lunes, 20 de febrero de 2017

Desde el compromiso de la fe y con la fuerza del amor no nos podemos quedar solo en palabras sino que hemos de saber llevar vida al que sufre a nuestro lado

Desde el compromiso de la fe y con la fuerza del amor no nos podemos quedar solo en palabras sino que hemos de saber llevar vida al que sufre a nuestro lado

Eclesiástico 1,1-10; Sal 92; Marcos 9,14-29
Qué fácil nos resulta a veces entretenernos en nuestras charlas y discusiones aunque solo sea en nuestra mente quizás, mientras a nuestro lado el que sufre sigue con su dolor, y el necesitado sigue con sus carencias. Filosofamos, por decirlo de alguna manera suave, en qué es lo que podemos hacer, cuál es la mejor solución, o si lo que hacemos le va a beneficiar o no, o si sabrá aprovechar lo que compartimos para una causa buena, o de donde ha venido, por qué no se quedó en su tierra o en su país, en que quizá va a hacer un mal uso lo que le damos y es un desperdicio, o que quizá en nuestra tierra hay gente que pasa necesidad mientras nos gastamos lo que tenemos en el que viene de fuera, y así tantas y tantas discusiones, tantas y tantas  razones que nos buscamos, tantas disculpas quizá que nos damos, y mientras el que sufre sigue con su sufrimiento, el que pasa hambre sigue sin tener un pedazo de pan que llevarse a la boca. ¿No nos estará sucediendo algo así?
Me hago esta consideración inicial porque es a donde se han dirigido mis pensamientos, aunque quizá podamos hacernos otras reflexiones, cuando he escuchado el evangelio de hoy. Jesús y los tres discípulos escogidos bajan del monte tras la Transfiguración y al llegar al llano donde está el resto de los discípulos se encuentra con una tremenda discusión. Allí está un padre con su hijo padeciendo una grave enfermedad y en torno los escribas y la gente con los discípulos están enfrascados en una tremenda discusión. ¿Pueden o no pueden curar a aquel muchacho?
Llega Jesús con su humanidad y todo el amor misericordioso de Dios que se trasluce en su persona y se interesa por el problema de aquel hombre y su hijo enfermo. Siente lástima por la poca fe de aquellos que andan en sus discusiones y por su falta de fe no son capaces de hacer nada. Pero Jesús llega junto al sufrimiento de aquel hombre y de su hijo entablando un diálogo con ellos. Un dialogo que no se quedará en palabras, un diálogo que ayudará a despertar la fe de aquel hombre, y que concluirá la salvación de aquel muchacho. Terminará el texto relatándonos ese gesto tan humano de Jesús que se acercó al muchacho, lo tomó de la mano y lo levantó lleno de salud y de vida.
Nos habla de cercanía, de encuentro, de saber estar al lado de los demás, de aprender a ir tendiendo nuestra mano sin ninguna repugnancia para que se apoye de verdad todo aquel que lo necesita; nos habla de una preocupación que hemos de sentir por el otro que no se queda solo en palabras; nos esta hablando de cómo tenemos que saber llevar vida, despertar esperanza, poner ilusión en el corazón; de cómo nuestra fe tiene que ser viva y sentir la seguridad de apoyarnos en Dios, de sentirnos amados de Dios.
Son los caminos que desde el compromiso de nuestra fe y con toda la fuerza del amor nos han de llevar siempre al encuentro con el otro, a una cercanía llena de amor, a derramar ternura por doquier, a no perder nunca la sensibilidad para descubrir tantos sufrimientos y para sentir también como algo mío el sufrimiento del otro. Es la luz que tiene que iluminar mi vida. Con esos resplandores también hemos de iluminar el corazón de los que sufren a nuestro lado.

domingo, 19 de febrero de 2017

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Aprendamos a amar con la ternura de un Dios que es Padre compasivo y misericordioso y comenzaremos a sentir verdadera paz en el corazón

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Con Jesús no nos valen las rebajas. Cuando se trata de amar y amar de verdad no podemos andar con mezquindades ni con mínimos para cumplir. Las relaciones de amor no se pueden quedar reducidas a mercadeos; yo te doy tanto para que tu me des cuanto, si tu no haces nada por mi no me siento obligado a hacer por ti. Son otras las medidas y los parámetros que nos enseña Jesús.
Demasiado andamos en la vida con el mercantilismo de que a todo le ponemos precio y nada hacemos si no es para obtener unos beneficios a cambio. Algunas veces parece que hubiéramos olvidado la palabra gratuidad, y más que la palabra la actitud. Pero así como lo hacemos para obtener beneficios utilizamos esas mismas varas de medir cuando se trata de lo malo que nos puedan hacer o lo bueno que nos hayan podido hacer.
Todavía no hemos olvidado lo del ojo por ojo y diente por diente. Y así andamos con deseos de revanchas, con resentimientos, con cosas que no olvidamos y no perdonamos nunca, con marcas que le ponemos a la gente de una vez para siempre porque quizás un día cometieron un error o hicieron algo mal. Decimos que estamos envueltos en una cultura cristiana pero el evangelio no termina de ser la norma última de nuestro actuar.
Tajantemente hoy nos dice Jesús y también en la Palabra de Dios del Antiguo Testamento que hemos escuchado lo que son nuestras metas y la motivación mas profunda para ese nuevo actuar del que se llama seguidor de Jesús, del que quiere vivir con todas sus consecuencias el espíritu del Evangelio.
Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ nos decía el Levítico en el nombre del Señor. Y Jesús por su parte nos dirá: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto…'Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Nuestra meta, nuestro modelo, nuestro estilo y nuestro sentido es Dios, es el amor de Dios. Santos como el Señor nuestro Dios es Santo… perfectos como el Padre del cielo. Así seremos sus hijos, así estaremos expresando que nos sentimos amados de Dios y con el mismo amor nosotros queremos amar también.
Si lo que queremos es imitar ese amor de Dios, ¿Cómo podemos permitirnos entre nosotros violencias y venganzas? Si queremos en verdad mostrarnos como hijos de Dios ¿Cómo vamos a dejar de amar al prójimo a quien también Dios ama? Dios no hace distinciones, ama a unos y otros, ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, manda la lluvia a justos e injustos’ ¿Cómo podemos hacer nosotros distinciones en nuestro amor?
El amor al prójimo va a ser nuestro distintivo para siempre. ¿Y quien es mi prójimo? Ya recordamos que un letrado vendrá un día a Jesús con esa pregunta. Jesús nos lo aclara bien porque la palabra en si mismo nos esta diciendo que prójimo es el otro; entre los judíos se consideraba que prójimo era solamente el que era de su mismo pueblo y de su misma religión. Ya vemos como en tiempos de Jesús se trataba con desprecio a los gentiles, a los que no eran judíos; se les consideraba como un enemigo.
Pero ya vemos bien como Jesús nos dirá que tenemos que amar también al enemigo, al que nos haya hecho mal o nos haya ofendido. En otro momento nos hablara claramente del perdón y de la medida del perdón cuando nos diga aquello del setenta veces siete. Hoy nos dice algo que podríamos considerar sublime, porque nos dice no solo que perdonemos sino que oremos por el enemigo, por aquel que nos haya podido haber ofendido.
Por eso hoy nos esta proponiendo un camino de perfección, perfectos como nuestro Padre del cielo. Ya sabemos que cuando entre nosotros los hombres hablamos de perfección conocemos nuestras limitaciones y nos parece casi imposible. ¿Cuál es la perfección que Jesús nos esta proponiendo? ¿Cuál es ese modelo de santidad que nos decía el Levítico?
Nuestro Dios es Padre y su amor es un amor compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios, compasivo y misericordioso. Es la ternura de Dios de la que hemos de impregnarnos. Experimenta esa ternura de Dios en tu vida y no podrás ya amar sino con esa misma ternura a los demás.
Cuanto nos cuesta, hemos de reconocer. Pero ese seria el mejor evangelio que pudieras anunciar a los demás, reflejar en tu vida esa ternura y misericordia de Dios. Aun con mis limitaciones para yo vivirlo en mi propia vida, sin embargo me duele que no seamos capaces de mostrarnos así con los demás. Es triste el contra testimonio que tantas veces damos, si, un testimonio en contra del evangelio que queremos predicar. Porque nunca nuestro perdón es todo lo generoso que tendría que ser, porque aunque salgan muchas palabras bonitas de nuestros labios no terminamos de ser misericordiosos con el pecador; porque aunque decimos que perdonamos sin embargo seguimos marcando de alguna manera a aquel que un día pudo haber cometido un error y ya no lo valoraremos de la misma manera.
Y esto tristemente sucede en nuestra Iglesia, sucede en quienes tienen que anunciar ese evangelio de misericordia, y sigue sucediendo en tantos de nosotros que no terminamos de perdonar a los demás porque los separamos y discriminamos para siempre.
Seriamente te pregunta, ¿has orado alguna vez por aquel que quizá algún día te ofendió, por aquel a quien por eso estarías considerando un enemigo? Ora por aquel a quien te cuesta tanto perdonar y veras como empezarás a sentir una nueva paz en tu corazón.

sábado, 18 de febrero de 2017

Necesitamos un silencio interior que nos aísle de los ruidos de la vida para crecer en una espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida

Necesitamos un silencio interior que nos aísle de los ruidos de la vida para crecer en una espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida

Hebreos 11,1-7; Sal 144; Marcos 9, 2-13
Todos necesitamos momentos de tranquilidad y sosiego; necesitamos hacer una parada en nuestra actividad por muchas que sean las cosas que tengamos que hacer o en las que estemos comprometidos. Es el descanso físico pero es algo mas, como un descanso espiritual para encontrar esa paz que necesitamos en nuestro interior, esa serenidad para enfrentarnos a los problemas que nos va dando la vida, esa iluminación interior que nos haga ver dentro de nosotros mismos pero también con una mirada nueva y luminosa la realidad que nos rodea, ese silencio que sea como un buen caldo de cultivo de nuestro espíritu interior, nuestra espiritualidad, ese silencio que nos abre a la trascendencia, al misterio también y nos eleva nuestro espíritu también para un encuentro con Dios. De lo contrario se va a producir un desgaste grande en nosotros que nos puede destruir desde dentro de nosotros mismos.
Es cierto que vivimos ajetreados y parece que el tiempo no nos da para todo lo que tenemos que hacer; en ello nos escudamos para no encontrar ese tiempo para nosotros mismos, para ese cultivo interior que necesitamos  y en el que vamos a encontrar esa fuerza, que no es solo físico, esa fuerza espiritual que nos haga crecer en los valores mas profundos, que nos haga crecer como personas.
Ahí entra también el cultivo de nuestra fe. Porque necesitamos abrirnos a la trascendencia, no nos podemos quedar limitados en lo material que aquí vivamos por muy hermoso que sea lo que construimos con nuestro quehacer. Es la fe que tenemos que purificar y que solo en el fuego del misterio de Dios podemos hacer resplandecer;   será el crisol que limpie de impurezas y escorias nuestra vida y nuestra propia fe. Si no cultivamos nuestra fe se debilita y muere, terminamos por dejar de saborear todo el misterio del amor de Dios porque el materialismo de la vida nos llenara de esas escorias que le quiten el brillo de nuestra fe más verdadera y mas autentica.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús se lleva a tres de sus discípulos preferidos, podríamos decir, a lo alto de un monte para orar. En muchos momentos vemos a Jesús que se va a solas con los discípulos a lugares apartados para estar a solas con ellos, como dice el evangelio en alguna ocasión, para descansar un poco porque era tanta la gente que iba y venia que no tenían tiempo ni para comer. Ahora sube solo con Pedro, Santiago y Juan a este monte alto que nosotros situamos en el Tabor en medio de las llanuras de Galilea.
Es un lugar de paz alejado de todo bullicio y para poder llegar a el es necesario también un fuerte esfuerzo. Como tenemos que aprender a hacer ese esfuerzo por apartarnos, por buscar ese lugar tranquilo y de silencio. Como nos dirán los evangelistas allá subió para orar y mientras estaba en oración se transfiguro Jesús en la presencia de sus discípulos. También estos necesitaron de ese silencio, de esa paz y tranquilidad para descubrir el misterio de Dios que allí se les manifestaba. Pudieron así contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús transfigurado, pudieron escuchar la voz del Padre que desde el cielo en lo más profundo de ellos mismos les hablaba señalando a Jesús como el Hijo de Dios que habían de escuchar.
El silencio que les llenaba del misterio de Dios. ‘¡Que bien se esta aquí!’ diría Pedro y sentía la tentación de quedarse en ese silencio para siempre porque la paz inundaba su alma y su vida toda. Será necesario bajar de la montaña luego para seguir el camino pero ya una nueva luz iba iluminando sus corazones. Comenzaría incluso Jesús a hablarles de su inminente pasión pero ya llevaban una luz interior. Como nos pueda suceder a nosotros cuando hemos cargado las pilas de nuestro espíritu que nos sentiremos fortalecidos para continuar el camino.
Muchas más consideraciones podríamos seguir haciéndonos. Quede esta reflexión que en torno a este pasaje de la transfiguración de Jesús nos hacemos como una invitación para encontrar ese silencio interior que también nos ayude a transfigurarnos desde dentro de nosotros mismos, que nos abra al misterio de nuestro ser y nos levante también hasta el misterio de Dios, que nos haga crecer esa necesaria espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida y a lo que hacemos, que nos fortalezca en nuestra fe.

viernes, 17 de febrero de 2017

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará

Frente a un mundo de ganancias, de competencias y de luchas ofrecemos una nueva escala de valores en la que pondré todo lo que soy para hacer que todos seamos mas felices

Génesis 11,1-9; Sal 32; Marcos 8,34-39
A nadie le gusta perder; todos queremos ganar. Son deseos que todos llevamos en el  corazón y nos sentimos emulados constantemente a crecer, a superarnos, y en el fondo queremos y deseamos estar en lo mas alto, tener mas, ser los mejores, no sentirnos relegados a un segundo término.
Además vivimos en un mundo de mucha competencia, pero en el sentido que le damos a la palabra de lucha, muchas veces de ir contra los demás; porque competencia puede significar que yo sea competente, que yo sea capaz, que yo desarrolle mis capacidades, mis posibilidades, pero enseguida lo volcamos en competencia como lucha y luchar luchamos demasiadas veces con los otros y somos capaces de emplear todas nuestras artimañas y estratagemas para conseguir ganar o estar en lo mas alto. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si con este plan y sentido hacemos que nuestro mundo sea mejor y todos seamos más felices.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos desconcierta porque nos dice que tenemos que perder la vida para ganarla. ¿Cómo entenderlo? ¿Es una simple estrategia? ¿O será acaso un descubrir una nueva escala de valores?
Estas palabras de Jesús van en consonancia con lo que ayer escuchábamos en el evangelio. Ante la pregunta de Jesús Pedro había hecho una hermosa confesión de fe, pero Jesús les quiere hacer descubrir el verdadero sentido de su vida. Es el Mesías de Dios, es el Hijo de Dios, pero El ha venido a descubrirnos el verdadero sentido del amor. Un amor que le llevará a la entrega, a la muerte incluso, porque no le aceptarán, porque le perseguirán, porque lo entregarán en manos de los gentiles, porque al final dará su vida por nosotros. Es  la prueba del amor; es la manifestación mas sublime del amor; es la grandeza y la maravilla de un Dios que nos ama y de que manera.
Pues es lo que hoy nos esta diciendo Jesús, donde hemos de encontrar el sentido de nuestra vida, cual es la verdadera escala de valores por la que hemos de regir nuestra vida. Y el que ama se entrega hasta el final; el que ama de verdad no teme perder su vida, siente por encima de todo la felicidad de amar. El que ama de verdad encontrara la plenitud de su vida precisamente entregando su amor, entregando su vida. No la pierde, la gana. No es una pura estrategia, es una nueva escala de valores, un nuevo sentido a la vida.
No son renuncias porque si, sino buscar lo mejor, y buscar lo mejor no es solo buscarlo para mi, sino buscarlo para el otro; eso me obligara quizás a olvidarme de mi mismo, pero esto ganando en plenitud, en la satisfacción del amor, en el gozo de sentir que el otro es mas feliz.
Entonces mi verdadera competencia no es luchar por defenestrar al otro, como podríamos decir y como vemos tantas veces en la vida, sino ser yo competente de la mejor manera para hacer que mis valores, mis cualidades hagan bien. Nos sentimos obligados a contribuir con lo que somos, con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo en el que vivimos, en hacer que los otros sean más felices; puede parecer que yo pierdo porque no me busco a mi mismo el primero, pero realmente estoy alcanzando la mayor plenitud para mi vida.
Cuánto más felices seriamos todos si llegáramos a entender esta escala de valores que nos propone Jesús en el evangelio. Qué distinta seria nuestra humanidad, realmente seriamos humanidad verdadera. 

jueves, 16 de febrero de 2017

Jesús nos esta preguntando si con nuestra fe en El somos capaces de llegar a una entrega hasta el sacrificio de la vida y hacernos los últimos y servidores de todos

Jesús nos esta preguntando si con nuestra fe en El somos capaces de llegar a una entrega hasta el sacrificio de la vida y hacernos los últimos y servidores de todos

Génesis 9,1-13; Sal 101; Marcos 8,27-33
Una doble pregunta que le hace Jesús a sus discípulos aprovechando la mayor intimidad que les da el estar lejos de todo barullo de gentes que les rodeaban continuamente. Se encuentran casi en las fronteras de Palestina, allá donde Herodes había levantado una ciudad en honor del Cesar, en Cesárea Filipo casi en los nacientes del Jordán. Una pregunta que Jesús buscando la intimidad de nuestro corazón también querrá hacernos hoy. ¿Cómo será nuestra respuesta? ¿Cuál será nuestra reacción ante lo que Jesús anuncia? ¿Nos sucederá algo así como a Pedro que en su entusiasmo no le cabía en la cabeza lo que Jesús anunciaba? Vayamos por partes.
¿Qué opina la gente de Jesús? Pero no quiere quedarse solo en eso, por lo que repreguntara tras sus respuestas ‘y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ Nos lo pregunta a nosotros también.
La primera respuesta de los discípulos parece lo más normal. Era lo que se cocía en el ambiente judío. Todos esperaban al Mesías, su historia estaba jalonada de profetas que les recordaban la fidelidad a la Alianza, recientemente había aparecido Juan allá en el desierto predicando y bautizando, ahora aparecía Jesús que hablaba como nadie les había hablado y realizaba muchos signos. Era un profeta, como aquellos profetas antiguos y lo comparaban a Elías, era un profeta como el bautista que había aparecido en el Jordán y Herodes había mandado decapitar. Eran las reacciones que estaban acostumbrados a contemplar y escuchar en las gentes que venían hasta Jesús y eran beneficiarios de sus milagros o escuchaban sus palabras que les entusiasmaban con algo nuevo.
¿Cuál seria la respuesta hoy si hacemos esa misma pregunta sobre lo que la gente piensa de Jesús? También encontraríamos variadas respuestas aunque nos pudiera parecer que van por otros caminos. Un personaje interesante de la historia, quizá escucharíamos decir, un gran hombre que sembraba muchas ilusiones, un profeta de un mundo nuevo y mejor porque realmente era como un revolucionario, y así muchas cosas más, no siempre relacionados con lo religioso, muchas veces viéndolo como en contra incluso de lo que la Iglesia predica.
Claro que también escucharíamos a otros respondiéndonos quizá con palabras aprendidas de memoria aprendidas en el catecismo, como quizás muchos también que lo ven como el mejor amigo de su vida, alguien maravilloso que podemos sentir siempre junto a nosotros, y así no se cuantas cosas más.
Pero la repregunta de Jesús es más directa y personal, porque nos está pregunta a nosotros directamente, como hizo con los discípulos entonces. Ya vimos la respuesta de Pedro, que en el relato de otro evangelista nos dirá que Jesús le alabó por es respuesta no aprendida de memoria sino inspirada por el Espíritu del Padre allá en su corazón.
También nosotros en nuestra fe podemos dar una respuesta certera sobre Jesús y hablamos del Hijo de Dios, de nuestro Salvador; y recorreremos el evangelio para sentir que es el Camino y la Verdad y la Vida; y sentiremos que es nuestra Luz y nuestra Salvación; y podremos incluso sentirnos unidos a El como lo hacemos en la Eucaristía sintiendo que es nuestro alimento y nuestra vida y así muchas cosas mas.
Pero cuando Jesús nos hable de entrega hasta la muerte, de servicio haciéndonos los últimos, de olvidarnos de nosotros mismos para pensar primero en los demás si en verdad los amamos, de ser capaces de perdonar siempre al que nos haya ofendido aunque sea reiterativo en su ofensa, ¿seremos capaces mantener viva nuestra fe, pero que se refleje en esas nuevas actitudes, en esa nueva manera de encarar las cosas, en ese modo distinto de vivir que nos ha de distinguir? ¿O quizás comenzaremos a hacernos nuestras reservas, a pensar que no hay que llegar a tanto, que tampoco es bueno tanto radicalismo?
Pedro, hemos escuchado hoy, quería quitarle de la cabeza a Jesús de que tendría que sufrir porque seria perseguido y lo llevarían a la muerte. No entendía que fuera necesaria tanta entrega como para llegar hasta morir por el amado. ¿No se parecerá de alguna manera a esas reservas, a esos limites que nosotros también queremos poner en nuestra entrega?
Son interesantes estas preguntas de Jesús porque nos ayudaran a clarificarnos bien cual es nuestra fe y como la trasparentamos en nuestra vida.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
En la vida necesitamos el contacto humano entre las personas significado en el encuentro, en la conversación, en la convivencia, en gestos y detalles que tengamos los unos con los otros y una cercanía que se manifiesta también en un contacto por así decirlo físico como puede ser el darnos la mano, un abrazo u otras muestras de afecto que tengamos los unos con los otros.
Ya se que  hay personas que rehuyen ese contacto por así llamarlo físico e incluso hay quienes parecen alérgicos a cualquier muestra de afecto que podamos manifestar. Traumas quizás en su vida, malas experiencias, o una vida excesivamente solitaria que a veces los puede hacer ariscos con los demás llevan a esas reacciones. Pero el ser humano necesita de ese encuentro y de esa convivencia, de esa cercanía y de esos signos de afecto.
Quizás habremos tenido la experiencia de algún encuentro con un profesional del que hemos necesitado sus servicios y que se redujo simplemente a tramitarnos aquello que llevábamos en mano o resolvernos el problema, pero donde no hubo quizás una mirada personal, una palabra distinta a lo simplemente profesional y todo se quedo en una sequedad que nos hizo quizás salir insatisfechos a pesar de que nos solucionaran el problema con que acudimos.
Necesitábamos algo más. Es algo que hemos de tener en cuenta mucho en nuestra conveniencia cada día incluso con los más cercanos a nosotros, donde quizás no tenemos una palabra amable y cariñosa, una muestra de gratitud o una delicadeza en el trato que quizás lo damos por supuesto.
Me quiero fijar en estos aspectos humanos de la vida, que algunas veces descuidamos, a la hora de hacerme una reflexión también de los textos del evangelio, porque ese es un aspecto que podemos destacar mucho en Jesús y su trato con las gentes de su tiempo. Es el dialogo, las palabras que se cruzan entre Jesús y los que le rodean o acuden a El pidiendo su ayuda, es la cercanía de Jesús, es ese tender la mano no temiendo incluso tocar con su mano al leproso.
Es lo que hoy palpamos en el evangelio. Le llevan a Jesús en las cercanías de Betsaida a un ciego para que lo cure. Jesús se lo lleva aparte, y aunque las palabras del evangelio son parcas parece que surge una conversación entre ellos. Nos lo podemos imaginar, Jesús interesándose por aquel hombre; se muestra en los pasos que va dando para su curación que es signo de lo que va sucediendo en el corazón de aquel hombre en el contacto con Jesús.
Nos descubre que la ceguera puede ser mucho más que unos ojos cegados que nada ven, porque tantas veces vemos, pero confundimos. Aquel hombre decía que veía personas en movimiento pero que le parecían árboles, hasta que con Jesús recobra totalmente su vista para ver bien. Nuestras cegueras nos hacen muchas veces que no veamos a las personas que están a nuestro lado; ¿nos parecen árboles?, ¿nos parecen simplemente cosas que podemos manipular o utilizar para nuestro exclusivo bien? Tendríamos que analizar bien cómo vemos a cuantos están a nuestro alrededor. Como aquellos profesionales de lo que hablábamos al principio de esta reflexión; parece que no tratan a personas, sino casos, problemas, números de una lista, pero les falta ese contacto personal.
Que aprendamos a mirar para descubrir bien que con tratamos es con personas. Que no haya esa frialdad y esa aridez en nuestro trato y en nuestro encuentro con los demás. Que pongamos humanidad en lo que vamos haciendo. Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero valor de la humanidad. Que se nos abran los ojos, que haya luz de amor en nuestros ojos.

martes, 14 de febrero de 2017

Hoy todo parece ser un cántico al amor y la amistad, pero una oportunidad también para valorar con gestos hermosos y compromiso serio todo lo que nos lleva al encuentro en el amor

Hoy todo parece ser un cántico al amor y la amistad, pero una oportunidad también para valorar con gestos hermosos y compromiso serio todo lo que nos lleva al encuentro en el amor

Hechos 13,46-49; Sal 116; Lucas 10,1-9
La verdad que no se por donde comenzar. Y es que hoy todos los medios, todas las redes sociales, todo lo que nos pueda valer para comunicarnos o para dejarnos un mensaje está saturado con lo mismo. El día del amor, de los enamorados, de las parejas, de la amistad. Todo se convierte en un canto al amor y a la amistad, parece que renace el romanticismo más fuerte que llevemos anclado en el alma, todo quiere ser poesía y palabras bonitas para la persona amada, para el amigo, para aquel con quien compartes de alguna manera la vida. Como dice la gente, es el día de san Valentín, es el día del amor.
También nos encontramos reacciones a este tipo de días. El amor no es cosa solo de un día, sino que tenemos que amar los 365 días del año (bueno, 366 si es bisiesto), y quienes no quieren creer en este romanticismo que florece en un día un poco parece que se ponen a la contra. Es cierto que el amor no es cosa solo de un día, pero sí día a día se ha de vivir, y cada día tiene que ser único y especial si queremos mantener vivo el amor; no está mal que lo celebremos un día en especial, aunque el consumismo se nos meta por medio y algunos ven en estas fechas una oportunidad para sus ganancias particulares (todo hay que decirlo), pero no lo podemos dejar de cultivar con la misma intensidad cada día del amor, cada día de nuestra vida para que se mantenga siempre fresco, siempre joven.
Es, sí, una oportunidad para los gestos bonitos, para saber tener esa palabra de atención al otro, para valorar desde lo más profundo lo que es el amor verdadero, para aprender también a cultivar la amistad, para un reencuentro quizá con quien se podía haber alejado de nuestra vida, para despertar sentimientos que se adormecen y pueden perder intensidad hasta morirse. Cuidemos el amor y la amistad, que nunca nos sintamos solos porque siempre sabemos que hay alguien que nos aprecia y que nos ama.
En ese amor el creyente ve y siente la presencia de Dios. Ya san Juan nos dice que Dios es amor, y que Dios nos amó primero. Experimentando en nosotros ese amor generoso de Dios aprendamos nosotros también lo que es el verdadero amor, ese amor que siempre nos ha de llevar al encuentro verdadero con los demás, ya sea la pareja con la que compartimos más íntimamente la vida y el amor, ya sean los amigos que participan de ese amor en el aprecio que nos tenemos, pero con esa apertura a toda persona a quien le expresamos también nuestros mejores sentimientos de amor cristiano en el respeto, en la valoración, en la ayuda mutua y en el compartir la vida en un mismo mundo.
Me he extendido en estas reflexiones que me hago y comparto como una semilla a plantar también en nuestra vida en torno a este día del amor y de la amistad. Una palabra final para la celebración litúrgica que este día celebra la Iglesia, puesto que celebramos a dos grandes santos que fueron muy importantes en la tarea evangelizadora de muchos pueblos de Europa. Celebramos a san Cirilo y san Metodio, a quienes también consideramos patronos de Europa por esa implantación e inculturización del evangelio en grandes zonas de Europa, aunque ahora no nos podamos extender más sobre ellos.  

lunes, 13 de febrero de 2017

Con una mirada nueva y limpia de malicia, con ojos llenos de luz podremos acercarnos a los demás aceptándolos como son para caminar juntos los caminos de la vida

Con una mirada nueva y limpia de malicia, con ojos llenos de luz podremos acercarnos a los demás aceptándolos como son para caminar juntos los caminos de la vida

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso nos puede suceder con frecuencia; las cosas están claras, nos las explican una y otra vez, nos dan mil razones, está suficientemente palpable lo que sucede, pero no lo queremos ver; nos encerramos tras nuestros cristales, nuestra manera de ver las cosas, nuestra cerrazón y no somos capaces de ver y aun así pedimos explicaciones.
Ahí están esos cristales enturbiados por la malicia, por la desconfianza, por las envidias y los celos, por los recelos y resentimientos que tanto daño nos hacen. Nos impiden ver con claridad, no nos dejan ver la luz, nos cierran a la capacidad de poder contemplar la belleza de las cosas, las buenas obras de los demás. Y como no encontramos las explicaciones que nosotros quisiéramos a nuestro gusto, vendrán nuestras reacciones con críticas, con descalificaciones, con querer destruir todo lo bueno que haya en los otros, destruyendo si podemos a las personas.
Es algo que se repite con demasiada frecuencia y cuanto daño nos hace en nuestras relaciones mutuas cuando nos falta la confianza, pero nos hace daño también para ver la realidad de la vida. Nuestros ojos turbios nos hacen ver demasiado en oscuro la vida para fijarnos principalmente en lo negativo, para no ser capaz de ver valores, cosas buenas, caminos que van avanzando quizás con dificultad, pero que quiere avanzar.
Sucedía en tiempos de Jesús en la reacción de los escribas y fariseos que continuamente le estaban pidiendo señales y signos a Jesús para creer en El. No eran capaces de ver los signos que hacia porque se acercaban a Jesús con un corazón lleno de malicia, pero sin querer en verdad purificarlo. Los limpios de corazón verán a Dios, diría Jesús en las bienaventuranzas. Por eso son los sencillos y los humildes  los que podrán ir descubriendo el misterio de Dios que se revela en Jesús. Jesús dará gracias al Padre porque revela estos misterios a los pequeños y a los sencillos, lo escuchamos en el evangelio.
Y es que los que son humildes, aunque reconocen que quizá su corazón está manchado, porque todos somos pecadores, se acercan a Jesús con deseos de salvación, de vida, de perdón. Por eso con cuánta alegría y esperanza escuchaban las palabras de Jesús, cómo entendían bien sus parábolas, cómo sabían descifrar sus signos, interpretar bien los milagros que Jesús hacia.
No era solo la salvación de unos cuerpos enfermos que sanaban, sino esa la salvación que por la fe alcanzaban en su interior que se purificaba con el perdón, se hacía más hermoso cuando se llenaba de amor para vivir las nuevas actitudes que Jesús enseñaba. Los que iban con un corazón lleno de malicia y no buscaban la salvación no podían descubrir ni entender los signos que Jesús realizaba.
Aprendamos la lección del evangelio, para acercarnos con un nuevo corazón a Jesús; pero aprendamos la lección del evangelio para acercarnos con una mirada nueva y distinta, con una mirada llena de luz a cuantos están a nuestro lado para aprender a caminar de manera nueva con ellos en la vida.

domingo, 12 de febrero de 2017

En lo alto de la montaña nos traza Jesús las metas y los ideales del Reino de Dios que viviremos en la autenticidad y plenitud del amor

En lo alto de la montaña nos traza Jesús las metas y los ideales del Reino de Dios que viviremos en la autenticidad y plenitud del amor

Eclesiástico 15, 16-21; Sal 118; 1Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
Los comentarios que irían surgiendo en torno a la figura de aquel nuevo profeta de Nazaret seguramente serian variopintos. Las noticias vuelan y pronto se hablaría de Jesús por todas partes pero seguramente con opiniones encontradas. Algo nuevo vislumbraban todos que se estaba anunciando. Jesús se presentaba con una radicalidad grande porque decía que había que cambiar desde lo más hondo. Eso creaba esperanzas y expectativas pero ponía en guardia también a otros frente a esas posibles novedades.
Y tras el entusiasmo que suscitarían sus signos y milagros soñaban con el Mesías anunciado y prometido. Ese cambio que El anunciaba ¿significaría acaso que se acabarían tantas normas y tantas leyes y que iban a ser un pueblo nuevo no esclavizado ante tantos mandatos y preceptos? A otros quizá les costara aceptarlo, como luego se verá a lo largo de su vida porque lo que decía la ley y lo que decían los profetas no se podía cambiar de ninguna manera y además siempre habían vivido así con esos mandamientos, ¿por qué habría que cambiarlos ahora? Siempre ha sido así, es la consabida frase que tantas veces se repite cuando no queremos mejorar nada.
Ahora Jesús allá en la montaña, como un nuevo Moisés que subiera al Sinaí, estaba trazando lo que habían de ser las metas y los ideales de ese Reino nuevo de Dios que el anunciaba y nos daba las pautas por donde habrían de vivir los que se llamaran sus discípulos, sus seguidores. Había desconcertado a muchos cuando llamaba dichosos a los pobres y a los que sufren, a los que son perseguidos o a los que tienen un corazón inquieto que les lleve a complicarse la vida por los demás. Otros se llenaban de esperanza y recomenzaba a brotar la alegría en el corazón por se les decía que todo lo que ahora tanto les inquietaba o les hacia sufrir un día habría de cambiar.
¿Qué les dice hoy Jesús claramente? El no ha venido a abolir la ley ni los profetas. El Reino de Dios que El anuncia se fundamente precisamente en la en la Palabra de Dios. Y esa Palabra de Dios es inamovible para siempre. El viene a darle plenitud, a darle profundo sentido, a hacer que encontremos en verdad gusto por escuchar esa Palabra y plantarla realmente en lo más hondo del corazón. Quienes así lo hagan estarán sintiendo para siempre el Señorío de Dios en sus vidas.
El no viene a hacer revoluciones violentas que con esas fuerza del poder humano haga que se cambien las cosas; con El todo ha de comenzar por cambiar desde lo más hondo el corazón para que desaparezcan para siempre las superficialidades o las rutinas, las lecturas interesadas de lo que nos dice Dios o simplemente el dejar que las cosas sigan como están.
Su ley será la del amor, un amor vivido en la más hermosa plenitud, con el más profundo sentido; un amor que no se queda en ritualismos y formalidades; un amor auténtico que tiene que abarcar toda la amplitud de la persona. No es simplemente que se nos prohíba matar, sino es que se nos manda amar. Y es que además la violencia de matar no está solo en arrancar la vida o derramar la sangre sino en todo aquello que pueda hacer daño al prójimo, también en nuestros gestos, con nuestras palabras, en nuestras posturas, en las actitudes que tengamos ante los demás, en los resentimientos que seguimos guardando en el corazón. Cuánta muerte llevamos en nosotros y cuánta muerte damos a los demás cuando nos falta ese auténtico amor en el corazón.
Por eso Jesús nos hablará de reconciliación y de perdón; nos dirá que ya a nadie se lo podrá considerar como un enemigo o contrincante a quien queremos eliminar porque a todos hemos de amar, a todos hemos de perdonar, por todos incluso hemos de rezar. Nos dirá que si vamos a presentar nuestras ofrendas de amor a Dios no podemos ir marcados en nuestro corazón por el odio, las envidias, rencores o los resentimientos sino que antes hemos de aprender a reconciliarnos los unos con los otros para poder ir con el corazón lleno de paz a la presencia del Señor.
Nos enseñará como tiene que predominar el amor en la vida, un amor que es respeto y valoración de toda persona porque de nadie podemos considerarnos dueños, ni a nadie se le pueda considerar inferior o apartarla de nuestra vida simplemente cuando nos cansemos de ella o nos apetezca hacerlo. Un amor que es fiel y que hemos de saber cuidar y preservar en todo momento para que nada haya que nos distancie o nos separe en las relaciones donde decíamos que las habíamos construido desde el amor.
Así le glorificaremos viviendo la plenitud de su Reino, santificaremos el nombre del Señor que nos merece respeto y veneración en todo momento y nunca mal usaremos su santo nombre para las justificaciones de nuestros actos injustos sino que en todo momento nos hemos de manifestar en total autenticidad y sinceridad.
Un estilo nuevo, un sentido nuevo nos está presentando Jesús en lo alto de la montaña; una vida nueva que no se quedará nunca en formalismos ni ritualismos sino que a todo le daremos autenticidad y veracidad; una vida llena de amor que entrañará un sentido nuevo para nuestras mutuas relaciones, pero también para una auténtica relación con Dios que es el Padre bueno que nos ama y nos pone en camino de amor. Algo nuevo está comenzando, está naciendo en los corazones el Reino de Dios.

sábado, 11 de febrero de 2017

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Hay un milagro que se llama amor, solidaridad, justicia que podemos realizar con los siete panes de nuestra pobreza para hacer un mundo mejor

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10
‘¿Cuántos panes tenéis?’ les pregunta Jesús a los discípulos. Una pregunta que nos tendría que hacer pensar.
Estaban en despoblado, lejos de poblaciones en los caminos que Jesús hacía de un lado para otro anunciando el Reino; pero las gentes se iban detrás de El porque querían escucharle, porque querían estar con El; ahora llevan varios días y están lejos de sus casas o de algún poblado donde puedan conseguir panes para comer porque las provisiones se han agotado.
Jesús les plantea el problema a los discípulos más cercanos, aquellos que estaban siempre con El y conocían ya más en profundidad el mensaje de Jesús; pero podríamos decir que aun están verdes y ahora van a recibir una lección. Como le responden que están lejos de donde poder conseguir comida, les pregunta ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Solo siete panes para una multitud tan grande; luego nos hablará el evangelista de miles de personas.
No tenemos pan, no hay comida para tantos, la población del mundo crece y crece, escuchamos también comentarios. Los problemas son graves, la crisis económica mundial no se termina de resolver. Nos encontramos también con filas interminables, por decirlo de algún modo, de gente que está pasando necesidad. Ya no es solo pensar en el tercer mundo, en países menos desarrollados, donde los problemas siguen y aumentan. Los tenemos a nuestro lado, en nuestro mundo desarrollado, en este mundo en el que hablamos de una sociedad del bienestar, al menos eso nos han vendido.
Y sabemos, porque muchas veces los conocemos por sus nombres aunque otras veces no queremos enterarnos, no queremos ni mirarles a la cara, que hay mucha gente con problemas incluso de subsistencia, que son echados de sus viviendas por no poder pagar, que duermen en los bancos de los parques o a la sombra de algún puente, que nos encontramos por las esquinas tendiéndonos la mano pidiéndonos una limosna.
¿Se nos estará preguntando también ‘cuántos panes tenéis’? ¿Qué podemos hacer? ¿No podemos hacer nada y nos quedamos con los brazos cruzados?
En el relato del evangelio parece que solo había siete panes, pero que no eran nada para tantos. Pero se multiplicaron y todos comieron hasta hartarse e incluso sobraron panes que se recogieron para que no se perdieran. ¿Podremos realizar nosotros también esa multiplicación de los panes? ¿Estaremos pidiendo milagros?
Hay un milagro que se llama amor, que se llama solidaridad, que se llama justicia. Es el que tenemos que comenzar a poner en juego. Hay muchos que ya lo están poniendo en juego, hemos de reconocer. Con esa pobreza de nuestros siete panes, de eso poquito que nosotros tenemos y que podemos aportar mucho se puede hacer, grandes cosas se pueden hacer.
Algunos lo están haciendo. Hay gente, sí, que se preocupa por los otros que pone voluntariamente su tiempo, su dedicación, unas horas al día o a la semana unidos a otras personas; otros pondrán esos céntimos que pueden sacar de su pobreza para compartirlo en justicia con los demás y el milagro se realiza, y serán muchos los que coman en esos comedores sociales que por ejemplo Cáritas u otras instituciones de la Iglesia o de grupos de cristianos están realizando.
Tú quizá pones esos céntimos o esa pequeña moneda en la colecta, por ejemplo, que se hace para Cáritas en nuestras parroquias; eso se unirá a ese trabajo voluntario que otras muchas personas anónimas ponen de su parte y surgen esos proyectos y esas acciones de Cáritas que ya no son solo dar de comer o pagar unas deudas sino también muchas otras labores de promoción y de desarrollo de la persona que calladamente se están realizando y del que muchas personas se benefician.
Tendríamos que conocer más esas acciones que se están realizando y que están ayudando a tanta gente. Seguro que seríamos capaces de poner con mayor generosidad esos siete panes de cebada de nuestra pobreza y se realizará el milagro del amor, de la solidaridad, de la justicia, como antes decíamos. Es en lo que me hace pensar este milagro de la multiplicación de los panes que hoy escuchamos en el evangelio.

viernes, 10 de febrero de 2017

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos…’ Iba Jesús atravesando las regiones fronterizas de Israel; venia de territorios fenicios, donde contemplamos su encuentro con la cananea y ahora está por la Decápolis. A todas partes llegaba noticia de sus obras y ahora le presentan a un sordomudo para que lo cure. Y Jesús abre sus oídos, suelta su lengua para que pueda escuchar y para que pueda hablar, aunque en este caso no quiere que se divulgue la noticia.
Oídos para oír. Ya escuchábamos a Jesús diciendonos que el que tenga oídos para oír que oiga, que entienda bien. Necesitamos oídos para oír, sí, pero corazón para comprender. No sé si siempre escuchamos bien, si siempre queremos escuchar, si acaso algunas veces nos hacemos oídos sordos. Y nos hacemos oídos sordos cuando escuchamos lo que queremos, o cuando oídos pero nos hacemos nuestras propias interpretaciones escuchando lo que nos interesa o tergiversando aquello que oímos con nuestra interesada interpretación.
Nos sucede tantas veces en que no llegamos a entendernos porque no nos escuchamos. Discutimos pero no dialogamos, porque no escuchamos, porque en lugar de escuchar lo que estamos haciendo es prepararnos para dar nuestra propia respuesta que no es precisamente responder a lo que nos dicen porque realmente no los hemos escuchado. Nos falta quizás serenidad y paz en el corazón para abrir bien nuestros oídos. Y eso nos sucede muchas veces en nuestras conversaciones ordinarias con la gente.
Si alguna distinción tuviéramos que hacer sería cerrar nuestros oídos a lo malo que nos puedan contar de los demás, para abrir bien nuestros ojos siempre con unos cristales muy limpios y muy brillantes para ver sobre todo lo bueno que hay en el otro. Somos dados a la comidilla, a la murmuración, al corre ve y dile, al comentario malicioso, al juicio interesado y condenatorio, a la crítica destructiva.
Cuando hoy estamos contemplando a Jesús que abre los oídos de este sordomudo y suelta su lengua para que pueda comunicarse con los demás creo que también tendríamos que pedirle al Señor que nos cure nuestros oídos y sane nuestra lengua para que nunca haya malicia en nuestros pensamientos y en nuestras palabras, para que siempre estemos abiertos a lo bueno, para que sepamos escuchar y dialogar para entendernos cada día mejor, para que nuestros labios solo se abran para alabanzas y bendiciones, para que no manchemos nuestro corazón con ningún tipo de maldad.
‘Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Ojalá nosotros pudiéramos merecer la alabanza de que siempre lo que se escuche de nuestros labios sea una palabra buena y constructiva de respeto hacia los demás y de comprensión fraterna ante lo que hacen los otros. 

jueves, 9 de febrero de 2017

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30
Como suele decirse, hay formas y formas. No todo es igual, no se pueden hacer las cosas de cualquier manera. Cuando pretendemos obtener un favor de alguien no podemos ir con impertinencias ni con exigencias. Es un favor, algo que pedimos y creemos que no lo merecemos aunque lo necesitamos, y solicitamos el favor, la gracia de alguien para conseguirlo, para obtenerlo. Por eso el mejor camino es la sencillez de presentamos como somos y la humildad que de alguna forma adelante la gratitud con que nos vamos a mostrar por aquello que esperamos conseguir.
En la vida algunas veces nos mostramos con demasiada arrogancia, porque nos falta humildad para reconocer lo que no tenemos, pero hay arrogancia también en los que se creen que lo tienen todo y que todo se lo merecen. La sencillez en el trato, la confianza que ponemos en el otro reconociendo nuestras debilidades y nuestras carencias, la apertura sincera del corazón con nuestras propias limitaciones son pautas muy buenas que nos acercan los unos a los otros. En nuestra pobreza y en nuestras carencias también tenemos el peligro de mostrarnos arrogantes, exigentes, orgullosos. No es un sometimiento al otro lo que hemos de manifestar en nuestras carencias porque todos tenemos nuestra dignidad, pero sí poner buenas actitudes en el acercamiento a los demás desde nuestras propias necesidades.
Lo vemos hoy reflejado en aquella mujer fenicia que se acercó a Jesús desde su necesidad y sus problemas con la enfermedad de su hija. No sabía qué hacer ni a quien acudir. Conoce la presencia de Jesús en su tierra, lejos ya de los territorios de Israel, pero hasta ella han llegado noticias de lo que Jesús puede hacer. Por eso acude hasta Jesús, llora, suplica, insiste, se muestra con entera humildad.
Son pruebas duras por las que ha de pasar aquella mujer. Bien sabe que los judíos tenían sus recelos ante los gentiles, a los que menospreciaban con el calificativo de perros. Es la terminología que escuchamos en el evangelio. Pero en Jesús no hay desprecio, en Jesús está presente su amor misericordioso pero quiere purificar la fe de aquella mujer. No ha de ir simplemente a buscar a un taumaturgo que haga milagros sino que tiene que descubrir algo más profundo en Jesús. La fe purificada en la humildad aparece en el corazón de aquella mujer. ‘Anda, vete, le dirá Jesús, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’. Y al llegar a casa encontró a su hija curada.
Tenemos que purificar nuestra fe; tenemos que ahondar más y más en el evangelio; hemos de aprender esos caminos de la humildad; hemos de saber de la gratuidad de lo que es el amor de Dios que tantas veces se ha derramado en nuestra vida sin que nosotros lo mereciéramos; hemos de reconocer esa misericordia del Señor que nos perdona y que nos levanta, que nos fortalece y nos llena de su gracia para que vivamos para siempre liberados del mal; hemos de llenarnos de esos sentimientos de humildad siempre en nuestro trato con los otros.
La humildad es la miel, aunque nos pareciera a veces amarga, con la que atraemos la benevolencia de los demás y el amor misericordioso de Dios.