jueves, 5 de mayo de 2016

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ Nos habla Jesús hoy de tristezas y alegrías. Nos dice el diccionario que la tristeza es ese sentimiento de dolor anímico producido por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, la insatisfacción y la tendencia al llanto’.
Nos suceden cosas desagradables en la vida, porque bien sabemos que no todo es un camino de rosas, pero aun así las rosas tienen espinas; nos vienen contratiempos con los problemas que nos van surgiendo, enfermedades, amistades que se rompen, traiciones, envidias que nos hacen daño; quizá encontramos oposición a nuestras ideas y no sabemos como afrontar las situaciones con las que nos tenemos que enfrentar; no nos sentimos satisfechos con lo que vamos logrando o acaso nos sentimos fracasados en la vida; muchas cosas que nos pueden amargar el corazón, entristecer el alma, llenarnos de pesimismo y de negruras.
No olvidemos que las palabras que hoy le escuchamos a Jesús están en el marco de la cena pascual y forma parte de aquella conversación – llamémosla así – de despedida en que Jesús les va anunciando los acontecimientos inmediatos sino también como preparándolos para el nuevo camino que han de emprender. Muchas veces les ha hablado de las persecuciones que han de sufrir y tanto en referencia a una como a otra cosa están estas palabras que hoy escuchamos.
La muerte de Jesús va a aparecer como un triunfo inmediato de aquellos que quieren quitarlo de en medio, pero Jesús les está anunciando el triunfo verdadero de la resurrección. Ya escucharemos la alegría que iban a sentir en su encuentro con Cristo resucitado. Pero quiere decirnos mucho más Jesús. Es una referencia a esa alegría profunda que ha de vivir el cristiano siempre cualquiera que sea la situación por la que pase. Siempre podemos y tenemos que sentir la presencia de Cristo con nosotros.
En los caminos de la vida, como reflexionábamos al principio, nos encontramos muchas cosas que pueden entristecernos el alma. En el camino de nuestra vida cristiana, en el camino que como Iglesia seguimos haciendo en el hoy de nuestra historia también tenemos la tentación del desánimo, de la desesperanza, del entristecernos porque nos pueda parecer que la luz no brilla siempre en todo su esplendor.
Las situaciones de increencia que podamos contemplar a nuestro alrededor, la oposición que encontramos en las fuerzas del mal que parecen que quieren oscurecer nuestro mensaje del evangelio, las trabas de todo tipo que podamos encontrar en el anuncio del evangelio, las adversidades de todo tipo que van apareciendo y que nos pueden hacer difícil nuestro camino y nuestro testimonio nos pueden entristecer.
Es lo que Jesús nos anuncia. Pero escuchemos su Palabra en su totalidad. Nos habla de una alegría que nadie nos puede arrebatar. Esa paz que con Jesús llevamos en nuestro corazón no la podemos perder de ninguna manera. Ponemos nuestra fe y toda nuestra esperanza en el Señor. Y eso que pudiera parecer tristeza tiene que convertirse en alegría y en alegría de la mejor.
Con nosotros está el Señor y el poder del abismo no podrá contra la Iglesia, no podrá contra el mensaje cristiano. Tenemos la Palabra de Jesús, tenemos su presencia, tenemos la fuerza de su Espíritu. Confiemos. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

‘Muchas cosas me quedan por deciros… cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…’
Cómo podremos recordar todas las cosas que nos ha dicho y enseñado, podían quizá estar pensado los discípulos. Muchas cosas habían contemplado, muchas cosas le habían visto hacer y en todas ellas había una enseñanza, muchas cosas le habían escuchado tanto cuando les hablaba a las multitudes como cuando a ellos en particular ya fuera en casa o cuando iban de camino o marchaban a solas con El a lugares apartados, ¿cómo iban a recordarlo todo?
Si estando Jesús con ellos y recordándoles continuamente las cosas tanto les costaba hacerlas, vivir aquellas actitudes nuevas que de El iban aprendiendo, seguían con aquellas ambiciones ocultas en su corazón que muchas veces reaparecían, ¿cómo harían cuando El no estuviera con ellos? ¿Quién podría darles seguridad de que lo que iban a hacer y enseñar lo harían con fidelidad a la Buena Nueva que les había anunciado Jesús del Reino nuevo de Dios?
‘Cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, que os enviaré desde el Padre, os lo enseñará todo, os guiará hasta la verdad plena’. Era la promesa de Jesús. Por eso les dirá más tarde que se queden en Jerusalén hasta que se realice la promesa del Padre y entonces recibirán el Espíritu y habrán de marchar por todo el mundo, porque han de ser testigos de esa verdad y de esa salvación para que todo el que crea pueda alcanzar esa salvación.
Es la garantía con la que nosotros seguimos viviendo nuestra fe; es la garantía del camino de la Iglesia. Algunos podrán pensar que eso de la fe nos lo hemos inventado nosotros; algunos querrán acusar a la Iglesia que es una manipuladora de poder y que se inventa sus normas y sus leyes para guardarse en salud. Cosas así escuchamos en nuestro entorno; muchos verán a la iglesia como si fuera uno más de los poderes de este mundo y que los hombres nos hemos inventado.
Nosotros no lo vemos así, porque creemos en la Palabra de Jesús. Nosotros tenemos una fe que reconocemos que es un don de Dios que como hermosa semilla ha sembrado en nuestro corazón y que hace que tenga vida. Nosotros creemos en esa fuerza y en esa asistencia del Espíritu de Dios que nos guía, que nos ilumina, que conduce los caminos de la Iglesia. Nosotros creemos en la asistencia del Espíritu que nos hace mantenernos en esa plenitud de Verdad que es Cristo y su evangelio. Nosotros creemos en la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el Espíritu que nos recuerda y nos hace vivas en nuestros corazones las Palabras de Jesús.
Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad. Si no fuera esa fuerza y esa gracia del Espíritu hace tiempo ya que la Iglesia se hubiera destruido a si misma, en las  manos de los hombres tentados a dejarnos arrastrar por nuestras ambiciones y llenos de nuestra vanagloria. Si la Iglesia sigue caminando en fidelidad es por la fuerza del Espíritu del Señor que la acompaña, la ilumina, la guía siempre hacia la verdad plena.
Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés y el Evangelio nos va recordando las Palabras de Jesús que nos anuncian la venida del Espíritu. Oremos y pidamos que el Espíritu nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor.

martes, 3 de mayo de 2016

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

1Corintios 15, 1-8: Sal 18; Juan 14, 6-14
En esta fecha del tres de mayo quiero tener en cuenta en mi reflexión varios aspectos que confluyen en la celebración de este día y que creo que hemos de tener muy en cuenta. No olvidamos que seguimos en el espíritu del tiempo pascual que da color y sentido a todas las celebraciones de este tiempo, aunque hemos de tener en cuenta que este día la liturgia hace memoria de dos apóstoles del grupo de los Doce, Felipe y Santiago el Menor; por otra parte en la devoción popular este día está coloreado con el signo de la Cruz, en memoria de una antigua fiesta cristiana que hacia referencia al encuentro de la Cruz por parte de santa Elena, en Jerusalén en el entorno de lo que es hoy la Basílica del Santo Sepulcro o de la Resurrección.
Esta memoria de la cruz que se traduce en numerosas fiestas populares en nuestros pueblos y ciudades, con el enrame y adorno de la Cruz que marca muchos de nuestros caminos en pueblos y ciudades. Muchas son las ciudades también que llevan el nombre de la Santa Cruz, bien en referencia a la fundación de las mismas – como sucede aquí en nuestra tierra canaria – o desde la fe cristiana que siempre puso en un lugar preponderante la cruz redentora de Cristo.
La Palabra de Dios que se nos ofrece en la liturgia de este día, propia de la fiesta de los Apóstoles, Felipe y Santiago, que celebramos nos recuerda lo que es nuestra confesión de fe, la fe que profesamos y queremos vivir. Como nos dice el apóstol nos recuerda el evangelio que El proclamó y que aceptamos y en el que encontramos la salvación. Esa buena nueva nos anunciaba a Cristo que murió por nosotros, que resucitó al tercer día y resucitado se manifestó a los apóstoles y discípulos antes de enviarlos por el mundo a proclamar ese evangelio.
Se nos manifiesta ahí todo el sentido pascual de nuestra fe que da sentido a nuestra vida y por la que incluso estaríamos dispuestos a dar la vida. Esa fe que nosotros confesamos fundamentada en los apóstoles, primeros testigos de la resurrección de Cristo y de la que nosotros somos herederos.
Cuando nosotros en este día estamos venerando de manera especial la cruz de Cristo lo hacemos también desde ese sentido pascual. En la cruz se nos manifiesta ese paso de amor de Dios por nuestra vida y nuestro mundo para traernos la salvación.
Contemplamos y celebramos la cruz no como un instrumento de muerte sino como un signo de victoria. La cruz es la victoria del amor; es la gran manifestación del amor que Dios nos tiene que así entregó a su Hijo en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros.
Levantando nosotros en lo alto la cruz queremos manifestar que esa victoria del amor y de la vida tiene que seguir estando presente en nuestro mundo. No podemos permitir que reine la muerte; no podemos permitir que venza el odio y el pecado. Levantamos en alto la cruz porque queremos que venza el amor, que sea la victoria de la vida porque por la cruz de Jesús nosotros nos comprometemos por el amor, nosotros nos comprometemos por la vida.
Y es lo que queremos seguir sembrando en nuestro mundo. Es la transformación de vida que estamos obligamos, estamos comprometidos a realizar desde esa fe que tenemos en Jesús, muerto y resucitado. No  nos quedamos en la muerte, no queremos permitir que siga reinando el sufrimiento, queremos ir al encuentro de la vida, queremos llevar la salud de Jesús a los demás y es lo que hacemos cuando anunciamos el evangelio. Es el compromiso de esta fiesta de la Cruz. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Hechos 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Me recuerda a la madre que siempre le está advirtiendo a su hijo lo que le puede pasar y que cuando suceden lo que le había prevenido le recuerda ‘yo te lo dije’; me recuerda la palabra del amigo o de aquella persona que te aprecia mucho que igualmente nos dice que ya nos había prevenido para que tuviéramos cuidado. Así está Jesús anunciándoles a sus discípulos en la hora de la cena pascual aquellas cosas que de manera inminente van a suceder o también lo que en el futuro les va a pasar por ser seguidores suyos. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Pero las palabras de Jesús no son para producirnos desasosiego ni amarguras ni temores ante lo que va a suceder, sino son palabras que nos llenan de esperanza. Nos asegura Jesús que no nos faltará la fuerza del Espíritu. Nuestra misión es dar testimonio y ese testimonio se convierta en anuncio de Buena Nueva, en anuncio de Evangelio  para que a todos en verdad llegue la salvación. Pero será un anuncio, será un testimonio que podremos realizar por la fuerza de su Espíritu.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Tenemos el testimonio del Espíritu de la Verdad que nos lo recordará todo, que será en verdad nuestra fortaleza porque nos hace sentir la presencia de Dios con nosotros, pero eso nos tiene que llevar a dar nosotros nuestro testimonio. Como nos dirá Jesús en otro lugar: ‘Seréis mis testigos’.
Cuando vamos ya terminando el tiempo pascual vamos escuchando estas palabras de Jesús que nos anuncian la presencia del Espíritu Santo. El se vuelve al Padre pero no nos dejará solos, nos envía desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será nuestra fortaleza, será nuestra luz. Todo esto nos va preparando para la gran fiesta de la Pascua de Pentecostés, en que celebraremos y viviremos de manera especial la fuerza del Espíritu Santo en nosotros.
Ese testimonio que hemos de dar proclamando nuestra fe con valentía. No podemos avergonzarnos de nuestra fe sino que con gallardía y con alegría hemos de proclamarla. Somos felices con nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios y renovados totalmente en El para vivir una nueva vida. Y de ese amor de Dios, aunque inmerecido por nuestra parte, hemos de sentirnos orgullosos. Por eso lo proclamamos; por eso lo queremos vivir amando nosotros de la misma manera a los demás.
No tememos que no nos entiendan y eso nos pueda llevar a muchas incomprensiones por parte de los demás que se puedan convertir incluso en persecuciones. Nos sentimos seguros y fortalecidos en el Espíritu del Señor. Y damos testimonio de ello con nuestro estilo de vida, con ese nuevo sentido con que hacemos todas las cosas, con esa intensidad de nuestro amor.
Damos testimonio porque queremos convertirnos en faro de luz en medio de tantas oscuridades. No es nuestra luz con la que vamos a iluminar sino con la luz de Cristo en la que nosotros hemos sido iluminados. No querrán aceptar esa luz pero nosotros la encendemos porque queremos que haya vida y no muerte, porque queremos poner amor y solidaridad frente a tantos odios y violencias, porque queremos decir que es posible un mundo distinto cuando aprendemos a ser solidarios y a compartir, porque queremos que brille de verdad la paz frente a tantos enfrentamientos, discriminaciones, insolidaridades e injusticias.
No nos faltará la fuerza del Espíritu para ser testigos.

domingo, 1 de mayo de 2016

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apoc. 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29
 Cuando sentimos un amor grande por alguien nos cuesta desprendernos de él, separarnos; el pensar que no lo vamos a ver más o que no podemos estar con esa persona amada, gozar de su presencia, escuchar sus palabras y consejos, sentir su cercanía nos produce un profundo dolor en el alma que sabríamos cómo mitigar. Es lo duro de las separaciones y de las despedidas; queremos que su presencia se prolongue y buscamos gestos, signos que nos lo sigan recordando; queremos tener algo de su posesión, guardar una imagen, algo que nos lo siga recordando. Son experiencias por las que pasamos en ocasiones en la vida y nos dejan unos sentimientos encontrados en nuestro corazón.
Se me ocurre pensar en estas experiencias humanas por las que todos en alguna ocasión habremos pasado, porque de alguna manera era algo que podían sentir los apóstoles en la noche de la cena. Estaban las palabras de Jesús que habían anunciado su inminente pasión, y ahora la despedida era más patente en los gestos y palabras que se habían ido sucediendo en la cena y lo que seguía anunciando.
Hasta ahora habían tenido siempre la presencia de Jesús con ellos, escuchaban sus palabras y sus explicaciones repetidas, recibían su corrección cuando sus actitudes seguían siendo egoístas o ambiciosas, pero quizá presentían que Jesús no iba a estar con ellos  y quién les iba a enseñar, quien los iba a corregir, quien les iba a dar fuerza para todas aquellas situaciones nuevas en las que habrían de encontrarse a partir de estos momentos. Jesús además les decía que convenía que El marchase.
Pero lo maravilloso estaba en que más que ellos tratar de inventarse o buscarse cosas que les recordaran para siempre su presencia, era Jesús el que realmente se los estaba ofreciendo. Eran sus discípulos y habían de seguir su camino; eran sus discípulos y habrían de realizar una misión;  eran sus discípulos y habían de cumplir la palabra de Jesús, su mandamiento. Les había dejado el mandamiento del amor que tendría que ser para siempre su distintivo. Mucho les había insistido Jesús cómo tendría que ser ese amor.
Era ahora Jesús el que les decía que si cumplían su mandamiento iban a tener segura para siempre su presencia con ellos. Por una parte porque en aquellos a quienes habrían de amar siempre tendrían que ver a Jesús. Pero había más, ‘el que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará  y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios habitaría en sus corazones. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, les dice. Jesús estará siempre con ellos; podrán sentir para siempre su presencia en el corazón. No tenían que hacer otra cosa que cumplir su mandamiento, amar con un amor como el de Jesús.
¿Quién va a enseñarles? ¿Cómo van a sentir su palabra en su corazón y en su vida? ¿Quién va a inspirarles en cada momento lo que habían de hacer? ¿Quién sería el que les diera fuerza para seguir con toda fidelidad su camino? ‘Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. El Espíritu de Dios estará para siempre con ellos y será quien en verdad les guíe, les recuerde en cada momento las palabras de Jesús.
Tendrían que acabarse los miedos y los temores. Aunque les anuncia que las cosas no serán fáciles, porque el discípulo no es más que su maestro y lo mismo que van a hacer con Jesús les puede suceder a ellos, no han de sentirse turbados ni perder la paz en ningún momento. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’. ¿Por qué hemos de temblar si no nos faltará nunca la presencia del Espíritu de Jesús que es espíritu de fortaleza y de vida?
No podemos perder la paz en el corazón. Ahora mismo se sentían turbados con los anuncios de Jesús y sin tener claro lo que iba a suceder aunque Jesús se los había explicado bien. Pero las palabras de Jesús eran un bálsamo para su corazón. Con las palabras de Jesús se sentían fuertes; nada habían de temer. La paz que sentimos en Jesús es una paz bien distinta a la que quizá estamos acostumbrados a ver en nuestro mundo. La paz de Jesús siempre inundará de alegría el corazón y así nunca perderemos ese equilibrio interior. Por eso terminará diciéndoles, ‘os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo’.
Es lo que nosotros también hemos de sentir. Es la paz que hemos de vivir en lo hondo del corazón. Jesús está con nosotros, la fuerza de su Espíritu nos acompaña siempre, por su fuerza y por su gracia sabemos que Dios mora en nosotros desde nuestro bautismo. Muchas veces nos sentimos turbados con los problemas, con las dificultades, con las tentaciones que vamos sufriendo por doquier, pero sabemos que contamos con la gracia  y la fuerza del Señor.
Lo que tenemos que hacer es ponernos en camino, en el camino del amor cumpliendo su mandamiento y sentiremos la presencia de Jesús. Vayamos al encuentro de los demás sabiendo que vamos siempre al encuentro del Señor porque en cada hermano hemos de verle a El. Derrochemos amor con nuestra vida, en nuestras palabras, con nuestros gestos, en el compromiso que vivamos por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la seguridad de no sentirnos solos porque la fuerza del Espíritu de Jesús está con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2016

Sabemos de quien nos fiamos y con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor aunque el mundo no nos entienda y hasta nos persiga

Sabemos de quien nos fiamos y con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor aunque el mundo no nos entienda y hasta nos persiga

Hechos 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

A quien quiere ser fiel, leal, honrado en la vida no le va a faltar nunca quien le lleve la contraria o quien de alguna manera trate de desacreditarlo buscando oscuridades donde no las va a encontrar. No tendría que ser así, y seguro que pensamos que si nos encontramos una persona así leal, honrada, fiel a sus principios nosotros le damos nuestra admiración y respeto. Es cierto que quizás por nuestra parte queramos actuar así, pero bien sabemos cuanta maldad y cuantas envidias nos encontramos en la vida y los que tienen así ennegrecido el corazón no soportan que brille la luz.
Por eso no nos extrañe que la Iglesia y los cristianos siempre estén en el punto de mira del mundo que nos rodea buscando donde encontrar un fallo, donde poder desprestigiar, y no siendo capaces de reconocer cuanto de bueno se realiza. Pero diríamos que eso es casi lo menor que nos pueda suceder, porque sabemos muy cuanta oposición tiene la Iglesia en medio del mundo que le rodea y a cuantas persecuciones de todo tipo están sometidos los cristianos en todas partes.
No es necesario ir muy lejos para ver todo esto, aunque bien sabemos que en muchas partes del mundo siguen muriendo cristianos a causa de su fe en este mismo siglo en el que vivimos, pero también en nuestro entorno hay muchas maneras de querer hacer desaparecer de la vida pública la acción de la Iglesia y la vida y el testimonio de los cristianos.
Es lo que nos anuncia Jesús hoy. Seguirle a El compromete nuestra vida. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo…’ Nuestro estilo de vida es distinto y no nos dejamos embaucar por lo que nos ofrezca el mundo. Muchas veces en la vida tenemos que nadar como a contracorriente porque nuestra manera de actuar es desde otros principios, desde otro sentido de la vida. Eso no lo van a querer entender pero es ahí donde hemos de mostrar de verdad que somos fieles a Jesús y a su evangelio, aunque nos cueste.
Pero no hemos de temer porque sabemos bien de quien nos fiamos y con nosotros estará siempre la fuerza y la gracia del Señor. Nos cuesta ser fieles porque nos sentimos tentados; somos pecadores que muchas veces mostramos lo que es nuestra debilidad con nuestros tropiezos en la vida, pero sabemos y queremos levantarnos porque nos fiamos de la gracia del Señor. Tendríamos que ser santos, es cierto, pero somos pecadores, pero aun así nos sentimos amados del Señor y fortalecidos en todo momento por su gracia.
No olvidemos lo que nos dice Jesús: ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán… todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió’. Que por la rectitud de nuestra vida, aún reconociendo que somos pecadores y débiles, lleguemos a mostrarle al mundo el verdadero rostro de Dios. Sabemos que  con nosotros está la fuerza de su Espíritu.

viernes, 29 de abril de 2016

Nos sentimos inundados por el amor generoso de Dios y aprendemos a amar con su mismo amor como nos señala en su mandamiento

Nos sentimos inundados por el amor generoso de Dios y aprendemos a amar con su mismo amor como nos señala en su mandamiento

Hechos, 15, 22-31; Sal. 56; Jn. 15, 12-17
Cuando en verdad nos sentimos gratuitamente amados aprendemos a amar también nosotros con una generosidad nueva y con un amor gratuito. Es maravilloso lo que el amor puede hacer en nosotros; cuando lo sentimos de verdad en nuestra vida nos sentimos transformados y necesariamente tenemos que comenzar a amar también con un amor generoso y gratuito.
El amor experimentado en nosotros, cuando nos damos cuenta incluso que no lo merecemos nos echa debajo de nuestras torres y destruye esas murallas que tantas veces nos encierran en nosotros mismos. El amor generoso nos abre las puertas del corazón y nos pone en camino. Muy mezquinos tendríamos que ser si no actuáramos así cuando nos sentimos amados a pesar de no merecerlo. Por eso el amor en verdad nos engrandece. Y será un amor así el que transforme el mundo. Fue un amor así el que nos salvó.
Es lo que experimentamos en el amor de Dios. ¿Merecíamos que Dios nos amara como nos ha amado desde toda la eternidad? ¿Merecíamos, acaso, que tanto fuera su amor que nos entregara a su propio Hijo para regalarnos así en su amor la salvación que no merecíamos a causa de nuestro pecado? No terminamos de dar gracias a Dios y corresponder con nuestro amor.
No hay amor más grande que el de Dios que se nos manifiesta en Jesús que ha entregado su vida por nosotros. Y así nos ama el Señor. Pero así nos pide que correspondamos a ese amor. Por eso nos dirá que esa será nuestra señal, nuestro distintivo. Con el signo de la cruz, fuimos marcados en nuestro bautismo para que así siempre fuéramos mostrando ese amor de Dios en nuestra vida. Y ¿cómo hemos de hacerlo? Amando con un amor igual.
Nos lo deja como su mandamiento, nos dice hoy en el evangelio. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’. No es un amor cualquiera; ya no es amar como nos amamos a nosotros mismos; ahora es amar como El nos ha amado; se convierte en un amor sublime, divino, a la manera de cómo es generoso el amor de Dios.
Es la manera como tenemos que expresar en nuestra vida que el Señor nos ha elegido y nos ha amado. Hoy nos dirá que no somos siervos, nos llama amigos. Amigo es el elegido para ser amado. Así nos eligió el Señor, así nos amó el Señor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido… a vosotros os llamo amigos…’ Y nos dice que porque somos sus amados, sus elegidos, sus amigos, nos revela todo el misterio de Dios.
Y nos pide que demos frutos; son los frutos del amor que se van a expresar en mil detalles, en mil gestos, en mil actitudes, en mil momentos generosos de amor para con los demás. Cuantas ocasiones tenemos cada día de vivir un amor así. De cuántas maneras lo podemos manifestar allí donde estemos, allá por donde vayamos, con aquellos con los que convivimos cada día, con todos los que nos vamos encontrando. Y de la manera que es el amor de Dios no será nunca un amor discriminatorio, sino será siempre un amor universal pero hecho de cosas concretas. A nadie podemos excluir; todos tienen que caber ya para siempre en nuestro corazón.
Y ¿todo eso por qué? Porque nos sentimos amados por el Señor, envueltos en su amor y con ese mismo amor aprendemos a amar a los demás.

jueves, 28 de abril de 2016

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

No perdamos la alegría del corazón porque seamos capaces de vivir siempre en el amor sintiéndonos amados de Dios

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Qué gozo más grande el sentirnos amados. Creo que todos estamos de acuerdo la persona que no se siente amada es la persona más infeliz del mundo; cuánta soledad se siente en el corazón si no palpamos y sentimos que alguien nos ama. Buscamos el amor, y no como un gozo placentero físico, sino como algo que se siente en el alma. Nos sentimos amados y al mismo tiempo nos sentimos impulsados al amor. Dura el es el alma de quien no sabe amar, porque quizá no ha sabido apreciar lo que es sentirse amado por alguien. Se endurece el corazón y se amarga la vida.
Tenemos que aprender a descubrir esas señales del amor que se nos ofrece cada día en tantos que nos aprecian de verdad, pero que algunas veces vamos tan encerrados en nosotros mismos por la vida que no somos capaces de sintonizar. Esa sintonía del amor mutuo haría en verdad un mundo más feliz y dichoso; un mundo mejor, porque quien entra en esa sintonía sólo sabrá ya hacer cosas buenas, siendo hasta capaz de olvidarse de si mismo por hacer el bien a los demás.
Hay tantos detalles y gestos que se nos ofrecen pero que distraídos no sabemos apreciar; pongamos luz en nuestros ojos, limpiemos esas lentes con que miramos la vida y miramos a los que caminan a nuestro lado, para que dejen pasar esos rayos luminosos del amor y nos gocemos en esa luminosidad que así le damos a la vida.
De esto no habla hoy Jesús. Cómo tenemos que sentirnos amados de Dios. Son tantas las señales que va dejando de su amor en el paso del día a día de la vida. Tenemos que abrir los ojos y el corazón. Nos sucede con Dios, como nos sucede tantas veces en la vida con las personas que tenemos cerca y en las que no sabemos  descubrir las señales de su amor. Luego decimos que nos cuesta creer, que nos cuesta mantener la fe; y es porque hemos perdido esa sintonía del amor, del amor de Dios que se nos manifiesta de tantas maneras.
La gran prueba y la gran señal la tenemos en Jesús. Como nos ha dicho en otra ocasión y lo hemos escuchado recientemente quien ve a Jesús ve al Padre, quien ve a Jesús se está encontrando con ese rostro y ese corazón de amor del Padre. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos dice que nos está revelando esto para que nuestra alegría sea completa. Por eso decimos tantas veces que los cristianos tenemos que ser las personas más alegres y felices del mundo. Por muchas que sean las sombras que pretendan entenebrecer nuestra vida, siempre está brillando para nosotros la luz del amor, la luz del amor de Dios.
Y nos pide Jesús que permanezcamos en su amor y para ello no necesitamos hacer otra cosa que vivir su mismo amor o, lo que es lo mismo, buscar la manera de hacer siempre su voluntad; y la voluntad del Señor es que vivamos en el amor. Como nos diría san Pablo ‘quien ama tiene cumplido el resto de la ley’.
No perdamos la alegría del corazón porque seamos capaces de vivir siempre en el amor porque nos sentimos amados de Dios.

miércoles, 27 de abril de 2016

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Hoy las imágenes con las que nos habla Jesús son eminentemente agrícolas. Nos habla de vid y de sarmientos, nos habla de poda y de los abonos necesarios para obtener unos buenos frutos. Imágenes todas ellas muy expresivas y tienen perfecta aplicación en todo lo que es nuestra vida.
Queremos que nuestra vida fructifique; nada hay peor que una vida insulsa y sin sentido, una vida sin metas ni objetivos, que no manifieste en aquello que hacemos y vivimos lo más hondo que llevamos dentro. Cada uno se prolonga, podemos decir, en aquellas obras que realiza y así manifiesta la riqueza interior que lleva dentro y que de alguna manera enriquece también a los que nos rodean y enriquecen a la sociedad en la que estamos. Vamos dejando nuestra impronta, nuestra huella, nuestros frutos en lo que hacemos no solo de forma personal para nuestro enriquecimiento personal sino también en bien de la sociedad en la que vivimos.
Eso significará un esfuerzo personal por ese crecimiento interior y por ese crecer y madurar como personas. Una persona sensata y sabia sabe analizar su vida para corregir errores, para mejorar su forma de actuar, para tratar de fijarse metas, para encontrar motivaciones para esa lucha de cada día que le haga mejorar como persona. Y esto en todas las facetas de su vida humana. Así manifestamos la madurez de nuestra vida.
Lo mismo y con mayor motivación, si queremos, en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, de seguimiento de Jesús. Es de lo que en concreto nos habla hoy el evangelio. Y además de esa poda necesaria para corregir errores, para purificar lo malo que pudiera ir apareciendo en nuestra vida, nos habla de algo muy importante que es la necesaria unión del sarmiento con la cepa, con la vid.
El Señor a través de su Palabra, allá en lo más secreto de nuestro corazón, en la intimidad de la oración o en aquellos que como instrumentos de Dios están a nuestro lado para ayudarnos, nos va señalando todo eso que tendríamos que podar en nuestra vida para que nuestros frutos tengan el verdadero sabor. Ya sabemos muy bien que un frutal que no se poda debidamente no nos dará unos buenos y sabrosos frutos de calidad. Es lo que necesitamos ir haciendo en nuestra vida cristiana, porque nuestra vida se puede ir maleando con la influencia negativa de tantas cosas con que nos vamos encontrando y nos pueden ir dañando.
Y todo eso lo podremos ir logrando en verdad con la fuerza del Espíritu divino. Es la necesaria unión con Dios que todo cristiano ha de vivir desde la oración y desde la vivencia de los sacramentos. Bien tenemos la experiencia – o mala experiencia, podríamos más bien decir – de que cuando aflojamos nuestra vida espiritual nos debilitamos, nos enfriamos, entramos en esa etapa de la vida espiritual que no somos ni fríos ni calientes, y la tibieza espiritual es el camino más terrible que nos hará resbalar por la pendiente de la tentación y del pecado.
Leamos y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos este hermoso texto del  evangelio de hoy. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada… Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos…’ Será un fruto que va a revertir en bien de nuestra sociedad y en bien de la Iglesia. Estaremos así construyendo un mundo mejor y realizando el Reino de Dios

martes, 26 de abril de 2016

Es necesario no perder nunca nuestro equilibrio interior llenándonos de la paz que Jesús nos da con la fuerza de su Espíritu

Es necesario no perder nunca nuestro equilibrio interior llenándonos de la paz que Jesús nos da con la fuerza de su Espíritu

Hechos, 14, 18-27; Sal. 144; Juan, 14, 27-31
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, nos dice Jesús. Hay momentos en que perdemos la paz; los problemas, los contratiempos que nos van apareciendo, algo que no nos gusta, un daño que hayamos recibido de alguien en un desaire cualquiera que hayamos soportado, las enfermedades y sufrimientos nos llenan de dolor y limitan nuestras posibilidades… muchas cosas que nos afectan interiormente y con las que podemos perder la paz.
Es necesario que aprendamos a no perder nuestro equilibrio interior, nuestra paz interior a pesar de las dificultades que nos pueda ofrecer la vida, no perder nunca la paz. Es difícil en muchas ocasiones porque esos contratiempos nos oscurecen la vida y nos parece que no tenemos salidas y nos angustiamos y podemos perder la esperanza. De ahí ese necesario crecimiento interior, ese madurar nuestra personalidad, esa necesidad de tener un espíritu fuerte para enfrentarnos a todo eso. Es así como manifestaremos nuestra madurez como personas y nuestra madurez cristiana.
Hemos de buscar la paz, pero la paz verdadera. Hoy nos dice Jesús que nos regala su paz, pero que su paz no es como la que da el mundo. ‘La paz os dejo, mi paz os doy: no la doy como la da el mundo’. Y es que tenemos el peligro de buscar la paz en sucedáneos, en cosas que realmente no son importantes, quedarnos en la superficialidad. El ambiente que nos rodea nos empuja muchas veces a esa manera de actuar.
Una fe madura nos va a ayudar mucho en este sentido. No una fe como refugio para una huida; no nos vamos a esconder de los problemas o de las dificultades. Vamos a enfrentarnos sintiendo esa fortaleza interior; hay una luz que de verdad ilumina nuestra vida y esa luz es Jesús. En el encontramos esa verdadera paz; su Palabra nos ilumina y nos señala caminos.
En el texto que hubiéramos escuchado ayer Jesús nos anunciaba que nos dejaría la fuerza de su espíritu. Nos decía: ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. Acercándonos al final de la Pascua y a Pentecostés vamos a escuchar repetidamente ese anuncio de Jesús.
Hoy nos anuncia que llega la hora del príncipe de este mundo; se acerca la hora de su pasión; pero quiere indicarnos también cómo vivimos en un mundo rodeado de dificultades, un mundo donde impera demasiado el mal, el odio, el egoísmo, la ambición, la mentira y la falsedad. Es la realidad que vivimos a nuestro alrededor que muchas veces nos hace mucho daño; pero  no hemos de temer, porque no nos faltará la fuerza del Espíritu del Señor que nos ilumina para lo que tenemos que hacer y nos da su fuerza. Por eso, como reflexionábamos, no hemos de perder la paz, esa paz que el Señor nos regala y que llena nuestro corazón cuando en verdad sabemos llenarnos de Dios.

lunes, 25 de abril de 2016

Nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio de esperanza para los que nos rodean

Nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio de esperanza para los que nos rodean

1Pedro 5,5b-14; Sal 88; Marcos 16,15-20

En este día 25 de abril celebramos la fiesta del evangelista san Marcos dentro de este camino pascual que venimos recorriendo desde que celebramos la Resurrección del Señor. La liturgia nos ofrece los párrafos finales de su evangelio con el envío por parte de Jesús de sus discípulos al mundo entero a proclamar la buena nueva del Evangelio.
Evangelio, buena nueva, buena noticia, buena noticia de salvación que hemos de anunciar. Es para detenerse a considerar eso mismo que estamos diciendo. Las buenas noticias nos llenan de alegría; las buenas noticias nos anuncian esperanza, y en este caso, esperanza de vida y salvación. Y Jesús quiere que esa buena noticia llegue a todos. Tenemos que trasmitirla, tenemos que testimoniarla. ¿Será eso en verdad lo que hacemos los cristianos? ¿No nos habremos acostumbrado a eso de ser cristianos, de que en nuestro ambiente, todos se dicen cristianos, y habremos perdido esa alegría de nuestra fe?
Si en verdad sintiéramos en nuestro corazón ese ardor de esa buena noticia que al llega a nuestra vida nos ha transformado porque ha puesto una nueva esperanza en nuestra vida, tendríamos que estar gritando por todas partes que el Señor nos ama y nos regala su salvación para que todos acudamos a ella. Pero mira como somos los cristianos, tan fríos, tan insulsos, tan desganados, con tan poco entusiasmo. Creo que tendría que hacernos pensar.
Pero además hoy se nos dice que a aquellos que creen, aquellos que anuncian y repiten una y otra vez esa buena noticia a todos, les acompañarán unas señales. Y habla de curar enfermos, de echar demonios, de no permitir que pase nada malo que pueda dañar a los demás, de un hablar un lenguaje nuevo que todos puedan entender. Y es que esas señales vienen a confirmar esa buena noticia que anunciamos; con esas señales daremos motivo a quienes nos escuchen a creer en esa palabra que anunciamos y que sí es posible ese mundo nuevo de salvación.
¿Cuáles serían esas señales que hoy tendrían que acompañar nuestra palabra, nuestro anuncio de salvación?  San Pedro en la primera lectura que hoy hemos escuchado nos hacía mirar a nuestro alrededor para ver cuantos son los sufrimientos de los hombres que nos rodean. ‘Resistidle firmes en la fe, nos decía, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos’.
¿Cuáles son los sufrimientos de nuestros hermanos, los hombres de nuestro tiempo hoy? Podemos pensar en esas catástrofes naturales que ahí cercanas tenemos en el tiempo o podemos pensar en cuantos están sufriendo hoy las consecuencias del odio y de las guerras; podemos pensar en esos refugiados que huyen de esos horrores de la guerra y del hambre en tantos lugares del mundo, que se desplazan de un lado a otro de nuestro planeta y van encontrando tanto rechazo y tanta discriminación, o podemos pensar en personas quizá más cercanas a nosotros que sufren las consecuencias de las crisis que vive nuestro mundo; podemos pensar en ese mundo de sufrimiento de los enfermos, de los ancianos solos, o de tantas personas discriminadas por mil cosas y que viven su dolor en la soledad; podemos pensar en tantos atormentados en su espíritu por crisis interiores, por problemas familiares, por desencuentros con aquellos que están a su lado y así podríamos seguir haciendo una lista muy grande de sufrimiento y de dolor.
¿Y el evangelio que anunciamos tiene para ellos una palabra de esperanza? Nosotros, con nuestros gestos, con nuestras actitudes y comportamientos, con nuestra solidaridad y nuestra generosidad, con la apertura de nuestro corazón y con nuestra cercanía, ¿seremos en verdad una palabra de evangelio, de buena nueva de salvación para esas personas que les infunda una nueva esperanza?
No olvidemos nunca que nuestra vida, si en verdad nos decimos seguidores de Jesús, tiene que ser evangelio para los que nos rodean. Mucho tendríamos que hacer y que quizá adormilados como estamos no somos capaces de hacer.

domingo, 24 de abril de 2016

Con Jesús ha nacido un mundo nuevo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor


Con Jesús ha nacido un mundo nuevo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor

Hechos 14, 20b-26; Sal 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35
‘Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros’, les dice Jesús. Suena a despedida. Son las palabras de Jesús en la cena pascual. ‘Me queda poco de estar con vosotros…’ y os voy a hacer una recomendación, quiero dejaros un mandato…
A la manera de cuando nos despedimos de un ser amado, bien porque vayamos a emprender un viaje y vamos a estar largo tiempo separados de aquellos seres a los que amamos, y comenzamos a hacerles recomendaciones, ‘tú cuídate… en sus manos dejo mis asuntos… traten de hacer las cosas bien, de llevarse bien…’; esas recomendaciones que solemos hacer, como para dejar un recuerdo, algo que permanezca en la memoria y sea como una señal de que si vamos a estar lejos queremos que las cosas marchen bien como si nosotros siguiéramos estando presentes; o serían las recomendaciones de unos padres a sus hijos porque ven que les llega su ultima hora, lo que solemos decir las ultimas voluntades, que va más allá del reparto de unas posesiones o unas riquezas, sino que lo que un padre desea es que sus hijos se sigan comportando como tales, que la familia no se descomponga, que permanezcan unidos y se sigan queriendo. 
Es lo que les está diciendo Jesús. Han convivido ya mucho tiempo y El los había ido instruyendo sobre el Reino de Dios que se constituía y que ellos ahora habían de continuar realizando; había ido creando una especial comunión entre ellos, para que nadie se sintiera con privilegios ni nadie se impusiera el uno al otro, porque habían de quererse como hermanos, habían de ser en verdad una nueva comunidad, y de ahí la comunión que entre ellos se había creado.
‘Me queda poco de estar con vosotros… y este es mi mandamiento, os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado’. La insistencia de Jesús a lo largo de todo su anuncio del Reino de Dios era constituir ese mundo nuevo del amor; de una forma y de otra había ido insistiendo como habíamos de amarnos todos, los unos a los otros, al menos como nos amamos a nosotros mismos y como en ese amor tendría que haber ninguna distinción ni nadie había de ser excluido de ese amor. Por eso hablaba del amor a los enemigos, el amor a los que nos habían hecho daño incluso rezando por ellos; hablaba de la nueva relación que nos tendría que llevar al perdón, a la comprensión, a la aceptación del otro, fuera quien fuera. Ni se podía excluir del amor al pecador, ni con nadie habríamos de hacer discriminación.
Ahora, por así decirlo, redondea ese estilo del amor. Ya nos había dicho que habíamos de ser compasivos y misericordiosos como lo era el Padre del cielo, proponiéndonos como modelo de perfección en el amor, el amor infinito de Dios que tanto nos había amado que nos había entregado a su Hijo único. Ahora nos está diciendo que nuestro amor ha de ser como su amor. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, viene a decirnos.
Y es que además cuando amemos a los demás, sea quien sea, es como si le estuviéramos amando a El. Como diría en otro momento ‘todo lo que hicisteis a uno de estos humildes hermanos – y hablaba del hambriento, del que nada tenia y estaba desnudo, del enfermo o del inmigrante, del que estaba condenado en la cárcel, o de aquel que nadie quería – a mí me lo hicisteis’.
Y tal de de ser la intensidad de este amor nuevo que nos está dejando Jesús como su testamento que por eso nos van a distinguir. Ya se admirarían los paganos del amor de los discípulos de Jesús diciendo ‘mira como se aman’. Por eso ahora nos dirá: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros’. Nuestro distintivo de seguidores de Jesús. No se nos va a distinguir porque recemos mucho o porque vayamos muchas veces a la Iglesia, porque formemos un grupo aparte y cerrado en si mismo ni por los milagros que podamos hacer; se nos va a distinguir por nuestro amor, y no un amor cualquiera, sino un amor como el que nos tiene Jesús.
Va a nacer una nueva comunidad, una nueva comunión, la de los que creemos en Jesús y nos amamos como El nos amó. ‘Ya me queda poco de estar con vosotros…’, pero esta es mi recomendación, está será la señal de que yo sigo para siempre con vosotros, en el amor que os tenéis. Por algo Juan en el Apocalipsis nos hace esa descripción de esa ciudad nueva, de esa nueva Jerusalén que parece bajada del cielo, es la comunidad en la que brilla de manera especial el amor, que resplandece - ‘como una novia que se adorna para su esposo’ – por su amor. Y ahí ya no tiene que haber llanto, dolor, luto, tristeza, ninguna pena, porque donde reina el amor todo eso se ve mitigado, todo eso se ve transformado porque viviremos para siempre en la alegría y la esperanza del amor. ‘Hago el universo nuevo’, que decía el Espíritu en el Apocalipsis, ha nacido un nuevo universo donde reina, donde tiene que reinar para siempre el amor.
Seguramente más de uno mientras nos vamos haciendo esta reflexión se va haciendo muchas preguntas – yo también me las hago – sobre si todo esto que estamos diciendo es una realidad en nosotros hoy, en los que nos llamamos cristianos. Constataremos quizá que la realidad deja mucho que desear, porque no terminamos de amar así, de crear esa comunión de amor entre nosotros. Es cierto. Somos una comunidad de pecadores, pero que queremos ser una comunidad de santos.
La realidad son nuestras debilidades pero también tendríamos que decir – ese tendría que ser al menos nuestro empeño – que reconocemos que somos pecadores, pero que queremos crecer en un amor así. Nos cuesta en nuestra debilidad, pero sabemos que el amor del Señor no nos falta y no nos falta su gracia para superarnos, para crecer cada día más, para obtener también el perdón y la misericordia del cielo ante tantas debilidades nuestras y ante la frialdad de nuestro amor.
Por eso venimos a la Eucaristía, aun sabiendo que no somos lo santos que tendríamos que ser, pero queremos alimentar nuestro amor, queremos crecer en nuestro amor, queremos amar con un amor como el que Jesús nos tiene. Esa es nuestra súplica llena de esperanza.