miércoles, 25 de abril de 2018

Marcos, un testigo del Evangelio que nos invita a proclamarlo también con nuestra vida en medio del mundo que busca y desea una salvación


Marcos, un testigo del Evangelio que nos invita a proclamarlo también con nuestra vida en medio del mundo que busca y desea una salvación

1 Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20

‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…’ El cumplimiento de este mandato de Jesús es lo que viene a expresarse en las primeras palabras del relato que Marcos nos hace de la vida de Jesús. ‘Comienzo de la Buena Noticia, Evangelio, de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’. Es lo que pretende Marcos cuando nos relata la vida de Jesús.
Hoy estamos celebrando la fiesta de San Marcos, evangelista, el que nos trasmitió el evangelio de Jesús, la Buena Noticia de Jesús. Acaso aquel joven envuelto en una sabana que oculto observaba el prendimiento de Jesús en el huerto de Getsemaní y cuanto allí sucedía; probablemente por ser de la familia de quien había facilitado aquel lugar para la cena de la Pascua testigo de los primeros pasos de la comunidad de Jerusalén que en aquel mismo lugar seguía reuniéndose.
Sería él quien acompañó a Saulo y Bernabé en la primera parte del primer viaje apostólico de san Pablo. Más tarde acompañaría a Bernabé de nuevo a Chipre, pero le veremos más tarde junto a Pedro en Roma, que le llama su hijo amado; sabemos que finalmente estaría acompañando a Pablo, superados los desentendimientos de los primeros momentos, que lo mencionará varias veces en sus cartas apostólicas.
Hoy lo recordamos sobre todo por evangelista, el testigo que nos trasmitió la Buena Noticia de Jesús. Es el evangelio que nos trasmitió y que sigue siendo fuente de la Palabra viva de Dios en la Iglesia para todos los hombres. Es lo que necesitamos hoy destacar de manera especial cuando tan importante es que sigamos siendo esos testigos del evangelio en medio de nuestro mundo. Es la gran tarea en la que estamos embarcados y que no podemos abandonar.
El mundo, aunque tantas veces se haga sordo al anuncio que le hagamos, sigue necesitando del Evangelio, porque en el fondo sigue buscando unos caminos de salvación. ¿A quien no le preocupan los problemas de nuestro mundo? No podemos ser insensibles a la pobreza y a la violencia, a la corrupción y un mundo lleno de desigualdades e injusticias, a un mundo confuso en medio de tantas propuestas que de un lado o de otro se hacen para resolver los problemas que tiene nuestra sociedad.
Todos buscamos soluciones; cada uno ofrece sus ideas y proyectos desde las distintas ideologías, desde las distintas maneras de ver nuestra sociedad, desde los diversos planteamientos que se hacen a nivel económico o a cualquiera de los niveles. Es una búsqueda que todos hacemos porque queremos un mundo mejor. Se intentan imponer las diversas visiones de las cosas, a veces olvidamos a las personas y pensamos más en reglamentaciones.
¿Quién es nuestro verdadero salvador? ¿Quién nos puede ayudar a profundizar en el verdadero valor de la persona? ¿Quién nos puede ayudar a encontrar las verdaderas palancas del amor y de la justicia que nos hagan mejores personas y con ello hagamos verdaderamente un mundo mejor?
Creemos en el Evangelio de Jesús. Seguimos creyendo que es la gran buena noticia que el mundo necesita y que nos llevará de verdad a hacer nuestro mundo mejor. El evangelio de Jesús nos ayuda a transformar nuestro corazón, arrancando de nosotros negruras, las negruras del orgullo, de la intransigencia, de la insolidaridad, de las violencias soterradas pero que un día aparecen, de las ambiciones que nos destrozan a nosotros y destrozan cuanto encontremos a nuestro paso, de esos materialismos que nos hacen insensibles a lo espiritual y a lo más noble que podamos tener en nuestro espíritu.
Es lo primero que nos pide Jesús desde el primer anuncio de la Buena Noticia. Conversión para creer en el evangelio; dejarnos transformar el corazón para ser mejores nosotros y así podamos hacer ese mundo mejor. Es el testimonio que nosotros tenemos que dar no solo con nuestra palabra que grita y anuncia, sino con nuestra vida que tiene que ser el verdadero testigo de ese evangelio en el que creemos y queremos anunciar.
Creo que puede ser el mejor compromiso de nuestra vida cuando estamos celebrando a san Marcos Evangelista, testigo del Evangelio de Jesús.


martes, 24 de abril de 2018

En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala


En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala

Hoy celebramos en nuestra tierra la fiesta de nuestro primer santo canario, el Santo Hermano Pedro de San José de Bethencourt. Nacido en Vilaflor, Tenerife, y apóstol de Guatemala donde murió en 1667.
La vida de nuestro Santo Hermano Pedro estuvo en nuestra tierra rodeada de demasiadas tradiciones y en cierto modo leyendas. Todo giraba en otros tiempos en torno a la Cueva del Hermano Pedro, allá en las cercanías de las playas del Médano, en Granadilla y allí recuerdo como siempre la gente acudía sobre todo el día de san Pedro para recordar y festejar al Hermano Pedro, cuando aun no había sido ni beatificado ni canonizado.
La tradición nos habla de esa cueva como un lugar donde se guarecía con sus ganados en las épocas del año en que venia a pastar en las zonas de costa. Un lugar que le servia al Hermano Pedro para el retiro y el silencio, para la oración y la reflexión, como sigue siendo hoy en el espacio religioso que allí se sigue manteniendo.
Quizá allí, en aquellas soledades se fraguara su deseo de ir a América, desde ese espíritu aventurero nacido quizá de la necesidad de ir ‘a la conquista’ de América como tantos y a través de los siglos ha seguido sucediendo, pero que en Pedro habría también deseos de evangelización después de lo escuchado de un familiar suyo religioso que en esas tareas desarrollaba su labor en América.
Era Pedro un hombre devoto y piadoso, que había nacido a espaldas de la Iglesia de san Pedro de Vilaflor, donde hoy precisamente se levanta su santuario sobre lo que fue el solar de su casa. Su trashumancia por las bandas del sur de la isla no le impidieron cultivar su espíritu religioso y de ahí nacería su deseo de ir a América.
Recaló primero en Cuba para trasladarse luego a Honduras y finalmente a Guatemala. Quiso ser sacerdote, pero los estudios eclesiásticos y los latines se le hacían imposible lo que no le impidió entrar en la orden tercera de los franciscanos. Su espíritu pobre le hizo amar de manera especial a los pobres y a los enfermos y pronto buscaría lugar junto a una ermita para recoger a los necesitados y a los enfermos que ni siquiera en los pobres hospitales de la época encontraban cabida.
Proverbial era su salida todas las mañanas por la calles de Antigua con el repiqueteo de su campanilla recordándonos lo efímera que es nuestra vida, pero al tiempo recogiendo limosnas para sostener aquel incipiente hospital de convalecientes. En torno a él pronto surgirían quienes querían seguir sus pasos para atender de igual manera a pobres y enfermos, lo que daría origen a la Orden de los Hermanos de Belén que llegaría a constituirse formalmente después de su muerte.
El Hermano Pedro murió muy joven, de cuarenta y un años, pero dejo tras de si una huella de virtudes y de santidad, estimulo para muchos en el camino del seguimiento de Jesús. El amor al misterio de Belén fue de alguna manera escuela de santidad en la pobreza y la humildad. Su amor a los necesitados y a los enfermos fue un sol que resplandecía fuerte en su vida. su amor a la Virgen, con deseos siempre de volver un día a su tierra para postrarse ante la Virgen de Candelaria, fue el aliento de madre que sintió y que le impulsaba más y más en ese camino de pobreza, de desprendimiento, de caridad.
Que el ejemplo de nuestro Santo Hermano Pedro nos estimule a nosotros también en ese camino de santidad hecho de pequeñas cosas, de pequeños gestos, en la sencillez de nuestra vida ordinaria de cada día. No son grandes cosas las que tenemos que hacer sino eso pequeño y ordinario de cada día realizado con un amor extraordinario que nos haga sintonizar en cada momento con el corazón de Dios. A eso precisamente nos invita el Papa Francisco con su reciente exhortación apostólica sobre la santidad.  

lunes, 23 de abril de 2018

Los que seguimos a Jesús nunca podemos cerrar puertas ni crear barreras sino tender puentes de encuentro y comunión, de convivencia y paz


Los que seguimos a Jesús nunca podemos cerrar puertas ni crear barreras sino tender puentes de encuentro y comunión, de convivencia y paz

Hechos de los apóstoles 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10

Una puerta que se abre es una invitación a entrar en un mundo nuevo o distinto que se oculta tras esa puerta o esos muros. Pero una puerta cerrada nos impide el paso, la entrada, y es una de no dejar entrar a quien pudiera venir a robar o destrozar, como lo es también de preservar nuestra intimidad y guardar lo nuestro. Demasiadas puertas cerradas nos vamos encontrando hoy en nuestros caminos y vamos incluso vallando nuestras propiedades para impedir la entrada o el paso de extraños. Será una cerca que no se puede saltar o serán unos carteles que nos avisan de que aquello es un lugar privado donde no se puede entrar.
Quizá con las inseguridades que vivimos en el mundo de hoy nos pueda parecer normal esas vallas o esas puertas cerradas, pero creo que en la vida hay otras puertas u otras vallas que interponemos en nuestras mutuas relaciones. Creamos demasiadas veces distancias, vados intransitables entre las personas, discriminamos impidiendo el paso a nuestra vida a los que no nos gustan quizá simplemente por sus apariencias, creamos desconfianzas en el corazón y distanciamientos que nos impiden una relación cordial y una verdadera comunión y comunicación entre unos y otros; aparecen soledades, corazones con amargura y resentimientos, expresión quizá de muchos sufrimientos guardados en el silencio de la impotencia.
Hoy Jesús nos quiere hablar de una puerta abierta. Y El ha venido para ser esa puerta abierta. Es la puerta por la que entrando nos vamos a encontrar con la vida. Es la puerta que traspasándola nos vamos a encontrar toda la revelación del misterio de Dios. El es la Palabra reveladora de Dios que nos hace conocer al Padre y todo lo que es su amor por nosotros; esa Palabra que tenemos que escuchar y que seguir como las ovejas escuchan y siguen la voz de su pastor. Es la puerta que nos señala caminos de amor para que encontrándonos con el amor verdadero que en El se nos manifiesta podamos entender mejor como tenemos que expresar nosotros el amor; con Jesús entraremos para siempre en la sintonía del amor.
Cuando por la fe traspasamos esa puerta que es Cristo, no solo nos vamos a ver acogidos y envueltos en el amor de Dios – Jesús como Buena Pastor nos va a conducir a los verdaderos pastos de la vida – sino que necesariamente vamos a sentirnos en una nueva comunión con todos donde se rompan y se caigan todas las barreras que han impedido hasta ahora que nos encontremos y convivamos de verdad; con Jesús sabremos lo que es la verdadera reconciliación, porque El con su muerte ha derribado para siempre el muro del pecado que nos separaba.
Queremos entrar por esa puerta; queremos escuchar y seguir a Jesús; queremos abrir nuestras puertas también derribando tantos muros que nos separan de los que están a nuestro lado o de los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que estar abiertos a la comunión y a la paz, al amor y a la concordia, comprometidos a hacer un mundo nuevo y mejor.

domingo, 22 de abril de 2018

La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús


La misión del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas nos abre horizontes para llegar a esos otros mundos a los que hemos de hacer también el anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Hechos 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en el cumplimiento de las responsabilidades que hayamos adquirido o se nos hayan confiado en la vida? Asumir una responsabilidad y más cuando media en ello también el amor algunas veces nos cuesta y parece como si quisiéramos ponerle límites o decir hasta aquí llego pero complicarme la vida más allá ya no estoy tan dispuesto. Ya decimos que no a todos se les enfrían sus responsabilidades y podríamos descubrir muchos testimonios admirables de quienes pierden para si, pero son capaces de mantener su fidelidad hasta el final.
En el cumplimiento de nuestras responsabilidades algunas veces quizá tengamos que enfrentarnos a quienes no actúan con toda ética y rectitud y que desde sus lugares de influencia quizá hasta pudieran hacernos daño con sus manipulaciones. Es difícil y cuesta, pero sí nos podemos encontrar personas que actúan con esa rectitud aunque eso les pueda traer otros perjuicios por otros lados.
Es responsabilidad, es rectitud, es fidelidad, es sentir como propio lo que tenemos en nuestras manos, aunque sea cosa que nos haya confiado alguien, es el amor a la justicia y la bondad que brillan en tantos corazones buenos también. ¿Hasta donde seremos capaces de llegar nosotros también? ¿Habremos puesto junto a esa tarea de la responsabilidad el abono del amor que la hace verdaderamente fecunda?
Hoy lo aprendemos de Jesús en el evangelio. Nos habla del pastor que cuida con responsabilidad de sus ovejas, pero donde todo además lo vemos impregnado por el amor. Es el verdadero pastor que ama a su rebaño, que lo cuida y lo protege, que le ofrece los mejores pastos, pero que también lo defiende. Es el pastor que las ama y las conoce, a cada uno le ha dado un nombre, y cada una conoce a su pastor porque así se sienten amadas, protegidas y cuidadas por él. Si acaso alguna se le extravía la busca por collados y barrancos hasta que la encuentra llenándose de alegría que comparte incluso con los demás.
No es el asalariado que se comporta de manera irresponsable, porque aunque trata de cumplir con su deber de llevar a pastar a las ovejas, cuando viene la dificultad y el peligro, huye, abandona, no protege ni cuida aun a riesgo de su propia vida. El que no es dueño de las ovejas porque no las siente como algo propio de su vida, ve venir al lobo y las abandona, dejando que el lobo haga estrago entre las ovejas.
Y Jesús nos está diciendo que ese buen pastor es El que da su vida por las ovejas, que da su vida por nosotros. Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas… Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas…’
No es necesario que digamos muchas cosas para que veamos reflejada esa imagen del Buen Pastor en Jesús. Basta que le contemplemos en el evangelio, en su cercanía con la gente, en la acogida misericordiosa a cuantos a El se acercan con sus dolencias del cuerpo o del espíritu, en su recorrer los caminos de Galilea y toda Palestina, en su saber estar al lado de los pecadores y de cuantos eran despreciados por todos, en su entrega hasta el final dando su vida por nosotros. Es la vida de Jesús, son sus gestos y son también sus palabras, es su mirada y es su mano tendida, es su corazón misericordioso siempre abierto y es ese acercarse incluso a aquel que está abandonado de todos.
Hoy es un momento para ponernos a contemplar y a considerar cuanto es el amor que el Señor nos tiene, pero también para que consideremos cómo nosotros le escuchamos y conocemos su voz. Esa voz del Buen Pastor que llega a nosotros por tantos caminos, porque nos llega a través de la Iglesia y de quienes en la Iglesia tienen una misión y un oficio pastoral, pero que nos llega también a través del hermano que camina a nuestro lado y muestra alguna preocupación por nosotros. ¿Por qué no ver ahí ese cuidado amoroso de Jesús Buen Pastor que llegue también así a nuestra vida?
Hay un pequeño detalle en el evangelio en el que también hemos de caer en la cuenta. Nos dice Jesús que hay otras ovejas, que no están quizá en nuestro rebaño, pero que también tienen que oír la voz del Pastor, recibir esa atención del Pastor que también ha de cuidar de ellas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor’.
En un sentido ecuménico habitualmente hemos querido ver ahí a quienes se han separado de la Iglesia y hemos utilizado este texto como una motivación para nuestra oración por la unidad de los cristianos. Pero creo que puede decirnos algo más. ‘Otras ovejas que no son de este redil…’ nos dice. ¿No somos una Iglesia en salida, una iglesia que no puede apagar su espíritu misionero?
En cuantos podemos pensar en este mundo en el que vivimos, por un lado unos que se han alejado de la Iglesia aun cuando se dicen todavía creyentes y cristianos; pero tantos a los que quizá ya no les diga nada la religión, ni Cristo ni la Iglesia, cuantos con otras maneras de pensar, con otras ideologías que marcan sus vidas, tantos quizás personas de buena voluntad y que hacen el bien o trabajan por la justicia y por un mundo mejor pero que no han descubierto la luz de la fe o el sentido cristiano de la vida incluso con los buenos valores por los que trabajan. Tenemos que reconocer claramente que no todo es negativo en quienes no profesan nuestra misma fe.
A tantos que miramos de lejos, porque tienen otro estilo de vida o porque desde nuestro punto de visto sus vidas se ven marcadas por muchas cosas que a nosotros no nos pueden parecer buenas. Y ¿qué hacemos ante todo eso? ¿Qué inquietud sentimos por ese mundo que nos rodea y que ya no quiere llamarse ni sentirse cristiano? Y no pienso solamente en países lejanos que llamamos de misión.
Jesús es el Buen Pastor que piensa en esas otras ovejas que no son de este redil. Pero Jesús quiere que nosotros pensemos en ellos también. Porque ahí también tenemos que hacer presente y visible al que es el Buen Pastor que entrega su vida por las ovejas, también por estas ovejas.


sábado, 21 de abril de 2018

Aunque aparezcan las dudas y las debilidades tenemos que ser capaces de confesar que solo Jesús tiene para nosotros palabras de vida eterna


Aunque aparezcan las dudas y las debilidades tenemos que ser capaces de confesar que solo Jesús tiene para nosotros palabras de vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

Es una tentación fácil, la huida. Queremos vivir en un mundo de comodidades y cuando no lo podemos conseguir nos sentimos inquietos y hasta molestos. Queremos que las cosas sean como nosotros nos las imaginamos o las planteamos y cuando en el devenir de la vida encontramos dificultades, oposición con otra manera de ver las cosas, ya no sabemos qué hacer. Nos cuesta pensar, profundizar en las cosas, queremos vivir a lo fácil y sin muchas complicaciones intelectuales, y cuando se nos acerca alguien con una conversación y unas ideas que nos hacen pensar, nos echamos para detrás.
Pero nos sucede en nuestra vida cristiana en que no queremos salir del cascarón, de lo que siempre hemos hecho y a eso lo llamamos tradiciones, nos cuesta plantearnos nuevos compromisos, se nos hace difícil llegar, como nos está pidiendo hoy el Papa, a las periferias, a los lugares difíciles, ser misioneros de verdad en un mundo cambiante o en un mundo en el que ya todos no piensan como nosotros o vienen de vuelta de todo tipo de referencia religiosa. Y ya no sabemos qué hacer, porque no queremos complicarnos la vida.
Muchas más cosas así podríamos pensar desde lo que nos sugiere el evangelio nos presenta la liturgia. Era algo en verdad novedoso lo que Jesús les estaba planteando allí en la sinagoga de Cafarnaún. Se toman como inmasticables las palabras de Jesús que les hablaba de comer su carne y beber su sangre. Intentar profundizar para comprender todo lo que significaría ese vivir unidos a Jesús para hacerse una cosa con El les parecía de todo punto imposible.
Realmente era mucho la exigencia que Jesús les planteaba. Ya en otro momento dirá Jesús que no hay que andar con paños calientes, con remiendos, con odres viejos para el vino nuevo. Era una Buena Nueva, era una Novedad grande lo que Jesús les estaba planteando cuando les decía que había que creer en El y dejarse transformar plenamente el corazón y la vida. La conversión no era un adorno a la vida, sino algo que había que tomarse muy en serio porque había que darle la vuelta a la vida, a la manera de pensar, a la manera de actuar, a las actitudes profundas del alma de una forma total y radical.
Y muchos se marchan, ya no querrán ir más con Jesús. Se sienten defraudados porque no era lo que ellos pensaban sino que las exigencias eran mayores y no estaban dispuestos a eso. La disculpa era lo de comer la carne de Cristo. No se sentían con fuerzas para aceptar plenamente lo que Jesús les decía que El era el verdadero Pan bajado del cielo. Y eso significaba mucho.
Los discípulos cercanos a Jesús también dudan. Jesús lo nota. Por eso les pregunta que si ellos también quieren irse, si ellos también se sienten defraudados y van a abandonar. Pero por allá está Pedro siempre el primero en saltar y hablar. Era mucho el amor que sentía por Jesús. No sé si El realmente estaría entendiendo plenamente lo que Jesús les estaba planteando, pero allí estaba su amor. El amor que tantas veces le salvaría, a pesar de que en momentos más tarde se presentara débil. ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir si Tú tienes palabras de vida eterna?’
¿Seríamos capaces nosotros de decir con toda intensidad esas mismas palabras de Jesús? creo que es un planteamiento serio que nos hace el evangelio. Nos cuesta. Pero no podemos andar con más tibiezas en el camino del seguimiento de Jesús. Sabemos todo lo que implica el que creamos en Jesús y vivamos unidos a El. Es algo muy serio que vayamos a comer a Jesús, a comulgar, porque en verdad queremos vivir su vida con todas sus consecuencias a pesar de nuestras debilidades.

viernes, 20 de abril de 2018

Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido


Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. 
¿Qué significa comulgar? ¿Qué significa comer a Cristo, comer su Cuerpo y beber su Sangre? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar para hacernos una buena reflexión. Tenemos el peligro de las rutinas. Y las rutinas son malas ayudas porque cuando no vivimos algo con toda la intensidad que deberíamos vivirlo nos enfriamos, perdemos el gusto y todo se nos puede quedar en nada, en un puro rito que hagamos.
Es el peligro que tenemos con la Eucaristía. La convertimos en un acto social. En un fervor quizá mal entendido por esa superficialidad en la que podemos caer en la vida incluso en lo más sagrado, casi como un comodín para todo hacemos una Misa, como decimos, y en cualquier lugar o para cualquier cosa. Y desvirtuamos el misterio de la Eucaristía, y no llegamos a vivirla con la intensidad que tendríamos que vivirla y con las repercusiones que tendría que tener siempre para nuestra vida.
Pensemos, por ejemplo, en las palabras que escuchamos en el evangelio y en concreto las que hemos subrayado para comenzar esta reflexión. Habla de habitar en Jesús y Jesús habitar en nosotros; nos habla de que de la misma manera que Jesús vive por el Padre, quien comulga, quien come su carne y bebe su sangre, quien participa de la Eucaristía vive por Jesús. ¿Nos damos cuenta bien de lo que significan esas palabras?
Vivir por Jesús, vivir en Jesús y que Jesús viva en mi no es una cosa baladí, no es cualquier cosa. Sentir que Jesús vive en mi, es porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús; decir que habito en Jesús viene a decir que yo no sé hacer las cosas sino a la manera de Jesús. Mi pensamiento, mis sentimientos, mis actitudes, mi manera de actuar no podrían estar en contradicción con lo que hace, dice, siente, vive Jesús. ¿Y es de verdad el estilo y sentido del evangelio lo que impregna toda mi vida?
Cuando en la vida para justificarnos en lo que hacemos queremos darnos nuestras particulares explicaciones del evangelio, cuando decimos que no tenemos que tomarnos al pie de la letra lo que Jesús nos enseña en el evangelio, del amor, del perdón, del sentido y valor de la paz, del entendimiento que he de vivir con los demás, no podemos decir entonces que estamos viviendo en comunión con Jesús y su evangelio. ¿Qué sentido tiene comulgar si luego vamos a hacer las cosas de manera distinta a como Jesús nos enseña en el evangelio?
Es cierto que somos débiles, que tenemos tentaciones, que nos cuesta superarnos en muchas cosas y somos pecadores, pero tendríamos que tener el propósito y el deseo de querer vivirlo como Jesús nos dice. Así El es nuestra fuerza, nuestro alimento, nuestra vida. Así comiéndole a El sentiremos también su fuerza y su gracia que nos ayuda.
Por eso nos dice Jesús: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Entendamos bien, entonces, lo que significa comulgar, comer a Cristo para vivir en El, tener vida eterna, estar llamados a la resurrección.

jueves, 19 de abril de 2018

Comiendo a Cristo en la Eucaristía entraremos en la sintonía de Dios que es una sintonía de amor para una relación más estrecha con Dios mismo y con los hermanos



Comiendo a Cristo en la Eucaristía entraremos en la sintonía de Dios que es una sintonía de amor para una relación más estrecha con Dios mismo y con los hermanos

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

A veces sentimos dentro de nosotros como un impulso interior que nos impele a realizar algo bueno, parece como que nos sugiere una cosa buena que nunca quizás habíamos pensado que podíamos hacer, y es como una fuerza que no nos deja tranquilos hasta que nos dejamos llevar por ese impulso y lo realizamos. Saludar a alguien a quien nunca habíamos saludado, prestar un servicio que no se nos había ocurrido que podríamos realizar, comprometernos con algo que sentimos que con ello podemos ayudar a otras personas, cosas que nos hacen salir de nosotros mismos y nos llevan a lo bueno, nos llevan a un nuevo encuentro con los demás, nos llevan quizás a un compromiso.
Nos damos muchas explicaciones para todo eso que sentimos, pensamos que es una intuición o una sintonía que establecemos con esa persona a la que vamos a ayudar. Pero como creyentes que somos por qué no pensamos en una inspiración de lo alto, una inspiración que nos viene de Dios que de alguna manera nos está llamando a ser más generosos con nuestra vida, a un compromiso por los demás o por el entorno en el que vivimos.
Nos dirán que son sueños que tenemos, que es el inconsciente que nos habla, o muchas otras cosas, pero yo como creyente pienso en la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, que  nos inspira, que nos llama y que nos conduce por caminos buenos que nos acerquen mas a Dios. Yo, como creyente creo en la fuerza del Espíritu de Dios que Jesús nos prometió que estaría con nosotros.
Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio ‘nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día… Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí…’ Es por la fuerza del Espíritu de Dios por lo que en verdad podemos confesar que Jesús es el Hijo de Dios. Y creemos en su Palabra, que es Palabra de vida eterna para nosotros. Como  nos dice Jesús ‘yo lo resucitaré en el último día’, y estamos participando de esa resurrección en la medida en que nos llenamos de vida porque nos llenamos de amor, un amor que un día podremos vivir en plenitud total junto a Dios.
Dejémonos conducir por el Espíritu divino y pongamos toda nuestra fe en Jesús. Hoy nos dice Jesús que El es el Pan de vida. Es el verdadero pan bajado del cielo. Y les recuerda que si los padres comieron el mana en el desierto al que ellos llamaban pan bajado del cielo, los que comieron de aquel pan murieron, pero quien como ahora de este verdadero Pan de Vida que es Jesús tendrán vida para siempre.
‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Ya nos está hablando Jesús de la Eucaristía, en la que El mismo será nuestra comida, nuestro alimento, nuestra vida. ‘El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’, nos ha dicho.
Comiéndole a El entraremos en esa nueva sintonía de Dios, porque comiendo a Cristo entramos necesariamente en la sintonía del amor. Comer a Cristo es hacernos una misma cosa con El. Si somos una misma cosa con El nuestra vida no puede estar en otra sintonía que la del amor.  Sintonía del amor que nos hace entrar en una nueva relación cada vez más intensa con Dios, pero que también nos abrirá a una relación cada vez más intensa de amor con los demás. El Espíritu del Señor que habita en nuestros corazones nos conduce por esos caminos.

miércoles, 18 de abril de 2018

Creer en Cristo y comer a Cristo no lo podemos hacer de cualquier forma porque tiene que llevarnos a asimilar en nosotros todo el sentido de Cristo


Creer en Cristo y comer a Cristo no lo podemos hacer de cualquier forma porque tiene que llevarnos a asimilar en nosotros todo el sentido de Cristo

Hechos de los apóstoles 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Lo tenia muy presente Jesús. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, nos dice la carta a los Hebreos recogiendo el sentido de los salmos para expresar el sentido y el sentimiento de Jesús al hacer su entrada en el mundo. Ya no los dice en otro momento también el evangelio que la voluntad de Dios era el amor al  hombre, al amor al mundo, a su criatura y por eso y para eso nos envió a su Hijo, nos entregó a su Hijo.
Hoy nos lo dice Jesús en el evangelio. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. La vida y la resurrección del hombre, nuestra salvación, el hacernos participes por Jesús de su vida divina. Por eso hoy nos pide que creamos en El, porque creyendo en El tendremos vida; creyendo en Jesús caminaremos por caminos de vida y de plenitud.
Se hace nuestra vida, nuestro alimento para que no tengamos hambre, para que no tengamos sed. En Jesús seremos saciados plenamente allá en lo más hondo de nosotros mismos y en lo que verdaderamente es importante. Es lo que no revela Jesús del misterio de Dios; es lo que nos revela Jesús del sentido del hombre, del sentido de la vida; es el camino que traza ante nuestros ojos para que lo sigamos; es ese sentido nuevo de vida que en Jesús descubrimos.
Seguirle es como comerle, porque cuando nos alimentamos con la comida es que estamos asimilando todos sus nutrientes para que se hagan vida en nosotros. Seguimos a Cristo, comemos a Cristo porque El se hace alimento nuestro y es asimilar su vida, es hacer que todo lo que es y significa su vida se introduzca en nosotros, por así decirlo, para que fluya por nuestro interior, para que sea el alimento y el sentido de nuestra vida, para convertirse en nuestra fuerza, para sentirnos así transformados por El.
Creer en Jesús no es cualquier cosa; comer a Jesús no lo podemos hacer de cualquier manera; comulgar a Jesús es asimilar en nosotros todo lo que es su vida, su sentido, su amor, su entrega, su gracia. Quien cree en Jesús, quien come a Cristo, quien comulga necesariamente tiene que sentirse transformado, tiene que sentirse otro. Triste es que comulguemos sin comulgar, porque nos quedemos en la materialidad de la comunión pero no comulguemos a Cristo por dentro de nosotros para sentirnos distintos, para sentirnos con nueva vida.
Comer a Cristo no es un acto formal o ritual que realicemos; tenemos que ser en verdad conscientes de lo que vamos a hacer, de lo que en verdad significa ese comulgar a Cristo. Vamos demasiado inconscientemente muchas veces a la comunión. Comer a Cristo y permanecer en el pecado es una incongruencia, algo que no cabe, que no tiene ningún sentido. Por eso siempre la Iglesia nos ha enseñado que para poder comulgar estemos en gracia de Dios, que significa estar sin pecado; previamente tenemos que realizar esa conversión de nuestra vida, ese arrepentimiento buscando su perdón y su gracia para que arrancados de todo pecado podamos en verdad llenarnos de Cristo.
Tenemos que pensarnos muy bien lo que significa comer a Cristo y estar dispuestos entonces a que habiéndole comido todo el existir de nuestra vida sea siempre para Cristo, sea siempre según el sentido de Cristo, nos haga sentirnos transformados por Cristo para ser necesariamente esos hombre nuevos que tenemos que ser. Por eso Jesús nos ha hablado hoy de resurrección. Es la Pascua que tenemos que dejar que se realice en nosotros.

martes, 17 de abril de 2018

Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud


Queremos tener vida y en Jesús encontramos ese alimento de vida eterna que sacia los deseos mas hondo y nos conduce por caminos de plenitud

Hechos de los apóstoles 7, 51-59; Sal 30;  Juan 6, 30-35

Todo ser viviente necesita alimentarse cada día. Ese alimento que da la energía que necesita nuestro cuerpo para vivir, para que podamos realizar nuestros trabajos, para que funcione todo nuestro ser. Cada día renovamos nuestras energías con un alimento equilibrado que pueda sostener toda nuestra vitalidad. Es nuestra lucha y nuestro trabajo para la supervivencia y es el desarrollo de nuestras capacidades y nuestras responsabilidades.
Pero sabemos bien que no es solo el mantenimiento de la actividad por así decirlo mecánica de nuestro cuerpo y entonces no es solo el alimento material lo que necesitamos. Nuestro vivir va más allá de esa materialidad y corporeidad y hay algo mas que alimenta nuestra vida, nuestra mente, nuestro ser más profundo. Es alimento de ese vivir lo compartimos de nosotros mismos, lo que podemos aprender de los demás, lo que puede enriquecer nuestra mente y nuestras ideas, lo que eleva nuestro espíritu, lo que trasciende eso material de cada día. Podemos llamarlo alimento espiritual o démosle el nombre que queramos, pero algo más que ese alimento que nos pueda entrar por la boca y vaya a nuestro aparato digestivo.
Hoy en el evangelio vemos a la gente que busca a Jesús y entrando en diálogo con El le piden que les dé siempre de ese pan del que ahora Jesús les está hablando. Le han pedido signos y señales para creer en El quienes en la tarde anterior habían comido aquel pan milagrosamente multiplicado por Jesús. Pronto olvidan las señales y siguen pidiendo más.
Le dicen a Jesús que creyeron en Moisés porque les dio un pan del cielo, el maná, con el que se alimentaron hasta llegar a la tierra prometida. Pero Jesús les dice que no es Moisés quien les da el verdadero pan del cielo y que quien coma de él tendrá vida para siempre. Si pueden comer un pan que les de vida para siempre y no tengan cada día necesidad de buscarse ese pan que llevarse a la boca, pues que Jesús les dé ese pan. ‘Danos siempre de ese pan’, le piden.
No terminan de comprender que ya Jesús les está alimentando y no porque en la tarde anterior hayan comido aquel pan milagrosamente multiplicado. Jesús con su Palabra les está dando un alimento de vida eterna, pero no terminan de comprenderlo. Por eso Jesús les dirá que es El mismo ese pan bajado del cielo. Jesús se nos da, es vida para nosotros, su Palabra es alimento de vida, porque nos conducirá a la vida en plenitud. Es el que sacia lo más hondo que hay en nosotros.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Así nos dice Jesús de si mismo. En El tenemos todas las respuestas a los interrogantes más hondos de nuestra vida. El responde a nuestras inquietudes y deseos; El viene a elevar nuestro espíritu poniendo en nosotros los más altos ideales y haciendo posible que los podamos realizar.
No es solo es pan material que entra por la boca. No es solo el alimento de nuestro cuerpo que también necesitamos. Es ese alimento de vida que nos llena de plenitud, que nos da vida eterna.  Creemos en Jesús y queremos llenarnos de El; creemos en Jesús y con El vamos a tener vida para siempre; creemos en Jesús y nos pone en camino de vida, no solo para nosotros sino también para los demás, porque quien tiene a Jesús  no podrá olvidarse jamás de los demás, del hermano, del que pasa necesidad, del que busca algo grande en su vida. Busquemos, pues, a Jesús y alimentémonos de El para tener vida para siempre.

lunes, 16 de abril de 2018

Tenemos que plantearnos seriamente por qué buscamos a Jesús para que nuestra fe no sea superficial y podamos dar ante el mundo razón de nuestra esperanza



Tenemos que plantearnos seriamente por qué buscamos a Jesús para que nuestra fe no sea superficial y podamos dar ante el mundo razón de nuestra esperanza

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29

La gente muchas veces se entusiasma fácilmente cuando algo llama su atención, ya sea por la novedad y la sorpresa de lo que sucede, muchas veces porque creen encontrar un camino fácil a la solución de sus problemas y necesidades, porque quizá lo que se les anuncia o se les dice les llama la atención y despiertan alguna inquietud en su interior, pero también porque muchas veces se ven arrastradas como por un torbellino porque todo el mundo lo hace, porque toda la gente va con curiosidad a ver y nosotros vamos también.
Es buena la curiosidad y los deseos de saber y conocer, es bueno que se despierten inquietudes y es esperanzas en el corazón, pero también hemos de saber buscar o tener razones hondas para ese entusiasmo y para que igual que crece rápidamente de la misma manera se desinfle ante la menor desilusión.
Es por lo que tenemos que pensar en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en lo que queremos hacer de nuestra vida cristiana. No somos cristianos porque todos los sean o porque sea una tradición que viene de nuestros mayores. Es cierto que recibimos ese testigo de la fe de nuestros mayores, pero tenemos que saberla hacer personal y sentirnos responsables de esa fe y de los comportamientos y posturas que en consecuencia hemos de tener.
Es cierto que proclamamos y vivimos nuestra fe en comunión con los que tienen la misma fe y públicamente la expresamos desde la comunidad y también desde unos actos y celebraciones religiosas que comunitariamente hacemos y con los que nos manifestamos también ante el mundo como un pueblo creyente. Pero no tiene que ser aquello de a donde vas Vicente, a donde va la gente. Hemos de saber dar nuestra respuesta personal dando verdadera razón de nuestra fe y eso hemos de expresarlo con toda nuestra vida. Mucho tendríamos que reflexionar y revisar en ese sentido de cómo es la vivencia y la manifestación de nuestra fe.
‘¿Por qué me buscáis?’ es la pregunta que les hace Jesús a la gente cuando lo encuentran en Cafarnaún. La tarde anterior allá en el descampado habían querido hasta hacerlo rey. Milagrosamente había multiplicado el pan para ellos y todos habían comido cuando se habían quedado sin provisiones lejos de sus casas. Era motivo para el entusiasmo. Allí estaba su Palabra con la que les enseñaba continuamente, pero allí estaban los signos que realizaba; los enfermos eran curados, todo el que tuviera algo en su espíritu que le atormentara en Jesús encontraba la paz, ahora les había dado de comer.
Claro que buscaban a Jesús. Cuando en la mañana vieron que ni estaba Jesús allí ni estaban sus discípulos, aprovechando unas barcas de Tiberíades que aparecieron por allí muchos se dirigieron a Cafarnaún en búsqueda de Jesús, mientras otros quizás lo hacían por la orilla del lago. Ahora lo  habían encontrado. ‘¿Cómo has venido aquí?’ le pregunta, pero la respuesta es la pregunta de Jesús que quiere hacerles reflexionar para que busquen lo que verdadera importa.
Es la pregunta que también sentimos en nuestro interior. ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Por qué decimos que tenemos fe en El y somos cristianos? No es una pregunta baladí. Es importante que también nosotros nos aclaremos. De lo contrario nuestro encuentro con Jesús será superficial, nuestra fe será superficial; y lo superficial, lo que esta fuera de la superficie pronto el viento se lo lleva, pronto se nos puede enfriar y apagar nuestra fe.
Busquemos a Jesús pero en lo que verdaderamente importa. Vayamos a su encuentro o dejémonos encontrar por El. Pongamos toda nuestra fe en El que es poner toda nuestra vida, que es hacer que El sea en verdad el centro de nuestra vida. Esto nos da para muchas más reflexiones.

domingo, 15 de abril de 2018

Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza


Una mirada de Cristo resucitado que despierta en nosotros la sensibilidad del amor y nos impulsa a caminos llenos de luz y de esperanza

Hechos 3, 12-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Una mirada puede llenar de luz nuestra vida y hacernos sentir como nuevos levantando ilusiones y esperanzas con deseos de un nuevo vivir. Cuánto lo necesitamos en tantas ocasiones. Algunas veces parece que vamos como arrastrándonos por la vida y tenemos la sensación de querer encerrarnos porque muchos temores pueden atenazar nuestro espíritu.
Quizá una decepción o un fracaso, que las cosas no hubieran salido como nosotros queríamos, el desplante que alguien nos haya podido hacer con un comentario, un silencio que nos ignora, o simplemente porque no nos prestaron atención, puede hacer que nos sintamos como hundidos. Pero llega esa mirada llena de luz y nuestro espíritu revive y volvemos a tener luz en nuestro interior y nos hace ver las cosas con una nueva ilusión y esperanza.
Nos viene bien quizá pensar esto por lo que nosotros podamos estar pasando en ocasiones por diferentes motivos, pero también para que pensemos como hemos de mirar a los demás, porque nuestra mirada que presta atención a alguien puede levantarle su espíritu porque descubra que alguien se interesa por el, porque así se siente importante para alguien. Eso nos hace caminar con ilusión, con renovado brío, con muchos deseos de muchas cosas buenas. Cuantos pueden ir andando por la vida con esas sensaciones negativas y a los que podemos llenarlos de luz con nuestra mirada e interés.

‘Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro’, pedimos hoy con el salmo en la celebración de la Eucaristía en medio de la proclamación de la Palabra. ¿Qué fue sino eso lo que les sucedió a los discípulos encerrados en el cenáculo tras la muerte de Jesús cuando se les manifestó resucitado?

Seguro que Pedro y los otros dos apóstoles que estuvieron con él recordarían la experiencia del Tabor. Allí habían contemplado, como en un anticipo, el rostro resplandeciente de Jesús lleno de la gloria de Dios. Ahora podrían comprender que era verdad todo lo que les había anunciado Jesús y comprenderían mejor el sentido de cuanto había pasado. Aunque con temores y ciertas desconfianzas muy humanas al principio, nos comenta el evangelista que se llenaron de inmensa alegría. Entonces, dice el evangelista, les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’. Fue la experiencia de la presencia de Jesús resucitado lo que les renovó totalmente sus vidas.

Podríamos quizá pensar que eso fue la experiencia que vivieron entonces los apóstoles en aquel momento concreto con la presencia de Cristo resucitado entre ellos, pero para nosotros ha pasado el tiempo y no estábamos allí y entonces esa experiencia no la podemos nosotros tener. Pero tenemos que confesar que nosotros sí la podemos tener.

Aquellos discípulos porque creyeron incluso en medio de un mar de dudas pudieron vivir y sentir esa presencia de Jesús. Nosotros hoy también por la fe podemos vivir y sentir esa misma experiencia de Jesús. Es la tradición de la fe que nosotros hemos recibido de otros testigos, pero en esa fe allá en el interior de nosotros mismos podemos tener la misma experiencia, vivir la misma presencia, sentir el mismo ardor en nuestro corazón al escucharle como nos explica a nosotros también las Escrituras, como escuchamos su Palabra, cómo podemos alimentarnos de la misma manera de su vida. Así podremos ser también testigos que trasmitamos con convicción nuestra fe a los demás.

¿Qué necesitamos? Sentir cómo su rostro se ilumina sobre nosotros. Hacer tan viva la celebración de nuestra fe que podamos sentir esa mirada de Cristo sobre nosotros, sobre nuestra vida. Decimos, ya quizá como una rutina que repetimos muchas veces, que Dios nos ama. Pero no basta con que lo digamos; intentemos saborearlo, saborear en nuestro corazón ese amor que Dios nos tiene, que pone su mirada en nosotros, que cuenta con nosotros aunque quizá por nuestra vida pecadora no lo merezcamos, pero aun así Dios nos ama.

Pensemos, por ejemplo, cuantas veces en nuestra vida nos ha regalado su perdón a pesar de tantas infidelidades nuestras. Pensemos como Dios va poniendo a nuestro lado tantos testigos y tantas señales que nos están hablando de su amor en esas personas que se interesan por nosotros, en ese gesto amable que hemos recibido de alguien con una sonrisa cuando quizá no lo esperábamos, en esa palabra que nos hace pensar, ese momento de especial sensibilidad que nos hizo mirarnos en nuestro interior, en ese amigo que nos ha tendido su mano. Es la mirada de Jesús sobre nuestra vida que tiene que llenarnos de luz.

Igual podemos descubrir esa mirada de Cristo resucitado en esa persona que está sufriendo a nuestro lado, en quien nos tiene la mano pidiendo una ayuda, en ese caído por el que nadie se interesa y que sigue desplazado en los caminos de la vida, en esos que viven la dura soledad abandonados de sus seres queridos y abandonados también de una sociedad que no quiere enterarse de esas soledades, en esos heridos de la guerra injusta que hace sufrir a tantos y que no es cosa de otros tiempos sino de hoy mismo en tantos lugares del mundo… nos están mostrando las llagas del Jesús crucificado, pero al mismo tiempo por esas llamas están saliendo los resplandores de la luz de Cristo resucitado cuando nos dejamos mirar, o cuando nosotros miramos con atención intentando poner mas amor en la vida, en la nuestra pero también en la de esos que se sienten así heridos y abandonados. ¿No nos interroga por dentro esa mirada de Jesús?

Después de sentirnos así mirados por Jesús nuestra vida no puede seguir igual, no podemos permanecer impávidos con los brazos cruzados, nuestra sensibilidad del amor tiene que despertarse, una nueva ilusión y esperanza renace en nuestra vida y queremos llevar también a nuestro mundo.



sábado, 14 de abril de 2018

Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba


Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

En la vida nos parece que remamos muchas veces con el viento en contra. Parece como si las dificultades nos fueran saliendo de debajo de los pies. Las cosas en un momento determinado da la impresión que van bien pero pronto se tuerce todo y aparecen los contratiempos, la dificultades, los problemas y nos parece que todo lo tenemos en contra. Nos puede surgir el cansancio porque no vemos que conseguimos objetivos, porque  no avanzamos en lo que queremos conseguir, porque no tenemos beneficios, y no es ya solo en lo material, de aquello por lo que luchamos.
Nos puede pasar en nuestros trabajos, en la vida familia, en la relación con la que gente con la que convivimos, o nos puede suceder allá en nuestro interior en esos valores por los que queremos luchar, en esas metas de superación que queremos alcanzar, en esos defectos que queremos corregir y así en muchas cosas.
Nos sucede en nuestra vida espiritual o  nos sucede en la lucha que mantenemos por nuestros compromisos cristianos o por aquello que queremos hacer por los demás. No es que siempre tengamos la vida llena de dificultades, pero hay momentos que se nos vuelven oscuros y no sabemos cómo salir adelante.
Ahí tiene que aparecer nuestra fortaleza interior, la madurez con que vamos afrontando la vida, la conciencia de la realidad de nuestra propia debilidad, pero al mismo tiempo sabemos que podemos conseguirlo y no queremos tirar la toalla aunque remar con el viento en contra en la vida nos esté resultando costoso. Como creyentes y como cristianos sabemos siempre que la fuerza de la gracia no nos falta y con nosotros, aunque nuestra mente y nuestro corazón se vuelvan turbios muchas veces y no veamos con claridad, la presencia del Señor no nos falta. No podemos acobardarnos
El texto del evangelio de hoy creo que nos da pautas, nos ayuda a descubrir esa presencia del Señor aunque a veces nos parezca que estamos siendo engañados. Los discípulos remaban rumba a Cafarnaún después que en la tarde anterior Jesús realizara aquella multiplicación milagrosa de los panes para que todos comieran. La gente estaba entusiasmada y poco menos que querían hacer rey a Jesús, pero éste embarcó a sus discípulos rumbo a la otra orilla aunque Jesús se quedó en tierra.
Ahora allá iban solos en la barca y el viento lo tenían en contra y les costaba avanzar. El esfuerzo que estaban realizando era grande. No habían podido saborear a su gusto los que les parecía que eran un triunfo de Cristo cuando era aclamado por las gentes, y ellos se encontraban con dificultades en medio del lago. Y Jesús no estaba con ellos. En otra ocasión en que se había desatado una fuerte tormenta en el lago Jesús estaba, aunque fuera dormido en un rincón de la barca. Al menos entonces podían acudir a Jesús, pero ahora no estaba.
¿Nos pasará a nosotros en algunas ocasiones? Querríamos sentir la presencia y la fuerza del Señor con nosotros en medio de aquellos problemas que nos surgieron en la vida, pero nos sentimos solos y parece que hasta la fe se decaía. Cuántas veces todo se nos vuelve turbio y oscuro en nuestras soledades y en nuestras luchas.
Pero Jesús vino al encuentro de los discípulos que remaban con esfuerzo en medio del lago sin poder avanzar. A ellos les pareció un fantasma, porque alguien venia caminando sobre el agua. Y se llenaron de temor. ‘No temáis, soy yo’, fue la voz del maestro la que escucharon. Pero aun seguían con sus dudas y sus temores. Pedro quería tener la certeza plena de que era Jesús, como nos contará otro evangelista al narrarnos este mismo episodio. Ahora con Jesús cerca de ellos llegan pronto a la orilla.
‘Soy yo, no temáis’, nos dice tantas veces Jesús aunque quizá con los vientos de las tormentas que estamos pasando no lo oigamos y sigamos sintiendo confusión en nuestro corazón.  Pero hemos de tener la certeza, la seguridad de que el Señor no nos deja solos, está a nuestro lado, con El junto a nosotros podremos avanzar por muchas que sean las dificultades. Que se despierte nuestra fe. Que no nos dejemos envolver por las oscuridades de la vida. La luz de la fe tiene que iluminarnos el camino y hacernos descubrir esa presencia maravillosa del Señor.