domingo, 24 de junio de 2018

La celebración del nacimiento de Juan el Bautista nos invita y compromete a que seamos testigos de luz en medio de un mundo envuelto por tantas sombras de mal


La celebración del nacimiento de Juan el Bautista nos invita y compromete a que seamos testigos de luz en medio de un mundo envuelto por tantas sombras de mal

Isaías 49, 1-6; Sal 138,; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino testigo de la luz’. Así nos presenta y define el evangelio de Juan la figura del Bautista. Era un testigo que venia a dar testimonio de la luz. Hoy, en estos días luminosos del equinoccio de verano en nuestro hemisferio norte, cuando son los días más largos y más llenos de luz, celebramos el nacimiento de Juan. ‘Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan’.
‘Juan es su nombre’, proclamará Zacarías ante las dudas y sorpresa de vecinos y parientes porque Isabel, en quien se habían manifestado las maravillas del Señor, les decía que había de llamarse Juan en el momento de la circuncisión e imposición del nombre. Era la manifestación del consuelo de Dios para su pueblo que les anunciaba tiempos de misericordia y de perdón. La noticia de su nacimiento corrió de boca en boca por todas las montañas de Judea.
Su nacimiento está rodeado de las maravillas de Dios. Es el anuncio del ángel al sacerdote Zacarías cuando presentaba la ofrenda en el templo, diciéndole que su oración había sido escuchada. Es un hombre de fe, pero es tal el asombro de la visión angélica que no termina de creerse las palabras del ángel. Era el hijo que venia con el espíritu y el poder de Elías, el que venia para ser inicio de reconciliación e invitación a la penitencia desde la austeridad de vida que va a vivir.
La mano del Señor estaba con él y en él se iba a manifestar el espíritu del profeta del Altísimo que anunciaba que se acercaban los tiempos de la misericordia y del perdón. Así lo cantaría su padre Zacarías después de su nacimiento cuando de nuevo se le suelta la lengua para cantar las maravillas que hace el Señor que visita a su pueblo y derrama su misericordia sobre todos los pueblos. Allí estaba el que venia a preparar los caminos del Señor, preparando un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías Salvador esperado.
Hoy nosotros, con alegría, estamos celebrando su nacimiento. Esta fiesta está rodeada de muchas costumbres y tradiciones ancestrales, pero que manifiesta la alegría del pueblo de Dios en el nacimiento del Bautista a seis meses del nacimiento de Aquel para quien él venia a preparar sus caminos. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de Dios en sus entrañas nos recuerda el mismo ángel que Isabel estaba ya de seis meses. Es la concordancia de las fechas de nuestras fiestas cristianas.
No nos queremos quedar en costumbres o ritos ancestrales en una verdadera celebración del nacimiento de Juan como hoy queremos hacer, sino su nacimiento y su vida son anuncio profético que nos ayuden a encontrar nosotros esos caminos que en nuestra fe hemos de recorrer y que sean también un testimonio de luz en medio del mundo que hoy vivimos. No somos nosotros la luz, pero sí estamos llamados a ser testigos de la luz, a dar testimonio de la luz. Contemplamos la figura de Juan y hemos de dejarnos interpelar por la Palabra de Dios para llegar a descubrir como en este mundo tan lleno de sombras en que vivimos hemos de ser portadores de una luz, anuncio también de esperanza de salvación porque realmente otro mundo es posible. 
No podemos deprimirnos ni acobardarnos por las sombras que siguen envolviendo nuestro mundo. Son muchos los problemas de todo tipo que nos rodean; no terminar de encauzar los caminos de nuestro mundo por sendas de paz y de justicia; nos sentimos agobiados porque parece que cada día son mas fuertes las redes ambiciosas que nos rodean en tanta injusticia y en tanta corrupción, en tantas manipulaciones desde los distintos ámbitos de poder que llenan de soberbia y de prepotencia a quien tendrían la misión de dirigir nuestra sociedad , y en tanta falsedad, hipocresía y mentira con que tratan de engañarnos.
Enfrente indiferencia, carencia de ideales y de metas, desorientación, falta de verdaderos valores que sean como pilares sobre los que fundamentar nuestra sociedad; tantas cosas que nos llevan a una convivencia muchas veces imposible, a rencillas, resentimientos y envidias, a no poder vivir en paz y en armonía ni siquiera algunas veces con los que tenemos más cerca.
Y ahí, nosotros, los que nos decimos creyentes en Jesús tenemos que encender una luz de esperanza, hacer un anuncio de salvación, trabajar por construir un mundo que sea distinto y que sabemos que es posible realizarlo. Porque creemos en Jesús tenemos la certeza y la garantía de la fuerza de su espíritu para hacer ese mundo nuevo y mejor. Es nuestra tarea, es nuestra misión, ha de ser nuestro compromiso.
La celebración del nacimiento de Juan, el que venia a preparar los caminos del Señor a esto nos tiene que llevar. Recordemos lo que él les pedía a aquellos que venían a bautizarse en señal de penitencia y como signo de que querían preparar esos caminos del Señor. Invita a caminos de solidaridad, de justicia, de rectitud, de sinceridad en la vida, de obrar con verdadera responsabilidad. Es lo que hoy nosotros tenemos que escuchar y por donde tenemos que caminar. Y en eso tenemos que ser testigos, esa es la palabra que tenemos que decir y la sinceridad de vida que tenemos que proclamar para dar testimonio de esa luz nueva que nos viene en Jesús y nos trae la salvación.
Que florezca de nuevo la esperanza en nuestro corazón.

sábado, 23 de junio de 2018

Dentro de nuestro corazón tenemos siempre la alegría de la fe, la alegría de la presencia y del amor del Señor que nunca nos abandona


Dentro de nuestro corazón tenemos siempre la alegría de la fe, la alegría de la presencia y del amor del Señor que nunca nos abandona

2ª Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Mateo 6,24-34

Responsabilidad y trabajo nunca pueden estar lejos de nuestro ánimo. Con responsabilidad hemos de tomarnos la vida, con trabajo nos ganamos el pan de cada día, y con esa misma responsabilidad y trabajo vamos contribuyendo a la construcción de nuestro mundo. Nos sentimos responsables de la vida, nos sentimos responsables de nuestra sociedad, nos sentimos responsables de nuestro mundo.
No podemos caminar por la vida cruzados de brazos; físicamente incluso si camináramos así cruzados de brazos perderíamos estabilidad y serian fáciles los tropiezos y caídas, nuestros brazos y nuestras manos han de tener libertad de movimientos que nos ayuden en ese caminar y en ese evitar tropiezos. Pero entendemos muy bien que no nos referimos solo a ese aspecto físico, sino que nuestra responsabilidad nos tiene que llevar a actuar, a poner nuestra parte, nuestro esfuerzo, nuestro grano de arena con el que vamos contribuyendo a ese desarrollo de nuestro mundo, a ese mundo mejor.
La responsabilidad y el trabajo no están exentos de esfuerzo que para eso tenemos también nuestras capacidades, pero sí lo hemos de vivir sin agobios. Preocupaciones y responsabilidades sí, agobios no. no podemos perder la serenidad y la paz a causa del esfuerzo que hagamos en la vida. Podemos perder perspectiva, puede aparecer el cansancio y la desilusión. Y es que tenemos en quien confiar, quien es nuestra vida y nuestra fuerza.
Hoy Jesús nos habla de la confianza que hemos de tener en la providencia de Dios. Es el Padre bueno que está a nuestro lado y con su presencia nos llena de la fuerza de su Espíritu. Nos propone unas bellas imágenes de las flores revestidas de tanta belleza en el campo o de los pajaritos que nos alegran con sus vuelos y con sus cantos. Y nos dice Jesús cómo Dios los cuida. ¿No nos va a cuidar a nosotros que somos sus hijos?
Por eso nos invita Jesús a buscar siempre el Reino de Dios y su justicia, que lo demás nos vendrá por añadidura. Ese Reino de Dios que construimos, sí, con nuestro esfuerzo, con nuestra responsabilidad, con el cumplimiento de nuestras obligaciones y en el quehacer de la vida diaria, con nuestro búsqueda del bien y de la verdad, con nuestra entrega y nuestra generosidad, con esa semillas de amor y de paz que queremos ir sembrando en los corazones por la vida. No nos podemos cansar, no podemos abandonar la tarea, aunque nos sea costosa y difícil en muchas ocasiones, porque dentro de nuestro corazón tenemos la alegría de la fe, la alegría de la presencia y del amor del Señor que no nos abandona.
Confiar en la providencia de Dios no nos hace olvidar nuestras obligaciones, nuestras responsabilidades, el esfuerzo que cada día hemos de poner en la vida. Porque hagamos trascender nuestra vida y miremos al cielo, no nos hace desentendernos de los pasos que tenemos que ir dando aquí y ahora en la tierra, en nuestro mundo, en la vida de cada día. Se equivocan quienes dicen que porque miramos al cielo nos desentendemos de la tierra.
Quienes miramos al cielo porque ponemos metas altas en la vida nos sentimos más obligados y más responsables con las cosas de la tierra, con lo que es nuestra vida de cada día. Buscamos el Reino de Dios y su justicia y queremos que esa justicia verdadera se consiga cada día en nuestra vida y en nuestro mundo, aunque bien sabemos que la plenitud solo la vamos a encontrar en Dios. Por eso como decíamos al principio la responsabilidad y el trabajo nunca pueden estar lejos de nuestro ánimo sino que lo expresamos en la tarea de cada día. Y sabemos que Dios en eso está con nosotros, nos confiamos en su amor providente que nos ayuda y fortalece.

viernes, 22 de junio de 2018

Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad



Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Cómo nos gusta ir acumulando cosas en la vida. Miramos en nuestro entorno, miramos nuestra habitación y nuestra casa y vemos cuántas cosas se acumulan y de las que no queremos desprendernos; unas porque nos traen un recuerdo, otras porque, quizás sí, las necesitamos o utilizamos, otras porque un día nos sirvieron para algo pero que ahora sentimos lástima de desprendernos de ellas, otras porque quizá olvidadas con el paso del tiempo ahí se van acumulando, llenándose de polvo y suciedad y casi no les prestamos atención pero tampoco nos desprendemos de ellas, otras veces porque de alguna manera halagan nuestra vanidad y parece que le dan cierta prestancia a nuestro lugar o a nuestra vida, o pueden ayudar a manifestar de alguna manera cierto poder, y así cosas y cosas que nos rodean, se amontonan y hasta nos ahogan.
Pero bien sabemos que no son solo esos objetos que ponemos en algún lugar en nuestro entorno, sino son otros los deseos de acumular, de ser en cierto modo avaros porque en lo económico queremos tener más y más, nos parece siempre que no va a faltar, pensamos en futuros o en lo que nos pueda venir el día de mañana y parece que con esos bienes económicos o materiales lo vamos a tener todo resuelto. En nuestra avaricia hasta quizás pasamos necesidad de algo en estos momentos porque lo que queremos es guardar y guardar.
¿Para qué todo eso? ¿La vida estará hecha solo de esas cosas que poseemos o de esos bienes económicos que guardamos? ¿No habrá algo más que seria lo que tendría que enriquecer nuestra vida? Algunas veces no sabemos ni disfrutar de lo que tenemos. Hay otras posibilidades en nuestra vida que pasamos por alto y no llegamos a tener ese crecimiento interior como personas porque nos quedamos en apariencias y vanidades.
Tenemos libros que decimos que algún día en el futuro leeremos pero nunca abrimos sus páginas; ahí están alineados en la biblioteca pero nada mas, cerrados no nos aprovechamos de su riqueza. Pero eso no nos sucede solo en nuestra biblioteca – es un imagen -, sino que no sucede cuando no nos damos cuenta de la riqueza interior que pudiera haber en nuestra vida, pero que realmente no nos hemos preocupado de desarrollar.
Las satisfacciones más hondas en el desarrollo de nuestra personalidad las olvidamos y las sustituimos por satisfacciones efímeras que pensamos que nos pueden dar las cosas. No son las cosas lo que verdaderamente te harán feliz, sino lo que hay dentro de ti mismo, en tus propias capacidades y cualidades que tendrías que preocuparte de desarrollar con lo que también podrías hacer feliz a tantos que están a tu lado.
Hoy esta diciendo Jesús que acumulemos tesoros donde la polilla no los roa, sino los ladrones se los puedan llevar. Y nos dice que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. ¿Dónde tenemos el verdadero tesoro de nuestra vida? ¿Cuáles son las metas por las que merece luchar que nos hemos propuesto? ¿Qué es lo que verdaderamente da satisfacción a nuestra vida y nos hace verdaderamente grandes?
Tenemos mucho en qué pensar. Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida, encontremos los verdaderos valores, los que no caducan, los que duran para siempre, los que nos abren puertas de eternidad.

jueves, 21 de junio de 2018

Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre



Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15

También quizás nosotros sentimos la necesidad, ¿o no?, de pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Hay momentos en que no nos sentimos satisfechos de nuestra oración, de cómo la hacemos. ¿Hacer una lista de cosas que pedirle a Dios para que nos ayude? ¿Darle gracias porque suficientes motivos tenemos para esa gratitud con Dios? ¿Quedarnos en silencio sin saber que hacer o qué decir, simplemente saboreando esa quietud, ese silencio, esa presencia de Dios?
Vemos a otras personas rezar, sabemos de quienes no se olvidan nunca de hacer sus oraciones en la mañana y en la noche, vamos a una iglesia y vemos a otras personas recogidas en silencio, de rodillas o sentados, en meditación, en oración; y quizá sentimos desazón en nosotros porque hay ocasiones en que parece que estamos rezando pero quizá andamos perdidos, nos contentamos en repetir unos rezos o nuestra mente anda como loca por otros lugares en su imaginación, aunque quizás demos la impresión que estamos enfrascados en nuestra oración. ¿Les pasa igual a otras personas? ¿Cómo hacer que mi oración sea oración de verdad? Parece que no terminamos de aprender, no sabemos cómo hacer.
Porque los discípulos veían a Jesús orando un día vienen a pedirle ‘Maestro, enséñanos a orar’. En el evangelio de Mateo que ahora estamos siguiendo nos encontramos en el sermón del monte que se inició con las bienaventuranzas. Y entre todas las cosas que va desgranando Jesús en su enseñanza ahora llega el momento en que quiere enseñarnos a orar. Y si abrimos muy bien los oídos a la enseñanza de Jesús nos daremos cuenta que nos viene a decir que orar es fácil.
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’, les viene a decir Jesús. Sí, no es cuestión de muchas palabras, Dios conoce nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros problemas y nuestras preocupaciones. Si ya Dios lo conoce todo, ¿entonces no es necesario orar? Todo lo contrario, necesitamos orar, pero tenemos que aprender a hacerlo bien. No es que no le presentemos a Dios nuestras necesidades o queramos poner en su presencia a aquellas personas que amamos y que queremos recordar.
Es algo más grande y más hermoso pero también más sencillo. Con la forma de orar que nos está enseñando Jesús lo que El quiere es que aprendamos a saborear a Dios, a saborear su amor, a saborear su presencia. Y claro que cuando nos sintamos inundados de su presencia todo aquello que está en nuestro corazón, en nuestros deseos o en nuestros gozos va a brotar como de manera espontánea ante Dios. Pero comencemos por saborear su presencia y su amor. Por eso la primera palabra en la que tenemos que pensar y la primera que tenemos que decir es ‘Padre’.
Cuando vamos a hablar con nuestro padre o con nuestra madre la primera palabra que brota de nuestros labios es ‘papá’ o ‘mamá’. Es como llamar su atención; es como decirle ‘aquí estoy’; es sentir que ahí está nuestro papá, nuestra mamá, y con eso nos gozamos, con eso todo lo demás vendrá casi de forma espontánea. Cuando decimos ‘papá’ o ‘mamá’ no vamos con miedo, con temor; vamos con la seguridad del amor, del amor que les tenemos, pero del amor que sabemos que ellos nos tienen; vamos con la confianza de que nos sentimos amados y escuchados, de que estamos a su lado y ellos están a nuestro lado.
Desde esa experiencia humana que vivimos con nuestros padres aprendamos a vivir y gozarnos en el amor y en la presencia de Dios. Seguro que cuando lleguemos a sintonizar de verdad con su amor surgirá nuestra oración que es nuestra respuesta de amor. Saboreemos esa hermosa palabra y más que palabra con la que Jesús nos enseñó a llamar a Dios, Padre.

miércoles, 20 de junio de 2018

Nos alejamos de las vanidades buscando interioridad, pero no abandonamos a ese mundo por el que hemos de pedir y ante el cual hemos de ser signos de la presencia de Dios



Nos alejamos de las vanidades buscando interioridad, pero no abandonamos a ese mundo por el que hemos de pedir y ante el cual hemos de ser signos de la presencia de Dios

2Reyes 2. 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6- 16-18

Hay gente que parece que ya no tienen abuela que les ría siempre las gracias o que esté diciendo siempre qué bonito y qué bueno es mi nieto, cuantas cosas buenas que hace. Es un dicho que se suele emplear, ‘ya no tienes abuela’, cuando nos encontramos con alguien que no hace sino hablar de si mismo y de todo lo que hace; cuenta maravillas de si mismo y parece que no hubiera otro que fuera capaz de hacer todo lo que hace él.
Es la vanidad que se nos mete en la vida; hacemos algo bueno pero queremos que se sepa bien para que todos conozcan cuánto valemos nosotros; nos vamos dando importancia por el trabajo que tenemos, por la familia a la que pertenecemos, el pueblo de donde procedemos, los títulos que tenemos que colgamos bien enmarcados para que todos vean lo importante que nosotros somos.
No sé lo que a ustedes les pasará ante individuos así, tan henchidos de si mismos, pero salvo que nos dediquemos nosotros también a la adulación, son personas que nos producen un cierto rechazo, porque no nos gustan esas vanidades, o porque parece que les hace ser uno como inferior y que no seriamos capaces de llegar al talón de su zapato.
Es cierto que los valores que tenemos hemos de desarrollarlos que nos ayudará a crecer nosotros como personas, pero también sabemos que cuanto somos y lo que son nuestros valores también tienen una función social con lo que podemos ayudar a los demás e ir contribuyendo a un desarrollo de nuestro mundo y hacer que nuestra sociedad sea mejor. Pero todo eso no tiene que estar mezclado con la vanidad. Esa vanidad del amor propio, del orgullo, que nos hace mirar nuestro ombligo y no seremos capaces de ver lo bueno de los demás.
Y esto en todos los aspectos de nuestra vida, en nuestra propia mirada interior, donde tenemos que saber, es cierto, reconocer nuestros valores, pero dar gracias a Dios por cuanto nos ha regalado y nos sigue regalando cada día; pero esto es muy importante también en nuestras relaciones con los demás. Y es que el hombre vanidoso se endiosa en si mismo y puede hacer daño a los otros aunque crea en su orgullo que les está haciendo tantas cosas buenas. Las relaciones de sencillez, de humildad, de disponibilidad generosa para el servicio nos ayudan y son las que de verdad nos hacen felices a todos.
Y hoy Jesús nos recuerda en el evangelio cuál es la actitud humilde con que hemos de saber acudir a Dios. Ante Dios no nos valen las prepotencias; ante Dios tenemos que saber acudir con corazón humilde; cuando nos ponemos ante Dios lo hacemos con la sencillez de los que se sienten hijos, pero que también se sienten hermanos de los demás. Nos habla Jesús de nuestra oración en lo escondido y en el silencio de tu habitación interior. No es la habitación física a lo que se está refiriendo Jesús sino a esa habitación interior de nuestro corazón. Claro que también hemos de buscar un lugar con ambiente adecuado para poder hacer mejor ese silencio interior para escuchar y sentir a Dios.
Aunque también en medio de la barahúnda de los ruidos y de los gritos de los que nos rodean también hemos saber ir a esa habitación interior y saber hacer ese silencio interior para mejor sentir a Dios. A ese mundo que grita y hace ruido en nuestro entorno también nosotros hemos de presentar a Dios en nuestra oración. Nos alejamos buscando interioridad, pero no abandonamos a ese mundo por el que tenemos que pedir y ante el cual también hemos de ser signos de la presencia de Dios.

martes, 19 de junio de 2018

Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente


Dejémonos transformar por el amor para arrancar de nosotros esas amarguras que tanto daño nos hacen cuando no nos sabemos aceptar mutuamente

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Esa persona me cae mal, no la aguanto, cuando la veo se me revuelven las tripas (¡!), con todo lo que me hizo, lo que habló de mi, el daño que me hizo; por eso, si puedo, la evito, ella por su camino que yo voy por el mío y que no se tropiece conmigo.
Cosas así escuchamos demasiadas veces en nuestro entorno; cosas así podemos en algún momento nosotros sentir por dentro. Podríamos pensar en muchas cosas concretas en ese sentido; y nos encontramos con vecinos que aunque viviendo puerta con puerta no se hablan, personas que pasan indiferentes ante aquellos que un día les hicieron algo – aunque no se si tan indiferentes o con muchos sentimientos encontrados en su interior -, familiares que se han dejado de hablar porque en un momento determinado tuvieron sus diferencias, cosas que no se olvidan y se recuerdan aunque pasen los años.
Pero hemos de reconocer que todo eso produce muchas amarguras en tantos corazones, porque aunque se diga que cada uno viva su vida y cada cual aguante el palo de su vela, sin embargo en el interior no nos sentimos quizá con tanta paz. Y es triste que vivamos con los corazones rotos, que se hayan roto tantas relaciones familiares o de amistad o vecindad que en un momento quizá fueron maravillosas, porque seguimos con nuestros orgullos en nuestro interior. Y hay quien se pregunta que puede hacer, cómo resolverlo, cómo olvidar, cómo restaurar cariños o amistades perdidas. Es difícil.
Hoy Jesús nos propone tres acciones a la hora de situarnos frente a situaciones así. Jesús nos habla de cosas muy concretas; Jesús tiene en cuenta eso que son nuestros dramas interiores y lo que quiere es que encontremos la paz. Son cosas muy sencillas las que Jesús nos propone, aunque nos puedan parecer difíciles. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, rezad por quienes os persiguen’. Tres acciones derivadas lógicamente del estilo del amor que quiere para nuestras vidas.
¿Son enemigos? ¿Por qué razón? ¿Por qué piensan distinto, tienen otra manera de concebir las cosas? ¿Porque quizá luchan contra nosotros y en esas luchas podrían hacernos daño? ¿O los consideramos enemigos porque un día hicieron algo que no nos agradó o contra nosotros o contra lo nuestro?
Pues Jesús nos dice que pongamos amor. Sí, es difícil, pero nos está pidiendo que seamos capaces de ponerlos en nuestro corazón. Y una forma de ponerlos en nuestro corazón es rezando por ellos. Simplemente desde nuestro corazón ponerlos en la presencia de Dios en nuestra oración. Y cuando seamos capaces de rezar por ellos – que es una forma ya de hacerles el bien – seguro que seguirlos haciendo el bien a esas personas en muchas cosas, estaremos poniéndolas en nuestro amor.
Cuando seamos capaces de hacer eso por quienes nos hayan dañado, nos hayan perseguido, por aquellos a los consideramos o ellos se consideran nuestros enemigos, estaremos comenzando a alejar de nuestro corazón el odio, el rencor, los resentimientos, la ira, la violencia, los deseos de venganza. Era la reacción primaria a cuanto pudieran habernos hecho, pero lo estamos transformando por la fuerza del amor, y podremos comenzar a tener paz en nuestro corazón, y se estarán alejando las amarguras que tanto daño nos hacían, y estaremos comenzando a olvidar y a perdonar.
Y Jesús nos da unas razones y motivaciones. Somos hijos de nuestro Padre del cielo, el Padre del cielo que a todos ama. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios diciendo que esas personas no merecen ser amadas de Dios? Si nos decimos que somos hijos de Dios y creemos en El, ¿en que nos vamos a diferenciar de los demás? Amar a los que los aman o hacer el bien a quien te haya hecho el bien, eso lo hace cualquiera. Pero un hijo de Dios que ha experimentado su amor en su vida en algo tendrá que diferenciarse. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo’, nos dice Jesús.

lunes, 18 de junio de 2018

La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices



La creatividad del amor realiza la más maravillosa espiral que ha de envolver cada más nuestro mundo para hacerlo mejor y todos seamos más felices

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

Da la impresión muchas veces que en la vida actuamos solo movidos por impulsos que no siempre son motivados por una razón serena y equilibrada. Si los impulsos que recibimos son negativos la tendencia es que respondamos con impulsos igualmente negativos generándose así una espiral que no siempre es fácil detener. Es esa espiral de violencia, de rencores, de resentimientos en que tantas veces nos vemos envueltos.
Qué difícil es no responder de la misma manera con la que actúan con nosotros sobre todo cuando nos hacen daño de la forma que sea. La gente suele decir yo soy amigo de mis amigos, hago el bien a los que me hacen bien, y se quedan tan tranquilos; a fuerza de oírlo nos creemos que eso es un principio inmutable y terminamos nosotros actuando de la misma manera; pero ¿eso significa que te encierras en un circulo y no eres capaz de abrirte a nuevas amistades? ¿Es que a quien previamente no te haya hecho algo bueno tú no le vas a ofrecer nada bueno de ti mismo? No creo que eso sea un círculo de amor, más bien es una espiral convergente que se cierra en el punto de mi yo.
Todos sin embargo querríamos un mundo de felicidad, un mundo pacifico, un mundo en que todo fuera bien. Pero entonces tenemos que ver los cauces para esa felicidad, porque si la encierro en que yo sea feliz importándome poco la felicidad de los demás, no es precisamente el camino para hacer un mundo mejor.
Y me atrevo a decir una cosa, no hay más momento en que yo sienta más felicidad y dé más felicidad al otro que el del perdón. Y es que perdonar es empezar por quitar un peso de mi mismo, de mi corazón; quien se ha sentido ofendido o herido en algo siente el dolor en si mismo de su orgullo herido del que luego Irán surgiendo muchos otros sentimientos negativos. Por eso empieza curándote a ti mismo, perdonando, que es quitando ese peso que se te ha metido en el corazón. Y con ese perdón estarás curando el corazón que se siente mal por lo que ha hecho, aunque quizás no muestre exteriormente ningún signo de arrepentimiento, en el fondo es también un corazón herido que con tu perdón le das la posibilidad de curarse. Por eso es felicidad también el sentirse perdonado.
Tengamos pues la valentía de perdonar, porque nos curamos a nosotros mismos y ayudamos a la curación de los demás. Somos humanos y todos cometemos errores y con nuestros fallos y debilidades terminamos hiriendo a los demás. Ofrezcamos esa posibilidad de sanarnos de verdad. Así haremos en verdad que nuestro mundo sea mejor y seamos más felices.
Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Recientemente el papa Francisco nos ha invitado a la santidad en su exhortación apostólica.  En el número 88, cuando habla de los que luchan por la paz, nos dice: “Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social”.  Y en el número 89: “Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”.
Es la creatividad del amor que realiza la más maravillosa espiral que envuelve y envuelve cada más nuestro mundo. Es nuestra tarea, es la respuesta que nosotros tenemos que dar con verdadero sentido y como decíamos con gran valentía. Es el impulso más hermoso por el que tenemos que dejarnos envolver. Es lo positivo que tenemos que ir haciendo en la vida para tener la más pacifica influencia sobre nuestro mundo.

domingo, 17 de junio de 2018

Con una mirada de luz tenemos que mirar nuestro mundo para saber descubrir ese brote nuevo que con la fuerza del Espíritu hará surgir un mundo mejor


Con una mirada de luz tenemos que mirar nuestro mundo para saber descubrir ese brote nuevo que con la fuerza del Espíritu hará surgir un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

A veces podemos tener la tentación de ponernos pesimistas en la vida; desde situaciones personales, pero también desde lo que podemos palpar en nuestra sociedad, en aquellos ambientes de la comunidad en los que nos movemos, grupos a los que podemos pertenecer, programas sociales en los que nos sintamos implicados, o incluso hasta en nuestra realidad eclesial.
Nos puede parecer que las cosas no marchan, o al menos con la rapidez o intensidad que nosotros desearíamos, nos parece que los implicados somos menos o que la gente ha perdido la ilusión, nuestros grupos parecen cada vez mas pequeños y la gente menos implicada, es por otra parte tanta la maldad, la corrupción, el mundo de la drogadicción, y otras situaciones desagradables que vemos en el entorno de la sociedad, aparte de una transformación que vemos de la vida que muchas veces no sabemos a donde nos va a llegar.
Es cierto que vemos también gente comprometida, momentos en que parece que florece la solidaridad ante situaciones puntuales, hay gente que se agrupa y quiere trabajar conjuntamente en muchas cosas, gente que sigue luchando contracorriente aunque nos parezca que no se avanza, pero aun así nos parece que somos un resto muy pequeño en medio de toda la problemática de nuestro mundo. Nos gustaría ver transformado nuestro mundo, hacerlo mejor, pero ¿qué somos ante algo tan complejo? ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo avanzar? Decíamos antes que nos volvíamos pesimistas.
Es el ámbito de nuestra sociedad, pero es también el lugar concreto de la Iglesia. Es cierto que surge un movimiento renovador muy grande, que queremos embarcarnos en las tareas de nueva evangelización de nuestra sociedad, pero aunque vivamos en lugares que nos decimos que todos somos cristianos, quizá simplemente por tradición, vemos que la sociedad que camina a nuestro alrededor va bien lejos de la Iglesia. Tantos que se manifiestan en contra, que se presentan como agnósticos, que viven sin ninguna referencia a Dios, ni a la religión ni a la Iglesia, y no podemos abarcar todo lo que quisiéramos, no sabemos como llegar a hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo actual, al mundo concreto en el que aquí y ahora vivimos. ¿Nos entrará también el desencanto?
Los creyentes, los que deseamos seguir de verdad el camino de Jesús queremos dejarnos conducir por el Espíritu del Señor aunque muchas veces se nos obnubile la mente y el corazón. Pero seguimos cada día o al menos cada semana dejarnos iluminar por la Palabra de Dios.  Es lo que queremos hacer cuando acudimos cada domingo a la celebración de la Eucaristía y deseamos en verdad que esa Palabra que se nos proclama llegue de forma muy concreta a nuestro corazón y responda a expectativas e inquietudes. Es una tarea ingente y hermosa la que tienen que hacer nuestros pastores, para que no nos vayamos de la celebración con la misma hambre y la misma sed con que habíamos entrado al templo, quedándonos vacíos espiritualmente.
Creo que la Palabra que se nos proclama en este domingo puede arrojar mucha luz para llenar nuestro corazón de paz y de esperanza y sentir que con la fuerza del Espíritu eso poco que nos parece que estamos haciendo tiene una fuerza grande y transformadora.
Nos habla Jesús en parábolas. Pero parábola es en cierto modo también lo que hemos escuchado con el profeta. Nos habla de una pequeña ramita, un cogollo de un inmenso cedro; una ramita pequeña pero de la que brotará un cedro hermoso que dará sus frutos.
Son las imágenes que nos ofrecen las dos parábolas. Una semilla arrojada a la tierra, y que allá bajo la tierra germina en silencio para que a su tiempo brote una nueva planta y podamos finalmente contemplar un campo hecho un nuevo trigal que a su tiempo nos dará también su fruto. Igualmente la pequeña e insignificante semilla de la mostaza, pero que cuando germina y brota una nueva planta será una hortaliza más grande que el resto de hortalizas del huerto, en la que llegaran a anidar también los pájaros.
Pequeño brote, pequeña semilla, plantas pequeñas que una vez germinada la semilla Irán creciendo y creciendo para multiplicar los frutos. Algo misterio que se realiza y produce en la misma semilla y en la misma planta que nos está hablando de ese misterio de la vida, de ese misterio que se produce en el interior del hombre y que se puede producir en el interior de la misma sociedad para hacer surgir un hombre nuevo, una sociedad nueva. Pero todo tiene su tiempo, su ritmo, y hemos de aprender a respetar ese ritmo de las cosas, de las personas, incluso de nuestra sociedad.
A nosotros nos toca ser esa semilla, ese brote, que nos puede parecer pequeño e insignificante, pero que como creyentes sabemos que está, digámoslo así para seguir con la imagen, germinado por el Espíritu que lo hará fecundo. Tengamos paz y tengamos esperanza. No podemos desanimarnos sino que tenemos que seguir sembrando; quizá no nos toque a nosotros recoger los frutos; nosotros recogemos hoy lo que otros antes que nosotros sembraron. Tenemos que dejarnos iluminar por la Palabra de Dios.
Y es la tarea, sí, que realizamos en la Iglesia, pero es la tarea que tenemos que realizar en nuestro mundo. Porque también tenemos que saber apreciar esos pequeños brotes que otros también están sembrando para hacer una sociedad nueva y mejor. Y aunamos nuestras fuerzas, y valoramos todo lo bueno, y trabajamos unidos a los demás, sin perder nunca por supuesto nuestras metas, nuestros ideales, los principios que animan nuestra vida para hacer esa sociedad mejor que nosotros queremos que sea el Reino de Dios.
No nos valen los pesimismos, ni las miradas llenas de sombras. La Palabra del Señor nos hace mirar con una mirada de luz.

sábado, 16 de junio de 2018

La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor


La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor

1Reyes 19,19-21; Sal 15; Mateo 5,33-37

‘Lo juro’ escuchamos una y otra vez repetir a muchas personas cuando quieren afirmarnos algo, ante lo que quizás nosotros nos mostremos algo incrédulos. Hay gente que lo tiene como una muletilla, porque les parece que es la única forma de credibilidad que tienen para presentarse, y porque quizá ellos mismos son desconfiados en si mismos, ni confían en lo que le digan los demás ni confían en si mismos.
Pero nos encontramos también que ya incluso en las fórmulas oficiales, por ejemplo, en la toma de posesión de cargos o responsabilidades se va sustituyendo el juramento por la promesa y si en principio el juramento para un creyente es poner a Dios por testigo de la verdad de aquello que afirmamos en la sociedad en que vivimos se sustituye esa invocación de Dios en el propio honor o en el respeto que podamos tener por las obligaciones que asumimos.
En una sociedad en la que ya no prima lo creyente y para una gran mayoría se ha dejado de tener en su vida esa referencia a Dios porque vivan un agnosticismo o un ateismo práctico, no nos extrañe esas sustituciones; como tampoco creo que en el respeto que podamos tener por las otras personas no nos ha de escandalizar que se sustituyan o supriman los elementos o signos religiosos de esas formalidades. Claro que para mí, que soy creyente, siempre será valida y necesaria esa relación con Dios en mi vida y en los actos que realizo. Como creyente, por mucho respeto que tenga a mi propio honor, la última referencia de mi vida siempre será Dios, porque es el que da sentido a mi ser y a mi vivir.
El juramento no solo le da solemnidad al acto que realizamos, sino que realizado responsablemente viene a darle credibilidad a aquello que afirmamos. Y diríamos que por la seriedad que reviste en si mismo se constituye para mi en una obligación que asumo, lo que me hará vivir todo aquello que realizo con responsabilidad y como una exigencia de justicia en si mismo. Por eso sería irresponsable no realizarlo con seriedad; de ahí que no es algo que tenemos que prodigar como una muletilla, como decíamos antes, sino que hemos de reservarlo para aquellos actos que tengan verdadera seriedad.
Hoy Jesús en el evangelio  nos habla de su seriedad y responsabilidad. Pero creo que Jesús quiere ir más al fondo y es que por la responsabilidad de nuestra vida nosotros nos hagamos creíbles siempre sin necesidad de reafirmarnos por medio de juramentos. No es solo ya que sería terrible un juramente en falso, de algo que no es verdad, sino que también hemos de evitar lo innecesario. ‘No juréis en absoluto’, nos viene a decir.  ‘A vosotros os basta decir sí o no’.
Es la autenticidad de nuestra vida; es la congruencia con que vivimos, de manera que nuestras palabras y nuestras obras vayan por el mismo camino. Es importante esa congruencia de nuestra vida. Es necesario que nos hagamos verdaderamente creíbles por las obras que realizamos. Es el testimonio que tenemos que dar de nuestros principios, de nuestros valores, de nuestra fe. Hemos de ser testigos, pero no solo por las palabras que pronunciemos, sino por el testimonio de la vida que vivimos.

viernes, 15 de junio de 2018

Preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve


Preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

¿Dónde está la verdadera riqueza de la persona? De la misma manera nos preguntaríamos ¿de donde proceden las peores oscuridades del hombre, de la persona?
Hoy y siempre, podríamos decir, nos cuidamos mucho de nuestra apariencia externa; cuanto gastamos en tiempo y en dinero para mantener esa belleza exterior. En toda la historia y en todas las culturas nos encontramos cómo las personas siempre se han cuidado en esa presentación de si mismos ¿Vanidades? ¿Manifestación quizá de nuestro orgullo personal para expresar así signos de grandeza o de poder, sea cual sea?
Es lógico que cuidemos nuestra apariencia y nuestra presentación, porque de alguna manera hemos de sentirnos bien y hacer también que los que están a nuestro lado se sientan bien con nosotros. Es desagradable, es cierto, presentarnos descuidados y desaliñados ante las otras personas, en una reunión, en nuestro trabajo, o simplemente en lo que es la convivencia con los demás. Pero también sabemos que hay gente que se pasa en ese cuidado de lo exterior. Así aparecen las vanidades, los orgullos, la sensación de superioridad con que algunos quizás quieran presentarse ante los otros. Que son también nuestras tentaciones.
Pero mayor orgullo y vanidad es que cuidemos tanto nuestro exterior y apariencia y descuidemos nuestro interior. Podemos presentarnos vanidosos en la vida ante los demás haciendo gala de muchas cosas, pero realmente estemos vacíos por dentro. Caemos en la cuenta enseguida cuando nos encontramos una persona superficial, una persona sin contenido ni riqueza interior. No tiene principios, no tiene valores, no hay ideales en su vida que eleven su espíritu por encima de esa apariencia externa, no tienen metas por las que luchar. Buscan una felicidad efímera basada solo en lo exterior pero en su vació interior son las personas más infelices, porque no encontraran satisfacciones que le llenen el alma.
Y es que tenemos que cuidar nuestro interior, tener unas razones profundas para vivir, cultivar valores y virtudes, poner altura de miras en lo que se hace para superar todos esos barros de maldad que se nos pueden ir pegando en el alma como se pega el polvo y la suciedad en nuestra ropa exterior, pero que son peores esos barros de maldad que nos van hundiendo en esa podredumbre de nuestro espíritu.
Y es que de la misma manera que pueden haber buenos deseos y ansias de lo mayor y de lo mejor en nosotros para superarnos cada día, de la misma manera pueden aparecen esas negruras en nuestra alma que vuelven turbia nuestra vida y que no solo nos dañan a nosotros mismos, sino que producen destrucción en todo lo que encuentran a su alrededor.
Por eso la persona que quiere crecer y darle profundidad a su vida no solo tiene que cultivar todos esos buenos valores que le lleven a esa superación de si mismos, sino que también han de irse purificando de esos barros que empobrecen nuestra vida y tanto daño hacen a los demás. Superación que es renovación, que es purificación, que tiene que ser crecimiento, que tiene que llevarnos a una madurez en nuestra vida que nos aleja de esas superficialidades.
De dentro, del corazón del hombre, si no nos cuidamos, pueden salir esos malos deseos, esas malas intenciones, esos celos y esas envidias, esos orgullos que todo lo destruyen, esos rencores y resentimientos, esa maldad que no le importa hacer daño a los demás con tal de satisfacer sus pasiones, ese egoísmo insolidario que le hace pensar solo en si mismo, toda esa maldad que ennegrece nuestro corazón y nuestra vida. Eso malo que exteriormente luego podemos hacer ha nacido de esa maldad que llevamos en el corazón si no lo hemos sabido purificar.
Aquellas vanidades de las que antes hablábamos van creando esos posos de negrura en nuestro interior que será luego lo que vomitaremos en las malas acciones que realizamos contra los demás. Por eso preocupémonos primero que nada de nuestra belleza interior, de esa profundidad que le demos a la vida, de esa espiritualidad que verdaderamente nos eleve.

jueves, 14 de junio de 2018

En un mundo de palabras agresivas y violentas que reflejan sentimientos del corazón nos cuesta entender lo del perdón y la capacidad de comprensión



En un mundo de palabras agresivas y violentas que reflejan sentimientos del corazón nos cuesta entender lo del perdón y la capacidad de comprensión

1Reyes 18, 41-46; Sal 64; Mateo 5, 20-26

Confieso que me desconcierta el lenguaje que oigo utilizar a mi alrededor en muchas personas, en muchos casos jóvenes, pero también en no tan jóvenes. Un lenguaje áspero, cargado de palabras fuertes que en cualquier oído medianamente sensible resultaría violento e insultante, agresivo y con palabras que resultarían soeces y provocativas, y que manifiestan un lenguaje incorrecto que también una conducta. Algunos parece que las utilizan sin saber bien ni lo que dicen, pero en el fondo en muchas ocasiones esa violencia verbal refleja sentimientos violentos en el interior de la persona y que pueden llevar a enfrentamientos, resentimientos y rencores y que pudieran provocar un enfriamiento en la amistad y un deterioro en las relaciones.
¿Por qué llegamos a estas situaciones? ¿Qué le está pasando a nuestra sociedad que así se expresa? ¿Pudiera indicar otras enfermedades del espíritu que están maleando nuestras relaciones? Que los expertos nos ayuden a entenderlo, pero creo que no solo seria entenderlo sino mejor hacer que las cosas funcionaran de otra manera. Hay una violencia en el fondo de estas cosas que nos llena de malicia para ver siempre las cosas desde un lado negativo, nos lleva a desconfiar de todo y de todos, que está provocando esas reacciones agresivas y violencias donde enseguida aparece la palabra insultante. Y lo malo seria que no reconociéramos eso que nos está pasando a todos, porque nunca queremos ver la paja o la viga que llevamos en nuestro propio ojo, en nuestra propia vida.
No entendemos entonces lo que sea el perdón que podamos ofrecer, la capacidad de comprensión que tendríamos que despertar en nuestro interior, y los distanciamientos entre las personas cada vez se van ahondando más. ¿Nos habremos fijado en la cantidad de gente que no se habla ni se saluda por viejos resentimientos y rencores que guarda en su interior? Quizá como consecuencia de una palabra que nos ofendió, una desconfianza que se provocó en nosotros, una mala interpretación de un gesto que alguien tuvo hacia nosotros, y la amistad se rompió, alejamos a la gente de nuestro corazón, ya ni nos saludamos deseándonos los buenos días, y comenzamos a mirar con mirada turbia todo cuanto hace el otro en quien siempre veremos malicia. ¿Merece vivir en un mundo así, un mundo que realmente tendríamos que compartir en paz y en amistad?
Y lo tremendo es que eso nos sucede a personas que nos consideramos cristianos y hasta muy religiosos; y esas divisiones y desconfianzas aparecen en el seno de nuestra comunidad y en nuestra iglesia, y ya no somos instrumentos de perdón y de paz, y los valores del evangelio se van alejando de nuestra vida, o mejor, los vamos desterrando de nuestra vida.
Hoy nos pueden parecer fuertes y exigentes las palabras que nos dirige Jesús en el Evangelio, pero es que la exigencia del amor tiene que brillar en nosotros, y si no nos tenemos amor entre nosotros no podemos ir a decir a Dios que lo amamos mucho. Por eso es tan necesaria esa actitud de reconciliación, esos deseos de perdón para los demás que hemos de tener en nosotros cuando nos vayamos a presentar ante Dios. ¿Cómo rezamos a Dios ‘perdonanos nuestras deudas’, si nosotros no somos capaces de perdonar a los que nos hayan ofendido? ‘Vete a reconciliarte primero con tu hermano’, nos dice hoy Jesús.

miércoles, 13 de junio de 2018

Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño


Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño

1Reyes 18,20-39; Sal. 15; Mateo 5,17-19

No te preocupes, nos dicen o pensamos para nosotros mismos, total eso es una minucia, una cosa con poca importancia, preocúpate de lo grande. Y así olvidamos tantos pequeños detalles en la vida que aunque sean pequeños son importantes y son los pequeños granos de arena con los que vamos construyendo día a día nuestra vida. Para la hermosura de un edificio no solo son importantes la fortaleza de las grandes piezas de acero o la firmeza de los bloques de granito o de mármol con lo que le demos forma al edificio, sino también esa argamasa con esos pequeños granos de arena que van uniendo y conjuntando todos esos materiales para completar la grandeza del edificio que levantamos.
Tendríamos que darnos cuenta que lo que nos hace de verdad grandes no son las cosas extraordinarias, sino la fidelidad en esas cosas pequeñas. Es ahí donde se manifiesta nuestra madurez y nuestra verdadera grandeza. Pero muchas veces somos vanidosos y lo que queremos son cosas que tengan grande apariencia, pero tendríamos que darnos cuenta que no seremos fieles en esas cosas grandes si no hemos sido capaces de ser fieles día a día en esas pequeñas cosas. No solo es importante hacer bien las cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas y ordinarias de cada día.
Quizá le hace más bien a una persona una sencilla sonrisa con una mirada a sus ojos que el más grande y rico regalo que le podamos hacer. Esos detalles que nos hacen fijarnos en lo pequeño nos hacen al mismo tiempo delicados para también aprender a valorar lo que hacen los demás, y esa delicadeza también hará que nuestras relaciones sean mas agradables y al tiempo mas cordiales también. Detalles que reflejan nuestra riqueza interior que es realmente lo más valioso.
Esto que estamos hablando de los pequeños detalles de cada día nos vale de cada a lo que es la ley y la voluntad del Señor y en lo que vamos manifestando también lo que es nuestra vida cristiana. Algunas veces parece que queremos hacer distinciones y aceptamos lo que nos es más agradable o más cómodo, que en fin de cuentas será cumplir nuestra voluntad y no la voluntad del Señor.
En la novedad del evangelio que iba anunciando Jesús quizá algunos pensaran que la revolución que hacia Jesús era eliminar todas las leyes del Señor para hacer cada uno lo que le viniera a su antojo. Es lo que sucede en nuestras revoluciones sociales que por principio parece que quisieran ir a una anarquía. Hay que eliminar leyes porque no nos gustan, hay que quitar todo porque ese mundo revolucionario que queremos hacer no puede estar sujeto a ninguna ley que nos quieran imponer, sino nos haremos nuestras propias leyes. Así vemos la anarquía en que de alguna manera va apareciendo cada vez más en nuestra sociedad. Es el triste espectáculo que estamos dando también en nuestro país.
Parece que de alguna manera era lo que esperaban de Jesús. Anunciaba un Reino nuevo, un mundo nuevo y a muchos les parecía que esos fueran los caminos. Por eso Jesús viene a ser muy claro en el sermón de la montaña. No ha venido El a anular la ley del Señor sino a darle plenitud, a darle un verdadero sentido de plenitud, porque ya los hombres nos habíamos encargado de irla enmarañando para hacernos caer en una rutina atroz.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Y nos habla de la fidelidad en las cosas pequeñas, y para significarlo nos dice que no nos podemos saltar ni la más pequeña tilde. Era el signo ortográfico más pequeño. Y nos habla de la grandeza del cumplimiento de la ley del Señor. Nos hará, sí, que nos despojemos de todos esos añadidos que con el paso del tiempo fueron deformando esa ley del Señor. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje de Jesús que nos lleva por caminos de plenitud desde lo humilde y lo pequeño.