miércoles, 23 de abril de 2014

Jesús camina a nuestro lado y muchas veces se nos ciegan los ojos y no somos capaces de reconocerle

Jesús camina a nuestro lado y muchas veces se nos ciegan los ojos y no somos capaces de reconocerle

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
Cuando se pierden las esperanzas los caminos se nos hacen oscuros y peligrosos. Sin esperanza cualquier problema o dificultad se nos convierte en un tormento, nos angustia y nos impide caminar. Es como si se nos trabaran los pies y en todo paso fuéramos tropezando haciéndonos imposible el avanzar.
Los discípulos que iban a Emaús habían perdido toda esperanza. La noche se les echaba encima, no solo porque el sol se estuviera ocultando por el poniente, sino porque no habían sabía vislumbrar la luz del sol que verdaderamente les iluminara. Aunque aquellos pesares y oscuridades al final  les serviría para algo, porque terminarían abriéndose a lo trascendente y a lo que verdaderamente tiene valor.
‘Nosotros esperábamos…’ le dicen al peregrino que se ha puesto a caminar a su paso y les pregunta por qué andan tan tristes y apenados. Como ellos andaban envueltos en tristezas y angustias les parecía imposible que todos no estuvieran de la misma manera. ‘¿Eres tú el único forastero en estos días en Jerusalén que no te has enterado de lo que ha pasado?’ Y comienzan a hablarle de Jesús. En el habían puesto su fe y su esperanza. ‘Nosotros esperábamos que el fuera el futuro libertador de Israel’. Y le hablan de su condena a muerte, de que las mujeres fueron de mañana al sepulcro y ahora han venido contando visiones de ángeles que aseguraban que está vivo. Hasta algunos de los discípulos fueron al sepulcro que lo encontraron como habían dicho las mujeres, pero a El no lo han visto. Se habían hecho una idea de Jesús y no habían sabido reconocerle tal como Jesús realmente era y había querido hacerse presente.
Y Jesús iba caminando con ellos. Y si los discípulos que habían ido al sepulcro a El no lo vieron, ellos tampoco ahora eran capaces de reconocerlo. Pero El comenzó a hablarles y a explicarles pacientemente la Escrituras. Y entre conversación y conversación llegaron al pueblo donde se dirigían, a Emaús, pero el forastero quería seguir adelante. Es cuando ellos  ahora en lugar de pensar en sí mismos, comienzan a preocuparse por aquel forastero por aquellos caminos en la noche, y más en la oscuridad de la noche en la que ellos se encontraban.
‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’, le dicen ofreciéndole la hospitalidad de su casa y su mesa. A pesar de las oscuridades que ellos llevaban dentro querían ofrecer luz y abrigo, porque algo bueno aún había en su corazón, que además se había ido despertando de una forma extraña mientras El les hablaba.
Sentados a la mesa, a la hora de partir, el pan se les abrieron los ojos, lo reconocieron. Era El. Allí estaba aunque ahora ya no lo veían. Pero no hacía falta porque comienzan a reconocer su nueva presencia. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’ se preguntan.
Se había acabado la oscuridad porque ahora sus ojos, los ojos más profundos de su vida, sí tenían luz, lo habían reconocido en la fracción del pan y se dieron cuenta también que en aquella Palabra que habían venido escuchando estaba Jesús. Ya no importan las sombras de la noche y no temen ningún peligro, porque Jesús ha estado con ellos y su Espíritu ahora para siempre los acompaña. Vuelven de nuevo a Jerusalén pero sus corazones van llenos de luz y ahora la loza pesada de las desesperanzas se ha roto hecha añicos. Ahora sí hay esperanza y vida en sus corazones.
Se volvieron a Jerusalén donde contaron todo lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todos comentaban ya que era verdad que Jesús había resucitado.

¿No estará caminando Jesús a nuestro lado tantas veces y quizá nuestros ojos están obcecados y no somos capaces de reconocerlo? De muchas maneras el nos va repartiendo el pan de su palabra cada día para alimentar nuestra vida y hacer enardecer nuestro corazón. Pero nos puede suceder algo más. ¿No podría incluso sucedernos que estemos con El en la fracción del pan y tampoco le reconozcamos? Cuantas veces venimos a la Eucaristía, a la Fracción del Pan, y salimos sin haberle reconocido ni sentido, sin haber sentido el ardor de su presencia y de su gracia en nuestro corazón.

martes, 22 de abril de 2014



Que las lágrimas de nuestros sufrimientos no cieguen nuestros ojos para descubrir y reconocer a Jesús

Hechos, 2, 36-41; Sal. 32; Jn. 20, 11-18
‘María Magdalena, al final, fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Siempre tras un encuentro con el Señor nos sentimos enviados con una misión. Lo que vivimos en el encuentro con el Señor compartido con los demás puede también llenarlos de luz. Y la luz nunca nos la podemos guardar para nosotros solos.
Las lágrimas le habían impedido en principio reconocer a Jesús confundiéndolo con el encargado del huerto. Desde el amor grande que sentía por Jesús se había encerrado demasiado en sí misma en su dolor. No llegaba a entender las señales que el Señor ponía a su lado, le costaba escuchar  en su propio corazón, sus ojos estaban nublados por las lágrimas. Pero allí estaba el Señor y al final la voz inconfundible del Maestro la hizo despertar para reconocer al Señor. Iría presurosa a comunicar a los demás que había visto al Señor y a trasmitirles su mensaje.
El dolor, los problemas, las dificultades y tropiezos que vamos teniendo en la vida en muchas ocasiones nos ciegan también. Deprimidos por el sufrimiento nos cuesta encontrar la luz, pero hemos de saber despertar nuestra fe porque siempre el Señor tiene una luz para nosotros. Hay en nosotros, sí, una fuerza de vida que tiene que hacernos saltar por encima de esas negruras para ver la luz. 
Nos creemos que somos los más desgraciados del mundo y que nadie sufre como nosotros. Pero hemos de saber mirar a nuestro lado, porque si tenemos sensibilidad para ver el sufrimiento que tienen también muchos a nuestro alrededor, puede ser que nuestro corazón se despierte. Además cuando nos hacemos sensibles al sufrimiento de los otros nos podemos dar cuenta que quizá nuestro sufrimiento no es tan grande. Compartiendo con los demás, abriéndonos al sufrimiento de los otros nuestra vida adquiere un nuevo sentido y valor y con nuestros propios sufrimientos podemos hacernos redentores con Cristo de los demás.
Las lágrimas que cegaban el alma de Magdalena nos puede estar enseñando muchas cosas. Tenemos que aprender como ella a saber reconocer al final a Jesús; porque Jesús también se acerca a nosotros de muchas maneras, en muchas personas que pueden llegar hasta nosotros con una palabra buena y una palabra de aliento. Siempre será la voz del Señor que nos habla a nuestro corazón y que hemos de saber oír y reconocer. Sepamos descubrir y reconocer esa acción del Señor que a través de los otros que nos ayudan nos está también manifestando su amor. Y como María Magdalena sepamos llevar la noticia a los demás, porque el Señor se puede valer de nosotros, de lo que nosotros hayamos experimentado y vivido si lo compartimos para ayudar, para hacer llegar su presencia a los demás.
En la primera lectura escuchamos hoy la conclusión del discurso de Pedro en la mañana de Pentecostés a quienes se habían reunido ante el Cenáculo. ‘Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’. Y nos dice el autor sagrado que ‘estas palabras les traspasaron el corazón’ y ahora preguntaban qué había que hacer. La Palabra del Señor anunciada por Pedro llega de una forma viva al corazón de aquellas gentes y ahora se preguntan qué tienen que hacer. Están descubriendo la luz, se están encontrando con la verdad y la vida. Sienten que sus vidas no pueden seguir de la misma manera. Ha nacido la fe en el corazón de aquellas gentes y esa fe tienen que expresarla de alguna manera. No se pueden quedar con ese tesoro que ha descubierto manteniéndolo escondido.
Lo que Pedro les propone es la conversión, el reconocimiento del error en que han vivido hasta entonces, pero para volver su corazón al Señor. Han de expresar y manifestar esa fe que ha nacido en sus corazones en Jesús.  Y la fe les llevará primero que nada a unirse a Jesús, a querer vivir la misma vida de Jesús que lo van a significar en el Bautismo. No es otra cosa el Bautismo que ese unirnos a Jesús para vivir su misma vida en virtud del misterio grandioso de muerte y resurrección. El Bautismo es un participar del misterio pascual de Cristo que nos trae y nos llena de la salvación.
Cuánto tenemos que considerar la grandeza y la maravilla del Bautismo que hemos recibido.

lunes, 21 de abril de 2014

Somos testigos de lo que vivimos en Cristo resucitado y con fidelidad proclamamos nuestra fe



Somos testigos de lo que vivimos en Cristo resucitado y con fidelidad proclamamos nuestra fe

Hechos, 2, 14. 22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
Seguimos viviendo el gozo de la Pascua. No solo se prolonga durante cuarenta días hasta la Ascensión del Señor al cielo sino que esta semana se vive con una intensidad especial porque estamos en la octava de la Pascua.
Iremos escuchando durante estos días primeros diversos momentos de los encuentros de Jesús resucitado con los discípulos como nos lo va narrando el final de cada uno de los evangelios, y al comenzar a leer de forma continuada el libro de los Hechos en la primera lectura escucharemos una y otra vez lo que fue el Kerigma de la predicación de los apóstoles en aquellos primeros momentos de la vida de la Iglesia.
Por otra parte los textos de las oraciones nos ayudan a ir abundando en nuestra condición de bautizados, no en vano los que fueron bautizados en el día de la Pascua tienen muy cercano dicho acontecimiento de su bautismo; pero es que además a todos nos conviene recordarlo, profundizar en ello, para vivir en todas sus consecuencias nuestra condición de bautizados.
En este sentido hemos pedido hoy: ‘siempre aumentas tu Iglesia con el nacimiento de nuevos hijos en el bautismo, concédeles ser fieles durante su vida a la fe que han recibido en el Sacramento’. Bien necesitamos recordarlo y vivirlo, fidelidad siempre y en todo momento a la fe recibida. Hemos querido responder al don de Dios, al regalo de su gracia y respondemos con nuestra fe; pero una fe vivida intensamente en toda la vida, en todo lo que hacemos y vivimos. Pero al mismo tiempo es don sobrenatural, un don que Dios nos concede. No es solo nuestra respuesta humana; hay algo más profundo que nos trasciende, hay algo sobrenatural que solo desde Dios podemos recibir, desde Dios podemos comprender y podemos llegar a vivir.
Como decíamos en la lectura de los Hechos escuchamos ese primer anuncio de los apóstoles. Escuchamos hoy a Pedro el mismo día de Pentecostés en ese primer anuncio que hace de Jesús ante la multitud que se ha reunido en torno al cenáculo. Habla claramente de Jesús al que todos, o casi todos los que estaban allí reunidos habían conocido directamente.
No hacía sino cincuenta días en que habían acaecido todos aquellos acontecimientos pascuales de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y lo recuerda Pedro, pero al mismo tiempo hace un anuncio claro y explicito de la resurrección de Jesús. La pasión y la muerte todos podían conocerlo de primera mano. El hecho de la resurrección solo pudieron experimentarlo los que mantuvieron su fe en Jesús, que ahora se manifiestan como testigos dispuestos a dar testimonio. ‘Dios resucitó a este Jesús, y nosotros somos testigos’, les dice Pedro. Y lo hace con valentía, pues allí estaban muchos de los que gritaron contra Jesús pidiendo que fuera crucificado, manipulados quizás por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos. Pero Pedro se manifiesta como testigo. ‘Nosotros somos testigos’.
En el evangelio hemos escuchado parte de lo que ya se nos proclamó en la noche de la vigilia pascual. Se añade el detalle del soborno de los guardias para que digan que los discípulos robaron del sepulcro el cuerpo muerto de Jesús, y es por eso por lo que ahora no lo encuentran en el sepulcro. En todo momento aparece la maldad del corazón humano y como queremos manipularnos unos a otros según nuestros propios intereses. No interesaba que se proclamase que Jesús había resucitado, lo que en el fondo en cierto modo es una manera de reconocerlo.
Conclusiones podemos sacar muchas de todo esto que estamos reflexionando. Que se mantenga viva nuestra fe, que sea firme nuestra fidelidad a nuestra condición de bautizados. Que quienes hemos experimentado por la fe en lo más hondo de nosotros mismos esa presencia y esa vida y calor de Cristo resucitado en verdad nos manifestemos como testigos de esa fe con la misma valentía que vemos hoy a Pedro proclamarlo en los Hechos de los Apóstoles.

domingo, 20 de abril de 2014

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado… muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida



Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado… muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida

Hechos,  10, 34.37-43; Sal 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9
¡Ha resucitado el Señor! verdaderamente ha resucitado, Aleluya. Nos lo repetimos una y otra vez desde que anoche celebrábamos con toda alegría la vigilia pascual en la que cantábamos una y otra vez a Cristo resucitado.
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Rebosantes de gozo pascual el mundo entero desborda de alegría. Nos lo repetimos una y otra vez. Como una nueva primavera rebrota la vida en nosotros con la presencia de Cristo resucitado. Lo sentimos, lo queremos vivir, lo que expresar con nuestros cantos y con nuestra alegría, lo manifestamos con toda nuestra vida. Todo ha de tener el sabor de lo nuevo y de lo vivo cuando cantamos a Cristo resucitado.
Nuestros templos se llenan de flores que no son solo los bellos adornos con que queremos engalanarlos, sino que son nuestros corazones los que sienten ese rebrotar de primavera que todo lo llena de luz y de color que lo expresamos con la alegría nueva de nuestros rostros, pero también con esas actitudes nuevas con que nos acogemos los unos a los otros. Nada puede seguir igual. Todo ha de tener una nueva luz y un nuevo color.
Todo tiene que cambiar cuando sentimos en el alma el gozo grande de la resurrección del Señor. De ninguna manera podemos permitir que persistan sombras de pena o de tristeza en nuestros corazones. Desde Cristo resucitado hasta los sufrimientos o los problemas que podemos tener los asumimos de forma distinta. Anoche nos iluminábamos con la luz de Cristo resucitado, simbolizada en el Cirio Pascual que encendíamos en el fuego nuevo. De allí tomábamos la luz que además queríamos generosamente y con entusiasmo compartir con los demás. No nos podemos guardar la luz solo para nosotros. No podemos ocultar de ninguna manera la alegría de nuestra fe. Todo tiene que ser contagioso. ¡Bendito contagio si somos capaces de compartir esa alegría  de nuestra fe a los demás para que ellos lo vivan también!
Los textos del evangelio que escuchábamos tanto anoche, como hoy en la mañana precisamente eso nos lo hacen ver. A las mujeres que fueron al sepulcro, los ángeles las enviaron con la buena noticia de que Cristo había resucitado para que fueran a comunicarla a los demás. Hoy hemos contemplado a María Magdalena que cuando ve que el sepulcro de Cristo está vacío corre al encuentro de los hermanos para llevarles la noticia. Vendrán Pedro y Juan hasta el sepulcro, vieron y creyeron, que hasta entonces no habían entendido la Escritura de que había de resucitar de entre los muertos.
‘Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado; El es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo’, como había anunciado el Bautista; ‘muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida’. La muerte y el pecado ha sido vencida. Ha brotado la nueva vida de la gracia. El gran Sacerdote ha completado la ofrenda con la que le veíamos subir en la tarde del viernes santo al altar de la Cruz. Ha llegado a su consumación y se ha convertido para nosotros en autor de salvacion eterna. Dios lo levantó sobre todo  nombre y por la resurrección de entre los muertos lo ha constituido Mesías y Señor, para que todos los que creen en El reciban por su nombre el perdón de los pecados.
Pero la resurrección de Jesús es también nuestra resurrección. Como escuchábamos anoche a san Pablo ‘por el bautismo fuimos con El sepultados en su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, asi también andemos nosotros andemos en una vida nueva… en una resurrección como la suya…vivos para Dios en Cristo Jesús’.
Por eso nos decía hoy de nuevo san Pablo ‘ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba … aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre, no a los de la tierra’. Ya decíamos que ahora nuestra vida tiene que ser distinta. Hemos dejado atrás las tinieblas del pecado. Renunciamos a todo lo que sea muerte para poder vivir la vida nueva que nace de nuestra fe.
La profesión de fe que en este día de Pascua hacemos ha de tener una especial resonancia en nuestra vida. Vamos a recordar nuestro Bautismo con el Sí que le dimos a Cristo con toda nuestra vida y que a lo largo de nuestra existencia en momentos especiales hemos renovado con toda intensidad. Recordando nuestro Bautismo haremos nuestra renuncia al pecado y a las obras del mal y confesaremos nuestra fe queriendo expresar asi el compromiso de vida nueva que surge brioso, entusiasta de nuestro corazón en la alegría con que estamos viviendo la resurrección del Señor. Luego dejaremos que caiga una vez más el agua bendita sobre nosotros.
Y no olvidemos que la confesión de nuestra fe nos convierte en enviados, en misioneros de esa fe. Muchas oscuridades sigue habiendo en nuestro mundo que tenemos que iluminar. Mucha esperanza tenemos que despertar en el mundo que nos rodea. Tenemos que ayudar a los que caminan a nuestro lado demasiado a rastras de esta tierra a que levanten los ojos, a que miren a lo alto, a que descubran la luz. Cristo es esa luz que necesita nuestro mundo; Cristo es esa buena noticia que puede, que tiene que despertar la esperanza en nuestro mundo, que muchas veces cree que marcha sin rumbo, despertar la esperanza a los que van desilusionados por la vida pensando que todo lo que sufrimos no tiene solución.
Nosotros los cristianos que creemos en Cristo resucitado, aunque muchos sean los problemas con que la vida nos envuelve, no perdemos la esperanza, porque nos apoyamos en aquel que nos ama y ha dado su vida por nosotros. El nos enseñó como podemos hacer un mundo nuevo y esa es nuestra tarea ahora, con la fuerza de su Espíritu. La fe que tenemos en Jesús no nos hace desentendernos del mundo y de su problemas, sino todo lo contrario nos compromete más, sabiendo que la luz del evangelio nos da cauces para vivir una vida nueva y hacer un mundo mejor. Son los compromisos de nuestra fe en Cristo resucitado.
En Cristo resucitado encontramos el sentido y encontramos la fuerza para realizarlo, porque El nos acompaña siempre con la fuerza de su Espíritu. Anoche desde México me llegaba un eco de lo que reflexionábamos en la vigilia pascual que quiero compartir con ustedes. Comentando lo que anoche reflexionábamos me decía: ‘Sí, Éste, Cristo resucitado, es el culmen de la historia de la salvación. Sin la resurrección, esta vida no tendría sentido. Si Jesús no fuera Dios, para mi la vida tampoco tendría sentido’.
¡Ha resucitado el Señor! Verdaderamente ha resucitado, ¡Aleluya! El es nuestra vida, es nuestro Camino, es nuestra Verdad absoluta. Caminemos a su luz. Empapémonos de su Evangelio. Vivamos en la plenitud del amor que El nos ha enseñado. Compartamos la alegría de nuestra fe.
Este es el día del Señor. Es el día grande de la resurrección del Señor y sentimos cómo actuó y sigue actuando el Señor en nuestra vida. Es el día primero, en que resucitó el Señor, el día del Señor que luego cada semana seguiremos celebrando. Es nuestro gozo y nuestra alegría.
Démosle gracias al Señor porque también podemos ver a tantos a nuestro lado que viven ese compromiso de su fe y el Señor sigue actuando a través de ellos, de sus buenas obras, de su compromiso. Será también nuestro gozo y nuestra alegría cuando compartamos esa fe que tenemos en El con los  demás y nos vayamos comprometiendo a hacer ese mundo nuevo que surge, que nace de la resurreción del Señor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. 

FELIZ PASCUA DE RESURRECCION

sábado, 19 de abril de 2014

¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!!



Alegráos, Cristo ha resucitado y viviremos con El

… Rm. 6, 3-1; Sal. 117; Mt. 28, 1-10
 Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo… alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante, alegrémonos todos, cantemos llenos de alegría y si parar… que las trompetas anuncien la salvación y las campanas repiquen a gloria… ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Así nos queremos dejar impregnar y empapar por el sentir de la Iglesia y de la liturgia en esta noche santa y llena de luz. Fuera los miedos y temores, aléjense las tristezas y las penas, desaparezcan para siempre las tinieblas. Todo está lleno de luz y de vida, porque Cristo ha resucitado. Con Cristo tenemos que resplandecer con una luz nueva, con una vida nueva. Es la alegría de nuestra fe que queremos proclamar y anunciar a todos sin complejos ni cobardías.
Grande fue la sorpresa de las buenas y santa mujeres que iban al sepulcro con el deseo de terminar de cumplir con los ritos funerarios que no pudieron realizar plenamente en la tarde del viernes porque comenzaba con la caída de sol el descanso del sábado y llegaba la fiesta de la pascua. El ángel del Señor les sale ahora al encuentro con un anuncio gozoso y una misión. ‘No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como lo había dicho… Id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis’.
Impresionadas y llenas de alegría corren a llevar la noticia.  Pero Jesús les sale al encuentro. ‘Alegraos’. No saben que hacer, quieren abrazarle los pies postradas ante El. ‘No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán’. Vuelven a escuchar ahora la misión que se les confía.
Es la gran noticia que nos congrega a nosotros en esta noche aquí. Es la alegría que desborda de nuestros corazones y que mutuamente nos contagiamos. Es el anuncio que recibimos y que a su vez nosotros hemos de trasmitir. Es la paz nueva que sentimos para siempre en nuestra alma que se desborda y rebosa para llenar de paz a los que están a nuestro lado. Cristo ha resucitado. La muerte ha sido vencida. Todo se siente transformado de una forma nueva. La vida se llena de luz y de paz.
Cristo ha vencido a la muerte. Hemos sido absueltos del pecado para siempre. Ha llegado para nosotros la verdadera libertad, porque Cristo nos ha liberado. La vieja personalidad de pecadores ha sido destruida y ha nacido el hombre nuevo. Con Cristo somos muertos al pecado para vivir para siempre en Cristo Jesús. Ha llegado en verdad la Pascua, el paso salvador y liberador del Señor por nuestra vida haciéndonos nacer a una vida nueva. Habíamos venido preparándonos durante toda la Cuaresma y ha llegado el momento de sentirlo y de vivirlo.
Es algo muy grande lo que estamos celebrando. No es un hecho cualquiera. Es el centro de la vida y de la historia. Antes de Cristo y después de Cristo, decimos desde entonces. Todo gira desde entonces en torno a Cristo resucitado. El misterio pascual de Cristo que celebramos en su pasión y en su muerte y resurrección se convierte en verdad en el eje de toda nuestra vida. La  creación del mundo en el comienzo de los siglos no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo en la plenitud de los tiempos. Y es lo que ahora estamos celebrando.
Pero cuando nosotros celebramos la resurrección de Jesús no lo hacemos como si fuera un hecho ajeno a nosotros en que nos alegremos por El, porque haya resucitado de entre los muertos, venciendo el poder de la muerte, sino que es algo que a todos nos afecta, porque su resurrección nos hace resucitar a nosotros. Con Cristo nosotros hemos sido sepultados en el bautismo, para con Cristo renacer a una vida nueva. ‘Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, nos decía san Pablo, lo estará también en una resurrección como la suya… si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con El’.
De ahí la alegría y el gozo. De ahí surge toda esa luminosidad y esplendor de esta noche santa, de esta noche de gloria, de esta noche dichosa y feliz, como cantábamos en el pregón pascual. En la hoguera del fuego nuevo hemos quemado para siempre todo lo viejo del pecado para hacer que brille una luz nueva en nuestro corazón. Por eso hemos encendido nuestra luz de esa luz nueva que es Cristo significado en el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado. Una luz que tiene que iluminar a nuestro mundo, que tenemos que llevar a los demás.
Noche santa y dichosa que nos hace volvernos a encontrar con Cristo, con la vida y con la santidad, alejando de nosotros para siempre el pecado que nos esclaviza porque con Cristo alcanzamos la verdadera libertad. Aquel paso del mar rojo fue para Israel el paso de la esclavitud a la libertad y es imagen del Bautismo que nosotros hemos recibido, en que también sumergidos en el agua surgimos de la fuente del bautismo llenos de vida y de gracia con una nueva dignidad, con la dignidad grande de los hijos de Dios.
Por eso, como un signo de nuevo hoy vamos a ser bañados en el agua renovando así nuestros compromisos bautismales, renovando así nuestra fe, confesándola con todo ardor porque así también con nuestra vida y nuestras palabras hemos de proclamarla a los demás, hemos de llevar la buena noticia a los demás. Recordemos que las mujeres que fueron primeros testigos de la resurrección fueron enviadas a llevar la noticia a los hermanos.
Nuestra confesión de fe no se puede quedar encerrada en nosotros o solo en el ámbito de nuestros templos, sino que tiene que correr de boca en boca, tiene que desparramarse por el mundo que nos rodea que tanto necesita de una Buena Noticia que le llene de esperanza. Y que Cristo ha resucitado en esa Buena Noticia que puede devolver la esperanza, va a devolver la esperanza a nuestro mundo. De nuestro anuncio depende. De eso hemos de estar convencidos de verdad.
Creer en Cristo resucitado nos hace ponernos en camino de una vida nueva transformadora de nuestros corazones, pero transformadora también de la vida de cuantos nos rodean y que ha de transformar ciertamente  nuestro mundo y nuestra sociedad a imagen del Reino de Dios proclamado por Jesús. Así es nuestra fe. Así nos compromete nuestra fe. Si nos dejáramos liberar por Cristo de todas esas esclavitudes que nos atan en nuestros egoísmos y orgullos, en nuestras violencias y en nuestros gritos, en nuestras formas injustas de actuar que oprimen y esclavizan a los que están a nuestro lado, en esas hipocresías, falsedades y apariencias en que vivimos envueltos tantas veces, en la forma materialista que tenemos tantas veces de ver la vida, en esas obsesiones por pasarlo simplemente bien a costa de lo que sea, qué distinto sería nuestro mundo.
Por eso esta noche al hacer una renovación de nuestra fe y de nuestra condición de bautizados vamos a hacer también esa renuncia a toda esa fuerza del mal que se nos puede meter en el corazón.  Es el hombre viejo de la esclavitud y el pecado que tenemos que dejar atrás para vivir ese hombre nuevo de la gracia en que Cristo resucitado quiere transformarnos.
No es momento de más palabras, sino de seguir viviendo y celebrando con toda intensidad y alegría nuestra fe. No lo olvidemos. Cristo vive. Cristo ha resucitado y ha vencido la muerte para siempre. Cristo está aquí y nos asegura la vida para siempre. Celebramos su victoria. Nos llenamos de su gloria. Comamos a Cristo que El nos asegura que nos da vida para siempre y nos resuci5tará en el ultimo día. Cantemos la gloria del Señor.

viernes, 18 de abril de 2014

Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz



Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Is. 52-53, 12; Sal. 30; Hb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42
‘Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”’. Levantamos nosotros los ojos a lo alto y lo proclamamos Rey y Señor de nuestra vida, Sumo Sacerdote que ‘llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Así estamos en esta tarde a la sombra del árbol de la vida, a la sombra de la Cruz de nuestro Señor  Jesucristo. Como Moisés, como un signo, levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El obtenga la salvación. Queremos poner toda nuestra fe y nuestra vida; queremos alcanzar la salvación y por eso miramos a Jesús clavado en la cruz.
Nos sentimos todos atraídos hacia la cruz ‘donde estuvo clavada la salvación del  mundo’; nos sentimos atraídos hacia la cruz venciendo toda la repugnancia que el dolor nos pudiera producir, porque sabemos que en la cruz de Jesús encontramos la vida y alcanzamos la salvación. ‘Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí’, nos había dicho Jesús. Para nosotros es fuente de vida y de salvación; de ahí mana la gracia para nosotros que nos llena de nueva vida. Como aquel torrente caudaloso que manaba por debajo de las puertas del templo y que allí por donde pasaba lo iba llenando todo de vida, como anunciaba el profeta, nosotros acudimos al agua viva de la gracia que mana de la cruz salvadora de Jesús. ‘De su costado, tras la lanza del soldado, al punto salió sangre y agua’, imagen de la gracia redentora.
Miramos a lo alto de la cruz y contemplamos al Rey que nos ha redimido y nos ha salvado. ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’, proclamaba el letrero puesto encima de la cruz. Era lo de lo que lo acusaban los sumos sacerdotes y escribas, y fue la pregunta repetida de Pilatos - ‘¿eres tú el rey de los judíos? -, como hemos escuchado en el relato de la pasión, aunque luego no quisieran que ese fuera el título de la ejecución.  Pero bien sabemos nosotros que no solo es Rey de los judíos, sino que es el Rey y Señor de todo el universo, porque con su sangre nos ha comprado, con su sangre nos ha redimido. ‘No valemos ni oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo’.
Un reino nuevo, el Reino de Dios, había anunciado Jesús desde el principio de su predicación y para eso nos invitaba a la conversión y a creer en El. Pero su reino no era a la manera de los reinos de este mundo.  Ya les explicaba a los discípulos más cercanos que ellos no tenían que comportarse como los poderosos de este mundo. En el Reino de Dios todo había de ser distinto, porque distinta era la relación con Dios y distinta habían de ser nuestras relaciones basadas siempre en el amor. Para eso había venido El a instaurar ese Reino nuevo, el Reino de la verdad, el Reino de la autentica justicia y paz, el Reino donde tendría que resplandecer el amor con un especial brillo. Por eso era necesaria la conversión, para comprender que con El todo había de ser distinto.
Ayer meditábamos cómo teníamos que expresar ese amor a los demás en el servicio haciendo como Jesús que para servir se hacía el último y el servidor de todos poniéndose de rodillas a los pies de sus discípulos para lavárselos. Hoy le vemos subir al Calvario, a lo alto de la cruz, como la expresión del amor más sublime y más grande. ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que ama’. Así lo contemplamos hoy dando su vida, muriendo en la cruz por nosotros. Por eso lo proclamamos Rey, lo sentimos como el único Rey y Señor de nuestra vida.
Pero lo contemplamos también como Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Al altar de la cruz ha subido para hacer la ofrenda, para ofrecerse en sacrificio redentor por todos los hombres. Ahí le vemos ofreciendo la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, derramada para el perdón de los pecados. Ayer le contemplábamos cómo nos regalaba el Sacramento de su amor, el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, signo que habíamos de repetir hasta la consumación de los siglos. Hoy le contemplamos en lo alto del Altar haciendo la ofrenda, realizando el Sacrificio, en que El mismo se entrega, El mismo se nos da, El mismo nos regala con el perdón su vida para que tengamos vida para siempre.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, nos decía la carta a los Hebreos, ya que tenemos un Sumo Sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús el Hijo de Dios… el que, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Mirando a la cruz de Cristo, ya para nosotros tiene un sentido y un valor el sufrimiento. En la entrega de amor que Jesús está realizando podemos entender que poniendo amor en nuestra vida, también nuestros dolores y sufrimientos pueden tener un valor redentor, como fue el sufrimiento de Cristo en la cruz. ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes’. Es cierto que lo contemplamos ‘desfigurado, no pareció hombre, ni tenía aspecto humano… le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado’.
Así nos lo describía el profeta, pero nosotros sí queremos mirarlo frente a frente, porque sabemos que ahí está nuestra muerte y nuestro pecado, ahí están nuestros sufrimientos y dolores, y que gracias a que El cargó así con nuestra vida de pecado, nosotros hemos podido alcanzar la salvación. Lo miramos, sí, frente a frente, sin volver nuestro rostro para que consideremos por una parte nuestra maldad y nuestro pecado, pero también, sobre todo, para que seamos capaces de admirarnos y sorprendernos hasta donde llega el amor de Dios. Lo miramos frente a frente también con nuestros dolores y sufrimientos aprendiendo a darle un sentido nuevo y un nuevo valor. Lo miramos frente a frente, porque sí nos sentiremos movidos a convertirnos sinceramente a El, a cambiar nuestra vida, a vivir una vida nueva  de gracia y santidad como El quiere ofrecernos.
Si la gente de Jerusalén, quizá inconscientemente, dijeron que cayera la sangre de Jesús sobre ellos y sus hijos haciéndose así responsables de su muerte, nosotros queremos decirlo de forma consciente, porque queremos que su sangre nos lave y nos purifique, nos redima y nos llene de vida. Ahí de la cruz de Jesús cae ese torrente de gracia, como antes ya decíamos, y de esa gracia queremos llenar nuestra vida.
Miremos a la Cruz, levantemos nuestra mirada a lo alto. Contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros y por nuestra salvación. Contemplamos a Jesús nuestro Rey y Señor; contemplamos a Sumo Sacerdote  que se ofrece por nosotros. Unámonos nosotros a ese sacrificio redentor con toda nuestra vida. Hagamos la mejor ofrenda de amor de lo que somos. Emprendamos el camino nuevo de la gracia y de la santidad.

jueves, 17 de abril de 2014

Contemplamos un amor que se arrodilla para servir y entregarse hasta el extremo de dar la vida y darnos su vida


Contemplamos un amor que se arrodilla para servir y entregarse hasta el extremo de dar la vida y darnos su vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11.23-26; Jn. 13, 1-15
Era importante la cena de la pascua que los judíos celebraban cada año. Era un recuerdo imborrable lo que rememoraban pues sus padres habían sido liberados de la esclavitud de Egipto liderados por Moisés, pero donde el Señor se había mostrado grande y poderoso. Cada  año cuando llegaba la pascua, así estaba prescrito, habían de escoger un cordero, conforme a todo lo que estaba ritualizado con todo detalle de lo que habían de hacer; un cordero que se sacrificaría en el templo y luego comerían en familia recordando el paso liberador del Señor en Egipto pero que ellos sentían vivo y presente entre ellos. Era la Pascua.
Para eso habían hecho ahora los preparativos según las instrucciones de Jesús.  El cordero sacrificado, el agua para las purificaciones, los panes Ázimos, las lechugas amargas con su salsa del color de los ladrillos que fabricaban en Egipto, el vino para las bendiciones… todo estaba preparado. Ahora se habían reunido en aquella sala de la parte alta de la casa que generosamente les habían facilitado, pero ya desde el comienzo de la cena se palpaba que todo iba a ser distinto. ‘Mi momento está cerca’, había mandado decir Jesús a quien le facilitaría aquella sala. Y ahora nos dice el evangelista que ‘sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo’.
Seguirían fielmente los rituales establecidos pero pronto comenzarán a realizarse signos que nos hablarían de que algo distinto estaba sucediendo, signos que nos hablarán de una nueva pascua; unos signos que quedarían para perpetuidad pero que nos darían señales de una vida nueva, de un estilo distinto, de una pascua nueva que se iba a convertir en Alianza eterna. Unos signos que no solo iban a servirnos para recordar lo que entonces estaba sucediendo o iba a suceder, sino que lo actualizarían y lo harían presente para siempre cada vez que esos signos se repitiesen.
Todo aquello que allí esa noche estaba sucediendo se habría de repetir cada día recordando y haciendo presente al Señor. Ese iba a ser su mandato: ‘haced esto en conmemoración mía… si yo el maestro y el Señor’ lo he hecho, de ahora en adelante vosotros también tendréis que hacer lo mismo, viene a decirles Jesús.
Dos signos, que en el fondo serán como uno solo; dos signos que habían de seguirse repitiendo a través de los tiempos si en verdad querríamos vivir en esa Alianza nueva y eterna que ahora se constituía. Sería el signo del amor en el lavarse los pies los unos a los otros, y sería el signo del pan y el vino  que ya no serían pan y vino sino presencia real y verdadera para siempre de Jesús en medio de nosotros como la expresión más sublime del amor. Los dos un mismo signo, porque será para siempre el signo del amor que nos habría de distinguir.
Ya lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe. Echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. No simplemente les ofrece agua para que hagan sus purificaciones; El, que es el Maestro y el Señor, se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies. Algo inaudito, pero que conociendo a Jesús venía a expresar lo que era toda su vida.
Es el signo del amor. El signo del amor que nos manda repetir. El signo del amor más humilde y más entregado. El signo del amor que es el signo del servicio y de la entrega. El signo del amor que nos habla de cercanía y de humildad profunda. El signo del amor, sí, que nos habla de lo que es el amor verdadero. Porque para amar de verdad no lo podemos hacer nunca desde arriba, como no podemos lavar los pies de nadie desde la altura; al menos, será necesario ponernos a su altura; pero Jesús nos enseña algo más importante para ese amor, ponernos de rodillas delante de aquel a quien amamos. Cuánto nos dice Jesús con ese signo de su amor. Cómo tenemos que aprender.
Luego nos dirá ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Contemplando el gesto de Jesús comprenderemos mejor lo que luego nos dirá que es su mandamiento. Que nos amemos los unos a los otros, nos dirá. Pero amarnos los unos a los otros no es hacerlo de cualquier manera ni con cualquier  medida. Un día se nos había dicho que nos amemos los unos a los otros al menos como nos amamos a nosotros mismos. Ahora Jesús, con sus gestos y con sus palabras nos dirá más, porque la medida de ese amor es amar como El nos ha amado. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’.
Es un amor que se arrodilla, porque quien es capaz de hacerlo así no rivalizará con el otro, no querrá ser el primero, no le hará sentirse principal o importante.  Es un amor que se hace servicial, porque ‘el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir’; sabe hacerse el último y el servidor de todos porque esa será la verdadera grandeza, recordamos que les decía a los discípulos cuando discutían por los primeros puestos. Es un amor que nos purifica; ese ser capaz de lavar los pies a los otros nos purifica de nuestros orgullos, nos abaja de nuestros pedestales, nos cura en humildad, los limpia el corazón de malas querencias. Es un amor que nos abrirá los ojos para contemplar a Jesús y postrarnos ante El para adorarle, porque a eso nos tiene que llevar el amor que le tenemos.
Ese fue el primer signo del amor y de su presencia para siempre con nosotros. El que realiza a continuación es como una consecuencia de tanto amor como nos tiene. En la cena comían el cordero  pascual que era un recuerdo y una memoria del paso salvador de Dios que les liberó de la esclavitud de Egipto. Ahora ya no sería un cordero cualquiera el que íbamos a comer como memorial de esta Pascua eterna y salvadora para siempre. Juan lo había señalado a El como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y el Cordero iba a ser inmolado, pues comenzaba su pasión que era la Pascua nueva y eterna en su Sangre derramada en la Cruz, como la prueba más grande del amor más grande.
Un día había anunciado que comerle a El era tener vida para siempre, porque El era el Pan vivo bajado del cielo que da vida al mundo. ‘Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Y ahora Cristo se nos da, se hace Sacramento para que le comamos y le vivamos, para sepamos vivir su presencia para siempre y para que adorándole a El aprendamos a amar de verdad a los hermanos, para que comiéndole en la Eucaristía mientras caminamos aun por esta tierra tengamos la prenda segura de la vida que dura para siempre.
‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre… cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’. Así nos lo recuerda san Pablo, como una tradición que ha recibido del Señor y que a su vez él nos ha trasmitido. La noche de su entrega, la noche que nos dio las muestras supremas de su amor así nos dejó este memorial. Lo mismo que había dicho que si El les había lavado los pies, a su vez ellos tenían que hacer lo mismo, ahora nos dice que eso mismo han de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Y le comeremos a El. Y le viviremos a El.
Cada vez que le comemos hacemos memorial de su entrega y de su amor; cada vez que celebramos la Eucaristía no lo podemos hacer si no estamos viviendo su mismo amor y su misma entrega; cada vez que nos ponemos de rodillas delante de la Eucaristía para adorar su presencia tenemos que estar recordando que así tenemos que ponernos de rodillas delante de los otros para ofrecerles nuestro amor, porque ahí en ellos, y especialmente en los más pobres o los más vulnerables, siempre tenemos que verle a El.  No podrá haber Eucaristía donde no haya amor; no podremos comer a Cristo en la Eucaristía si no vamos con nuestro amor siempre al encuentro con los demás para lavarles los pies.
Hoy estamos celebrando el amor. Estamos iniciando el triduo pascual de la muerte y la resurrección del Señor y no hacemos otra cosa sino contemplar el amor infinito del Señor que así se entrega y así se da por nosotros. Cada día un buen cristiano, un buen seguidor de Jesús, ha de celebrar con toda intensidad el amor. Hoy parece que se hace más intenso contemplando los signos del amor que Jesús nos muestra. Hoy mirando y contemplando a Jesús en todos sus signos de amor nos tenemos que sentir como más impulsados a vivir un amor así. Es que estamos mirando el amor de Jesús que llegó hasta el extremo, al mayor amor.
Decimos que el Jueves Santo es el día del amor fraterno, porque recordamos el mandato de Jesús. Comamos a Cristo en la Eucaristía, sacramento de su amor que nos ha dejado, para que nos llenemos intensamente de su amor y así aprendamos a amar siempre a los demás, aprendamos a ponernos de rodillas los unos delante de los otros para lavarles los pies. Y ya sabemos todo lo que eso significa y cómo podemos hacerlo.

miércoles, 16 de abril de 2014

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la pascua, y ¿nosotros la hemos preparado?



Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la pascua, y ¿nosotros la hemos preparado?

Is. 50,4-9; Sal.68; Mt. 26, 14-25
‘Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la pascua’. Repetidamente lo hemos escuchado estos días, pues el evangelio se nos centra en la cena pascual como comienzo del relato de toda la pasión y muerte de Jesús que nos disponemos a celebrar.
Como hemos escuchado en el evangelio Jesús les da instrucciones concretas de donde han de ir buscando el lugar para celebrar la cena de Pascua y que tendrían que acogerse a la hospitalidad de algún amigo o pariente de Jerusalén, lo que era bastante habitual. Preparativos como el cordero, el agua de las abluciones, el pan sin levadura, el vino, las lechugas amargas, etc… eran las diversas cosas que habían de preparar y ahora todo estaba ya dispuesto conforme a las instrucciones de Jesús y lo que ritualmente se preparaba en cada casa.
Ya entraremos en más detalles de la cena pascual cuando celebremos el jueves la cena del Señor  y ahora nos centramos en los preparativos y esos primeros momentos. Aquella cena tenía aires de tener un especial significado, pues algo de tragedia y dramatismo se palpaba en cierto modo en el ambiente. El relato que hemos escuchado ha comenzado narrándonos el ofrecimiento de Judas a los sumos sacerdotes para la entrega de Jesús. Hasta seis veces nos aparece esta palabra ‘entregar’ en estos cortos versículos que se nos han proclamado. Nos están hablando de la entrega que Judas en su traición hace de Jesús.
Pero nos faltaría quizá añadirla una vez más pues quien realmente se está entregando es Jesús mismo que por amor a nosotros llega hasta la pasión en una entrega de amor para nuestra salvación. Una misma palabra, entrega o entregar, nos puede  valer para describirnos la traición de Jesús, pero para hablarnos también de la entrega de amor  que Jesús libremente hace por nosotros.
Es el misterio de amor que nos disponemos a celebrar y para lo que nos estamos preparando. Al hilo de lo que se nos decía que los discípulos cumplieron con las instrucciones de Jesús e hicieron todos los preparativos necesarios para la cena pascual es cuando nosotros tendríamos que preguntarnos si ya hemos hecho todos los preparativos preocupándonos de lo que es fundamental.
Estos días en nuestras parroquias y en nuestros templos también todo son preparativos y agobios; por un lado y por otro nos encontramos con personas que con buen deseo y deseo de colaborar participan en los múltiples preparativos para las celebraciones,  para las procesiones con el arreglos de las correspondientes imágenes, para los adornos que queremos hacer, para el monumento para el Santísimo para el jueves santo… y así no sé cuantas cosas. A todos, es cierto, nos gusta encontrar las cosas bien preparadas y dispuestas y hasta que las cosas nos salgan bien hermosas.
Pero, ¿sería eso en lo único que tendríamos que preocuparnos? Para muchos quizá todo se queda en esas cosas, pero bien sabemos que preparar la pascua, preparar la cena pascual es mucho más que todo eso. Quienes hemos querido vivir con intensidad nuestro camino de cuaresma seguro que nos hemos preocupado de cosas de mayor calado y en lugar de preparar cosas nos hemos querido preparar nosotros. Eso tendría que ser lo importante.
Que nunca los preparativos de las cosas nos agobien y nos impidan centrarnos en lo que tiene que ser lo verdaderamente importante. Y es el amor que en todo ello hemos de poner, pero también en cómo preparamos nuestro espíritu, como buscamos la purificación de nuestro corazón, como ansiamos de verdad  la gracia del Señor.
Es a lo que nos está invitando hoy la liturgia de la Iglesia y la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Que sigamos también nosotros las instrucciones del Señor, que sigamos cuanto en la Palabra del Señor se nos ha ido indicando para que en verdad podamos sentir ese paso salvador de Dios por nuestra vida y con Cristo lleguemos a la vida nueva y a la resurrección

martes, 15 de abril de 2014

La ternura del corazón misericordioso de Cristo nos está invitando a entrar en la intimidad profunda del amor



La ternura del corazón misericordioso de Cristo nos está invitando a entrar en la intimidad profunda del amor

Is. 49, 1-6; Sal. 70; Jn. 13, 21-33.36-38
Momentos de ternura y de confidencia llenos de una delicadeza exquisita que se contraponen a oscuridades de traición y entrega; disponibilidades generosas de un primer impulso contrarrestadas con negación y abandono. En medio de todo ello la gloria del Señor que se manifiesta aun en los momentos más duros y difíciles.
Algo así es lo que nos describe este pasaje del evangelio que se corresponde a momentos en medio de la cena pascual.  Nos valen a nosotros que nos preparemos para la celebración del triduo pascual para que apuntalemos bien nuestras actitudes y nuestras decisiones y al final terminemos llenándonos en verdad de esa gloria del Señor que nos inunda con su gracia salvadora.
‘Profundamente conmovido en un momento de la cena pascual Jesús anuncia: Uno de vosotros me va a entregar’. Se siente la conmoción que se produce entre los asistentes a la cena. Se preguntan quién puede ser. Pedro le hace señas a Juan que estaba más cerca de Jesús para que le pregunte. ‘Apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: Señor, ¿quién es?’ Y Jesús le hace la confidencia. ‘Aquel a quien yo le dé el pan untado’.
Jesús se lo da a Judas mientras le dice ‘lo que tienes que hacer hazlo enseguida’. Pero la delicadeza ha sido tanta que el resto de los discípulos no se dan cuenta de lo que Jesús quiere decirle. Pero la oscuridad de la noche estaba rondando en su entorno. ‘Judas después de tomar el pan salió inmediatamente y era de noche’. Pero no eran solo las tinieblas de la oscuridad nocturna las que habían aparecido, sino que la negrura estaba en el corazón de la traición y del pecado.
Por otra parte están los impulsos de disponibilidad de Pedro. Quiere ir con Jesús adonde sea, aunque Jesús le anuncia que ahora no le puede acompañar, que le acompañará más tarde. Pero Pedro, impulsivo como siempre, insiste: ‘Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti’. Es un hermoso impulso del amor. Pero como le dirá más tarde Jesús en Getsemaní ‘el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, y ahora le anuncia: ‘¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’.
Cuántas cosas nos enseña la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado en estos textos, sobre todo en el evangelio. Cómo desearíamos por ejemplo esa cercanía que pudo Juan vivir con Jesús. Era el discípulo amado y su corazón siempre quería estar al lado de Cristo para latir al unísono con El. Tendría que ser algo que aprendiéramos, pero eso solo podremos hacerlo en la medida en que crezca más y más nuestra oración y podamos llegar así a esa hermosa sintonía con Dios. Estar atentos a esos latidos de Dios, que podemos sentir de verdad en nuestro corazón cuando entramos en esa intimidad de la oración con el Señor. Esa oración que nos lleve a esa paz en el corazón, porque nos sentimos amados del Señor, porque sentimos en nosotros ese calor del amor de Dios en nuestra vida que nos llevará a hacer arder también de amor nuestro corazón.
Están también esos impulsos de amor de Pedro, aunque luego fuera débil y también tropezara y cayera en la negación. Pero era un corazón lleno de amor por Jesús. Tendríamos que escuchar mucho lo que Jesús le diría luego en el huerto: ‘Velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es débil’. Si así nos fortaleciéramos en el Señor esos impulsos de amor serían algo muy hermoso y que tendríamos que desear de verdad.
Que nuestro corazón y nuestra vida siempre esté llena de luz; no dejemos penetrar en nosotros las tinieblas de muerte del pecado. Pero contamos con nuestra debilidad, pero contamos también con la ternura y la delicadeza del amor y de la misericordia del Señor. Estos días lo estamos contemplando hasta la saciedad. En estos días de pasión miramos una y otra vez a la cruz donde fue crucificado para escuchar sus palabras de perdón, de misericordia, de amor; para dejar que su sangre caiga sobre nosotros porque queremos recibir su salvación, queremos llenarnos de gracia.
Dispongamos de verdad nuestro corazón para recibir esa gracia salvadora del Señor. Que brille siempre en nosotros la luz del Señor y nunca nos inunden las tinieblas de la muerte y del pecado

lunes, 14 de abril de 2014

Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo



Nuestra vida ha de estar llena siempre de la fragancia y del buen olor de Cristo

Is. 42, 1-7; Sal. 26; Jn. 12, 1-11
Estamos de nuevo en Betania; era un lugar que frecuentaba Jesús en sus estancias en Jerusalén, además de quedar de paso en su subida a la ciudad santa. Allí están sus amigos que ahora le ofrecen una cena, después de la resurrección de Lázaro.
Y se multiplican los signos y los gestos; por allí vemos a Marta siempre sirviendo, siempre preocupada por atender de la mejor manera a sus huéspedes; pero veremos también los detalles de María, la que en otra ocasión se sentó a los pies de Jesús para beberse ensimismada sus palabras que le valiera la queja de su hermana; ahora es otro hermoso gesto el que realiza al ponerse de nuevo a los pies de Jesús pero con un caro frasco de perfume de nardo purísimo y costoso con los que querrá ungir a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Son muchas las cosas que pueden decirnos para nuestra vida esos signos y gestos que contemplamos en esta escena del Evangelio. No  nos pueden pasar desapercibidos esos hechos que nos narra el evangelio con el hermoso mensaje que nos trasmite.
Surgirán, es cierto, las interpretaciones del gesto de María y por allá anda Judas interesado en el dinero que se ha gastado, escudándose en la atención a los pobres, pero ya el evangelista nos hace ver algo distinto. Pero Jesús quiere darle otro sentido al gesto de María de Betania, porque nos dice que está adelantándose a su sepultura, con lo que le está dando un sentido pascual a lo que está sucediendo. ‘Lo tenía guardado para el día de mi sepultura’, dirá Jesús saliendo en defensa del gesto de aquella mujer. En fin de cuentas estamos hablando de una unción y estamos haciendo referencia a Jesús, el Ungido del Espíritu del Señor, que viene a nosotros con su salvación.
Es bien significativo el gesto. ‘La casa se llenó de la fragancia del perfume’, dice el evangelista. Ya sabemos que el nardo produce un olor muy intenso; sin embargo podríamos preguntarnos, ¿cuál es en realidad la fragancia y el olor que todo lo estaba invadiendo? Ya hacíamos referencia a Jesús como el Ungido por el Espíritu, recordando al profeta Isaías, pero recordando también lo sucedido en la Sinagoga de Nazaret cuando Jesús proclamó ese texto del profeta.
¿No será en verdad el olor de Cristo, por hablar de alguna manera empleando la misma simbología, el que todo lo está invadiendo con su presencia? Olor de Cristo que es contemplar su vida; olor de Cristo que es ver sus obras; olor de Cristo que es su amor en una entrega total hasta el final; olor de Cristo que nos sabe a gracia y a salvación, a nuevas virtudes y valores a cultivar en nuestra vida; olor de Cristo que nos hace contemplar la gloria de Dios y que nos impulsa en consecuencia a una vida santa.
Y es que de la misma manera que un perfume no pasa desapercibido sobre todo cuando es de un olor intenso como el nardo, la presencia de Cristo tampoco puede pasar desapercibida para quienes creemos en El. Ante Jesús, ante sus gestos, ante las obras que realiza, ante su mensaje, ante su vida nadie puede quedarse impasible y como si nada pasara. La presencia y la palabra de Jesús siempre nos interpelan, nos hace interrogarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, nos impulsa a algo nuevo y mejor porque traza ante nosotros horizontes grandes y altos y nos propone las mejores y más trascendentes metas para nuestra vida.
Pero creo que este texto nos puede estar recordando algo más: lo que tiene que ser nuestra vida desde que nos manifestamos como creyentes en Jesús y optamos seriamente por seguirle y vivir su misma vida. ¿No tendríamos que dar nosotros también ese buen olor de Cristo? En nuestro Bautismo y en la Confirmación hemos sigo ungidos con el Crisma santo para marcarnos con el sello de Cristo, de manera que siempre seremos para El, siempre hemos de manifestarnos como cosa de Cristo, como personas de Cristo; pero ungidos con el Crisma santo hemos de dar ese buen olor de Cristo, queriendo parecernos cada día más a El.
En nuestra vida ya no podemos reflejar otra cosa que a Cristo; en nuestra vida siempre ha de aparecer la gracia y la santidad de Cristo; en nuestra vida hemos de resplandecer en esos valores y en esas virtudes nuevas que aprendemos de Cristo; en nuestra vida que ha de dar siempre el olor de Cristo ha de resplandecer la gracia de Dios y todo será siempre ya para la gloria de Dios.