martes, 2 de septiembre de 2014

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

Se manifiesta el Reino de Dios en la fuerza de la Palabra de Jesús que nos libera de la muerte y del pecado

1Cor. 2, 10-16; Sal. 144; Lc. 4, 31-37
‘¿Qué tiene su palabra?’, comentaban estupefactos. ‘Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Es la reacción que se va produciendo ante la presencia de Jesús y su Palabra. ‘Hablaba con autoridad’, que decían las gentes.
Había sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres como escuchábamos ayer al profeta en la sinagoga de Nazaret. Su Palabra era Buena Noticia y las buenas noticias son siempre bien acogidas. Su Palabra era una palabra de vida y de salvación. Y serán los pobres, los que se sienten pobres los que sabrán acogerla. La pobreza en el espíritu hace que el corazón esté abierto, esté deseoso de una buena noticia que le traiga salvación. Por eso es tan bien acogido Jesús ahora en Cafarnaún. Allí estaban deseosos de escuchar esa Buena Nueva; se dejaban enseñar por Jesús.
Estos no van buscando orgullos patrióticos que les haga sentirse superiores, sino que con humildad se ponen ante Jesús con sus necesidades y sus males. No es que aquí venga a hacer lo que hace en otros sitios o a comparar si aquí hace más o menos que en los otros lugares. Esa Buena Noticia irá llegando a todos los lugares, y allí donde haya un corazón pobre sentirá la alegría y la esperanza que renace en su corazón que se llena de nueva vida; será capaz de admirarse ante las maravillas que se realizan ante tus ojos.
¡Cuánto tenemos que aprender! Para dejarnos sorprender por la Palabra de Jesús; es necesario tener ese corazón pobre y humilde, ese corazón de pobre para escuchar esa Buena Noticia que se anuncia a los pobres. Lejos de nosotros autosuficiencias o el creernos con derecho a todo; lejos de nosotros nuestros orgullos y nuestras exigencias; lejos de nosotros esas actitudes de los que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o enseñar. Actitudes así se nos pueden meter en el corazón y lo que hacen es cerrarlo a la vida y a la salvación que Jesús nos ofrece.
‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces’. Comenzaba a manifestarse el Reino de Dios en la Palabra de Jesús y el mal se oponía como la tiniebla quiere rechazar la luz. La luz quería resplandecer en las tinieblas del mal pero las tinieblas quieren sofocar la luz, como ya se nos había anunciado al principio del evangelio de Juan.
‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres: el Santo de Dios’, vociferaba el espíritu inmundo que poseía a aquel hombre. Pero allí está quien viene a hacer resplandecer la luz para siempre; allí está quien viene a liberar a los oprimidos por el mal, para liberarnos de toda esclavitud. Allí está la Palabra de Jesús llena de autoridad. ‘¡Cierra la boca y sal!’, le intimidó Jesús. ‘Y el demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’. Y viene la admiración de las gentes y la buena noticia se propaga por toda la comarca.
Viene la luz a iluminar nuestras tinieblas, llega la salvación a nuestra vida para arrancarnos de todas las cadenas del mal, pero a veces nos resistimos; no queremos reconocer el mal que hay en nosotros, no queremos dejarnos liberar por Jesús, no nos acercamos a Jesús con nuestro mal y nuestras tinieblas para llenarnos de su salvación. ¡Cuánto nos cuesta! A pesar de que decimos que tenemos fe y hasta nos acercamos a las cercanías de Jesús, pero quizá no damos los suficientes pasos de humildad para reconocer todo lo que hay de pecado en nosotros y seguimos arrastrándonos con nuestras cosas.

Que el Señor se haga presente en nuestra vida; que seamos capaces de poner humildad y amor en nuestro corazón; que la gracia del Señor de verdad mueva nuestra vida, nuestra voluntad para dejarnos llenar de esa salvación que Jesús nos ofrece. Dejémonos sorprender por la Palabra de Jesús y por salvación que El nos ofrece. No nos resistamos a la gracia del Señor.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

1Cor. 2, 1-5; Sal. 118; Lc. 4, 16-30
He de comenzar confesando que cuando tengo que anunciar o explicar la Palabra de Dios me siento en plena sintonía con lo que hoy expresa san Pablo en la carta a los Corintios. Me presento a vosotros débil y temblando de miedo’, por la grandeza que significa el anuncio de la Palabra de Dios y lo pequeño y pecador que me siento ante ella. ‘Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado’, dice el apóstol, y es lo que quiero anunciar, porque la fuerza de la Palabra de Dios no está en mis palabras ni en mis saberes, sino en la fuerza del Espíritu del Señor.
Dentro del ritmo de la proclamación de la Palabra en el tiempo Ordinario en medio de la semana, hoy comenzamos a proclamar el evangelio de san Lucas; hemos venido escuchando a san Mateo. Dejamos aparte todo lo referente al nacimiento y a la infancia de Jesús hasta su Bautismo en el Jordán, pues fueron textos que ya escuchamos en el tiempo de la Navidad y la Epifanía. Hoy partimos de su presentación en la sinagoga de Nazaret.
Jesús se presenta en su pueblo Nazaret, allí donde se había criado y donde estaban sus parientes, y el sábado en la sinagoga se puso en pie para hacer la lectura. Proclamó un texto de Isaías que viene a ser el gran anuncio de la misericordia del Señor que se nos va a manifestar en Jesús. ‘Es el año de gracia del Señor’. Como dirían en otra ocasión las gentes al contemplar las obras de Jesús ‘Dios ha visitado a su pueblo’, en consonancia también con lo cantado proféticamente por Zacarías en el nacimiento de Juan.
Donde y cómo se va a manifestar esa misericordia del Señor. El profeta habla de amnistía, de año de gracia. ¿Y qué es lo que se nos manifiesta en Jesús? Allí está el que viene a traer la salud a todos los que sufren, el que se nos manifiesta como luz para hacernos comprender el misterio de Dios y la grandeza del hombre, el que viene a liberarnos de la peor de las esclavitudes que pueden atenazar el corazón de los hombres.
Allí está Jesús, el ungido del Espíritu para anunciarnos que viene la hora del perdón y de la paz, que viene la hora de comenzar algo nuevo que llamaremos reino de Dios porque ya para siempre Dios va estar en el centro del corazón del hombre. Allí está el Mesías de Dios; no olvidemos que decir ungido es lo mismo que decir Mesías o decir Cristo, según el idioma que empleemos. Por eso proclamará Jesús al terminar de hacer la lectura: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Ya muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y hemos comentado la reacción de las gentes de Nazaret que si primero se manifestaron con admiración y orgullo porque Jesús era uno de ellos, allí estaban sus parientes y allí se había criado, al final lo rechazaron intentando incluso despeñarlo por un barranco que estaba a las afueras del pueblo. ¿Aceptamos o no aceptamos nosotros a Jesús también según nos convenga o no? Cuantas veces nosotros también ante el evangelio tenemos la tentación de hacer como apartados en los que hay unas cosas que nos gustan pero hay otras cosas que no nos caen tanto en gracia y fácilmente las olvidamos o incluso las rechazamos. Da qué pensar todo esto.
Pero quisiera terminar invitando a que nos hiciéramos una pregunta. ¿También hoy entre nosotros se podría decir como dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret ‘hoy se cumple aquí esta Escritura que acabáis de hoy’?
Se cumple esta Escritura porque también nosotros hacemos presente a Jesús si al menos servimos de consuelo para los que lloran a nuestro lado y somos capaces de despertar ilusión y esperanza en tantos que viven con el corazón atormentado; se cumple esta Escritura entre nosotros si con nuestro compartir estamos haciendo en verdad un mundo mejor donde nos amemos más; se cumple esta Escritura porque no solo queremos recibir el perdón y la gracia que el Señor nos ofrece, sino que también en nuestras relaciones mutuas y en nuestro trato somos también capaces de ser comprensivos con los demás, ofrecemos generoso perdón a quienes nos hayan ofendido y tratamos en todo momento de buscar la concordia y la paz en nuestra convivencia de cada día.
Muchas más cosas podríamos decir y reflexionar en este sentido. Cada uno tendría que pensar cómo va a hacer posible con su vida, con sus actitudes nuevas, con su manera de actuar y de comportarse que esta Escritura se cumpla también entre nosotros y así hagamos más presente a Jesús y su salvación en nuestro mundo, en ese mundo concreto en el que vivimos cada día.

domingo, 31 de agosto de 2014

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Jer. 20, 7-9; Sal. 62; Rom. 12, 1-2; Mt. 16, 21-27
Hay un versículo del evangelio del pasado domingo que casi nos pudo haber pasado desapercibido y con el que quiero iniciar esta reflexión. Podíamos decir que aquella recomendación que les había Jesús a los apóstoles después de la confesión de fe de Pedro la podemos entender mejor con lo que hoy hemos escuchado, que por otra parte es continuación lineal del texto del evangelio del pasado domingo.
‘Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. ¿Por qué esa recomendación precisamente después de la confesión de fe de Pedro ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’? Podría parecernos que no tenía sentido esa prohibición, si Jesús venía precisamente como Mesías y era lo que venía a realizar y así había de darse a conocer.
Había que entender bien lo que significaba ser el Mesías y lo entendemos ahora viendo la reacción de Pedro a las palabras que pronuncia Jesús hoy. ‘Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.  Jesús está anunciando su Pascua.
Era ese el sentido de Cristo Mesías que les costaba entender. Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Para ellos el Mesías era un caudillo triunfador que iba a liberar a Israel del sometimiento a los pueblos extranjeros. Se iba a restaurar el Reino de David, con todos aquellos esplendores, aunque eso significara mil batallas y guerras para expulsar al extranjero invasor y todo eso acaudillado por el Mesías. Era el concepto, la idea que tenían muchos en Israel.
‘No lo permita Dios. Eso no puede pasarte’, y se puso Pedro a increpar a Jesús porque no podía aceptar lo que Jesús les estaba anunciando, porque aquello sonaba a derrota y no a victoria. Pedro pensaba a la manera de los hombres. Ya se lo dirá Jesús. A Pedro le costaba entender los caminos de Dios. Por eso Pedro está comportándose como un tentador para Jesús.
‘Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar’, le dice Jesús a Pedro. Es como en las tentaciones del monte de la cuarentena. También allí el diablo tentaba a Jesús para que hiciera cosas extraordinarias, se presentara apoteósico delante de la gente para que causara admiración y la gente lo siguiera; estaba dispuesto Satanás a darle todos los reinos del mundo, si lo adoraba. Es la tentación repetida que va soportando Jesús como vemos a lo largo del evangelio; tanto que incluso cuando llegue el momento de comenzar la pasión llegará a pedirle al Padre que no suceda todo aquello que estaba anunciado. ‘Que pase de mi este cáliz’, pedirá en Getsemaní.
‘Quítate de mi vista Satanás, que me haces tropezar’, le dice ahora a Pedro porque está siguiendo las pautas del tentador. ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a El solo servirás’, había dicho Jesús en el monte de la cuarentena. Por encima estará siempre lo que es la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
La idea de Pedro es la de un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. No había aún aprendido a pesar como Dios. Cuando se había dejado conducir por el Espíritu del Padre allá en su corazón había hecho aquella hermosa confesión de fe, como recordamos. Pero ahora aparece el Pedro muy humano que se deja influir por lo que otros dicen, piensan o desean. Será la lucha no solo de Pedro sino de los discípulos siempre que estarán apeteciendo primeros puestos o recompensas. ‘A nosotros que lo hemos dejado todo ¿qué nos va a tocar?’ se preguntarán en más de una ocasión.
Por eso Jesús tendrá que repetirles una y otra vez el estilo y el sentido del verdadero discípulo que sigue a Jesús. Se sigue a Jesús no para imponerle sus caminos a Jesús, sino para seguir el camino de Jesús. También el discípulo tendrá que entender lo del camino de la cruz, el camino de la entrega, el camino de perder para sí mismo para poder ganar la vida que vale para siempre. Tendrá que aprender el discípulo que no valen las ganancias fáciles o que consigan tener todas las cosas si no tienen la más importante.
El que quiera venirse conmigo, el que quiera ser mi discípulo, ha de seguir mis mismos pasos, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿o qué podrá dar para recobrarla?
Cargar con su cruz, la propia, la que cada uno tiene en la vida. No es que busquemos la cruz por la cruz, el dolor por el dolor, o el sufrimiento por el sufrimiento. Jesús nos quiere felices; para nosotros ha trazado el camino de las bienaventuranzas que es querer llamarnos dichosos y felices. Ese camino de las bienaventuranzas que nos hablará de ser pobres y desprendidos, como nos hablará de pureza de corazón; que nos hablará de sentir dolor y sufrimiento con el sufrimiento de los demás en la búsqueda de la justicia y nos hablará de una vida comprometida totalmente en la búsqueda de la paz y del bien; como nos hablará de que no seremos comprendidos o incluso podemos ser vituperados o perseguidos. Pero en todo eso nos vamos a sentir felices y dichosos en la plenitud del Reino de los cielos.
No buscamos amarguras, pues, sino que queremos vivir como Jesús, queremos vivir en el amor. Y el que ama, se da, se entrega hasta el final. Y eso es costoso. No es un camino de rosas porque cuando amamos tenemos que saber negarnos a nosotros mismos para comenzar a pensar más en aquellos que amamos, cuando queremos emprender el camino de las bienaventuranzas ya sabemos a lo que nos comprometemos. Tenemos que aprender a decirnos no para hacer saltar los cercos que nos crean el egoísmo, la ambición, el orgullo y tantas pasiones. Y ahí tenemos la cruz.
Pero lo hacemos por amor. Tomamos la cruz por amor y con total libertad. Como subió Jesús de manera libre hasta Jerusalén aunque sabía que iba a costarle pasión, cruz, muerte, pero sabía que era el camino de la vida. Y no le fue fácil a Jesús porque la tentación estaba siempre presente, el tentador estaba al acecho, como estuvo en el monte de la cuarentena o como se vale ahora de Pedro para ser también una tentación para Jesús.
Es el camino que nosotros emprendemos, que sabemos que no nos será fácil porque también el tentador estará al acecho para hacernos tropezar. Cuántos escollos vamos a encontrar en nuestro propio corazón que tendremos que aprender a superar. Es cargar con la cruz, con mi cruz, pero que será el camino que nos llevará a la vida.
¿Cómo podremos llegar a emprender un camino así que sabemos que nos puede ser costoso y doloroso? Recordemos lo que decía el profeta en la primera lectura. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…’ Es la seducción del amor. ¡Cómo tenemos que caldear nuestro corazón en el amor de Dios! Dejarnos seducir por el amor de Dios para vivir en su mismo amor. El profeta reconoce sin embargo que era el hazmerreír de todos y todos se reían de él. La Palabra del Señor que había recibido algunas veces le quemaba en su interior, pero era más fuerte el amor del Señor del que se sentía totalmente cogido, atrapado.
¿Vivimos nosotros un amor así? ¿Así nos sentimos seducidos por el amor de Dios, como dos enamorados que se sienten seducidos el uno del otro por el amor que se tienen? Cultivemos ese amor de Dios en nuestra vida. Que en verdad tengamos ansias de Dios, sed del Dios vivo, como hemos repetido en el salmo.

sábado, 30 de agosto de 2014

La riqueza de nuestra vida misma y la riqueza de nuestra fe han de fructificar en un mundo mejor y más lleno de amor

La riqueza de nuestra vida misma y la riqueza de nuestra fe han de fructificar en un mundo mejor y más lleno de amor

1Cor. 1, 26-31; Sal. 32; Mt.25, 14-30
Cada día con fe y deseos de Dios nos acercamos a la Palabra de Dios como quien busca el alimento de su vida porque sabemos que en ella encontraremos siempre esa luz que ilumina nuestros caminos y esa fortaleza de Dios que nos ayuda a caminar y a ir dando respuesta de vida a cuanto el Señor nos pide. Para el verdadero creyente nunca la Palabra se le hace repetitiva porque es tal su riqueza que aunque escuchemos un mismo texto muchas veces sin embargo siempre vamos a encontrar esa luz concreta, esa gracia, para el momento presente que vamos viviendo.
Es la riqueza de la Palabra de Dios y la Sabiduría divina que quiere impregnar nuestro corazón. Es el Espíritu del Señor que nos habla allá en lo más hondo de nuestro corazón y nos va dando respuesta a las situaciones que vivimos, a los problemas con que nos encontremos, a las dificultades con que nos vamos tropezando.
La parábola que hoy una vez más nos ha proclamado la Iglesia, la parábola de los talentos, y que tantas veces hemos reflexionado y meditado quiere llegar una vez más a nuestra vida para iluminarla y para llenarla de gracia.
Esos talentos repartidos por aquel hombre entre sus empleados aunque nos parezca de manera desigual nos hablan de esos dones con que Dios enriquece nuestra vida que da a cada uno lo que en verdad necesita y sería capaz de desarrollar. Nos pueden hablar de esos valores o de esas cualidades que conforman nuestra vida; serán nuestras capacidades o el don de la inteligencia con que Dios nos ha dotado; puede ser esa riqueza de vida, y no hablo de una riqueza material o económica, que de alguna manera recibimos de nuestro entorno familiar, social o cultural. Cada uno tenemos nuestros dones; en todos hay una riqueza de vida desde lo que es nuestro propio existir - ¿hay mayor riqueza que la vida misma? - y lo que son todas las circunstancias que nos rodean que conforman todo lo que es nuestra vida.
Pero hay otros talentos u otra riqueza que quizá algunas veces no valoramos lo suficiente, la vida de nuestra espíritu con todos sus dones espirituales, nuestra vida de creyentes, nuestra fe. Si hace un momento hablábamos de nuestra existencia como la mayor riqueza, ahora nuestra existencia se ve engrandecida mucho más cuando apreciamos lo que es nuestra vida espiritual y lo que es la fe que anima nuestra vida. Es un don sobrenatural que Dios ha puesto en nuestro corazón, una gracia de Dios que tenemos que aprender a valorar mucho. No es un adorno nuestra fe, porque es algo constitutivo de nuestro ser, lo que va a darle el sentido último a nuestra vida.
Es lo que viene a enseñarnos hoy la parábola. Toda esa riqueza que constituye nuestra vida no la podemos enterrar, sino que tenemos que aprender a desarrollarla, porque no solo nos da una mayor riqueza de plenitud a nosotros mismos, sino que además todo eso que Dios nos ha dado ha de contribuir también al bien de los demás, al desarrollo de nuestra sociedad, a hacer que nuestro mundo sea mejor. Ni los podemos enterrar ni podemos guardárnoslo para nosotros mismos, sino que hemos de hacerlo siempre fructificar.
De la misma manera podemos y tenemos que hablar de ese don de la fe, la mayor riqueza de nuestra vida. Como decíamos nos viene a dar el sentido ultimo de nuestra vida, pero es que además es algo que tenemos que hacer crecer cada día más para contagiar con esa fe y ese sentido de vida a los demás para que puedan encontrar ese camino de plenitud al que nos lleva nuestra fe. Decimos que tenemos que hacer crecer nuestra fe, porque una fe que no crece y madura tiene el peligro de menguarse y perderse. Es lo que tantas veces decimos de ese cultivo de nuestra fe, porque cada día crezcamos más en el conocimiento de Dios, de Jesucristo y de su evangelio y así crezca nuestro amor cristiano y nuestra vida cristiana.

Que cuando al final de nuestros días nos presentemos ante el Señor podamos presentarle las obras de nuestra fe, reflejadas en ese amor que hemos vivido y en ese mundo que con todos los dones que Dios nos ha dado hemos querido hacerlo mejor y más lleno de amor. Que podamos oír de labios del Señor, ‘venid, benditos de mi Padre, a heredar el Reino preparado para vosotros’ porque habéis hecho fructificar vuestra fe y me habéis sabido amar en los humildes hermanos que encontrasteis en el camino de la vida y con vuestro amor habéis sabido hacer un mundo mejor.

viernes, 29 de agosto de 2014

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

El martirio del Bautista nos recuerda nuestra misión de ser profetas de la verdad, del amor y de la justicia en nuestro mundo

Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29
‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie  y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo… yo te convierto hoy en plaza fuerte… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Es la Palabra escuchada por el profeta Jeremías y proclamada en el nombre del Señor ante el pueblo. Es la Palabra del profeta, entonces Jeremías como hemos escuchado, pero que la vemos realizada en Juan Bautista cuyo martirio celebramos, y que tendría que ser la palabra que ha de reflejar la vida del cristiano de todos los tiempos, también nosotros hoy, porque así hemos sido consagrados en nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista - hemos escuchado su relato en el evangelio - ‘testigo de la verdad y de la justicia’ como lo proclama la liturgia de este día, y que había sido ‘precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’.
Cuando contemplamos la figura del Bautista, en especial en el tiempo del Adviento, lo contemplamos como precursor del Mesías y en la inmediatez de la celebración litúrgica del nacimiento de Jesús, así lo podemos contemplar como precursor de su nacimiento.
Cuando el 24 de junio celebramos su natividad nos alegramos con todos los parientes y los vecinos de las montañas de Judea que se preguntaban qué iba a ser de aquel niño en quien tantas cosas estaban sucediendo en torno a su nacimiento. Ya el ángel Gabriel le había anunciado a Zacarías que se llenaría de gozo y alegría y muchos también se alegrarían en su nacimiento. Nosotros participamos entonces de esa alegría de fiesta en su nacimiento.
Hoy lo contemplamos y celebramos en el momento cumbre de su martirio como ‘testigo de la verdad y la justicia’ como expresamos también en la oración litúrgica. Es el momento, como diremos en el prefacio, en que ‘él dio su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo’. En su muerte y entrega hasta el final para ser testigo de la verdad y la justicia, le contemplaremos como ya antes decíamos también como ‘precursor de la muerte de Jesús’.
El era la voz que clamaba en el desierto y a todos iba señalando qué es lo que habían de hacer en sus vida para obrando en justicia y rectitud preparar los caminos del Señor. Recordamos como lo señalaba de forma concreta a todos los que se acercaban a él. Esa voz que no se calló ante los poderosos - como decía el profeta ‘frente a los reyes y a los príncipes, frente a los sacerdotes y a la gente del campo’ - aunque intentarían acallarla con su muerte.
En su nacimiento Zacarías cantaría al Señor bendiciendo su nombre porque había nacido quien anunciaría la buena nueva de la llegada del que venía a traernos la libertad y la paz con su salvación. Ahora intentan poner cerco a la palabra y al testimonio valiente del Bautista privándole de libertad - ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’ - porque denuncia lo que es inmoral e injusto, pero siempre la palabra valiente del profeta molestará y es mejor acallarla y quitarla de en medio. Ya lo hemos escuchado en el evangelio con todo detalle por vivir Herodes con Herodías, la mujer de su hermano.
Pero el profeta había anunciado ‘no te podrán, yo estoy contigo’, y la sangre derramada del Bautista ya no sería una voz sino sería un grito que seguiría escuchándose a través de los siglos porque así con su muerte había dado el testimonio supremo, se había convertido en mártir, en testigo de la verdad y de la justicia.
Es el grito que seguimos escuchando hoy cuando estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. Pero es grito que nos tiene que llegar hondo a nosotros para despertarnos, para recordarnos cómo nosotros también hemos de ser testigos, cómo nosotros hemos sido ungidos en el Bautismo con esa misma misión de ser profetas en medio de nuestro mundo como ya recordábamos al principio.
Hemos de sentir que esa palabra del profeta también nos está dirigida a nosotros y nos está definiendo nuestra misión. Hemos de ser en medio de nuestro mundo testigos de una fe y de una esperanza. No podemos callar lo que hemos visto y oído, lo que hemos experimentado en nuestro corazón. Testigos de Jesús y de su evangelio, de su buena nueva de salvación tenemos que ser frente al mundo y no podemos callar.
Frente a tantas oscuridades que envuelven nuestro mundo que muchas veces parece que ha perdido el sentido de Dios, frente al sufrimiento de tantos a nuestro lado con tantas carencias y necesidades para vivir una vida digna, frente a nuestro mundo muchas veces insensible y con tentaciones a la insolidaridad, frente a ese mundo oscurecido por tanto mal y tanto pecado al que le falta paz no solo porque está lleno de violencias y de guerras en el enfrentamiento de unos y otros sino también en la carencia de esa paz en las conciencias - cuánto podríamos decir en este sentido -, nosotros tenemos que ser esos testigos del amor, de la justicia, de la paz, de ese mundo nuevo que con la fuerza del evangelio queremos y podemos construir.

Que el Señor nos dé la valentía de Juan, la fuerza del Espíritu del Señor para ungidos también por el Espíritu anunciemos esa buena nueva de salvación al mundo en el que vivimos.

jueves, 28 de agosto de 2014

Atentos y vigilantes porque llega el Señor y queremos compartir la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas

Atentos y vigilantes porque llega el Señor y queremos compartir la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas

1Cor. 1, 1-9; Sal. 144; Mt. 24, 42-51
‘Estad en vela porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado.  Unas palabras con un claro sentido escatológico porque realmente nos están hablando de la última venida del Señor en el final de los tiempos.
Un tema de gran importancia en el camino de nuestra vida cristiana para mantener viva nuestra fe y nuestra esperanza, pero hemos de reconocer que no es algo en lo que pensemos mucho. Hoy vivimos en la inmediatez del día a día de nuestra vida con sus luchas y problemas, con sus momentos buenos y de felicidad y también muchas veces con nuestros agobios y amarguras. Quizá la solución de las cosas inmediatas que nos van surgiendo en la vida hace que vivamos sin trascendencia y olvidando esta parte de nuestra fe y que ha de animar también nuestra esperanza.
Tanto en el Credo como en la liturgia es algo que aparece de forma muy esencial, en fin de cuentas aspiramos a la vida eterna - o deberíamos aspirar - y así lo expresamos en nuestras oraciones. ¿No decimos por ejemplo en la plegaria eucarística que más utilizamos todos los días, antes de la doxología final, que el Señor tenga misericordia de nosotros y ‘merezcamos,  por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas’? Por eso en el embolismo al Padrenuestro pedimos que ‘vivamos protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
Pues bien, de esto nos habla hoy Jesús en el evangelio, de esa venida, para la que hemos de estar preparados y vigilantes. ‘Estad vela…’ nos dice. No sabemos cuando será ese momento de la venida del Señor. Por eso es necesario estar vigilantes, y el que está vigilante no se duerme. Podemos recordar la parábola que en otro momento escucharemos y meditaremos de las doncellas que han de estar vigilantes con sus lámparas encendidas para la llegada del esposo.
Nos habla hoy Jesús del administrador, o el encargado de la servidumbre que tiene que estar atento para que todo se prepare a sus horas y nada se pase por alto de lo que es importante. Es la responsabilidad de nuestra vida que se ha de traducir también, como nos sugiere el evangelio, en el buen trato que hemos de tenernos los unos con los otros.
Pero nos podemos dormir, bajar la guardia, perder la necesaria actitud vigilante. Y cuando bajamos la guardia o nos dormimos las cosas no estarán preparadas en su punto. Cuántas veces nos sucede. Sí, porque perdemos la intensidad espiritual con que habríamos de vivir nuestra vida. ¿No decíamos antes que preocupados por la inmediatez de las cosas que nos van sucediendo a cada momento perdemos de vista el sentido trascendente de nuestra vida y olvidemos esa esperanza de vida eterna con que habríamos de vivir?
Vivimos fácilmente solo de tejas abajo, como se suele decir, porque no pensamos sino en el momento presente, dejamos a un lado el aspecto espiritual que hemos de darle a nuestra vida y perdemos al mismo tiempo los deseos de eternidad y de vivir para siempre en el Señor. Es la tibieza que nos tienta, y que por caminos tan malos nos va a llevar porque nos quedaremos solamente al final en las cosas materiales.
Hemos de estar en vela, vigilantes, con el espíritu en tensión, no olvidando esas ansias de vida eterna que tanto sentido van a darnos en todo lo que aquí y ahora en este mundo vayamos realizando. No podemos olvidar ese sentido espiritual de nuestra vida, para vivir con deseos de Dios, de querer unirnos a Dios. Y eso nos haría cultivar más y más nuestra fe y nuestra esperanza; y eso se va a manifestar en el crecimiento y maduración de nuestro amor, un amor cada vez más comprometido. 
Pero todo eso hemos de alimentarlo. Ahí tiene que estar muy presente la Palabra de Dios que escuchemos con fe y con atención; ahí tiene que estar nuestra oración, pero una oración viva, intensa, profunda porque nos abrimos a Dios y queremos llenarnos de verdad de Dios; ahí tiene que estar todo lo que es nuestra vida sacramental, desde la Eucaristía en la que podemos alimentarnos cada día con Cristo mismo que se nos hace comida, y el sacramento de la Penitencia que nos perdona y nos renueva, que nos hace reflexionar sobre la realidad de nuestra vida y revisarnos; ahí está para los enfermos y para los ancianos el Sacramento de la Unción que nos hace sentir la fuerza del Espíritu del Señor en la debilidad que nos va apareciendo en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.

Viene el Señor, no sabemos el momento, pero llegará a nuestra vida y hemos de estar preparados para que podamos alcanzar la vida eterna y cantar para siempre sus alabanzas en el cielo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

Con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo contribuyamos a hacer un mundo mejor a la medida del Reino de Dios

2Tes. 3, 6-10.16-18; Sal. 127; Mt. 23, 27-32
‘Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien’, así fuimos diciendo en el salmo. ‘Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida’. Es la meditación hecha oración y petición al Señor después de escuchar las recomendaciones de san Pablo en su carta a los Tesalonicenses.
Era algo muy vivo en la experiencia religiosa que vivía aquella comunidad la espera de la venida del Señor. Pablo les insistirá incluso que la venida, aunque no sabemos cuando será tal como había señalado Jesús en el Evangelio, no era una venida inminente de manera que por ello dejáramos de cumplir las obligaciones y responsabilidades de cada día, del trabajo de cada día. Ante esa perspectiva que tenían algunos ahora Pablo les corrige y lamenta que algunos lleven una vida ociosa sin hacer nada, ‘una vida desordenada’ les dice.
Por una parte se pone a sí mismo como ejemplo, pues cuando estuvo entre ellos no dejó de ganarse con su trabajo el pan de cada día, porque no quería ser carga para nadie, aunque les dice que como apóstol tendría derecho a ello, porque como yo dijera Jesús en el evangelio el obrero merece su sustento y como obreros de la viña del Señor, a eso tendría derecho. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’ les dice, y les recuerda la sentencia que ya les había dejado, ‘el que no trabaja, que no coma’.
Aquí podríamos recordar otros pasajes de la Escritura en la que se nos recuerda la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, porque nuestro trabajo no es solo fuente de nuestro sustento, y ya eso nos ennoblece el trabajo, sino que además es nuestra contribución al desarrollo de nuestro mundo. Esos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, y cuando decimos talentos decimos nuestros valores y nuestras cualidades, nuestras habilidades pero también toda la riqueza de nuestra inteligencia, no son para guardárnoslo solo para nosotros mismos, sino que con ello estamos contribuyendo al desarrollo de todo nuestro mundo, al bien también de los demás.
El hecho de vivir una vida espiritual, de darle trascendencia espiritual y de eternidad a nuestra vida, el que con nuestra vida queramos alabar al Señor y santificar su nombre no nos exime, sino todo lo contrario, de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestros trabajos. Es cierto que queremos hacer un mundo mejor, soñamos y esperamos un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva como nos dice el Apocalipsis, pero es nos obliga más a esa contribución que desde nuestra vida, con nuestro trabajo, con nuestra inteligencia y con todas nuestras habilidades hemos de realizar para hacer precisamente mejor el mundo en el que vivimos.
Todo el desarrollo del pensamiento del hombre a través de los siglos, todo el desarrollo de la ciencia en todas sus facetas ha sido esa herencia que hemos recibido de nuestros antepasados, será con lo que ahora nosotros intentemos hacer cada día una vida y un mundo mejor, y el granito de arena que nosotros pongamos con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo será la herencia que dejemos para el futuro.
Así nos enseñaba el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes 39 “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios”.

Qué importante es nuestro trabajo; cuánto ennoblece el espíritu del hombre. Pidamos al Señor para que toda persona pueda tener un trabajo digno con el que ganarse su sustento; que toda persona pueda desarrollar su vida a través de su trabajo para que la ociosidad no lo embrutezca; que con nuestro trabajo seamos conscientes siempre que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor. Que el Señor nos llene de su paz, como pedía san Pablo para los Tesalonicenses, y que las bendiciones del Señor se derramen sobre nosotros en ese fruto de nuestro trabajo y en esa prosperidad que consigamos para todos.

martes, 26 de agosto de 2014

Nunca con agobios ni con falta de paz, no sería verdadera esperanza, pero hemos de estar preparados a la venida del Señor

Nunca con agobios ni con falta de paz,  no sería verdadera esperanza, pero hemos de estar preparados a la venida del Señor

2Ts. 2, 1-3. 13-16; Sal. 95; Mt. 23, 23-26
¿Esperamos la venida del Señor? ¿está eso entre las preocupaciones o las motivaciones de la vida de los cristianos de nuestro tiempo? Da la impresión que los hombres y mujeres de nuestro mundo, y hablamos también en concreto de los que nos llamamos cristianos estamos como en las antípodas de aquellas preocupaciones que se convertían hasta en obsesión de los cristianos de los primeros tiempos.
Quizá tenían muy cercanas las palabras de Jesús que hablaban de su segunda venida al final de los tiempos con gran esplendor y majestad; o quizá tenían un deseo grande de Dios que les hacía ansiar que llegara ese momento de la segunda venida del Hijo del Hombre, como El había manifestado en el evangelio; pero estas cosas por los radicalismos a que llevaban también ocasionaban problemas diversos en la comunidad cristiana; desde los que vivían angustiados por esa venida o desde los que ya no querían hacer nada ni trabajar porque si la venida era tan inminente para qué preocuparse y para qué el esfuerzo del trabajo del que quizá no iban a recoger fruto.
San Pablo viene a prevenirles de esas cosas diciéndoles que no pongan en su boca lo que él no ha dicho - ‘supuestas revelaciones nuestras’, que dice hoy en la carta - y que no tienen ni que desorientarse ni agobiarse. Es necesario vivir en paz, lo que significará la fidelidad con que ha de vivir su vida cristiana y la responsabilidad que han de asumir en sus tareas. En Dios tenemos nuestro consuelo y nuestra fortaleza; ‘nos ha amado tanto, nos ha dado un consuelo permanente y una gran esperanza’, que hoy nos dice.
Cómo decíamos parece que nosotros estamos en las antípodas, porque es algo que es parte de nuestra fe y en la liturgia lo expresamos de diversas maneras pero no es algo que esté en nuestro pensamiento ni en las motivaciones profundas de nuestra vida.
Creemos Jesús que ‘ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre y de allí ha de venir a jugar a vivos y muertos’, expresamos en el Credo. ¿Pensamos en ese juicio final?
En la liturgia eucarística cuando aclamamos el misterio de la fe que es la Eucaristía después de la consagración decimos: ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!’ ¿Qué queremos expresar en ese ‘ven, Señor Jesús’?
Y en el embolismo después del padrenuestro, solo por citar algunos textos, le pedimos que nos veamos libres de todo mal, de toda perturbación, sin perder la paz de ninguna manera  ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’. ¿Qué es lo que realmente pensamos en esos momentos?
Estamos expresando en la confesión de nuestra fe y en nuestras celebraciones que creemos en la venida del Señor, pero ¿realmente lo esperamos? ¿Cómo es nuestra esperanza? ¿cómo nos preparamos? ¿Nos encontrará el Señor con las lámparas encendidas en nuestras manos y con suficiente aceite para que se mantengan encendida para poder participar en el banquete de las bodas eternas al que no podríamos entrar si no lo esperamos con esa esperanza activa?

No podrá ser nunca con agobios ni con falta de paz, porque no sería verdadera esperanza, pero si hemos de estar preparados y dispuestos a esa venida del Señor que llegará en el momento que menos lo esperamos, como El nos habla en el evangelio tantas veces. Tendríamos que desear esa venida del Señor para encontrarnos con El en plenitud total.

lunes, 25 de agosto de 2014

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes

Demos gracias porque no se nos ha apagado la fe, mantenemos caldeado el amor y la esperanza nos mantiene perseverantes  

2Ts. 1, 1-5. 11-12; Sal. 95; Mt. 23, 13-22
En la primera lectura durante unos días escucharemos textos de la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses. Era una comunidad muy querida para san Pablo, pues en ella pasó largo tiempo predicando el evangelio en su segundo viaje apostólico, cuando, sintió a través de aquel sueño visión que tuvo donde veía a un macedonio que lo llamaba,  que el Señor era el que lo llamaba para predicar en tierras europeas. Tesalónica, ciudad importante en las rutas comerciales de la época, es la capital de la región de Macedonia. Ya está  en territorio europeo, es al norte de Grecia, mientras hasta entonces la predicación de Pablo había sido en el Asia Menor, lo que es hoy Turquía.
Pablo guarda grato recuerdo de su predicación en Tesalónica porque fueron muchos los que abrasaron la fe; aunque tuvo que marchar ante una serie de revueltas que forjaron los que se oponían a la predicación del Evangelio, mantiene su cariño por aquella comunidad, conservamos dos cartas, y estuvo en constante contacto con ellos. La que escuchamos estos días es la segunda carta conservada.
Tras el saludo inicial, no solo suyo sino de Silvano y Timoteo que le acompañan, en que desea la gracia y la paz de Dios Padre y del Señor Jesucristo para aquella Iglesia, querrá dar gracias a Dios por las noticias que le llegan de cómo se mantiene viva en ellos su fidelidad cristiana. No olvidemos que decir Iglesia es lo mismo que decir los convocados por el Señor, por eso su saludo es para los que forman la Iglesia de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. ‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros’, les dice.
¿Por qué gracias a Dios por aquella Iglesia? Podíamos decir que el exponente de la vida cristiana, en lo que se manifiesta la vida cristiana es en la práctica de virtudes teologales, la vivencia de la fe, del amor y de la esperanza. Pablo quiere resaltar cómo lo viven ellos. ‘Vuestra fe crece vigorosamente’, les dice. Cuántas veces lo hemos dicho, cómo tiene que crecer y madurar nuestra fe, cómo tiene que manifestarse una fe madura y comprometida; una fe que se manifiesta, se proclama, se contagia a cuantos estén a nuestro alrededor.
Pero no es solo la fe, sino que tiene que manifestarse de forma comprometida en el amor. ‘Vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando’. Qué hermoso cómo se vive el amor mutuo. ‘De cada uno por todos y de todos por  cada uno’, nadie queda excluido; y es un amor vivo, eficiente, que no se queda solo en palabras, sino que serán actitudes profundas que se van a ir manifestando en múltiples gestos de amor, de atención, de cuidado mutuo, de delicadeza, de alegre y afectiva convivencia, de compartir generoso.
Pero no puede faltar la esperanza. Esperanza que es perseverancia en la fe; esperanza que es confianza en un futuro de vida nueva; esperanza que es constancia en el amor, aunque no siempre sea fácil; esperanza que es fortaleza en medio de la dificultad que se podría convertir en persecución; esperanza que llena de trascendencia nuestra vida; esperanza que no se queda en el momento presente, sino que precisamente porque no siempre es fácil ese momento presente, sabe que llegará una plenitud de dicha y de recompensa por lo que hayamos hecho.
Pablo se siente orgulloso de la esperanza de aquella comunidad; pasan momentos difíciles pero ‘la fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis’, les dice.
Creo que mientras hemos ido comentando y reflexionando lo que era la vivencia de fidelidad de aquella comunidad, hemos tratado de irnos viendo nosotros a saber si así es también nuestra fidelidad al Señor. Aunque quizá con muchas debilidades en muchos momentos, también creo que como san Pablo tenemos que dar gracias a Dios, porque intentamos, queremos permanecer en esa fe y en ese amor, aunque nos cueste; la esperanza no se ha apagado en nuestros corazones aunque muchos sean los nubarrones que traten de oscurecerla. Queremos mantenernos en esa fidelidad al Señor.
Demos gracias a Dios porque no se nos ha apagado la fe, queremos mantener caldeado nuestro amor y la esperanza nos hace perseverantes en todo momento.

domingo, 24 de agosto de 2014

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

1s. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
La verdadera confesión de fe en Jesús ha de tener siempre una referencia a la Iglesia, porque es en ella donde podemos hacer esa confesión de fe en Jesús con mayor plenitud y autenticidad; de la misma manera que nunca podremos entender el sentido de la Iglesia sin la referencia a la fe en Jesús, porque si no es desde esa fe no podremos entender nunca el sentido de la Iglesia.
Fijémonos en el evangelio que hemos proclamado; es tras la confesión de fe de Pedro en Jesús cuando Cristo anuncia la constitución de la Iglesia; podríamos decir que de la confesión de fe de Pedro en Jesús nace la  Iglesia, se instituye la Iglesia. Y será ahí en la Iglesia donde está la garantía de nuestra fe.
Vayamos por partes. Jesús está casi en los límites de Palestina con los discípulos en unos momentos de mayor tranquilidad y reposo, pues ahora las multitudes no andan tras Jesús llevándole enfermos o queriendo escucharle. Ya sabemos por otros momentos cómo a Jesús le gustaba llevarse a solas al grupo de los Doce o aquellos más cercanos a El a lugares tranquilos y apartados, aunque no siempre lo consigue. Serán momentos de mayor intimidad, de diálogo más tranquilo entre Jesús y sus discípulos más cercanos, de encuentros más profundos con Jesús.
En este clima surge la pregunta de Jesús, casi como una encuesta, para ver lo que las gentes piensan de El. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Allí están las respuestas de aquellos que aún no han llegado a una fe verdadera, aunque aprecian que en Jesús hay algo especial. ¿Será un profeta que ha surgido entre ellos? ¿será Juan Bautista a quien Herodes había decapitado que ha vuelto? ¿será Elías a quien esperaban su vuelta después de ser arrebatado al cielo en un carro de fuego como anunciaban los profetas? ¿será alguien como los grandes profetas antiguos, Jeremías o Isaías? Así se van desgranando las respuestas.
Pero Jesús quiere saber más, qué es lo que piensan ellos que con El han estado y están más cerca. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y allí está Pedro que se adelanta como siempre. Allí están los impulsos del amor que siente por Jesús o habrá quizá algo más hondo en su corazón que ya no lo sabe por sí mismo. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Pero eso Pedro no lo ha podido aprender por sí mismo. Ha sido el Padre del cielo el que ha sembrado ese conocimiento en su corazón. Porque son palabras salidas del corazón. No es una respuesta meramente intelectual. ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Es la alabanza de Jesús a la confesión de Pedro pero haciendo dirigir la mirada hacia quien ha sembrado esa sabiduría en el corazón.
Pero inmediatamente viene la promesa de Jesús, la institución de la Iglesia donde vamos en adelante a profesar esa fe verdadera. Pedro ha sido capaz de hacer esa hermosa confesión de fe porque se dejó conducir por el Espíritu divino, el Padre que se lo revelaba en su corazón. Y en esa fe de Pedro vamos para siempre a fundamentar nuestra fe. ‘Tú eres Pedro’, el que has hecho esta confesión de fe, ‘tú eres la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia’, en torno a ti, como fundamento porque por esa fe estás unido a mi, todos se van sentir unidos para siempre confesando esa misma fe, todos los que confiesen esa fe van a sentirse Iglesia; y tendrán la garantía de que ‘el poder del infierno no la derrotará’. Y tú, Pedro, que eres piedra, piedra fundamental vas a tener ‘las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo’. Está claro lo que es la voluntad de Jesús y su revelación.
Como decíamos al principio desde ahora nuestra confesión de fe verdadera en Cristo ya no la podemos hacer sin la Iglesia. Así lo quiso Cristo; así constituyó a Simón en Pedro, en piedra de esa Iglesia. Tenemos la garantía de la asistencia del Espíritu, como estuvo con Pedro en aquella confesión de fe, así estará también con nosotros si nos sentimos unidos a esa Iglesia. Porque ya nuestra fe no es lo que a nosotros nos parezca, como decían los discípulos al principio recogiendo lo que opinaban las gentes. Es lo que nos ha revelado el Señor lo que vamos a confesar en nuestra fe. Así ponemos totalmente nuestra fe en El.
Y como decíamos, no podemos entender el sentido de la Iglesia sin esa  confesión de fe en Jesús. Sin la fe la Iglesia no tiene sentido, porque no es una organización más, porque no es un ente de poder como pueda haber otros poderes en este mundo; no podemos confundir a la Iglesia con esas entidades de tipo político, social o cultural. La Iglesia es otra cosa que no podemos entender sino desde la fe.
A cuántos le oímos hablar de la Iglesia y no la ven sino bajo esos prismas humanos, esas categorías de nuestro mundo; y claro, no podrán entender lo que es la Iglesia, lo que hace la Iglesia, lo que constituye el ser de la Iglesia. De ahí esos prejuicios que se tienen contra todo el hacer de la Iglesia, y que la quieran ver como una organización de poder más en medio del mundo.
Y esto primero que nada hemos de tenerlo bien claro nosotros, los cristianos, miembros de la Iglesia. Formamos esa comunidad de fe y amor que tiene que hacernos sentir en comunión verdadera de Iglesia. Pero esa comunión, ese sentirnos familia porque somos y nos sentimos hermanos, no nace de unos lazos afectivos, no es por la carne o por la sangre, ni de otros condicionantes o intereses humanos, sino que es desde esa misma fe que tenemos en Jesús y que ahí en la Iglesia profesamos, confesamos, alimentamos y al mismo tiempo nos sentimos impulsados a trasmitirla, a darla a conocer a los demás.
Es la comunión de Iglesia que vivimos y que nos hace sentirnos en verdadera comunión con el Papa, porque es Pedro a quien Cristo constituyó piedra sobre la que se edificaba la Iglesia. No es una organización que busque el poder o que quiere tener en su mano los hilos del mundo; nos une la misma fe que confesamos en Jesús pero desde esa fe sabemos también que tenemos una misión que realizar en ese mundo, no desde el poder sino desde el servicio y desde el amor.
Claro que queremos un mundo mejor y deseamos que los dirigentes de nuestro mundo hagan lo posible porque eso sea realidad; y nosotros desde esa fe y desde ese amor nos sentimos comprometidos y ponemos nuestro granito de arena porque sabemos que solo desde un amor como el que nos enseña Jesús a vivir es como podremos lograr esa paz y ese bien para toda la humanidad.
Fijémonos que desde que falta el amor, aparecen las guerras y la violencia y se destruye la paz y estamos destruyendo nuestro mundo. Ponemos al servicio de ese mundo mejor nuestra manera de entender y de hacer las cosas, y al mismo tiempo rezamos para que quienes tienen en su mano lograr esa paz y bien para todos no cejen en su empeño y en su compromiso. Por eso la palabra de la Iglesia ha de ser siempre una palabra valiente y profética, aunque muchas veces no guste o sea malinterpretada.
Es importante que nos reafirmemos bien en nuestra fe. Tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que si la vivimos en la comunión de la Iglesia no nos faltará esa fuerza del Espíritu para vivirla y confesarla. Tengamos bien claro lo que significa nuestro ser Iglesia y vivamos con orgullo esa comunión de hermanos que nos une de manera especial desde esa fe y desde ese amor. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos lo revela todo allá en lo hondo de nuestro corazón.

sábado, 23 de agosto de 2014

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Ez. 43, 1-7; Sal. 84; Mt. 23, 1-12
Se me ocurre  pensar que este texto del evangelio, estas palabras de Jesús tienen un profundo sentido profético; es el profeta que denuncia los caminos erróneos señalándonos aquello que hemos de corregir pero al mismo tiempo nos abre a caminos nuevos donde sepamos actuar y vivir con toda rectitud. Las palabras de Jesús que denunciaban claramente las actitudes y las posturas de los maestros de la ley de su tiempo y las de los fariseos, siguen teniendo profunda resonancia en el hoy de nuestra vida porque nos sentimos tentados a actitudes semejantes abandonando fácilmente el camino y el sentido del Evangelio que Jesús ha venido a anunciarnos.
Buen maestro no es solamente el que sabe muchas cosas y de palabra trata de enseñarlas a los que siguen trazándoles normas y pautas de conducta, sino aquel que con su propia vida, con sus propias actitudes está siendo ejemplo y modelo de aquellos principios o lecciones que trata de trasmitirnos. Es lo que Jesús denuncia en los letrados y fariseos de su tiempo por esa actitud hipócrita de enseñar o imponer unas cosas a los demás mientras el camino de su vida iba por otros derroteros.
‘No hagáis lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen’, les dice Jesús a la gente que lo escucha. Todo se les queda en vanidad y en apariencia. Por eso habla de las largas filacterias y de las anchas franjas de sus mantos. Las filacterias eran unas cintas en las que escribían palabras de la ley con las que adornaban sus vestidos, lo mismo que las franjas de sus mantos que las ensanchaban para dar señales de pomposidad y en las que escribían también textos de la Ley. Buscaban la reverencia, la alabanza, el reconocimiento aunque sus vidas fueran sepulcros blanqueados en el exterior aunque dentro estuvieran llenos de podredumbre, como les dirá Jesús en otra ocasión.
Y les señalaba Jesús a sus discípulos que ese no podía ser el estilo de su vida, ese no podía ser el estilo de los que quisieran vivir el sentido del Reino de Dios. Enseñamos, corregimos, caminamos al lado del que está a nuestro lado en la vida, pero sintiendo que somos unos hermanos que caminos juntos. Será la bueno que haya en nuestra vida lo que tiene que contagiar y estimular al que está a nuestro lado; será la rectitud que vean en nosotros los que les ha de mover a mejorar sus vidas, porque siempre lo que queremos hacer es dejar actuar al Señor, que se vale quizá de nosotros, de nuestro bien hacer, de nuestro ejemplo y entrega y cuando sea necesario también de nuestras palabras.
Serán caminos de sinceridad y de rectitud, caminos de humildad y de sencillez, caminos siempre llenos de amor para darnos y para entregarnos, para ayudar y tender la mano al que camina a nuestro lado para que encuentre también el camino recto. Por eso nos dice Jesús en nosotros nada de alardes ni de vanidades. Emplea las expresiones de decirnos que ni nos llamemos padres ni jefes, ni consejeros ni maestros, porque es el Padre del cielo el que nos conduce con la fuerza de su Espíritu y es la Palabra de Jesús la que nos llenará de vida. Solo al Señor tenemos que escuchar y solo de su Espíritu tenemos que dejarnos conducir.
Decíamos antes que el sentido profético de estas palabras de Jesús no era solamente para la denuncia o la enseñanza que en aquel momento hacia a la gente que le escuchaba y a los discípulos, sino que seguía teniendo resonancia en el hoy de nuestra vida.  Confieso que cuando escucho estas palabras de Jesús trato de examinarme para ver si yo estoy cayendo con mi vida pecadora en esas mismas hipocresías y vanidades. ¿Buscaremos también los reconocimientos y las reverencias? ¿También de alguna manera alargaremos nuestras filacterias o el ancho de las franjas de nuestros mantos? Miremos nuestros ropajes. Es una tentación en la que fácilmente puedo caer, podemos caer quienes tenemos una misión dentro de la Iglesia. Y esta palabra de Jesús es una llamada fuerte a nuestra conciencia para que siempre actuemos conforme al espíritu del Evangelio.

Rezad por vuestros sacerdotes y pastores para que no caigamos en esas tentaciones que hoy Jesús nos denuncia. Es la ayuda grande que podéis prestarnos para que con la gracia del Señor vivamos la vida santa que conviene a nuestra vocación y dignidad. 

viernes, 22 de agosto de 2014

Proclamamos a María, la humilde esclava del Señor, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres

Proclamamos a María, la humilde esclava del Señor, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres

Is. 9, 1-6; Sal. 112; Lc. 1, 26-38
En el año 1954, en el ámbito del año mariano celebrado entonces a los cien años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de María Reina que se celebraba entonces el 31 de mayo como culminación de todo mes mariano por excelencia. Fue a partir de la reforma de la liturgia y del calendario litúrgico después del Concilio Vaticano II cuando Pablo VI, con buen criterio, trasladó esta fiesta al 22 de Agosto, que viene a ser algo así como una octava de la glorificación de María en su Asunción al cielo.
Ya el concilio Vaticano II en la constitución sobre la Iglesia y en el capítulo dedicado al misterio de María dentro del misterio de Cristo nos decía: ‘La Virgen Inmaculada… terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada como Reina del Universo, para que se asemejara más a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte’.
Ensalzada y glorificada en su asunción como Reina del Universo.  Y es que en María, como tantas veces hemos reflexionado, vemos plasmado el  Reino de Dios anunciado y proclamado por Jesús. ¿Quién fue la primera que aprendió a hacerse la última y la servidora de todos? Ella se llama a sí misma la esclava del Señor, dispuesta siempre a que se cumpla su voluntad, se haga en ella conforme a la Palabra de Dios, se ha dejado inundar del Espíritu divino plantando la Palabra de Dios en su corazón de manera que fue el Verbo de Dios el que se encarnara en sus entrañas para ser nuestro Emmanuel, Dios con nosotros y Salvador de nuestra vida.
‘Derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes’ cantaría María en el Magnifica en sintonía con lo que luego Jesús nos enseñara que el que se engrandece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Así vemos hoy a María enaltecida siendo la primera en alcanzar los dones de la redención, porque en virtud de los méritos de Cristo ella será preservada del pecado; pero ahora como primicia y como figura de la Iglesia la hemos contemplado en su asunción a los cielos, y la vemos engrandecida hoy como Reina del Universo.
Como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta, ‘a tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de Cruz, lo coronaste de gloria y lo sentaste a tu derecha, como Rey de reyes y Señor de señores; y a la Virgen, que quiso llamarse tu esclava y soportó pacientemente la ignominia de la cruz del Hijo, la exaltaste sobre los coros de los ángeles, para que reine gloriosamente con El, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina del universo’.
Con que exactitud y belleza los textos de la liturgia nos ayudan a comprender la fiesta que hoy celebramos y por qué podemos llamar y proclamar a María, como Reina del universo y abogada de gracia para todos los hombres. La liturgia nos impulsa, pues, a cantar las glorias de María pero al mismo tiempo se convierte en maestra que nos enseña a mirar a María para aprender cómo mejor amarla, pero, más aún, cómo mejor imitarla para que así nos veamos también impregnados de gracia que nos haga caminar los caminos de la santidad.
¿Qué estamos contemplando hoy en María y que, podríamos decir, fue el camino que ella recorrió para que así hoy la veamos glorificada? Decíamos que había plasmado como nadie los valores del Reino de Dios en su vida y entonces contemplábamos su humildad para estar siempre abierta a Dios pero en disposición permanente para el servicio allí donde hubiera una necesidad y fuera necesaria su presencia. Creo que es en lo que hoy hemos de fijarnos de manera especial en María y copiar en nuestra vida, su espíritu de humildad, la esclava del Señor,  que le hacía sentirse la última, y que abría su corazón al servicio.
Que de María aprendamos a vivir en ese espíritu humilde, con generosidad grande en nuestro corazón, que nos haga olvidarnos de nosotros mismos para buscar siempre por encima de todo el bien de los demás. Nos costará en muchas ocasiones porque siempre el tentador estará diciéndonos que somos grandes y que no tenemos que ponernos por debajo de nadie. María escachó con su pie la cabeza de la serpiente para vencer el mal y para enseñarnos a vencer ese mal del orgullo que tantas veces nos tienta; que María, a quien hoy la estamos proclamando también como abogada de gracia, interceda por nosotros y nos alcance la gracia del Señor para vencer siempre en la tentación y sepamos entonces plasmar ese Reino de Dios en nuestra vida.
María hoy nos está abriendo la puerta del cielo, porque nos está enseñando cuál es el camino que hemos de hacer; y María nos está tendiendo su mano para llevarnos con ella, para preservarnos con la gracia divina y para alentar la esperanza de nuestro corazón de que un día también podremos alcanzar la gloria de los hijos en el Reino de los cielos, como pedíamos en la oración litúrgica. Que de mano de María lleguemos a participar del banquete del Reino de Dios en los cielos.