domingo, 22 de octubre de 2017

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

La lucha por la vida muchas veces se nos convierte en una lucha de poderes; nos gusta el poder, ansiamos el poder, queremos tener poder; es la autosuficiencia que nos nace dentro, pero es el deseo de estar por encima, de poder más, de imponer lo mío o mis ideas, es la búsqueda y satisfacción solo de mis intereses, es la manipulación que pueda realizar de la vida, de las personas, de las cosas.
Si en verdad la responsabilidad de la vida, o las responsabilidades que tenemos que ejercer desde el ser miembros de una sociedad o una comunidad las viéramos como un servicio no tendríamos esa lucha de intereses egoístas por la que en nuestro orgullo queremos ser más y hasta nos podemos convertir en manipuladores. Y el peligro está en como en nuestras luchas hacemos una mezcolanza de cosas utilizando lo que sea para conseguir nuestros fines.
Y en nuestras luchas envolvemos a los otros y hasta podemos complicarles la vida. Queremos atraerlos a nuestro ámbito y queremos ser los que predominemos. Puede ser el poder a grandes niveles en cargos de gran responsabilidad, pero puede ser en ese ámbito más pequeño o más cercano en el que nos movemos, en la familia quizás, en el trabajo, con las personas que convivimos, con nuestros vecinos y con nuestros amigos.
Es cierto que no todos actúan así y muchos han comprendido bien lo que es el sentido de su responsabilidad y al sentirse miembros de un ente social quieren en verdad prestar los mejores servicios. Pero lo dicho anteriormente va como una llamada de atención ante los peligros en los que todos podemos caer y arrastrar a los demás.
Algo así podemos apreciar hoy en el evangelio en el entorno de Jesús en el que quieren envolverle a él también en sus intereses o acaso como no pueden buscan la forma de desprestigiar para quitarlo de en medio. Es una táctica que observamos también en el entorno de nuestra sociedad y nos tendría que hacer pensar.
No les convencía a ciertos sectores de la sociedad judía lo que Jesús les hablaba del Reino de Dios y la manera en que se los presentaba. En ese estilo nuevo de Jesús ellos no podían entrar para hacer sus manipulaciones. La imagen del Mesías con que Jesús se presentaba no era lo que ellos esperaban y estaban deseando. Les desconciertan las palabras y el mensaje de Jesús. Ya les había sucedido también a los discípulos más cercanos que discutían entre ellos por los primeros puestos o se valían también de sus artimañas humanas para lograr en sus sueños esas cotas de poder. ¿Seguirán siendo así entre los discípulos de Jesús hoy? Una pregunta que nos haría revisar muchas cosas también quizás en el seno de la Iglesia.
Pero vayamos a lo que nos cuenta el evangelio. Repetidamente vienen con preguntas capciosas tratando de coger a Jesús en algo que lo pudiera desprestigiar. Sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos y saduceos, los partidarios de Herodes o los Zelotas, cada uno por su lado quizás luchaba por su cuota de poder. Pero Jesús venía desmontándoles muchas cosas. No pueden con él con la interpretación de los mandamientos principales de la ley lo que irrita a maestros de la ley y fariseos, no podrán cogerle aprovechándose de las palabras estrictas de la ley para hacer que Jesús también condene cuando tanto hablaba de misericordia y de perdón (ahí está el caso de la mujer adultera que no pueden apedrear), no terminan de aceptar lo que Jesús les habla de la pureza interior que es la verdadera y que no podemos andar como sepulcros blanqueados apoyándonos solo en apariencias…
Ahora se valdrán de los partidarios de Herodes que se niegan a pagar los tributos que les imponen los romanos. Y es la cuestión que le plantean. ¿Es licito pagar el impuesto al César o no? Claro que entran con palabras capciosas alabando la sinceridad de Jesús y cómo no se casa con nadie ni se deja manipular; nuestras estrategias… con la moneda de curso legal que todos llevan en sus bolsas Jesús les desmonta la pregunta. ¿Es la imagen del Cesar? Pues como son dineros del César de él tenéis que depender. Pero lo que es de Dios hay que dárselo a Dios.
Mucho quiere decirles Jesús con esta respuesta que no es una simple salida diplomática, digamos así. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿Qué nos pide? Si nos fijamos en sus mandamientos nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. En la sublimidad del evangelio de Jesús todo lo resumiremos en una palabra, el amor. Pero fijémonos bien que ese amor es respeto por el hombre, es valoración de la persona, es sinceridad de vida, es búsqueda del bien para todo hombre, es esa pureza interior que nos hace tratar siempre sin maldad ni malicia a los que están a nuestro lado, es esa rectitud de vida que busca siempre lo bueno, es esa cercanía a la persona, a toda persona que nunca lo manipulará sino que siempre le ofrecerá lo mejor de si mismo. No otra cosa nos piden los mandamientos del Señor.
Cuando vamos haciendo todo esto estamos buscando la gloria de Dios que es el bien del hombre. Para eso nos ha creado, nos ha dado la vida y ha puesto el mundo en nuestras manos. Y ese mundo no es nuestro, es una criatura de Dios pero que está al servicio de todo hombre, de todos los hombres. No podemos acaparar, no nos lo podemos coger para nosotros solos, no podemos adueñarnos de la vida de nada ni de nadie. En nuestro corazón siempre tienen que sonar los sones de la solidaridad y de la justicia. Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Todo en nosotros ha de ser siempre servicio, porque es ahí donde de verdad nos engrandecemos. Esa es la mayor gloria del hombre.
Qué lejos quedan entonces aquellas ansias de poder y de grandezas humanas, que lejos de nosotros la manipulación y el acapararlo todo para nosotros solos, que lejos quedan aquellos pedestales en los que en nuestro orgullo queríamos subirnos. Es el estilo nuevo del Reino de Dios. El es nuestro único Señor y su gloria será siempre el que busquemos el bien del hombre, de la persona, haciendo entre todos un mundo mejor.


sábado, 21 de octubre de 2017

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
El que es auténtico y sincero consigo mismo no teme dar la cara por aquello en lo que cree y son sus convicciones más profundas. Nos hace falta más autenticidad en la vida, ser sinceros con nosotros mismos para que también podamos ser sinceros con los demás. No podemos decir que creemos en algo si luego nuestra vida es un contra testimonio contra eso en lo que creemos.
No podemos ocultar o disimular nuestros principios y valores. Tenemos la tendencia o el peligro que por ciertos temores que se nos meten dentro de nosotros podamos ir maquillando lo que son nuestros principios para acomodarnos a los demás. Esto seria una falta de sinceridad en la vida.
Esa falta de sinceridad puede devenir luego en que nuestras relaciones con los demás se deterioran porque fallará la confianza y una amistad verdadera ha de basarse siempre en una confianza mutua. Si por ser sinceros y manifestarnos como somos y pensamos con autenticidad no somos aceptados es señal de que la amistad no ha sido muy profunda, algo habrá fallado
Esto que decimos en todos los aspectos humanos y sociales de la persona tienen también una importancia vital en el valor que le damos a nuestra fe y a lo que en consecuencia ha de ser nuestra vida cristiana. No podemos decir que tenemos fe si luego el camino de nuestra vida va por otros derroteros que no reflejen precisamente esa fe sino todo lo contrario. La fe no puede ser un vestido de quita y pon, en que nos manifestemos muy creyentes y religiosos en unos momentos, pero luego el resto de nuestra vida no ande en consonancia con esa fe.
Por eso hoy Jesús en el evangelio nos previene. No podemos negar nuestra fe, no podemos ocultarla ni disimularla, tiene que reflejarse claramente en nuestra vida, en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de vivir. Algunas veces, ciertamente, nos cuesta porque quienes nos rodean quizá no nos entiendan, pero eso no debe llevarnos a acomodarnos y disimular nuestra fe.
Jesús nos garantiza que no nos faltará su fuerza, que con nosotros estará siempre su Espíritu que animará nuestro corazón y nuestra voluntad, como nos dice, pondrá palabras en nuestros labios cuando tengamos que enfrentarnos a quien trate de acallar nuestra fe. Nos habla de Jesús de tribunales y de jueces, pero es en el día a día de nuestra vida, con aquellos que convivimos y hacemos nuestra vida donde tenemos que dar ese testimonio que, como decíamos, no siempre es fácil. ‘Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’, nos enseña Jesús.
Hace falta hoy en nuestro mundo ese testimonio valiente de nuestra fe. Quizá en nuestros ambientes nos habíamos acostumbrado a que todos se decían cristianos y creyentes pero vemos que no es así. No es el espíritu de Jesús, el sentido cristiano el que impera en la vida de quienes nos rodean aunque se digan creyentes y algunos hasta nos puedan decir que son más cristianos que nosotros. Aparte ya vamos viendo en nuestra sociedad cada vez más que son muchos son los que se manifiestan en contra de la Iglesia, de los cristianos, de los que se sienten creyentes.
Solapadamente y otras veces de manera clara son muchos los ataques que se hacen contra la religión, los cristianos y la Iglesia. Y es ahí en ese mundo donde tenemos que saber dar testimonio valiente de nuestra fe, de nuestro ser cristiano. Y tenemos que hacerlo con nuestras palabras, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida, de nuestra entrega, de nuestra lucha por el bien y la justicia, por instaura una verdadera civilización del amor.
También nosotros como creyentes tenemos una palabra para la construcción de nuestra sociedad y también tenemos derecho a manifestarlo y a que se nos escuche, aunque sabemos que es difícil porque muchos querrán hacernos callar. Pero en nosotros tiene que haber ese compromiso porque tampoco podemos dejar que los demás hagan lo que quieran y todo se tenga que hacer según su visión.
Si decimos que vivimos en un mundo diverso, también nuestra opinión, nuestro criterio tiene tanto valor como el de los demás. Pero tenemos que manifestarlo clara y valientemente. No podemos ser eso que llaman ahora la mayoría silenciosa que nunca habla. Hemos de expresar claramente lo que son nuestros planteamientos, nuestra manera de ver como ha de ser la construcción de nuestra sociedad y a ello queremos contribuir.

viernes, 20 de octubre de 2017

Nos previene Jesús de la levadura de la falsedad y de la mentira y que en el amor de Dios encontremos la levadura del amor que ilumine nuestra vida y la de los demás

Nos previene Jesús de la levadura de la falsedad y de la mentira y que en el amor de Dios encontremos la levadura del amor que ilumine nuestra vida y la de los demás

Romanos (4,1-8); Sal 31; Lucas (12,1-7)

Algunas veces andamos con miedo por la vida. Oscuridades nos acechan y siembran incertidumbres en nuestro interior, dudas, preocupaciones. Porque no es el miedo a una noche oscura físicamente porque falte la luz de la luna o hayan desaparecido las luminarias de las calles. Es algo más hondo que nos sucede muchas veces en nuestro interior.
Problemas que se agolpan en nuestro entorno, cosas desagradables de la vida que nos hacen perder la paz, inquietudes buenas que tenemos en nosotros pero que no vemos como realizarlas o como alcanzar nuestros sueños, soledades en la incomprensión de quienes nos rodean, cosas que nos vienen en contra y nos ponen la vida difícil, son muchas las cosas que nos hacen perder esa estabilidad emocional que nos hace más oscuras las cosas de lo que realmente son.
Cada uno podemos pensar en nuestras propias oscuridades porque cada uno tiene su vida y son suyos y muy personales los problemas que se tienen; claro que también los problemas que se van sucediendo en nuestra sociedad cada día nos afectan y también nos turban en nuestro interior; ver a la gente que sufre a nuestro lado y que quizá no somos capaces o no podemos hacer nada por aliviar esos sufrimientos también a nosotros nos llena de sufrimiento y ponen sombras en nuestra vida. El contemplar un mundo injusto y lleno de hipocresía nos hace temer que nosotros también nos podamos hacer así porque nos lleguemos a insensibilizar ante las cosas que nos suceden.
Las sombras de la duda y del temor no tienen que sobreponerse sobre nuestra vida. hemos de saber caminar con seguridad y valentía para enfrentarnos a todo eso y no se nos apague nunca la luz de la esperanza de que todo puede ser mejor y lo podremos lograr ni la luz de nuestra fe y nuestro amor que tienen que darnos fuerza para esa lucha de la vida.
Hoy nos dice Jesús que alejemos los temores de nuestra vida porque tenemos puesta nuestra confianza en Dios. Nos previene es cierto de ‘la levadura de los fariseos’, para que no caigamos en una vida llena de falsedad y de mentira que por verla como tan natural a nuestro lado nosotros nos podamos contagiar. Otra levadura tiene que alimentar, que hacer fermentar nuestra vida y que nace del amor que Dios nos tiene que ha de convertirse en nosotros en respuesta de amor.
En la medida en que nos llenemos de ese amor nuestra vida se ilumina y podremos además ser rayos y luces de esperanza para los que nos rodean por nuestro testimonio de amor, de solidaridad, de entrega, de trabajo por los demás, de búsqueda del bien, de compromiso por hacer que nuestro mundo tenga más paz y armonía. Son las semillas que nosotros hemos de sembrar, es la buena levadura que tenemos que llevar a la masa de nuestro mundo para que nuestro mundo se transforme. Es la alegría esperanzada que tiene que haber en nuestra vida y de la que tenemos que contagiar a los demás.

jueves, 19 de octubre de 2017

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Romanos (3,21-30a); Sal 129; Lucas (11,47-54)

¿Podemos ser obstáculo para el bien que los otros quieren hacer? Parecería que eso no tiene sentido porque en el fondo todos queremos lo bueno, queremos hacer el bien, y parece que tendríamos que alegrarnos que otros también hagan cosas buenas, hagan el bien a los demás; tendría que ser incluso un aliciente y un estimulo para nuestra vida.
Pero ya bien sabemos cómo la malicia llena el corazón de los hombres y en lugar de sentirnos estimulados lo que nos sucede es que nos llenamos de envidia, y ya sabemos lo destructiva que es la envidia cuando se nos mete en el corazón. El envidioso en lugar de ayudar querrá poner todos los obstáculos posibles, porque quizás nos duela que nosotros no podamos hacer eso bueno que hacen los demás. Y desprestigiamos, restamos importancia a lo que hacen los demás, sembramos desconfianza queriendo hacer ver que hay una caprichosa intención en quien está haciendo lo bueno, tratamos de llenar de sombras todo aquello que tendría que estar lleno de luz.
Es la malicia que se nos puede meter en el corazón y así nos convertimos en obstáculos para lo bueno de los demás. Cosas así nos podemos encontrar en las relaciones de los amigos, en el trato con los que conviven cerca de nosotros y que alguna vez por resentimientos que vienen de viejo nos hacen brotar esas malas yerbas que tanto daño nos pueden hacer. Algunas veces pueden ser resentimientos que se heredan de familia porque no sé quien y no sé en qué época alguien de aquella familia hizo algo que hirió a un antepasado nuestro y eso parece que no se olvida ni se perdona aunque pasen años y generaciones.
He ido en mi reflexión por este camino de las envidias pero que encierran orgullos mal curados en nuestro interior, pero también hay tantas formas en que por nuestro mal ejemplo podemos ser ese obstáculo para lo bueno y que de alguna manera por nuestro mal testimonio incitan o inclinan hacia lo malo a los que nos rodean. Es el mal ejemplo que podemos ver los mayores, son las situaciones de corrupción por ejemplo que vemos hoy en nuestra sociedad, que nos lleva a ver las cosas tan naturales, que ya hasta lo malo e injusto nos puede parecer bueno porque otros lo hacen. Son los obstáculos para lo bueno que nos podemos ir encontrando en el camino de la vida, o son los obstáculos que también nosotros mismos podemos ser para los demás.
Muchas cosas que pensar para caer en la cuenta de la rectitud en que hemos de vivir nuestra vida. Quizá pensamos en un momento determinado que aquello que nosotros hacemos o sentimos en nuestro interior es cosa nuestra y a nadie tiene que interesar, pero no nos damos cuenta que una mala actitud por nuestra parte en un momento determinado puede hacer daño a alguien, no solo porque lo podamos ofender, sino porque nuestro mal ejemplo es el peor daño que le hacemos, porque de alguna manera es abrirle las puertas al mal.
Me ha surgido esta reflexión - que quizá se quede incompleta porque son muchas las consecuencias que se pueden sacar - cuando he escuchado en el evangelio en la diatriba que sostiene con los escribas y con los fariseos diciéndoles: ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!’
Que no nos suceda así a nosotros. Que nuestras actitudes y comportamientos ayuden siempre a los que están a nuestro lado a hacer el bien y apartarse del camino del mal.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

Al celebrar hoy la fiesta del evangelista san Lucas a quien consideramos también apóstol aunque no forme parte del numero de los Doce del Colegio Apostólico la liturgia nos ofrece en el evangelio el texto del envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús para hacer el anuncio del Reino. Un texto muy bien escogido por la liturgia para esta celebración porque nos viene a definir de alguna manera lo que fue el evangelio que nos trasmite san Lucas.
Envía Jesús a sus discípulos a anunciar el Reino en la pobreza y en la disponibilidad; el anuncio del Reino lo han de realizar trasmitiendo la paz para todos los corazones y haciéndoles presente la misericordia y el amor de Dios, el saludo siempre el de la paz; con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús los corazones han de saber encontrar la paz, llenarse la paz; pero el anuncio ha de ir acompañado por las obras de la misericordia porque anunciar el Reino de Dios es decirnos que Dios se acuerda de nosotros, se hace presente entre nosotros y nos ofrece la salud y la vida, la salvación y la gracia.
Curar enfermos, resucitar muertos han de ser los signos que siempre han de acompañar al anuncio que se hace del Reino. Es lo que manda Jesús hacer a los discípulos y es el testigo que nosotros hemos de recoger para seguir manifestando ante el mundo que Dios nos ama y es misericordioso con nosotros.
Recordemos que en el evangelio se Lucas esta es una de las características que se destacan siempre. Nos trae el evangelio las hermosas parábolas de la misericordia como la llamada comúnmente como la del hijo prodigo que lo que quiere manifestarnos es el amor y la misericordia del padre, y también los hermosos gestos de Jesús con que acoge a la mujer pecadora o se manifiesta siempre cercano a los pecadores y los que son despreciados por todos. Se destaca siempre en su evangelio esa cercanía de Dios que quiere llegar al que está más solo y abandonado como Jesús se hace presente allí donde están los pecadores y los más pobres y necesitados.
‘¡Poneos en camino!’ les dice Jesús a los discípulos que ha escogido. Cuando escuchamos el evangelio no escuchamos lo que Jesús les dice a otros, sino lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros. Y a nosotros nos está diciendo hoy ‘¡Poneos en camino!’.
Es el envió que Jesús nos está haciendo a nosotros también, el envío y mandato de Jesús a nosotros cristianos del siglo XXI porque la mies sigue siendo abundante, ancho y grande es nuestro mundo, muchas son las necesidades de todo tipo que siguen sufriendo los hombres y las mujeres de hoy, igual es el hambre de Dios que padecen nuestros hermanos los hombres, nubes de desesperanza y hasta de desesperación se ciernen sobre los horizontes concretos de nuestro mundo agobiado en sus problemas, desorientado muchas veces sin saber por donde tomar, inquieto por las crisis que se sufren en el corazón y que afloran en nuestra sociedad en forma de divisiones, enfrentamientos, falta de entendimiento, violencias de mil formas y maneras.
A ese mundo tenemos que hacer el anuncio del Reino, de que es posible un mundo nuevo, de que es posible la paz y el entendimiento, de que necesitamos ser más solidarios los unos con los otros y aprendamos a curar tantos odios que afloran en nuestros corazones. Tenemos que anunciar que es posible encontrar la paz, y el entendimiento, y lograr ese abrazo común de los hermanos que en verdad quieren caminar juntos. Muchos son los signos que nosotros también tenemos que dar con nuestras obras, nuestra misericordia, nuestro trabajo sincero por la paz, la curación que podemos ir haciendo de tantos corazones, igual que nosotros nos sentimos curados en el Señor cuando saboreamos su misericordia.
Llevemos al mundo la noticia de la paz, trasmitamos el mensaje de la misericordia y del amor. Que se manifiesten en los signos que damos con nuestra vida.

martes, 17 de octubre de 2017

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

Romanos (1,16-25); Sal 18; Lucas (11,37-41)

Es más importante el ser que el parecer. Así podemos afirmarlo rotundamente. Pero no lo hagamos solo con palabras o como unos principios. Porque hemos de reconocer que muchas veces en la vida nos preocupamos más de lo que querer parecer que de lo que realmente somos. Es lo que sospechamos que los demás puedan pensar de nosotros lo que nos preocupa, esa buena imagen que queremos conservar y así nos quedamos fácilmente en superficialidades, en cosas de menor importancia y realmente no nos preocupamos tanto de crecer por dentro, de crecer como personas en nuestros valores, en nuestro actuar, en el trato que le damos a los demás nacida verdaderamente desde el corazón.
Es una tentación que nos puede llevar a la hipocresía, a una doble cara, y mentimos ya no solo con palabras sino con la vida que queremos manifestar y que no es lo que realmente somos. Es una tentación de todos los tiempos y en la que nos podemos ver envueltos todos.
Era la actitud hipócrita de aquellos fariseos que estaban pendientes de esas ritualidades que se habían impuesto en la vida y en lo que querían juzgar a Jesús. Ahora que un hombre principal había invitado a Jesús a comer, allí están todos pendientes de si Jesús se lava o no las manos antes de comer. No eran solo las razones higiénicas que podríamos ver como normales en cualquier persona, sino era ese juicio hipócrita porque unas manos manchadas podían ser unas manos impuras y con ello significaba que era todo impuro en esa persona.
En la vida nos vamos llenando de ritualidades que en lugar de ayudarnos nos hacen por el contrario una vida sin profundidad. Nos contentamos con cumplir ritualmente con una cosa, un mandado o un rito, pero nuestro corazón está bien lejos. Pensamos en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en el trato con los demás, pero tenemos que pensar en nuestro interior, en todo aquello que tenemos que aprender a hacer desde el corazón, desde lo más profundo de nosotros. Hacer crecer nuestro espíritu, darle hondura a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Eso  nos lleva también a cuidar mucho los actos religiosos que realizamos en nuestra vida. No los tenemos que hacer por puro ritualismo, por la formalidad de que hacemos unas cosas, rezamos unos rezos, hacemos unos actos piadosos y ya con eso esta todo hecho si no le hemos dado profundidad.
Cuantas veces estamos rezando y nos contentamos con repetir palabras porque nuestra mente está bien lejos. Cuando recemos que oremos de verdad, porque en verdad vivamos ese encuentro intimo y profundo con el Señor. Que lo que oramos salga de nuestro corazón y sintamos al mismo tiempo como el Señor nos transforma. Que así le demos profundidad a nuestra oración y a nuestra vida. Que no sean solo unas palabras que decimos con los labios o unos ritos que realizamos formalmente en nuestras celebraciones sino que en ello pongamos todo nuestro espíritu. Es necesario crecer en nuestro espíritu para que lo que hacemos no se quede en apariencia sino que exprese lo  más profundo de nuestro ser.

lunes, 16 de octubre de 2017

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Romanos (1,1-7); Sal 97; Lucas (11,29-32)

En la vida tenemos que aprender a fiarnos; no podemos andar continuamente en la desconfianza y en el estar pidiendo pruebas para todo. Es normal que queramos estar seguros en lo que hacemos, en los pasos que damos, en lo que nos dicen, pero no todo podemos comprobarlo por nosotros mismos. Vivimos en un mundo de relación y nos vamos intercambiando muchas cosas en la vida y ya tenemos que dar por supuesto que aceptamos y creemos aquello que recibimos de los demás, serán noticias o conocimientos, será la personal experiencia de cada uno que puede enriquecer a los demás, es el devenir de la vida misma.
Eso significa también que no podemos estar viendo malicia siempre en lo que los otros hacen o nos dicen, porque nos haría la vida insoportable y eso puede ir creando un poso de amargura en nuestro interior que ni nos deja ser felices ni ayudamos a la felicidad de los demás.
Es cierto que hay gente que actúa con esa malicia, pero no podemos caer en las redes de nosotros actuar de la misma manera; nos hace falta una limpieza de intenciones en nosotros mismos, una carga grande de sinceridad como al mismo tiempo una gran comprensión en nuestro corazón ante los desaires que vayamos recibiendo en la vida. No podemos perder la estabilidad de nuestra vida, hemos de saber caminar con paz en el corazón y los recelos a eso no ayudan, hemos de intentar poner por delante la carta de la confianza que nos facilite las relaciones entre unos y otros. Cuando andamos con desconfianzas y recelos es que no creemos en las personas y eso rompe la armonía de la convivencia.
Hoy en el evangelio vemos que hay gente que no termina de creer en Jesús. Son muchos los milagros y signos que realiza, claramente habla del Reino de Dios y de las actitudes que hemos de tener en nosotros para poder vivirlo, su Palabra es un arroyo de luz inmensa sobre las vidas de aquellas gentes atormentadas por tantos sufrimientos, muchos le siguen entusiasmados y hay momentos en que multitudes se congregan en su entorno.
Sin embargo hay gente que no termina de entender el mensaje de Jesús, se ciegan y no son capaces de ver las obras de Dios que en Jesús se manifiestan. Están pidiendo signos y pruebas continuamente. Hay desconfianza en su corazón quizá porque vislumbran que aceptar a Jesús significará para ellos que muchos cambios de mente, de actitudes, de manera de obras tienen que realizarse en sus vidas.
Y Jesús les habla del signo del profeta Jonás. Que no fue solo el que fuera devorado por el cetáceo y luego pudiera volver con vida para hacer el anuncio que le pedía el Señor en la ciudad de Nínive, que tanto temía él. El signo de Jonás en este caso es su predicación con la llamada a la conversión y la respuesta que dio aquella gente a la palabra de profeta. Creyeron, se convirtieron al Señor y no cayó sobre aquella ciudad todos aquellos males el que el profeta anunciaba. Y como les dice aquí hay uno que es más que Jonás, o más que Salomón a quien vino a ver la reina del Sur entusiasmada por las noticias de la sabiduría del Rey.
¿Que tenemos que hacer nosotros ante Jesús? creer en su Palabra y dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu. Es la actitud humilde y de corazón abierto de María de Betania que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar sus palabras; se confiaba a Jesús, abría su corazón a su palabra, se bebía sus palabras para descubrir lo que era la voluntad de Dios.
Y con esa misma confianza y apertura de corazón tenemos que aprender a ir también a los demás. Cuanto de bueno podemos hacer si nos amamos, si confiamos los unos en los otros, si sabemos sentirnos en comunión, si nos disponemos seriamente a trabajar codo con codo con los demás por hacer un mundo mejor.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.


sábado, 14 de octubre de 2017

Escuchando y plantando la Palabra en nuestro corazón queremos parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre

Escuchando y plantando la Palabra en nuestro corazón queremos parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

‘Qué orgullosa tiene que sentirse esa madre…’ habremos escuchado en más de una ocasión o quizá nosotros mismos hemos pensado o dicho como expresión de la admiración que sentimos por alguien a quien vemos entregado, generoso, siendo un modelo de rectitud y de bien hacer, como una persona integra, pero que además es bien humano y como solemos decir tiene un corazón de oro. Aunque la admiración es por una persona así, que quizás nos cautiva por su personalidad y por sus obras, nuestro pensamiento se dirige a la madre a la que de alguna manera queremos dar gracias por darnos un hijo así.
El orgullo de una madre es ver el bien hacer de su hijo y que todo aquello que ella quiso plantar en su corazón en la educación que fue dándole, ahora lo vemos con frutos abundantes. Es un gozo para una madre ver así la rectitud de su hijo y el amor y cariño que va despertando por todas partes. Es un gozo grande lo que siente en su corazón y que no hay manera de disimular cuando sabe lo que dicen de su hijo, cuánto se parece a su madre.
¿Qué sentiría María cuando oía hablar de las obras de Jesús? ¿Cuáles serían sus pensamientos cuando le contaban como la gente le seguía por todas partes y todos se hacían lenguas de admiración por lo que enseñaba y por lo que hacia? No podemos decir que no sintiera ese orgullo de madre, pero al mismo tiempo seguro que tendremos que contemplar la humildad de María que quería pasar desapercibida, quedarse en el anonimato, dejar que su hijo siguiera haciendo su obra siendo ella la primera discípula, la primera que iba plantando en su corazón todo aquello que Jesús enseñaba.
Reconocía María las obras grandes que Dios había realizado en ella y cantaba agradecida desde su corazón a Dios, pero todo era reconocer como se derramaba la misericordia del Señor sobre todos para hacer un mundo nuevo. No podía caber en su corazón el mínimo atisbo de orgullo o de soberbia porque ella sabía muy bien que los poderosos o los que se creyesen grandes iba a ser derribados de sus tronos o de sus pedestales de soberbia y que solo los humildes podían conocer y contemplar a Dios. Era así su corazón, era así como ella iba dejándose transformar por la Palabra de Dios que plantaba en su corazón no para encerrarla en si misma sino para que surgiera nueva vida.
Hoy en el evangelio vemos a una mujer que escuchando a Jesús se acuerda de la madre y para ella quiere tener lo que considera la mejor alabanza. Pero será Jesús el que nos dirá cual es la mejor alabanza para María como la mejor alabanza que nosotros podamos recibir. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en practica’.
Lo hizo María, por eso vemos todo ese ramillete de flores y de frutos que surge de su vida en todas sus virtudes, en todo su amor. Será lo que nosotros tenemos que hacer también, lo que nos merecerá la mejor alabanza del Señor. Si así lo hacemos un día podremos escuchar aquello de ‘venid benditos de mi Padre a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.
Es la esperanza en la que queremos vivir. Es la esperanza que nos estimula y nos prepara para el amor y para la entrega en todo momento. Queremos así parecernos a María como los buenos hijos se parecen y son el orgullo de su madre.

viernes, 13 de octubre de 2017

Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo dejándonos inundar por el amor de Dios

Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo dejándonos inundar por el amor de Dios

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

La desconfianza es destructiva. Siembra semillas de desconfianza en una relación y aunque esa relación sea fuerte y esté bien fundamentada va corroyendo esos cimientos y si no ponemos remedio puede terminar destruyendo esa relación. Lo experimentamos en nuestras relaciones de amistad que se ponen en peligro cuando van apareciendo esas faltas de confianza.
Muchos en su maldad se convierten en sembradores de desconfianza en medio de la sociedad para sutilmente ir creando animadversión entre los miembros de la comunidad que llevará a un alejamiento progresivo de unos y otros que pueden terminar en enfrentamientos, resentimientos, mirada con malos ojos todo lo que pueda hacer el otro, irá poniendo malicia en nosotros porque por descontado comenzamos a sospechar de la malicia de los demás y hasta el odio al contrario.
Es algo que tenemos que remediar, arrancar de nosotros en cuanto aparezca, porque al fin terminará destruyéndonos a nosotros mismos desde nuestro propio interior. Es una mala semilla contra la que tenemos que inmunizarnos poniendo autentico amor en nuestra vida que nos haga sencillos y humildes y capaces siempre de valorar todo lo que bueno que podamos ver en los demás. Es eso bueno lo que tenemos que amar en el otro y lo que tiene que estimularnos a nuestro propio crecimiento, lo contrario seria anularnos a nosotros mismos.
Eso que nos pasa en el ámbito de nuestras relaciones sociales, de nuestro trato y convivencia con los demás, es algo que tenemos que cuidar mucho en el ámbito de la fe. En fin de cuentas la fe es confianza, es saber confiar y fiarnos, en este caso nos fiamos de Dios aunque no seamos capaces siempre de abarcar todo su misterio, es saber reconocer todo lo bueno que nos viene de Dios, porque Dios es amor y lo que quiere es inundarnos de su amor, porque siempre Dios querrá el bien del hombre, nuestra felicidad.
Con esa confianza escuchamos su Palabra para dejarnos inundar de su Espíritu. Muchas veces no llegamos a comprender todo el misterio que se  nos revela, y también como María nos ponemos a rumiar en nuestro interior, pero hemos de saber dejarnos conducir por el Señor que va poniendo a nuestro lado profetas que con sus palabras o sus gestos nos ayuden a descifrar, por así decirlo, ese misterio de amor que se nos revela. Siempre en esa revelación de Dios se nos está manifestando su amor.
Pero de tener cuidado con quienes pretenden confundirnos. Nos los vamos a encontrar a cada paso. No podemos dejarnos apabullar por sus insinuaciones, por su malicia, por esas desconfianzas que quieren ir sembrando en nosotros.
En la época de Jesús se nos habla de aquellos que querían interpretar las obras de Jesús como obras instigadas por el maligno. Se necesita estar muy atentos para que nosotros no caigamos en las confusiones en que nos quieren hacer tropezar cuando quieren crearnos también desconfianzas en el ámbito de nuestra fe.
Nos hablaran de mitos o de incultura o falta de racionalismo, nos querrán hacer creer que sus verdades o sus palabras son absolutos que nosotros tenemos que aceptar así por que si, querrán materializar nuestra vida alejándonos de una autentica espiritualidad, querrán confundirnos con razonamientos falaces… muchos cosas que pretenden hacernos desconfiar, crear confusión en nuestra vida.
Pero nosotros queremos siempre fiarnos de Dios, confiar en El porque solamente en El podremos alcanzar la plenitud de nuestra vida. Sepamos descubrir de verdad las obras de Dios en nuestra vida y como también se van manifestando en tantas cosas en nuestro mundo. Sintámonos siempre inundados del amor de Dios y nada nos podrá hacer entrar en esa desconfianza y confusión. No dejemos que esas malicias ennegrezcan nuestro corazón y nuestra relación con Dios como tampoco pueden malear nuestras relaciones con los demás. La verdad de Dios es la que  no conduce a la verdadera libertad.

jueves, 12 de octubre de 2017

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar y de ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, una mirada de amor

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16,1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Una piadosa y secular tradición nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el sentido de la madre que está junto a sus hijos y que con su presencia mística y espiritual acompañaba a los discípulos de Jesús en los caminos de la evangelización del mundo. Como un signo de ello allí quedó el Pilar en las orillas del Ebro en aquella antigua ciudad de Cesaroaugusta que nos recordará para siempre esa presencia de María junto a sus hijos como Madre de la Iglesia y modelo de nuestro camino de fidelidad al evangelio.
Las puertas del templo que guarda ese sagrado signo del Pilar con la imagen de María están abiertas permanentemente para que todos como buenos hijos sepamos acudir a la Madre que es nuestro consuelo y alienta nuestra esperanza en los caminos de la vida y nos estimula al mismo tiempo en esa tarea evangelizadora de nuestro mundo.
Hoy celebramos su fiesta y nos alegramos como los hijos se alegran con la madre y se gozan en su amor; hoy la invocamos para que ella nos ayude a encontrar ese pilar en el que fortalecer nuestra fe, alentar nuestra esperanza y hacer crecer más y más nuestro amor. Hoy queremos sentir de manera especial esa protección de María, como las madres saben hacerlo siempre con sus hijos, para alejar de nosotros todos los peligros que puedan poner en riesgo nuestra vida pero sobre todo nuestra paz interior y la buena convivencia que siempre hemos de vivir con los demás a los que tenemos que sentir siempre como hermanos.
Son tiempos convulsos y de mucha confusión los que vivimos en muchos aspectos de la vida. Me fijaré en algunos aspectos; una cierta inestabilidad social pone en peligro nuestra convivencia en paz y hay el peligro de que surjan nuevos odios o antiguos resentimientos que como heridas quizá mal curadas siguen afectándonos allá en lo más hondo de nuestro corazón; los problemas parece que aumentan en nuestra sociedad cuando no siempre sabemos buscar el entendimiento, no promovemos como tendríamos que hacerlo el encuentro y el diálogo, y se producen rupturas en la sociedad y en las familias que no solo nos alejan los unos de los otros sino que además muchas veces nos lleva a enfrentamientos que no desearíamos. Tratemos de fijarnos en cosas concretas en este sentido que estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad que nos lleva a la crispación, al miedo y la desconfianza sobre nuestro futuro, al enfrentamiento y a la falta de paz.
Hoy queremos mirar a María, nuestra Madre la Virgen del Pilar que como un faro de luz está ahí en el centro de nuestra sociedad y de nuestra tierra. De ella queremos aprender a tener una mirada distinta al mundo que nos rodea, para que sepamos como ella tener siempre una mirada de amor. Que aprendiendo de la humildad de María sepamos ir al encuentro de los demás para ser verdaderos constructores de paz, de fraternidad, de armonía y buena convivencia por encima de aquellas cosas que nos puedan diferenciar pero que no nos tienen por qué distanciar.
Que con la ayuda de María, la gracia que ella nos obtenga del Señor sepamos ser constructores de esa nueva sociedad que desde nuestros diferentes valores y carismas vayamos construyendo. Que cada uno con sus propias particularidades, con esos colores distintos con que cada uno miramos la vida, vayamos entretejiendo una sociedad bella en la que todos tengamos nuestro lugar y cada uno aportemos la belleza de nuestra vida y de aquello bueno en lo que creemos. Seguro que lograremos un bello mosaico en el que todos con una convivencia en paz y armonía podamos ser cada día más felices.
Que pongamos a María ahí en el centro de nuestro corazón para que sintamos en verdad el impulso de su amor de madre. Ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe en el Dios que nos ama y nos fortalece; ella nos ayudará a hacer crecer nuestra fe también en el hombre, nuestro hermano, porque nos hará descubrir cuanto de bueno hay en cada persona para que con ello vayamos logrando esa armonía y esa paz para la convivencia de toda nuestra sociedad. Que nos agarremos fuerte de ese Pilar que nos ofrece María que no es otro que apoyarnos fuertemente en el evangelio de Jesús que tenemos que plantar de verdad en nuestra vida.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida


Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida

 Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

Solemos decir que hablando se entiende la gente. Muchas veces porque no hablamos, porque no entramos en diálogo con los demás quizá nos creamos prejuicios en nuestra mente, porque realmente no conocemos, no sabemos nada de aquella persona, porque no hemos tenido ese tú a tú en el que nos hemos intercambiado nuestro pensamiento, nuestra manera de ver las cosas, en fin de cuentas, no hemos penetrado en su yo, como tampoco hemos dejado que penetren en nuestro yo.
Cuando hablamos y lo hacemos con sinceridad muchos prejuicios se caen y desaparecen, comenzamos a entender al otro, y en fin de cuentas entramos en una nueva relación que nos puede llevar a la amistad y a un amor sincero. No amamos lo que no conocemos, solemos decir también.
Por eso esa relación y ese intercambio es el mejor comienzo para llegar a una amistad sincera, o al menos darnos cuenta del pensamiento del otro y ver cuanto en común hay entre ambos y cuanto podemos hacer no solo por nuestra vida sino también por ese mundo en el que vivimos. Esa comunicación, ese diálogo de alguna manera nos compromete, nos implica en algo nuevo para nuestra vida.
Me pregunto si no nos sucederá así en nuestra relación con Dios. Están quienes quieren negarlo sin haberse quizá preguntado seriamente sobre el sentido de Dios, sin querer conocerle. Pero están también los que aun diciendo que creen en Dios adolecen de un conocimiento verdadero de Dios, porque les falta una verdadera y autentica relación con El.
Pueden ser incluso personas que se dicen muy religiosas y que rezan o que participan en actos religiosos pero que su relación con Dios no va mucho más allá de ese formulismo de unos rezos, de unas oraciones aprendidas y repetidas, pero sin entrar esa profunda relación. Rezar es orar, es cierto, pero muchas veces nuestros rezos no llegan a ser verdadera oración porque no hay ese encuentro verdadero en el corazón con Dios. Su oración no llega a ser ese dialogo con Dios en ese encuentro de tú a tú en lo intimo del corazón.
Es por eso por lo que tenemos que revisarnos en nuestras prácticas religiosas para hacerlas de forma autentica y la oración sea ese verdadero diálogo con Dios. Entraremos entonces en ese conocimiento de Dios que nace del amor, comprenderemos mejor el misterio de Dios que se hace presente en nuestra vida, llegaremos a hacer que de verdad busquemos la gloria del Señor alabándole desde lo más profundo de nuestro corazón, y sintiendo como Dios nos pone en camino, no hace entrar en un compromiso nuevo por los demás.
La oración entonces no será un puro formulismo que realicemos porque repitamos quizá muy escrupulosamente unas oraciones aprendidas de memoria sino que será ese entrar en profunda comunión con ese Dios que nos ama y que nos enseña a amar. La oración será entonces ese dialogo de amor con Dios con el gozo de sentirnos amados y un amor profundo a Dios que renace en nuestro corazón para buscar su gloria, para descubrir su voluntad, para mantener el deseo de querer vivir siempre en esa unión con Dios y nada nos separe de El.
Nace así una oración comprometida, que se implica en nuestra vida y que nos implica en el bien de los demás. La verdadera oración nos compromete desde lo  más profundo de nosotros mismos. Es lo que Jesús quiere enseñarnos. Los discípulos le piden que les enseñe a orar y Jesús les da el sentido de la oración. Hemos cogido quizá literalmente las palabras de Jesús para aprendérnoslas – y eso está bien – y para repetirlas mecánicamente sin dejar que impliquen nuestra vida. No es lo que Jesús quiso enseñarnos. Nos estaba dando sobre todo un sentido, un modo de entrar en relación con Dios, que tenemos que aprender a vivir desde lo  más profundo del corazón y con toda nuestra vida.

Os confieso con sinceridad que todo esto que estoy compartiendo con vosotros es algo que quiero experimentar en mi mismo y es mi tarea y mi lucha diaria para que sea cada vez más autentica mi oración.