sábado, 25 de abril de 2015

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

Nos impregnamos del evangelio de Jesús para llevar esa buena noticia como testigos ante todos los hombres

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20
‘Comienzo de la Buena Noticia - Evangelio - de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios’, así comienza Marcos su escrito del Evangelio. Y hoy hemos escuchado su final: ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará…’
Estamos celebrando en este día a san Marcos, el evangelista, autor del segundo evangelio según el canon de la Iglesia, pero probablemente el primero de los evangelios escritos sobre Jesús. Cuando hoy celebramos su fiesta creo que por ahí ha de ir el mensaje para nuestra vida. Creer en el Evangelio de Jesús porque el que crea y se bautice se salvará, pero al mismo tiempo tomar el testigo de manos de san Marcos para nosotros hacer lo mismo, hacer el anuncio del Evangelio de Jesús, de su Buena Nueva de salvación. Es el mandato que recibimos de Jesús; lo que hemos oído y recibido no nos lo podemos quedar para nosotros sino que al mismo tiempo nosotros tenemos que convertirnos en testigos, en misioneros de ese evangelio. El anuncio de la salvación ha de llegar a todos los hombres, ‘id al mundo entero…’ que nos dice Jesús.
¿Sería Marcos, aquel joven del que nos habla el evangelio, que quizá despertado por el alboroto del huerto de los olivos, salió medio desnudo envuelto en una sábana a ver qué pasaba, pues aquel huerto sería de su familia y allí junto a los molinos del aceite - eso significa Getsemaní - tendría su lugar de descanso? ¿Una curiosidad ante lo que pasaba o quizá en el fondo un deseo de conocer más a Jesús? Podemos pensar en una cosa y en otra pero eso podría darnos pie a una reflexión para nuestra vida.
Deseos de conocer más a Jesús. Es la inquietud que hemos de tener continuamente en nuestro corazón. Hambre de Dios que nos hace buscar, querer saber, conocer, querer vivir cada día más la vida de Jesús. Cuando amamos de verdad a alguien no nos cansamos de querer conocerle cada día más y con mayor profundidad; se despierta una curiosidad en el alma con el deseo de conocerlo todo, de saberlo todo, de empaparnos totalmente de la vida de aquel a quien amamos. Así tendría que ser ese deseo nuestro de conocer cada vez más a Jesús para impregnarnos totalmente de su vida, de su Espíritu.
Cuando nos llenemos así de Jesús surgirá el ser testigos, el cumplir con esa misión que Jesús nos confía. Tenemos que llevar el evangelio de Jesús al mundo que nos rodea, pero mal lo podremos llevar si nosotros no estamos bien empapados de Jesús. El mundo necesita ese anuncio del evangelio, aunque nos pueda parecer que viva de espaldas a él. Ahí está nuestra tarea. Es nuestra misión. Es la llamada que en este día recibimos del Señor. Así podremos cantar eternamente las misericordias del Señor.


viernes, 24 de abril de 2015

No hay cristiano sin Cristo y no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía

No hay cristiano sin Cristo y no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía

Hechos, 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
Igual que decimos que no hay cristiano sin Cristo podemos decir también que no hay vida cristiana auténtica sin Eucaristía. Cristiano es el que sigue a Cristo, es discípulo de Cristo y todo en el cristiano siempre tiene que hacer referencia a Cristo; de ahí el hombre de cristiano. Pero es que además tenemos que decir que para que podamos vivir a Cristo necesitamos de la Eucaristía donde Cristo mismo se hace nuestro alimento y nuestra vida. No hay vida cristiana auténtica, pues, sin Eucaristía.
Qué triste que los cristianos llevemos ese nombre pero nuestra manera de vivir no tenga ninguna relación con Cristo, esté alejada de lo que es y significa Cristo, porque realmente no nos impregnemos de su evangelio. Qué triste aquellos cristianos que hasta llegan a decir que para ser cristiano no necesitan ir a Misa, no necesitan de la Eucaristía, porque ellos viven su fe a su manera y viven sin alimentarse de Cristo. Es una realidad muy presente en nuestro entorno y una tentación en la que fácilmente podemos caer.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Si no comemos a Cristo, si no nos alimentamos de Cristo ¿cómo podemos tener la vida de Cristo en nosotros? Ya sabemos, ser cristiano es vivir la vida de Cristo; pero eso  no es algo que salga así porque sí; hemos de alimentarnos de Cristo, hemos de impregnarnos de Cristo y de su vida, por eso ha querido ser alimento, hacerse alimento para nosotros.
Por eso continuará diciéndonos: ‘Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. Es tal la profunda unidad que se establece por la comunión con el Cuerpo de Cristo que El habita en nosotros y nosotros en El. Ya decía san Pablo que su vivir era Cristo.
Si en verdad amamos a Cristo, y a eso tiene que llevarnos la fe que tenemos en El, tendríamos que desear profundamente estar unidos a Cristo. Es lo que quieren vivir los enamorados, que su amor les lleva no solo a estar juntos sino a vivir profundamente el uno en el otro. Así nosotros con Cristo. Y esto lo podemos vivir con toda fuerza cuando vivimos la Eucaristía, cuando comemos a Cristo en la Eucaristía. Por eso, como decíamos, la vida de un cristiano no tiene sentido sin Cristo, sin la Eucaristía. No podemos vivir la vida cristiana sin vivir la Eucaristía.
Cuántas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida. Qué deseo tan grande tendríamos que tener de vivir la Eucaristía, porque es vivir a Cristo.

jueves, 23 de abril de 2015

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida y su misma entrega

Hechos,  8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51
 ‘Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna’. Para eso ha venido Jesús, para que tengamos vida y vida en abundancia, para que tengamos vida eterna. Es necesario, pues, poner toda nuestra fe en El.
Y Cristo se nos ofrece como pan de vida, como alimento de nuestra vida. Recuerda una vez más lo que ya antes le habían dicho los judíos, que en el desierto Moisés les dio pan del cielo, el maná, pero Jesús nos dice que El es el verdadero pan bajado del cielo. ‘Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’. Comiéndole a El tendremos vida para siempre.
Por eso terminará diciéndonos: ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Cuando comemos el pan de la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, estamos comiendo a Cristo; es su Cuerpo, es su Carne, es Cristo mismo que se nos da y se nos entrega. Es lo que hizo Jesús en la última cena y que nosotros repetimos en cada Eucaristía; tomando el pan les dijo ‘esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros’.
Es su Cuerpo entregado, sacrificado para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia, porque por su muerte tenemos el perdón de los pecados, pero tenemos más, porque tenemos la vida eterna, tenemos la vida divina, la vida de Dios de la que nos hacemos partícipes. Por eso, como nos enseñaría san Pablo, cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Es lo que hacemos, lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía, cada vez que participamos de la comunión de Cristo.
Comer a Cristo, comer su cuerpo entregado nos hace unirnos a El para vivir su misma vida, pero para vivir también su misma entrega. Cuando comemos a Cristo, cuando comulgamos nos hacemos partícipes del Sacrificio de Cristo, pero uniéndonos nosotros también con nuestra propia vida a su misma sacrificio. Comer a Cristo es entregarnos también nosotros viviendo el sacrificio de Cristo con nuestra propia vida; ahí unimos nuestros sacrificios, nuestras luchas, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, unimos toda nuestra vida. Nada puede ser ajeno al sacrificio de Cristo.
De la misma manera que no vamos a la Eucaristía para abstraernos de lo que es nuestra vida con sus luchas y con sus sufrimientos, con sus problemas o sus alegrías, sino para en la Eucaristía encontrar fuerza para vivir esa vida en plenitud. Y lo mejor que podemos hacer es nuestra entrega, nuestra ofrenda hecha con amor porque en el ponemos toda nuestra fe. Y el que cree en El tiene la vida eterna, como nos decía.
Nuestra vida toda tiene que estar siempre unida a Cristo y esto es lo que queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía; esto es lo que tenemos que hacer cada vez que comulgamos a Cristo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna

Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna

Hechos,  8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40
‘Todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos decía Jesús en el Evangelio. Creer en Jesús para alcanzar la vida eterna; creer en Jesús y resucitar en el último día.
Pensamos en la vida eterna y nos trascendemos porque pensamos en la meta final de vivir junto a Dios para siempre más allá de nuestra muerte terrena. Por eso se nos habla de resurrección. Pero pensar en la vida eterna es pensar en la vida de Dios, de la que ya ahora también estamos participando. Desde nuestra fe en Jesús y nuestra unión con El por el Bautismo estamos participando por la fuerza del Espíritu de la vida de Dios, que nos hace hijos de Dios. Decimos que somos hombres nuevos porque tenemos nueva vida en nosotros, somos participes por la fuerza del Espíritu  de la vida divina, ahora en medio de nuestras luchas, nuestros trabajos, nuestras debilidades, nuestras caídas y ese volvernos a levantar y siempre con la meta puesta en la plenitud final. Por eso hablamos de vida eterna.
‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’, nos ha dicho Jesús hoy. Vamos a Jesús, creemos en Jesús, comemos a Jesús y estamos alimentados de vida eterna. Por eso es tan importante nuestra unión con Jesús, nuestra fe en El y alimentarnos de El. Es de lo que nos está hablando en estos días cuando estamos leyendo el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Aquel pan que milagrosamente había multiplicado allá en el descampado, con el que había dado de comer a toda aquella multitud, era un signo, una imagen de ese alimento que El quiere darnos que es El mismo. ‘Yo soy el pan de vida’, nos dice. Y quiere alimentarnos con su vida, quiere darnos vida eterna, nos llama a la resurrección y a la vida sin fin.
Es hermoso todo esto y tendría que suscitar en nosotros esos deseos de unirnos a El, creer en El y alimentarnos de su vida. Qué importancia más grande tiene para nosotros la Eucaristía en la que nos alimentamos de Cristo. Pero ya tendremos ocasión de seguir reflexionando sobre ello en los próximos días siguiendo el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún.
Pero hay algo más que nos dice hoy que también tendría que hacernos reflexionar sobre lo que hacemos o debemos de hacer por los demás. Nos ha dicho: ‘Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día’. Jesús viene a hacer la voluntad del Padre, y como dice, no puede perder nada de lo que el Padre le dio.
‘Al que venga a mi no lo echaré afuera… que no pierda nada de lo que me dio…’ Quiere Jesús que todos lleguen a Dios, lleguen al Padre; nada ni nadie tendría que perderse. Podríamos decir que siente dolor en el alma por cuantos se alejan de Dios. El ha venido para ser la salvación de todos y no quiere que nadie se pierda, por eso El viene no a condenar sino a salvar. Esto tendría que hacernos pensar a nosotros en esa inquietud misionera que tendríamos que tener en el alma. Querríamos que todos alcanzaran esa salvación de Dios. A nadie tendríamos que excluir, a todos tendríamos que llamar.
Ahí tiene que estar nuestra tarea, nuestra palabra, nuestro testimonio. Es la tarea de la Iglesia y es nuestra tarea. Es la inquietud honda que hemos de sentir en el alma. ¿Estaremos contribuyendo de verdad a que todos se acerquen a Dios? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que debe hacer para que todos alcancen la salvación? ¿No tendríamos el peligro quizá de excluir a alguien con nuestros rigorismos o con nuestro testimonio no tan bueno de lo que es la misericordia de Dios? Que todos puedan descubrir en la Iglesia, en nosotros esos signos de la misericordia del Señor que nos llama a la vida eterna.

martes, 21 de abril de 2015

Queremos comer a Cristo porque es la verdad y la sabiduría que nos lleva a la plenitud de Dios

Queremos comer a Cristo porque es la verdad y la sabiduría que nos lleva a la plenitud de Dios

Hechos, 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35
En la espiritualidad judía estaba muy presente la pascua, no solo en cuanto recordaban la salida de Egipto en la que el Señor les había liberado de la esclavitud haciéndoles pasar el mar Rojo, sino que todos aquellos acontecimientos de su peregrinar por el desierto estaban muy presentes en su vida. Recordaban así el paso de Dios por su historia haciéndose presente en su caminar y fortaleciéndoles con sus dones. Algo que recordaban muy bien era el maná con que Dios los había alimentado en su camino del desierto, aquel pan bajado del cielo, como ellos dirán que cada mañana con el rocío recogían y era un signo de esa presencia de Dios en su caminar.
Ahora lo recuerdan ante Jesús, después que Jesús les había alimentado en la tarde anterior con aquel pan milagrosamente multiplicado, pero que aún le exigirán más signos para creer en El. El les había dicho cuando lo buscaban que lo que Dios les pedía era que creyeran en el que era el enviado de Dios. Pero ahora le dicen: ‘¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo’.  Una vez más están pidiendo signos y milagros para creer en Jesús.
Pero Jesús les replicará que han de buscar ahora el verdadero pan bajado del cielo, no el que les dio Moisés en el desierto, sino el que Dios les quiere dar ahora. Pareciera que hay buena voluntad aunque luego veamos que no terminarán de entender las palabras de Jesús pues le piden: ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿Entenderán lo que significa ese pan que ahora Jesús les ofrece?
Signo, sí, de la presencia de Dios, alimento de Dios que da vida, y como les dirá Jesús más adelante ‘quien lo coma no sabrá lo que es morir para siempre’. Y Jesús les dirá claramente: ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’.
¿Qué significarán estas palabras de Jesús? Jesús es ese pan que nos alimenta y nos da vida para siempre; El nos está haciendo presente a Dios y su amor; en Jesús encontraremos las respuestas más profundas para los interrogantes más profundos del corazón del hombre; Jesús es nuestra sabiduría, porque es la Sabiduría y la Verdad de Dios que solo El puede trasmitirnos; El es Palabra y Revelación de Dios que no nos hace conocer solo el misterio de Dios, sino el mismo misterio del hombre; en Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, la verdad de nuestra vida, por nos dirá en otro momento del Evangelio que El es el Camino y la Verdad y la Vida.
Cuando estamos diciendo que Jesús es el Pan de vida, que es nuestro alimento no nos estamos refiriendo a un alimento material que nutra nuestro cuerpo, sino que El nos alimenta y nutre en lo más hondo de nosotros mismos, porque nos llevará por los verdaderos caminos de plenitud.
Sí, le pedimos como aquellas gentes, ‘daños, siempre de ese pan’; queremos comer a Cristo, queremos llenarnos de Cristo, de su vida, de su plenitud; plantamos su palabra en nuestro corazón para que sea el verdadero motor y sentido de nuestra existencia. 

lunes, 20 de abril de 2015

Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que nos pone para que encontremos ese verdadero camino

Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que nos pone para que encontremos ese verdadero camino

Hechos, 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29
‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Por qué buscamos a Jesús? Es en lo que Jesús quiere hacerlos reflexionar. Nosotros también tenemos que pensárnoslo.
Nos preocupa lo más inmediato, lo que nos está sucediendo ahora o lo que tememos que de inmediato nos pueda suceder por la situación en que nos encontremos, por lo que intuimos que puede pasar, por los temores que llevamos en el alma. Es normal y humano, podríamos decir. Pero bien sabemos que a la vida tenemos que darle hondura, a la vida tenemos que darle un sentido más profundo, que tendríamos que buscar lo que nos diera mayor plenitud y que quizá eso inmediato que nos suceda pueda ser un signo, pueda ser una señal o una prueba de lo que verdaderamente tendríamos que buscar. Eso en los problemas de cada día, eso en aquellas opciones fundamentales que tenemos que hacer de cara a nuestro futuro, a lo que es buscar la verdadera felicidad.
Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. El signo estaba en el mismo pan que habían comido, pero no habían visto el signo, sino que se habían quedado en satisfacer aquella necesidad primera que era comer. El pan multiplicado milagrosamente era el signo, pero solo se habían quedado en el pan. Por eso les dirá Jesús que busquen lo que les de una satisfacción más honda que saciar el estomago en un momento determinado aunque eso sea también importante, que busquen lo que les pueda dar una mayor plenitud.
‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’. ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿En verdad deseamos esa vida eterna? Pero es que tenemos que creer en Jesús, creer que en verdad en El podemos alcanzar esa plenitud de vida eterna; que en El podemos encontrar la felicidad verdadera y que dure para siempre. Ese es el trabajo que Dios quiere les dice Jesús; ‘la obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.
Buscamos a Jesús, buscamos a Dios no porque nos vaya a resolver ese problema que tenemos tan inmediato. Sí, es cierto, Dios nos ayuda y acudimos a El desde nuestros problemas, nuestras necesidades. El nos enseña a que le pidamos y le pidamos con confianza. En el padrenuestro pedimos el pan nuestro de cada día, pero nos ha enseñado a pedir algo más. Buscar su Reino, buscar su voluntad, vivir apartados del mal, luchar contra todo lo malo sabiendo que El está con nosotros en esa lucha.
Eso inmediato que nos sucede y donde podemos ver también como El nos atiende y nos ayuda tendrá que ser un signo para descubrir algo más, algo mucho más hondo que en Jesús nos dará plenitud y verdadera felicidad para nuestra vida. No nos quedemos en lo que nos sucede, o que nos dé el pan de cada día, sino veamos el signo, como nos está enseñando hoy en el evangelio.
Descubrir los caminos de Dios, estar atentos a esas señales que pone en nuestra vida para que encontremos ese verdadero camino. Aunque algunas veces dudemos o incluso nos pueda resultar dura esa búsqueda vayamos tras Jesús para encontrar esa plenitud total para nuestra vida, lo que es la voluntad de Dios para nosotros.

domingo, 19 de abril de 2015

Cristo resucitado nos levanta y pone en camino para llevar el anuncio de la paz y el perdón a todos los hombres

Cristo resucitado nos levanta y pone en camino para llevar el anuncio de la paz y el perdón a todos los hombres

Hechos,  3, 12-15. 17-19; Sal. 4; 1 Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48
Seguimos viviendo la alegría pascual; seguimos celebrando a Cristo resucitado, motor, eje y centro de nuestra fe. Contemplamos una vez más en el evangelio en este tiempo pascual las manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos haciéndoles despertar a la fe, abriendo puertas a unos nuevos caminos y confiándoles la misión de seguir haciendo ese anuncio a todos los hombres, porque para todos es la salvación, para todos es el perdón de los pecados que Cristo nos ofrece.
La proclamación de nuestra fe en Cristo resucitado no nos deja encerrados en nosotros mismos, sino todo lo contrario. La fe que tenemos en Jesús nos impulsa, nos obliga a ponernos en camino, porque ya se acaban las dudas y los miedos y en la alegría de lo que vivimos y experimentamos en nosotros mismos en el encuentro con Cristo resucitado sentimos la valentía con la fuerza del Espíritu para ir a hacer ese anuncio a todos los hombres.
Es un signo precioso que el primer milagro que hicieran los apóstoles en el nombre de Cristo resucitado es quitar los impedimentos que pudiera tener aquel paralítico de nacimiento para que pudiera andar. Es lo que hemos de sentir en nosotros por la fe que tenemos en Jesús. Es lo que tiene que despertarse nosotros; es el envío que Jesús hará con la misión que les confía a todos los que crean en El desde esa experiencia de encontrarse y vivir a Cristo resucitado.
Un paralítico que es curado y que produce una gran conmoción entre las gentes de Jerusalén. Ahora Pedro en el templo anuncia que aquel hombre puede caminar no como si aquel milagro lo hubieran hecho los apóstoles por sí mismos; lo han realizado en el nombre de Jesús. Todos los impedimentos y trabas que había en su vida desaparecieron y ahora puede emprender una nueva vida en un nuevo caminar.
Es lo que tiene que suceder en nosotros cuando nos gozamos en la fe que tenemos en Jesús. Hoy hemos contemplado en el evangelio que al principio los discípulos estaban llenos de dudas y de miedos, de cobardías que los tenían encerrados allá en el cenáculo. Creían ver un fantasma cuando Cristo aparece en medio de ellos. ‘¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?’ Con Jesús ya no caben las alarmas, las dudas, los miedos; con Jesús llega la paz. Es su saludo pascual.
Y les hará comprender todas las cosas. ‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mi, tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’. Se los fue explicando una y otra vez con paciencia, como había hecho con los discípulos del camino de Emaús. Y ahora  ‘vosotros sois testigos de esto’, les dice, porque ahora en el nombre de Jesús ‘se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Les está confiando una misión; les está poniendo camino. Han de caerse las muletas que ahora ya no necesitarán para caminar porque se acaban las dudas y los miedos.
Repito es lo que nos tiene que suceder a nosotros. Seguimos con nuestros miedos, con nuestras cobardías, con nuestras dudas, con esa parálisis del temor y la indecisión que nos encierra en nosotros y nos impide ver la luz. Quisiéramos quizá tener la experiencia de los apóstoles allá en el Cenáculo de tener a Jesús en medio de nosotros. ¿Para qué queremos nuestra fe? ¿Cuándo de verdad vamos a creer en la Palabra de Jesús y abrirle nuestro corazón para sentirle ahí con nosotros? ¿Por qué seguimos con dudas en nuestro interior?
También nosotros nos reunimos, como los apóstoles, en el cenáculo de la Eucaristía cada domingo. No es una reunión cualquiera, no es una simple asamblea ritual lo que hacemos. Ahora estamos reunidos los hermanos y sepamos abrir los ojos de la fe para sentir que en verdad Cristo está en medio de nosotros. Detengámonos un poquito dejando fuera nuestros agobios que nos impiden tener paz en el corazón para sentir en verdad la presencia del Señor.
Es un acto profundo de fe por lo que tenemos que comenzar, para tener la seguridad de que ya solamente por el hecho de estar reunidos en el nombre del Señor El está con nosotros. Pero bien sabemos que se nos da en la Palabra, que nos ofrece el Pan de la Eucaristía para que le comamos y cada vez que comemos de este pan y bebemos de este Cáliz estamos anunciando la muerte del Señor hasta que venga. Y El viene y está en medio nuestro resucitado y también nos da su paz, y también nos pone en camino, también tenemos que salir siendo testigos para anunciar su salvación hasta los confines de la tierra.
Sintamos la mano del Señor que nos levanta de nuestras parálisis de miedos, de cobardías, de dudas, de indecisiones. Nos cuesta ver claro en ocasiones, pero sintamos que Cristo resucitado pone su mano sobre nuestros ojos, en nuestro corazón y con El sentiremos nueva vida, tendremos nueva luz, nos fortaleceremos con la fuerza de su Espíritu y ya nuestra vida tendrá que ser distinta y nos pondremos en camino para llevar vida, para llevar esperanza, para abrir los corazones de los hombres nuestros hermanos a algo nuevo que transforme también sus vidas. El mundo que nos rodea necesita nuestro testimonio, que nos manifestemos de verdad como testigos con nuestra nueva manera de vivir llenos de la alegría del Espíritu.

sábado, 18 de abril de 2015

En medio de las noches oscuras de la vida en que sentimos la soledad aprendamos a sentir la presencia de Jesús que nos da paz

En medio de las noches oscuras de la vida en que sentimos la soledad aprendamos a sentir la presencia de Jesús que nos da paz

Hechos,  6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21
Se les echó la noche encima y además comenzó a soplar viento fuerte; todo eran dificultades y oscuridades en medio del lago y además Jesús no iba con ellos; los había enviado a que fueran a la otra orilla pero El no había aparecido a la hora de partir la barca. Aunque avezados a trabajar en aquel lago los miedos y las inseguridades se les echaban encima con la oscuridad. Los discípulos se sentían solo en medio de aquella travesía.
No siempre en la vida caminamos en pleno día con la luz del sol y con todo en calma, porque nos aparecen tormentas, la vida se nos llena de oscuridades y de inseguridades y nos parece en muchas ocasiones que vamos demasiado solos y nos parece no encontrar los apoyos que necesitamos. Hay ocasiones en que también hemos de caminar en medio de la oscuridad y soledad de la noche de la vida. Problemas y contratiempos que nos aparecen en la vida, dificultad para avanzar como quizá deseáramos, tentaciones que nos acosan queriendo apartarnos del camino, dudas en nuestro interior que nos perturban y quitan la paz. Como los discípulos en aquella noche en medio del lago. Noches oscuras de la vida en que sentimos de manera especial la soledad.
Ahora parece que alguien viene caminando a su encuentro sobre las aguas lo que los hace llenarse más de miedos y temores. Se olvidaban de las sorpresas del Señor que aparece cuando menos lo esperamos y está ahí siempre para ser nuestro apoyo y nuestra fuerza. Ellos creían ver un fantasma. Fue necesario que Jesús les hablara: ‘Soy yo, no temáis’. Ahora sí que quieren que suban con ellos a la barca, pero casi sin darse cuenta ya han llegado a su destino.
Es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros para no sentirnos solos. Pero el Señor se nos manifiesta y se nos hace presente de muchas maneras. En medio de esas oscuridades que nos aparecen en la vida tantas veces hemos de tener la seguridad de que el Señor está ahí y que El nunca nos falla. Lo que tenemos que aprender es a descubrir su presencia, como el quiera manifestarsenos.
Tenemos la seguridad de su presencia sacramental permanente en el Sagrario como tenemos la seguridad también de que El quiere habitar en nuestro corazón si nosotros nos abrimos a El. El nos prometió que estaría siempre con nosotros hasta el fin del mundo y nos deja la fuerza de su Espíritu que es luz en medio de esas oscuridades, fortaleza en nuestras debilidades, sabiduría en nuestras dudas e interrogantes. Su Palabra y su Eucaristía son luz y viático contínuo en nuestro camino. No estamos solos. ‘Soy yo, no temáis’, nos dice a nosotros también. Que no se nos apague ni oscurezca nuestra fe.

viernes, 17 de abril de 2015

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

No tenemos doscientos denarios, pero sí los cinco panes de cebada de nuestra pobreza, con ello daremos gloria al Señor

Hechos,  5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
Mucha gente seguía a Jesús; hasta cuando se iba a lugares apartados al otro lado del lago allí se encontraba con aquellas multitudes que lo seguían, aunque solo fuera porque habían visto sus signos y milagros y cómo curaba a sus enfermos. Pero era algo más lo que buscaban en Jesús aunque muchas veces quizá no lo tuvieran claro; era mucho más lo que Jesús quería ofrecerles; era mucho más el camino que Jesús quería que emprendieran.
Cuando Jesús levantó los ojos y vio toda aquella multitud que acudía hasta El sintió lástima de ellos, como dirá el evangelio en otra cosa ocasión, porque parecían ovejas que andaban sin pastor. Ahora Jesús quiere alimentar a toda aquella multitud; pone a prueba a sus discípulos más cercanos, pues El sabía bien lo que iba a hacer, como dice el evangelista. Doscientos denarios de pan no bastarán para alimentar a toda aquella gente, dirá uno de los discípulos; otro vendrá diciendo que por allí hay un muchacho que comparte lo que tiene, ‘cinco panes de cebada y un par de peces, pero ¿qué es eso para tantos?’
Al final toda aquella multitud quedará saciada. Se multiplicarán los panes, comerán hasta saciarse, sobrarán doce canastas de pan. Jesús nos está ofreciendo mucho. Jesús nos está queriendo poner en un camino nuevo a todos frente a esa multitud hambrienta que nos rodea. Y no son solo las carencias materiales que puedan sufrir tantos en estos momentos de crisis; hay muchas carencias en el corazón de los hombres; hay muchas cosas, sin embargo, que podemos compartir y con lo que podríamos hacer un mundo mejor; hay que tener una mirada distinta, una mirada hacia lo alto, para llenar nuestro espíritu de valores nuevos. Hay una vida nueva y mejor que podemos vivir y que podemos ofrecer. ‘No solo de pan vive el hombre…’ que se nos dirá en otro momento. No nos podemos quedar con los brazos cruzados.
Ya nos gustaría tener los ‘doscientos denarios’ con los que nos parecería que todos o casi todos los problemas se resolverían. Pero no tenemos sino los ‘cinco panes de cebada’ de nuestra pobreza. Dios no  nos pide más. Desde nuestra pequeñez, pero con esos valores que nosotros podemos tener siempre hay mucho que podemos hacer. Será quizá calladamente, en silencio, pasando desapercibidos, pero ahí tiene que estar nuestra disponibilidad, nuestra generosidad para poner lo que somos. Con ello, aunque nos parezca pequeño, podemos dar gloria a Dios. Todo menos cruzarnos de brazos.
Que el Señor, su Espíritu, nos ayude a descubrir el valor de nuestra vida aunque nos consideremos pequeños y nos parezca que pocas cosas podemos hacer. Hagamos eso pequeño de cada día, en silencio, con amor, poniéndonos en las manos del Señor, como aquel muchacho puso sus panes de cebada en las manos de Jesús. El Señor hará maravillas. Serán muchos los que quedarán saciados, como contemplamos hoy en el Evangelio.

jueves, 16 de abril de 2015

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida que solo alcanzaremos en Jesús

Hechos,  5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Todo es una invitación a creer en Jesús, a poner toda nuestra fe en El.
El corazón del hombre siempre tiene ansias de plenitud, de perfección, de belleza, de verdad, de bien, de vida. Pues toda esa plenitud al tenemos en Jesús. En El hemos de poner toda nuestra fe. El nos alcanzará la vida en plenitud, la vida eterna. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’, que nos ha dicho hoy el evangelista.
Por eso todo nuestro deseo ha de ser querer conocer a Jesús, encontrarnos con Jesús para llenarnos de su vida. Como aquellos que nos cuenta el evangelio que un día vinieron hasta los apóstoles para decirles que querían conocer a Jesús. Pero conocerlo no es mirarlo de lejos, como si fuéramos unos espectadores que nos contentamos con verlo pasar. Tenemos que abrirle las puertas de nuestra casa, de nuestro corazón, dejar que Jesús entre en nosotros para que se haga vida en nosotros, para que nos llene de su vida. Zaqueo estaba queriendo contemplar a Jesús que pasaba desde lo alto de la higuera, pero Jesús viene a decirle que eso no es suficiente; que está bien esa primera curiosidad, pero es necesario algo más. Por eso Jesús le está diciendo que lo reciba en su casa. Y su vida cambió.
Como tiene que cambiar nuestra vida cuando de verdad nos encontramos con Jesús. Ya no podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado. Como les decían los apóstoles a aquellos que querían prohibirles hablar de Jesús. No podían callar. Allá en su conciencia estaban sintiendo la voz de Dios que les enviaba a ser testigos y esa voz de Dios no la podían desoír, ese mandato del Señor no lo podían desobedecer.
‘Nosotros somos testigos’ dicen los apóstoles ante el Sanedrín. El Espíritu de Jesús esta en nosotros, tenemos que proclamar, tenemos que anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados’.
Es lo que los apóstoles anuncian, es lo que nosotros tenemos también que anunciar. Es algo que vivimos y tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestras palabras, en todo lo que vayamos haciendo, porque la fe un adorno cualquiera; la fe es lo que más profundamente da sentido a nuestra vida. Por la fe en Jesús alcanzamos la vida eterna, como recordábamos al principio.
El mundo que nos rodea necesita esos testigos que le llenen de vida y de esperanza. Hay muchas negruras en el corazón del hombre que solo en Cristo podrán desaparecer. Nos podemos quedar tranquilos con la luz solo para nosotros, sino que con esa luz de Cristo tenemos que iluminar a los demás, llenar de luz nuestro mundo. Podemos hacer un mundo mejor; Cristo está con nosotros para que eso sea posible.
¿Cómo hacerlo? Cada uno mire allí donde está, donde vive, de la gente de la que está rodeado y viendo las sombras trate siempre de poner luz con su fe, con su amor, con su esperanza. Aunque parezca que no, al final el mundo nos lo va a agradecer. De todas maneras tenemos la certeza de la recompensa eterna, de la vida eterna para quienes creemos en Jesús. 

miércoles, 15 de abril de 2015

¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios

¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios

Hechos,  5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Qué distintos son los parámetros y las medidas que usamos los hombres. Nos es muy fácil el juicio sobre los demás que como en una pendiente tiende siempre a la condena y a la desconsideración del otro. Quizá porque no nos miramos a nosotros mismos y nos queremos convertir poco menos que en el centro de todo y como la referencia para los demás. Así discriminamos, apartamos de nosotros o de nuestra relación, fácilmente miramos desde ese alto pedestal donde nos queremos situar.
Es una tentación fácil que tenemos en nuestras relaciones personales, que así se hacen bien difíciles, pero es también algo de lo que vamos impregnando las relaciones de nuestra sociedad y hasta pueden convertirse en forma de actuar de nuestras instituciones hasta las que podríamos considerar como más sagradas.
No es esa la manera de actuar de Dios. Dios es amor y lo que buscará siempre es el bien, lo bueno, ofreciendo siempre su amor misericordioso y su perdón. ¿Quién es capaz de entregar lo que más quiere de si mismo por salvar a otro? Es lo que hizo Dios. Nos entregó a su Hijo por amor y para darnos a nosotros la salvación.
Es lo que nos dice hoy el Evangelio. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Porque lo que quiere Dios para nosotros es la vida, aunque nosotros no lo merezcamos. Por eso nos continuará diciendo que no busca nuestra condena sino nuestra salvación. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Nosotros habíamos preferido las tinieblas y en ello estaría nuestra condenación, pero Dios nos ofrece su luz, y nos la ofrece regalándonos a su Hijo para salvarnos, para arrancarnos de esa condena en la que nos habíamos metido,  para ofrecernos su salvación.
Decíamos antes que nos sentíamos tentados al juicio y a la condena porque no nos miramos a nosotros mismos en nuestra propia realidad, o porque mirándonos demasiado lo hacemos con los ojos velados por el orgullo que nos levantan en pedestales. Pero creo que hay algo más; tendríamos que mirar más, contemplar en toda su hondura lo que es el amor del Señor para que en verdad ése sea el parámetro de nuestra vida, el modelo, el sentido de nuestro actuar. Porque si consideráramos todo lo que nos ofrece el Señor en su amor, creo que aprenderíamos a ser más comprensivos con los demás y a llenar más nuestro corazón de misericordia para nunca juzgar, para nunca condenar, para nunca discriminar.
El pasado domingo celebrábamos el domingo de la misericordia y el Papa nos convocaba a un año jubilar de la misericordia. Ojalá este año nos sirva para, mirando con mayor profundidad lo que es la misericordia de Dios, aprendamos nosotros a llenar nuestro corazón de misericordia. Y eso a todos los niveles, en nuestra vida personal, pero que se vaya traduciendo en lo que sea el estilo y el sentido de todo. Que seamos signos de la misericordia del Señor.
Que la Iglesia se impregne de verdad de esa misericordia del Señor y sea realmente esa Madre de Misericordia para todos los hombres. Demasiadas veces en nuestro ámbito eclesial nos convertimos en jueces que condenan y no en signos de misericordia. Que en verdad quienes se acerquen a la Iglesia ya sea en el ámbito sacramental o ya sea en cualquier otro momento de la vida siempre encuentre esa mirada con ojos de misericordia, ese oído atento y comprensivo, ese corazón misericordioso que acoge siempre con amor y que se convierte en todo momento en signo de la misericordia del Señor. Algunas veces nos puede faltar mucho de todo esto y podemos ser un obstáculo para que algunos o muchos se puedan encontrar de verdad con el Señor.

martes, 14 de abril de 2015

El testimonio del amor es el más auténtico anuncio que hagamos de Jesús resucitado

El testimonio del amor es el más auténtico anuncio que hagamos de Jesús resucitado

Hechos,  4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15
‘Los apóstoles daban con mucho valor testimonio de la resurrección del Señor’, nos dice el texto sagrado. ¿Cómo daban testimonio? ¿En qué consistía ese testimonio? Pero al mismo tiempo tenemos que preguntarnos, y nosotros, ¿damos también testimonio de nuestra fe en Cristo resucitado? ¿Cómo se ha de manifestar?
Ya hemos venido escuchando cómo hablaban pública y valientemente de Cristo resucitado. Fue en Pentecostés ante toda la multitud allí reunida; fue en el templo ante las gentes que se arremolinaban en torno al paralítico que había sido curado; fue luego ante el Sanedrín cuando los prenden y lo llevan ante el consejo; y terminarán pasando la noche en la cárcel por esa causa; cuando luego les prohíban hablar del nombre de Jesús responderán diciendo que tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.
Pero el testimonio que están dando de Jesús lleva a algo más; aquella comunidad que va surgiendo entre todos los que aceptando la palabra de los apóstoles comienzan a creer en Jesús va a dar el testimonio del amor. Algo nuevo está surgiendo; el evangelio anunciado está despertando una nueva forma de vivir; es la comunión que desde el amor se va creando entre todos los creyentes, de manera que ahora desde esa fe en Jesús se sienten uno. ‘En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía’. Es la unidad que en el Espíritu va naciendo entre todos los que creen en Jesús. Y ese va a ser el gran testimonio, el amor. Se nos presenta el testimonio concreto de Bernabé que vende lo que tiene y pone el dinero al pie de los apóstoles.
Es el anuncio y el testimonio que nosotros hemos de dar. Anunciamos a Jesús resucitado con nuestras palabras y con nuestra vida de amor. Es el testimonio de la Iglesia y es el testimonio de Iglesia, de comunión que cada uno hemos de dar. No nos valen solo las palabras. Tenemos que convertir nuestro corazón al amor, a la comunión, al compartir generoso. Será así como manifestemos que en verdad hemos nacido de nuevo, desde nuestra solidaridad en el amor. Ese será el verdadero anuncio que hagamos de Jesús frente al mundo que nos rodea. El testimonio del amor es el más autentico anuncio que hagamos de Jesús resucitado.
Tenemos el peligro y la tentación de la insolidaridad, de encerrarnos en nosotros mismos pensando solo en lo nuestro; los problemas, las carencias que incluso algunas veces nosotros podamos padecer nos pueden llevar a esa tentación; pensamos primero en resolver nuestros problemas antes que mirar a nuestro alrededor, pero ese no puede ser el estilo de un cristiano, de un seguidor de Jesús.
Que en verdad nos llenemos del Espíritu de Cristo resucitado que siempre nos impulsará al amor, a la generosidad, a la comunión de los hermanos. Dejémonos conducir por el Espíritu. Tenemos tantas oportunidades de dar un buen testimonio.