miércoles, 26 de noviembre de 2014

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Estamos llamados a ser los vencedores que con las arpas de Dios en nuestras manos cantaremos para siempre el cántico del Cordero

Apoc. 15, 1-4; Sal. 97; Lc. 21, 12-19
Quizá alguien al escuchar por primera vez este texto del evangelio le cueste entender lo que anuncia Jesús y más bien se llene de miedo y de temor ante lo que se nos dice que le puede pasar al que quiera seguir con fidelidad el camino de Jesús. 
Pero creo que tenemos que seguir teniendo muy presente las palabras que le hemos venido escuchando a Jesús estos días en textos anteriores invitándonos a no perder la paz, a no sentirnos como encogidos por el miedo o el pánico ante lo que nos puede suceder. De todas maneras hemos de tener muy presente lo que ya escuchábamos al principio del evangelio en el sermón del monte cuando Jesús proclamó sus bienaventuranzas. ‘Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en el cielo’.
Hoy Jesús en el texto del evangelio que se nos ha proclamado nos habla claramente de las persecuciones que por causa de su nombre vamos a padecer. La tiniebla no quiere recibir la luz, rechaza la luz. Es el mal que se resiste y tratará de poner todo negro allí donde resplandece la luz del bien y del amor.
Ya Jesús sufrió la tentación en el monte de la cuarentena, no nos extrañe que el mal trate de atraernos por sus caminos y cuando nos resistimos vamos a encontrar la oposición que querrá destruir las semillas de bien que nosotros queramos sembrar. ¿No nos habla Jesús en sus parábolas de la cizaña que va a aparecer en medio de la buena semilla que se había sembrado para tratar de arruinar la cosecha? Así sufriremos no solo la tentación sino también la persecución.
Cuando el evangelista nos trascribe el evangelio todo esto que anuncia en labios de Jesús ya lo estaban padeciendo los primeros cristianos. Ya en el propio libro de los Hechos de los Apóstoles vemos las persecuciones a que se ven sometidos los propios apóstoles y los primeros creyentes.
‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre’. Pero Jesús nos invita a confiar. Porque su Espíritu estará con nosotros. El pondrá palabras en nuestros labios para nuestra defensa, pero sobre todo pondrá la fuerza de su gracia en nuestro corazón. Y no temamos porque nos veamos acosados por los más cercanos a nosotros. ¿No fue uno del grupo de los doce el que lo entregó a El?
Aquí tenemos que escuchar en el verdadero sentido que tiene el libro del Apocalipsis y en concreto en el texto que hoy se nos  ha proclamado. Ya decíamos que el Apocalipsis no es un libro simplemente para describirnos catástrofes y cataclismos. El Apocalipsis es la revelación de Dios para que en los momentos difíciles no perdamos la paz ni la esperanza. Es la Revelación que nos anuncia tiempos de triunfo y de gloria y nos llena de esperanza.  Nos hablará al final de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Pero la creación entera está como gimiendo con dolores de parto, como se nos dice en otro lugar de la escritura, pero al final podremos contemplar la victoria.
Es lo que hoy hemos escuchado. Hoy nos describía cómo ‘sobre aquel mar de vidrio veteado de fuego en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la bestia… tenían en sus manos las arpas que Dios les había dado y cantaban el cántico de Moisés el siervo de Dios y el cántico del Cordero: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios soberano de todo; justos y verdaderos tus caminos, rey de las naciones, ¿quién no dará gloria a tu nombre, si tu solo eres santo? Todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti…’
Es el cántico del triunfo y de la gloria del Señor. Contemplaremos, como escuchamos en otro momento, los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero con palmas en sus manos. Es la imagen precisamente con que representamos siempre a los mártires con la palma de la victoria, con la palma de martirio en sus manos para cantar la gloria del Señor. No temamos, porque la victoria del Señor está de nuestra parte. Como nos decía el evangelio ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Los momentos malos de la vida, los problemas o las dificultades nos han de ayudar a crecer como personas y a madurar para dar buen fruto

Los momentos malos de la vida, los problemas o las dificultades nos han de ayudar a crecer como personas y a madurar para dar buen fruto

Apoc. 14, 14-20; Sal. 95; Lc. 21, 5-11
‘Algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos’, comentaba el evangelista; pero esto le da pie al Señor para decirnos cuan caducas son las bellezas este mundo que un día desaparecerán pero que nos tienen que llevar a considerar y admirar cuál es la verdadera belleza que hemos de buscar, una belleza permanente que solo en la vida en Dios podremos alcanzar en plenitud.
Admiramos, sí, toda la belleza de la creación, como obra salida de las manos de Dios y que cada día nos sorprende en la naturaleza con un nuevo amanecer para que contemplemos todo lo creado y ello  nos lleve a dar la gloria al Creador, lo que tendrá que llevarnos a cuidar esa naturaleza que Dios ha puesto en nuestras manos para que todo pueda servir al bien del hombre y con todo podamos siempre cantar la gloria y alabanza al Creador; admiramos también la belleza de la obra salida de las manos del hombre, al que Dios ha dotado de dones especiales con las que pueda expresar de forma bella cuando llevamos de bueno en el corazón o cuanto de bueno podemos hacer para hacer felices a los demás.  Esa capacidad del arte que se manifiesta en el hacer de tantos hombres, hemos de saber considerarlo con un don de Dios y con ello hemos de saber dar gloria al Señor.
Ahora están contemplando el templo de Jerusalén, heredero podríamos decir del que un día construyera Salomón, pero tantas veces destruido y reedificado a lo largo de la historia, que en aquel presente siglo se había embellecido con la reconstrucción que Herodes el Grande había mandado realizar. Pero Jesús les dice que una vez más aquel templo será destruido, no quedará piedra sobre piedra, como será igualmente destruida la ciudad de Jerusalén, como ya había manifestado cuando había llorado por aquella ciudad, como recordamos hace poco.
‘Maestro, ¿cuándo va a suceder esto?’, le preguntan; ‘¿cuál será la señal de que todo eso está a punto de suceder?’ Pero en el texto evangélico y en las palabras de Jesús se entremezclan los anuncios de la ciudad de Jerusalén como también el anuncio de los últimos tiempos con todas las confusiones que a lo largo de la historia se van a producir. ‘Cuidado que nadie os engañe’, les dice porque algunos se aprovecharan incluso de estas palabras de Jesús para ser profetas de catástrofes y de más destrucciones.
‘No tengáis pánico’, les dice. El que cree en Jesús y se fía de su palabra nunca ha de perder la paz. Pueden venir momentos difíciles, surgirán problemas y luchas en la vida, ya en otro lugar nos anuncia a los que queremos mantener nuestra fe en El que hasta tendremos persecuciones, pero un verdadero creyente no ha de perder la paz ni dejarse confundir.
En el lenguaje del evangelio, en este caso un tanto apocalíptico en el sentido más simple de la palabra, se nos anuncian muchas cosas. ‘Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo’. Los agoreros que siempre nos encontramos en todos los tiempos enseguida nos interpretan por lo que nos va sucediendo de continuo en nuestro mundo de que ya el fin del mundo está cerca. Pero Jesús antes nos ha dicho: ‘Pero todo eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida’. Y es que ese ha sido el devenir de la historia a través de todos los siglos. ¿En qué siglo no ha habido grandes guerras o grandes catástrofes? ¿Cuántas veces en los años que tenemos, sobre todo nosotros los mayores, no habremos escuchado que nos están anunciando que el fin del mundo es para tal año o para tal otro? En los años de mi vida lo he escuchado muchas veces.
Jesús nos dice que no perdamos la paz; más bien, todo eso que nos va sucediendo nos ha de servir de lección para darle valor a nuestra vida y para que busquemos lo que en verdad es más importante. Y esos problemas y momentos malos que nos van apareciendo en nuestra vida con una ayuda muy importante que nos ayuda a crecer y a madurar más y más como personas. Nos enseñará muchas veces que no todo es fácil, pero que en la dificultad nos crecemos, aprendemos a sacar recursos desde lo más hondo de nosotros mismos y aprenderemos a buscar los verdaderos valores que van a dar consistencia a nuestra vida.
Ojalá aprendamos la lección y nunca perdamos la paz de nuestro espíritu.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Damos cosas que nos sobren o nos damos a nosotros mismos?

¿Damos cosas que nos sobren o nos damos a nosotros mismos?

Apoc. 14, 1-5; Sal. 23; Lc. 21, 1-4
Un texto muy breve del evangelio pero que sin embargo nos hace reflexionar mucho. Nos parece algo sencillo y quizá de poca importancia, pero el mensaje es grande y nos tiene que llegar a lo hondo del corazón.
Jesús había llegado a Jerusalén, como hemos venido escuchado en días pasados, ha querido purificar el templo al expulsar a los vendedores de él como para enseñarnos por una parte el respeto que hemos de tener a los lugares santos que no hemos de mancillar con cosas y actividades ajenas a lo que al culto a Dios se refiere pero también para enseñarnos cual ha de ser el verdadero culto que hemos de dar a Dios y cual es el verdadero templo de Dios que contemplamos en Jesús y que contemplamos en nosotros mismos cuando hemos sido consagrados en nuestro bautismo.
En su caminar por el templo enseñando a cuantos a El se acercan nos ha hablado de resurrección y vida eterna tras las preguntas capciosas de los saduceos. Ahora se fija Jesús en un detalle que para la mayoría de la gente ha podido pasar totalmente desapercibido y con el que nos querrá enseñar cual es la verdadera ofrenda que nosotros hemos de hacer al Señor.
Está cerca del cepillo de las ofrendas, como diríamos en nuestro lenguaje de la alcancía del templo; observa cuantos al pasar por allí van haciendo sus ofrendas poniendo en él sus limosnas.  Ya en otra ocasión nos había advertido de la forma que habíamos de hacer nuestras limosnas u ofrendas - recordamos en el sermón de la montaña - de manera que nunca tenemos que hacer ostentación de lo que hacemos o de lo que damos frente a las posturas de los fariseos que hacían alardes bien ostentosos de las limosnas que hacían; que no sepa tu mano derecha lo que hace la mano izquierda, nos venía a decir entonces. No es que ahora quizá haya esas ostentaciones, pero Jesús se fija en una pobre viuda que ha echado dos reales. Quizá solo Jesús lo ha visto porque lo ha hecho bien calladamente aquella mujer. Es todo lo que tiene, pero generosamente se desprende de todo.
Jesús querrá resaltarlo. ‘Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’. El saber esto, ¿no tendría que hacernos pensar? Creo que mucho tendríamos que reflexionar sobre lo que nosotros hacemos y cómo lo hacemos; ver sinceramente hasta donde llega la generosidad de nuestro corazón.
No digo que no seamos generosos cuando damos una limosna o hacemos algo por los demás. De todas maneras tenemos que reflexionar y pensar en ese pensamiento que quizá nos puede venir a nuestra mente cuando nos desprendemos de algo, porque al mismo tiempo estamos pensando en nuestro futuro, en si un día nosotros los vamos a necesitar. Es una tentación fácil que nos puede aparecer.
También nos puede aparecer la tentación de estarnos guardando siempre para nosotros y solo damos de lo que nos sobra, las migajas de lo que tenemos en nuestro bolsillo; abrimos la cartera o el monedero porque quizá sentimos compasión del que nos pide, pero podemos tener el peligro de buscar la moneda mas pequeña, esa calderilla que se nos amontona sin ser ninguna cantidad importante.
Aquella mujer, como destaca Jesús, dio todo lo que tenía incluso para comer. Es que realmente ella se estaba dando a sí misma; en su desprendimiento y generosidad se vaciaba de sí misma para confiarse totalmente en la providencia de Dios. ¿Seremos capaces? Tenemos que caer en la cuenta que es más importante darnos nosotros que dar cosas. Compartimos y lo  hacemos con generosidad esas cosas que tenemos, pero seamos capaces de compartir nuestra vida, dedicar nuestro tiempo, prestar atención a aquella persona que se acerca a nosotros, escucharla o interesarnos por ella.
No es fácil, nos cuesta, y por eso tenemos que estar siempre con esa actitud abierta para revisar actitudes, gestos, maneras de hacer las cosas, para poner todo nuestro amor y toda nuestra vida.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Ez. 34, 11-12.15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
El primer anuncio que hace Jesús es la llegada del Reino de Dios. Había que prepararse para reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre toda la creación. Es lo que hoy en esta fiesta que culmina el año litúrgico queremos celebrar, Jesús es Señor, Jesús es el Rey del universo. Como decía san Pedro en el inicio de su predicación apostólica ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muertos’.
A lo largo del evangelio vemos como Jesús centró su predicación y la realización de sus signos en anunciar la inminencia de la soberanía de Dios. Lo proclama a través de sus parábolas; se hace presente a través de los signos que realiza, expulsión de demonios, curación de enfermos, resurrección de los muertos; se va a realizar en su anonadamiento (kénosis) hasta la muerte en la cruz y por su resurrección de entre los muertos; se actualiza constantemente con la fuerza del Espíritu y se convierte en objeto de esperanza final para los creyentes en Jesús y para humanidad entera.
Todo es una proclamación de la soberanía de Dios. Jesús es el Señor. La Iglesia continúa ahora la obra salvadora y liberadora de Jesús cuando los que creemos en Jesús le reconocemos como nuestro Rey y Señor y queremos realizar su misma obra, vivir su misma vida, impregnarnos de su mismo amor. Y esto lo celebramos hoy con toda solemnidad porque queremos vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
No dejamos de valorar todo lo que pueda ser el esfuerzo del hombre que busca a Dios, tiene ansias de Dios y quiere conocer a Dios. Es cierto que es un ansia y un deseo de trascendencia y de infinito que anida en el corazón de todo hombre. Pero sí tenemos que afirmar que realmente todo parte de la búsqueda de Dios al hombre. Es el Señor el que nos busca y el que nos llama, el que nos regala y manifiesta su amor y quiere en verdad llevarnos hasta El. A ello, es cierto, hemos de dar una respuesta, pero es el amor infinito de Dios el que nos ha enviado a su Hijo Jesús para llevarnos por caminos de vida y de salvación. Tanto amó Dios al mundo, tanto amó Dios al hombre…
Fijémonos en la Palabra de Dios. ¿Qué nos decía el profeta Ezequiel? ‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… yo mismo apacentaré a mis ovejas…’ Es hermoso este texto del profeta y mucho tendríamos que meditarlo para reconocer ese amor del Señor y aprender a darle gracias.
Y contemplamos a Jesús, el Buen Pastor, como tantas veces hemos meditado, que cuida a sus ovejas, las conoce por su nombre, busca a la perdida, nos alimenta y da la vida por sus ovejas, como tantas veces nos ha explicado en el evangelio. No podíamos menos que repetir en el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… porque tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término’. Es nuestra respuesta hecha oración y nuestra acción de gracias.
Pero a tanto amor del Señor se ha de corresponder nuestra respuesta hecha vida. Es de lo que vamos a ser examinados al final del tiempo. De ello nos habla el evangelio. ¿Habremos vivido nosotros esa soberanía de Dios en nuestra vida? ¿Nos habremos sentido en verdad guiados por Cristo como verdadero pastor de nuestra vida, reconociendo su voz y dejándonos conducir y alimentar por El? ¿Habremos dado señales de que en verdad vivíamos el Reino de Dios? ¿Por qué cosas se nos va a preguntar? Ahí está la clave.
Sencillamente tendríamos que decir que ‘para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos’. Sí, no nos va a preguntar el Señor, y cuidado que nos puede parecer paradójico pero no nos escandalicemos, si rezaste mucho o rezaste poco, cuántas promesas hiciste o cuántas velas encendiste delante del altar, cuántos ramos de flores llevaste a la Iglesia para que estuviera bonito el altar o a cuántas procesiones asististe. Nos va a preguntar si pasaste por la vida de los hermanos, si te detuviste junto a la vida de los hermanos, si dedicaste tiempo para escucharlos o para darles consuelo, si compartiste con ellos tu comida o lo que tenías, si los acompañaste en su dolor y sufrimiento y fuiste capaz de desvivirte por ellos. Como decía san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor’. Vivir, pues, el Reino de Dios es pasar por la vida de los hermanos.
¿No es eso lo que nos ha dicho hoy el evangelio? Como un estribillo repetido por cuatro veces ya sea en afirmación o en pregunta se nos ha dicho: ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Seis puntos o seis aspectos que se nos han repetido cuatro veces en el evangelio. ¿Cómo tenemos que buscar a Dios? ¿Cómo tenemos que encontrar a Dios? ‘Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Por eso  nos dirá: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Estaremos heredando el Reino, viviendo el Reino cuando seamos capaces de entrar en esa órbita del amor. La persona de Jesús, la persona que es Dios se identifica con la persona que necesita ser ayudada. Jesús se esconde en cada ser humano necesitado de amor. Cualquier cosa que sea hecha a un necesitado, crea amor. Y este amor nos une a Cristo. Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, sólo una posesión contará y será importante: el amor.
Ya nos damos cuenta que no es un amor cualquiera del que estamos hablando; no es pura filantropía. Es que cuando estamos queriendo amar de esta manera, de forma que seamos capaces de llegar a ver a Jesús en el hermano, es porque estamos queriendo amar con un amor como el de Jesús. Así nos lo dejó como distintivo por el cual habría de reconocérsenos. Mucho tenemos que estar unidos a Jesús, mucho tenemos que llenarnos de Dios para ser capaces de un amor de este calibre.
Claro que necesitamos rezar, orar a Dios, alimentarnos de los sacramentos para recibir esa gracia, para sentir la fuerza de su Espíritu para poder hacerlo.  Pero no nos refugiamos en nuestros rezos o en nuestras misas para olvidarnos o desentendernos de los demás. De ninguna manera, porque eso no tendría sentido. Es que nunca nuestra oración la separaremos de los hermanos a los que tenemos que amar; nunca nuestra eucaristía o los sacramentos que celebremos nos hará vivir aislados de los demás, sino todo lo contrario.
Acordémonos que si no estamos reconciliados en el amor con los hermanos, Jesús nos dice que dejemos la ofrenda allí a un lado del altar y vayamos primero a vivir esa reconciliación de amor con los hermanos, porque a todos tenemos que traerlos en el corazón cuando venimos a Dios para amarlos como un amor como el de Dios.
¿Entenderemos ahora bien lo que ha de significar esta celebración que hoy estamos viviendo proclamando a Jesucristo Rey del universo? Esa soberanía de Dios la vamos a vivir de verdad cuando todos hayamos sido capaces de pasar por la vida de los demás. Un paso que nunca podrá ser indiferente y frío, sino que siempre tendrá que ser un paso de amor y de solidaridad.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La fe que tenemos en Jesús nos lleva a que en la hora de nuestra muerte lo hagamos siempre en la esperanza de la resurrección

La fe que tenemos en Jesús nos lleva a que en la hora de nuestra muerte lo hagamos siempre en la esperanza de la resurrección

Apoc. 11, 4-12; Sal. 143; Lc. 20, 27-40
Ahora son los saduceos los que vienen con sus intrigas y sus preguntas capciosas a Jesús tratando de confundir y desprestigiar. Eran grupos de cariz religioso que hacían sus propias interpretaciones de la Escritura y creaban tendencias y divisiones en la vida social y religiosa de los judíos. Ya el evangelista nos recuerda que los saduceos niegan la resurrección; y es por ahí por donde plantean las cuestiones a Jesús.
Muy dados a la casuística plantean la cuestión desde normas y leyes que regían las costumbres y la vida del pueblo de Israel. Según la ley del Levítico una mujer debía de tener descendencia, pero si el marido moría sin darle esa descendencia un hermano del marido estaba obligado a casarse con ella para darle esa descendencia. Ahora lo plantean desde el hecho de que hasta siete hermanos se casan con aquella mujer porque todos van muriendo sin descendencia y su pregunta, como ellos negaban la resurrección, eran que si había resurrección cual de todos aquellos maridos era en verdad el marido de la mujer.
Jesús un poco pasa de esas cuestiones, pero sí les dice que ‘en esta vida los hombres y mujeres se casan, pero quienes sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán… son hijos de Dios que participan de la resurrección’. No es la vida futura, la vida eterna un calcar nuestra vida terrena a la manera como los hombres nos manejamos en este mundo. Entramos en otra dimensión, otro sentido de plenitud, es una vida nueva y de distinta condición.
Pero el mensaje del evangelio de hoy no se nos puede quedar en resolver esas casuísticas, sino en lo que finalmente Jesús viene a decirnos: ‘No es un Dios de muertos, sino de vivos’, porque es el Dios de la vida, y de esa vida quiere hacernos en partícipes en plenitud. No se trata, pues, de ponernos a imaginar como será esa vida, sino que si pensamos que vamos a vivir en Dios, vamos a vivir en plenitud y en felicidad total.
Pero estamos comentando este evangelio en que se comenzaba diciendo que los saduceos no creían en la resurrección. Me pregunta si en verdad nosotros creemos en la resurrección y en la vida eterna. Muchas veces cuando participo en unas exequias - cuántas veces en mi vida sacerdotal he tenido que presidir la celebración de las exequias en un entierro - me pregunto si todos los que estamos allí llorando por aquel difunto, rezando por aquel difunto, en verdad creemos en la vida eterna y en la resurrección. ¿Qué es lo que pasa en esos momentos por nuestra mente? Lo que expresamos en nuestras oraciones, ¿formará parte de verdad del sentido de nuestra vida? ‘Acuérdate de nuestros hermanos que murieron en la esperanza de la resurrección’, decimos en la oración, pero ¿en verdad a la hora de nuestra muerte lo haremos en esa esperanza de resurrección?
Creo que son unos artículos de nuestra fe que tendríamos que repasar mucho para hacer que en verdad formen parte de nuestra fe y en consecuencia eso repercuta en nuestra forma de actuar, en nuestra forma de vivir. Hemos de reconocer que vivimos pensando solamente la mayoría de las veces en este mundo terreno que ahora vivimos y lo menos que pensamos es en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida, pensando en la resurrección y en la vida eterna. Seguro que si pensáramos más en ellos nuestra forma de vivir sería otra; los afanes y agobios de la vida presente los viviríamos de otra manera; pensaríamos más en ese tesoro que hemos de guardar en el cielo, como nos dice Jesús; nos costaría menos arrancarnos de este mundo, de esta vida; le tendríamos menos miedo a la muerte y nos enfrentaríamos a ella con menos angustia.
Como decimos en uno de los prefacios de las misas de difuntos, ‘te damos gracias porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’. Cristo resucitó, es un artículo fundamental de nuestra fe; pues nosotros con Cristo estamos llamados también a la resurrección. Que en verdad porque creemos y esperamos en Cristo, seamos dignos, tengamos el gozo de participar de la vida eterna para siempre.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Una nueva ofrenda, un nuevo sacrificio, un nuevo culto ofrecido a Dios en Cristo nuestra Víctima pascual

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
‘Entró Jesús en el templo…’ Siguiendo el evangelio de Lucas de forma continuada como lo hemos venido haciendo hemos hablado de su subida a Jerusalén con todo el significado teológico también que tiene esta subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua, para celebrar su Pascua. Ayer le veíamos contemplar la ciudad santa desde el Monte de los Olivos, que era el camino habitual de entrada a Jerusalén para los peregrinos que venían de Galilea a través del valle del Jordán y contemplábamos sus lágrimas por la ciudad santa donde iba a culminar todo su misterio redentor.
Llega a la ciudad y hace su entrada en el templo y, como nos dice el evangelista, ‘se puso a echar a los vendedores’. Un signo de purificación que Jesús quiere realizar; un signo profético para darnos un nuevo sentido para el templo y para el culto al Señor y el encuentro con El. San Lucas es el menos explicito al describirnos lo que Jesús realiza; san Mateo y san Marcos nos dan más detalles, situando también en el mismo contexto de su entrada en Jerusalén este hecho; el evangelista Juan nos sitúa este episodio casi al principio del Evangelio.
Allí en el templo se ofrecían los sacrificios y los holocaustos, además de ser el lugar de la oración de los judíos; por sus explanadas, además de encontrarnos los maestros de la ley que con sus discípulos explicaban y comentaban las Escrituras - recordemos que allí fue encontrado Jesús niño entre los doctores de la ley tras su pérdida en su subida con sus padres al templo -, se situaban los animales que iban a ser sacrificados, como un servicio a los fieles para que pudieran adquirirlos a la hora de ofrecer los sacrificios; por otra parte estaban los cepillos del templo para las ofrendas y limosnas, pero como había que hacerlo en el dinero propio del templo, por allá andaban también los encargados de realizar el cambio de moneda, ya que muchos judíos venían de fuera de Palestina con las monedas que se utilizaran en sus países. Todo esto convertía el templo casi en una plaza de un mercado más que en un lugar de oración y culto al Señor.
‘Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’, exclama Jesús expulsando a los vendedores, derribando las mesas de los cambistas, queriendo realizar el signo de la purificación. Algo nuevo iba a comenzar a partir de aquella pascua. Ya no serían necesarios aquellos sacrificios de animales y aquellos holocaustos y ofrendas con los que la humanidad quería agradar a Dios. Ahora se iba a ofrecer el gran Sacrificio, el Sacrificio nuevo de la nueva Alianza en la Sangre derramada, que ya no era la sangre de los animales sacrificados sino la Sangre preciosa de Cristo. Como nos dirán más tarde Pedro y Pablo en sus cartas no hemos sido comprados ni con oro ni con plata, no hemos sido redimidos por la sangre de los antiguos sacrificios, sino que hemos sido redimidos por la Sangre preciosa de Cristo.
Un nuevo culto había de comenzar. Una nueva ofrenda se iba a realizar. ‘Por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística. ‘Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad…’ que decimos también.
La Victima pascual es Cristo mismo que por nosotros se ofrece y se inmola. Y ya no hay otro sacrificio que el sacrificio de Cristo, que actualizamos y hacemos presente cada vez que celebramos la Eucaristía. Es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde ya para siempre vamos a tributar todo honor y toda gloria a Dios para siempre.
Es el signo que Jesús está hoy realizando en el pasaje del evangelio que estamos meditando. Nos está enseñando cual ha de ser el verdadero sacrificio que hemos de ofrecer al Señor, que ya no serán cosas, ni serán animales que sacrifiquemos sino que será siempre el sacrificio de Cristo al que nosotros nos unimos poniendo en él toda nuestra vida. Que ahí veamos también el signo de la purificación interior que hemos de hacer en nuestra vida para que en Cristo para siempre sea agradable al Señor nuestra ofrenda,  nuestra oración. Que ese sea el culto espiritual  que nosotros ofrezcamos con nuestra vida a Dios.
‘Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti’, como decimos en la primera plegaria Eucarística.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las lágrimas de Jesús por Jerusalén tendrían que sembrar inquietud también nuestro corazón para no rechazar la gracia del Señor

Las lágrimas de Jesús por Jerusalén tendrían que sembrar inquietud también nuestro corazón para no rechazar la gracia del Señor

Apoc. 5, 1-10; Sal. 149; Lc. 19, 41-44
¿No habremos llorado alguna vez de impotencia? Deseamos algo ardientemente y luchamos por conseguirlo, pero al final no pudimos alcanzarlo; nos sentimos impotentes, como fracasados. Pero nos sucede no solo en cosas que deseamos para nosotros sino también en ocasiones en cosas que deseamos para los demás, que quizá les ofrecemos generosamente, o estamos a su lado queriendo luchar con ellos por alcanzar esa meta, hacer que su vida mejore, que se superen unos malos momentos o situaciones, pero vino algo, sucedió algo que nos lo echó todo por tierra. Lloramos, sí, en nuestro interior lágrimas amargas de impotencia por lo haberlo conseguido, porque no se logró dar aquel paso o no se superó aquella situación.
Hoy vemos a Jesús llorar por Jerusalén. Solo en otra ocasión veremos lágrimas en los ojos de Jesús, aunque le veamos en ocasiones que la tristeza le abruma el alma; fue cuando la muerte de su amigo Lázaro y ante su tumba viendo llorar desconsoladas a sus hermanas. Fueron lágrimas de compasión pero también de un sentimiento grande de dolor por la muerte de un amigo. ‘Mira cómo le amaba’, dirán los judíos que le vieron llorar.
¿Por qué llora Jesús hoy al contemplar la ciudad de Jerusalén probablemente desde la ladera del monte de los Olivos? A media pendiente hay un pequeño santuario que lo recuerda y lo rememora. ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que te conduce a la paz!’, son las primeras palabras de Jesús. Pero a continuación manifiesta el amor grande que ha tenido por aquella ciudad - todo buen judío amaba enormemente aquella ciudad santa porque en ella estaba el templo del Señor -, y lo que por ella había hecho, cómo en ella había anunciado el evangelio de la salvación, pero lo habían rechazado.
No eran suficientes los gritos y aclamaciones que momentos antes habían proclamado los niños cuando bajaba el monte para entrar en la ciudad - estas lagrimas nos las trae Lucas precisamente después de su entrada en Jerusalén -, porque le iban a rechazar y lo iban a llevar a la muerte. Está en el horizonte ya cercano su pascua en la que se iba a inmolar. Por eso anuncia también que un día aquella ciudad tan hermosa - es bello el panorama que se ve de la ciudad santa desde el monte de los Olivos - iba a ser destruida ‘no dejarán piedra sobre piedra’. ¿No sería ese llanto de impotencia, del que hablábamos al principio, el que sentiría Jesús en aquellos momentos porque no había podido mover a conversión a aquella ciudad santa de Jerusalén?
Llora Jesús por Jerusalén donde no fue aceptado ni acogido aunque allí se iban a realizar los momentos supremos de la nueva Pascua, todo el misterio de nuestra redención. No fue el pueblo bien dispuesto que el Bautista había querido preparar para su venida. ‘No reconociste el momento de mi venida’, les dice Jesús; rechazaron la gracia de Dios que llegaba a ellos. Pero no nos vale quedarnos en lamentar lo que aquella ciudad, aquellas gentes no hicieron, sino que todo esto nos tiene que hacer reflexionar. ¿Llorará Jesús por nosotros también?
Esta escena no es tan lejana a nuestra propia vida o lo que podemos observar en nuestro entorno. Mirándonos primero que nada a nosotros mismos reflexionemos y revisemos cuantas veces nos hemos cerrado a la gracia del Señor. Sentíamos la llamada del Señor en nuestro corazón para hacer lo bueno o superar la tentación y nos dejamos arrastrar por el mal y no respondimos a la gracia del Señor. Mucho tenemos que examinarnos en este sentido y hacerlo con toda sinceridad.
Pero contemplamos alrededor nuestro este mundo que se resiste a la gracia y a la llamada del Señor. Aunque nos decimos cristianos no son precisamente los valores el evangelio los que impregnan nuestro mundo donde se va perdiendo el sentido de Cristo, el sentido cristiano de la vida. Podemos hacer así una mirada genérica, pero sin entrar en juicio contra nadie ni de nadie, sin embargo nos podemos dar cuenta de cuantos a  nuestro lado se resisten también a la gracia del Señor. 
Ahí tenemos también una tarea que realizar. La inquietud por el evangelio que tiene que animar nuestro corazón y nuestra vida nos ha de hacer que nos sintamos inquietos, pero que veamos cómo nosotros con nuestro ejemplo podemos atraer a los demás para que se interesen por los caminos del evangelio. Una inquietud misionera tendría que metérsenos en nuestras entrañas. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Si somos fieles en las responsabilidades de esta vida podremos un día cantar la gloria de Dios con los ángeles y santos en el cielo

Si somos fieles en las responsabilidades de esta vida podremos un día cantar la gloria de Dios con los ángeles y santos en el cielo

Apoc. 4, 1-11; Sal. 150; Lc. 19, 11-28
Sigue Jesús su camino de subida a Jerusalén. Pero siguen también en los discípulos las preguntas o las incertidumbres de lo que allí va a suceder. Quienes habían ido vislumbrando en su corazón que Jesús podía ser el Mesías esperado, ahora están pensando que la llegada de Jesús a Jerusalén va a ser el momento de la manifestación triunfante de ese Reino de Dios que Jesús venía anunciando, y que era la esperanza alimentada por los profetas a lo largo de toda la historia de la salvación. Estaba cerca de Jerusalén, y ‘se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’.
Pero esto motiva que Jesús les proponga una parábola. Es el rey que se marcha de viaje, en este caso en búsqueda del titulo de rey, y confía a sus empleados unos bienes. Es la parábola en el relato paralelo, en este caso en san Lucas, de la que escuchamos el pasado domingo según san Mateo, que allí llamábamos de los talentos. En este relato de Lucas se nos dice que reparte diez onzas de oro una a cada empleado. Cuando a la vuelta pida cuentas a sus empleados de lo que han hecho con su onza de oro aparecen solamente tres dando respuesta, como en el relato de san Mateo.
¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Ya la reflexionábamos el pasado domingo recordando la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida y el desarrollo que hemos de hacer de esos talentos que Dios nos ha confiado.
Podemos unir hoy en nuestra reflexión lo que hemos escuchado en la primera lectura del Apocalipsis. Se nos hace una descripción en un lenguaje humano de la gloria del Señor en el cielo. ‘Sube aquí, y te mostraré lo que tiene que suceder después’, se escucha la voz desde el cielo. Y aparece lo que podríamos llamar toda la corte celestial cantando la gloria del Señor. ‘Día y noche cantan sin pausa: Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo: el que era y es y viene’. Es el cántico del cielo al que nosotros queremos unirnos también en la esperanza de que un día nosotros participemos también de la gloria del cielo. En la liturgia tomamos esas mismas palabras para cantar como en un anticipo esa gloria del Señor queriendo unirnos también a los ángeles y a los santos.
Pero es aquí donde tenemos que tener en cuenta la parábola que Jesús nos ha propuesto hoy en el evangelio. La esperanza del cielo no nos hace desentendernos de la tierra, sino todo lo contrario. Con mayor responsabilidad hemos de vivir nuestra vida y nuestro trabajo. Ya san Pablo, por ejemplo a los cristianos de Tesalónica les advierte que la esperanza de la venida del Señor por muy cercana que la sientan no les puede hacer olvidar sus obligaciones y sus trabajos. San Pablo será fuerte incluso en sus expresiones al decirles que ‘el que no trabaja que no coma’.
Cuando Jesús les propone esta parábola a sus discípulos que esperaban que con su llegada a Jerusalén iba a despuntar el Reino de Dios de forma inminente, es para advertirles de cómo han de fundamentar bien sus esperanzas, que no iba a ser de una forma triunfante, como un caudillo vencedor, cómo se iba a manifestar el Reino de Dios, y que mientras ellos han de seguir viviendo responsablemente su vida y la misión que Jesús les confía.
Es como puede sucedernos con los milagros que le pedimos al Señor para que se resuelvan nuestros problemas y nuestros agobios; pensamos a veces que el Señor nos lo tiene que dar todo solucionado en esos problemas que tenemos y podemos tener el peligro de olvidar ese esfuerzo que por nuestra parte hemos de poner para resolver esos problemas. Si pedimos la ayuda del Señor es para sentir la fuerza de su gracia, que nos ilumine,  que nos acompañe, que nos haga ver las cosas de manera distinta, y que con la gracia del Señor pongamos nosotros también manos a la obra. Si así lo hacemos con fe y con humildad no nos faltará esa ayuda y esa gracia del Señor.
La esperanza que ponemos en el Señor no nos disculpa ni nos exime de la tarea que hemos de vivir en el camino del día a día de nuestra vida. En el relato de la parábola según san Mateo escuchábamos como el Señor, porque habíamos sabido ser fieles en lo poco, nos invitaba a participar en el banquete del Reino de los cielos. Porque ahora en el camino de la vida sabemos ser fieles tenemos la esperanza de que un día en el cielo para siempre podremos cantar la gloria del Señor.

martes, 18 de noviembre de 2014

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Apoc. 3, 1-6. 14-22; Sal. 14; Lc. 19,1-10
Un pequeño gesto o detalle, el prestar atención en un momento determinado a una persona, el interesarnos por alguien o simplemente el detenernos para dirigirle la palabra o escucharle, pueden ser gestos que a nosotros nos pueden parecer sin importancia pero que pueden tener una repercusión muy grande en la vida de las personas.
Y en este mundo de carreras en que vivimos en que andamos demasiado preocupados por nuestras cosas tendrían que ser cosas que aprendiéramos a hacer para aprender así también a valorar a las personas e incluso ayudarles en su autoestima. No siempre lo sabemos hacer o nos detenemos para ello, y no sabemos las cosas maravillosas que nos perdemos porque además a la larga nosotros saldremos enriquecidos de esos momentos.
Hoy vemos a Jesús con el detalle. Se detiene allí donde está Zaqueo y le manifiesta su deseo de hospedarse en su casa. Muchas cosas grandes sucedieron a partir de ese momento.
Es cierto que Zaqueo había sentido curiosidad por Jesús, quería verle pero todo eran dificultades para poder verle de cerca; dificultades que estaban en él mismo, aunque también su entorno no era nada favorable. Zaqueo era el jefe de los publicanos, de los recaudadores de impuestos y además era rico. Un hombre importante por el lugar que ocupa, aunque luego sea despreciado por la gente.
No puede ver a Jesús porque era bajo de estatura y la gente no le facilitaba el ponerse en el lugar apropiado. Aunque ese ser bajo de estatura puede significar muchas más cosas que la estatura física de su cuerpo. Ya nos indicaba el evangelista que era rico; cuando llenamos el corazón con esas riquezas aunque nos pudiera parecer que somos grandes e importantes, sin embargo nos achicamos como personas. Por eso quizá la gente le impedía el que pudiera ver a Jesús.
Le veremos realizar luego un gesto que nos pudiera ser sorprendente en un personaje de su categoría, subirse a lo alto de una higuera para ver pasar a Jesús desde allí sin que nadie le molestase o se lo impidiese. Pero ¿podría significar también en un ponerse en una posición de altura para ver las cosas desde arriba? Son tentaciones que a veces podemos tener, distanciarnos, ponernos a una mayor altura, no querer mezclarnos con la gente.  Nos puede sugerir muchas cosas para al tiempo que vamos comentando el hecho evangélico vayamos mirando también a nuestro corazón, nuestras posturas y nuestras actitudes.
Pero en medio de todo eso está el gesto y el detalle de Jesús. ‘Al llegar a aquel sitio Jesús levantó los ojos’ hacia donde estaba Zaqueo. ¿Se sentiría Zaqueo sorprendido porque lo habían descubierto? ¿en el fondo a pesar de todos los apegos que tenía en su corazón estaría deseando ese gesto de Jesús? ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. Y Zaqueo bajó enseguida con todo lo que puede significar ese bajar. ¡De cuántas higueras de soberbia y de orgullo tendríamos que abajarnos para escuchar a Jesús y alojarlo en nuestra casa!
Fue el detalle de Jesús. Como decíamos muchas cosas comenzaron a suceder. Ya contemplamos la prontitud de Zaqueo, pero también su alegría. ‘Lo recibió contento en su casa’, que dice el evangelista. Fue un vaciarse de sí mismo. Fue un darse cuenta de que para alguien era importante de verdad y no por temores ni por la influencia de sus riquezas. Y los hechos se van sucediendo, porque sentados a la mesa - pronto se preparó un banquete, una comida - es Zaqueo el que se levanta para descubrir cuanto ha sucedido en su corazón en aquellos breves momentos tras el gesto y la palabra de Jesús.
Ya conocemos, las hemos escuchado, las palabras que manifiestan la transformación que se realizó en Zaqueo con aquel encuentro con Jesús. Su vida será otra y llena de grandeza - creció ahora de verdad la estatura de Zaqueo - porque aprendió a desprenderse de todo para compartirlo todo con los demás. Como dirá Jesús: Es un día grande, ‘hoy la salvación ha llegado a esta casa’.
Dos conclusiones últimas entre muchas podríamos sacar. Estemos atentos a los detalles de Jesús y a sus llamadas a nuestro corazón. También nos está mirando a los ojos para decirnos que quiere hospedarse en nuestra casa. Y una segunda cosa es que aprendamos a tener detalles para con los demás. Podemos hacerles llegar la salvación; pueden a través de nuestros signos encontrarse con Dios.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Que desaparezcan las barreras que nos ponemos para que los ojos del alma se llenen de luz y vuelvan a ver otra vez

Que desaparezcan las barreras que nos ponemos para que los ojos del alma se llenen de luz y vuelvan a ver otra vez

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5; Sal. 1; Lc. 18, 35-43
‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que vea otra vez…’ Un ciego que está junto al camino en su pobreza pidiendo limosna. Al enterarse que pasa Jesús se pone a gritar hasta que logra llegar hasta los pies de Jesús. ‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’.
Cuántas barreras se le crean a quien le falta la luz de sus ojos. Ya sabemos lo que les pasa. Bueno, decir que ya sabemos creo que es una exageración, porque eso sólo lo podrá saber a fondo quien lo haya experimentado. Más, en este caso que no era un ciego de nacimiento, sino que sus ojos se habían cegado perdiendo la visión. Dura tiene que ser la experiencia para quien ha tenido la luz algún día el perderla totalmente y quedarse ciego. Y no es solo que se vaya tropezando por todas partes. Se tiene ya una visión distinta de la vida, si es que podemos emplear esa palabra; pero es que la relación con los demás se hace distinta, como la apreciación que puedan tener los otros de quien es invidente.
En la época de Jesús una persona ciega estaba condenada necesariamente a la pobreza. Quien no podía ganarse el pan de cada día con su trabajo - ¿y cómo iba a hacerlo quien tenía los ojos cegados? - se veía abocado a muchas dependencias de los demás, con lo que le llevaría a pobrezas extremas para necesitar estar en las esquinas de las calles o en los cruces de los caminos pidiendo limosna.
Pero no podemos quedarnos en la ceguera del ciego - valga la repetición - porque en su entorno aparecían otras cegueras. Las cegueras culpables de los que no quieren ver, de los que teniendo la luz sin embargo no la utilizan para iluminar a los demás, de los que se convierten en obstáculos en el camino de los otros y todo son dificultades y creación de nuevas barreras.
Fijémonos en el texto del evangelio. El ciego está al borde del camino; escucha el tumulto de un grupo grande de gente que pasa y pregunta quién es; le dicen que es Jesús el Nazareno, pero nadie se preocupa de nada más; el ciego grita implorando la atención del profeta de Nazaret, ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Y aparecen las nuevas barreras; ‘los que iban delante le regañaban para que se callara, pero el gritaba más fuerte’. Molestaban los gritos del ciego; quizá sus gritos les impedían a ellos poder escuchar lo que Jesús iba hablando, o molestaba la presencia de aquel pobre ciego pidiendo una ayuda.
Cuántas disculpas nos buscamos; cuántos rodeos nos damos, como aquel sacerdote y aquel levita que bajaba por el camino de Jericó en la parábola de Jesús.  Cuántas barreras ponemos. Ya ellos tenían la luz y no tenían necesidad. No tenían por que detenerse ni que los gritos del ciego retrasasen su camino.
Pero Jesús si se detiene, porque está siempre prestando atención a quien tenga un sufrimiento. ‘Jesús se paró y mandó que se lo trajeran’. Cuantas veces lo vemos en el evangelio acercarse allí donde está el sufrimiento de los hombres; acude a la piscina probática allí donde sabe que hay un hombre que sufre y no puede llegar al agua que lo sane; se detiene en la calle de Jerusalén para acercarse al ciego que mandará a Siloé a lavarse; deja que la gente acuda a él, aunque le rompan las tejas para hacerle llegar a los enfermos.
Allí está aquel ciego, para quien comienzan a desaparecer las barreras. Quienes antes querían impedirle que gritara, ahora lo llevan de la mano hasta Jesús. Y los ojos de aquel ciego se abrieron y se llenaron de luz. La fe apareció en su corazón y comenzó a iluminar su vida. ‘Te fe te ha curado’, le dice Jesús. Y después de curado ‘lo siguió glorificando a Dios’. Pero también llegó la luz a los ojos de los que no se daban cuenta de que también estaban ciegos. ‘Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios’.
¿Sabremos acudir nosotros a Jesús para que se caigan las escamas de la ceguera de nuestros ojos,ded la ceguera de nuestro corazón? ¿Comenzaremos a romper barreras para acercarnos con fe a Jesús y llenarnos de su luz? ¿Seremos en verdad conscientes de las barreras que tenemos o ponemos muchas veces en nuestra propia vida o en la vida de los demás? ‘Señor, que vuelva a ver otra vez’,  que nos llenemos de tu luz, que se despierte y resplandezca de nuevo nuestra fe. ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’

domingo, 16 de noviembre de 2014

Invitados a pasar al banquete del Señor porque contribuimos con nuestros talentos a hacer Iglesia y un mundo mejor

Invitados a pasar al banquete del Señor porque contribuimos con nuestros talentos a hacer Iglesia y un mundo mejor

Prov. 31, 10-13.19-20.30-31; Sal. 127; 1Tes. 5, 1-6; Mt. 25, 14-30
‘Pasa al banquete de tu señor’, les dice el personaje de la parábola a los dos que habían negociado los talentos que se les había confiado. Les habla de un cargo importante por haber sabido ser fieles en lo poco - ‘eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante’ -, pero parece que lo importante será ese banquete en el que podrán participar - ‘pasa al banquete de tu señor’ -.
Confieso que muchas veces he escuchado y meditado esta parábola fijándome en muchos detalles que en ella se nos describen, pero quizá a lo que menos le había dado importancia había sido lo del banquete en el que podían participar quienes habían sabido ser fieles en la tarea que se les había encomendado. Me pregunto qué nos querrá decir Jesús al hablarnos de ello en la parábola que nos propone.
En lo primero en que siempre pensamos al escuchar esta parábola es en esa tarea que Dios ha puesto en nuestras manos cuando al concluir la obra de la creación confía al hombre todo aquello que Dios ha creado para que el hombre con sus capacidades, con la inteligencia con que Dios le dotó y con todos los valores del ser humano, desarrolláramos ese mundo puesto en las manos del hombre. Cada uno tenemos nuestras cualidades y valores, a cada uno se nos han confiado unos talentos como dice el lenguaje de la parábola, y ahora está en nuestras manos desarrollar esos valores que tenemos, esa inteligencia y capacidades para seguir con la construcción del mundo y hacerlo más desarrollado y mejor.
El creyente valora ahí el trabajo humano que nos ennoblece y que desarrolla nuestras capacidades y con el que vamos colaborando cada uno desde su puesto y según sus propias capacidades en la construcción de nuestro mundo. Ahí tenemos todo el desarrollo de las ciencias y del pensamiento humano a través de toda la historia de la humanidad con el que tratamos de crecer como personas y tratamos al mismo tiempo de hacer la vida mejor para toda la humanidad.
Ojalá todos supiéramos participar de una forma positiva para hacer un mundo feliz donde todos pudiéramos disfrutar de esa riqueza de la obra creada de Dios. La imagen del banquete al que son invitados los que están desarrollando todas sus capacidades y valores, esos talentos que se le confiaron según nos expresa la parábola, ¿no sería expresión de ese mundo de felicidad que entre todos tendríamos que construir?
En la parábola nos aparece uno que no quiso contribuir, que enterró su talento, imagen y expresión de los que sólo piensan en sí mismos, acobardados y llenos de miedo, egoístas quizá e insolidarios sólo pensaron en guardar ese talento para sí; y ya sabemos que cuando nos encerramos en nosotros mismos el resultado será siempre negativo para la relación con los demás y con ello no contribuiremos desde lo que somos a hacer ese mundo mejor. Quizá pensando en el banquete sólo para sí al final se quedaron fuera del verdadero banquete de la vida que a todos nos haría más felices.
Nosotros los creyentes, los que hemos puesto nuestra fe en Jesús llamamos a la construcción de ese mundo mejor el Reino de Dios. La humanidad no había logrado hacer ese mundo mejor y más feliz porque el mal se había introducido en el corazón del hombre con el pecado y en lugar de unión y comunión nos habíamos dispersado llenando nuestro mundo de egoísmo, injusticia y violencia. Cristo vino a restaurar el corazón del hombre y desde el principio El anunció la llegada del Reino de Dios. Su Buena Nueva es anunciarnos y decirnos como lo hemos de construir y cómo en esa tarea todos hemos de participar.
Los anuncios de los profetas para los tiempos mesiánicos habían hablado también de un banquete al que toda la humanidad está invitada. Muchas veces hemos leído y meditado ese anuncio del profeta Isaías y Jesús mismo con sus parábolas nos compara el Reino de Dios con un banquete de bodas, como tantas veces hemos escuchado.
Hoy Jesús nos propone esta parábola que nos habla de aquel hombre que confía a sus empleados diversos talentos mientras él se va de viaje. A la vuelta quiere ver qué es lo que han hecho de aquellos talentos y al ajustar cuentas con ellos a los que han sido capaces de negociarlos, como hemos escuchado, los invita a pasar al banquete de su señor.
Aquí tenemos que ver nuestra misión y nuestra tarea. Aquí tenemos que pensar en ese mundo mejor que el Señor quiere que nosotros vayamos construyendo. Aquí tenemos que ver nuestra corresponsabilidad con el mundo en el que vivimos. Pero aquí hemos de ver algo más desde esa fe que tenemos en Jesús cómo nosotros estamos contribuyendo de verdad a la construcción del Reino de Dios.
La jornada eclesial que hoy estamos celebrando nos ayuda en nuestra reflexión y nos ayuda a sacar conclusiones concretas de esta Palabra de Dios que se nos ha proclamado y estamos queriendo llevar a nuestra vida. Es hoy el Día de la Iglesia Diocesana. Como nos dice nuestro Obispo en su carta para esta Jornada ‘con esta celebración, pretendemos que todos los fieles, tomen conciencia de su pertenencia a la Iglesia y, al mismo tiempo, colaboren al sostenimiento de las actividades de apostolado y socio-caritativas que se realizan a favor del Pueblo de Dios y de la sociedad en general’.
La Iglesia, comunidad de fe y amor de todos los que creemos en Jesús, es signo y expresión de ese Reino de Dios anunciado por Jesús y lo vivimos como Iglesia Diocesana entre aquellos que vivimos en un mismo territorio que es lo forma la Iglesia local o lo que llamamos la Diócesis. En ella nos sentimos todos en comunión y fraternidad sintiéndonos todos comprometidos desde esa fe que tenemos en Jesús en hacer ese mundo nuevo donde todos nos sintamos hermanos, como una gran familia, y donde todos contribuyamos, colaborando los unos con los otros, a ese mundo de paz, a ese mundo solidario, a ese mundo mejor, a ese mundo donde todos cada día podamos ser más felices con la ayuda y la fuerza de la gracia del Señor.  Ahí vivimos nuestra fe y nos sentimos comprometidos también a anunciarla, a trasmitirla a los demás.
Todos nos sentimos Iglesia. Todos hacemos y construimos Iglesia. Todos hemos de participar en la vida de la Iglesia. Y así surgen y se desarrollan los diferentes carismas para trabajar dentro del pueblo de Dios cada uno según su capacidad y sus valores. Así surgirán en la vida de la diócesis y en nuestras parroquias las diferentes obras de apostolado en las que nos sentimos implicados para entre todos hacer y construir Iglesia.
Como nos dice el Obispo en otro de sus párrafos ‘además de la insustituible tarea de los sacerdotes, que representan al obispo y presiden a los fieles en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, las parroquias cuentan con miles de cristianos directamente comprometidos que se ocupan de la catequesis, de la atención a los más necesitados a través de Cáritas, del servicio a los enfermos, del sostenimiento económico, de las celebraciones litúrgicas, de las fiestas religiosas y de otras muchas acciones pastorales que conforman la vida y misión de la parroquia. En cualquier lugar de nuestra Diócesis, la labor de la Iglesia es fruto de la generosidad de muchos. Para ellos, nuestro reconocimiento y gratitud, termina diciéndonos, por su generosa entrega y buen hacer en los diversos campos de la vida de la Iglesia’.
Ahí tenemos que ver también, al hilo del evangelio que hoy hemos escuchado, cuales son nuestros talentos y cómo nosotros contribuimos con lo que somos y lo que es nuestra vida con toda su riqueza o su pobreza a la vida de la Iglesia. No podemos enterrar el talento, sea grande o pequeño, que se nos ha confiado. Seremos pequeños, pobres, mayores, con limitaciones incluso físicas en nuestra vida ya sea por los años o por otras discapacidades que podamos tener, pero todos ponemos nuestro talento, nuestro grano de arena, la obra buena que nosotros podemos hacer, nuestra contribución económica o nuestra oración acompañada del ofrecimiento de nuestros sufrimientos como un sacrificio que presentamos al Señor.
Sintamos que al final el Señor nos invita, porque hemos sabido ser fieles hasta en lo poco y en lo pequeño, a pasar a su banquete del Reino de los cielos. Es la esperanza de la vida eterna donde todo lo vamos a vivir en plenitud junto al Señor. Ahora también somos invitados a este banquete de la Eucaristía en que se nos da en prenda la gloria de la vida futura. Celebramos lo que es ser Iglesia. Aquí nos sentimos congregados en la unidad por la fuerza del Espíritu Santo los que creemos en Jesús para vivir y alimentar esa comunión que nos hace sentirnos Iglesia. Y desde aquí con la fuerza y la gracia del Señor saldremos más comprometidos con nuestra Iglesia y con nuestro mundo.
Como nos invita nuestro Obispo demos ‘gracias a Dios por la Iglesia, a sentirnos en ella como en nuestra familia y a colaborar, con nuestro trabajo apostólico y con nuestra ayuda material, al desarrollo de su misión y también a su sostenimiento económico’.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Aprendamos a orar con fe, con humildad, con perseverancia, con gozo porque es dejarnos inundar por la presencia y el amor de Dios

Aprendamos a orar con fe, con humildad, con perseverancia, con gozo porque es dejarnos inundar por la presencia y el amor de Dios

3Jn. 5-8; Sal. 111; Lc. 18, 1-8
‘Para explicar a los discípulos como tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso otra parábola’. Vuelve Jesús a hablarnos de la oración.
Los discípulos le habían visto orar muchas veces, cuando se retiraba a solas a lugares apartados o cuando había subido con algunos de ellos a la montaña; les había enseñado a orar, cuando se lo habían pedido; les había puesto ejemplos y parábolas para decirles cuales eran las actitudes de humildad y confianza con que tenían que dirigirse a Dios, nunca con la actitud orgullosa y exigente del fariseo y siempre con la humildad del publicano que se sentía pecador oculto quizá en el último rincón; les había enseñado a llamar Padre a Dios y así podían dirigirse a Dios con la confianza de que serían escuchados siempre, porque solo era necesario llamar para ser respondidos y correspondidos.
Ahora vuelve a insistir porque sabía cómo entramos en rutina en nuestra oración, nos desanimamos y cansamos. Les propone una parábola. Es la viuda que insiste ante el juez que no quiere escucharla. Será su insistencia machacona la que moverá al fin el corazón de aquel juez injusto para escucharla y atenderla aunque solo fuera por quitársela de encima. Pero Dios no es así; no es el juez, por supuesto, imagen de Dios, pero sí la insistencia de aquella pobre viuda será imagen y modelo de cómo con insistencia, con confianza, con humildad hemos de orar a Dios.
Es mucho lo que nos está enseñando Jesús sobre cómo ha de ser nuestra oración. Cuando vamos a orar, primero que nada hemos de ir con fe. ‘Cuando venga el Hijo del hombre, dirá Jesús hoy, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ Fe para sentirnos en la presencia de Dios. Por ahí tendríamos que comenzar siempre. No es ir de cualquier manera a hacer unos rezos. Estamos en la presencia de Dios, de su inmensidad y de su grandeza; estamos en la presencia de Dios, el Señor todopoderoso que lo llena todo con su presencia y con su amor. En ese acto de fe es como introducirnos en la inmensidad de Dios, ante quien nos sentimos pequeños y encima pecadores. Pero es que inmersos en Dios nos sentimos envueltos por su presencia y su amor.
Nada ni nadie nos tendría que distraer. Por eso hemos de poner toda nuestra fe, comenzar nuestra oración por una renovación de nuestra fe. Por eso también hemos de crear ese ambiente apropiado. Ya sé que donde quiera que estemos podemos y tenemos que sentir la presencia de Dios, pero eso no obsta para que cuando vayamos a hacer nuestra oración nos metamos de verdad en ese cuarto interior, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para orar allí en ese silencio interior con Dios. Esa interiorización siempre es necesaria, también en nuestra oración comunitaria. Aunque estemos orando en unión y comunión con otros hermanos, no podemos estar como distraídos pendientes de todo lo que pasa a nuestro alrededor; estaríamos como dispersos, y así no podríamos disfrutar de la presencia de Dios, de la presencia de amor de Dios.
Oramos y entramos en diálogo de amor con Dios; no es solo que vayamos con nuestra lista de deseos y necesidades como quien va a despachar con un soberano poderoso al que le presentamos la lista de nuestras necesidades. Oramos y pedimos, pero también escuchando a Dios. Por eso, como decíamos, ese necesario recogimiento interior para poder sentir y escuchar a Dios que nos susurra allá en el corazón. Oramos dejándonos conducir por el Espíritu divino que nos hará presentar la mejor petición y la mejor oración a Dios. Oramos disfrutando de la oración, saboreando la presencia de Dios que llena e inunda nuestra vida y entonces nuestra oración no será una oración cansina y aburrida, será una oración llena de confianza y humildad, pero con la insistencia del amor.
Mucho tendríamos que recorrer las páginas del evangelio para aprender de la oración de Jesús. Mucho tenemos que dejarnos inundar por el Espíritu divino para hacer la mejor oración. Abramos nuestro corazón a Dios que es abrirnos al amor, es dejarnos inundar por su presencia y su amor, porque a quien oramos es a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre.