miércoles, 29 de junio de 2016

La confesión de la fe verdadera pasa por el camino de la Iglesia ayudándonos a transformar nuestra vida y a iluminar nuestro mundo con la luz del evangelio

La confesión de la fe verdadera pasa por el camino de la Iglesia ayudándonos a transformar nuestra vida y a iluminar nuestro mundo con la luz del evangelio

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

'Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará’, le dice Jesús después de la afirmación de fe de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Había preguntado Jesús que decía la gente de él, pero también les había preguntado directamente al grupo de los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Pedro se había adelantado a dar la respuesta en nombre de todos y es a continuación cuando surge la promesa de Jesús ‘sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.
La fe verdadera y auténtica en Jesús pasa por el camino de la Iglesia. Confesamos nuestra fe en Jesús pero la confesamos en Iglesia, en medio de la comunidad de los que creemos en Jesús, fortalecidos por la esencia de la Iglesia en la que está Jesús. De la fe en Jesús nace la Iglesia, en la comunidad de los que creemos en Jesús confesaremos nuestra fe en Jesús. Sobre Pedro, por la fe de Pedro, se fundamenta la Iglesia; en la Iglesia con esa fe que nos trasmitió Pedro, que nos han trasmitido los apóstoles vivimos con seguridad nuestra unión a Jesús porque ‘el poder del infierno no la derrotará’; tendremos así la garantía de la autenticidad de nuestra fe.
Muchos quieren vivir la fe a su aire, por su cuenta, desde su subjetivismo particular, no quieren saber nada de la fe de los demás, quieren aislarse de todos y de la Iglesia en la manera de vivir la fe y la convierten en algo muy particular, muy suyo, donde terminarán haciéndose una fe a su imagen y semejanza, porque aceptaran solo lo que les guste, rechazarán aquello que pueda convertirse en exigencia para su vida, ya no viven entonces una fe eclesial, ya no podrá llamarse auténticamente una fe cristiana, es solo su fe particular. Claro así no nos extrañe que al final la reduzcan solo al ámbito de lo privado, no será algo que se manifieste de forma publica y no será en verdad transformadora de la vida y transformadora de nuestra sociedad.
Cuando hoy estamos celebrando la fiesta de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo queremos hacer una profesión de fe auténtica en Jesús como le contemplamos a Pedro. Por eso queremos hoy sentir el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia y proclamarlo también con toda nuestra vida. Sabemos que en la Iglesia tenemos la garantía de la fe verdadera. A Pedro Jesús confió la misión de pastorear al pueblo de Dios. Después de su profesión de fe y aun contando con la debilidad de su vida que le hiciera poner en peligro incluso su fe en el momento duro de la pasión donde terminaría incluso negándole en su cobardía, Jesús le pide que se mantenga firme para que cuando se recupere ayude a los hermanos a mantenerse firmes en la fe.
Tenemos también nuestras debilidades y nuestras caídas en la infidelidad del pecado y de la negación, tenemos dudas y tentaciones en tantas ocasiones, pero vamos a dejarnos llevar de mano de la Iglesia que nos garantiza la fe verdadera y nos ayuda a mantenernos firmes en la fe. Es en la Iglesia donde la celebramos con gozo, pero en la que recibimos la gracia de los sacramentos, el alimento de la Palabra que nos fortalece en nuestra fe.
No lo olvidemos la confesión de la fe verdadera con nuestra vida, nuestras obras y nuestras palabras pasa por el camino de la Iglesia; así lo quiso Jesús. Será así como nuestra vida se siente transformada por la fe y como podremos transformar nuestro mundo iluminándolo con la luz del evangelio.

martes, 28 de junio de 2016

Tenemos la seguridad que en las negruras más tremendas o en las tentaciones mas fuertes por las que podamos pasar no nos faltará nunca la presencia del Señor

Tenemos la seguridad que en las negruras más tremendas o en las tentaciones más fuertes por las que podamos pasar no nos faltará nunca la presencia del Señor

Amós 3,1-8; 4,11-12; Salmo 5; Mateo 8,23-27
Hay ocasiones en que la vida parece que se nos llena de nubarrones oscuros; las cosas parece que marchan bien pero en un determinado momento nos surgen los problemas, nos sentimos agobiados sin saber qué solución encontrar, nos parece que nadie nos entiende o nos dejan solos en medio de esas dificultades y no sabemos cómo salir adelante.
O pudiera ser que en nuestra vida espiritual y en nuestro compromiso cristiano vamos logrando superarnos, somos capaces de irnos comprometiendo más y más ya sea en el ámbito familiar o en el compromiso con el que queremos realizarnos en el bien de los otros, pero nos aparecen las dudas, nos sentimos zarandeados con cosas que considerábamos que ya teníamos superadas y la tentación nos acecha y nos aparece una y otra vez como fantasmas que quieren distraernos de nuestro camino del bien o en esos aspectos en que espiritualmente íbamos avanzando y creciendo en la vida. En esos momentos de duda y de tentación parece que todo son oscuridades o que nos faltan las fuerzas para luchar y para superarnos una vez más como si estuviéramos solos y hasta Dios ya ni se acordara de nosotros.
Así nos pueden ir apareciendo en la vida esas situaciones difíciles de superar como tormentas que parece que nos van a hacer hundir la barca de nuestra vida. Pienso en estas cosas como podríamos pensar en muchas más escuchando el evangelio de este día que nos da mucha luz para esos momentos difíciles.
Nos habla el evangelio de que iban atravesando en barca el lago los discípulos con Jesús cuando de repente se desató una fuerte tormenta que parecía que iba a hacer zozobrar la barca. Los discípulos están asustados, a pesar de ser hombres avezados a atravesar aquel lago y verse quizás en otras ocasiones en medio de sus trabajos de pesca en situaciones parecidas. Pero Jesús dormía allá en un rincón sobre un almohadón sin que la tormenta lo despertara.
‘¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!’, fue el grito, fue la súplica de los discípulos que asustados ya no sabían qué hacer. ¿Será también nuestro grito? ¿Será también nuestra súplica en medio de esas tormentas de nuestra vida? Nos parece sentirnos solos, que el Señor no nos escucha, que estamos abandonados, todo se nos vuelve oscuro. Como creyentes tendríamos que saber que el Señor está ahí, aunque a veces no lo veamos, aunque nos parezca que no nos escucha El está a nuestro lado, El nos lleva en las palmas de sus manos, que si no fuera esa presencia del Señor que nos parece invisible ya quizá nos hubiéramos hundido del todo.
‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’, les dice Jesús ante sus miedos y sus dudas. ¿Nos lo dirá a nosotros? ¿Nos sucederá como a tantos que en medio de esas oscuridades y dificultades de la vida nuestra fe se enfría, nuestra fe se pierde? Reavivemos nuestra fe. El Señor está ahí y no  nos abandona, con nosotros estará siempre la fuerza de su Espíritu y aun en la peor de las tentaciones o en la negrura más tremenda podremos salir adelante porque el Señor está siempre con nosotros. Que no nos falte esa fe.

lunes, 27 de junio de 2016

Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme

Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

‘Maestro, te seguiré donde quiera que vayas’, escuchamos hoy de nuevo decir al escriba que quería ir con Jesús. Ayer domingo leíamos este texto en el evangelio de san Lucas, hoy en la lectura continuada lo hacemos con san Mateo.
Parece una buena disponibilidad. Y nos recuerda a Pedro cuando en la cena le promete a Jesús que está dispuesto a ir con él incluso a la muerte si fuera necesario. Entonces le dirá Jesús a Pedro que no valen solo las buenas promesas, que habrá que prepararse interiormente para en verdad estar fuerte, pues ya le anuncia Jesús que incluso le va a negar esa noche antes de que el gallo cante.
Ahora a aquel que se ofrece a seguirle a ser su discípulo le recordará el desprendimiento que tiene que haber en su vida para vivir una vida de pobreza. ‘Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. La vida de Jesús es itinerante, ha dejado Nazaret y ahora andará de un lugar para otro anunciando el Reino de Dios. Es el anonadamiento del que siendo de condición divina se hizo hombre y pasó por uno de tantos; es el que nació pobre en Belén no teniendo por cuna sino el pesebre de un establo de animales; es el que desprendido de todo le despojarán de sus vestiduras para morir desnudo en una cruz.
Si a éste que ahora se ofrece a seguirle le habla de este desprendimiento y de esta pobreza, recordamos que cuando envíe de dos en dos a sus discípulos a predicar los enviará pobres y desprendidos también; no han de llevar ni siquiera túnica de repuesto, solamente un bastón para el camino, pero ni dinero en la alforja. El discípulo ha de estar siempre en camino y el caminante no necesita llevar alforjas pesadas que sean pesos muertos que le impidan la libertad de movimiento.
Cuantos apegos nos quedan en el corazón; en cuantas cosas queremos apoyarnos para caminar en la vida olvidando quien ha de ser nuestro único y principal apoyo; cuantas cosas que nos hacen volver la vista atrás añorando otros tiempos u otras cosas y no sabiendo aceptar el momento y las condiciones que ahora tenemos y que es donde tenemos que estar; cuantas veces nos volvemos a lo que nos lleva a la muerte, porque despertamos de nuevo malos sentimientos en nuestro corazón reavivando cosas que nos hacen daño.
Finalmente podríamos recordar que en las condiciones que le pone al verdadero discípulos está el olvidarse de si mismo, el negarse a si mismo y cargar con la cruz de cada día. Será siempre el camino del amor porque el amor es darse, el amor es olvidarse de si mismo para darse a los demás sin ninguna reserva ni condición, el amor es vivir cada día con intensidad siempre capaz de poner en ello todo lo mejor que llevamos en el corazón, y por amor somos capaces de aceptar aquellas cosas que quizá puedan ser duras o difíciles pero con las que somos capaces de hacer una ofrenda de amor.
Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme; todo mi corazón para ti.

domingo, 26 de junio de 2016

Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva

Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva

1Reyes 19, 16b. 19-21; Sal 15; Gálatas 4, 31b - 5, 1. 13-18; Lucas 9, 51-62
El evangelio no lo podemos escuchar simplemente como una historia bonita que nos agrada por su riqueza literaria o por los hechos que nos cuenta de la vida de Jesús pero mirándolos en la distancia casi como algo ajeno a nosotros a nuestra vida. El evangelio es confrontación con nuestra vida, porque nos hace reflexionar, nos hace mirarnos a nosotros mismos, revisar nuestras actitudes y comportamientos y preguntarnos hasta donde llega nuestro seguimiento de Jesús.
No podemos olvidar que evangelio es buena noticia, y el evangelio es la buena noticia de Jesús, una buena noticia que llega a nuestra vida con anuncios salvadores, es cierto, pero con mensajes que enriquecen nuestra vida y nos plantean ese seguimiento de Jesús si en verdad no solo nos llamamos sino en verdad queremos ser cristianos, discípulos de Jesús. El evangelio además nos ayuda a ese ir a los demás que tenemos que vivir como discípulos de Jesús, aunque quizá muchas veces en ese ir a los demás con nuestro mensaje encontremos dificultades o nos encontremos en ocasiones un mundo muy adverso. Nos enseña cuales son esas verdaderas actitudes que hemos de tener y nos ayuda a encontrar la manera de hacer ese anuncio.
No es fácil hoy el anuncio del evangelio; y no me refiero a la dificultad de ir a lugares lejanos, sino a ese anuncio con nuestra vida y también con nuestras palabras que hemos de hacer en el día a día de nuestra vida y ahí de manera concreta donde estamos haciendo nuestra vida. Las noticias nos hablan de mucha gente que de una forma o de otra se manifiesta en contra del hecho religioso y constatamos cómo de alguna manera se quiere borrar todo lo que huela a religioso, todo lo que suene a Iglesia o todo aquello que desde el nombre cristiano queríamos hacer. Algunas veces andamos un tanto asustados por eso que oímos o que constatamos.
Pero yo diría que no es solo en ese nivel sino que si miramos nuestro entorno nos encontramos un mundo de indiferencia ante lo religioso cuando no de manipulación en otros casos. Como decíamos, no es fácil el anuncio que hemos de hacer del evangelio. ¿Nos sucederá a nosotros como a los hermanos Zebedeos que cuando no fueron acogidos en aquella aldea de Samaria, por el hecho de ir a Jerusalén, sintieron deseos de hacer bajar fuego del cielo contra todos aquellos que consideraban infieles? Bien sabemos que en la historia muchas veces quizá los cristianos hemos actuado así a la manera de los Zebedeos.
En la actitud paciente de Jesús estamos encontrando un mensaje y una lección. Quizá al final si no nos reciben en un sitio hayamos de marchar a otro sitio para hacer ese mismo anuncio, pero nunca la violencia ni la imposición tiene que acompañar de ninguna manera el anuncio del evangelio. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?’, se preguntaban los discípulos, pero ya vemos la respuesta de Jesús. ‘El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.’
Y es que tanto el anuncio del evangelio como el seguimiento de Jesús hemos de hacerlo desde la libertad total. Nada nos debe condicionar. Pero hemos de ser conscientes también de lo que entraña seguir a Jesús. Cuando uno se ofrece a seguirle a donde sea Jesús le recuerda que ‘las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. No queremos seguir a Jesús desde unos intereses humanos o buscando, por así decirlo, unas ganancias terrenas. Nos es necesario disponibilidad, generosidad de corazón, decisión firme, ponernos en camino para saber ir a la par de los pasos de Jesús. ‘No es el discípulo mayor que se maestro’, nos recordará Jesús en otra ocasión.
El evangelio nos dice que Jesús iba camino de Jerusalén. Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Ponernos en camino, decimos, y no necesitamos demasiados pertrechos, porque como decíamos, no son seguridades humanas las que buscamos. Nuestra confianza está en el Señor, nuestra fuerza será la fuerza de su Espíritu que nos acompañará siempre. Ni miramos atrás con añoranzas ni nos entretenemos en cosas de muerte. Es un mensaje de vida para vivir la vida, pero no una vida cualquiera porque estaremos llenos de la vida de Jesús. Todo lo que sea muerte o nos conduzca por caminos de muerte hemos de arrancarlo de nuestra vida.
Muerte son nuestros apegos, nuestra mentalidad tan materialista y tan interesada, las violencias que nos dominan en tantas ocasiones o la forma con que quizá avasallamos a los demás queriendo imponer nuestras ideas o nuestras maneras de ver las cosas, las pasiones que nos hacen perder el control, todo lo que merme nuestra libertad, lo que nos llene de sombras y haga turbia nuestra mirada y ennegrezca nuestro corazón en los malos deseos o las malas querencias hacia los demás.
‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios’, le dice a uno. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios’, le responde al otro.
Y nosotros, ¿cómo andamos? ¿Estaremos poniendo también condiciones o buscando disculpas cuando se trata de hacer el anuncio del Reino? Cuando confrontamos nuestra vida con el evangelio ¿qué actitudes, qué posturas, qué maneras de hacer las cosas tendríamos que corregir? Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva.

sábado, 25 de junio de 2016

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19; Sal. 73; Mateo 8, 5-17

‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús. Un centurión que tenia enfermo un criado a quien apreciaba mucho acude con fe a Jesús rogándole: ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Y ya vemos la postura de Jesús. ‘Voy yo a curarlo’. Más tarde le veremos llegar a casa de Simón y se encuentran que la suegra de Pedro está enferma y Jesús adelantándose hacia ella, le tiende la mano y se le pasó la fiebre. Luego serán multitud de enfermos que con sus dolencias acuden a Jesús e imponiéndoles las manos los cura.
Jesús que quiere llegar a nosotros, allí donde está nuestro dolor y sufrimiento, allí donde quizá hemos perdido las esperanzas, allí donde nos parece que andamos perdidos y postrados en nuestras angustias o en nuestras esclavitudes, allí donde todo nos parece oscuro porque nos parece que no sabemos encontrar una luz que nos ilumine. Jesús viene con su luz, nos llena de vida, nos levanta de nuestras postraciones e invalidases, hace revivir de nuevo en nosotros la esperanza, nos hace encontrar el camino, despierta nuestra fe.
Sí, es necesario despertar la fe, una fe que nos dé total confianza, una fe que ilumine de nuevo la vida, una fe que nos haga recuperar nuestra dignidad, una fe que nos pone en camino, una fe que nos abre al amor y al servicio.
El centurión no se siente digno pero no ha perdido la fe. Es más desde la indignidad que siente que hay en su vida acude con más fe a Jesús. ‘Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano’. Sabe que Jesús puede hacerlo y lo hará. No es judío, es un pagano, sabe su indignidad, conoce bien lo que eran las costumbres de los judíos y cómo no querían entrar en la casa de los paganos, pero tiene fe en Jesús, cree en su palabra.
Es cierto que Jesús vendrá rompiendo moldes y barreras, porque quiere hacer recuperar la dignidad de todos, y está dispuesto a ir a la casa de aquel pagano. Pero el centurión sabe que no es necesario porque cree en la palabra de Jesús. Y Jesús alabará su fe, y hasta la pondrá de modelo para los demás, porque llegará el momento que esas barreras se rompan y como dice Jesús ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y sentarán en la mesa del Reino’.
Vayamos con fe a Jesús; dejemos que Jesús llegue a nuestra vida. No temamos nuestra indignidad porque Jesús nos ama y nos salva, y nos cura, y nos llena de nueva vida. Pero aprendamos de Jesús a llevar vida, a llegar a la vida de los demás, a llevar la luz de Jesús a los otros, a poner esperanza en sus vidas. En el nombre de Jesús tenemos la misión de ir a curar a nuestro mundo, allí donde esta el mal tenemos que poner bien, allí donde brotan los odios y se rompe la paz tenemos que poner amor y hacer que reine la concordia. El pone esa tarea en nuestras manos.

viernes, 24 de junio de 2016

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en El. No era él la luz sino testigo de la luz’. La voz que grita en el desierto, como habían anunciado los profetas, para preparar los caminos del Señor. No era el Mesías; decía él que tampoco era el profeta, aunque como diría Jesús era profeta y más que profeta, el mayor nacido de mujer; era el que venía con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Hoy celebramos su nacimiento. Y de la misma manera que entonces la noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos se alegraron en su nacimiento, nosotros hacemos fiesta, una  fiesta muy arraigada en la entraña del pueblo cristiano con multitud de tradiciones y costumbres ancestrales.
No nos queremos quedar nosotros en simples costumbres y tradiciones quizá muchas veces con un cierto paganismo y alejadas del verdadero sentido cristiano, sino que queremos valorar en todo su sentido lo que significó el nacimiento de Juan y escuchar el anuncio y testimonio que él quiere seguir haciéndonos hoy y la invitación que nos está haciendo a un nuevo compromiso.
Era como nos decía el evangelio de Juan el que venia a dar testimonio de la luz, era un testigo, para todos creyéramos en Jesús. Es su misión, anuncio y testimonio. ¿No necesitará el mundo de hoy esos testigos que hagan anuncio y que den testimonio? El mundo necesita luz, necesita unos testigos de la luz verdadera. Nosotros los cristianos nos decimos iluminados por esa luz. No nos la podemos guardar para nosotros solos. Tenemos que dar testimonio de esa luz, para que todos puedan encontrarla, para que todos puedan verse iluminados por esa luz, para que lleguen a creer de verdad en Jesús.
Para eso vino Juan y hoy nosotros tenemos que ser ese Juan que dé testimonio de la luz frente a nuestro mundo. El Papa nos está llamando continuamente a que salgamos al encuentro de los hombres de hoy con nuestra luz. Nuestras comunidades cristianas nos están invitando continuamente a que realicemos esa misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ser misioneros del evangelio, evangelizadores en nuestro mundo de hoy que aun llamándose cristiano y manteniendo incluso muchas tradiciones no está lo suficientemente evangelizado, porque no está suficientemente impregnado del evangelio de Jesús.
Lo mencionábamos antes en referencias a las tradiciones que se reviven en estos días de la fiesta de san Juan muchas de ellas de origen pagano. Muchas veces inconscientemente nosotros los cristianos nos dejamos llevar por esas llamadas de la sociedad a resucitar esas viejas tradiciones olvidándonos de su origen pagano porque quizás nosotros mismos no estamos suficientemente iluminados por el evangelio para saber distinguir todas esas cosas. Y ya sabemos como hay gente interesada en borrar la estela del cristianismo en nuestra sociedad y se vale de esa vuelta a costumbres antiguas de origen pagano que quieren hacer resucitar. Es en lo que hemos de tener mucho cuidado los cristianos en que no se nos paganicen nuestras fiestas cristianas.
Es la tarea que tenemos que realizar. Es el testigo que hoy en esta fiesta de tanta alegría por el nacimiento de Juan tenemos que recoger para ir a hacer ese anuncio.  Dejarnos impregnar nosotros del evangelio para llevar la verdadera luz de Jesús a nuestro mundo.

jueves, 23 de junio de 2016

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

Yo soy una persona muy religiosa, hemos escuchado decir más de una vez, porque yo cumplo todas mis promesas, le llevo flores a la Virgen cada vez que voy a verla, tengo mi casa llena de santitos y le enciendo mis lucecitas y yo creo mucho. No ponemos en duda la religiosidad de estas personas. Cosas así escuchamos muchas veces en la buena voluntad y en una expresión religiosa muy elemental, pero tendríamos que preguntarnos ¿y somos también así solo con esto buenos cristianos?
No basta decir yo soy muy creyente, para que con ello afirmemos también que somos buenos cristianos. Creyentes son los musulmanes, y muchas veces mucho más fieles que nosotros a sus prácticas religiosas, pero no por eso podemos decir que son cristianos.
Ser cristiano entraña algo más que esa religiosidad natural y elemental. No digo que no tengamos que rezar a Dios y que podamos hacerle nuestras ofrendas de amor en las cosas que hacemos o le ofrecemos. Pero ya Jesús nos está diciendo a quienes queremos seguirle – y por ahí tenemos que comenzar a ver que lo de ser cristiano entraña un seguimiento de Jesús – que no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que tenemos que comenzar por escuchar la Palabra del Padre y comenzar a ponerla en práctica. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo…’ Vemos que Jesús nos habla del Reino y nos habla de hacer la voluntad del Padre, lo que entraña querer escucharla. Y ya vemos lo que a continuación nos dice sobre aquellos que vendrán diciendo es que yo hacia tantas cosas, es que yo estaba en esto o en lo otro, y hasta hemos hecho cosas extraordinarias.
Nos pone Jesús a continuación la parábola o alegoría de la casa edificada o sobre roca o sobre arena. Nos hacen falta unos buenos cimientos para edificar el edificio de nuestra vida de fe y de nuestra vida cristiana. No nos podemos quedar en la superficie, no nos podemos quedar en cosas superficiales, sino que hemos de saberle dar profundidad a nuestra vida. Y para eso tenemos que escuchar con toda hondura la Palabra de Jesús; pero no solo se trata de oírla sino que hay que escucharla hondamente, sembrarla en tierra buena, como nos dirá en otra parábola, darle cimiento firme a nuestra vida poniendo en práctica esa Palabra que hemos escuchado de Jesús.
En aquellas personas que nos decían, como comentábamos al principio, que eran muy creyentes, ¿Dónde está la escucha de la Palabra de Dios? ¿Dónde está el tiempo que dedican a la lectura de la Biblia o a participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra de Dios y se nos comenta para alimentar nuestra vida creyente y cristiana?
Cómo es posible que una persona que se dice cristiana nos diga que no necesita leer la Biblia, escuchar la Palabra de Dios, que no es necesario participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra y en las que alimentamos nuestra fe?
¿En qué obras de amor, en qué compromiso concreto a favor de los demás vamos realizando nuestra vida como consecuencia de nuestra condición de creyentes?
¿Seremos edificio cimentado sobre roca para poder enfrentarnos a todos los embates que pudieran poner en peligro nuestra fe y nuestra vida cristiana?



miércoles, 22 de junio de 2016

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

Qué a gusto se siente uno cuando se encuentra con una persona sincera y leal; se manifiesta auténtica, tal como es, lo que piensa o lo que siente surge espontáneamente, podríamos decir, en su semblante, en la forma de actuar, en el trato que tiene con nosotros. Es algo muy hermoso y confortable.
Si así nos manifestáramos siempre con esa lealtad y con esa sinceridad en verdad que seríamos más felices, porque habría una mayor humanidad en nuestro trato y eso facilitaría la convivencia. Cuando nos encontramos con corazón torcido, que oculta la verdadera intención de lo que hace, que se  manifiesta con doblez nos llenamos de desconfianza porque realmente no sabemos cual es la verdadera intención de lo que hace y eso nos malea también a nosotros. La desconfianza es mala compañera en el camino de la vida, en la convivencia de cada día con nuestros semejantes.
Y esto nos puede suceder en muchos aspectos. Es una hipocresía y falsedad de la vida y esos son malos cimientos si queremos realmente hacer que nuestro mundo sea mejor. Será incluso desgraciadamente en nuestro trato familiar – un buen camino para destruir nuestras familias – pero es luego en el día a día con los que convivimos, convecinos, compañeros de trabajo, en las actividades de la vida social, y desgraciadamente nos lo podemos encontrar en aquellos que están llamados a dirigir o ayudar a encauzar los rumbos de la sociedad en la que vivimos.
Esta reflexión no se nos puede quedar en constatar lo que tantas veces vemos en nuestro entorno y denunciar esa falsedad de la vida, sino que tenemos que hacérnosla dentro de nosotros mismos para que no caigamos en esas redes, en esas tentaciones que nos pueden aparecer en nuestros comportamientos y en nuestras actitudes.
Los orgullos nos pueden llevar a fantasear en lo que quisiéramos ser y entonces manifestarnos en unas actitudes hipócritas con las que podemos hacer mucho daño a los que están a nuestro lado o conviven con nosotros. Es mirarnos en la realidad de nuestra vida, que tendremos nuestras virtudes y nuestros defectos, pero manifestarnos con autenticidad, con sinceridad alejando de nosotros toda vanidad que es una falsedad.
Alguno podrá pensar y qué tiene que ver todo esto con el evangelio del día y que queremos comentar. Jesús nos habla de falsos profetas que en el fondo son lobos rapaces; nos habla de auténticos frutos de verdad y de justicia que tenemos que saber ofrecer a los demás; nos habla de árboles dañados que no pueden dar nunca buenos frutos. Que no seamos nosotros nunca ese árbol dañado, porque hayamos llenado nuestra vida de falsedad, de vanidad, de hipocresía. Que no andemos por la vida con dobles intenciones ocultas en aquello que hagamos. Que vayamos mostrándonos con autenticidad en lo que hacemos para que así provoquemos ese mundo de sinceridad, de lealtad, de bien, de verdad que entre todos tenemos que realizar.
Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas que tengamos en el corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos. Son los frutos del Reino de Dios que entre todos hemos de construir.

martes, 21 de junio de 2016

No nos pide Jesús nada extraordinario sino que seamos capaces de tratarnos con humanidad los unos a los otros con todas sus consecuencias

No nos pide Jesús nada extraordinario sino que seamos capaces de tratarnos con humanidad los unos a los otros con todas sus consecuencias

Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Estas palabras de Jesús se corresponden ya al final del sermón de la montaña que Mateo nos ha ofrecido en estos capítulos a partir de las bienaventuranzas como un compendio de lo que era vivir el Reino de Dios que Jesús nos viene anunciando. En una sentencia Jesús quiere que recordemos lo que es lo fundamental que hemos de vivir.
Alguien podría pensar que esta sentencia no nos ofrece nada especial, porque entraría dentro de una lógica humana ese trato que hemos de darle a los demás, semejante al menos al que nos gustaría a nosotros recibir. Nos puede parecer sencillo y nada extraordinario, pero es que Jesús no nos pide nada extraordinario, sino que seamos capaces de hacer extraordinariamente bien las cosas sencillas y normales de cada día.
Todo lo que Jesús nos ha ido pidiendo a lo largo del sermón de la montaña que hemos venido escuchando lo que pretende es que seamos realmente humanos los unos con los otros. Sí, el amor verdadero nos hace humanos, nos hace que nos tratemos con humanidad. Cuando nos tratamos con humanidad hacemos desaparecer todo aquello que nos divide, nos separa, nos enfrenta o nos aísla. Es todo el mensaje de amor que hemos de vivir.
No es camino fácil; nos es camino de dejarse llevar, arrastrar por los impulsos que en cada momento vayamos teniendo, sino que significará, es cierto, un camino de superación, un camino en el que tenemos que ser capaces de dominarnos y controlarnos a nosotros mismos, un camino que hemos de realizar con esfuerzo. Digo camino de superación, dominio y esfuerzo, porque ya bien sabemos cuales son nuestras reacciones, cuales son esos atisbos de orgullo, de amor propio o de egoísmo que muchas veces pueden ir apareciendo en nuestra vida. No siempre es fácil.
¿No quieres tú que te traten con humanidad? Y humanidad significa respeto, consideración, valoración, comprensión, aceptación mutua. Y con humanidad nos amamos y nos perdonamos, con humanidad nos damos cuenta que todos somos hermanos, con humanidad somos capaces de no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer para reemprender una y otra vez el camino. Seamos capaces de hacerlo también con los demás, aunque muchas veces nos cueste, aunque muchas veces tengamos la tentación de ver primero la pajita del ojo ajeno como nos decía ayer Jesús.
Es a lo que Jesús se refiere en sus palabras hoy. ‘Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos’.


lunes, 20 de junio de 2016

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos aprendamos a aceptarnos mutuamente siendo un estimulo para mejor nuestra vida y nuestras relaciones

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos aprendamos a aceptarnos mutuamente siendo un estimulo para mejor nuestra vida y nuestras relaciones

Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59;  Mateo 7,1-5

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos, ¿por qué no somos capaces de aceptarnos los unos a los otros? Cuánto nos cuesta; cómo tenemos ojos enseguida para ver los posibles defectos o fallos que tenga el otro, sin ser capaces de mirar nuestras debilidades que muchas veces son peores. De esto nos quiere prevenir hoy Jesús.
Si nos ha ido anunciando un Reino de Dios al que todos hemos de pertenecer, en el que tenemos que sentirnos como hermanos y la suprema regla de nuestra vida es el amor, quien ama acepta al que ama tal como es. Es lo que nos pide Jesús. Ojalá todos fuéramos perfectos y santos, pero la realidad es la debilidad de nuestra vida en la que vamos tropezando en tantas cosas. Pero antes de juzgar y condenar a los demás tenemos que ser conscientes de nuestra propia debilidad, y que no siempre somos capaces de superarnos, que tanto nos cuesta mejorar, ¿por qué no aceptar al otro,  que también tendrá sus defectos, pero que también tendrá su lucha interior por mejorar aunque de eso nosotros no sepamos nada?
Por eso la compasión y la misericordia con valores y actitudes que tienen que predominar siempre en nuestra vida. Cuando tienen paciencia con nosotros, bien que lo agradecemos; cuando nos sentimos amados, sabiendo los defectos que hay en nuestra vida, los errores que cometemos, o la maldad que muchas veces se puede ocultar en nuestro corazón, sentimos una cierta paz, un gozo en nosotros y un estímulo para nuestras luchas y deseos de superación. Más que juzgar y condenar lo que tendríamos que saber hacer siempre es ser un estimulo para los demás, para sus luchas, para sus deseos de superación. Es lo que tendrían que hacer los hermanos que se aman de verdad; son las actitudes positivas que tendría que haber en nuestra vida.
No nos gustan los juicios que los otros puedan hacer de nosotros; nos sentimos humillados y aparece enseguida en nosotros el orgullo y el amor propio con muchas malas consecuencias para nuestra relación con los demás; ya sabemos como reacciones con despecho en nuestro orgullo y fácilmente se crea una tensión y una espiral de violencia al menos en nuestros sentimientos hacia los otros. Seamos humildes para reconocer nuestros fallos y debilidades, pero seamos valientes para saber aceptar a los demás y quitemos de nosotros todo atisbo de juicios y prejuicios.
Escuchemos con corazón abierto lo que nos pide Jesús. ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’. Y nos habla Jesús de la paja del ojo ajeno, pero de la viga que hay en nuestro ojo y no somos capaces de ver y reconocer. Qué distintas serían nuestras relaciones si escucháramos con corazón abierto estas palabras de Jesús. 

domingo, 19 de junio de 2016

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Zacarías 12, 10–11; Sal 62; Gálatas 3, 26-29; Lucas 9, 18-24
Dos importantes preguntas de Jesús que tanto han hecho reflexionar y que siguen haciéndonos reflexionar. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Preguntas quizá que dejaron en cierto modo sorprendidos a los discípulos cuando Jesús se las hace; con preguntas así muchas veces no sabemos que responder; quizá nos entran dudas, miedos de acertar o no, o también temor por lo que pueda comprometernos la respuesta que demos. Nos las hacemos en nuestro interior, pero quizá no somos valientes para dar el paso y responder expresándonos en alta voz. Nos sucede tal vez en tantas ocasiones. La respuesta es comprometida.
Responden entonces los discípulos recogiendo lo que escuchaban a la gente cuando se admiraban ante los milagros o se sentían sorprendidos con sus palabras. ‘Un gran profeta ha visitado a su pueblo… no hemos visto cosa igual… nadie ha hablado como este hombre’. ¿Un profeta quizá como Elías que era paradigma de todos los profetas? ¿Un hombre de Dios como Juan al que no sabían bien cómo definir? ¿Uno de aquellos antiguos profetas?
Hasta  aquí las respuestas solo querían reflejar lo que escuchaban, lo que palpaban a su alrededor, pero la otra pregunta era más comprometida. Lo llamaban Maestro y en cierto modo lo veían como profeta; intuían que podía ser el Mesías, pero esa respuesta era comprometida por lo que pensaban los principales de los judíos, los sumos sacerdotes, los maestros de la ley, los fariseos… ¿Qué podían responder? ¿Qué se atreverían a responder?
Será Pedro el que se adelante, siempre el primero dejándose llevar por los impulsos de su fe y de su amor a Jesús. ‘El Mesías de Dios’, así escuetamente nos lo cuenta san Lucas. Reconocer que Jesús era el Mesías era decir que sentían que había llegado el momento culminante de la historia de Israel, que había sido siempre esperar el Mesías prometido. Reconocerlo como Mesías podía implicar muchas cosas, porque las gentes se habían forjado una idea de lo que tenía que ser el Mesías. No entramos ahora en muchos detalles que todos conocemos bien.
Y Jesús quiere dejar bien claras las cosas. Mateo añadirá más al decirle Jesús a Pedro cómo ha sido capaz de dar esa respuesta porque el Padre del cielo la ha puesto en su corazón. Ahora Jesús simplemente les prohíbe que eso se lo digan a la gente, que podrían hacer sus interpretaciones desde la idea que tenían de lo que esperaban del Mesías. Pero a ellos Jesús les explica el sentido verdadero. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Ya en otro momento que Jesús hace esos anuncios nos dirá el evangelista que los discípulos no terminaban de entender las palabras de Jesús. Ha de haber una pascua, una pasión, una muerte, una entrega de amor y así se manifestará en verdad como Mesías Salvador. No era cosa solo de palabras bonitas y llenas de entusiasmo. Ha de entenderse lo que es la entrega que Jesús viene a realizar. Y cuando miramos sus pasos hemos de ver cuales han de ser nuestros pasos.
Por eso Jesús añadirá algo más. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’. Negarse a si mismo, cargar con la cruz, ser capaz de dar la vida. Por eso la respuesta a la pregunta de Jesús no pueden ser solo palabras. La respuesta a la pregunta de Jesús, a esa pregunta honda que quizá nos hacemos también tantas veces dentro de nosotros mismos, es una respuesta comprometida.
La respuesta implica seguir los pasos de Jesús para vivir en su misma entrega, en su mismo amor. Y cuando optamos por un amor como el de Jesús tenemos que olvidarnos de nosotros mismos para comenzar a pensar primero en los demás. Estamos tan acostumbrados a pensar siempre primero en nosotros mismos que eso de olvidarnos de nosotros no es cosa fácil. Siempre queremos ganar, no nos gusta perder, y menos perder la vida. Pero Jesús perdió la vida, la entregó; era su amor el que predominaba, por eso lo proclamamos el Señor, por eso nos ha anunciado que resucitará.
El camino de la cruz no es un camino fácil. Pero Jesús ahora no nos está hablado de cruces especiales o extraordinarias, sino la cruz de cada día. Y la cruz de cada día es el amor de cada momento llevado siempre al extremo; es lo que nos está pidiendo Jesús.
Es el amor que ponemos para vivir en plenitud; es el amor que ponemos en el cumplimento de nuestras responsabilidades; es el amor que ponemos en esos sufrimientos que nos pueden aparecer en tantas contradicciones de la vida o en tantos contratiempo que surgen en la convivencia con los demás; es el amor que ponemos cuando queremos vivir unos compromisos, cuando queremos hacer algo por los demás, cuando nos embarcamos en una tarea apostólica, cuando nos comprometemos con nuestra sociedad para hacerla mejor; es el amor que ponemos en superarnos, en crecer espiritualmente, en purificarnos de defectos y debilidades. Todo para caminar al paso de Jesús, con el amor de Jesús, con un amor como el de Jesús.
Ahí está esa doble pregunta que Jesús hace, no solo a los discípulos de aquel tiempo, sino que nos está haciendo a ti y a mí ahora. ¿Sabremos darle una respuesta? ¿Daremos una respuesta desde nuestra vida?

sábado, 18 de junio de 2016

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

2ª Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Mateo 6,24-34

Es una hermosa página del evangelio la que hoy se nos ofrece - espero que la hayas leído antes de leer este pobre comentario -. Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama. Y si nos ama, ¿qué nos va a faltar? Pero no olvidemos que también es una invitación al compromiso por el Reino y su justicia.
Cuando comentamos cómo Jesús nos enseñó a orar decíamos que la única palabra importante era llamar a Dios Padre. Lo seguimos diciendo. Nos sentimos amados. Ponemos nuestra confianza en El y nos abandonamos a sus brazos de amor que El tiende siempre hacia nosotros.
Pero sentirnos amados y confiados en la providencia de Dios no significa que abandonemos lo que es nuestra vida y son nuestras responsabilidades. Lo que es necesario saber hacer es poner cada cosa en su sitio y darle la prioridad a lo que en verdad es fundamental. Hoy nos dirá Jesús ‘buscad primero el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’.
Sobran entonces los agobios. No hay razón para las angustias. Aunque la vida se nos haga dura, aunque esa búsqueda del Reino y su justicia algunas veces se nos llene de sombras y penumbras que nos confundan, aunque el cumplimiento de nuestras responsabilidades y trabajos nos sea costoso y sacrificado, aunque podamos llegar a la situación en que alcanzar aquello que necesitamos para nuestra básica subsistencia se nos haga difícil y duro, no podemos perder la paz en el corazón. Estamos en las manos del Padre.
Y nos habla Jesús de los pájaros del cielo y de los lirios de nuestros campos. ¿No valemos nosotros mucho más que todo eso? Dios nos cuida y nos protege. Dios está a nuestro lado. El es la verdadera Sabiduría en la que encontramos el sentido de todo. El es nuestra fuerza, para eso nos da su Espíritu, en nuestras luchas y trabajos. Decir que Dios es nuestro Padre providente en quien ponemos toda nuestra confianza no es decir que ya todo lo tenemos resuelto, que no tenemos que luchar y desarrollar nuestros valores, cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades.
En Dios tenemos el estimulo y la fuerza para nuestras luchas; Dios está a nuestro lado en esa búsqueda de lo bueno que en todo momento hemos de realizar; El nos mantiene firmes aun en los momentos de mayor debilidad; en El encontramos esa fuerza para seguir adelante aunque los caminos sean oscuros. Con El a nuestro lado nada nos hace temblar.
Buscamos el Reino de Dios y su justicia, nos comprometemos por lo bueno y por lo justo, queremos hacer siempre el bien, queremos sentir que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida y eso nos impulsa a buscar siempre la justicia y la verdad para nuestra vida y para nuestro mundo.