viernes, 22 de mayo de 2015

Que crezca la ternura del amor de Dios y a Dios en nuestro corazón

Que crezca la ternura del amor de Dios y a Dios en nuestro corazón

Hechos,  25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’  Por tres veces le repite Jesús la pregunta a Pedro, con la tristeza incluso por parte de Pedro ante la insistencia de Jesús. Muchas veces hemos comentado la respuesta de Pedro y la confirmación por parte de Jesús de la misión que le encomendaba.
Quisiera quedarme en la pregunta, pero no hecha por Jesús a Pedro, sino hecha directamente por Jesús a mi, a ti, que estás leyendo esta reflexión. (Pon tu nombre, como yo pongo el mío) ‘¿Me amas?’ Escuchemos que nos dice Jesús, que me dice Jesús. Y quizá también me lo repita una y otra vez. ¿Cómo le respondemos? ¿Cómo le amamos?
Muchas veces reflexionamos, y nos gozamos con ello, sobre cuánto es el amor que Dios nos tiene. Nos sentimos amados de Dios. Tenemos tantas pruebas del amor que Dios nos tiene. Y nos sentimos dichosos en su amor. Y seguramente nos sentiremos impulsados a amar de la misma manera, a responder con nuestro amor a su amor, y sentimos, es cierto, que así tenemos que amar nosotros y amar a los demás, porque es una prueba y manifestaciones del amor de Dios y del amor a Dios.
Pero, insisto, tenemos que escuchar esa pregunta que Jesús directamente nos hace y darle respuesta. Porque podemos dar por supuesto ese amor, como nos sucede tantas veces cuando hacemos examen de conciencia y al repasar el primer mandamiento casi no nos detenemos a examinarnos porque damos por supuesto que amamos a Dios sobre todas las cosas.
Creo que hoy el evangelio puede estar haciendo que nos detengamos en esa pregunta de Jesús y le demos respuesta, una respuesta clara y contundente. Porque decimos que creemos en El y que El lo es todo para nosotros, pero quizá necesitamos expresar con nuestras palabras y con nuestros sentimientos reales que amamos a Jesús. Y esa expresión y manifestación de nuestro amor, de nuestros sentimientos de amor a Jesús quizá tendrían que estar más presentes en nuestra oración, en nuestra comunicación y en nuestra relación con Dios.
¿Qué es realmente lo que hacían los grandes místicos cuando se sentían arrobados de amor sino hacer que salieran de sus corazones esos efluvios de amor hacia Dios? ¿No es eso lo que hacen los enamorados que se repiten una y un millón de veces el decirse que se quieren, que se aman? Sí, que seamos capaces de manifestar también esa ternura de nuestro amor hacia Dios y creceremos en intimidad con Dios y como los enamorados que se aman de verdad podremos entrar en ese éxtasis de amor a Dios.
Igual que nosotros nos sentimos enormemente complacidos cuando sentimos que alguien nos ama y nos lo dice, así también tendríamos que hacer en nuestra relación y en nuestro trato con Dios. Seguro que luego nos sentiremos más impulsados a expresar y manifestar ese amor también en nuestros hermanos que nos rodean. Que crezca esa ternura del amor a Dios en nuestro corazón. Lo necesitamos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Los creyentes en Jesús hemos de tener en nuestro corazón unas actitudes buenas que construyan unidad y comunión

Los creyentes en Jesús hemos de tener en nuestro corazón unas actitudes buenas que construyan unidad y comunión

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
‘Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Ruega Jesús por todos los que crean en su nombre y ruega por la unidad. Un signo grande e importante para la credibilidad de los creyentes. ‘Para que el mundo crea que tu me has enviado’, que dice Jesús.
La imagen modelo y referencia de nuestra unidad la unión intima y profunda que hay en el misterio de Dios. ‘Para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…’ Así tiene que ser la unidad de todos los que creemos en Jesús. Nos une una misma fe, nos une un mismo amor; unidos a Cristo no solo nos sentimos unidos a Dios sino que tenemos que sentirnos en profunda unidad entre nosotros.
Cuando escuchamos estas palabras de Jesús pensamos en la necesaria unidad de todos los cristianos, en la unidad de la Iglesia en una única Iglesia de Cristo. Y oramos por la unidad. Para que el mundo crea, como nos dice Jesús. Cuánto tenemos que orar y trabajar por esa unidad, comenzando por comprendernos, escucharnos, no enfrentarnos sino tratar de caminar juntos para que en verdad Cristo sea nuestro único pastor.
Pero tenemos que comenzar por tener en nuestro corazón esas actitudes buenas que busquen siempre la unidad y la comunión. Y esto tiene que manifestarse en el día a día de nuestra vida con aquellos con los que convivimos, con los que están más cerca de nosotros, con aquellos con los que nos vamos tropezando todos los días en el ámbito de nuestra vida social.
Ahí cada día tiene que manifestarse en cómo tratamos a los que están cerca de nosotros, en nuestra comprensión, en nuestra capacidad de perdón, en nuestra búsqueda de diálogo, en la sencillez y humildad de nuestro trato. Cosas sencillas de cada día, pero que muchas veces nos cuestan; primero vemos los defectos que las virtudes y los valores, y ya ponemos una actitud de rechazo dentro de nosotros; prontos estamos en cada momento para saltar y reaccionar ante lo mínimo que nos puedan hacer o decir y no somos capaces de ser pacientes, de perdonar y olvidar. Y se rompen nuestras relaciones familiares, se crean tensiones entre los amigos, creamos distancias fácilmente de los que están a nuestro alrededor.
Decimos que queremos hacer un mundo mejor, pero desgraciadamente sembramos casi sin darnos cuenta - algunas veces dándonos cuenta también - semillas de desunión, de desamor, de insolidaridad. Así no haremos un mundo mejor. Cambiemos esas actitudes del corazón y busquemos siempre lo bueno, hagamos lo bueno, sembremos amor, creemos lazos de amistad que no se rompan, construyamos la unidad.
Ahí, en los más cercanos, nuestra unión y comunión será también un signo de nuestra fe en Jesús. El ora por nosotros para que podamos ser ese signo comunión frente al mundo. Oremos nosotros también para alcanzar la gracia del Señor que nos ayude a alcanzarlo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Jesús ora por nosotros para que no nos desalentemos y superemos esa desazón que se nos puede entrar en el alma

Hechos,  20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Hay momentos en que contemplando el cuadro de la vida que se nos presenta a nuestro alrededor sentimos una cierta desazón en el alma y casi poco menos que quisiéramos abandonar el barco en el que vamos cruzando la mar de nuestra existencia.
No es que queramos ser pesimistas pero contemplamos tanta maldad en el corazón de tantos a nuestro alrededor que de alguna manera nos sentimos como aterrados, envidias y malquerencias, vanidad y falsedad en que se busca solo la apariencia, mentira e hipocresía de la vida donde todo vale con tal de conseguir mis fines, corrupción e injusticia, materialismo y sensualidad como sentido del existir, y así tantas cosas. ¿Podemos navegar en ese mar embravecido de tanta maldad queriendo ser honrados, actuar con rectitud, buscando un sentirnos humanos y hacer siempre el bien aunque nos cueste? Ya decía sentimos una cierta desazón en el alma.
Es el mundo en el que vivimos, aunque tenemos que reconocer que no todos actúan así, pero lo que sucede es que el mal brilla quizá con mayor fuerza que lo bueno y lo justo que muchos llevan en su corazón y que quiere ser en verdad norma y sentido de su actuar y con lo que quieren o queremos hacer un mundo mejor.
Pero no podemos desalentarnos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús ora por nosotros y que no nos va a apartar o separar de ese mundo. Fue a ese mundo al que El vino enviado por el Padre con la misión de la salvación y a ese mundo nos envía a nosotros. Pero quiere darnos una garantía. No nos faltará la asistencia y la fuerza de su Espíritu. Jesús mismo ora al Padre por nosotros; sentado está a la derecha de Dios Padre en los cielos, como lo hemos confesado en estos días de la Ascensión, intercediendo por nosotros porque El es el Mediador de la Nueva Alianza.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’, le hemos escuchado pedir hoy en su oración sacerdotal. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’, continua diciendo. Para finalmente pedir por nosotros: ‘Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad’.
Santifícalos, conságralos… dice Jesús. Que nos llene de su gracia y de la fuerza del Espíritu. Que nos mantengamos en la unidad. ‘Que sean uno como nosotros’, pide. Es importante esa unidad, esa comunión que tiene que haber entre los que creemos en Jesús y buscamos realizar el Reino de Dios.
Decíamos que brilla fuerte el mal que impregna nuestro mundo, pero tenemos que hacer brillar con fuerza el bien, la bondad, el amor. Sepamos abrir los ojos para encontrar a nuestro lado a todos esos que luchan también por la verdad, por el bien y por la justicia; que sepamos valorar todo lo bueno que hacen tantos y sentirnos en comunión con ellos para que unidos hagamos brillar con mas fuerza la luz del amor que transforme nuestro mundo.
Un gran pecado nuestro es que muchas veces vamos a nuestro aire, queremos hacer el bien pero nos aislamos de los otros, no sabemos unirnos de verdad con todo lo bueno que podamos encontrar. Es importante esa petición que Jesús está haciendo por nosotros para que no nos desalentemos ni decaigamos, para que superemos esa desazón o esa desgana que nos puede entrar en muchas ocasiones.
Unidos nos sentiremos más fuertes para hacer el bien y así vencer las sombras del mal que quieren entenebrecer nuestro mundo.

martes, 19 de mayo de 2015

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo para que sea glorificado el santo nombre de Dios

Hechos,  20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. Así comienza lo que solemos llamar la oración sacerdotal de Jesús en la última cena.
‘Ha llegado la hora’, la hora de la glorificación del Hijo de Dios, que es la hora de la gloria de Dios. ¿Cuál es el momento? Ha llegado la hora de la Pascua, la definitiva, la eterna; la Pascua en la sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados, para la salvación de todos los hombres. Es la hora de la muerte, pero es la hora de la vida, porque es la hora de la victoria, del triunfo sobre la muerte y el pecado con la Pascua de Jesús. Para que ‘dé la vida eterna a los que le confiaste’, nos dice Jesús.
¿En qué consiste esa vida eterna? Todo arranca de la revelación que nos ha hecho Jesús del misterio de Dios. ‘He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo’ nos dirá más adelante. Es Jesús la revelación de Dios, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios que nos trae la salvación, nos alcanza la vida eterna. Por eso nos dirá ‘Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
¿Qué nos queda a nosotros para alcanzar esa vida eterna? Pongamos toda nuestra fe en Jesús, escuchemos su Palabra, dejemos que por la fuerza de su Espíritu se nos revele en nuestro corazón. Y cuando hayamos descubierto como vida nuestra a ese Dios amor, nuestra vida será distinta porque estaremos llenándonos de Dios, llenándonos de su vida y de su amor. Nuestro actuar, nuestro vivir ya será de otra manera porque no podremos hacer otra cosa que amar, amar sin limites ni medidas, amar con un amor que queremos sea semejante al amor con que Dios nos ama. Tenemos en nosotros ya para siempre la vida eterna.
Y Jesús ruega por nosotros, los que creemos en El y quedamos en el mundo. Sabe Jesús lo difícil que nos será hacer ese camino de amor en medio del mundo porque nos sentimos tentados de todas partes. Por eso nos promete su presencia, su fuerza, su gracia, que nos enviará el don de su Espíritu. Así será glorificado el santo nombre de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, que decimos en el padrenuestro. Y santificamos el nombre de Dios viviendo en el amor de Dios.
Estamos en esta semana que nos conduce a Pentecostés que será la culminación de la Pascua con el don del Espíritu. Nos preparamos. Oramos. Como los apóstoles que con María oraban en el cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Que así sea nuestra oración.

lunes, 18 de mayo de 2015

Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte

Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte

Hechos,  19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
Cuando con fe vamos haciendo el camino de la vida, aunque nos encontremos en medio de dificultades, luchas y problemas, podremos escuchar allá en lo más hondo del corazón la Palabra del Señor que nos va iluminando y fortaleciendo en cada momento concreto o en cada situación en la que nos encontremos. Si cada día escuchamos con atención y con fe la Palabra de Dios iremos sintiendo su presencia, descubriendo lo que nos pide y sintiendo su gracia en nosotros. Tenemos que extender muy bien las antenas nuestro corazón para sintonizar con esa voz de Dios que llega a nosotros siempre.
Hoy la palabra que Jesús les dirige a los discípulos está situada en el momento concreto que están viviendo. Es por una parte un anuncio de lo que casi en momentos va a suceder en el comienzo de la pasión. Pero Jesús nos está enseñando cómo El mismo sabe poner su vida en las manos del Padre. Luego lo va a expresar en Getsemaní con su oración o con sus palabras en lo alto de la Cruz, pero ya ahora como en un adelanto lo está expresando también.
‘Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre…’ Es lo que va a suceder desde el momento del prendimiento en Getsemaní. Aunque en la cruz grite con el salmo ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ ahora nos está diciendo ‘no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. Por esto terminará diciendo: ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Pero todo esto que nos dice Jesús es para nuestro bien, para lección para nuestra vida. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí’. También nosotros muchas veces en la vida podamos sentir esa soledad en medio de nuestras luchas y nuestros problemas, o ante una determinación que hemos de tomar importante para nuestra vida. Podría parecer que nadie nos entiende; podremos estar imaginando qué es lo que van a pensar de nosotros; podremos quizá ver a tantos a nuestro alrededor que ríen felices mientras quizá estamos pasando nosotros amarguras por dentro. Muchas situaciones, muchas cosas en las que podríamos sentir esa tentación de la soledad.
Pues Jesús nos dice que nos cuenta todo esto para que encontremos la paz en El. Hemos de saber sentir que Dios está con nosotros. En estos textos que venimos escuchando y reflexionando en este final del tiempo pascual hemos escuchado una y otra vez el anuncio que Jesús nos hace del Espíritu que nos enviará desde el Padre. Es una manera de decirnos que no estamos solos, que nos acompaña la fuerza de su Espíritu.
Como escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a nosotros nos puede pasar como a aquellos fieles de Éfeso. ‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. No es que nosotros no hayamos oído hablar del Espíritu Santo, pero quizá en nuestra vida es el gran ignorado. No sabemos descubrir su presencia. No sabemos apreciar la fortaleza de la gracia con que siempre, en toda circunstancia, nos acompaña.
Pidamos esa fortaleza del Espíritu; dejémonos inundar por el Espíritu Santo; que ilumine nuestra vida en toda circunstancia. ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’, nos decía Jesús. Con Cristo a nuestro lado y con la fuerza de su Espíritu no hemos de temer, la victoria de Dios está de nuestra parte.

domingo, 17 de mayo de 2015

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Ascendamos con el Señor al cielo mirando a la tierra y realizando la ascensión en nosotros y en ese mundo al que somos enviados

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20
‘Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista... miraban fijos al cielo, viéndole irse, y se les presentaron dos hombres vestidos de blanco…’ Así con toda sencillez, pero si observamos bien con palabras cargadas de sentido apocalíptico, nos narra Lucas el misterio de la Ascensión que hoy estamos celebrando.
‘Miraban con los ojos fijos al cielo viéndolo irse’ nos narra el autor sagrado; pero en el mismo momento ‘se les presentaron aquellos dos hombres vestidos de blanco’ que les hacen mirar hacia la tierra, poner los ojos bien en la tierra que pisan porque es el mundo que también hemos de hacer ascender, hacer participar del misterio de la Ascensión. ‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’
Si lo unimos al relato que nos hace Marcos, al que hoy hemos escuchado en el final de su evangelio, nos daremos cuenta plenamente de su sentido. Mirar al suelo, si, mirar la tierra que pisamos, mirar el mundo en el que vivimos, mirar a los hombres nuestros hermanos que nos rodean porque a ellos tenemos que ir a hacer un anuncio también de Ascensión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. A ese mundo, a esa tierra, a esa sociedad, a esos hombres tenemos que anunciarles la Buena Noticia, una Buena Noticia de Salvación,
La Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando es la culminación de la Pascua. Es el Señor. Dios lo ha glorificado resucitándolo de entre los muertos. ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo. Es algo fundamental de nuestra fe y algo que se ha de manifestar en lo que es nuestra vida cristiana. Una vida de Ascensión, para nosotros y para nuestro mundo.
Por eso en la Ascensión recibimos una misión. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’. ¿Cómo hemos de hacer ese anuncio? ¿Cómo vamos a realizar nuestra propia Ascensión y la Ascensión de nuestro mundo? Porque recibir y anunciar esa Buena Noticia de Salvación es para que vivamos esa salvación, esa gracia del Señor.
Jesús nos da unos signos. Unas señales en las que nos quedamos muchas veces en la literalidad de las palabras buscando milagros que no son precisamente los que el Señor quiere realizar en nuestra vida. ‘A los que crean, les acompañaran estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’. Y a continuación nos dice el evangelista que ‘Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban’. ¿Qué significarán esas palabras de Jesús? Reflexionemos.
¿Qué es realmente lo viene a realizar Jesús en nosotros y en nuestro mundo con su salvación? La salvación viene a arrancarnos del mal no dejando que nada ni nadie sea señor de nuestra vida. Con la salvación de Jesús se viene a vencer el mal y al espíritu del mal. Nos ofrece el Señor su perdón, pero eso significa cómo arranca de nosotros el mal, el pecado. ‘Echarán demonios en mi nombre’, en el nombre del Señor tenemos la victoria sobre el mal porque Jesús viene a traernos el perdón para nuestros pecados. Es lo que tenemos que hacer, en nosotros y en los demás. Es la Buena Noticia para nosotros y la Buena Noticia que tenemos que anunciar.
A un mundo roto y dividido nosotros anunciamos caminos de amor y de comunión. En la medida en que vamos logrando esa comunión entre todos porque nos amemos más, porque sepamos aceptarnos, porque desterremos los odios y las envidias, porque rompamos las cadenas de la insolidaridad creando la espiral del amor, estaremos levantando a nuestro mundo, estaremos poniéndolo en caminos de ascensión.
Nada ha de separarnos. La confusión de las lenguas en Babel fue la señal de esa ruptura de la comunión de la humanidad; el ser capaces de entendernos porque hablemos el lenguaje donde todos nos entendamos - hablarán lenguas nuevas - es el signo de la nueva comunión que ha de haber entre nosotros.
El espíritu del maligno, la tentación del mal estará acechándonos por todas partes.  Cuanta injusticia, cuanta mentira, cuanta corrupción nos rodea y nos tienta por todas partes. Pero si estamos vigilantes para no dejarnos emponzoñar por ese mal que envenena nuestros corazones estaremos dando señal de que con Cristo podemos vencer la tentación, superar ese mal, hacer un mundo más justo y mejor. Como nos dice Jesús ‘y si beben un veneno mortal, no les hará daño’. Con Jesús tenemos la mejor medicina que es su gracia para que el mal no corrompa nuestros corazones. Es un camino de ascensión para nosotros y para nuestro mundo.
Sí, tenemos que ir logrando esa ascensión para nuestro mundo, ese mundo que nos rodea lleno de dolor y de sufrimientos de todo tipo. Ahí tenemos que ser bálsamo que alivie, medicina que cure a tantos corazones doloridos, pero también a tantos cuerpos atormentados por el dolor. Misioneros de la compasión y de la misericordia tenemos que ser en medio de nuestro mundo lleno de dolor. Allí donde pongamos consuelo con nuestra palabra, nuestra presencia, nuestra sonrisa, nuestra mano tendida estaremos haciendo ascensión. Es la tarea que nos confía el Señor. ‘Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos’, que nos decía el Señor.
Celebramos la Ascensión; ascendamos con el Señor al cielo, pero miremos a la tierra y vayamos realizando esa ascensión en nuestros hermanos, ese mundo al que somos enviados. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que celebrar. Es la gran fiesta de la Ascensión que tenemos que anunciar. ¡Cuánto tenemos que hacer! No nos quedamos plantados mirando al cielo. Miramos, sí, al cielo, pero caminamos con los pies en la tierra haciendo ascensión para nuestro mundo.

¿Notará el mundo que nos rodea ese anuncio del evangelio acompañado por esos signos que nos permite realizar el Señor? ¿Estaremos siendo en verdad signos de Ascensión?

sábado, 16 de mayo de 2015

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Hechos,  18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
Cuando uno ve en la vida que alguien a quien uno quiere y aprecia mucho es también querido y apreciado de manera especial por otra persona que se desvive por él, lo ayuda, lo cuida, lo protege, hace lo que sea por ese ser a quien nosotros queremos tanto, surge también en nuestro corazón como un cariño especial por esa persona que hace tanto por quien uno quiere. El amor y el cariño provocan más amor y más cariño y así se va extendiendo de unos a otros como contagiándose de esa ternura. Amamos también a aquellos que aman y quieren a los que nosotros queremos y apreciamos.
Me surge este pensamiento y reflexión escuchando el evangelio de este día. Nos manifiesta la ternura de Dios que se derrama más y más sobre nosotros en la medida en que nosotros creemos y amamos a Jesús. Dios que nos ama desde siempre y por nosotros mismos podríamos decir que derrocha aun más su ternura sobre nosotros por el amor que le tenemos en Jesús. Nos ama en Jesús y por eso nos quiere iguales a Jesús haciéndonos a nosotros también hijos.
Qué agradecidos tendríamos que estar al amor que Dios nos tiene que revierte en nosotros haciéndonos capaces de más y más. Amamos a Jesús y creemos en El y ese amor se crece en nosotros para ser capaces de amar también a los demás con un amor como el que nos tiene el Señor, como el que nos tiene Dios nuestro Padre.
En ese amor con qué confianza podemos acercarnos a Dios,  porque sabemos así que siempre nos escucha. Por una parte tenemos a Jesús, nuestro Mediador, que intercede por nosotros, pero tenemos el amor del Padre que siempre nos escucha. ‘Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará’, nos dice Jesús; ‘pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’ termina diciéndonos.
Pero hay algo más que merece nuestra consideración en este evangelio y además en el día concreto que lo estamos escuchando, vísperas de la fiesta de la Ascensión del Señor. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Como decimos escuchamos estas palabras de Jesús en la víspera de su Ascensión. Vuelve al Padre, pero no nos deja solos. Repetidamente le hemos escuchado la promesa del Espíritu que nos enviará desde el Padre. ‘Conviene que yo me vaya, porque si no, no vendrá a vosotros el Espíritu de la Verdad’, nos había dicho.
Pero con Jesús nosotros queremos ascender. Mañana lo contemplaremos con mayor amplitud. Pero es nuestro deseo, estar con El. Nos promete que vendrá y nos llevará con El. Pero queremos levantarnos, queremos mirar a lo alto, queremos ascender en la vida. Hemos pedido hoy en la oración que se muevan nuestros corazones para buscar y hacer siempre el bien para que ‘tendiendo sin desfallecer hacia lo mejor, alcancemos vivir también en la eternidad los bienes del misterio pascual’. Busquemos siempre lo mejor, tengamos deseos de eternidad, que podamos disfrutar un día en plenitud de los bienes del misterio pascual.

viernes, 15 de mayo de 2015

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Hechos,  18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a
‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ y añade al final ‘se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Consoladoras palabras de Jesús que nos llenan de esperanza.
Los discípulos estaban con la incertidumbre y en la tristeza ante lo que iba a suceder. Estas palabras de Jesús están situadas en el marco de la última cena, la cena pascual, que fue para Jesús el inicio de su pascua, de su pasión. Como les veremos luego reaccionar fueron momentos difíciles de abandono, de tristeza, que les haría huir y encerrarse incluso en el Cenáculo. Jesús los encontraría después de la resurrección en el Cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Trata Jesús con sus palabras de llenar de esperanza sus corazones. ‘Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’.
Es difícil atravesar momentos de zozobra y de angustia, de soledad y abatimiento cuando los problemas nos cercan, las salidas las vemos oscuras, nos sentimos solos y como abandonados. Jesús nos dice que la tristeza ha de convertirse en alegría, que esa ha de ser la actitud y la postura de quien cree en El, pero hemos de reconocer que humanamente no es fácil. Momentos así todos hemos tenido en nuestra vida y es donde se ha de manifestar claramente lo que es nuestra madurez cristiana para fiarnos de las palabras de Jesús y saber poner alegría en el corazón sea cual sea la situación por la que estemos pasando.
Humanamente no es fácil, hemos dicho, pero hemos de saber abrir los ojos de la fe. Porque Jesús nos dice que El viene a nosotros, que El está con nosotros, que nunca nos podremos sentir abandonados ni en total soledad. ‘Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice. Con nosotros siempre está el Señor. El nos da la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de alegría y de paz, Espíritu que nos llena de esperanza y es nuestro consuelo.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos visto la situación de Pablo que no era fácil en su anuncio del Evangelio. En esta ocasión está en Corinto, una ciudad muy compleja y muy pagana donde no es fácil hacer ese anuncio del evangelio porque Vivian una vida muy sensual y muy materialista. Sin embargo escucha la Palabra del Señor que le anima. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo, y nadie se atreverá a hacerte daño…’
Es la Palabra que tenemos que escuchar también en nuestro corazón. ‘No temas…’ Cuantas veces aparece esta invitación a la paz en el evangelio y en toda la Escritura Santa. No tememos, aunque muchas sean las dificultades; no tememos aunque nos sintamos abrumados y sobrepasados por el trabajo y los problemas; no tememos aunque nos sintamos hundido bajo el peso de nuestras culpas y pecados, porque confiamos en el Señor de la misericordia, el Dios del amor, el Dios que nos regala siempre su compasión y su perdón, el Dios que nos fortalece con su gracia y quiere seguir contando con nosotros.
Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

jueves, 14 de mayo de 2015

Amados y elegidos de Dios permanecemos en su amor para dar frutos en la vocación a la que hemos sido llamados

Amados y elegidos de Dios permanecemos en su amor para dar frutos en la vocación a la que hemos sido llamados

Hechos, 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’. Es el Señor el que nos llama y nos elige. Nos manifiesta lo que es el amor del Padre y así nos ama; nos sentimos amados y elegidos con un amor y una predilección especial del Señor. Lo que nos pide y exige unos frutos de fe y de amor.
En este catorce mayo la liturgia celebra la fiesta de san Matías Apóstol. No formaba parte del grupo de los doce inicialmente elegidos por Jesús. Pero había fallado Judas ‘que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús’, como delicadamente expresa san Pedro. Había de elegirse alguien que lo sustituyera, pero había unas determinadas condiciones, por así decirlo. ‘Uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión’.
Un testigo de la resurrección, pero un testigo de lo que había sido el amor de Jesús, uno que había permanecido en el amor, como pedía Jesús. Son las condiciones. Ese acompañar, ese caminar junto a Jesús mientras Jesús estuvo con ellos, viene a expresar que había permanecido en el amor de Jesús, se había sentido amado de manera especial por Jesús y por ese amor se había sentido unido a El de manera especial. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, que les dice Jesús.
Se proponen dos entre los que habría que elegir. Pero la elección no es cosa de hombres, es cosa de Dios. Es lo que se expresa en la oración que juntos dirigen al Señor. ‘Muéstranos a cuál de los dos has elegido para que, en este ministerio apostólico, ocupe el puesto que dejó Judas para marcharse al suyo propio’, es lo que piden al Señor. Y a suertes es elegido Matías, se manifiesta así lo que es la elección del Señor.
Estamos haciendo referencia en esta fiesta de san Matías a lo que es la llamada y elección del Señor para aquellos a los que el Señor quiere con un ministerio especial dentro de la comunidad eclesial. Pero podemos encontrar aquí también una referencia a todo lo que atañe a nuestra vocación cristiana. Si hemos podido encontrarnos con Jesús y conocerle para seguirle, ahí hemos de saber descubrir esa llamada de amor del Señor. Es lo que llamamos nuestra vocación cristiana.
La fe es un don sobrenatural, un regalo del Señor porque es una gracia, de la que hemos de estar siempre agradecidos. Dichosos los que tienen fe, dichosos los que han encontrado el camino de la fe porque es un camino que nos conduce a una plenitud de vida. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos decía Jesús. Es la alegría y el gozo de la fe, de poder creer, de encontrar desde esa fe ese camino de plenitud. Demos gracias a Dios por ese don de la fe que tan dichosos nos hace. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón

Hechos, 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora…’ les dice Jesús a sus discípulos. El Misterio de Dios que se nos revela en Jesús nos supera; es misterio, es infinito como infinito es Dios, es una sabiduría que está por encima de nuestro entender humano, es toda la inmensidad de Dios que nos revela su ser y nos revela nuestro ser, el sentido de nuestra vida. ‘No podéis cargar con ellas por ahora’, les dice Jesús pero les promete que sí podemos llegar a conocer ese misterio. Nos promete ‘el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo’.
Al final del evangelio Juan nos dirá de una forma hiperbólica que ‘Jesús hizo muchas cosas, y si se quisieran recordar una por una, pienso que ni en el mundo entero cabrían todos los libros que podrían escribirse’. Nos está hablando de la grandeza del mensaje de Jesús. Pero, por ejemplo, pensemos en lo que, a partir del Evangelio de Jesús y de la tradición eclesial, se ha escrito sobre Jesús a través de toda la historia.
Es la aproximación que desde la fe, aunque en algunos sea quizá mera curiosidad científica o histórica, se ha hecho en la reflexión de los hombres sobre el misterio de Jesús. Y seguimos interesándonos por Jesús, queriendo conocerle, queriendo ahondar en su misterio que para nosotros los creyentes se tiene que convertir en vida, en lo que vivimos de Jesús, o en cómo llegamos a vivir a Jesús.
Pero, repito, no podemos acercarnos a Jesús desde cualquiera manera. No podemos pretender conocer a Jesús solo desde nosotros mismos, desde los estudios del tipo que sean que nosotros nos hacemos; tenemos el peligro de quedarnos en lo externo, lo superficial y a Jesús no lo podemos mirar ni estudiar así. Es aquí donde tenemos que saber actuar desde la fe, para dejarnos conducir. Y nos ayudaremos de quienes a nuestro lado tienen un mayor conocimiento y vivencia de Jesús; y nos ayudaremos de nuestra madre la Iglesia que con toda fidelidad ha querido conservar el deposito del misterio de Cristo, de su evangelio, de su mensaje. Pero tenemos que ayudarnos principalmente, fundamentalmente dejándonos conducir por el Espíritu del Señor.
El Espíritu del Señor que se nos podrá manifestar a través de todos esos medios que tenemos a nuestro alcance a nuestro lado y sobre todo en la Iglesia; pero el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón. ‘Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena… Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando…’
Cuando con fe vamos caminando por la vida y abrimos nuestro corazón a Dios nos damos cuenta cómo se nos va revelando. Cuántas cosas hemos sentido en nuestro corazón, cuántos impulsos del Espíritu para las obras buenas, cuántas cosas en un momento determinado sentimos dentro de nosotros mismos que nos ayudan a conocer mejor a Dios, a conocer mejor su evangelio, a conocer mejor sus caminos.
En cada momento, en cada circunstancia vamos sintiendo ese impulso y esa sabiduría del Espíritu. Creo que tenemos experiencia viva de todo esto que estamos diciendo; recordemos cómo hemos ido creciendo en ese conocimiento de Cristo, cómo en cada momento sentimos allá en nuestro interior lo que en verdad necesitábamos. Dejémonos conducir por el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Solo en el Espíritu alcanzaremos la plenitud de Dios.

martes, 12 de mayo de 2015

Confesemos con alegría nuestra fe, lejos de nosotros toda tristeza porque con nosotros para siempre estará el Señor

Confesemos con alegría nuestra fe, lejos de nosotros toda tristeza porque con nosotros para siempre estará el Señor

Hechos, 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Cuando llegan las horas de las despedidas normalmente nos ponemos tristes ante el hecho de la separación de aquellas personas que apreciamos o que queremos; nos sentimos mal ante el pensamiento de que no vamos a poder estar con aquella persona que queremos o no vamos a poder verla más. Son momentos dolorosos y nos cuesta mucho en ocasiones sobrellevarlos en esa pérdida de esperanza de la que suelen ir acompañados esos momentos.
Algo así les estaba sucediendo a los discípulos en aquella cena pascual; todo sonaba a despedida, los gestos de Jesús, sus palabras, el sentimiento que poco a poco iba embargando sus corazones. No terminan de comprender todo el sentido de las palabras y los gestos de Jesús que lo que tratan es de infundir esperanza porque además les está diciendo que aunque se vuelva al Padre ahora le van a sentir de una manera especial. Es el anuncio que les está haciendo de la presencia del Espíritu Santo que desde el Padre les va a enviar. ‘Os conviene que yo me vaya, les dice, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito (el Defensor). En cambio si me voy, os lo enviaré’.
Repetidamente Jesús les hablará de esa promesa del Padre, del Espíritu de la Verdad que os lo enseñará todo, del Espíritu que va habitar en nuestros corazones dando testimonio de Jesús y ayudándonos a que nosotros también demos testimonio de Jesús. Lo venimos escuchando estos días y se nos seguirá hablando en la Palabra de Dios de estas semanas que nos sirven precisamente como de preparación para la gran fiesta del Espíritu que es Pentecostés.
Es el Espíritu que nos hará conocer en todo su misterio a Jesús, nos hará caer en la cuenta de que si no creemos en Jesús y le rechazamos de alguna manera no llegará a nosotros la vida y la salvación sino la condena. Es lo que nos dice hoy Jesús. ‘Cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena’. El mundo será convicto de todo esto porque no aceptó a Jesús. Pero si creemos en Jesús y en su Palabra el Espíritu nos hará reconocer en verdad que Jesús es el Señor y que solo en El encontraremos la salvación.
Es lo que va a ser el eje de la predicación de los Apóstoles a partir de Pentecostés. Allí Pedro proclamará que Jesús por su resurrección ha sido constituido Señor y Mesías; y escucharemos a Pedro anunciando que no hay otro nombre que pueda salvarnos, sino Jesús.
Con la fuerza del Espíritu del Señor podremos en verdad confesar nuestra fe en Jesús como nuestro único salvador. Con la fuerza del Espíritu del Señor sentiremos en verdad para siempre su presencia en medio de nosotros. Es el Espíritu que nos congrega en la unidad; es el Espíritu que nos hará siempre presente a Jesús y de manera especial en los sacramentos. Confesemos con alegría nuestra fe; lejos de nosotros toda tristeza de despedidas porque con nosotros para siempre estará el Señor.

lunes, 11 de mayo de 2015

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Hechos,  16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee nuestra fe’. Y nos habla Jesús del testimonio que hemos de dar muchas veces en un mundo adverso; pero nos habla Jesús del ‘Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, y que dará testimonio de Mí’. Nos anuncia que con nosotros estará siempre la fortaleza del Espíritu Santo.
‘Para que no se tambalee nuestra fe’. Muchas veces nos sucede o nos puede suceder. Por una parte serán los problemas que nos irán apareciendo en la vida, los dolores y sufrimientos de todo tipo que van marcando nuestro cuerpo con la enfermedad y las limitaciones o nuestro espíritu que se nos llena de dudas; será ese mundo adverso, como decíamos, en donde vamos a encontrar oposición a ese testimonio que hemos de dar o que nos puede llevar incluso a la persecución; o será la frialdad o la rutina que se nos va metiendo en el alma y hace que nuestra espíritu decaiga y se debilite, se tambalee nuestra fe.
Nos cuesta muchas veces; nos llenamos de dudas; aparece la tentación de mil maneras y nuestra vida se puede ir oscureciendo cuando le falta la luz y la fortaleza de la fe. Jesús quiere prevenirnos para que estemos atentos, vigilantes porque como nos dirá san Pedro en su carta, el león anda rondando a nuestro alrededor buscando a quien devorar.
Y la fortaleza de nuestra fe la tenemos en el Espíritu del Señor que nos acompaña, se hace presente en nuestra vida. Como decimos tantas veces tenemos que fortalecer nuestra espiritualidad. ¿Y qué es fortalecer nuestra espiritualidad sino llenarnos del Espíritu del Señor? Quizá ese crecimiento espiritual lo podemos traducir en fortalecer e intensificar nuestra oración, en cultivar nuestro mundo interior, en abrir no solo nuestros oídos sino especialmente nuestro corazón a la Palabra de Dios, en la vivencia intensa de la vida sacramental. Pero todo eso no es otra cosa que abrirnos al Espíritu, dejarnos conducir por el Espíritu, sentir la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Ese es el crecimiento de nuestra espiritualidad. Porque nuestra espiritualidad cristiana está fundamentada en el Espíritu Santo. No es solo que nos hagamos más reflexivos y rumiemos cada vez más lo que nos va sucediendo. Eso está bien y tenemos que hacerlo, pero no lo hacemos por nosotros mismos, lo hacemos guiados  por el Espíritu divino que es nuestra Sabiduría y nuestra fortaleza. No es solo nuestro espíritu, esa profundidad que queremos darle a nuestro corazón, sino que es la fuerza del Espíritu Santo que Jesús nos ha prometido.
Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la acción del Espíritu divino en nosotros, a la Sabiduría del Espíritu.