martes, 30 de agosto de 2016

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37
Nos sentimos en tantas ocasiones tan atados por las cosas que nos poseen que no somos capaces de liberarnos de ellas aunque bien sepamos lo que tenemos que hacer o el bien que podamos alcanzar. Y digo bien, las cosas que nos poseen, por las cosas son para poseerlas nosotros, tenerlas o utilizarlas en el uso ordinario de la vida para nuestro bien o nuestra utilidad o para el bien que podamos hacer con ello a los demás.
Pero nos sucede en tantas ocasiones al revés, en lugar de poseerlas nosotros nos sentimos poseídos por ellas, porque nos domina la obsesión de tenerlas, no nos podemos pasar sin esas cosas llámense bienes materiales o placeres y nos sentimos como esclavizados por su tenencia o posesión. Es la avaricia que nos puede dominar y corroer como todo tipo de concupiscencia que nos puede dominar. Cuántas cosas, por ejemplo, nos imponen las nuevas tecnologías y que parece que sin ellas no nos podemos pasar. Podríamos hacer una lista muy grande de esas cosas que cada día tenemos en nuestras manos y nos controlan.
Hemos de aprender a ser libres de verdad, y cuando digo libres no es solo del dominio que otros puedan ejercer sobre nosotros, sino del dominio de las cosas, de las materialidades o sensualidades de la vida, porque la libertad verdadera ha de nacer desde nuestro más profundo interior.
Jesús llega a nuestra vida con una buena nueva de salvación, porque nos anuncia y quiere para nosotros esa liberación más profunda para que podamos vivir la vida en la mejor plenitud y sin ninguna esclavitud. Los signos – milagros – que le vemos realizar en el relato del evangelio eso quieren significar para nuestra vida.
Escuchamos hoy en el relato del evangelio cómo un hombre poseído por el espíritu del mal se resiste ante la presencia de Jesús. Pero Jesús lo liberará de aquella posesión dándole la más hermosa libertad y felicidad. Y aunque el hombre se vio retorcido por la fuerza del mal, al liberarse de él por la fuerza de la Palabra de Jesús se sintió más entero, más en plenitud que nunca lo había estado antes. ‘El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’ comentaba el evangelista y todos los que presenciaron la escena estaban estupefactos y daban gloria a Dios.
Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su Palabra que nos salva, dejémonos transformar por la gracia del Señor, busquemos esa plenitud de libertad, de vida, de paz, de amor que Jesús quiere darnos. Hablábamos al principio de tantas materialidades o sensualidades que nos dominan y nos poseen; son muchas las cosas que nos enturbian el corazón y nos impiden ver la luz verdadera con la que Jesús quiere iluminarnos; el mundo que nos rodea muchas veces no nos ayuda en este camino porque quiere atraernos con sus cosas y entonces nosotros nos resistimos. Aprendamos a contar con la gracia y la fuerza del Señor. El está siempre con nosotros para darnos la verdadera libertad a nuestro corazón, la más maravillosa plenitud a nuestra vida.

lunes, 29 de agosto de 2016

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

1Corintios 2,1-5; Sal 118; Marcos 6, 17-29

Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista. En Junio celebrábamos con gran alegría su nacimiento, con la alegría de todo el pueblo como ya expresaba el mismo evangelio su nacimiento allá en las montañas de Judea por donde había corrido la noticia. Hoy celebramos su martirio.
Como expresa la liturgia en las oraciones de esta fiesta Juan Bautista fue el precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús. Normalmente pensamos en el Bautista como el Precursor, porque había venido a preparar los caminos del Señor con su predicación y su testimonio allá en el desierto en las orillas del Jordán donde bautizaba invitando a la penitencia y la conversión del corazón para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. Le había precedido en su nacimiento y eso hacía también que lo llamáramos el precursor, el que había venido antes.
Sin embargo la liturgia de este día nos lo señala también como el precursor de su muerte cuando hoy estamos celebrando su martirio. Es el testigo de la verdad y por su fidelidad a esa verdad y a la rectitud llegó a dar su vida. El que cuando preparaba los caminos del Señor a cuantos acudían a él les señalaba caminos de rectitud, de justicia, de honradez, de solidaridad para preparar los corazones, por esa valentía de su palabra dio testimonio con su vida. A Herodes le señalaba que el camino de su vida estaba lleno de pecado porque no hacía lo que era justo y recto, y las envidias y las intrigas lo llevaron a la cárcel y a la muerte.
Ya escuchamos el evangelio. Herodías odiaba a Juan y tramaba como quitarlo de en medio a pesar del aprecio que por otra parte parecía que Herodes podía tenerle. Pero la debilidad de Herodes, en esa espiral de pecado en la que se había visto envuelto terminaría por cortar la cabeza de Juan ante las intrigas de Herodías. Cuando caemos en la pendiente del pecado todo parece que se vuelve más resbaladizo bajo nuestros pies y poco a poco unas cosas nos precipitan en otras. La verdad que Juan proclamaba resultaba incomoda a quienes Vivian envueltos en la vanidad de la vida que hace que todo se vuelva falsedad y mentira.
El testigo de la verdad que era Juan por la valentía de su palabra y la rectitud de su vida lo convertiría así con su muerte en precursor de la muerte de Jesús. También Jesús ante Pilatos se había proclamado testigo de la verdad y que para eso había venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Aquí sería ahora el escepticismo de Pilatos que se preguntaba qué era la verdad, lo que le llevaría a la cobardía de lavarse las manos para tratar de quitar de sí la mancha de la cobardía de la condena de Jesús.
Pero en la oración litúrgica de esta fiesta pedimos que ‘asi como Juan murió mártir de la verdad y de la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe’. Y confesar nuestra fe no ha de ser solo con palabras, sino que tenemos que confesarla con el testimonio de nuestra vida; y ese testimonio de nuestra vida nos lleva a esa lucha por la verdad y por la justicia. Nuestra fe nos compromete. Los cristianos tendríamos que ser las personas más comprometidas del mundo por la verdad y por la justicia, por el bien, por el testimonio del amor, por la solidaridad más profunda.
¿Daremos en verdad así testimonio de nuestra fe? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso por el amor y la justicia? ¿El estilo de nuestra vida nos hace testigos de la verdad por nuestra autenticidad, por nuestra sinceridad, por la rectitud de nuestra vida en consonancia con nuestras palabras?

domingo, 28 de agosto de 2016

‘Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, a los que nada tienen y no pueden pagarte’.

Jesús nos pide que con nuestra sencillez, nuestra humildad y nuestro amor derribemos tantas fronteras que nos construimos entre unos y otros

Eclesiástico 3, 19-21. 30-31; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14
En nuestras relaciones humanas y de convivencia solemos ir trazándonos unas normas de buen estilo para facilitarnos esa convivencia y evitar situaciones en que por nuestro orgullo o nuestras malas maneras hagamos desagradable nuestra presencia a los que nos rodean. Momentos de encuentro y de convivencia con los demás es cuando nos sentamos juntos alrededor de una mesa en la que no solo compartimos los alimentos que necesitamos para nuestra subsistencia sino que es ocasión de encuentro, de cultivo de nuestra amistad y también de sano disfrute de esa convivencia que se convierte en fiesta llena de alegría. Cada uno ha de saber su puesto y cada uno habría de contribuir desde su ser y saber estar a ese encuentro amistoso.
Mencionábamos sin embargo que nuestros orgullos, nuestras malas maneras, nuestras ambiciones pueden enturbiar esa relación y esa alegría de fiesta que puede significar ese encuentro alrededor de una mesa. Es lo que Jesús está observando en aquella ocasión en que lo habían invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos. Los convidados poco menos que se daban de codazos por conseguir los puestos que consideraban principales. Eso podría significar muchas cosas que podrían enturbiar la convivencia del encuentro, porque se formarían grupos que discriminasen a otras personas, por ejemplo.
Jesús viene a recordarnos entonces cuales son las actitudes de sencillez y de humildad que deben prevalecer en toda ocasión. No es esa carrera loca por primeros puestos lo que debe guiar nuestro comportamiento. Ya en otra ocasión dirá a sus discípulos que ese no ha de ser su estilo porque esas aspiraciones se deben transformar en humildad y en espíritu de servicio. Nuestra verdadera grandeza está en el servir. Que no sea así entre vosotros, como hacen los poderosos de este mundo, advertía a sus discípulos.
No es que tengamos que humillarnos por humillarnos, no es que vayamos a ocultar o disimular nuestros valores, pero la actitud de una persona sencilla y humilde se gana los corazones de los demás. El respeto que nos merecemos los unos a los otros no es porque tengamos más poder o podamos dominar sobre los otros. El respeto nos lo ganamos por nuestro buen saber hacer, por la sencillez y humildad con que vayamos al encuentro de los demás, por la bondad de nuestro corazón siempre dispuesto al servicio y a ayudar a los otros.
No son simples normas de convivencia y de urbanidad las que hemos de cuidar de guardar, sino han de ser las actitudes de nuestro interior, de nuestro corazón, que nos llevará a estar abiertos siempre a los demás, para aceptar a todos, para convivir con todos, para a todos manifestar nuestra bondad y la generosidad de nuestro corazón.
Por eso termina hoy Jesús haciendo unas recomendaciones con motivo de aquel banquete, y creo que hemos de tenerlas bien en cuenta. Muchas veces en esa convivencia puede aparecer un egoísmo interesado, donde hacemos para que hagan con nosotros, y si no han hecho o no pueden hacer nada por nosotros no somos capaces de tener ese gesto de generosidad. Pareciera que con las cosas buenas que nos hacemos estamos pagándonos o buscando que nos paguen por lo que hacemos. Somos buenos quizá de forma interesada, solo para que luego sean buenos con nosotros.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús. ‘Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, a los que nada tienen y no pueden pagarte’. Qué regla más hermosa nos está trazando aquí Jesús. Invitar a un amigo o un familiar que un día va a corresponder invitándome a mi no tiene nada de extraordinario. Es lo que nos decía del amor, y del amor que habíamos de tener también a los enemigos. Saludar al que te saluda, hacer el bien al que te ha hecho el bien, invitar al que luego te va a invitar a ti, eso lo hace cualquiera. Nuestro estilo ha de ser otro, en algo que tiene que diferenciarse nuestro amor que ha de ser en el estilo con que Jesús me ama a mi.
Pensemos que el bien que le hagamos a los demás lo hacemos con el amor de Dios y aun más Jesús nos enseñará en el evangelio que todo lo que le hacemos a los demás, a El se lo estamos haciendo. Recordemos lo del juicio final. ‘Tuve hambre y me disteis de comer, era forastero y peregrino y me acogisteis… cuando lo hicisteis con uno de estos humildes hermanos’, nos dirá Jesús.
Esto ha de ser siempre norma en nuestra vida. Ya sé que no es fácil. Que es abrir nuestro corazón y nuestra vida a los demás, y eso nos cuesta. Cuantas ocasiones tendríamos hoy en los momentos difíciles de crisis en que vivimos, o cuando tantos llegan a las puertas de nuestra tierra y que vienen en busca de refugio por las situaciones difíciles que se viven en sus países de origen. Cuántas fronteras tenemos que derribar, y no solo entre unas naciones y otras, sino entre unos corazones y otras que bien que nos las construimos.

sábado, 27 de agosto de 2016

El desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer otros valores y otras capacidades

El desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer otros valores y otras capacidades

1 Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30
¿Qué puedo hacer yo que soy tan poca cosa y lo poco que yo tengo o que yo valgo? Es una reacción que podemos tener cuando consideramos qué poca cosa somos o qué pocos son los medios que tenemos mientras los problemas son tan grandes que con lo que yo pueda aportar parece que poco se puede hacer. Anda por medio en pensamientos así la baja autoestima que tenemos de nosotros y tendríamos que comenzar por aprender a valorarnos más descubriendo lo que en verdad somos y valemos.
Bien sabemos que no todo está en los medios materiales que podamos poseer aunque a veces nos parecen tan imprescindibles que pensamos que ya nada podemos hacer sin ellos. Siempre en la persona hay unos valores que en muchas ocasiones no somos capaces de descubrir; en nombre quizá de una falsa humildad nos apagamos, queremos desaparecer y al final terminamos sin aportar algo a la vida; y ya no se trata de nuestra riqueza personal – no hablando solamente de lo material – sino de la riqueza que podemos aportar a los demás desde nuestros propios valores y nuestra aportación.
Pensemos además que el desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener, si es que fueran así nuestras pobres capacidades, será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer en nuestra vida otros valores y otras capacidades que teníamos ocultas y con falta de hacerlas salir a la luz. El desarrollo de los valores y cualidades que tengamos se harán multiplicadores de otros valores, de otras cualidades, de otras capacidades que están también en nosotros. En la labor educadora que tengamos que desempeñar en la vida – por ejemplo como padre o madre de familia – será algo que tenemos que cuidar en los demás, pero es que en nuestro propio crecimiento personal es algo que hemos de saber desarrollar.
Hoy el evangelio de Jesús nos propone la parábola que llamamos de los talentos de todos conocida. Aquel hombre que al marcharse de viaje confía a sus administradores diversas cantidades de talentos de plata para que los desarrollen y multipliquen mientras él está de viaje. Mientras el primero y el segundo los negocian y multiplican, el tercero se contenta con guardarlo muy bien bajo tierra para no perderlo y poderlo entregar de nuevo a quien se lo confió. No lo perdió, pero es recriminado porque no lo desarrolló para hacerlo fructificar. Es lo que ha motivado la reflexión que me he venido haciendo.
No podemos enterrar nuestros talentos porque consideremos que son muy pobres. Cada uno según su capacidad tiene una misión que desarrollar en la vida. Y es lo que tenemos que hacer. Ni lo podemos enterrar ni nos podemos ocultar, porque además hemos de pensar no solo en nuestro crecimiento personal – algo que por si ya es muy importante – sino en el bien que podemos y tenemos que hacer a los demás, la riqueza que puede significar nuestro pequeño grano de arena para la construcción de un mundo mejor. Cuantas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida.

viernes, 26 de agosto de 2016

No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida


No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Cuántas veces nos ha sucedido. Tenemos una serie de cosas que hacer, pero nos decimos, bueno, mas tarde lo hago, aun tenemos tiempo, eso lo hago yo luego en un momento, pero llegó el momento de tenerlo realizado y no lo habíamos hecho, o nos vimos en apuros para terminarlo corriendo porque el tiempo apremia o porque nos surgieron problemas que no preveíamos y luego no encontrábamos solución para poder tenerlo todo a punto. Nos creíamos capaces de resolver todas las dificultades, porque aquello nos parecía fácil, pero luego no fue tan fácil o nos complicamos con tantas cosas que no lo pudimos tener a tiempo.
Experiencias así habremos tenido quizá muchas y luego nos lamentábamos, y nos prometíamos que eso no nos volvería a suceder, pero tropezamos una y otra vez en la misma piedra y no terminamos de tener la sensatez de hacer las cosas bien y en su tiempo, sin dejarlo para más tarde.
Esto que estoy comentando de las cosas ordinarias de la vida que nos suceden cada día nos puede suceder en los ámbitos de la vida interior, de la vida espiritual y de la vida cristiana. Sabemos que tenemos que superarnos en esto o en aquella otra cosa que tantas veces me hace tropezar, pero nos creemos fuertes y que sabemos como hacerlo y que ya en otro momento lo vamos a hacer. Y no nos cuidamos por dentro, y no cultivamos nuestra vida interior, y hay una serie de valores a los que quizá damos poca importancia, pero que luego su falta va hacer que nos demos cuenta de la debilidad de nuestra vida interior.
Sabemos las cosas, sabemos lo que tenemos que hacer y hasta quizá nos atrevemos a querer enseñárselo a los demás en nuestra tarea educadora como padres o en otra cualquier función que desempeñemos en nuestra sociedad y en la que podríamos influir pero luego para el crecimiento de nuestra vida interior no hacemos nada o al menos todo lo que tendríamos que hacer.
De eso y de muchas cosas más nos está hablando Jesús hoy con la parábola que nos propone en el evangelio. Las jóvenes amigas de la novia que tenían que salir al encuentro del novio que venía para la boda y que tenían que esperar con lámparas encendidas, tanto para iluminar el camino como luego también la sala del banquete. Pero la mitad de ellas no fueron previsoras, no llevaron aceite de reserva porque pensaban que con el que tenían en la lámpara sería suficiente, pero las cosas se complicaron con la tardanza de la llegada del novio. Se les apagaron las lámparas, no les valía el aceite de sus compañeras sino que tenían que afanarse el propio y cuando llegaron la puerta estaba cerrada. Se quedaron fuera, como tantas veces nos sucede a nosotros en tantas cosas.
Que no se nos apaguen las lámparas; que tengamos la suficiente previsión; que cultivemos en verdad nuestra vida interior para que tengamos esa fuerza que necesitamos en la camino de cada día; que haya esa verdadera sensatez en nuestra vida.

jueves, 25 de agosto de 2016

Vigilantes esperamos al Señor en el dia a dia de nuestra vida no olvidando nuestras responsabilidades y viviendo la fidelidad del amor hasta el extremo

Vigilantes esperamos al Señor en el día a día de nuestra vida no olvidando nuestras responsabilidades y viviendo la fidelidad del amor hasta el extremo

Corintios 1,1-9; Sal 144; Mateo 24,42-51

‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Una afirmación rotunda como promesa del Señor, pero al mismo tiempo una recomendación a la vigilancia, a estar preparados. ‘Vendrá vuestro Señor’. Es la promesa de su venida. Nos lo repite muchas veces en el evangelio y nosotros lo expresamos también en la oración de nuestra fe. ‘Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo…’ que decimos con la liturgia.
Nos habla el Señor a lo largo del evangelio de su venida con gran poder y gloria y por ejemplo nos propone la alegoría del juicio final. ‘Veréis al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria entre las nubes del cielo’, que responde al sumo sacerdote ante el Sanedrín. Y en muchas ocasiones nos habla de estar preparados, de estar vigilantes, como el dueño de la casa que no quiere que entre el ladrón a robar, como nos dice hoy, o como el administrador que no puede descuidar sus deberes y responsabilidades y al tiempo que atiende a todos los asuntos de la administración ha de tratar con justicia y magnanimidad a todos los que están a su cuidado. En otra ocasión hablará del novio que viene a la boda y al que se le espera, pero se ha de estar con las lámparas encendidas con suficiente aceite para que no se apague su luz.
‘Estad en vela…’ nos dice. La espera ha de ser vigilante; no nos podemos quedar adormilados, porque igual que el ladrón puede llegar a la hora y en el momento menos pensado, así llega el Señor. Es una referencia al ultimo día de nuestra vida que no sabemos cuando será y que nos ha de encontrar preparados para poder presentarnos ante el juicio de Dios. Pero es una referencia también al día a día de nuestra vida en la que el Señor llega a nosotros con su gracia, con las llamadas que va haciendo a nuestro corazón, con los caminos que va abriendo delante de nosotros donde hemos de realizarnos, donde tanto tenemos que hacer también por los demás y por nuestro mundo.
No nos podemos cruzar de brazos, nuestra espera no puede ser nunca una espera pasiva. Por eso en la oración a la que antes hacíamos mención mientras esperamos la llegada del Señor pedimos su gracia y su fuerza, para superar peligros y tentaciones, para no quedarnos adormilados, para vernos libres de toda perturbación, para vivir con responsabilidad cada uno de nuestros actos, para vivir siempre en la fidelidad del amor,  para saborear continuamente su paz en nuestro corazón.
Recordemos las palabras de Jesús. ‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Ya sabemos todo lo que significa ese estar en vela y a cuanto nos responsabiliza en nuestra vida.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

‘Aquí tienes un hombre cabal’, eso fue lo que vino a decir Jesús de Natanael. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’, nos dice textualmente el evangelio.
Cuánto nos gustaría encontrarnos con personas así en la vida. Y no es que andemos con desconfianzas que no es bueno, ni pensemos cuando vemos tanta corrupción como contemplamos en la vida social y política, que todos los hombres, todas las personas son iguales. Pero cuando en la vida nos vamos encontrando con personas íntegras, sinceras, justas en sus planteamientos y en sus juicios, humanas en la relación con los demás parece que sentimos un gozo en el alma, nos hace seguir teniendo esperanza en nuestra humanidad y nos dan ganas a nosotros también de ser buenos.
Creo que esa puede ser una primera lección que saquemos de esta figura de Natanael, el apóstol san Bartolomé como siempre se ha identificado. Y digo que es una primera lección porque necesitamos rescatar los valores humanos, verdadera base de la personalidad de toda persona y fundamental cimiento para lo que ha de ser todo el sentido de nuestra fe y nuestra vida cristiana.
Si nos falta honradez y responsabilidad, si no somos sinceros en la vida, si no hay verdadera humanidad en nosotros para vivir nuestra propia dignidad pero para respetar también la dignidad de las otras personas sea quien sea, poco fundamento tenemos para edificar nuestra vida cristiana. Necesitamos en la vida esas personas honradas y sinceras que nos atraigan y sean modelo y estimulo para todos. Es el espejo en que tenemos que vernos para nuestro crecimiento personal, nuestra maduración como personas. Ser una persona cabal, como decíamos al principio.
Natanael había tenido sus reticencias para ir a conocer a Jesús como le estaba pidiendo su amigo Felipe. La rivalidad normal entre pueblos vecinos marcaba en cierto modo esa reticencia, pero aun así se dejó convencer por el amigo. Cuánto puede hacer un amigo con su palabra, con su estímulo, con su presencia en los caminos de nuestra vida. Qué hermosa es la amistad y cuantas cosas hermosas se pueden conseguir. Por eso aquí tendríamos que alabar también la postura y la generosidad de Felipe que quería compartir con su amigo Natanael lo que él había encontrado.
Ahora se presentan ante Jesús y ya vemos la alabanza a la que sigue la duda y el interrogante que se plantea en el corazón de Natanael. Si no me conoces, si no sabes nada de mi, ¿como puede hacer esas afirmaciones?, estaría pensando en su interior. Y ante algo que le descubrió Jesús en sus enigmáticas palabras se abre la mente y el corazón de Natanael para descubrir algo grande, para ya hacer una elemental pero importante confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Creo que no es necesario decir muchas más cosas en nuestra reflexión. Estamos contemplando todo un proceso humano y espiritual que siguió Natanael y que le llevo a convertirse en discípulo de Jesús, y luego en el apóstol elegido y enviado. Procesos humanos y espirituales que hemos de ir recorriendo también nosotros en la vida que nos lleven a ese crecimiento y a esa maduración de nuestra fe, a esa profundización en nuestra vida cristiana. Luego, si seguimos con fidelidad ese proceso, seremos capaces de cosas grandes.
Cuando celebramos hoy a san Bartolomé le estamos viendo en su entrega, en su apostolado que le llevarían por largos caminos en el ancho mundo para hacer ese anuncio del evangelio, que harían que fuera capaz de dar su vida por Jesús, primero desollado, luego decapitado. Es la fe de un hombre cabal; es la fidelidad de quien descubrió a Jesús como el verdadero Hijo de Dios y fue capaz de seguirlo hasta el final. Muchos valores que tenemos que cultivar en nuestra vida.

martes, 23 de agosto de 2016

Hagamos florecer la comprensión y la misericordia manifestando con sinceridad la rectitud que hay en nuestro corazón

Hagamos florecer la comprensión y la misericordia manifestando con sinceridad la rectitud que hay en nuestro corazón

2Tes.  2,1-3a.14-17; Sal 95; Mateo 23,23-26

‘Hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno…’  Hablaba duramente Jesús a los escribas y fariseos. Se creían buenos y cumplidores. Hasta de la menta y el comino pagaban impuestos y ya se creían justificados. Estrictos en lo externo, en las apariencias, en lo que los demás podían ver que hacían, pero allá en su interior todo eran malicias, malos deseos, falsedad, vanidad, hipocresía. Era la palabra apropiada porque actuaban con una doble cara, una era la apariencia externa y otra cosa lo que había en su interior.
Nos puede pasar, sigue pasando hoy como en todos los tiempos. Gentes que se preocupan por aparentar, justificaciones que nos hacemos porque en algunas cosas somos cumplidores, pero nos falta misericordia y compasión en el interior. Nos puede pasar, digo, porque nos podemos creer buenos, pero dentro están las malicias que nadie ve, pero que corroen el corazón y algún día también se han de manifestar; nos puede pasar porque nos insensibilizamos por dentro, nos falta ternura, comprensión, y aparecen nuestros juicios y condenas, aparecen los rechazos que hacemos de las personas porque nos parece que no son como nosotros.
Qué importante que arranquemos de raíz esas malas hierbas que nos aparecen en nuestro interior con nuestros juicios, con nuestras reticencias hacia los demás, con nuestras desconfianzas, con la envidia que amarillea nuestros sentimientos, con ese orgullo y amor propio que no somos capaces de controlar, con esos resabios de egoísmo e insolidaridad que tantas veces aparecen en nuestras desconfianzas de los demás, con esa soberbia que nos quiere levantar sobre pedestales para creernos mejores, superiores, ponernos por encima de los demás.
‘Descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad…’ Actuar con justicia porque respetamos a los demás, valoramos a la persona, mantenemos siempre la dignidad de todo ser humano, pero al mismo tiempo nuestro corazón está lleno de compasión, de ternura, de misericordia, de amor. No están reñidos unos valores con los otros, sino más bien se complementan y nos hacen vivirlos en mayor plenitud. Nunca en nombre de la justicia podemos hacernos insensibles en nuestro corazón, sino que siempre ha de aparecer la ternura y la compasión.
Cuánto necesario hoy es que hagamos florecer la comprensión y la misericordia con todos, porque al final nos damos cuenta que todos necesitamos de esa misericordia. Y junto a todo ello la sinceridad de nuestra vida; no vale la doblez, la vanidad ni la apariencia; en esa sinceridad nos manifestamos como somos, también con nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero haciendo siempre florecer el amor.  

lunes, 22 de agosto de 2016

Proclamamos la realeza de María amándola en los pobres y homenajeándola en el servicio que hagamos a los que pasan necesidad

Proclamamos la realeza de María amándola en los pobres y homenajeándola en el servicio que hagamos a los que pasan necesidad


‘De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir’. Era el responsorio que repetíamos con el salmo el pasado día de la Asunción, hace ocho días. Entonces celebrábamos la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Hoy en su octava prolongamos de alguna manera aquella fiesta grande de María y al verla glorificada en los cielos junto a Dios no podemos menos que llamarla nuestra Reino y nuestra Señora. La madre siempre es reina para sus hijos, porque así la aman siempre y ven en ella la más hermosa de las criaturas. ¿Qué podemos decir de María, la Madre del Señor que es también nuestra madre?
Como decía el concilio Vaticano II en la constitución sobre la Iglesia y en el capítulo dedicado a considerar a María en el puesto que ocupa en la Iglesia y que ocupa en la obra de nuestra salvación se nos dice: ‘La Virgen Inmaculada... asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte (59)’.
Pero ya sabemos cómo hemos de entender ese reinado y esa grandeza de María. Es cierto que en nuestro amor y devoción por María, nuestra madre, queremos engrandecerla y queremos verla como la bella y hermosa de todas las criaturas. En una devoción que surge espontánea de nuestro corazón lleno de amor por María, la rodeamos de joyas y coronas, de hermosos mantos y ricas vestiduras. Nos pasamos, quizá, en esa riqueza con la que queremos rodear las imágenes de María.
Ella es Reina, porque es la Madre del Rey, la madre de nuestro Señor. Pero ella entendió bien el mensaje del evangelio cuando Jesús nos hablaba de dónde habríamos de encontrar la verdadera grandeza, el camino de la humildad, de hacerse los últimos y los servidores de todos. Por eso ella se llama a si misma la humilde esclava del Señor, y la veremos servidora y atenta a las necesidades de los demás. ‘Se aprisa a la montaña a casa de su prima Isabel… y pasó allí tres meses’, que nos cuenta san Lucas en el evangelio. Y será la mujer atenta para darse cuenta de que no tienen vino en las bodas de Caná de Galilea buscando la solución.
Contemplamos hoy glorificada a María y la queremos proclamar nuestra Madre, nuestra Reina y nuestra Señora. Pero aprendamos de María. La mejor proclamación que de todo ello podemos hacer no está en los adornos costosos de sus altares o las ricas vestiduras o alhajas que podamos poner a sus imágenes. María quiere ser vestida en los pobres, amada en los que padecen necesidad, homenajeada en el servicio que seamos capaces de hacer por los demás haciéndonos los pequeños y los últimos para mejor atender sus necesidades. Así proclamaremos la realeza de María.

domingo, 21 de agosto de 2016

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30
‘Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Jesús iba camino de Jerusalén y mientras recorría aquellas ciudades y pueblos iba enseñando a la gente. Era lo que hacia habitualmente; en ocasiones salía directamente para ir a enseñar por los pueblos, en esta ocasión aprovecha el viaje, junto a El irán más discípulos, atraviesan pueblos y la gente saldrá al encuentro porque su fama se extendía por todas partes. Es la ocasión para que uno se acerque a Jesús con la pregunta ‘¿serán muchos los que se salven?’
Podríamos pensar en una preocupación misionera de que el mensaje del Reino llegue a todas partes y todos puedan participar de él; pero podría ser también otra la preocupación, sin son pocos los que se salven ¿podré yo estar entre esos pocos que se salven? Un pensamiento quizá que pudiera surgir de un deseo de salvar el pellejo, de que al menos él alcance esa salvación si quizá van a ser pocos, porque ya el número esté preestablecido; un sentimiento y una actitud en cierto modo egoísta porque solo piensa en si mismo, en su propia salvación. Como me salve yo…
Pero Jesús no da respuesta a esa pregunta; es más Jesús hablará de esfuerzo, de lucha, de sacrificio; nos habla de puerta estrecha y no es el sentido de poner dificultad sino en cuanta la respuesta que tenemos que dar a esa gracia salvadora que Jesús nos ofrece exige por nuestra parte un esfuerzo, un deseo de superación. No es contentarnos con que en algún momento hemos hecho cosas buenas, en un momento determinado ya hicimos unos esfuerzos para tener unas ganancias aseguradas y ahora ya puedo vivir tranquilo.
Recuerdo alguien que me comentaba en una ocasión, yo ya no me preocupo mucho por cumplir ahora, porque cuando chico hice muchas veces los primeros viernes, y ya con eso tengo asegurada la salvación. ‘Llamaréis a la puerta’, nos dice Jesús, y se nos responderá de dentro ‘no sé quienes sois’… mientras nosotros quizás insistimos ‘hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’, yo antes iba a misa siempre y me portaba bien, yo no falto a ninguna procesión de la Virgen o del santo de mi pueblo, yo rezaba antes siempre el rosario y llevo flores a la Iglesia… y sería terrible que siguiéramos escuchando ‘no sé quienes sois’.
¿En qué ponemos nuestra religiosidad? ¿Qué es lo que consideramos esencial para decir que vivimos una buena vida cristiana? Son preguntas que nos tenemos que hacer seriamente. Es la búsqueda sincera que con toda profundidad hemos de hacer para descubrir en verdad lo que es ser seguidor de Jesús. No es contentarnos con hacer algunas cosas en un momento determinado. Yo me casé por la Iglesia, yo he bautizado a mis hijos, se dicen algunos, ¿qué más tengo que hacer?
Es lo que quizá se pregunten por dentro, aunque luego eviten encontrar la respuesta, unos padres cuando se les habla del compromiso de una educación cristiana para los hijos para los que piden el bautismo. Quizá piensan que no han de hacer mucho más que lo que ya están haciendo y que un día hagan la primera comunión, pero pensar en educación cristiana implica mucho más, es un crecer en la fe, una maduración de nuestra vida en la vivencia de unos valores que nos ofrece el evangelio, son unas actitudes y unas posturas que se han de tomar ante la vida y los problemas que van surgiendo, es una manera de actuar en la vida de la familia, en su vida personal, en la relación con los demás, en el compromiso social con la sociedad en la que vivimos desde unos valores, desde unos principios. Pero eso quizá lo pasamos por alto.
Ser cristiano para vivir la salvación que Jesús nos ofrece implica toda la vida, y se comienza por descubrir cuál ha de ser nuestra verdadera relación con Dios que se ha de reflejar en una manera de orar, de vivir la Eucaristía y todos y cada uno de los sacramentos. Unas actitudes religiosas no de forma rutinaria y fría por cumplir, sino buscando esa relación personal y profunda con Dios, a quien siento en verdad como mi Padre.
Ser cristiano no es simplemente hacer unas cosas para obtener yo la salvación sino que es mucho más, porque me hace entrar en una nueva relación con los demás. Ser cristiano implicará esa preocupación que he de sentir para que todos lleguen a descubrir esa fe, esa manera de vivir como cristianos en esas actitudes nuevas que nos trasmite el evangelio.
‘¿Serán muchos los que se salven?’ era la pregunta que alguien la planteaba a Jesús y que en el fondo puede ser también una pregunta que nos hagamos en nuestro interior preguntándonos por nuestra propia salvación. Pero Jesús termina diciéndonos hoy que ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán en la mesa en el reino de Dios’. Es la imagen que nos ofrecía el profeta Isaías, en lo que hemos escuchado en la primera lectura para hablarnos de ese pueblo nuevo, de ese Reino nuevo de Dios que con Cristo se va a instaurar.
Sintamos esa universalidad de la salvación porque de todos los pueblos están llamados para vivir en el Reino de Dios; sintamos la catolicidad, la universalidad de nuestra fe cuando contemplamos a tantos de toda lengua y nación que también quieren glorificar al Señor. Pidamos la fuerza del Espíritu del Señor para que haya quienes lleguen a todos los rincones para hacer ese anuncio del Evangelio, ese anuncio de la Buena Nueva de la salvación que es Jesús para todos los hombres. Sintamos en lo más profundo de nosotros ese compromiso y esa responsabilidad de que esa Buena Nueva llegue a todos, y comencemos por anunciarlo con el testimonio de nuestra vida a tantos que a nuestro lado siguen sin ser iluminados por la luz del evangelio.
Cuánto podemos y cuánto tenemos que hacer en ese sentido; es necesario ese nuestro testimonio claro y explicito ahí donde estamos para que todos puedan descubrir la alegría de la fe, la alegría del evangelio.

sábado, 20 de agosto de 2016

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

 Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12
Confieso que esto que voy a decir primero me lo aplico a mi mismo, porque me hace pensar mucho en lo que yo hago o he hecho y si acaso estoy en lo mismo. En la vida nos vamos encontrando siempre quien tiene algo que decir, algo que decirnos de cómo hemos de hacer las cosas, de cómo hay que arreglar el mundo y muchas cosas en este sentido.
Y ya no se trata solamente de la corrección fraterna que hemos de hacernos los unos a los otros para ayudarnos a mejorar, o de quien sabe ha de enseñar. Me refiero más bien a esa vanidad de la vida, a ese orgullo con que tenemos el peligro de ir señalando a los demás lo que tienen que hacer, pero por sí mismos, por mejorar su propia vida quizás no mueven un dedo. Fácilmente caemos en esa vanidad y en esos orgullos.
Las vanidades de las apariencias son tentaciones que todos podemos tener, y esto nos puede llevar a ser inmisericordes con los demás y hasta injustos en las apreciaciones que podamos tener de los otros. Yo no soy quien para juzgar al otro ni para condenarlo. Si algo hemos de hacer con humildad es ayudarnos mutuamente y con la delicadeza más exquisita nos decimos las cosas para tratar de mejorar en nuestra vida; pero no nos podemos convertir en maestros de nadie que con orgullo vayamos imponiendo nuestra manera de ver las cosas. 
De esto le hablaba Jesús a la gente, viendo la actitud y las posturas farisaicas de los maestros de la ley que buscaban la vanidad de la apariencia y el orgullo de sentirse o creerse superiores a los demás. Por eso en lo externo querían aparecer como buenos y que eso lo reconociera la gente rindiéndoles honores; buscaban primeros puestos y reverencias de las gentes, que señala Jesús.
En su vanidad llegan a escribir los mandatos de la ley del Señor en el borde de sus mantos, y cuanto más anchas fueran las franjas mejor porque así podría aparecer mejor su prepotencia. Así creían cumplir la ley del Señor que allá en el Deuteronomio les recomendaba tener muy presentes siempre los mandamientos del Señor, como si los llevaran siempre delante de sus ojos. De ahí esas filacterias y esos escritos en el borde de sus mantos, porque así lo llevaban materialmente delante de los ojos, pero ¿los llevarían de igual modo inscritos en su corazón?
No es ese el camino que hemos de seguir; Jesús nos pide humildad y espíritu de servicio para buscar lo bueno, para querer lo mejor para los demás, pero para con sinceridad de corazón también buscar nosotros humildemente los caminos del Señor. Esos caminos de humildad y de espíritu de servicio son los que nos hacen verdaderamente grandes y con los que podemos encontrarnos con el Señor.

viernes, 19 de agosto de 2016

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Ezequiel 37,1-14; Sal 106; Mateo 22,34-40

La eterna pregunta que se repite una y otra vez. La eterna pregunta que nos repetimos nosotros también aunque sabemos bien cual es la respuesta como si buscáramos una cosa nueva. ¿Qué tengo que hacer? Ya lo preguntaba con buena voluntad aquel joven rico que quería seguir a Jesús. Ahora lo pregunta un letrado que sabe bien la respuesta, porque es lo que él enseña, lo que sabe todo buen judío de memoria, lo que repiten tantas veces al día al entrar y al salir, al levantarse o al acostarse, al comenzar a comer o al iniciar cualquier obra buena. Lo pregunta queriendo poner a prueba a Jesús. Lo pregunta porque quizá también haya dudas en su interior. Como lo preguntamos nosotros. Como tantas veces nos hacemos los desentendidos. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal?’
¿Qué es lo que iba a responder Jesús? No podía responder de otra manera. El no había venido a abolir la ley y los profetas nos había dicho allá en la montaña cuando lo de las bienaventuranzas. El quería darle plenitud. Por eso insiste Jesús, responde con lo que todos sabían, lo que estaba escrito en la ley, pero que había de llevarse a la plenitud, había de cumplirse y no de una forma cualquiera.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’. Es la ley del Señor. Es el mandamiento al que hay que dar plenitud. Es el mandamiento que no se puede quedar en una repetición de memoria ni en solo palabras. Es el mandamiento que hay que llevar a la vida, a la vida concreta de cada día.
Es el amor. Amor en toda su plenitud. Amor con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es el amor sobre todas las cosas. Nada puede estar antes o por encima. Nada puede haber más principal. Ojalá seamos capaces de vivir el amor a Dios así. Lo damos por supuesto, y no lo revisamos, no nos revisamos a ver hasta donde llega de verdad ese amor que le tenemos a Dios. En el examen de nuestra vida pasamos por encima de este mandamiento porque lo damos por supuesto. Pero ¿no habrá quizá en algunos momentos otras cosas que pongamos por encima de este amor? ¿No habrá algunos momentos en que miramos primero nuestro amor propio, nuestro orgullo, nuestros intereses que ese amor de Dios sobre todas las cosas?
No es el amor que dirigimos a un ser invisible, que lo sentimos tan superior que se nos hace extraño muchas veces en nuestra vida. Es el amor que hemos recibido de un Padre, de Dios que es nuestro Padre y nos ama más que nada y al que nosotros queremos corresponder también con todo nuestro amor. Es un amor que hacemos concreto y nuestra relación con Dios es de otra manera, con otra intimidad, con una confianza suprema, con una obediencia total. Es el amor que manifestamos en todo lo que hacemos donde siempre vamos a estar viendo a Dios, en lo que queremos siempre  manifestar siempre su gloria.
Es un amor tan concreto que nos lleva necesariamente a amar a todos los que Dios ama, por eso para nosotros los demás serán siempre hermanos, porque son hijos del mismo Padre Dios y así son amados por Dios. Por eso nos dirá Jesús que el segundo es tan principal como el primero, que si no cumplimos el amor del segundo, el amor al prójimo no podemos decir que estemos amando a Dios. Cuánto tenemos que hacer en este sentido.