miércoles, 18 de enero de 2017

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6
‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ Es el planteamiento que Jesús les hace cuando aquel sábado en la sinagoga contempla que están al acecho a ver qué es lo que Jesús hacia. Por eso nos dice el evangelista que Jesús estaba dolido por la obstinación de aquellos que no sabían o no querían ver lo bueno que Jesús hacia.
Hay gente quizá que también están pendientes de lo que nosotros podamos hacer, de lo que la Iglesia pueda hacer y como sucedía entonces siempre están con torcidas interpretaciones, con prejuicios y cegueras para no ver ni para entender lo que hacemos o lo que la Iglesia hace. Ahora hasta piden fiscalizaciones sobre lo que la iglesia hace y como administra sus dineros sin querer ver las obras de la Iglesia.
¿Quién en estos momentos de crisis está respondiendo como lo está haciendo la Iglesia en Cáritas, en tantos comedores sociales, por poner alguna ejemplos, en tantos grupos de religiosos o de cristianos de a pie por llamarlos de alguna manera están intentando resolver tantos problemas de tanta gente que está pasando necesidad, o tantos problemas sociales de la más diversa índole? Siempre querrán decirnos que a este o al otro no le ayudaron, no le dieron todo lo que pedía o necesitaba pero quizá luego no contribuimos con nuestra generosidad y nuestro altruismo a que se puedan sostener todas esas obras.
No quiero con esta reflexión que me hago con el evangelio entrar a hacer fáciles apologéticas o defensas como tampoco entrar en polémicas innecesarias, sino que es como un deseo de que tengamos mejores miradas para cuanto de bueno se realiza en nuestro entorno y seamos capaces de valorar la generosidad de tantos que hacen el bien, se hacen solidarios con los demás, comparten sus cosas, su vida, su tiempo buscando hacer el bien, remediar una necesidad o llevar una sonrisa y una palabra de consuelo y de animo a tantos que sufren.
Quizá, sí, tengamos que preguntarnos qué es lo que podemos o debemos hacer.  ¿Queremos salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir? Nuestras omisiones, nuestra pasividad, la desgana que muchas veces se nos mete dentro de nosotros, la despreocupación con que vivimos en nuestra relación con los demás queriendo despreocuparnos de todo lo que afecte a los otros, el cerrar los ojos para desentendernos o el mirar para otro lado, el pensar primero en mis cosas y solo en mis cosas o necesidades… son maneras con las que estamos dejando morir a los demás.
No lo pensamos o  no queremos pensarlo y cuando las acciones de los demás o sus palabras nos interpelan tratamos de justificarnos o lo que es peor queremos minusvalorar lo que los otros hacen poniendo por ejemplo mala o doble intención donde no la hay para desprestigiar a los que hacen el bien. Lo hacemos de manera descarada o lo hacemos de formas muy sutiles pero tenemos esa tentación pendiente sobre nosotros.
Hoy es un evangelio que nos interpela, desde la forma con que miremos las cosas buenas que hacen los demás, como les pasaba a aquellos fariseos que estaban al acecho de lo que hacia Jesús, o nos interpela el actuar de Jesús para que nos preguntemos qué es lo más que aun tendríamos que seguir haciendo de bueno por los otros.

martes, 17 de enero de 2017

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28
En la cultura que hoy vivimos, con las nuevas costumbres que se van introduciendo, teniendo en cuenta también los ritmos de trabajo que hoy se tienen, nos parece como muy fuera de lugar y nos cuesta entender los planteamientos que hoy en el evangelio vemos que le hacen a Jesús en relación al descanso sabático.
Hoy las exigencias y derechos al descanso por nuestro trabajo tienen otras regulaciones y normalmente tampoco van unidas al hecho religioso, aun cuando permanece como habitual, salvo que sean otras las exigencias del trabajo, que el descanso sea asociado al fin de semana. El ritmo de la semana desde antiguo y es herencia de la cultura antigua tiene su eje en el domingo, que si es cierto que para nosotros los cristianos tienen un hondo sentido religioso, en la cultura laica que se vive se desliga de ese sentido religioso.
Para el pueblo judío y eso en cierto modo lo heredamos los cristianos aunque lo hayamos trasladado al domingo, el descanso sabático que fue una buena norma antigua que obligaba al necesario descanso sin embargo tenia un fuerte sentido religioso. Era el día del descanso del Señor, el séptimo día como nos venia enseñado en los relatos de la creación, tenia la motivación profunda de ser el día del culto a Dios, de la alabanza y la acción de gracias por la vida recibida y por los frutos obtenidos por el trabajo del hombre.
Jesús quiere enseñarnos como hemos de vivir con autentica libertad espíritu. No nos podemos sujetar a unas normas sin mas, como si nos sintiéramos atados a ellas viviendo en una cierta como esclavitud. Es cierto que necesitamos del descanso semanal, y hemos de saberle dar su autentico sentido, nunca como una atadura. Necesita el hombre de ese descanso y podríamos decir que con esa norma heredada de la Biblia somos los creyentes como pioneros de esa defensa de esos derechos, que ahora viviremos con otros ritmos y quizás en otros tiempos.
Es algo que tenemos que saber seguir cuidando, es cierto. Aunque descanso no significa quedarnos sin hacer nada; es una buena oportunidad para el desarrollo de nuestro espíritu, la profundización en nuestra cultura, pueden ser momentos para una especial solidaridad y aprender a pensar también en los demás dedicando parte de nuestro tiempo al bien que de una forma u otra podamos hacer a los demás.
Y en nuestro sentido creyente ese día en que rompemos el ritmo de nuestras actividades es la oportunidad para ese especial culto al Señor. Es cierto que el autentico creyente cada día y en cada momento se siente en la presencia del Señor, y cada día hemos de saber dedicar parte de nuestro tiempo para ir al encuentro del Señor en la oración, la alabanza y la acción de gracias, queriendo también escuchar a Dios en nuestro corazón abriéndonos a su Palabra salvadora.
Pero en ese día del Señor nosotros los cristianos tenemos un especial recuerdo, una memoria de lo que es nuestra salvación. Por eso en ese día de manera especial hacemos y celebramos el memorial del Señor, muerto y resucitado para nuestra vida y salvación. Es el día en que participamos en la celebración de la Eucaristía, uniéndonos a la alabanza y la acción de gracias de toda la Iglesia y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que se nos proclama alimentamos nuestra vida en Cristo con la comunión eucarística.
No es el rito que tenemos que realizar, ni la obligación que tenemos que cumplir; es la necesidad de nuestro espíritu, es el deseo de llenarnos de Dios, es el hambre de su palabra, su presencia y su gracia para vivir de forma comprometida nuestra fe. Por eso seremos capaces de dejarlo todo para ir al encuentro con el Señor y de ese encuentro del Señor saldremos con nuestro espíritu rebosante de gracia para ir también al encuentro con los demás. Ese día de descanso se convierte así en un día de encuentro intenso en que vamos a vivir de forma muy especial en la unidad familiar, pero vamos también a aprender a convivir mejor con los amigos, con los compañeros, con los que nos rodean.
Qué hermoso sentido le daríamos a nuestro descanso; qué hermoso sentido le daríamos así al día del Señor.

lunes, 16 de enero de 2017

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22
Aunque quizá algunas veces queramos dar la impresión de que somos un tanto anárquicos que nos molestan las normas, los reglamentos, las leyes y todo lo que nos quiera imponer una conducta determinada, sin embargo en el fondo, aunque nos cueste confesarlo, sí estamos buscando en cierto modo la regla que nos diga hasta donde podemos llegar y desde donde no debamos de pasarnos, o qué es lo mínimo con lo que podemos contentarnos para ya sentirnos satisfechos porque ya hemos cumplido.
Tenemos nuestros ritos en la vida, y no es solo en el ámbito de lo religioso que también, con los que cuando los realizamos ya decimos que hemos cumplido, que hemos hecho lo bueno que tendríamos que hacer. Claro que en el ámbito de lo religioso esto se manifiesta muchas veces de forma más acusada. Nos dicen, o queremos que nos digan, cuales son las cosas básicas que tenemos que hacer, tratamos de cumplirlas y ya nos damos por satisfechos de que somos unas personas muy religiosas y no tenemos ni queremos complicarlo la vida más.
¿No es en cierto modo lo que hacemos cuando decimos que cumplimos porque vamos a misa en algunas ocasiones por determinadas circunstancias, pero luego ya no hacemos nada más? ¿No se nos convertirá en un rito que hacemos porque sí, porque hay que cumplirlo, pero sin que eso tenga una repercusión en nuestra vida, en nuestro comportamiento o en nuestros compromisos? ¿No es en cierto modo también lo que hacemos cuando decimos que ya cumplimos porque no comemos carne los viernes, pero quizá nos regalamos otros manjares más suculentos y lujuriosos? ¿No será algo así lo de nuestros rezos repetitivos y rutinarios en los mientras nuestros labios van recitando rezos y rezos aprendidos de memoria, nuestra mente y nuestro corazón están muy lejos porque andamos en otras preocupaciones? Así podríamos fijarnos en muchas cosas en las que simplemente nos contentamos con cumplir pero nada más. Cuantos reglamentos, normas, protocolos como se les llama hoy nos encontramos en muchas instituciones, organizaciones, grupos eclesiales. Disfraces muchas veces que ponemos en la vida.
Es lo que le estaban planteando hoy a Jesús aquellos que vinieron a decirle a Jesús que por qué sus discípulos no ayunaban si ahora lo estaban haciendo los discípulos de Juan o los fariseos. Pero Jesús viene a señalarles que las cosas hay que entenderla de otra manera. El estilo del Reino de Dios, el estilo y el sentido de sus seguidores tienen que ser bien distinto. No es el cumplimiento por el cumplimiento. Algo más hondo tiene que haber en la vida cuando decimos que optamos por el Evangelio, por el Reino de Dios.
Recordamos la palabra que Jesús empleaba desde el principio de su predicación, conversión. Y conversión era una vuelta total a la vida para creer y para poder aceptar esa buena nueva del Evangelio, esa buena nueva del Reino de Dios que Jesús nos estaba proclamando. Nuestra relación con Dios debe ser de otra manera, no la podemos basar en cumplimientos rituales. Algo nuevo hemos de sentir en nuestro corazón que se manifieste en nuestras acciones, en nuestras actitudes, en una nueva relación con Dios, en una nueva y distinta relación con los demás que para siempre serán mis hermanos.
Por eso hoy nos habla de que no podemos basar la vida del discípulo en puros remiendo, sino que tiene que ser una vestidura nueva, un odre nuevo para que el vino nuevo del Evangelio no se desparrame y pierda. Una alegría nueva hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos llenos de Dios porque en verdad es el Señor de nuestra vida. Una nueva felicidad vamos a sentir en nuestro corazón cuando aprendamos a tener hambre de justicia, sed de amor, deseos de paz, pureza de corazón, desprendimiento generoso para no dejar que se nos apeguen las cosas en el corazón.


domingo, 15 de enero de 2017

Necesitamos llegar a la verdad plena, a ese pleno conocimiento de Jesús que solo podremos alcanzar si nos dejamos conducir por el Espíritu que nos revelará que Jesús es el Hijo de Dios

Necesitamos llegar a la verdad plena, a ese pleno conocimiento de Jesús que solo podremos alcanzar si nos dejamos conducir por el Espíritu que nos revelará que Jesús es el Hijo de Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
Nos creemos que conocemos y sabemos y luego nos damos cuenta que no es así; teníamos nuestras apreciaciones, sospechábamos (y lo digo con el mejor sentido) que era de una determinada manera, nos hacemos nuestros juicios de valor, porque siempre queremos tener razón y no reconocer que nos podemos equivocar o que no hemos llegado a tener suficiente conocimiento, pero necesitamos que alguien nos descubra lo más profundo, lo que nosotros quizá ni podíamos intuir, el misterio hondo que hay por ejemplo en la persona que se nos puede hacer impenetrable si la persona no nos habla de si misma o nos descubre sus secretos, sus razones, el por qué de su actuar o de su manera de vivir.
Es peligroso creernos que lo sabemos todo y que el conocimiento que yo tengo por mi mismo me basta; es necesario tener humildad para buscar, para contrastar con quien nos pueda dar una opinión distinta, estar abierta a ese misterio que se esconde detrás de lo que aparentemente vemos. Digo que es peligroso porque nos llenamos de prejuicios y en nuestra cerrazón no llegamos a conocer la verdad.
Esto en muchos aspectos de la vida, en nuestra relación con los demás o en los problemas con los que nos vamos enfrentando en la vida, en el misterio y en el sentido de la vida, en lo que queremos hacer de nuestro mundo y el compromiso que con él tenemos, en el descubrimiento del misterio de Dios. Es necesario con humildad dejarnos conducir haciéndonos también por supuesto el razonamiento más justo y también personal.
Es bueno, es necesario que siempre estemos en una actitud humilde de búsqueda; las autosuficiencias y los orgullos no nos ayudan mucho aunque nos sintamos tentados a pensar lo contrario. Ha de haber una apertura en nosotros en ese deseo de conocer, de descubrir quizá cosas nuevas, distintas, para no quedarnos en lo mismo de siempre. Es el anhelo de toda la humanidad que ha sido ha progresado en su pensamiento, en su cultura, en el desarrollo de grandes cosas que nos van mejorando la vida.
Es el anhelo también que hemos de sentir de Dios. Algunas veces pensamos que nada nuevo nos pueden enseñar de Dios y en nuestra autosuficiencia pensamos que nos lo sabemos todo. Porque quizá conozcamos los hechos del evangelio, quizá luego no llegamos a profundizar de verdad en lo que Jesús quiere decirnos, en toda esa novedad que continuamente se nos está ofreciendo. Evangelio es buena nueva, es buena noticia y lo que es nuevo y es noticia no es simplemente quedarnos anclados en lo que nos parece que simplemente es de siempre.
Juan el Bautista, el que había venido como Precursor del Mesías a preparar los caminos del Señor nos hace hoy una hermosa confesión. ‘Yo no lo conocía…’ nos dice. ¿No lo conocía porque nunca lo había visto a pesar de ser parientes? ¿No lo conocía porque ahora era la primera vez que Jesús llegaba hasta el Jordán donde Juan estaba bautizando? El era el profeta y en él se escuchaba la voz de Dios para señalarnos los caminos que habíamos de preparar para su venida. Pero ahora nos dice ‘Yo no lo conocía…’
‘Y Juan dio testimonio diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’.
Juan Bautista se dejó conducir por el Espíritu. ‘El que me envió a bautizar con agua me dijo…’ Es el Espíritu del Señor que le está hablando en su corazón, dándole a conocer quien es Jesús. El que contemplamos el domingo pasado en el episodio del bautismo del Señor en el Jordán es el que nos ha de bautizar con Espíritu Santo. Aquel Jesús que se había puesto en la cola de los pecadores que iban a hacer penitencia sumergiéndose en las aguas del Jordán es el que no necesita penitencia porque está lleno del Espíritu de Dios y hará para nosotros un nuevo Bautismo en el Espíritu para el perdón de los pecados. Será el que nos dará su Espíritu como regalo de pascua para el perdón de los pecados.
Con razón ahora Juan lo va a señalar a sus discípulos cuando Jesús viene de nuevo a su encuentro tras los cuarenta días de ayuno en el desierto: ‘Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Este es por aquel que yo he salido a bautizar con agua para preparar los caminos pero comienza ahora un tiempo nuevo porque es el que tiene el Espíritu, el que bautiza en el Espíritu para el perdón de los pecados.
Porque Juan se dejó conducir por el Espíritu es por lo que ahora puede dar testimonio. ‘He dado testimonio de que es el Hijo de Dios’. Es lo que nosotros tenemos que aprender. Dejarnos conducir por el Espíritu que es el que nos conducirá a la verdad plena como más tarde nos dirá Jesús, es el que nos lo revelará todo, es el que en verdad nos hará que podamos conocer a Jesús en toda su plenitud.
Lo decíamos antes, nos hacemos nuestras ideas, nuestras consideraciones y nuestros pensamientos, pero necesitamos llegar a la verdad plena, a ese pleno conocimiento de Jesús que solo podremos alcanzar si nos dejamos conducir por el Espíritu. Tenemos que desmontar de nuestras cabezas eso que tantas veces decimos que ya nosotros tenemos nuestra fe y no hay nadie que nos la cambie.
Necesitamos profundizar en el misterio de Jesús, en el misterio de Dios; tenemos que estar en esa actitud humilde de búsqueda, como antes decíamos. Queremos conocer a Jesús para poder vivirle, y conocer a Jesús es dejar que con su Espíritu nos inunde por dentro, para que nos configuremos con Cristo, para que nuestra vida transparente a Cristo porque vivimos su misma vida, por hacemos sus mismas obras, porque amamos con su mismo amor.

sábado, 14 de enero de 2017

Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino porque sigue confiando en mí

Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino porque sigue confiando en mí

Hebreos 4,12-16; Sal 18; Marcos 2,13-17
¿En quien ponemos nuestra confianza? Es cierto que deseamos rodearnos de personas que “merezcan” nuestra confianza, y he destacado eso de “merezcan” porque en ello podemos dar cabida a muchos criterios para juzgar, para separar y hacer distinciones entre aquellos que podemos considerar amigos o que trabajen junto a nosotros en responsabilidades que puedan afectar al buen funcionamiento de aquello que queremos sacar adelante. Y en ello nos hacemos nuestro historial, o el historial de aquellas personas en las que queremos confiar evitando cualquier mancha que pudiera enturbiar su vida y la confianza que pongamos en esas personas.
¿Es ese el actuar de Dios con nosotros? ¿Será por ese camino donde se manifieste el amor que Dios nos tiene? Hemos de reconocer que si Dios tuviera memoria para recordarnos todo lo que nos ha perdonado en la vida, tendríamos que decir que no somos merecedores del amor de Dios. Y sin embargo Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, aunque nosotros los hombres no seamos capaces de copiar ese estilo de amor y no tengamos la misma confianza en los demás, a quienes siempre miraremos con nuestras particulares lupas para descubrir cualquier cosita por la que rechazar a los demás.
¿Cómo era el actuar de Jesús? El actuar de Jesús nos está manifestando lo que es el querer de Dios. Jesús iba llamando a quienes habían de ser sus discípulos. Ya vemos continuamente en el evangelio cómo se rodea de pecadores, como los publicanos y las prostitutas son los primeros que se acercan a El dando signos de su deseo de conversión. Podemos recordar muchos momentos del evangelio.
Hoy pasa Jesús junto al mostrador de los impuestos de un publicano. Ya sabemos lo despreciados que eran por los judíos, porque se les consideraba colaboracionistas con los romanos para quienes cobraban los impuestos, pero además como su profesión iba ligada al dinero que todo lo mancha ya por eso los consideraban ladrones y usureros; los llamaban y consideraban como pecadores.
‘Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’. Vio a Leví, se fijó en él, no tuvo en cuenta su historia, no hubo prejuicios, quería que estuviera con El, un día formaría parte del grupo de los Doce, hoy nosotros tenemos su evangelio. Leví se levantó y lo siguió. Mucho significa todo esto. Es la mirada de Jesús que es la mirada del amor, es la mirada de la confianza, es la mirada que nos levanta, que nos pone en camino de cosas nuevas, es la mirada que nos hace valorarnos, es la mirada que nos hace sentir el amor de Dios, es la mirada que nos enseña a mirar.
Y cuando sentimos la mirada de Jesús sobre nosotros, porque eso se siente y no solo se ve con los ojos, nos sentimos amados, sentimos la confianza de Dios en nosotros a pesar de lo que seamos, a pesar de nuestra historia, a pesar de nuestros pecados e infidelidades. Dios sigue confiando en mí, porque me está mostrando su amor. Dios quiere contar conmigo a pesar de mis debilidades. Me levanto, quiero seguirle también, quiero vivir su vida, quiero estar con Jesús para siempre. Me levanto y aprendo a mirar también, a poner amor, a llenar de confianza mis relaciones con los demás, a saber contar con todos, a llenar de humildad mi corazón para reconocer también cuanto de bueno hay en los demás.
Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino.


viernes, 13 de enero de 2017

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12
Cuando en verdad queremos algo que consideramos que es bueno y nos puede hacer mucho bien o puede tener buenas repercusiones para nuestra vida, ponemos todos los medios a nuestro alcance con el deseo de conseguirlo; somos capaces de saltar las barreras o luchas contra los obstáculos que podamos encontrar a nuestro alrededor; ponemos toda nuestra pasión y nuestra fuerza para conseguirlo,  no nos rendimos fácilmente porque sabemos rebuscar las iniciativas que sean necesarias para tenerlo.
Lo mismo nos sucede cuando tenemos buenos sentimientos en nuestro corazón por los demás y vemos a alguien sufriendo; nos duele a nosotros mismos, queremos encontrar un remedio para ese dolor, buscamos donde sea necesario porque nos sentimos verdaderamente solidarios con esa persona que sufre y su sufrimiento es el nuestro también. Ahí aparecen las iniciativas, las invectivas que nos dicta el corazón.
Es la pasión que vemos hoy en unos hombres anónimos en el evangelio. Vienen portando en una camilla a un paralítico para hacerlo llegar hasta Jesús con la esperanza de que Jesús lo cure; han oído hablar o han sido testigos quizá de muchas curaciones que Jesús está haciendo en Cafarnaún y en otros lugares. Llegan a donde está Jesús pero no pueden entrar hasta él, porque la aglomeración de la gente alrededor de Jesús es grande y la puerta podríamos decir que está taponado. El esfuerzo que han hecho por traer a aquel paralítico hasta Jesús no se puede quedar en nada y en su inventiva deciden correr las tejas o las lozas de la terraza para bajar por allí al paralítico hasta Jesús. Grande es la fe de aquellos hombres, como grande es la solidaridad que hay en sus corazones, de manera que Jesús de alguna manera se fija en el detalle para valorarlo.
Ya aquí casi podríamos quedarnos en nuestra reflexión porque esto ya nos está diciendo muchas cosas. Aunque comenzamos nuestra reflexión ponderando lo que somos capaces de hacer cuando deseamos algo o cuando nos sentimos solidarios con los demás, sin embargo hemos de reconocer que no siempre lo hacemos con tal intensidad; muchas veces nos rendimos antes de tiempo, o nos cansamos, o no somos perseverantes cuando nos encontramos con las dificultades.
Muchas veces nos cansamos también de hacer el bien, porque en nuestro pensamiento nos pueden entrar también muchas tentaciones y desconfianzas. Algunas veces podemos tener la tentación no tener una mirada verdaderamente limpia hacia aquellos a los que vemos en necesidad y nos pueden entrar muchas desconfianzas.
¿Merece la pena o no merece la pena tanto esfuerzo? ¿Van a saber valorar lo que nosotros hacemos o será como echarlo en saco roto? ¿Y esas personas no serán así porque ellos se lo han buscado y ahora nosotros estamos poniendo tanto esfuerzo? Muchas dudas se nos pueden meter en nuestro interior porque también el mal nos acecha a nosotros y nos puede paralizar en lo bueno que estamos intentando hacer. Tendremos que aprender a valorar a las personas, saberles dar nuestra confianza y seguir luchando por la dignidad de los demás.
El evangelio que estamos comentando no se queda ahí, porque como dice al ver la fe de aquellos hombres, ofrece lo más hermoso que Jesús nos pueda dar; quiere en verdad transformar nuestro corazón limpiándolo de tanta maldad que muchas veces nosotros dejamos meter en él. ‘Perdonados son tus pecados’, le dice al paralítico. Lo han traído para que lo libere de su parálisis y de su enfermedad, y Jesús lo cura desde lo más hondo porque quiere liberarlo de lo que son las peores ataduras que pueda haber en su vida.
Por brevedad no entramos ahora en comentar la reacción de los fariseos y escribas que estaban al acecho de lo que Jesús decía y hacia. En verdad Jesús puede liberar a aquel hombre de la atadura de su parálisis y con el mismo poder divino le puede perdonar los pecados.
Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, de nuestras desconfianzas, de nuestras dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar. Seamos capaces de tener un corazón limpio de toda maldad y dejemos que Jesús nos cure, nos sane, nos salve, transforme nuestro corazón para que así con ese corazón limpio vayamos al encuentro de los demás y siempre hagamos el bien saltando todas las barreras que nos lo pudieran impedir.

jueves, 12 de enero de 2017

Reconozcamos la lepra que corroe nuestra vida y apreciemos el regalo del amor de Dios que nos sana y nos transforma compartiéndolo en nuevas actitudes hacia los demás

Reconozcamos la lepra que corroe nuestra vida y apreciemos el regalo del amor de Dios que nos sana y nos transforma compartiéndolo en nuevas actitudes hacia los demás

Hebreos 3,7-14; Sal 94; Marcos 1,40-45
Cuando recibimos un regalo que quizá no esperábamos o que en el fondo pudiera ser que deseáramos con ansias, de lo contentos que nos sentimos enseguida buscamos a alguien a quien contárselo, lo compartimos con familiares, con amigos, y hasta con cualquiera que nos encontremos. Es un bien que nos llena de gozo pero que parece que no podemos guardárnoslo para nosotros mismos, por eso tendemos pronto a comunicarlo, a compartirlo, a querer hacer que los demás sientan también nuestra misma alegría. El guardarlo para nosotros solos nos parecería quizás un tremendo egoísmo, pero lo bueno recibido nos abre a los demás en ese deseo de compartir.
Es lo que le pasó a aquel leproso curado por Jesús, a pesar de las recomendaciones de Jesús que no lo dijera a nadie. Había deseado mucho verse libre de la lepra que no solo era el dolor físico de la enfermedad al ver como su cuerpo se consumía sino era también la soledad de quien se siente discriminado por su enfermedad, como le sucedía a los leprosos entonces que eran apartados de la vida de familia y de su comunidad obligándolos a vivir aislados de todos. Era una pobreza que su multiplicaba en la incapacidad que producía su enfermedad en todos los sentidos.
Oye hablar de aquel nuevo profeta que ha surgido en Galilea que está anunciando cosas nuevas, el Reino de Dios lo llama, y le llegan noticias de que los enfermos son curados de sus males y enfermedades. Se atreve a acudir a Jesús, comenzando por reconocer su mal y su enfermedad. Pone toda su confianza en Jesús. ‘Si quieres, puedes curarme’, le dice y le suplica.
Jesús quiere, claro. Ha venido para liberarnos del mal. Jesús quiere y extiende su mano sobre él. Aquella mano de Jesús sobre su cuerpo enfermo le hace sentir todo lo que es el amor de Dios. Para Jesús no puede haber discriminaciones, no caben las separaciones y los aislamientos. Algunas veces nos cuesta entenderlo todavía hoy, porque a pesar de que creemos en Jesús seguimos discriminando, seguimos separando, seguimos poniendo a los  demás en distintas categorías, seguimos aislando a quienes quizá no nos caen en bien o porque quizá un día pudieron cometer un error. ¿No necesitaríamos los cristianos de hoy también que Jesús pusiera su mano sobre nosotros para que aprendiéramos a mirar con nuevos ojos a los demás?
Aquello que ha vivido aquel hombre cuando se ha sentido curado, se ha sentido amado por Jesús, no puede callarlo. Seguro que su vida a partir de entonces va a ser distinta, y no solo porque ahora está curado y puede volver a estar con los suyos, sino porque sus actitudes cambiaran, su manera de mirar a los demás va a ser distinta, su corazón se ha sentido tocado por el amor de Dios y seguro que ahora va a amar de manera distinta y nueva a cuantos le rodean, va a comprender mejor a los que sufren, a los que se sienten aislados y no solo porque él lo haya vivido, sino porque se siente tocado del amor de Dios y sabe que las cosas tienen que ser de otra manera.
Como aquel leproso comencemos a reconocer nuestra lepra, nuestros aislamientos o los aislamientos que hagamos de los demás, todo ese mal que corroe nuestra vida de tantas maneras y acudamos con confianza a Jesús. En Jesús sabemos que nos podemos sentir transformados porque en Jesús vamos a tener una experiencia nueva, la experiencia del amor de Dios que llega a nosotros y nos toca en lo más hondo de nuestro corazón. Y eso que experimentemos y vivimos seamos capaces de compartirlo con los demás. Grande es el regalo del amor de Dios que recibimos y no nos lo podemos guardar.

miércoles, 11 de enero de 2017

La gente busca a Jesús, quiere estar con Jesús, quieren escucharle y también nosotros queremos buscar a Jesús, estar con Jesús, escuchar a Jesús para hacer las obras de Jesús

La gente busca a Jesús, quiere estar con Jesús, quieren escucharle y también nosotros queremos buscar a Jesús, estar con Jesús, escuchar a Jesús para hacer las obras de Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39
‘La población entera se agolpaba a la puerta…’ nos comenta el evangelista resumiendo el entusiasmo de la gente por Jesús. ‘Todo el mundo te busca…’ vienen a decirle a la mañana siguiente cuando lo encuentran solo en descampado a donde había ido para orar. ‘Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios’, termina diciéndonos el texto que hoy escuchamos.
La gente busca a Jesús, quiere estar con Jesús, quieren escucharle. En la tarde anterior en la sinagoga todo eran alabanzas porque hablaba con autoridad, con convicción, era algo nuevo lo que estaban escuchando y les llegaba hondo al corazón. Por eso ahora siguen buscándole. Hoy sin embargo el texto que hemos escuchado apenas pone palabras en labios de Jesús. Solo decir que tiene que ir a otros lugares también para seguir con el anuncio del Reino de Dios.
Pero casi podemos decir que no necesitamos ahora palabras en sus labios porque nos está hablando, pero nos está hablando con sus hechos. Las obras de Jesús, el amor de Jesús, los signos que realiza cuando cura a todos los que acuden a El con cualquier tipo de dolencia. Son los gestos de Jesús los que también nos hablan. Se nos manifiesta su amor y donde está la fuente de ese amor.
Como decíamos, son las obras de Jesús las que nos hablan. Las curaciones que va realizando nos están hablando por una parte del amor de Dios, pero nos están diciendo también las transformación que Jesús quiere. En el evangelio de Lucas escuchamos lo proclamado en la sinagoga de Nazaret que nos decía como viene a realizar un cambio tan grande que nos veremos libres de toda esclavitud.
Ahora nos lo está diciendo con los hechos. No solo liberó al hombre del espíritu inmundo en la sinagoga sino que todo lo que signifique dolor y sufrimiento para la persona quiere arrancarlo de nuestra vida. Nos quitará las muletas de nuestra invalidez, pero nos abrirá los ojos de tanta ceguera que hay en nuestros ojos demasiado acostumbrados a las tinieblas y a quienes la luz le encandila.
Arrancará de nosotros ese mal que nos corroe como una lepra para dejar purificado nuestro corazón y nuestra vida para que podamos ir por la vida trasmitiendo vida. sacará de nosotros toda tristeza que nos llene de pena y que nos encierra cada vez mas en nosotros mismos y en esa oscuridad para poner esperanza en nuestro corazón de que es posible tener alegría en el alma aunque sean duros los caminos que hayamos de atravesar porque sabemos lo bello que vamos a encontrar en la meta.
Es lo que Jesús va realizando en aquellas gentes que es una forma de anunciarles el Reino nuevo de Dios. Son los signos de lo que es ese Reino de Dios. Ese Reino de Dios que tiene que ser anunciado a todos y en todas partes. Esos gestos nos están hablando de ello. Nos están hablando de cómo todo eso es posible también nosotros. También a nosotros nos cura, nos sana, nos salva, nos llena de vida. Es lo que hemos de vivir y es el anuncio que nosotros también hemos de hacer.
Y nos queda un gesto de Jesús que comentar que también nos habla mucho. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. El Reino de Dios no es algo que hagamos por nosotros mismos. Solo en Dios podemos realizarlo. El Reino de Dios es reconocer de hecho en nuestra vida que El es el único Señor, es el primero en todo para nosotros. Y hemos de saber reconocerlo con nuestra adoración y con nuestra oración. Creo que esto nos está queriendo decir muchas cosas.
Solo en Dios tendremos la felicidad más completa. Unámonos a El. También nosotros queremos buscar a Jesús, estar con Jesús, escuchar a Jesús.

martes, 10 de enero de 2017

Las obras de nuestro amor han de manifestar hasta donde llega el compromiso de nuestra fe para hacer un anuncio efectivo de la Buena Noticia del Reino de Dios

Las obras de nuestro amor han de manifestar hasta donde llega el compromiso de nuestra fe para hacer un anuncio efectivo de la Buena Noticia del Reino de Dios

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28
Quizá estamos acostumbrados a escuchar muchas palabras; hay gente que habla y que habla y todo se le queda en palabras, en buenas ideas o buenas intenciones, en repetirnos una y otra vez las mismas cosas como aprendidas de memoria, pero luego en la práctica vemos que no se llega a ningún lado, no hay ninguna efectividad; y cosas así nos decepcionan, nos cansan y al final terminamos haciéndonos oídos sordos a lo que nos dicen por muy bonitas que sean las cosas que nos dicen pero que no vemos realizado en la práctica de la vida.
Nos sucede mucho eso en la vida, y nos sucede, también por qué no decirlo, en la vida religiosa o en la propia vida de la Iglesia en aquellos que tienen la misión de estar al frente de las comunidades cristianas; no nos escandalicemos por esto que digo, que bien sabemos que todos lo pensamos en nuestro interior.
La gente sin embargo reacciona cuando escucha a Jesús. ‘Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no hablaba como los letrados, sino que lo hacía con autoridad’. Jesús había comenzado anunciando la cercanía del Reino de Dios e invitaba a la gente que tuvieran una buena predisposición para acogerlo; quería decirles que era algo nuevo lo que El les enseñaba, era como una noticia nueva, y para acogerla había que desmontar muchas cosas que antes pudiéramos tener en nuestra cabeza o en nuestra vida que no casaba con lo nuevo que El estaba enseñando. No era repetir las mismas cosas, las palabras de Jesús interpelaban, llegaban hondo al corazón de las personas, habla con un convencimiento que convencía, valga la redundancia.
Anunciaba el Reino de Dios que era reconocer que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida. No podemos permitir que haya nada en nosotros que no vaya en concordancia de ese reconocimiento del Señorío de Dios; no podemos sentirnos sujetos de nada, esclavos de nada ni de nadie, una nueva libertad hemos de sentir en nuestro interior cuando nos reconocemos en verdad como pertenecientes a ese Reino de Dios. El mal nunca puede imperar en nuestra vida.
Y lo que Jesús está enseñando lo está manifestando con hechos, con signos de lo que en verdad significa que solo el bien de Dios es el que puede centrar nuestra vida. Hay allí un hombre poseído por el mal que en principio parece que se resiste a las palabras de Jesús, a la presencia salvadora de Dios, pero Jesús con autoridad libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. La Palabra de Jesús pronunciada con autoridad expulsa al maligno de aquel hombre. ‘Cállate y sal de él’. Y aunque lo retorció aquel hombre se vio liberado por la palabra de Jesús.
El asombro de la gente va en aumento. ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo’, exclaman los que allí están presentes y comenzarán a divulgar la noticia por todas partes. Es la acción poderosa de Jesús con su salvación para todos nosotros.
Por una parte la reflexión sobre este hecho nos lleva a un reconocimiento de la autoridad de Jesús, verdadero Maestro y autentico Salvador de nuestras vidas. Nos tiene que ayudar a crecer en nuestra fe. Pero nos tiene que ayudar también a que manifestamos con obras en nuestra vida la fe que decimos que tenemos. Estamos llamados a anunciar la salvación, a llevar la salvación a los demás.
Ahí tiene que manifestarse el compromiso de nuestra fe; ahí tienen que manifestarse las obras de nuestro amor. Un amor que libera, que salva, que sana, que llena de vida. Y eso lo podemos hacer, lo tenemos que hacer. No serán milagros extraordinarios lo que vayamos haciendo, pero sí de forma extraordinaria tienen que manifestarse las obras de nuestro amor para que así hagamos presente de verdad a Jesús con su salvación en medio de nuestro mundo. Y es tanto lo que tenemos que hacer.

lunes, 9 de enero de 2017

Jesús nos invita a seguirle, a cambiar y dejar todo lo que sea necesario para emprender el camino de una vida nueva

Jesús nos invita a seguirle, a cambiar y dejar todo lo que sea necesario para emprender el camino de una vida nueva

Hebreos 1,1-6; Sal 96; Marcos 1,14-20
Los comentarios que cada día hacemos como una semilla de la Palabra de Dios que cada día queremos sembrar parten habitualmente de los textos de la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece. La semilla que queremos sembrar no puede ser otra que la Palabra de Dios, no quiere ser una palabra humana, aunque con las explicaciones o comentarios que aquí queremos ofrecer tratamos de encarnarla en nuestra vida, en nuestra realidad, en lo que cada día vamos viviendo.
Seguimos el ritmo de la liturgia según sean los distintos momentos que la Iglesia va viviendo a lo largo del año. Momentos de grandes celebraciones porque queremos ahondar en los grandes misterios de nuestra salvación, o  momentos de la vida ordinaria, sin tener quizá ninguna cosa especial que celebrar sino es nuestra fe y el camino que como creyentes queremos ir realizando.
Por eso en la liturgia hay momentos que llamamos del tiempo Ordinario porque ni son la Navidad del Nacimiento del Señor con su preparación previa en el Adviento, ni es el misterio pascual de la muerte y resurrección que vivimos especialmente en la pascua y que preparamos con la Cuaresma. Hoy iniciamos ese tiempo ordinario que se prolongará en una primera parte hasta que comencemos a celebrar la Cuaresma – este año el primero de marzo – y después del tiempo pascual tendremos su segunda parte que se continuará hasta el Adviento del siguiente ciclo litúrgico.
En el tiempo ordinario vamos escuchando de forma continuada el evangelio comenzando por Marcos que es el que hoy escuchamos. En ese ritmo litúrgico en cada uno de los tres evangelios sinópticos haremos un recorrido por la predicación de Jesús y su actuar anunciando también con los signos que realiza el Reino de Dios. Me ha parecido bien hacer este comentario en este día un poco para que estemos al tanto del por qué los evangelios u otros textos de la Palabra que vamos comentando en la semilla de cada día.
Hoy comenzamos casi por el principio del evangelio de Marcos. Es el primer anuncio que Jesús realiza por Galilea del Reino de Dios que se acerca. Invita a la conversión.Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’. Es el primer anuncio de la Buena Nueva y la Buena Nueva es que el Reino de Dios está cerca. Esta cerca y tenemos que prepararnos, disponernos a acogerlo. Algo nuevo llega a nuestra vida y a nuestro mundo. Pero esa novedad nos tendrá que hacer vivir también de manera distinta, por eso muchas cosas tenemos que cambiar. Convertíos para creer, para aceptar, para acoger esa Buena Noticia, nos viene a decir Jesús.
La gente le escucha, le sigue, comienza a ver sus signos, le traen los enfermos, se entusiasma con sus palabras, una luz nueva comienza a brillar en sus corazones, la esperanza  de algo nuevo va dando sentido a sus vidas, muchos ya querrán están para siempre con Jesús. Y Jesús llama e invita a estar con él, a seguirle, a emprender ese camino nuevo. Hoy pasa junto al lago y allá están los pescadores con sus tareas después de la pesca; El les invita a una pesca nueva, ‘venid conmigo, seréis pescadores de hombres’. Y Pedro y Andrés primero, luego también Santiago y Juan, los hijos de los Zebedeos se van con Jesús, lo dejan todo.
¿No decía Jesús que había que cambiar? Cambian porque quieren vivir esa vida nueva que Jesús les ofrece, y lo dejan todo, y se van con Jesús. Y nosotros, ¿lo escuchamos? ¿Queremos seguirle? ¿Hasta dónde queremos cambiar? ¿Qué estaríamos dispuestos a dejar?

domingo, 8 de enero de 2017

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo, 3, a3-17
Llegamos a la culminación de todas las fiestas de la celebración del misterio de la Navidad y Epifanía. Celebramos en este domingo después de la Epifanía la fiesta del Bautismo del Señor.
El evangelista Mateo nos dice que ‘fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara’. ¿Había formado parte Jesús en algún momento de aquellos que iban a escuchar a Juan? En torno al Bautista, allá en el desierto junto al río Jordán, se había ido formando un grupo de discípulos que le seguían y hasta querían imitarle. No solo eran los que ocasionalmente iban a escucharle y luego se sometían a aquel bautismo penitencial como un signo de conversión escuchando la invitación de Juan para preparar los caminos del Señor, sino que se había formado un grupo de discípulos como veremos más tarde que permanecen fieles incluso cuando Juan es encarcelado.
Ya tenemos mucha ocasión en meditar sobre el bautismo de Juan en el Adviento escuchando también nosotros sus palabras como una preparación para recibir al Señor en las fiestas de Navidad. El hecho es que Jesús se suma ahora a la fila de los que se acercaban a Juan para sumergirse en el Jordán para su bautismo y muchas cosas especiales van a suceder.
Cuando Juan invitaba a aquel bautismo ya decía que el bautizaba solo con agua pero que vendría el que bautizaría con Espíritu y fuego. Señalaba incluso ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis, el que os bautizará con Espíritu Santo’. Y ahora se manifiesta el Espíritu del Señor. Como nos ha dicho el evangelista ‘apenas Jesús se bautizó, salió del agua, se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El, mientras es escuchaba una voz del cielo: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.
Me atrevería a decir que estamos como en el quicio entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Juan todavía es de los profetas, como los profetas del Antiguo Testamento que vienen como testigos para señalarnos el camino de la luz. Comienza la hora del Espíritu desde el momento en que Jesús fue concebido en el seno de María. Escuchábamos en la anunciación decirle el ángel a María ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…’
Aquí está ahora el que está lleno del Espíritu, el que con la fuerza del Espíritu viene a realizar un mundo nuevo y hacernos a nosotros unos hombres nuevos. Comienza la hora de la Nueva Alianza que va a ser sellada con la sangre de Cristo, pero que por la fuerza del Espíritu nos va a hacer a nosotros también hijos de Dios.  Aquí está el Hijo amado de Dios que viene a bautizarnos a nosotros con un nuevo bautismo, el bautismo en el Espíritu que nos va a hacer participes de la vida divina para hacernos, repito, hijos de Dios.
Por eso decíamos que en este momento del bautismo de Jesús estamos como en el quicio, se nos abre la puerta a algo nuevo, se nos abre la puerta al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza, al nuevo pueblo de Dios. Podíamos decir que es como el sentido de esta fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos también como Epifanía, como manifestación de quien es Jesús en quien creemos, cuyos pasos queremos seguir, de cuya vida queremos impregnarnos.
La celebración de este día es también una buena ocasión para que pensemos en nuestro propio bautismo, ese bautismo recibido en el agua y en el Espíritu que necesitamos para nacer de nuevo como le dirá Jesús a Nicodemo. Se nos queda muchas veces nuestro propio bautismo como en penumbra, como algo lejano celebrado en nuestra niñez y no terminamos de considerar la grandeza de la nueva vida que en él recibimos. Se nos puede quedar como un rito lejano que casi pareciera que no tiene repercusión en nuestra vida. Sin embargo tenemos que reconocer que toda nuestra existencia está marcada por ese Bautismo, porque en El nos hicimos participes de la salvación que Jesús nos ofrece en su muerte y resurrección. El bautismo fue un sumergirnos en la muerte de Cristo para con Cristo renacer, por la fuerza del Espíritu, a una vida nueva.
Y eso ha marcado nuestra vida para siempre, aunque muchas veces lo olvidemos, porque si somos conscientes de verdad del bautismo recibido nuestro empeño estaría en vivir siempre esa nueva vida, en vivir siempre dejándonos conducir por el Espíritu, en impregnar ya en todo nuestra vida por los valores del Evangelio, por los valores nuevos del Reino de Dios. 
Como se dice en una de las oraciones de la liturgia de este día ‘transformarnos interiormente a imagen de aquel  que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad’. Por el Bautismo somos transformados a imagen de Jesús, hemos de transparentar ya para siempre a Jesús en nuestra vida, de manera que quien nos viera pudiera ver a Cristo en nosotros. 

sábado, 7 de enero de 2017

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25
A nadie le gusta la oscuridad; se nos hace difícil el caminar, los tropiezos y las dificultades de la vida nos parecen de mayor amplitud, el camino se hace más costoso y los peligros se nos hacen mayores. Que alegría se siente si vamos por un camino oscuro sin encontrar algo que nos oriente el que en algún punto aparezca una luz; es el faro que en la noche en las tinieblas del mar orienta a los navegantes alertándole de los peligros de la costa y orientándoles hacia donde encontrar refugio seguro en medio de la tormenta.
Hoy nos dice el evangelista, recordando lo que ya habían anunciado los profetas, que ‘el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en tierras de sombras de muerte una luz les brilló’. Está haciendo referencia el evangelista a aquel momento en que Jesús comenzó a predicar por las tierras de Galilea. ‘Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neptalí… Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’.
Fue el impacto que produjo la presencia de Jesús con su predicación y sus obras. Era el faro de luz que abría los corazones a la esperanza. Era la vida nueva que comenzaba porque comenzaba a hacerse presente el Reino de Dios. Es todo lo que significa Jesús y su salvación para todos los hombres. Si ayer en la epifanía contemplábamos la estrella que brillaba en lo alto iluminando el camino de aquellos Magos de Oriente que llegaron hasta Jesús en Belén, hoy vemos brillar esa luz de Cristo en medio del pueblo de Israel.
Es lo que tenemos que sentir nosotros desde nuestra fe en Jesús.  No nos podemos sentir nunca en la oscuridad y en la desesperanza. Duros, oscuros, con mil dificultades pueden ser los caminos de la vida pero siempre nosotros tenemos la luz de la fe, tenemos a Jesús con nosotros. Tenemos que escuchar hondamente el evangelio de Jesús en nuestro corazón y sentir su presencia salvadora.
Proclamaba Jesús el Evangelio del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias. Hemos dejado meter muchas dolencias en nuestro corazón y en nuestra vida, en ocasiones nos llenamos de oscuridad, de tristeza, de cansancios y desánimos porque nos puede parecer que nos sentimos solos o desorientados. Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz. Nunca nos sentiremos en oscuridad si estamos con Jesús.