explicarla se atreva a hacer alguna consideración muy particular. ¿A quien se le ocurre salir a sembrar y echando la semilla a voleo no le importa donde pueda caer exponiéndose a que caiga entre pedregales o zarzales? Pudiera parecer un atinado comentario si no se entendiera que en oriente como en algunos sitios quizás se eche la semilla a voleo a la tierra primero y sea luego cuando se labre ese terreno y así en la arada pueda penetrarse mejor en la tierra donde se vuelva fecunda esa semilla.
Pero más allá de esas posibles elucubraciones sea otra cosa lo que Jesús quiere trasmitirnos. Por un lado, la fuerza que en sí misma tiene esa semilla, que luego nos explicará Jesús que está refiriéndose a la Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo. Claro que no deja de ser un interrogante en nuestro interior cuál sea la actitud de acogida que tengamos ante esa Palabra que Dios quiere plantar en nuestra vida. Ahí está descrita, es cierto, nuestra respuesta como nuestra libertad y responsabilidad para acoger esa semilla en nuestra vida.
Claro que en estos momentos que vivimos en la Iglesia donde sentimos la urgencia de una nueva evangelización, de un nuevo anuncio del Evangelio como Palabra de vida y salvación para los hombres, nos llevaría a pensar en algo más en esa responsabilidad que tenemos con la semilla que está en nuestras manos y hemos de hacer llegar a nuestro mundo. El Papa nos lo está recordando continuamente.
Diríamos que ha sido una constante, por otra parte, en la vida de la Iglesia cuando tras el concilio Vaticano II hemos ido tomando conciencia todos de nuestra responsabilidad eclesial, de nuestra pertenencia a la Iglesia y de la realidad de nuestro mundo al que dábamos por sentado que era cristiano pero que necesita de esa nueva evangelización. Todos recordamos aquella exhortación apostólica de Pablo II, Evangelii nuntiandi publicada a los diez años del concilio y que tan gran impacto produjo en el seno de la Iglesia de manera que ha sido de alguna manera vademécum en la tarea de todo evangelizador.
Por supuesto que escuchamos esta parábola leyéndola en nuestra propia vida y en nuestra responsabilidad de la acogida a esa semilla de la Palabra de Dios. Pero es cierto también que tendríamos que hacer una lectura de la misma desde esa tarea y esa responsabilidad que todo cristiano tiene de ser portador del Evangelio para los demás. Todos hemos de ser evangelizadores, misioneros del evangelio con el testimonio de nuestra vida además de con nuestras palabras.
Muchas veces quizá la tarea inmensa que se presenta ante nosotros nos paraliza. Sí, nos paraliza porque ya quizá de antemano damos por sentado que esa Palabra en muchas personas, en muchos lugares no va a ser aceptada y acogida. Si vamos con esos tintes negativos marcando nuestra tarea ya quizá no ponemos tanto entusiasmo, ya no nos vamos a esforzar por llegar a las periferias, como nos dice el Papa, porque quizá damos por sentado que no vamos a ser acogidos ni escuchados. Esa dureza del camino, esos pedruscos en medio del terreno o esos zarzales de tantas cosas que pueden enredar a nuestros oyentes se convierten ya en nosotros en barreras que nos van a impedir llegar de verdad a todos con nuestro anuncio.
Es ahí en ese mundo, y no vamos a hacer ahora una descripción que cargue sus tintes negativos, en donde tenemos que hacer ese anuncio. Esas periferias de las que nos habla el papa, no significa ir a lugares especiales o lejanos sino que están ahí mismo a nuestro lado en tantos que quizás ya vienen de vuelta, en tantos que aunque siguen diciéndose cristianos viven su fe con frialdad y sin compromiso, en tantos que se creen muy seguros en sus ideas o planteamientos y no llegan a descubrir de verdad la novedad que siempre ha de significar el evangelio.
Son esos que quizá vienen también a nuestras celebraciones por una costumbre o por unas rutinas, o que convierten nuestras celebraciones en algo así como un acto social más en el que participan pero que no le dan la profundidad de la fe, no ponen toda su vida en aquello en lo que están participando, cierran sus oídos para no escuchar esa Palabra nueva del evangelio que les pueda hacer despertar de sus modorras.
Salió el sembrador a sembrar y no ha de temer la clase de tierra distinta que pueda encontrar sino que en toda tierra ha de sembrar esa semilla, esa Palabra de Dios. Salgamos, sí, a nuestro mundo con esa misión, con esa tarea, sin miedos ni complejos, con el arrojo de nuestra fe y con toda nuestra confianza puesta en el Señor que le da toda la vitalidad de su Espíritu a esa Palabra de Dios que hemos de sembrar en nuestro mundo.

sábado, 15 de julio de 2017

¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.

Los miedos y temores no son buenos consejeros porque nos llenan de negruras y pesimismos y la confianza en el Dios que nos ama nos ayuda a asumir el riesgo de seguir a Jesús

Génesis 49,29-32; 50, 15-26ª; Sal 104; Mateo 10,24-33

Demasiadas veces en la vida actuamos movidos por el temor al que dirán, la opinión que puedan tener los demás o la imagen que nosotros demos, por el temor a lo que nos pueda pasar o a los imprevistos de la vida que nos van surgiendo y que algunas veces nos la pueden complicar.
Es cierto que hemos de estar preparados ante lo que nos pueda suceder, pero no es necesario que andemos siempre con el miedo en el cuerpo, porque con ello parece que nos llenamos de negruras y pesimismo. Hemos de cuidar, es cierto también, la imagen de rectitud que tenemos que dar pero no por las apariencias de la vida, sino por la autenticidad en que vivimos y entonces no nos tenemos que preocupar tanto por lo que puedan pensar los demás.
Los miedos y temores no son buenos consejeros, aunque nunca nos faltaran en el camino de la vida, porque todo lo que sea incertidumbre y riesgo de alguna manera nos hace temer. Sin embargo con valentía y sin temores deberíamos aprender a enfrentarnos en la vida, y cierto riesgo hemos de asumir tomando iniciativas en la búsqueda de lo que sea siempre lo mejor. Cuando tenemos una meta, unos deseos hondos en el corazón de algo bueno que ansiamos, no tenemos que dejarnos envolver por esos temores, ni estar tan pendientes de lo que los demás puedan pensar. El conservadurismo que nos lleva a una rutina de la vida nos envuelve muchas veces en esos temores.
Por tres veces nos dice hoy Jesús en el corto texto que nos propone la liturgia que no tengamos miedo. Nos lo está diciendo en orden a ese camino que emprendemos cuando en verdad queremos seguir sus pasos. Ya nos anuncia que no serán caminos fáciles, porque, además de todo lo que nos cueste nuestra superación personal, sabemos que vamos a tener muchas cosas en contra, entre ellas los comentarios, las burlas y sarcasmos, y hasta las persecuciones que podamos sufrir por parte de tantos que nos rodean.
Nos dice incluso que no temamos a quienes nos puedan quitar la vida de nuestro cuerpo. Hay algo que vale mucho más que esa vida terrena, hay unos valores profundos y de gran altura por los que merece la pena luchar, la entrega que podamos hacer de nosotros mismos a favor de los demás vale mucho mas que los reconocimientos humanos o alabanzas falseadas que podamos recibir de quienes saben solo de adulación y de vanidades.
Y nos invita sobre todo a poner nuestra confianza en Dios que nunca nos dejará de su mano. Con Dios podemos sentirnos seguros, porque tenemos siempre su amor que no nos falta. Es nuestro Padre que nos cuida, que se preocupa de nosotros, que nos regala con su amor, que enriquece continuamente nuestra vida con su gracia. De ahí la valentía y seguridad con que hemos de sentirnos en el testimonio de nuestra fe que tenemos que saber dar en todo momento. Es algo que no podemos ocultar, más bien, es algo que tiene que brillar con especial resplandor en nuestra vida, porque sentimos el gozo de la fe, sentimos el gozo del amor de Dios que está en nosotros.

viernes, 14 de julio de 2017

El coraje y la fortaleza del Espíritu del Señor nos mantendrán firmes y perseverantes hasta el final a pesar de que la vida muchas veces no se nos haga fácil

El coraje y la fortaleza del Espíritu del Señor nos mantendrán firmes y perseverantes hasta el final a pesar de que la vida muchas veces no se nos haga fácil

Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Ya nos gustaría que en la vida todo fuera fácil, libre de contratiempos y problemas. Bien sabemos que se nos convierte en una lucha en la que ya por nosotros mismos tenemos cada día que superarnos, querer crecer de verdad como personas superando limitaciones, venciéndonos en los impulsos negativos que nos pudieran aparecer en nosotros mismos, pero son también los problemas que vamos encontrando en la convivencia con los demás, o en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor.
No nos es fácil, porque encontramos opiniones distintas, concepciones de la vida distintas que muchas veces nos pueden llevar a enfrentamientos o a tensiones que nos pueden hacer sufrir. también nos vamos a encontrar quienes no comulgan con nuestras ideas y que van a hacer todo lo posible porque nosotros no las podamos llevar adelante, cuando no desde su poder nos van a hacer la vida imposible, siéndonos difícil realizar nuestras metas ya sea en lo personal o ya sea en lo que queremos para nuestra sociedad.
Sucede en la vida social, lo estamos viendo continuamente en la vida política en donde muchas veces parece que más que proponer nuestras ideas lo que queremos es destruir al contrario. Es triste que todo lo convirtamos en una lucha sin cuartel, en una guerra donde no nos importa destruir lo que sea con tal de destruir al que consideramos adversario y enemigo. Poco puede avanzar una sociedad así.
Es también la lucha que sufrimos desde el ámbito de nuestra fe. Jesús nos previno. No seria fácil su camino. Nos hablará en ocasiones de camino estrecho. Pero nos anuncia también las persecuciones que habríamos de sufrir por el llevar el nombre de cristianos. Pero ya nos dice también que seremos bienaventurados cuando somos perseguidos por la causa del Reino. Es una esperanza, pero es también una manera de vivir. La paz que llevamos en nuestro corazón nadie nos la podrá quitar; nos podrán quitar la vida, pero no nos podrán quitar la paz si estamos bien aferrados en el Señor.
Pero igual que sucede en el ámbito social, como antes reflexionábamos, nos sucede en nuestro caminar con los demás dando testimonio de nuestra fe. No nos aceptarán; pero es no aceptación se convertirá en persecución. Y Jesús nos habla de tribunales a los que seremos llevados, nos habla de persecuciones y muerte que tendremos que soportar en ocasiones de los que son más cercanos a nosotros que no nos entenderán, que trataran de quitarnos de la cabeza nuestras ideas, o que nos harán la vida imposible. Son muchas formas, en ocasiones muy sutiles, con los que vamos a sufrir esa persecución, y lo vamos a tener la vida diaria de cada día.
Pero Jesús nos habla de que no nos sentiremos solos, que con nosotros estará siempre la fuerza del Espíritu, que pondrá palabras en nuestros labios, y fuerza en nuestro corazón. Tenemos el coraje y la fortaleza del Espíritu del Señor que está con nosotros.
No nos es fácil la vida, decíamos, no nos es fácil el dar nuestro testimonio cristiano. Pero la perseverancia salvará nuestra vida. Podremos ser dichosos de verdad aun en medio de esas persecuciones, porque no nos faltará la paz en nuestro corazón. 

jueves, 13 de julio de 2017

Los que creemos y seguimos a Jesús tenemos que ser siempre mensajeros e instrumentos de paz en medio de un mundo de violencias y de agobios que nos rodea

Los que creemos y seguimos a Jesús tenemos que ser siempre mensajeros e instrumentos de paz en medio de un mundo de violencias y de agobios que nos rodea

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

Hay personas con las que realmente uno se siente a gusto; nos trasmiten pan, serenidad, a su lado parece como si el mundo se detuviera y todas las cosas fueran bellas, como si estuviéramos rodeados de flores o envueltos en suave y rica fragancia. Son las personas que llevan paz en su alma, quizá han pasado por muchas luchas en la vida pero han sabido encontrar esa serenidad para su espíritu que se exhale de ellos como suave fragancia. En un mundo de carreras y de violencias, allí todo es serenidad, se acaban las prisas, la conversación pausada nos llena el alma, las turbulencias de los problemas de la vida parece que se alejan. Da gusto encontrar personas así; algunas veces nos cuesta encontrarlas, pero cuando las encontramos estamos hallando el más hermoso tesoro.
No sé si sentiremos envidia – una envidia sana – de esas personas, pero nos gustaría ser igual. Es más, tendríamos que decir, es que hemos de ser así los que creemos en Jesús. Si hemos puesto nuestra fe en Jesús y nos hemos dejado cautivar el alma, eso seria lo que tendríamos que trasmitir. Pero ya se que no siempre sabemos hacerlo, que muchas veces parece que puede más en nosotros la violencia de la vida, que nos dejamos arrastrar por esas turbulencias de los problemas que nos van apareciendo que parece que nos vemos enrollados y atraídos por ese torbellino y no llegamos a tener esa paz.
Es lo que Jesús les está pidiendo a sus discípulos cuando los envía por el mundo a anunciar el Reino de Dios. Han de saber desterrar del mundo toda violencia y todo mal, todo tipo de sufrimiento y todas las angustias del alma, porque que cuando anunciamos el Reino de Dios estamos queriendo hacer que Dios sea en verdad el centro de nuestra vida, el único centro.
Son las recomendaciones que hace Jesús cuando manda curar enfermos o expulsar demonios, cuando les pide que el primer mensaje que lleven a cualquier casa que entren, o a cualquier persona con la que se encuentren ese sea el mensaje de la paz. Hemos de llevar esa paz con nosotros, porque hemos de sentirnos llenos del espíritu de Jesús, y con la fuerza de ese espíritu hemos de trasmitir esa paz a los que nos rodean.
Ya sabemos que algunos no la aceptaran porque querrán seguir viviendo en sus  violencias o en sus agobios, pero ese ha de ser el mensaje que nosotros hemos de llevar. Y como decimos siempre, no han de ser solo palabras que pronunciemos, sino algo profundo que trasmitamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Busquemos esa paz, busquemos llenarnos, dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús. Seamos siempre personas de paz. Seamos instrumentos de paz. Vayamos poniendo esa paz en ese mundo de odios, de desequilibrios, de violencias, de injusticia, de insolidaridad que está tan lleno de guerras de todo tipo.
Tenemos que ser siempre los mensajeros de la paz. Eso es lo que tenemos que trasmitir con nuestra vida. Que los demás sientan también deseos de vivir esa paz que nosotros queremos trasmitir.

miércoles, 12 de julio de 2017

Jesús nos envía a hacer el anuncio del Reino no solo con palabras, sino con el testimonio de nuestras obras

Jesús nos envía a hacer el anuncio del Reino no solo con palabras, sino con el testimonio de nuestras obras

Gén. 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7

‘Llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia… y los envió Jesús con estas instrucciones… Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca…’
Un anuncio con obras y palabras, el Reino de Dios está cerca. Entre todos los discípulos que le siguen Jesús ha escogido a Doce – el evangelista nos da la lista de los Doce – que van a ser sus especiales enviados, que van a ser piedra y fundamento de la nueva comunidad. Han de anunciar el Reino, pero lo han de hacer con el testimonio de sus obras. Expulsar espíritus inmundos, curar toda enfermedad y dolencia son signos, valga la redundancia, de mucho significado.
El mal nos oprime, atenaza el corazón del hombre; estamos llenos de sufrimientos que no solo son las enfermedades de nuestro cuerpo; son muchas las cosas que nos hacen doler el alma. Cuando deja de reinar el amor en el corazón del hombre perdemos humanidad; y si no sabemos ser humanos los unos con los otros nos dañamos, nos malqueremos; surgen los orgullos y nos envuelve la insolidaridad, aparecen las envidias que nos corroen interiormente y va floreciendo la violencia de todo tipo; cada uno lucha solo por lo suyo y todos los demás van a ser contrincantes y enemigos; destrozamos nuestras vidas, destrozamos nuestro mundo. Ya no es Dios con su amor el que centra el corazón del hombre, sino que nos convertimos en dioses de nosotros mismos.
El anuncio del Reino de Dios ha de significar el transformar todo ese mundo de dolor en un lugar de felicidad; es el camino que nos lleva al encuentro, a la compasión y a la misericordia; es el camino que nos transforma desde el amor porque nos hace más justos y más solidarios; es un camino donde hay sinceridad en la vida y desterramos toda vanidad y toda hipocresía; es un camino que nos lleva a ser más humanos los unos con los otros y a amarnos de verdad porque nos sentimos hermanos.
Mientras no logremos hacer un mundo mejor, donde haya entendimiento y haya paz, no podemos decir que el Reino de Dios está presente; la concordia, la cercanía, la búsqueda de la felicidad de los otros, la solidaridad que nos lleva a compartir hasta ser capaces de desprendernos de todo lo nuestro para dar vida al otro serán señales de que vamos construyendo de forma autentica ese Reino de Dios.
Triste sería que nos llamemos cristianos, seguidores de Jesús, y no nos amemos, nos hagamos la guerra los unos a los otros, no seamos capaces de perdonarnos, de comprendernos, de aceptarnos. Estaríamos lejos del Reino de Dios. Triste es que siga habiendo discriminaciones entre nosotros, que no se muestre verdaderamente una iglesia de misericordia, porque aun no seamos capaces de ofrecer la misericordia y el perdón a todos, porque seguimos rehuyendo a ciertos pecadores y no se tenga la misma comprensión con todos.
Algunas veces pareciera que la iglesia se dejara contagiar por los criterios del mundo en sus juicios, en sus maneras de actuar y se dejara influir demasiado por lo que digan o pueda decirse en los medios de comunicación. No siempre damos la imagen de la Iglesia misericordiosa de Jesús, aunque proclamemos con muchas palabras eso de la misericordia. No todos sienten esa misericordia de la iglesia en sus vidas y se sienten apartados y discriminados.
Jesús nos envía a hacer el anuncio del Reino no solo con palabras, sino con el testimonio de nuestras obras. Mucho quizá tendríamos que revisarnos.

martes, 11 de julio de 2017

Tenemos que aprender a descubrir y valorar el sentido y el valor de lo que hacemos porque con ello contribuimos a un mundo mejor buscando siempre la gloria de Dios

Tenemos que aprender a descubrir y valorar el sentido y el valor de lo que hacemos porque con ello contribuimos a un mundo mejor buscando siempre la gloria de Dios

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29
‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ Son nuestros deseos humanos más naturales. No nos asustemos. Todos queremos ver el fruto de lo que hacemos. ¿Apetencias de ganancias? Pudiera ser, pero como decíamos queremos ver el resultado. Hacemos algo y lo queremos hacer de la mejor manera y vernos beneficiados. ¿Es egoísmo? Pudiera ser, pero tenemos que amarnos a nosotros también y desear lo bueno, porque así tenemos también esa capacidad de amar a los demás.
¿Desconcierta esto que estoy diciendo? No quiero que nos desconcertemos, pero si que ahondemos en ese camino que no puede llevarnos a encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros intereses y que tenemos que aprender a hacer algo desde la gratuidad, como desde la gratuidad recibimos también tantas cosas.
En esas andaba Pedro, que amaba mucho a Jesús y quería para siempre estar con El. Un día lo había dejado todo, redes, barca, trabajo, familia, para irse con Jesús y con Jesús andaba recorriendo los caminos de Galilea y de toda Palestina en el anuncio del Reino nuevo que hacia Jesús. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’
Y Jesús les habla de la trascendencia de sus vidas. No son importantes las ganancias de este mundo y en este momento. Lo que hacemos ahora tiene su trascendencia, porque es la semilla que plantamos y que en otros dacha fruto; lo que hacemos conforme a lo que son nuestras responsabilidades significa también ese grano de arena que estamos poniendo con nuestro esfuerzo, con nuestro trabajo de cada día, con lo que es nuestra convivencia con los demás a la construcción de ese mundo nuevo. Y eso nos llena de vida, una vida que no se agota en lo que ahora hacemos o lo que ahora podemos disfrutar aquí, sino que tiene una trascendencia que va más allá; por eso Jesús promete vida eterna, una vida sin fin, un gozo en plenitud.
Tenemos que aprender a descubrir y valorar el sentido y el valor de lo que hacemos. Que no es solo en beneficio propio porque estamos mutuamente relacionados los unos con los otros; lo que yo haga repercute en los demás, como lo que hacen los otros también me beneficia y enriquece mi vida, porque estoy siendo participe del bien que hagan los otros.
Y todo eso, como creyentes y cristianos que somos, lo hacemos siempre buscando la gloria de Dios. Hoy estamos celebrando a San Benito, el hombre que busco a Dios y quiso llenarse de Dios. Esa fue su tarea y su gran ilusión, buscar a Dios. Por eso se retiró del mundo viviendo primero una vida de anacoreta en solitario, pero al que luego se le unieron muchos seguidores. Buscar a Dios y gozar de la presencia y de la amistad de Dios.
Por eso el lema que proponía a los que querían estar con él – así en Montecasino se creo el monasterio contemplativo que seria el inicio del monacato en Occidente – fue ‘ora et labora’, oración y trabajo. Todo era buscar esa contemplación de Dios. La oración era el centro de su vida y el trabajo se convertía así también en oración, buscando esa gloria de Dios. Así forjó esas comunidades de monjes que tan trascendentales fueron para la difusión del cristianismo y de la cultura en occidente, de manera que se le llama padre del monacato occidental, por la regla que dejó a sus monjes, la orden benedictina.
Mucho tenemos que aprender nosotros de este maestro de espiritualidad para crecer en esa búsqueda de Dios que siempre late en nuestro corazón. Mi corazón está inquieto hasta que no descansa en Dios, como decía el gran san Agustín.  Toda nuestra vida la hemos de convertir en la búsqueda de la gloria de Dios, con nuestra oración que nos une al Creador y Padre de nuestra vida y con nuestro trabajo que nos hace constructores de ese mundo mejor, como antes reflexionábamos. Nuestro trabajo así se convierte también en oración, porque es un cántico de alabanza al Creador que puso la vida y el mundo en nuestra manos para que lo vayamos viviendo todo según el deseo del corazón de Dios.

lunes, 10 de julio de 2017

Nos acercamos a Jesús con nuestros signos de muerte y con las sombras de la impureza de nuestro pecado y lo hacemos con fe porque en El tendremos vida para siempre

Nos acercamos a Jesús con nuestros signos de muerte y con las sombras de la impureza de nuestro pecado y lo hacemos con fe porque en El tendremos vida para siempre

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26

La muerte y el pecado ante Jesús. Pero ahí se va a manifestar la victoria de la fe. Con Jesús todo será vida, será gracia, será purificación. En El tenemos que poner nuestra fe. Tenemos asegurada la victoria. Jesús es el vencedor de nuestra vida. En El se manifestará la victoria del Reino de Dios.
Ante Jesús llega un hombre que trae noticias de muerte. Su hija acaba de morir. ¿A quien puede acudir? Llega hasta Jesús con fe, una fe que se ira agrandando en la medida en que está al lado de Jesús. El evangelio de Mateo es muy escueto en la descripción del hecho; los otros evangelistas sinópticos nos darán más detalles. Aunque en un momento pueden llegarle malas noticias a Jairo, Jesús le dice que se mantenga firme en la fe y alcanzará vida. Alcanzará vida la niña que será levantada de las sombras de la muerte; alcanzará vida Jairo pues creerá en Jesús él y toda su familia.
Señalábamos también la presencia ante Jesús del pecado; lo decimos en el sentido que para aquellas gentes tenían tanto las enfermedades como algunos efluvios corporales, que eran considerados como una impureza. No se trata de un pecado, pero si podemos ver ahí la imagen del pecado. Aquella mujer calladamente, sin que nadie se entere, se acerca a Jesús. Padece unas hemorragias malignas desde hace doce años. Una mujer en esas condiciones era considera impura y no tendría que atreverse a mezclarse entre la gentes. Por eso en su fe, aquí aparece lo que le dará la victoria, se acerca por detrás a Jesús pensando que con solo tocarle el manto, se curará. Así sucederá. Porque se mantuvo firme en su fe, a pesar de que todo lo tenía en contra, aquella mujer tendrá vida. ‘Animo, hija, tu fe te ha curado’, le dirá Jesús.
También nosotros con las sombras que haya en nuestra vida tenemos que atrevernos a acercarnos a Jesús. Y tenemos que atrevernos porque ahí tiene que predominar la fe. Vamos con nuestros problemas, nuestras oscuridades, nuestras dudas, nuestro sufrimiento, las sombras que pesen en nuestro corazón. No nos consideramos dignos, pero nos atrevemos a acercarnos a Jesús porque sabemos que si con fe llegamos hasta El vamos a tener vida, saldremos de esas sombras, tendremos una nueva fuerza para afrontar esos problemas, se iluminará nuestro espíritu frente a las sombras de las dudas y desconfianzas, encontraremos alivio y consuelo en nuestros sufrimientos. Tenemos la certeza de que lo vamos a encontrar en Jesús.
Ya sabemos que a nuestro alrededor habrán muchos cantos de sirena que tratarán de desviarnos de nuestro camino sembrando dudas en nuestro corazón, haciendo oposición a nuestras decisiones y a  nuestros principios, poniéndonos trabas y obstáculos en nuestro camino creyente. Cuántas ideas distintas tratan de inocularnos por todos los medios; cómo nos bombardean desde muchos medios de comunicación; cuantas trabas se están poniendo en nuestra sociedad a aquellos que se manifiestan creyentes; cuantas luchas contra la iglesia y sus instituciones tratando de desprestigiar, de confundir a las gentes, de falsear las cosas arrimando las cosas a sus ideas…
No es fácil muchas veces porque se quiere hacer desaparecer todo signo, todo sentimiento religioso, lo que suene a religión o lo que suene a Iglesia. Pero es en ese mundo donde tenemos que ser luz, donde tenemos que dar nuestro testimonio, donde tenemos que presentar la rectitud de nuestra vida, donde tenemos que tratar de impregnar ese sabor nuevo del evangelio para que el mundo encuentre su verdadero sabor.
El signo de aquel hombre y de aquella mujer que hoy vemos acercarse a Jesús en el evangelio tienen que ser para nosotros un ejemplo y un estimulo. Con Jesús tenemos asegurada la victoria de la vida; en El tenemos nuestra salvación.