viernes, 5 de febrero de 2016

No nos podemos ocultar a nosotros mismos en nuestra realidad pecadora sino confiarnos a la misericordia de Dios que nos perdona y restaura nuestra vida

No nos podemos ocultar a nosotros mismos en nuestra realidad pecadora sino confiarnos a la misericordia de Dios que nos perdona y restaura nuestra vida

Eclesiástico 47,2-13; Sal 17; Marcos 6,14-29

Cuando Herodes oye hablar de Jesús comienza a runrunearle la conciencia. Cuando tenemos mala conciencia por algo que no hemos hecho bien tratamos de ocultarlo de alguna manera, queremos olvidarlo, no queremos ponernos a tiro de donde puedan recordarnos lo que hemos hecho mal y buscamos mil disimulos para tratar de calmarnos. Pero tarde o temprano aquellas cosas vuelven a salir a flote y comenzarán los remordimientos. Lo mejor sería enfrentarnos sinceramente con la verdad de nuestra vida, reconocer lo que hemos hecho mal y buscar donde en verdad podamos encontrar el perdón y la paz. Somos creyentes en el Dios de la misericordia y creo que deberíamos de saber cómo actuar.
Ya decía, a Herodes le llegaron noticias de Jesús; eran noticias un tanto contradictorias o al menos no claras como en general las gentes no tenían claro quien era Jesús. Las noticias que ahora le llegan a Herodes se nos parece a aquella encuesta, vamos a llamarlo así, que Jesús hizo entre sus discípulos preguntando qué pensaba la gente de El. ‘Unos decían: Juan Bautista ha resucitado, y por eso los poderes actúan en él. Otros decían: Es Elías. Otros: Es un profeta como los antiguos. Herodes, al oírlo, decía: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado’.
El evangelista nos narra con todo detalle lo sucedido. La situación de Herodes que vivía con la mujer de su hermano, las denuncias del Bautista, el encono que tenía Herodías contra Juan a quien quería quitar de en medio de la forma que fuese, el banquete, el baile de Salomé, las promesas hechas sin sentido ni cabeza de Herodes, y finalmente la petición de la joven con la decapitación de Juan.
Es toda una espiral de mal que se va agrandando más y más. Y es que cuando caemos en las redes del mal caemos en una pendiente muy resbaladiza que nos lleva de una situación mala a otra peor. Luego vendrán las malas conciencias por lo que hemos hecho y el miedo quizá a sincerarnos con nosotros mismos para reconocerlo y arrepentirnos.
El Papa nos ha convocado a este jubileo del año de la misericordia para que comprendamos que por muchos y muy grandes que sean nuestros pecados la misericordia del Señor es más poderosa. Bueno es que abramos nuestra conciencia con sinceridad y seamos capaces de reconocer nuestros errores y pecados. Son muchas las cosas malas que están apegadas a nuestro corazón, muchas las pendientes resbaladizas por las que caemos, situaciones egoístas y de malicia en nuestra vida, insolidaridad e hipocresías que nos afean el espíritu, amor propio y falsos respetos humanos, vanidades, orgullos, malos deseos, la fealdad del pecado que se apodera de nosotros y nos esclaviza.
Pero la misericordia del Señor cuando con humildad y amor nos acercamos a El siempre nos ofrece el abrazo del perdón y de la paz. Por eso no podemos andar ocultándonos a nosotros mismos sino siendo sinceros ante Dios. Seamos capaces de escuchar la voz del Señor que nos llama y nos invita a la conversión y a vivir en su amor.

jueves, 4 de febrero de 2016

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

Creemos en la fuerza de la gracia ‘gratuita’ de Dios y nos presentamos en pobreza y austeridad a hacer el anuncio del Reino

I Reyes 2,1-4.10-12; Marcos 6,7-13

Queremos siempre ver la pronta eficacia de todo lo que hacemos y para ello intentamos poner todos los medios que están a nuestro alcance, desde la inteligencia con la que estamos dotados, nuestros conocimientos y también todos los medios técnicos que la ciencia en el desarrollo humano que hemos ido realizando ha puesto en nuestras manos. Podríamos decir que es justo que hagamos así y ese desarrollo de ciencias y técnicas tendríamos que decir que las tenemos en bien del hombre y de la humanidad.
Pero también hemos de reconocer que no todo es eficacia, ni es fruto de unas técnicas que más o menos hayamos adquirido. Hay algo mas hondo en el ser humano, que ha de nacer de nuestro corazón y ha de trascender de alguna manera nuestra vida. No todo lo que hacemos es siempre buscando una eficacia o una ganancia humana.
Hay algo que podemos hacer saliendo de lo más hondo de nosotros mismos que no busque unas ganancias, sino que se hacen en nombre de la gratuidad. Pareciera que lo gratuito no está de moda, pero es algo que ennoblece el corazón del hombre. Y el valor de las cosas también hemos de reconocer no está en la riqueza de medios que podamos poner en conseguirlo.
Hoy Jesús al hacer el envío de sus discípulos a anunciar el Reino nos está sugiriendo ese principio y ese valor de la gratuidad, pero también el de la austeridad. El valor del anuncio del Reino no está en los medios que podamos emplear, sino que con generosidad de corazón hemos de descubrir la fuerza y el valor que tienen en si mismos la Palabra de Dios que anunciamos. No son nuestras fuerzas o saberes humanos sino que es el fruto de la gracia de Dios que se siembra en el corazón del hombre y a lo que el hombre ha de responder con su libertad.
Por eso Jesús al enviar a sus discípulos las recomendaciones que les hace son las de la austeridad y la gratuidad. Lo que gratis habéis recibido, darlo gratis. Y no es en la fuerza de los medios humanos, sino que es la fuerza de la gracia de Dios. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto’.  Fijémonos en las palabras de Jesús que reclaman esa austeridad de medios. Pero también en la gratuidad con que hemos de marchar. ‘Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’. Y como nos dirá en otro momento, ‘comed lo que os pongan’. Vamos a compartir, y compartimos el mensaje que llevamos y compartimos lo que allí puedan o quieran ofrecernos.  
           Podríamos decir que el único bagaje que tenemos que llevar es el del amor. ‘Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Por eso curaban a los enfermos, expulsaban los demonios, iban repartiendo amor. Son las mejores señales del Reino de Dios que habían de anunciar con sus palabras y con su vida.
Todo esto nos tendría que hacer reflexionar mucho también en nuestra tarea pastoral que muchas veces se nos puede quedar en programaciones o en los medios más modernos que podemos utilizar. Están bien una cosa y otra, pero confiemos en lo que es la fuerza de la gracia; anunciemos con la gratuidad total de nuestra vida; no temamos presentarnos con escasez de medios preocupados excesivamente porque no los tenemos, porque esto podrían ser síntomas de una riqueza que llevamos apegada al corazón.
Confiémonos a la gracia de Dios. Presentémonos pobres porque así entenderemos el lenguaje de los pobres y los pobres entenderán nuestro lenguaje.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Una capacidad de sorpresa en nuestro corazón nos llevará a descubrir mejor el misterio de Dios que se nos revela y la belleza de los valores que hay en los demás

Una capacidad de sorpresa en nuestro corazón nos llevará a descubrir mejor el misterio de Dios que se nos revela y la belleza de los valores que hay en los demás

2Samuel 24,2.9-17; Sal 31; Marcos 6,1-6

Qué distintas serian nuestras relaciones y nuestra convivencia si supiéramos aceptarnos con sinceridad, sin poner cortapisas ni limitaciones al concepto que podamos tener de los demás. Nos llenamos fácilmente de prejuicios y de antemano sin conocer bien a las personas ya las juzgamos y las marcamos. Porque es de aquí o de allí, porque tiene esta familia o porque me dijeron un día no sé qué cosas, porque tiene una apariencia determinada, porque en un momento determinado se manifestó pensando distinto a nosotros, ya vamos poniendo marcas que son como limitaciones a nuestra convivencia con esas personas.
Lo vemos en la vida diaria, en la manera como miramos con excesiva distancia al que no conocemos, o en los limites que ponemos en el dialogo y la relación con los otros. Nos volvemos desconfiados, y aunque hablemos quizá de hospitalidad le hemos puesto cerraduras a nuestro corazón y no dejamos entrar en nuestra vida a cualquiera que no cuadre con esas líneas divisorias o limites puestos de antemano. Cuantos ejemplos podríamos poner de tantas cosas como vemos a nuestro alrededor en la vida social, en la vida política, en tantas cosas que suceden en nuestra sociedad y que por esos límites no sabemos encontrarle una verdadera solución.
Me lleva a hacerme esta reflexión previa el texto del evangelio que hoy se nos propone en la liturgia del día, pero mirando al mismo tiempo las cosas que suceden en nuestra sociedad, que están sucediendo, hemos de reconocer, ahora mismo.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús fue a su ciudad, y el sábado fue a la sinagoga y haciendo la lectura se puso a enseñar, a hacer el comentario, como se hacia todos los sábados en todas las sinagogas judías, en que se leían la ley y los profetas. La gente estaba admirada por su enseñanza. Lo que en principio era un orgullo de pueblo, pues era uno de los de ellos, pronto se volvió en contra. Era uno de ellos, pero ¿de donde había sacado aquella enseñanza y aquella doctrina? Si conocemos su familia, sus parientes viven aquí entre nosotros, ¿de donde la viene esa sabiduría? Comenzaban a desconfiar. Siembra dudas y pronto habrás creado la desconfianza total que hace que nos volvamos en contra de aquel que quizá en principio admirábamos.
Es lo que sucedió entonces. Por eso terminará diciéndoles Jesús aquel refrán de antiguo que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Surgen las dudas y surgen los prejuicios. Era uno de ellos, ¿quién era él para atreverse a levantarse en la sinagoga para enseñarles? Y no creyeron en Jesús. Se queja Jesús de su falta de fe.
Es necesario dejarse sorprender por el misterio de Dios. No es lo que nosotros imaginamos o lo que nosotros tengamos planeado. Las medidas de Dios no son las medidas de los hombres y el amor de Dios no tiene la limitación que pueda tener nuestro amor humano. Dios nos supera. Será Él el modelo y ejemplo de lo que tiene que ser nuestro amor. Tenemos muchas veces ideas preconcebidas de lo que tiene que ser Dios, pero su inmensidad y la inmensidad de su amor supera todos nuestros límites humanos. Por eso su amor será siempre para nosotros una sorpresa; tenemos que dejarnos sorprender por su amor porque es un amor infinito.
Es también la capacidad de sorpresa con que hemos de ir también al encuentro con los demás, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios, para poder ser capaz de admirar la belleza de los valores que hay en los demás. Si lleváramos bien abiertos los ojos sin ningún cristal que le de algún especial color o que pueda distorsionar lo que vemos, nos sorprenderíamos de verdad ante tanto bueno que siempre vamos a encontrar en los demás.

martes, 2 de febrero de 2016

Nos ha visitado el sol que nace de lo alto para traernos la salvación y Maria siempre nos conduce hasta la luz de Jesús

Nos ha visitado el sol que nace de lo alto para traernos la salvación y Maria siempre nos conduce hasta la luz de Jesús

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto’, había cantado y profetizado Zacarías en el nacimiento del Bautista. Daba gracias y bendecía a Dios porque ha visitado y redimido a su pueblo’.
Hoy a los cuarenta días del nacimiento de Jesús le vemos entrar en el templo, en brazos de María para ser presentado al Señor conforme a la ley de Moisés con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones. Pero allí estaba el anciano Simeón esperando esa visita del Señor; hombre anciano y justo que esperaba el futuro consuelo del Señor para su pueblo. Ahora da gracias, ya puede morir, sus ojos han visto al Salvador, en sus brazos está ese Sol que venía de lo alto para iluminar nuestras tinieblas, para que el pueblo pueda cantar verdaderamente la gloria del Señor.
Es lo que hoy estamos celebrando. Es la luz que brilla para iluminar las naciones; es la luz que viene a disipar para siempre nuestras tinieblas de muerte con su redención; es el Señor que viene a visitar a su pueblo; es la liberación de Israel, pero es la liberación de todos los corazones porque ha venido a liberar a los oprimidos; es el Señor.
Por eso la liturgia de este día hace resaltar dos cosas. Por una parte la luz iniciando la celebración con nuestras velas encendidas en nuestras manos porque vamos al encuentro del Señor. Esa luz que se nos dio en nuestro bautismo para que mantuviéramos siempre encendida hasta que vayamos al encuentro definitivo con el Señor. Es esa luz de la fe y del amor que va a iluminar para siempre nuestra vida; la tenemos que llevar en el corazón, tenemos que sentirnos envueltos de esa luz para que nosotros también iluminemos, no con nuestra luz, sino con la luz de Jesús. A la hora de nuestra muerte va a estar encendida junto a nuestro cadáver esa luz de Cristo resucitado en el símbolo del cirio pascual. Es una luz que es anuncio de vida y de resurrección.
Por otra parte necesariamente cuando contemplamos a Jesús entrar en el templo hemos de verlo en brazos de su madre. Hoy, siendo una fiesta de Jesús, es eminentemente también una fiesta mariana. Contemplamos a María, la que tuvo la misión de traer esa luz al mundo con el Sí de la anunciación. Por eso, recordamos como en el momento del nacimiento de Jesús todo eran resplandores de luz, manifestándose así la gloria del Señor con el cántico de los ángeles.
Nosotros los canarios tenemos una hermosa y bien significativa imagen de la Virgen, la portadora de la luz, la Candelaria como nosotros la llamamos. Así la contemplamos en su imagen, en sus brazos Jesús verdadera luz del mundo, pero como para recordarnos que tenemos que mirar hacia la verdadera luz para dejarnos iluminar por ella, en su mano porta también una candela encendida. No es la luz de la candela la que nos alumbra, sino que es Jesús, verdadero sol que nace de lo alto, como antes decíamos, que viene con el calor de su amor para iluminar nuestra vida con la luz de la fe.
Contemplamos, sí, a María, que siempre nos estará señalando la dirección de la luz porque siempre nos estará llevando a Jesús, porque siempre nos estará diciendo, escuchadle ‘haced lo que El os diga’. Que escuchemos esa voz de la madre que no hace otra cosa que trasmitirnos la voz de Dios. En ella vemos un hermoso signo de cómo hemos de escuchar a Dios para llenarnos de su luz. Que María de Candelaria nos envuelva siempre con la luz de Cristo para que nunca volvamos a caer en las tinieblas del pecado. Es la visita de Dios a su pueblo que ha llegado a nosotros con su amor y nos ha redimido. Caminemos siempre a su luz igual que caminamos peregrinos hoy tantos canarios hasta Candelaria porque siempre en esa peregrinación de nuestra vida estará con nosotros su luz.

lunes, 1 de febrero de 2016

Compartir con los demás las maravillas que la misericordia del Señor realiza en nosotros es una forma de hacer un anuncio de Jesús

Compartir con los demás las maravillas que la misericordia del Señor realiza en nosotros es una forma de hacer un anuncio de Jesús


Samuel 15,13-14.30; 16,5-13ª; Sal 3; Marcos 5,1-20

‘Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia’. Estas palabras de Jesús al hombre del que había expulsado a los espíritus inmundos puede ayudarnos a reflexionar.
Hemos de reconocer que en algunas ocasiones somos muy habladores para contar nuestras aventuras y fantasías, pero que sin embargo no siempre nos damos a conocer allá en lo más hondo de nosotros mismos y hay cosas de las que no queremos o no sabemos hablar. No significa que tengamos que ir contándole nuestros secretos a todo el mundo, pero sí reconocemos que aunque habladores de cosas materiales o terrenas por llamarlas de alguna manera, sin embargo de lo más íntimo de nosotros, de nuestra vida espiritual no hablamos.
Seguro que tenemos alguna experiencia de nuestra espiritualidad, de lo que es la vivencia de nuestra fe, pero de eso nos cuesta hablar, nos cuesta compartir con los demás, nos encerramos y nos lo guardamos para nosotros mismos, sin pensar cuanto bien podríamos hacer a los demás en esa comunicación de nuestra experiencia de Dios, de lo que realmente vivimos en nuestro encuentro con el Señor allá en la intimidad de nuestro corazón. Esto de alguna manera a todos nos sucede, e incluso hasta entre los que viven una vida religiosa en común esas cosas no se comparten.
Cuanto bien podríamos hacer en nuestros hogares si hubiera esa sincera comunicación espiritual entre esposos, entre padre e hijos, entre hermanos. Quizá nos reducimos a decirle a nuestros hijos tienes que rezar, tienes que ir a la iglesia, tienes que ser bueno… pero ¿qué saben ellos de lo que verdad nosotros vivimos en nuestro interior en nuestro encuentro con el Señor? No es cuestión solo de decirles que tengan que rezar, sino que ellos descubran de verdad lo que es la oración a través de lo que es nuestra oración.
Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que Jesús le había dicho a aquel hombre de quien había arrojado la legión de espíritus inmundos. Aunque las gentes de Gerasa no quieren saber de Jesús e incluso le piden que se vaya a otro lugar – esto nos daría para más reflexiones – aquel hombre agradecido por haberle curado quiere irse con Jesús, quiere formar parte del grupo de los discípulos cercanos a Jesús. Pero Jesús le dice que se quede, que vaya a contarle a su familia lo que Dios en su misericordia ha hecho con él. Es la Buena Nueva que tiene que anunciar, porque es el Reino de Dios que se ha plantado en su corazón.
Que seamos capaces de compartir con los nuestros esas maravillas que la misericordia del Señor obra en nosotros. Una forma de bendecir a Dios y alabarle agradecido por cuantas cosas realiza en nosotros es hacer ese anuncio a los demás, pero un anuncio que nazca de nuestro compartir más profundo, un anuncio que arranca de lo que el Señor hace en nosotros.
Cuando decimos que tenemos que realizar una nueva evangelización, un nuevo anuncio del Evangelio, partamos de esa experiencia de Dios que tenemos, contemos a los demás cuánto de bueno el Señor realiza en nosotros. Es una buena nueva, la buena noticia que tenemos que trasmitir; así hacemos anuncio de verdad de Jesús; no solo le vamos a decir a la gente que hay que tener fe, que hay que venir a la Iglesia para escuchar la Palabra de Dios; hagámoslo de esa experiencia vital de nuestra vida y nuestro anuncio será más creíble.


domingo, 31 de enero de 2016

Jesús nos pide autenticidad, fidelidad y sinceridad para escuchar su Palabra que se traduzca en la vivencia de los valores del Reino de Dios

Jesús nos pide autenticidad, fidelidad y sinceridad para escuchar su Palabra que se traduzca en la vivencia de los valores del Reino de Dios

Jer. 1, 4-5. 17-19; Sal. 70; 1Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30
¿Por qué seremos tan volubles, tan variables en lo que hacemos o pensamos? En un momento determinado nos entusiasmamos por algo, queremos hacerlo y hasta le decimos a todo el mundo lo estupendo y maravilloso que es, pero pronto nos cansamos, vamos perdiendo la intensidad, y terminamos por no hacerlo o hacer lo contrario; admiramos a una persona y todo lo que vemos en ella son maravillas, cualidades, valores y no sé cuantas cosas buenas, pero al menor contratiempo con esa persona porque no hizo lo que nosotros queríamos o no nos concedió lo que le pedíamos, nos volvemos en su contra, todo son defectos y cosas malas, la criticamos y si pudiéramos hasta la escachábamos. Podríamos poner más ejemplos  de esa manera nuestra de ser desde nuestras inconstancia, desde nuestros caprichos y orgullos, y desde la malquerencia que se nos mete fácilmente por dentro.
Tendríamos que pensarnos más las cosas, saber respetar y valorar las personas desde lo más hondo, no dejarnos conducir por nuestros caprichos, tener la humildad para reconocer que no siempre se nos puede dar lo que pedimos. De alguna manera parecemos niños caprichosos; indica muchas veces la poca madurez que puede haber en nosotros para mantener una fidelidad y una lealtad. Y eso nos sucede en todos los ámbitos de la vida y fácilmente nos vamos creando barreras que nos separan y que nos alejan.
Me hago esta reflexión preliminar – que nos viene bien para reflexionar sobre nuestra manera de hacer las cosas – porque es lo que vemos en el evangelio de hoy. Cuando Jesús fue a su pueblo y se levantó el sábado en la sinagoga para hacer la lectura del profeta y el comentario a la misma, todos los ojos estaban fijos en él y en principio todo eran alabanzas y orgullos, porque era uno de ellos con sus parientes allí en su pueblo, ‘admirados además de su sabiduría y de las palabras de gracia que salían de sus labios’.
Pero pronto aquellas alabanzas se tornaron en furias e improperios de manera que lo echaron fuera del pueblo y querían despeñarlo por un barranco. ¿Qué había pasado? Esperaban quizá al Jesús taumatúrgico que allí les hiciera muchos milagros para contentarlos, como habían escuchado que hacía en otras partes. Jesús quiere hacerles comprender que su mensaje es mucho más que unos milagros que se hagan y que no se pueden tomar como un juego. Recordamos como más tarde Herodes allá en Jerusalén cuando se lo envía Pilatos quería también que entretuviera a su corte con algunos milagros.
Es lo que les cuesta comprender a sus convecinos de Nazaret. Es necesario de verdad poner toda nuestra fe en Jesús y en la Buena Nueva que El anuncia, y eso será lo importante. Cuando había comenzado a predicar ese era su primer anuncio ‘convertios y creed en la Buena Noticia de la llegada del Reino’. Y esa conversión implicaba toda una vuelta del corazón, toda una vuelta de la manera de pensar y de entender lo que era el Mesías o lo que había de hacer un profeta.
El comenzaba a predicar el Reino de Dios allí entre su pueblo, el pueblo de Israel heredero de las promesas de Dios. Pero si no eran capaces de aceptar el mensaje de Jesús otros lo aceptarían aunque no perteneciesen al pueblo escogido. Y les recuerda lo sucedido en los tiempos de Elías, el gran profeta, y de Eliseo. En tiempos de hambre el Señor había realizado maravillas con aquella mujer fenicia, porque hubo desprendimiento en su vida y apertura del corazón a Dios. Y lo mismo sucedió con Naamán, el sirio, que se vio beneficiado por la acción de Dios a través de su profeta, siendo curado de la lepra. Y ninguno de los dos pertenecía  al pueblo de Israel.
Pero eso también lo podemos ver entre nosotros. Muchas veces nos encontraremos con gente que vive con mayor intensidad los valores del Reino de la justicia, de la solidaridad, de la autenticidad de una vida, de la generosidad del corazón para el compartir, del desprendimiento y de la austeridad, aunque no aparezcan nunca por la Iglesia, mucho más digo, que los que estamos pegados al altar todos los días, por decirlo de alguna manera.
Esas personas están más cercanas y abiertas al Reino de Dios que muchos de los que estamos todo el día en la Iglesia pero no somos capaces de desprendernos generosamente de algo para compartir con los demás o no nos queremos nunca comprometer en tareas que hagan mejor nuestro mundo. Y lo malo es que luego juzgamos, criticamos y hasta condenamos a esas personas porque no son de los nuestros.
Es una buena llamada de atención la que nos hace hoy la Palabra de Dios. Tenemos mucho que reflexionar y examinar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros comportamientos, nuestra manera de actuar. Decimos que creemos en Jesús y nos llamamos cristianos pero quizá no somos capaces de vivir un amor como el que nos pide Jesús y que vemos reflejado en su propia vida, y como nos describe hoy san Pablo en ese hermoso texto de la carta a los Corintios.
Amor de verdad que no sean solo palabras; amor paciente, afable, comprensivo, buscador siempre de la justicia y del bien; amor que no se queda en apariencias ni vanidades, que no se deja apagar por los orgullos o por el amor propio, que está siempre dispuesto a perdonar; amor que disculpa, que confía y cree en las personas, que no pierde nunca la esperanza, que nos hace vivir de una forma bien comprometida, que nos hace llegar hasta el final como nos enseñaría Jesús que no hay amor que el de aquel que es capaz de dar su vida por el hermano.
¿Será así nuestro amor? ¿No estaremos muchas veces poniéndole límites al amor, porque claro decimos, no nos vamos a quedar sin nada o esa persona no se lo merece? Miremos cuántos límites, cuántas reservas, cuántas discriminaciones vamos haciendo en la vida. Miremos esa malicia que no acabamos de arrancar del corazón para desconfiar, para no aceptar a todos de la misma manera, para mantener distancias, para no perdonar.
Ahora quizá podamos tener también la tentación de aquellas gentes de Nazaret, no nos gustan estas palabras, porque nosotros somos tan buenos… Tengamos la humildad de aceptar el mensaje de Jesús y dejarnos interpelar por su Palabra. Creemos en Jesús y queremos plantar su Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida.

sábado, 30 de enero de 2016

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

2Samuel 12,1-7a.10-17; Sal 50; Marcos 4,35-41

Se suele decir que la vida es un camino, un camino que vamos recorriendo con nuestra existencia día a día en búsqueda de nuestro desarrollo personal, trazándonos metas que queremos alcanzar, buscando también el desarrollo armónico de ese mundo en el que vivimos; camino en el que nos salimos de nosotros mismos para ir al encuentro con el otro con lo que es mi vida, pero aceptando y acogiendo su vida con lo que mutuamente nos enriquecemos; en camino que los creyentes vivimos llenos de trascendencia porque sabemos que no nos quedamos en lo que cada día ahora vivimos sino que esa plenitud que deseamos solo la podemos encontrar en Dios.
Un camino que desearíamos que siempre estuviera lleno de luz, pero que sabemos que nos vamos a encontrar muchas sombras y oscuridades en su desarrollo; nos aparecerán tormentas de todo tipo en nosotros mismos porque aunque siempre aspiramos a lo mejor sin embargo en muchas ocasiones confundidos no escogemos lo mejor y eso nos traerá siempre consecuencias; tormentas en los problemas que la misma vida nos da porque algunas veces se hace dificultoso ese encuentro con los otros o con esa sociedad en la que vivimos; y no digamos cuando nos atenaza el dolor o el sufrimiento ya sea físico en nuestras enfermedades, o ya sea algo más profundo al constatar quizá nuestras propias limitaciones.
Es un camino que como creyentes que somos sabemos que no lo hacemos solos. Al crearnos Dios nos ha puesto en ese camino de la vida, pero con fe podemos sentir su presencia. Jesús, con su mensaje de salvación quiere también ponernos en camino, ‘id…’ nos dice y nos confía una misión en ese mundo global en el que vivimos. ‘Vamos a la otra orilla… y tal como estaban subieron a la barca para atravesar el lago’, nos dice hoy el evangelio.
Allí estaba con ellos, y es bien significativo que se durmió allá en un rincón de aquella barca. Y surgió la tormenta. ‘Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’.  Y los discípulos estaban asustados, tenían miedo a pesar de tantas veces que habían atravesado el lago y también quizá en medio de tormentas. Ahora les parecía sentirse solos porque Jesús dormía y no se despertaba a pesar de lo fuerte de la tormenta.
Les parecía sentirse solos. Como nos sucede muchas veces a nosotros cuando tenemos que enfrentarnos a esas tormentas o a esas oscuridades de la vida que antes mencionábamos. Nos parece ir a la deriva y que no hay norte que nos guíe o nos libere de esa fortaleza que nos tienta y pone a prueba nuestra fe.
Por fin despertaron a Jesús. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ poco menos que le reclaman. Es el grito de la angustia. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ ¿Por qué somos tan cobardes? ¿Dónde hemos puesto nuestra fe? Tendríamos que ser nosotros los que reflexionáramos y nos preguntáramos por nuestra fe. Allí está Jesús, aquí está Jesús que con El sabemos seguros que tendremos la victoria.
Despertemos nuestra fe porque somos nosotros los que nos dormimos y muchas veces nos olvidamos de nuestra fe.  Aunque nos parezca que Dios no nos oye, El está ahí siempre a nuestro lado. Es nuestra fortaleza. Es la Roca segura de nuestra salvación. Con El siempre tendremos la luz que venza la oscuridad aunque las tinieblas quisieran vencer la luz.
Sigamos haciendo el camino seguros de la presencia del Señor, conscientes de cual es nuestra tarea y cual nuestra meta, sin temor a la oscuridad porque nunca nos faltará su luz. Busquemos esa plenitud de nuestra vida que ahora nos vaya enriqueciendo y vaya enriqueciendo ese mundo que nos rodea haciéndolo mejor.

viernes, 29 de enero de 2016

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

2Samuel 11,1-4a. 5-10a.13-17; Sal 50; Marcos 4,26-34

Es hermosa la imagen de la semilla que es plantada y que a su tiempo germina, crece una planta y llega a dar frutos. Es el misterio de la vida. Es la imagen que yo diría nos da esperanza en la vida. Es la imagen que Jesús nos propone hoy en el Evangelio para hablarnos de Jesús. No es la única parábola que Jesús nos propone con la imagen de la semilla. Nos hablará en otras ocasiones con distintas referencias ya sea porque nos habla de la tierra en que es sembrada esa semilla, o porque con la buena semilla se entremezclan también las malas semillas que nos llenarán de la cizaña del mal.
Hoy simplemente nos hace fijarnos en la semilla en si misma capaz de germinar en la vida y llenarnos de frutos buenos. Nos dice así es el Reino de Dios que nos llena de vida, que tiene en si mismo la fuerza de la gracia de Dios. Es la semilla que El vino a plantar entre nosotros que tiene que llegar a transformar nuestro mundo. Es la semilla, sí, que ha puesto en nuestras manos para que nosotros continuemos la siembra, conscientes y seguros de la fuerza del Reino, de la vida que nos trae la Palabra de Dios con la seguridad de que un día ha de dar fruto.
Como ya expresaba desde el principio es una imagen que nos llena de esperanza. Un día esa semilla germinará y tiene fuerza en si misma para transformar nuestro mundo. Muchas veces cuando queremos hacer el bien, cuando educamos o queremos trasmitir cosas buenas a los que nos rodean, cuando luchamos por ser mejores nosotros mismos pero también por hacer que nuestro mundo sea mejor, podemos sentirnos defraudados porque no vemos el resultado de nuestro trabajo tan pronto como nosotros querríamos.
Pero tengamos esperanza, confiemos en la fuerza de esa semilla del Reino de Dios que nosotros queremos plantar. Seamos capaces de tener una mirada positiva para ir viendo también cómo van surgiendo muchas señales de ese Reino de Dios en tantas personas buenas, en tanta gente que lucha por la verdad y la justicia, en tantos que trabajan comprometidos por hacer que nuestro mundo sea más humano y mejor, en quienes se esfuerzan por vayan apareciendo destellos de paz.
Muchas veces, por ejemplo, los padres se preguntan qué habré hecho mal, quise educar bien a mi hijo, trasmitirle unos buenos valores, pero mira por donde andan. Yo pienso, no nos sintamos derrotados; pensemos que esa buena semilla que un día quisimos plantar en ellos algún día germinará. Sigamos cuidando que haya buena tierra y abonémosla al menos con nuestros buenos deseos, pero además desde nuestro sentido de creyentes con nuestra oración. La esperanza no nos puede faltar nunca en nuestra vida.
Es el Reino de Dios que se hace presente entre nosotros, que quiere surgir con fuerza en nuestro corazón y que también podemos y tenemos que ver en las cosas buenas de los demás. Vivamos con esperanza.

jueves, 28 de enero de 2016

Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo

Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo

2Samuel 7,18-19.24-29; Sal 131; Marcos 4,21-25

¿Para que queremos un farol o una linterna si los tenemos apagados? ¿Para qué encendemos una luz si la metemos en el cajón? La luz es para que nos ilumine; la luz no nos la podemos guardar para nosotros solos. Si vamos haciendo juntos un camino en la noche oscura ya pondremos la luz en el lugar más oportuno para que alumbre los pasos de todos, igual que si la encendemos en una habitación donde habemos muchos la pondremos en un lugar alto para que el resplandor de esa luz llegue a todos.
Así tiene que ser nuestra vida de cristianos; así tiene que ser la fe que vivimos. Tenemos que ser luz, tenemos que iluminar nuestro mundo para que encontremos el camino y el sentido de ese camino. No sé, pero pareciera que algunas veces los cristianos olvidamos eso. Podemos ser muy devotos pero si nos quedamos en nuestros rezos y encerrados en nuestros templos, y cuando salimos fuera no somos capaces de llevar esa luz que encontramos en Cristo a los demás, nuestra vida andaría coja, por así decirlo.
Por supuesto como creyentes vamos a buscar la luz allí donde sabemos que encontraremos la luz verdadera que va a dar sentido a nuestra vida y a nuestro mundo; vamos hasta Jesús y nos queremos llenar de su luz; vamos hasta Jesús y en El encontraremos el sentido de todo. Pero no escondamos esa luz ni nos la guardemos para nosotros mismos. Esa luz tiene que ser dentro de nosotros como un fuego que nos impulse a ir a los demás y a nuestro mundo. Una antorcha es un fuego encendido que arde desde lo más adentro de ella misma para poder iluminar, para poder llevarla señalando caminos.
Es lo que tenemos que hacer los cristianos. No nos podemos quedar tan tranquilos cuando vemos tantas tinieblas a nuestro alrededor, en tantos odios, en tantas violencias, en tanto egoísmo e injusticia, en tanta mentira y falsedad, en tantas personas que sufren, en tanta falta de paz. No nos podemos cruzar de brazos. Tenemos que poner manos a la obra y allí donde haya odio yo ponga amor, allí donde haya violencia yo ponga paz, allí donde haya injusticia nosotros luchemos por la justicia y el bien, allí donde hay mentira e hipocresía yo haga brillar la verdad, allí donde hay personas que sufren sepa llevarles el bálsamo y la medicina que cure su dolor, allí donde hay carencias y necesidad yo ponga verdadera solidaridad.
En ese amor que vivimos y queremos contagiar a los demás, en esa paz que buscamos desde la reconciliación y el encuentro, en esa lucha por la justicia, en esa autenticidad con que me presento en mi vida, en ese consuelo que voy repartiendo, en esa esperanza que voy despertando, en esa sonrisa que nos llene de alegría el corazón,  yo iré entonces resplandeciendo con mi luz.
‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo. ¡Cuánto tenemos que hacer los cristianos!

miércoles, 27 de enero de 2016

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Todos soñamos con cosas buenas. Tenemos metas en la vida más o menos grandes, anhelamos conseguir cosas, los ideales nos mueven desde dentro, nos hacemos promesas de hacer siempre lo mejor. Pero bien sabemos que muchas veces no lo conseguimos; se nos quedan en el sueño de un momento mas o menos de fervor o entusiasmo, vienen los cansancios, somos inconstantes en el mantener la luchas por ir consiguiendo esos objetivos, nos rendimos ante las dificultades que vamos encontrando, o nos dejamos arrastrar por la rutina, por lo que hacen los demás para no llevar la contraria al ambiente. Solo los esforzados, los que no solo tienen claras las ideas o las cosas que quieren conseguir sino que han cultivado una fuerza interior serán capaces de alcanzar esas metas o ver realizados sus sueños al menos en gran parte, porque siempre desean más y lo mejor.
Esto podría ser una forma de hacer una lectura o de traducir a esa lucha nuestra de cada día la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio. Nos habla del sembrador, de una semilla, de un terreno más o menos favorable y de unos frutos que al final solo consiguen los que han sabido preparar una tierra buena y hacer un buen cultivo de aquella semilla en ellos plantada.
Es una clara referencia a la Palabra de Dios y al Reino de Dios que Jesús quiere plantar en nosotros y que hemos de saber cultivar. Con sus dificultades, con sus fracasos, con sus abandonos, o con el buen cultivo en nuestra vida de esos valores del Reino de Dios. La imagen la tenemos en Jesús, el buen sembrador que sale por los caminos y los pueblos, que anda en medio de las gentes siempre sembrando la semilla de la Palabra de Dios, de la Buena Noticia del Reino de Dios. No en todos fructificó, no todos lo acogieron de la misma manera, muchos incluso lo rechazaron, solo aquellos que fueron capaces de ser fieles, fieles en su fe y fieles en la gracia que el Señor en ellos iba derramando permanecieron hasta el final.
Nos miramos a nosotros y miramos a la Iglesia. No solo somos esa tierra en la que el Señor siempre esa buena semilla, sino que además nosotros también hemos de ser sembradores,  la Iglesia es sembradora en medio del mundo de esa semilla del Reino. Lo malo sería que no fuéramos buenos sembradores, que no pusiéramos todo el entusiasmo y todo el esfuerzo por hacer esa siembra; lo malo seria que en el sembrador ya hubiera también esa dureza del corazón porque no lo habría empapado de la misericordia y del amor divino; nos puede pasar a nosotros y le puede pasar también a la misma Iglesia. Que hubiera otras cosas que nos distraen o que nos atraen, que brillara demasiado en nosotros la vanidad de las apariencias o de las cosas ostentosas y no fuéramos lo suficiente humildes para presentarnos con sencillez y con amor en el corazón. Muchas piedras podremos encontrar en el camino, muchos zarzales que nos enreden o muchos perfumes que nos engañen. Como sembradores hemos de ser los primeros en ser tierra buena y cultivada, nosotros y la Iglesia.
Hace referencia a lo que es nuestra vida de cada día con sus sueños y con sus metas, como decíamos al principio. Serán nuestros trabajos y responsabilidades, será nuestra familia, será ese circulo donde convivimos, será ese mundo con el que tenemos que sentirnos comprometidos para hacerlo mejor poniendo nuestro grano de arena, sembrando nuestra buena semilla. Que nada nos aparte de nuestras metas, que nada nos engañe ni nos distraiga, que no  nos pueda el cansancio ni la rutina, que haya en nosotros perseverancia y esfuerzo, que haya en nosotros apertura a la gracia del Señor para dejarnos motivar y conducir. Podremos llegar a dar fruto hasta del ciento por uno, como nos dice la parábola.

martes, 26 de enero de 2016

María, antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios que se hacia hombre, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios

María, antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios que se hacia hombre, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 3, 31-35

En la Sinagoga de Nazaret sus conciudadanos se habían puesto orgullosos cuando Jesús se había adelantado a hacer la lectura del profeta y hacer los comentarios. Era uno de allí que conocían de siempre, era el hijo de José el carpintero, el hijo de María y allí estaban sus parientes. Su relación de vecindad y los lazos familiares hacían que se llenaran de orgullo al tiempo que se preguntaban que de donde sacaba todas aquellas cosas porque nadie había hablado hasta entonces como El.
Hoy contemplamos como se acercan a Jesús sus familiares mientras está reunido con una multitud grande de gente que ansiaba escuchar su Palabra. ¿Pretenden sus familiares aprovecharse de su relación para poder acercarse a Jesús y tomar los mejores puestos en medio de la gente? Si no fuera porque se menciona expresamente que allí está la madre de Jesús podríamos pensar eso. De todas maneras los cercanos a El se lo anuncian. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’. Como para que El sabiendo que está allí su madre y su familia busque los mejores puestos para ellos.
Pero a su lado están todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios. De ahí la respuesta de Jesús que no es un desprecio a su madre ni una minuvaloración de los lazos familiares. Los importantes en su reino son los que humildemente se acercan a El queriendo en verdad escuchar la Palabra de Dios para llevarla a su corazón, para plantarla en sus vidas, para hacerla vida de sus vidas. De ahí la respuesta. ¿Veis todos estos que están aquí en mi entorno ansiosos de mi Palabra? Esos son los ahora importantes. ¿Quiénes son en verdad mi familia? Mirad a todos estos.  Los que en verdad quieren plantar la Palabra de Dios en sus vidas, esos son mi madre y mis hermanos, esa es la verdadera familia de los hijos de Dios, porque los que acogen la Palabra y creen en ella se convierten en hijos de Dios.
No son los lazos de la carne o de la sangre, no es simplemente la pertenencia a un mismo pueblo, son esos lazos humanos tan hermosos que podamos tener los unos con los otros, es la acogida a la Palabra, es el creer en la Palabra plantadla en su corazón, haciéndola vida de su vida. Y recordaríamos aquí también el principio del evangelio de san Juan. ‘A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio el poder ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’.
¿Qué decir de María? ¿Era o no era en verdad la madre de Jesús? No lo podemos poner en duda, pero partiendo también de estas mismas palabras de Jesús en ellas podemos ver la mejor alabanza de María. Ella había engendrado en su corazón la Palabra de Dios, porque ella fue siempre la mujer abierta a la Palabra del Señor. Toda su vida fue un ‘fiat’, un ‘hágase en mí la voluntad del Señor’. Si en la carta a los Hebreos vemos a Jesús que al entrar en el mundo había dicho, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, a María la contemplaremos siempre diciendo ‘sí’ a Dios. Ella antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios.
Podríamos recordar aquí también la respuesta de Jesús cuando aquella mujer anónima levanta su voz en medio de la multitud para alabar a la madre de Jesús ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’, a lo que Jesús replicará también como una alabanza a María, ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.


lunes, 25 de enero de 2016

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

 Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

‘¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús, a quien tu persigues... ¿Qué debo hacer, Señor?’ Es el diálogo que se desarrolló en el camino de Damasco. Y Saulo cayó. No es solo el hecho de que rodara por tierra en aquel momento ante el impacto de la visión. Saulo se cayó de su orgullo y de su prepotencia, de su fatalismo y de su violencia. Saulo se transformó con la experiencia del encuentro con Jesús.
Es lo que hoy recordamos y celebramos. En su fanatismo religioso se había dedicado a destruir cuanto no fueran sus ideas. Por eso perseguía a los cristianos. Por eso iba ahora a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes que le autorizaban para coger a todos los que creyeran en el nombre  de Jesús y llevarlos presos a Jerusalén. Saulo se había formado sólidamente en la fe judía a los pies de su maestra Gamaliel. Se había hecho del partido de fariseos su fanatismo no tenía limites. Había sido incluso testigo de la muerte de Esteban encargándose de guardar los mantos de aquellos que le apedreaban, porque aun era muy joven. Pero todo aquello había ido haciendo mella en su corazón que se iba endureciendo más y más.
No contaba con las maravillas de la gracia divina, pues pensaba quizá que todo había de hacerlo por si mismo y no por las fuerza de las convicciones sino por la fuerza de la violencia. Ahora se iba a encontrar con otro Maestro, el Maestro que venía a su encuentro aunque él lo persiguiera, el Maestro que iba a trastocar todos sus planes violentos y le iba a enseñar que toda aquella energía de su corazón había de dedicarla a algo mejor. El que hasta entonces perseguía a los cristianos iba a convertirse en apóstol de los gentiles para traerlos a la fe, pero a la fe de Jesús.
Era, aunque él no lo sabía o lo había interpretado de manera equivocada, un elegido del Señor, un instrumento de salvación para muchos como le manifestara el Señor en la visión a Ananías. Se acabarían los recelos contra Saulo porque se había encontrado con el Señor y su vida iba a ser distinta. Al final de aquel encuentro había llegado a decir ‘¿qué quieres que haga, Señor?’ y se había dejado conducir por el Señor.
Como un ciego al que llevan de la mano fue al encuentro de la luz verdadera porque las otras luces lo habían cegado. Todos los gestos e imágenes de este relato son verdaderos signos para nosotros, que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor porque mientras no estemos con El andaremos también como ciegos por los caminos de la vida subidos sobre los caballos de nuestra soberbia que también nos hace violentos tantas veces e intolerantes.
Creo que es el mensaje sencillo pero capaz de transformar nuestro corazón que podemos recibir hoy en esta fiesta en que recordamos y celebramos la conversión de san Pablo. El Señor le dio otra oportunidad a Saulo para rehacer su vida y Saulo fue capaz de hacerlo. El Señor sigue dándonos oportunidades a nosotros; seamos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor y reconozcamos cuantas maravillas realiza en nosotros.
Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’