domingo, 26 de marzo de 2017

Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea


Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea

1Samuel 16,1b.6-7.10-13ª; Sal 22; Efesios 5,8-14; Juan 9,1.6-9.13-17.34-38
Si caminamos a oscuras, con los ojos vendados, por un lugar totalmente desconocido para nosotros pero teniendo quizás a nuestro lado alguien que pueda percibir el lugar, las cosas con las que nos encontramos y queriendo orientarnos nos va explicando la dimensión de los objetos, el paisaje por el que pasamos, las cosas que van sucediendo en nuestro entorno, podríamos decir que nos vamos haciendo una idea aproximada de donde estamos o el lugar por el que atravesamos, pero realmente no tendríamos una seguridad absoluta de lo que hay o de lo que sucede en nuestro entorno; podríamos decir que vemos, no por nuestros ojos, sino por la apreciación del que nos explica las cosas lo que no nos daría certezas absolutas, aunque sin embargo nos pueden servir de mucha ayuda en esa búsqueda y deseo de la luz. Si en algún momento pudiéramos abrir los ojos para ver por nosotros mismos entonces si nos podríamos hacer una idea clara de lo que hay a nuestro alrededor y necesitamos, es verdad, quien nos ayude a abrir los ojos y comprender toda la riqueza y la belleza de la luz.
¿Iremos así caminando por la vida? Pudiera sucedernos de que a pesar de que llevemos bien abiertos los ojos de nuestros sentidos corporales, haya otra oscuridad que nos nuble en el sentido mas profundo de la vida y en muchas cosas iríamos dando palos de ciego. No son solo los sentidos corporales los que hemos de llevar debidamente abiertos sino que ha de ser nuestro espíritu el que ha de dejarse iluminar para poder descubrir claramente el sentido mas profundo de nuestra vida.
No es fácil en ocasiones por la ceguera espiritual nos puede aturdir de tal manera que ni siquiera desearíamos salir de ella para encontrar esa verdadera luz de nuestra vida. Alguna vez pudiera sucedernos que nosotros mismos no querríamos salir de esa oscuridad y nos negamos a aquello que pueda elevar nuestro espíritu, nos negamos a dejarnos iluminar por la luz de la fe. Sin embargo hemos de decir también que allá en lo mas hondo de nosotros mismos esta latente ese ansia de la luz que nos ilumine y nos eleve, de ese querer creer en quien pueda ayudarnos a encontrar la verdad de nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de un ciego de nacimiento que allá en las calles de Jerusalén pedía limosna a los que pasaban. No sabe quienes son los pasan ante el; algunos compadecidos le dejaran sus limosnas, pero no entiende lo que hablan los que ahora están al paso de la calle ni lo que le han puesto en los ojos. Solo ha entendido que vaya a la piscina de Siloé a lavarse de aquel barro que han puesto en sus ojos. Ciego esta sin entender lo que le sucede, como ciegos están los que ahora no entienden y se preguntan del por que de su ceguera. ¿Será su pecado o el pecado de sus padres?, escucha que se preguntan y atina a escuchar que cuanto le sucede es para que se manifieste la gloria de Dios.
De Siloé vuelve el que ha sido ciego porque ha recobrado la visión de sus ojos, aunque todavía quedan algunas oscuridades en su interior que aparentemente se van a agrandar en la oposición y el rechazo que algunos van a manifestar  de cuanto le ha sucedido. Una y otra vez ira explicando a los fariseos y a los sumos sacerdotes que alguien ha llegado junto a el, ha hecho barro con su saliva, se la puesto en sus ojos y lo ha mandado a la piscina de Siloé a lavarse; de allí ha vuelto con la visión de sus ojos recobrada.
Será un costoso proceso el que se va desarrollando en su espíritu, porque va a reconocer que quien le ha hecho esto – aun no sabe que fue Jesús – será o no un pecador por Dios esta con El porque si no fuera así no se podría haber realizado aquel milagro. Para él tiene que ser un profeta o un hombre de Dios. Su confesión en la que su espíritu se va abriendo a la luz le va a producir dificultades, porque incluso será expulsado de la sinagoga por esa confesión que ya va haciendo de la fe que va naciendo en su alma. Será finalmente Jesús el que se acercara hasta el para dársele a conocer plenamente.
‘¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él’.
Finalmente se le abrieron en plenitud sus ojos. Pudo hacer una confesión de fe en Jesús. Se dejó conducir y encontró la luz. Ahora todo adquiría un nuevo sentido y un nuevo valor. Sin embargo algunos creían ver y estaban ciegos, porque su espíritu no se abría a la luz de la fe para reconocer a Jesús.
Que no permanezcamos nosotros en esa oscuridad; que lavemos y limpiemos de verdad nuestros ojos no ya en la piscina de Siloé, sino en el que es en verdad el enviado y nuestro salvador. Es el proceso que también queremos ir haciendo ahora de manera mas intensa en este camino cuaresmal que estamos recorriendo. Dejémonos iluminar; que la Palabra de Dios vaya calando hondo en nosotros haciéndonos descubrir nuestra vida y también nuestras oscuridades, esas oscuridades de las que tenemos que salir para vivir con todo sentido la pascua. Muchas serán las cosas de las que tenemos que purificarnos. El Señor nos espera.
Pero no olvidemos que dejándonos iluminar por esa luz de la fe, por esa luz de Jesús nosotros tenemos que convertirnos también en portadores de luz para los que nos rodean. Muchas son las oscuridades de nuestro mundo y de muchas personas en nuestro entorno. Tenemos un compromiso con la luz, ser portadores de esa luz para cuantos nos rodean.

sábado, 25 de marzo de 2017

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Veamos las señales y no nos confundamos sino seamos capaces de descubrir lo que nos lleva de verdad a encontrar el misterio de Dios en su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
Vamos por una carretera o por una autopista buscando un camino, buscando una dirección; tratamos de encontrar la señal que nos indique el camino, pero hay muchas señales en la orilla del camino, muchos carteles grandes y luminosos que nos hacen sus anuncios porque nos quieren llevar a algún sitio o que realicemos alguna compra como suele suceder con la publicidad; pero lo llamativo de esos carteles nos distraen, nos impiden quizás que nos fijemos en las verdaderas señales que nos indiquen el camino que realmente buscamos, y atraídos por esos signos publicitarios nos pasamos de largo, no nos fijamos en la señal que para nosotros seria importante porque parece que nos llama menos la atención y no encontramos realmente el camino que buscamos. Nos perdemos.
Así nos puede suceder en las señales que Dios va poniendo en nuestro camino de la vida; buscamos quizás cosas muy llamativas y no somos capaces de encontrar las señales de Dios que se nos manifestaran con mayor sencillez. Lo vemos tantas veces en el evangelio que la gente le pide a Jesús una y otra vez señales, signos, cosas extraordinarias, milagros que les llamen la atención y les hagan creer en El. Es así como se nos manifiesta el misterio de Dios y es lo que hoy estamos celebrando aunque nos pase un tanto desapercibido.
Cuando se cumplió el tiempo, nos dice la carta del apóstol, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…’ Pudo Dios escoger otros caminos, otras cosas asombrosas, otros lugares quizás mas significativos, pero fue allá en aquella aldea pequeña y perdida de Galilea – ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ se preguntaría uno que era del pueblo contrincante Cana de Galilea - que poco podría significar frente a otros lugares mas importantes en la misma Galilea como podría ser Cafarnaún, o como podría ser Jerusalén donde estaba el templo, pero Dios envió a su mensajero a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José… y el nombre de la doncella era María’.
Así, en un pequeño lugar, en una humilde casa probablemente adosada a una roca, a una doncella que estaba desposada, prometida en matrimonio, con un humilde artesano, se realizo el misterio grande de Dios, su Encarnación. Allí Dios comenzaría a ser ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros, en aquel hijo que se engendraba en las entrañas de María, que seria el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Ungido de Dios (Mesías) anunciado y prometido desde la aurora de los tiempos, el que venia para ser el Salvador, la Salvación para todos y por eso llevaría el nombre de Jesús.
Nos sobrecoge la sencillez y la humildad, ahora tampoco repican las campanas del cielo ni los ángeles harán coro para cantar la gloria de Dios. En silencio, humildemente el Todopoderoso se hace pequeño, el Dios de los cielos se fija en la pequeñez y en la humildad de la que quiere no solo llamarse sino sentirse la esclava del Señor, y se realizan cosas grandes, cosas maravillosas porque Dios llega a nosotros con su salvación; Dios ha hecho pequeño, se ha encarnado en el seno de María y como hombre pero pobre entre los pobres quiere nacer, quiere hacerse presente entre nosotros, viene a caminar a nuestro lado, a compartir nuestra vida y a compartir su vida con nosotros.
Veamos las señales y no nos confundamos. Descubramos lo que nos lleva de verdad a encontrarnos con el misterio de Dios en su Encarnación. Es el misterio de Dios que hoy celebramos y todo ese misterio nos sobrecoge, nos hace sentirnos pequeños y a la vez grandes porque así nos sentimos amados de Dios. Como María nosotros no tenemos otra cosa que hacer que cantar las maravillas del Señor, darle gracias, abrir nuestro corazón para sentir a Dios con nosotros, para empaparnos de su amor, para llenarnos de su gracia que ya para siempre no vivamos otra cosa sino su misma vida.
Para muchos pasará desapercibido este día porque se fijaran en otras señales, pero hoy es un día grande y fijémonos en las señales sencillas que nos llevan a Dios; hoy es un día en que con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra vida queremos cantar la gloria de Dios.

viernes, 24 de marzo de 2017

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
‘Eso ya lo se’, habremos dicho o habremos escuchado muchas veces. Quizás nos recuerdan algo que hemos aprendido desde chiquitos, nos lo están recordando ante una actitud o una postura que habremos tomado que no será la mas correcta, ‘eso ya lo se’ respondemos, pero nuestra actitud no cambia, seguimos haciendo lo mismo. Son incongruencias que aparecen una y otra vez en la vida y quizás no sabemos como remediarlo porque puede mas en nosotros la costumbre, la rutina, lo que siempre hemos hecho aunque no este en consonancia con aquellos principios y valores que todos conocemos y decimos que aceptamos; nuestra aceptación se queda en meras palabras, no se traduce en la vida.
Creo que esto nos daría para pensar mucho sobre nuestros valores y nuestros principios cristianos. Decimos que somos creyente como el que mas y en eso  no nos gana nadie, pero seguimos con nuestros apegos y ataduras, no siempre resplandece el amor, la generosidad, la solidaridad como tendría que brillar, guardamos en nuestro interior tantos sentimientos hacia los que no aceptamos o los que nos hayan podido molestar u ofender en algo en un momento determinado, nos aparecen muchas incongruencias en nuestra vida.
En el evangelio hoy hemos escuchado que un escriba se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal. Si el era un escriba, un maestro de la ley eso era algo que tenia que tener muy claro. ¿Estaría intentando tentar a Jesús a ver como lo cogia en alguna cosa con la que desacreditarle o acusarle, como tantas  veces sucediera en personajes semejantes? En este caso el evangelista no hace referencia alguna.
¿Qué podía responder Jesús? Con lo que todo judío sabía muy bien porque así lo había aprendido desde pequeño y era como un credo que todo judío piadoso recitaba varias veces al día. Lo que estaba escrito allá en el libro del Deuteronomio. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús añade algo más, que también estaba en la Escritura Sagrada: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
El escriba se da por satisfecho con la respuesta de Jesús porque todo eso vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y será Jesús el que apostille entonces: ‘No estas lejos del Reino de Dios… haz esto y vivirás’. ¿Buscaba aquel hombre que era lo más importante? ¿Estaría quizás preguntándose en que se traducía aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba?
Ahí lo tenia, Dios es nuestro único Señor y a El hemos de adorar, a El hemos de amar con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida; pero esa adoración a Dios, ese amor a Dios sobre todas las cosas tenia que traducirse necesariamente en el amor al prójimo. No cabía uno sin el otro. No cabe el amor a Dios si no amamos de corazón a nuestro hermano; no podemos amar de corazón a nuestro hermano con toda la hondura que nos pide Jesús si no nos fundamentamos en el amor que le tenemos a Dios de quien recibimos gracia, de quien recibimos la fuerza del Espíritu para poder amar con un amor así.
Pero, como decíamos al principio, no nos vale decir ‘eso ya lo se’. Lo sabemos pero tenemos que hacerlo. Lo sabemos pero tenemos que traducirlo en las obras de amor de nuestra vida. Así romperíamos esa espiral de incongruencias en las que nos vemos metidos tantas veces en la vida.

jueves, 23 de marzo de 2017

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
Parece que siempre tiene que haber alguien detrás que ande con sospechas, con segundas intenciones, desconfiando de todo, hasta de lo mas bueno que podamos hacer. En ocasiones somos especialistas para las sospechas, no creemos en nada ni en nadie porque siempre estamos viendo intenciones turbias; será quizás por anda turbio nuestro corazón y eso se convierte en un velo o un cristal con muchas manchas oscuras a través del cual miramos.
Desconfiamos de todo, de los vecinos, de los que desarrollan alguna responsabilidad y quizás los vemos actuar con éxito, de los políticos, de los que nos enseñan, o simplemente de los compañeros de camino en la vida, donde siempre estamos viendo unos intereses o unos deseos de ganancias. Pudiera ser cierto que en ocasiones pudiera haber personas que actúan mal y que no es oro todo lo que reluce, porque escondido en sus vidas pueda haber mucha maldad y hasta corrupción, pero eso no nos tiene por que llevar a desconfiar de todo el mundo. Es necesario que demos más votos de confianza en la vida, creyendo en las personas y descubriendo la bondad que hay en sus corazones.
De Jesús también desconfiaban; ya sabemos como andan sembrando cizaña los letrados y los fariseos queriendo crear desconfianza en torno a Jesús, a sus palabras y a las obras que realiza. Es lo que hoy vemos en el evangelio. Jesús había curado a un mudo, liberándolo de sus ataduras para que pudiera hablar. Ya sabemos como consideraban cualquier enfermedad o cualquier limitación como una posesión del maligno; por eso nos dice el evangelio que Jesús echo al demonio de aquel mudo para que pudiera hablar.
Pero allá andan los que siembran las semillas de la discordia y de la desconfianza, los que están viendo siempre dobles intenciones en lo que haga Jesús y no quiere ni reconocer su autoridad y su poder, ni ser capaces de ver la gracia de Dios que se manifiesta en Jesús. Lo que hace, piensan y dicen, es por obra del poder de los demonios. Vemos claro el contrasentido, un reino dividido no puede subsistir y si es por el poder del demonio por el que es arrojado de aquellos poseídos, mal le va a ir.
Una cosa que tenemos que ver clara aquí es la maldad del corazón de aquellas personas. Todas las cosas se ven según el color del cristal con que se mira. Como aquella mujer de la anécdota que criticaba siempre a su vecina porque decía que tendía la ropa a secar dejándole todas las manchas, hasta que un día el marido le dijo que lavara los cristales de la cocina desde donde veía el patio de la vecina, porque estaban muy llenos de suciedad y era la suciedad a través de la cual veía manchada la ropa de su vecina.
La maldad de nuestro corazón no hace mirar con desconfianza, nos impide creer en las personas, porque cree el ladrón que todos son de su condición, como dice el refrán. Limpiemos la suciedad de nuestro espíritu, miremos con mirada clara y limpia porque en nosotros no haya esa malicia y esa mala intención y seremos capaces de ver entonces la bondad de las personas, todo lo bueno que los otros realizan también.
Jesús curo a aquel mudo del evangelio liberándole de su mal; que el Señor nos sane, purifique nuestro corazón y seamos capaces de llenarlo de muchas  virtudes, de muchos valores, de muchas cosas buenas, de mucho amor y veremos entonces el amor de los demás, las cosas buenas que hacen tantos a nuestro alrededor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

El mandamiento del Señor el mejor camino en el amor que nos conduce a la vida en plenitud y a la felicidad

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
Queremos vivir. ¿Quién me va a decir que no quiere vivir? Ya sé que algunos se pueden sentir aburridos de la vida y desesperanzados y pareciera que pierden las ganas de vivir; los problemas, las dificultades de la vida, las enfermedades, la carencia de medios de subsistencia, la perdido de un norte o de un sentido para la vida, muchas cosas que pudieran hacer que perdiéramos las ganas de vivir.
Pero todos queremos vivir, aunque luego cifremos ese vivir en diferentes cosas. Hay quien dice que quiere vivir en libertad y que nada le ate, nada le condicione, que pueda hacer lo que quiere o lo que le apetezca en cada momento. Fuera normas, fuera reglas, fuera leyes, todo aquello que yo creo que me condiciona mi libertad. Pero ¿no llegaríamos a un caos total si cada uno hace lo que le da la gana y no tiene en cuenta lo que es también la libertad de los demás?
Me voy a una isla desierta, para vivir solo sin que nadie me moleste o interrumpa mis deseos, piensan algunos y quizás están haciendo islas en su entorno y quieren vivir aislados de los demás, no quieren contar con nadie ni que nadie interfiera en sus vidas, pero ¿podrán vivir sin tener una relación con alguien, sin tener con quien compartir su felicidad? Algo caduco en lo que podemos caer, un sin sentido que a la larga me está haciendo perder algo que es esencial en el ser humano, que es la relación con los demás.
Pero seguimos diciendo que todos queremos vivir y para otros será distinto el sentido de ese vivir. Buscarán algo más hondo que les haga encontrar lo que les lleve a una plenitud en ese vivir. Andamos en búsqueda. Y nos daremos cuenta quizás que en ese aislamiento no vamos a encontrar esa felicidad para su vida, y nos daremos cuenta que no es solo hacer lo que me apetezca porque al final así nunca quedaré satisfecho, que ese caos no me llevará a ninguna parte.
Y es que no vivimos solos en el mundo ni estamos hechos para esa soledad que nos aísle permanentemente de los demás, de lo que nos rodea. Que la plenitud de mi ser no está en romper con todo lo que me relacione con los demás, sino en encontrar un sentido a esa relación y encontrar el camino para que en esa relación pueda ser feliz, pueda realizarme en plenitud, encuentre un sentido a mi vida por lo que luchar, por lo que caminar, por lo que vivir.
Es cierto que la vida la vamos llenando de tantas normas que nos pudieran parecer un corsé demasiado ajustado que nos moleste a caminar con soltura. Quizá nos reglamentamos demasiado en la vida y necesitaríamos ir a lo que verdaderamente es fundamental e importante. A causa de nuestras sinrazones y del caos que creamos con nuestros caprichos y orgullos haya sido necesario ponernos normas que de alguna manera nos obliguen a ir por un camino. Pero si llegamos a encontrar ese equilibrio en nuestra vida personal podremos lograr también un equilibrio en nuestras relaciones y no necesitaríamos tantas normas y preceptos.
Ha sido así en todos los tiempos y en todos los tiempos los hombres han sentido también esa rebeldía interior. Cuando apareció Jesús de Nazaret enseñando un nuevo sentido de vida, un nuevo estilo de mundo que El llamaba el Reino de Dios, también estaban esas voces de los que querían liberarse de normas y preceptos, mas cuando las clases dominantes en aquel momento daban tanta importancia a minucias que no la tenían y se habían cargado de esos preceptos y leyes.
Jesús viene a decir que El no ha venido a abolir la ley, sino lo que quiere es darle plenitud. Y es que Jesús venia a ayudarnos a descubrir el verdadero sentido del hombre, de la persona. De alguna manera estaba conectando con lo que les había dicho Moisés de parte de Dios, como  hoy hemos escuchado en el Deuteronomio. ‘Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar… Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos’.
Así viviréis… son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. ¿No decíamos al principio de esta reflexión que queríamos vivir? La ley del Señor es vida para el creyente. No es una carga ni una imposición. Es el camino que nos conduce a plenitud, a felicidad.
Fijémonos cómo si seguimos las pautas que nos va señalando el Señor en verdad seremos felices porque nunca haríamos nada que fuera en contra de los demás, que hiciera daño a los otros. Nuestra convivencia sería de lo más hermoso, y ¿en qué podemos encontrar mayor plenitud, mayor felicidad?  Nuestra verdadera sabiduría, nuestra mayor inteligencia, el mejor camino de la felicidad en el amor.

martes, 21 de marzo de 2017

El necesario perdón como camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

El necesario perdón como  camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
Hay ocasiones en que en nuestro orgullo herido cuando alguien ha podido hacernos daño o molestarnos en alguna cosa nos encerramos en nuestro resentimiento y rencor negando el perdón a quien nos haya ofendido, pensando quizá que con eso nos resarcimos de lo que nos hayan herido y con un sentimiento de venganza pensamos que es al otro a quien estamos dañando con nuestra negativa al perdón. Pero seamos sinceros, ¿a la larga cuál es el mayor daño que el que nos hacemos a nosotros mismos que en el fondo no llegamos a tener paz en nuestro propio corazón?
Efectivamente, seguimos haciéndonos en ese amor propio herido que mantenemos en nuestro corazón la misma pregunta que se hacia Pedro. ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? Y nos escudamos quizá en la reincidencia del que una y otra vez quizá nos ha ofendido. En el fondo es no haber entendido el sentido de humanidad con que hemos de vivir y tratarnos los unos a los otros que tendría que llevarnos siempre a la comprensión y al perdón.
Somos y humanos y capaces del error porque no somos perfectos ni infalibles en todo lo que hacemos. Todos en la vida cometemos errores, tenemos la posibilidad de tener ese mal momento con el que podemos molestar, ofender, hacer daño a aquel con quien convivimos. Pero hemos de saber buscar siempre caminos de entendimiento, de reencuentro, de reconciliación.
Desgraciadamente vivimos en un mundo muy crispado en el que salta fácilmente la chispa cuando menos lo pensamos. La violencia está a flor de piel. Los resentimientos se mantienen demasiado en la memoria y con mucha facilidad sacamos cuentas antiguas. Parece que no hay manera de que nos reconciliemos para saber caminar juntos y entre todos ir construyendo un mundo de paz.
Esto lo palpamos en el día a día de nuestra sociedad a todos los niveles. Nos cuesta entendernos y cuando alguien piensa distinto a nosotros en lugar de tratar de entender lo que esa persona quiere expresar y con argumentos  expresar nuestra manera de ver las cosas, enseguida saltamos con el insulto, las palabras fuertes, las descalificaciones, la atribución al contrincante de no sé cuantos males o no sé de cuantas herencias que haya recibido de lo que se haya podido vivir en otras épocas. Es la crispación, repito, que palpamos en la vida social, en la política, en la convivencia incluso en el seno de las familias. Nunca aceptamos al que pueda pensar distinto y pueda ofrecernos otra visión de las cosas. Son esos orgullos latentes en nosotros que hacen aparición de tantas formas violentas en la vida.
Mucho nos da que pensar este evangelio que hoy se nos propone en este camino cuaresmal y que hemos de saber traducir al día a día de nuestra vida. Ese tema del perdón tiene unas repercusiones muy amplias en todo lo que es nuestra vida social y en la convivencia que hemos de vivir con los más cercanos a nosotros, pero también con todos los que formamos una misma sociedad y conjuntamos un mismo mundo.
Porque hablar del perdón nos está haciendo pensar en todos esos valores que hemos de cultivar para lograr convivir en paz y armonía con los que nos rodean; y eso significa comprensión y encuentro, diálogo y sinceridad, humildad en el trato y sencillez en nuestras relaciones, aceptación mutua y comprender que tenemos que hacer el camino juntos y entre todos cada uno aportando desde sí hacer que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 20 de marzo de 2017

Con su silencio y fidelidad san José nos testimonia cómo hemos de vivir nuestra fe hoy aunque sean tiempos difíciles

Con su silencio y fidelidad san José nos testimonia cómo hemos de vivir nuestra fe hoy aunque sean tiempos difíciles

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rm. 4, 13. 16-18. 22; Mt. 1, 16. 18-21. 24a
Cuando en la vida nos encontramos con caminos oscuros tenemos diferentes formas de reaccionar; ni todos reaccionamos de la misma manera, ni siempre reaccionamos en las mismas circunstancias. Habrá miedos que nos acobarden, valentías que nos hagan arriesgarnos, pasividad y resignación ante lo que nos sucede y que decimos que nada podemos hacer, o ignorancia que no nos haga darnos cuenta de la situación que nos haga insensibles, arriesgados innecesariamente, o nos encierre en nosotros mismos, y no pretendemos ser exhaustivos en posturas o reacciones. Son circunstancias de nuestra vida quizás, que nos lleven a encontrarnos en esa situación o que provoquen esas distintas formas de reaccionar.
Entendemos que no hablamos de un camino en lo físico o geográfico, sino que estamos pensando en los problemas que nos surgen, las dudas que nos pueden atormentar, las oscuridades de una vida a la que no hayamos encontrado sentido, el no tener metas claras en la vida por las que luchar, o las dificultades que encontramos para ser nosotros mismos y llegar a la plenitud de ser al que todos de una forma u otra aspiramos.
Hoy estamos celebrando – por la coincidencia del día 19 con el tercer domingo de cuaresma litúrgicamente celebramos a san José hoy día 20 – estamos celebrando, digo, a un hombre de una fe grande, podíamos decir extraordinaria que supo enfrentarse a esos caminos oscuros que le fueron apareciendo en su vida. Creo que en eso tendríamos que destacar de manera especial hoy a san José, el esposo de María, y el padre putativo de Jesús.
De san José decimos siempre que es el hombre del silencio, porque el evangelio no recoge en sus labios ninguna palabra; pero es el hombre del silencio que con su fe grande sí nos está hablando y mucho a los hombres de nuestro tiempo, como a los hombres de todos los tiempos. Decimos muchas veces que vivimos momentos difíciles como creyentes hoy en los derroteros por donde camina nuestra sociedad.
No es fácil muchas veces manifestarnos como creyentes o en otras ocasiones no sabemos bien cómo hacerlo. Y más en esta sociedad en que se quiere ridiculizar todo lo religioso o que suene a sentido cristiano de la vida, donde se quiere ir ignorando o incluso desterrando a Dios del ámbito de nuestra sociedad cuando también se quieren hacer desaparecer todos los signos religiosos que han ido marcando nuestra historia y la historia de nuestra sociedad.
Podemos sentirnos acobardados y encerrarnos en nosotros mismos o en nuestra piedad personal y no tener la valentía de manifestarla también exteriormente. Podemos ponernos a gritar y hacer gestos muchas veces estentóreos que realmente no tienen ninguna efectividad.
Pero tenemos que aprender a fortalecer nuestra fe para vivirla de manera valiente y sean nuestras actitudes y comportamientos los que la testimonien ante todo el que quiera tener los ojos abiertos. Nunca, por supuesto, podemos amargarnos, llenarnos de tristezas y de nostalgias pensando en otros tiempo que fueron mejores, sino que tenemos que se consecuentes con nuestra fe y vivirla valientemente en este mundo y en este momento que es el hoy de nuestra vida.
Hoy, en su fiesta, miramos a san José. No fueron momentos fáciles los que le tocó vivir; todo eran pruebas que se le iban sucediendo una tras otra a las que tenía que responder en cada momento y circunstancia. Dudas de María, su mujer, pero en donde en todo momento quiso ser un hombre bueno y justo que se confiaba en Dios, hasta que Dios se le manifiesta y se le descorre el velo del misterio que hasta entonces le tenia podríamos decir agobiado, porque creo que no podemos decir realmente angustiado.
Los problemas se suceden porque tiene que ponerse en camino para obedecer unos mandatos caprichosos de un gobernante, cuando no eran momentos propicios para aquel matrimonio con una mujer a punto de dar a luz. Problemas en las puertas cerradas y en la pobreza de su vida que le lleva a que su hijo tenga que nacer en un establo y por cuna darle las pajas de un pesebre. Problemas en la persecución que se desata a causa del nacimiento de aquel niño que le hará caminar como un exiliado hasta Egipto. Pero en todo momento la fe de José no vaciló. Dudaba, es cierto, en su interior, pero en su interior se quería confiar a los caminos del Señor que se le iban manifestando y que él seguía con fidelidad.
 Con su silencio nos está hablando José y grande es el testimonio que nos ofrece de su vida de fe, de su confianza en el Señor en las circunstancias propias de su vida en aquel momento, en la fidelidad con que sigue los caminos que el Señor va abriendo ante sus ojos.
Es la lección que tenemos que aprender. Aquí, hoy, en las circunstancias que vivimos también se nos abren caminos que el Señor nos señala y que hemos de vivir con toda fidelidad. Aquí, hoy, y en estas circunstancias tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y hacer anuncio del Evangelio. Busquemos esos caminos, descubramos los planes de Dios, dejémonos iluminar y conducir por el Espíritu y encontraremos la mejor forma para dar ese testimonio con nuestras obras, con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestras palabras cuando sea necesario y también con nuestro silencio cuando el Señor así nos lo pida.
Que el ejemplo y el testimonio de san José nos ayude, y su intercesión nos alcance la gracia del Señor que nos dé fortaleza y valentía.

domingo, 19 de marzo de 2017

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Éxodo 17,3-7; Sal 94; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
Un encuentro aparentemente casual y una conversación que comienza por las necesidades perentorias de cualquier ser humano. Venia de camino desde Judea y hacían allí un alto para reponer fuerzas. Que mejor sitio que junto a un pozo de donde se pueda sacar agua y en la cercanía del pueblo en el que se podrían encontrar los necesarios alimentos. Pero no iba a ser un encuentro cualquiera y todo iría mucho mas allá de saciar una sed de agua o la recuperación de las fuerzas en un descanso.
Allí hay un encuentro de personas en que a pesar de las reticencias y desconfianzas de dos pueblos que no se entienden y se llevan mal, sin embargo la conversación va surgiendo en el interés de ese encuentro que se va a hacer comunicación profunda. Cuantas veces también tras un encuentro casual, tras unas elementales palabras de saludo y cortesía la conversación se va ahondando y se llega a encuentro personal, a un encuentro de corazones.
No siempre quizás lo sabemos hacer, porque vamos con nuestros intereses, quizás con nuestras desconfianzas, muchas veces también con reticencias y sacando a flote cosas innecesarias que puedan llevar a un enfrentamiento en lugar de un encuentro. Cuanto tendríamos que aprender, porque aprendiendo siempre hemos de estar en la vida.
Es que allí está Jesús que viene a nuestro encuentro, que viene a buscar a la persona sin prejuicios ni condenas previas porque El siempre quiere ofrecer vida y salvación. Tras la desconfianza de la mujer, en primer lugar hacia un hombre con el que no se hablaba en lugar descampado o apartado, pero también a causa de las rencillas o resentimientos entre judíos y samaritanos, comienza Jesús a ofrecer un agua que sacia plenamente. No será un agua como la de aquel pozo al que hay que venir todos los días a buscarla de nuevo, sino que será el agua que calmará la sed más profunda del hombre para siempre.
Le cuesta entender a aquella mujer, como nos cuesta entender a nosotros tantas veces que andamos con nuestras ideas y pensamientos y no terminamos de escuchar lo que se nos ofrece o se nos dice. Será cuando aquella mujer comienza a vaciarse por dentro de tantas cosas que le pesan en su corazón, de tantas dudas o de tantos tormentos como ha sido su vida, cuando comience a vislumbrar lo nuevo que le está ofreciendo Jesús, aunque ella sigue sin saber ni entender quien es el que le está hablando.
Nos cuesta vaciarnos de nuestro interior a veces tan recargado, porque quizá nos da vergüenza reconocer cuantas negruras podamos tener en el corazón; nos cuesta vaciarnos porque terminamos por acostumbrarnos a vivir así con esas corazas o con esos lastres dentro de nosotros sin darnos cuenta de la libertad que vamos a encontrar cuando en verdad nos liberemos de todas esas cosas.
No tendríamos que tener miedo a lavar el corazón. El agua que Jesús nos ofrece no solo calmará nuestra sed porque nos hará encontrar el sentido más hondo de lo que es nuestra vida, sino que también será un agua purificadora y un agua que nos llena de vida. Como aquella agua que manaba por debajo de la puerta del templo que decía el profeta y que allí por donde pasaba iba purificando de toda putrefacción, e iba haciendo surgir árboles rebosantes de hermosas y gustosas frutas.
Es lo que Jesús está haciendo con aquella mujer a la que le ayudará a encontrar el verdadero sentido de Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad sin necesidad de acomodarnos a un sitio o lugar determinado; es lo que va haciendo a aquella mujer que terminará reconociendo su vida desordenada y hará surgir el deseo en ella de una vida nueva; es lo que va haciendo en aquella mujer a la que llena de esperanza y la hará desear con todo sentido la venida del Mesías, que allí está ya para ella con su profundo sentido salvador.
¿Nos dejaremos hacer nosotros por Jesús? ¿Aceptaremos ese encuentro vivo y salvador con Jesús que viene a nosotros? Estamos escuchando y meditando este evangelio en medio del camino cuaresmal que vamos haciendo y que nos lleva a la pascua. El Señor está viniendo a nosotros para realizar su pascua salvadora en nuestra vida. Y ese paso de Dios con su salvación lo tenemos que ir viviendo ya, lo tenemos que ir viviendo en el hoy de nuestra vida.
Por eso cuando escuchamos este evangelio en este tercer domingo de cuaresma así hemos de dejarnos encontrar con el Señor. Viene a calmar nuestra sed, viene a purificarnos de ese hombre viejo que sigue estando en nosotros, viene a llenarnos de una nueva vida, a vivificar enteramente nuestro corazón para que en verdad demos frutos de santidad y de gracia.
Te invito a que como conclusión de esta reflexión que nos estamos haciendo vuelvas a coger el evangelio en este encuentro con Jesús y la samaritana y vuelvas a leerlo (Juan 4,5-42) pero poniéndote tú en el lugar de la samaritana; léelo y escúchalo en tu interior pausadamente dejando que afloren tus dudas, tus reticencias, tus desconfianzas también, tus rutinas, las suciedades del hombre viejo que llevamos ahí en nuestro corazón; dejémonos interrogar por el Señor al mismo tiempo que le vayamos haciendo nuestras preguntas, presentando nuestras dudas, confesando nuestras oscuridades; nos sentiremos llenos de una nueva luz, sentiremos el gozo del paso del Señor por nuestra vida, nos gozaremos en verdad con su salvación.

sábado, 18 de marzo de 2017

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Aunque la vida se nos vaya de las manos y caigamos por la pendiente del mal pensemos siempre en quien nos espera porque confía en nosotros para ofrecernos el abrazo de su amor

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Pareciera que la vida se nos va de las manos. Y no me refiero a la temporalidad y que un día se puede acabar todo porque nos llegue el final de los días cuando menos lo esperemos. La vida se nos va de las manos cuando no sabemos controlar, ni controlamos las cosas que nos vienen o que nos suceden, ni nos controlamos a nosotros mismos. Entramos en un mal camino y luego parece que todo es una pendiente donde no podemos detenernos y nos cuesta volver atrás, rehacer lo que hicimos mal, o más peligroso aun, casi no nos damos cuenta que estamos en esa pendiente que adquiere cada vez mayor velocidad.
Es cuando entramos en el camino del mal y nos cuesta reconocerlo, nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a revisar lo que estamos haciendo; nos cuesta reconocer nuestros tropiezos, nuestros errores, nuestras caídas. Muy mal tenemos que vernos  para que intentemos hacer una parada de reflexión. Quizás entonces comparamos como ahora estamos con lo que éramos antes, lo que seria nuestra vida si no hubiéramos caído por esa pendiente.
Pero ahora se nos hace cuesta arriba comenzar a recapitular, intentar comenzar de nuevo; parece que ni creemos en nosotros mismos ni creemos en que podamos ser aceptados por los demás; como también en nuestra cerrazón nos puede suceder que seamos nosotros los que no aceptemos a los demás y encima nos atrevamos a juzgar y a condenar. No queremos ver que al final pueda haber alguien esperándonos, alguien que siga creyendo en nosotros, alguien que, a pesar  de todo lo que hayamos hecho, pueda darnos un abrazo de confianza, que nos llene de paz, que nos haga en verdad comenzar una vida nueva.
Por eso no nos atrevemos a recomenzar el camino; le damos vueltas y vueltas, buscamos algún escape, alguna solución porque no confiamos en que puedan seguir confiando en nosotros; quisiéramos estar cerca de nuevo de aquellos que sabemos que nos amaban y desconfiamos si ahora nos siguen amando. Quizá hayamos tenido tantos fracasos con los que pensábamos que eran amigos y nos dejaron tirados, que ahora nos cueste comenzar a confiar de nuevo. Quizá al final nos atrevamos a dar algún paso y pensamos y repensamos qué es lo que vamos a decir, como nos vamos a disculpar, de qué manera y con qué cara nos atrevemos a pedir perdón.
Quizás al hilo de esta reflexión en voz alta nos estaremos dando cuenta de que es de lo que Jesús nos habla hoy en el evangelio con la parábola. Esa parábola en la que nos creemos que nosotros, o aquel en quien nos retratamos, es el protagonista. Pero el verdadero protagonista es aquel que está allá esperándonos, el que estaba esperando al hijo, porque para él seguía siendo su hijo aunque estuviera perdido, aunque pareciera que estaba muerto, y solo estaba esperando el primer gesto de querer volver para salir a su encuentro.
Somos protagonistas, es cierto, en parte, porque el verdadero protagonista es el Padre que nos está esperando; es el abrazo del amor misericordioso y compasivo de Dios que sigue confiando en nosotros, aunque nos hayamos marchado, aunque guardemos muchas amarguras en el corazón como le sucedía el hijo mayor. Porque hay dos retratos de hijos que en fin de cuentas son un mismo retrato de momentos distintos por los que pasamos en la vida. Pero el gran retrato que siempre hemos de tener en cuenta es el del Padre que nos espera, que nos ama, que nos da el abrazo de la reconciliación y de la paz, que se llena de alegría y nos hace entrar en una nueva orbita de felicidad porque nos ofrece un banquete nuevo de amor.
No dejemos que la vida se nos vaya de las manos y caigamos en esas pendientes; pensemos siempre en el amor de Dios que es siempre fiel en su amor y nos espera y confía en nosotros. Y aprendemos algo más, aprendamos a tener nuevas actitudes con el caído que podamos encontrarnos en el camino; seamos siempre capaces de tender una mano para ayudarlo a levantarse ofreciéndolo siempre la confianza del amor.

viernes, 17 de marzo de 2017

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Sepamos acoger como un don y un regalo lo que de lo demás recibimos en forma de consejo, de palabra amiga o de corrección y eso contribuya a los buenos frutos de nuestra vida

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Hay ocasiones en que no nos sentimos bien, reaccionamos mal cuando alguien nos dice algo que no nos agrada o, por ejemplo, nos pide que seamos más coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos; no nos agrada que nos señalen lo que quizá no hacemos bien, o en forma positiva nos reclamen actitudes buenas, posturas claras y valientes en nuestros comportamientos.
¿Nos falta humildad para reconocer nuestros errores? ¿Miramos con malos ojos al amigo que se atreve a pedirnos una actitud buena, un buen comportamiento en un determinado momento? ¿No nos agrada buen consejo de un amigo que en fin de cuentas lo que quiere es nuestro bien pero que en nuestro orgullo rechazamos porque decimos que nadie tiene que meterse en nuestras cosas y nosotros sabemos lo que tenemos que hacer? ¿Volvemos la espalda a quien nos dice la verdad? Son cosas que en algunos momentos nos pueden pasar. Pero nos creemos demasiado buenos para reconocer que también cometemos errores y no siempre damos el ejemplo que tendríamos que dar.
Frutos buenos tendríamos que saber dar en nuestra vida; así tendrían que resplandecer nuestros valores, así tendríamos que ser también ejemplo para los demás. Hay cosas buenas en nuestra vida que quizá no desarrollamos debidamente, hay talentos que quizás hemos enterrado, hay cualidades que muchas veces no desarrollamos para el bien sino que tenemos la tentación de utilizarlas de manera egoísta y las podemos convertir en un mal en nuestra vida.
Hoy Jesús nos habla en la parábola de una viña bien cuidada y preparada. Nos recuerda esta parábola aquel cántico de amor del antiguo testamento del amigo por su viña. Una viña en esta parábola que el amo confía a unos viñadores que han de cuidarla y sacarle fruto, del que han de rendir cuentas.  La viña parece que está dando sus frutos, pero el dueño de la viña no ve su rendimiento porque aquellos viñadores se aprovechan injustamente de lo que no es suyo y terminan incluso maltratando a los enviados del dueño de la viña o matando al hijo también enviado.
Es cierto que la parábola en su contexto más próximo está haciendo una descripción de la historia de Israel que tanto ha recibido del amor de Yahvé pero que no está dando sus frutos e incluso está rechazando a los enviados de Dios – como tantas veces hizo con los profetas – como ahora está rechazando a Jesús. Bien lo entendieron los sumos sacerdotes y los fariseos que hablaba por ellos y ahora trataban también de echarle mano, aunque temían a la gente.
Pero la parábola hemos de saber leerla, saber escucharla en nuestro corazón en el contexto de nuestra propia vida. ¿Cuál es fruto que nosotros estamos dando a tanto como hemos recibido del Señor en nuestra vida? Todo cuanto recibimos ha de servirnos siempre para el bien; y los dones del Señor se nos manifiestan de muchas maneras. Es cierto ahí están nuestras cualidades, nuestros propios valores, las capacidades que tenemos en nuestra vida y hemos de saber desarrollar para el bien.
Pero también acojamos como un don para nosotros cuanto podemos recibir de los demás; ese buen consejo, esa palabra que trata de poner claridad en nuestras ideas y en nuestra manera de actuar, esa corrección amigable que recibimos acojámosla como esa cosa buena que nos beneficia y nos enriquece; tengamos la humildad de aceptar lo que recibimos también de los demás y no nos creamos tan autosuficientes que creemos que todo nos lo sabemos y que todo lo hacemos siempre bien. Necesitamos esa palabra, ese consejo, esa corrección y todo eso nos ayudará a crecer de verdad. Que se manifieste en los frutos de nuestra vida.

jueves, 16 de marzo de 2017

Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual y trascendente

Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual y trascendente

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
Algunas veces nos sentimos tan llenos y tan satisfechos con las cosas materiales que nos parece que ni nada nos puede dar mejor felicidad, ni nunca se nos va a terminar todo eso que poseemos y a lo que nos apegamos. Pensando solo en disfrutar de esos bienes nos cegamos de tal manera que ni somos capaces de ver lo que pueda haber en nuestro entorno ni de pensar en algo superior a eso material de lo que disfrutamos y que nos de una mayor trascendencia a nuestra vida. Nos sentimos llenos, satisfechos, insaciables porque siempre querríamos tener mas y poder incluso de disfrutar de mas cosas, todo se nos queda en esas satisfacciones que llene o satisfaga nuestros sentidos y perdemos un aspecto muy importante de nuestra vida que es todo lo espiritual.
Había un hombre rico que vestía de púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día. No pensaba en ninguna otra cosa, no era capaz de ver algo distinto y que pudiera darle un sentido nuevo a lo que hacia. Así comienza la parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio. Y a ese hombre rico se contrapone el pobre mendigo que nada tenía, con su cuerpo cubierto de llagas, tirado a la puerta del rico del que no recibía ni la más mísera migaja, sin ningún consuelo humano, y que solamente unos perros le lamían las heridas de sus llagas.
Una parábola que comienza haciéndonos una descripción de situaciones que se siguen dando hoy, en las que nosotros podemos estar cayendo. Descripción dramática de cuanto sucede en nuestro mundo dividido por la pobreza y por tantas miserias que lo azotan de una forma o de otra.
Ya en estos primeros párrafos de la parábola con esta descripción que nos hace tendría que hacernos pensar en los graves problemas de nuestro mundo, pero puede ser un acercamiento también a esas actitudes y posturas que podrían aparecer en el día a día de nuestra vida. Como aquel hombre rico también tenemos la tentación de cerrar los ojos, de mirar para otra parte, de pasar por la calle insensible a muchas miserias que podríamos contemplar en nuestro entorno si fuéramos capaces de abrir nuestros ojos de manera distinta. Si se despertara un poquito nuestra sensibilidad para ver y mirar de manera distinta lo que nos rodea, a los que nos rodean, ya estaríamos sacando una hermosa lección de esta parábola.
Una parábola por otra parte con la que Jesús quiere también abrirnos a la trascendencia de nuestra vida. Nos habla de la muerte tanto del pobre Lázaro como del rico y nos habla de una situación que va más allá de la muerte, y que nos quiere abrir también a una trascendencia espiritual de nuestra vida, de lo que hacemos.
Nos está hablando también de la salvación eterna. Aquel hombre desde el abismo en que se ve sumergido ahora en la eternidad cuando ha vivido hasta entonces una vida al margen de Dios quiere encontrar consuelo y alivio para sus penas. Ha vivido lejos de Dios y lejos de Dios permanecerá por toda la eternidad. No quiere sin embargo que le suceda de manera semejante a sus hermanos que aun viven en este mundo y suplica para Abrahán envíe a Lázaro que con apariciones milagrosas avise a sus hermanos para que cambien de sentido de vida cuando aun tienen tiempo.
Tienen a Moisés y a los profetas que son los que han de escuchar, le responde Abrahán. Es una expresión con la que se quiere señalar cómo en la vida tenemos tantos mensajeros de Dios a quien podemos escuchar, tenemos la Palabra de Dios que resuena continuamente y a la tantas veces hacemos oídos sordos, tenemos el medio de saber darle esa trascendencia a nuestra vida dándole un sentido espiritual también a lo que hacemos y abriendo nuestro corazón a Dios poder en verdad cambiar nuestra vida.
Somos muy dados a buscar las cosas milagrosas y extraordinarias porque parece que eso si nos llamaría más nuestra atención y olvidamos ese verdadero milagro de amor que es el que cada día podamos escuchar la Palabra del Señor que desde la Biblia, desde la celebración sagrada, desde el magisterio de la Iglesia puede llegar de verdad a nosotros si abrimos nuestro corazón a Dios.
Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual, para darle verdadera trascendencia a nuestra vida, para abrirnos de verdad a Dios y a su Palabra.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Comencemos de una vez por todas a despojarnos de las vanidades de las glorias de este mundo para comenzar a abajarnos de verdad para servir a los demás

Comencemos de una vez por todas a despojarnos de las vanidades de las glorias de este mundo para comenzar a abajarnos de verdad para servir a los demás

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28
Hay ocasiones en que tenemos una idea en la cabeza sobre alguna cuestión, algún planteamiento de la vida o la opinión de algo en que por mucho que nos expliquen lo contrario parece que nos cegamos de manera que no vemos sino aquello que previamente habíamos concebido. Alguien nos querrá hacer ver que las cosas son de otro modo, que los planteamientos son distintos, pero parecemos sordos que solo escuchamos aquello que va con nuestros planteamientos y no somos capaces de ver mas allá de lo que nosotros imaginamos.
Algo así les pasaba a los discípulos con los planteamientos de vida y los anuncios que Jesús hacía. Es cierto que estaban entusiasmados por Jesús y con buenos deseos y buena voluntad querían seguirlo, pero se habían hecho una imagen de lo que pensaban había de ser el Mesías que aunque Jesús les explicara una y otra vez que el sentido de su vida era distinto no eran capaces de verlo. Su idea del Mesías pasaba por un triunfalismo casi guerrero y muy lleno de poder, por eso sus ambiciones humanas florecían fácilmente en sus corazones y podían valerse de lo que fuera por conseguir ese poder que vislumbraban en la figura del Mesías Salvador.
Ahora que van subiendo a Jerusalén Jesús les va anunciando una y otra vez cual era el sentido de aquella subida y lo que en Jerusalén había de suceder. Jesús les hablaba de entrega hasta la muerte y que eso podía significar persecución y pasión. Les anunciaba claramente que el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’. Pero no les terminaban de entrar en sus cabezas estas palabras de Jesús.
Allí está la madre de Santiago y Juan intercediendo por sus hijos para cuando llegaran esos días de gloria y de poder. Sus hijos quería que estuvieran uno a su derecha y otro a su izquierda. Lo que significaría dotados de todo poder en ese Reino nuevo que Jesús tanto anunciaba pero que ellos seguían viéndolo solo desde un sentido muy humano. Quiere hacerles comprender Jesús que su camino es camino de pasión y les habla de beber un cáliz preguntándoles si ellos eran capaces de beberlo. Parece que están dispuestos a todo. ‘Somos capaces’, le responden sin terminar de comprender bien lo que eso significaba.
Pero si está la ambición de estos dos hermanos por otro lado está la envidia del resto de los discípulos cercanos a Jesús. Y de nuevo con paciencia infinita Jesús vuelve a explicarles: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’.
El estilo del Reino de Dios no puede ser a la manera de los reinados de este mundo. Parece que nosotros a lo largo de la historia hemos olvidado estas palabras de Jesús. También nos hemos rodeado de demasiados oropeles de gloria, de esplendor, de ropajes de poder que son mucho más que unas vestiduras que hayamos vestido aunque también; algunas veces nos hemos parecido demasiado en la Iglesia a las glorias de este mundo con demasiados signos de poder, de tronos y de coronas. Nos hemos cegado también con nuestras ideas mundanas y nos dejamos seducir, nos dejamos arrastrar por muchas vanidades.
No podemos olvidar que nuestra grandeza está en el servir, en abajarnos, en ponernos los últimos, en ser capaces de llegar hasta el suelo para ponernos de rodillas delante del hermano que sufre para con él sufrir, para compartir su dolor y necesidad, para mitigar con el calor de nuestra presencia, con el fuego de nuestro amor. Tenemos que despojarnos de demasiados ropajes, quitarnos muchas coronas y muchos signos de poder con que nos revestimos tantas veces.
Tenemos que pensar en nuestra vida concreta, tú y yo, sin querer imponernos a los demás o querer que sean los otros los que comiencen a hacer las cosas como creemos que tendríamos que hacerlas; hemos de comenzar nosotros, tú y yo a despojarnos, a abajarnos, a ponernos los últimos a la manera de Jesús. Porque ‘el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir’ y es lo que nosotros tenemos que hacer.