jueves, 30 de octubre de 2014

Hoy y mañana y pasado tengo que caminar… anunciando sin temor el designio divino contenido en el evangelio

Hoy y mañana y pasado tengo que caminar… anunciando sin temor el designio divino contenido en el evangelio

Ef. 6, 10-20; Sal. 143; Lc. 13, 31-35
‘Hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Es consciente Jesús de lo que significa su subida a Jerusalén. En el evangelio de Lucas esta imagen de la subida, de la ascensión tiene mucha importancia. Todo culminará en la Pascua en Jerusalén y el evangelio de Lucas terminará con la Ascensión con que inicia el libro de los Hechos con que continúa.
Ahora mientras sube a Jerusalén por camino unos fariseos se acercan para prevenirle de Herodes. ‘Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte’, le dicen. Pero Jesús no acepta el consejo porque sabe que todo está bajo el designio del Padre, en cuyas manos se ha puesto. Y como dirá en otra ocasión nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Así es consciente de lo que significa su subida a Jerusalén porque El además les anuncia repetidamente a los discípulos lo que allí va a suceder. ‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término’. No son expresiones de un tiempo determinado contado por días, pero sí es anuncio de su camino en libertad hasta la plenitud de su entrega.
Cuando menciona a Jerusalén salen a flote sus sentimientos y emociones, por el amor grande que siente por la ciudad santa, que sin embargo no le va a escuchar sino más bien a rechazar. Más tarde llorará al contemplarla y anunciará incluso su destrucción. Anuncia ahora de alguna manera su entrada triunfal en la ciudad, pero allí llegará a su término su obra que culminará en la Pascua. Sin embargo anuncia: ‘Os digo que no me volveréis a ver hasta el día en que exclaméis: Bendito el que viene en el nombre del Señor’, haciendo mención a lo que será su entrada en la ciudad santa entre las aclamaciones de los niños y del pueblo sencillo.
Creo que en todo esto que estamos comentando hay algo muy hermoso que tendríamos que destacar. Es la voluntad decidida de Jesús de que el designio de Dios se realice. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’,  fue su grito en la entrada en el mundo. Como dirá en otro momento su alimento es hacer la voluntad del Padre. Hace pocos días hemos escuchado la angustia y el deseo del corazón de Cristo de que llegue la hora de la entrega en su pasión, en su bautismo como el mismo les dijera a los discípulos si estaban dispuestos a asumir. Cuando llegue el momento del comienzo de la pasión aunque desea que pase de El el cáliz del dolor y de la muerte, buscará por encima de todo hacer la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y finalmente en la cruz pondrá su espíritu y su vida toda en las manos del Padre.
¿Seremos capaces nosotros de hacer una cosa así? ¿Seremos capaces de una ofrenda de amor semejante? ¿Seremos capaces de mantener la fidelidad hasta el final? También en muchas ocasiones nos llenamos de angustias y de miedo, porque tememos el dolor y el sufrimiento, nos duele una entrega así como la de Jesús en tanto bueno que podríamos y tendríamos que hacer por los demás. Cuando nos vienen los momentos difíciles casi estamos tentados de echar a correr pero en huida. Cuando encontramos dificultad u oposición en la tarea que tenemos que desarrollar nos desalentamos fácilmente y nos dan ganas de tirar la toalla. Pero a Cristo lo vemos subir decidido a Jerusalén, a su Pascua, a su pasión, a su entrega. Aunque haya muchos que se opongan y hasta lo quieran llevar hasta la muerte, como al final lo conseguirían. Es el amor el que lo guía y el que lo empuja.
Para sentirnos alentados en nuestros miedos y cobardías tenemos que mirar una y otra vez a Cristo en su camino hacia Jerusalén. Y nos sentiremos alentados también cuando miramos a nuestro lado en la historia y vemos a tantos que mantienen su fidelidad aunque esto les lleve a la muerte y al martirio. Sí, tenemos que mirar la fortaleza de los mártires que la encontraron en su fidelidad a Cristo y a su amor.
Que no nos falte la fortaleza del Espíritu. Que nos revistamos de aquella armadura de Dios, de la que nos hablaba san Pablo en la carta a los Efesios, orando al Señor en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Y como decía allí san Pablo, ‘orad también por mí, para que Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el designio divino contenido en el evangelio del que soy embajador…’

miércoles, 29 de octubre de 2014

Un camino de esfuerzo y superación para subir con Jesús hasta la Pascua y llenarnos de su vida y salvación

Un camino de esfuerzo y superación para subir con Jesús hasta la Pascua y llenarnos de su vida y salvación

Ef.  6,1-9; Sal. 144; Lc. 13,22-30
Jesús va camino de Jerusalén. Es bien significativa esta subida de Jesús a Jerusalén porque es la subida a la pascua, y no ya solo la pascua que cada año se celebraba recordando el paso liberador de Dios en Egipto  y que puso en caminos de libertad a los judíos, sino va a ser la Pascua definitiva, la Pascua de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la que de verdad íbamos a ser liberados de la peor de las esclavitudes, porque su sangre derramada era para el perdón de los pecados de todos, para nuestra salvación.
Jesús va siempre cercano de los discípulos y de todos cuantos acuden a El. ‘Recorría ciudades y aldeas enseñando’, nos dice el evangelista. Esto da ocasión a que la gente dialogue con El, le haga preguntas; quieren entender bien lo que significa el Reino de Dios que va anunciando. Y están las preguntas hondas y fundamentales - no son la preguntas capciosas y con trampa de los fariseos y otros grupos - que la gente sencilla se hace sobre la salvación definitiva. ‘¿Serán muchos los que se salven?’
¿Será difícil? ¿Será fácil? ¿Estaré yo en ese  grupo de los que alcancen la salvación y la vida eterna? Puede ser el sentido de la pregunta, semejante a las preguntas que nosotros también podemos hacernos o nos estamos haciendo. Porque claro, uno intenta ser bueno, hacer las cosas bien, ir cumpliendo con todo lo que nos van pidiendo, aunque algunas veces nos cueste y tengamos tropezones. Pero quizá también hemos hecho muchas cosas buenas, o hemos sido muy religiosos, porque cumplimos las promesas, hicimos la primera comunión y se las hicimos hacer a nuestros hijos a los que bautizamos desde bien pequeñitos, y algunas veces hacemos una limosna. ¿Estaremos nosotros en la lista de los que alcancen la salvación? ¿Habremos hecho lo suficiente para ganarnos la salvación?
La respuesta de Jesús como siempre quiere ir a lo fundamental, quiere hacernos reflexionar seriamente sobre lo que hemos hecho de nuestra vida, y nos quiere hacer clarificar bien cómo hemos de vivir nuestra fe y en qué ha de consistir nuestra vida cristiana.  La respuesta de Jesús nos puede parecer incluso dura y exigente. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán...’
¿Nos quiere poner las cosas difíciles Jesús? De ninguna manera; lo que no quiere es que nos contentemos con lo fácil. No se trata solamente de seguir haciendo las cosas como a nosotros nos parecía o como se venían haciendo de siempre. No se trata de meros cumplimientos o simplemente dejarnos arrastrar por la costumbre. Cuando anunciaba el Reino de Dios que llegaba siempre invitaba a poner toda nuestra fe en esa Buena Noticia que se nos proclamaba como ya cercano y a convertir el corazón. Si había que convertir, es que había algo a lo que darle la vuelta.
En algún momento de nuestras reflexiones hemos dicho que se trata de ponernos junto a Jesús para hacer las cosas, vivir la vida como lo hacía El y como era su vida. Creemos en su Palabra y la aceptamos, lo que significa que eso que nos dice lo vamos a hacer,  va a ser el sentido de nuestra vida, aunque muchas cosas tengan que cambiar. Y eso no es fácil, cuesta; sería más fácil seguir haciendo las cosas como siempre, pero Jesús viene a hacernos un planteamiento nuevo para nuestra vida, que es vivir como El vivió, con un amor como el de El, con una mirada hacia las personas y hacia las cosas como El las miraba.
Ahí está nuestro esfuerzo de superación; ahí está ese crecimiento de nuestra vida espiritual; ahí  está esa purificación que hemos de ir haciendo en nuestra vida para arrancar de nosotros aquello que nos impida vivir en el sentido de Jesús; ahí tiene que estar nuestra voluntad decidida de ponernos de verdad al lado de Jesús y comenzar a vivir según su sentido. No es fácil, exige superación y esfuerzo por nuestra parte, pero no será algo que hagamos por nosotros mismos o solo con nuestras fuerzas. De nuestra parte estará el Espíritu del Señor con su gracia, con su fuerza. Ahí está el ser capaces de vaciarnos de nosotros mismos para decir como Pedro ‘en tu nombre, Señor, echaré las redes’, porque me fío de ti, porque confío en ti.

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

lunes, 27 de octubre de 2014

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

Ef. 4, 32-5, 1-8; Sal. 1; Lc. 13, 10-17
La presencia de Jesús siempre es para la vida, nos manifiesta la vida, los llena de vida, transforma nuestra vida. Con Jesús se nos manifiesta lo que es el amor de Dios y donde está el amor de Dios presente hay vida, porque hay gracia, porque hay perdón; Jesús con su vida nos transforma liberándonos desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿No anunció en la sinagoga de Nazaret que lleno del Espíritu del Señor venía a traer a los oprimidos la libertad, porque llegaba el año de gracia del Señor?
Nos lo va manifestando a lo largo del evangelio en la Palabra de vida que nos anuncia, en los signos que realiza, en el amor que nos regala, en su compasión y en su cercanía allí  donde hay alguien oprimido por el diablo liberando de todo mal.
El episodio del evangelio que hemos escuchado en todo él, en todos sus detalles, una manifestación de esa libertad y esa vida que Jesús nos trae con su salvación. Nos dice el evangelista que estando en la sinagoga ‘había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar’. Pero allí está Jesús que cura a la mujer liberándola de aquel mal espíritu, ‘le impuso las manos y en seguida la mujer se puso derecha’.
La imagen que expresa la falta de libertad o la esclavitud es ver a uno encorvado bajo el peso de un pesado yugo. Por eso este milagro que Jesús realiza en aquella mujer encorvada es un buen signo que nos puede hablar de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Pero no nos quedamos solo en la enfermedad de aquella mujer, porque a lo largo de este episodio van a aparecer otros yugos que esclavizan al hombre, como pueden ser los rigorismos o las intolerancias, la falta de misericordia y la insensibilidad del corazón que nos incapacita para tener compasión del que sufre, los juicios condenatorios y las imposiciones de todo tipo que muchas veces queremos hacer a los demás para que hagan las cosas solo según nuestro particular parecer.
Es lo que se nos manifiesta en la actitud farisaica del que poner de forma rigurosa el mero cumplimiento de las normas o leyes por encima del bien del hombre. Fue la reacción del jefe de la sinagoga que poco menos que quería poner horarios para el amor y la misericordia. No era, según él, el día para la misericordia y la compasión el sábado; como les dice hay otros seis días para trabajar. Y Jesús trata de hacerle ver que la misericordia, la compasión, el amor no tienen horarios ni días, sino que esas actitudes han de llenar nuestro corazón las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, dirá Jesús en otra ocasión recordando el texto de la Escritura.
El milagro que Jesús está realizando con la curación de aquella mujer encorvada a causa de la enfermedad está siendo un signo maravilloso de cuántas cosas nos quiere liberar el Señor si en verdad dejamos que llegue a nuestra vida. No caben en nuestro corazón esas esclavitudes que nos hacen intolerantes e  inmisericordes, que nos impiden amar y tener compasión para con los demás. Muchas veces se nos endurece el corazón y se nos insensibiliza.
Que Jesús nos libere de esas ataduras y esclavitudes, que nos dé la verdadera libertad del amor. Como decíamos al comenzar nuestra reflexión allí donde está Jesús hay vida; Jesús llega a nosotros para darnos vida; Jesús viene a nosotros para transformar nuestra vida y nunca más haya nada que nos esclavice. Viene Jesús y se restablece la dignidad del hombre; nunca más tenemos que ir encorvados bajo el peso de ningún yugo que nos esclavice. Viene Jesús y nos trae la gracia y el perdón. Viene Jesús y no solo nos está manifestando lo que es el amor infinito y eterno del Padre, sino que nos está llenando de su amor.
Dejemos que Jesús nos dé la verdadera libertad. Acudamos a El con tantas cosas que nos esclaviza, acudamos a El con nuestro pecado, que sabemos que siempre en El vamos a encontrar la misericordia y el perdón.

domingo, 26 de octubre de 2014

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

Ex. 22,21-27; 1Ts. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
Se suceden los distintos grupos entre los judíos para hacerle preguntas a Jesús; los fariseos, los herodianos, los saduceos unos tras otros no sabiendo como coger a Jesús en sus palabras para poder acusarlo vienen con preguntas capciosas y llenas de trampa, aunque aparentemente ingenuas y archisabidas. Hoy vienen poco menos que a examinar a Jesús a ver si se sabe los mandamientos, porque lo que le preguntan era algo que todo judío conocía muy bien y repetía muchas veces al día como una oración. Con esas palabras del Deuteronomio y del Levítico les responde Jesús.
Pero creo que a nosotros nos viene bien porque nos ayudará a que reflexionemos y sepamos encontrar lo que verdaderamente es fundamental, pero no solo como palabras aprendidas de memoria, sino encontrando la forma de plasmarlo plenamente en nuestra vida. La pregunta hoy de los fariseos por el mandamiento principal y con la respuesta de Jesús del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos nos hace centrarnos de verdad en lo que viene a significar ese amor a Dios y en lo que se ha de traducir en nuestra vida cristiana.
Ser cristiano es vivir el amor que Dios nos ha regalado en la vida, las actitudes y valores, el camino nuevo que Jesús ha recorrido. Partimos de ahí, de ese amor que Dios nos ha regalado y con el que nosotros hemos de amar también. Y es que me atrevería a decir que el amor de Dios nos llena de humanidad. El amor de Dios,  y es el amor que El nos tiene y el amor con que nosotros hemos de responder, nos tiene que hacer más humanos, porque va a mejorar nuestra manera de vivir, nuestras actitudes, nuestra relación con los demás.  Cómo ha de ser ese amor en lo que podríamos llamar su doble dimensión, pero que podríamos decir que es única, lo aprendemos de Jesús.
Sería un error pensar que el amor de Dios nos espiritualiza tanto que nos hace olvidar a los demás. De ninguna manera podemos pensar eso, cuando además al preguntarle a Jesús por el primer mandamiento responde hablándonos del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, y a continuación sigue diciéndonos que el segundo es semejante y el segundo es amar al prójimo como a uno mismo. No se puede separar uno del otro porque no podría haber amor verdadero a Dios.
El amor que Jesús nos está enseñando, podríamos decir, que entraña una experiencia nueva. Alguien ha escrito que ‘Amar tiene que ver con poner la vida al lado de Jesús, centrarla en él para ser, vivir y pensar la vida, en los demás y las cosas como él las ve y las piensa. Amar es sentir el amor de Dios y el amor por los hombres, viviendo en continuo agradecimiento por la vida, por lo bueno, lo grande y bello que nos rodea; es ponernos al lado del defensor de la vida y la dignidad de sus hijos (nuestros hermanos); es tener y optar por una actitud, aprendida de Jesús, de sensibilidad por el dolor y sufrimiento que causamos, una actitud de ponernos al servicio de la humanización de nuestro entorno; es regirnos por mirar lo que es más humano y no por las ganancias; es aparcar nuestras actitudes intolerantes ante los demás’.
El amor que recibimos de Dios se hace amor a los demás. El amor de Dios mismo, sus mismos sentimientos se reflejan en nosotros. Como fue la vida de Jesús. Por eso nos ponemos a su lado para aprender a amar con un amor como el suyo, para aprender a amar con su mismo amor. Manifiesta su misericordia y su compasión, por eso acoge a los débiles, a los pecadores, está al lado de los que sufren, hace suyo el sufrimiento de los demás. Lo fue toda su vida; lo vemos de una forma sublime en la cruz, donde está cargando con todos nuestros sufrimientos y dolores, con todas nuestras angustias y vacíos. Y eso lo hace el amor. Por eso decíamos antes que es como una única dimensión.
Y esto es muy serio y muy comprometido, porque no son sentimientos pasajeros, compasión de un día. Es envolver toda nuestra vida en ese amor de Dios que se va a traducir, como ya hemos dicho, en un sentido de vida distinto, en unas actitudes profundas que nos van a llenar de una inquietud desde lo más hondo de nosotros de manera que ya no podemos ser insensibles ante lo que le pase a los demás. Vamos a sufrir en nuestra carne lo que son los sufrimientos de aquellos a los que amamos, los sufrimientos de todos nuestros hermanos. Decimos ponernos en su lugar, pero con un amor como el de Jesús todavía es mucho más. No pasaba Jesús al lado de los que sufrían simplemente diciendo palabras bonitas, sino que su presencia daba vida, llenaba de vida, transformaba la vida de cuantos se acercaban a El. Para eso terminó dando su vida.
Y ahora todo eso lo tenemos que ir manifestando en el día a día de nuestra vida, allí donde estamos, con las personas con las que convivimos todos los días pero también con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir caminando con zombis que no vemos, no oímos, no nos queremos enterar de lo que pasa a nuestro lado, lo que está pasando quizá delante de los ojos.
Caminamos insensibles, quizá absortos en nuestros pensamientos, y ahí a nuestro lado en la acera de la calle hay alguien que sufre y no somos capaces de mirarle a los ojos, quizá para que no nos haga daño su mirada, para que no despierte nuestra sensibilidad. Esa no era la manera de caminar de Jesús porque fue capaz de darse cuenta de aquel inválido que estaba allá en un rincón sin que nadie hiciera por él, o por el ciego que estaba a la vera del camino o en la calle de Jerusalén pidiendo limosna.
Así tendría que dolernos en el alma esa familia que está ahí cercana a nuestra casa y lo está pasando mal y quizá no puede alimentar debidamente a sus niños; o dolernos aquel enfermo o aquel anciano que está solo y que nadie escucha; o ese inmigrante que con un cartelito está tratando de llamar nuestra atención y nosotros quizá queremos pasar de largo, tratando de justificarnos con nuestras sospechas y desconfianzas. Tenemos que confesar que muchas veces nos hacemos insensibles y no queremos complicarnos la vida, pero decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas. ¿Es de verdad que lo amamos y podemos tener actitudes o posturas así?
Amamos a Dios y tenemos que amarlo de verdad sobre todas las cosas, pero ese amor nos humaniza, nos tiene que hacer surgir actitudes nuevas hacia los demás, nos hace tener una mirada distinta, nos hace caminar de una manera solidaria sintiendo como propio lo de los demás. Algunas veces nos cuesta; quizá querríamos en ocasiones refugiarnos en un mero cumplimiento; pero nos damos cuenta de que cuando amamos a Dios aprendemos a amar con el amor de Dios, nos hemos puesto al lado de Jesús y estamos queriendo amar con su mismo amor.
El Espíritu de Dios que es espíritu de amor está con nosotros, se ha derramado en nuestros corazones. Dejémonos conducir por El.


sábado, 25 de octubre de 2014

Aprendamos la sabiduría de Dios rumiando en nuestro corazón cuánto nos sucede

Aprendamos la sabiduría de Dios rumiando en nuestro corazón cuánto nos sucede

Ef. 4, 7-16; Sal. 121; Lc. 13, 1-9
Me atrevo a comenzar diciendo que sabio no es aquel que ya se lo sabe todo, sino el que tiene inquietud en su interior por querer aprender y saber cada día más; por eso el hombre maduro será una persona reflexiva que va rumiando en su interior todo aquello que le pasa o que contempla a su alrededor; sabe que siempre puede aprender una lección, siempre puede aprender algo más porque es en la vida reflexionada donde va adquiriendo esa sabiduría. Así se manifiesta su madurez que, repito, no son solo los años, sino esa hondura que le va dando a la vida desde esa reflexión para ser capaz siempre de recibir algo que le enriquezca y con lo que además puede enriquecer a los demás.
Pero ya sabemos lo que se suele decir que nunca aprendemos en cabeza ajena, cuando vemos lo que le sucede a los demás, pero es por esa cerrazón que vivimos en nuestro interior lleno muchas veces de autosuficiencia y autocomplacencia; así nos sucederá que no solo no aprendemos en cabeza ajena, sino que muchas veces ni en nuestra propia cabeza. Quizá somos fáciles para juzgar a los demás, para hacernos nuestra propia opinión muchas veces condenatoria, pero nos cuesta abrirnos a eso que podríamos aprender. Pensamos que porque ya somos mayores o tenemos un trecho de la vida recorrido ya nos lo sabemos todo y no necesitamos ser receptivos a lo que de los demás o de la vida misma podamos recibir. Lo que denota una gran pobreza de valores en nuestra vida.
A partir de unos acontecimientos, en cierto modo dolorosos, que vienen a contarle a Jesús que sucedieron en Jerusalén y en el templo Jesús quiere hacer reflexionar a sus discípulos. Están escandalizados por lo que hizo Pilatos, que realmente era algo sacrílego, pero Jesús quiere que aprendan la lección. Y les habla de aquellos acontecimientos, como también de algo que había sucedido anteriormente cuando la torre de Siloé cayó y aplastó a diez y ocho personas, como una invitación y una llamada a cambiar y mejorar sus vidas. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos?, les dice; ¿pensáis que aquellos aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que el resto de habitantes de Jerusalén?’ Y termina diciéndoles, ‘si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’.
Lo que nos sucede, como los acontecimientos que vemos a nuestro alrededor pueden ser una llamada a nuestra vida. Aquello que ayer reflexionábamos de esa mirada creyente que habíamos de hacer de la vida y del mundo; pues una mirada creyente para ver lo que nos sucede y ver ese actuar de Dios que nos llama, que nos muestra su amor, que nos invita a cambiar nuestra vida, que nos está pidiendo que demos fruto.
Es precisamente la parábola que nos propone Jesús. La higuera que no da fruto y merece ser arrancada porque lleva así mucho tiempo en medio de aquel campo; pero al agricultor insiste en abonarla una vez más labrando la tierra en su entorno debidamente esperando que dé fruto. Creo que el mensaje es bien claro. El Señor que pacientemente está esperando que demos fruto y una y otra vez nos está regalando su gracia para que despertemos en nuestra vida y realicemos la necesaria conversión.
La gracia del Señor que nos llega en la Palabra que cada día escuchamos; la gracia del Señor que alimenta nuestra vida continuamente con los sacramentos; esa gracia del Señor que buscamos cuando venimos al encuentro del Señor en nuestra oración; pero esa gracia del Señor que nos llega a través de los demás, a través de los mismos acontecimientos que nos suceden a nosotros o que podemos contemplar a nuestro lado y, como decíamos antes, son llamadas del Señor a nuestra vida.
Que vayamos adquiriendo más y más esa sabiduría de Dios, porque vivamos con espíritu abierto a su gracia, a sus llamadas, a cuanto de El recibimos por los cauces que el Señor quiera hacérnoslo llegar. Que en ese rumiar de las cosas en nuestro corazón vayamos sacando lecciones para nuestra vida, vayamos adquiriendo esa sabiduría de Dios. ¿Sabéis en quien tenemos ejemplo para esto? En María, la que guardaba todo cuanto le sucedía en el corazón, como nos repite el evangelio de san Lucas en varias ocasiones. Y no olvidemos que con ellos podemos enriquecer a los demás.

viernes, 24 de octubre de 2014

Necesitamos aprender a hacer una lectura creyente del hoy de nuestra historia y descubrir el actuar de Dios

Necesitamos aprender a hacer una lectura creyente del hoy de nuestra historia y descubrir el actuar de Dios

Ef. 4, 1-6; Sal. 23; Lc. 12, 54-59
En un pueblo eminentemente rural, agrícola o ganadero como era el pueblo judío, era normal que fueran capaces de interpretar lo más acertadamente posible las señales del tiempo meteorológico, ya fuera hacer viento o lluvia, ya se anunciara calor o bochorno según lo que experimentalmente habían ido aprendiendo. Hoy nosotros acudimos a los meteorólogos, a los hombres del tiempo que nos avisan con alertas posibles cambios de tiempo aunque algunas veces desconfiemos de ellos.
Pero otras personas reflexivas y estudiosas de la situación nos hacen unas lecturas de lo que podríamos llamar signos de los tiempos porque nos hablan de tendencias, analizan las costumbres, estudian el mercado y nos pueden dar unos estudios que nos ayuden a comprender la marcha de la sociedad, la razón de las crisis por las que podamos pasar e incluso nos pueden hacer predicciones de lo que pueda suceder en la marcha del mundo o nos señalan posibles soluciones.
Pero esas lecturas hechas desde razonamientos experimentales o científicos se nos pueden quedar cortas, porque normalmente se parte de razonamientos meramente humanos y laicos sin mayores honduras o sentido de trascendencia. Es la lectura que nos falta de lo que sucede en la vida y de lo que es la marcha de nuestra sociedad que es la lectura del creyente. También desde los ojos de la fe no solo podemos sino que hemos de hacer esa lectura de la vida, porque desde los ojos de la fe podemos descubrir también las señales de Dios en todo eso que sucede. Es precisamente lo que nos hace creyentes y lo que desde nuestra visión de creyentes hemos de saber hacer, aunque muchas veces no sea fácil.
En lo que hemos escuchado hoy en el evangelio Jesús les echa en cara a los judíos que saben leer los signos del tiempo, pero no saben leer los signos de los tiempos. Con todo el bagaje de la revelación contenida en la Escritura santa y precisamente desde esa condición de creyentes que les ha de hacer ver y comprender la presencia de Dios y las acciones de Dios en medio de ellos, no lo han sabido hacer con Jesús, del que siguen desconfiando y en el que no terminan de poner toda su fe.
Allí están todos los signos, todas las señales que Dios ha ido poniendo ante sus ojos en el actuar de Jesús, en su Palabra y en sus milagros y tenían que haber sabido descubrir que en verdad ante ellos tenían al Mesías de Dios, al Ungido del Señor que venía lleno del Espíritu Santo, como había anunciado el profeta Isaías, para anunciar y traer la Buena Nueva de la salvación a los pobres y cuantos sufrían. Pero no terminaban de creer, no terminaban de abrir los ojos de la fe para descubrir las señales de Dios.
Nosotros hoy podemos decir que sí ponemos toda nuestra fe en Jesús y en El reconocemos al Hijo de Dios y a nuestro Salvador. Y cuando aquí venimos lo hacemos para celebrar precisamente esa salvación y esa acción de Dios que con su gracia se derrama sobre nuestra vida. Pero quizá nos falta algo más. Que sepamos hacer también esa lectura creyente, esa lectura del creyente de lo que es nuestra vida hoy, de lo que es nuestro mundo, para descubrir también qué nos dice Dios o qué nos pide Dios.
Algunas veces tenemos la tendencia de sentirnos pesimistas y, claro con el color del cristal con que miramos, lo vemos todo negro como si  fuera malo todo lo que vemos en torno nuestro. Miremos con los ojos de Dios para descubrir lo bueno y aunque los tiempos sean malos y vivamos en un mundo excesivamente materialista, sin embargo podemos encontrar muchos resplandores de luz, porque podemos ver resurgir en muchos espíritus las llamaradas de la solidaridad y de la justicia buscando lo bueno, queriendo que el mundo sea mejor, compartiendo muchas cosas, su tiempo, su persona, sus cualidades en muchas personas que buscan lo bueno. Muchos ejemplos se podrían poner. Son semillas del Reino de Dios que tenemos que saber apreciar y esos rayos de luz nos llenan de esperanza y hacen que el corazón brille de manera especial.
Pero en esa lectura también tendríamos que sabernos preguntar personalmente que nos pide el Señor en esta situación concreta en que vivimos y descubrir cuáles son esos granitos de arena, esas pequeñas o grandes semillas que nosotros podemos poner y podemos sembrar, tenemos que poner y tenemos que sembrar. Esto es aprender a hacer esa lectura creyente para saber discernir los signos de los tiempos y entonces descubrir también ese actuar de Dios, esa presencia de Dios. Que no nos eche en cara Jesús que sabemos muchas cosas pero no terminamos de aprender a descubrir ese actuar de Dios.  

jueves, 23 de octubre de 2014

Disponibles para pasar por un bautismo como el de Jesús amando con un amor como el suyo para prender al mundo del fuego de su amor

Disponibles para pasar por un bautismo como el de Jesús amando con un amor como el suyo para prender al mundo del fuego de su amor

Ef. 3, 14-21; Sal. 32; Lc. 12, 49-53
‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ ¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿A qué bautismo se está refiriendo? Podría venirnos al pensamiento el bautismo de Juan allá en el desierto de Judea. Pero ya Jesús había estado en el Jordán al inicio de su actividad apostólica y había querido someterse a ese bautismo de Juan, no sin reticencias del Bautista que no quería bautizarlo. Bien entendemos que no se está refiriendo a ese bautismo penitencial con que Juan preparaba a las gentes para la llegada del Mesías.
Volverá a aparecer esa palabra en labios de Jesús cuando vienen los dos hijos del Zebedeo apoyándose en la intercesión de la madre pidiendo primeros puestos en su Reino. Fue la pregunta que Jesús les hace ante su petición. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?’ Bien entendemos a lo que se está refiriendo Jesús, su Pascua, su pasión y su muerte, su entrega hasta el final.
Jesús conocía bien todo lo que le iba a suceder. Quien había venido como la suprema manifestación del amor de Dios que nos entrega a su Hijo estaba dispuesto hasta el final a cumplir la voluntad del Padre. Como había dicho en otra ocasión su alimento era hacer la voluntad del Padre. Y sabía bien que para esto había venido para realizar su entrega de amor hasta el final como el amor más total y con el amor más sublime. Ya nos diría que no hay amor más grande que la de quien da la vida por el amado. Y esa era su entrega, su amor; ese era su Bautismo.
Ahora nos dice que siente angustia porque llegue ese momento de su bautismo, de su entrega. Cuando comience su pasión volverá a aparecer esa palabra de la angustia en la última cena y en Getsemaní, porque había llegado su hora, la hora de la pascua, la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora de la entrega suprema de amor.
Ese era el fuego que quería prender en el mundo, el amor. Es el amor que va a ser el distintivo de sus discípulos; es el amor que todo lo renueva y todo lo transforma; es el amor que nos purifica y engendra nueva vida; es el amor que hace al hombre nuevo y crea un mundo nuevo. Es como un fuego que purifica pero que hará surgir una nueva vida. ¿Cuándo nos convenceremos que es por ese camino por donde vamos de verdad a renovar el mundo? Dejémonos quemar nosotros por ese amor y así se transformará nuestra vida; llenemos nuestra vida de ese amor nuevo y transformador y podremos comenzar a sembrar las semillas de un mundo mejor. Tenemos que contagiarnos de ese amor. No es solo aprender la lección sino dejar incendiar nuestra vida por el amor.
No todos los entenderán ni dejarán que sus vidas transcurran por esos caminos nuevos del amor. Para algunos les parecerá una locura porque cuesta entender lo que es un amor total, una entrega sin límites, porque tenemos la tentación de estar siempre poniendo límites y medidas. Pero quienes queremos optar por un amor como el de Jesús sabremos que tenemos que hacerlo sin límites.
Y quizá ni los más cercanos a nosotros, por razones de sangre o por razones de amistad, nos van a entender y hasta querrán quitarnos esas ideas de la cabeza. ¿No pretendía Pedro cuando Jesús anunciaba su pasión quitarle de la cabeza al Maestro que subiera a Jerusalén si sabía lo que allí le había de pasar? No nos extrañe que ni los padres entiendan a los hijos, ni unos hermanos a otros, ni los amigos más cercanos y que más se quieren. Es lo que nos anuncia a Jesús de que por su causa, por su nombre se van a crear divisiones y será difícil incluso mantener la paz allí entre las familias.
Cristo ha venido a traer un nuevo fuego al mundo para que sea transformado; Cristo nos viene a traer su amor y aunque siente la angustia por lo que va a significar ese bautismo de pascua para El está deseando ardientemente que llegue su hora. ¿Nos preguntará a nosotros también si estamos dispuestos a beber ese cáliz y a ser bautizados con ese bautismo? ¿No nos estará preguntando si seremos capaces de amar con un amor así?

miércoles, 22 de octubre de 2014

Vivimos con responsabilidad la vida y contribuimos a construir el Reino de Dios

Vivimos con responsabilidad la vida y contribuimos a construir el Reino de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-4
Entra en la lógica de lo más normal lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. El que es responsable de algo y ha asumido con toda seriedad su responsabilidad no abandona aquello o aquella misión que se le ha confiado, como el dueño de la casa no deja que se la destrocen y se la roben. Ya cuidará de poner los medios que sea para cuidarla, para no perderla o no dejar que se la destrocen. Lo contrario sería una gran irresponsabilidad.
Pues así nos dice Jesús que hemos de hacer nosotros. Y nos da una motivación más. ‘A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’ nos dice. Y no es que estas palabras las tuviéramos que tomar algo así como una amenaza que nos llene de miedo y de temor, porque lo que temeríamos sería el castigo, sino que más bien, si entendemos bien lo que significa la venida del Señor a nuestra vida, lo tendríamos que entender como una ilusión grande, una alegría en una esperanza cumplida, un gozo hondo por lo que significa ese encuentro con el Señor.
A continuación Jesús sigue proponiéndonos imágenes para que comprendamos lo que significa esa venida del Señor pero al mismo tiempo la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida en esa esperanza gozosa del encuentro con el Señor. Viene el Señor como el que viene gozoso de una boda, como escuchábamos ayer en el evangelio, o como el Esposo que viene a celebrar la boda en la que nosotros también estamos invitados. El encuentro con el Señor es para el gozo.
Claro que está por medio esa responsabilidad con que hemos de vivir y con que hemos de prepararnos. Por eso habla del administrador de la casa que además tiene todo el servicio a su cuidado al que tendrá que hacer vivir sus responsabilidades, pero que él también tiene que atender y cuidar. Y no porque no esté el amo le da derecho a actuar con irresponsabilidad y con malos tratos al resto de los sirvientes.
 Podemos entender este texto como unas advertencias que hace Jesús a quienes tienen una especial responsabilidad dentro de la comunidad eclesial, y los pastores hemos de hacer una lectura muy concreta para revisar nuestra vida y nuestras actitudes, el desarrollo de esa responsabilidad que tengamos dentro de la Iglesia, o de los carismas de los que Dios nos haya dotado que hemos de saber ponerlos al servicio de la comunidad. Podríamos, es cierto, recordar lo que decía san Pablo en la primera lectura: ‘A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo’. Es lo que sentimos los pastores conscientes de la responsabilidad que se nos ha confiado.
Pero no podemos reducir la lectura e interpretación que hagamos de las palabras de Jesús solo a ese ámbito, sino que es una llamada para todos, para que aprendamos a vivir con plena responsabilidad nuestra vida, de la que somos como unos administradores porque la vida es un don de Dios que ha puesto en nuestras manos, pero también para que sepamos vivir con plena responsabilidad en medio de ese mundo, de esa sociedad en la que estamos, donde seriamente hemos de contribuir a su bien desde nuestras cualidades, desde nuestros valores, desde las funciones que podamos asumir en medio de la sociedad, desde todo ese bien que podemos y tenemos que hacer a favor de los demás.
Nadie se puede eximir de esa responsabilidad en ningún momento de la vida; no nos vale decir bueno yo ya en otro tiempo cumplí con mis responsabilidades, o yo ya he dedicado parte de mi vida a hacer cosas buenas o trabajar por los demás, ahora que lo hagan otros,  yo ya no tengo nada que hacer. Según el momento que vivamos y según nuestras capacidades y cualidades desempeñaremos esas responsabilidades de la vida; pero siempre podemos aportar a los demás, siempre podemos contribuir desde lo que somos; a nadie se le pide más de lo que pueda dar; pero también los mayores desde la sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con la experiencia y con el paso de los años, podemos dar algo, un consejo, una presencia de ánimo, una palabra, un ejemplo. Es lo que nos dice hoy Jesús: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Pero muchas son las cosas que podemos aportar y nadie se puede considerar inútil e incapaz.
Con el cumplimiento de esas responsabilidades en la vida no olvidemos que estamos construyendo el Reino de Dios; un reino que un día podremos vivir en plenitud en Dios cuando seamos partícipes de la vida eterna.

martes, 21 de octubre de 2014

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Ef. 2, 12-22; Sal. 84; Lc. 12, 35-38
El centinela tiene que estar vigilante en su atalaya pendiente de lo que pueda pasar; el controlador aéreo tiene que estar atento en la torre de control para vigilar y ordenar el tráfico de los aviones; el que tiene una responsabilidad tiene que prestar atención a lo que hace para desempeñar su cargo con toda fidelidad; el capitán del barco tiene que prestar atención a todo lo que sucede en su embarcación para que funcione adecuadamente además de vigilar lo que se pueda encontrar en medio de las aguas para llevar sin incidencias a los pasajeros o las mercancías a puerto; y el cristiano ¿qué tiene que hacer? ¿simplemente se ha de dejar llevar a lo que salga o tendrá que hacer algo más?
Hoy Jesús nos da la respuesta en el evangelio; nos habla de la vigilancia en la que hemos de estar. Y Jesús nos pone el ejemplo del sirviente que atiende la puerta de la casa y ha de estar atento y vigilante ‘para cuando regrese el amo de la boda para abrirle, apenas venga y llame’. Pero además Jesús nos asegura una recompensa por esa vigilancia, porque va a ser reconocido por su amo, que será el que lo siente a la mesa y le sirva.
¿A qué se refiere esa vigilancia de la que nos habla Jesús y que hemos de tener? En varias ocasiones nos hablará de ello Jesús. Hoy con san Lucas nos habla de la vuelta del amo que viene de la boda, y con san Mateo nos hablará en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, del esposo que viene a la boda y al que hay que alumbrar el camino con las lámparas encendidas y luego acompañarle también con esas luces a la sala del banquete que así se verá debidamente iluminada.
Es el Señor que viene. Cada día llega a nosotros en la misma vida que vivimos que es un regalo del Señor; pero cada día, por ejemplo, nosotros que venimos a la celebración viene a nosotros en su Palabra, con su Palabra además de querer alimentarnos con su vida misma en la Eucaristía en la que podemos comerle. ¿Estaremos atentos a esa llegada del Señor para escucharle y para llenarnos de su vida? ¿Prestamos atención de verdad a su Palabra? Porque estar podemos estar, pero quizá entretenidos en nuestras cosas o en nuestros pensamientos y la Palabra aunque en sus sonidos penetre en nuestros oídos sin embargo no llegue a nuestro corazón porque no la estamos atendiendo y entendiendo.
El Señor viene y nos sale al encuentro en los demás; hemos de estar atentos a esa presencia del Señor, porque la acogida llena de amor y humildad que nosotros hagamos a los demás es la acogida que le estamos haciendo al Señor. Pero podemos estar distraídos, no atentos, porque quizá nos fijamos más en los defectos o debilidades de los demás, que en esa atención de amor que hemos de prestarles sabiendo que cuanto hagamos al hermano es como si se lo hiciéramos al Señor. Recordemos aquello del juicio final,  ‘porque tuve hambre, estaba desnudo o desamparado y tu me diste de comer, me vestiste o me ayudaste’.
Viene el Señor que es nuestra paz, como escuchábamos en la carta a los Efesios de san Pablo; viene el Señor y quiere derribar los muros que nos separan con nuestros odios o con nuestros rencores, con nuestros orgullos o con nuestros celos y envidias. Viene el Señor a traer la paz, a los de lejos y a los de cerca, pero quizá no estamos atentos y nuestros muros siguen levantados separándonos y aislándonos; quizá no estamos atentos y seguimos poniendo obstáculos a esa paz y a esa convivencia porque seguimos con nuestras maldades o nuestras desconfianzas en nuestro interior, con nuestras violencias y con nuestro desamor.
Es necesario estar vigilantes, como todos aquellos que como ejemplo poníamos al principio, porque quizá venimos a nuestra celebración y escuchamos su Palabra pero luego cuando salimos de aquí seguimos con nuestras mismas cosas, con nuestros mismos enfrentamientos. Si seguimos así, ¿en verdad nos habremos encontrado con el Señor? ¿Cómo es que comulgamos a Cristo sacramentalmente pero luego no comulgamos con el hermano porque en él no ponemos amor? ¿No será un contrasentido?

lunes, 20 de octubre de 2014

Un retrato de un corazón egoísta y lleno de codicia que hemos de transformar

Un retrato de un corazón egoísta y lleno de codicia que hemos de transformar

Ef. 2, 1-10; Sal. 99; Lc. 12, 13-21
¿No será una fotografía de lo que nos pasa a muchos en nuestro tiempo este pasaje del evangelio que hoy se nos propone? La sabiduría de Dios, la riqueza inmensa de la Palabra de Dios quiere llegar a nuestra vida concreta, en nuestras situaciones concretas, con nuestros problemas, nuestras inquietudes, nuestros deseos, nuestros interrogantes. No podemos considerar que la Palabra que el Señor nos dice está tan esterilizado que nos pueda sonar a música de ángeles y nos haga seguir durmiendo en nuestras actitudes y posturas unas veces egoístas, otras avariciosas, y en tantas ocasiones adormecedoras de nuestras rutinas y vaciedades.
Pensemos quién no ha conocido un caso semejante al que vienen a plantearle a Jesús para  que medie entre dos hermanos que  se están peleando por la herencia. ‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, viene a decirle uno a Jesús. Cosas así de mal entendimiento entre familias muchas veces movidos por esa ambición del dinero o de las riquezas suceden tantas veces en nuestro entorno o quizá hayan llegado demasiado cerca de nosotros.
Pero Jesús quiere llegar más al fondo del problema, aunque ya sea un problema en sí que dos hermanos no se entiendan y se peleen por esas razones. Quiere llegar al fondo porque lo que se nos puede meter en nuestro corazón es esa ambición por la riqueza material o esa codicia de querer acaparar y acaparar bienes materiales pensando que con la posesión de las cosas ya lo tenemos todo resuelto. ¿No nos tendría que hacer pensar en esos deseos de suerte en los juegos del azar pensando que si nos ganamos el premio haríamos tantas cosas y ya nos reservaríamos lo suficiente para tener la vida resuelta para siempre?
Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’,  nos dice el Señor. Y ya hemos escuchado la parábola del hombre que tuvo grandes cosechas, tanto como para ampliar sus bodegas - la parábola se nos pone en clave del hombre agricultor y poseedor de fincas y terrenos, porque era la fuente de riqueza habitual entonces en un mundo eminentemente agrícola y ganadero -, o del que tuvo tantas ganancias y aquí podemos pensar en otros medios de obtenerlas, pero ya fuera de una forma o de otra, ya pensaban que tenían la vida resuelta para siempre y ahora lo que importaba era disfrutar de la vida.
‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?’. La hora de la muerte nos puede llegar en el momento menos pensado, que bien sabemos que eso es así, y no habrá riqueza por grande que sea que impida la llegada de ese momento final. Y ya no es solo que eso por lo que tanto nos habíamos afanado y acumulado de una forma avariciosa, va a caer en otras manos que no lo han sudado y se van a beneficiar de ello más que nosotros, sino que es pensar sobre todo en el materialismo con que hemos vivido con el que hemos perdido todo sentido de trascendencia y todo sentido espiritual del que tendría que estar llena nuestra vida.
Algunas veces tenemos las cosas y las guardamos y guardamos para otra ocasión, ocasión que nunca llegará quizá y nos privamos de disfrutar de aquello que poseemos y vamos a pensar aquí que honradamente hemos obtenido con nuestro trabajo. Pero puede estar también esa actitud egoísta que nos hace pensar solo en nosotros mismos y no somos capaces de compartir con nadie y hacer que eso que poseemos genere algún beneficio hacia los demás.
Muchas veces he recordado la generosidad de aquel hombre bueno que tenía bienes suficientes para vivir incluso sin trabajar y que lo había ganado honradamente, pero decía que se metía nuevos proyectos y empresas porque sabía que su riqueza a través de esos nuevos proyectos iba a beneficiar a muchos porque con ello daba trabajo a muchos que nada tenían. Creo que sería una cosa para pensar en los momentos duros que vivimos donde haría falta esa generosidad de quienes tienen posibilidades para emprender algo que beneficie a los demás con nuevos trabajos.
 El mundo que Dios ha creado y puesto en nuestras manos no es para que pensemos solo en nosotros mismos queriendo beneficiarnos de su riqueza de una forma egoísta. Como suelo decir Dios puso la obra de su creación en las manos del hombre, pero eso no significa que la haya puesto en las manos de un solo hombre, sino en las manos de toda la humanidad. Toda la humanidad, es cierto representada en Adán, ha de ser la beneficiaria de la riqueza de nuestro mundo. Todos tienen derecho a esos bienes, y todos hemos de contribuir a su desarrollo con nuestra inteligencia y con nuestro trabajo.
Sobran los egoísmos y las codicias.

domingo, 19 de octubre de 2014

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Así nos decía en su mensaje: El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.
No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.