jueves, 23 de octubre de 2014

Disponibles para pasar por un bautismo como el de Jesús amando con un amor como el suyo para prender al mundo del fuego de su amor

Disponibles para pasar por un bautismo como el de Jesús amando con un amor como el suyo para prender al mundo del fuego de su amor

Ef. 3, 14-21; Sal. 32; Lc. 12, 49-53
‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ ¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿A qué bautismo se está refiriendo? Podría venirnos al pensamiento el bautismo de Juan allá en el desierto de Judea. Pero ya Jesús había estado en el Jordán al inicio de su actividad apostólica y había querido someterse a ese bautismo de Juan, no sin reticencias del Bautista que no quería bautizarlo. Bien entendemos que no se está refiriendo a ese bautismo penitencial con que Juan preparaba a las gentes para la llegada del Mesías.
Volverá a aparecer esa palabra en labios de Jesús cuando vienen los dos hijos del Zebedeo apoyándose en la intercesión de la madre pidiendo primeros puestos en su Reino. Fue la pregunta que Jesús les hace ante su petición. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?’ Bien entendemos a lo que se está refiriendo Jesús, su Pascua, su pasión y su muerte, su entrega hasta el final.
Jesús conocía bien todo lo que le iba a suceder. Quien había venido como la suprema manifestación del amor de Dios que nos entrega a su Hijo estaba dispuesto hasta el final a cumplir la voluntad del Padre. Como había dicho en otra ocasión su alimento era hacer la voluntad del Padre. Y sabía bien que para esto había venido para realizar su entrega de amor hasta el final como el amor más total y con el amor más sublime. Ya nos diría que no hay amor más grande que la de quien da la vida por el amado. Y esa era su entrega, su amor; ese era su Bautismo.
Ahora nos dice que siente angustia porque llegue ese momento de su bautismo, de su entrega. Cuando comience su pasión volverá a aparecer esa palabra de la angustia en la última cena y en Getsemaní, porque había llegado su hora, la hora de la pascua, la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora de la entrega suprema de amor.
Ese era el fuego que quería prender en el mundo, el amor. Es el amor que va a ser el distintivo de sus discípulos; es el amor que todo lo renueva y todo lo transforma; es el amor que nos purifica y engendra nueva vida; es el amor que hace al hombre nuevo y crea un mundo nuevo. Es como un fuego que purifica pero que hará surgir una nueva vida. ¿Cuándo nos convenceremos que es por ese camino por donde vamos de verdad a renovar el mundo? Dejémonos quemar nosotros por ese amor y así se transformará nuestra vida; llenemos nuestra vida de ese amor nuevo y transformador y podremos comenzar a sembrar las semillas de un mundo mejor. Tenemos que contagiarnos de ese amor. No es solo aprender la lección sino dejar incendiar nuestra vida por el amor.
No todos los entenderán ni dejarán que sus vidas transcurran por esos caminos nuevos del amor. Para algunos les parecerá una locura porque cuesta entender lo que es un amor total, una entrega sin límites, porque tenemos la tentación de estar siempre poniendo límites y medidas. Pero quienes queremos optar por un amor como el de Jesús sabremos que tenemos que hacerlo sin límites.
Y quizá ni los más cercanos a nosotros, por razones de sangre o por razones de amistad, nos van a entender y hasta querrán quitarnos esas ideas de la cabeza. ¿No pretendía Pedro cuando Jesús anunciaba su pasión quitarle de la cabeza al Maestro que subiera a Jerusalén si sabía lo que allí le había de pasar? No nos extrañe que ni los padres entiendan a los hijos, ni unos hermanos a otros, ni los amigos más cercanos y que más se quieren. Es lo que nos anuncia a Jesús de que por su causa, por su nombre se van a crear divisiones y será difícil incluso mantener la paz allí entre las familias.
Cristo ha venido a traer un nuevo fuego al mundo para que sea transformado; Cristo nos viene a traer su amor y aunque siente la angustia por lo que va a significar ese bautismo de pascua para El está deseando ardientemente que llegue su hora. ¿Nos preguntará a nosotros también si estamos dispuestos a beber ese cáliz y a ser bautizados con ese bautismo? ¿No nos estará preguntando si seremos capaces de amar con un amor así?

miércoles, 22 de octubre de 2014

Vivimos con responsabilidad la vida y contribuimos a construir el Reino de Dios

Vivimos con responsabilidad la vida y contribuimos a construir el Reino de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-4
Entra en la lógica de lo más normal lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. El que es responsable de algo y ha asumido con toda seriedad su responsabilidad no abandona aquello o aquella misión que se le ha confiado, como el dueño de la casa no deja que se la destrocen y se la roben. Ya cuidará de poner los medios que sea para cuidarla, para no perderla o no dejar que se la destrocen. Lo contrario sería una gran irresponsabilidad.
Pues así nos dice Jesús que hemos de hacer nosotros. Y nos da una motivación más. ‘A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’ nos dice. Y no es que estas palabras las tuviéramos que tomar algo así como una amenaza que nos llene de miedo y de temor, porque lo que temeríamos sería el castigo, sino que más bien, si entendemos bien lo que significa la venida del Señor a nuestra vida, lo tendríamos que entender como una ilusión grande, una alegría en una esperanza cumplida, un gozo hondo por lo que significa ese encuentro con el Señor.
A continuación Jesús sigue proponiéndonos imágenes para que comprendamos lo que significa esa venida del Señor pero al mismo tiempo la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida en esa esperanza gozosa del encuentro con el Señor. Viene el Señor como el que viene gozoso de una boda, como escuchábamos ayer en el evangelio, o como el Esposo que viene a celebrar la boda en la que nosotros también estamos invitados. El encuentro con el Señor es para el gozo.
Claro que está por medio esa responsabilidad con que hemos de vivir y con que hemos de prepararnos. Por eso habla del administrador de la casa que además tiene todo el servicio a su cuidado al que tendrá que hacer vivir sus responsabilidades, pero que él también tiene que atender y cuidar. Y no porque no esté el amo le da derecho a actuar con irresponsabilidad y con malos tratos al resto de los sirvientes.
 Podemos entender este texto como unas advertencias que hace Jesús a quienes tienen una especial responsabilidad dentro de la comunidad eclesial, y los pastores hemos de hacer una lectura muy concreta para revisar nuestra vida y nuestras actitudes, el desarrollo de esa responsabilidad que tengamos dentro de la Iglesia, o de los carismas de los que Dios nos haya dotado que hemos de saber ponerlos al servicio de la comunidad. Podríamos, es cierto, recordar lo que decía san Pablo en la primera lectura: ‘A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, aclarar a todos la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo’. Es lo que sentimos los pastores conscientes de la responsabilidad que se nos ha confiado.
Pero no podemos reducir la lectura e interpretación que hagamos de las palabras de Jesús solo a ese ámbito, sino que es una llamada para todos, para que aprendamos a vivir con plena responsabilidad nuestra vida, de la que somos como unos administradores porque la vida es un don de Dios que ha puesto en nuestras manos, pero también para que sepamos vivir con plena responsabilidad en medio de ese mundo, de esa sociedad en la que estamos, donde seriamente hemos de contribuir a su bien desde nuestras cualidades, desde nuestros valores, desde las funciones que podamos asumir en medio de la sociedad, desde todo ese bien que podemos y tenemos que hacer a favor de los demás.
Nadie se puede eximir de esa responsabilidad en ningún momento de la vida; no nos vale decir bueno yo ya en otro tiempo cumplí con mis responsabilidades, o yo ya he dedicado parte de mi vida a hacer cosas buenas o trabajar por los demás, ahora que lo hagan otros,  yo ya no tengo nada que hacer. Según el momento que vivamos y según nuestras capacidades y cualidades desempeñaremos esas responsabilidades de la vida; pero siempre podemos aportar a los demás, siempre podemos contribuir desde lo que somos; a nadie se le pide más de lo que pueda dar; pero también los mayores desde la sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con la experiencia y con el paso de los años, podemos dar algo, un consejo, una presencia de ánimo, una palabra, un ejemplo. Es lo que nos dice hoy Jesús: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Pero muchas son las cosas que podemos aportar y nadie se puede considerar inútil e incapaz.
Con el cumplimiento de esas responsabilidades en la vida no olvidemos que estamos construyendo el Reino de Dios; un reino que un día podremos vivir en plenitud en Dios cuando seamos partícipes de la vida eterna.

martes, 21 de octubre de 2014

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Atentos y vigilantes al Señor que llega a nuestra vida para que amando de verdad seamos capaces de reconocerle

Ef. 2, 12-22; Sal. 84; Lc. 12, 35-38
El centinela tiene que estar vigilante en su atalaya pendiente de lo que pueda pasar; el controlador aéreo tiene que estar atento en la torre de control para vigilar y ordenar el tráfico de los aviones; el que tiene una responsabilidad tiene que prestar atención a lo que hace para desempeñar su cargo con toda fidelidad; el capitán del barco tiene que prestar atención a todo lo que sucede en su embarcación para que funcione adecuadamente además de vigilar lo que se pueda encontrar en medio de las aguas para llevar sin incidencias a los pasajeros o las mercancías a puerto; y el cristiano ¿qué tiene que hacer? ¿simplemente se ha de dejar llevar a lo que salga o tendrá que hacer algo más?
Hoy Jesús nos da la respuesta en el evangelio; nos habla de la vigilancia en la que hemos de estar. Y Jesús nos pone el ejemplo del sirviente que atiende la puerta de la casa y ha de estar atento y vigilante ‘para cuando regrese el amo de la boda para abrirle, apenas venga y llame’. Pero además Jesús nos asegura una recompensa por esa vigilancia, porque va a ser reconocido por su amo, que será el que lo siente a la mesa y le sirva.
¿A qué se refiere esa vigilancia de la que nos habla Jesús y que hemos de tener? En varias ocasiones nos hablará de ello Jesús. Hoy con san Lucas nos habla de la vuelta del amo que viene de la boda, y con san Mateo nos hablará en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias, del esposo que viene a la boda y al que hay que alumbrar el camino con las lámparas encendidas y luego acompañarle también con esas luces a la sala del banquete que así se verá debidamente iluminada.
Es el Señor que viene. Cada día llega a nosotros en la misma vida que vivimos que es un regalo del Señor; pero cada día, por ejemplo, nosotros que venimos a la celebración viene a nosotros en su Palabra, con su Palabra además de querer alimentarnos con su vida misma en la Eucaristía en la que podemos comerle. ¿Estaremos atentos a esa llegada del Señor para escucharle y para llenarnos de su vida? ¿Prestamos atención de verdad a su Palabra? Porque estar podemos estar, pero quizá entretenidos en nuestras cosas o en nuestros pensamientos y la Palabra aunque en sus sonidos penetre en nuestros oídos sin embargo no llegue a nuestro corazón porque no la estamos atendiendo y entendiendo.
El Señor viene y nos sale al encuentro en los demás; hemos de estar atentos a esa presencia del Señor, porque la acogida llena de amor y humildad que nosotros hagamos a los demás es la acogida que le estamos haciendo al Señor. Pero podemos estar distraídos, no atentos, porque quizá nos fijamos más en los defectos o debilidades de los demás, que en esa atención de amor que hemos de prestarles sabiendo que cuanto hagamos al hermano es como si se lo hiciéramos al Señor. Recordemos aquello del juicio final,  ‘porque tuve hambre, estaba desnudo o desamparado y tu me diste de comer, me vestiste o me ayudaste’.
Viene el Señor que es nuestra paz, como escuchábamos en la carta a los Efesios de san Pablo; viene el Señor y quiere derribar los muros que nos separan con nuestros odios o con nuestros rencores, con nuestros orgullos o con nuestros celos y envidias. Viene el Señor a traer la paz, a los de lejos y a los de cerca, pero quizá no estamos atentos y nuestros muros siguen levantados separándonos y aislándonos; quizá no estamos atentos y seguimos poniendo obstáculos a esa paz y a esa convivencia porque seguimos con nuestras maldades o nuestras desconfianzas en nuestro interior, con nuestras violencias y con nuestro desamor.
Es necesario estar vigilantes, como todos aquellos que como ejemplo poníamos al principio, porque quizá venimos a nuestra celebración y escuchamos su Palabra pero luego cuando salimos de aquí seguimos con nuestras mismas cosas, con nuestros mismos enfrentamientos. Si seguimos así, ¿en verdad nos habremos encontrado con el Señor? ¿Cómo es que comulgamos a Cristo sacramentalmente pero luego no comulgamos con el hermano porque en él no ponemos amor? ¿No será un contrasentido?

lunes, 20 de octubre de 2014

Un retrato de un corazón egoísta y lleno de codicia que hemos de transformar

Un retrato de un corazón egoísta y lleno de codicia que hemos de transformar

Ef. 2, 1-10; Sal. 99; Lc. 12, 13-21
¿No será una fotografía de lo que nos pasa a muchos en nuestro tiempo este pasaje del evangelio que hoy se nos propone? La sabiduría de Dios, la riqueza inmensa de la Palabra de Dios quiere llegar a nuestra vida concreta, en nuestras situaciones concretas, con nuestros problemas, nuestras inquietudes, nuestros deseos, nuestros interrogantes. No podemos considerar que la Palabra que el Señor nos dice está tan esterilizado que nos pueda sonar a música de ángeles y nos haga seguir durmiendo en nuestras actitudes y posturas unas veces egoístas, otras avariciosas, y en tantas ocasiones adormecedoras de nuestras rutinas y vaciedades.
Pensemos quién no ha conocido un caso semejante al que vienen a plantearle a Jesús para  que medie entre dos hermanos que  se están peleando por la herencia. ‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, viene a decirle uno a Jesús. Cosas así de mal entendimiento entre familias muchas veces movidos por esa ambición del dinero o de las riquezas suceden tantas veces en nuestro entorno o quizá hayan llegado demasiado cerca de nosotros.
Pero Jesús quiere llegar más al fondo del problema, aunque ya sea un problema en sí que dos hermanos no se entiendan y se peleen por esas razones. Quiere llegar al fondo porque lo que se nos puede meter en nuestro corazón es esa ambición por la riqueza material o esa codicia de querer acaparar y acaparar bienes materiales pensando que con la posesión de las cosas ya lo tenemos todo resuelto. ¿No nos tendría que hacer pensar en esos deseos de suerte en los juegos del azar pensando que si nos ganamos el premio haríamos tantas cosas y ya nos reservaríamos lo suficiente para tener la vida resuelta para siempre?
Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’,  nos dice el Señor. Y ya hemos escuchado la parábola del hombre que tuvo grandes cosechas, tanto como para ampliar sus bodegas - la parábola se nos pone en clave del hombre agricultor y poseedor de fincas y terrenos, porque era la fuente de riqueza habitual entonces en un mundo eminentemente agrícola y ganadero -, o del que tuvo tantas ganancias y aquí podemos pensar en otros medios de obtenerlas, pero ya fuera de una forma o de otra, ya pensaban que tenían la vida resuelta para siempre y ahora lo que importaba era disfrutar de la vida.
‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?’. La hora de la muerte nos puede llegar en el momento menos pensado, que bien sabemos que eso es así, y no habrá riqueza por grande que sea que impida la llegada de ese momento final. Y ya no es solo que eso por lo que tanto nos habíamos afanado y acumulado de una forma avariciosa, va a caer en otras manos que no lo han sudado y se van a beneficiar de ello más que nosotros, sino que es pensar sobre todo en el materialismo con que hemos vivido con el que hemos perdido todo sentido de trascendencia y todo sentido espiritual del que tendría que estar llena nuestra vida.
Algunas veces tenemos las cosas y las guardamos y guardamos para otra ocasión, ocasión que nunca llegará quizá y nos privamos de disfrutar de aquello que poseemos y vamos a pensar aquí que honradamente hemos obtenido con nuestro trabajo. Pero puede estar también esa actitud egoísta que nos hace pensar solo en nosotros mismos y no somos capaces de compartir con nadie y hacer que eso que poseemos genere algún beneficio hacia los demás.
Muchas veces he recordado la generosidad de aquel hombre bueno que tenía bienes suficientes para vivir incluso sin trabajar y que lo había ganado honradamente, pero decía que se metía nuevos proyectos y empresas porque sabía que su riqueza a través de esos nuevos proyectos iba a beneficiar a muchos porque con ello daba trabajo a muchos que nada tenían. Creo que sería una cosa para pensar en los momentos duros que vivimos donde haría falta esa generosidad de quienes tienen posibilidades para emprender algo que beneficie a los demás con nuevos trabajos.
 El mundo que Dios ha creado y puesto en nuestras manos no es para que pensemos solo en nosotros mismos queriendo beneficiarnos de su riqueza de una forma egoísta. Como suelo decir Dios puso la obra de su creación en las manos del hombre, pero eso no significa que la haya puesto en las manos de un solo hombre, sino en las manos de toda la humanidad. Toda la humanidad, es cierto representada en Adán, ha de ser la beneficiaria de la riqueza de nuestro mundo. Todos tienen derecho a esos bienes, y todos hemos de contribuir a su desarrollo con nuestra inteligencia y con nuestro trabajo.
Sobran los egoísmos y las codicias.

domingo, 19 de octubre de 2014

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Así nos decía en su mensaje: El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.
No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.

sábado, 18 de octubre de 2014

Una buena noticia para los pobres vivida desde la comunión en que nos sentimos unidos en un mismo corazón y un mismo espíritu

Una buena noticia para los pobres vivida desde la comunión en que nos sentimos unidos en un mismo corazón y un mismo espíritu

2Tim. 4, 9-17; Sal. 144; Lc. 10, 1-9
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria!’ Es la antífona de entrada de la liturgia de este día. Celebramos, sí, al mensajero, el evangelista, el que nos trae la noticia de la paz anunciada para todos los pueblos, el que nos anuncia la Buena Nueva de la Salvación, el que nos va a ayudar a proclamar a Jesús como el Señor cuando le contemplemos resucitado en su evangelio.
San Lucas, evangelista, al que hoy celebramos, discípulo que había sido de san Pablo y lo habían acompañado en sus viajes y en momentos incluso en que el apóstol se había quedado solo. ‘Solo Lucas está conmigo’, le dice en la carta a Timoteo. San Lucas, el primer historiador de la Iglesia, porque nos deja reflejado en el libro de los Hechos de los Apóstoles lo que fueron los comienzos de la Iglesia y gran parte de los recorridos de Pablo en sus viajes.
Lucas no había formado parte del grupo de los discípulos de Jesús ni en consecuencia del grupo de los Doce apóstoles; llegó al conocimiento de Jesús más tarde, probablemente en alguno de los viajes de Pablo, pero supo recoger el espíritu de la Buena Nueva de Jesús y nos trasmitió su evangelio, entrando incluso en detalles de la infancia de Jesús en que no entraron los otros evangelistas.
‘Muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros’, nos dice precisamente en el comienzo de su Evangelio; ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribir una exposición ordenada…’ continúa diciendo en la dedicatoria que hace al ilustre Teófilo, ‘para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.  Y así nos ha quedado su Evangelio, su relato de la Buena Noticia de Jesús.
En la oración litúrgica de esta fiesta se nos da la clave de lo que es el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles que nos ha trasmitido san Lucas y que para nosotros es Palabra de Dios. Casi podríamos decir que es como una definición o una descripción de su obra. ‘Elegiste a San Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres’, nos dice en primer lugar.
‘Dichosos los pobres…’ así escuetamente nos dirá en la primera de las bienaventuranzas en el relato de Lucas. Pero allá en la sinagoga de Nazaret en el texto de Isaías que allí proclama Jesús dirá que el Espíritu está sobre El y lo ha ungido y lo ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres. A lo largo de todo el evangelio veremos cómo Lucas nos va mostrando esa cercanía de Jesús para con los pobres, los enfermos, los que sufren.
‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y con un mismo espíritu’ es el segundo aspecto a destacar. Estas palabras de la oración copian, por así decirlo, la descripción que nos hace Lucas de lo que era la primera comunidad cristiana en Jerusalén. Es, por así decirlo, la traducción que nos hace del mandamiento del amor que ya nos vendrá reflejado a lo largo del evangelio y que Juan nos lo propondrá con mayor rotundidad. San Lucas nos lo traduce en hechos, en lo que vivía la primera comunidad cristiana espejo y reflejo de lo que ha de ser nuestra vida, la vida de nuestra comunidad cristiana, la Iglesia, hoy.
 ‘Concede… atraer a todos los hombres a la salvación’, decimos finalmente en la oración litúrgica. ‘Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados’, pone en labios de Jesús al final de su evangelio después de la resurrección. Y cuando comienza el relato de los Hechos de los Apóstoles san Lucas nos narrará que mientras van de camino al lugar de la Ascensión Jesús les dirá: ‘Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra’. Lo que continuará relatándonos en los Hechos de los Apóstoles responderá a este anuncio de la salvación a todos los hombres.
Tres aspectos que tendrían que revertir en compromiso en nosotros cuando estamos celebrando la fiesta del evangelista san Lucas. Pobres nos hacemos para abrir nuestro corazón a Dios, pero evangelio que hemos de llevar también nosotros a los pobres. El anuncio del nombre de Jesús y su salvación ha de ser la alegría que llevemos a tantos corazones atormentados. Recordemos cómo se llenaban de alegría los pastores de Belén, los primeros pobres a los que se llevó la Buena Noticia, cuando el ángel le anunciaba la Buena Nueva del nacimiento del Salvador.
Nueva comunión de amor que hemos de aprender a vivir entre nosotros ‘para vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu’ que sea la traducción en nuestra vida del mandamiento nuevo del amor. Inquietud y espíritu misionero en nuestro corazón para llevar la alegría del evangelio a todos los hombres, más aún como estamos en vísperas de la celebración del Domund.

viernes, 17 de octubre de 2014

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

El discípulo de Jesús tiene un estilo propio de hacer las cosas y vivir que aprendemos del Evangelio

Ef. 1,11-14; Sal. 32; Lc. 12, 1-7
Mucha gente está alrededor de Jesús queriendo escucharle. Se agolpan en torno a Jesús como para no perderse ni una palabra de manera que dice el evangelista que ‘hasta se pisaban los unos a los otros’. Jesús parece como se que se siente muy a gusto rodeado de toda aquella gente que parece que va abriendo su corazón dejando ver lo que sentía en su interior y va desgranando recomendaciones y advertencias. Y es que sus discípulos han de tener otro sentido, otra manera de hacer las cosas.
No puede ser simplemente por lo que se palpa en el ambiente o por lo que hagan los otros. Muchas veces nos vemos influidos casi sin darnos cuenta. Y esto hemos de tenerlo muy presente hoy en el mundo que vivimos con las sutilezas de la publicidad, con las técnicas de comunicación que se emplean por todas partes tratando de influir, tratando de mentalizar cada uno desde sus intereses o su manera de ver las cosas y casi sin darnos cuenta se nos van empapando otros sentidos, otros estilos y terminamos hacemos una mezcolanza grande donde todo nos parece bueno, o simplemente aceptamos esto o aquello porque lo dijeron en tal sitio, en tal medio de comunicación, o lo vimos en no sé qué película o leímos en un libro. Nos quieren meter las cosas por los ojos, o tratan sutilmente de influir en nuestra manera de pensar y si no estamos bien atentos y bien preparados caemos en sus redes.
Jesús les dice a los discípulos reunidos en torno a El: ‘Cuidado con la levadura de los fariseos’. La levadura casi no se ve y se mezcla con la masa y sin darnos cuenta vemos cómo todo aquello comienza a fermentar. Ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio que el reino de los cielos es como el puñado de levadura que la mujer mezcla con la masa para hacerla fermentar. Pero hay levaduras y levaduras. Ahora les dice Jesús que tengan cuidado con la levadura de los fariseos.
¿Qué quiere decir Jesús? He hemos reflexionado recientemente que tenemos que hacer las cosas de corazón, que tenemos que ser auténticos y verdaderos, que no podemos andar con dobles caras. Pues es por ahí por donde van las palabra de Jesús hoy con una denuncia clara y fuerte. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía’. El discípulo de Jesús no puede andar con esos dobles juegos ni con esas dobles caras; en el discípulo de Jesús no caben las mentiras ni los engaños. En una ocasión hasta sus mismos enemigos alaban a Jesús porque es veraz. Así tenemos que ser. No cabe en nosotros la hipocresía, como la de los fariseos, y tenemos el peligro de contagiarnos; y de eso quiere prevenirnos Jesús. El sentido de nuestro vivir es distinto; son otras las cosas de las que tenemos que dejar impregnar nuestro corazón, llenándolo del amor de Dios, de la gracia del Señor.
Son palabras fuertes y exigentes; palabras que pueden levantar ronchas, como se suele decir. A los fariseos que se creían tan justos y tan buenos no les caerían bien. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo. Ya Jesús les está anunciando que por proclamar la verdad del evangelio hasta la vida puede peligrar. ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero  no pueden hacer más’. Y nos dice a los que hemos de temer, a los que pueden cambiar nuestro corazón para engañarnos y llenarnos de maldades. Esos son los peligrosos. Bien lo hemos comprobado a través de la historia de la Iglesia; bien lo habremos quizá podido comprobar y sentir en nuestras propias carnes con las incomprensiones de tantos y en la resistencia que encontramos cuando queremos hablar del Evangelio y queremos ser fieles a sus valores.
Pero Jesús nos dice que nos sentimos protegidos y fortalecidos en el Señor. El Señor es nuestra fortaleza y nuestra vida. Habla de los gorriones o de los pelos de la cabeza y nos viene a decir que nosotros valemos mucho más que todo eso. Por eso cuando tenemos que dar nuestro testimonio, cuando tenemos que proclamar la verdad del evangelio nos tenemos que sentir fuertes en el Señor, porque El no nos deja y nos abandona a nuestra suerte.
No nos podemos dejar cautivar por cantos de sirena; no nos podemos dejar engañar con otras sabidurías, porque nuestra sabiduría es la del amor, nuestra sabiduría la tenemos bien retratada en la cruz de Jesús. Porque es a Cristo, y éste crucificado a quien anunciamos no solo con nuestras palabras sino con la verdad de nuestra vida. Que la luz de su gracia nos ilumine.

jueves, 16 de octubre de 2014

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios, que nuestras buenas obras lleven a los demás a bendecir a Dios

Ef. 1,1-10; Sal. 97; Lc. 11, 7-54
Qué contraste entre la luminosidad que se nos refleja en el principio de la carta de san Pablo a los Efesios y las negruras que se nos describen en el texto del evangelio refiriéndose a la respuesta que daba el pueblo de Israel, y en especial está haciendo referencia a los fariseos, a lo que había sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, la historia de la salvación.
En ese inicio de la carta a los Efesios que hoy comenzamos a escuchar de forma continuada todo son bendiciones por una parte primero para Dios que así nos ha amado y nos ha entregado a su Hijo para nuestra redención, para el perdón de los pecados; y luego por otra parte es el reconocimiento de las bendiciones de Dios para con nosotros en Cristo Jesús. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos dice, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’.
Bendecimos a Dios y nos sentimos bendecidos por Dios. Ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha elegido en Cristo Jesús. Todo se convierte en bendición y en alabanza. Nos regala con su gracia que nos hace hijos, pero nos enriquece con toda clase de bendiciones para que seamos santos e irreprochables. Es un derroche de amor de Dios sobre nosotros que nos inunda con su gracia.
Todo esto nos tiene que hacer considerar muchas cosas para que en verdad con toda nuestra vida alabemos siempre al Señor, y todo sea siempre para la gloria de Dios. Eso nos tiene que impulsar a ser santos, aprovechando ese río de gracia que se desborda sobre nosotros. Esto ha de significar como toda nuestra vida siempre ha de estar centrada en Cristo. En El nos llega toda la bendición de Dios; por su sangre hemos sido redimidos; la fuerza de su Espíritu nos llena de la vida divina por lo que ya para siempre podemos llamarnos y sentirnos de verdad hijos de Dios.
Ojalá fuera así siempre nuestra vida. Ojalá siempre y en todo momento todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Ojalá sepamos hacer las cosas, vivir nuestra vida de fe de manera que en todo ayudemos a los demás a descubrir ese regalo del amor de Dios que es su gracia y como todos nos sentidos bendecidos por el Señor para que todos aprendan a dar esa gloria del Señor en todo momento.
En las palabras que le hemos escuchado a Jesús en el evangelio denunciando la manera torpe de obrar de aquellos que le rechazaban en sus orgullos y en su pecado, señala también que en lugar de ayudar al pueblo desde el lugar que ocupaban en la vida social y religiosa del pueblo de Israel, ya porque fuesen sacerdotes o escribas, ya porque fuesen los dirigentes del pueblo de alguna manera, eran sin embargo un estorbo que entorpecían el camino de los sencillos en su querer acercase a Dios y ser fieles. ‘Ay de vosotros que os habéis quedado con la llave del saber: vosotros que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar’. Palabras de Jesús que le valieron el odio de aquellos ‘letrados y fariseos que empezaron a acosarlo y tirarle de la lengua, con preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras’.
Creo que esto tendría que hacernos pensar para que nunca nosotros seamos obstáculo para que los demás se encuentren con Jesús. No siempre los cristianos damos buenos ejemplos a los que nos rodean y con nuestra frialdad o nuestra desgana podemos estar incitando a los demás a que vivan también de una forma fría su vida cristiana. Quizá no le damos importancia en este sentido a lo que hacemos y escudándonos en que somos débiles y pecadores nos vamos dejando llevar. Eso puede arrastrar también a los que están a nuestro lado. Es una cosa que tenemos que cuidar.
Cuando decimos que somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean, esto es algo que tenemos que cuidar. Testigos de nuestra fe, serán las obras buenas las que tienen que resplandecer. Que no seamos obstáculo para que los demás también amen y sigan a Jesús.


miércoles, 15 de octubre de 2014

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

El testimonio de vida de santa Teresa sigue siendo un grito a la Iglesia de hoy para seguir buscando la fidelidad al evangelio

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Es la antífona que nos propone la liturgia para comenzar hoy la celebración de esta fiesta de santa Teresa de Jesús. Sedienta de Dios buscó a Dios, lo encontró y se llenó de Dios, se transverberó en Dios en las más profundas cotas de contemplación mística.
Hace quinientos años nació en Ávila y allí a los veinte años se consagró al Señor entrando en el Monasterio de la Encarnación. Por eso estamos iniciando este año jubilar que celebra toda la orden de los Carmelitas y también toda la Iglesia de España con motivo de este quinientos aniversario de su nacimiento. Esperamos, incluso, que a lo largo del año el Papa Francisco, como lo ha prometido, se haga presente en Ávila y en Alba de Tormes, quizá en un viaje relámpago, en esta hermosa conmemoración que estamos haciendo este año.
Su vida fue una búsqueda de Dios, búsqueda afanosa y dura en momentos con sequedades en el espíritu, con momentos de crisis en que más buscaba la comodidad dentro del convento que el sacrificio hasta que se encontró con la sabiduría de Dios que le conduciría por altos caminos de santidad. Después de muchos años en el convento entre dudas y tormentos por fin convirtió totalmente su corazón a Dios y sintió que Dios la impulsaba por caminos de reforma y renovación no solo de su vida, sino también de los conventos del Carmelo. Había recorrido un largo camino de ascesis y de purificación subiendo poco a pocos las moradas de su Castillo interior hasta llegar al éxtasis supremo de su vida mística donde ya no vivía sino para Dios y para vivir plenamente unida a El.
Después de fundar el convento reformado de san José en la propia Ávila inició el camino de la reforma como mujer andariega por los caminos de Castilla y de España entera para ir multiplicando las fundaciones de los nuevos conventos nacidos de la reforma del Carmelo; tarea en la que se vio ayudada por otro gran santo reformador y místico también de la Orden del Carmelo, San Juan de la Cruz. Moriría en Alba de Tormes tal día como hoy en medio de sus grandes recorridos por los caminos de Castilla mientras se dirigía a Salamanca en esa tarea reformadora de la Orden del Carmelo.
 Bien podemos aplicar a santa Teresa lo que nos ha descrito el libro del Eclesiástico que escuchábamos en la primera lectura:El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría’. Buscaba a Dios y se encontró con la sabiduría de Dios; el Dios que se revela y manifiesta a los que son pequeños y humildes, como escuchábamos en el evangelio, llenó el corazón de Teresa cuando purificándose y liberándose de todos sus apegos tras un duro camino de ascesis, supo vaciarse de si misma  y Dios llenó e inundó su corazón.
‘La alimentó con el pan de la sensatez y le dio a beber el agua de la prudencia… la llenó de sabiduría e inteligencia…, para que abriera su boca en la Asamblea…’ podemos parafrasear el texto de la primera lectura viendo la misión que tuvo santa Teresa en medio de la Iglesia. Asumió ella su misión y ella la humilde monja del convento se convirtió en maestra de la sabiduría de Dios en medio de la Iglesia con sus escritos y con el testimonio de su vida y quiso ser fiel a Dios y a la Iglesia hasta su muerte. La Iglesia lo ha reconocido no solo proclamándola como santa a quien podemos y tenemos que imitar y que se convierte en intercesora nuestra en el cielo, sino también declarándola doctora de la Iglesia porque de ella podemos aprender esos caminos de la mística que nos conducen a la perfección más alta y a la unión más profunda con Dios.
El testimonio y la vida de santa Teresa sigue siendo un grito que resuena hoy en medio de la Iglesia también en nuestros tiempos. No eran fáciles los momentos que vivió la santa en su tiempo pero tuvo la energía y la fortaleza de Dios para emprender la reforma de aquella parcela de la Iglesia,  que era la vida religiosa en aquellas comunidades del Carmelo para que mantuvieran su fidelidad al evangelio y a lo que era el espíritu de la Orden Carmelita desde el principio, pero que había comenzado por la propia reforma de su corazón para que fuera totalmente para Dios.
Su testimonio y ejemplo nos ayuda en nuestros tiempos que también decimos en muchas ocasiones que son difíciles, pero que también son el tiempo de Dios hoy para nosotros y para nuestro mundo; ese tiempo de Dios en que también hemos de saber buscar y encontrar esas raíces del Evangelio, ese espíritu del Evangelio que debe impregnar todo el sentir de la iglesia y todo el sentido de nuestra propia vida que hemos de reconducir por caminos de mayor fidelidad y santidad.

Testimonio y ejemplo para la Iglesia hoy; testimonio y ejemplo que personalmente para cada uno se ha de convertir en llamada del Señor a esa renovación de nuestra vida por caminos de mayor fidelidad y santidad. 

martes, 14 de octubre de 2014

Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor y seamos auténticos y sinceros en lo que hacemos en la vida

Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor y seamos auténticos y sinceros en lo que hacemos en la vida

Gál. 5, 1-6; Sal. 118; Lc. 11, 37-41
¡Qué importante hacer las cosas de corazón! No nos podemos quedar en cumplir; no nos podemos quedar en las apariencias. Claro de corazón teniendo buen corazón, alejando de nosotros toda maldad. Nos hace ser más auténticos, más verdaderos. Nos ayuda a sentirnos más satisfechos de nosotros mismos. Si con un corazón bueno miramos a través de ese prisma a los otros estaremos contribuyendo a una mayor sinceridad en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, los veremos con buenos ojos y estaremos contribuyendo a hacer un mundo más feliz.
Si actuamos desde la apariencia no siendo sinceros, esa misma insinceridad que estamos poniendo en nuestra vida nos hará desconfiar de los demás, porque estamos mirando bajo el prisma o a través del prisma de la malicia y de la falta de sinceridad y creemos que los otros también actúan así. Se tensan las relaciones, vivimos en un solapado enfrentamiento y en cualquier momento hasta puede saltar la violencia.
Vamos con demasiada acritud por la vida, somos excesivamente agrios, y esa acidez de nuestro espíritu amarga las relaciones entre unos y otros. Eso lo estamos viendo en el día a día de nuestra convivencia y de nuestra relación con los demás. Siempre andamos con sospechas, viendo malas intenciones en los demás, prejuzgando, saltando a la defensiva con violencia por cualquier cosa.
Fijémonos en el fariseo que invitó a Jesús hoy en el relato del evangelio que hemos escuchado. ¿Era una actitud de sinceridad la que mantenía aquel hombre con Jesús cuando sin decir nada, ni quizá haber ofrecido el agua de la hospitalidad a su llegada, estaba juzgando en su interior a Jesús porque no se lavaba las manos? Era la malicia que mantenía en su corazón aunque exteriormente quisiera quedar bien invitando a Jesús a comer a su casa.
Jesús se da cuenta. El conoce bien el corazón del hombre, pero además ante Jesús nada podemos ocultar porque El ve bien lo que tenemos por dentro. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, le dice Jesús. Es la denuncia que continuamente Jesús les hace y es por lo que los llama hipócritas; hipócrita es que tiene doble cara; eran las máscaras que se ponían los actores en el teatro clásico para hacer las representaciones.
¿Qué diría Jesús de nosotros? Seamos sinceros con nosotros mismos para escuchar sin tapujos lo que el Señor tiene que decirnos. El nos pide autenticidad; no podemos andar con representaciones; la vida no es un teatro, aunque muchas veces parece que eso es lo que hemos hecho, por nuestra falta de sinceridad. Seamos auténticos de verdad.
Y quiero añadir algo. Cuidemos nuestras prácticas religiosas y las oraciones que hacemos. No se trata de cumplir ritualmente con las cosas sino que tenemos que mirar la sinceridad de corazón con la que las hacemos. Aunque también tenemos otro peligro del que hemos de estar prevenidos. Lo decimos así, que lo que decimos o rezamos con los labios lo vayamos diciendo y sintiendo también en el corazón. Es un peligro y una tentación, porque la mente nos juega muchísimas veces montones de pasadas. Mientras con los labios estamos diciendo unas oraciones, repitiendo quizá una y otra vez, nuestra mente puede estar lejos pensando en otras cosas.
Oremos con paz en el corazón centrándonos de verdad en aquello que estamos haciendo. Que no nos quedemos en repetir mecánicamente unas oraciones, sino que hemos de poner todo nuestro espíritu, toda nuestra atención para estar de verdad en aquello que estamos haciendo. Repito es un peligro que tenemos todos mientras rezamos nuestras oraciones, mientras participamos en las celebraciones.
Centremos nuestra atención allí donde ponemos nuestro amor. Y cuando estamos rezando suponemos que todo nuestro amor está puesto en el Señor.

lunes, 13 de octubre de 2014

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1;  Sal 112; Lucas 11,29-32
Piden signos, piden milagros; pedimos milagros, necesitamos signos; ¿qué es lo que necesitará nuestro mundo para creer? ¿Cómo será que tengamos que hacer el anuncio de Jesús para que el mundo crea? Preguntas, interrogantes que se hace la gente para creer, cuando llegan a hacérselas;  quizá podemos haber caído en una situación en que a muchos ya ni les interese el hecho religioso, no se pregunten por Dios, porque vivan muy cómodamente sin Dios.
Permítanme todo esto que voy diciendo porque son interrogantes que se me plantean por dentro, porque de todo eso podemos encontrar en nuestro entorno; ¿qué es lo que hacemos los cristianos para despertar la fe en los que nos rodean? ¿seremos signos con nuestra vida que atraigamos a los demás a la fe en Jesús? Muchas cosas que me van surgiendo en el interior.
En el evangelio hemos escuchado que Jesús se queja porque la gente de su tiempo no hacía sino pedir signos y milagros. No eran capaces de ver todas las acciones de Jesús. No llegaban a descubrir quien era realmente Jesús. Podían quizá sentir admiración; había cosas que decía y anunciaba Jesús que podían llamarles la atención. Quizá buscaban el milagro fácil que les resolviera las cosas sin poner de su parte demasiado esfuerzo. O quizá la petición de milagros era como una disculpa para no llegar a creer, para no comprometerse con una fe en Jesús.
Jesús les recuerda momentos de su historia, lo que ha sido parte de la historia de la salvación. Lo sucedido con Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión de aquel pueblo para que no mereciera el castigo, tuvo miedo, quiso embarcarse en sentido contrario y se fueron sucediendo una serie de hechos, que tras haber sido devorado por un cetáceo se había decidido a cumplir su misión. Y la Palabra que anunciaba en Nínive, aquella gran ciudad, convirtió los corazones de los ninivitas. Lo que le había sucedido a Jonás se convirtió en un signo para aquellas gentes y se convirtieron. Ahora les dice Jesús que el signo de Jonás es también para ellos, pero no quieren aceptarlo. El haber sido devorado por aquel cetáceo y su vuelta vivo a la playa a los tres días se convertirá en un signo de la Pascua de Jesús. Pero no todos lo aceptarán.
Les habla también de la sabiduría de Salomón por quien la reina del sur había hecho largo viaje para escucharlo.  Ante ellos estaba la sabiduría divina porque Jesús es la Palabra viva de Dios y no lo creen. Se levantarán los ninivitas contra aquella generación; se levantará también la reina del sur contra ellos porque no supieron descubrir la Sabiduría de Dios que se manifestaba en Jesús.
Pero tenemos que hacer referencia a lo que ahora nos sucede en este mismo sentido. Es cierto que mucha gente sigue buscando milagros y parece que si no los tienen no llegarán a creer. Es el correr de las gentes adonde se enteran que sucedes cosas extraordinarias, o el acudir muchas veces a los santuarios de su devoción buscando aquel lugar donde se realicen más milagros. Pero aun así, ¿terminarán por creer de verdad?
¿Serán realmente milagros lo que necesite la gente o necesitará testigos? Creo que por ahí es por donde tendrían que ir las cosas, pero para que nosotros los creyentes nos interroguemos si en verdad somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean. Venimos a la Iglesia, participamos en muchas celebraciones, nos decimos que somos personas muy religiosas, pero realmente nuestra manera de actuar, nuestra manera de vivir nuestra fe y nuestros actos religiosos y hasta la participación en las celebraciones, ¿nos convierte en testigos de esa fe ante el mundo que nos rodea, ese mundo que decimos que está pidiendo milagros?
Creo que ese tendría que ser nuestro verdadero interrogante para los que estamos más cerca de la Iglesia o más comprometidos. Tenemos que ser testigos, nuestras vidas, nuestra manera de actuar, nuestro compromiso tiene que ser signo de salvación para los que nos rodean. Es importante que nos hagamos ese planteamiento y esa sea la respuesta que nos está pidiendo la Palabra del Señor que estamos escuchando. La rectitud de nuestra vida, el amor con que vivimos,  el compromiso por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor, el complicarnos la vida en cosas buenas y justas, tienen que ser esos signos  de nuestra fe, para que los demás se interroguen por su vida, por su fe, y vayan en verdad en búsqueda de Jesús.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Todos estamos invitados a participar en el banquete de bodas del Reino de Dios llevando el traje de fiesta de las actitudes nuevas del evangelio

Todos estamos invitados a participar en el banquete de bodas del Reino de Dios llevando el traje de fiesta de las actitudes nuevas del evangelio

Is. 25, 6-10; Sal. 22; Filp. 4, 12-14.19-20; Mt. 22, 1-14
Las imágenes con que nos describe la profecía de Isaías los tiempos mesiánicos son bellas y de una gran riqueza en su significado. Los comentaristas hablan de un sentido apocalíptico y escatológico de estos capítulos de Isaías. Cuando se emplea esta expresión apocalíptica no es en el sentido que comúnmente se tiene del Apocalipsis como de catástrofes terroríficas de los últimos tiempos, sino del sentido de revelación - eso significa la palabra Apocalipsis -y de esperanza para esos momentos de la plenitud de los tiempos con la llegada del Mesías y el establecimiento del Reino nuevo.
La imagen del banquete, como nos dice de manjares suculentos y enjundiosos y vinos de solera y generosos, expresa esa dicha nueva que se vivirá cuando aceptemos y vivamos el sentido del Reino nuevo anunciado y proclamado por el Mesías. Serán momentos donde ha de desaparecer todo dolor y todo sufrimiento y serán momentos de dicha y felicidad. ‘Arrancará el velo que cubre todo los pueblos - el velo del luto y del dolor - y aniquilará la muerte para siempre’, nos dice el profeta.
Por eso termina con una invitación a la celebración y a la fiesta por esa salvación que llega; ‘Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’. Tendríamos que escuchar con los oídos del corazón bien abiertos ese anuncio del profeta que sigue teniendo valor para nosotros hoy y que hoy llega a nosotros como Palabra del Señor.
Son palabras esperanza y anuncio de un sentido nuevo de la vida y de todo. ¿No es el evangelio Buena Nueva, noticia buena que nos anuncia el Reino nuevo de Dios? ¿No nos anuncia Jesús en las bienaventuranzas que seremos felices y dichosos? Es a lo que nos invita el Evangelio. Es el camino que hemos de emprender cuando decimos que creemos en Jesús y queremos seguirle. Es ese mundo nuevo que queremos construir y que si en verdad nos dejáramos conducir por el espíritu del evangelio estaríamos haciendo un mundo nuevo en el que podríamos ser más felices.
Pero, ¿aceptamos nosotros esa invitación y esa llamada que Jesús nos hace en el Evangelio? La parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio está haciéndonos una descripción de la respuesta que damos o que tendríamos que dar. Jesús utiliza en varias ocasiones esta imagen también del banquete para hablarnos del Reino de Dios. Nos habla hoy del rey que prepara la boda de su hijo y cuando lo tiene todo preparado manda a avisar a los convidados que el banquete está preparado para que vengan a la boda. Pero nos dice ‘los convidados no quisieron ir’.
Comienzan las disculpas e insiste el buen rey para que vengan los convidados. ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses y todo está a punto. Venid a la boda’. Pero los convidados no solo no hicieron caso marchándose a sus cosas, sino que maltrataron a los mensajeros. Y ya hemos escuchado la reacción del rey ante tales desacatos.
‘La boda está preparada pero los invitados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda’. Así lo hicieron y ‘la sala del banquete se llenó de comensales’, pues reunieron a todos los que encontraron.
Dos cosas a considerar en este momento de la reflexión para tratar de comprender todo su sentido y el mensaje que nos llega a nosotros a través de esta Palabra que el Señor nos dirige hoy. Por una parte, lo que ya hemos dicho en otra ocasión, esta parábola la dijo Jesús en aquel momento dirigiéndose en especial ‘a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’. Una primera lectura es esa denuncia que Jesús hace de lo que ha sucedido en la historia de la salvación y la respuesta que en aquellos momentos incluso estaban dando al mensaje de Jesús.
Aquellos anuncios del profeta se estaban cumpliendo con la presencia de Jesús, pues había llegado esa plenitud de los tiempos y el anuncio mesiánico en Jesús se estaba cumpliendo. El banquete del Reino de Dios lo tenían delante en Jesús pero al que no aceptaban y rechazaban. A otros había de anunciarse el Reino de Dios; para otros había de ser ese banquete del Reino de Dios. Ahora todos iban a estar invitados a participar en ese banquete, a todos se llamaba a invitaba a vivir la alegría y la fiesta de la salvación en el Reino de Dios que era, que es para todos.
Es la Palabra que llega a nosotros hoy; esa invitación a vivir el Reino de Dios, a realizar de nuestra vida y de nuestro mundo el cumplimiento y la realización de ese banquete mesiánico anunciado por el profeta que nosotros hemos de vivir. También nosotros somos llamados, estamos invitados. También a nosotros se nos dice: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación’. La mano del Señor está también sobre nosotros.
Claro que a nosotros también nos puede suceder como aquellos primeros invitados al banquete de boda de la parábola. Que tampoco aceptemos la invitación. Y hemos de reconocerlo; que no lo terminamos de aceptar, no terminamos de aceptar ese sentido del Reino de Dios al que Jesús nos invita en el evangelio y todavía en nosotros no se realiza en plenitud todas las características del Reino de Dios, de ese banquete mesiánico del que nos hablaba el profeta.
No hemos terminado de construir ese mundo nuevo de dicha y de felicidad para todos; aunque el Señor ha querido arrancar de nosotros esos velos de duelo y de muerte sin embargo seguimos con nuestros duelos, seguimos con nuestros apegos a tantas cosas que nos impiden ser felices de verdad en la felicidad del Reino de Dios; no terminamos de comprender y vivir todo el sentido de las bienaventuranzas. Aunque sabemos que aquí siempre lo viviremos de forma imperfecta y limitada como consecuencia de nuestra condición pecadora y solo en la vida eterna podremos vivirlo en plenitud, pero eso no nos quita para que vivamos comprometidos por ir haciendo de nuestro mundo ese reino de Dios.
Hay un detalle que llama la atención en la parábola y es que al rey pasear entre los comensales se encontró con uno que no estaba vestido con el traje de fiesta y fue arrojado fuera. Llama la atención porque hacemos quizá una interpretación literal como si fuera un vestido especial el que tenía que vestir precisamente quien había sido llamado entre los pobres que andaban mendigando por los cruces de los caminos.
No es un vestido físico o material del que aquí se habla. Podemos hablar de las actitudes interiores de nuestro corazón que hemos de tener cuando queremos aceptar el Reino de Dios. Primero que nada de conversión, de renovación de nuestra vida, de purificación. No olvidemos que lo que Jesús nos pide cuando anuncia el Reino es la fe y la conversión. Creer en la Buena Nueva y convertirnos a ese Reino de Dios realizando una verdadera transformación de nuestra vida. No son solamente bonitas palabras o buenos deseos, sino una actitud profunda de cambio para dejarnos transformar totalmente por el amor.
No siempre estamos con traje de fiesta en este sentido cuando venimos, por ejemplo, a nuestra celebración. No es solamente que para poder comer del banquete de la Eucaristía tenemos que hacerlo en gracia de Dios después de haber confesado nuestros pecados, sino que las actitudes y las posturas que tengamos en nuestra relación con los demás han de ser buenas, han de ser las del amor.
¿Cómo queremos participar del Reino de Dios cuando sigue habiendo  en nuestro corazón discriminación o desprecio hacia otros, cuando seguimos manteniendo resentimientos y rencores en el corazón, cuando no somos capaces de ser comprensivos los unos con los otros y perdonarnos y amarnos de verdad, cuando mantenemos actitudes egoístas y no compartimos generosamente? Es el traje de fiesta que nos falta. Y cuando nos falta ese traje de fiesta no estaremos participando de verdad de ese banquete del Reino de Dios, pues con actitudes así ni nosotros somos felices de verdad, ni hacemos felices a los demás.