lunes, 26 de septiembre de 2016

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

El evangelio es el vademécum de nuestra vida. Sí, lo llevamos con nosotros y en cada momento, en cada circunstancia nos va recordando aquello importante que ha de ser a lo que le demos prioridad en nuestra vida recordándonos las palabras de Jesús que son siempre para nosotros palabras de vida, luz para el camino, viático – el alimento para el camino significa esta palabra - que nos de fuerzas en el caminar.
Cuando decimos evangelio podemos estar pensando en ese librito – qué grande es – en que tenemos reflejadas por los evangelistas los hechos y dichos de Jesús en orden a nuestra salvación. Pero es algo más que un libro, es una vida, es un sentido de nuestro vivir, es la misma persona de Jesús que con nosotros está. El es ese ‘vademecum’ de nuestra vida, nuestro ‘viático’, la verdadera ‘luz’ que nos ilumina.
Como decíamos en cada momento nos va recordando en esas circunstancias de nuestra vida cómo hemos de actuar, lo que nunca podemos olvidar. Nos puede parecer en ocasiones repetitivo, pero repetitiva es nuestra vida, como son nuestros tropiezos o como son los olvidos que algunas veces tenemos.
Tenemos buenos propósitos y deseos, quizá, pero bien sabemos de nuestra inconstancia, de la desgana que muchas veces nos entra, de las rutinas que se nos meten por los entresijos de la vida. Y bien sabemos que el ambiente en muchas ocasiones no nos ayuda, lo que contemplamos en los demás más bien nos estimula hacia un materialismo de la vida, a perder un sentido de espiritualidad, a que vuelvan a rebrotar nuestros orgullos y florezcan fácilmente deseos de grandezas, de poder, de vanidad.
Les pasaba a los discípulos que tan cerca de Jesús estaban. Cuántas veces habían escuchado de labios del maestro que entre ellos no podía suceder como entre los poderosos de este mundo que solo aspiraban a grandezas y a poder manipulando todo lo que estuviera a su alcance con tal de ver satisfechos sus orgullos. Y sin embargo ellos una y otra vez discutían entre ellos quien iba a ser el más importante; no habían terminado de entender el sentido del mesianismo que se encarnaba en Jesús.
Ahora Jesús les propone la imagen de un niño. Qué poco era considerado un niño en aquella época y en aquella cultura; pareciera que no tenia ningún derecho ni dignidad como persona, era ninguneado en todo momento, que aun quedan a veces algunos resabios de esos estilos entre nosotros. Y Jesús les habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El.
Acoger al niño en su pequeñez y humildad era el símbolo de cómo hemos de acogernos los unos a los otros y no por las grandezas externas que podamos ver en las personas; es acoger al más pequeño, al más humilde, al pobre y al que sufre, al que nos parece desheredado de todo. Nadie es despreciable para nosotros, porque toda persona cualquiera que sea su condición tiene su dignidad. Y es que como nos dice Jesús ‘el más pequeño es el más importante’.
Por algo nos dirá en otra ocasión que cuando dimos de comer al hambriento le estábamos dando de comer a El, y cuando vestimos al desnudo, y cuando acogimos al forastero, y cuando visitamos al enfermo, y cuando sonreímos al triste, y cuando nos detuvimos a hablar con aquel con quien nadie habla, y cuando entramos en la casa de un pobre, y cuando llevamos alegría al triste poniendo esperanza en su corazón. Acogemos al otro y estamos acogiendo a Jesús.
Lo sabemos, lo hemos aprendido desde siempre, pero Jesús una vez más quiere recordárnoslo, porque en la práctica de la vida fácilmente lo olvidamos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’.
Así comienza Jesús la parábola. Una real descripción no solo de cosas que sucedían en tiempos de Jesús, sino una muy cruda descripción de lo que sigue sucediendo en el mundo de hoy. Y no son casos aislados sino que es una realidad muy palpable en nuestra sociedad actual. La pobreza no es una imaginación de mentes exaltadas mientras el lujo y el despilfarro lo vemos cada día en individuos y en el conjunto de nuestra sociedad.
Nos describe la parábola ese abismo al parecer insalvable entre el rico y el pobre. Y no es a posteriori en la situación del más allá de la muerte que luego nos describe, sino es aquel abismo entre la mesa del rico con todos sus lujos y despilfarros y el pobre echado en su portal que parecía que nadie era capaz de ver. Como nos seguía diciendo la parábola solo los perros lamían sus llagas.
Nos cegamos. O no queremos mirar. O volvemos nuestro rostro hacia otro lado que nos pueda parecer más agradable. Que eso nos puede pasar mientras vamos caminando por la calle y alguien está sentado al borde de la acera tendiéndonos la mano y no lo queremos mirar. Es lo que nos puede pasar a cada uno de nosotros con nuestras miradas muy discriminatorias, pero es lo que se puede palpar en nuestra sociedad. Cuantos despilfarros en cosas innecesarias mientras para asuntos sociales se apartan solo unas migajas. Y no digamos ya de quienes se aprovechan, de todo ese mundo de corrupción que hemos creado de mil formas en nuestra sociedad. Aunque quizá algunas veces nos hagamos los caritativos.
Y estas cosas ¿no tienen remedio? ¿no tienen solución? Algunas veces parece que así fuera, porque con qué facilidad nos echamos las culpas los unos a los otros, cuantas veces acusamos al otro pero no nos miramos a nosotros mismos, o nos consolamos diciéndonos que es la crisis que vive nuestra sociedad y de la que tan difícil es salir. Quizá predominan más nuestros egos, nuestras ansias de estar en el candelero o de ostentar el poder antes que sentarnos de verdad a trabajar juntos buscando caminos, buscando soluciones, buscando puntos de encuentro. Miremos que pocas soluciones damos al momento político en que vivimos en nuestra sociedad.
Los cristianos ¿nos podemos quedar tranquilos ante estas situaciones? ¿Nos cruzamos los brazos también y volvemos la mirada hacia otro lado? Hacen falta cristianos valientes y responsables en medio de nuestra sociedad, porque pudiera parecer que no tenemos nada que decir ni nada que hacer. Y nuestra fe nos obliga a un compromiso serio con nuestra sociedad, y nos compromete con esas tremendas desigualdades sociales que se tienen, y nos tiene que impulsar a romper barreras y hacer desaparecer esos abismos que nos separan en nuestro mundo.
No podemos estar esperando milagros celestiales que todo lo resuelvan, que parece que algunas veces en cosas así es en lo que ponemos nuestra fe. La fe que tenemos en Jesús y que compromete nuestra vida con el evangelio y con el Reino de Dios que hemos de construir es algo mucho más profundo y tiene que envolver y dar tinte a toda nuestra vida.
En la parábola el rico desde el abismo pedía a Abraham que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para eso les hiciera cambiar. Pero como se les dice en la parábola ni aunque resucite un muerto van a cambiar, pero que tienen la ley y los profetas, tienen la Escritura santa que ilumine sus vidas para hacerles encontrar ese verdadero camino de una conversión para transformarse ellos y transformar así el mundo en que viven.
Comencemos por ahí, convirtamos nuestra vida, transformemos nuestra vida y así comenzaremos a transformar nuestro mundo; cambiemos de actitudes cerradas, clasistas, discriminatorias, orgullosas, para abrir nuestros ojos y nuestro corazón y comenzar a ver de una manera nueva esa realidad de desigualdades, de pobreza, de injusticia que envuelve nuestro mundo. Seguro que si ponemos esa mirada nueva para ver seriamente al hermano que sufre a nuestro lado no nos vamos a quedar insensibles con los brazos cruzados sino que comenzaremos a poner nuestro granito de arena.
Y será así cómo comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios; ese Reino de Dios en el que no caben desigualdades ni injusticias porque es un reino de verdad y de amor, de justicia y de santidad; es el Reino en que comenzaremos a sentirnos verdaderamente hermanos con lo que comenzaremos a hacer ese cielo nuevo y esa tierra nueva en la que reine la justicia y el amor porque reine Dios.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

Eclesiastés 11,9–12,8; Sal 89; Lucas 9,43b-45

‘El lenguaje les resultaba oscuro y no le cogían el sentido… les daba miedo preguntarle’. Se sentían de alguna manera desconcertados.
Como nos sentiríamos nosotros si en medio de la euforia de grandes momentos que parecen de triunfo se nos anuncia que todo eso se puede venir abajo, porque vendrán días amargos. Nos cuesta aceptar los vaivenes de la vida. Claro que nos gustaría que todo siempre fuera sobre rosas, pero olvidamos que las rosas tienen espinas; y así se nos vuelve la vida muchas veces.
Nos hacemos proyectos, soñamos cosas hermosas que nos van a venir, nos llenamos de ilusión porque incluso a veces nos parece fácil de encontrar y realizar lo que son nuestros sueños, pero se da vuelta la tortilla, y aparecen obstáculos y dificultades, nos sentimos desconcertados y no sabemos por donde salir, parece que se nos acaban las esperanzas y nos llenamos de frustraciones. No le encontramos sentido a lo que nos sucede y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla porque nos puede parecer un sinsentido tanta lucha y tanto esfuerzo para terminar como parece que terminamos tantas veces.
Hemos de saber encontrarle un sentido a la vida y cuanto nos sucede. Hemos de soñar, sí, y ponernos metas y tener ilusión, siempre con esperanza. La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida. Nosotros los creyentes miramos a Jesús. Vemos su camino y queremos seguirle aunque nos cueste, porque sabemos que al final habrá vida y habrá resurrección, y que la semilla que plantamos ha de dar su fruto aunque no sepamos cuando ni quizá nosotros lo veamos.
La vida de Jesús fue ese grano de trigo sembrado en tierra para que renaciera una nueva planta, una nueva flor, una nueva vida. El morir del grano de trigo en el surco hace surgir la vida. Como Jesús, como ha de ser nuestra vida también, porque eso en medio de las negruras que podamos encontrar en la vida no perdemos la esperanza, la esperanza de la vida. Con nosotros está Jesús.
Como habíamos comenzado comentando en el texto del evangelio se nos habla de que entre la admiración general por lo que hacia Jesús les anuncia que al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres. No lo entienden. Está hablándoles de su pasión, de su pascua, de lo que va a suceder en Jerusalén. Pero ellos no lo entienden.
Luego más tarde podrán proclamar que en verdad Jesús es el Señor. Que Dios lo resucitó de entre los muertos. Que en Jesús está la verdadera salvación porque no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Es el camino de fe y de esperanza que nosotros hemos de caminar también en medio de esa pascua de nuestra vida, para que aprendamos a sentir que en medio de todos esos contratiempos, de esas luchas, de esos momentos oscuros que nos parecen sin sentido, el Señor llega y pasa por nuestra vida,
El está con nosotros y estando con nosotros tendremos vida, no nos faltará la luz, podremos seguir caminando con esperanza. No sabemos como será al final la salida de ese túnel oscuro de la vida, pero tenemos la certeza de que el Señor no nos abandona. No olvidemos nunca esa presencia de gracia del Señor en todo momento con nosotros.

viernes, 23 de septiembre de 2016

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143;  Lucas 9,18-22

‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es la pregunta directa que Jesús le hace al grupo de los Doce. Antes les ha pregunta cuál es la opinión de la gente, ¿qué se dice de él? ¿Qué piensan todos aquellos que le rodean, que alguna vez se han tropezado con Jesús, que han escuchado sus palabras o contemplado sus milagros?
Pero se puede transformar y de hecho se transforma cuando hoy escuchamos su Palabra, ‘tú, ¿quién dices que soy yo?’ Es nuestra opinión la que nos está pidiendo Jesús, es lo que nosotros sentimos, yo siento en su presencia, es lo que El significa para mí, lo que Jesús ahora nos está, me está planteando.
Las gentes en la época de Jesús que nos narran los evangelios, aparte de aquellos que se oponían a Jesús y le rechazaban o se sentían incómodos con su presencia, sus signos y su Palabra, se admiraban de sus enseñanzas, reconocían que a nadie habían escuchado hablar como hablaba él con su autoridad, sentían cómo Dios caminaba en medio de ellos porque nadie podía hacer las cosas que Jesús hacía, y terminaban reconociendo que era un gran profeta como aquellos antiguos profetas de la historia de Israel y para algunos era como si el cercano Juan Bautista hubiera vuelto a la vida.
¿Y las gentes de nuestro tiempo qué piensan, qué opinan de Jesús? Muchos pasaran indiferentes ante su figura y de la misma manera que a través de todos los tiempos le rechazarán como rechazarán su doctrina y a quien hoy quiere presentar su mensaje en el rechazo que se hace a la Iglesia de mil maneras y a los cristianos; para muchos quizá seguirá siendo un gran personaje de la historia, reconociendo que de alguna manera habrá influido en la historia de los hombres a través de los siglos, pero quizá sigan viéndolo así como un personaje lejano en el horizonte de los tiempos; muchos quizá lo sentirán más cercano y le llamarán un amigo o le tendrán como un líder que aun sigue diciéndonos cosas a los hombres de nuestro tiempo pues en sus palabras hay un mensaje que nos pueda plantear altos y nobles ideales.
Pero, ¿nos quedamos ahí? ¿No terminamos de vislumbrar tras todo eso un misterio trascendente que nos haga ver de otra manera a Jesús? Es la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos, para ver en verdad qué es lo que significa para mi, cómo implica mi vida en algo nuevo, cómo me puede llevar a un compromiso distinto, cómo puede darle una trascendencia más grande a mi vida, cómo puede hacerme levantar la mirada hacia lo alto para descubrir a Dios, para sentir a Dios, para vivir a Dios.
Pedro, que fue el que se adelantó a dar una respuesta personal, dijo de Jesús en aquel momento ‘el Mesías de Dios’. Era mucho lo que Pedro estaba diciendo con estas breves palabras que otro evangelista nos trascribe como reconociéndolo como el Hijo del Dios vivo. Era mucho lo que estaba diciendo Pedro aunque no sé si era consciente del todo del alcance de sus palabras. Pero allí había una hermosa confesión de fe. Aunque Jesús luego le hará comprender que ese Mesías de Dios había de padecer y sufrir hasta una muerte de cruz.
Queremos hacer también nosotros una certera confesión de fe en Jesús porque en verdad lo sintamos como el Mesías de Dios en nuestra vida; porque sintamos en verdad que El lo es todo para nosotros y sin el cual nuestra vida no tendría ningún sentido ni valor. Queremos en verdad reconocerle como nuestro Salvador porque pasó por una muerte de cruz derramando su sangre para el perdón, para perdonarme de mis pecados, pero que en verdad me ha llenado de una vida nueva para vivir para siempre en la gracia y en el amor.
Quisiera expresar y no sé qué palabras emplear que El es la verdadera luz de mi vida, la razón de mis luchas y la fuerza de mi amor; que en Él veo las cosas de forma distinta y aprendo también a tener una mirada nueva hacia aquellos que me rodean con los que voy haciendo el viaje de la vida, sintiendo que somos unos hermanos que caminamos juntos, también con nuestras flaquezas y debilidades, pero sintiendo la fuerza de Jesús.
Busquemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, en lo que son nuestros pensamientos y nuestras esperanzas para descubrir y también para compartir con los demás todo lo que Jesús significa para mí, significa para cada uno de nosotros.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89;  Lucas 9,7-9

Dependiendo quizá por una parte de nuestro estado de ánimo, pero por otra parte del estado de nuestra conciencia nos podemos predisponer antes las personas que encontramos en nuestro entorno porque quizá las actitudes o los valores que vemos reflejados en su vida pueden ser un revulsivo para nosotros, para nuestros comportamientos o la manera con que afrontamos o expresamos el sentido de nuestra vida.
Ante ellos se puede suscitar en nosotros rechazo, desprecio quizá, oposición, desconfianza, o quedarnos en una pasajera curiosidad que no llega a más o con la que tratamos de alguna manera manipular, como para ponerlo al servicio de posiciones nuestras con las que tratamos de distraer quizá la atención de lo verdaderamente importante, o para utilizarlas en nuestro divertimiento.
¿Sería algo así lo que le estaba sucediendo a Herodes? Había oído hablar de Jesús, de aquel nuevo profeta que había surgido en Galilea. Y eso le inquietaba, aunque el seguía viviendo su vida con su superficialidad acostumbrada, aunque ya vería la forma cómo lo eludía o quitaría de en medio como había hecho con Juan Bautista. No tenia claro quien era Jesús y lo que podía significar igual que en las gentes que lo escuchaban que también tenían sus confusiones y no lo veían claro.
Que si era Juan Bautista que había vuelto a la vida, que si era Elías que había vuelto a aparecer, que si había surgido un profeta como los antiguos… Pero Herodes sabía que había mandado decapitar al Bautista y su cabeza se había presentado allí en medio de aquel banquete y aquella fiesta para entregársela a Salomé, la hija de Herodías. Pero no las tenía todas consigo porque su conciencia algo le estaba diciendo.
Siente curiosidad por Jesús. Quería conocerlo. Así un día se lo anunciaron incluso a Jesús. Pero ¿cuál era el verdadero deseo de Herodes? Se decía que le agradaba escuchar a Juan y sin embargo le había metido en la cárcel a instigación de Herodías y luego le había mandado decapitar a petición de Salomé en aquella fiesta organizada para diversión de toda su corte. Y sabemos que más tarde también quiso divertirse con Jesús cuando se lo mandaría Pilatos en la Pascua y le pedía que hiciera alguna cosa maravillosa para entretener a todos los presentes.
Pero nos quedamos ahí, en ese desconocimiento de quien era realmente Jesús y esa curiosidad de Herodes. Y nosotros ¿qué? ¿Cuál es el conocimiento que tenemos de Jesús? ¿Cuáles son nuestros deseos de conocerle? ¿Qué repercusión tiene en nuestra vida Jesús, el evangelio, los actos religiosos que realizamos? ¿Serán un entretenimiento cuando no tenemos otra cosa en qué ocuparnos? Muchas veces decimos que vamos a Misa cuando tengamos tiempo porque tenemos tantas cosas que hacer. Cuántos reducen toda su religiosidad a asistir a las fiestas. ¿Cómo se implica nuestra vida con la fe que en Jesús tenemos?
Son preguntas que tenemos que hacernos. Son reflexiones y planteamientos en nuestra vida. Que haya un verdadero deseo de conocer a Jesús. Pero un deseo que se haga concreto en cosas concretas. No de una forma superficial. Que ahondemos en el evangelio. Que confrontemos de verdad nuestra vida con el mensaje de Jesús.
Quitemos miedos. Quitemos prejuicios. No temamos enfrentar nuestra conciencia con los valores del evangelio, con el camino de Jesús. No le demos la espalda porque quizá se tocan heridas concretas de nuestra vida o cicatrices de lo que nos haya sucedido. Vayamos con corazón abierto al encuentro con Jesús.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

Mateo era publicano, como lo llama hoy el evangelista Leví; era recaudador de impuestos, en el concepto de los letrados y fariseos un pecador; tenían fama los recaudadores de impuestos de ser injustos y enriquecerse a costa de los impuestos que cobraban; por esa condición de recaudadores de impuestos en beneficio de los extranjeros que los dominaban eran despreciados por la gente.
Sin embargo Jesús se detiene ante su mostrador de impuestos para invitarle a seguirle. Jesús viene rompiendo moldes y no se queda en las apariencias; Jesús quiere contar con todos y no hace discriminación en sus llamadas. Un día también allá en Jericó se detendría ante una higuera en la que se había subido para verlo pasar un publicano y se había auto invitado a su casa. Entonces dirá que aquel día llegó la salvación a aquella casa. Zaqueo había respondido y también le había ofrecido una comida, un banquete en que como ahora también estaban los llamados pecadores, los publicanos amigos de Zaqueo, como ahora los amigos de Leví.
Al escuchar la invitación de Jesús se levantó de su mostrador y dejándolo todo se fue con Jesús; como un día hicieran los pescadores de Galilea; como tantos a los que Jesús invitaba y sigue invitando a seguirle; una buena consideración que tendríamos que hacernos también cuando escuchamos la invitación de Jesús, la Palabra de Jesús que abre ante nosotros caminos nuevos.
Por allá están los de siempre juzgando, murmurando, criticando. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ La respuesta está pronta en los labios de Jesús. Era lo que El manifestaba con su vida, con sus obras, con su cercanía, con su amor, el rostro misericordioso de Dios. ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
No nos valen solo golpes de pecho, no nos valen costosas ofrendas que nosotros podamos hacer, no nos vale el ya creernos justos y buenos porque somos cumplidores, porque pagamos los diezmos hasta del comino y la hierbabuena, si no tenemos misericordia en el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’.
Esa misericordia en el corazón es la mejor ofrenda, el mejor sacrificio. Esa misericordia que significa doblar nuestro corazón para romper las corazas del orgullo o la autosuficiencia, que nos hace salir de nuestro egoísmo e insolidaridad es el mejor y más valioso sacrificio. Esa aceptación que sepamos hacer de los demás, ese respeto que a todos tengamos para no juzgar a nadie ni hacer condenas de ningún tipo, ese aprender a valor todo lo bueno que hay en los demás alejando de nosotros suspicacias y envidias, ese ir caminando de la mano de todo hermano que vaya a nuestro lado en el camino sin hacer ningún tipo de discriminación es la muestra de la misericordia de Dios de la que hemos empapado nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando la fiesta de san Mateo, el apóstol y el evangelista y muchas más consideraciones podríamos hacernos en torno a su figura como apóstol y como autor del primer evangelio. Jesús contó con él a pesar de su condición de publicano y recaudador de impuestos y sería luego el apóstol que nos dejara el primer evangelio. Todos, cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos, podemos ser llamados por el Señor, somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionero; ojalá se acaben tantas discriminaciones que en este campo se puedan seguir dando entre nosotros en la Iglesia.
No olvidamos el hermoso mensaje en el que veníamos reflexionando de cómo a la manera de Jesús hemos de saber llenar e inundar de misericordia nuestro corazón.

martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

 Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

La luz no se puede ocultar. Las lámparas están para iluminar. Se han de colocar en el sitio oportuno para que su luz pueda llegar a todos. Es algo elemental. No la encendemos y luego la tapamos; la encendemos y procuraremos acompañarla de todos los reflectores posibles para se vea aumentada esa luz y pueda iluminar mejor a cuantos más mejor.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio. Y no es que quiera hablarnos de ornamentaciones o cosas así. La imagen que nos propone quiere decirnos muchas cosas. Y es que nos está diciendo que esa luz tiene que estar en nosotros y nosotros con esa luz hemos de iluminar a los demás. Esa luz se nos ha regalado, es una gracia. Esa luz ha llegado a nosotros cuando hemos sido iluminados por Cristo. Esa luz en nosotros nace de nuestra fe y nuestra fe ha de convertirse en ese faro potente de luz que ilumine a los demás. Claramente nos lo dirá en otro lugar. ‘Sois la luz del mundo’.
¿Qué hemos hecho los cristianos con esa luz cuando nuestro mundo sigue en tinieblas? Es cierto que las tinieblas rechazan la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio; vino la luz y las tinieblas, los que estaban en tinieblas, la rechazaron. Y sabemos bien cuántos en nuestro entorno, en ese mundo en que vivimos rechazan la luz.
Pero también podemos pensar que muchos quizá la rechazan porque no la conocen; muchos rechazan a Jesús porque no conocen a Jesús. Pensemos en cuantos prejuicios tiene la gente de la religión, del evangelio, de Jesús, pero se han creado esos prejuicios porque realmente no lo conocen.
Pero esto tendría que hacernos pensar en lo que hemos hecho de la luz, de la fe, del evangelio, del conocimiento de Jesús quienes ya lo poseemos, quienes hemos sido iluminados. Como decíamos antes, ¿qué hemos hecho los cristianos de la luz? ¿Verdaderamente estaremos iluminando nuestro mundo? ¿Nuestra vida estará reflejando en verdad la luz de Cristo? ¿Acaso nos ocultamos, tenemos miedo de ofrecer la luz, nos da vergüenza el que nos manifestemos como cristianos frente al mundo?
Muchas preguntas quizá que nos surgen allá en nuestro interior pero creo que sinceramente hemos de planteárnoslas. Es el necesario testimonio de vida que hemos de dar; quizá nuestras cobardías, en el encerrarnos en nosotros mismos, el no ser verdaderamente sinceros en nuestros sentimientos y actitudes cristianas haga dudar a muchos, haga que surjan esos prejuicios, tantos lleguen a desconocer esa verdadera luz para sus vidas que tiene que ser Cristo.
Iluminemos nuestro mundo con esa luz de Cristo. Que nuestras vidas sean verdadero reflejo de su luz. Piensa en concreto donde hoy es necesario que tú estés para iluminar con Cristo alguna situación concreta de lo que sucede en tu entorno, ya sea en tu familia, en tu lugar de trabajo o en el ambiente social en el que te muevas. Que cuando llegue la noche puedas dar gracias a Dios porque en alguna situación concreta has podido ser luz para alguien.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
Nos habla el evangelio en una primera lectura que hagamos del texto de una mala administración de unos bienes, de responsabilidades que se piden, de ganancias interesadas, y en fin de cuentas podríamos decir también que del recto uso que tendríamos que saber hacer de los bienes materiales que poseamos. Un administrador que llevaba una mala administración y al que se le pide cuentas pero al mismo tiempo de una sagacidad para saber salir de la mala situación en la que se podría encontrar tras haber rendido cuentas de su mala administración. Y esa sagacidad merecería una alabanza.
Con que facilidad se nos puede volver turbia la vida cuando no sabemos hacer un recto uso de las cosas materiales de manera que tenemos la tentación de convertir la posesión de las riquezas en un ídolo de nuestra vida que terminará esclavizándonos. Y cuando la vida la vemos desde la óptica de ganancias materiales y de riquezas qué fácil es que se nos endurezca el corazón y nuestras relaciones con los demás se conviertan en una lucha fratricida o en un intento de ponerlo todo a mi servicio.
Es cierto que tenemos que hacer uso de esos bienes porque en fin de cuentas Dios ha puesto ese mundo material en nuestras manos y ya vemos por otra parte en el mismo evangelio cómo se nos dice que hemos de hacer fructificar esos valores que tenemos; podemos recordar la parábola de los talentos que a quien no supo desarrollar y hacer fructificar el talento que se puso en sus manos se le pedirían responsabilidades. Es la responsabilidad con que vivimos nuestra vida, atendemos nuestro trabajo, cumplimos con nuestras obligaciones y buscamos un desarrollo en plenitud de nuestras cualidades y valores. El trabajo en si mismo es algo digno que contribuye al desarrollo de nuestro ser, de nuestras posibilidades y de nuestra vida.
En nuestras relaciones humanas y para poder obtener aquello que necesitamos no solo para la supervivencia sino para una vida digna obtenemos unos frutos de nuestros trabajos. Esos bienes materiales que conseguimos con nuestro trabajo nos servirán para cuanto necesitamos en la vida, para la atención de nuestras responsabilidades materiales, para ese disfrutar también de las cosas bellas de la vida, pero nunca nuestro corazón se puede encerrar en el egoísmo de manera que desoigamos las necesidades o problemas que puedan tener los demás y con los que en justicia también hemos de compartir.
Claro que entendemos que la posesión de esos bienes o esas riquezas, como queramos llamarlo, no es la única finalidad de nuestra vida; no lo podemos convertir en un absoluto porque caeríamos fácilmente en la codicia y la avaricia que nos encierra en nosotros mismos con todas las consecuencias que ello nos traería como antes mencionábamos algunas. Hay quien en su avaricia solo persigue la posesión de riquezas no sabiendo disfrutar de las cosas más bellas de la vida. Podemos recordar aquella parábola que nos habla del que había conseguido grandes cosechas y había agrandado sus graneros y bodegas y pensaba que ya lo tenía todo resuelto, pero le llegó la hora de la verdad con la muerte cuando menos lo pensaba, y ni siquiera de aquello que había conseguido pudo disfrutar.
Ya nos previene Jesús a lo largo del evangelio cuando nos dice lo difícil que les es a los ricos, a los que acaparan dinero o riquezas para sí, entrar en el Reino de Dios. Recordamos aquel joven que, aunque venía con buena voluntad buscando lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna, sin embargo en el apego de su corazón a las riquezas no fue capaz de seguir el camino de Jesús. ‘Atesorad tesoros en el cielo…’ nos decía Jesús entonces.
Un sentido que hemos de darle a todo lo que es nuestra vida. El evangelio es luz que nos ilumina, que eleva nuestro espíritu, que nos hace buscar lo que han de ser los verdaderos valores, que nos ayuda a no quedarnos en lo material aunque lo tengamos en las manos cada día, que nos hace descubrir que toda esa riqueza de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos la acaparemos solo para nosotros sino que todo está también en función de los demás, que nos impulsa a que vivamos cada momento de nuestra vida y cada una de las cosas en las que tengamos responsabilidad con total intensidad y fidelidad.
Como nos decía hoy Jesús en el evangelio el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Que todo lo que hagamos, que todo lo que vivimos, lo que son nuestros trabajos y nuestras luchas, como también los momentos de dicha que podemos disfrutar, todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

 1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

Sabía bien Jesús lo que decía cuando nos proponía la parábola del sembrador. Estaba retratando nuestra vida, haciéndonos pensar en nuestras actitudes, reflexionar sobre cómo nosotros acogemos la semilla de la Palabra de Dios que el sembrador lanza sobre nosotros cada día. Constaba la realidad de lo que allí mismo estaba sucediendo en los que escuchaban su Palabra.
Cuántos eran los que se admiraban de las palabras que decía, cuántos eran los que se hacían alabanzas de su sabiduría y su manera de enseñar, cuántas acudían a El con sus ilusiones y sus esperanzas, cuántos eran los que acudían de todas partes y hasta se ofrecían para ser sus discípulos, pero ¿todos llegarían a plantar bien esa semilla en su corazón para hacer que diera fruto?
Muchos le escuchaban también pero estaban al acecho a ver como cogerle en alguna de sus palabras para tener de qué acusarle; a muchos de los que formaban aquella masa no terminaban de convencerles sus palabras e incluso de pondrían en contra suya buscando incluso la forma de quitarle de en medio. Y así podemos seguir pensando en las distintas reacciones que su predicación provocaba entre sus oyentes.
Pero El seguía siendo el sembrador, no dejaba de seguir proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios, aunque sabía que había corazones endurecidos, corazones llenos de apegos que no daban lugar a la acogida de su Palabra, corazones inconstantes que eran de entusiasmo de un momento pero al que pronto llegarían los cansancios que lo harían abandonar todo; pero sabía también que había corazones abiertos, con ilusión, con esperanza verdadera, con deseos de alimentarse de esa Palabra de verdad y de vida y que serían capaces de ponerse en camino de una renovación de sus vidas, para lograr una renovación del mundo para convertirlo de verdad en el Reino de Dios.
Cuando nosotros hoy escuchamos esta parábola de Jesús necesariamente lo primero que hacemos es mirar nuestra vida, revisar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, sentirnos invitados a abrir nuestro corazón a esa semilla de la Palabra disponiéndonos a dar el mejor fruto.
Pero creo que la Palabra nos pide algo más. Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios. Se nos ha confiado también el anuncio de la Buena Nueva del Reino y eso hemos de hacerlo en ese mundo concreto en el que vivimos.
Un mundo que también nos vamos a encontrar muchas veces adverso, que se pone en contra o pasa indiferente ante el anuncio que nosotros podamos hacer; un mundo que tiene otros intereses y que se olvida de lo que son metas altas, ideales grandes, que ha perdido el sentido de la trascendencia, que solo piensa en lo inmediato o en las ganancias materiales, que se encierra en si mismo y ya no entiende lo que significa tener una espiritualidad. Podemos tenerlo miedo a ese mundo, o podemos incluso contagiarnos del espíritu de ese mundo.
Pero no olvidemos que somos sembradores aunque nos cueste. Sabemos que contamos con la fuerza del Espíritu que anima nuestra vida y nos da la fuerza para hacer la siembra. No nos guardemos la semilla para nosotros o para otro momento que se puede echar a perder. Es ahora cuando tenemos que sembrarla.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

1Corintios 15,12-20; Sal 16; Lucas 8,1-3
‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios’.  Así sencillamente nos resume el evangelista la acción evangelizadora de Jesús de pueblo en pueblo por toda Galilea.
No iba solo, lo acompañaban muchos discípulos, muchos que querían seguir sus pasos, que se habían sentido deslumbrado por su anuncio, por sus palabra y querían estar con El, seguir su camino; entre ellos el evangelista nos destaca a los Doce, los había elegido y llamado para que de manera especial estuvieran con El, porque a ellos les iba a confiar su misión; pero el evangelista nos habla también de algunas mujeres, el grupo de las mujeres piadosas que estarían con Jesús hasta en el momento de la cruz; muchas habían recibido especiales dones de Jesús, como verse liberadas del mal, otras incluso lo ayudan con sus bienes.
Lo importante es el anuncio, la Buena Nueva que proclama, el Evangelio del Reino de Dios. había sido su anuncio desde el principio y desde el principio nos pedía creer en ese anuncio, creer en ese Reino de Dios que se construía, construir ese Reino de Dios en el corazón convirtiéndonos a El. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’, recordamos que era su anuncio.
Allí estaban con Jesús y le seguían de cerca quienes creían en ese anuncio, quienes querían que se Reino de Dios se hiciera realidad. Queremos nosotros estar también cerca de Jesús; queremos también que ese Reino de Dios se vaya haciendo presente más y más en nuestro mundo. Parece que no es fácil porque las sombras de la increencia y la indiferencia parecen que lo invaden todo. A quienes queremos hablar del Reino de Dios la gente nos mira quizá de una forma escéptica, como si oyeran hablar de visiones o de sueños irrealizables.
Pero nosotros creemos en el Reino de Dios, porque primero que nada queremos que Dios sea en verdad el centro de nuestra vida. No siempre es fácil, repito, porque son tantas las cosas que nos distraen, que nos tientan, que nos hacen sus ofertas, para que pongamos el corazón en ellas, para que las convirtamos en absolutos de nuestra vida. Pensemos en tantos apegos del corazón; pensemos en esas cosas que poseemos o que más bien nos poseen y que parece que nada somos sin ellas; pensemos en tantas esclavitudes en las que podemos caer atándonos a cosas, atándonos a ideas, poniendo en duda cosas fundamentales, llenando de sombras nuestro corazón.
Queremos vivir el Reino de Dios y buscar los verdaderos valores que nos lleven por caminos de plenitud, caminos que nos hagan tener la mirada alta, caminos de verdadera libertad, caminos de amor y de solidaridad, caminos en lo que busquemos siempre lo bueno por encima de todo, caminos en que sepamos encontrarnos con Dios que viene a nuestra vida. Son los caminos por los que iremos construyendo el Reino de Dios.
No olvidemos que aquello que hacia Jesús que iba por todas partes haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino es lo que nosotros tenemos que seguir haciendo. No podemos callar esa alegre buena noticia, no la podemos ocultar, porque así lograremos la salvación para nuestro mundo. Es el compromiso de nuestra fe, es nuestro compromiso de verdadero seguidor de Jesús, de un auténtico discípulo.

jueves, 15 de septiembre de 2016

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

1Corintios 15,1-11; Sal 117; Juan 19,25-27:

‘Junto a la cruz estaba María, la madre de Jesús…’ Después de haber contemplado ayer la Cruz y a quien de ella pendía como nuestro Salvador en la entrega suprema de su vida por amor hoy la Iglesia nos invita a contemplar a María junto a la cruz de Jesús.
‘Y a ti una espada te traspasará el alma’, le había anunciado el anciano Simeón allá en el templo cuando la presentación de Jesús para cumplir la ley de Moisés. Traspasada de dolor en la pasión y muerte de Jesús hoy la contemplamos en cumplimiento de aquella profecía. La tradición nos habla del encuentro de Jesús y María en la calle de la amargura camino del Calvario.
Allí en medio de las gentes que vociferaban contra Jesús la contemplaremos siguiendo aquel cortejo de dolor y sangre arropada por las buenas mujeres que habían seguido a Jesús, alentada quizá por el llanto de aquellas mujeres anónimas a las que Jesús invitaba a llorar por sus pecados y por sus hijos, y apoyada seguro en el discípulo amado que al pie de la cruz iba a recibir como hijo en nombre de toda la humanidad.
María en medio de aquellos que vociferaban su maldad queriendo llevar a su Hijo hasta el patíbulo, pero María allí donde hay sufrimiento y muerte para unirse ella en una solidaridad tan especial como puede hacerlo una madre a la ofrenda de amor que hacia Jesús de su vida al Padre derramando su sangre por la salvación y el perdón de los pecados de toda la humanidad.
Queremos, sí, contemplar a María en medio de ese cuadro lleno de sombras pero también de luz, porque será la manera como seguiremos contemplando a María a través de todos los tiempos junto al dolor de todos sus hijos. María, junto a la cruz de Jesús en el Calvario, María junto a la cruz de Jesús en el sufrimiento de tantos a lo largo de los siglos. La presencia de María va a iluminar las sombras de ese cuadro de muerte del sufrimiento de los hombres a través de todos los tiempos. Es la madre que estará siempre al lado de sus hijos, pero de manera especial de sus hijos más débiles, como siempre hacen las madres, en todos los torturados por el dolor y el sufrimiento sea cual sea.
Qué paz cuando sentimos a María en medio de las sombras de nuestra vida. El amor de la madre nos llena de luz y nos abre a la esperanza. El amor de María nos enseñará también a nosotros a estar junto a la cruz; junto a la cruz, porque la llevamos en nosotros y con nosotros en el camino del seguimiento de Jesús, ya que El nos invita a seguirle tomando, cargando con nuestra cruz de cada día; pero junto a la cruz de Jesús porque aprenderemos a estar al lado del sufrimiento de los demás para con nuestro amor, nuestra presencia, nuestros gestos de solidaridad llevar también ese rayo de luz y de esperanza que necesita todo el que sufre.
Es nuestra tarea. Es la lección que aprendemos de María. María, Madre y Reina de los Dolores porque supo estar junto al dolor de su Hijo con su corazón traspasado; Madre y Reino de los Dolores, porque sigue estando junto a la cruz de sus hijos, todos los hombres que sufren para alentar su esperanza, para darnos motivos para caminar, para aprender también nosotros lo que es el amor verdadero y la solidaridad con que hemos de estar junto a nuestros hermanos los hombres que sufren. De María aprendemos a no cruzarnos de brazos; de María aprendemos a buscar formas para mitigar cualquier dolor, para servir de consuelo a los que lloran, para encender una luz en el corazón que nos haga tener esperanza.